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Penetrando a mamá

Tuesday, May 6th, 2008

Autor: “Negracho”

Mis testículos golpeaban contra las nalgas de Silvi. Mi verga estaba hundida hasta el fondo en su culo, La mujer que, hasta hace un momento, pedía clemencia en la penetración, mi madre,  ya se movía furiosamente con veinte centímetros de pija llenándole el ano. –“Así, bebé, ¡Qué culeada me estás pegando! La tengo toda adentro. ¡Como me llena”-, deliraba.

Soy Alejandro Fadini, tengo 18 años y acabo de ingresar en Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. La literatura, desde muy temprana edad, se presentó como mi vocación inequívoca, y traté de poner en mis escritos más belleza que contenido.
Era aún muy pequeño cuando garabateaba todo papel que llegaba a mis manos. “Ema me ama…Mamá me mima…mamá me mima”. Desde allí, y como elemento recurrente, la calidez de mi madre se posó en mi vida como nudo central y, paulatinamente, fue tiñendo con su color particular todos mis actos.
Silvia se llama mi madre y es aún una mujer muy atractiva. Sus 42 años la muestran como una dama que combina perfectamente la formalidad con una muy especial sensualidad. Es profesora de Biología en varias escuelas de educación media y polimodal, lo que le brinda la posibilidad de tener un manejo solvente del vocabulario juvenil y, más aún, una correcta comprensión de las características propias de una etapa tan compleja como la adolescencia.
Silvia enviudó muy joven. Mi padre, un visitador médico de muy buen pasar y excelentes perspectivas de vida, pereció en un accidente de tránsito cuando sólo tenía 29 años. Mamá, su viuda tenía 26 años y yo, el retoño de ambos, nada más que 2 añitos. Por eso es que no guardo recuerdo alguno de mi padre.
A pesa que no le faltaron pretendientes, Silvia no volvió a formar pareja. Muchos hombres, la mayoría de ellos muy apuestos y de ventajosa posición económica, llegaron a proponerle convivencia y aun matrimonio, pese a lo cual mamá siguió con mi única compañía.  Con esto, no quiero decir que mi madre no gozó de los placeres del sexo durante todo ese tiempo. Una mujer bella y fogosa como ella difícilmente pueda mantenerse alejada de las mieles del amor carnal y –aunque no me consta- estoy seguro que algunos hombres la poseyeron intensamente luego de la desaparición física de papá. Su discreción y sensatez me mantuvieron siempre ajeno a su relación con el sexo e ignorante de cualquier romance suyo, ya sea ocasional o duradero.
A sus 42 años, Silvia es todavía una mujer bellísima. Yo diría, sin temor a equivocarme, que es una de esas mujeres que excitan a los hombres a primera vista. Mamá no provoca…solo insinúa. Mamá no se regala…hace que el hombre ofrezca sus mejores recursos en pos de lo que desea. Su cabello, ni muy largo ni muy corto, es castaño claro y sus ojos marrones. Mide 1.68 mts. y sus turgentes senos hacen que los señores se vuelvan a mirarla a su paso. Su cola, sin ser muy grande, es aun firme y sabe moverla con toda la gracia propia de una dama elegante y sensual. Pese a todos sus atributos físicos, el rasgo de Silvia que más seduce al sexo opuesto es su mirada cargada de inteligencia. Uno, con solo verla, advierte  que a su lado no se aburrirá y que pasará momentos maravillosos aún en situaciones en que el morbo no esté presente.
Cualquier lector avezado que sabe leer entre líneas, pensará por los conceptos aquí vertidos, que amo a mi madre. Claro que la amo, ella me dio la vida. Otro lector, más perspicaz aún, dirá que eso es cierto pero que él cree que no la amo con amor de hijo sino con un sentimiento no exento de cierta carga pasional que lo acerca a lo edipico. No puedo negar que hay verdad en ello y que allí empieza a desatarse el nudo de esta historia incestuosa que mezcla la ternura de afectos primarios con la calentura propia de una hembra en celo y un macho posesivo y potente.
El que piense que esta relación madre hijo terminará mal y que los sagrados vínculos familiares serán ofendidos por relaciones carnales espurias e indebidas mucho se equivocan. Mi madre Silvia y yo, gentiles lectores, ya somos amantes, ya nos hemos disfrutado de todas las formas. Cómo comenzó y los detalles de este amor prohibido es lo que motiva este humilde relato.
Todo comenzó un sábado por la noche del pasado mes de Septiembre. Un clima más veraniego que primaveral invitaba al paseo y, ocasionalmente, a disfrutar de una bebida fresca. Mis amigos Javi y Andrés, integrantes de un equipo juvenil de rugby habían viajado al interior del país para enfrentar un compromiso del calendario anual.
-“Mami”- grité, mientras salía del baño envuelto en un toallón, -“¿Qué hago esta noche? Los chicos fueron a Salta a jugar un partido y la noche está demasiado linda como para encerrarse en casa. Ella, que preparaba sus clases semanales, no alzó la vista de los papeles y replicó: -“Yo tampoco tengo con quien salir. ¿Qué te parece si vamos a tomar algo juntos? Hace mucho que no lo hacemos”-
Su propuesta me sorprendió y no encuentro una explicación para ello. No sería nuestra primera salida juntos, pero…no sé…noté algo especial en su voz o quizás, inconscientemente, hacía mucho tiempo que esperaba que esta situación se diera así, naturalmente.
-“Cómo no, mami”-, respondí…-“¿tenés alguna idea de dónde podemos ir?”-
-“No lo sé, Ale. Lili me habló, el otro día, de un sitio muy piola, accesible, con muy buena atención y cerca de casa. Podemos probar”-, respondió.
Así fue. A la hora convenida salimos en su coche. Estaba hermosa, quizás era la más deliciosa versión de mamá que haya visto hasta ese momento. Tenía puesto un conjunto celeste de casaquilla y pollera. Lucía un importante escote que dejaba ver el nacimiento de unos pechos maravillosos. Su falda, que no llegaba a ser mini, sugería más que lo que mostraba, y lo que sugería prometía ser inolvidable.
El lugar elegido, como lo había prometido Lili, se mostraba como acogedor y discreto. Mostraba una intimidad que, combinada con un sobrio buen gusto, hacía que uno se sintiera identificado con el ambiente y dispuesto a brindarse por entero a la persona que lo acompañaba. Una música suave, magistralmente interpretada por piano, saxo y batería, servía de delicado fondo auditivo para conversar en un tono intimista apto para la confidencia.
Comenzamos bebiendo cerveza a mi elección. Mami me dijo que yo, esa noche, era el mimado y podía elegir. Estaba realmente deliciosa, muy suave y helada. Conversábamos amablemente sobre nimiedades cuando le pregunté sobre algunos señores que –en distintos momentos- supuse sus amantes. Ella, con su habitual velocidad mental, salió fácilmente del paso quitándole toda trascendencia a las relaciones mencionadas.
Nuestras rodillas, de vez en cuando, chocaban bajo la mesa y yo –en principio- solo atinaba a retirar las mías. En una oportunidad, no las alejé e hice presión sobre sus muslos para intentar profundizar el contacto, a lo cual accedió momentáneamente, para replegarse. Miré fijamente su rostro y noté una sonrisa pícara bailando en sus labios.
De pronto, el volumen de la música subió y dos o tres parejas encararon decididamente hacia una pista del baile que, hasta el momento, nos había pasado inadvertida quizás por su oscuridad. –“Lili no me había comentado que aquí se baila”-, dijo. –seguro que se le ha olvidado. A propósito, Ale…¿cómo te llevas vos con el baile?
La miré a los ojos y le contesté: -“Más o menos, soy bastante tronco, pero con esta música lenta seguro me las arreglo. Con Mariana –mi ex novia- salíamos seguido a bailar, y tenía que cumplir”-.
Se paró, me tomó de la mano y llevándome hacia la pista, me dijo: -“Vení, vamos a probar. Tal vez sea una buena maestra para vos…”-.
Nos paramos frente a frente. Comenzamos a movernos a un ritmo superior al que proponía la música, bastante separados. Mi brazo derecho ceñía tímidamente su talle y su mano izquierda se posaba en mi hombro como para mantenerme a distancia. Esto me hizo sentir molesto. Ella pareció notarlo, sonrió y recostó su cabeza sobre mi pecho, oprimió mi mano y me acarició suavemente la nuca al tiempo que decía: -“Esto se baila así…más apretaditos, Dejémonos llevar”-.
Sentí en mi pecho el contacto con sus pechos y no pude evitar que mi miembro despierte del letargo. Apoyé mi mano en su espalda y la apreté más contra mi cuerpo para sentirla plena y vibrando. Ella amagó a detenerme con su mano en mi pecho, pero se detuvo y comenzó a moverse muy insinuante, pegadita a mi cuerpo. La sensación de sus tetas palpitando sobre mí era fascinante y mi mano –quizás en una actitud refleja- principió a acariciar suavemente su espalda desnuda.
-“Ale, Ale”-, susurró-, -“Ale, portate bien, bebé”-, dijo, pero no se separo de mí ni un palmo. Solté su mano, y llevé la mía hacia su cintura para, junto con la otra, incrementar la presión y arrimarla contra mí. Su mano, ya libre, fue hacia mi cuello y se enlazó con la que tenía en mi hombro. Su rostro estaba muy junto al mío y sentía que su aliento me quemaba.
Mis manos oprimieron su talle pegando su sexo al mío. Mi pierna derecha forzó a sus muslos a franquear el paso y sintió, por primera vez, el miembro erecto de su hijo establecer contacto con su sexo ardiente. No dijo nada, solo sentí que sus dedos ejercieron mayor presión sobre mi cuello y que sus lolas comenzaron a refregarse contra mi pecho.
Mi calentura comenzó a tornarse inconmensurable. Mi pija crecía incesantemente y ella la sentía, sobre la ropa, moverse en su entrepierna.
-“Ale…Ale”-, musitó.-“¿Qué me estás haciendo?”-, y su cintura empezó a cimbrear, impulsando a su vagina a ir al encuentro de mi bulto que la estaba subyugando. –“Ale, soy tu mami…Ale, por favor…”- No pudo terminar la frase, mi boca buscó la suya. Al sentir el calor de mis labios quiso retirarse. La apreté contra mí sin violencia pero con decisión. Tomé su mentón, la besé largamente, la obligué a abrir su boca para recibir mi lengua contra la suya. –“Yo mando esta noche, mami, no lo olvides, dame esa lengua que te la como toda”-.
Levantó la vista y me miró como insinuando una queja. No la dejé hablar. –“Ya es suficiente, Silvia, no te resistas más. La realidad dicta que esta noche será mi hembra y ya no hay retorno. Dejate llevar, hermosa mía…mi yegüita adorada”-.
-“Ale…Ale”-, susurró. Sus labios abrieron y su lengua se disparó al encuentro de la mía. Más abajo, nuestras pelvis se buscaban con desesperación, iniciando un movimiento casi propio del coito.
-Ale…Ale, mi bebé, ¿qué le hacés a mami? Me estás haciendo mojar toda, mi machito lindo”-.
-“Hace tiempo que te deseo, Silvia. Esta noche vas a ser mía. Quiero cogerte hasta que amanezca. Quiero que te sientas mía, que me desees, que me reconozcas, que esperes anhelante mis penetraciones y que gimas como una potranca cuando la tengas toda adentro. Me vas a dar tu concha cuando yo quiera. Voy a coger tu culo cuando yo disponga. Vas a ser mía…mami, enteramente mía. Quiero llenarte de leche…Silvia”-.
“-Mi amor, mi Ale..yo también quiero ser tuya esta noche. Deseo ser tu hembra, entregarme totalmente a tus caprichos. Siento que me dominás, que podés hacer conmigo lo que quieras. Ámame, Ale. Ámame como un hombre quiere a su puta. Soy toda tuya…guachito mío…”-
Nuestros cuerpos estaban como fundidos en medio de la pista, nuestros labios se devoraban y la humedad de su concha era perceptible a través de la ropa. Los primeros jugos preseminales tendían a escapar de mi verga enhiesta y Silvia gemía…!como gemía mi madre!”-
-“Vamos a casa, por favor vamos casa”-, rogó. –“No puedo más, quiero ya tenerte adentro y siento que la gente nos mira. Vamos a casa, Alejandro”-.
¿Cómo negarse ante semejante pedido? ¿Qué hombre con sangre en las venas puede ignorar tal llamado a la lujuria más anhelada?
Abrazados como novios salimos del boliche. Mi abrazo amarrado a su cintura y su mano derecha  acariciando mi pecho a través de la camisa. Ninguno de los presentes podía siquiera sospechar que esa pareja amante que se retiraba estaba integrada por madre e hijo.
El viaje en el coche se hizo interminable. Ni bien partimos levanté su falda y acaricié sus muslos, mientras mis labios buscaban su cuello y bajaban traviesos hasta el nacimiento de sus senos.
-“Alejandro, mi amor, esperá que lleguemos”-, gemía, -“Ay, bebé, cuidado que podemos tener un accidente”-. Mi mano ya arribaba a su bombacha y jugueteaba en su raja sobre la tanga. Luego, metí mi dedo por debajo del elástico inferior y con él recorrí los labios inflamados de su conchita, pudiendo comprobar la humedad que emanaba de ella. Silvia, mi madre, no hacía más que gemir, abriendo más sus piernas como invitándome a avanzar en mi exploración por sus fantásticos montes.
-“Ale…Ale, no puedo más, no seas malito. Estoy muy caliente amorcito. Mami ha estado mucho tiempo sin tener un hombre en su cama y no ve la hora de sentirte muy adentro. Quiero tenerte, hijito, que me cojas como lo hacía tu padre, que me des y des durante todo el tiempo que quieras. Quiero recibir esa pija enorme que tenés, que me abra toda. Haceme tuya…no puedo más.”-
Consideré, entonces, que mi expedición de reconocimiento había finalizado y que era hora de internarse en la espesura.  Lentamente…muy lentamente, fui hundiendo mi índice en su concha, arrancándole un gemido estremecedor: -“Bebé….mi bebé, me estás matando. ¿Ves como pusiste la cachucha de mamita?”-. No era para menos, su sexo estaba tan rebozante de jugos como si un hombre se hubiera derramado en su interior. No cabían dudas que Silvia, mi mami, me había regalado su primer orgasmo.
-“Ale, mi vida, quisiera tener tu pija en mis manos y no puedo. Mamá quiere darte mucho placer, hermoso, pero ahora debe atender al volante”-
Afortunadamente, llegamos a casa. Mamá detuvo el motor y me abrazó y besó  con suma pasión. Buscó mi lengua con desesperación  mientras su mano se posó apresuradamente en mi bragueta. –“Qué hermosa verga, mi hombre, me moría por agarrarla. No puedo creer que ese pitito que entalcaba hace no mucho tiempo sea la misma pija que me va a coger hasta el hartazgo esta noche. La quiero. ¡Cómo la quiero!
Bajamos del auto, abrimos la puerta de entrada y subimos casi corriendo las escaleras que nos conducían a su dormitorio. Una vez allí, Silvia empezó a desabotonar mi camisa muy despacito. La abrió y su lengua, muy suavemente, recorrió mi pecho desde arriba hacia abajo, deteniéndose en mis tetillas y bajando luego hacia mi abdomen. Su mano ya se había adueñado de mi poronga y procedía a pajearla con mucho amor. Apretaba el glande como queriendo reconocer la pija que se iba a comer, lo acariciaba y su boca iba hacia la mía y mordía mis labios y se apropiaba de mi lengua y gemía…mi mamita gemía.
“-Tranquila, Silvi…mi amor. Bajame el pantalón y quitame el slip. Podés tragarte mi pija ahora”:- le decía, mientras mis manos magreaban sus tetas, metiéndose por encima de su generoso escote. –“Chupala, mami, hace años que lo espero. Dame lengua hasta que vuelque en tu boca toda la leche que guardo para vos. Tragate mi semen, mi hembrita caliente, que después voy a clavarte hasta que digas, basta por favor. Vas a obedecerme, turrita mía. Te voy a montar en todas las posiciones. Mi verga va a entrar y salir de tus agujeros cuando quiera,  y no se te ocurra detenerla porque tus nalgas van a conocer mis manos. Te voy a dar mucha pija…mami…toda la que te ha faltado en este tiempo.
Silvia, mi mamá, mí querida Silvia. ¡Como chupaba mi garrote! ¡Con qué deleite rodeaba con su lengua mi rosado glande! ¡Con qué alborozo iniciaba un furioso mete y saca! Empapaba la verga con su saliva, para secarla luego. –“Silvia, yegüita,…!Cómo te la comés, mami. Así…cometela así, preciosura. No pares, por favor,  que estoy llegando. Más…dame más que me vengo. Ya llego, mami. Así…Así. Ay…hummmmmmmmm, ¡qué hermoso! Tragá puta, tomatela, no dejes que se escape nada”-
Mi pija eyaculó todo el líquido guardado para mamá durante tantos años. La boca de Silvia no bastaba para contener tanta leche acumulada y chorros del líquido blanco y viscoso caían por la comisura de sus labios. –“Así, mi potranquita. Toda la leche de tu bebé es para vos. Ahora limpiá bien mi pija, no quiero que quede una sola gota”-
Mami se dedicó con devoción a la tarea de limpieza. –“Qué rico, bebé. Bebí toda la leche de mi potrito y ahora te quiero llenándome toda. Quiero que me hagas tuya, que me sometas, que me poseas, que me uses como si fuera la puta más grande del mundo. Cogeme Ale, por favor, haceme sentir bien mujer. Mi concha te pide a gritos. Cogeme, vidita…no me hagas esperar más. Estoy muy caliente…muy caliente”-
Los veinte centímetros de mi verga ya daban muestras de recuperación. Mami, como cuando era niño, procedió a quitar mi pantalón. Estaba, él también, muy mojado por mi lechita. Mami me quitó hasta la última prenda y dijo: “Ahora si, bonito, estás como cuando viniste al mundo. En bolas para mami, mi vida. Te quiero…te quiero.”-
La besé tiernamente en la boca, la tomé de la mano, la conduje amablemente hacia la cama y, con firmeza, la obligué a tenderse boca arriba. Bebí sus labios con vehemencia y, sin dejar de besar su piel, fui bajando hasta sus maravillosas tetas. Lamí, en forma circular, la aureola de sus pezones mientas sus manos apretaban mi cabeza contra su cuerpo. –“Chupá, mi amor, como cuando eras chiquito. Comete nuevamente las tetas de mamá. Tragate esos pezones que te alimentaron, dame tu lengua…”- No dejé que Silvia rogara demasiado y sus erectos capullos fueron, alternativamente, desapareciendo en mi boca. Los mordisquee delicadamente, los apreté entre mis labios y los agasajé hasta el cansancio.
“¿Te gusta, mi putita? Mirá como tu nene te come las tetas. Sentí mi dedo, hermosa, ahí va…abrí ese culo…abrilo te digo que lo estoy preparando para después”- Y Silvia, obedeció…ya estaba aprendiendo a obedecer y, mientras disfrutaba de una esplendida chupada de tetas, gozaba de un dedo moviéndose en forma de tirabuzón en su cola, dilatándola para la culeada que, indefectiblemente, iba a tener luego.
-“Cogeme ahora, Ale, por favor. Damela ya. La quiero así, sin forro, Quiero sentir su calor. Quiero gozarte vaciándote dentro de mí. Dasela a mami, vida. ¡Te deseo tanto!
Mami tenía razón, ya estaba lista para ser poseída. Me acosté encima de ella y la besé largamente en la boca, enredando mi lengua en la suya que la esperaba ansiosa. Mi pija, que de tan parada tenía vida propia, buscaba afanosamente su entrepierna. Separaba sus rodillas movía su talle, gemía como loca. Tomé sus piernas y las coloqué sobre mis hombros, dejando su concha indefensa, a entera disposición de mi monstruito sediento. Mamá, mi Silvia, incrementaba el volumen de sus gemidos. –“Ahora si, hembrita mía, vas a ser cogida como nunca, Recibime”-
De un solo empellón le clavé mi pija hasta que mis huevos hicieron tope. Dio un alarido desgarrador -¡Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!, despacio, mi alma, que me partís!”-, se quejó.
-No, mami, putita. Aguantá la pija así, metida hasta el fondo. Mové esa concha. Así…así…así. ¡Eso, mami…eso! Ahí está, toda adentro…cometela, es tuya, sentila moverse. Apretá las piernas, yegüita, que acaricien mis bolas. Si…dame esa lengua en mi boca…, te estoy cogiendo, mami, te estoy cogiendo”-
-“Sí, mi ángel, ya no me duele. Me estás volviendo loca. Movete así…no parés…sentí como mi concha quiere retenerte. Mi amor…escuchá el ruido de mis liquidos…estoy empapada. Quiero esa pija, dame más…no te parés, guachito…besame, mordeme, apretame las tetas. Soy tuya…tuya…
Mami gemía, deliraba. Me pija no paraba de moverse dentro suyo y su concha acompañaba cada una de sus embestidas. Sus espléndidas tetas se balanceaban al ritmo de la cogida y mi dedo índice volvía a sodomizarla, lo cual la hacía gritar de calentura.
¡”Ay bebé, mi bebé, mi hermosa criatura! ¡Qué polvo me estás echando! Mami es tuya…toda tuya. Haceme la concha, hermoso…así. Seguite moviendo, potrito mío que estoy llegando. Quiero que acabemos juntos, vida. Dame tu lechita, la quiero. Llename. Dale…así…movete turrito que ya estoy. Damela..quiero pija. Más…más…más.”-
¡Ay mami, es la concha más hermosa que he cogido! ¡Cómo te la comés, putita! Sentí como mis huevos te golpean. Si, mi amor, vamos a acabar. Movete, puta, movete. Sentí cómo mi pija entra y sale. Mové esa concha que te la lleno de leche. Tomá, hermosa…para vos. Ay mami…me vengo..me vengo…te quiero mami….maaaaaaaaami”-.
-“Aleeee, Aleeee, siiiiii, siiiiii, bebé, bebé, bebé, si…si…si. Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, ¡Cuánta leche, amorcito, cómo me entra! Dale esa lengua a mami. ¡Ay Ale, cómo acabo, amor! ¡Ay, mi vida, no parás de llenarme de leche! ¡Qué calentita, guachito! NO…no me las saque todavía. Así…así…quiero sentir tus últimas sacudidas.
Mi semen corría por las piernas de mamá que no pudo retenerlo todo. Yo mojaba mis dedos en él y lo untaba en sus labios. Ella, lo recogía con su lengua y lo saboreaba como al manjar mas deseado.
¡Qué hermoso cogida, Alejandro! Creo que nunca he gozado tanto. Tu padre tenía una hermosa verga pero le faltaban pasión e imaginación. Por lo que estoy vendo, creo que de eso a vos te sobra, cielo.
La besé en la boca, manchandome con mis propios jugos y le dije: -Todavía falta lo mejor mami. Vas a ver cuánta creatividad tengo en la cama. Tu culito, que me parece muy estrecho, va a ser penetrado sin piedad. Vas a tener que bancarme adentro, mami. Te guste o no, voy a hacerte el culo y creo que lo vas a disfrutar. Me has demostrado que sos una putita divina y como tal te la vas a tragar por detrás”-
-“Ay amor, no puedo decirte que mi cola es virgen. En verdad, tu padre era bastante formal y nunca me cogió por allí. Pero, un amante ocasional, me sedujo hasta tal punto que me la dio por el culo. No lo gocé demasiado porque creo que no lo hizo bien. La metió de golpe y comenzó a moverse rápidamente. Cuando me estaba acostumbrando a su tamaño, acabó adentro de mi. En verdad, fue una gran decepción ya que había fantaseado mucho con una buena culeada”-
-“Qué hermosa mina sos, Silvi  Si no fueras mi madre podría enamorarme de vos. Si, divina, me encanta que me acaricies la pija así. Me parece, putita, que la estás excitando para que te haga la cola. ¿Querés que te coja por el culo, no? Te veo apuradita. Te encanta la verga, mami. Podría cogerte durante horas…muchas horas…”-
-“Si, mi bebé, quiero sentirte en mi culo, ahora. Esta noche sos mi dueño, soy totalmente tuya. Mi culo te desea…te quiere adentro. Pero querelo, cariño, haceme gozar no sufrir, quiero volverme loquita y que me lo llenes de lechita. Sos mi amor,,,Ale…mío”-
-“Hoy te dije que iba a cogerte como se me antojara y que no podías resistirte. Pero te amo, Silvi, y quiero que disfrutes. Sí, mami, voy a llenarte el culo de leche…pero no voy a rompértelo…voy a amarlo”-.
Mi verga ya estaba nuevamente al palo por sus continuas caricias. Me tendí con mi palo apuntando al cielorraso y la tomé amorosamente de la mano. –“Vení, Silvi, sentate arriba de mi pija y manejá la penetración con la cintura. Andate enterrandola a medida que la soportes. Tu culito te irá pidiendo verga según la desees”-
Me miró y sonrió con expresión de novia enamorada. Lubriqué la puerta de su ano con mi saliva y esperé impaciente. Tomó mi vara con amor, pasó su lengua por la cabeza rosada, abrió sus piernas y comenzó a sentarse, a autosodomizarse con la verga enhiesta de su amado retoño.
Su mirada no se separaba de la mía. Su mordía el labio inferior en una  mezcla de lascivia y sufrimiento. Mi glande ya era agradecido huésped de ese deseado anfitrión. Silvi gemía suavemente: -¡Ay Ale!…me duele pero me gusta…la siento entrar muy suavecito.muy lubricada, ¡Ay Ale! Me está abriendo toda, mi amor, como me culeás. ¡Ay, vida! Enterramela un poquito vos, movete despacito, yo te freno si no aguanto. ¡Ay, guachito hermoso” Así, hasta ahí. ¡Cómo la siento! ¡Me quema el orto, vida, pero me encanta! Así, acariciame el clítoris. Sos hermoso, es bárbaro como me lo hacés..así vale la pena. ¡Ay Ale…Ay Ale…Ay Ale…! Enterramela amor…la quiero toda…damela…llename el culo. Ayyyyyy asi, asi, asi”.
Mis testículos golpeaban contra las nalgas de Silvi. Mi verga estaba hundida hasta el fondo en su culo, La mujer que, hasta hace un momento, pedía clemencia en la penetración, mi madre, ya se movía furiosamente con veinte centímetros de pija llenándole el ano. –“Así, turrito, ¡Qué culeada me estás pegando! La tengo toda adentro. ¡Como me llena! Movete guachito, rompeme el culo, hacé que acuerde de tu pija por varios días. Dame fuerte…muy fuerte..culeame bien culeada. Así…así, ¡Cómo me gusta!
Empecé a darle mi pija como ella solicitaba. Su culo pedía y pedía y mi verga no podía negarse. La puse como un perrito, con su culo en pompa, y la ensarté sin lastima. Dio un fuerte grito pero ni amagó retirarse. Comenzó a moverse en dirección a mi verga buscando hacer cada vez más profunda la penetración. Gritaba como una loca…!Cómo gemía mami! Yo, loco de morbo, se la enterraba hasta lo huevos, la dejaba un rato allí –bien clavada- y luego comenzaba a moverme como un poseso. Por momentos la sacaba fuera de su orto, dejando que solo la cabeza quedará en contacto con su orificio. Luego, casi con violencia, la hundía hasta que casi se comiera las bolas, y me mecía a su mismo ritmo. Ella, en ese instante, parecía lista a tragarse todo lo que se le ofreciera.
-“Silvi, putita, ya casi no doy más. Nunca te imaginé capaz de comerte semejante cogida. Silvi voy a acabar, vida. ¡Cómo te hago el culo, mami! Siento como te lo abro Silvi. Mové ese orto, yegua, damelo todo”-
“- Si, mi amor, mi culo es solo tuyo. Me lo rompiste, bebé, pero nunca he gozado tanto. Soy tu esclavo, llename el culo de leche, damela…damela…la quiero…”
Fui, una vez más un niño desobediente con mi madre. Saqué mi poronga de su culo, admirando como su orificio quedaba abierto y redondo, la di vuelta y la dejé mirando hacia mí. Mi verga no necesitó más que dos sacudidas para comenzar a vaciarse en la cara de mami. Ella, gimiendo, comenzó a recibir un torrente de líquidos a la vez que convulsionaba llegando a su enésimo orgasmo. La leche chorreaba por la cara de madre, bordeaba sus tetas hinchadas y parecía querer llegar a su sexo.
“-Ay mi amor…mi amor…mi amor, cuánta leche para mami-“ ¡Ay Ale, nunca me han cogido como ahora, vida”- decía mientas limpiaba le leche que quedaba en mi garrote con su boca. –“Ale, mi vida, soy tu esclava. Culeame cuando quieras, bebé. Estaré todas las noches esperándote…siempre dispuesta, siempre lista. Soy tuya, vidita, para siempre tuya”-
Cogimos toda la noche. Mi mami y yo lo hicimos en todas las posiciones y en todas las formas.
En una próxima entrega relataré otros polvos con mami y cómo fuimos incorporando otros elementos a esta hermosa relación incestuosa.

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Remembranza de un amor transgresor

Saturday, December 8th, 2007

Era aquélla una de las tantas noches de inquietudes, posteriores al incidente de la piscina, que habían ganado el alma de Alejandro. Por primera vez sentía que se hallaba en una verdadera encrucijada de vida, pues el recuerdo del beso de Melisa Wanda Sotomayor en la noche del parque de don Julián, se había incrustado, con caracteres indelebles, en los tuétanos de su ser … ¡Y no sólo el beso!; su risa clara, su palabra chispeante, su titubeante y glamoroso andar por el borde de la pileta, su caída en ella, el irrefrenable donaire del tirón con que le había arrojado al agua… ¡Ah, cuán gratos momentos aquellos!… ¡Para qué evocar la húmeda tibieza de su tersa piel!… ¡La sutil y fresca ambrosía de sus rezumantes labios!… «¡Ah!… ¡Qué mujer, qué mujer… mi Pequeña Flor!», incesantemente se repetía.

Se hallaba recostado en el diván del estar de la señorial mansión en que vivía, mientras sus ojos depositaban su extraviada mirada en la ornamentada superficie del cielorraso. Se había apoderado de él una inefable sensación de desasosiego que punzaba sus mientes y que provocaba una molesta dispersión de sus pensamientos: resultábale empresa ardua tratar de sostener, no más allá de unos pocos segundos, una idea distinta a la que recurrentemente le embargaba…

En medio del ampuloso ambiente, una sutil música del barroco italiano surgía de los parlantes de su equipo de audio… un Corelli asaz vívido, por momentos, chispeante. Para amedrentar aquellas inquietudes, había transportado junto a él a un pequeño porta-bar de ruedas conteniendo una variedad de bebidas, hielo y soda. Se había preparado un vaso de vermú enriquecido con un buen chorro de fernet, poción avaramente diluida con soda. Así, pues, a cada punzada del acibarado humor de la hora, le acompañaba el pertinente trago momentáneo que, de consuno con la ensortijada música, creía que le devendría en supremo disipador de tribulaciones.

De complexión más bien robusta, proporciones equilibradas y mostrando una gallarda postura, con la inclusión de un rostro de facciones agradables, Alejandro Cirilo Belafonte había rebasado ya la barrera de los treinta años de edad y sentía una cierta insatisfacción de la etapa de vida que había visto transcurrir; y la experimentaba en mayor grado cuando intentaba auscultar su futuro… por el cual nunca hasta el momento se había preguntado seriamente. Siendo miembro de una familia acomodada de muy buenas rentas agropecuarias, no debía poner mayores cuidados en los asuntos atinentes al ingreso y, de hecho, no tenía otro trabajo que el de ocuparse de las finanzas particulares de la familia. Era, eso sí, persona muy cultivada y uno de sus mayores placeres consistía en procurarse siempre un incremento de erudición. Gustaba mucho de las artes, especialmente de la poesía y era consumado melómano, con una sin igual pasión por la música lírica italiana. Tampoco las musas le eran esquivas y, de vez en vez, solía componer algún que otro trashumante poema.

Pero en aquella circunstancia, ¡para qué preguntarse, por enésima vez, cuál era el motivo de su desapacible estado de ánimo!… La mente de Alejando se hallaba enclaustrada en el sino que, parecía, los astros le habían decretado desde su más tierna edad: ¡Lucrecia!… ¡Siempre la bendita Lucrecia!… ¡Aquella mujer ineludible!… ¡Plantada y arraigada en su vida como un sol y convertida en su propia sombra!… Casi permanentemente su imagen le aguijoneaba el cerebro… porque no podía pasar por alto el hecho de que Lucrecia era… ¡su madre biológica!… su juvenil y hermosa madre… y que, desde mucho tiempo atrás, en su adolescencia, se había convertido, asimismo, en su apasionada y apasionante amante.

¿Cómo era posible que ella se haya introducido de tal forma en su vida? Siempre le había considerado a él como un producto de su propiedad exclusiva… Y a partir de aquel iniciático día de la ducha… ¡Ah… el día de la ducha!… ¡Día de la dramática y contradictoria eclosión!… ¡Bautismo de fuego de una retahíla de largos prolegómenos y preparaciones y de una siempre creciente pasión posterior!…

Y Alejando procuraba, en estos momentos, acordar consigo mismo si debía apartar de sus recuerdos aquel día de la ducha… Aquel mismo día que se había convertido en el inicio de una perturbación que no dejaría de abrumarle con frecuencia: la imagen imborrable de aquel primer amor, con el provocador estigma de lo vedado; la gran transgresión de su vida… pero en la que tampoco podía desconocer el singular regodeo que su práctica y reiteración le provocaba… ¡He ahí la incongruencia del hado!… ¡El agridulce e insinuante sabor del fruto prohibido!

Después de fallecido su marido, ocasional y fatalmente pillado en medio de una balacera entre asaltantes y policías, Lucrecia vino a encontrarse de sopetón madre y viuda cuando aún no había cumplido los quince años. Como no guardaba buenos recuerdos del breve lapso de su convivencia con aquel marido, mucho mayor que ella, tomó seria renuencia por contraer nuevo matrimonio, pese a los numerosos pretendientes que inmediatamente se desplegaron a su alrededor; pues ni que decir tiene que Lucrecia era en extremo hermosa.

Se dedicó, pues, con frenesí inusual a la crianza de Alejandro sin que nadie pudiera explicarse su obcecada repugnancia a formar nueva pareja, ni mucho menos la rigurosa diligencia que puso en la formación de su hijo, a la que prácticamente sacralizó como el objetivo más importante de su vida.

Para desgracia postrera de Alejandro, Lucrecia, aparte de atender escrupulosamente a la formación de su cuerpo, de su intelecto y de su cultura, intervenía intensamente en sus gustos y preferencias y, cosa de la mayor importancia, no podía resistir la idea de que se entregara en brazos de otra mujer. Por ello no escatimaba medios ni procedimientos para desarmar cualquier aventura de su hijo, convirtiéndose, de tal forma, en la génesis de los mayores conflictos de éste. No por eso dejó Alejandro de arrojarse en los torbellinos de ocasionales amores, pero en todos los casos debía cuidar de mantenerlos al resguardo de los recelos de su temperamental madre… Mas ahora, con Melisa, la cuestión parecía discurrir por otros andariveles.

Era Lucrecia mujer de acerado temple, de formas sutiles y dulces, muy apegada a las artes y de una extensa preparación. Todo parecía indicar que era el compendio de la sensatez y del equilibrio en la persona; pero no pudo evitar que se desarrollaran en ella, como obcecadas manías, un profundo apego y el más reconcentrado celo en lo referente a los cuidados de su niño. Así, atendía a todos los requerimientos de su formación cuando Alejandro transitaba la edad rapaz; y luego, con el correr de los años, tales afectos iban a adquirir matices más profundos y exóticos.

Él recordaba en aquella hora cómo su abnegada y juvenil madre le prodigaba, desde siempre, muestras de indecible afición, la que él, en el inicio de su adolescencia, consideró como normal fruto del maternal afecto. Desde muy niño, cada vez que se hallaba sumido en alguna vicisitud o angustia, Lucrecia parecía comprender a la perfección lo que embargaba su alma, y entonces le procuraba el consuelo de oprimir su cabeza contra sus pechos… ¡Y a fe que funcionaba!… Tales desahogos se habían mantenido como un continuum, más allá de lo que la práctica usual aconseja… Se habían prolongado, sin solución de continuidad, desde la lactancia hasta la adolescencia… He ahí un importante viso del sino de esta particular situación: ¡el destete nunca producido!…

Su pensamiento se aposentó entonces en aquella noche en que usufructuó, con singular deleite, el tierno cobijo en el pulposo pecho desnudo. Con ello se produjo un salto cualitativo de particular significado. No había cumplido aún los trece años y se hallaba, pues, en plena transición hacia la adolescencia, razón por la cual no era inmune a reaccionar como niño en algunas ocasiones. El caso es que estando Lucrecia sentada en un sofá, entregada a la lectura de un libro y vistiendo una muy escotada bata de noche, vino él -torpezas de la transición- a llevarse por delante un pequeño banco y, al caer al piso, recibió un buen golpe. Hizo entonces su aparición el niño del que tardaba en desposeerse y, sollozando, fue a sentarse al regazo de su madre.

La contemporizadora Lucrecia, como era usual, puso el rostro del incipiente adolescente contra su pecho, de tal suerte que él, hallando sus labios hundidos en el canal de separación de las preciosas mamas, percibió de inmediato la inefable tersura que de ellas emanaba. Rápidamente abandonó las quejas por el golpe y comenzó a besar con gran afición la porción descubierta y, en tanto que ella le acariciaba el occipucio brindándole cálidas palabras de maternal consuelo y apretujándole hacia sí, prosiguió buscando afanosamente, siempre con sus labios, las carnes ocultas por debajo de la línea del escote. Entonces, en un momento dado, Lucrecia extrajo resueltamente sus senos del interior de la avara cubierta echándolos al aire y, tomando con ambas manos las mejillas del muchacho, murmuró:

—Toma, niño, reconfórtate con los pechos de mamá.

Palabras no dirigidas a lerdo ni perezoso, que hicieron deleitar al muchacho in extenso con aquel embriagador juego.

El chico se sintió subyugado… Le embargaba, empero, la extraña sensación de estar incursionando en un submundo etéreo y prohibido… Algo le incitó a acompañar sus labios con sus manos en la caricia: ¡eran tan tersos, tan flexibles, tan tibios, tan tiernos!… Pero en la mitad del recorrido de sus brazos una sobrecogedora potencia de empecimiento las detuvo casi en seco. Lucrecia lo comprendió todo; tomó entonces sus manos y, completando la fallida intención, las llevó sutilmente sobre las bases de sus senos; luego, acariciando sus dorsos con sus propias palmas, las sobreelevó un tanto haciendo que el peso de sus pechos descansara en las cuencas de las palmas de su hijo.

Había recibido así Alejandro una autorizada apertura a su inhibida voluntad y, como exhibiendo una rutilante patente de corso, comenzó a actuar en consecuencias. Siguiendo, pues, el inexorable e instigador sino que arrastra a todo varón ante parecida circunstancia, encontró sumamente voluptuoso besar el turgente pezón al que de inmediato atrapó entre sus labios. Regresó por vez primera a su época de lactancia. Entretanto, sus manos no dejaban de acariciar. Pero fue tal la fruición que empeñó su boca, que no cuidó la impericia de la succión extrema y del mordisco efusivo; por ello, a fuer de su falta de experiencia y de la torpeza típica del adolescente, Lucrecia se vio impelida a retirar raudamente su ahora maltratado seno de la boca de su hijo y, acto continuo, restituyó sus mamas al interior de la bata, dando por finalizada aquella tan particular acción de consolación.

—Debes aprender a ser cuidadoso en tus… «ternuras», pequeño —apuntó, admonitora—. ¡Caramba contigo, no debes destruir el objeto de tus juegos!… Mamita siempre atenderá a tus anhelos de cariño, pero debes cuidar tus modales.

El rapaz-adolescente conservó su mejilla junto al seno de mamá, hecho un mar de suspiros. Total que el muchachote sólo atinó en aquella oportunidad a reconocer que su cuita previa había desaparecido como por arte de encantamiento y que aquello había resultado, por encima de cualquier otra anterior circunstancia, maravillosa medicina. Además, tuvo carácter iniciático; mamá se lo había prometido para otras ocasiones y, de hecho, se repitió en las muchas que sobrevinieron… y Alejandro, ágil en la adquisición de pericia, se guardó muy bien de que las cosas terminaran como aquella vez.

Era Lucrecia ciertamente una mujer muy bella y sabía conservar una rutilante lozanía en medio de los erosivos avances del tiempo. Durante el período de la alta adolescencia de Alejandro, habiendo apenas doblado el recodo de los treinta, no escatimaba los roces ocasionales, los besos afectuosos en extremo y, lo que era de mayor importancia, la estudiada despreocupación en derramar a la vista de su hijo las incitantes partes de su cuerpo escultural. La exclusividad de estas maniobras se revelaba muy claramente ante los ojos del mozo, por cuanto Lucrecia cuidaba la ocurrencia de tales detalles con relación a toda otra mirada; sin presentarse mojigata ante los demás, era obvia para Alejandro la diferencia en aquella conducta.

Poco a poco el muchacho, que comenzaba a comprender la vida al son del despuntar del sexo, se daba cuenta, cada vez más, que su madre se hallaba enamorada de él… y lo que le pareció hechizante ya por entonces era el hecho de que él también se veía enamorado de su madre; por ello era su imagen predilecta a la hora de satisfacer solitariamente sus tensiones sexuales… Pero intuía que algo no andaba bien en la base de todo aquello…

Desde que llegara a esta evidencia pasaron varios años en que el mutuo y reconocible sentimiento permaneció escondido en el arcano de sus corazones; se le veía claro entre las brumas de sus respectivas certidumbres por entonces… mas ¡nada en el terreno de las palabras! Se había desarrollado una especial y tácita aprensión por parte de ambos en formular cualquier referencia oral a esta atrapante afición. Pero las acciones de la vida cotidiana, los distraídos roces de sus cuerpos, las cada vez más frecuentes terapias de los maternales pechos enfrentados a la sedienta boca, las intempestivas apariciones de Lucrecia en el dormitorio del mozo luciendo algún breve e incitante salto de cama, se iban multiplicando y acrecentando cual bola de nieve despeñada por la ladera de la montaña.

«¡Oh, Ale, Ale! —se dijo el memorioso joven en tanto que echaba un nuevo trago a su garganta—, ¡cuán acelerado se te ocurre ahora el crescendo de aquellos álgidos momentos!»… Y el pensamiento de Alejandro le hizo recordar aquella ocasión, en la etapa alta de su adolescencia, en que un cortocircuito en la noche llevó la oscuridad a una sección de la enorme y lujosa morada en que habitaban. Nada extraordinario; se trató simplemente de un artefacto en falla que fue retirado de la línea de conexión. De inmediato se dio el joven a la tarea de reparar el fusible, en tanto que Lucrecia iluminaba con una linterna el sitio en que trabajaba.

—Tendremos, de una vez por todas, que terminar con la renovación de la conexión eléctrica interna y utilizar el sistema de interruptor de seguridad de corte rápido —dijo entonces Alejandro—. Este fusible corresponde al único circuito eléctrico que ha quedado antiguo; era la parte que faltaba modernizar.

—Mañana mismo —asintió Lucrecia— te pondrás en comunicación con el electricista.

Ella llevaba puesto su ya insinuante deshabillé de gasa de tibia transparencia y cuya finura y flexibilidad se acomodaba muy a propósito a su bello cuerpo. De tal forma, aquella delicada prenda copiaba sus naturales prominencias femeniles, resaltándolas sensualmente.

Por imperio de una asaz forzada circunstancia de ubicación, por una parte, y mucho más al influjo del avezado anhelo de aproximación de Lucrecia, por la otra, vino ésta a colocar sus redondas nalgas sobre el pubis del muchacho, que a la sazón tenía ambas manos ocupadas en la tarea y su espalda constreñida por una pared. Con preguntas nimias, realizando ampulosos ademanes y lanzando el haz de luz de aquí para allá, aprovechó Lucrecia su veteranía para refregarse muy a su sabor contra el pubis de su hijo. Éste, alelado, notó cómo entró en violenta erección y cómo, ropas mediante, tuvo la gustosa sensación de que su miembro se acomodaba a la elocuente comisura de los insinuantes hemisferios. Aunque muy sorprendido, agradeció el no poder físicamente retroceder… ni tampoco estaba seguro de que, caso contrario, lo hubiera intentado.

Entonces no pudo evitar los escapes de untuoso humor por el extremo de su órgano genital; y acto seguido, a fuer de la virulencia contenida en el celoso explosivo de su juventud, sintió que su pasión se desaguaba en espasmódicos chorros de esperma, en tanto que una potencia inextinguible le obligaba a apretarse más al cuerpo de Lucrecia… La cual, advirtiendo sagazmente cuanto ocurría en el aparato genital de Alejandro, contrapresionó. Embarazado a ultranza, sintió que el rubor asomaba a su rostro y tuvo la sensación de que en el concierto de tan estrecha intimidad ella le había sentido palpitar. Contuvo lo más que pudo los suspiros que pugnaban por escapar de su pecho, aunque, a ojos vista, no tuvo mayor éxito.

—Ya vuelvo, ma —esbozó en el apurón y puso rumbo al cuarto de baño…

Creyó ver de reojo que Lucrecia sonreía ufana.

Cuando regresó para completar su tarea de electricidad, luego de haber realizado un elemental aseo y sintiendo aún la humedad imperante en diferentes regiones del interior de sus ropas, tuvo especial cuidado de concluir rápidamente con aquella faena.

Con el retorno de la iluminación, su madre, sin mirarle en forma directa, le reconvino cariñosamente:

—Querido Ale, no me llames «ma»; dime simplemente Lucrecia.

¡Oh!… ¡Cuántas experiencias de fervientes anhelos había vivido durante casi un lustro!… Ella le atosigaba con sus instigaciones… Él gustaba de tales tósigos; le provocaban un subyugante flujo que se concentraba en su estómago y le apuraba el corazón. Sabía que transitaba por andariveles de equivocación y que, fatalmente, llegaría el día de la caída; la que sería tanto más problemática cuanto más alto haya llegado. En algún momento debía detener aquel insinuante y continuamente acelerado vórtice.

Empero, Lucrecia seguía firme en el pináculo de sus fantasías sexuales de adolescente. En las noches siguientes al incitante momento de la reparación del fusible no podía dormirse si no volvía a rememorar, con el mayor regusto, todos los detalles de la vivencia. La figura de ella presidía, inexorablemente, las vívidas imágenes que provocaban sus orgasmos; se hallaba como inveterado personaje central de los sueños de sus «noches húmedas»… ¿Cómo hacer para extirpar tan encantadores espectros?… ¿Existiría, acaso, el instante de detener aquel flujo?… ¿O sería de temer la llegada de la hechizante acción final que a veces tanto acariciaba?

Alejandro se sirvió otro trago y deseó no pensar más. Intentó permanecer laxamente recostado en su diván escuchando aquella hermosa música del barroco italiano. Se hallaba bastante mareado por el alcohol y, a la postre, no pudo evitar proseguir con la magia del recuerdo… Acabó por sucumbir a él. Su mente, en esa noche especial, se mantuvo tozudamente conectada a aquel pasado, presentándole ahora, impolutas, las imágenes del día de la ducha… del día del inicio real… del día del quicio que le embarcó rumbo a la Estigia del incesto. Fue el momento de la ordalía…

Se vio, así, en sus diecisiete años, mientras se hallaba duchando… En determinado momento oyó unos suaves golpes aplicados con los nudillos sobre la puerta del baño, al par que la manija interior se desplazaba dulcemente. ¿Quién, sino su madre podría hallarse tras esa maniobra?

Mas el intento resultó vano pues el ingreso estaba impedido por el pestillo que el macilento pudor de Alejandro se había cuidado de colocar. Lo que tanto había temido y, ¡quizás deseado!, se hallaba a un tris de acaecer.

La voz de su madre sonó con una exótica dulzura; nítidamente recordó aquel diálogo:

––Ale, querido, abre por favor la puerta. ¿No querrías que te friegue la espalda como en los tiempos en que eras más niño?… Estoy segura que no podrás asearla correctamente.

El argumento le sonó harto nimio y su corazón se apuró al infinito. Entonces ensayó una tibia evasión:

––No hace falta, ma, tengo aquí el cepillo de mango largo. No te preocupes, él me permite llegar a todas partes del cuerpo.

––Cariño, ya te he pedido mil veces que no me llames «ma», sino Lucrecia… Oye, Ale, las cerdas de ese cepillo son algo duras y podrían irritarte la piel; yo te fregaré con la esponja de espuma de goma que es mucho más suave. Vamos, vamos, ¡abre esta puerta!…

Obligado a responder en las últimas y desleídas defensas de la ciudadela:

––Pero ya prácticamente he concluido y estoy saliendo de la ducha. Se me hace tarde y debo vestirme apresuradamente para visitar un amigo.

––¡Oh, vamos, ya te conozco bien!… A veces eres un poco botarate. Estoy segura que no te has aseado correctamente la espalda; deja que yo te la enjabone y enjuague. Luego te podrás marchar con todos los amigos que quieras.

Y, ahora sin argumentos y sin mayor entusiasmo de oponerse a la voluntad de su madre, que ya en otras ocasiones había realizado aproximaciones de invasión de su intimidad aunque no de parecido tenor, se vio cubriéndose con una toalla de cara alrededor de la cintura, a guisa de taparrabos, y le franqueó la puerta. El corazón golpeaba furiosamente dentro de su pecho.

¡Cuán imponente le pareció aquella Lucrecia que raudamente penetrara al cuarto de baño!… Llevaba el cabello recogido en la coronilla y entrelazado con un hermoso pañuelo de seda de lujuriante color rojo; se trataba de un peinado de entre-casa que bien pudiera confundirse con el de una odalisca. Vestía una suerte de deshabillé de tela rosa satinada, muy liviana, cuyo ruedo saludaba al muslo en su comunión con el bajo vientre y que, amén de poner de relieve las generosas curvas de la topografía de su humanidad, dejaba ver en su transparencia la olímpica desnudez de su cuerpo, salvo una diminuta trusa que, conformando un avaro triángulo de breve altura, le cubría el sexo.

Sin mediar más palabras, tomándole de los hombros, le hizo ingresar junto con ella al receptáculo de la ducha; giró su cuerpo colocándolo de cara a la esmaltada pared y asiendo jabón y esponja se ubicó por detrás de él. Comenzó a frotar suave y diligentemente su espalda con sutiles movimientos circulares en tanto que enhebraba tiernas expresiones.

Al abrir la ducha, en contados segundos su bata quedó completamente empapada y se adhirió a su cuerpo como si se tratara de una segunda piel. Entonces, con el vago pretexto ––apenas musitado–– de que obstruía parte de sus movimientos, se despojó de la prenda dando con ella en el piso.

Luego hizo girar nuevamente a Alejandro para que ambos se enfrentaran y se abrazó a él, con lo que sus pechos quedaron en apretado contacto con el tórax del muchacho. Lucrecia apoyó su mejilla sobre el hombro y pasándole ahora sus brazos por debajo de las axilas, se dio en enjuagarle la espalda sobre la que la ducha vertía una tibia cortina de agua.

Alejandro percibió cuán prestamente las maternales palmas dejaron de enjuagar, para pasar directamente a acariciar. Y se encontró nuevamente sometido… Otra vez percibió la firmeza, tersura y voluptuosidad que emanaban de aquellos pechos, que ora se apretujaban contra su tórax, ora resbalaban deleitosamente sobre él, ora lo sometían a un débil cosquilleo con la punta de los duros pezones… ¡Oh, él jamás había podido resistir la incitación de aquellos amados senos!… Sólo se destacaba ahora lo inédito de esta ocasión… y la peculiar circunstancia de la fina ducha resbalando, acariciante, sobre sus afiebrados cuerpos… Su pene, fibroso y duro como un trozo de quebracho, parecía irradiar llamaradas de anhelo y embestía, indecoroso, contra el improvisado taparrabos dotándolo de un notorio abultamiento.

Un pedazo de hielo y un nuevo trago de su refrescada copa… Rememoró ahora Alejandro los comentarios baladíes de su madre para cohonestar la singular circunstancia en que se hallaban. Él se vio obligado a corresponderlos con manifestaciones de idéntico cuño, no exentas de expresiones de cariño y de creciente incitación: el deseo ya había encendido la caldera de la inspiración en ambos y apagado cualquier inhibición desgajada del parentesco.

––Lucrecia, ¿qué haces?… ––susurró él, encendido en suspiros.

––Te aseo, cariño. Eres tan… tan… tan niño que no sabes hacerlo bien. Lucrecia está aquí para ayudarte…

Él, embargado, se dejó deslizar hacia abajo para hacer descender su cabeza hasta colocarla al nivel de los maternos pechos; los tomó entre sus manos y comenzó a besarlos ardorosamente. ¡Eran tan… tersos; tan… suaves; tan… plásticos; y ahora, por añadidura… tan deliciosamente húmedos!…

La fiebre del recuerdo puso nuevamente sequedad en la garganta de Alejandro. Un nuevo trago… y rápidamente pasó a evocar el momento en que, alternativamente, llevaba los turgentes pezones al interior de su sedienta boca. ¡Con cuánto frenesí aplicaba aquellas succiones, ora vigorosas, ora devenidas en enloquecedores y tiernos chuponcitos!… ¿No eran, acaso, como una prolongación de las fuentes que, varios años atrás, le prodigaran el vital nutrimento del inicio de la vida? Ahora, las aureoladas puntas parecían nutrirlo de otro tipo de alimento: incorpóreo, gustoso, salaz, embrujador… Lucrecia, por su parte, deliraba de placer.

No, claro que no era la primera vez que se regodeaba con aquel exótico juego; pero era obvio que en esta ocasión no sería igual a todo lo anteriormente vivido… Nunca había pasado más allá; pero esta vez, bajo las caricias de la ducha y en una predisposición tan íntima y especial, ¿en qué podría parar sino…?

Alejandro comenzó a prepararse otro trago y volvió a notar que se hallaba bastante achispado. Para estos instantes tenía la ambigua y contradictoria sensación de lo agridulce, pues pese a la forma en que lo perjudicaba aquella especial relación, no podía dejar de regodearse ante la evocación de su inicio, aquel día de la ducha…

Volvió a la remembranza y vio entonces cómo la extasiada Lucrecia no dejaba de oprimirle la cabeza contra su torso y de acariciarle los empapados cabellos.

¡Ah!… Ahora ella se dejaba caer deslizándose apretadamente junto al cuerpo de Alejandro e iniciando así un moroso, frotante y sensual descenso.

El chico abandonó entonces la caricia de los ubérrimos pechos y, enderezando su cuerpo cuan largo era, puso la cara al cielo. Recordó entonces con especial gusto cómo Lucrecia seguía su lento y deleitoso descenso y cómo una secuencia de entrecortados suspiros fluía de entre sus labios y le hacía palpitar.

La boca… la lengua… los dientes… de aquella Yocasta en ciernes huroneaban incansablemente la húmeda piel del enajenado muchacho. Se detuvo en la expuesta garganta en donde arreció con la apasionada succión, combinada con el martilleo de la lengua. Tan sólo la reedición en su mente de aquella escena provocó un espasmo indefinible en su cuerpo.

Luego de varios minutos de esos voluptuosos escarceos, sintió el joven que Lucrecia introducía la mano por el interior del ocasional y empapado taparrabos… Y entonces el pecho comenzó a golpearle con violencia inusitada. Rememoró que creyó percibir en aquellos instantes que a ella le ocurría lo mismo… ¡Ah, inefable Lucrecia!… ¡Cuán grande era tu empeño de entonces!… Está claro que creíste que era llegada la hora…

Y a continuación vio cómo, resueltamente, ella deshizo el cinturón que él se había improvisado con la toalla de cara. Con lo que el pudoroso taparrabos fue a dar, retorcido, al piso. Allí parecía empeñarse, junto a la yaciente bata, en obstruir la circulación del delgado manto de agua que corría en demanda de la rejilla de desagüe.

Y entonces ella, ya de rodillas, se extasió enfrente al erecto miembro viril. Alejandro no pudo evitar un nuevo espasmo al recordar lo que sintió ante el primer contacto de su pene con la mano maternal y la virulencia y fiebre con que Lucrecia acometía la novísima instancia… En demanda de saciar su juvenil voracidad, no hacía sino lanzar estocadas con su pubis; así, el enhiesto dedo del amor, que él percibía casi insensible por su acerada rigidez, semejaba un majestuoso espolón de proa, hendiendo, ufano, el infructuoso aire marino.

De pronto la lujuriante Lucrecia pareció saciarse y se detuvo. Se puso de pie e hizo caer la trusa, última y breve prenda que ocultaba su sexo. Luego se abrazó nuevamente a Alejandro haciendo que espada y rodela confrontaran limpia y vigorosamente entre sí.

Alejandro se arrodilló a continuación y, sabiamente conducido por las maternales manos que le aferraban el casco como garras, aproximó la boca a la entrepierna. Un maravilloso vaho de sutilísimo aroma de hembra le emborrachó. Percibía cómo de allí emanaba un tenue y húmedo calorcillo, notoriamente suplementario al del agua que bañaba sus cuerpos. Era como un efluvio enloquecedor que impregnaba el entorno de su propia e insinuante atmósfera.

Los labios de aquel sexo le parecieron de una belleza inaudita: prominentes, carnosos, maravillosamente delimitados. Y, ¡por vez primera tenía de una manera real ante sus ojos aquel tan apetecido bocado! Se hallaban entreabiertos y él veía circular el agua de la ducha por entre los canales y pliegues de su dulce topografía, para, finalmente, descolgarse al sur de toda aquella configuración, ora en apuradas gotas, ora en filamentosos regueros.

Arrobado, pasó con infinita dulzura su mano por el monte de Venus. Lo percibió ralo y extremadamente sedoso. El agua peinaba sus rizos que, en parte, aparecían como subyugantes flecos cuyas puntas destilaban finos chorros. Y Alejandro los peinaba con su palma echando de ver la docilidad de aquel vello que sólo muy débilmente asumía las naturales formas helicoidales.

Y el joven besó… besó… y bebió. ¡Cuánto besó!… ¡Cuánto bebió!… Casi sin encontrar saciedad, ¡todo lo escrutó! No dejó rincón ni pliegue de aquel bendito pubis sin que fuera huroneado con sus ubicuos labios y con su agitada lengua.

Las manos directrices, siempre aferradas a su cráneo, le indicaban en cada instante el derrotero a seguir; le acariciaban dulcemente la cabeza, le rastrillaban los húmedos cabellos, a veces… le clavaban sus uñas al casco. Todo lo cual venía a configurar un particular código que enseñaba al novel amante el arte que en tales menesteres se ha de requerir.

Luego se dirigió al punto en que, próximo a la unión superior de los pulposos labios, se halla el verdadero cráter de la erupción. Las respuestas de las manos sobre su cabeza lo decían todo. También comprobaba que, por momentos, la fruición que él ponía en la caricia la tornaba intolerable; entonces aquellas manos monitoras alejaban su cabeza hacia atrás. Mas, inmediatamente, la llevaban a su anterior posición.

En breve tiempo el amante en ciernes lo aprendió todo. Sentía los jadeos y lamentos de placer que Lucrecia emitía y la rutilante aprobación que la caricia de la mano le prodigaba.

De repente, Lucrecia, al socaire de un tifón de lujuria, estalló en un frondoso orgasmo en medio de mil suspiros y estentóreos jadeos. Ahora la caricia se transformó en severo apretón de águila. Alejandro no olvidaría jamás la felicidad que le embargó al saberse el causante de tal eclosión… ¡Y la sensación de aquella cuasi sádica clavazón de uñas en su monitorizado casco!… ¡Era la primera vivencia de tal jaez!

Y en esos instantes, bajo la tibia lluvia, al volver a tomar conciencia de que se trataba de su propia madre, un inenarrable encrespamiento de embriaguez se aposentó en su alma. Se le ocurrió pensar que era obvio que, desde el comienzo del largo crescendo de los últimos años, no tuviera el menor asomo -ni lo pretendiera- de pensamiento acerca del estrechísimo parentesco que lo ligaba a aquella hembra feroz; y creyó que a ella le ocurría lo mismo: estaban totalmente entregados al inexorable control de Venus.

En tanto, la sutil lluvia proseguía derramando sobre los afiebrados cuerpos su tibia cortina que, lejos de refrigerar tanto ardor, dotaba aun a la acción de un entorno asaz hechizante. Lucrecia se volvió a abrazar a él y, en tanto que besaba su cuello, nuevamente tornó a acariciarle el miembro viril. Por entonces él sabía en el fondo de su corazón que ella se vería colmada en el sempiterno anhelo de sus profundas noches de poseer aquel órgano adorado entre sus manos; los besos y demás muestras de infinito cariño que le prodigaba no podían significar otra cosa. Apretándolo con terneza, en determinado momento apartó su rostro hacia atrás y mirando de hito en hito a los ojos de su hijo, musitó estas palabras que nunca podría olvidar:

––Ella es Galatea, la obra de Pigmalión, y amorosa ha de volver a él. ¿No habrías de negarle el derecho a Pigmalión de amar a su Galatea, no es cierto?

No dejó de entender Alejandro la alusión de su madre, más por imperio del deseo que le poseía que por cualquier otra interpretación mitológica.

––He aquí a Pigmalión ––prosiguió ella, señalando significativamente su sexo.

Poco después, sentado Alejandro sobre una nívea tarima que en el cuarto de baño había y con Lucrecia a horcajadas sobre él, vis a vis, vinieron a encontrarse ambos, en medio de mil suspiros y jadeos, ejecutando la rítmica danza de Venus, en tanto que sus sudores se diluían tras la tibia cortina de la ducha y mientras se transferían y paladeaban los deleitosos humores que la pasión engendra.

Alejandro deseó cristalizar estos extáticos recuerdos. ¡Nada mejor que prepararse un nuevo trago! El juguetón violín de Corelli persistía en mantener el encanto de la reminiscencia. Luego, decidió seguir adelante en sus recuerdos, tanto sabrosos como lacerantes…

Percibió entonces cómo Lucrecia no hizo sino aunar su veteranía a su desbordante y contenido anhelo y cómo le dio una magistral lección del arte amatorio.

Rememoró la sensación anestésica que por entonces percibió en su miembro viril. Duro como una barra de acero, la gran potencia que depara aquella etapa de la vida, lo había casi insensibilizado… para grandísimo regodeo de ella. Sentía, claro está, el íntimo contacto con aquel interior, pero era evidente que ese efecto narcotizante hacía que los estímulos crecientes tardaban mucho en llegar. Por momentos temió no alcanzar nunca su clímax.

Grandes réditos obtenía la veterana amante de tal situación. A veces apoyándose en sus pies, por momentos dejándose caer con todo su peso, pero siempre meneando sus caderas en todas las direcciones del espacio, no hacía sino exteriorizar claramente dos hechos fundamentales: su extraordinaria habilidad amatoria y el desfogue que implicaba su primer coito en muchos años.

Bastante tiempo después, en el decurso de su vida, Alejandro advirtió esta particular circunstancia que en su época de mozalbete no pasó por sus mientes. Por entonces nunca lo preguntó, pero consideraba que su madre no habría sostenido relaciones con hombre alguno a partir de la muerte de su padre. Por lo tanto, ahora lo sabía… aquel acto de la ducha se habría transformado para ella, seguramente, en el festín del indigente.

Un nuevo trago…

Y en tanto que la dispersa cortina de la ducha seguía cayendo finamente sobre sus cuerpos, Lucrecia gozó una sucesión de orgasmos que, ¡ellos sí!, por efecto de su inducción psicológica tuvieron la virtud de despertar el narcotizado falo. Rápidamente se incrementó su estimulación y creyó avizorar el arribo de su crisis máxima. Pero, aun regodeándose en la ensoñación, recordó ¡cómo se había equivocado!…

¡Uno más!… ¡Un topetazo más y!… ¡Uno más!… ¡No lo podía creer!… Tomaba a Lucrecia de las nalgas, la retiraba un tanto de su cuerpo y de inmediato la atraía violentamente hacia su pubis; esto era frenesí puro. Y el estímulo aumentaba, mas no lo suficiente… ¡caramba, todo quedaba al borde del estallido! Empero, ¡no!… ¡Aún se requería ¡uno más!… el próximo sería ya el detonante.

Nuevo proceso de regreso e ingreso de la amante pelvis… Se dijo: «¡ahora sí, es el final!» Y la atrajo con singular potencia… Sin embargo… ¡Maldición!… ¡Parecía cosa de Satán!… Sólo había obtenido un nuevo e inimaginable escalón que, famélico, reclamaba: ¡Uno más!… ¡Uno más!

A cada topetazo Lucrecia gemía, lloriqueaba, resoplaba…

—¡Ah!… ¡Ah!… ––Exclamaba–– ¡Cuánto tiempo, Dios!… ¡Cuánto tiempo!…

¿Es que nunca arribaría a ese bendito final? Ya fatigaba sus brazos en llevar y traer aquellas bien conformadas caderas… Ejecutó aún un par de vaivenes que conllevaban la energía de un toro y, cuando ya estaba próximo a entrar en la desesperación, le tomó entonces un clímax que fue realmente estremecedor… Un orgasmo cuyo delirante gozo le daba la acabada sensación de resarcimiento del esfuerzo invertido en llegar a él.

Se abrazó a su amante madre y la apretó fuertemente contra su pubis. Sintió cómo su esperma se proyectaba hacia las femeniles entrañas en poderosos, esporádicos y embriagadores chorros que parecía emerger de un enorme depósito sometido a la presión del placer. Las maternales caderas, en danzarina reptación, armonizaban sabiamente con tales efusiones. Alejandro era consciente de que ella se sentía irrigada en su interior y de que este hecho le prodigaba inconmensurables delicias. En esos momentos de tan infernal frenesí, ella, apoyándose en sus pies, pugnaba por sobrepujar el fuerte estrechamiento de los brazos que la aferraban; así, se sobreelevaba un tanto para ganar algún grado de libertad de movimiento. De tal modo compensaba los eruptivos estertores con voluptuosos meneos en resonancia con ellos.

La calma del final los encontró fusionados en un apasionado beso. Pero a ojos cerrados. Pues en aquella primera ocasión no se atrevieron a mirarse a los ojos…

Poseído, recordó en voz alta sus palabras de entonces:

––¡Ah! ¡Lucrecia, Lucrecia!… Estamos… estamos endemoniados… Hemos caído al seno de un negro y profundo abismo.

––¡No digas tal, so tonto! ––fue la reconvención––. Hemos encontrado la infinita dicha de plasmar a Pigmalión con su Galatea. ¿Acaso no te has encontrado con el más sublime goce de tu vida?… ¡Pigmalión y Galatea unidos por siempre jamás!… ¡Promételo!

—¡Oh, sí, sí… lo prometo!…

Al recordar aquella etapa del acto iniciático, un indefinible escalofrío recorrió su cuerpo… Añadió un poco de fernet a su explosiva mezcla y un chorro más de soda, y volvió a rememorar la significación especial de aquel momento. «Fue entonces cuando —se dijo— mi anatomía viril acababa de huronear el mismo portal que diecisiete años atrás me había lanzado a la vida. Irrigué con mi propia semilla el gentil reducto que dio lugar a mi temprana formación; deslicé mi órgano viril por el afectuoso conducto que me vio pasar en dirección al mundo. Y… ¡oh, secunda aut adversa fortuna!, me convertí, Edipo redivivo y consciente, en el esposo de mi madre… Y presumiblemente haya de devenir en el padre de mi propio hermano.»

Al arribar a esta escena de su remembranza, una inefable sensación de culposa delicia le recorrió la médula… De repente, se tomó la cabeza con ambas manos… ¡Pensar que aquella escena de la ducha no tardó más que pocas horas en convertirse en el verdadero quicio pasional de su vida!… Pues, lo cierto es que rápidamente se disipó en él toda aprensión al intríngulis del parentesco y se sintió avasallado por una intensa atracción por la despampanante Lucrecia.

Recordó claramente que aquella noche casi no durmió. La visión de su inicio amoroso le acompañó con reiteración, persistencia y vivacidad tales, que ocuparon todas las horas de aquella duermevela. Su pene, obstinadamente, permaneció a media erección y, a la menor reminiscencia de cualquier detalle relacionado con la ducha, adquiría tal dureza que daba cruda cuenta de la desesperación por saciar su sed.

Casi no lograron sustraerlo de tal estadio las horas de labor del día siguiente; y vano había resultado su intento de concentración en la clase universitaria de la tarde. Simultáneamente, crecía en su ánimo la firme determinación de abordar a Lucrecia aquella misma noche, apenas transcurridas poco más de 24 horas de su húmedo bautismo de amor. Debía admitir que por imperio de aquella desaforada pasión había abandonado el acoquinamiento de su conducta anterior y ahora se veía transformado en un furioso guerrero, sólo ávido de botín.

Absorto, se quedó contemplando un trozo de hielo en el elegante y alongado vaso, trozo al que comenzó a remover con la cucharita de mango largo. Se detuvo con una mezcla de deleite y sinsabor al recordar aquel asombroso momento en que adquirió fuerza en el dominio de su persona: había encontrado al varón con poder de resolución.

Luego sonrió al evocar el gesto de asombro de Lucrecia cuando, aquella noche al ingresar a los aposentos de su dormitorio para entregarse al sueño, lo halló plácidamente apoltronado en el gran canapé que forma parte del mobiliario de la dependencia contigua, separada del dormitorio propiamente dicho por un gran dintel, lujosamente encortinado.

Consideró cómo su madre se sorprendió agradablemente, pero cómo se esforzó por no dar muestras acabadas de ello.

––¡Ale!… ¿Cómo aquí? ––Exclamó.

Tomándose su tiempo, con mirada sugestiva y algo sobradora, él contestó:

––¿Te… sorprende?

––Pues, claro; nunca antes lo habías hecho de tal manera.

––¿De qué manera crees que estoy aquí?

––Pues… como esperando. Nunca habías procedido de tal modo.

––Es cierto; pero nunca antes había existido el «día de la ducha»…

Ella, bastante aturdida por la inesperada desenvoltura del muchacho, no contestó directamente y en tanto que, inmensamente complacida del cariz de los acontecimientos, intentó dirigirse al vestidor, él se incorporó con la celeridad del rayo, la levantó en vilo con la facilidad de un estibador y fue a depositarla en la cama. Se arrojó de vientre quedando semi-atravesado sobre el lecho y con su rostro casi rozando la nariz de Lucrecia.

––No pude quitarte de mi mente ––confesó con bisbiseos–– ni anoche, ni durante todas las horas de este bendito día… ¡Oh, Lucrecia!, ¡has introducido el infierno de las furias en mi pecho!

Por toda respuesta Lucrecia tomó de sus mejillas el rostro del ahora amante hijo y le besó apasionadamente en los labios. Luego desplazó la mano hacia su pubis, donde halló el caldo bulto a punto de explosión.

––Mmmm… Galatea está rabiosa ––apuntó––. Déjame vestir mi deshabillé y dormirás conmigo.

––Ponte lo que desees; pero te advierto que sólo ha de ser cuestión de rito previo al descanso… Te quiero totalmente desnuda en este lecho.

Era obvio que Lucrecia volvió a sorprenderse del cambio de actitud de su hijo. Hasta el día de ayer se había comportado como tan aprensivo, temeroso, pusilánime y hasta beato. Venía ahora a descubrirle este aspecto desinhibido y desenfadado; estaba tentada de decir, cachafaz. «Bueno ––seguramente pensó––… es lo mejor que pudo ocurrir. Sólo le falta ganar un poco de experiencia y entonces sí que podremos gozar la vida.»

De inmediato dedicaron largo rato a los eróticos ejercicios de precalentamiento y luego, estando ella en decúbito dorsal, él la penetró y mirándola fijamente confesó:

––Durante un día y medio no hice más que contener un inminente derrame de mis depósitos esperando este momento.

––¿Derrame?… ¿Depósitos?

––Quiero decirte que… no se me «fueran las cabras».

Lucrecia sintió el feo sabor auditivo ante tal locución.

––Por Dios: ¡no digas tal! ¡Son expresiones groseras!… ¿Qué ocurre contigo?

––Lo siento, Lucrecia, a veces olvido cuánto te disgustan los desatinos, de los cuales, sin embargo, desborda el gracejo popular; a mi edad no es de extrañar que me exprese de tal modo… sólo que debo recordar que eres mi…

––¡Silencio, zonzo!… ––Puso su índice cruzándole los labios–– Vamos a lo nuestro: somos a la sazón Pigmalión y Galatea.

Y entonces Alejandro recordó cómo, en la noche, aquel reinicio de sexo con Lucrecia tuvo la brevedad del apareamiento de un gallo, pues fue sólo penetrarla y casi de inmediato se desaguó entero… ¡Tanta había sido la presión de su sexualidad y el denodado esfuerzo de contención que había realizado!

Se sintió defraudado, a ojos vista. Así lo vio la comprensiva amante.

––No te preocupes, pequeño… Suele ocurrir. Lo mejor es que descansemos y presto, verás, recompondremos totalmente la escena. Ven, ponte detrás de mí y tratemos de reposar… Luego, será de ver.

Se colocó entonces Alejando adosado a la espalda de ella y depositó el ahora algo fláccido miembro entre sus piernas, en estrecho contacto con su sexo, de tal suerte que sus entreabiertos labios venían a abrazarlo como si se tratara del mordisco de una hambrienta boca. Por la parte superior, las manos aferraban los pulposos pechos oprimiéndolos contra el cuerpo.

Así, en medio de una dulce relajación, ambos se durmieron plácidamente.

A pocas horas de un sueño profundo y reparador, recordó Alejandro cómo despertó, sin tomar conciencia, por unos brevísimos instantes, de la circunstancia en que se hallaba. Cuando hubo reaccionado, percibió de inmediato la embriaguez del contacto íntimo con Lucrecia. Movió las manos y sintió el terciopelo y la plasticidad de sus bellas tetas; meneó un tanto las caderas y ello le procuró la conciencia de la húmeda superficie de contacto: piernas, nalgas, cintura y espalda… y cuando, finalmente, dirigió su pensamiento a su aprisionada verga, notó que no había perdido su semi-erección; mas, de inmediato, adquirió inusitada dureza. Instigada por el deseo, nuevamente se hallaba preparada la herramienta.

Lucrecia, entretanto, era evidente que también tenía conciencia de la actividad del muchacho y no se andaba con chiquitas para acompañarla y estimularla. Miró el reloj: las tres y media de la madrugada.

––¿Nuevamente tiene hambre nuestra feroz Galatea? ––inquirió, golosa.

Abrió un tanto sus piernas y tentó su estado de erección.

––¡Huyyy!… ¡Tal parece como si antes no hubiera pasado nada! Es tan fuerte este guerrero que siempre se halla en disposición de batalla.

Alejandro se retiró, untó su pene con un lubricante y luego de separar un tanto las nalgas de Lucrecia fue a depositar el glande en la corola de su ano. Luego presionó un tanto y ante la ostensible resistencia de aquella roseta de Sodoma en dejarse penetrar, se detuvo.

Lucrecia, embargada de una extraña mezcla de temor y lubricidad, emitió un significativo sonido de trago de saliva…

––Ale… ¿qué haces? ––protestó con un hilillo de voz.

––Oye Pigmalión: Galatea desea cambiar de esquema.

Y nuevamente presionó logrando un pequeño avance ulterior.

––¡Ay! —protestó Lucrecia–– ¡No seas apresurado!, criatura…

Volvió, preocupada, a tentar aquella verga, casi con escrupulosidad y seguramente sintió temor, pues nuevamente tragó saliva… Mas, era evidente, la idea la subyugaba; un espasmo de voluptuosidad recorrió su cuerpo.

––Esta Galatea es muy grande para el «esquema» que pretendes ––continuó, palpando significativamente el miembro–– ¡mucho me temo que habrá de hacer daño!

––Se puede… se puede ––afirmó el chico–– ¡Es realmente algo hermoso! ¿Acaso nunca lo has probado?

No muy convencida de contestar esta pregunta ella respondió entre dientes:

––Quizá deba reputar un par de intentos… fallidos. Y el sólo recordarlos me lleva a desear que abandones la idea… Ahora dime: ¿acaso tú tienes experiencia en la materia?

Luego de un breve período de silencio, él confesó:

––Bueno… algo.

––¿Fue con alguna chica o… con otro muchacho?

Recordó lo urticante de la pregunta… y que hizo entonces una mueca ambigua…

––Ambas cosas ––musitó. Luego, en tono firme, resolvió mudar el cariz que la conversación estaba tomando––: ¿qué importancia tienen estas indagaciones en el momento actual? ¡Probemos, Lucrecia, y verás el cuadro maravilloso que la experiencia te presentará!

Ella, indecisa aún, volvió a tentar el grosor de su amada Galatea y pese a la aprensión que le inspiraba, se sintió ganada por una nueva corriente de voluptuosidad. En tanto que un chispeante estertor le recorría el cuerpo, volvió a tragar saliva.

Mientras en silencio acariciaba la porción emergente de la verga, cuyo glande yacía en el inicio de su recto, pensó seguramente que aquella cabeza ya no le provocaba sino un inmenso placer, al que aunaba los resabios de la molestia original. Era obvio que con el debido tiempo y cuidado, el continente acabaría por amoldarse al contenido; y ello se resolvería en una inmensa sensación de placer final.

––Oye, Ale, creo que es posible intentar una prueba bajo la rigurosa condición de que habrá que proceder con cuidado sumo y tomarse el tiempo necesario.

––¡Claro está, Lucrecia! ––enfatizó, jubiloso, el muchacho––. Nadie pensó en esto como en un fast food. El verdadero deleite se halla en los prolegómenos, en el proceso (con sus avances y retrocesos) y, sobre todo, en alimentar la voluptuosidad con el pensamiento puesto en el anhelo del momento siguiente; por eso, es de la mayor importancia «tomarse el tiempo».

––Está bien, Ale, todo ello me parece fascinante; pero no dejo de pensar que yo he de ser quien ha de soportar las punzadas de dolor que Galatea (a la que ahora veo algo rechoncha) ha de provocar.

––Es cuestión de abundancia de lubricante, de pausas convenientes y del tiempo suficiente ––arguyó él––; y, muy importante, haremos que tú mismas te halles al control del procedimiento. Sólo se avanzará con las pautas que tú establezcas a poco que resuelvas lo que mejor te apetezca.

Lucrecia recordó brevemente su anterior experiencia sobre la cuestión; entonces, dijo:

––Y si se producen desagradables molestias abortaremos definitivamente el procedimiento, ¿comprendes?

––De acuerdo… Mira yo me sentaré en esa silla y tú lo harás despaciosamente sobre mí. Así sólo tú podrás decidir el avance -o no- del acto.

––Esa idea me parece acertada ––dijo ella, muy convencida de la bondad de la solución.

Y acto seguido pasaron a la acción. Alejandro se sentó en la silla manteniendo las rodillas algo separadas y su falo en estado de furia mirando al cielorraso, rezumando lubricación. Lucrecia fue a ubicarse a horcajadas dándole la espalda y, apoyándose en el piso con las piernas elásticamente flexionadas, por un lado, y con sus manos en las rodillas de Alejandro, por el otro, se comenzó a sentar sobre el enhiesto pene…

Sin mayores penurias hizo ingresar el glande llegando de inmediato a la profundidad que éste había alcanzado en la anterior acción, en la cama. Allí se detuvo, pues entrevió que un ulterior avance habría de resultarle algo molesto. Optó, pues, por regodearse en el estadio alcanzado y, embargado su rostro con un rictus de borrachera, lo dirigió al cielo con los ojos entrecerrados y nublados de salacidad. Jadeaba y suspiraba a mares.

Alejandro que con su mano izquierda mantenía la conveniente dirección de su miembro al par que le apuntalaba por si ocurriese una salida de madre, puso su diligente diestra en el sexo de ella y palpando tenue y amorosamente el oleoso clítoris, se dio a la tarea de emprender un activo masajeo.

Inmediatamente percibió que la cabalgante amazona avanzó un tanto en la penetración y luego se detuvo, mientras parecía morderse los labios en señal de profunda concentración; además, se los humedecía con ligerísimos toques de la punta de la lengua. Estaba claro que la caricia clitoriana obraba como activo catalizador de las estimulaciones, lo que propiciaba en ella su resolución de profundizar la inmersión.

Cuando se hubo aclimatado a la última posición alcanzada, Lucrecia realizó un pequeño movimiento de vaivén, levantando la pelvis un par de centímetros y luego llevándola a su punto anterior; lo cual repitió en varios ciclos… Al parecer le procuraba una más rápida distensión y un goce inusitado al socaire de una mezcla equilibrada de sensaciones de dolor y de placer.

La acariciante mano de Alejandro, azuzada por la de ella colocada sobre sus dedos, adquiría por momentos ritmo de frenesí; luego… una nueva profundización.

Notaba el muchacho la presión que sobre su miembro ejercía la tibia caverna en su obcecación por resistir la penetración. No era, desde luego, tarea fácil vencer la aguerrida defensa.

De pronto, Lucrecia levantó su pelvis y desalojó el purpúreo falo.

––Vuelve a lubricar y hazlo generosamente ––ordenó.

Cumplido lo cual retornó a penetrarse deteniéndose casi exactamente en el punto al que antes había arribado. Volvió a azuzar la acariciante mano y entonces, en un rapto de resolución, hizo ingresar una significativa porción adicional del filial miembro; luego se detuvo a la espera de la nueva adaptación.

A todo esto, el muchacho, viendo que escasa era ya la porción que emergía del trasero de Lucrecia, liberó la mano que dirigía y apuntalaba su pene, pues no eran menester tales precauciones. La dedicó entonces a acariciar el resto del cuerpo de la amazona, deteniéndose, con predilección, en las ubérrimas tetas.

De esta suerte, repitiendo pacientemente la secuencia, estuvieron madre e hijo alrededor de una hora.

Luego, de improviso, notó Alejandro que la presión contra la periferia de su miembro cedió totalmente: el tozudo conducto se había relajado como por arte de birlibirloque y las redondas nalgas, recorriendo el parco espacio que aún existía por debajo de ellas, cayeron pesadamente sobre el pubis del muchacho. Quedó así, Lucrecia, sentada sobre él transfiriéndole todo su peso… y ensartada íntegramente con toda felicidad. La penetración acababa de consumarse… El pecho de ella se inundó de júbilo y estalló entonces en un suspiro demencial. Siguió después una retahíla de bramidos que recordaban al ronco sonido de un quemador industrial.

––¡Ah!… ¡Qué bello momento! ––exclamó en tanto que meneaba las caderas con frenesí.

En el umbral de la exaltación volvió a azuzar la mano que acariciaba su clítoris; con ello en pocos segundos más le advino el pandemonio de la crisis mayor. Entonces no escatimó sonoras manifestaciones de su extraordinaria vivencia, a punto tal que, contra lo que Alejandro hubiera podido imaginar, brotaron de sus labios vocablos escabrosos y soeces.

Poco después ella se llamó a un reparador descanso, pues el esfuerzo y la tensión le habían hecho temblar las piernas; pero Alejandro se hallaba sobreexcitado y a las puertas de la descarga.

––Necesito poder moverme ––dijo––; en estas condiciones me resulta imposible.

––Bien, vayamos al canapé. Me arrodillaré sobre el piso junto al borde lateral y adosaré mi tórax sobre su superficie. Te pondrás detrás de mí; así podrás concluir.

Y tras estas palabras se levantó desalojando lentamente el famélico miembro de su interior y fue a colocarse de rodillas al costado del canapé.

Alejandro volvió a lubricar su pene y penetró a Lucrecia con una facilidad extraordinaria, dado la franquía establecida por la senda previamente trazada. Y adosándose amorosamente sobre ella, volvió a la fatigosa tarea de acariciarle el clítoris. Inició una agitada acción de vaivén que levantó la estimulación de ambos en forma vertiginosa… Pigmalión y Galatea habían ingresado en el conteo descendente.

Minutos después, ambos eran presas de las furias del orgasmo. Percibió los chorros de una aún caudalosa eyaculación, aunque no tanto como la anterior. Lucrecia también debió sentirla pues incrementó notablemente sus manifestaciones de placer.

Luego se durmieron profundamente.

Ahora una inusitada y chispeante escala de danzarinas notas de violines concitaron la atención del ya ebrio protagonista de la noche de la remembranza, alejándolo por unos momentos de la incestuosa ensoñación… «Pensar que pese al transcurso del tiempo esta vivencia siempre me eriza la piel ––se dijo––. Su recuerdo bien vale un nuevo trago de esta infame mezcla… ¡Ah!, ¡Corelli!… ¡Vivaldi!… ¡Albinoni!… ¡Cuánta belleza se descubre en este barroco italiano!»

Pero pronto cambió de humor nuevamente. El grado de embriaguez a que había arribado provocaba una gran volubilidad en su ánimo: ora se extasiaba por aquellos recuerdos, ora se lamentaba profundamente de sus consecuencias actuales. Pues ahora, después de tres lustros de aquel iniciático acontecimiento, Alejandro creía hallarse finalmente enamorado de otra mujer; percibía entonces la encrucijada de la difícil opción y, desde luego, veía cómo su madre se convertía en el más formidable enemigo de ese futuro que consideraba lícito pergeñar.

––Lucrecia fue mi amor… ¡mi primer e inolvidable amor!… ¡El día de la ducha! ¡La noche posterior!… ¡La madrugada que le siguió!… Lucrecia aún… aún… ¡Ah, ah… Lucrecia!…

Y al socaire de la densa bruma esparcida por el Leteo de Baco, Alejandro acabó por caer sumido en un profundo sopor.

En tanto, el cuarteto de cuerdas había acabado también su barroco Concerto Grosso de Corelli.

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mi madre, y mi amigo

Monday, October 1st, 2007

mi madre actualmente tiene 55 años , es una señora demasiado concervada, senos pequeños pero firmes, pero sus nalgas ermosisimas, muy grandes, que eso es lo que siempre les ha encantado a los hombres , yo tengo actualmente 20 años, somos solo ella y mi amigo los que vivimos en mi casa , resulyta que 5 años atras , al regresar a casa en compañia de un queridicimo amigo el BURRO mayor que yo, por 3 años, un joven muy dotado 24 cm de miembro , pues siempre nos los presumia ami y a los amigos, beniamos de jugar , y ya dentro de la casa, nos dispusimos a bañarnos, pensando que estavamso solos, desnudos, entramos al baño riendo y gritando , no nos dimos cuenta , cuando mi madre estava de pie , en la entrada del baño, al tiempo que decia que , que tanto grito, por lo que nos quedamos callados , frente a ella pero mi madre no nos despegaba la vista de nuestras vergas, la mia mas chica que la de mi amigo, solo 16 cm, de rrepente mi madre nos dijo cubranse , descarados, ella llevava puesta solo una camiseta , muy delgadita la que ocupava para dormir, no traia rropa devajo, se le notava, corrimos a mi recamara y rriendonos , mi amigo empeso a decir que buena esta tu mama, , que nalgotas, y yo callado, el comenzo a jugar con su verga y de inmediato se le paro pero lucia descomunal, para agarrarla asi mamasota, deia el, y yo me empese a exitar  tambien me empmese a jugarmela , creo que fue por lo calientes que estavamos , que no nos dimos cuenta de nuevo estava mi madre ahi biendonos, y en un grito , dijo que hasen muchachos leperos, mi amigo bolteo y con su verga apuntandole a mama, le dijo que nada, solo jugabamos, y mi madre ya no pudo mas, y solo dijo les dare una leccion para que no anden jugando asi, le agarro la verga ami maigo y la empeso amamar, diciendole , donde te havias metido papasito , mira que rricura de vergota y todita sera mia , verdada burrito?, mi amigo solo se le beian sus hojos en blanco pues mama ya se la estava mamando , mas tarde mama , se puso en 4 `patas y lebantando su camisetita separo sus nalgotas, que ermosura de nalgas amigos enberdad no se imajinan , que espectaculo su panochota bien peludota  destilandole ya sus jugos , y diciendole a mi amigo metela aqui papasito, por favor te lo pido, a lo que mi amigo estava mudo pero solo se la puso en la pannnnnnnnnnochita y mi madre sola se dejo ir con toda su fuerza atras, metiendosela de un solo golpe mi amigo y solo pujo y grito mama, le dije mama, por favor deja eso te duele, quieres que te la saque mi amigo? solo gritava , no, no metela mas, me jalo ami y me la empeso a mamar me bine como tres beses en su voca que rrico , mi amigo le dijo lla me bengo y ella solo le dijo echamelos dentro , mi amigo le dijo no , la embarasare, ella dijo no me importa eso sololos quiero adentro, fue asi como comenzo nuestra relacion el BURRO , MAMA , Y YO despues les platicare mas , por favor diganme sus comentarios o sui alguien ha tenido la fortuna de vivir algo asi esgfer@hotmail.com

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Mi confesión

Sunday, July 15th, 2007

Hola a todos.

He leido muchos de sus relatos por recomendación de un amigo y después de encontrar todo lo que ustedes publican me atrevo a escribir esto ojala y me permitan publicarlo y felicidades por tan bonita pagina gracias, para cualquier aclaración escribanme a gabymargo68@hotmail.com, espero publiquen esto en la seccion de FILIALES

Gracias.
MI CONFESION

Se que esto a muchos escandalizara y para otros será asqueroso, lo único que puedo decir es que esto es auténticamente cierto, y que las cosas se van dando y las circunstancias arrastran una y otra situación que desemboca en resultados que a veces no queremos, por otro lado, a muchos nos provoca lo sucio y lo perverso, lo disfrutamos y por un falso pudor y moral lo negamos, quiero al publicar esto que me escriban personas, especialmente mujeres que hayan vivido cosas similares, que quieran comentar esto platicarlo, desahogarnos y porque no disfrutarlo, solo suplico que sean personas honestas y reales y que no solo les guie el morbo o la calentura; y pues comenzare diciendo que soy una mujer mexicana, separada hace 5 años de mi esposo que fue a la vez mi primer novio y mi único hombre, como muchas tuve que lidiar con es estigma de ser una mujer “abandonada” que tenia que aparentar ante la “sociedad” y demostrar una decencia para evitar que me malvieran, tuve que trabajar para mantener a mis dos hijos, enfrentarme a la realidad que como mujer debe uno de ser “accesible” y muy “dispuesta” con los jefes y patrones para conservar el puesto además de soportar a todos aquellos “hombres” que se desviven por atender a una mujer separada, y que lo único que buscan es una vagina donde vaciar su semen y su calentura. Bueno cuando esto sucedió tenia 2 años de separada,  trabajaba en una oficina de gobierno, tenia yo 36 años siempre he poseído un buen cuerpo mido 165 cms, morena clara cabello a media espalda y rizado, ojos claros, con talla 9 de pantalón caderona y sobra decir algo nalgona, de busto 34c, de casada me encantaba andar de minifalda y de mucha zapatilla, gusto que tuve que dejar pues siendo sola el vestir así implica traer un letrero puesto que dice fornicame, los dos años sin marido habían sido muy difíciles en el terreno intimo pues había tenido que aguantarme las ganas de hacer nada y solo me tocaba muy discretamente en la soledad de  mi cama, después de una agria discusión con mi madre cuando supo que tenia un pretendiente y que incluso amenazo con quitarme a mis hijos por mala mujer, accedí por primera vez a irme a tomar unas copas con unos de mis compañeros de trabajo, quería desquitarme y vengarme de cómo me trataba la vida, ya eran como las dos de la mañana y quien me toco de pareja bailando, ofreció llevarme a mi casa, y al llegar ya mareada, quise agradecer invitándole un café, resulto que termino todo en un delicioso faje en la puerta del edificio donde vivo, todo eso causo efecto y lo que mas deseaba era tener sexo con alguien, así que dada la hora sabia que mis hijos dormían como troncos y pidiéndole que no hiciera ruido lo invite a subir, entramos y fui a verificar que mis hijos durmieran, una chica y un joven aun en la adolescencia, lo lleve a mi cuarto, me desnudo y a poco me daba cuenta que aparte de todo no sabia nada del sexo, pues este hombre me tocaba y hacia cosas que jamás había imaginado haría yo, estaba en la gloria, me habían encendido un interruptor que saco todo lo hembra que llevo dentro, en un rato me había penetrado, me había hecho el sexo anal y lo mejor lo disfrutaba como toda una puta, yo gemía y de momento perdía el control, el después de varios intentos accedí a que bajara y lamiera mi vagina, lo hizo delicioso, nunca en mis 17 años de casada, había experimentado tanto placer como esa noche, y pensaba de lo que me he perdido, y me juraba que a partir de ese día  haría muchas cosas sucias y que cocería como loca, y vaya que lo he hecho, estaba como poseída con las piernas abiertas de par en par, mientras el me chupaba y movía sus dedos dentro de mi vagina, cuando por reflejo voltee a la puerta, tanta había sido mi intención de no hacer ruido, que no cerré ninguna puerta, y estaba mi hijo parado tratando de no se visto viendo todo lo que me hacia, quise gritar levantarme y correr, pero no pude hacer nada, fue todo en instantes, paso todo por mi mente, de pronto a la luz de la lámpara de la calle, vi. como el se apretaba en su entrepierna, era obvio se estaba masturbando, fue algo detonante en mi, desapareció mi miedo mi temor, mi vergüenza y una oleada de algo caliente recorría mi cuerpo, de pronto no sabia porque el centro de ese placer que sentía no radicaba en lo que mi amigo me hacia sino en ver a mi hijo ahí parado, en el momento que el se levanto para volverme a penetrar el desapareció, pero esas imágenes de el parado en la puerta fue lo que me dio un tremendo orgasmo que me llevo al cielo, al otro día estaba confundidísima, el me hablaba como si nada, y no sabia que hacer, yo sentía mas calentura que en la noche, sabia que algo se había transformado en mi, a partir de esa noche, cada que algún conocido o amigo me invitaba salía con el, y terminaba en un hotel haciendo el amor como loca, pero no era suficiente no sabia que pasaba pero no me sentía satisfecha, unos veinte días después me descubrí que mientras me cambiaba mi hijo me estaba espiando, y me di cuenta, eso me excitaba muchísimo, entonces empecé a idear un plan, a mi hija la mande con mi hermana con un pretexto absurdo y a mi hijo le recomendé que no llegara tarde pues me iba con un amigo pero que el me venia a dejar, con una excitación enorme pasada a una de la madrugada llegamos esa vez yo había tomado mucho menos pero fingía estar mareada, entramos a mi cuarto y solo empareje la puerta, sentía que mi corazón se salía, y empezamos a coger como locos, de pronto ahí estaba nos estaba espiando, yo fingía no ver pero notaba como el metía su mano bajo su short, era sencillamente enloquecedor, buscaba acomodarme de manera que el viera todo, al poco rato, note que se marchaba, a partir de esa noche cada 8 o 15 días me las ingeniaba para mandar a mi hija fuera y a llevar a mi amigo,  era un placer el solo imaginar que nos espiara, tal vez el sospechaba que yo me daba cuenta pues un día note que el se asomaba en la puerta mientras yo hacia el sexo oral, y note que al ver que mi amigo le daba totalmente la espalda se paro en medio de la puerta totalmente desnudo, eso me enloqueció, fue todo una provocación de su parte pues el estaba ahí esperando que lo viera tratando de lucir su pene totalmente erecto, y no conforme alcanzaba a ver como se masturbaba, me daba cuenta como cada que le daba espectáculo a mi hijo mis orgasmos eran fenomenales y quedaba mas que satisfecha, entonces mi perversión iba en aumento, y como resultado empecé a vestir cuando andaba en la casa en fachas con una playera larga ya  gastada, me quedaba como minifalda y permitía ver a través de ella, se notaba mi pantaleta y mis pezones, aparte que dejaba ver gran parte de mis muslos y cuando me sentaba dejaba ver claramente mi entrepierna, yo veía a mi hijo cada vez mas interesado en la perversión, pero aun con miedos o pena, como a los 4 meses de esos juegos, mi hija estaba en exámenes y el no tenia clases, hable al trabajo y pretexte sentirme mal, baje a darle de desayunar y me metí a bañar sobra decir que deje entreabierta la puerta yo podía casi ver la silueta de su cabeza asomándose, entonces decidí ir mas lejos y comencé a sobarme los pechos para terminar dándome dedo deliciosamente, pero por mas que intentaba no podía llegar al orgasmo, entonces, decidí salir con mi toalla enredada y subí a mi cuarto, yo sabia que el había visto todo y fui a su cuarto, ahora yo lo espiaba, y si había hecho efecto, estaba tirado en la cama con su pants en las rodillas y acariciándose su miembro para sus casi 15 años estaba muy desarrollado, eso me tenia casi enloquecida, no sabia que hacer, no sabia que decir, empecé otra vez a tocarme y en un momento lo decidí, empuje la puerta y entre el se asusto, y se quedo inmóvil, yo llegue y sin decir nada tome su pene en mi mano, y comencé  a masturbarlo, solo subí y baje su pellejito unas 3 veces y eyaculo embarrando mi mano, sin soltarlo le dije que ya era todo un hombrecito y que sabia que me espiaba y que después de eso venia a masturbarse, el seguía en silencio, me incline le di un beso en la mejilla y uno muy suave en sus labios, después de eso, sucedieron unos 15 días de silencio entre nosotros casi no hablábamos y eso me tenia muy preocupada, tenia por momentos sentimientos de culpa y en otros unos deseos enormes de volver a hacerlo, ya no había llevado a mi amigo y casi no tenia ganas de estar con el, llego un fin de semana que había hecho una comida para el cumpleaños 13 de mi hija, mis hijos con sus primos y algunos amigos jugaban y pasaban el rato, como es costumbre en las fiestas mexicanas al final los mayores terminamos tomando y ya mareados solo quedábamos mi hermana con su esposo y mis sobrino quienes terminaron quedándose por lo avanzado de la noche, dispuse la recamara de mi hija para mi hermana y mis sobrinos se quedarían en la de mi hijo, mientras mi hija se cambiaba y mi hermana ya dormía mi hijo seguía con el play station en la recamara, ya con mi acostumbrada playera fui a pedirles que se durmieran, y aun recuerdo los ojos llenos de morbo de mi hijo y mis sobrinos al verme entrar así, insistieron de sobra en que me quedara a jugar, cosa que acepte pidiéndole que bajaran la voz pues no quería que mi hermana me viera así, los tres ponían mas atención a mis piernas y mis pantaletas que asomaban mas que al juego, fue una sensación que me pareció muy perversa y excitante, no se cuanto tiempo estuve ahí con ellos incluso termine sentada en el piso dejando ver todo lo que pudiera dejar al descubierto mi tanga, al final me fui a dormir y termine viniéndome deliciosamente tras una rica masturbada en el baño, entonces me daba cuenta de las cosas, me gustaba que mi hijo me viera pero mas allá me encanto que mis sobrinos que tenían de la misma edad de mi hijo, también habían despertado mi morbo, empecé a hacer cosas temerarias, en la junta de firma de boletas de mi hijo, me senté de tal manera que accidentalmente se me viera la tanga, algunos chicos volteaban a verme con disimulo y eso me promocionaba una excitante humedad en mi entrepierna, terminaba dándome dedo como loca, al mes de ese primer encuentro entre mi hijo y yo el asunto llego a su culminación, el sábado que yo no trabajo mi hija tenia ensayo en la escolta y me quede con mi hijo me levante y me puse solo mis pantaletas, el saber que estábamos solos me puso como loca, le lleve un jugo a su cama el veía tele y me veía como hipnotizado mis pechos, empezó a tomar el jugo y levante las cobijas entre jugando, buscaba que se levantara cuando vi. tenia su miembro totalmente erecto, y como duerme con un short pero sin truza se notaba todo a su máximo esplendor, le dije mira como estas, otra vez sucedió lo mismo sin pensar puse la mano sobre su pene, y le di un beso en la boca, esta vez el beso fue largo largísimo donde mi lengua hurgaba en su boca, el reacciono, me abrazo y empecé a guiar sus manos, enseñándole como acariciar mi espalda, mis pechos lo puse a lamerme los pezones, y a mamarme las tetas, yo estaba excitadísima, el me mordía y me manoseaba toscamente poco a poco le fui enseñando como hacerlo, me levante y me quite la pantaleta, me acosté y lo puse sobre de mi guiando su miembro a mi vagina, me penetro no duro ni 5 segundos adentro y termino, fue muy excitante para mi, lo acosté y empecé a chuparle el pene, fue delicioso sentir ese pene casi sin nada de vello, aun chico y delgadito, se lo chupe un ratito y volvió a eyacular, lo estuve acariciando mucho rato, y le dije que por todo eso estaba muy excitada que me tenia que ayuda y le pedí que me acariciara los pechos y las piernas mientras me masturbaba, el no perdía detalle de todo eso, hasta que explote en un orgasmo mas que delicioso mas que extenuante, me volvió a la realidad el teléfono, era mi hija que me pedía permiso para irse con su papa y que regresaría al otro día, esa noche me lleve a mi hijo a mi cama, le fui enseñando poco a poco como tocar a una mujer, como darme placer, le enseñe como lamerme la vagina y como moverse mientras me penetraba, las posiciones que podíamos hacer, cojimos delicioso, fue una noche maravillosa, el se volvió mas abierto conmigo me buscaba en todo momento, cuando sabia que su hermana no nos veía, me acariciaba las nalgas y las piernas, era el juego mas sucio y perverso pero muy excitante,  cuando podíamos el se me aceraba y me decía al oído quiero, yo sabia que significaba, como siempre teníamos la libertar de estar solos en ciertos momentos, lo llegamos a hacer el la sala el baño, en todas partes y me daba un placer infinito y maravilloso, yo lo hice hombre y le enseñe todo lo que un hombrecito debe saber, aun seguimos haciéndolo se ha desarrollado como va a un gym ha formado un cuerpo envidiable, el también se ha vuelto muy morboso, muy perverso, a veces va y me platica que hace con su novia, como la toca, incluso en una ocasión yo le sugerí que la trajera a ala casa cuando fueran a hacerlo pues quería esconderme y ver como lo hacia, el dijo que si de inmediato, lo mas morboso de todo fue cuando hace unos dos meses lo descubrí espiando a su hermana que esta mas que desarrolladita, estaba muy excitado yo lo abrace por atrás y estuve masturbándolo unos segundos mientras el miraba, muchas cosas muy perversas se me han ocurrido desde entonces, no se que pueda pasar, no se como lo tomaría mi hija, cada cabeza piensa diferente, hay muchas cosas y detalles llenos de placer, de morbo que no puedo describir acá pues seria muy largo, no se cuanto mas dure esto pero por lo mientras lo disfruto mucho, ahora y pensando en eso, hace unos días permití por primera vez que mi ahijado viera mas de la cuenta, tal vez sea el siguiente, no lo se, espero comentarios como dije muy sinceros y honestos, mi correo es gabymargo68@hotmail.com escriban por favor. Gabriela.

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Mi hijo Antonio

Friday, May 4th, 2007

Hola queridos amigos soy macarena tengo 49 años y estoy separada hace 6 años soy morena media melena ojo verdes bastan alta 1.78 grandes pechos vivo con mi hijo tiene 21 años recién cumplidos su nombre es  Manuel es paralico celebral y estas en silla de rueda y es un encanto siempre tiene una sonrisa en los labios vivimos los dos solos en Camas Sevilla. A el le gusta muchisimo las mujeres desde pequeño ha estado con migo y mis amigas mis amigas lo veian desnudo mayorcito y le hacian comentarios sobre su colita tipo: vaya colita que tienes quien la pillarse o niño darle tranca a mi marido una noche comentarios así creo que fue mi culpa por permitirles que le hiciese esos tipos de comentario poco a poco se fue convirtiendo en lo que es hoy un poco pervertido sexual. Mi hijo se puede ducha solo pero le cuesta mucho trabajo asin que alguna veces le tengo que ducha yo sola lo pongo en pelota con su vega fuera y con ojos fijos en mi delantera tengo la sensación de ser la reina del universo y a la vez culpable por esa sensación a veces me fijo en su verga erecta y le sale un hilo de esperma creo que es por la excitación  que exprimenta es máxima el me mira con cara de avergonzado yo le sonrío y exclamo guapo, y se relaja el su vega no ella se mantiene firme y dura un buen rato a veces atraviesa malas rachas de animos es muy raro en el, pero las tiene yo se lo veo al momento en sus ojos y le digo ¿Antonio que te pasa? Amor mió, y el me contesta cabi bajo nada mami y me mira de reojo el culo yo voy a mi habitación y dejo la puerta entre abierta para me pueda ver desnuda la realidad es que a mi también me excita pensar  que le tengo ahí en la puerta acariciándome con la mirada me visto muy despacio intentando no moverme mucho para no salirme de su campo de visión me imagino como estará su vega dura y erecta esa idea me hace excitarme mucho mas, me visto y salgo de la habitación paso  por su lado y le doy un beso en la mejilla, el suspira muy profundamente, huí que suspiro un millón de euros por ese suspiro yo me di un beso y me fui para la cocina moviendo las caderas ostensiblemente quería saber que haría como reaccionaria su reacción fue mirarme el culo descaradamente y acariciarse la bragueta signo inequívoco de la gran excitación que yo producía en mi hijo estaba alucinando yo una mujer de 49 años ponía a mil a un chico  21 años la situación era tremendamente morbosa decidir disfrutar lo mas posible de aquello situación y porsuesto intentaría que el también disfrutarse tenia que traza un plan lo mas sutil posible para provocarlo sin forzar la situación me compraria lo mas sexy posible iría a peluquería. Todo esto lo pensé mientras comíamos sentada enfrenta de él. Acabamos de cenar y el como todas las noche se va a su habitación a Internet se llevo un buen rato allí cuando se quiso acostar me llamo para que le ayudara a quitarse la ropa tenia el calzoncillo húmedo, joder hijo todas las noches te pasa esto ¿quieres ir al servicio?, no mama, ¿no tienes ganas de orinar?, no, entonces de que te as mojado el calzoncillo, no es pis me dijo el entonces, no me contesto, mi teoría era que veía algo en Internet que le producía gran excitación y le salía pequeña cantidad de esperma, lo acosté y salir de su habitación con la temperatura corporal por nueves oliéndome las manos  a lo que yo creía que era su esperma me atreví a chuparme los dedos húmedos mojado con el néctar de mi hijo sabia deliciosa pero me quedo con ganas de mas, ya en mi habitación me desnuda y me dispuso a dormir no podía conciliar el sueño me tuve que masturba pensando en él, la idea de que el estuviese haciendo lo mismo pensando en mi era muy morbosa conseguir tener un orgasmo tremendo con la imagen de su cara en mi mente oh Dios perdonarme por lo que voy hacer. Me quede dormida con lagrimas en los ojos. El despertador sonó me levante y me dispuso ir a la habitación de él a despertarlo entre a su habitación tractando de hace el menos ruido posible me recline sobre el y empecé a soplarle sobre su hermosa cara suavemente y se despertó. Buenos días cariño, dame un pico mama, le sonreír y se lo di, eres muy guapa mami, gracia cariño ayer te vi desnuda ¡ah si! Qué, pero dime… ¿te gusto?. Si muchisimo mami pero me senti mal mami. ¿por qué cariño? se me puso dura mami, ah si, si, bueno eso es normal en los hombre mi amor, tienes un cuerpazo mami, gracia mi amor tu tambien eres muy guapo que digo guapo eres guapisimo hoy te toca ducharme si mami, ¿te ayudado o te duchar solo? Ayúdame tu mami  venga flojo sentarte en la silla que te llevo al baño, vale. Llegamos al baño. En ese preciso momento tuve una idea quedarme en bragas y sujetador lo senté en su silla para ducharse y empecé a ducharlo primero la cabeza dejar caer la cabeza para atrás para que no te caiga espuma en los ojos así lo hizo se refalo un poco en la silla para esta mas comodo yo le puse una pierna entre las suyas para que no se cayera su vega rosaba mi muslo mami que muslos mas fuertes tienes, y tu la casita muy caliente y muy dura, si mami. Que guapo eres nene todo esto ocurría mientras le lavaba la cabeza con mis pechos a Centímetros de su nariz podía sentir su respiración en mi canalillo joder como me estaba poniendo termine de lavarle la cabeza y me dispuse a lavarle el cuerpo hice como que no encontraba la esponja. Cariño no encuentro la esponja así que tendré que jabonarte con la mano ¿te importa? No no que va, bueno vamos allá eche gel sabré todo su cuerpo lo carisicie cada centímetro de su piel me moría de ganas de llega a su mástil pero me reprimir diciéndome a mi misma tranquila ya tendrás tiempo de disfrutarlo, ahora te toca trabajar a ti darte por tus partes intimas cariño, puso cara de decepción seguramente creería que también iba a lavarlo yo como el resto del cuerpo como hago cuando me pongo la manopla, yo mientras que él se daba por sus partes me miraba en el espejo viendo mas o menos que haría en la peluqueria, ya mama ¿ya acabaste?, si, te ayudo a salir, le ayude a salir fue a su habitación a vestirse y yo fui a la cocina a preparar el desayuno cuando acabo de vestirse vino a la cocina donde estaba yo se poner detrás de mi y empieza acariciarme la espalda y a besármela yo todavía estaba en ropa interior, mami me gustaría verte los pechos. Ahora no, ¿entonces cuando? no se hijo las madre no enseñan esas cosas a los hijos, ¿por qué?, esta mal, ¿por qué esta mal?, no se anda siéntate y come, mientras comía no dejo de mirarme el canalillo con aquellos hermosos ojos muy abierto. ¿qué te gusta lo que ves?, ¿qué?, no dejas de mirarme el escolte , perdón mami, no importa hijo pero no me has contestado, si me gustan mucho, le sonreir pues de aquí te alimentaba recién nacido, pues no me importaría hacerlo otra vez, ¿te gustaría mamarme?, si mucho, le sonreír, uhy cielo que tarde es ya vamos que pierdes el cole él va a un centro de día para minusválidos pero entre nosotros le llamarnos  colé darme un piquito mami bueno esta bien tomar pesado y rosé levemente mis labios con los mios, ummm que dura se me ha puesto mami, ¿cuándo te he besado?, si, tuve que contar hasta diez para no lanzarme hacia su bragueta venga vamos me puse a empujar el carro hasta la parada del autobus, oye mami hoy que vas a hacer mientras que yo estoy en el colegio voy a ir a la peluquería a recortarme el pelo un poco y después voy hace la compra y a limpia en fin de lo siempre ¿y tu que quiere hace mañana?, nada, como que nada haremos algo no. Por mi no, huí que soso que estas poniendo de viejo cariño llegamos a la parada y esperamos el autobús tardo un instante un minuto le ayude a subir y a sentarse en su asiento me despedí con beso en la mejilla yo me baje y el autobús se puso en marcha yo me fui caminando hacia la peluquería entre en ella había unas cuantas de conocidas, buenas, buenas me respondieron entre ellas estaban charlando de paginas de Internet de relatos erótico  ¡ah! Pero hay paginas de eso pregunte yo, si claro me respondieron, y unos relato muy calientitos, entre madre e hijo padre e hija ect ect seguro que Antonio se meter en ellas, no se lo que hace en Internet, ¿quieres la dirección de una? bueno dámela apúntamela en un papelito, cogió su bolso y saco una libreta pequeña y me apunto la dirección ten macarena y que la disfrutes con salud ja ja ja reímos todas, tu turno Macarena dijo la peluquera, que deseas que haga, recortarme las puntas y lavarme la cabeza ya que estoy, una ella dijo a mi me daría machísimo morbo, yo calle mis ideas son mías macarena, estas lista, uhy que pronto. cuanto te de debo ocho euros, jolines anda que tu también metes la uñita. Le pague y me marche hace las compras al pasar por un escaparate vi. un vestido muy bonito y entre para haber si  lo había de mi talla di un vitazo un dependiente se acerca y me pregunto que desea señora, un vestido sexy para mujer de mi edad espérese un momento que ahora mismo se lo traigo entro a la trastienda y me trajo tres o cuatro si lo desea puede entrar en el probador, si gracia, entre y me lo probé, me gusto mucho uno azul marino muy escoltado me resaltarba  mis pechos perfecto para lo que yo lo que yo lo quería ¿cuándo vale? Le pregunte desde dentro del probador cuarenta y dos euros, envuélvemelo, que guapa estas con ese peinado me dijo el dependiente,  muchas gracias hijo, metérmelo en una bolsa, aquí tienes, me fui a mi casa lo primero que hice al llegar a mi casa fue empezar a cocinar lo prepare todos los menesteres y lo puse a que se hiciese, mientras tanto yo fui a ver aquella dirección de Internet que me habían dado conecte Internet abrir el Explorer y comencé a teclear la dirección cual fue mi sorpresa que cuando puse las primeras tres letras de la dirección me apareció en la barra de direcciones me sonreír y murmuré que granujilla eres ahora entiendo tu calzoncillos húmedo te excitabas tanto se te escapaba tu liquido, que bien, cerré el explore y hice una cosa que yo no suelo hace nunca mira sus archivos de texto había un archivo con nombre madre e hijo. y lo abrí para ver lo que era y era un relato entre madre e hijo  dios santo empecé a leerlo me moría de la excitación me puse chorreando los muslos de pensar que Antonio pudiese imaginar aquellas escenas con migo.

La hora de ir a por el a la parada del autobús estaba llegando y me dispuse a salir por el, llegue a la parada y al momento llegó el autobús Antonio miro por ventanilla para haber si estaba yo y cuando me vio se sonrió subir para ayudarle a bajar y me pregunto ¿qué te as hecho? Te lo dije esta mañana oye nene he estado pensando que si no quieres hacer nada mañana ¿qué te parece si hacemos algo esta noche?, ¿A ti te apetece? Bueno venga sin mucha ilusión, creo que estas con la depresión de los vertí y uno, será eso, tengo una sorpresa para ti, ¿cuál?, Ya verás esta noche cuando salgamos, ¿y a donde vamos a ir si se puede saber? Han abierto un pub nuevo cerca de casa, si ya, ¿lo has visto? Si, pues ahí. Llegamos a la casa y se puso al ver la tele que le encanta, cariño me voy a ducha, eso es injusto, el que, tu me puedes ver en bolas a mi y yo a ti no, jajajaja eso a sido muy bueno hijo muy bueno, quien sabe a lo mejor mañana recibes una sorpresa muy sorpresiva jajajaja. Me metí en ducha el tibia corria por mi piel el agua se deslizaba por mi piel termine de ducharme mi hijo seguía viendo tele cariño empieza a vestirte, voy mami, te ayudo, no mama puedo solo, de acuerdo, entro en su habitación a vistirse mientras yo me acababa de arregla quería esta totalmente terminada para cuando el saliera de su habitación me viese totalmente arreglada me puse el vestido nuevo y no salir de mi habitación hasta que él no salió de la suya, vi que él salía y se iba al salón esperé un momento para que se acomodarse y salir, hola guapo, me miro, con ojos muy abierto, ¿te gusta m vestido nuevo?, si, que cuerpazo tienes mami, ¿te excito? Si un montón mami, tu tampoco té quedas atrás también estas muy atractivo, pues vamonos y salirmos de casa y nos digirimos al pub entramos y nos sentamos en una mesa que había en un rincón en la entrada había un sillón con forma de ce en ese sillón nos sentamos su ojos no los quitaba de mi canalillo el camarero vino y pedirmos bebidas y unos bocadillos yo puse mi mano en su muslo y se lo acaricie nos moriamos de deseo de que mi mano llegar a la bragueta pero no me atreví a dar ese paso el camarero nos trajo los bocadillos y las bebidas  comenzamos a tomarlas sin quitarmos la vista de encima uno del otro nos comimos los bocatas y nos bebimos las bebidas  y salimos a la pista a bailar aprovechando que no había mucha gente a él le encanta bailar con su carro de ruedas además que lo maneja perfectamente yo enfrente de él brincando como una quince añera la gente que vieron dirían esta esta loca y no les faltaba razón. De vez en cuando Antonio me cogia de las caderas y asín estuvimos un buen rato el metió un mano por debajo de mi vestido y me acaricio un muslo., yo le dije te quiero al oído y el me respondió con una sonrisa pague las consumiciones y salimos de Púb. yo me deje de caer en el espalda con los brazos estrechando su cuello íbamos charlando de vez en cuando nos besamos en mejill