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relatos de incesto entre padre e hija

Los encantos de papi (Parte 8)

Al llegar a la boda, el grupo fue recibido por un encargado de valet, un joven negro, que no pudo quitar su vista de Anne, cuando le abrió la puerta trasera. Estela se dio cuenta, viendo por sobre el techo del auto y bajando antes que Mark le abriera. Cuando Anne pasó junto a ella, le dijo al oído “hasta el negro te quiere coger, sis. Pareces puta elegante”.

Anne la  miró con una sonrisa de triunfo. “Me encantaría coger con un negro, sis”, le dijo al pasar a su lado, dejando a Estela con una expresión de odio. La guerra estaba declarada.

Pasaron al elegante salón de eventos, donde fueron recibidos por las parejas anfitrionas, resaltando lo hermosa que se veía Anne, cuanto extrañaban a doña Emilia, lo bien que estaba don Tomás, y lamentaron que Raúl no los hubiera podido acompañar.  Los 4 fueron objeto de un trato extremadamente amable por parte de los agradecidos anfitriones de que los hubieran acompañado de tan lejos, aunque se notaba cierta distinción hacia Anne y su padre.

Los halagos estaban por doquier. Estela sentía furia cada vez que alguien le comentaba sobre la apuesta pareja de padre e hija. Anne sabía bien como se veía…y lo gozaba.

Estela, en su mesa con Mark, observaba notoriamente molesta ver lo galán que papi se comportaba con su hermana, como si la estuviera cortejando ni más ni menos.  Anne no soltaba el brazo de su padre mientras caminaban entre la gente.

La música, muy diferente a las estridentes bodas mexicanas, hizo que bailaran repetidamente y por largos períodos.

“Qué guapa se ve tu hermana y que bien se ve tu papá bailando con ella”, dijo Mark a Estela, haciéndola endurecer su expresión. Le dio un trago a su vino y se volteó hacia su esposo: “¿Se te hace, querido? Se me hace un poco pasadita de kilos”, agregó. “Como que se le nota la pancita y las llantitas con ese vestido que trae puesto”. Por mas que se esforzaba, Mark no notaba imperfección alguna en el cuerpo de su cuñada.

“¿Por qué no bailas tú también con él, amorcito?”, propuso Mark. “Hazte notar”.

“Mark, amorcito, yo creo que papi y Anne son amantes”, dijo Estela inclinándose hacia él y diciéndoselo muy cerca del oído, ignorando la propuesta de su esposo. “Tenemos que hacer algo al respecto, es nuestra obligación salvarlos, al menos a él”. El coraje reprimido la hizo hablar abiertamente con Mark sobre algo que él se olía de meses atrás, pero que no se atrevía a comentar.

Mark quedó en silencio, asintiendo con su cabeza. Por lo que su mujer comentaba, Mark pensaba que la relación entre Anne y Tomás era especial, demasiado especial, pero jamás se lo pensaba comentar a Estela. Sintió alivio que fuera ella quién sacó el tema.

Estela y Mark no perdieron detalle de papi y Anne mientras bailaban. “¡Ve nomas como se le restriega esta zorra!”, dijo ella, “¡no les importa que haya gente alrededor!”.

“Nos están observando mucho aquellos”, susurró Anne al oído de Tomás mientras bailaban, “y han estado cuchicheando entre ellos. Te puedo apostar que hablan de nosotros papi”.

“Si, me he dado cuenta”, contestó Tomás. “Deberían de ponerse a bailar, mejor. Procura no pegarme tanto tu cuerpo, amor. Como que se me pone dura cada vez que lo haces”, agregó.

“Para que veas lo que se siente”, dijo Anne sonriéndole, con deseos de besarlo, relamiendo discretamente sus labios.

Cuando se dirigían a la mesa, Estela y Mark pasaron a bailar, evadiéndolos, mientras comenzaban a servir la cena.

Fue inevitable que al fin se sentaran las dos parejas juntas a pesar de la incomodidad creada por Estela. Duraron aproximadamente diez minutos bailando. Anne y Tomás estaban cenando cuando regresaron a la mesa.

La situación se alivió un poco cuando la pareja anfitriona llegó a sentarse con ellos después de cenar y platicar largo y tendido, convenciendo al final a Estela que bailara con su padre.

La diferencia era palpable. Estela era más adecuada a la estatura de su padre, pero más difícil de maniobrarla, y con una expresión en su cara que denotaba disgusto por verse obligada a bailar con él. No hablaron mucho, pero veían como Mark y Anne conversaban en la mesa. Tomás notaba en la cara de su yerno el gusto por la exquisitez de Anne, aunque en realidad, él la veía desde otra perspectiva por lo que le dijo Estela: la amante de su suegro.

Viejo cabrón, que suertudo de estarse cogiendo a esta belleza, No importa que sea su hija. ¡Que hermosa está!, pensaba Mark al observarla mientras le hablaba. Por ella, yo también pecaba.

Solo falta que esta zorra seduzca a mi marido”, pensaba Estela al verlos conversar.

Ya para despedirse, los entrañables amigos recalcaron que Tomás estaba en su mejor momento y confesaron que esperaban verlo muy avejancado y se habían llevado la sorpresa de su vida, cosa que les había dado un gusto enorme. “Anne, bueno, ya sabemos que es una hermosura de niña que cuida muy bien de su padre y, además, ¡son unos excelentes bailarines!”, dijo Leah, la madre de Linda, la novia. Fue esto lo que detonó el coraje de Estela, al sentirse ignorada, aun habiendo bailado con él.

Se apartó del grupo y le pidió al valet que trajera el automóvil. Mark la alcanzó de inmediato. “Amor, comprendo tu frustración y preocupación, pero no puedes ser tan descortés”, le dijo, pero Estela lo ignoró.

Cuando llegaron Anne y Tomás, el mismo joven negro le abrió la puerta a Anne, sin quitarle la vista de las nalgas. Estela lo supuso con solo ver la cara del joven. Él sonrió y ella se enfureció aún más.

El trayecto de regreso al hotel pasó prácticamente en un incómodo silencio. Anne y su padre estaban exhaustos. Estela y Mark, serios y callados. Notó que su padre, quien según ella casi no tomaba alcohol, y Anne, habían bebido mucho, aunque nunca perdieron la compostura. Anne se mantuvo garbosa y elegante toda la noche, mientras su padre, al menos para Estela, se portó como si se tratara a veces de un novio caliente deseoso de cogérsela.

Llegaron al majestuoso hotel, entregaron el automóvil al valet, y se dirigieron a los elevadores. Anne y su papi los despidieron con un simple y frío “good night”. No hubo besito de buenas noches.

“No traigo calzón novio, y estoy que me chorreo”, dijo Anne a Tomás al cerrarse el elevador y comenzar a ascender.

“Mmhhh”, expresó Tomás, poniéndose inmediatamente detrás de ella y abrazándola, para a levantar el vestido por enfrente, hasta llegar a la empapada vagina de su hija, comenzando a frotarle el clítoris vigorosamente.

“¡Aaaah, ooohhh, ay novio! ¡me matas!”, susurró Anne. “Faltan algunos pisos, amor. Si sigues así, me tendrás que coger aquí mismo”, agregó sonriente.

No le importó mucho si alguien más pedía parada en algún piso próximo. Las nalgas de Anne, tibias y tersas, ya expuestas, lo aguardaban. Rápidamente sacó su erecto pene, dobló sus rodillas para bajar un poco y quedar a nivel, y se lo dejó ir por el culo, sin preámbulo ni delicadeza algunos.

“¡Ooohhh!, ¡amoooor!”, gimió ella tras el inesperado embate y al de sentirlo casi por completo dentro. “¡Nos van a pescar, novio, detente!”, dijo, pero sin hacer absolutamente nada, rodeando con ambas manos la porción del pene de su padre que tenía fuera del ano, “aparte vamos a dejar oloroso el elevador”, agregó, pero su caliente amante no contestó.

Llegó el ascensor a su piso. Anne se quiso separar, pero Tomás tiró de ella, ensartándola por completo de nuevo al abrirse la puerta. Sus corazones comenzaron a latir aceleradamente.  No había nadie esperando, para su fortuna.

Era imposible caminar cuando salieron del elevador con el pene completamente insertado en el ano de su novia por la diferencia de estaturas. Se lo sacó y lo reemplazó con su gigantesco dedo medio de inmediato, al tiempo que ella agarró el grueso y húmedo tronco con su mano, tirando de él.

“Novio, ¡me llevas ensartada al cuarto!”, dijo Anne jadeando, caminando con algo de dificultad, al  tratar de curvear su trasero hacia él. Tomás continuó caminando tras ella, una mano en su hombro y la otra abajo,  sin decir palabra alguna. Su vestido estaba detenido sobre el brazo de Tomás, dejándolo ver sus íntimos encantos al caminar.

“Mmhhh”, suspiró Anne, al aproximarse a la suite, “esta boquita se muere por envolver esta cosota”, dijo al acariciarle el pene cuando abrieron la puerta.

“Quiero ser tuya toda la noche… quien sabe cuándo volveremos a vivirla con tanto cuento de la amarga de Estela. Es capaz de muchas cosas”.

“¡Ups!” dijo Anne al entrar y ver la suite impecable. “¡Olvidé por completo tirar tu condón usado!  . ¡Ahora ya lo saben todo, novio!”, dijo, al tiempo que ambos soltaron la carcajada. “¡Qué asco! ¡Y luego las sábanas todas manchadas con tus mecos que se me salieron!”

“Ahora imagínate a los que recogieron el mantel en la junta”, le recordó Tomás. “Para eso son estos cuartos, preciosa. Quien sabe que tantas cosas más encuentren las mucamas. Los manteles ni las salas de juntas no, aclaro, ¿eh?”.

Tomás comenzó a llenar el jacuzzi mientras Anne lo observaba. “¿O sea que mi garañón peludo trae planes?”, preguntó melosamente Anne, mientras se abrazaban y comenzaba a despojarla de su elegante vestido, constatando que tampoco portaba sostén.

“¡Que hermosa estás Anne!”, dijo Tomás. “Nunca te había visto tan hermosa como esta noche”.

“Mm mm”, gimió Anne, cuando su padre comenzó a besar sus oídos y dejarla completamente desnuda. “¿Me pongo el negligé que me compraste, novio?”, pregunto sensualmente.

“¡Que lindas tetas tienes novia, idénticas a las de tu madre!”, alabó Tomás a su hija, al tiempo que se sentaba en la cama, quitándose la corbata. Anne acercó sus nalgas a la cara de su padre que comenzó a besarlas y acariciarlas apasionadamente.

“No. Estrénalo el próximo jueves, ¿sí? No aguanto las ganas de cogerte ahorita, princesa”, contestó.

Anne puso sus manos en sus muslos y arqueó su trasero hacia la cara de papi. Tomás abrió con ambas manos sus nalgas, exponiendo su rosado y brillante ano. Acercó su boca y lo besó, relamiendo su contorno e introduciéndole la lengua, haciendola gritar de placer.

“¡Ooohhh… novio!, ¡me encantó que me trajeras al cuarto ensartada y la culeada sorpresa que me diste en el elevador!”, dijo ella entre suspiros al sentir el aliento de su padre en el ano mientras lo penetraba.

Se retiró un poco e introdujo el grueso dedo medio de su mano derecha, haciendo que Anne se doblara aún más hacia él, metiéndolo y sacándolo con suavidad, luego dos, y luego tres, luego solo uno,  mientras que con sus otros dedos jugaba entre sus labios vaginales, apoyando su mejilla en una de las nalgas de su bella hija, sintiendo en ella su tersura.

Unos minutos después, reemplazó el dedo medio por el pulgar dentro y le comenzó a frotar con los otros cuatro la chorreante vulva. Quería verla de cerca tener un orgasmo, que escasos minutos después logró, en medio de gritos y jadeos de su prohibida novia.

Tomás cargó a Anne al jacuzzi, ya rebosante de caliente espuma. Ambos quedaron de pie, desnudos, besándose en medio de la tina en forma de corazón. El agua llegaba hasta la cintura de Anne.  Tomás se sentó dentro, y Anne sumergió su cabeza, arruinando el carísimo peinado y maquillaje, dándole a su padre la prometida mamada subacuática. Tras varios segundos, emergía y tomaba aire, volviendo a su erótica labor una y otra vez.

“¡Tu peinado, amor! ¡Tu maquillaje!”, dijo Tomás.

Tomás, con la cabeza hacia atrás, disfrutaba al máximo lo que su bella hija le hacía. Tardó un poco más en lo que sería la última noche. Salió del agua, agarro aire y se lanzó a la boca de Tomás, para besarlo con la familiar pasión.

Anne se puso de pie y giro su cuerpo. Replegó sus nalgas contra la cara de su padre y comenzó a bajar lentamente para quedar sentada en sus muslos.

“Por el culo amor, dámela solo por el culo. Sigue lo que comenzaste en el elevador, papacito!”.

“Lo del elevador fue parte de mi venganza por lo que aventaste en la junta, preciosa”, aclaró Tomás.

“Ya tuviste algunas venganzas, cabroncito, ¿te acuerdas? En mi casa, en el avión, en el carro… ¿Cuántas más, novio?, ¿cuántas más, pillín?”

Tomás batalló un poco para metérsela, pero lo logró tras unos segundos. El agua caliente había eliminado todo rastro de sus lubricantes naturales, aún recién penetrada. La empaló lenta y suavemente, mientras acariciaba sus labios vaginales, haciéndola estremecerse de placer y venirse de nuevo en escasos minutos.

Anne comenzó a subir y bajar sobre el tronco de su padre, haciendo chasquear el agua, hasta que pronto don Tomás anunció que no podía más.

“¡Hazlo papi! ¡Termina! ¡Lléname de ti! ¡Quiero sentir tu corazón palpitar dentro de mí!”, gritó Anne, al jalarla su padre por las caderas, abrazándola del estómago como bien sabía, penetrándola hasta lo más profundo que pudo, liberando por enésima vez su carga dentro, abundante, como si no hubiera eyaculado esa misma mañana, haciéndola vibrar con increíble placer.

Paró el temporizador y se quedaron quietos un buen rato, pegados. Anne se levantó, y sin inhibición alguna se dobló sobre la superficie del agua frente a Tomás, expulsando sobre ella el semen recién depositado, en medio de sonoros pedos, quien por primera vez pudo presenciar el acto.

Drenaron el agua, pero se sentados un rato más, ella sobre él. Tomás la abrazó por el estómago de nuevo y se levantaron, pero esta vez no la cargó en los brazos. Anne lo llevó a la cama tirando de su semi-erecto miembro, luego fue por toallas y se secó primero ella, luego a su padre. Se desplomaron, quedando profundamente dormidos, no sin que antes Anne le dijera a su padre “saqué todo para que podamos hacerlo de nuevo a media noche o cuando te despiertes, novio… o cuando quieras”.

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“Hay misa a las 8 en San Patricio”, fue el saludo de Estela cuando Tomás levantó el auricular a eso de las 6:30 de la mañana.

“Buenos días hija”, contestó don Tomás, contemplando la desnuda belleza de Anne a su lado.

“¿Qué?”, escuchó Anne decir a su padre después de un par de minutos. “¡Estás loca, hija! ¡Bien loca. ¡Nos vemos al rato!”, y colgó.

“¿Qué pasó?” preguntó intrigada Anne, pensando que Estela había tenido el atrevimiento de comentarle lo mismo que a ella. Se despabiló al instante.

Tomás se incorporó y se sentó sobre el colchón.

“¿Qué pasa papi?”, pregunto de nuevo Anne. “¡Te dijo de sus sospechas esta cabrona!”, supuso.

“No, nada por el estilo. Quiere que vayamos a misa a las 8 y lo mejor, que me vaya a Houston con ellos a pasar unos días y que me cheque su médico”, contestó Tomás notablemente alterado. “Que no puede ser que me vea tan bien y tonterías por el estilo”, agregó con tono de fastidio.

“¡Sabía que, de una manera u otra, esta cabrona trataría de arrancarte de mí!”, dijo Anne

“¿Vamos a desayunar con ellos?” preguntó Anne. “¡Me gustaría decirle unas cuantas verdades!”.

“No”, contestó Tomás. “Dice que no les da tiempo para comulgar, que después de misa vayamos a desayunar algo”, conteniendo su malestar.

“¿Cómo que comulgar? ¿Después de todo lo que me ha hecho y dicho va a comulgar? ¡Qué poca madre de esta hipócrita santurrona!”, dijo Anne. “¡No vamos a misa, y punto!”, agregó. ¡Es hora de mandarla a la verga!”.

“¡Anne!”, dijo Tomás, como cuando la regañaba de chica. “¡Tranquila, hija!”.

La cara de Anne se puso roja de coraje. Respiró hondo. “¡Tomaré el toro por los cuernos!”, dijo enfurecida, a pesar de los intentos de su padre de calmarla.

“¡Y tú te callas, Tomás!”, gritó Anne. Jamás lo había llamado por su nombre. Tomó el teléfono y marcó a la habitación de Estela.

Estela contestó. Anne la dejo que hablara primero, y luego lanzó su misil: ¡no cabrona, no vamos a ir a misa de 8! ¡Estamos de vacaciones! Iremos más tarde, dijo después de escucharla. “¡Cuando nos dé la gana, si es que vamos!”, fue lo último que escuchó Tomas a su hija decir antes de azotar el auricular.

Pasaron varios minutos. La respiración de Anne volvió a su ritmo normal. Tomás se sentó junto a ella y se besaron. Su pene comenzaba a pararse.  “¡Esa es mi novia! ¡Tuviste más huevos que yo, corazón!”, dijo, aplaudiéndole.

Anne giró y se montó sobre los muslos de Tomás, de cara a él, sintiendo de inmediato su total erección rozarle las nalgas. Anne se levantó un poco, y con una mano la llevó a su vulva, dejándose caer en ella, apretándola lo más que podía.

“¡Nadie te arrebatará de mí, ¿entiendes? ¿eh? ¿Te queda claro… Tomás?”, dijo Anne el momento que separaron sus bocas.

“¡Cógeme, cógeme como nunca de duro…! ¡Estoy dispuesta a todo por ti amor!”, decía Anne entre gemidos de placer.  Tomás solo respondía con sus besos y el fuerte abrazo, sabedor que estaba alterada por la amenaza de Estela de llevárselo con ella.

“¿Te gustaría verme con una pancita cargando a tu bebé? ¿eh?”, le decía al aumentar su ritmo y frotar más su cadera con la de él, sintiéndolo muy dentro de su vagina, conscientes que Tomás no tenía condón, pero debería.

Tomás seguía sin poder articular palabra ante el impetuoso ataque de Anne. No se detuvo al sentir a su hija alcanzar el orgasmo, liberando también su carga, con singular energía,  donde nunca debiera hacerlo tras las advertencias de su bella novia desde la primera noche.

Cuando se tranquilizaron tras el formidable coito, Tomás no podía ocultar su cara de preocupación. Fue una enfermiza locura. Anne continuaba apretando el pene de Tomás, contrayendo su vagina.

“¿Deveras estás fértil novia? ¿No me estas vacilando?”, preguntó Tomás.

“¡Muy fértil!, En la pura mitad de mi ciclo”, contestó ella. “De seguro me haz embarazado. Te amo. ¡Pudiera tener un bebé tuyo, mi amor! ¿Te imaginas? Se llamará Tomás si es niño o Emilia si es niña”, dijo, planeando calmadamente.

“¡Corre a echar todo novia y lávate!”, pidió Tomás. “¡No sé cómo fuimos tan tontos!”, agregó, pero la expresión de Anne lo calmó.

“Si me embarazaste, lo hiciste antenoche, novio”, dijo. “Sueño con tener un bebé tuyo, Tomás”.

“Lo que tanto platicamos, ¿te acuerdas? Seré madre de un hermano y tu tendrás un hijo que también será tu nieto. Cerraré con broche de oro.

“¡Me encantaría tener un bebé tuyo, novio! ¡Lo he estado pensando mucho!”, dijo emocionada.

“De cualquier forma no te hagas el loco, novio”, dijo Anne. “Antenoche sentí algunos brinquitos de tu verga en el jacuzzi y cuando me cargaste a la cama. Se te salieron algunos chorritos. Si no ocurrió ahí, será ahorita. Tú te diste cuenta y yo también, y no dijiste nada. No tiene que haber eyaculación completa, ¿sabes?”.

A Tomás no le quedó más remedio que aceptar la situación. Anne así lo quería y ya era parte de su plan. La primera noche tocó mucho el tema. “Tienes razón hermosa. Pero fue un accidente”, confesó Tomás, aceptando. “Si me brincó un par de veces”.

“Mm mm…, como unas cinco o seis, mas bien. Con eso basta”, precisó ella, “y por la flojera de no ponerte condón, cabrón”.

Se recostaron de nuevo, quedándose profundamente dormidos.

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El teléfono sonó de nuevo pasadas las 10 de la mañana. Tomás contestó. Estela los invitó al desayuno del hotel y aceptaron, muy a su pesar, bajar con ellos.  Anne y Tomás estaban muy seguros que, con haber mandado por un tubo a Estela con la misa, le quedaba muy claro que eran amantes. Pero el mejor mensaje era que no haría todo lo que le viniera en gana.

“Anne, invité a papi a que se fuera a pasar unos días con nosotros”, dijo Estela cuando les sirvieron el delicioso brunch.

“Papi me comentó”, contestó Anne. “¿Le preguntaste o nomas le dijiste?”, agregó.

“No, nomas le dije. Ya hicimos Mark y yo los arreglos con los vuelos. Tú te vas sola a México y papi con nosotros a Houston. Queremos que lo vea el Dr. Harris, nuestro doctor, y que le haga un chequeo a fondo ya que por lo visto tu nunca lo vas a hacer hermanita”, dijo en tono de reclamación. “Queremos también que platique con el padre Stephen”.

Don Tomás arrojó la servilleta al plato en señal de protesta. “¡Hijita, me siento muy bien! Si me buscan es claro que me van a hallar algo. Ya sabes cómo son de pillos los doctores. Con el pretexto que tengo la edad que tengo, verás todo lo que van a inventarme. Solo le tengo confianza a Luis. Es de mi edad, y sabe bien que nos pasa a los hombres, aparte es mi amigo personal”.

“No le cae bien a Estela el doctor Luis porque es divorciado”, intervino Anne.

Tomás hubiera querido decirle unas cuantas cosas a su hija menor ante tan patética excusa, pero se contuvo. Estela miró a Anne, quien solamente escogió sus hombros, gozando haberla desenmascarado.

“Dame el gusto papi, ¿sí?”, dijo Estela. “Además, verás a tus nietos y la pasaremos a todo dar, vas a ver. Sin peros, ¿eh?”.

La rutina en casa de Estela y Mark, en Texas, era sumamente monótona. Casi toda su vida giraba en torno a la religión y a los eventos de las iglesias.

“Además, cree que somos amantes tú y yo, papi”, dijo, interviniendo de nuevo.

Estela la miró con ojos de furia inaudita, al estarla desenmascarando. Anne simplemente la miró con una irónica sonrisa. “¿O no?”, le preguntó.

Mark intervino. “Estela, quizá no es momento. Tu padre no tiene ganas de ir”.  Estela lo volteó a ver con ojos que echaban lumbre para que se callara. La situación era muy tensa.

“Hasta te podemos presentar a unas viuditas o solteras de la parroquia”, dijo en fingido tono picarón. “Hay dos o tres damas de buen verse, como para ti que de seguro les vas a encantar cuando te conozcan”, dijo, mirando a Anne.

“Así, Anne podrá descansar un tiempo de… cuidarte”, dijo Estela, pausando a propósito.

Pero en realidad, Estela se regocijaba en sus pensamientos: “Quiero quitarte de encima a esta piruja y volverte al camino de la salvación. Sufre cabrona. Sé que te estoy partiendo con eso”.

Anne volteó a ver a su padre. “Tiene razón papi. Desde julio o agosto no ves a tus demás nietos y a lo mejor hasta novia te consigue”, dijo, al apretar su muslo y correr su mano sobre la verga por debajo de la mesa, sorprendiendo a Estela al escuchar el inesperado apoyo de su hermana. Pero Anne en realidad estaba enfurecida con ella y su invasiva actitud.

“Lo que en realidad quiere Estela, papi, es separarnos porque estamos cometiendo adulterio e incesto. No es que le importe mucho tu salud. Se le metió en la cabeza que somos amantes y no me cree absolutamente nada”, intervino de nuevo Anne.

Si se lo iba a llevar, al menos que supiera cual era la causa real, de su boca, frente a ella. Ya era tiempo de detenerla y no seguirle sus astutas jugadas. Esa mañana fue la primera vez que Anne se le impuso al no ir a la iglesia con ellos. Sabía que podía quitarle a su padre la preocupación de acompañarlos a Houston también.

Cuando terminaron de almorzar, les quedaban algunas horas para estar en el aeropuerto.

El posible embarazo de Anne pasó también por sus mentes muchas veces.

“Váyanse adelantando papi”, dijo inesperadamente Anne. “Estela y yo nos quedaremos a platicar un momentito sobre tus cosas”.

Estela no pudo disimular su asombro. Esperaba que Anne asimilara el cambio sin chistar y su reacción de último momento la puso algo nerviosa, sobre todo al pedir quedarse a solas con ella. No estaba preparada para lo que seguramente sería un fuerte encontronazo.

Cuando Mark y don Tomás se fueron, Anne pidió un par de cafés cuando la mesera terminó de limpiar.

“Bueno”, comenzó Anne cuando sus parejas se habían retirado, “¿qué chingados te estás creyendo Estela?”

Anne estaba dispuesta a atacar con todo a su hermana por su atrevimiento. “Papi se molestó mucho por tu osadía… ¿Qué te pasa?”, preguntó.

Estela tomo un sorbo a su café, miró hacia abajo, y luego fijamente a su hermana. Su furia confirmaba sus sospechas.

“Estas haciendo algo más que cuidar a papi Anne, bien lo sabes.  Es un sacrilegio y la ley tiene un nombre para eso: se llama incesto. Y no me salgas con que soy una grosera. Eres una impura, zorra, pecadora. Nada que digas o hagas me hará cambiar de parecer. Nos pasamos toda la noche orando por ustedes Mark y yo. El como hombre me dio sus puntos de vista, y yo como mujer saqué mis conclusiones. Tú y papi son amantes. Eso está terriblemente mal. ¿No piensas en Raúl y tus hijos? ¿En mami?”, concluyó señalando con asombrosa certeza.

“¿Cómo te consta, querida?”, preguntó Anne. “¿Acaso nos viste hacer algo? ¿Te contó alguien? ¿Papi?”. Su nerviosismo era notorio.

“Al menos papi ya sabe cuáles son tus verdaderas intenciones”, continuó. “Ya te expuse ante él”.

Estela sonrió, y volteó hacia un lado. “¡Te tengo, desgraciada!”, pensó deleitada.

“Anoche que llegamos, y no quiero que te enojes hermana”, comenzó a relatar Estela, “Mark y yo tuvimos una pequeña discusión porque me reclamó mi actitud en la boda, y le tuve que comentar porqué andaba así”.

“Concluimos que tú y papi están teniendo una relación incestuosa. No te queda más remedio que aceptarlo Anne. No sé cómo pudo haber pasado, en que estaban pensando, pero tienes un grave problema. Además del pecado de infidelidad es un gravísimo problema social y hasta legal”, recalcó Estela.

“Y es por eso que lo salvaré de ti. Se irá un tiempo con nosotros, lo volveremos al camino de la salvación y Dios se apiadará de su alma y sus pecados. Es mi obligación como hija rescatarlo de las garras del deseo enfermizo que sientes por él. Papi jamás hubiera sido el primero. Estoy segura que tú lo sedujiste. Siempre fuiste así. Recuerdo cómo te manoseaban tus novios, incluso frente a mí”, dijo Estela con absoluta seguridad en sus palabras.

“Tenías fama de caliente y de que te gustaba que te metieran mano, y de seguro otra cosa también, sis. Yo trataba siempre de defenderte, hasta que lo vi con mis propios ojos. Parece que no se te quitó la maña, ¿verdad?”, abundó Estela.

Anne miró hacia un lado, sin mover su cabeza, y respiró hondo. “Cuéntame”, dijo Estela. “Te servirá de ensayo para tu confesión y arrepentimiento”.

“¡Que morbosa eres! Te ha de calentar el solo pensarlo, ¿verdad? Dime Estela, ¿te masturbas mucho? Estás enferma”, contestó Anne con la mirada en su taza de café. “Ahora hasta confesora me saliste. ¡Qué pendeja estás!”

Anne volvió a mirarla a los ojos. “No hermana, no te daré detalles de algo ficticio, algo que te tiene obsesionada solo porque papi está quizá en su mejor momento y se siente súper bien conmigo, con nosotros. Deberías de agradecérmelo en lugar de andar elucubrando tonterías”.

“Papi está unido a mí”, dijo Anne. “Tu hiciste tu vida aparte hace muchos años. ¿Crees que con llevártelo un tiempo va a olvidarse de nosotros?”.

“Unido a tu cola será, querida”, dijo Estela en tono sarcástico. Anne ignoró su comentario y prosiguió.

“Papi ya sabe que planeas hacer. Se lo dije frente a ti y tu marido. Ojalá te mande a la chingada con tus doctores y sacerdotes y viuditas”, continuó. “Ya se lo había comentado desde antenoche, y nomas nos reímos”.

“Seguramente no fueron a misa para coger, ¿verdad?”, dijo Estela, ignorando sus palabras. “¿No tienes miedo que te embarace, Anne? papi todavía puede y tú también, querida”.

Anne pensó si su hermana habría puesto una cámara o algún micrófono oculto. Era asombrosa la forma en que intuía todo. Lo último que dijo le dio escalofríos.

Estela apartó el café e hizo el movimiento para levantarse. Anne la detuvo y la jaló del brazo, claramente fastidiada por las palabras de Anne.

“Nomás quiero que sepas que lo has descarrilado y has dado a la chingada con lo bien que estaba. Búscale una doña santurrona como tú, pero te aclaro que papi no es así ni es lo que quiere”.

Estela se puso de pie para retirarse y quitó la mano de Anne. Sus últimas palabras la hicieron sentirse aún más segura. Hasta quizá celosa.

“Y de mí, piensa lo que quieras, no me importa. Pero ¡ay de ti si lo echas a perder con tus idioteces!”, alcanzó a decirle.

“¡Sé bien lo que eres y lo que has sido siempre!”, repitió Estela.

Anne hubiera querido gritarle o tirarle con algo, pero había mucha gente. Se quedó sentada, furiosa. Terminó su café y se dirigió a la habitación.

Sonó el teléfono casi una hora después, cuando Anne y Tomás descansaban tras empacar sus cosas, tirados en la cama y abrazados, aguardando el momento de partir, en completo silencio. Anne tomó el auricular.

“¡Listo chicos! Vámonos pa’l rancho!”, escucho a Estela decir con un repugnante tono de alegría, como si nada hubiera pasado hacía unos momentos. Anne no dijo ni media palabra. Simplemente colgó.

“Estate preparado papi. Estela va con todo. Ten uno de tus discursos listo para neutralizarla. Le queda muy claro que tú y yo somos amantes”, advirtió Anne a su padre al ponerse de pie. “Yo me haré cargo de tus compromisos allá, no te preocupes. Te tendré al tanto de todo”, le aseguró.

“No te preocupes hija”, contestó Tomás. “Sabré cómo manejar la situación, si algo se presenta. Además, eso que me dijiste frente a ellos estuvo maravilloso”.

“Puedo detener esto, si me lo permites”, dijo calmadamente Anne, “tal y como lo hice hace un rato”.

“No hija”, dijo Tomás. “Ya sería demasiado”.

“¿Quieres que te la mame por última vez, novio?”, dijo Anne.

“No creo que se me pare”, contestó Tomás.

Anne guardó unos segundos de silencio, no muy segura de decir lo que tenía pensado.

“¿Qué tal si te la coges, novio? Por mí no habría problema alguno. Le urge que la destapen. Así sería yo la primera en igualdad de circunstancias”, propuso. “Es en serio”, continuó Anne.

“Ella jura que tú y yo somos amantes, pero no lo puede probar. Mark también piensa igual, ya lo habló con él”.

Tomás pensó unos instantes la propuesta de su hija mayor.

“Estas bien loca hija. Eso sería imposible”, contestó, sin pensarlo. “Además estás embarazada de mí, ¿qué no? Eso sería infidelidad”. Ambos se rieron y salieron de la suite.

“Cuando regreses, sabré si estoy embarazada”, dijo Anne, mientras caminaban hacia el elevador.

“¿Cómo lo sabrás si es mío? Dices que cogerás como loca con tu marido para evitar sospechas”, dijo Tomás, cuando bajaban al lobby.

“Me tiene que bajar en unos 10 días más. Si no me baja, me haré la prueba para confirmarlo y entonces comenzaré a coger con Raúl como loca, todos los días. Ya lo tengo planeado”, precisó Anne.

“¡Que culeadón me diste aquí anoche, novio!”, continuó, antes de abrirse las puertas del elevador y unir sus bocas por última vez en quien sabe cuanto tiempo.. Estela y Mark los esperaban en el lobby. Tomás pagó la cuenta y se dirigieron al aeropuerto. Regresaron el automóvil y se dirigieron a salidas internacionales.

Anne abordó el avión primero. Se despidió del resto del grupo con un beso en la mejilla a cada quien, y un abrazo a papi, con un nudo en la garganta. Fue difícil. El vuelo a Houston salía una hora más tarde. La seriedad de Tomás era notoria, casi depresiva. El hombrón alegre y movido de ayer se esfumó.

“Sé que estas muy hecho a Anne y su familia papi, pero nosotros cuidaremos tan bien de ti, que no querrás devolverte con ellos, vas a ver”, le dijo Estela con alegre tono de voz a modo de competencia, mientras caminaban a su sala de espera.

“Vaya que estoy hecho a ella, por ella”, pensaba Tomás al oír las huecas palabras de Estela.

“Te compraremos todo lo que necesites y tendrás un cuarto para ti solo, con tu baño. No dejaremos que los chicos te molesten”, le aseguró Estela, mientras Mark asentía con su cabeza.

Tomás se sintió acorralado, sin escapatoria. Ya no estaba Anne para salvarlo y aunque estuviera, no había mucho que pudiera hacer.

El viaje a Nueva York fue el parte aguas de su ardiente relación. La semilla estaba sembrada. No sabían con precisión cuando se volverían a ver para continuar lo suyo, pero con seguridad lo harían.

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Anne no menstruó. Estaba embarazada de su propio padre. Según lo planeó, comenzó a tener relaciones con su esposo tras comunicarle su deseo de tener otro bebé. Nacería a principios de noviembre y se llamaría Tomás si fuese hombrecito, o Emilia si fuese mujercita. Ya tendría ella 40 años, Anne lo gozaba en su corazón. Cuando regresara su padre le daría la sorpresa.

FIN

Los Encantos de Papi (Parte 7)

Eran casi las 8 de la mañana. Para Anne era algo difícil contestarle a Estela su segunda llamada conteniendo su molestia. Le extrañó que no estuviera molestándolos más seguido con más llamadas, hasta eso.

“¡Hola sis, buenos días!”, dijo Anne, con cierta reserva en su tono de voz. “¡Ah sí, bien a gusto! Me voy levantando. Ya sabes…papi y sus ruidos me despertaron. Me dijo que habías llamado hace rato”, dijo, quedando en silencio algunos segundos que aprovechó Tomás para levantarla con su pene metido en la vagina, arrancándole un leve suspiro que tuvo que disimular con un bostezo.

“Nosotros tampoco. Nos morimos de hambre. Papi ya está casi listo. Yo en menos de media hora, en lo que me seco el pelo y me arreglo. ¿Nos vemos en el buffet?”, continuó Anne, al tiempo que ponía su dedo índice en la boca de Tomás.

“Si, bajen en unos 15 o 20 minutos. Papi llegará antes que yo. Los alcanzo. ¡chao!”, concluyó, al tiempo que se bajó a besar la boca de Tomás, dejando caer el auricular por un lado de ellos, al tiempo que él empezaba de nueva a levantarla rítmicamente, haciendo más fácil que sus bocas se unieran. Tomás tuvo la precaución de colgar bien el teléfono.

“¿Habrán encontrado misa?”, preguntó Anne. Ambos se rieron del fanatismo de su hermana y su cuñado.

“Amor, me tienes que dar más aprisa. Nos esperan a desayunar”, dijo Anne entre suspiros al estar alcanzando su clímax.

Tomás aseguró a Anne de las caderas, mientras ella se frotaba sobre él,  haciendo todo el movimiento, gritando de placer. En segundos, papi eyaculó, estremeciéndola, al coincidir con su orgasmo.

Anne se levantó y quitó el condón saturado del pene. Lo inspeccionó, y al ver que no tenía fugas, lo tiró al suelo y limpió perfectamente el embarrado tronco  con la lengua, devorando golosamente los restos de semen.

“Mm-mmh…, necesitaba comer algo, aunque fueran semillas de hermanitos-hijitos-nietecitos”, dijo Anne. Ambos se carcajearon

“Papi, tengo que contarte algo”, dijo Anne. Tomás volteó a verla mientras se vestía.

“Estela me dijo ayer que estaba segura que tú y yo traíamos algo”, comenzó. “No me lo dijo directamente,  pero cree que estamos teniendo una relación más que de padre e hija. O sea, que estamos cogiendo”

La expresión de Tomás cambió al escuchar las palabras de su hija.

“Y… ¿Qué pasó?”, preguntó, con tono de preocupación con el rostro, caminando hacia ella.

“Tuvimos una discusión… fuerte, mientras tú y Mark estaban en la recepción del hotel”.

“Ella alega que te ve muy bien y que yo me arreglo demasiado y muy provocativa cuando estoy contigo y que me maquillo de más”, continuó Anne. “Imagínate por donde nos pescó”.

“Eres muy elegante y bella y cuidas tu imagen tal como tu madre lo hacía, eso es todo”, dijo Tomás.

“¿Aunque tenga razón Estela?”, preguntó Anne, “¿se nos nota tanto?”

Tomás se sentó junto a ella. Los ojos de Anne se llenaron de lágrimas, mientras él la acariciaba y besaba en el húmedo pelo, esta vez como hija, no como su amante.

“La confronté, pero nos reconciliamos y me pidió perdón”, dijo Anne ya más tranquila. “Es insoportable, intrusa, inquisidora”, continuó.

“Te lo comento para que tomes precauciones cuando estemos con ellos, y en la boda, ¿OK?”, continuó. “No renunciaré a ti. Me encantas como hombre y como amante. Nos complementamos. Nos necesitamos. Te deseo, y estoy segura que tú también”, dijo Anne.

Sus bocas se unieron una vez más. “Te amo”, dijo ella. “Por más anormal y pecaminosa que sea nuestra relación, jamás te dejaría”, reiteró Anne.

“Yo te amo más, Anne hermosa”, contestó su padre.

Tomás terminó de alistarse, mientras Anne permanecía en su diminuta y provocativa ropa interior sentada en la cama, observándolo. Se paró junto a él a revisar su barba.

“Que guapo estás. Si no fuera por el par de mojigatos, te pediría que me cogieras otra vez ahorita mismo”, dijo calmadamente Anne.

Tomás le dio un beso en la boca, y salió. Bajó al desayuno, donde ya estaban su otra hija y su yerno.

Anne llegó 15 minutos después que Tomás, luciendo radiante y fresca. Ya habían comenzado a desayunar. Estela no dejó de sentir su frustración y avivar de nuevo sus sospechas, preguntándose qué habría pasado la noche anterior. El plato de Anne estaba lleno de frutas, mientras que el de Estela de un pesado y grasoso desayuno y mucho pan con mantequilla, no muy distinto al de papi o de Mark.

Tomás miraba cuando podía a su bella hija mayor mientras desayunaba, reviviendo cada momento de su inolvidable primera noche juntos. Estela no perdía detalle de su padre, y se percató de sus miradas hacia su hermana, alimentando aun mas sus sospechas.

*********************

El frío casi los hacía devolverse al hotel cuando salieron casi una hora después. Había restos de nieve en la calle y banqueta, pero el deseo de Anne y Estela de ir a visitar tiendas o simplemente pararse en aparadores, pudo más.

No había muchas abiertas a esa hora aquella helada mañana de enero.  A un par de cuadras del hotel, Mark y don Tomás les propusieron que continuaran solas, mientras ellos se irían de regreso al hotel, cosa que gustosas aceptaron.

Por fin, las hermanas encontraron una tienda elegante abierta. No se separaron, se fueron a ver vestidos, aunque ya venían preparadas para el elegante evento de esa noche.

Estela no aguantaba las ganas de comenzar con sus interrogatorios y señalamientos, a pesar de la supuesta reconciliación de la noche anterior.

Anne recordó que papi le debía un negligé al verlos y lo ubicó para volver más tarde con él a que se lo comprara.  Comprarlo frente a  su hermana sería una declaración de guerra.

“Y… ¿cómo durmieron anoche Anne?”, preguntó finalmente Estela, mientras hurgaba la ropa. “Se quedaron la suite para enamorados. Estaba muy elegante y bonito nuestro cuarto, pero nada que sugiriera que era para lunamieleros”, prosiguió, iniciando de nuevo su ataque. “La vi en los catálogos del hotel. Parece que todo el piso 20 son puras suites de esas”, dijo.

“No te hagas la mártir, Estela. Papi te puso la tarjeta en la mano y tu saliste con la pendejada de que te daba flojera, ¿te acuerdas? Me decepcionaste. A Mark y papi también los sacaste de onda”.

Estela sonrió, como si se tratase de no haber sucumbido a una tentación, con ganas de lanzarle la pregunta si papi se la había cogido.

“Muy, muy a gusto sis”, continuó Anne. “Me la pasé toda la noche pensando en Raúl”, continuó mintiendo. “Tuve que mover a papi algunas veces en el sofá-cama, porque roncaba como camión. Luego, le cambié y me fui yo al sofá, y santo remedio, pude dormir como nunca de a gusto”.

“Ronca como loco”, insistió Anne en algo completamente falso, para desviar su atención del tema.

“Tiene un jacuzzi en forma de corazón y está lleno de detalles propios de los recién casados”, describió Anne. “¿Te gustaría cambiar? Les caería bien a ti y a Mark una noche de locura”, sugirió.

“No sis, disfrútenla ustedes. Métanse al jacuzzi”, contestó Estela, evidenciando su monótona y tediosa relación. “Además que flojera cambiar el tilichero”, agregó.

“Y vaya que han de disfrutarla, zorra”, pensó Estela

“¿Cuál tilichero?”, contestó Anne. “¡dos putas maletas sis!”.

Anne dijo “te estas quemando por hacerme la pregunta. Te conozco”.

“¡Ay Anne, Anne…ay, ay, ay!, exhaló Estela. “¡Ay sis!”.

“No te miento, y discúlpame”, prosiguió Estela, “me pasé buen rato pensando en ustedes dos y no me podía dormir. Me ponía a rezar y rezar porqué nomas fueran cosas mías. Los imaginaba haciendo el amor en todas partes. Nunca debería haberlos dejado ocupar esa suite, es tentar al demonio”, prosiguió.

“Deberías de haberte puesto a coger y coger mejor, querida, que desperdicio de tiempo”, contestó Anne en tono despreocupado. Ambas sonrieron. Estela un poco menos. Seguramente se sintió algo molesta anteponer el coito al rezo. “Mark se quedó dormido en la tele. Por allá como a las 4 se fue a la cama”, agregó Estela. “Antes de las 6, ya estábamos con el ojo pelón”

“Y ¿sabes otra cosa Anne?”. Preguntó.

“Ahorita que llegó al desayuno papi venía guapísimo, lleno de vida, erguido y sonriente”, dijo.

“Hermana, tienes problemas y serios”, dijo Anne sonriendo. “¿Te perturba que papi esté así?”

“Lo que me preocupa Anne”, comenzó de nuevo Estela, “lo que me preocupa es que tiene poco tiempo así. En el verano lo veía más amoladón y deprimido, hasta pensaba que se nos iba a morir.

“¿Le estas dando algo? ¡Dime la verdad, sis!”, dijo Estela.

A Anne le hubiera gustado contestarle que el secreto estaba en las cogidas que le daba papi, recordando los ardientes momentos de la madrugada. Le fascinaría que no se escandalizara y poder ser abierta con su santurrona hermana y contarle la clase de garañón que era su padre, estando muy consciente que se trataba de un romance enfermizo y pecaminoso.

Ambas de vieron y se rieron, reflejando algo de picardía en sus sonrisas. “¿Lo hicieron, sis?”, preguntó Estela.

Anne sabía que venía de lo mas profundo a atacarla de nuevo cuando le preguntó eso.

“¡Eres una pendeja, Estela!, pero me encantaría que fueras la misma de antes, como cuando éramos jóvenes y solteras, antes de que te volvieras tan mocha. ¿Cuándo te perdí, cabrona?” dijo Anne, dándole un beso en la mejilla.

“No está feo el tipo, te diré”, dijo Anne, avivando en Estela su morbosidad y empezando a disfrutarlo.

“¿De dónde sacas que papi y yo somos amantes? ¿Solo por estar muy bien físicamente? ¿No crees en una vida sana y ordenada tiene resultados? El sexo no es indispensable para estar bien, sis, tu bien lo sabes. Quizá se masturbe o tenga alguna novia secreta, cosa que no creo porque estoy sobre él todo el día. Lo sabría, créemelo”, dijo Anne.

“Nomás no me quieras ver la cara, sis”, di Estela. “Si son amantes, me lo puedes decir. No tendré ningún problema, y no me digas que se masturba. Es pecado”.

“¡Y dale!”, dijo Anne, comenzando a molestarse.

¿Serán pecado las puñetas que yo le hago?, pensó Anne.

“Lo tomé bajo el ala”, continuó Anne.  “Le puse unas inyecciones de Bedoyecta y unas vitaminas múltiples muy buenas que me recomendó el doctor Luis, cuando lo revisó. Le recomendó un régimen de dieta y ejercicio. Ha sido un éxito. Si, lo veíamos jodidón. Raúl me comentaba que también se le hacía muy apagado.  Nomás velo ahora. Llegó un domingo a la casa y era otro, como por arte de magia”.

Después de haberme dado un cogidón el sábado, desde luego, recordó Anne.

“Ay Anne, pero ¿cómo anda de sus análisis? Siempre ha sido medio descuidadón con eso. ¿Su próstata? Me preocupa. Y luego nunca ha sido muy de la iglesia, nomas cumple con lo básico y a veces” continuó Estela en tono preocupado.

“El doctor ese no me cae bien. Es divorciado”, continuó Estela en tono recatado.

“¡Ay como eres mamona, sis!”, dijo Anne en tono de fastidio. “¡Qué molestas son tus mojigaterías!”

“Será lo que quieras, pero es un excelente médico”, continuó Anne. “Es una eminencia y muy atinado, además se conocen de toda la vida”.

“Veré como le hago para convencerlo que se cheque y que se meta más a la iglesia para que estés tranquila”, dijo Anne, dándole por el lado a su  hermana, denotando con su expresión que jamás lo iba a hacer.

Tras varios minutos de silencio y de ver vestidos, Anne por fin habló, rompiendo la inesperada tensión.

“Hice cita en el salón de belleza del hotel para las dos, sis”, dijo Anne. “Es a las 2 de la tarde”.

“¿Estás loca o qué?”, contestó Estela de inmediato. “¡No pienso pagar 300 dólares porque me peinen y me pinten!”.

“Sis, vas a quedar muy bien, papi nos lo dispara. Te vendría bien una arreglada y una pintadita de canas, no seas así. ¡Quiero que te veas guapísima a la noche!”, insistió, pero fue inútil. Estela le aseguró que traía todo lo necesario consigo y que jamás caería en el juego de los carísimos salones de belleza de Nueva York. “Si papi quiere gastar 300 dólares o más, mejor que me los regale”.

“Bueno, pues allá tú”, dijo Anne. “Yo si iré. Quiero lucir bien para la boda y causar una buena impresión. Papi quería que fueras tú también”.

Estela hubiera querido decirle que la impresión de puta de su papi que tenía de ella era lo que debiera cambiar. No soportaba que todo el maquillaje y la ropa le quedara bien y siempre echaba su imaginación a volar.

“Creo que debemos regresar al hotel y comenzarnos a alistar”, dijo Anne, al ver que era casi medio día. No compraron nada al final.  “Tenemos tiempo de salir a comer algo rico. ¿Qué tal unos hot-dogs de la calle de Nueva York?”, propuso Anne.

“Me parece perfecto. Vamos por papi y Mark. ¡Les encantará!”, contestó Estela. Se abrazaron y caminaron hacia el hotel a unas cuantas cuadras de distancia, aguantando el intenso frío neoyorquino.

En congruencia con su tamaño, Tomás pidió un hot-dog enorme, con salchicha polaca. Cuando lo abrió para ponerle los aderezos, Anne notó que Estela no quitaba la vista de la gigantesca salchicha y miraba alternadamente la cara de su padre.

 “Más grande la tiene sis, y mil veces más sabrosa”, hubiera querido decirle.

Cuando salieron del lugar, Anne le dijo a Estela con voz apenas perceptible, cerca de su oído “¿por qué no dejas de estar pensando chingaderas querida?”. Estela se volteó a mirarla, fingiendo extrañeza. Anne sabía bien que traía puros pensamientos sucios en la cabeza. “La salchicha, no te hagas pendeja”, aclaró Anne.

“Eres una pendeja”, dijo Estela a su hermana, riéndose. “No me imagino como papi puede comer tanto y no tener barriga”.

Las dos parejas se dirigieron a sus respectivos cuartos, y descansaron un rato. Anne le contó a papi que le había propuesto a Estela cambiar de habitación y de que la atacó de nuevo con sus sospechas.

Anne ya tenía listo el vestido. Seguramente Estela también. Se lo midió frente a Tomás, sin ropa interior, desde luego, obteniendo una rotunda aprobación. Se cambió de nuevo.

“Vamos a que me compres el negligé. Ya lo tengo ubicado. Te va a encantar”, dijo Anne, extendiendo su mano a su padre que estaba recostado, pero él tiró de ella, cayendo sobre su gran humanidad para besarse con pasión.

“No empieces, novio”, dijo Anne al ponerse de pie. “Apenas tenemos tiempo”.

Al regreso de la tienda, Anne y Tomás entraron al salón de belleza del hotel. Cuando la sentaron en el sillón, Tomás le dio un beso en la mejilla y regresó al cuarto, no sin antes encargarle al estilista que se la dejara guapísima, quien debe haber supuesto que se trataba de su esposa o su novia.

Casi dos horas después, salió del salón. Decidió hacer escala en el cuarto de Estela y Mark para impresionarla, en primer lugar, y para ver como se estaba arreglando.

Al abrir la puerta, Mark quedó boquiabierto por la despampanante estampa de su cuñada. Pasó y Estela volteó a verla, quedando impresionada por el perfecto maquillaje y su estilo de peinado. Solo le faltaba el atuendo para la boda. Le causó envidia indudablemente.

“¿A poco no valieron la pena los 300 dólares y 50 de propina, sis?”, dijo Anne, sin que Estela pudiera dejar de apreciar la exquisitez del maquillaje y las ondas de su rubia cabellera, pasando una de ellas sensualmente sobre su ojo izquierdo. Se veía provocativa, muy sensual, más que lista para una boda, para hacer que papi explotara de deseo al verla. Al fin y al cabo, era al único que deseaba impresionar.

Anne se quedó un rato, ayudándola a arreglarse, aunque para ésta era difícil disimular su frustración. Le ayudó lo mejor que pudo. Batalló un poco con el vestido, el cuál había comprado haría cosa de tres años y lo había utilizado ya algunas veces. Aunque aún elegante y aún de moda, los kilos de más de Estela dificultaron la labor.

Cuando llegó a su suite, Tomás estaba dormido. Se puso su atuendo. Parecía salida de un cuento de hadas.

Tomás despertó minutos después de su arribo, pero se hizo el dormido, hasta que Anne se paró frente a él: “¿Novio?”, dijo suavemente, “¿Qué tal quedé?”.

Tomás se incorporó, y se dirigió a ella.  “¡Epale! ¡Alto! ¡Solo me puedes ver!”.

Mark y don Tomás se quedaron boquiabiertos al ver a la despampanante hija mayor salir del ascensor. Tendrían unos 10 minutos esperándola.

Basándose en lo que Anne le había comentado sobre las sospechas de Estela y la envidiable estampa de su hija mayor, Tomás sintió que habría problemas con Estela.

Estela se encendió por dentro de coraje. No era posible que un hombre con tantos años sin sexo resistiera la monumental presencia, aunque fuera su propia hija. Le fue muy difícil aceptar que Anne estaba simplemente soñada y jamás podría verse como ella.

Cuando llegó su auto a la entrada, Tomás abrió la puerta para que Anne subiera. Estela abrió la suya cuando Mark pasó por alto el acto de cortesía para darle propina al valet. En el interior sintió furia y frustración, siéndole difícil ocultarlo.

Anne hubiera querido recorrerse hacia su padre en el asiento trasero, pero tenía que guardar las apariencias. Le hubiera encantado que metiera su mano debajo del vestido y se diera cuenta que no traía calzón y estaba algo mojada.

 

CONTINUARÁ.

Los Encantos de Papi (Parte 6)

“¿Aló?” escuchó Anne decir a su padre, sin dejar que el teléfono sonara por tercera vez.

Amodorrada, Anne tomó su reloj de pulsera y vio la hora. Eran pasadas las 6 se la mañana. Se estiró y se giró hacia él.

“Si hija”, le oyó a su padre decir, tras unos momentos de escucharla. “No, está súpita…creo”, siguió don Tomás contestando. “No, no la voy a despertar, Estelita”

“Mmmm…, ajá…no…no”, solo escuchó a su padre decir varias veces. Finalmente lo escuchó decir “bye” y colgó.

“Tu hermana quiere que bajemos a desayunar con ellos”, dijo don Tomás, volteándose hacia Anne.

“¡Ya ni la amuelan, novio!”, contestó ella. “¡Yo creo que ni abierto está el restaurante!”.

“Creo que notó que me molestó con su imprudencia”, dijo Tomás. “Su pretexto era que están acostumbrados a levantarse a esa hora para ir a misa de 7, y que se habían puesto a buscar una iglesia pero que es hasta las doce y quien sabe que tanto más, y con el pretexto de que es boda mormona y más cosas, etcétera, etcétera, etcétera”, contó Tomás. “Y luego esa maña de soltarse hablando en cuanto contestas…. ¡qué desagradable!”.

“No la culpo. Sabe que me despierto temprano y no tiene porqué saber lo de anoche, ¿verdad amorcito?”, agregó Tomás, volteándose para besar a su hija.

“¿A poco tienes hambre, hija?”, preguntó.

Anne se estiró de nuevo bostezando y sintiéndose muy molesta por lo que le dijo su padre de su hermana Estela.

“Mmmmh…”, gimió sensualmente. “Tengo hambre de esta cosita”, contestó Anne, metiendo su mano bajo la sábana y descubriendo el semi-erecto pene de su padre. “¡Hey!”, exclamó ella, “¡si funciona la pastilla del fin de semana, novio!”, continuó al sentir que la gorda macana de Tomás comenzaba de nuevo a llenarse, preparándose para servirla.

“¿Sabes que ni me limpié tus mecos de las nalgas, novio? Tampoco fui al baño. Estoy llena de ti todavía, ahora que me acuerdo. ¡Hasta siento como que se me mueve!”, le dijo Anne sonriendo a su padre al tiempo que acercó su boca a darle otro beso. “¡Ha de ser una barbaridad lo que traigo dentro!”, dijo sonriendo sensualmente.

Era aparente que ni cuenta se había dado del conato de la madrugada.

“Ya vi”, contestó don Tomás. “Ahorita que estabas de lado se te estaba saliendo un algo cremosito de tu delicioso hoyito, ¿que sería? También ayer que te estabas bajando de la ventana se te salió un chorrito parecido”, agregó, riéndose. Anne lo miró y le sonrió.

“¡Eres un toro novio, que forma de llenarme!”, contestó, con erótica expresión, “no me vuelvas a coger sin condón, cabroncito”, advirtió, besando su boca, “me puedes embarazar”.

Tomás comenzó a acariciar suavemente su pelo, mientras Anne masturbaba delicadamente su ya acrecentado y duro pene, recostada de nuevo en su pecho.

“No, porque llegaría el momento en que no te pudiera coger”, contestó Tomás, al pensar en el problemón que sería embarazar a su propia hija.

Conforme se fueron despabilando, Anne subió de intensidad sus besos. Tomás respondió en consecuencia. Anne se trepó completamente en la enorme humanidad de Tomás, como si fuera un colchón.

Don Tomás estiró su mano y tomó un condón del buró, junto al teléfono. “Hoy si pudiera ponerse peligroso esto”, dijo, al tiempo que su bella hija bajaba besando su pecho y jugando con su lengua y dientes entre el tupido pelo abdominal de Tomás, tirando de él suavemente, pero arrancándole leves suspiros.

Con sus suaves tetas, acorraló el pene de su padre, masturbándolo, haciendo un suave movimiento circular en el glande con sus encendidos pezones.

Se deslizó rápidamente instantes después, y lo tomó en su boca, lamiéndolo y disfrutando el leve olor dejado por ella misma, mezclado con restos de semen seco. Anne levantó sus hermosas nalgas cuando Tomás se incorporó para quedar recargado en la cabecera y verla con su cabeza metida entre sus muslos, chupando ávidamente el pedazón de carne que tanto placer le daba.

“¡Ay, ay…siento como se me mueve tu carga adentro amor!”, dijo sensualmente Anne el instante que sacó el pene de su boca. ¡Uh, uh…, ahhh… estoy llenísima! ¡Siento que me voy a hacer popó! ¡Si me la metieras me vas a reventar como globo!”.

“Me imagino”, dijo Tomás,” Debo de haberte depositado unos dos litros, novia. Yo también me estoy orinando”, confesó.

“¿Qué tal si nos bañamos antes de coger?”, propuso Anne a su padre.

“¡Buena idea!” dijo Tomás con entusiasmo.

Anne se levantó y corrió al baño. Papi alcanzó a ver otra pequeña fuga de su ano caer sobre la cama cuando saltó de ésta, excitándose más con el detalle. “¡Se te salió otro poquito!”, alcanzó a decirle.

“¡Te gané, novio!”, dijo en pícaro tono, cerrando tras de sí la puerta. Casi llegando al excusado no pudo contener la evacuación y soltó de nuevo un chorro más prolongado, que cayó en el piso, temiendo defecarse.

Tomás alcanzó a escuchar claramente la ruidosa evacuación de su hija, que al principio trató de acallarla, seguramente apretando las nalgas, pero le fue imposible contenerse. “¡Ay, oh, oh, aaay… Ooohhh!”, la escuchó tras unos segundos, mientras el torrente de semen, flatulencia y excremento acumulados salían ruidosamente de su cuerpo.

Tomás abrió poco a poco la puerta y contempló a su bella hija sentada en el excusado con cara de ardor y alivio.

“¡Eres un animal”, dijo Anne al mirarlo con los ojos llorosos, “¡Ve nomas lo que me has hecho!”, dijo, respirando agitadamente por la boca, sin poder parar de defecarse. “¡Me causaste diarrea seminal, novio! ¡Eres un barbaján!”

Mientras ella seguía sentada en el excusado. Tomás abrió la regadera y dejo correr el agua, llenando el baño de denso vapor en escasos instantes.

“¡Quítate o te mearé tu hermosa carita novia!”, dijo don Tomás!”, bromeando, poniéndole el pene en la boca.

“Tengo una idea mejor”, replico Anne, ya liberada de su molestia, pero Tomás la hizo callar, metiéndoselo la boca, casi sin poder aguantar ya las ganas de orinar. Tomás jaló el excusado mientras retacaba su miembro en la boca de su novia.

“¡Mmmmgh, mgh, mgh, Mmmmgh…!”, hizo ella, al ocuparle toda la boca con su gruesa macana.

“¿No querrás que me orine en tu cara, noviecita mía?”, preguntó Tomas, sacándolo finalmente.

Anne tomó aire. “¡Me estabas asfixiando con tu vergota, novio!”

“¿Quieres orinarte en mi? ¿eh? ¿quieres marcarme como perro? ¿Te gustaría mearte en mí, papacito?”, preguntó Anne, levantándose de la tasa, sin siquiera limpiarse el culo, abriendo la puerta de la regadera. Dio por hecho que a papi le encantó la idea, mientras éste contemplaba su contaminado ojete, sentándose de nuevo en la taza.

“Veo como que te tienes ganas de hacerlo, cochino”, dijo riéndose.

Tomás sonrió; “¡guau, guau!”, dijo, soltando una sonora carcajada, separándose un poco.

Anne cerró sus ojos y abrió su boca, aguardando en chorro de su padre, pero su erección era tan fuerte que, a pesar de sus ganas, no pudo sino echarle un pequeño chorro en la cara. Tras hacer un par de veces que lo intentó, decidieron que sería mejor dentro de la regadera.

Anne entró en la regadera y ajustó la temperatura. Tomás aguardó unos segundos. El agua estaba demasiado caliente y el chorro fuerte. Dejó correr el agua entre sus nalgas, frotándose y enjabonándose, limpiándola de todo rastro del semen y excremento.

Cuando los dos estuvieron dentro, Anne se arrodilló frente a él. Tuvo que esperar unos momentos a que su erección cediera y pudiera orinar.

“Haces pipí como caballo papi”, dijo Anne, arrodillada, al comenzar a recibir en su cara la caliente orina de Tomás, cuya huella era inmediatamente borrada por el chorro de la regadera. “Oríname toda…, márcame, ¡márcame como tuya…, me encanta ser tuya!”, decía al sentir en su cuerpo el incesante flujo de su padre, mientras el la impregnaba con el pene en la mano, abriendo su boca y recibiendo en su lengua el caliente corro.

Cuando finalmente terminó, Anne se paró y dejó correr un buen rato el agua por su cuerpo, escupiendo repetidamente, y luego lo besó en la boca, pero él la arrinconó contra la esquina de la regadera, se le fue encima y le metió el tronco en la vagina, haciéndola gemir y gritar de deseo.

“¿Ves? ¿Ves la ventaja de tener una buena verga, noviecita mía?”, dijo Tomás al penetrarla de frente y de pie. “¡Te apuesto que Raúl no te hace esto!”.

“¡Ahhh…, ohh…, ahhh…, ohh!” gemía Anne, tras cada embate del gigantesco hombre.

“¡Novio, novio, espera…, espera…!, ¡me puedes embarazar!”, imploró Anne, haciendo que papi se detuviera.

“Métemela por el culo o ve por el condón, papi”, pidió Anne.

“¿Qué tal las dos cosas, princesa?”, respondió Tomás, al voltearla con facilidad y hasta algo de violencia, sin darle mucho tiempo que Anne objetara. Ella simplemente subió sus brazos por la pared en señal de rendición ante su fogoso amante.

Las gigantescas manos de papi abarcaban casi por completo las blancas nalgas de Anne. Le metió ambos pulgares en el ano al tiempo que acercó su glande y se lo comenzó a meter retirando poco a poco sus gruesos dedos.

“Por aquello de que no estés bien lubricada, novia”, le susurró al oído sin importarle si su hija sentía dolor o molestia por el intempestivo cambio. Sus manos subían de sus caderas a sus senos, mientras con gran energía la bombeaba por el culo, haciéndola gritar, mientras él ronroneaba como gato en celo.

“¡Ay papi, novio…, ay…! ¡me vas a dejar el culo todo abierto! ¡Raúl se va a dar cuenta!”, dijo Anne agitadamente, entre pasión y sonrisa.

“¡Vamos a la cama! ¡Cógeme como lo estábamos planeando!”, suplicó.

Tomás se detuvo, y comenzó lentamente a retirar el pene de su bella y exhausta novia. Volteó y lo miró con cara de cansancio y lujuria.

Anne no dejó que su padre siquiera se enjabonara. Ella se encargó de hacerlo, sentado en la repisa. Mientras enjabonaba sus enormes y colgantes testículos y masturbaba levemente su pene, sus bocas se unieron de nuevo.

Mientras le lavaba el pelo, Tomás se deleitaba lamiendo los erectos pezones de Anne.

Cuando se secaron, Tomás levantó en sus brazos a su hija y la condujo a la cama, sin separar sus bocas.

“¿Me vas a coger novio? ¿Te vas a tirar a tu novia otra vez?”, dijo Anne con melosa voz a su padre, mientras depositaba su blanca desnudez en la cama. “¡Eres un semental insaciable, amorcito!”

Tomás se dejó caer, y Anne se trepó de nuevo en él, besando su boca con la ya familiar pasión que caracterizaba su ardiente romance.

Anne bajó de nuevo a mamársela, pero esta vez, le colocó el condón con la boca, montándose en el de inmediato, gozándolo como un niño en un caballito de la feria, al compás de los empujes de su energético padre.

La erección de Tomás era impresionante. Su vigor y fogosidad superaban cualquier expectativa de su hija. Mientras gozaba, Anne pensaba en que quizá papi debiera de tirarse también a Estela, pero como terapia a ella. Estaba segura que lo de su hermana era puro morbo. No podía creer que la estuviera haciendo de cuento por su padre en su versión renovada. Siempre buscaba el lado pecaminoso de las cosas.

El teléfono sonó de nuevo cuando estaban a medio coito y tuvieron que detenerse. Esta vez, fue Anne la que contestó mientras permanecía montada sobre papi, quien le pasó el auricular antes del segundo timbrazo. Siempre alertas para no despertar sospechas.

CONTINUARÁ

Los Encantos de Papi (Parte 5)

Pasado el episodio con Estela en la recepción del hotel, Anne temió que fuera a afectar su romance con su padre los días siguientes.

Sin andarse por las ramas, Estela le enseñó sus cartas y traía la ganadora. Intuyó muy bien la verdadera razón de su notable mejora y rejuvenecimiento de papi: se la estaba cogiendo.

Anne pensaba asombrada en lo certera de su sospecha. No sabía cómo reaccionaría papi cuando lo enterara por la mañana. Tenía que hacerlo.

Modeló para sí misma frente al espejo un par de veces. Revisó su vagina y ano con un espejo para que estuvieran exactamente como a su novio le gustaba: sin un pelo de más. Se juzgó lista. Retocó sus labios y salió del baño completamente desnuda tras varios minutos de prepararse.

Lo primero que vio fueron los velludos hombros de su corpulento padre salir de la burbujeante y vaporosa tina.

“Hola novio guapo”, dijo Anne. “¿Está listo mi osote peludo para el romance?”, preguntó con su sensual tono de voz.

Don Tomás solo respondió con un ademán para que se metiera al jacuzzi, sin verla, con solo escuchar su voz.

Anne se puso detrás de él y se sentó sobre el borde. Comenzó a deslizarse sobre sus nalgas hacia la nuca de su padre. Abrió sus muslos y puso cada uno sobre sus hombros y besó su pelo.

Tomó la cabeza de su padre y comenzó a frotar en ella su babeante vulva, varios minutos, emitiendo gemidos mientras Tomás murmuraba de placer, sintiendo como se humedecía su pelo con los jugos vaginales de su hija. Tomó a papi por el pelo, con su mano tirando de el, sin importarle que le doliera, frotándose con su cabeza, como si fuese un consolador. Con Anne, Tomás era un gigante de trapo.

“¡Aaaah, ahhh… aaaahhhh…, papi…ah!, ¡me encantas!”, gemía Anne.

Casi para venirse, Anne se separó y subió por la cabeza de su padre sintiendo su ondulado y entrecano cabello acariciar su encantadora abertura, dejando tras de sí sus rastros de su húmedo deseo, tallando sus nalgas en su cara, sintiendo su gigantesca nariz entre ellas, deteniéndose y frotando con ella su rajadura. Quería que su padre le hiciera unas pocas de caricias con su lengua. Tomás se separó un poco, lamiendo su vulva y besándole el culo, acariciando las blancas y suaves nalgas, al tenor del espumoso y caliente burbujeo.

Anne gimió suavemente, pero siguió deslizando su cuerpo hacia abajo. Tomó el pene de su padre bajo el agua con sus manos y lo insertó en su vagina, sintiendo su familiar y ansiada dureza, de espalda a él.

“Como me excita el agua tan caliente rodeando mi cuerpo con tu vergota adentro, novio”, dijo Anne al acomodarse sobre su padre.

Don Tomás tomó a su hija de las caderas mientras ella se movía rítmicamente, disfrutando al máximo la perfecta penetración, durante varios minutos.

“Novio, no te pusiste el condón”, dijo con sensual voz al sentir la rigidez de su padre ocuparla por completo.

“Mm mm… no”, contestó, sonriendo. “Yo creo que tampoco necesitaba esa pastilla mugrosa que me diste”, agregó. “A ver si no me pega un soponcio”, dijo.

“Papi, eres un sesentón y tenemos el fin de semana por delante”, dijo Anne, “mañana veremos si es cierto lo que dicen de ella”

“¿Y si me embarazas, cabroncito?”, continuó ella. Tomás ignoró su pregunta. “Estoy fértil novio”, dijo, pero no dejó de frotarle sus nalgas sobre la cintura.

“¿Acaso has notado que me falte energía muñeca?”, preguntó Tomás.

“¿Te gustaría embarazarme, novio? ¿eh? ¿Te gustaría tener un hijito-nietecito? ¿eh?”, preguntó ella con su provocativa entonación de voz, al sentir una pequeña contracción del pene en su vagina.

“Eres un viejo garañón, una inesperada sorpresa”, continuó, “pero eres mas intenso y aguantas más, espero, y como que también te siento más duro”, agregó entre gemidos.

El ritmo subió y solo se escuchaban los chasquidos del agua mientras Tomás se tiraba vigorosamente a su hija y el agua salpicaba entre las suaves nalgas y el velludo estómago, haciéndola alcanzar su primer orgasmo de esa inolvidable noche, en medio de irrestrictos gritos y jadeos.

“¡Aguanta mi amor…hazme gozar como nunca, cógeme más y más!” comandó ella. Sabía que estaba jugando con fuego al no traer su padre condón, y sentir otras dos pequeñas palpitaciones de su pene mientras él trataba de contenerse.

“¡Papi!”, dijo Anne con tono de reclamo. “¡Sentí los chisguetitos, cabroncito!”

Anne se incorporó. Tomás contempló la sensual, madura y brillante belleza del cuerpo de su hija humedecido con rastros de espuma. Se le notaba en su leve flacidez el paso de los años. Sus senos ligeramente caídos y un leve exceso de grasa abdominal la hacían más apetecible para Tomás, más doña, más madura. Volteó hacia él comenzó suavemente a sentarse sobre su erecto pene, pero esta vez trenzó sus brazos en la nuca de su padre y se besaron apasionadamente, casi queriendo devorarse.

“Mm mm… mmhhh”, “no te mamé tu pitote novio”, susurró Anne al oído de Tomás, mordisqueándole la oreja y metiendo su lengua por el oído, “a ver si no me embarazas, condenado”, dijo, pero la despreocupación en sus palabras le hizo sentir a Tomás que no pasaría nada si había un accidente.

“¡Si me embarazas, ahora vas a tener que ser tú quien hable con Raúl!”, dijo con jadeante voz.

Tomás enloqueció tras lo que su bella hija hacía y decía, y aumento el ritmo para que, en comparsa con ella, llevaran la experiencia del coito a niveles nunca antes sentidos.

Se detuvieron un momento cuando el temporizador de la bomba paró. Con el dedo del pie, Tomás bajó la palanca para drenar el agua de la tina. Poco a poco fue bajando el nivel mientras sus desnudos y espumados cuerpos quedaban expuestos. Moviéndose rítmica pero lentamente, Anne alcanzó su segundo orgasmo.

“¡Ahhh, ohhh papi, papi…que feliz me haces!… ¡cómo me llenas! “¡Te debo tu mamada subacuática para mañana!”, dijo Anne.

“¡Me moría  por coger!”, dijo Anne. “¡No solo tú andabas urgido!”

Tomás tomó a su hija de las nalgas, sin sacarle el pene, y se incorporó cuidadosamente con ella para no resbalar, cargándola fuera del jacuzzi. Anne trenzó firmemente sus piernas en su padre, sin separar su boca de la de él. Se sintió más seguro cuando sus pies tocaron la alfombra. Caminaron hacia la cama. Se detuvo un momento a bombeándola lentamente y continuó haciéndolo al caminar. Anne volvió a sentir el pene palpitarle y fue cuando a Tomás le fue más difícil contenerse. Ninguno de los dos hizo comentario alguno. Había ocurrido otra peligrosa fuga. Le sacó la verga y la sentó. Se dirigió al baño por una toalla y la envolvió, secándola lo mejor que pudo, mientras ella lo miraba con sus verdes ojos, adornados por su rubia caballera, enchinada por el agua de las puntas en su frente y a los lados, haciéndola verse más sensual y atractiva de lo común.

Tomás se paró frente a su hija. Anne contempló su imponente físico y lo bien que le había sentado reactivarlo sexualmente. Se veía fuerte, lleno de vida y energía. Sus 8 pulgadas se erguían frente a su cara como un monumento digno de adoración.

“¿Ves novio? Tu verga apunta hacia arriba, como que se le dobló la cabeza, hasta siento que me quiere decir algo”, dijo Anne sonriente, comenzando a lamer la parte inferior del húmedo y duro tronco de Tomás, como lo había hecho antes, mirándolo a los ojos, mordisqueando sensualmente debajo de su circuncidado glande. Don Tomás puso sus enormes manos en sus caderas y se arqueó un poco hacia atrás, mientras su hija, sentada, le hacía el placentero y ansiado sexo oral que tanto disfrutaba.

Mientras Anne lo mamaba, Tomás miraba fijamente una de las ventanas de la habitación, que tan amplias eran, sin cortinas, y, al tener el cristal sumido en una cornisa de unos 60 cm, empezó a planear tirarse por el culo a Anne mientras ella estuviera de rodillas en la cornisa y el de pie tras ella, deleitándose con la vista de la bella Manhattan de noche.

Sin explicación, Don Tomás retiró su pene de la boca de Anne. Se inclinó y la besó. Caminó hacia la ventana y retiró un par de adornos de la cornisa.

“¿Qué haces novio?”, pregunto intrigada.

“Ven aquí preciosa”, ordenó Tomás a su hija. “Ven, súbete aquí”, dijo indicándole con la palma de su mano donde y como la quería.

Anne obedeció. Se acercó y Tomás la tomó de las caderas y la puso de rodillas sobre la cornisa. Caían plumillas de nieve, enmarcando la bellísima vista de Manhattan en la madrugada.

“¿Ves?”, dijo Tomás. “Cabes perfectamente. Contemplemos la ciudad mientras te la meto por tu culito, ¿qué tal?”.

Anne sonrió y colocó sus manos en cada ángulo superior de la ventana. Ella era una mezcla de sumisión y dominancia bien balanceada. Sabía que podía manejar a su amante como y donde quisiera, pero le encantaba también que él le ordenara hacer locuras.

“¿Y si nos ven, novio?”, preguntó sensualmente. “¿Y si ven que te estás cogiendo a tu novia?”, repitió con tono de despreocupación, al tiempo que sacaba sus apetitosas nalgas hacia su padre, preparándose para recibir su embate.

En silencio, Tomás se arrodilló disfrutando el bello cuadro de las suaves nalgas de Anne, y las besó y lamió. Lentamente, comenzó a meter su lengua por el culo, mientras con su mano acariciaba febrilmente su chorreante vulva, arrancándole gemidos que fueron de menos a más.

Anne golpeó suavemente el cristal para constatar que no se iría de boca cuando su padre le profanara de nuevo el culo, seducida por la belleza de la ciudad. Pensó que, en alguna de las pocas ventanas encendidas en algún rascacielos de enfrente, quizá habría alguien mirándola con telescopio, como en las películas.

Tomás se incorporó a medida besaba la espalda de Anne, haciéndola que se irguiera un poco hasta que sus nalgas quedaron perfectamente niveladas, aguardando que se la metiera.
Comenzó a lubricar el ano de su hija llevando sus babas y las de ella con el glande, haciéndola gemir en anticipación.

Poco a poco y sin mucho esfuerzo, comenzó a penetrarla suavemente, hasta llegar con firmeza a lo más profundo que podía.

Anne gemía de placer, mientras su padre metía y sacaba con lenta constancia su magna erección, aumentando su ritmo, en incontenible necesidad por vaciarse.

“¡Dámela novio, dámela! ¡lléname!”, gritaba Anne, mientras Tomás jadeaba descontrolado ante la inminente explosión.

En su último movimiento, en menos de un minuto, Tomás se detuvo en el punto más profundo, apenas tirando y empujando las nalgas de su bella hija, abrazándola por el estómago, hasta liberar su caliente y abundante torrente de semen dentro de ella. Habían pasado muchos días desde el hotel en México, su última vez, y su carga era proporcional a ese tiempo: muchísima.

Anne movió circularmente sus nalgas mientras su padre se quedó prácticamente inmóvil, soltándola, asegurando que se quedara hasta la última gota de su vital fluido dentro de ella, apretando con ellas y su esfínter lo más que podía. Continuó unos momentos, moviéndose hacia adentro y afuera sintiendo la bastedad del semen que había recibido.

Don Tomás quedó exhausto. Apenas y podía permanecer de pie. El prolongado efecto del agua caliente más la intensa actividad sexual lo derrotaron. Era la primera vez que se cogía a Anne parado. Suavemente, sacó su pene del vaporoso culo de su novia. Ella quedó un momento más en la cornisa, mientras él se dirigía a la gigantesca y mullida cama. Se recostó en contemplación de su obra en la ventana: las bellas nalgas de Anne embarradas con su semen, mientras ella las abría con ambas manos, mostrándole el culo embarrado de blanco, como alabando a su padre su hazaña.

Anne descendió lentamente, también exhausta y agradecida con el fabricante de Cialis que le había dado a su padre una increíble capacidad de satisfacerla, prácticamente de volverla loca, y saciar como nunca lo había logrado su apetito sexual. Tomás alcanzó a ver como le salió un poco de su semen mientras se doblaba para descender de la cornisa, cayendo en la alfombra

Se acercó a la cama y se desplomó junto a él. Melosamente recostó su cabeza en el velludo pecho de su padre. Se incorporó un poco y lo besó en la boca. “Gracias novio”, le dijo. Se quedaron dormidos profundamente pasada las 1 de la mañana.

Tomás se levantó al baño como a las 3. Anne estaba descubierta completamente sobre su costado, dándole la espalda. Cuando regresó a la cama, ella estaba donde mismo. La contempló un rato, oyendo su respiración.

Comenzó a acariciarle la espalda y las nalgas y correr su dedo entre ellas. Estaba tan cansada que no hizo movimiento alguno. Con sus dedos pulgar e índice le abrió un poco el culo, notando que su semen estaba a la vista. Se incorporó un poco y la besó en la boca.

Anne se volteó boca arriba. Tomás la volvió a besar, despertándola. Anne lo abrazó. Tomás la arropó también en sus brazos y la subió encima de él, sintiendo en sus nalgas la dureza de su padre.
Anne se incorporó un poco y Tomás la volvió a penetrar, sin condón, pero estaba tan cansada que se quedó dormida sobre su padre. La empujó con la verga un par de veces, pero no respondió.

Pensó en pasar así la noche, ensartado en su hija, pero a los minutos se sintió incómodo. No podrían dormir. Al menos, él.

La tomó de nuevo entre sus brazos y se rodó hacia un lado, dejándola descansar. Anne se volteó, dándole la espalda a Tomás. Él puso sus manos detrás de su cabeza y se estaba quedando dormido, cuando escuchó un leve pedorreo de su novia. Volteó a verla. De su ano salía un pequeño chorro de semen que escurriendo por su nalga se acumuló en la sábana, junto a ella. Tomás se excitó de nuevo, pero decidió aguantar unas horas para volvérsela a tirar. Esa píldora era una maravilla, aceptó.

Amanecieron juntos, desnudos, como tanto lo desearon.

CONTINUARÁ

Los Encantos de Papi (Parte 4)

La puerta de la habitación se cerró por si sola.

Se besaron de inmediato, mientras Anne deshacía el nudo de la corbata y le aflojaba el cinturón.

El gordo y largo tronco de Tomás brotó amenazante cuando Anne bajó su pantalón, desafiándola a que hiciera su mejor trabajo. Anne se arrodilló frente a papi, lo tomó con ambas manos y comenzó a lamerlo y masturbarlo. Papi le puso su mano en la cabeza, como queriéndola calmar, y se sentó al borde de una de las camas, abriendo sus muslos. Anne caminó sobre sus rodillas hacia él.

Tomás sentía que siete días eran demasiada espera cada jueves. Su morena vergota estaba en pleno apogeo, levemente inclinado hacia su cabeza, babeante, esperando sentir que la boca de Anne lo arropara.

“¡Eres la mujer más ardiente que he conocido!”, dijo Tomás.

Anne se abalanzó sobre él, derribándolo, besando su boca y lamiendo su cara, con sus rodillas sobre los muslos de papi, sin importarle ni preguntarle si le molestaba. Tomás metió sus gigantescas manos debajo del negligé y comenzó a acariciar sus tersas nalgas, introduciéndole sus gruesos y ásperos dedos en el ano y la vagina, subiendo por su espalda y volviendo a bajar, mientras ella lo devoraba a besos.

Después de un par de minutos de besar ávidamente a papi, Anne comenzó a bajar lentamente y acariciar con su cara la barba de Tomás; continuó bajando por su cuello, mordisqueando su garganta unos segundos, sin detenerse continuó lamiendo y besando su pecho, rodeando sus tetillas con la lengua, su estómago y su ombligo, para llegar al deleite final: sus 8 duras y obscuras pulgadas de carne que aguardaban con ansias una de sus superlativas mamadas.

Tomás jaló una almohada y luego la otra, levantando un poco su cabeza para ver la rubia cabellera de su bella hija subir y bajar por el contorno de su pene, deleitándolo con su caliente y babeante boca cada vez que desaparecía por completo dentro de ella. Anne se quedaba unos segundos con el pene de papi completamente metido, mordisqueándolo en la base, lo sacaba por completo, tomaba aire, lo escupía y se lo volvía a tragar. Su pintura se había arruinado. El rímel de sus ojos se había corrido por las lágrimas que le salían al ahogarse con él, dejando huella de su lápiz labial en su contorno.

“¡Uy, uy, uy!”, dijo Anne tras unos minutos. “¡Traes una semana de carga, siento tus huevos pesados y tu estómago duro, novio! ¡Me vas a hacer trizas!”

Anne giró sobré Tomás, poniendo sus nalgas frente a su cara, mientras ávidamente chupaba el delicioso pene. Bajó sus rodillas a cada lado de su extasiado amante y se comenzó a erguir. Sin recato alguno, hizo a un lado el negligé, exponiendo completamente sus nalgas y se sentó sobre la cara de Tomás, sintiendo entre sus nalgas su nariz, frotándose en ella, sin importarle si su padre podía o no respirar. Él nunca había sido atrapado de esa manera. Anne se levantó un poco y con sus manos abrió sus nalgas, hasta sentir la lengua de su amante invadir sus orificios, haciéndola gozar intensamente, disfrutando su esencia de hembra en celo

Lo dejó al fin libre para lanzarse de nuevo sobre su magna erección, lamiéndola y mamándola tomada con ambas manos, haciendo casi explotar en su boca.

Se incorporó de nuevo, bajando de la cama, y fue a sacar de su bolso un condón. “Hoy si me pudieras hacer un hermanito-hijito-nietecito”, dijo riéndose. Tomás también se rió de la ocurrencia de su hermosa hija.

Anne sacó el condón de su empaque, lo puso en su boca, y empujándolo un poco con la lengua y dientes, envolvió el pene de papi con él, casi a la perfección, mientras el viejón observaba en silencio. Lo sacó de su boca y lo estiró cuidadosamente con sus manos. Le quedaba justo. Revisó que no tuviera daño alguno.

Se volvió a trepar sobre su padre, levantó un poco sus nalgas, dejándose caer sobre él miembro, lentamente, sintiéndolo abrir sus entrañas poco a poco, haciéndola gemir de placer, mientras el viejón acariciaba sus bellos senos y erectos pezones por encima de la suave tela.

Tras unos minutos, Anne se estiró por completo de nuevo sobre su añoso novio, quien la abrazó con toda su fuerza y arrancó su negligé, como si fuese una envoltura, arruinándolo y dejándolo alrededor de su cintura.

“Mañana te compras otro, novia, nomás te encargo que sea igual”, dijo Tomás al destrozar la diminuta prenda.

“Mejor me lo compras tú en Nueva York”, contestó despreocupada, al comenzar a rodar abrazados por la cama, teniendo Tomás la precaución de no aplastarla con su masiva corpulencia. Anne se deshizo de la prenda.

“Tus besos saben a mi culo”, dijo Anne

Con sus codos, Tomás se apoyó en la cama al tiempo que Anne, debajo de él, abrió sus piernas al aire, penetrando en su vagina con vigor, sin separar sus bocas, poniendo sus manos en la frente de su novia, respirando agitadamente, bombeándola rápida y constantemente, gozando ambos al máximo, haciendo que Anne alcanzara su ansiado orgasmo en unos breves instantes.

Poco o nada les importó gemir y gritar dentro del cuarto, ni que la cama rozara o golpeara contra la pared ante los tremendos embates de papi, ignorando por completo a extraños que pudieran escucharlos o percatarse que habían entrado. El hotel se veía solo aquella mañana.

Tomás sintió ganas de eyacular, pero se detuvo. Ambos se levantaron. Anne fue al espejo y se limpió completamente el arruinado maquillaje.

Papi se sentó en uno de los sillones del cuarto. Anne se aceró y se sentó sobre él, arrancándole el condón, frotando entre sus nalgas en el resbaloso y duro pene, besándolo y lamiendo su cara por unos momentos, para luego girar sobre Tomás y darle la espalda, deslizándose un poco hacia enfrente, levantando sus blancas nalgas, brillantes y humedecidas, ofreciendo a papi su rosado y palpitante culo.

Tomás, deleitado, tomó su gordo miembro y lo encañonó, jugueteando con su glande alrededor del esfínter de su novia, para comenzar a meterlo poco a poco y sin esfuerzo, viéndolo en primer plano abrirse y adaptarse al invasor, desaparecer sus arrugas naturales con cada impulso que hacía sobre él. Anne puso sus manos en el piso, mientras Tomás contemplaba la perfecta penetración de su novia, que solo movía su trasero de arriba abajo levemente, dejando a su padre sentir su caliente y abrazador interior.

“¡Ooohhh!”, gemía Anne, “siento que hago popó al revés”, dijo, haciendo reír de nuevo a su fogoso amante, sintiéndolo avanzar y retroceder en sus entrañas.

Tras algunos minutos, Anne deslizó hacia enfrente, desacoplándose de su novio, y se arrodilló frente a él. Levantó su mirada. Sus verdes ojos quedaron fijos en los de papi al comenzar engullirle la verga de nuevo, milímetro a milímetro, disfrutando la mezcla de su propio olor y el suavemente salado sabor de su resbaloso contorno, sin perder detalle de la expresión de él, degustándolo golosamente durante un par de minutos más…, hasta que Tomás comenzó a balbucear… “Anne, ten cuidado”, dijo. “¡Ay amor, ten cuidado! ¡Novia, estoy perdiendo el control!”

No separó su boca del pene de su padre a pesar de las advertencias de éste, sin dejar de mirarlo y con sensual expresión de su cara, agrandando sus bellos ojos, Anne le hizo entender que se tragaría toda su acumulada carga, sintiendo claramente en sus labios cómo se delineaba cada vena, ya en clara preámbulo a la ansiada eyaculación.

Segundos después, la gruesa verga comenzó a palpitar. Anne sintió el primer chisguete del caliente fluido en la campanilla, pero fue tan intenso y abundante que la tomó por sorpresa. Tomás gritaba de placer mientras Anne se ahogaba y tragaba lo más que podía, sin soltarlo un segundo, mordisqueándolo, aprisionándolo con los dientes, haciéndolo casi convulsionarse de placer cada vez que lo hacía, hasta sacarle la última gota, sin dejar de mirarlo a los ojos. Lo sacó por un instante, lo suficiente para que cayera semen de su amante en uno de sus pezones. Escupió un poco y cayó en su velludo estómago, y volvió a meter el impregnado miembro en su boca, corriendo algo por los lados hacia los huevos de Tomás. La boca de Anne quedó coronada con el semen de su novio.

Ya descargado y relajado, Tomás echó su cabeza hacia atrás mientras su apetecible hija terminaba de limpiar con su boca el semen que escupió en su estómago y lo que escurrió hacia sus testículos, batallando un poco por el exceso de vello de su padre.

“Me acabo de tragar algunos millones de hermanitos”, dijo Anne concluida su labor de limpieza, haciendo que su padre se riera de nuevo.

“¡Me corrió como atole caliente por la garganta…lo sentí todo!”, dijo ella. “Eres un semental novio… ¡cómo te salen mecos para estar tan ruco!”

“¡Indecente!” dijo Tomás. “Eso te pasa por dejarme tanto tiempo en el olvido”

“Leí que era buen alimento y excelente para el cutis también, amor”, dijo ella.

Tomás tomó un pañuelo desechable y limpió la cara de su novia, como bebé. Ella acercó su boca y lo besó, sin reserva alguna. El respondió con reserva al principio, pero con la acostumbrada pasión después.

Se metieron juntos a la regadera y se enjabonaron el uno al otro. Anne cuidó que su pelo no se mojara porque eso sí que sería un problema, limpiando con sumo cuidado el poco semen que cayó en él. Salieron de la ducha y se secaron. Anne sacó de su bolso el desodorante de papi y su bolsita de pinturas.

“Piensas en todo, novia. Eres increíble”, dijo Tomás.

Se sentó frente al espejo y comenzó a maquillarse, mientras él observaba la blanca desnudez de su madura pero sensual novia, sin sentir remordimiento alguno de haber cometido repetidamente incesto y hacerla su amante, su deseado trofeo, sintiéndose interiormente orgulloso de su revitalizada virilidad.

No podría tener otra mujer: su hija era su mujer. Ansiaba como nunca el viaje a la boda, ya muy próximo, pero le preocupaba un poco la presencia de sus hijos Estela y Mark, una pareja muy ortodoxamente religiosa, inflexible e invasiva. Quizá fue un error invitarlos, pensó.

Poco más de una hora después de su arribo al cuarto, Anne y don Tomás salieron de la habitación en forma separada. Primero él y luego ella.

“Te espero en los tacos. Nos queda casi una hora para la junta, novia tramposa”, le dijo al despedirse.

Anne se quedó a arreglar el cuarto, tratando de eliminar toda huella de su encuentro.  Recogió el negligé destrozado por papi. Pensó en tirarlo, pero sería una evidencia muy obvia, y prefirió guardarlo en su bolso. Luego inspeccionó cuidadosamente el sillón donde Tomás había eyaculado en su boca. Limpió un hilo de semen aún visible en el cojín y un poco que escupió en la alfombra con una toalla húmeda y papel sanitario y lo arrojó al excusado. Cuando según ella no parecía haber habido actividad sexual comprometedora en la habitación dejó las tarjetas de llave en la mesa y salió.

Había reservado bajo su nombre para un tío ficticio que venía a la ciudad por un día, con una tarjeta de crédito que era extensión de la de papi y no tener problema alguno con el estado de cuenta que su marido siempre revisaba.

Cuando llegó a la taquería, papi ya iba a la mitad de 4 tacos. Anne pidió dos. Despreocupados, comenzaron a platicar pormenores de la reunión. Papi era otro. Aun viéndolo todos los días, su mejora era apreciable.

“¿Sabes que me encantas, que estoy enamorada de ti, novio?”, dijo Anne cuando se pusieron de pie. Hubieran querido besarse y caminar agarrados de la mano, pero era mucho tentar al destino.

Tomas, calladamente, solo se sentía orgulloso de semejante trofeo, en especial cuando notaba como extraños la miraban deseándola. “Yo también te amo Anne”, dijo Tomás mientras caminaban.

Llegaron unos 15 minutos antes del inicio de la reunión. Instantáneamente, Tomás entabló plática con los conocidos presentes. Anne saludó a todos y cada uno de beso. Se separaron del grupo para ir al salón, y se dirigieron al elevador.

“Me muero por el viaje a Nueva York novio. Podremos dormir juntos. Ha de ser padrísimo despertar desnuda junto a ti después de coger toda la noche”, le dijo mientras esperaban el ascensor. Don Tomás sonrió a su hija. “Me muero por amanecer contigo también, preciosa. Te amo”.

“¡Si amor!”, dijo excitada. “Ojalá que Estela y Mark queden bien lejos de nosotros. Me tienes que comprar un negligé, no te hagas”, agregó sonriendo.

La reunión fue eterna y aburrida, al menos hasta la mitad. Una hora después de iniciada, Anne pasaba notitas a su padre, simulando que eran cosas relevantes de ésta. Se le acercó varias veces al oído, diciéndole “te amo”, “que rico me coges”, “no traigo calzón”, “se me hace que llegando a tu casa me coges otra vez”, haciendo que Tomás comenzara a sentir su pene endurecer a media reunión.

La luz del recinto se apagó para pasar diapositivas y presentaciones sobre los avances de las gestiones del comité.

Para su fortuna estaba también previsto café y galletas. Anne estaba sentada a la izquierda de Tomás. Las mesas tenían mantel hasta el piso y el salón estaba frío.  La vestimenta de Anne le impedía a Tomás meterle la mano sin ser obvio, acariciándola por encima de la ropa, pero ella si metió la suya y comenzó a acariciar su endurecido pene también por encima, ciertamente delineado, frotándolo hasta sus testículos. Tras unos minutos, Anne decidió sacárselo, batallando algo para bajar su cremallera con una sola mano. Tomás bajó su mano y restiró su pantalón, ayudando a Anne a lograr su propósito.  Al hacerlo y sacarlo casi por completo por la abertura del calzoncillo, comenzó a masturbarlo lenta y suavemente, haciéndolo crecer casi al máximo en segundos. Lo sentía húmedo y levemente esponjoso. Para Tomás era sumamente difícil controlarse, tras las caricias de la fría mano de su hija, mientras ella se inclinó y le susurró al oído: “¿ves que se siente? Así me pones cuando me manoseas con mi marido enseguida” al tiempo que le metió rápidamente la lengua y le mordisqueó la oreja.

Tomás volteaba disimuladamente y miraba a Anne, quien fingía poner atención en el expositor a pesar de la oscuridad, sin soltarle el pene un solo instante.

Anne continuó masturbando disimuladamente a su padre, limpiando cada rato su mano en el mantel, mientras él trataba de disimular su acelerada respiración. A ella no parecía importarle mucho si lo hacía eyacular. Sería muy poco si así fuera. Tomás no hizo absolutamente nada por detenerla.

Agarró firmemente el engrosado pene y con su pulgar comenzó a frotar el glande, como si fuera un encendedor. Ahora era Tomás quien simulaba poner atención cuando ella volteaba deleitada, tratando de ver su expresión tras su atrevimiento. Volteó a verla, y ella se relamió los labios y continuó frotando el glande, sintiendo su abundante baba seminal.

Fue muy difícil para él no hacer ningún ruido al chorrearse en la mano de su novia, mientras ella lo apretaba firmemente, tratando de evitar que se escurriera y manchara su ropa.

Al terminar, Anne limpió su mano en el mantel. No era tan poco como ella pensaba. Aprovechando la obscuridad, bajó su otra mano y como si fuese una toalla, se limpió el semen y lo esparció lo mejor que pudo por el mantel y subió la cremallera de Tomás.

Ya con el pene de su padre debidamente guardado, recorrió con su mano el contorno para sentir que no hubiera dejado alguna huella comprometedora.

Cuando Anne pensó que estaba el orador en su fase final, sacó su mano. Llegaba el momento de ponerse de pie y comenzó a preocuparse un poco si había quedado evidencia. Tomás se percató de la situación, y bajó su mano para constatarlo. Le dio dos palmadas a Anne en la mano haciéndole entender que todo estaba bajo control.

Instantes después, se encendieron las luces y concluyeron su junta. Anne tuvo la precaución de salir de inmediato para ir al baño y evitar las despedidas de rigor, dejando a Tomás con el problema.

“¡Eres una abusona y peligrosa!”, dijo por fin Tomás a Anne cuando estaban solos en el ascensor. Anne lo miró con pícara sonrisa y lo besó en la mejilla, lamiéndosela de nuevo.

“¡Te encantó novio, te fascinó mi detalle!”, dijo ella sonriendo, “me acordé de la canción de Luis Miguel y pues… ¡no pude evitarlo!”.

“Si, pero imagínate cuando recojan los manteles y se den cuenta”, agregó Tomás.

“Ya será problema de ellos”, dijo despreocupadamente Anne, aun siendo ella una de las tres mujeres en el recinto de unas 20 personas. Las otras dos definitivamente no harían ese tipo de locuras.

Anne llamó a Raúl para pedirle que los recogiera. Andaba por el rumbo y llegó en poco tiempo al mismo lugar donde los había dejado 4 horas antes.

“Caigo en cuenta que por primera vez no habrá jueves de papi la próxima semana, novio”, dijo Anne mientras caminaban a esperar a su marido. Tomás asintió con la cabeza, algo resignado. “Pero el fin de semana, ¿qué tal eh? Quiero que llegues bien cargadito, mi amor, ¿te queda claro?”.

“Podemos hacer una escala técnica el domingo, lunes… ¿mañana?”, propuso Tomás, riéndose.

Anne lo volteó a ver, reprobando su propuesta con su sola mirada.

“Amor, ¿me das una media hora con papi en su casa? O mejor, te llamo para que pases por mí”, dijo Anne a Raúl en el trayecto. “Quedan unos pendientes de la junta y como nos vamos a ir, y ya sabes cómo es, queremos dejar todo listo para que los tengan la próxima semana, que no estaremos aquí”.

“Claro reina. No hay problema”, contestó Raúl. “O mejor, déjenme en la casa y te quedas con el carro”, propuso.

Tomás puso cara de incógnita al escuchar a su hija. Algo traía algo entre manos, algo que seguramente le encantaría.

Cuando entraron en la casa, Tomás se sentó en el sillón. Anne bajó su cremallera y sacó su pene del calzoncillo, exactamente igual a como lo había hecho en la junta. “¿Ves que si se pudo?”, dijo sensualmente al unir sus bocas y comenzarlo a masturbar con energía. “No te va a salir mucho”, dijo segura, “pero con tres veces que te vengas hoy, aguantarás para el viernes en la noche”, dijo, al bajar su cabeza y comenzar a mamar de nuevo el humedecido y semi-erecto miembro de su padre.

“¿Ves?”, dijo finalmente, “esto lo hubiera embarrado también en el mantel”, al tragar el poco semen que soltó Tomás. “Ya sabemos que hacer de hoy en adelante con eses juntas enfadosas”.

“¡Poner atención y participar sería un buen principio!”, dijo Tomás. “¡Estas bien loca!”, dijo Tomás, “¡pero me encantas! ¡te amo!”.

No fue necesario ni limpiarse. Anne tragó la escasa carga de su padre. Le dio un beso a en la mejilla.

“Alguien tiene que hacer la comida, novio. Los niños están por llegar”, dijo, “eres único. ¡Tres veces en menos de medio día!”, prosiguió, en tono de alabanza, saliendo algo apresurada.

***********************

Faltaban eternos ocho días. Anne comenzó a sugerir a su padre a utilizar Viagra o Cialis para el ansiado fin de semana en Nueva York, cosa que Tomás objetó desde el principio, pero ella se puso a leer un comparativo de ambos productos, y decidió que Cialis era el mejor para el fin de semana en Nueva York. Fue a una farmacia apartada, donde jamás volvería y nadie la conociera, y compró un par de píldoras. Las sacó de su envoltura y la puso junto con sus vitaminas de uso diario para que Raúl no la fuera a pescar. Bien sabía que su padre haría exactamente lo que le ordenara.

La mañana siguiente, Anne le dio las píldoras, y le ordenó tomarlas de acuerdo a las instrucciones que ella misma le daría oportunamente.

El domingo en casa de Anne y Raúl, así los primeros días de la semana, Tomás aprovechaba para manosear y meterle el dedo por el culo a su hija sin que ella se opusiera. Lo que habían hecho en la junta el pasado jueves les despertó ese gusto por el peligro que ambos, sin saber, llevaban dentro. Anne casi le imploraba a su padre que no se fuera a masturbar, que lo quería bien cargado para el viaje. En dos ocasiones ella misma estuvo a punto de sucumbir en casa de Tomás, pero logró pasar la prueba. Papi hubiera caído fácilmente.

Lo que sería su “jueves de papi” fue usado para llamar a Estela y afinar los últimos detalles del viaje. Anne le dio todos los números y referencias necesarias.

“No hermana, no son photohopeadas las fotos”, contestó Anne a Estela ya para despedirse, habiéndole pasado la información del viaje. “Si, papi está increíble… besitos, sister”, tirándole un beso y colgando finalmente el auricular. Anne y papi se rieron cuanto le contó sobre sus últimas palabras.

Tomás le hizo su lucha una última vez. El deseo de cogerse a Anne era intenso.

“La panocha es mía y yo mando”, le dijo ella con carácter y determinación al despedirse.

Llegó el ansiado día de partir. Raúl los despidió en el aeropuerto para volar a Nueva York ese viernes por la mañana, donde se reunirían con Estela y Mark, quienes supuestamente habían llegado más temprano ese mismo día.

El vuelo México – Nueva York estaba programado para llegar alrededor de las 11 de la noche. Todo salió perfecto y sin retrasos.

“Le encargo a nuestra reina, don Tomás”, dijo Raúl al despedirse para entrar al área de abordar. “Nos vemos el domingo, dijo al besarla en la boca y estrechar la mano de su suegro, abrazándolo”.

“¿Sabe tu marido todo lo que te metes en esa hermosa boquita?”, preguntó Tomás mientras caminaban por el túnel de abordar.

Anne le dio una simulada palmada en el brazo y se rió. “Y lo que me haces tragar, cabrón”, dijo.

Ya sentados en primera clase del avión, Anne le preguntó a Tomás por la píldora. Tomás le dijo que la traía a la mano, en tono renuente, pero dispuesto a usarla. Durante el largo vuelo se manosearon un poco cuando lo juzgaban seguro y tenían sus colchas encima. Quien los viera juraría que eran marido y mujer por los frecuentes besos que se daban en la boca y mejilla. “No te la vayas a jalar novio”, le dijo Anne a Tomás las dos veces que se levantó al baño. Cuando ella se levantó por única vez en el viaje, él le dijo “no te vayas a meter el dedo novia”. Anne sensualmente le contestó al oído “puedo hacer con mi panocha lo que me dé la gana. Tú haces las entregas y yo las recibo novio”.

Al llegar al aeropuerto John F. Kennedy, Estela y Mark los esperaban en arribos internacionales. Anne tenía su vulva hecha una sopa y Tomás tuvo que batallar algo con su bulto.

Anne, como siempre, iba cómoda pero adecuadamente vestida y bien maquillada. Estela, por el contrario, se veía bastante informal, a su muy particular estilo de ser, algo descuidada en la coordinación de su ropa y el pelo, con canas notorias, recogido en una cola. Mark también se vistió, aparentemente, con lo primero que encontró.  No parecía importarles en lo absoluto como se vieran, al mero estilo gringo.

Cuando caminaban a recoger su equipaje, Anne le susurró al oído a papi, “tomate la pastillita”. “Tómatela… ¡ahorita!”, le ordenó, calculando una hora más para que comenzara la acción. Tomás se dirigió al próximo bebedero y obedeció las órdenes de su hija.

Se saludaron con mucho afecto. Las hermanas se abrazaron y besaron. Les contaron como deambularon buena parte del día por el aeropuerto, esperándolos. Por fortuna había mucho que ver y hacer ahí.

Rentaron un automóvil y se dirigieron al hotel en Manhattan donde tenían las reservaciones. Mark conocía bien Nueva York. Anne y don Tomás iban en el asiento trasero. Era ya cerca de media noche cuando llegaron.

El frío calaba los huesos cuando subieron al automóvil. Anne se recorrió hacia su padre en el asiento trasero tal como lo haría una novia con el pretexto del intenso frío y puso su abrigo sobre ambos, sin darle mucha importancia a lo que su hermana pensara.

“Papi, ¡te ves guapísimo con esa barba!”, fue lo primero que dijo Estela al ver a su padre con su bien delineada característica masculina algo emocionada. “¡Estas tan bien que yo pensaba que Anne estaba retocando las fotos, fíjate nomás!”.

“Yo ni sé de esas cosas”, intervino Anne.

“¡Ay Estelita!, la necia de tu hermana, ya sabes que cuando se le mete algo en la cabeza, no lo suelta, igual que su madre. Es una monserga”, contestó Tomás, “pero ella también se comprometió a tenérmela presentable, quesque para conseguir una novia”, agregó riéndose.

“¡Siiii, pero te tumbaste como 20 años, bárbaro!, insistió Estela, “nomás acuérdate que tu noviecita no puede ser divorciada ni de otra religión”, recalcó Estela, entre broma y serio.

Tomás metió su mano por enfrente de los jeans de Anne, bajo el abrigo, pero ella lo detuvo firmemente. Hizo varios intentos más. Cuando Estela y Mark comenzaron a hablar, Anne le susurró a papi al oído “va a oler, novio”. Tomás estuvo de acuerdo, pero continuó acariciándola por encima de su pantalón. Anne se llevó el dedo a la boca y comenzó a mordisquearlo ante la impotencia de detener a su padre.

Comenzaron a platicar ya en el trayecto al hotel, mientras Mark les explicaba cómo llegar y por donde iban pasando y sobre planes para la mañana siguiente, el sábado de la boda.

Tomás no paraba de acariciarle sus intimidades a Anne. De por sí ya venía mojada del avión, con esto que papi le hacía temía que se le notara la mancha cuando se bajaran.

Aprovechó otro momento de diálogo entre Estela y Mark. “Por favor detente papi”, le murmuró. “Vas a hacer que me venga”. Tomás retiró su mano. “¿Ves que se siente?”, le dijo.

Estela bajó el visor del auto y se puso a observarlos en el espejo, simulando maquillarse, algo que jamás hacía y menos con gente, con morbosa inquietud y malos pensamientos. Ambos veían hacia la derecha. Anne aun mordisqueaba su dedo. Subió el visor y se volteó hacia ellos.

“¡Cuéntenme chicos!”, comenzó, “¿Qué ha habido por el pueblo?”.

Su hermana y su padre contaron meras intrascendencias ante la ausencia de eventos relevantes en su círculo de familiares y amigos. Anne platicó sobre la “aburrida” junta de la semana anterior, de sus idas al rancho, y de un par de bodas a las que fueron.

“¡Ay Anne!, ¡a veces no sé si decirte mami! ¡andas con papi en todo!”, dijo Estela. “¡Como lo cuidas! ¡Qué bien lo tienes sis!”.

Anne ni sospechaba lo que seguiría en el hotel cuando estuvieran a solas las dos en la recepción.

Estela se volteó. Sacudía su cabeza levemente y cerraba los ojos, mientras los imaginaba desnudos haciendo el amor, como si con eso sus pensamientos fueran a esfumarse. Traía bien metida esa impresión en la cabeza. Lo notaba en la expresión de las caras de su hermana y de su padre.

 

 

CONTINUARA

Los Encantos de Papi (Parte 3)

Al día siguiente, Tomás fue a casa de Anne y Raúl a desayunar y comer, como era su costumbre casi todos los domingos.

En el trayecto se detuvo a comprar la fruta favorita de su hija y pan dulce. Vio un bello ramo de flores y decidió llevarlo: sería la primera vez que convivía con la familia de su hija siendo ya su amante.

Si el domingo anterior Tomás estaba a punto de explotar, hoy la situación era completamente distinta. Su buen ánimo se notaba y le era difícil disimularlo.

 

Abrió con su llave y entró. Se sintió algo culpable cuando su yerno Raúl lo recibió en el vestíbulo con el afecto acostumbrado.  Nunca hubiera pasado por su cabeza que su bella esposa comenzó a ponerle los cuernos con él, su suegro.

 

Anne bajó minutos después, cuando se habían sentado a la mesa, vestida en un suave y sensual pijama rosa, sin maquillaje y su pelo suelto. Se veía preciosa.

 

Tomás, y se puso de pie y la besó en la mejilla. Anne saludó a su padre con el habitual cariño, como si nada hubiese pasado la mañana anterior, haciéndole sentir su clásico proteccionismo y preguntarle sobre sus medicinas y ejercicios, e insistiéndole frente a Raúl que debería de dejarse la barba.

 

Tomás le mostró que no se había rasurado. Anne le reiteró, frente a su marido, que sería ella su estilista de barba, y que con toda seguridad se vería guapísimo.

 

Raúl siempre pensaba que Anne era a veces demasiado territorial con su padre, pero al saberlo solo y últimamente tan deprimido, era lo menos que podía hacer aún a pesar de que ese día notó en su suegro un aura distinta, hasta contagiante.  Anne tenía la gracia de levantar ánimos con su simple forma de ser y actuar. Raúl nunca se lo recriminaba.

 

Había momentos en que Tomás observaba a su hija y sus gráciles movimientos mientras les preparaba el desayuno, cerciorándose que Raúl siguiera ocupado leyendo el periódico, mientras hablaba de temas obligados o intrascendentes, como el estado del tiempo.

 

“Voy a cambiarme”, dijo Raúl. Dio un ultimo sorbo a su primer café y se levantó.

 

Con el pretexto de ver que preparaba para el desayuno, Tomás se dirigió a la cocina, donde Anne preparaba los platillos. Se paró detrás de ella y puso sus manos en los hombros de su bella hija. La besó en la cabeza, mientras ella, con una mano, dio una leve palmadita en la de él.

 

“Cuidado papi”, le dijo murmurando. “¿Y mis nietos?”, preguntó Tomás, ignorándola.

 

“Súpitos”, contestó Anne. “Nomás les llegue el olor y bajan”.

 

Tomás comenzó a bajar sus manos por los costados de Anne, besándola en la mejilla. Ella continuó como si no pasara nada, preparando el desayuno, llegando hasta sus caderas. Anne bajó una mano y la puso sobre la de él, mientras con la otra, papi comenzó a hurgar entre su suave y ligero atuendo, metiendo su gigantesca mano debajo del pant por su espalda, constatando que no traía calzón. Suavemente, comenzó a correr su enorme dedo entre las tersas nalgas de Anne. “¿Cogiste anoche mi amor?”, preguntó Tomás.

 

“Papi, tranquilo, nos va a pescar Raúl”, murmuró Anne, excitada “vas a hacer que me embarre toda”, dijo al sentir el grueso dedo medio de Tomás rondarle el ano, listo para meterselo. Anne respiraba agitadamente, mientras papi se inclinó para besar su oreja. “Mmmm…”, suspiró Tomás. “Si nos cachan te divorcias y te casas conmigo”.

 

Anne volteó su cara sobre su hombro hacia su padre, negando y sonriendo tras su comentario.

 

Tomás dobló un poco su dedo y se lo introdujo en el ano, casi a en su totalidad, haciéndola estremecerse. “¡Ooohhh!”, suspiró levemente Anne, pero no hizo nada para detenerlo, curveando sus nalgas levemente hacia afuera sin dejar de hacer lo que la mantenía ocupada.

 

Lo sacó y comenzó a rodearla por enfrente para acariciar su ya húmeda vulva. Estaba comenzando cuando escucharon la puerta cerrarse, señal de que Raúl regresaba. Papi se inclinó de nuevo, mientras Anne se estiró más sobre su hombro y se besaron apresuradamente en la boca.

 

Tomás caminó hacia el fregadero y lavó sus manos, tallando bien sus dedos para que no hubiera rastro de olor. Usó incluso detergente para trastos para hacerlo.

 

Antes de servirles, Anne dijo que iba al baño rapidito, dándole a entender a papi que su atrevimiento había tenido consecuencias. Aprisa, se puso una toalla femenina para aliviar la resbalosa sensación entre sus muslos y bajó de nuevo minutos después

 

Después del desayuno comentaron las noticias principales. Como niña mimada, Anne se sentó junto a papi y le dio un beso en la rasposa mejilla: “¡que gusto que no pierdas la costumbre de venir, papi! ¡Nos encanta que convivas con nosotros!”, dijo en alegre tono.

 

Tomás les comentó que habían llegado unas invitaciones de boda a su casa, pero no las había abierto, aunque estaba seguro que se trataba de la hija de un matrimonio muy allegado, de Nueva York. “Las dejó FedEx y firmé acuse de recibo ayer en la tarde”, agregó

 

“Me gustaría poder acompañar a los Robinson”, dijo Tomás. “Llegando a mi casa veo de que se trata y cuando es”.

 

“Estaría bien que fueras”, dijo Anne.

 

“Son dos. De seguro están ustedes también invitados. Supongo que también Estelita y Mark”, agregó.

 

Cerca de medio día, salieron Anne, Raúl y papi a comprar los insumos para la comida. Los niños se quedaron en casa.

 

Pasaron una tarde muy agradable, y como a las 5 Tomás se despidió. La pareja y los niños lo acompañaron a su automóvil. No se dio el momento de despedirse como quisieran los nuevos amantes.

 

El lunes por la mañana, Anne fue como de costumbre a casa de su padre. Tenía un desayuno con sus amigas en unos minutos más. Cumplió con su rutina de saludo y supervisión, saliendo minutos después apresuradamente. Tomás se quedó con las ganas.

 

El martes por la mañana, Tomás esperaba a su hija con ansias. No perdieron tiempo. Fueron a su recámara e hicieron el amor con despreocupada pasión.

 

El miércoles, Anne tenía una junta en la escuela a las 8 de la mañana. Imposible.

 

El jueves llegó a casa de papi como era su diaria rutina, sin compromiso inmediato alguno.

 

“Novio”, le dijo, “esto se nos puede salir de control y hay mucho en juego… bastante”, comenzó. “He decidido poner un orden. Estamos jugando con lumbre”.

 

Tomás se alteró. Con tono de preocupación le preguntó: “¿Vamos a terminar, amorcito? ¿Vas a cortar a tu novio?”

 

Anne se rio. “¡No seas burrito amor, claro que no!”, continuó. “Te mueres sin mí, pero pudieras arruinar mi matrimonio”

 

“Ya te dije primor, te casas conmigo”, dijo el viejón. Anne sonrió.

 

“Solo pretendo establecer un orden, quizá un día a la semana para lo nuestro. Sé que te será algo difícil pero así tiene que ser. No podemos estar haciéndolo así nomás, mi amor. Si fuera por ti, me culearas todos los días. No se te olvide que soy casada y me compartes con Raúl”.

 

“Propongo que sean los jueves, ¿o prefieres una especie de visita conyugal, digamos, los lunes u otro día, en mi casa?”.

 

“Tienes razón, Anne”, aceptó Tomás. “Esto puede tener consecuencias. Vale mas hacerlo como tu dices, princesita”.

 

“¿Comenzamos hoy?”, preguntó Tomás, algo resignado, pero consciente que su hija estaba en lo correcto.

 

Anne le sonrió. “OK”, simplemente contestó. “Haré la excepción. Es jueves de papi entonces a partir de hoy.  Me chingaste, novio tramposo. Apenas antier lo hicimos. Eres un animal insaciable”.

 

“A ti también te encanta, no te hagas la loca novia”, contestó Tomás.

 

Tomás se dirigió a su escritorio y tomó un sobre. Se lo pasó.

 

“Efectivamente. Es la invitación a la boda de Linda, la hija menor de los Robinson. Es en Nueva York, en enero. Me gustaría acompañarlos. Aquí está también la de Raúl y tuya”. Anne la leyó y sonrió.

 

“Pero… falta mucho”, dijo Anne.

 

“Ya sabes como Herbert y Leah planean a larguísimo plazo. Así, menos pretextos para que no vayamos”, contestó Tomás.

 

“¡Claro!” dijo ella. “Ya está grandecita, ¿verdad? Es como de mi edad”.

 

“Si, pero acuérdate que ya tuvo un matrimonio. Pensé que nunca se volvería a casar”, dijo Tomás.

“Le salió maricón el marido, ¿te acuerdas?”

 

“¡Claro!”, repitió Anne. “Por fortuna no tuvieron hijos”.

 

“Hablé con Estelita anoche y también a ellos les llegó. Dice que también quieren ir”, continuó.

 

“Encantada. Haré los arreglos para el viaje”, dijo Anne. “Si no te importa, buscaré un hotel elegante frente al parque Central”.

 

“Si, hija. Adelante. Haz los arreglos necesarios. Reserva también para Mark y Estelita y lo pones todo en mi tarjeta, vuelos…, todo por favor”.

 

Anne besó a su padre en la mejilla. “Gracias papi. Lo vamos a disfrutar, y veremos a Estela y Mark”.

 

Anne llamó a Raúl para confirmarle la invitación, pero puso cara de sorpresa tras la respuesta de su marido unos instantes después, mientras Tomás la observaba.

 

“¿Qué pasó?”, preguntó intrigado.

 

“Raúl quizá no podrá acompañarnos al viaje, papi. Tiene unas reuniones de tres días con unas gentes de Querétaro por esas fechas”, dijo algo emocionada, “lo que significa que…”, continuó, notando la sonrisa reflejada en el rostro de su padre, “si Raúl no va ¿adivina quién hará las veces de mi esposo, querido novio?, ¿tendrías algún problema?”.  “Es cierto. Me había comentado sobre el proyecto que era como un sueño.

 

“¡Pero para nada mi amorcito!”, contestó Tomás.

 

Dejó caer la invitación al piso y corrió a los labios de Tomás, quien aguardaba ansioso por comenzar ese mismo día el acordado “jueves de papi”.

 

Comenzaron a desnudarse con febril rapidez. Tomás tomó a Anne en sus brazos, como si fueran recién casados, y la cargó a su recámara, sin separar sus bocas. Se desnudaron de inmediato.

 

En la cama, Anne se montó de inmediato sobre papi. Puso las nalgas en su cara y comenzó a mamarle el palpitante tronco, mientras él besaba su suave trasero.

 

Anne se volteó y se metió el pene de papi en la vagina, comenzando a moverse rítmicamente. Esta vez, Anne experimentó su orgasmo en el preciso momento en que papi le entregó toda su carga en su vagina, por primera vez, uniendo sus bocas una vez consumado el acto.

 

“Me quedé con las ganas de cogerte de perrito”, dijo Tomás.

 

Anne notó cierta reserva en la mirada de su padre.

 

“¡Ay novio, no te asustes!”, dijo ella, al notar la preocupación de su maduro amante. “¿Tú crees que te hubiera dejado venirte ahí si hubiera peligro, tarugote?”. “Ya me pasó una vez cuando era joven y tonta, ¿te acuerdas que te conté?”, agregó sonriendo.  Tomás se relajó al oír a Anne decirlo. “Imagínate que me preñaras, novio”.

 

Tras solo 15 minutos, ya se estaban vistiendo de nuevo. Fue un rapidín.

 

Fueron al estudio cuando se vistieron, y Anne llamó a Estela por teléfono para confirmar su plan sobre la boda. “Papi invita, hasta el vuelo”, le dijo con emoción.

 

“Si. Está como nunca de bien”, dijo Anne en clara alusión a papi, mientras él le sonreía. “¡Claro! ¡te las mandaré cada vez que tenga nuevas!”.

 

“Fotos papi. Quiere fotos tuyas”.

 

Pasó un mes y medio más. Navidad y Año Nuevo llegaron y se fueron. Las comidas y convivencias en casa de Anne con papi siguieron como de costumbre. Cuidaron mucho su relación, evitando cualquier comentario o situación que sugiriera que eran algo mas que padre e hija, aun cuando nadie los veía,

 

Los jueves de papi se llevaron a cabo casi siempre en la casa paterna, algunas veces la de Anne, lloviera o tronara.

 

Para Tomás era a veces difícil aguantar toda una semana sin tener sexo con su hermosa novia. Cuando le pedía tregua, ella le daba argumentos válidos para apegarse al acuerdo.

 

La rutina de sexo semanal y ejercicio diario le estaba sentando a papi a las mil maravillas. Desde luego, Anne buscaba también que cada entrega de su amante fuera explosiva. Una semana era el tiempo ideal.

 

Tuvieron algunas actividades sociales y viajes al rancho familiar. Las parejas con quienes habitualmente convivían socialmente estaban asombradas de la recuperación de Tomás, resaltando lo bien que se veía con barba, y felicitando a Anne por cuidar a su padre y su determinación de sacarlo adelante.

 

Los amantes, sabedores de la verdadera razón de su nuevo estado de ánimo y vigor, fingían y explicaban que Tomás había comenzado a llevar un régimen estricto de dieta, ejercicios y complementos vitamínicos, algo que también era cierto.

 

“Te ves hermoso con esa barba, papi”, le repetía Anne con frecuencia. Era ella quien casi todos los días la mantenía presentable. “Esas canas te hacen verte guapísimo”.

 

***********************

 

Faltando 8 días para el ansiado viaje a Nueva York, Anne y don Tomás tenían una junta a las 11 de la mañana en unas oficinas de gobierno de un comité mixto de apoyo estudiantil, como parte de su trabajo. Anne le dijo a papi que era a las 9. Ya tenía planes.

 

Anne y su esposo pasaron a recoger a don Tomás aquella fría y ventosa mañana de enero. En el trayecto, Raúl platicó lo mucho que lamentaba no poder ir al viaje y estar con los Robinson para la boda de Linda. Les platicó sobre la importancia de sus reuniones el fin de semana No trató de cambiar la fecha de la reunión dada su trascendencia. Anne y papi le aseguraron que no habría ningún problema.

 

“Haré bien el papel de pareja de Anne”, aseguró Tomás a su yerno, quien lejos de sospechar lo que pasaba entre ellos, se limitó a sonreír. “Yo se don Tomás. Es su compañera ideal”, dijo.

 

“Amorcito, la calle de enfrente está cerrada. Déjanos por detrás”, dijo Anne al aproximarse a las oficinas del centro gubernamental.

 

Raúl los dejó donde Anne le indicó.  Se bajaron y despidieron. “Te llamaré al celular cuando pases por nosotros, amor”, dijo Anne al darle un beso y bajar del automóvil.

 

Esa mañana, un jueves de papi, Anne puso en su bolso un negligé, un par de condones, maquillaje extra y algunas cosas más. Sabía que podían hacerlo en casa de él o la suya más tarde, pero el atrevimiento de ir a un hotel la excitaba más, segura de que a papi también le encantaría. Por ningún motivo arruinaría el día reservado su novio, por el contrario, quería que fuera el mejor. Tenía ganas de sentirse propiedad de papi.

 

Al darse cuenta que faltaban dos horas, cuando Anne fingió haberse equivocado, papi sugirió ir a comer unos tacos en un puesto cercano muy famoso.

 

Don Tomás desayunaba con frecuencia un par de veces. Medía más de 1.90, robusto y fuerte, y con exceso de vello corporal que no había perdido a lo largo de los años. Su ahora buena forma y gran estatura le ayudaban a ocultar los años. Su cabello era entrecano, igual que la barba que Anne le ordenó dejarse crecer, y ella misma lo mantenía presentable.

 

Como hosco hombre de campo, Tomás no utilizaba cremas ni “cosas de maricones”, según sus propias palabras. Fue Anne la que también lo obligó que usara shampoo en lugar de jabón de pastilla para lavarse el pelo y comenzó también cuidarlo con cremas, contra su voluntad.

 

Pasado el reclamo de papi, Anne simplemente le señaló sonriendo, gesticulando con sus ojos y moviendo levemente su cabeza hacia el hotel detrás de ella. Se alcanzaba a ver el letrero del mismo.

 

Don Tomás no captaba, sin sospechar que Anne había hecho los arreglos con anterioridad. “¿Tienes algún inconveniente, novio?”, preguntó con sensual tono en su voz. Ante el desconcierto de Tomás, Anne lo sacó de toda duda cuando le dijo: “¡el hotel, pendejito! ¿Quieres ensayar el viaje a Nueva York con tu novia?”.

 

Tomás se quedó sin palabras.

 

“Es el cuarto 164, primer piso, el más apartado de la recepción, el primero a tu derecha. Entras por aquella reja con la misma tarjeta, ten”, dijo, dándosela en la mano, e indicándole con el dedo, “ahí te espero guapo”. Le dio un beso en la mejilla, rozándola dos veces con la lengua, aprovechando que estaba parada sobre un escalón y que nadie los veía. “¿Creíste que se me había olvidado que es jueves de papi, pillín?”, agregó.

 

Anne bajó y comenzó a caminar hacia el hotel, quedando don Tomás sorprendido por el elaborado plan de su hija. Se quedó mirando el movimiento de sus nalgas, a pesar de su abrigo beige de lana mientras se alejaba, saboreándoselas, viendo como el viento volaba su pelo. Limpió con su dedo la saliva de Anne de su mejilla y puso su portafolio frente a él para cubrir la notoria erección en su pantalón, aún con la holgura del traje. Esperó unos minutos para que se le bajara y caminó tras ella.

 

Tomás llegó al cuarto, unos minutos después. Anne lo esperaba ya en negligé, sentada en el sofá.

 

En cuanto escuchó que papi introdujo la tarjeta en la chapa, saltó y se puso de pie. Lo besó con el habitual ardor. Tomás estaba sorprendido de ver a Anne en negligé por primera vez. Le sentaba a la perfección y lo encendía aún más. Puso su portafolios en la primera silla, y la abrazó de igual manera.

 

“¿Dónde te metiste, viejo tramposo? ¿eh?”, preguntó Anne al abrazarlo, sintiendo la tremenda erección de su novio. “¿Estabas coqueteando con otra?, ¿eh?”.

 

“Me tuve que quedar un rato a esperar que se me sentara el pito”, contestó.

 

CONTINUARA….

Los Encantos de Papi (Parte 2)

Como película repetida, a cada momento pasaban por la mente de Anne escenas de los tórridos encuentros de la incestuosa, pero ya irrenunciable relación con su propio padre en los lugares que los habían tenido, y ya en varias ocasiones.

Papi había sido un fogoso amante de su hija mayor. Todo había comenzado solo unos meses atrás, pero sentía como que habían pasado años siéndolo.

Anne era ya toda una apetecible señora madura, de muy buen ver, y si bien muchos perciben a un hombre mayor de 60 como sexualmente caduco, Tomás le había demostrado con hechos todo lo contrario.

Tomás era un verdadero toro, tanto por su tamaño como por la fogosidad con que se tiraba a Anne tras varios años de inactividad sexual.

Anne le consentía hasta el mínimo detalle y no tardó mucho en darse cuenta lo que le urgía a papi, tras haber probado infinidad de remedios para eliminar su lastimoso estado de ánimo: sexo, mucho sexo, la alternativa que siempre cura.

La justificación para ella misma fue que todo sucedió por compasión hacia su padre, claro, no sin antes provocarlo durante algunas semanas con su vestir y sus movimientos al andar o agacharse. Al viejón no le quedaba más remedio que observar los encantos que su hija le ofrecía “accidentalmente”, haciéndolo sentir con mucha frecuencia su pene endurecer.

Ella bien sabía que a su padre le vendría a las mil maravillas reactivar su vida sexual, pero le preocupaba que, dada su posición económica y edad, cayera en manos de alguna aprovechada de esas que abundan, aunque de vez en cuando se lo insinuaba. Le preocupaba que papi estuviera tan empolvado que no supiera ni que hacer, dado el momento.

Su relación con su esposo Raúl era normal, tras algo más de quince años de matrimonio. Llevaban una vida sexual normal y nunca le había habido infidelidad entre ellos, hasta que sucedió lo que tenía que suceder.

Para Anne era excitante notar que, especialmente en los últimos días, su padre presentaba erecciones muy evidentes y frecuentes cuando ella estaba con él. Durante las noches, Anne se masturbaba pensando en papi mientras se bañaba, acariciando la idea de ser su amante, pero no tenía idea de cómo dar el primer paso. Anne se portaba a veces como toda una zorra con él al curvearse de más, al agacharse frente a él, desbotonar un poco su blusa, incluso, andar sin sostén ni calzón.

En una ocasión, Tomás le pidió a Anne que le ayudara a encontrar unos lentes que estaba seguro se habían caído de su buró. Mientras papi estaba sentado sobre la cama, Anne se agachó para ver debajo de ésta, con la firme intención de dejar que papi viera el inicio de sus blancas nalgas. Tomás no se volteó para otro lado.

Unos días después, con el pretexto de buscar algo en el ático de la casa paterna, Anne subió la escalera de madera mientras su padre la esperaba al pie de la misma. Anne traía puestos unos pantalones cortos, algo ajustados y sin calzón. Cuando volteó para pedirle la linterna de mano, vio cómo su padre trataba inútilmente de acomodarse el bulto debajo del pantalón.
“¡Ay papi, pobre de ti!”, le dijo con voz de ternura Anne a don Tomás, ya, sin disimulo alguno de haber notado su engrandecido paquete.

Anne volteó de nuevo hacia enfrente y pensó si debería o no hacer lo que pensaba…, después de todo, ocurriría tarde o temprano.

Total, pensó, desabrochando su pantalón lo bajó de un rápido movimiento, y curveándose hacia atrás, mostro a su padre sus blancas y hermosas nalgas ante la atónita e incrédula mirada de Tomás, reactivando instantáneamente su casi total erección. Su corazón latía apresuradamente por el atrevimiento hacia su padre, pero alguien tenía que dar el primer paso. Lo lógico es que fuera ella.

Se subió el pantalón y bajó de la escalera. Se sentaron en el sofá de la estancia y le dio un beso en la mejilla al sonrojado señorón. “¿Te tendré que buscar una novia, papi?”, preguntó con sugestiva voz, ya decidida a convertirse en su amante si fuera necesario, ahí mismo. Saber y poder ver lo que su padre sentía y experimentaba la excitaba a ella también, y mucho, “¿o te gustaría que fuera… yo?”.

“¡Ay hija!, ¿Cómo se te ocurre eso, por Dios?”. “Son cosas que van y vienen”, contestó Tomás “pero es algo con lo que tengo que vivir, y no, no pienso de momento ponerme de novio a estas alturas del partido. Tienes unas nalgas muy lindas, a propósito, como las de tu mamá. ¿Por qué hiciste eso?”

Anne pensó un momento si había cometido un gravísimo error.

“Lo hice para que te relajes un poco, papi”, contestó Anne.

“¿Te gustaría que yo fuera tu novia?”, insistió, con sensual entonación. Tomás no supo que contestar.

“Una novia te rescataría de ese estado lastimoso en que te encuentras”, le aseguró, besándolo de nuevo en la mejilla y colocando su brazo alrededor de su nuca, “Sería una pena desperdiciar semejante hombre en el olvido. Tú dime como te puedo ayudar. A propósito, te me acabo de declarar”.

Anne comenzó a sentir preocupación por su inmoral atrevimiento. Algo temerosa y dudando de la respuesta de su padre, decidió proseguir. Algo le decía que iba bien.

“Estela y yo estamos preocupadas porque te vemos muy apagado”, continuó Anne. “Me llama todos los días para saber cómo estás”, agregó

Tomás, nublado por el deseo, no sabía que contestar mientras Anne le daba un tercer beso en la mejilla y sobaba su espalda, como si fuera un bebé con gases.

“¿Quieres ser mi novio?”, insistió Anne, “¿o quizá nomas…mi amante?”

Los dolores testiculares y del abdomen bajo después de estar con su hija habían sido muy frecuentes. Se masturbó algunas veces pensando en ella, imaginando haciéndole el amor. Su urgencia y deseo por Anne eran tales que no le importaba cualquier consecuencia si ella fuera su amante. La tenía en su mano; ella se lo estaba pidiendo.
Ante las provocaciones de la sensual mujer y su explosiva condición, se estaba formando la tormenta perfecta: el no aguantaba más y ella estaba con toda la disposición al sentirse segura que su propio padre la deseaba. Lo juraría.

Tomás continuó sin decir una palabra.

“Si no me quieres decir, tendré que deducir que… si te gustaría”, dijo melosamente Anne, apartándose un poco.

Anne desbotonó su blusa. Volteó hacia su padre, dejándolo contemplar sus hermosos, ligeramente caídos senos. Sus pezones estaban erguidos. Dejó pasar un momento para que Tomás se deleitara mirándolos, asegurándole con eso que por ella no había problema alguno.

Luego, con ambas manos, Anne bajó la bragueta de Tomás sacó el moreno pene de del holgado y viejo pantalón de mezclilla, besando su mejilla mientras lo hacía, rozándola con la lengua, tranquilizándolo. Comenzó a acariciarlo y sentir su sólido contorno. Lo miró con una bella y a la vez sensual sonrisa y comenzó a masturbarlo lentamente, con firme y suave movimiento hacia arriba y abajo, viendo escurrir su lubricante natural en exceso. “¡Papi, que grande la tienes!”, dijo sorprendida. “¡No pensé que la tuvieras mas grande que Raúl!”, agregó.

La expresión de Tomás comenzó a cambiar. Volteó hacia Anne, quien suavemente le plantó un beso en la boca. Se separaron, pero papi tomó su cabeza por ambos lados y la volvió a besar, con toda la pasión reprimida que llevaba dentro. Anne respondió de igual manera.

Aunque Anne esperaba que papi se abalanzara sobre ella y quisiera desnudarla y sentir en sus dedos su húmeda vulva, él se mantuvo ajeno a cualquier intento. Dejo que fuera ella quién tomara toda iniciativa. Ella sería la violadora.

Cuando separaron sus labios, Anne besó el gigantesco glande de Tomás, y lo arropó con su boca brevemente, sintiendo la sal de su abundante lubricación.

Lo miró desde abajo a la cara con expresión de lujuria, mientras seguía masturbándolo y besándolo, subiendo el ritmo.

“¡Siéntate en mí, hija!”, imploró Tomás.

Anne se incorporó y mordisqueó su oreja, metiendo su lengua en el oído de papi.

“No estoy lista para eso, novio”, le dijo murmurando al oído. “Goza lo que te hago y no exijas”, agregó. “Esto es solo el principio”.

Al sentir el cosquilleo y la respiración de Anne en su oído, Tomás echó su cabeza hacia atrás en el respaldo, sin poder ya contenerse gimiendo escandalosamente. Anne comenzó a masturbar a papi con ambas manos, acallando sus gemidos con su boca, entrelazando sus lenguas, al tiempo que Tomás comenzó a liberar con singular energía su abundante carga en las manos de su bella hija, quien no cesaba su suave pero constante movimiento, haciendo que su semen saliera como una gran fuga fuera de control mientras se deleitaba viéndolo casi contorsionarse con pícara mirada, volteando a la puerta de entrada, como temiendo que alguien llegara y los sorprendiera.

Cuando finalmente Anne sintió que el pene de papi cesó de palpitar, exprimió su blanca carga lo mejor que pudo.

“Hagamos el recuento de daños”, dijo Anne, dándole otro beso. Tomás se puso en sus manos, como un bebé que se había hecho en los pañales.

Anne se puso de pie, fue al baño, y tomó un rollo de papel sanitario. Se sentó de nuevo junto a Tomás y comenzó a limpiar la zona de desastre, mientras él seguía con la respiración algo agitada, sorprendido de su hazaña. Aquello fue demasiado para un hombre tan maduro.

“¡Ah, hijita…!” por fin habló. “¡Gracias!”.

Cuando terminó de limpiar, Anne le dijo sensualmente, “papi, si quieres te puedo hacer esto cada vez que lo ocupes. ¡Que linda verga tienes!”, reiteró.

“A partir de hoy te recuperas porque… te recuperas”, continuó Anne.

Tomás se incorporó un poco. Anne limpió sus manos y las manchas de semen en el asiento.

“Nada me dará más gusto”, contestó Tomás con voz distinta, relajada, a la sugerencia de su hija.

“¿Qué tal mañana?”, propuso él.

“Mañana nos vamos a Guadalajara a visitar a mi suegrita, ¿te acuerdas?”, dijo Anne. “Pero te doy cinco días para reponerte”, agregó con sensual tono. “Yo me haré cargo de ti y tus urgencias”

Como por arte de magia, Tomás dejó a un lado el estado de ánimo que lo había caracterizado por meses. Se notaba en su cara y hasta en su tono de voz. También en Anne se notaba otro estado de ánimo, como quien hace una buena obra. Se puso de pie sin esfuerzo alguno a pesar del vencido asiento. Se abrazaron y se dieron un breve beso más en la boca de despedida.

**************************

Mientras manejaba a casa de su padre aquella otoñal y fresca mañana al regresar del viaje, Anne sintió su vagina humedecerse. Estaba excitada, aunque algo desubicada. Sentía extraño. Se preguntaba que seguiría con su padre. Ni siquiera lo llamó por teléfono como acostumbraba. Era sábado. Su marido e hijos no se levantarían temprano ni les extrañaría que mamá no estuviera en casa, ya que era su costumbre visitar a papi temprano todos los días, excepto los domingos cuando él iba a su casa. Se había puesto un atuendo deportivo azul, algo holgado.

Soy la amante de papi, pensaba una y otra vez, sintiendo sus escurrimientos vaginales y tocándose por encima de la ropa.

Tomás sabía que su hija llegaría en cualquier momento. Ambos eran madrugadores. Tomás se llenó de emoción y deseo al ver la mini-van de su hija estacionarse frente a su casa, por la ventana de su estudio. La vio bajarse y escuchó la puerta abrirse y el habitual “buenos días, papi”.

Cuando Anne entró al cuarto, Tomás se encontraba en su escritorio, dándole la espalda. “Hola guapo, novio… lo que seas”, escuchó don Tomás la voz de su bella hija con sensual entonación. El siguió en silencio y de espaldas, como ignorándola o esperando para darle una sorpresa. Anne sabía que seguía un momento muy, muy especial, sin mucho preámbulo ni bienvenida, aunque también temía que papi la hubiera pensado bien y reprobara lo que ocurrió días atrás, sintiéndose algo temerosa y desconcertada por su silencio.

Cuando Anne comenzó a caminar hacia él, don Tomás giró su silla y la saludó con su enorme pene de fuera, erecto al máximo y en la mano, dejándola ver como se erguía aquel obscuro tronco de su velludo estómago.

Anne se detuvo y retrocedió, talvez sorprendida o quizá solo para observar la belleza de la masculinidad de su propio padre, pero si él estaba en plan de ataque, ella respondería en consecuencia.

Iba preparada: no llevaba ropa interior.

De un rápido movimiento, Anne se desprendió de la sudadera, quedando desnuda de la cintura para arriba. Don Tomás quedó perplejo al observar los bellos y blancos senos de su hija mayor de nuevo, completamente al natural esta vez. Se puso de pie. Su tremenda erección atrajo la mirada de Anne, quien sin perder de vista lo que le esperaba, se quitó los tenis y el pantalón, quedando al final completamente desnuda, por primera vez, frente a don Tomás, haciéndolo saborear aquel bello cuerpo sin importarle que fuera su propia hija mayor. Se deshizo de la bermuda, quedando solo con la camisa abierta.

“Supe por ahí que te quieres coger a tu novia”, dijo Anne al acercarse más, completamente desnuda.

“¿Te gusta lo que ves, papacito? ¿Te gusto así, casi cuarentona y algo gordis?”, preguntó Anne con sensual voz, mostrando su muy escaso y claro vello púbico, girando para que papi la conociera por completo al natural, aún sin decir ni media palabra.

“¿Aguantará tu silla, papi?”, preguntó melosamente Anne, y caminó lentamente hacia su padre, empujándolo suavemente haciéndolo sentarse de nuevo, y montándose en sus muslos lo besó en la boca, metiéndole la lengua para eliminar cualquier espera y el correspondió con sobrada pasión.

Se abrazaron mientras ella abría los muslos de su padre con el suave movimiento de sus nalgas. “Mmmm… “, gimió suavemente Anna, “siénteme papi. Ahora si vengo dispuesta a que me hagas toda tuya”, le dijo al oído mientras mordisqueaba su oreja, metiendo en él su lengua. Sabía que a Tomás le había encantado que le hiciera eso. “¡Cógeme como loco, me muero porque me cojas novio!”

Don Tomás recorría con sus ásperas y enormes manos el suave y terso cuerpo de su hija, besando y lamiendo sus erectos pezones.

Anne levantó la cabeza de papi y lo besó de nuevo.

“Quédate quietecito”, le ordenó, el momento en que comenzó a deslizarse hacia abajo, quedando de rodillas frente al desafiante miembro de Tomás.
Anne acercó su cabeza y besó el erecto tronco, lamiéndolo por debajo, avanzando poco a poco hasta tomarlo por completo en su boca. Tomás estaba extasiado, incrédulo. No sabía si aquello era un sueño erótico de los tantos que había tenido, al sentir lo que su hermosa hija hacía. Anne se sentó sobre sus muslos en el tapete y se trajo a Tomás tras ella al no soltar por un segundo aquel salado y gigantesco deleite. “¡Mmmmh…! ¡que rico, papi!”

“¿Vas a aguantar más esta vez, novio?”, preguntó Anne, al incorporarse y montarse de nuevo en los grandes muslos de Tomás, después de deleitarlo con su boca algunos minutos.

Cruzó sus brazos alrededor de la cabeza de Tomás y unió de nuevo su boca a la de su padre, sin importarle que sentiría o pensaría al besarlo después de habérsela mamado, mientras entre sus nalgas atrapaba las 8 pulgadas de palpitante carne, deseosa de que la penetrara. Tomás puso sus gigantescas manos sobre las caderas de Anne, mientras ella se levantaba un poco. Con sus manos, Anne llevó la babeante erección de papi e introdujo su glande en su vagina. La lubricación de ambos era excesiva. Fue para los dos como una descarga eléctrica.

Al sentir Tomás haberla penetrado, tiró de las caderas de Anne, ensartándola por completo, hasta el fondo, arrancándole un escandaloso gemido del tremendo placer: tenía a su padre donde desde hace meses lo quería. Ya era suya. Se había consumado el acto. “¡Ooohhh amoooor…, estás dentro de mí por fin!”, gimió ella.

Anne comenzó a frotar con energía su cadera contra la de su padre, sin permitir que saliera un milímetro de su vagina. Los gemidos de ambos se podían escuchar por toda la casa sin recato ni precaución alguna.

Anne comenzó a gemir aceleradamente, experimentando en unos segundos mas el primer orgasmo provocado por el pene de su nuevo novio, el primero de muchos, seguramente.

“¡Ohh… ahhh… ahhh!”, jadeaba Anne, “¡no tenemos ni la semana de novios y ve como me tienes, papacito!”

Tras unos momentos y lentamente, Anne comenzó a levantarse ante la incógnita de Tomás, mientras él observaba como los jugos de su bella hija habían impregnado su vigoroso tronco.

Se dio la vuelta y puso sus bellas nalgas frente a él, abriéndolas con ambas manos.

“¿Te has tirado a alguna mujer por detrás, papi?, ¿por el culo?”, preguntó sensualmente, sin saber ni importarle cuál sería su respuesta, segura de que a su padre le encantaría penetrarla por ahí. “¿Nunca lo hiciste con mami?”, agregó, queriendo ignorar el desconcierto de su padre.

“No hija. Esta será mi primera vez, si es que me lo estás ofreciendo”, contestó pausadamente Tomás, excitado como un adolescente que le había perdido el temor a la primera vez.

“¡Mmmmh! Lo supuse”, dijo Anne.

Tomás no podía dejar de observar el rosado culo de Anne, ansiando envolver su pene con él.

Aunque sabía que estaba bien lubricada y lista para recibir el pene de papi en su trasero, Anne se arrodilló y lo arropó con su boca, ensalivándolo lo más que pudo. Cuando se separó, Tomás vio su pene impregnado aún más con la saliva de su hija. “Yo creo que es suficiente”, comentó.

Anne comenzó a sentarse de espalda en los muslos de su padre, frotando entre sus nalgas su babeante y duro tronco. Don Tomás tomó de nuevo las caderas de Anne con sus manazas y la levantó un poco. Cuando sintió tenerla encañonada, y con suavidad, empezó a penetrar con bastante facilidad su ya bien lubricado ano, lentamente, con cuidado de no lastimarla, haciéndola gemir y exigirle que no se detuviera. Don Tomás quedó inmóvil al tener a su hija completamente penetrada, sintiendo su intestino amoldarse a la perfección al contorno de su grueso y largo pene, como guante a la medida.

“¡Aw, papi…si siento como me estiraste más que al metérmela!… ¡y como me llenas más ya dentro de mi…! ¡la tienes bien gorda, novio!”

Tomás afianzó a Anne cruzando sus velludos brazos sobre su estómago, atrapada contra sí mismo. Ella puso ambos talones sobre las rodillas de papi, facilitándole la entrega de cada milímetro de carne.

“¡Ahhh… como soñé con este momento! ¡Era mi mayor fantasía Anne!”, dijo Tomás con jadeante voz. “Haz lo tuyo, novia. Sácame toda lo que puedas, princesita”, comandó el viejón.

Mientras Tomás besaba la nuca de su hija y acariciaba sus senos, Anne se movía hacia arriba y abajo y en forma circular, haciendo que Tomás sintiera la familiar sensación de la inminente vaciada por vez primera dentro de ella.

Solo se escucharon los gemidos de papi, al comenzar a verter su vital líquido en el culo de Anne, quien no dejó de moverse hasta que dejó de sentir el corazón de papi en las paredes de su intestino grueso.

Anne se recargó por completo sobre su gigantesco y velludo pecho, mientras él metía su grueso dedo en la babeante y caliente vagina, llegando a sentir su propio pene aún insertado en ella.

Se quedaron en silencio durante varios minutos, exhaustos.

Anne se incorporó al sentir que el pene de Tomás comenzaba a encogerse, apretando su esfínter para retener su semen dentro de ella. Aún así, al separarse, le salió un pequeño chorro, cayendo sobre el muslo de Tomás.

“¡Ups!, perdón”, dijo riéndose.

“Me llenaste hasta el tope”, dijo ella. “Eres un toro. Nunca me habían llenado así”, agregó. “Siento como se me revolotea todo por dentro”.

“¿Lo haces mucho por detrás?”, preguntó intrigado Tomás.

Anne quedó en silencio unos segundos, sonriendo

“Si, algo. A Raúl le gusta mucho”, contestó, “pero es algo muy personal, viejito intruso”.

“No lo culpo”, replicó Tomás.

“Pero… ¿Cómo es que les dio por ahí, novia?”, insistió, “no es muy común que digamos”.

“Novio”, contestó Anne, “¿Cómo crees que salvamos la honra de mi otro noviazgo?”

“¡Noooo!”, replicó Tomás, con incrédula voz.

“Si mi amor. Comencé a coger con tu yerno al mes de novios. Casi todas las noches me la metía por atrás, aquí, en esta misma casa, cuando tú, mami y Estela estaban ya dormidos”.

“Y es más común de lo que te imaginas. Si mami y tu no lo hacían, ustedes eran los raros”, continuó.

“¡Cochina tramposa!”, replicó Tomás, riéndose de la confesión de Anne.

“Y pues nos gustó a los dos y así seguimos y evitamos embarazos- Si nos asustamos una vez que se vino en mi vagina, como a los tres meses de novios. Raúl estaba preparado para hablar con ustedes, pero me bajó”, relató Anne ante la sorprendida mirada de su padre.

“Imagínate papi”, continuó, “¿aguantar cinco años de novia nomás de manita sudada y besitos en el cachete y ser como Estela?”.

“Con tu permiso, voy al baño. Ya me tengo que ir”, dijo Anne, mientras Tomás observaba como sus nalgas habían quedado un poco manchadas con su semen mientras recogía su ropa y caminar hacia el baño.

Contento y relajado por la hazaña que no creía posible, se limpió y se vistió. Estaba feliz de tener al fin una amante, aunque fuera su hija.

Había pasado más tiempo de la habitual visita diaria a papi. Anne salió vestida del baño. Tomás la acompañó a la entrada. Antes de abrir la puerta, se besaron apasionadamente.

“Hasta la próxima, guapachón”, dijo, al sobar su flácido pene sobre la bermuda.

“¡Ah! Y quiero que te dejes la barba”, dijo Anne. “Me encantan los machos barbudos y como sales en algunas fotos viejas. Yo te la mantendré bien cortadita”.

Tomás se sentó de nuevo frente a su escritorio. Se estiró. Sintió como una corriente de nueva vida circular por sus venas.

Por primera vez en 5 años, se puso su conjunto deportivo y salió a caminar.

CONTINUARÁ

Los Encantos de Papi (Parte 1)

Tomás y doña Emilia, su difunta esposa y madre de Anne y Estela, formaban parte de importantes comités altruistas, culturales y empresariales en México al tener una posición económica muy holgada. Se trató siempre de una pareja muy sociable y apreciada en su círculo.

Cuando doña Emilia falleció de cáncer, Anne, la mayor de sus dos hijas, vino a ocupar su lugar un tiempo después en casi todas las actividades y eventos.

Anne tenía esa arrolladora facilidad y personalidad de ganarse a la gente, además del inusual parecido físico a su madre de joven.

 

aSu hermana Estela, viviendo en los Estados Unidos, era imposible que la supliera y sus visitas a su ciudad natal eran esporádicas, usando la distancia como pretexto. Estela se adaptó rápidamente al estilo de vida americano y volvía una o dos veces por año con su numerosa familia.

Poco a poco, Anne y Tomás comenzaron a acostumbrar a sus amistades y personalidades con su presencia y a ser esperados en cualquier evento relevante de sociedad e incluso de carácter gubernamental. Tomás era un gran benefactor de muchas instituciones de caridad y formaba parte de consejos de algunas empresas, así como puestos honorarios en los tres niveles de gobierno.

Anne acompañaba a papi, como sus hijas le decían, a su rancho, eventos y frecuentes viajes fuera de la ciudad y al extranjero, muchas veces con su familia, otras tantas sola. Las fotos sobraban y las enviaban a Estela. El rancho quedaba a menos de una hora de su lugar de residencia y lo frecuentaban con o sin papi.

A sus 39 años, Anne era una atractiva mujer con un estilo natural, pelo suelto rubio dorado natural, piel muy blanca y ojos verdes. Su físico lo heredó de su madre, doña Emilia, aunque siendo Anne algo más alta.

Estela sacó más a su padre: más alta que Anne, más robusta, de pelo negro y piel más obscura sin ser morena, aunque también tenía lo suyo. Por su forma de ser, además de acompañar a papi a tantos eventos, Anne se preocupaba por lucir bien, aunque no necesitaba mucho para hacerlo.

Anne y Raúl se casaron varios años después Estela y tenían tres hijos. Esto ayudó, desde luego, a que Anne fuera la hija consentida de sus padres.

Cuando quedó algo marcada después de su tercer y último parto, y ante sus constantes quejas sobre sí misma, su esposo Raúl la llevó a una clínica en México a que le dieran una arreglada. La restiraron un poco, le levantaron los senos y le borraron las estrías de su estómago y trasero, quedando adecuadamente bella para su edad.

Estela, de 37 años, vivía en Houston, Texas, desde que se casó, hacía casi 20 años, con su esposo Mark y sus 6 hijos. Se había casado muy joven, mucho antes que Anne, a los 18 o 19 años, seducida por Mark cuando fue a estudiar inglés a esa misma ciudad. Se conocieron en un grupo de la iglesia a la que acudía. Tenía varios hijos.

Anne la recordaba eternamente embarazada. Fue quizá por eso que Estela comenzó a descuidar su apariencia y era objeto de amonestaciones de su hermana mayor.
Anne y su familia vivían en México y estaban al cuidado de don Tomás.

Aunque muy activo, Anne cuidaba mucho de su padre desde que había enviudado, consintiéndole hasta el mínimo detalle, siendo incluso invasiva en algunas ocasiones, cosa que a su padre le encantaba, pero fingía molestia.

Raúl no pudo acompañarlos en el ansiado viaje por cuestiones de negocios.

Don Tomás, quién de todas formas los acompañaría, pasaría a ocupar su lugar como pareja de Anne, algo común y frecuente desde haber perdido a su madre. Nada anormal.

Un par de años tras el fallecimiento de su mujer, don Tomás comenzó a verse deprimido y achacoso, algo a lo que Anne y Estela no estaban acostumbradas. Hablaron con médicos tanto en México como en Estados Unidos. Tomás no era muy dado a ver doctores ni a revisarse, a pesar de su edad. Acudieron un par de veces con el médico familiar, durante la última visita de Estela, quien les explicó que, aunque sus parámetros estaban bien, habría que vigilarlo muy de cerca por que su problema era una profunda depresión con consecuencias potencialmente graves.

A su típico estilo, Estela le dijo a Anne que “se lo encargaba” cuando regresaron a Houston tras varios días de vacaciones.

Aunque Tomás supo tomar la muerte de su esposa bien, la familia nunca estuvo preparada para el momento que sabrían que vendría. Tampoco contaban con que papi se les viniera abajo ya años después, creyendo que ya había superado la tristeza de perder a doña Emilia.

***********

“Anne, veo a papi como está rejuvenecido, activo, ágil…no parece que tenga los sesentaytantos que tiene”, continuó. “Hasta la rodilla que traía amolada no le molesta. Me sorprende muchísimo”.

“Lo cuido muy bien hermana”, replicó Anne.

“¡Pero parece de quince, Anne!”, insistió Estela. “¡Te lo juro que cuando nos despedimos en agosto se me figuró que se nos iba a morir con la depre que traía! ¡Duramos, que, dos semanas con él y la verdad, todos los días lo veía mal, como con ganas de morirse! ¡Y luego con esa barba entrecana se ve como todo un galán de cine!”.

“No sé qué habrás hecho, pero el cambio es muy radical”, continuó. “Veo todas esas fotos que mandas por email y la verdad, es un antes y después muy notorio, pensaba que hacías Photoshop con ellas, pero ya veo…”

“Papi y Anne en una convención, papi y Anne en una boda, papi y Anne en el rancho; …luego su ropa, su cara de felicidad, tu muy bonita y maquillada, muy a la moda…. ¡explícame que pasa porque no lo entiendo, hermana!”, continuó.

“Hay una foto en el rancho donde sales montada en el caballo con unos pantaloncitos blancos muy cortos y ajustados Anne, y me intranquiliza. Esa foto la tomó papi, supongo”, continuó.

“No. Fue Raúl quién la tomó, como podrás ver, por la ropa y los niños”, contestó Anne.

“Siento como que algo pasa entre tú y papi”, atajó Estela, apartándola de Mark y don Tomás mientras hacían los trámites de registro del hotel, recién llegados a Nueva York para acudir a la boda de la hija de unos amigos muy cercanos de la familia.

“No creo que tú y papi deban dormir en la misma habitación hermana”, agregó en tono tajante, ante la atónita mirada de Anne. “No estaba planeado así y es peligroso”, continuó. “Ahorita mismo pido otro cuarto para ti o para él”, dijo determinada.

¿Sabía algo o le hablaba al tanteo? El corazón de Anne comenzó a palpitar a toda velocidad. Anne no sabía que o como responder. Su hermana la tomó por sorpresa.

“¡Óyeme!”, casi le gritó Anne, “¡cálmate! ¿Qué te pasa Estela? ¿Qué insinúas?”

“¿Tienes algún problema con eso?”, fue lo primero que le contestó Anne, extrañada. “¡Deberías de estar agradecida y felicitarme por el trabajo de cuidar a papi!”, agregó. “¡Tú a todo dar, nomás pides informes y das órdenes…, no se vale!”

Estela la ignoró y prosiguió. “¡Y vete a ti misma! ¡Como te vistes y como te maquillas! ¡Siempre que te veo con papi andas guapísima, hasta provocativa!”. Anne seguía sin palabras, solo tragaba saliva, mientras su hermana seguía reclamándole, pensando como contestar.

“¡Siempre, siempre me visto lo mejor que puedo!”, dijo Anne, “¡me gusta causar buena impresión y no parecer chicana como tú!”, replicó en tono molesto. Ya sabía hacia donde iba Estela. “¡Tu bien sabes que siempre he sido así!”, agregó.

Estela apartó un poco más a Anne, jalándola del antebrazo, hacia los baños de la recepción, y continuó. “Los vi por el espejo ahorita que veníamos en el carro; tu muy recargadita y dormidita en su hombro mientras papi te acariciaba el pelo. ¡Algo traen! Ya estás grandecita para actuar como niña”.

“Y luego esas fotos, abrazada de él en todas partes”, repitió, “¡no, no está bien!”.

Anne seguía sin poder hablar, solo negando levemente con su cabeza, fingiendo incredulidad de una manera asombrosa. A decir verdad, le cayó como agua fría en la cara y la sacó de balance Estela. De todo pensaba que le pudiera platicar, menos de sospechar y suponer que papi se la estaba tirando.

Tras casi seis meses sin verse en persona, Anne esperaba otro tipo de encuentro con su hermana, otro tipo de conversación, no que se le viniera encima a reclamarle que papi y ella eran amantes.

“Anne, papi tiene quien sabe cuánto tiempo sin sexo, mínimo tres años, quizá hasta más, ¡mínimo!”, recalcó, “desde que mami enfermó, ¡y el diablo no descansa querida! ¡Tú dime!”, prosiguió.

¿Te digo que? pensó Anne ¿Qué estoy cogiendo con papi, eso quieres oír?

Siendo una mujer muy metida en la iglesia, algo de lo que constantemente se ufanaba, Estela fingía o se sentía sinceramente preocupada. Su esposo Mark, de igual manera, era todo un activista religioso, haciendo frecuentemente de la pareja algo insoportable para convivir, pues casi toda su plática era en torno a las religiones y se juraban portadores absolutos de la verdad. Todo era pecado o estaba mal. Eran una especie de Santa Inquisición.

Al cabo de unos minutos de regañarla bajo meras suposiciones, Estela le dio la oportunidad a su hermana de hablar, permitiéndole al fin tomar control del incómodo diálogo.

“¡Te prohíbo que hagas una escena con eso de los cuartos!”, comenzó Anne.

“¡Eres la persona más desagradable y grosera del mundo Estela!”, prosiguió. “¡Vaya manera de faltarnos al respeto y fastidiarme! ¿O sea que, según tú, papi y yo estamos… cogiendo?”. Contrario a Estela, Anne usaba con frecuencia palabras sucias y altisonantes. “¡Mira que insinuar eso! ¡Son chingaderas de tu parte!” “¡Jamás pensé que me fueras a salir con eso!”

Excelente actriz.

“Anne, es que yo…”. comenzó Estela, pero Anne la interrumpió. “¡Tu, verga! ¡A ti te vale verga ofender con tal de imponerte con tus convicciones, fanática, mamona!”. “¡Me llevaste entre las patas a mí, a papi a Raúl y hasta a mami…que estúpida eres, de veras, no tienes remedio!”.

Ambas se quedaron mirando. Anne respiraba agitadamente. Se dieron cuenta que Mark y don Tomás habían terminado el registro y comenzaron a dirigirse hacia ellas.

“Verga”, repitió Estela. “¿Por qué fue la primera palabra que se te vino a la mente, verga?”, preguntó en un tono burlesco, con irónica sonrisa, sin conceder que había alterado severamente a su hermana con sus bien fundadas sospechas.

“¡Porque así hablo yo, aunque te arda en el culo!”, replicó Anne, “ha de ser ya no puedes contener tu calentura, ¿verdad jodida? Te la llevas pensando chingaderas. ¿No te cumple tu marido o qué?”, dibujando en su cara una sarcástica sonrisa. “¡Has de coger nomás para embarazarte, santurrona desgraciada, que, por cierto, ya te toca otro antes de que cumplas los 40!”

Estela aspiró en sorpresa, engrandeciendo sus ojos. Si no vinieran su padre y esposo acercándose, le hubiera dado una bofetada. ¿Cómo se atrevía a decir eso de la santa de la familia?

Anne y Estela no podían dejar ahí la incómoda conversación. Anne las excusó e invitó a su hermana al baño.

Con tal de tener la última palabra, Estela era imprudente y en cierto modo, hasta perversa. Toda su familia estaba acostumbrada a ello y hacía siempre de la pareja objeto de burla.

“Tuvieron todo el tiempo del mundo para ir al baño, pero justo ahora van”, dijo don Tomás. Mark sonrió ante la observación de su suegro, mientras las dos hermanas de dirigieron al baño.

Anne y Estela pusieron su mejor cara para que no sospecharan sobre la inesperada situación surgida. Entraron al baño. Siendo ya muy tarde, estaba desierto, solo se escuchaba la típica música ambiental.

“Si, Estela, como te decía”, retomó Anne el control. “Déjate de tonterías y no andes dando palos de ciega, por favor. Vive tranquila tu vida y deja la mía en paz. Papi y yo, te aseguro, no estamos haciendo nada malo”.

“¿O quieres oír lo contrario? ¿Es tanto tu morbo?”

“Es que…, nomás no puedo creer que me hayas dicho lo que me dijiste”, dijo, llevándose las manos a los oídos, negando con la cabeza. “No lo puedo creer”, repitió Estela.

“¿Y tú si puedes decirme que papi y yo estamos cogiendo?, ¿eh?”, replicó Anne de inmediato.

“Anne, hermana, por favor no me lo tomes a mal, querida. Me llegan chismes que hay gente que hasta cree que eres las segundas nupcias de papi, vaya, yo estaba presente cuando le dijeron, ¿te acuerdas?”.

“Desde ese día”, prosiguió Estela, “la visión de que tú y papi actúen como marido y mujer se me quedó grabada en la mente y yo pues…elucubrando cosas. Discúlpame hermana”, dijo, como tratando de recular y calmar los ánimos.

Anne sonrió y se relajó un poco. “Si, me acuerdo. Fue sonso de don Luis Corcuera el que le preguntó, pero hace mucho, desde que recién murió mami. Viejo despistado. Pero fue solo una vez, ¿o has oído algo más?”.

Ambas sonrieron y se dieron un beso de reconciliación. “No, nada”, contestó Estela.

“Discúlpame Anne”, repitió. Anne simplemente le sonrió y se sintió más tranquila.

“Quien sabe que tantas cosas dirán de papi y de mí”, dijo Anne mientras salían. La gente es muy habladora y gozan suponiendo esto y aquello. Tu tranquila. Fuimos muy bien educadas”

***********************

“Nos tocaron los pisos 4 y 20, uno es una suite de dizque muy lujosa, para tórtolos, pero nos la dejaron a costo normal porque algo les falló en la reservación”, dijo don Tomás.

“Estelita, tomen la suite dizque nupcial, es la que está en el piso 20, con vista al Parque Central”.

“¡Ay no papi, que flojera andar con esas cosas a estas horas!”, contestó Estela ante la expresión de sorpresa y decepción de su marido y su hermana. “Además, a Mark no le gustan las alturas”, agregó. “Nos quedamos con la del cuarto piso”.

Anne sonrió para sus adentros. ¡Que increíble!

Subieron al elevador. Llegaron rápidamente al 4to. Piso. Mark tiró del equipaje mientras Estela le daba un beso a su padre en la mejilla y otro a Anne. “Pórtense bien, ¿eh?”, dijo Estela, al abrirse la puerta. “Nada de borracheras con el frigo-bar”, sentenció. Por ahorrarse la propina, Estela decidió cargar su propio equipaje.

“Good night!” dijo Estela. “Good night!” replicó Tomás. Anne solo le sonrió a la pareja, mirando a su padre con ojos de sorpresa.

Le va a seguir esta cabrona pensó Anne.

Conociendo a Estela, Anne sabía que la cosa no pararía ahí como la había hecho sentir en el baño. Cuando se le metía algo en la cabeza, era imposible que la cosa quedara olvidada, con un simple beso de reconciliación.

Al cerrarse las puertas del elevador y comenzar a ascender, Anne se lanzó a los brazos de su padre, fundiendo sus bocas en ardiente beso, como amantes deseosos que eran, a punto de explotar.

“¿Te tomaste la pastilla, papi?”, peguntó Anne con agitada voz.

“En el aeropuerto me forzaste, ¿te acuerdas? No aguantaba ya. Nomás te veía y se me paraba con el puro roce del pantalón”, contestó don Tomás, quien tomaba Cialis por primera vez y por órdenes de Anne. “Condenada pastillita, parece que… ¡si funciona!, ¡mira!”, dijo Tomás, bajando su bragueta y mostrándole a su hija la húmeda erección de su moreno pene.

“¡Guaaaauuu!”, exclamó Anne. “¡Que cosota tan hermosa, papi! ¡Se me hace agua la boca… y las nalgas!”, al tiempo que comenzó a sobarla.

“Según esto es que me vas a poder dar todo el fin de semana”, dijo Anne. “Al menos eso presumen”.

“¿Habrá cámara de seguridad en esto?”, dijo Tomás algo preocupado.

“¡Júralo papi! Desde el 11 de septiembre hay cámaras por todos lados, pero no estamos haciendo nada de terroristas”, dijo Anne restándole importancia, al tiempo que se disponía a besarlo de nuevo.

El elevador timbró y comenzó a detenerse un par de pisos antes. Se separaron rápidamente.

Anne se compuso lo mejor que pudo y se paró frente a papi, que no le dio tiempo de guardarse el paquete. Un individuo subió y les sonrió. Ellos correspondieron. Anne comenzó a frotar sus nalgas en papi disimulada y provocativamente, sin que el extraño se percatara. El ascensor se detuvo dos o tres pisos antes del de ellos y bajó, despidiéndose cortésmente.

Llegaron a su piso segundos después, apenas dándole tiempo a Tomás de guardar bien su pene y fajarse, saliendo del elevador. Su habitación estaba algo retirada. Anne tomó la mano de papi y caminaron por el pasillo hasta llegar, deteniéndose un par de veces a besar sus bocas.

Abrieron la puerta de la elegante y erótica habitación envueltos en tumbos, besos y caricias, casi derrumbándola. Su equipaje ya estaba ahí.

Anne se quitó su abrigo de piel. Tomás desbotonó la blusa de Anne y le quitó el sostén. Mientras ella acariciaba su duro pene por encima del pantalón, su padre besaba sus suaves y bellos senos.

Casi en medio de la elegante habitación, en forma de corazón, estaba un jacuzzy rojo como un monumento al erotismo que los hizo salivar de la emoción. Se acercaron y sin pedir opinión el uno al otro, Anne abrió el agua caliente y espació sales de espuma que estaban ahí, por un lado, y encendió la bomba. Volvió a besar a su padre en la boca.

“Voy a ponerme algo más cómodo… vuelvo enseguida”, dijo, y se dirigió al baño.

“Tú también osote peludo. Alístate”, ordenó.

Cerró tras de sí la puerta del baño. Se deshizo de la ropa que aún le quedaba puesta, y se sentó desnuda en la tasa del excusado y subió las piernas, comenzando a acariciar sus babeantes labios vaginales, gimiendo levemente de placer, pensando en papi, en cómo había llegado esto tan lejos…. en Estela y sus atinadas sospechas…. deleitándose con sus dedos y mordiendo sus labios alternadamente en anticipación al ansiado encuentro con papi en la caliente y burbujeante tina, amanecer desnuda con él… sería algo único, maravilloso.

¿Fueron muy atrevidas las fotos? ¿Fueron muchas? ¿Tan notoria era la mejora de papi?, pensaba Anne una y otra vez. ¿Cómo podía objetar la increíble recuperación de papi esta imbécil?

El deseo pesaba más que la preocupación.

A punto de tener un orgasmo se detuvo. Se puso de pie y se miró al espejo, girando su cuerpo, como si fuese la primera vez que papi la vería desnuda. Se sentía algo incómoda con una leve flacidez en su estómago y sus senos comenzaban a caer de nuevo.

Hacía un par de noches que había hecho el amor con Raúl, su esposo, pero por primera vez no hubo “jueves de papi”, como lo habían pactado. Ese día estaba reservado para papi pasara lo que pasara, con o sin menstruación.

Con todo y los 20 años mayor que Raúl, papi era como un devastador torbellino con la energía de un adolescente y la habilidad de un experto. Anne no le había sino infiel a Raúl durante tantos años de matrimonio, pero papi…, con esa fogosidad acumulada durante tanto tiempo, la hizo sucumbir.

Pensaba en la pecaminosa y anormal relación… en lo prohibido y escandalizante de ser la amante de su propio padre. ¿Qué pasaría si tuvieran un descuido y se enterara tanta gente conocida? Con Estela tuvo su primera señal de alarma, pero podía más su enfermizo deseo.

Le excitaba revivir los momentos de como comenzaron a ser amantes… de la primera vez, hasta llegar a este momento.

Conociéndola bien, sabía que Estela sería un problema, pero no le preocupaba. Hablaría con papi en su momento, quizá mañana.

Se juzgó perfecta para su re-encuentro con papi. Retocó sus labios, lavó sus manos y salió 5 minutos después.

CONTINUARA

Mi nuevo papi 4

Un mes había pasado desde ese día del padre memorable, donde había comenzado más que un simple triángulo amoroso, había comenzado todo un mundo de morbo y perversión, donde Julieta experimentaría los más ocultos lados de su sexualidad.

Agosto había comenzado y el cambio de clima ya se hacía notar, anunciando la nueva estación próxima. Sin previo aviso una noche un frio invernal azoto en la ciudad, haciendo que sea una noche solo en familias dentro de sus hogares. Natalia, que cada día se veía más y más deseosa de las nuevas experiencias que había comenzado a tener junto a Julieta y Raúl, decidió preparar algo muy especial. Aprovechando de una noche fría, desvió la atención con una película en “familia”, sabiendo muy bien en que parte de la película se pondría interesante, sirvió unos tragos dulces y suaves, pero adictivos. Al poco tiempo los tres ya sentían los efectos del alcohol y se los notaba sonrientes y desinhibidos. Al entrar la película en partes de mayor interés adulto, Natalio, comenzó a tocar a Julieta de manera discreta sin que Raúl lo notara. Abriendo lentamente sus piernas dejando que sintiera su vagina por completo, Natalia aprovecho para jugar con el clítoris de Julieta, ocasionalmente apenas la penetraba solo con la punta de uno de sus dedos, para que no gimiera y sea descubierta por Raúl. Cuando por fin Julita estaba empapada de sus jugos, Natalia se retiró lentamente del lugar, dejando a la pequeña jovencita caliente, mojada y deseoso, pero inmóvil para no despertar sospechas a Raúl, ya que si bien los tres habían comenzado a tener una relación, la situación realmente excitaba a ambas mujeres al punto de querer seguir esta vez, solo ellas dos.

A los pocos minutos de que Natalia se retirara y no volviera, Julieta comenzó a preguntarse qué habría pasado, porque la había dejado así de caliente…sus incertidumbres la llevaron a averiguar qué fue lo que paso, ya que Raúl estaba dormido, lentamente se dirigió hacia la habitación de sus padres. Al entrar noto que sobre la cama había unas esposas de color rosa, cuando se acercó a mirarlas, una mano la tomo desde atrás por el cuello, era Natalia que vestía un baby doll blanco transparente y estaba usando un cinturón con vibrador (strap on), como si fuera su propio pene, mientras la tomaba por el cuello, paso su lengua por él y al llegar a su oído le dijo:

-Esta noche seré yo quien te penetre y te haga gemir de felicidad, luego tú succionaras mi vagina como intentando exprimir todos mis jugos…

Eso hizo que Julieta se volviera aún más sumisa, quedando a merced de su madre, que mientras le decía eso, bajaba su pantalón para poner ese enorme vibrador en las nalgas  de su hija mientras con sus dedos penetraba la hermosa y rosada vagina de la niña. Acostándola suavemente sobre la cama, comenzó a desvestirla, mientras Julieta admiraba la belleza del cuerpo de su madre y la gentileza con la que le sacaba la ropa, besando sus labios y mordiéndolos comenzó a bajar, primero por su cuello, besándolo, mordiéndolo y chupándolo, dejando unas pequeñas marcas, haciendo que su hija suspire de placer. La madre seguía bajando con suaves besos y leves mordidas hasta llegar a los labios de la vagina, donde se quedó por largo tiempo jugando, besándola, succionándola, penetrándola con su lengua y sus dedos, mientras que con la otra mano estimulaba su clítoris haciéndola gozar y gemir cada vez más y más, cuando la jovencita sentía que su orgasmo no se iba a hacer esperar, la madre para de manera rápida y sin perder tiempo la penetro sin previo aviso con ese vibrador enorme que tenía amarrado a sus caderas, poniéndolo en una velocidad alta de vibración, la penetraba con rudeza, haciendo que cada vez que empujara a lo más profundo de su útero, la pequeña gritara y gimiera del placer que recorría su cuerpo, era tan intenso y delicioso que Julieta ya había acabo al ser penetrada por primera vez, pero no quiso detenerse y quería seguir sintiendo ese hormigueo desde sus pies hasta su cabeza de manera constante. Natalia de manera efusiva y brusca seguía moviendo sus caderas como si buscara llegar más ala del útero de su hija, ambas estaban en un punto tan caliente que los jugos de sus vaginas escurrían por sus piernas, Natalia se recostó un poco sobre Julieta mientas seguía penetrándola con dureza, y mientras chupaba sus deliciosos senos, ninguna advirtió que Raúl estaba ingresando lentamente en la habitación, con mirada fija y llena de excitación de ver tan retorcida, excitante y lujuriosa escena lésbica de madre e hija, ya venía preparado, desnudo y con su pene más duro que nunca, decidido a penetrar a alguna de las dos….aprovechando que Natalia estaba bañada de sus jugos y con su culo mirándolo a él, sin pensar y sin dar tiempo a reacciones, penetro el culo de su mujer de manera brusca y hasta llegar a lo más profundo, haciendo que Natalia soltara un grito desaforado, placentero y lleno de alegría, ninguna se detenía, todos seguís el mismo ritmo de caderas, haciendo que cada movimiento sea un gemido nueva de ambas mujeres. Raúl que no soportaba ver que ambas estaban disfrutando pero a solo una penetraba, sacaba su pene pera penetrar a su hija, alternándose cada 6 o 7 movimientos y volvía a penetrar a su mujer…Julieta no podía creer que por primera vez era penetrada de manera doble en su pequeña vagina, si bien al principio se sintió un leve dolor, lo gozaba de manera increíble, haciendo que su vagina hiciera ruidos tan obscenos que dan gusto de sentirlos, jamás se había mojado tanto y menos pensaba en una doble penetración de esa manera.

Raúl sitiándose amo y señor de la situación, acomodo de manera inversa a sus mujeres, haciendo que Natalia este acostada y esposada a la cama y haciendo que Julieta usara el Strap on para penetrarla, mientras que él penetraba el bello culo de su hija. La excitación no se hacía esperar, los tres estaban fundidos en un mar de lujuria, pasión y jugos genitales que bañaban las sabanas, dejando así la prueba de la sexualidad vivida en esa casa. Al estar llegando al punto más alto del sexo, Raúl no podía aguantar más el orgasmo eyaculatorio que se avecinaba, justo en ese momento ambas mujeres soltaron de manera conjunta un gemido de placer, liberando una gran cantidad de eyaculación femenina, mojándose mutuamente  y cayendo una sobre la otra perdiendo sus fuerzas por el gran momento de estallido, Raúl las advirtió que estaba a punto de eyacular, a lo que Julieta se apresuró a sacar el pene de su culo y dirigirse automáticamente a chuparlo para sentir el semen en su boca, pero Natalia había tenido la misma idea, así que mientras una chupaba su pene, la otra chupaba sus bolas, alternándose para que ambas satisfagan sus deseos, esperaron y chuparon hasta la base del pene para sentir el semen en sus bocas, cuando Raúl ya no pudo más y soltó su gran carga de semen por tanta excitación de verlas a ambas tan deseosas de su pene, baño la cara de ambas mujeres que se regocijaban a sentir tan espeso semen cubriéndolas y llenando sus bocas, ambas se trabajos lo que tenían y seguidamente lamieron la cara de la otra para limpiarla y seguir degustando tan delicioso semen, finalmente luego de limpiarse, se fundieron en otro beso de pasión, disfrutando tan bellas sensaciones, los tres se recostaron en esa tan grande cama, desnudos y abrazándose entre ellos, Natalio dijo:

-Y mi niña? Te gusto lo que preparamos con tu padre, sabíamos que algo así te iba a gustar

-Gracias a ambos, me encanto, pero la próxima quiero que ambos me penetren por cada lado, pero esa vez, el semen será solo para mi culo por favor…

-Lo que desees mi niña…

Dijeron ambos al unísono…

Continuara…

Mi nuevo papi 3

Julio había llegado y el fin de semana del día del padre había comenzado, como era de esperarse la madre de Julieta, Natalia, había partido en un viaje de negocios. Los preparativos ya venían planeados desde hace más de dos meses, una noche de suma importancia y especial les esperaba a estos amantes llenos de lujuria y pasión.

Julieta que venía ya hace tiempo planeando una noche especial, se había ocupado de hasta el más mínimo detalle para que los sentidos jueguen un papel importante en la noche del sábado, desde velas aromáticas, comidas afrodisiacas, tragos dulces pero fuertes en alcohol, hasta el postre que se serviría sobre el cuerpo de cada uno de ellos, recorriéndolo con sus lenguas hasta las zonas más erógenas de cada uno. La imaginación de Julieta volaba y se acrecentaba a medida que pasaba el tiempo, haciendo que cada momento se vuelva más ansiosa y su cuerpo temblara al pensar en todo lo que sucedería.

Por otro lado, Raúl también planeaba con entusiasmo su noche especial, después de todo él estaba a cargo del juego previo que daría lugar a la primera experiencia de Julieta en el sexo anal. Un pequeño vibrador, lubricantes, vendas, esposas…todo lo que necesitaba y que sabía que a ella le gustaba para estimularla y hacer que su vagina grite de emoción.

Al llegar a casa, Julieta se dirigió a su habitación como era de costumbre, al entrar se percató que una carta con una rosa a su costado estaban sobre su cama, sorprendida y llega de emoción decidió abrirla y leerla, decía:

-Querida mía, discúlpame pero no he podido con mi intriga y mi mal genio, estuve leyendo tu diario para saber qué es lo que esperabas para este día para tener una mejor idea de que te haría feliz, esta noche no llegare a casa, te espero en el Hotel Lux, dejo la llave de la habitación, todo lo que planeabas de comida y ambiente ya estarán listos, solo nos queda disfrutar de esta noche sin ataduras ni limites, a las 22:30 estaré ahí esperándote…

Julieta estaba asombrada por la carta, un tanto desconcertada porque en el año y seis meses que llevaba esta relación clandestina con Raúl, era la primera vez que hacia algo tan sutil y romántico como una carta y una rosa. Caía la noche del sábado y Julieta comenzaba con los preparativos de su propia persona, su corpiño de color rojo pero con trasparencias dejaban ver sus pequeños y rosa pezones, en esa tan llamativa copa D36 que era motivo de los más perversos pensamientos lujuriosos de los hombres; en la parte inferior un tanga del mismo color, diminuta y con un pequeño cierre en la parte delantera, dando la señal a su amante para abrirlo en el momento que él deseaba; unas medias finas negras con encaje, acompañadas de un porta ligas, realmente algo digno para una noche tan especial. Y finalmente un vestido que prenderías las más escondidas paciones de Raúl, conociendo sus gusto por lo oriental, Julieta opto por un vestido del tipo chino, corto, solo unos centímetros más debajo de sus glúteos, dejando ver el encaje de sus medias y las ligas que lo sostenían, digno de las más íntimas fantasías. Y un peinado recogido hacia ambos costados Una vez terminada su producción, la hora del encuentro había llegado al fin, se dirigió a su auto y condujo hasta el Lux.

Al entrar a la habitación del encuentro, vio como una luz tenue y cálida alumbraba todo el lugar, un camino de pétalos de rosas llevaba hasta la mesa donde comerían, y allí estaba Raúl, en un traje de color azul marino, perfectamente afeitado, con una postura de seguridad y sensualidad que hacían que Julieta temblara de solo verlo…al acercarse a él, ambos notaron el perfume de cada uno; él, un perfume seductor, suave y del tipo madera oriental; ella, un perfume dulce, penetrante del tipo frutal. Se saludaron con un beso apasionado, como si los instintos estuvieran a flor de piel invitándolos a devorarse mutuamente, ambos besaron los cuellos del otro, saboreando el manjar de sus perfumes. Se miraron a los ojos y Raúl se dirigió a la mesa tomado de la mano de Julieta.

Luego de una cena provechosa, una larga y tendida charla sobre sus vidas, como llegaron hasta ese momento y que es lo que deberían hacer en el futuro, un pequeño silencio de incertidumbre cubrió el momento…aplacando ese silencio, Julieta lo rompe diciendo sus intenciones de disfrutar de esa noche y no opacar tan bello momento con incertidumbres del futuro, sabiendo que una relación así era difícil de seguirla a largo plazo, después de todo su madre aún estaba en pareja con Raúl. De trago en trago ambos comenzaron a desinhibirse, hablar más sobre sexo, generando así un juego previo solo con palabras, de cómo cada uno recorrería el cuerpo del otro, lamiendo con suavidad cada zona erógena volviendo al otro deseoso a cada momento. Julieta se paró y comenzó a caminar hacia Raúl, lentamente se sentó sobre él y comenzó a besarlo apasionadamente, mientras de manera suave movía sus caderas para generar en el una erección. Raúl lentamente bajaba el cierre del vestido de Julieta, dejándolo al vestido a la altura de sus hombros haciendo que sus deliciosos pechos quedaran al descubierto en ese corpiño transparente, haciendo que Raúl buscara succionar sus pezones atreves del corpiño como intentando atravesarlo para poder saborear la piel sus pechos. Mientras que ella desprendía con pasión la camisa de su amante, besando el cuello de él, se paró y se arrodillo al frente de la silla, desprendió su pantalón, bajando su cierre metió su mano en el bóxer de él, buscando tan preciado pena, motivo de su lujuria y de su vagina mojada, comenzó a chuparlo con fuerza y excitación, jugando con su lengua alrededor de la cabeza, haciendo leves movimientos como si deseara morderlo, pasaba su lengua por todo el pena hasta llegar a sus testículos y subía de nuevo, ella con gran emoción esperaba ver como los jugos pre seminales salían de el para succionarlos con fervor…para darle mayor excitación al momento, a Julieta le gustaba jugar en el pene de Raúl poniendo salga de chocolate para luego saborearlo, eso a él lo volvía loco. Luego de un rato de ese excitante y dulce juego, ambos se dirigieron a la habitación, la cual tenía un ventanal gigante, haciendo que la luz de la luna iluminara todo el cuarto, la vista era realmente maravillosa, se veía toda la ciudad desde donde estaban. Raúl se para detrás de Julieta y mientras besaba su cuello lentamente termino por sacarle el vestido, le coloco la venda y suavemente la recostó en la cama, mientras él recorría el cuerpo de ella, besándolo y saboreando su piel centímetro a centímetro, lentamente se dirigía hacia su vagina, aprovechando que sus jugos habían empapado su tango, abrió el cierre lentamente y metió su lengua hasta lo las profundo que pudo, usando su boca para chupar todo esos jugos que salían sin cesar de la vagina de su pequeña amante haciendo que su primer suspiro de placer llegara de manera rotunda y placentera.

Aprovechando esos mismos jugos que habían bajado hasta su ano, procedió a lamerlo con el mismo fervor y la misma intensidad, haciendo que la nueva sensación que tenía Julieta se vuelva inesperadamente placentera y deliciosa, suavemente penetraba su culo con su lengua, entre la sensación nueva y la suavidad de su lengua, Julieta sentía cada vez más placer, haciendo que su vagina cada vez palpite más fuerte…usando un lubricante que Raúl tenía preparado procedió a usar el pequeño vibrador para ir comenzando a abrirse paso en el culo preciado y torneado de Julieta. Ella sentía un leve dolor, pero el placer que sentía era cada vez mayor, haciendo que el dolor sea casi imperceptible. Al estar con sus ojos vendados, solo se podía concentrar en lo que sentía, y su excitación ya estaba superando los límites de la cordura, a lo que no pudo más y dijo:

-Por…por favor papi, no puedo más, no aguanto las ganas, quiero que me hagas tuya, quiero que tomes mi virginidad anal, por favor, hazme sentir que soy solo tuya…

Raúl, excitado aún más por la petición de Julieta, coloco a su pequeña arrodillada, con las manos hacia el cabezal de la cama, dejando así su culo apuntándolo a él, suavemente puso su pene en su ano y con leves movimientos, mientras besaba la espalda de ella, comenzaba a penetrarla suavemente, mientras que con una mano estimulaba su clítoris para hacer que su placer sea cada vez mayor. Julieta sentía un dolor un poco más intenso, pero por algún extraño motivo, la hacía sentir cada vez más excitada y al borde del orgasmo, no sabía si era porque era su primera experiencia con el sexo anal que la hacía sentir sucia y deliciosa, si era sentir que estaba siendo sometida, si era el tener sus ojos vendados y solo sentir lo que le hacían, si era sentir su clítoris siendo estimulado simultáneamente o si simplemente era todo junto…de lo que si estaba segura, era que el placer que sentía era realmente intenso y no podía describirlo, solo quería disfrutar de eso cada noche de su vida.

El pene había penetrado por completo en Julieta, los golpes entre sus caderas se hacían cada vez más intensos, los movimientos eran más fuertes, el retiro la venda de sus ojos, la trajo hacia su pecho y mientras se besaban él apretaba con fuerza sus pechos mientras jugaba con sus pezones…la pasión y los gemidos de ambos eran sobresalientes, ambos estaban llegando al orgasmo, juntos como siempre…su diálogo caliente pero corto no se dejó esperar:

-Juli, estoy a punto de acabar…

-Por favor no te contengas, quiero sentirte dentro de mí, quiero sentir como llenas de semen mi sucio culo, yo también estoy a punto de acabar, por favor, por lo que más quieras no pares y lléname…

Un beso de pasión envolvió a estos amantes desaforados, mientras sus suspiros se unían y explotaban en una erupción de orgasmos y placer, Julieta sentía como el semen de Raúl era disparado dentro de ella, mientras que por primera vez sentía lo que es una eyaculación femenina, algo tan intenso, tan placentero que era casi increíble de que estuviera pasando…entre tanto placer, copas, sexo y comidas, ambos cayeron rendidos sobre la cama, aun estando penetrada por Raúl, Julieta sentía como a la vez que el pene de él palpitaba dentro de ella, su vagina también lo hacía mientras no dejaba de sentir lo mojada que lograba llegar.

Ambos disfrutaban de lo que había pasado sin saber que unos ojos los estaba observando con lujuria y fervor.

Julieta le dice:

-Feliz día del padre, gracias por esta noche, gracias por planear todo esto y hacerlo en este hotel como si fuéramos una pareja de verdad, la carta en mi cama con la rosa. Gracias por todo, fue perfecto!

-Gracias querida mía…pero, yo creí que tú lo planeaste, yo también recibí tu carta diciendo que venga aquí que todo iba a estar listo…

-Si no fuiste tú, ni yo….¿quién hizo esto?

Un silencio desconcertante los cubría, a lo que un sonido suave de una puerta acompaño el momento. La figura de una mujer en ropa interior entraba a la habitación…era Natalia, la madre de Julieta, pareja de Raúl…

-Yo planee esto, sabía que entre ustedes pasaba algo y la verdad, solo quería ser parte de esto, jamás vi tanta lujuria y pasión como cuando ustedes están juntos, no pude dejar de masturbarme mientras los veía haciéndolo…también quiero ser llenada!!!

Natalia se acercó a Julieta y comenzó a besarla, la pequeña no sabía cómo reaccionar, pero de algo estaba segura, se estaba excitando nuevamente, mientras ambas mujeres se fundían en un beso de pasión y lenguas, Raúl disfrutaba de ambas lamiendo y succionando sus vaginas…

Esa noche comenzó algo más que un triángulo amoroso…comenzó un nivel más profundo del morbo en la pequeña familia…

Continuara…