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Aprendiendo de los maestros / Parte 2

Jueves, enero 11th, 2007

- ¿También te la follas?.- Pregunté admirado.
- Joder, pues claro.- Dijo él con naturalidad. – Con la mierda de tetas
que tenía antes… No se como iba a hacerme las pajas cubanas que me
hago ahora con ella.-
- ¿Y desde cuando?.-
- Desde que a la señorita le empezaron a entrar aires de grandeza.
Que si un atico en Madrid, que si un coche nuevo cada dos años… Esas
cosas me cuestan dinero, y ella tiene que comprender que esos lujos no son
gratis. Yo me parto la espalda para que ella tenga sus caprichitos, asi que
bien puede dejar que papi se lo pase bien con ella un poco de vez en cuando.
Yo soy arquitecto, ella es guapa. Así que llegamos a un acuerdo mutuamente
beneficioso.-
- ¿Y crees que…?.-
- ¿ Que si dejará que te la tires?. Vamos hombre, claro que
si. ¡ Faltaria mas!. Si eres su hermano. Estariamos buenos. Seguro que
deja que cualquier mierda se la tire, y te va a decir a ti que no. Venga, vamos.-
- ¿Ahora?.-
- ¿ Que pasa, no te apetece? ¿Te has quedado seco?.-
- Claro que me apetece.-
- Pues venga.-
Y así sin mas, salimos los dos al patio. Allí estaba ella, tomando
el sol en top less de nuevo, con aquellos melones descomunales tostandose al
sol. Mi padre se acercó a ella conmigo a su lado.
- Oye Susan. ¿Tienes un segundo?. A tu hermanito le apetece hecharte
un polvo. -
Ella nos miró con cara de fastidio, y suspirando, se incorporó un
poco para sacarse el tanga.
- Joder, que pesaditos estais hoy los dos. Bueno, venga, pero aqui mismo,
que no me apetece andar entrando y saliendo de casa cada dos segundos.-

- ¿Quieres que vaya por un condón cielo?.- Preguntó mi
padre previsor.
- No hace falta, estoy con la pildora, y este membrillo no tiene pinta de
follar mucho.- Dijo tumbandose otra vez con las piernas bien extendidas a los
lados, y con aquel coño rubio y coloradito bien abierto. Yo no sabia
que hacer, aunque ya tenia la poya bien tiesa. Así que mi padre tomó la
iniciativa, dandome una palmada en la espalda.
- ¡Venga hombre!. ¡ Follatela con ganas!. ¿ No me diras
ahora que te da corte?.-
Y ni me lo pensé, solo me cogí la poya con la mano, y empecé a
intentar metersela con torpeza, a lo que ella, con otro mohín de fastidio,
repuso congiéndomela y metiéndosela ella misma.
Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm. Fué genial. Su coño me estrujaba la
poya, era cálido y pegajoso, pero muy suave y acogedor. Me sentía
tan bien con la poya dentro de mi hermana que ni siquiera me movía,
así que mi padre me dió una colleja en la nuca.
- ¡Venga chaval, que tu hermana se aburre!.-
Así que empecé a bombear, metiendo y sacando, al principio con
torpeza, pero improvisando rapidamente un movimiento automatico muy satisfactorio.
Mi hermana seguía inmovil, con los ojos cerrados, y tan tranquila, pero
a mi me daba lo mismo. Seguí empujando, cada vez mas freneticamente,
hasta que sentí como el semen fluia de mi poya dentro de ella. Me estaba
corriendo como un loco. Me sentí emocionado y agradecido. ¡Por
fin habia perdido la virginidad!. ¡Y encima con una tia con cuerpo de
supermodelo como mi hermana!. Habia merecido la pena esperar por follarme a
aquella diosa a pelo, antes que malgastarme con cualquier gorda repulsiva,
que encima me obligaria a ponerme goma. Que feliz fuí. Y no habia acabado
de culear, cuando mi padre con voz de salido, ya me estaba apartando.
- Anda chaval, me habeis puesto cachondo, dejame el sitio.-
- Jo papi, ¿tu también?. ¿Qué os habeis tomado
hoy?. Con todo este trabajo ya me podrias pagar tu la entrada del fiat.-
- Lo que quieras cielo, lo que tu quieras, pero dejame que te la meta.-
Y sin mas preambulos, igual que yo, cogió su enorme poya palpitante,
y se hundió en el coño de su hijita. Ahora ella si que gimió como
una loca, y empezó a moverse y a murmurar, aparentemente muy excitada.
No se si es que se lo estaba pasando bien, o que le gustaba fingir para mi
padre y caerle en gracia, pero lo cierto es que se removia como si la estuviese
matando. Eso se notaba que le excitaba mucho, así que le daba unas culadas
tremendas, haciendo temblar incluso la tumbona donde estaban jodiendo. Crujia
sin parar. Por no decir mi hermana, a la que agitaba como una hoja con cada
embestida. Encima no dejaba de mugir como un toro. Lo cierto es que me excitaba
muchisimo, y hasta me hice una pajita mirandolos. Al final, entre estertores,
acabó corriendose, empujando tanto contra mi hermana, que parecia que
queria meterse dentro de ella. El si que se quedó tranquilo un buen
rato encima de ella, y al levantarse le dió un cariñoso besito
en la cabeza.
- Gracias mi vida. Ha sido genial. Como siempre.-
Ella sonreia orgullosa y coqueta.
- ¿Tanto como para la entrada del fiat?.-
El se rió condescendiente.
- Ya conoces nuestro trato, tu preocupate de estar guapa y bien abierta de
piernas para papi, y deja que papi pague las facturas.-
- ¡Gracias papi!.- Gritó ella saltando de la tumbona y abrazandose
a él, cubriendolo de besos.
- Venga, venga, vale ya preciosa, que todavia vamos a tener que joder otra
vez.-
- ¿Y eso no te gustaría?.- Dijo ella poniendo carita de niña
buena para su papi.
- Venga cariño, ya me he corrido dos veces.-
- Ohhhhh.- Dijo ella, y enseguida se puso a cuatro patas apoyada en la tumbona,
meneando aquel culo enorme y precioso. Desde luego que sabia como ganarse un
coche nuevo. Yo le hubiese comprado hasta un mercedes.
- Bueno cielo, esto nunca lo habiamos probado. ¿De verdad quieres que
te de por el culo?.- Preguntó mi padre babeando.
- Jejeje. Por mi papi lo que quieras. Ya que tu no me desvirgaste por delante,
puedes hacerlo por detras.-
Joder. Mi padre se puso como una bestia, y antes de lo que se tarda en contarlo
ya tenia la polla tiesa como una barra de acero. Empezó a hurgar en
el culo de mi hermana con los pulgares, mientras ella gemia como una gata susy.
No se tomó mucho trabajo, por que estaba muy caliente, y de golpe, sin
pensarlo, se la metió de un golpe.
- ¡Ahhhyyyy!.- Gritó ella sorprendida por el dolor.
- ¿Te he hecho daño cariño?.- Preguntó mi padre
asustado, pero sin dejar de encularla.
- No pasa, mmmmm, nada, mmmm, puedo aguantarlo papi, en serio. Tu disfruta
y correte a gusto.-
- Gracias cariño, dijo él besándole la nuca.-
Le sujetaba la cintura con firmeza, y su poya entraba y salia de aquel minusculo
agujerito. El no podia verlo, pero mi hermana apretaba los labios con fuerza,
igual que los ojos. Estaba claro que aquella cosa tan grande en un agujerito
tan minusculo tenia que dolerle. Pero era una chica codiciosa. Quería
su coche. Seguia bombeandole dentro, y tardó bastante, lo que era logico
a pesar de su excitación, por que se habia corrido ya dos veces.
- Siento tardar tanto mi vida, ¿Te hago mucho daño?.-
- Un poco papi, pero tu disfruta, puedo aguantarlo.-
Y volvió a besarle la nuca. Entonces empezó a gemir, y a sufrir
espasmos muy fuertes. Yo creí que se moría, pero empezó a
gritar.
- ¡Joder, si, si,si!.- Gritaba él. Y luego a bufar y resoplar,
para acabar gritando.- ¡Me corooooooooooooooooooooooooo.!.- Aquello si
que era entusiasmo.Y se cayó de lado junto a la tumbona. Susan sudaba
mucho y se sujetaba a la tumbona. Después de que papa le hubiese follado
el culo con aquella cosa, no le quedarian muchas ganas de sentarse.
- Venga chaval, rompele el culo tu también.- Me animó mi padre
irguiendose un poco.
- No, no, me duele mucho. Una vez ya ha estado bien.- Dijo mi hermana con
cara de susto volviendo la cara.
- Venga tonta, no ves que la tiene muy pequeñita. Te vendrá bien.
Ni lo notarás.-
- Jo papi, me ha dolido mucho. No quiero que el me haga daño también.-
- Venga nena, hazlo por papi. Es una poyita muy pequeña. Además
si le dejás ya tienes el Fiat.-
- ¡Entonces vale!.- Dijo ella con el rostro iluminado. Menuda puta.
Yo no sabia que iba a hacer, asi que me quede un poco atontado. Entonces ella
me miró con lascivia y empezó a mover el culo.
- Venga nene, no me digas que no te apetece. Va a salir el expreso al paraiso. ¿ No
quieres montarme?. ¿ Ahora te va a dar verguenza?.-
Bufffff. Que cachondo me puso. Y yo ya me habia corrido tres veces, pero aquello
era demasiado.Me acerqué, y con cuidado le fuí metiendo el capullo
en el ojete. En cuanto estuvo encarrilado, empecé a empujar con cuidado.
Ella gemia, pero mucho menos que con papa. El culito ya se le habia dilatado
mucho. No me costó demasiado empujar dentro, pero sus enormes cachetes
me apretaron la poya una vez bien dentro. Empecé a bombear.
Me costaba, me estrujaba la poya, pero era fantastico. Además, apretando
sus cachetes hasta exprimirlos, podia apretarme mas la tranca. Era genial.
El mismo dia mi madre me habia hecho una paja y ya me habia follado a mi hermana
por dos agujeros. Era feliz. Quien me lo iba a decir a mi al despertarme. Aquel
agujerito era una delicia. Empujar era más incomodo, pero la penetración
en sí, mucho más deliciosa. Estaba enculandome a mi hermanita,
que encima era una putita que follaba con nosotros dos por dinero. Bueno, por
mucho dinero, pero por dinero al fin y al cabo.
Cuando estaba a punto de correrme, la poya se me puso tan dura que me dolia,
creia que no podria correrme y que explotaria, pero enseguida empezó a
fluir mi leche, y yo tb empecé a gemir como un burro, mas que nada por
copiar a papa. Me corrí bien dentro de ella, y me dejé caer encima
suyo, abrazandola y relajandome como papa no me habi dejado antes. Allí estabamos
los tres, sucios y satisfechos, después de corrernos como locos. Y todo
gracias a mi hermana. Je. La pasta que mi padre le daba valia aquello y mucho
mas.
Entonces llegó mama con el delantal sucio.
- Bueno, bueno, menuda tarde. Por lo menos os lo habreis pasado bien. Venga
tontitos, a cenar.-
Eso si, mi hermana tuvo que cenar de pie, pero no estuvo tan mal, por que
yo no tenia hambre y lo único que me comí fué su coño
que chorreaba esperma. Papá y mamá se rieron toda la cena con
mi ocurrencia, mientras Susan escupía la mitad de lo que comia a causa
de sus orgasmos.

( Basado en una escena comica).

¡Ahh, lujuria! / Capí­tulo II

Jueves, enero 11th, 2007

Ahora “casi” es tiempo presente; la verdad es que comencé tratando de volcar en palabra escrita las imágenes de los últimos sucesos (lo que ustedes leerán en las siguientes partes) y, a poco de ello, me dí cuenta que faltaba un nexo entre el ayer y el hoy. Así nace ésta Parte II, y por ello lo del “casi” tiempo presente.

Sin dudas, fue una artimaña obscena y execrable la que usó Alberto para arrancarme aquél orgasmo. En los días subsiguientes lo odié tanto como lo deseaba. Maldito seas, Alberto era un latiguillo permanente en mis pensamientos.

Y a pesar que muchas veces mi marido y yo nos contamos nuestros deslices como forma de mantener el caldero encendido en nuestra pareja, esta vez no pude hacerlo. Supo que lo hice con Alberto, pero nada más. Y para peor, cada vez que me cruzaba con mi madre – cada dos o tres días por medio, ya que muchas veces viene a ayudarme con las tareas hogareñas y a conversar – me subían los colores.

Tenía vergüenza, sí, muchísima vergüenza. Me lapidaba a mi misma y me esforzaba por no pensar y por borrar de mi mente esa imagen cruda y cruel de Alberto con mi madre. Pero, a pesar de la vergüenza, en la soledad del atardecer no podía controlar el deseo que me provocaba esa imagen.

Por supuesto que racionalmente lo negaba, pero en mis pajas una y otra vez la imagen se repetía hasta desfallecer rendida. En dos semanas bajé de peso y profundas ojeras enmarcaron mis ojos. Mamá intuyó que algo malo estaba ocurriendo y preguntó, pensando que la causa era alguna rencilla doméstica con mi marido, lo cual negué rotundamente. Pero no podía decirle la verdad.

Busqué a Alberto, lo enfrenté y me negué a hacer lo que había prometido. Con su sonrisa complaciente me calmó y me entregué. Error, grueso error. Justo cuando estaba al borde de mi primer orgasmo, en ese mismísimo instante en que una mujer necesita correrse, el degenerado se retiró de mí, se levantó y con ironía sin par me desafió: “ya sabes, si quieres, ya sabes lo que yo quiero”. Y dicho lo cual dio media vuelta, se vistió y salió de la habitación.

Tendría que haberlo arañado, golpeado, violado; sin embargo, en el estado en que me encontraba, créanlo o no, lo único que pude hacer en ese momento fue… masturbarme, odiándolo. Decididamente, tendría que haber dado vuelta la página y olvidarme para siempre de él. Sin embargo, al otro día, me… rendí.

Indagué en mamá tratando de saber de sus éxitos y sus fracasos en su vida sexual, buscando claves que no encontré. Mamá es aún una mujer deseable, alta y de formas cuidadas y esbeltas. Es dicharachera y juguetona y afectuosa aunque reservada en esos temas. Supe que había tenido oportunidades de ser infiel pero que las había dejado pasar. Supe que, en parte por su educación y en parte por vergüenza, nunca se atrevió a más.

Ella indagó en mí y vi una pequeña oportunidad: de a poco, fui contándole de mis aventuras y de mis escapadas y de mis deseos y, sobre todo, de mis libertades. Con cada comentario observaba atentamente sus rubores y sus asombros. Me atreví a más y un día dejé ex profeso una revista condicionada al alcance de su vista en mi dormitorio y, luego, al regresar, le pregunté con una sonrisa trasparente qué le había parecido “el material de lectura”, a lo que me respondió con otra sonrisa y un “muy interesante” y las mejillas encendidas.

Días después esperé su llegada sentada en el bidet, mi falda subida, mis dedillos en acción acariciando mi botoncillo, la puerta del toilette casi cerrada pero dejando una rendija suficiente como para no pasar inadvertida. Por supuesto que la escuché abrir la puerta y entrar, por supuesto que la oí llamarme y por supuesto hice oídos sordos a ello mostrándome con la cabeza hacia atrás y los ojos entrecerrados, concentrada en mí; sorpresivamente me vino un orgasmo y abrí, como siempre me ocurre en esas circunstancias, abrí desmesurada y espontáneamente los ojos. Mientras mis manos se encharcaban vi por un momento su sombra tras la puerta. Haciéndome la desentendida me sequé, me levanté y salí del baño, poniendo en juego mis dotes de actriz para lanzar una exclamación de sorpresa cuando la vi en medio de la cocina, esperándome.

Mamá !!, no te oí entrar, me disculpé. Lo que siguió fue una comedia de enredos y frases con doble intención, con una final invitación mía hacia mi madre para que probara algunos de los chiches de autosatisfacción que guardaba en un cajoncillo oculto en el neceser del baño. Risa contenida, respiración agitada y mejillas encendidas fue lo que de momento conseguí. Y también, preguntas que marcaban su interés.

En las oportunidades siguientes no me atreví a avanzar más, tenía temor de que se asustara y echara todo a perder. Hasta que – sin doble intención y con sincera inocencia de mi parte – me fui a duchar preparándome a salir de casa mientras mamá preparaba café en la cocina. Desnuda y expuesta ví cómo mamá entraba al baño, levantaba su falda, deslizaba su bombacha hacia sus pies y se sentaba en el bidet para hacer pis.

Por largo momento no pude quitar mis ojos de su centro, mis pezones se irguieron, y para cuando levanté la vista supe que ella también miraba mi centro. No hicieron falta palabras, me dí cuarto de vuelta avergonzada y bañé mi rostro en la ducha, tratando de no pensar. Disculpame hija, no quería molestarte, me dijo con voz trémula mientras se secaba y se levantaba. Ay mamá, no seas tonta, arremetí, ya somos grandecitas ¿no? (y completé, lanzándome a la pileta) además, vos podrías coger frente a mí que a mí me va a dar gusto, no vergüenza, mientras cerraba el grifo y tomaba la toalla. Por el momento, el incidente allí terminó.

Una semana después supe que mi madre había debutado. En su inexperiencia, el sabor y el perfume agridulce de sus secreciones fueron notorios para mí en ese aparatito. Me reí y me alegré, por mí y por ella. No me atreví a decirle que la había descubierto, pero le compré unas bragas de satén y encaje muy atrevidas – para lo que ella acostumbraba a usar – con una abertura en la entrepierna y se la regalé primorosamente envuelta junto al chiche que ella ya había usado.

Silvi, estás cada vez más atrevida vos, me dijo al verlo, retándome sin retarme, de mentirillas. La abracé, jugué como un gatito a su alrededor, le cubrí las mejillas de besos, una y otra vez, expresándole mi alegría sin par. No sabés cuánto gusto me dá sentirte tan mujer y tan caliente, ma, le dije, entre otras cosas. Me dá vergüenza todavía, me dijo entre otras cosas. Y con papá, cómo están las cosas?, pregunté mientras compartíamos un café ya más relajadas. Como siempre, hija, bien, normal, o qué se yo, desgranó. Ya hemos perdido la costumbre del sexo, pero, a lo mejor, quién te dice, con un poco que ponga de mi parte a lo mejor puedo recuperar aunque sea un polvito mensual, terminó entre risas.

Dos días después me conmovió y morí de risa mientras me confiaba su “accidente” con el vibrador, el eléctrico, que no supo como parar. Antes de salir – iba a encontrarme con Alberto – me volví a duchar y esa vez lo hice con la secreta esperanza que ella tomara alguna iniciativa. Nada. Salí de la ducha y me sequé. Nada. Le ofrecí mi desnudez tomando el café frente a ella. Nada. Me vestí y antes de salir remolonié, esperando algo, alguna pregunta que me diera pié para decirle que me iba a comer el mejor tallo que había conocido en toda mi vida. Nada. Voy a hacer pis antes de irme, má, le dije, encaminándome al toilette. Yo también tengo que hacer, dijo, siguiendo mis pasos. Bajé mi tanga, subí mi pequeña falda y me senté en el bidet; ella hizo lo mismo, casi al mismo tiempo que yo, sentándose en el wc. Hizo, hice. Ay mamá, estoy que hiervo, necesito pajearme antes de verlo a Alberto, dije recostando mi cuerpo hacia atrás y llevando mi mano a mi entrepierna. Yo también, hija, me devolvió con un hilo de voz copiando mis movimientos. La corrida de ambas fue.., bueno, ustedes saben, terrible.

Creo que en ese momento mamá también comenzó a comprender el significado de esa pequeña palabra. Lujuria.

¡Ahh, lujuria! / Capí­tulo I

Jueves, enero 11th, 2007

Tres meses atrás me senté frente a la compu y escribí esto; en parte como ejercicio de exorcismo y en parte con la vaga intención de alguna vez publicarlo aunque, luego, me dio vergüenza hacerlo y sólo lo guardé para mí.

Qué palabra de extraño designio.

Cuántas veces escuché en boca de otros esa palabra, algunos ensalzándola, otros detestándola.

Cuántas veces supe – o por lo menos, creí saber – su significado. Quiero decir, no sólo conocía lo que significaba o lo que expresaba esa palabra sinó que, mucho más allá, en distintas oportunidades y circunstancias quedé convencida que había experimentado en mí su significado más profundo.

Y, sin embargo, estaba equivocada.

Creí saberlo a los diecinueve años, esa vez en la disco, cuando sentí un capullo encendido invadiendo mi conejillo desde atrás, en la oscuridad total de ese rincón ensordecida por el imposible volumen de la música que derramaban los parlantes, sabiendo que frente a mi y entre mis manos sostenía firme el tallo de mi novio, buscando que me entregara su néctar.

Creí saberlo años atrás, cuando ese forajido me tomó entre los arbustos de las dunas que enmarcaban la playa hacia donde yo me había dirigido siguiendo curiosa el vuelo de un colibrí, a escasos metros donde mi madre y mi marido platicaban afablemente.

Más aún creí saberlo cuando con mi marido y nuestros amigos Eva y Ricardo formamos un enriedo de brazos, piernas, sexos y cuerpos durante casi todo un fin de semana, en donde todo fue posible. O cuando bailé sobre la mesa de esa cantina frente a conocidos y desconocidos despidiendo la soltería de mi amiga Emilce y mi marido se atrevió a deslizar sus manos por debajo de ese hermoso y ajustadísimo vestido de noche que aún conservo, manos ocultas que ascendieron desde mis muslos hasta mis caderas y que tomaron el elástico de mi ropa íntima, haciendo que ésta se deslizara hacia abajo hasta despojarme de ella, entresacándola de entre mis pies, a la vista y para algarabía de todos los presentes.

Y creí saberlo definitivamente cuando todo lo anterior fue superado en esa irrepetible circunstancia, en esa formal reunión realizada en formal salón que todos los años organiza la formal compañía en la que labora mi marido y en la que yo ingresé descuidada, errónea y formalmente al toilette masculino y, para sorpresa del formal señor gerente y superior de mi consorte me sorprendí a mi misma humedeciendo mis labios con glotonería al verlo tan bien dotado.

Por supuesto, ello cual derivó en que largo rato después bajara las formales escaleras del piso superior del salón luego de haber acogido en mis más oscuros y cerrados pliegues la formal herramienta del susodicho, para sorpresa y regocijo del mismo formal personaje y para sorpresa y regocijo de otro dependiente que acertó a ingresar al toilette al promediar nuestra faena, no teniendo yo otra alternativa que ahuecar mi lengua para recibir su también copiosa descarga. Mi enésimo orgasmo me llegó a solas cuando, bajando las escaleras, mis muslos se humectaban con la cremosa fluencia que lograba escapar débilmente de mi arillo posterior mientras en mi paladar rezumaba el sabor del dependiente y mi marido recibía en la solapa de su esmokin alquilado una medalla en reconocimiento a diez años de trabajo en la empresa, mientras trataba de alisar mis faldas y ocultar mi sonrisa de satisfacción.

Y, sin embargo, estaba equivocada.

Lo crean o no, estaba equivocada.

Porque el significado de esa palabra – lujuria – lo conocí recién pocos días atrás, cuando el degenerado de Alberto me hizo lo que me hizo. Imagínense: fueron mil y un orgasmos que le tuve que entregar vencida por el poder de un falo interminable que entró y salió de mi raja a su gusto y disposición, con su ritmo inefable a veces violento a veces lento en extremo, a veces rozando un lado, a veces el otro, a veces justo en el centro, a veces quedándose en la entrada, a veces llegando hasta lo más profundo, una y otra vez, sin descanso pero con egoísmo, sin darme lo que yo necesitaba: su descarga.

Hora y media estuvo en mí, martilleando; y en mi desesperación por tener en mí lo que aún no me había dado, me dejé dar vuelta. Imagínense nuevamente, yo, boca abajo en mi propia cama matrimonial, un almohadón bajo el vientre, mis lunas en su mejor visión. Abrió mis lunas con tierna firmeza, me aceitó y lo recibí, ávida, en mi interior. Ahora o nunca, pensé para mí, y a su ritmo, cerraba mi esfínter con todas mis fuerzas cada vez que él desandaba el camino y lo abría íntegro levantando mi grupa cada vez que él volvía a ingresar. Una y otra vez, bufando ambos, sus brazos abrazándome los pechos, su aliento en mi nuca. Pequeñas frases – como latigazos -cruzaron el aire. Dame. Qué querés ? Tu leche, cerdo. Estás segura ? Sí, dame, dámela. Estás muy segura ? Sí, dame. A cualquier precio ? Sí. Decilo. Llenáme, llenáme de una vez. Estás dispuesta a pagar ? Sí, sí, cuánto querés ?. Tu madre. Queeeé ? Quiero A Tu Madre !! No, desgraciado,no ! Promételo, promételo ahora ! No, si, sii, te lo prometo. Segura ? Síi, dame, cerdo, damee !!

El cerdo me arrancó el orgasmo mil dos. Que empezó en ese momento y no sé cuando terminó. Yo estaba absolutamente segura y convencida que el control de la sodomía, a pesar de la posición, la tenía yo; y no fue así. El orgasmo me vino por esa imagen que se dibujó instantáneamente en mi mente. Mi madre, mi propia madre, rendida y entregada por mí, boca abajo, en mi misma cama, y Alberto tras ella, entrando, saliendo, sodomizándola.

Qué palabra tan extraña ¿no?; creo que ahora sí sé su significado. Por lo menos para mí.

Adiestrando a mis hijas

Jueves, enero 11th, 2007

Un desquiciado intelectual, viudo y padre de tres hijas, las obliga a acompañarlo en un siniestro encierro, durante el cual mantendrá relaciones sexuales con ellas.

Desde que enviudé, hace ya muchos tiempo, he criado a mis hijas dándoles una educación sumamente estricta. Nunca he permitido que salgan del hogar más que para concurrir a la escuela, actividad que las tres ya han concluido. No tienen permitido, tampoco, ser visitadas por amigos varones, aunque cada tanto les permito realizar alguna pequeña reunión con amigas en mi casa y estando yo presente. Tampoco yo tengo tratos con el mundo exterior, salvo la correspondencia que mantengo con algunos intelectuales, y como afortunadamente el pasar económico nuestro es muy bueno, recibimos en nuestra casa todo lo necesario haciendo pedidos telefónicos de los que yo mismo me hago cargo. Las lecturas de las tres, Marta, de 22 años, María de 20, y Carolina, de 18, fueron supervisadas siempre por mí, y estas lecturas son lo que ocupa la mayor parte de sus días, además de las tareas del hogar y las tardes dedicadas al tejido y al bordado. Desde que murió su madre he sido muy liberal en cuando al nudismo, ellas por supuesto visten correctamente, pero no tienen pudor en mostrarse desnudas cada tanto en mi presencia, cuando yo mismo se lo exijo. He meditado durante años la idea de mantener relaciones sexuales con ellas, y he llegado a la conclusión de que es una obligación de mi parte el hacerlo, para evitar que perviertan su vida con desconocidos. Las tres son hermosas mujercitas, de piel muy blanca y cabellos largos y morenos, y la única diferencia particular entre ellas es el color de sus ojos. Los de Marta son oscuros, al igual que lo fueron los de su madre. María en cambio, ha salido a mí y sus ojos son color castaño, y es en cambio en Carolina que la genética ha actuado en forma extraña, concediéndole el favor de ser poseedora por derecho hereditario de unos ojos grises que recuerdan la mirada triste de su abuelo materno, uno de los más grandes terratenientes de estos lares, hombre que apenas conocí pues falleció el mismo día en que me casé con la madre de mis hijas.
He de aclarar al lector que, cegado por las costumbres del mundo exterior es incapaz de comprender nuestro exilio, que he roto los lazos de nuestra familia para con la sociedad por considerarla a ésta un universo de inmundicias, y he juzgado conveniente para mí y para los míos no retomar jamás el contacto directo con lo externo. Por lo tanto acabaré mis días sin que nadie lo sepa, seré algún venidero ocaso un anciano que dejará de comunicarse epistolarmente con la crema intelectual de occidente, y mis sucesoras me darán piadosa sepultura en el jardín de nuestro hogar, donde esperaré abrigado por el calor de la tierra a que el destino las obligue a acompañarme. Pero creo que los estoy aburriendo, que no son ni mis juicios desvariados ni mi futura muerte lo que he prometido a ustedes informarles.
Decidí comenzar a desvirgar a mis hijas siguiendo el justo patrón de su edad, comenzando por la primogénita Marta, que con sus 22 agostos jamás ha conocido el placer carnal, ni lo conocerá por vía de otros brazos que no sean los mismos que han tomado fuerza para sostener esta pluma. La llamé por la mañana de ese jueves para que me visitara en mi despacho, y ella se presentó cubierta por un largo vestido negro, cuyo uso es reglamentario aquí durante días de semana. Como tantas otras veces lo hice antes, le indiqué que se desvistiera, cosa que hizo sin reservas. Le ordené luego que se sentara en el diván, viejo recuerdo de las épocas en que estudiaba sin descanso las teorías del padre del psicoanálisis, y yo por mi parte tomé asiento en un pequeño sillón ubicándome frente a ella a menos de un metro de distancia. Por espacio de unos minutos contemple las apetecibles carnes de mi hija, y luego mantuve una pequeña conversación respecto al pecado carnal y a la inexistencia del castigo falsamente anunciado. Le hice separar sus piernas para poder tocar sus partes pudentas, y entonces comencé a mostrarle los placeres de Onán, cosa que agradeció con un rostro plagado de lujuria. Cuando juzgué, guiado por la enorme cantidad de flujos segregados por su vagina, que estaba ella lo suficientemente exitada, me desvestí, permitiéndole a ella inspeccionar mi pene erecto. La recosté sobre el diván y procedí a penetrarla lentamente, no sin dificultad, pues sentía ella un dolor similar al que sentía su madre cuando le robé su virtud, concibiendo al mismo tiempo a aquella beldad que ahora estaba recibiendo la generosidad que la naturaleza le dio a las proporciones de mi miembro. Lamiendo sus pechos conseguí volverla al punto de exitación original, logrando que el dolor que sentía por la destrucción de su himen se disipara, y le di unas breves pero útiles instrucciones para que disfrutara del orgasmo, que no tardó en hacerse presente, al mismo tiempo en que yo me descargaba en su interior.
Luego de esto tuvimos una charla, en la que ella se mostró grandemente agradecida por los placeres descubiertos, y donde yo la previne respecto a la similar actitud que tendría para con sus hermanas en los días venideros, y en los que esperaba contar con su colaboración.
Pero para ello, y estando extenuado por el recuerdo de aquella aliviadora y placentera experiencia, recurriré al descanso de permitirme continuar este informe en un capítulo próximo.

Mr. Delmont

¡Ahh, lujuria! / Capí­tulo V (Epí­logo)

Jueves, enero 11th, 2007

Ustedes deberían saber cómo es el proceso de escribir. Uno escribe, reescribe, va hacia delante, vuelve hacia atrás y así, paso a paso, palabra a palabra, se lucha, se avanza. Me llevó mucho tiempo escribir todo lo que quería trasmitir, ya casi estamos en jueves. Por eso me atrevo (necesito) adicionar algo más.

Esteban lo leyó y, por su reacción, creo que mamá en cualquier momento anota otro amante para su lista. Bromeo con él, le digo que es un cerdo, pero debo reconocer que usé uno de mis aparatitos pensando en ello.

Mamá fue feliz el lunes, el martes y también ayer. Creo que definitivamente, sus casi rutinarias visitas para ayudarme en los quehaceres domésticos de a poco se van a ir espaciando. Bromeo con ella y le recuerdo que, cuando conozca algo que valga la pena, no se olvide de mí. Quiero hacerlo con ella de nuevo, a solas. ¿me atreveré?

Hoy mismo, chistando, le conté algo de la reacción de Esteban; me captó al vuelo y me desafió: con él y con Alberto, con los dos juntos quiero. Casi me muero, de risa y de calentura.

Pero ella además me dijo algo de Tali que yo también capté al vuelo. Estaba un poquito furiosa y otro poquito acongojada, porque le pareció que Tali se la estaba retaceando, negándole todo lo que ella necesita. Por ejemplo, me dijo, el sábado fue capaz de darnos seis o siete veces y a mí, hoy por la mañana, sólo me dio dos veces ¿será que no le gusta como lo hago ? No, mamá, quedate tranquila, le respondí, a mí también me hizo mucho tiempo lo mismo, pero lo hace para que querramos siempre más entonces nos tiene en un puño ¿no te das cuenta ?, rematé. Si hija, yo entiendo eso y esa misma explicación me dio él cuando lo encaré, pero, sabes qué ? me llamó la atención que hoy me hizo algunas preguntas muy subidas respecto a Chela, que si era linda, que si sabía qué hacía con Rolando, no sé, hija, me parece que no le gusto tanto…, descargó.

No mamá, no: me parece que tía Chela, la que es mi tía y que también es tu querida hermanita, es la próxima víctima elegida por Tali, mamá. Yo ya pasé por eso. Y vos misma se la vas a tener que preparar !!

¿Cóoomo?

¡Ahh, lujuria! / Capí­tulo IV

Jueves, enero 11th, 2007

Llegados aquí, debo decirles la verdad. Es cierto que lo anterior fue el final, pero el final previsible. Hubo otro final, impensado e imprevisible, para el cual yo no estaba preparada. Es duro, es horrible, es repugnante, pensarán algunos y hasta yo misma tal vez lo habría pensado si hubiera leído algo así días atrás. Los / Las muy susceptibles, tal vez, no deberían continuar leyendo.

Lo voy a decir de una aunque resulte chocante: lo hice con mamá. Se la chupé, me la chupó, ambas bebimos mutuamente de las dos, la concha de mamá en mi boca, mi concha en la boca de mamá. Locura ?. Luego e incluyendo a Alberto en la conversación analizamos cómo fue, qué nos pasó que fuimos capaces de llegar a semejante extremo.

Veamos: al principio lo atribuímos a la habilidad de Tali para conducirnos, pero él lo negó rotundamente; nos dijo clara y sinceramente que él jamás había ni imaginado ni pensado que algo así podía ocurrir. Lo atribuímos a calentura, simple pero eficaz recurso. Sin embargo, mamá aseguró que no fue eso, que jamás deseó hacerlo con otra mujer. De mi parte tampoco alcanzaba a encontrar explicación válida; es cierto que lo había hecho alguna vez con mujeres y que también ello me daba placer, pero jamás pensé ni imaginé ni en mis más altos vuelos que podría llegar a ser amante de mi propia madre. Porque para mí, el sendero del amor y de los afectos en la sangre discurre por caminos que no se tocan ni son paralelos a los caminos del contacto amoroso.

Finalmente, todos alcanzamos a convenir en una sola explicación, en una sola palabra: luxury, lujuria en el estado más puro. Fue la única razón o explicación que pudimos encontrar.

¿ Quieren ver la película, la que captaron mis sentidos y se guardó en mi alma ? Retomen el hilo donde lo dejé en el capítulo anterior.

Los tres quedamos física y mentalmente agotados. Sudados, los cabellos enmadejados, las manos pegajosas. Pensé para mí: necesito un largo, largo baño. Me levanté, busqué una esponja húmeda en la cocina y ese líquido repara alfombras, volví y reacondicioné como pude el lugar, mientras los nuevos amantes hacían comentarios graciosos sobre el tema. Me voy a hidratar, vienen ? pregunté, tomando dirección hacia el baño.

En este punto se me ocurre que puede ser útil una pequeña digresión sobre arquitectura. Nuestro departamento es de los antiguos, modernizado pero con habitaciones espaciosas; dos años atrás hicimos con Esteban una pequeña reforma y la habitación inmediatamente contigua a la nuestra la subdividimos: una parte es ahora vestidor y guardarropa y la otra parte amplió el baño, donde colocamos una de esas bañeras circulares gigantes, con ese sistema de aires ¿ cómo se llama? Hidro masaje o algo así. Hacia allí fuimos.

Vacié mi vejiga primero y luego me dejé envolver por una reconfortante ducha de aguas cálidas. Tras de mí y haciendo el mismo circuito se acercaron primero Alberto y luego mamá. Cada uno con su jabón crema en la mano, Tali fue el primero en empezar pidiéndole a mamá que le frotara el jabón en sus espaldas y a mí que lo hiciera en su frente. Lo fuimos haciendo, lentamente, disfrutando, descendiendo. Por debajo de su cintura, enjaboné el miembro y también sus testículos, deslizando mi mano por entre sus piernas.

Me dí cuenta que mamá le enjabonaba las nalgas y que también lo recorría cuando mis dedos se tocaron con los de ella, por entre las piernas de nuestro amante. Nos arrodillamos casi al mismo tiempo y frotamos sus muslos, una por delante, la otra por detrás, mezclándonos a la hora de acariciar sus interiores; él se dio la vuelta, dejando su miembro frente al rostro de mamá, tal como antes lo había tenido frente al mío. Comenzamos a ascender y le prodigué mil caricias en su trasero, mientras mamá gozaba del placer de sostener los cojones en sus manos. Me estaba excitando nuevamente, pero el físico, mis fuerzas estaban extenuadas y lo sabía, así como también sabía que Alberto tampoco daba para más ya que su pene permanecía sosegado.

Completamos la tarea y quedé yo al medio. La misma operación. Mamá acarició mis nalgas y mi hendedura mientras Tali enjabonaba mi raja y luego siguieron abajo. Tali me besó allí, un beso pequeño pero electrizante; me dí vuelta y Tali abrió mis nalguillas hurgando con sus dedos sin penetrarme. Mamá frotó mi vagina con su mano dos, tres veces y luego se incorporó. Cosa extraña no me turbó, porque todo se desenvolvía en un clima suave, natural: sólo estábamos reconfortándonos con el agua tibia que recorría y con las manos que se deslizaban acompañando el fluir del agua.

Nuevo cambio y le tocó a mamá. Me dio un pequeñisimo escalofrío acariciar sus nalgas y otro al darse la vuelta y permitir que mi mano se colara entre sus piernas; casi como en ese momento aflojó un poco las rodillas haciendo que su entrepierna fuera más accesible y, por entre los muslos, vi que las manos de Tali también la estimulaban como antes lo había hecho conmigo, tocando el arillo sin penetrar, y luego mis dedos se cruzaron con los de él, que buscaban la entrada de la vagina. Me erguí y acaricié con el jabón sus senos (que hermosas tetas, pensé, pero no lo dije) y los envolví y se los dejó envolver. Chicos, no sigan, por favor, susurró. No seguimos. Nos enguajamos y jugamos con el agua, repartiéndonos salpicaduras y dejando el baño hecho un verdadero desastre. Tomamos toallones, nos envolvimos y volvimos al dormitorio a terminar de secarnos; me dejé caer en la cama, agotada pero feliz.

Mamá trajo té y bocadillos para todos: estábamos hambrientos. Luego, nos volvimos a tender en la cama, mamá y yo, conversando, mientras que Alberto se sentó en el silloncito del dormitorio, observándonos y escuchando nuestra conversación. Yo quería saber si ella realmente se sentía feliz por el paso que había dado y, mientras la acosaba con preguntas le acariciaba fraternalmente una de sus manos. Recordamos que Alberto estaba con nosotras cuando se incorporó del sillón viniendo hacia nosotras, exhibiendo otra erección; obviamente, se la había meneado hasta dejarla casi lista mientras que nosotras, concentradas en nosotras mismas, no le habíamos prestado atención.

Bromeamos: ¿ todavía te queda algo ?, pregunté. Unas gotitas para el último, contestó, al mismo tiempo que llegó con su herramienta en mano y presionó sobre los labios de la boca de mamá. La veterana piola en que se había convertido mi señora madre abrió los labios y le envolvió el glande, para inmediatamente dejarlo libre, provocándolo. Giró, puso su vara en dirección a mí y copié a mamá. El juego se extendió algunos minutos, los tres cada vez más cachondos, las dos intentando comerlo cada vez con más avidez.

Poco a poco el fue descendiendo y en un momento él acarició con el extremo de su miembro un pezón de mamá y yo, al tratar de alcanzarlo, sorbí de ambos; y lo volví a hacer. Y…, y…., mi mano bajó y busqué en mi misma mientras que una mano de mamá me tomaba por la nuca y el pezón de mamá se irguió y el seno de mamá fue más importante que el miembro de mi amante y… me salí de cauce.

Sorbí un seno, luego sorbí del otro, volví a mi infancia, busqué con mi mano su sexo, me tumbé sobre ella, sellamos nuestros labios, descendí, busqué su sexo con mi boca, sorbí de su sexo, la penetré, la besé, le aferré las piernas, me aferró la cabeza, me aprisionó, me liberé, volví a ascender, me dio vuelta brusca, vehementemente, se abalanzó sobre mis senos y me hundió su mano en mi entrepierna, la mojó, la subió y la puso en mi boca, me bebí a mi misma de su mano, algo más salpicó mi cara y más abajo, mi cuello, ella lamió el semen que nos regalaba nuestro amante y posó su boca en mi boca, la incorporé con violencia, nos abrazamos, nos invertimos, mi boca en su concha, mi lengua y mis dedos haciéndola mía, su boca en mi concha, su lengua y sus dedos tomando posesión de mí, ella arriba, yo abajo, abiertas, yo arriba, ella abajo, abiertas, en mi desesperación volví a girar, me arrodillé sobre ella, de frente, mi concha sobre su boca: la cogí, me la cogí a mi propia madre, le dí todo lo que tenía y más, quería seguir dándole más aunque no tuviera, me empujó, caí, subió sobre mí, frente a mí y ella me cogió y me cogió, su concha golpeando con frenesí en mi cara, me dio, me entregó lo que tenía y lo que no tenía también hasta que yo misma, en un último resabio de fuerzas, empujé y logré que se desplomara a mi lado, exhaustas las dos.

Sólo largo rato después volví a tierra. Agotada, entreabrí los ojos para encontrarme con la expresión de asombro absoluto dibujada en el rostro de Alberto que había vuelto hacia atrás, a recostarse en el sillón.

Ahora sí tiene sentido la palabra, pensé, en voz alta. Con este final imprevisible e insospechado, tiene sentido.

¡Ahh, lujuria! / Capí­tulo III / Cuarta parte: “Casi” final previsible

Jueves, enero 11th, 2007

Ahora sí ya estamos en el final previsible. Pido perdón por haber interrumpido la escritura y haber tenido que subdividirlo en escenas, pero pasó que ya es noche y llegó de su trabajo mi marido y me encontró tan mojada que sin pedir permiso, estando tras de mí, me levantó asiéndome de las caderas, me volcó el cuerpo hacia delante y me la puso de una así, desde atrás. Un polvito maravilloso y reconfortante. Por suerte, me dio tiempo a cerrar y evitar que leyera algo del file, porque todavía no sabe.

Me quedé profundamente dormida y soñé. Soñé que estaba en una cabaña entre montañas nevadas, tendida en una cama, plácidamente dormida y que la cama vibraba, se movía casi imperceptiblemente, y continuaba moviéndose, un lento sube y baja, ondulante y…, y…., no, no estoy soñando, la cama se está moviendo / sin moverme de la posición en que estaba presté atención y supe

Así, mi amor, así, muy bien mi amor, así, susurraba mi amante; mamá gemía quedamente, con placer. Los dejé hacer pero, claro, sabía que no iba a poder contenerme por mucho tiempo así que, un par de minutos después medio me incorporé y abracé desde atrás a Alberto, prodigándole besitos en los hombros mientras me asomaba a mirar por sobre él. Alberto giró la cabeza y me ofreció su boca, que tomé por unos instantes; Luego, al separarnos, observé: mi amante recostado casi de costado, abrazando por detrás a madre, y madre pegando su espalda y algo más al cuerpo de Alberto, el brazo de abajo de Alberto por debajo del cuerpo de mi madre, envolviéndola, sugiriéndole caricias y pellizcos en sus senos, el otro brazo de Alberto, el más libre, estirado hacia abajo y sosteniendo levantada y abierta la pierna más libre de mamá, el pubis de mamá ofrecido, la pelambre de mamá y más abajo desde la posición en que yo estaba mi vista ya no alcanzaba.

Me incorporé más saludando a ambos con un “hola, palomitos, con ganas otra vez ?” a lo que mamá respondió girando su cara hacia mí con una sonrisa y gimiendo. Alberto había hundido toda su herramienta en el interior de la raja de mamá y allí se movía apenas, entrando y saliendo apenas sólo un par de centímetros, apenas visible la base del tallo y por debajo, sus cojones pendulando al mismo lento ritmo.

Por supuesto que me volví a humedecer pero…, consideré y levantándome silenciosa y lentamente tratando de no distraerlos, los dejé a solas. Desde la cocina y mientras me preparaba un café instantáneo escuchaba los jadeos cada vez más guturales de mamá y los estímulos de Tali. Ma desfalleció en un orgasmo y luego me asomé, presintiendo: efectivamente, Tali seguía y seguía, con control total de la situación, buscando más y mejor placer para su nueva amante.

Vi cuando se incorporó, su vara rígida, y también vi la avidez en el rostro de mamá, que en su necesidad se dejó llevar dócilmente a la nueva posición que Alberto buscaba. Quedaron ambos de espaldas a mí casi al centro de la cama. Alberto el más cercano, ofreciéndome sus espaldas y supe que la seguía macerando desde atrás, sin prisa ni pausa. Ví que tomaba el almohadón y lo cruzaba por delante de mamá y también ví cuando con el peso y la fuerza de su cuerpo la forzaba a caer hacia delante. Lo ví retroceder. Ví cuando retrocedía más y hundía su cara entre los muslos de mamá, desde atrás. Bajé mi mano y lentamente comencé a disfrutar de mí misma.

Ma se contorsionaba y gritó otro orgasmo; el siguió, impávido, dedicado a su tarea. Yo también. Mamá también. No Alberto, no, eso no, así no, Alberto, por favor, comenzó a rezar mamá. No pude y, en silencio, me acerqué, me arrodillé al borde de la cama, abracé con ternura los hombros de mamá y acerqué mi cara a la de ella. Disfruta, mamá, le susurré cuando nuestras miradas se cruzaron; por el rabillo del ojo ví que Tali se levantaba, lo ví tomarse el miembro y acercarlo y deslizarlo una y otra vez por sobre los glúteos de mamá, de a momentos en las lunas, de a momentos siguiendo el curso del canal que las separa y que también las une.

Hubo un movimiento brusco de Alberto y má levantó aún más su cola: el capullo estimuló la entrada de la vagina y luego, lo subió y estimuló en el otro lugar, en la otra entrada. Aún arrodillada como estaba me desplacé, puse mis manos una a cada lado y abrí la cola de mamá. Escuchaba sus rezos cada vez más fuertes. La cereza de Tali apenas se apoyó en la puertilla y allí quedó. Hazlo de una vez, le rogué, con desesperación; no hija, no, jadeaba mamá con ¿ resignación ?. Hazlo mamá, hazlo que es hermoso, mamá, rogué. Tengo miedo (dijo mamá). Vos solita, Diana, vos solita vení a mí (dijo Tali). Me va a doler (dijo mamá). Haz lo que él te dice, mamá, hazlo ya. Hasta donde puedas, hasta donde quieras, vamos, vení (gritó Alberto).

Alberto presionaba sin entrar, sin forzar; una de sus manos envolvía a mamá por debajo manteniendo la presión y el estímulo, seguramente pulsando en el botón; sabía perfectamente lo que hacía y cómo tenía que hacerlo ya que, efectivamente, mamá se movió hacia atrás; al principio apenas medio milímetro, luego un poco más y un poco más y un poco más, probando, experimentando; un siglo tardó el glande en conocer la entrada de ese recto y de pronto, sorpresivamente y con vehemencia, mamá empujó venciéndose a sí misma y a su propio esfínter y Tali también empujó cruzando la valla y – en un instante que he grabado para siempre en mi retina – mamá envolvió íntegra con sus pliegues más prohibidos la vara de mi amante.

Como impulsada por un resorte me dejé caer hacia atrás, sentada en el suelo alfombrado del dormitorio, la espalda apoyada a la pared, mis piernas obscenamente abiertas y, con desesperación, me masturbé; no sé cuántos orgasmos más tuvo mamá, no sé si fue un único orgasmo que duró todo el tiempo que Alberto se tomó para sí o si fueron diez mil una tras otro. No sé tampoco cuántos me tomé yo; cerré todas mis compuertas excepto una, escuché sin escuchar ni retener frases y palabras que sólo pueden decirse en el sin control, y concentré todos mis sentidos en la única compuerta de mí que había decidido mantener abierta: mi concha. Alberto escardó y escardó lo que quiso y cuanto quiso hasta que, con un bufido gutural se desplomó sobre las espaldas de mamá y allí quedó, resoplando, largo rato.

Abrí mis ojos, miré entre mis piernas y ví la alfombra, manchada, bebiéndose mis fluídos. Los cerré nuevamente y descansé; los volví a abrir cuando, bastante después en tiempo, escuché a mamá: no me podrías haber perdonado por hoy ?. Justamente, porque te perdoné, te bauticé, contestó Alberto, incorporándose con gracia felina, desacoplando su pene que, en su flacidez, exhibía aún restos babeantes de semen.

Mamá dio vuelta su rostro para mirarme, en sus ojos reconocí ese brillo y supe que ella había empezado a comprender realmente el sentido cabal de la lujuria, esa bendita palabreja.

Final. Final feliz para todos. Final previsible.

¡Ahh, lujuria! / Capí­tulo III / Segunda parte: ¡Madre Mí­a!

Jueves, enero 11th, 2007

Seguimos en el tiempo presente; decidí particionar el texto por dos motivos: facilitar una futura y eventual publicación y, la más importante, las imágenes tan cercanas en el tiempo me excitan terriblemente y, bueno, ustedes imaginarán lo que tuve que ir a hacer ¿cierto?. Ahora estoy un poco más calma.

Yo estoy segura que ustedes ya están imaginando el resto, como si fuera una de esas películas con final anunciado. De todas formas, a mí me está dando gusto relatarlo y, además, tal vez, no deberían confiar tanto en vuestra imaginación porque los hechos, en un principio desarrollados dentro de lo que yo misma podía imaginar, luego me superaron totalmente. Voy.

Me moví prestamente: tomé un trapillo, lo humedecí y regresé, arrodillándome junto a Alberto que en su torpeza trataba de limpiar el desastre con sus manos, agravando en vez de aliviar las consecuencias en su short. Obviamente, frotar el bañador fue también frotar su tallo, que empezó a reaccionar. Entre risas generalizadas le dije “deja ya, no seas cochino” pero su miembro siguió creciendo, haciendo evidente la carpa. La mancha, en vez de extenderse se agrandaba.

Ay, princesa, sigue, sigue así, mira que buen método para ligar, dijo, retirando el cuerpo más hacia atrás y rodeándome suavemente la nuca con una de sus manos. Hija, moja más el trapo (dijo má), tráeme otro (dije yo), mira, mira que aún no has limpiado bien (Alberto), calentón ingobernable, quédate quieto, ¿ quieres ? (dije yo). Diana, ven, enséñale a tu hija cómo se limpia el café. Mamá se arrodilló al otro lado, frente a mí, y se acopló a la tarea. Uyuyuuyy, qué paja celestial me están haciendo, dijo Alberto. Sigan, sigan, por favor, no me van a dejar así, madrecillas !

Avergonzada, me retiré un momento hacia atrás. Vi el subido rubor en las mejillas de mamá. Vi el brillito de la lujuria en sus pupilas, su sudor en la frente. Qué manitas, Diana, qué manitas, incitó Alberto. Por unos momentos, mamá retrocedió. Vamos, chumi, vamos. La mano que estaba en mi nuca presionó; la otra mano, libre aún, fue directamente al elástico del bañador, para levantarlo, para abrirlo, para bajarlo apenas unos centímetros, ofreciendo ante nuestros ojos el capullo carmesí que corona su tallo, agigantado y húmedo. Tómalo, un momento, invitó. En ese instante perdí la noción de vergüenza; introduje mi mano bajo el bañador, alcancé la base del rollo y lo apreté con firmeza, poniendo casi todo al descubierto. Alcé la cara y clavé mis ojos en los de Tali, que me miró a mí y luego miró a má; yo también giré la vista buscando los mismos ojos que buscaba Alberto y los encontré, fijos, en el sexo expuesto de mi amante. Invita a tu madre, susurró Alberto con un jadeo; hazlo, mamá, obedecí sin conciencia, y sin poder dar crédito a mis ojos, vi la mano de mamá desplazarse y tomar el tallo apenas más debajo que yo y comenzar muy apenitas y con timidez un pequeñísimo sube baja.

Permaneciendo aún al lado de ellos, los dejé solos. Retiré mi mano y con inexperiencia, mamá entreabrió los labios descendiendo el rostro y besó el capullo apenas se lo sugirió mi amante, para luego hacerlo cada vez con más y más decisión y frenesí. Dejé de existir para ellos pero aún así, hipnotizada, allí quedé, de rodillas aunque un poco más alejada ahora, viendo cómo mamá dejaba de lado inhibiciones. De mi parte no pude contenerme ya más, comencé a masturbarme, sabiendo (pensando, creyendo, tal como yo conocía la capacidad de contención de mi amante) que aquello iba a ir para muy largo. No fue así.

Para mi completo asombro y antes de una cuenta hasta diez mamá tosió, levantó la cara con desesperación, intentó expulsar lo que ya evidentemente ya había recibido en su boca mientras que, al quedar libre, del falo de Alberto surgían goterones de semen que se elevaban y volvían a caer, tiñendo de blanco el tronco y resbalando y empapando la mano de mamá, mientras Tali resoplaba con evidente signo de extrema satisfacción.

Ay hija, qué hice, qué hice, gimió mamá al instante siguiente, mientras todavía Alberto entregaba su leche. Algo genial, genial, má, (casi) grité, llegando a un climax inefable, al mismo tiempo que llevé mi mano al sexo de Alberto, recogí con ella parte del semen, la llevé a mi boca, me froté el rostro, la llevé al rostro de mamá y, abrazándome a ella, le hundí mis dedos en su boca, mientras que mi entrepierna se chorreaba y (luego nos mostró) la entrepierna de mamá también se encharcaba indecentemente.

El posterior café bien negro y doble terminó de normalizar nuestras pulsaciones; mamá todavía se agarraba la cabeza, aún sorprendida pero eufórica de alegría por lo que se había animado a hacer, y por primera vez según nos confesó, confirmando mis sospechas. Yo también estaba feliz y así se lo dije una y otra vez. Y Alberto, bueno, Alberto era el amo y señor nuestro. En un momento Tali fue al toilette dejándonos solas y mamá aprovechó: qué trampa que me hiciste, ¿eh?, y le tuve que jurar y rejurar que no había sido así, al menos de mi parte, aunque le tuve que reconocer que, tal vez, la trampa había sido urdida por el susodicho.

Cuando volvió Alberto fue mamá. Cuando mamá salga del baño me voy a duchar y cambiar así después nos vamos, así que Tali, portate bien, mirá que los voy a dejar solitos, ojo con lo que hacés ¿eh?, le dije entre besos. Cambio de planes, princesa, me contestó con un guiño en los ojos: con alguna excusa inteligente, dame dos horas con ella ¿ sí ?. Cómo, cómo ? qué estás pensando ? tirarte a mi madre ?. Por qué no ? me contestó sin dejar de besuquearme. No era que íbamos a salir ?. Dale, salimos otro día. Le iba a contestar que no, que eso era ir demasiado rápido, pero en ese momento reapareció mamá y no me atreví a seguir la conversación.

No iban a salir ustedes dos ? preguntó ma. Sí, si, en un ratito Diana, se apresuró a contestar Alberto, pero justo le estaba diciendo a Silvi que quería llevar algunas cositas de vianda que todavía no compré y estabamos viendo cuál de los dos estaba en mejor condición de salir a hacer esas compras, remató Alberto con una sonrisa. Puedo ir yo, que estoy más vestida que ustedes, terció madre. No, no mami, voy yo, no te preocupes, porque de paso tengo una listita de farmacia que completar, dije, terminando mi café y haciendo mutis por el foro.

Cinco minutos después, con jean y remera, me despedí con un hasta luego, mientras Alberto y Diana conversaban animadamente en el comedor diario de no sé que actor de cine que era un bombón. No te olvides las cerezas para el postre, gritó Alberto cuando yo ya estaba abriendo la puerta.

Mi hija y su padre

Lunes, enero 8th, 2007

Por fín Paloma consiguió follar con su padre y que le rompiera su culito virgen

Durante la semana siguiente al sábado y domingo, que estuve con Paloma y Daniel, mis hijos, en un hotel de Benidorm, donde ellos hicieron el amor por primera vez y fuimos tan felices los tres, mi hija no paraba de llamarme todos los dias, incluso venía a casa, a recordarme que hablara con su padre seriamente, porque ella estaba muy deseosa de hacer el amor con su padre. La verdad es que me ponía en un compromiso, porque su padre estaba muy reacio a hacerlo con ella. No podia vencer sus tabúes. No se imaginaba haciendo el amor con su hijita. El la veía como su niñita, aunque ya Paloma habia cumplido los 18 años. El caso es que una de esas noches, mientras hacia el amor con mi marido le volví a insistir sobre el tema y, por fín, él accedió, con la condición de que yo debería estar con él, para ayudarle y que no fuera en nuestra casa.

A la mañana siguiente llamé a mi hija y se lo dije. Ella se puso contentísima y, entre las dos, trazamos el plan. Nos iríamos los tres de viaje, el siguiente fin de semana a Marbella. Ese mismo dia, miércoles, me fui a una Agencia de viajes y solucioné las reservas de avión y hotel.

El viernes por la mañana, partimos desde Valencia y, a media tarde, ya estábamos en un hotel en Marbella, junto a Puerto Banús. Disponíamos de dos habitaciones, comunicadas entre sí por una puerta. Yo había previsto las dos habitaciones, para que mi marido no se sintiera incómodo, sobre todo, al principio. Nos duchamos y cambiamos de ropa y nos fuimos pronto a pasear por Puerto Banús. Dejamos a mi marido sentado en la terraza de un bar y nosotras nos fuimos a recorrer las muchas boutiques de lujo que hay por allí. Cuando volvimos, más de dos horas despues, ya no estaba allí mi marido. Lo localizamos por el móvil y nos indicó que estaba en un restaurante cercano y nos indicó cómo llegar a él. Cuando nos vió aparecer con tantos paquetes, de las compras que habiamos hecho, se lo tomó con buen humor y le dio por reirse de nosotras. Despues, habló con un camarero y ellos se hicieron cargo de llevar todos los paquetes al hotel. Nos prepararon una mesa en la terraza, frente a los muchos y grandes yates, que siempre hay en el puerto y nos tomamos unos aperitivos, mientras nos llegaba la cena. Fue una comida muy variada y con buenos vinos, que duró casi dos horas. Una vez terminada, nos dispusimos a dar un paseo y conocer el elegante ambiente nocturno de Puerto Banus. Entramos a algunos locales, tomábamos alguna copa y nos ibamos a otro y así llegamos al NAVY, nos gustó y nos quedamos. Habia mucha gente elegante, de distintos paises y buena música. Una vez en la mesa y encargadas las bebidas, mi hija se llevó a su padre a la pista, para bailar con él. Yo los observaba, feliz y preocupada. Notaba a mi marido un poco tenso, pero mi hija, que es muy alegre y mimosa, consiguió enseguida que él se centrara en el baile y en ella. El abundante vino de la comida, sin duda, también ayudaba a desinhibirlo bastante. Pronto estaba yo también bailando. Acepté la invitación de un inglés, que me agradó y despues comprobé que bailaba muy bien, cosa que me gustó aún más. Y, como las mujeres, a veces, somos un poco malitas, busqué la manera de excitar a mi marido con celos. Me pegué mucho al ingles y rozaba mi cara con la de él, cosa que mi marido advirtió enseguida y ví cómo él pegaba más su cuerpo a Paloma y también le rozaba su cara a ella. Paloma no perdió esa oportunidad y le pasaba su lengua a su padre por la oreja y sus duras tetas sobre el pecho de él. Como vi que mi estrategia surtía efecto, me dejé besar en la boca por el ingles y yo simulaba entregarme a él. Mi hija se dio cuenta de mi juego y aprovechó la excitación de su padre, para ir pasando su lengua, de la oreja al cuello, a la cara y despues, directamente le plantó su boca sobre la de su padre, que él aceptó, aturdido por la excitación. Mi hija no perdía el tiempo, le pasó los brazos por detrás del cuello de su padre y no aflojaba el beso de lengua que le estaba dando, al mismo tiempo que restregaba su pubis sobre la erección que ya lucía su padre. Yo bailaba muy cerca de ellos y mi hija y yo nos mirábamos con picardía. Con disimulo, pero buscando que mi marido lo viera, bajé mi mano hacia la bragueta del inglés, que la tenía muy abultada y mi hija me imitó, metiendo su mano entre su cuerpo y el de su padre, apoderandose de la erecta polla de él, sobre el pantalón, mientras algo le decía al oido. Veía que mi marido asentía con la cabeza, diciendole sí a lo que ella le decía y volvían a besarse en la boca. Despues supe que ella le estaba pidiendo que le diera esa noche la felicidad, que tanto había deseado, que le hiciera el amor. Y &eacu Cuando llegamos a nuestra habitación, mi marido se vino a mi, me abrazó y me besaba ansioso. Con disimulo, le hice señas a mi hija para que se fuera a su habitación y yo me desnudé y ayudé a mi marido a desnudarse. Lo tumbé en la cama y le atrapé su durísima polla con mi boca, acariciandole los huevos y las nalgas. El, con los ojos cerrados, gemia de placer. Mi hija, ya desnuda, se asomó a la puerta y yo le hice señas para que se acercara. Le cedí la polla de su padre y ella la acarició y besaba el glande, con la admiración de ese momento tan importante para ella, de cumplir uno de sus mayores deseos. A continuación, abrió todo lo que pudo su boca y se tragó toda entera, la tan deseada polla de su padre. Yo acerqué mi cara a la de mi marido y lo besaba y le acariciaba la cara. Ya él era consciente de quién le estaba mamando tan concienzudamente su polla. Le notaba una excitación muy especial, le notaba su tremenda calentura y la emoción que estaba viviendo. Mi hija pronto se subió sobre él y con la lentitud de la emoción de la primera vez, fue bajando su cuerpo e introduciendo centímetro a centímetro la durísima polla de su padre en su caliente y joven coñito. Mi marido seguía con sus ojos cerrados y, al sentir la penetración, empezó a gemir fuerte y me abrazaba y besaba, fuera de si. Estaba viviendo uno de los momentos más emocionantes de su vida, estaba penetrando a su hijita, a su Palomita. Cuando mi hija la tuvo totalmente dentro, se inclinó y yo me aparté un poco, ella queria besar a su padre. Y, mientras lo besaba, repetía…gracias papi, gracias papi, gracias mami…me siento la la hija más feliz del mundo. Mi marido nos abrazó a las dos y nos besaba. Los tres estabamos muy emocionados y nuestra felicidad no tenía palabras, solo besos y mucha ternura. Mi hija se incorporó y con sus manos sobre el pecho de su padre, empezó un sube y baja sensual, gozando esa primera vez, moviendo su cuerpo para sentir mejor y más profunda, la polla de su padre dentro de ella. Mi marido seguía abrazado a mi y empezó a mover su pelvis hacia arriba, buscando el cuerpo de su hija, buscando sentir en su plenitud esas sensaciones que, por primera vez, le estaba regalando su propia hija. Ella empezó a sentir sus primeros orgasmos y se movía agitada, enfebrecida por el mucho placer que su cuerpo recibía de su padre. Movía sus caderas a un lado y otro, para sentir la polla de su padre en cada rincón de su coño. Chillaba y se agitaba enloquecida y, de vez en cuando repetía, gracias papi, gracias mami…qué feliz soy….El cuerpo de mi marido empezó a agitarse más rápido y, con un fuerte estertor, soltó en el interior de su hija, fuertes chorros de su caliente leche. Mi hija, al sentir la corrida de su padre dentro de ella, cayó sobre nosotros, presa de un orgasmo bestial, alucinante, estremecida y con un aaaaahhhhhh interminable. Seguía moviendose sobre la polla de su padre, con espasmos incontrolados y nosotros la abrazamos para tranquilizarla. Poco a poco se fue quedando quieta, serena…nos besaba en silencio, con lágrimas de felicidad. Miré a mi marido a los ojos y lo veia feliz, tremendamente feliz. Lo besé con ternura, con intenso amor y agradecimiento y también besé a mi hija. Me sentía la madre y esposa más feliz del mundo.

Ayudé a levantarse a mi hija y la acompañe al cuarto de baño, para lavarnos. Mi marido se fue a lavarse al otro aseo. Dormimos en la misma cama, mi hija en el centro, acariciada por su padre y por mi.

Cuando desperté, ví a mi hija estirada, sobre su padre, le tenía su cara entre sus manos y no paraba de besarlo. El le acariciaba la cabeza y la espalda. Me acerqué a ellos y nos acariciabamos los tres. Ya eran más de las diez de la mañana y vi, por el ventanal, que lucía un buen sol.

Mientras yo besaba a mi marido. Mi hija se deslizó hacia abajo, buscando acomodarse entre las piernas de mi marido, para hacerle una larga y sensual mamada. Le tomaba la polla a su padre entre sus manos, con mimos, con besitos cortos en el glande y pasaba la punta de su lengua a lo largo del tallo, hasta llegar a sus gordos huevos, que también besaba emocionada. Mi marido se estremecía de placer por el sabio trabajito que le hacía su hijita. Ella, con sus tetas sobre los muslos de su padre, ya tragaba una y otra vez su durísima y palpitante polla, mientras con sus manos acariciaba sus huevos y sus nalgas. Yo, de vez en cuando, apartaba mi cara de la de mi marido y lo miraba a los ojos, para sentir con él, ese momento sublime que estabamos viviendo los tres. Mi marido no podia retener por más tiempo su eyaculación y avisó…ooohhhhh…no puedo más…me vieneeeeee ….. y mi hija tragó más profunda en su garganta la polla de su padre y aceleró sus movimientos de sube y baja, para provocarle una corrida sensacional, quería hacerlo super feliz, queria que su padre se acordara, para siempre, de esa primera mamada que le hacía su hija. Se abrazó fuerte mi marido a mi, con su cara pegada a mi cuello y resoplando, mientras inundaba con su caliente leche la garganta y boca de su hijita del alma. Ella se afanaba porque no se perdiera ni una sola gota, tragaba con glotonería, con deleite y seguía chupando su tesoro. Ese tesoro que tanto tiempo le habia costado conseguir y que ahora se deleitaba con él en su boca y manos. Nos miraba a los dos, con cara de felicidad y cierta picardia.

Mi marido se levantó a lavarse y nosotras nos quedamos abrazadas y besandonos. Despues mi marido nos dijo que se iba a desayunar y que avisaría para que nos subieran a nosotras el desayuno.

Más tarde nos avisó por teléfono, que nos estaba esperando en el puerto. Cuando nos vió, nos hizo señas para que nos acercaramos, había encontrado un barquito que hacia una ruta por la costa, para verla desde el mar. El barco tomó rumbo hacia Málaga, vimos primero Marbella, despues muchas urbanizaciones y playas, Fuengirola y más urbanizaciones y playas, hasta que llegamos a Torremolinos y decidimos no volver en el barco, bajamos allí a visitar el pueblo y más tarde entramos a un restaurante a comer. Era un lugar muy bonito, junto a una antigua torre o atalaya, desde allí se divisaba una playa enorme, ya muy visitada. Tenian una variedad de pescados a cual más apetitoso y encargamos varios de ellos. Como ninguno teniamos que conducir, aprovechamos para acompañar los mariscos y el pescado con abundante y buen vino, que nos puso super chévere. Una vez que pedimos los cafés y copas, mi marido, que habia observado una vitrina climatizada para los habanos, se levantó y escogió dos “Cohiba”, uno para él y otro para mi. Los cigarrillos apenas los pruebo, pero a veces sí me gusta deleitarme con un buen habano, como en esta ocasión. De allí nos fuimos al centro y nos sentamos en una terraza, viendo a la gente tan variopinta que por allí pulula, mientras nos tomábamos unas copas y nos reiamos con nuestros comentarios. Muy avanzada la tarde, tomamos un taxi y nos fuimos al hotel. Nos duchamos y cambiamos de ropa. Nuestro plan era cenar en el mismo hotel y despues irnos a Marbella, a algún pub de lujo, a bailar. Despues de la cena, dejamos a mi marido en la terraza del bar y nosotras subimos a vestirnos, para esa noche de fiesta, queriamos lucir la ropa que nos compramos el dia anterior.

Nos desnudamos y pusimos toda la ropa encima de las camas, despues fuimos seleccionando lo que nos interesaba. Mi hija escogió una tanguita diminuta, color rojo y se la puso… yo escogí una negra, de un solo triangulito delante, sujeta con estrechas cintas. Ella prefirió un conjunto rojo de fina piel. Una minifalda, cortísima, ajustada y que no llegaba a la cintura, un top, sin sujetador, que apenas le tapaba las tetas, dejando la espalda y su pancita al aire, del mismo color y material,. Sobre el top, una chaquetita torera, de la misma piel roja. Los zapatos, de alto tacón, igualmente rojos y muy calados. Estaba preciosa, con su pelo suelto, tocada con una gorrita de visera, también roja de la misma piel. No quiso llevar bolso. Yo, en cambio, escogí el azul. Una falda de picos, ribeteada en oro, más larga por la derecha, que llegaba a la rodilla,se abrochaba al lado izquierdo, donde subia hasta medio muslo, ajustada a las nalgas. Por arriba llegaba unos cinco centímetros más abajo del ombligo. La parte alta era como un pañuelo largo y muy estrecho, colgado del cuello y, al bajar, cubria más o menos mis grandes y firmes tetas (sin sujetador) y quedaban las puntas sujetas por la falda. Calcé unos zapatos azules, de tiras, de altísimo tacón y el pequeño bolso tambien era azul. Me cubrí los hombros y la espalda con un chal de seda azul, muy fino y con flecos. Mi larga y ondulada melena negra la llevaba suelta, con una boina azul, tipo guerrillero. Nos pusimos unas cadenitas de oro en cuello, brazos y tobillos, a juego con los pendientes.

Cuando mi marido nos vió aparecer, le dio la risa. Nos dijo que lo iban a tomar por un rico jeque, al ir acompañado de tan bellas mujeres. Mi hija, en cambio, se reía y decia que pareciamos dos putitas de lujo, jajajaja. Yo dije que, bueno, estabamos en Marbella, donde pasariamos casi inadvertida, entre tanta gente guapa y rica.

Un taxi, despues de indicarle lo que buscabamos, nos llevó a un pub que nos encantó para esa noche. Era un lugar de lujo, donde al parecer, acude la crem de la crem de Marbella. Nos pareció estupendo. Ya había mucha gente allí, nos acomodaron en una buena mesa, desde la que podiamos ver la pista de baile y casi toda la sala. Me quité el chal y ella la chaquetita. Despues de tomar una copa, quise bailar con mi marido, pero me dijo que no, que no le gustaba dejar allí sola a Paloma, prefería quedarse sentado y vernos a las dos. Mi hija me tomó de la mano y me llevó a la pista de baile. Tocaban bacalao y pronto nos sincronizamos. Despues pusieron música lenta y mi hija me agarró por la cintura, como si fuera mi hombre&jajaja, pareciamos dos lesbianas y nos reiamos, exagerando nuestras poses y roces de boca a boca. Así estuvimos casi una hora y despues nos sentamos un rato, junto a mi marido, a tomar unas copas. Más tarde empezaron a tocar música caribeña y mi hija saltó como si tuviera un resorte, se quitó los zapatos y yo también y, descalzas, nos fuimos a la pista de baile. Allí nos lucimos, con toda la sensualidad que esa música conlleva y algunos hombres venían tratando de bailar con nosotras, pero les haciamos ver que no queriamos, les dabamos a entender que eramos una pareja lesbiana, jajaja. No solamente eramos nosotras, habia otras parejas de chicas bailando solas, aunque no faltaban las parejas de hombre-mujer y, el desmadre fue cuando empezaron a tocar una lambada. Mucha de la gente que estaba bailando se fueron a las mesas. Mi hija y yo parece que dimos la nota, en cuanto a sensualidad y morbo con nuestros movimientos, más bien lascivos y provocadores. Una pareja de chicas guapísimas, se acercaron a nosotras, una se puso detrás de mi y la otra detrás de Paloma, nos tomaron de la cintura y las cuatro bailabamos juntas, mejor dicho&nos moviamos cual si estuvieramos haciendo el amor. En mi bruma sensual, me di cuenta que la mayoria del publico estaba pendiente de nosotras cuatro y, al final, rompieron en un aplauso espontáneo, jajaja. Nos despedimos de esas chicas con besos en la boca y bastante sobeo. Cuando llegamos a la mesa, nos tomamos una copa más, para refrescarnos y nos marchamos al hotel. Mi marido iba super caliente con el espectáculo que le habiamos proporcionado, especialmente con la lambada y las otras dos chicas. Durante el trayecto en el taxi, mi hija iba sentada sobre las piernas de su padre, removiendo su culo sobre la dureza de la polla de él y besandolo todo el camino. Cuando llegamos al hotel, yo me fui rápida al cuarto de baño, no podia aguantar más para orinar. Al salir, ya estaban desnudos en la cama, mi hija encima del padre y se besaban con ansiedad. Yo me acerqué a la polla de mi marido y le di unas chupadas, aunque no necesitaba ningún estímulo más, la tenía super dura. Mi hija tomó la iniciativa. Me tumbó boca arriba en la cama y ella se puso encima, haciendo un sesenta y nueve conmigo y le dijo a su padre: papi, quiero que esta noche me estrenes el culito. El padre dudó y le dijo: te puede doler, si es la primera vez. Sí, es la primera vez, ya que se lo ofrecí a mi hermano y te dejó a ti ese privilegio de desvirgarme por detrás. Mi marido me miró y yo le dije que sí, que Daniel prefirió dejarle a él ese regalo. Mi marido, muy emocionado, se agachó detrás de ella, le abrió con las manos los cachetes del culo y acercó su lengua a su agujerito, lo ensalivó y metía la punta de la lengua dentro, a fin de hacer ceder su esfínter, después le metió un dedo y mi hija dio un respingo de placer, a continuación ya le tenía dos dedos dentro y le masajeaba el interior. Yo habí dolía, al contrario, le pidió a su padre que se moviera. Yo no le veia la cara a mi marido, pero seguro que estaba en otro mundo, emocionado por estar enculando a su hijita por primera vez, ese culito respingón, sensual y morboso de 18 añitos. Mientras ella, agarrada a mis muslos, me daba lenguetazos por todo el coño, casi me mordía el clítoris, por su misma emoción y yo a ella, mientras le lamía su clítoris y recogía con mi lengua sus juveniles jugos vaginales, le metía dos dedos en su coñito y los movía, al compás de las embestidas que su padre le daba a su culito. Ella levantaba su cara de vez en cuando para gemir de placer y cada vez le pedia a su padre que se la metiera más, que le diera más fuerte. El cuerpazo de mi marido, arrodillado detrás de ella, se movia en un vaiven, cada vez más rápido, más fuerte, con penetraciones profundas. Yo veía los gordos y peludos huevos de él balancearse y chocar contra las nalgas de su hija. Yo misma se los cogía con una de mis manos y se los amasaba y apretaba y le pasaba la mano por detrás de su culo, como para empujarle en sus arremetidas. Mi hija empezó a chillar de gusto, sus orgasmos le llegaban encadenados, sus jugos resbalaban por mi cara sin cesar y a mi misma, me veían orgasmos uno tras otro. Oía a mi marido resoplar y le preguntaba a su hijita si se lo estaba pasando bien, ella le contestaba con largos siiiiiiiiiii papiiiii, no pares, dame fuerte, rompele el culo a tu hijita, dale mucho gustooooooo a tu hijita. El la tenía agarrada de las caderas, casi se la sacaba por completo y después se la enviaba dentro de un fuerte empujón. Eso a ella le encataba, chillaba con lujuria cada vez que le hacia eso. Cuando se la tenía bien dentro, se movia mi marido a un lado y otro, para que ella la sintiera mejor dentro de su culo y ella chillaba más y más, casi histérica. Yo le movia mis dedos dentro de su coño y no paraba de chuparle y masajearle su clítoris. Ella estaba ida, sus repetidos orgasmos eran cada vez más fuertes y sus gritos más roncos, más profundos. Mi marido avisó que ya no podía aguantar más y mi hija le dijo siiiiiiiiiiiiiiiiiiii papi dame toda tu leche, dámela papi, llénameeeee. Al sentir ella la primera descarga de leche caliente, en el interior de su culo, gritaba ahhhhhhhh, ahhhhhhh, muy repetidos, mientras me bañaba toda la cara con los jugos de una tremenda corrida de ella. Yo también tuve un fuerte y prolongado orgasmo que me dejó exhausta y muy feliz. Así quedamos abrazados un rato, hasta que mi marido se levantó y yo me salí de debajo de mi hija, que reia y lloraba de felicidad y placer. Nos abrazamos los tres y nos besábamos, dándonos los tres las gracias, por lo felices que nos haciamos unos a otros.

Despues de lavarnos, nos dispusimos a dormir, los tres juntos, mi hija en medio y los tres medio abrazados.

Por la mañana me desperté con una agradable sensación. Mi marido estaba a mi lado, besandome y acariciando uno de mis pezones. Al verme despierta, me tomó de una mano y me llevó a la otra cama. Mi hija estaba profundamente dormida todavía. Se tumbó boca arriba en la cama y me pidió que me pusiera arriba, para hacernos un sesenta y nueve. Su gruesa polla la tenía ya dura y me dediqué a lamerla por los lados y despues sus huevos, hasta tragarmela completamente y darle placer con mi lengua. El, mientras tanto, me comia el coño con una nueva sensualidad, me pasaba la lengua a todo lo largo y se detenía en el clítorias, me metía dedos en mi vagina y me hizo correrme enseguida. Despues cambiamos de postura, yo me subí sobre él, mirandolo a la cara y me la fui metiendo en mi mojadísimo y palpitante coño, me masajeaba las tetas, acariciando los pezones y yo saltaba sobre él, con sensualidad, con suma lujuria, con unos placeres renovados, me movia en círculos, subía y bajaba medio loca, sudaba y mis largos cabellos se pegaban a mi cara enfebrecida de pasión y lascivia incontrolada, le arañaba el pecho, los hombros, los brazos, incontroladamente y él me daba fuertes cachetes en mis nalgas y me enardecía aún más, hasta que me llegó un orgasmo a lo bestia, un orgasmo que me recorría todo el cuerpo y chillaba muy histérica y loca de lujuria y pasión. Mi marido descargó en mi interior fuertes chorros de abundante leche caliente, que me prolongaba más el cataclismo en el que estaba envuelta y chillé, chillé mi desbordante lujuria, mi lasciva sensualidad. Giraba y giraba mi cabeza a un lado y otro descontrolada, en la cumbre de mi placer. Mi hija se despertó y vino a mi lado, me abrazaba y besaba, caí sobre mi marido y nos fundimos los tres en un gran abrazo, un abrazo pletórico de amor. Me acordaba de mi hijo, de mi Daniel. Hubiera sido aún más feliz en ese momento, si ese abrazo hubiera sido de los cuatro. Amo a mi marido con locura y a mi hijo y a mi hija y me considero la madre y esposa más feliz del mundo.

Durante el desayuno, que habiamos pedido a la habitación, le pregunté a mi hija si se lo había pasado bien, si había cumplido su sueño. Como respuesta, nos dio a cada uno un beso en la boca, mientras sonreia feliz y con mucha picardía en sus ojos. Le pregunté también a mi marido y nos dijo que estaba super feliz de vernos tan contentas y, por supuesto, que repetiría. Esto ultimo lo dijo mirando a los ojos a Paloma, teniendo una de sus manos entre las suyas. Ella se le abrazó y lo besaba.
A continuación nos fuimos al aeropuerto de Málaga y, de regreso a casa, les propuse otra escapada, pero ya con Daniel. Tanto mi marido, como mi hija, se alegraron de la propuesta y me urgieron para hacer pronto un nuevo viajecito, los cuatro.

Besos a mis queridas lectoras y lectores.

Autor: Carmen Aguirre
carmenaguirre61 ( arroba ) yahoo.es