Tío Horacio siempre me pareció un viejo verde, un egoísta, un malintencionado. Una mala persona, en definitiva. Su aspecto me resultaba abominable, enorme, ceñudo, como si invisibles pinzas colocadas sutilmente en su rostro le dieran esa apariencia de animal relamiéndose ante el dolor que le causaría a su presa.
En varias reuniones familiares lo descubrí mirando con insano interés a mis primas, a sus sobrinas. Eran ellas apenas niñas, de pequeños pechitos y largos cabellos rubios. Yo también las miraba con deseo, pero lo entendía natural, teníamos casi la misma edad y para ese entonces no sabía qué era el incesto.
En otras ocasiones lo observé tratando de manera despectiva a algunas personas, como asimismo hablando mal de gente a la que no conocía y que a mí, por empatía, me resultaba agradable.
Toda esa sumatoria hacía que mi concepto de tío Horacio fuera negativo. Pero lo que más bronca me daba era que tuviera la suerte de tener a Olga por esposa. Tía Olga, en realidad, era la mujer ideal para tío Horacio. Frívola, egocéntrica, altanera, pero mis sentimientos no la calificaban en ese entonces como una versión femenina del hermano de mamá. Es que tía Olga era la protagonista principal de mis fantasías sexuales.
Cincuentona ella, entrada en carnes pero voluptuosa, de enormes pechos, anchas caderas, abundante trasero, cabello teñido de caoba y ondulado en grandes rulos, siempre calzando tacos altísimos, luciendo generosos escotes, cortas y ajustadas faldas de tajo a los costados y los diez dedos de sus manos adornados con llamativos anillos. Y su rostro; no hermoso, pero en cada uno de sus rasgos estaba presente la lujuria, especialmente en su desdeñosa boca de gordos labios y en sus ojos siempre delineados, de mirar inquietante.
La democracia había llegado con muchas novedades, coincidente con el inicio de mi adolescencia. Antes que los represores comenzaran a caer, a mis manos llegó la pornografía en material mentiroso, que me mostraba del sexo una imagen que luego encontraría distinta en el plano real, pero que por un buen tiempo me hizo ver a la mujer como un animal del deseo y no como a una persona.
Y tía Olga era para mí eso, una hembra en celo, y su cuerpo exuberante se me aparecía en sueños, estando dormido o despierto, provocándome revoluciones hormonales y explosiones en mi entrepierna que me anunciaban los secretos de mi virilidad.
Por aquellas fechas entró a trabajar en casa Lidia. Cocinera, mucama, ama de llaves, niñera mía. Sólo tenía dieciséis años, tres más que yo, pero era mi niñera. Delgada, morena, sumisa en apariencia, mas pronto descubriría que estaba de vuelta de muchas cosas.
Una noche la descubrí en el patio trasero con Manuel, el cadete del almacén de la esquina. Primero pensé que luchaban, pero no, se besaban, se tocaban. Las revistas con mujeres desnudas dejaron de ser mis amantes preferidas para darle lugar a mi rol de voyeur. Todas las noches, esperando que la casa se durmiera, salía por mi ventana, trepaba al techo y desde un rincón estratégico pero forzando la vista me dedicaba a espiar a Lidia y a Manuel. Cada día deseaba que fuera más temprana la llegada del sueño de los demás, y sabía que Lidia ansiaba lo mismo.
Con su delantal gris Lidia no parecía sensual, pero en las noches, semidesnuda a instancias de Manuel, se me antojaba una diosa del sexo. El cadete del almacén succionaba goloso sus pequeños pero turgentes pechos mientras que con una mano le frotaba la entrepierna. Ella también le tocaba allí, enloqueciendo a aquel muchacho, que al año siguiente debería hacer el servicio militar.
Una de esas noches, mientras cumplían con su secreto rito, cometí una torpeza y el trozo de un ladrillo suelto cayó al piso. Manuel no se dio cuenta. Obnubilado hacía algo por primera vez, besaba entusiasmado la entrepierna de Lidia, pero ésta elevó sus ojos y estos se encontraron con los míos. Primero se alarmó, lo sé porque casi no vi sus párpados, sino muy redondos los globos blancos donde habitaban sus oscuras pupilas, pero su alarma pronto desapareció. Creo que fue cuando descubrió lo que yo estaba haciendo. Luego sé que le gustó tenerme como espectador, aunque no se lo dijo a Manuel, fue nuestro secreto.
A partir de entonces, todas las noches Lidia miraba hacia el techo, me miraba a mí, mientras retozaba incómodamente con Manuel.
Lo incómodo para mí ocurría durante el día. Me avergonzaba mirar a nuestra fámula a los ojos, temía encontrar burla. Entonces me prometía no volver a espiarlos, pero llegada la noche mi lascivia me llevaba al techo de casa.
No lo había tomado en cuenta, pero esas noches formaron parte de un mes de sequía, hasta que siendo la mitad del verano, una tormenta eléctrica acompañada de torrencial lluvia cayó sobre la ciudad.
Lidia y Manuel no pudieron reunirse en esa oportunidad, y yo tampoco pude participar como observador en ese excitante juego. Estaba inquieto, me había acostumbrado a esas sesiones y a falta de ellas me sentía con un síndrome de abstinencia que ni siquiera las revistas que escondía en mi cajón secreto me satisfacían.
Todos dormían cuando fui al baño para mojarme la cabeza. Al salir me dirigí a la ventana, y mientras miraba los rayos me sobresaltó un movimiento que detecté en la oscuridad, junto a mí.
— Cómo llueve, ¿no?
Era Lidia. Al parecer también estaba insomne.
— Me asustaste.
— ¿No podés dormir?
— No tengo sueño, para colmo se cortó la luz.
— Sí. Yo tampoco puedo dormir.
El silencio ganó el momento y sólo escuchábamos el agua. Al cabo de segundos que se me hicieron eternos, un nuevo sonido se sumó, el suspiro de Lidia. Luego otra vez silencio, hasta que me nació interrumpirlo.
— ¿Hoy no viene Manuel?
No la miré, pero le adiviné una sonrisa.
— Hoy no.
— ¿Se van a casar?
Emitió una risita, que pronto apagó cubriéndose la boca. Susurrábamos, éramos socios para no perturbar el sueño de los demás.
— No. No me gusta Manuel.
— Pero yo… ustedes son novios, ¿no? –dije sorprendido.
— Somos amigos, nada más.
— Pero se besan.
—Eso no quiere decir nada. Me gusta como besa, pero nada más. ¿Vos besas bien?
Nunca había besado a ninguna chica. Una vez, en la escuela, Clara, la gorda Clara, me había besado en la boca, pero aquello no podía considerarse un beso de pasión.
— Dicen que bien –respondí.
— ¿Quiénes dicen? –preguntó, maliciosa.
— Las chicas.
— ¿Tus novias?
— Amigas.
— No te creo, no veo que tengás amigas en el barrio.
— En el barrio no, pero sí en el de mi abuela.
— ¡Uh! Pero eso es muy lejos y vas muy poco. No creo que besés tan seguido.
— No, pero cuando beso les gusta mucho.
— ¿Y no te dan ganas de besar en una noche como ésta?
Me electrizó esa pregunta. La miré pero sus ojos observaban la calle oscura, a través de la ventana. Aproveché para bajar los míos y la descubrí usando solamente una remera larga hasta las rodillas y sandalias. Me excitaron sus piernas desnudas, también la turgencia de sus pequeños pechos.
— ¿Me dejás besarte? –pregunté.
Su respuesta fue una mirada, que pronto fue acompañada por una sonrisa. Acercó su rostro hacia el mío y sentí sus labios buscando mi boca. Ya estaba erecto, pero fue aquella caricia lo que me lo hizo notar.
La abracé fuerte, ciñéndola a mi cuerpo y tomando parte activa en el beso. Sentir su humedad y hallar su lengua con la mía me llenó de deseo.
— ¡No muerdas! –exclamó, susurrando-. ¿Así besás? Tenés que hacerlo de esta manera.
E imponiéndome pasividad me enseñó a besar, abriendo con sus labios los míos e introduciéndome en la boca su lengua. Así aprendí a dejar afuera del ósculo el roce de los dientes. Al cabo de unos minutos ya me sentía un besador veterano y ambos nos chupábamos la boca, mientras sus manos acariciaban mis cabellos y las mías su trasero, su pequeño pero duro y redondo trasero.
La pasión hizo presa en mí. Pronto había alejado a Lidia de la ventana, arrinconándola en la pared, frotando mi cuerpo con el suyo, mientras mi boca iba de su boca a su cuello, y mis manos bajo su remera sorteaban el obstáculo de su bombacha para masajear sus nalgas. No pude evitarlo, aquello era nuevo para mí, y así sentí el orgasmo sacudiéndome en una oleada de indescriptible placer.
Traté de simular ese accidente, mas Lidia lo notó.
— Estás mojado –dijo-. ¡Acabaste!
Me dio vergüenza que lo descubriera, pero antes que atinara a dar alguna explicación me sentó en una silla y sacó por la abertura del calzoncillo mi pene. Estaba mojado, totalmente empapado en semen. También continuaba erecto.
— Mi bebito se ha mojado, pero mami lo va a secar –ronroneó, mirándome con sus negros ojos entornados y una sonrisa maliciosa.
Pronto sus labios gordezuelos formaron una letra “O”, y en su hueco vi desaparecer mi pene, al tiempo que una sensación maravillosa me hacía sentir que caía a un profundo abismo, pero con la seguridad que a su término me aguardaba un mullido lecho.
Lidia comenzó a succionar suavemente, golpeando mi glande con su lengua, su lasciva lengua, y pronto su manera de chupar fue más y más intensa.
Tenía ganas de gritar, de decirle cosas sucias, cosas que avergonzaran a cualquiera, pero debía guardar silencio. En cualquier momento alguien podía aparecerse en la cocina y hacer que esa deliciosa escena fuera un drama. Pero cómo pensar en una posibilidad así cuando el placer que me brindaba aquella boca era tan maravilloso. Un estremecimiento me invadió y aguantando la respiración sentí un shock, mientras un río de esperma brotaba de mi virilidad. Lidia gimió como presa de una especie de trance, sin dejar de chuparme. Incluso al terminar de salir semen de mi pene su boca seguía y seguía, hasta que se lo quitó de los labios.
— ¡Qué rico! ¿Viste? Mami te lo limpió. ¿Te gustó?
— Muchísimo –le dije desfallecido. ¿Le hacés eso a Manuel?
— Poco, le gusta más que se la sacuda con la mano.
— Pero eso es lo mismo que… hacerlo solo.
— Gustos son gustos.
— Y a él le gusta besarte entre las piernas.
— Y a mí me gusta que lo haga.
— ¿Te gusta?
— Me vuelve loca.
— ¿Me dejás probar? –casi rogué.
Sin responder, se quitó la bombacha y me la arrojó a la cara, luego se sentó frente a mí, en otra silla, y levantó una pierna, apoyando su pie en el borde de la mesa.
— Vení –invitó.
Me arrodillé ante ella y mientras sus manos lentamente levantaban su remera, fui descubriendo su vagina. Una selva de ensortijados vellos rodeaba una boca, que se abrió cuando sus dedos se encargaron de descubrirme cómo sonreía.
— Dale, besame –ordenó.Era extraño, pero tuve cierta aprehensión. Era algo peludo y desconocido, pero pronto recordé el entusiasmo con que Manuel besaba aquel sexo, entonces cerré los ojos y la besé. Lidia ahogó un gemido, mientras su diestra me tomó de los cabellos, apretándome contra su entrepierna. El sabor que invadió mi boca fue uno de los más deliciosos que he probado. Lo sentí apenas mi lengua se atrevió a meterse en esa boca vertical y llenarse de su humedad. Me dediqué a disfrutar, pero también a chupar en los sectores que más placer le causaban a Lidia, como esa pequeña pepita ubicada en la parte superior de aquel húmedo y caliente tajo. Me excitaba verla excitada.
Supe que podría estar chupándola hasta que saliera el sol, que nunca me cansaría de saborearla, pero de repente me tomó del cabello y suavemente apartó mi cara.
— Dejame un poco más, me gusta –pedí.
Pero ella me sentó otra vez, juntó mis piernas y se sentó a horcajadas sobre ellas. Su hermoso rostro moreno estaba serio, sus ojos perdidos, gemía sin que la tocara. Sentí una de sus manos apretándome el pene, nuevamente erecto, y enseguida noté que algo me acariciaba la cabeza, era lo que había estado besando.
La vi morderse los labios, al tiempo que una de las sensaciones más imposibles de describir ganó todo mi ser, cuando finalmente se sentó, hundiendo mi miembro en su caverna húmeda y abrazándose fuerte, muy fuerte.
Iba a gritar, aquello era lo más intenso que me había ocurrido, cuando me tapó la boca con la suya, en un beso que aumentó al límite de la locura mi excitación. Así, sin dejar de entrelazar mi lengua con la suya, comenzó a moverse, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, incitándome a ayudarla en ese delicioso vaivén vertical, para lo cual la tomé de la cintura y me deleité esforzándome con su peso.
Al dejar de besarme se alejó lo suficiente, pero sin dejar de cabalgarme, y levantó con sus manos la remera, hasta dejar al descubierto sus pechos, los cuales me aplastó en el rostro, permitiéndome oler su fragancia sencilla pero deliciosa. Busqué sus pezones y los chupé ansioso. Noté que le excitaba sentir delicados mordiscos y le obsequié varios. Sentía cercano el orgasmo, pero era tan delicioso tener así a Lidia que quería prolongar el momento. Eso no evitó que ella no hiciera lo mismo, pero tuvo dos o tres, no recuerdo cuántos, pero fueron varios. Eso lo descubriría luego.
— ¿Estás por acabar? –me preguntó al oído, con voz enronquecida y jadeante-. Acabemos juntos –propuso, al contestarle que sí de manera igual.
Entonces Lidia hizo más y más violenta su cabalgata, y yo me esforzaba por entrarle más y más en sus entrañas, hasta que lo sentí venir y la apreté con todas mis ansias a mi cuerpo. Temblando y abrazados como si fuéramos uno solo fuimos socios de nuevo, no únicamente en el silencio, sino también en un orgasmo increíble, tras el cual nos quedamos así, abrazados, bañados en sudor, exhaustos, satisfechos.
Luego de algunos hermosos instantes se levantó suavemente, liberando mi miembro, apenas fláccido, y tras darme un beso suave en los labios dejó caer su remera, cubriéndose, y se marchó, dejándome allí, sentado en esa silla que habíamos corrido casi dos metros con nuestro vaivén.
Esa noche me dormí muy entrada la madrugada, casi cuando se anunciaba el sol. Me había convertido en hombre.
El mirador mirado
Lidia continuó con sus apretadas con Manuel, pero ya no tan seguidas. Hasta entonces se veían casi todas las noches, haciéndose a partir de nuestra aventura casi esporádicas. Manuel era mayor, era más hombre que yo, pero conmigo tenía la comodidad de poder tener sexo en la casa. Luego supe que otro de los placeres de Lidia era ser mi maestra en sexo. Después de todo su boca era la primera que besaba, también su sexo el primero que saboree y toda ella la primera mujer que había poseído.
Mis revistas y fantasías pasaron a segundo plano, ya que por las noches Lidia llegaba sigilosamente a mi dormitorio, cerraba la puerta con llave y se metía en mi cama, desnuda, pues yo desnudo la esperaba, y gozábamos durante varias horas.
A mediados de verano eso ocurría todas las noches, había logrado desplazar a Manuel.
En una de esas inolvidables sesiones, nos quedamos dormidos. Fue hermoso, a pesar que el canto del gallo nos anunció el comienzo de un nuevo día y sólo por escasos minutos mi madre no nos descubrió.
Pronto no nos bastaron las noches y también comenzamos a vernos durante las siestas, encontrándonos a escondidas en “La Casita”. Así llamábamos a dos habitaciones ubicadas en el fondo del enorme patio de casa, que se usaban a modo de desván. En la segunda dependencia, entre muebles rotos, cajas con cosas viejas y demás artículos en desuso, habíamos improvisado una cama con unos almohadones rasgados, una alfombra gastada y varios retazos de tela a modo de sábanas.
Hacía un calor infernal en ese sitio, pero lo soportábamos gustosos pues el placer que nos prodigábamos era mucho y nos bastaba mitigar la temperatura con un bidón de agua fresca que consumíamos en la hora y media que transcurríamos en “La Casita”.
Prácticamente todas las tardes y todas las siestas, salvo algunas excepciones que no lo permitieran, Lidia y yo dábamos rienda suelta a nuestra pasión adolescente. De noche en mi cama o en la suya (una vez lo hicimos en el techo, pero temimos ser vistos), y por las siestas en “La Casita”. Quizá lo que me excitaba tanto de Lidia era su lujuria. Era cariñosa, dulce, pero su actitud hacia mí nunca fue romántica, ello hizo que mi aprecio no se convirtiera en amor. Años más tarde me daría cuenta que el uno para el otro sólo éramos objetos de deseo, aunque con aprecio de por medio.
Aquella siesta dudamos en ir a nuestro escondite. Tío Horacio y tía Olga habían venido a almorzar y, como vivían lejos y como por la noche festejábamos el cumpleaños de papá, se quedaron a pasar el día. Recuerdo que era sábado.
Tía Olga usaba un vestido negro con lunares rojos, demasiado ajustado, ya que marcaba los rollos de su cintura. Sin embargo lo que observé fue lo evidentemente grande que era su trasero, redondo, sus macizas piernas enfundadas en medias de red, tacos aguja en sus sandalias y un escote que mostraba la unión de sus enormes pechos. “Parece una puta”, solían murmurar mis padres cada vez que tía Olga nos visitaba. Era cierto, lo parecía, y la fantasía de que lo fuera me excitaba mucho. Tío Horacio siempre me había caído antipático, y más al imaginarlo montando la yegua que era su mujer. Mientras Lidia servía la comida vi a mi tío mirarla con lascivia. Se me ocurrió cambiársela por la tía esa tarde, pero obviamente que sólo fue una ocurrencia de unos segundos, pero me hubiese encantado.
En dos oportunidades tía Olga me sorprendió mirándole el escote. Sonrió guiñándome un ojo con picardía, a lo que respondí fingiéndome distraído, esperando que no lo hubiese notado, aunque pronto sabría que no era así.
Durante todo el almuerzo sentí una excitación intensa. Me costaba tener sentada a la misma mesa a la tía Olga fingiendo que esa comida era una reunión familiar. Tenía deseos de masturbarme o de ir a la cocina para buscar a Lidia, subirle el delantal, bajarle la bombacha y…
La siesta tardó mucho en llegar. La sobremesa, debido a las visitas, se extendió, y por un momento temí que nadie se acostara, pero finalmente el bostezo de tío Horacio los hizo poner de pie a todos y retirarse a descansar. Esperé media hora en mi cuarto. Siempre aguardaba ese tiempo, el calculado para que todos estuvieran dormidos, y entonces me dirigí a “La Casita”. Al cabo de unos minutos llegó Lidia.
— ¡Uff! Creí que nunca se acostarían.
— Yo también pensé lo mismo, justo hoy que tengo tantas ganas de coger.
— ¡Mmmm! ¿Está calentito mi bebito? –preguntó con esa vocecita de gatita que tanto me calentaba, y de un empujón me hizo caer sobre nuestra improvisada cama.
Hábilmente Lidia me bajó los pantalones y mi miembro saltó duro, como un resorte. Sonrió, mirándome con lascivia, y se lo metió en la boca, chupándolo con deleite, haciéndome delirar de gusto.
Mi pene sentía el calor, la humedad y la fuerza de su boca como si fuera la primera vez. Lidia succionaba cada vez más fuerte, naciendo en ella una excitación que la transformaba, hasta dejarla convertida en una hembra sedienta de sexo.
Fue en ese momento cuando el placer dio lugar al pánico. Al mirar instintivamente hacia la puerta que comunicaba las dos habitaciones de “La Casita”, encontré a tía Olga, mirando la escena estática. Por unos segundos no sentí nada, el terror se apoderó de mí, pensé lo peor, lo que tantas veces había temido, y de pronto tía Olga desapareció.
Muchas cosas pasaron por mi mente en ese momento. No se lo dije a Lidia, pero durante unos instantes me quedé quieto, sin atinar a nada, aguardando que de un momento a otro aparecieran mis padres y ocurriera la tragedia.
No hubo sexo esa siesta. Lidia se fue a dormir excitada y algo molesta, yo lo hice temblando de miedo.
En la soledad de mi cuarto me pregunté si tía Olga había visto la cara de Lidia. Al menos esperaba convencer a todos de que era otra chica y así proteger a mi amante. También traté de recordar el gesto de la cuñada de mamá al encontrarnos, pero no pude convencerme de si había demostrado enojo, una mala impresión o complicidad.
Llegada la tarde no quise salir de mi dormitorio. Todos estarían merendando en el patio, pero no me daba la cara para enfrentarlos. Alrededor de las cinco y media Lidia abrió la puerta.
— Augusto, te llaman –dijo, aún algo molesta.
— ¿Quién? –pregunté sin poder ocultar mi temor.
— Tu mamá –respondió.
En cinco minutos me plantee mi futuro, y las posibilidades más extremistas se me formaron como una larga fila de terribles presagios. Juntando valor y decidido a proteger a Lidia, me dirigí al patio.
Nunca las cosas salen igual a como las imaginamos; a veces salen peor, a veces mejor, pero nunca igual. Y en esa ocasión no podrían haber resultado mejor.
— Augusto, acompañá a la tía a la casa y arreglale el farolito de la entrada mientras nosotros vamos con tu tío a buscarle el regalo a papá, aprovechando que fue a recorrer la clínica por si había alguna emergencia.
La sonrisa de mamá era amplia. Notorio era que en su mente sólo importaba en esos momentos la alegría de papá al ver su sorpresa.
— Tu mami me dijo que sos muy buen electricista, Agus –dijo tía Olga, mirándome con una sonrisa muy amplia y un brillo extraño en sus ojos.
— Eh… sí, bah… me gusta mucho.
— Debe ser una pavada –acotó tío Horacio-, pero si arreglás esos faroles también vas a tener un regalo.
Abordé el auto de los tíos con aprehensión a estar a solas con tía Olga, pero no quedaba otra alternativa. Por primera vez la veía sentada ante el volante, lo que implicaba ver más de sus piernas, ya que su corto vestido se había subido, pero no logró excitarme tanto como hubiera ocurrido bajo otras circunstancias.
Hablando de todo un poco (tía Olga era una máquina de hablar), pero conduciendo veloz y magistralmente, la cuñada de mamá dejó el barrio dirigiéndose hacia las afueras, donde estaba su casa-quinta, haciendo solamente un alto en un kiosco, cuyo propietario quedó encandilado con su enorme trasero y la forma de menear las caderas.
Al llegar a su casa entramos y, antes que nada, colocó un disco de boleros en el combinado, para luego invitarme a sentar en los sillones del living.
— Agus –siempre me llamaba así-. ¿Sabés qué es esto?
Me mostró un sobre plástico. Deduje que era lo que había comprado en el kiosco. Al leer la etiqueta me sorprendí.
— ¡Son con…!
— Condones –terminó la palabra-. ¿Sabés para qué se usan?
— Para no embarazar a las mujeres.
— ¡Exacto! -celebró gozosa-. Esto es lo que usan los hombres para que las chicas no se embaracen a la hora de tener relaciones sexuales. ¿Los usaste alguna vez?
— No –dije más que incómodo.
— ¿Y sabés si esa chica que trabaja en tu casa toma algunas pastillas?
— No.
— ¿No sabés o no toma?
— No sé.
— ¡Mal, muy mal! ¿Pensaste en lo que pasaría si la embarazaras? Tenés trece añitos, mi amor, imaginate cómo se amargarían tus papis si eso pasara.
También pensá en cómo le arruinarías la vida a esa chica. ¿Cuántos años tiene, catorce, quince? ¡Mi vida! Tenés que preguntarle si toma pastillasanticonceptivas, ¿te vas a acordar? Y si te dice que no, cada vez que tengas sexo con ella tenés que usar estos condones. ¿Cuántas veces te acostás con ella?
No respondí. Me ardía la cara por la vergüenza.
— ¡Decime, corazón! No le voy a contar nada a nadie, ya viste que no dije nada de lo que vi hoy. ¿Cuántas veces se acuestan?
— Todos los días.
— ¡¿Todos los días?!
— Sí, a la siesta y a la noche.
— ¡Agus de mi vida, sos un toro! ¡Claro, a tu edad debés tener una fábrica de lechita! Con más razón debés usar los globitos, ¿de acuerdo, bebé?
— Sí, tía Olga.
— ¿Sabés cómo se usan?
— ¿Se ponen en el pito?
— Sí, pero tiene que estar durito. Mostrámelo y te enseño.
Aquello me agitó. Jamás haría semejante cosa, demasiado era mantener una charla tan directa sobre un tema tan tabú con una mujer mayor, y encima de la familia, pero mostrarle mi sexo… ¡ni a mi madre!
— No, tía Olga, me las voy a arreglar, no se preocupe, mejor dígame donde se corta la luz y arreglo los faroles.
— ¡Lo de los faroles es mentira, bebito! Era una excusa para poder hablar de este tema tan importante. Andan perfectamente, pero como tu tío es tan despistado ni cuenta se ha dado. Mostrame el pito.
— ¡No!
— Agus, mostrame el pito o voy a tener que hablar con tu mamá.
Lo dijo con seriedad y un tono amenazante. Me quedé estático durante unos segundos, mirándola a los ojos. Casi sollocé, lo peor que me podía pasar era que mi madre se enterara de que cogía a la empleada. Mil cosas pasaron por mi mente, y casi sin reaccionar ya estaba de pie, frente a tía Olga, con los pantalones y los calzoncillos bajos, y mirando al techo.
— Claro, Agus, ahora el pito está dormidito, así no podés ponerte el condón, hay que despertarlo.
Sentí sus dedos anillados acariciarme el pene. Todo mi cuerpo temblaba, sólo pensaba en que jamás me recuperaría de tal bochorno.
— Estás muy nervioso, bebito, no tenés por qué, ya que soy tu tía y te conozco de chiquito. Vení conmigo.
La seguí hasta el dormitorio y en su cama me hizo sentar. Luego encendió un velador y sobre la pantalla colocó un pañuelo rojo que provocó un efecto lumínico extraño en la alcoba. “Sabor a ti” sonaba en el living.
Tía Olga dejó caer a mis pies unos mullidos almohadones y en ellos se arrodilló, me acarició las piernas y mirándome de igual modo a como lo hacía Lidia, me dijo:
— Ahora te voy a hacer lo mismo que te estaba haciendo la nena esa.
Y sin decir más su boca pintarrajeada se tragó mi miembro, chupándolo de una manera tal que ahora me obliga a corregir algo que dijera antes: jamás me había sentido tan en las nubes como ahora.
Pensé en apartarla y salir corriendo. Deseaba a esa mujer, me había masturbado pensando en ella y he había imaginado penetrándola cuando en realidad estaba con Lidia, pero… ¡Era mi tía! Sin embargo el placer me venció y me dejé caer en la cama, entregado al deleite de sentir esa boca succionándome. Al cabo de unos instantes sentí a tía Olga gemir, sin dejar de chupar mi miembro, y al mirarla la encontré masajeándose entre las piernas de una manera casi obscena, pero que me fascinó.
Pronto me sentí al borde del orgasmo, y tía Olga pareció enterarse como si le hubiera enviado un mensaje telepático, ya que interrumpió su acción y se quedó mirando mi pene, que latía de manera casi dolorosa. Transcurridos unos instantes rompió el sobre plástico con los dientes y sacó un círculo color piel.
— Creí que ibas a largar lechita, Agus –dijo con una vocecita que pretendía ser inocente.
Pronto colocó el círculo sobre la cabeza de mi pene y con sus dedos en forma de “O” comenzó a bajarlo, viendo como el tronco se iba vistiendo de látex.
Seguidamente la tía se puso de pie, se sacó la bombacha sin hacer lo propio con el vestido, y se acostó a mi lado.
— Vení, Agus, subite arriba de la tía, hacele lo mismo que a la nena esa –gimió casi en un ruego. No esperé a que lo repitiera, me trepé a la voluptuosa humanidad de tía Olga e hice algo que venía haciendo todas las noches y todas las siestas, la penetré.
— ¡Ah ah ah… Agus… potrillito… mmmm así… así… coja bien a su tía… mi amor!
Sus gritos me excitaron a full. Siempre había deseado que Lidia no se reprimiera, que aullara así, pero en la casa era imposible, aunque en esa quinta, sin vecinos, a puertas cerradas…
— ¡Así… mmm… qué ricura… cójase a la tía, mi amor… hágala gozar… déle gustito!
— ¡Tía Olga… tía… tía…!
Recuerdo tan real su voz y sus gritos, que me excita sobremanera y me siento aquel adolescente que fui hace tantos años. También recuerdo que no pasó mucho para que descargara mi leche en esa bolsita de látex, pero sin que por ello mis deseos cesaran. Sé además que la tía Olga llegó a varios orgasmos, pero quería más, y más.
— ¡Más… más… más… no parés, Agus… cojela bien a la tía que hace mucho que no le llenan la cuevita… ah… ah… ah…!
Mientras iba en busca de mi segundo orgasmo, me las ingenié para profanarle el escote y liberarle los pechos. Enormes tetas rosadas, algo caídas pero tanto o más sabrosas que las de Lidia. Me llené la boca de su miel y mordí sus pezones con la conocida experiencia obtenida con Lidia, lo que enloqueció a tía Olga, cuyas piernas rodearon mi cintura. Los boleros continuaban en el living, pero no supe qué temas eran, ya que los gritos de mi tía y el crujir de la antigua y enorme cama de bronce inundaban el dormitorio.
Mi tercer orgasmo fue el quinto o el sexto suyo, tras los cuales ambos quedamos en la cama, abrazados. Tía Olga jadeaba, toda sudada, como yo, y su corazón parecía un caballo desbocado.
Al normalizarse su pulso y su respiración, me besó en la frente y me acarició los cabellos.
— Volvamos a tu casa, Agus. Me voy a cambiar de vestido y vos lavate un poco la carita y arreglate la ropa. Esto que hicimos hoy es un secreto entre nosotros, nunca le digás nada a nadie, ¿me lo prometés?
— Sí, tía, más vale que se lo prometo. Tía, ¿a las mujeres les gusta que se la metan por la cola? –pregunté, ya sin ningún resquicio de vergüenza.
— A algunas sí, a otras no. ¿Te gusta mi cola?
— ¡Me encanta!
— ¡Qué divino que sos, bebito! ¿Sabés una cosa? A mí me encanta por la cola. Mañana tu tío se va a pescar con los amigos y te voy a traer así la culeás bien a la tía, ¿querés?
Por mi gusto hubiera hecho aquello en ese momento, pero ella tenía razón, debíamos volver. De todos modos, el domingo, es decir el día siguiente, tía Olga volvió a llevarme a su casa con la excusa de que la acompañara durante la ausencia de tío Horacio, es decir hasta la noche. Fue un domingo lleno de lujuria y pasión que jamás olvidaré, pero esa es otra historia.
Esa noche volví a fornicar divinamente con tía Olga, pero sólo en mente, ya que en realidad el cuerpo que reemplazó al suyo cuando todos dormían era el de Lidia, cuyo malestar había desaparecido y el deseo crecido, gracias a la abstinencia de la siesta. Tuve que enseñarle cómo colocar un profiláctico en un pene y aprendió para qué servía. Ese sábado de verano aprendí no sólo el encanto del incesto (aunque no tuviera lazos sanguíneos con tía Olga), sino también el significado de la infidelidad. Pero Lidia hubiera comprendido tan bien como lo hizo mi querida tía.
Augusto Cardenal
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