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La humillación / Primera parte

Miércoles, febrero 14th, 2007

La historia que relato a continuación es real como la vida misma, creo que al contarla una parte de mi se desahogará y podré liberarme de la humillación constante en la que vivo, sometida por mi marido desde hace mucho tiempo. Bueno y mi amiga tambien, por motivos personales prefiero cambiar los nombres,
aunque no creo que mi marido lea esto nunca, no sé manejar este y esto
me lo escribe un amigo, para mí muy especial, me ha prometido que me enseñará.
Me casé muy joven, a los 18 años, era prácticamente una
niña, pero en el pueblo en que vivo mi marido era entonces el mejor
partido que podía aspirar.

Paco –le llamaré así aunque no es su verdadero nombre-,
era un hombre bastante bruto, criado desde pequeño en la rudeza del
campo, ocupado en mantener la enorme finca que heredó de su padre. Tenemos
cabezas de ganado –prefiero no especificar- y tierras de cultivo.
Dinero, afortunadamente no nos preocupa, Paco es tan tacaño que lo
raciona todo, menos la comida de casa.
Paco tenia 23 años y yo 18 cuando nos casamos, desde un principio sabía
que no era tierno ni tenia delicadeza alguna, pero en un pueblo como el que
vivimos, tampoco tiene mucha importancia, la ternura y la delicadeza quedan
un poco para las madres o son cosas de maricones de la capital, como dice él.
El único contacto que tengo con gente es con el capataz de la finca
y con su mujer. – la llamaré Rosa, y yo María -. Rosa es
más joven que yo, como era huérfana el juez le dio permiso para
casarse con 17 años con Rafael, nuestro capataz. Él tenia 24
años.
Para haceros una idea de la vida en nuestra comarca, os diré que en
las tierras de mi marido vive la gente que nos la trabaja y hasta no hace mucho
existía el derecho de pernada, es decir el dueño de las tierras
era el primero que yacía con la novia cuando se celebraba una boda.
Aunque cueste de creer en las tierras de mi marido todavía sucede,
yo no lo he visto pero he oído comentarios sobre ello a la gente del
campo. Ryo me dijo que a ella nunca la había montado, suponía
que como su marido era el capataz la respetaba.
Rosa es morena como yo, tenemos el pelo muy negro. Y de nuestros cuerpos que
queréis que os diga, yo creo que sin ser modelos si estamos apetecibles
(buenas zorras para joder y preñar como dice mi marido).
En los primeros meses de matrimonio me fui dando cuenta de cómo era
Paco. Un bestia en todos los sentidos, pero era bueno conmigo todavía,
no es que sea malo ahora.
Una cosa que quiero aclarar es que NUNCA JAMÁS, me ha pegado. Ni que
se le ocurra porque cojo el azadón y le corto en dos.
Al principio todo iba bien –relativamente-, me ocupaba de la casa que
es muy grande aunque Rosa me ayuda en las tareas, lo malo era por la noche
cuando nos íbamos a la cama. Poco a poco Paco se convirtió en
la bestia que lleva dentro y su despotismo y su tiranía la utiliza con
todo el mundo, sin control, le da igual.
La noche que me desvirgó fue una pesadilla para mí. Yo era una
inexperta en el sexo, ni siquiera había tenido relaciones de novios,
Paco me respetó hasta que nos casamos, nunca intentó propasarse
conmigo y mucho menos tocarme. Me desnudé en el baño y me puse
el camisón que me compré con todo cariño, para esa noche.
Era rojo y transparente, en la capital me dijeron que era lo que se llevaba
y que a mi marido le encantaría.
Joder, no conocen a Paco, cuando salí del servicio, estaba en la cama
fumando sólo con los calzoncillos. Me miró con ojos de lobo,
se lamía los labios y me entró un poco de miedo, sobre todo cuando
me fijé en el enorme bulto que tenia en sus calzones.
Ven aquí niña, me ordenó –Paco no pide, ordena
y se cumple-, con ojos de deseo pero que a mi me asustaban. Ahora vas a conocer
a un hombre de verdad.
Temblando me aproximé a él, me agarró de los brazos y
me tumbó sobre su pecho, clavando el enorme bulto en mi vientre.
Has visto alguna vez un cipote de verdad, niña?.
¡¡¡No!!!, te lo juro, dije asustada.
Pues mira y se arrancó los calzones. Dios bendito lo que apareció ante
mis ojos, tenia un miembro enorme y muy gordo, parecía más la
tranca de un burro que la pija de un hombre. Por lo menos le media 30 centimetros
de largo y 7 o 8 de ancho, su miembro era descomunal.
Empecé a sentir pánico pensé que me iba a destrozar con
su cosa y se me saltaron las lagrimas.
No llores mujer que todavía no he empezado, déjalo para luego.
Me dio unos ánimos. . ..
Vamos no tengas miedo, tócamelo niña, me ordenó con voz
ronca.
Acerqué mis manos temblorosas, me daba miedo tocarlo, pero al fin se
la agarré, la sentí durisima como si hubiera cogido el palo de
un pico, igual. Me quedé agarrada a su estaca sin saber que hacer.
Joder, niña es que no sabes que hacer?. No te han enseñado a
dar gusto a un hombre?.
No, dije asustada.
Yo te enseñaré, gritó. –tiene un vozarrón
tan fuerte que cuando habla, parece que grita-.
Me sujetó la otra mano y la puso en su estaca también, luego
me sujetó las manos y me obligó a subirlas y bajarlas por su
cipote mientras se reía diciendo que parecía un mamporrero de
bestias (burros). Estuvo un rato así hasta que me soltó y lo
hice yo sola, me daba asco sobre todo cuando le veía la punta al bajarle
la piel, la tenia de color morado y le olía a meaos.
Noté como se le hinchaba de gusto. Así niña sigue.¡¡¡ Ahora
chúpamela!!!.
Me sobresalté, acerqué mi cara pero no pude tenia algunos pelos
pegados en la punta y el olor a meaos era repugnante, me dieron arcadas.
¿Qué pasa no me la vas a chupar?.
Es que me dan arcadas, huele mal.
No dijo nada pero puso cara de mala leche. A tirones me arrancó mi
precioso camisón y las bragas, me dejó como mi madre me trajo
al mundo, me cogió las piernas y me las abrió tanto que me empezaron
a doler las ingles, me olió el chumino. Aahhhh, dijo, huele a hembra
caliente.

No entendía lo que quería decir, pero sentí como me mordía
los labios de la vulva haciéndome daño, me la escupió restregándome
su saliva y frotó mi clítoris con sus dedazos sucios, metiendo
dos en mi vagina. Jugó con ella metiéndolos y sacándolos.

Sentía repulsión, hice un esfuerzo por controlar mis nauseas.
Pero lo que no sabía era que lo peor estaba por llegar. Cuando se cansó de
jugar con mi chochito, me alzó las patas, y empezó a meterme
esa monstruosidad que tenia tiesa. Ahora vas a saber lo que es un hombre, no
hacia más que repetírmelo. Noté como empujaba y a cada
empujón su enorme polla me destrozaba por dentro, pero de pronto el
dolor se hizo más intenso, insoportable, sentí que me rompía
por dentro, intenté mirarme y vi que su pollaza manchada de sangre,
me asusté mucho y chillé con todas mis fuerzas rompiendo a llorar.

¡¡¡
Calla zorra!!! que no es para tanto, sólo te he roto el virgo verás
como a partir de ahora te gusta mucho, me decía el muy bestia.

Seguía penetrándome con mucha fuerza pero el dolor no se me pasaba,
me quedé quieta respirando hondo y llorando, deseaba que aquel martirio
terminara cuanto antes.
Se paró cuando noté sus huevos muy apretados contra mi culito.
me sentí extraña con toda esa cosa clavada dentro de mí,
notaba sus latidos, como si fuera un animal con vida propia que se hinchaba
más y más. La sacaba y la metía otra vez, así estuvo
bastante tiempo. Ya no sentía dolor. Era una sensación nueva
para mí, contra más fuertes eran sus pollazos más gusto
sentía dentro de mi chochito, me negaba a reconocerlo pero mi cuerpo
no me obedecía seguía notando gusto. Me estuvo jodiendo mucho
rato y empecé a comprender que lo que sentía ahora era muchísimo
placer, más del que yo quería hasta que sentí un gusto
enorme, era como si se me fuera a parar el corazón, tenia temblores
y me abandoné a esa sensación desconocida chillando y jadeando.
¡¡¡Lo ves, zorra!!! todas sois iguales, primero os quejáis
y luego os corréis de gusto.
Me relajé pensando que todo había terminado, si siempre iba
a ser a sí no lo entendía. Me volví a equivocar por completo,
me dio la vuelta manejando mi cuerpo como el de una muñeca y me puso
como los perros, el miedo volvió a mi cuerpo no entendía que
pasaba ahora.
El muy cerdo me chupaba el culo como si fuese un helado, volví a sentir
asco, era repugnante lo que hacia sus babas me escurrían por los muslos,
noté su rabo en mi culo y grité.
No, no, no, por favor más daño no, de nada sirvió que
le suplicase estaba decidido y lo hizo, me dio por culo como el decía,
el dolor fue tan insoportable que me mareaba y apunto estuve de desmayarme,
me entraron nauseas, pero seguía jodiéndome el culo, no pude
soportarlo más y vomité. Eso le hizo pararse y me la sacó manchada
de sangre.
Con el tiempo también te gustará, ya lo verás, me dijo
como advertencia.
Por lo menos hazme una paja mamporrera, ya que todavía sirves para
joder.
Le agarré su gran nabo con las dos manos y se lo moví arriba
y abajo hasta que de su punta empezó a manarle la leche a chorros salpicándome
en la cara.

Parecía una fuente arrojando leche no paraba, el cerdo me babeó en
la tripa mientras se corría.
Cuando dejó de salirle leche se levantó, me miró y me
dijo con ese vozarrón que tiene: vete a lavar chiquilla das asco. Contemplé mi
cuerpo dolorido, escocido, ensangrentado y pringoso de semen y me eché a
llorar camino del servicio.
Cuando se lo conté a Rosa al día siguiente me consoló.
Por suerte para ella su marido no tenia un miembro tan grande, pero de todas
formas ya verás como con el tiempo te acostumbras y no sentirás
dolor. Le agradecí sus palabras pero no me consolaron.
Como podéis leer mi noche de bodas más que consumar el matrimonio
casi fue una violación, pero Ryo tenia razón a los seis meses
mis agujeros estaban tan dilatados que no me dolía cuando me penetraba,
poco a poco me fui acostumbrando a su tamaño y con picardía me
las ingenié para obtener placer, la verdad es que me daba mucho.

ahmed

Mi cuñada embarazada

Miércoles, febrero 14th, 2007

Mi nombre es Eva, tengo veinticinco años. Todo sucedió hace unos meses. Era abril. Mi hermano me llamó por teléfono para ver si podía hablar con mi cuñada, que estaba muy deprimida. Mi cuñada estaba embarazada, de cinco meses.

Hacía quince días que la había visto y entonces no la había visto muy triste. La verdad es que siempre me he llevado bien con mi cuñada, aunque hacía mucho tiempo que no hablábamos íntimamente. Mi cuñada se llama Adela. Es una chica morena, muy sensual. No os voy a decir si tenía buen tipo o no. Podéis imaginarla cuando me abrió la puerta. Con sus veintiséis años, el pelo más ondulado que de costumbre.

Tenía una barriga que le sobresalía del traje. Estaba muy guapa, con la cara algo hinchada, los labios le aparecían más gordos, los ojos más brillantes. Era alta, algo más que yo y a pesar del embarazo, no había perdido la graciosa forma de las caderas. Se le veía un culito respingón al darse la vuelta. Sus pechos me parecían muy crecidos. En fín, las cosas del embarazo.

Yo soy rubia, de pelo lacio con manchas castañas. Tengo la piel clara y con pecas por todo el cuerpo. Tengo un cuerpo bastante bonito, de caderas anchas y cintura estrecha, piernas largas, en fin. Pero la verdad es que siempre he tenido un poco de complejo con Adela.

Nos sentamos en la mesita del salón y me trajo un café. Pobrecita, lo que debía costarle moverse con aquella barriga. Nos pusimos a hablar de las cosas de la familia de los amigos en común hasta que tras un leve silencio le solté el consiguiente -¿Y tú? ¿Qué tal?.-

-Pues ya me ves, con esta barrigota. Le estoy temiendo al verano. ¡AY que ver que me va a pillar en Julio o Agosto!.-

– Hija es que me ha dicho Jorge que estabas un poco depre.-

Mi cuñada Adela se cayó, no quería hablar, pero al fin me dijo .- Ya, pero es por otra cosa.-

.¡A ver! ¡Cuéntame!.-

– Es que tu hermano, en fin, ¡Hay que ver como es!.-

Me quedé mirándola sonriendo, invitándole a hablar. Al final se decidió.

-Fijate que en este estado necesitamos muchos mimos y tu hermano ¡Nada de nada!.-

-¡Ay, Adela! Mi hermano siempre ha sido muy cariñoso.-

-No, si cariñoso si que es, lo que pasa es que es eso sólo, cariñoso.-

-¿Qué quieres decir?.-

-Pues que de lo otro, desde que se enteró de que estoy embarazada, nada de nada.-

-Pero ¿Por qué?-

-Por que dice que le vayamos a hacer daño al niño.-

– ¡Pero eso es una tontería!.-

-¡Ya! Díselo tu a Jorge.-

Comencé a mover la mano como diciendo -¡Jorge Jorge!..Bueno, no te preocupes. – Quise cambiar de tema por que la verdad es que el tema se me escapaba de las manos.

Seguimos hablando y en un momento dado le dije.- ¡Ay! ¡Enséñame la barriga.-

Adela se levantó la falda y pude ver la faja que contenía su barrigota. Adela debió de ver mi cara de decepción por que en seguida me dijo- ¡Espera!.- y rápidamente vi que se quitaba la faja. Ahora, con la falda levantada veía su barrigota y las bragas enormes. Se sentó y puse mi mano en su vientre. Nunca lo hubiera hecho si ella no hubiera estado preñada.

AL poner la mano me sorprendió la tersura de aquella piel, la acaricié durante un rato. Me agradaba. Sin darme cuenta, la mano a veces bajaba mucho más de lo que debía, pues las bragas habían retrocedido y bajaban hasta la altura de su pubis. Yo sin darme cuenta toqué pelo alguna vez. Rectificaba en seguida, pero volvía a tocarlo inconscientemente.

Me hacía gracia el ombligo que le salía, lo acaricié varias veces. Miré entonces a Adela. Me quedé boquiabierta, pues Adela parecía perderse con la mirada entornada. Ya no me atrevía a quitar la mano, aunque me daba cosa seguir acariciándola.

Adela abrió los ojos y me respondió con la voz entre cortada.- Ay… es que me sientan muy bien los masajes.-

-Estás muy cambiada.- Le dije refiriéndome a su físico.

-¡Ah! ¡Y eso no es todo! ¡Mira!.-

Adela se desabrochó los botones del traje. De verdad que yo me llevaba bien con Adela, pero nunca había tenido esta confianza. Se quitó el vestido y luego se desabrochó un sujetador enorme y se descubrió dos tetas enormes, comparadas con las que tenía usualmente. Encima, los pezones me parecieron grandes. No puedo decir como los tendría antes, pero a mí me parecieron preciosos, como si además, una cera especial les dieran un brillo delicioso.

Al ver a mi cuñada así, no puedo explicar o que me pasó. El caso es que le pregunté.- ¿Me dejas?.-

-¡Ay! ¡Pues claro! ¡No seas tonta!.-

Puse mi mano sobre uno de los pechos de Adela, Era suave, delicioso. Me sentía agradablemente turbada. Tuve una tentación que no pude vencer. No lo entiendo, no me había pasado nunca. Rocé el pezón con los dedos. Vi como se endurecía. Adela no me decía nada, así que me acerqué más y más hasta tener sus pezones entre sus dedos. Era de un tacto suave, terso y fuerte pero suave. Hubiera deseado comérmelos, pero vencí la tentación y también, poco a poco aparté mis dedos y la mano de los pechos de Adela.

Puse mi cara sobre la barriga de Adela.- ¡Ay! ¡Ay! ¿Qué bonita!.- No se si dije bonita por que me parecía bonita la barriga, el caso es que le di cuatro o cinco besos. Sentí o presentí a Adela sonreír.

-¡Bueno, Te voy a enseñar otros cambios, cuñadita! –

Adela me llamaba cuñadita pro que soy un par de años más joven que ella. Adela se puso de pié, se cogió las bragas por los bordes superiores y se deshizo de ellas. Entonces e puso enfrente de mí. Vi su sexo. Aparecía al final de su barrigota. EL caso es que el pubis se le había estirado y el bello aparecía extendido y poco tupido.

-¡Vamos! ¡Toca, toca!.-

Estiré mi mano y acaricié su pubis, de textura tersa, parecido a un coco, pero infinitamente más suave. Adela me cogió la mano para que la tocara sin miedo. Mi mano casi rozó su sexo. Fueron unos segundos larguísimos hasta que Adela se sentó. Yo pensaba que se pondría las bragas, pero no, se quedó desnuda, sentada en el sillón, con las piernas abiertas y esa barrigota y los dos melones dulces como la miel.

Me fijé en su entrepierna. Tal vez no quería vestirse para que apreciara aquel detalle. Al igual que sus pezones, la piel que rodeaba el sexo estaba más oscura e hinchada. Los labios eran dos colchones. Tuve de nuevo un impulso irrefrenable y extendí mi mano hacia su sexo.-

-¡Ay que ver como se te ha puesto esto.-

-¿Has visto?.- Me dijo abriendo sus piernas para que pudiera tocar mejor.

Aquello era, no sé como decirlo, era mejor que tocarle los testículos a los hombres. Era la suavidad, la dulzura. Mi mano ya no se podía separar del sexo de mi cuñada. Ella, por otra parte permanecía con las piernas abiertas y comencé a sentirla respirar fuerte. La miré. Su cara no era precisamente de estar sufriendo. No pude apartar mi mano, y no sólo eso, sino que me puse a acariciarla a conciencia.

Eva echó la cadera hacia delante y quiso meter la barrigota, pero sin éxito. Yo entonces me puse a besar de nuevo la barrigota, pero mis besos acabaron en unos lametones largos que recorrían todo su vientre. Mi lengua pasó un par de veces por encima de su ombligo. Entonces me acordé del tacto exquisito de su pecho en la palma de mi mano y me dirigí hacia ellos, deslizando poco a poco mis labios por su vientre, hasta encontrar los límites inferiores de su pecho, que transgredí y luego, me dirigí hacia sus sobre abultados pezones.

Tomé sus pezones entre mis labios y entre mis dedos, apreté ambos. Los sentí crecer exageradamente, al igual que el clítoris, caliente, entre los dedos de mi otra mano. Me parecía un clítoris enorme y profundo. Adela se iba reclinando sobre el sofá y terminó totalmente tumbada. No pude por menos que quitarme la camiseta y el sujetador y mostrarle mis pechos pequeños y pecosos, pero que se volvían de un blanco lechoso en el centro y se remataba con unos diminutos pezones marrones oscuros.

Me puse entre sus piernas. Su sexo estaba delante de mí. Decidí obsequiarla con lo más dulce que tenía y me puse a restregar mis pechos en su barriga. Mis tetas le caían en medio y sentía el botón saliente del ombligo en la piel de mis senos y luchar con mis pezones. Luego decidí jugar con mis pechos en su clítoris y en su raja. Deslizaba mis senos entre sus piernas restregándolos por toda la extensión de su sexo hinchado y alargado.

EL sexo de mi cuñada apenas se lubricaba. Era debido al embarazo. Yo estaba empapada. Por eso me quité los pantalones y las bragas, quedándome también desnuda.

Intenté alcanzar sus senos para acariciarlos con los míos, pero su barriga me lo impedía. Desistí, pero entonces busqué su raja con mi boca, no sin antes pasar mi mejilla por su monte de venus, que me pinchaba como la barba de un hombre.

Le abrí las piernas. Su sexo hinchado se me ofrecía. En medio, un clítoris especialmente respingón. Lo cogí con mis labios, lo apreté como si con ello fuera a sacar de él un rico jugo. Entonces comencé a lamerlo con la punta de la lengua. Los lametones se intercalaban con apretones ligeros y suaves tironcitos que mi cuñada me agradecía moviendo sus caderas y gimiendo de placer. Entonces, separé sus labios con mis dedos y me puse a lamer toda su raja, de un lado a otro, de arriba abajo.

Adela me acarició la espalda y los pelos y yo por mi parte, comencé a acariciarme los pechos, para terminar introduciendo mi dedo en mi coño húmedo. Ella mientras, alternaba sus caricias sobre mí con manoseos a sus pechos. Finalmente, Adela abrió sus piernas todo lo que pudo, puso los pies sobre el sofá y comenzó a impulsar su coño contra mi cara y yo, intuyendo la proximidad de su orgasmo, le separé los labios del sexo lo que pude e introduje mi lengua dentro de ella, todo lo que pude, moviendo mi cabeza al ritmo que ella misma deseaba, hasta conseguir arrancarle un orgasmo.

– Lo siento. Esto no me ha pasado nunca.- Me dijo un poco avergonzada.

Me incorporé y mientras ella se sentaba en el sofá le respondí, tras besarla en su cara enrojecida.- Ni a mí, cariño, ni a mí.-

Estaba muy caliente, así que antes de que se sentara, la cogí del brazo y tiré de ella hacia el suelo.- ¡Ven para acá, tonta.-

-¡Ay!¡Cuidado!.- Adela, con cuidado, se sentó en el suelo, y yo, besándola en la boca, la eché contra el suelo, tendiéndonos sobre la alfombra. Nos abrazamos tendidas y por fin sentí el calor de sus senos sobre los míos, aunque su vientre se me clavaba en mi ombligo. Comencé a rozarme con ella y conseguí finalmente meter una pierna entre las suyas. Mi rodilla se clavó en su sexo lo mismo que la suya en el mío. Comenzamos a acariciarnos y a movernos, agarrándonos ambas de las nalgas.

Sentía sus manos en mi trasero y yo, las mías en su culo. Nuestros pechos se rozaban y nuestros pezones, de distinto tamaño, jugaban a encontrarse, mientras la sensación de su rodilla se me hacía ya casi insoportable. Hice un hábil movimiento y me senté en el suelo, con una pierna suya debajo, y la otra, entre mis dos piernas. Así nuestros dos sexos se podían encontrar directamente.

Sentí entonces el calor de sus muslos entre mis muslos y el calor y la humedad de su raja en mi raja. Su pierna más levantada pasaba por delante de mi pecho mientras yo, tenía mi pierna sobre su otra pierna. Yo estaba algo levantada, mientras ella estaba entre tumbada y puesta de medio lado, así que me correspondía a mí aproximar nuestros coños todo lo que podíamos, sintiendo el calor de nuestras crestas, la humedad de nuestras rajas mezclarse. Apoyé los dos brazos en el suelo y me puse a moverme contra ella, a restregarme. Movía mis caderas en sentido circular. Sentía su raja pegada a la mía.

Me sentía follada y follando a la vez. Las dos nos proporcionábamos placer mutuo. Yo estaba excitadísima. Para colmo, en un momento dado, Adela pasó su pié por delante de mi cara. Pensarán que soy una cochina, pero me atrajo poderosamente su pié y lo intenté atrapar. Caí sobre su muslo y lo agarré, pasando mi lengua por la planta de su pié y lamiendo los espacios entre cada dedito.

La excitación de Adela debía ir en aumento, pues la oía respirar más aceleradamente. Yo estaba a punto de correrme, Solté su pié y coloqué mi mano entre las dos, Me acariciaba mi sexo y el suyo a la vez. Me comencé acariciando yo. No me hizo falda gran cosa para empezar a correrme. Me metí el dedo corazón mientras me corría y sentía sus labios hinchados en mi mano. Me moví casi violentamente contra ella.

Al mirarla, vi como se movía entera, con su barrigota y sobre todo, sus tetazas. Entonces, cuando vi que mi orgasmo había finalizado, me atreví a introducir el mismo dedo corazón en su raja. Lo hice suavemente, pero no paré hasta que el dedo estuvo introducido totalmente, con el dedo índice y anular presionaba sus labios. Comencé a mover el dedo, no de arriba abajo, sino como un abanico que se cierra y abre. Mi cuerpo, mi coño empujaba mi mano que se clavaba en el sexo de Adela, que hacía que el dedo se hundiera en la raja de mi cuñada.

Finalmente, Adela comenzó a correrse de nuevo. Lanzaba unos gemidos casi lastimeros. Mi dedo permaneció hundido hasta que me aseguré que su deseo se hubiera apaciguado. Me tumbé junto a ella. Nos abrazamos. Estábamos sudorosas. Ella más que yo. Nos besamos durante un rato.

Me puse de rodillas. Ella se intentó incorporar. Estaba torpe. Cuando la ví, la cogí del brazo. La obligué a ponerse a cuatro patas. Su barriga y sus ubres colgaban. Me puse detrás de ella de rodillas. No buscaba ya saciar mi deseo ni el suyo. La cogí por detrás. La tomé de la cintura y comencé a darle “puntazos”. Daba un impulso brusco a mis caderas y mi pubis tropezaba con su trasero.

Adela cedió y se puso en posición fetal, sentada sobre sus rodillas, postrada en el suelo. Yo seguía dándole “puntazos”, un poco más tumbada sobre su espalda, extendí mis brazos y le cogí de nuevo sus pechos, apretándolos. Estuve así un rato largo.
-¿Por qué me haces esto?.-

– Me gustaría tener un pene ahora mismo.- Y le daba otro puntazo.- Eres tan tierna que me gustaría follarte.-

– ¿De verdad no lo has hecho nunca con otra?-

– ¡Nunca! Tú eres la primera y la última.-

-¿Es que no te ha gustado?.-

-Me ha encantado- Y le di otro puntazo.-

Bueno. Al final nos levantamos y nos vestimos e intentamos volver a una normalidad turbada para siempre.

Cuando nos despedimos en la puerta, Adela se me acercó y me dijo en voz baja.– Por favor, no le digas nada a Jorge.- Me metí de nuevo en el recibidor y la volví a besar tras abrazarla tierna, pero apasionadamente.

He visto a mi cuñada muchas veces desde entonces, pero siempre acompañada. Intenté ir a verla nuevamente pero no pudo ser. Llegué a sentirme un poco culpable de lo ocurrido. Hace dos meses mi cuñada dio a luz una niña preciosa. La bautizamos la semana pasada y fíjate que mi hermano me ha pedido que vaya a verla más a menudo, aunque él no esté, pro que dice que Adela está un poco deprimida. Sí, dice que tiene la depresión post-parto. Seguro que soy capaz de reanimarla.

egarasal1@mixmail.com

Leche

Miércoles, febrero 14th, 2007

Desde que no era más que un bebé he sentido una tremenda atracción por un buen par de firmes y bien formadas tetas llenas de leche materna. Esta atracción debio empezar el primer dí­a de mi vida y aún hoy dí­a sigo sintiéndola.

Mi mujer es una preciosa pelirroja con unas medidas de ensueño (92-61-82) y una espléndida forma fí­sica. El año pasado tuvimos nuestro primer hijo, Rafa. Tres días después de su nacimiento, Estefania volvia a casa junto con el niño. Esa noche, cuando acabo de dar de mamar al pequeño, decidi­ preguntarle algo que siempre habi­a deseado saber.

– Estefani­a -le dije- ¿Que sientes cuando das de mamar al niño?

– No te lo vas a creer, pero… -empezo a decir- La verdad es que es algo muy excitante. Hay incluso veces que, cuando acabo, tengo el coño empapado por la excitacion.

– ¿En serio? -le pregunte asombrado.

– Si­, completamente en serio -dijo- De hecho, ahora mismo estoy excitadi­sima. ¿Te gustari­a chuparme las tetas un poco? Estoy a punto de reventar.

El que estaba a punto de reventar despues de escuchar aquella proposicion era yo. No podi­a creerlo. Casi se me sale la polla de los pantalones con solo pensarlo. Rapidamente, me puse a su lado y ella descubrio sus tetas ante mi hambrienta lengua. Me quede alli­ quieto, fascinado, durante un momento y luego empece a lamer suavemente su areola. Senti­ que la piel de sus tetas estaba mas tirante de lo que nunca antes habi­a estado… Ajuste mis labios a ella y, al empezar a chupar, la leche comenzo a fluir de sus enormes pezones. ¡Estaba en la gloria! Estefani­a se metio dos dedos en el coño y recogio con ellos un poco de su dulce nectar que, a continuacion, llevo a mis labios. Vaya combinacion… la mejor leche del mundo y la miel mas dulce.

Extraje mi polla de los pantalones y la puse delante de la experta boca de Estefani­a… Lentamente, se metio el capullo en la boca y sacudio la lengua por toda su extension para extender el transparente liquido que sali­a sin cesar de mi polla de 18 cms. Lentamente, bajo la cabeza hasta que tuvo mi miembro enterrado en lo mas profundo de su garganta… Luego, con la misma suavidad con que se la habi­a tragado y tras un nuevo giro de su lengua, empezo a bombear mi polla dentro y fuera de su boca. Mordisqueaba la base de mi verga y luego la deslizaba fuera hasta dejar el capullo entre sus labios, el cual chupaba con toda el ansia que yo era capaz de soportar. Justo cuando iba a dar rienda suelta a una tremenda descarga de semen en su hambrienta boca, la aparto de mi­.

– Tumbate de espaldas -le pedi, casi sin aliento.

Colocando mi latiente polla entre sus tetas, empece a moverla de atras a adelante. Mi mujer apreto sus dos repletos pechos contra mi miembro, proporcionandome una magni­fica cubana. La punta de mi polla entraba en su boca lo justo para que me diese uno o dos rapidos lametones, y luego retrocedia de nuevo quedando fuera de su alcance. Estefani­a comenzo a masajear sus tetas y note esa sensacion familiar en los huevos.

La leche empezo a fluir de sus tetas lo que hizo que mi polla se deslizase cada vez mas rapido por entre sus magnificos globos, cubiertos ya, asi­ como tambien mi miembro, del precioso y blanco liquido.

– Correte ahora, cariño -me suplico al tiempo que mis movimientos se hacian cada vez mas rapidos.

El espectaculo que habi­a ante mis ojos unido a las palabras de mi mujer fueron demasiado para mi­.

– Me corro, me corro -comence a gritar- Chupamela mas rapido, Fani… Chupa, chupa… Ahora, cariño… ¡¡¡Ahora!!!

Se bebio hasta la ultima gota y luego lamio la leche que colgaba de mi ya debil polla. Para sorpresa mi­a, continuo chupándomela suavemente, lo que hizo que volviese a excitarme rapidamente, listo para una nueva sesion de sexo. Cuando acabo aquel dia, Estefani­a y yo estabamos mas sexualmente satisfechos de lo que nunca antes habi­amos estado.

Desde entonces, hemos tenido muchas noches (y dias) salvajes, centrados exclusivamente en experimentar nuevos usos para su leche materna… Espero que tenga siempre suficiente para suplir mis necesidades…

Me he corrido otra vez mientras escribi­a este relato y sé con certeza que algunos de vosotros también lo habeis hecho… Me voy a la cocina a por un buen vaso de leche caliente… Mmmmm…

tororojo12000@yahoo.es

La leche de Susana

Miércoles, febrero 14th, 2007

Cuando yo tenia 18 años tenia como novia a Susana ella tenia 23, en aquel entonces con ella solo experimenté besos apasionados y leves caricias en las piernas y en las nalgas, era un noviazgo de adolescentes, después de unos cuantos meses tuve que viajar fuera de la ciudad y regresé cuando ella tenía 27 años, casada y con dos hijos.

Cuando yo tenia 18 años tenia como novia a Susana ella tenia 23, en aquel entonces con ella solo experimenté besos apasionados y leves caricias en las piernas y en las nalgas, era un noviazgo de adolescentes, después de unos cuantos meses tuve que viajar fuera de la ciudad y regresé cuando ella tenía 27 años, casada y con dos hijos.

De pronto una amiga mía (y de ella también) se casó, así que hubo una gran fiesta. El día de la fiesta me llevé una gran sorpresa, Susana la mujer de grandes senos, piel morena, labios gruesos, trasero grande y largas piernas estaba en la misma fiesta con su esposo.

Yo me acerqué y la saludé, ella me presentó a su esposo, y en ese momento me alejé de ellos. Yo estaba con (en ese entonces) mi nueva novia Alexandra; una chica delgada de 18 años alta y muy ardiente. Alexandra llevaba puesto un vestido negro muy pegado al cuerpo, por el estilo del vestido no llevaba brasier, lo que dejaba notar sus ya crecidos pezones y el nacimiento de esos blancos senos.

Como cualquier noviazgo de jóvenes buscamos el lugar más oscuro, mientras los invitados bailaban yo me besaba apasionadamente con Alexandra, mi mano se deslizo por su pierna hasta llegar a su chucha que estaba mojada y con pocos bellos lo que me dejaba meter mi dedo en su rajita. Ella no se rehusó porque antes ya habíamos tenido relaciones sexuales, soltó un gemido y me acarició la verga por encima del pantalón.

Pasó la noche y bebimos unos cuantos tragos… -quiero ir al baño me acompañas- Claro! (le dije excitado por la situación). Cuando llegamos al baño de mujeres ella de un solo empujón me metió al baño, estaba tan arrecha que no se pudo aguantar, me senté en el inodoro y disfruté cuando ella, bailando como una puta, se bajó el vestido hasta dejar sus tetas al aire. La senté en mis piernas y mamé sus blancas y gordas tetas por un buen rato. -No sigas! Me duelen los pezones… no sigas ¡papi!… noo. Así que preferí mamar todo alrededor de sus tetas, mientras mi boca hacía su trabajo mis manos masajeaban su rico culo, mi dedo índice entraba y salía de entre sus nalgas.

Mi arrechera era tan fuerte que le dije que se saque la tanga… ella aceptó -Está bien … pe…pero déjame de chupar los senos aaahh!. Para por favor! Bajé la cremallera de mi pantalón y salió mi verga tan dura como un fierro y le pedí que se sentara en ella. -No estoy menstruando… pero mi arrechera era más fuerte e insistí -entonces te doy por el culo- no!. Eso me duele mucho y no tengo lubricante… además tu pinga está muy gruesa, ven mejor te la mamo un rato ¡vamos! Ven déjame chuparte ese tronco… o acaso no te gusta cuando me tomo tu leche? -Si! Me gusta que me chupes la verga, pero quiero verte desnuda. Así que se quitó la ropa y se puso en cuatro para mamarme la pinga. -Que cosa más rica… tienes unos huevos hermosos… que lástima que ahora no puedas meterme tu grande verga. -Vamos chúpala.. ah.. ah.. sigue…Y comenzó a pasar su lengua por todo mi pene hasta que se lo metió todo en su boca.

Cada vez que succionaba mi verga yo gemía de placer, y lo único que podía hacer es tocar sus tetas y su culo; de pronto vi que de su vagina salía un poco de sangre y eso me excitó tanto que solté un chorro inmenso de semen en la boca de Alexandra (en comparación a las mamadas anteriores que ella me había hecho), -perdona pero estoy en el segundo día de menstruación- no te preocupes… mejor sigue mamando mi verga- no seas ansioso… por hoy hemos terminado- pero quiero que me sigas chupando la pinga- ya eyaculaste bastante semen… mejor déjalo para mañana. Nos vestimos y salimos del baño.

En la fiesta aún estaba Susana, después de unos momento Alexandra me pidió que la llevara a su casa, para mi suerte su casa estaba muy cerca así que regresé a la fiesta, al subir al segundo piso me encontré con Susana en las escaleras. -¿Estas acompañado?- No estoy solo… -Vamos a la terraza a platicar un poco… Pero al llegar al 5to piso nos detuvimos en las escaleras, platicamos por un buen rato, hasta llegar al momento del romanticismo, me porté como todo un galán, y la besé.

Nuestro beso, tan apasionado, llegó al punto de tocarnos desesperadamente, mi mano acariciaba sus piernas por debajo de la falda y ella me tocaba la verga por encima del pantalón; como era cerca de las 2:00am y el volumen de la música era demasiado alto y nadie podía escucharnos, decidí sacarle la tanga y la falda y cuando me estaba preparando para meterle mi gruesa verga me dijo:- estoy menstruando…- vamos date la vuelta y se puso en cuatro sin poner ningún pretexto, tomé mi verga me puse un poco de saliva y se la metí en el culo.- despacio, me duele! Mi esposo nunca me culea así… el no me dá por el culo… despacio! Pero su culo era tan estrecho que me dolía la verga al bombear.

Para colmo me había lastimado la verga y me estaba saliendo sangre así que decidí masturbarme..- date la vuelta quiero ver tus tetas… quítate la blusa…- te gustan mis senos… si no te hubieras marchado hace mucho tiempo estas tetas serían tuyas… y tu hubieras sido quién me cogía por primera vez…- pero aun estamos a tiempo… y ese culo me lo voy a comer ahora mismo. -Primero mis tetas, chupa mis tetas chupa mis pezones, a pesar de todo me gusta mas la manera como tu me las chupas, mi marido no lo hace también como tu…

Cuando succioné por primera vez un liquido un tanto dulce en mi boca… la muy puta estaba en estado de lactancia. -Mierda porque hiciste que me tome tu leche. -Porque yo quiero tomarme la leche de tu verga… Pero sin decir nada la tumbé en el suelo y le metí la verga con todas mi fuerzas, su coño estaba todo mojadito, y era estrecho, sentir como un anillo apretado alrededor de mi verga me hacía gritar de placer, me gustó ver como mi verga llena de sangre mía y de ella entraba y salía de su chucha mientras tanto disfrutaba mamándole las tetas y tomándome su leche, cuando me cansé de tomar la leche de esa puta, masajeaba sus senos con mis manos tanto que su leche salía a chorros, bombeaba con todas mis fuerzas hasta que sentí correrme en su vagina por completo.- siempre quise tu pinga dentro de mí… sentir tu leche que llena todo mi coño….

Les cuento que me gusta tanto su leche de madre que ahora nos vemos todas las semanas en un hotel para culear hasta cansarnos y gritar de placer, ahora no utilizo lubricante, solo aplasto sus tetas y pongo su leche en su culo y culeamos sin ningún problema. Las mujeres cuando están en estado de lactancia tienen los senos grandes, duros; con los pezones grandes y bien oscuros en conclusión tienen las tetas más ricas para mamar… si lo dudas… inténtalo.

ahmed

Ordeñada por Don Fulgencio / Parte dos

Miércoles, febrero 14th, 2007

Además de las diversas ocasiones en que fui sometida por el Sr. Fulgencio y el médico, y que prometo contaré en otras entregas, el episodio que ahora narraré es otro de los que marcaron mi adolescencia y mi sexualidad futura.Mi hermano Juan, que era dos años menor que yo, estaba loco por andar con la panda del Sebastián, unos ocho chavales mayores que él y con edades de dieciséis a dieciocho años. Había hecho todo lo posible por andar con ellos pero ellos le rechazaban por su edad y se reían de él. Yo ya había notado sus miradas más de una vez en mis tetazas cuando me los cruzaba por la plaza. Yo quería muchisimo a mi hermano y habría hecho cualquier cosa por él aunque cuando me pidió que le ayudará no sabía hasta que punto llegaría. Según él si le enseñaba las tetas al “Sebas” le dejarían entrar en la panda. Después de pensármelo un rato y ante las súplicas de mi hermano acepté, a fin de cuentas estaba harta de enseñárselas y dejarme sobar por el cura y el médico y mi hermano me estaba pidiendo ayuda .

Esa misma tarde me fui con Juan hacia el árbol de detrás de la iglesia donde había quedado con la banda del Sebas. Yo llevaba una blusa blanca (para los que no hayan leido mi anterior relato les diré que tenia prohibido por mi madre llevar camisetas y que generalmente usaba blusas para intentar así disimular mi delantera) y mi falda preferida. Llegamos al árbol y allí estaba el Sebas, con una sonrisa nerviosa y rodeado por el resto de la panda. Nada mas verme empezaron a bromear entre ellos sin que yo entendiese que es lo que se decían al oido aunque estaba claro que se refería a mi tetal por sus descaradas miradas. Mi hermano le dijo al Sebas:

— “Bueno Sebas, aquí la tienes, he cumplido mi promesa no ?”
— “Estará cumplida cuando ella haya enseñado lo que tu sabes…”

Mi hermano me dijo: “anda enséñaselas…” Yo me fui desabotonando la blusa mientras los chicos se iban poniendo cada vez más nerviosos.

Cuando me quede con mis sostenes al aire se quedaron mudos y con los ojos como platos. El Sebas no contento le dijo a mi hermano: “que se quite el sostén y me deje tocar, sino no hay trato”. Viendo a mi hermano apurado me di la vuelta y me desabroche el sostén, me lo saque por las mangas de la camisa y me di la vuelta. Los chicos empezaron a resoplar y a emitir gritos nerviosos al ver mis tetazas con mis enormes aureolas al aire. El Sebas se acerco y empezó a acariciar casi con miedo de hacerme daño mi teta izda. Sin tocar el pezón ni la aureola. Yo con la mirada baja empece a ver como un bulto de tamaño considerable se le marcaba en su pantalón de tergal, poco apoco empezó a sobarme con mas fuerza hasta llegar a cogérmelas con las dos manos e incluso estirarme los pezones. Lo que yo empezaba a notar se parecia a lo que sentía cuando me sobaban el cura y el medico pero no se porque esa sensación de estar sometida e indefensa ante todos aquellos bravucones aun me excitaba mas. El Sebas se saco el pene, un pene aunque no demasiado largo mucho mas gordo que el de mi hermano. El resto de la banda se empezó a acercar y todos por turno empezaron a sobarme las tetazas, a apretármelas y estirármelas llegando a hacerme gemir por la intensidad de sus sobeteos. Para entonces yo ya tenia las bragas empapadas y podrían haberme follado todos sin que yo hubiese puesto resistencia, hasta mi hermano se estaba masturbando viendo como abusaban de mi. El Sebas trato de tocarme entre las piernas pero yo le suplicaba: “eso no por favor, solo las tetas…” mas por la vergüenza de que viesen mis bragas mojadas que por el temor a lo que me podía hacer pues el cura y el medico ya se habian hartado de observarme y tocarme hasta hacerme correr varias veces. Ante mi negativa el Sebas propuso algo que todos aprobaron con gritos de alegría: “Que la ordeñe Anton….” Yo grite “no, por favor….no mas, por favor…” “Si no es por las buenas te ordeñaremos a la fuerza,tu eliges…” Mi hermano trato de convencerles pero sin mucho esfuerzo, yo creo que fruto de la excitación que también tenia. Viendo que no tenia elección me coloque apoyada en el árbol lo bastante agachada como para que mi tetal quedase colgando a merced de aquel bruto. Anton era el hijo del lechero y si alguien sabia ordeñar era el, todos se pusieron frente a mi, el se coloco detrás de mi y tras palparme las tetas empezó a sobármelas describiendo círculos como para estimulármelas, después hizo lo mismo con mis aureolas que empezaron a hincharse y a enrojecerse. Mis pezones para entonces estaban ya muy gordos y congestionados ante tanto sobeteo. Tras esto empezó a cogerme con una mano mi tetaza mientras con la otra me ordeñaba la aureola y el pezón como si fuese un autentica vaca mientras el resto de chicos, incluido mi hermano con el pene en la mano se masturbaban mientras le decían: “Asi ordeña a esa vacona Anton, sacale la leche de esas ubres…” Anton me decia mientras: “que buenas ubres tienes golfa, que pezones… vacona, como te pesan las tetonas, asi…, asi…. Veras que a gusto te quedas…” Yo estaba a punto de llegar al orgasmo, apenas podía abrir los ojos y notaba mis nalgas mojadas de la lubricación de mi vagina. Anton apretaba su pene contra mi culo y mi vagina por encima de la falda. Uno a uno se fueron corriendo llegando incluso a salpicarme el tetas y los brazos. Anton a fuerza de rozarse contra mi fue poco a poco suspirando junto con sus ordeños hasta que con unas de sus manos por detrás y metiéndola por el costado de mis bragas me cogió toda la vagina mientras me decia:”Uff a ver como tiene el chocho esta vacona….” Hasta que no pude mas y me corrí en su mano mientras el se corría sobre mis bragas.

No se cuanto tiempo paso después, cuando abrí los ojos estaba sola, con mis tetazas al aire , mis aureolas y pezones hinchados y una maravillosa sensación de calma. Me limpie ,me fui a casa y nunca ha vuelto a comentar este episodio con mi hermano.alanaluis@hotmail.com

Ordeñada por Don Fulgencio

Miércoles, febrero 14th, 2007

Esta historia es real, los nombres han sido cambiados para que no sean reconocidas las personas que aparecen en él aunque estoy segura de que si alguna de ellas leen esto, rápidamente sabrán quién soy y en que pueblo sucedió.

Para empezar diré que mi nombre es Alana, nací hace 43 Años en un pueblecito cerca de Zaragoza y allí es donde ocurrieron los hechos que marcaron mi vida y que aún hoy me hacen calentarme al recordarlos. Actualmente uso una 130 de pecho y me hago los sostenes a medida ya que no encuentro sostenes de mi talla y los que encuentro no me sujetan lo suficiente y acabo con unos dolores tremendos del bamboleo de estas tetas que Dios me ha dado. Soy morena aunque de piel bastante clara , peso unos 78 kilos y mido 1,80 y además de estos pechos tengo unas caderas bastante anchas y un “culazo” según mis amigos que ,la verdad, hacen que no pase desapercibida y que desde muy joven me haya metido en problemas.

A la edad de 16 años ya tenia una 100 de pecho y no había manera de disimular por mucho que mi madre se empeñara ni mis tetas ni los pezones que, a tenor del tamaño de las tetazas, se me marcaban en todas las camisetas e incluso a través de los jerseys de punto. Mi madre en su intento por parar el crecimiento de mis tetas, de las cuales se avergonzaba sobre todo cuando por la calle me miraban los mozos, decidió poner manos a la obra y consultar el problema con D. Fulgencio, el cura del pueblo. Para ese entonces yo ya tenía 17 años y gastaba una 110 y tenia las tetas dos tallas más grandes que mi madre.

El Sr. Fulgencio vino a casa y en presencia de mi madre y para ver el mal que me aquejaba me sentó sobre la mesa de la cocina y empezó a observarme de cerca las tetas para después sobármelas por encima de la blusa que llevaba ese día y en vista de que mi madre no sólo consentía sino que le rogaba ayuda para solucionar el tema, poco a poco empezó a animarse en sus tocamientos hasta llegar a magrearme los pechos primero uno por uno y posteriormente con las dos manos. Después le pidió a mi madre que me los sacara al aire según él “para ver si había alguna malformación ó bultos extraños”. Mi madre me desabrocho la blusa y me quito el sostén dejándome con los pechos al aire. El Sr. Fulgencio al ver el tamaño de mis tetas y de mis aureolas exclamo: ¡ Santo dios, hija mía ! y primero una y luego la otra las sopeso, apretó y magreo sin llegar a tocarme esa primera vez los pezones, marchándose ese día al poco rato, yo creo que fruto de la excitación y tras acordar con mi madre visitarme a menudo para ver “como evolucionaba”.

Al cabo de tres días volvió el Sr. Cura y de nuevo delante de mi madre y tras dejarme con los pechos al aire le comentó a mi madre si había observado algo anormal sobre mis pezones, mi madre se limito a levantarme los pechos y a decirle al cura que no pero que claro “ella tampoco sabía mucho de esas cosas”. El cura tras tranquilizarla le explico que había que tener especial atención a si salía leche ó algún tipo de liquido de mis pechos y que no se preocupase que él había estado estudiando el tema y se encargaría de todo. Me cogió uno de mis pechos con una mano y con el dedo pulgar e índice de la otra empezó a estirarme la aureola y el pezón y a ordeñarme, mi aureola empezó a hincharse y el pezón se me empezó a poner mas gordo y rosado a cada ordeñada. Después paso al otro pecho bajo la atenta mirada de mi madre. Al cabo de media hora de ordeño yo tenía las aureolas hinchadas, los pezones muy gordos y sonrosados y una extraña sensación de inquietud y humedad en la vagina. El Sr. Fulgencio sugirió a mi madre que era necesario comprobar como era mi desarrollo en general y empezó a preguntarle si había tenido el periodo, si tenía las nalgas y las caderas demasiado anchas para mi edad y cosas por el estilo… Para ese momento yo estaba un poco avergonzada ya que notaba mis bragas mojadas y temía que tuviera que quitármelas o que me tocase el Sr. Cura entre las piernas. Mi madre me mando levantar las nalgas reclinándome hacia atrás y apoyando mis codos en la mesa, yo muy sonrojada supe que cualquier cosa que hiciese era inútil y me abandone al Sr. Fulgencio. Las manos del cura fueron subiendo hasta llegara mis muslos por debajo de la falda de cuadros que llegaba unos cuatro dedos por encima de mis rodillas, siguió hasta mis ingles y comenzó a magrearme los muslos y las caderas mientras me decía: “Tu tranquilita que no te voya hacer ningun daño…” me paso la mano por el pubis y creo yo que notando ya la humedad de mis bragas me las aparto y suavemente me rozo con los nudillos la entrada de la vagina. De pronto el Sr. Fulgencio me froto la vagina y tras sentir toda la humedad de las bragas y diciendo: “hay, hay, hay…” me bajo las bragas y se las dio a la ignorante de mi madre que diciendo: “hija mía, tanto calor tienes que están empapadas …” se quedo con ellas en la mano. Empezó a meterme su dedo por entre los labios hasta llegar a la parte superior de mi vulva donde note como sus caricias me producían una sensación que nunca antes había sentido y que mezcla de vergüenza y gusto me hacían jadear. El cabrón del cura me cogió el clítoris entre sus dedos pulgar e índice mientras con la otra mano me cogía uno de mis pezones y comenzó a ordeñarme el pezón y a frotarme el clítoris. Cerré los ojos y no se cuanto tiempo pasó hasta que de repente tuve el primer y mas bestial orgasmo de mi vida. El Sr. Fulgencio me dio una palmaditas en la vulva y tras decirle a mi madre: “Seña Angela esto esta bien de momento, habrá que seguir controlándolo para que no se nos vaya de las manos pero puede estar tranquila…” y se fue acompañado hasta la puerta por mi madre dejándome sentada sobre la mesa con los pezones y las aureolas hinchados, sin bragas, con toda la vulva mojada y casi sin sentido.

El Sr. Cura volvería mas veces, sus tocamientos seguirian y esa sería mi primera experiencia con estas tetazas que tanto placer y a veces dolor me producirían pero esas son otras historias….alanaluis@hotmail.com

Barriga / Capítulo 2

Miércoles, febrero 14th, 2007

Siempre llega un momento en las fiestas en las que me comienzo a comportar de una manera un poco extraña.
Es el punto en que todo el mundo va un poco pedo, incluida tú. Comienzas a pasar de todo. Cuando te das cuenta de que ya no te apetece bailar, te quedas en un rincón, con expresión profunda, y comienzas a meditar sobre Dios sabe qué cosas.
Ese era el punto en el que estaba en la fiesta de la facultad. La gente bailaba en el aparcamiento música un poco hortera para mí, así que me quedé reposando la merluza, apartada de todo el mundo, sentada sobre el césped.
En eso volvió Maika, mi invitada a la fiesta, ya que ella era de otra facultad.

– Los aseos están hechos un asco… -me dijo- Oye… ¿me oyes? ¿Estás en el planeta Tierra?
– Claro, cariño. Perdona. ¿Qué vas a hacer entonces?
– Irme al colegio, supongo, y mear allí. ¡Dios, ya no puedo más!
– Pues, ¿entonces nos vamos?
– Esta fiesta está como un poco aburrida ya, ¿no?
– Sí. ¡Vámonos!

Caminando hacia la parada del autobús, me reía al ver su forma de caminar: cruzando las piernas para contenerse.

– Es que no puedo aguantarme más, tía, de verdad, que se me escapa… -gimoteaba.

Se sujetó a mí, cruzando las piernas con fuerza. Yo eché un vistazo a mi alrededor.

– Oye, es de noche, y… ¿Porqué no lo haces por ahí?
– ¡Calla, yo no hago eso nunca!
– ¿Por qué no, boba? Si ya van todos como cubas, no van a saber si eres una tía agachada detrás de un árbol o un guardia civil. Está oscuro.

Mi pobre Maika se mordió nerviosa el labio. Sopesó las posibilidades…

– Venga.

Fuimos entre unos árboles, bastante lejos, en la oscuridad de la noche recién llegada.
Maika miró alrededor, me miró a mí, se bajó las bragas y se agachó. Tenía que sujetar su enorme barriga y su vestido. De entre sus muslos manó por fin un abundante chorro, chapoteando sobre la tierra.

– ¿Quieres saber cuál es mi fantasía oculta? -le pregunté, con una mirada entre borracha perdida y seductora.
– ¿Qué?
– Recuerdas lo que dijiste sobre intercambiar fantasías, ¿no? Ahora me tocaría a mí -comencé a andar en torno al charco que crecía pendiente abajo-. ¿Quieres saber cuál es mi más inconfesable fantasía en estos momentos?
– ¿Tiene que ser ahora? ¡No me mires, que me da vergüenza! ¡Estoy meando!

Me agaché y le susurré al oído mi sucia fantasía.
Ella me miró muy seria.

– Serás guarra…

Pero algo en su mirada era bueno para mí.

—–

Maika me puso una jarra y un vaso sobre la mesa. Levanté la mirada de los apuntes.

– ¿Y esto?
– Para mi chica estudiosa.
– ¿Limonada? ¿Se supone que es buena para el cerebro, para la concentración o algo así?
– Digamos que es buena para ciertas cosas… -dijo con un tono de niña traviesa, y se fue de nuevo a la cocina, revoloteando su minifalda tras ella.

Llevaba dos temas estudiados cuando me acabé la jarra. Iba a llamar a Maika cuando otra jarra aterrizó en la mesa.

– ¿Más?
– Si me quieres te la tienes que tomar.
– ¡Pero… dos jarras!
– ¡Sin rechistar! ¿O es que no me quieres?

Puso sus famosos morritos. Definitivamente estaba haciendo otra vez su papel de niña, y sabía que aquello podía conmigo.
Al sexto tema, me acabé la segunda jarra de limonada. Jarras grandes. Veamos, ¿cuántos litros son eso? ¿Dos? ¿Tres y medio? ¿Cuatro? Mi barriga hacía ruidos de chapoteo al levantarme de la silla.
Maika apareció de nuevo en el cuarto.

– ¿Estaba buena?
– Claro que sí, cariño, pero voy a reventar.
– A lo mejor estaba muy ácida…
– No, no…
– Necesitas un vaso de agua, espera… -y se fue a la cocina a llenarme un vaso con agua mineral.
– ¡Pero tú estás loca, me quieres matar!
– Toma, tonta, bebe y calla. ¡Hazlo por mí!

O lo hacía o, en su empecinamiento, me lo derramaba por toda la cara, así que tragué el agua. Me obligó a acabarme el vaso, tras lo cual gruñí.

– Oooh, Dios, ahora sí que no puedo más. ¡Me voy al water! ¡Que me voy!

Aun oía sus risas cuando cerré detrás mía la puerta del lavabo. Me bajé los pantalones y las bragas hasta los tobillos y me senté en la taza. Al poco de estar liberando espacio en mi vegija, y para mi sorpresa, se abrió la puerta del lavabo y apareció Maika.
Me miraba fijamente. El chorro se me cortó.

– Hazme un favor -dijo muy flojito-, no la sueltes toda de golpe. Deja un poco…

Y a partir de aquellas palabras suyas no necesitamos hablar más, tan sólo mirarnos a los ojos.

Separé un poco mis muslos. Ella contempló como mi orina caía desde mi interior, ahora en fino e intermitente hilo, no el torrente ansioso de antes.
No hizo caso de mi implorante mirada. Ella ya había decidido que no necesitaba salir más. Cogió el rollo de papel y envolvió una de sus manos con toda parsimonia. Me obligó a separar un poco más las piernas, todo lo que permitía la elasticidad de las bragas en mis tobillos, y a elevar un poco las caderas.
Compartiendo una mirada, Maika me limpió el coño dulcemente. Con suaves golpecitos que me hacían estremecer, empapaba mi pis en el papel. Lo hizo con calma, asegurándose de no dejar la más minúscula gota.
Cuando acabó, se miró la mano, envuelta en papel, empapada en pis. Por un instante creí que haría una locura, una deliciosa cochinada… Pero no. Arrojó el papel al retrete y tiró de la cadena.
Yo caí sobre la taza, agotada por la excitación. Aun me sentía llena de líquido, y todavía más estaba por venir, pero aquella mirada me imponía que no, que hasta que ella no lo dijese no se meaba.
Me cogió de la mano y me llevó al cuarto, hasta la cama, dando los pasos que me permitían los pantalones y las bragas a mis pies.
Se sentó en la cama y me quitó los pantalones, luego las bragas. Desde allí abajo, al nivel de mi cintura, me dedicó la mirada más dulce que nunca nadie me ha dedicado…
Y luego me lamió el coño.
Le facilité la tarea apoyando un pie sobre la cama. Yo temblaba. La sujeté por las coletas.
Su pequeña lengua se dedicó a limpiarme, como si quisiera asegurarse de que había hecho bien su tarea. Lamía mis pelitos, mis labios, se relamía y volvía a limpiar, produciendo ruiditos que me volvían loca sólo de escucharlos, ruiditos de chupeteo, de humedad, de glotonería.
De vez en cuando la punta de su lengua pasaba cerca de mi clítoris, y yo temblaba. Me meneaba, pero la maldita sólo atendía su tarea de dejarme bien limpia, y mi clítoris no era la zona más salpicada por mis líquidos dorados. Por muy húmedo que estuviera, parecía que sólo buscaba el sabor amargo de mi interior.
Mis caderas comenzaron a sacudirse, cada vez más fuerte, con vida propia. Por un lado por la íntima limpieza que mi amiga me estaba prodigando, y por otro, todo un torrente incontenible luchaba por salir.
Mientras me lamía el coño, alzó la vista. Nuestras miradas se encontraron. Ella notaba mis espasmos inquietos.

– No sueltes, ni gota, cariño -dijo sin soltar mi coño de sus labios-, lo quiero todo dentro de tí, guárdalo todo, hazlo por tu fantasía…

No podría aguantar mucho tiempo. Su lengua por fin nadó hacia arriba entre mis labios vaginales, ya abiertos de par en par, ascendió hasta la capuchita y acarició mi clítoris. Le dio una estocada que hizo sacudirme toda. Lamía mi clítoris cada vez con más empeño, como si lo acabara de descubrir y le gustara. Los músculos de mi interior hacían todo lo posible por retener el flujo, pero no pude más.
Con un gruñido animal salpiqué su boca.

– ¡No, cariño, aun no, quiero cumplir tu fantasía! -exclamó, apresando mis labios vaginales entre sus dedos con fuerza.
– ¡Pero no puedo más! -gemí- ¡Voy a estallar!

Soltó mis labios y se situó frente a mí. Sus jugosos labios, su barbilla puntiaguda, estaban bañados por mi orina, brillaban como el oro. Me besó. Sentí mi propio sabor.
¿Quién me iba a decir que algún día de mi vida iba a ver realizada mi fantasía más sucia? Y allí estaba: la chica más preciosa y dulce de este mundo haciéndola realidad hasta el límite.

– Está bien… -dijo- Hazlo ya.

Se tiró sobre la cama y se subió la camiseta, descubriendo su gran barriga.
Me situé sobre ella con las piernas abiertas.
Nos mirarmos a los ojos.
Iba a reventar, pero aun así aguanté un poco más, mientras durara aquella mirada.
Aguanté y aguanté, hasta que empezó a doler.
Maika alzó una mano y comenzó a acariciar mi clítoris dulcemente, en círculos.
No pude más.
La cascada estalló.
Mi vagina se abrió complacida y dejó caer la orina.
Meé sobre mi amiga un largo, precioso chorro dorado que fluía de mi interior, surcaba el aire y se estrellaba sobre su enorme y redonda barriga preñada. El líquido manó, y manó y manó, mientras yo gruñía de satisfacción, el líquido manó por toda la esférica piel, chorreando por los cuatro costados, mojando las sábanas, dejándola toda dorada, brillante. Salpicó con fuerza hasta su boca, que se relamió entre risas. Salpicó mojando su camiseta, humedeciendo sus pechos hasta que se transparentaron sus pezones.

“Esta es mi novia”, pensé aquella noche, por primera vez en mi vida. Y aun hoy lo pienso de vez en cuando: “Esta es mi novia”. Porque Maika ha sido la primera y la única chica.
La única que podía haber hecho realidad mi fantasía más obscena y guarra.
Aquella noche me meé en el enorme vientre de una chica embarazada.

FIN

¿Algún comentario? eslavoragine@hotmail.com

Barriga / Capí­tulo 1

Miércoles, febrero 14th, 2007

ESCENARIO: Tarde-noche. Dormitorio de chicas en un colegio mayor. Dos camas bien hechas. Luz tenue de la mesa de estudio. Una ventana al jardín. Una habitación ordenada y agradable.

PERSONAJES: Maika, 18 años, rubia, pelo corto, dos coletas. Ojos claros. Pequeños pendientes dorados. Rostro inocente, voz dulce. Camiseta blanca con cuello de pico y minifalda. Calcetines blancos y zapatillas deportivas. Cuerpo estilizado y delicado, piel clara. Barriga de seis meses.

Lorena, 19 años. Salvaje cabellera rojizo-castaña. Mirada intensa, labios gruesos y prominentes. Camiseta blanca muy ajustada, hasta el ombligo. Pantalón corto azul de deporte que cubre unas piernas largas y suaves.

El relato que sigue a continuación es absoluta ficción. Oh, venga, todos sabemos que cuando un relato erótico comienza diciendo “esto está basado en experiencias reales”, sólo está utilizando un recurso para ponernos aun más cachond@s. Esas cosas no les pasan a nadie.

Así que seamos sinceros, este relato es absoluta fantasía, algo para que vosotr@s y yo lo pasemos muy bien durante un rato. Y con un poco de suerte, espero que este relato se convierta en uno de vuestros favoritos, de esos que no borras de tu disco duro. Es sólo fantasía y nada de malo tiene, por muy pervertido que pueda ser su contenido… Y advierto que creo que lo es bastante;-)
En fin, que disfrutéis.

———

Estaba estudiando las frecuencias de vibración de los distintos tipos de materia cuando Maika entró en el cuarto. “Nuestro” cuarto, ya que lo compartimos en el colegio mayor.

Conocía ya a Maika cómo si fuera mi hija. Sólo con oír su manera de dar el portazo tras de sí supe que algo no le iba bien. Me di la vuelta y, efectivamente, la vi llorando. Ese rostro que tanto adoro me asustaba ahora, satinado de lágrimas. Su nariz sorbía mocos. Sus ojos estaban enrojecidos.
Dejé el libro y fui hacia ella. No me quería mirar. No importaba, tarde o temprano me acabaría contando lo que había pasado, y tarde o temprano yo la intentaría consolar. Eso debíamos saberlo las dos.

Para algo están las amigas, ¿no?

– Ay, Maika, cariño, ¿qué te pasa?… -pregunté apenada.

Ella se limitó a tirar la mochila sobre la cama y a apretarse contra una esquina de la habitación, como si quisiera desaparecer a través de ella. Entre sus brazos aferraba su pobre barriga, ahora ocupada por un proyecto de futuro ser humano.
Su boca estaba retorcida en el llanto. Posé mi mano en su hombro. Un hombro delgado, redondo, que adivinaba suave incluso cubierto por la camiseta.
Ella no me dedicaba ni una mirada, llorando. Como si no fuera digna de mí, cuando yo sentía a veces que más bien era a la inversa, yo no era una digna amiga para un ser tan bondadoso y adorable como ella, por una lista de motivos y defectos inacabables.

– Venga, cuéntamelo. ¿Te ha pasado algo malo?
Mi más dulce tono no lograba sacarle una palabra. Miraba al vacío.
– ¿Es algo sobre el bebé? Es, eso, claro… ¿Alguien te ha dicho algo? ¡Mira que si algún cabrón de mala madre te ha insultado, te juro que le parto ahora mismo la boca! ¡Vamos, es que como me digas que es alguien de aquí del colegio mayor, le saco a rastras de su cuarto y le inflo…!
– ¡No es eso! -exclamó ella por fin, llorando.
– ¿Entonces? Pero sí es por la barriga, ¿verdad? No hace falta que lo digas, lo sé. Bueno, ¿entonces?
– Es que…
– ¿Sí?
– ¡Es que…!
– ¿Sí, mi amor? ¿Qué te ha pasado? Quiero ayudarte, joder, dilo ya… -de pronto caí en la cuenta, y ella se dio cuenta-. Ah, ya. Ha sido él. ¿Te ha dicho algo ese cabrón?
– No es un cabrón, es que…
– ¡Sí es un cabrón, Maika, y tú lo sabes! Una buena persona no hace eso que te ha hecho, un novio de verdad no te deja así como te ha dejado, sólo por no querer ponerse un condón, sólo porque “es que así no me da gusto”… Bueno, ¿y qué te ha dicho?, venga…
– Hemos hablado, y… Él ya estaba raro, lo veía toda la tarde, y… Al final me ha dicho que se iba a Madrid. Que lo sentía mucho, pero que se iba a ir para no sé qué trabajo, que me dejaba, que era demasiada responsabilidad, que él no tenía porqué soportar tantas cosas malas en la vida, y… ¡Que me ha dicho que me dejaaaa…!

Aquel cabrón estaba haciendo llorar a mi pequeña Maika. Si lo hubiera tenido delante le habría arrancado la polla y se la habría metido por la nariz.
No obstante, intenté contener mi furia. Mientras Maika lloraba y lloraba yo me di unas cuantas vueltas por el cuarto para concentrarme en retener todos los insultos que salían a mi boca. Y me costó, vaya si me costó.

– Venga, ven… -le dije por fin, llevándola a la cama.
– Estoy otra vez sola, Lore… -se lamentaba, mientras maniobraba con su barriga para poder sentarse-. Como siempre en toda mi puta vida, no le importo una mierda a nadie, y me dejan sola otra vez. Nadie me ayuda nunca a nada… Estoy siempre sola… sola…
Aquello me dolió de verdad en el corazón. Pero era una tristeza serena, solemne, no sé si me explico. Podría hacerme entender si pudiera explicar lo que sentía por aquella chica. Lo que siempre había sentido.

La tenía allí, llorosa, cansada de la vida, con una barriga redonda y hermosa, fruto de un amor no correspondido, premio por ser demasiado inocente para este cochino mundo.

– No digas eso -dije-. No estás sola. Parece mentira…

Maika me miró y sonrió. Mi corazón se iluminó entonces. Todo él.

– Perdona -dijo-. Tú estás aquí, claro.
– Y siempre lo estaré, ¿entiendes?
– Claro. No digas cosas que algún día no puedas cumplir…
– ¡Tú a callar! Ahora mismo te voy a hacer un vaso de leche para que te relajes y te olvides de ese cabrón… Porque es un cabrón, ¿vale? Y Santas Pascuas.
– Vale.
– ¡Ah! ¿Que vale? ¿Entonces es un cabrón?
– Sí tú lo dices… Tú siempre tienes razón -bromeó ella.

Aquello ya estaba mejor.

Mientras le preparaba el vaso de leche con cola-cao, me fumé un cigarro. Maika dijo que no le molestaba, que la habitación era de las dos y yo tenía derecho a fumar allí. No obstante, no lo hacía demasiado a menudo desde que su embarazo estaba tan avanzado.

Cuando le traje el vaso a la cama, todo parecía distinto. Ya se había secado las lágrimas con un pañuelo de papel. Estaba sonriente. Su rostro estaba sonrojado por el llanto y eso la ponía más bonita, de alguna manera.

Mientras se tomaba la leche, seguimos hablando. Mi misión era evitar cualquier pensamiento negativo sobre el futuro.

– Al fin y al cabo, ¿quién necesita a un padre? Muchos niños viven sin padre, y de mayores, míralos, no son asesinos en serie ni peluqueros. ¿Sabes? Una mujer sola puede darle una educación perfecta a un niño… ¡Oye, y dos mujeres ya no digamos!
– ¡Tú, madre! ¿Estás de coña? -rió Maika- Fíjate, nunca te había imaginado como madre…
– Pues por tu niño, lo que hiciera falta.

El momento de silencio y miradas que siguieron entonces me pusieron los pelos de punta. Fue como si un augurio hubiera pasado haciendo un vuelo rasante sobre nuestras cabezas.

– Oye… ¿Tú harías eso por mí?
– Ya te lo he dicho. Por ti y tu niño, pienso hacer lo que haga falta.
– Vaya. Qué decidido lo tenías.

Me puse colorada.

– ¿Tú querrías también hacer de madre para mi niño?
– Claro… -dije- ¿Por qué no?
– No sé -dijo ella, desviando la mirada-, hoy en día la sociedad aun da muchos problemas. Mira los matrimonios de lesbianas, por ejemplo, todo son pegas, las pobres… Oye, qué pasa -dijo ella, con una sonrisa, no sabía qué profunda se me estaba clavando aquella dichosa sonrisa- Al decir lo de las lesbianas te has puesto como un tomate, ¿eh?

Y comenzó a darme codazos de broma. Yo sólo sonreí. ¿Qué otra cosa podía haber hecho?

– Lo siento, tía, es que estoy muy… No sé -volvió a perder su mirada en el vacío. Qué guapa estaba cuando se quedaba así, colgada de ninguna parte-.

Todo lo que he recibido en mi vida han sido patadas, ya lo sabes. No parezco importarle a nadie. En cambio tú, aquí estás, tan buena… Hasta cuando creo que he encontrado a un chico que es diferente, que puede amarme, entonces mi vida se… se…
Comenzó a llorar de nuevo en silencio. La abracé. Le di un beso en la mejilla. Ella se dejaba estrechar entre mis brazos, supongo que se sentía bien así.

Acaricié su cabecita loca, su nuca.
Seguí dándole besos suaves para consolarla.
Ella se abrazaba a mí.

Su respiración se calmaba, se hacía más pausada y profunda. Su pecho se inflaba y desinflaba contra el mío.

Creí morir de vergüenza y miedo. Mis pechos se estaban endureciendo. Ella lo notaría.
No se si lo notó o no, pero el caso es que mi chiquilla se separó de mí y me miró a los ojos.

Nos besamos.

Durante una décima de segundo perdí la visión, el sentido del tiempo y de la identidad.
Nos volvimos a separar y a mirarnos.

– ¿Qué ha pasado? -susurró ella.
– No sé… ¿Quieres que nos paremos un momento para debatir la cuestión?
– No… -sonrió ella, nerviosa- Claro… Claro que no.

Y me volvió a besar.

La primera vez es importante. La segunda es la buena. Suele pasar con muchas cosas de la vida.

Esta vez pude ser consciente de lo que hacía… y dar gracias a Dios por ello.

Nuestros labios estaban juntos. Apenas se movían, eran carne atrapada en carne. Sentía un hilillo de su aliento en el mío. Los solté para volver a atraparlos con un poco más de fuerza. Así debía ser el primer beso, pensé, suave, tímido, sin prisas. No bestial, apasionado, húmedo, sino miedoso, dulce, lento.
En cierto modo aquel era mi primer beso. Mi primer beso con otra chica.

Pronto el beso dejó de ser tímido y comenzó a disfrutarse a sí mismo. Yo quería succionar sus labios, el superior, el inferior, los quería para mí, los quería dentro de mi boca. Descubrí una Maika algo atrevida. Su boca se abrió un poco, mordió mis labios. Yo me dejaba con gusto. Sus dientes me arañaban la carne. En fin, el beso ya era un señor beso.

Después llegó el momento glorioso de todo beso. Un par de lenguas se fueron abriendo paso a través de la carne y se encontraron. Se tocaron una primera vez, tímidamente, como serpientes curiosas, tanteando un poco el terreno, examinando un poco al enemigo. Poco a poco se fueron conociendo y acabaron una encima de otra. Nuestras bocas quedaron inmóviles sólo para que mi lengua entrara y saliera, se deslizara lentamente sobre la suya.

Cambiamos los papeles y fue su lengua la que se posó sobre la mía. Alzó la punta y palpó mis labios.

Nos separamos un instante para mirarnos. Nuestras sonrisas nos hacían cómplices.

Aquello fue todo por aquella noche. Nos separamos, coloradas de vergüenza, y no dijimos nada. Ella se duchó y se durmió. Yo seguí estudiando hasta la madrugada. Al menos lo intenté.

No podía dejar de mirarla mientras dormía.

Por fin la vida empezaba a sonreírme.

Odio estar sudada, apestar, que la ropa se te pegue al cuerpo, que el pelo se te apegotone por la roña, tener la cara colorada… Sé que todo esto puede poner cachondos a muchos, pero a mí me da un asco tremendo, joder.

Volvía al colegio después de darme la paliza en la pista de balonmano así que estaba deseando darme una ducha.

Apenas perdí tiempo tirando mis bártulos en un rincón del cuarto y me metí en el baño.

Al rato de estar bajo el chorro de la ducha oí el característico sonido de Maika entrando en el cuarto y cerrando con llave.

Salí en albornoz, rodeada de vapor de agua y olor a melocotón, kiwi, almendras, extracto de leche y todas esas chorradas que en realidad supongo que las cosas del baño no llevan. Maika estaba preparando unos espagueti para cenar. Otra vez. En fin, es la maldición del estudiante emancipado.

– ¿Cómo está mi preñadita? -le pregunté mientras buscaba mi ropa interior.
– No me llames así, tía -contestó desde la pequeña cocina-. Sólo se preñan los animales. Las mujeres…
– Bueno… Pues, ¿cómo ha pasado el día mi querida embarazada?
– Bien gracias.
– ¿Nada raro? ¿Vómitos o algo así?
– ¡Calla, toca madera!

Trajo dos humeantes platos de espagueti y un par de tenedores. Yo le di la espalda

– Oye, ¿te importa no mirar durante un momento? Es que voy a ponerme las bragas y el… el sujetador.
Hubo un delicioso momento de silencio. Delicioso, pero maldito el temblor que sentí en mi estómago.
– Claro, confianza -respondió.

Me puse las bragas, metí primero una pierna y luego la otra, y casi me caigo, intentando mientras tanto que el albornoz no se me abriera, a pesar de que de espaldas a ella poco iba a ver.

Luego el sujetador. Durante unos segundos, así, con el sujetador en mis manos, el albornoz abierto, mis pechos que se fueron deslizando poco a poco, hasta quedar al aire, en esa situación comencé a elucubrar, a imaginar. ¿Qué pasaría si ella me viese así, si por un descuido o confusión me diese ahora la vuelta y me viese, mis finas bragas recién puestas, mis pechos al aire, medio asomados por la abertura del albornoz, mis pezones medio adivinados, mi piel recién limpia, frotada y seca, estos senos que Dios me ha dado, ¡estas tetas!, porque estas cosas tan grandes y bien formadas bien merecen llamarse ya tetas, si me mirase luego a la cara, con esta cara lujuriosa e interrogante, esta cara de perra que seguro que se me está poniendo ahora…?
En fin, que me puse el sujetador y lo dejé todo bien agarrado.

Me até el albornoz. Cada una se tumbó en su cama y cenamos.

Hablamos como de costumbre, sin cortes ni aclaraciones, como habíamos hecho desde que nos conocimos en el patio del instituto, comentando lo mal que estaba el mundo, lo difícil que era estar viva y, aun más, encontrar personas que aliviaran esa dificultad.

Espagueti va y espagueti viene, acabamos en su cama, abrazadas, mirando al vacío, sin decir nada. Yo acariciaba su abultada barriga sobre la camiseta. Me encantan las camas contra la pared, me hacen sentir segura, y eso que esta estaba bajo la ventana que da al jardín. ¡La seguridad que da que cualquier violador pueda romper la ventana y entrar! Pero en fin, yo soy así.

Cuando nuestras miradas coincidieron, ella no tardó en hablar:

– Tengo una cosa para ti.
– ¿Qué?
– Verás…

Se levantó de la cama todo lo rápido que podía una chica embarazada, clavándome la rodilla en el muslo, dándome un tremendo pellizco.
Al poco volvió del armario de la entrada con un paquete envuelto en papel de regalo y me lo dio. Era ropa, seguro.

– ¿Y esto? -dije, sin poder ocultar mi ilusión por los regalos.
– Para la única persona en el mundo que cuida de mi… -dijo, y me dio un beso.

Maika era de las que no dejan caer un detalle en saco roto. Era una camiseta que vimos una vez en una tienda de música, y que entonces dije que me gustaría comprar. Era azul oscuro y tenía escrita en el pecho la palabra “ZERO” en letras plateadas. Me encanta esa camiseta, y desde aquella noche aun más. Le di las gracias a Maika, y mil besos.

– Pruébatela -dijo.
– ¿Ahora?

Maika asintió con su cabeza.

– ¡Venga! -accedí.

Y sin pensármelo mucho, me desaté el nudo del cinturón y dejé caer el albornoz. No niego que quizá lo hice con cierta teatralidad, dejando que resbalara por mis brazos y luego por mis caderas, hasta quedarme en ropa interior.

Cogí la camiseta de sus manos, y me la puse.

– ¿Qué tal?
– Te sienta genial, en serio… Y la palabra, como está tan bien situada, ahí…
– ¿Sí..? Que miedo te tengo…
– ¡Te hace las tetas más grandes! ¡En serio, estás para comerte! ¡Mmmmh!
– ¡Pero serás guarra! ¡Ven aquí!

Sí. En algunos momentos tonteamos como niños y no caemos en la cuenta. Me lancé a la cama, sobre Maika, por supuesto con el debido cuidado a una embarazada. Comencé a pellizcarla y a hacerle cosquillas. Nos hartamos de forcejear y reír, acabamos resoplando.

Una vez más acabamos abrazadas. Maika hundió su cara en mi pelo y aspiró.

– Mmmh, me encanta cuando hueles a limpio…

Yo volví a acariciar su pancita. La camiseta había quedado arrugada y mis dedos dibujaban círculos lentamente sobre su tensa piel. Quería hacerlo con delicadeza, con cariño. Las yemas de mis dedos rondaron suavemente en torno a su ombligo.

Sentí un mordisco en el lóbulo de mi oreja. Sumergida entre mi cabellera, ella mordía mi oreja, respiraba en mi oído, resonando como un huracán cada vez. Aquella era una de las cosas que más caliente me han puesto en toda mi vida. No pude resistirme.

Acaricié su enorme barriga con toda mi mano. Redonda, tersa, suave, perfecta. Un planeta de carne, una esfera perfecta, una cama elástica para mis dedos. Los círculos fueron haciéndose más amplios y sus mordiscos más intensos, ya no se sabía cuál era la causa y cuál el efecto.

Su lengua humedeció mi oído. Pensé que debía darle asco, y allí estaba, chupándomelo… Y poniéndome a cien. Cómo la adoraba. Su mano se hundió y me agarró del pelo.

Mientras mi mano se iba haciendo más y más atrevida en su exploración, mi boca entró en acción. Besé su cuello, un cuello fino, inmaculado, dorado, blandito, como siempre había imaginado que sería. Ella se contraía con cada beso. Mordí su garganta. Me tiró suavemente del pelo. Nos miramos… y nos besamos apasionadamente, a boca abierta, luchando con nuestras lenguas.

Mi mano abandonó su barriga y subió a su pecho. Los amasé amablemente, probándolos, midiéndolos. Los apreté entre mis dedos, haciéndola retorcerse. Abandoné el abrazo y me situé encima de ella. Mi mano libre enganchó su otra teta. Interrumpí el beso, mi boca bajó a su ombligo. Mi lengua intentaba penetrarlo como si fuera un orificio más para el placer. Le encantaba, lo veía cada vez que miraba hacia arriba y veía su carita. Mis manos bucearon por debajo de su camiseta, descubrieron sus pechos de la tela del sujetador. Tanteé hasta encontrar el lugar donde debían estar sus pezones. Acaricié y acaricié hasta que hice salir a los malditos. Los atrapé entre mis dedos, los estrujé, incluso les di un tremendo pellizco, haciéndola botar en la cama.

– ¡Ay! Mmmh, qué bruta eres, me quieres… me quieres matar…

Lamí toda su barriga, sin dejar ni un milímetro, puedo dar fe. La cubrí totalmente con mi saliva. Estaba descubriendo que la barriga de una chica embarazada era la cosa más sensual y voluptuosa del mundo, me encantaba acariciarla, abrazarme a ella, pegar mi cara contra ella, lamerla como si fuese un helado gigante de chocolate, surcarla sólo con la puntita dura de mi lengua. Una barriga redonda, de piel totalmente tersa y tirante.

– ¿Te gusta mi pancita?
– Mmh, Maika… Estaría toda la vida… mmmh… lamiéndotela… Es tan bonita.

Ella rió. Se incorporó y se quitó la camiseta. Sus tetas cayeron dando un bote que me excitó aun más. Se quitó el sujetador y lo lanzó lejos.

– Ven aquí. Pruébalas…

Se arqueó, apuntando con sus pezones hacia mi cara y yo no me hice de rogar. Me lancé voraz a comerle las tetas, delicioso plato doble de un manjar aromático, suave, que se deshacía en la boca, mientras ella tiraba de mis pelos como si fueran las riendas de una yegua.

Levanté aquellas hermosuras y las lamí por abajo, por el pliegue, saboreando bien. En mi frenesí casi llegué a creer que sería posible comérmelas literalmente, introducírmelas en la boca por completo, masticarlas, saborearlas y tragármelas, garganta abajo. La realidad me imponía tener que contentarme con lamerlas, mordisquearlas, apretarlas y estirarlas en una y otra dirección, succionar bestialmente sus duros pezones para ver las expresiones de placer en la cara de mi amiga. Casi podía confundirlas con expresiones de dolor, pero también en mí la pasión era casi un dolor.

– ¿Te duele, cariño?
– No, tonta, mmmh… ah, sigue, por favor, me encanta… me encanta… me… Ahhh…

Se liberó de mis manos y me besó. Nos besamos de rodillas en su cama. Mientras nuestras lenguas eran respectivamente chupeteadas, sus manos fueron serpenteando por mi espalda, bajo mi camiseta. Me desabrochó el broche del sujetador. En un alarde de habilidad, me lo fue extrayendo por una manga de la camiseta, hasta sacarlo totalmente y arrojarlo lejos también.

– Así -dijo con una carita pícara-, sólo con la camiseta me gustas más… ¿no?

Comenzó a magrearme sobre la ropa, parece que eso la excitaba más que el contacto directo con la carne. Cubrió mis tetas con sus manos, las apretó como dos bocinas, las estrujó. Apreté los dientes: sentía ya que cierta parte de mi cuerpo estaba demasiado hinchada y reclamaba atenciones.

– Quiero hacerte el amor, cariño mío -le susurré al oído, produciéndole cosquillas-, llevo mucho, mucho tiempo queriendo hacerlo contigo, y esta noche voy a hacerlo si tú me dejas…

Me miró a la cara, y me respondió con un ardiente beso, su lengua intentó llegar a una profundidad a la que nunca antes había llegado.

– Fóllame…

Se tendió toda en la cama, como una gatita tranquila. Su barriga sobresalía como una pequeña montaña. La despojé de la falda. Para quitarle las bragas me tomé mi tiempo. Descubrí que me encantaba quitarlas poco a poco, verlas hacerse un rollito, hasta llegar a sus pies, cubiertos con un par de calcetines.
Su pubis quedó descubierto. Un pequeño triángulo rubio que debía mantener regularmente depilado para ser tan perfecto. Ciertos aromas embriagadores llegaron a mí. Lentamente, provocativa, separó sus piernas. Sus labios vaginales estaban ya más que abiertos y su raja rosadita segregaba grumos transparentes.

En lo mejor del momento, caí en la cuenta. ¿Cómo lo iba a hacer? Nunca lo había llegado a hacer con una chica, y me da algo de vergüenza reconocer que a los 19 años aun no tenía ni idea de sexo lésbico. Sólo podía confiar en que mi imaginación acertara entre todas las posibilidades que se me ocurrían. De todas las imágenes que se me venían a la mente, una parecía la más lógica para que dos chicas hicieran el amor.

Me levanté y comencé a quitarme las braguitas lentamente, igual que había hecho con las suyas. Maika me contemplaba desde la cama, acariciándose frenéticamente con un dedo.

Hoy en día sé que aquel hubiera sido el momento para hacer mil locuras con aquel coñito de 18 años que tenía delante. Mil posturas, mil lametones y mordiscos, mil juegos enloquecedores, tiras y aflojas. Pero nerviosa como estaba en mi pérdida de la virginidad -¡Dios, por fin!- no se me ocurrió más que lo que hice entonces.

– Ven… -gimió Maika mientras se acariciaba algo llamado clítoris- Vamos tonta, ven ya aquí…
Mi cuerpo estallaba pidiendo un orgasmo a gritos, que acabara ya con aquella provocación. Me situé sobre ella. Acaricié mi coño hasta sentirlo tan resbaladizo y suave como el de ella. Durante un rato estuvimos las dos sólo así, masturbándonos con el dedo corazón y mirándonos a los ojos con hambre.

– Mmmmh… Date prisa, Lore… Rápido… ¡Mh!… Que me… ¡Que me…!

Situé mi coño sobre el suyo. Mi intención era follármela de verdad: genitales contra genitales, coño contra coño, clítoris contra clítoris, jugos contra jugos…

Como pude me froté contra ella. Sentí sus pelos, sus labios, sus jugos mezclándose con los míos, pegándose entre mis muslos y dejando hilillos entre ambas. Pero aquel cimbreo no me satisfacía. Acabé tirándome a la cama, desesperada, gruñendo. En horizontal, nuestras piernas enredadas, nuestros coños se acercaron por fin, se pudieron restregar a placer uno contra otro. Nos sujetamos bien la una a la otra por los muslos para no separarnos nunca.

– ¡Sí-sí-sigue! ¡Aaaah-Maika-cariño!
– ¡Sí-Lore-sigue! ¡Mmmmh! ¡Qué bien!
– ¡Te gusta! ¡Mh! ¡Ah! ¡Ah! ¡Aaaaaah!
– ¡Sí-Dios-no-pares-ahora-ah-ah-ah-aaaaaaaaaaammmmmh!
– ¡Oooooounnnnngh!

Cuando oí nuestras vaginas hacer ventosa, creí morir de placer. Una sacudida me azotó y me quedé rígida contra el coño de mi amiga, que acabó chillando y sacudiéndose aun contra mí, hasta que acabó rendida.

Aquella noche dormimos juntas en su cama, agotadas, quietecitas como dos niñas buenas. No volvimos a hablar, hasta que, a las tantas, me despertó el susurró de Maika junto a mi oreja.

– Lorena… Quiero proponerte una cosa.
– Dime, Maika -gemí, muerta de sueño.
– Te propongo… Que intercambiemos fantasías. Tú haces realidad las mías y yo hago realidad las tuyas… ¿Te parece?
– ¿En todas las relaciones eres tan rápida? No pierdes el tiempo ¿eh?…

Hice como que me lo pensaba un rato y accedí. Al oído, ella me susurró su sucia fantasía sexual. No puse pegas. Me sonreí. Mi fantasía sería aun más sucia.

Maika fue escurriéndose bajo las sábanas y enterró su cara entre mis nalgas. Estuve toda la noche sintiendo mi impoluto ano siendo lamido y acariciado por su lengua… Hasta que comencé a roncar.

(continúa en el capítulo II)

¿Algún comentario? eslavoragine@hotmail.com

Carola, mi cuñada

Miércoles, febrero 14th, 2007

Me llamo Carlos, estoy casado desde hace 8 años con Marta, tenemos 3 chicos, llevamos una buena vida de casados, todo bien sin problemas mas alla de los cotidianos, tengo 29 años Marta 28.
Un viernes en la tarde mis padres que viven solos en el campo, nos invitaron a pasar el fin de semana con ellos, a mi me era imposible ir, asi que Marta decidio ir con los chicos, yo iria recien el domingo para pasar la tarde y regresar con ellos.
Se fueron como a las 16, yo segui con mis obligaciones, cuando salia de mi oficina me sono el celular, ya llegaron pense, no era mi cuñada, una hermana de Marta de nombre Carola, habia venido al medico, tenia turno el sabado a las 12,oo por lo que vino a visitarnos, le pregunte donde estaba dijo:estoy en la puerta de tu casa, me canse de tocar el timbre, le explique que Marta y los chicos se havian ido de viaje, pero que en 20 minutos yo estaba llegando que esperase, espero dijo.
Sin perdida de tiempo, llegue, Carola estaba como dijo en la puerta, es la menor de las hermanas 22 años casada hace menos de un año, nos saludamos le toque su panza, le pregunte como estaba, mientras pasabamos, pidiendole que se pusiese comoda el calor era insoportable, puse el A.A. le pregunte si desaba comer o tomar algo, me dijo tomar algo fresco por que se moria de sed.
Le lleve su bolso al dormitorio de mi hija, le dije que se de un baño para que se le pasase el calor, eso hare dijo y se metio al baño.Yo me diriji a mi dormitorio a sacarme la ropa de calle, ponerme algo liviano y fresco, regrese a la cocina a ver lo que habia de comida, yo no tenia pensado comer en casa por eso no me dejaron casi nada, en esos menesteres estaba cuando regreso Carola ya mas comoda, preguntando en que podia ayudarme. En nada conteste, y le pregunte si deseaba salir a comer conmigo o que pidiesemos comida a algun lugar, sin dudar me dijo que ya se habia puesto la ropa de entrecasa y no deseaba cambiarse, asi encargamos la comida para estar mas comodos, nos sentamos en el living, y comenzaron las consabidas preguntas sobre la familia de ambos sobre nuestras situaciones.Llego la comida y nos aprestamos a ese menester, nuestra charla casi intrandescente continuo, ella no acepto que lavase yo nada lo haria ella, me quede en la mesa fumando mientras Carola acomodaba y lavaba, la tenia de espaldas, notando su transformacion de adolecente a mujer en ese casi año, habia rellenado su trasero sus senos estaban mucho mas grandes producto de su embarazo proximo, me habia dicho que estaba de 71/2 meses, y que todo marchaba 10 puntos.Como, hacia tanto calor yo le pregunte si no le molestaba si me sacaba mi remera, no para nada contesto. Le pregunte como marchaba su relacion con su esposo, luego de un largo tiempo contesto que no como ella deseaba, por que pregunte, es que Mario es tan considerado que desde los 6meses de embarazo no deseaba hacerle el amor, alo que a continuacion hizo una broma diciendome que si yo me hubiese demorado mas en regresar hubiese buscado quien desease estar con una panzona,jejejejejeje de los dos.
Por su estado no cerraba sus piernas al sentarse, cosa que me permitia ver mas de lo que hubiese querido, me dijo que si me molestaba que se pusiese el camison que era mas fresco y comodo para seguir charlando, no para nada dije y pensando que seria mas largo y amplio, su regreso de camison fue una doble sorpresa para mi era mas corto y mas ajustado lo que debido a su embarazo casi no llegaba a su entrepierna y al ser mas ajustado marcaba mas sus tetas (sin nada) pegandosele a su relleno trasero, hundiendosele en su divisoria posterior.No termino de sentarse y pregunto si podia hacerme una pregunta intima, le dije que la hiciese y yo veria si la contestaba, hasta que tiempo del embarazo hicieron el amor con Marta, pregunto.
Yo conteste que hasta 15 dias antes del parto (cosa que es cierto) que lo haciamos con sumo cuidado, se puso su mano en los ojos y comenzo a llorar, me acerque a consolarla, Carola sostenia que su marido habia perdido interes en ella, le explicaba que no era asi que ahora estaba mas linda que cuando se caso, me abrazo presionandome sus tetas en mi pecho, yo acariciaba su cabeza, hasta que se separo un poco lo suficiente como para quedar cara a cara nos dimos un beso en la boca.Eso fue abrir un dique de deseo mutuo, nos fundimos nuestras bocas mientras nuestras manos exploraban territorios enemigos (enemigos?) mi mano hacia sus tetas, y la suya a mi miembro que ya estaba en condiciones de comenzar un ataque, cuando meti mi mano por dentro de su tanga, y solo toque su concha, note lo humeda, pero eso fue solo un instante por que fue un gemido ahogado y mi mano quedo mojada con su orgasmo, con solo tacto, segui jugando con mis dedos en su vagina, cuando me dijo que deseaba que la cojiese, con “sumo cuidado” como tu sabes.Le dije que vayamos al dormitorio a la cama me dijo que deseaba que sea yaaaaaaaa ahoraaaaaa y aquiiiiiiiiii, la acomode en el sillon le baje su tanga, mi miembro estaba listo, para tan importante mision solidaria, se la puse en sus labios vaginales, cuando Carola realizo un arqueamiento de pelvis hacia arriba metiendose sola media verga, acompañando ese movimiento con un casi haullido de placer, la otra mitad me correspondia meterla a mi, cosa que hice, cuando estaba toda mi pija alojada en su concha comence al mete y saca mientras pedia mas y mas mordiendose sus labios me demostraba su gozo a compañados de casi estertores orgasmicos, hasta que me comence a vaciar dentro suyo, cosa que no desaprovecho para regalarme un orgasmo final, conjunto, asi quedamos uno al lado del otro por un rato, cuando nos separamos, salio corriendo metiendose al baño. Quede con una angustia tremenda, pensando que me habia aprovechado de mi cuñada embarazada, bastante mal me encontraba, cuando Carola salio del baño completamente desnuda, con una sonrisa me extendio una mano y me dijo; creo haber escuchado una invitacion a estar en la cama mas comoda, decidi aceptar esa comodidad. Te espero, tenemos toda una noche para estar mas comodos.
Cosa que ocurrio.Queda una noche para contar si te gusto lo que hasta aqui sucedio escribanme:

armadoestoy@hotmail.com

penetracion23@latinmail.com

Una mamá para cuatro / Capí­tulo 3

Miércoles, febrero 14th, 2007

Mi polla quedó colgando humedecida de saliva de mi pareja y leche de ambos. Y por pocos segundos pudimos descansar pues la cogieron en volandas, y la apartaron un poco más de mí, en medio de suplicas de ella diciendo “que ya estaba bien”. Pero de nada sirvió. Uno de los dos que aun no la habían fornicado, le dijo “que aun quedaba lo mejor”. Tanto mi mujer como yo comprendimos el mensaje.

Querían su ano, el estrecho y casi virgen ano de mi esposa.

Mi mujer, en un nuevo intento desesperado, intentó razonar con ellos. El dramatismo de la conversación que ella inició con ellos, mientras estos últimos se iban preparando las pollas delante de ella, me producía tanto morbo como escalofríos.

— Por favor — Decía ella entre sollozos, dándose cuenta de lo que iba a sucederle — tened un poco consideración. Pensad en mi hija. Ella me necesita ahora más que nunca.

— Y nosotros — Exclamó el que se iba acercando más a ella con la polla bien dura.

— Puedo haceros otra cosa, puedo masturbaros con los pechos, como le he hecho a mi marido. ¿No os ha gustado?.

— ¡Sí!. ya lo creemos, pero tu culito es tu culito y por lo que hemos podido ver… vaya culito…

Otro de ellos, se acercó a mi esposa y llevando en su mano una petaca. Se la ofreció a mi esposa, la cual estaba a cuatro patas obligada por los demás.
— Está vacía. — Le dijo poniendo la petaca delante de su rostro – Llenamela.

Mi esposa comprendió y los que la estaban sujetando no pusieron muy buena cara ante la novedad que había añadido el que, por lo que puede intuir, era el líder de la banda: El pelirrojo.

Mi esposa, lo miró con el rostro arrasado en lágrimas y se incorporó a medida que la iban dejando un poco libre. Se sentó en unas cajas de madera y cogió la petaca que le ofrecía el hombre.

Dirigió por unos instantes su mirada a mí y su rostro era todo humillación y sumisión. Despeinada, llena de marcas en todo su cuerpo y arañazos. Luego observó sus senos con atención y destapó la petaca y comenzó a manipularse ambos pechos como comprobando cual de los dos estaba más lleno. Y al cabo de unos segundos de ese manoseo de comprobación, miró de nuevo al pelirrojo el cual dijo “Llénamela por que quiero tener un recuerdo que saborear dentro de un rato”. Mi esposa asintió con claro gesto de atormentada y colocó el pezón rosado de aureola y empapada de leche, en el interior del cuello de la petaca. Encajaba perfectamente y no se iba a desperdiciar ni una gota de lo que allí saliera. Acto seguido, mi mujer, comenzó a ordeñarse el pecho y la petaca comenzó a llenarse ante la sonrisa de los presentes. Los cuales, sobre todo los que no la habían catado aun, estaban casi incontrolados, pajeándose brutalmente ante aquella escena de auto ordeño de una lactante y sobre todo hembra sometida. Habían momentos en que mi esposa no podía disimular su rostro de dolor, incluso quejido.

— ¿Qué pasa?. —Preguntó inquieto el pelirrojo ante esas reacciones de mi pareja.

Ella movió la cabeza negativamente

— Más vale que me lo digas, zorra.

— Es… Es solo que a penas me queda leche y… — Sus ojos se estrellaron en actitud de clemencia ante el observador, añadiendo – Me duelen.
— Usa la otra teta, puta pero lléname la petaca o te sacaran los intestinos por la boca cuando te enculen. Mi esposa, no se alteró más de lo que ya estaba. Sabía que su culo no se iba a librar de la violación. Por otro lado, siendo cuatro violadores, lo lógico era que la penetraran también analmente. Lo había leído en informes sobre violaciones que, por su profesión, había tenido que examinar. Ella estaba siendo violada, por tanto, nada iba a ser diferente, excepto en que a demás de que esclavizaran su cuerpo, estaba alimentando a cuatro hombres.

Se sacó el pecho del cuello de la petaca e introdujo el pezón del otro pecho en el interior, en un intento desesperado de exprimirse hasta la ultima gota para llenar la maldita petaca. Así estuvimos unos minutos, viendo los intermitentes exprimidas que con la mano hacía mi esposa sobre su pecho para ir llenando a chorritos la petaca. Al final, sacándose el pezón, salió un poco de leche del cuello de la petaca en señal de que había sido llenada hasta los topes. El pelirrojo, cogió la petaca y dio un trago, dándole la espalda a mi esposa.

— Buena y obediente ama de cría… — Exclamó susurrantemente — El culo es vuestro.

Aquella frase hizo que el resto de violadores se lanzaran como hienas sobre su presa, es decir, mi esposa la cual desapareció entre cuerpos y penes, chillando con desespero. Sin embargo, el pelirrojo, aun quería algo más. Por ello, concluyó.

— ¡Así no!. ¡Parad!. La quiero de cara a su marido a cuatro patas como una perra y ella no hará nada.

— ¡Que te crees tú eso!. le increpó uno. Mi polla mide casi 30 cm. y pocos culos lo han aguantado sino las he inmovilizado antes. ¿Es que no te acuerdas de aquella vez a la salida del instituto con aquella adolescente?.

El pelirrojo, miró al que le había increpado y le respondió:

— Esta puta no hará nada. Se dejará hacer porque querrá ver de nuevo a su hija del alma… ¿no? — Y con la pregunta miró a mi esposa, la cual, volvió a cerrar los ojos y a llorar en silencio.

La cogieron de nuevo y la situaron de cara a mí pero a distancia de uno dos pasos. La pusieron a cuatro patas y ella permaneció inmóvil mientras el primero en culearla se iba posicionando detrás de ella. Mi esposa, volvió a mirarme intentando mostrar unos inexistentes restos de serenidad. Pero aquella mirada sumisa no era de serenidad, sino de deseo de que acabaran de una vez y pudiéramos volver a casa.

El primero en culearla, la cogió de las caderas y la pegó por unos instantes a su bajo vientre. Eran los movimientos previos a la colocación para la enculada. Acto seguido, se escupió ambas manos y se las frotó unos segundos. Miré de nuevo a mi esposa, la cual, emitiendo un patético intento de sonrisa con el rostro desencajado, me susurró:

— Te quiero.

En aquél justo instante, fue taladrada de un violentísmo y continuada empujón que hizo emitir a mi esposa el más escalofriante grito que un ser humano puede dar. Aquello tenía que haber sido como si la reventaran literalmente. Grito que contrastó con el largo gemido de placer del agresor.

Casi no logró mantener el equilibrio pero la sujetó por la caderas y comenzó el brutal vaivén follador.

Mi esposa era agitada continuamente hacia delante y hacia atrás, de acuerdo con los impactos de polla en su ano destrozado. Uno de los que observaba detrás de ella, comenzó a exclamar.

— ¡La ha reventado, la ha reventado. ¡Sangra como una perra!

— ¡Dale duro, dale.! —- Gritaba otro.

Y los “Dale” fueron el grito de guerra de aquellos interminables minutos.

— Joder… Lo tiene tan cerrado — Exclamaba entre jadeos y con voz entre cortada el que la estaba probando por el culo — que hasta parece que me corta la circulación de la polla.

Las carcajadas se hicieron protagonistas a partir de aquél momento.

Al cabo de unos segundos, el primero que la había estado culeando, se corrió como si fuera un tocino y cuando salió y se puso en pie, la polla apareció llena de sangre.

— Me la ha dejado perdida — Dijo mirándosela y mirando a mi esposa, la cual se mantenía a cuatro patas por puro milagro — pero ha valido la pena.
El que quedaba, ocupó el lugar del primero y la empaló de nuevo pero dándole aun con más fuerza. Mi esposa me miraba cuando podía hacerlo, controlando el no perder el equilibrio y la consciencia, algo realmente difícil a tenor de lo que estaba aguantando. El que la estaba enculando, llevó sus manos a los pechos de mi mujer y los usó de agarraderas, hasta el punto que tirando de ellos hacia arriba, la hizo reincorporarse un poco sobre sus rodillas y vi como recibía la polla por el culo y su torso danzaba hacia arriba de acuerdo con el ritmo de las embestidas. Sus pechos estaban siendo magreados a consciencia y ella intentaba aguantarlo todo. El que la culeaba comenzó a morderle el cuello desde atrás mientras le hincaba duro y el pelirrojo, quiso rematar lo que casi ya no podía imaginarse. Le pidió a mi esposa que comenzara a decirme cochinadas porque quería ver mi polla de nuevo dura y echando la leche por segunda vez.

Mi esposa, me conocía bien y atacó directamente mi fibra sensible. Estaba decidida a terminar con esta pesadilla y no le importaba ya el precio.

— Mira, — Decía ella entre gritos de dolor — me están dando. Mira como me dan, Me están dando duro. ah!. ah!. Siempre te habías imaginado algo así. Me lo dijiste muchas veces pues ahora me están jodiendo por la fuerza y yo no puedo hacer nada.

¡¡¡Mira, mira, ah, aaaahh!!!. Mira como me botan las tetas. Mi cuerpo esta siendo poseído por otros mira… ¡Dejadme cabrones!, ¡No, no!, ah, ah, ah, ah, aaaaaahhh!!!

Ni siquiera me toqué pero mi pene comenzó a escupir leche y el del ultimo violador también y dejándose caer sobre mi esposa, la aplastó literalmente contra el suelo con el peso de su propio cuerpo. Después, solo sentí un fuerte impacto en la cabeza y perdí el conocimiento. Cuando desperté. Me encontré a mi esposa, vestida con los restos de la ropa. Estaba recostado sobre su torso y me secaba una herida en la frente. Parecía más serena.

— Ya ha pasado todo, cariño…

— Me dijo — Ya pasó. Ya han terminado…ahmetito@latinmail.com