Archive for the ‘Control mental’ Category

Mensajes subliminales / Segunda parte

Jueves, enero 11th, 2007

Los siguientes días fueron los mejores en toda la vida de David. Las cintas subliminales se convirtieron en algo imprescindible. Poco a poco, comenzó la re-educación de su mujer.

Primero fue la actitud ante su trabajo. Comenzó a verlo como un empleo maravilloso. Era lo que su marido siempre había querido, por tanto era lo mejor para él. No solo no volvió a criticarlo, sino que lo apoyaba ante cualquiera que se metiera con él.

El siguiente paso fue la forma de vestir. Cuando llegaba a casa, Sonia seguía quitándose la ropa que vestía para trabajar, pero tan solo para sustituirla por excitante lencería, apenas tapada por elegantes quimonos y saltos de cama que había comprado por “su propia” voluntad. Se duchaba varias veces al día, para estar siempre limpia y a punto para su esposo.

En cuestión de sexo, David convirtió a su mujer en toda una tigresa en la cama. Audaz, impulsiva, apasionada… no había juego erótico que le propusiera su marido que no quisiera probar. Pero no solo eso, sino que comenzó a leer libros y relatos eróticos, y a alquilar películas pornográficas para aprender más y mejores formas de disfrutar del amor.

Pero ante todo, el mayor cambio en Sonia había sido la sumisión. Adoraba a su esposo. Sus deseos eran más que órdenes para ella. Haría cualquier cosa por él. Su único deseo en la vida era complacerle. Vivía por y para él. Seguía trabajando, pero solo porque el dinero que ella ganaba les venía muy bien a los dos.

Por lo demás, su vida seguía siendo como siempre. Ante el resto del mundo ella no había cambiado, excepto tal vez en la mirada de amor y devoción que aparecía en sus ojos al mencionar a su esposo. Nadie notó nada extraño a parte de esto.

Pero no fue solamente Sonia la que escuchó los mensajes subliminales de David. El rector de la universidad disfrutó mucho escuchando la cinta de música que su investigador le había regalado. Era de su cantante favorito. Muy difícil de encontrar. Le gustó tanto el regalo que, inexplicablemente para muchos, al día siguiente le dobló el sueldo y aumentó el presupuesto de la sección de investigación que él dirigía.

También los ayudantes que trabajaban junto a él en el laboratorio dejaron de ser tan fríos como al principio. Confiaban en él, le contaban sus secretos, incluso los relacionados con su vida sexual, y valoraban enormemente sus consejos y opiniones. Le respetaban. Y las mujeres incluso más que eso. Sabían que no era amor, pero no podían evitar sentir una gran atracción por su jefe. Incluso esa horrible música que solía hacerles escuchar insistentemente durante los últimos días, comenzó a agradarles sin medida. Estaban deseando entrar en el laboratorio cada mañana para volver a escucharla.

Con la conciencia tranquila por no necesitar mostrar resultados contundentes a sus jefes para que no lo despidieran, David comenzó a dejar de pasar tantas horas metido en el laboratorio. El rector estuvo encantado de reducirle su horario laboral, sin tocar su sueldo, eso sí, e incluso le ofreció unas vacaciones que David rechazó con enorme profesionalidad, aunque no sin antes aclararle al rector que prefería elegir él mismo la fecha de esas vacaciones, y que cuando las tomara, sería la universidad la que correría con todos los gastos. Era una oferta tan razonable que el rector no pudo rechazarla.

Era curioso estar en medio del solemne despacho del rector y escuchar la música de la cinta que le había regalado sonando sin parar en un equipo de música que el rector había comprado recientemente. Una vez más, David no pudo ocultar una gratificante sonrisa.
Starlord

Dominando a Mari / Segunda parte

Jueves, enero 11th, 2007

Después de haber hipnotizado a Mari aquella tarde de Domingo, había planeado la manera de someterla completamente a mí tal como lo hice con mi hermana.
Mi hermana se encargó de traérmela nuevamente un Jueves por la tarde, estuvimos conversando algo. Entramos al tema del estrés y esas cosas, aprovechando de eso, yo hablé de la Hipnoterapia y propuse hipnotizarlas a ambas a la vez, cosa que accedieron sin ningún inconveniente.

Puse una música suave y monótona, les sugerí entrar en relajamiento de a pocos.

-Relájense, desean estar relajadas, escuchen la música y mi voz, escuchen con profunda atención, dejen que mi voz se incruste en sus mentes déjense inundar completamente por mi voz que les llena de paz y de tranquilidad.

Ellas solamnete asintieron con un gesto de aprobación. Luego empecé a hablar con mayos énfasis usando el singular en vez del plural para que surja mayor efecto en cada una, especialmente en Mari, pues a mi hermaa ya la tenía dominada y no era necesario mucho trabajo con ella, cosa contraria con Mari a quien debía programar lentamente.

-Ahora te sientes en paz, en calma y deseas estar así, siempre así, en esta paz que te causa la música y mi voz, quieres sumergirte en el relajamiento, lo deseas, lo anhelas, quieres caer profundamente en el relajamiento, en la hipnosis. Por tanto, déjate sumergir por mí.

-Sí. Dijeron las dos de manera tétrica y pausada.

-Te sientes bien y no quieres dejar este estado de calma, de paz, adoras este estado hipnótico en el que te encuentras y deseas hacer lo que te diga con el fin de permanecer así, en paz, en calma. Verdad que sí.

-Sí, lo deseo, haré lo que digas por que así lo quiero. Al unísono dijeron las dos, cosa que me sorprendió un poco.

-Ahora, deja que tu voluntad te abandone, siente cómo tu voluntad te deja y se va muriendo. Contaré de 10 a 0 sentirás, con cada número que diga, que pierdes tu voluntad propia por que así lo quieres, deseas perder tu voluntad.

-Sí. Repitió cada una.

Hice el conteo regresivo, al llegar a cero continué.

-Ahora, tu voluntad no te pertenece, no tienes voluntad propia, se ha muerto y te ha abandonado. Ahora deja que mi voluntad cubra el lugar que dejó tu voluntad, déjame tomar el control de tu persona, lo deseas, queires que yo te controle, deseas que te mi voluntad asuma tu voluntad, lo anhelas, lo deseas.

-Sí, o deso, lo quiero, toma el control de mi ser. Decían las dos pausadamente.

-Contaré hasta 5, así como vaya contando, sentirás que mi voluntad va asumiendo el control de tu mente y de tu ser, porque así lo deseas. Cuando diga 5 dejarás caer tu cabeza hacia atrás y harás cuanto yo te diga, entendido.

-Sí, entiendo.

Así fue, empecé a contar, al llegar a 5, la cabeza de ambas se hizo hacia atrás. Seguidamente me acerqué a mi hermana, la desperté de su trance y le pedí me deje a solas con Mari, entonces ella salió de casa.

-Escucha Mari con atención y sigue mis instrucciones.

-Sí, oigo y actúo.

-Dame cuanto traigas de dinero.

Me entregó algunos billetes, los guardé en mi bolsillo.

-Ahora, Mari, despertarás cuando te toque la frente, pero cada vez que yo te diga “Mimaridominio”, caerás en este profundo trance hipnótico, entendido.

-Entiendo.

Le toqué la frente, ella parpadeó un poco, estaba algo contrariada y confusa, no le dí tiempo a reaccionar, y dije “Mimaridominio”. Ella quedó estática como inerte. Y comencé a hablarle, le di sugerencias que iban modelando su ser a mi manera, empecé a sugestionarla reduciendo sus inhibiciones poco a poco. Le tuve casi 5 horas hipnotizándola.

Luego de ello salimos juntos ya de noche, caminando, de cuando en cuando, nos parábamos en algún lugar y nos besábamos, nos acaricíabamos como si fuéramos una pareja normal, pero yo le pasaba mis manos por todo su cuerpo y por momentos le tocaba sus partes más íntima por encima de sus ropas, cosa que a ella le gustaba, pues notaba un gesto placentero en su rostro. Faltaba ultimar los detalles para convertirla en mi mujer, en mi amante, en mi esclava sexual.
belpo_fere@hotmail.com

El Don / Segunda parte

Jueves, enero 11th, 2007

Las turbulencias no me preocupaban demasiado. A pesar de que la mayoría de la gente suele rezar una rápida oración en silencio cada vez que el avión en que viajan pasa por un “bache”, mis sentimientos son bien distintos. Viajar en avión me relaja. Y aún más si el viaje dura varias horas y se hace por la noche. El sentirme cerca del cielo, literalmente, es una sensación casi hipnótica, tranquilizadora. Mirar las nubes, la tranquilidad del cielo, la paz de la altura, siempre me hacen rememorar mi juventud. Y si hay algún recuerdo especialmente agradable en mi vida es el de los dias en que comencé a descubrir mi don.

El cuerpo desnudo de mi profesora fué el primer contacto real que tuve con el sexo contrario. Hasta entonces tan solo las revistas y el cine me habían enseñado el cuerpo femenino. Fué un verdadero shock para mi el comprobar que la realidad era un tanto distinta. Mi profesora de matemáticas no era una mujer joven. Sus pechos estaban caidos. Parecían dos frutas maduras. Las chicas de las revistan los tenían más firmes y más grandes. A pesar de ello, no conseguía quitármelos de la cabeza. Ni siquiera al dia siguiente, cuando la profesora suplente nos explicó con gran retórica que su ex-compañera había tenido que irse a un largo viaje y que no iba a volver a darnos clases.

Pero aún más fija en mi cabeza estaba la idea de que había sido yo el que había hecho que la profesora se desnudara. Me había suspendido, la muy tonta. Había pasado varias noches estudiando para mi examen, y ella me había suspendido. No era justo. Quería hacerle daño. Quería avergonzarla como ella me había hecho conmigo al suspenderme delante de toda la clase, cuando de repente se levantó y, sin mediar palabra, comenzó a quitarse la ropa. La sorpresa que reflejó su rostro cuando acabó de desvestirse no fué menor que la que aparecía en la cara de los profesores que iban entrando en el áula atraidos por los gritos y las risas de mis compañeros de clase.

Había sido yo. De algún modo, la había convencido para que se quitara la ropa. Sin hablarle. Sin mover los lábios. Solo con el pensamiento.

Llevaba ya varios meses dándome cuenta de pequeños detalles. Cosas sin importancia. Cosas como el que mis padres siempre me dieran todo lo que les pedía. Nunca me negaban nada, mientras que a mi hermana mayor, a pesar de tener ya 17 años, no la trataban igual. Tampoco el resto de la gente me trababa como a los demás. Casi nunca discutían conmigo. Los vendedores me regalaban lo que yo pedía. Nunca me cobraban a menos que yo quisiera pagarles. Pero cuando no llevaba dinero, decían que no tenía importancia, que ya se lo pagaría. Y después, nunca me recordaban que les debía dinero. Incluso mi hermana. Cuando comenzabamos a distutir, como todos los hermanos hacen, siempre llevaba ella las de ganar. Hasta que yo, con una rabieta, finalizaba la discusión. En esos momentos ella siempre me daba la razón, pero no para que me callara. Era sincera conmigo. De alguna forma siempre conseguía convencerla.

Fué precisamente con ella con la que decidí realizar unos pequeños experimentos para comprobar mi teoría. Yo tenía algo distinto al resto de las personas. Y estaba decidido a utilizarlo.

Nuestros padres no solían salir a cenar. Pocas veces tenían ocasión de hacerlo. El principal problema era yo. No querían dejarme solo en casa, y mi hermana nunca estaba disponible para hacer de canguro. Pero aquella noche la habían castigado. Había suspendido un examen y había sido juzgada y condenada por mandato paterno a pasar el sábado por la noche en casa cuidando de mí. Así ellos aprovechaban para ir de fiesta con sus amigos.

Naturalmente, a ella no le hizo ninguna gracia, pero no se atrevió a romper la promesa de no llevar a nadie a casa. Asi que comenzamos la noche cenando solos, y luego pasamos a ver la televisión. Durante la cena no me dirigió la palabra. Para ella, el enemigo era yo. Si no hubiera sido por mí, hubiera salido con sus amigas como el resto de los fines de semana, así que no podía esperar que fuera amable conmigo. Yo quería sentarme en el sofá más grande, pero ella eligió tumbarse sobre él y no dejarme sítio. Yo quería ver una película de acción, pero ella decidió ver un aburrido concurso. Al principio me irritó, pero después decidí que aquella era la ocasión perfecta para probar si realmente tenía algo que me hacía diferente a los demás.

La miré y me concentré en ella, imitando inconscientemente las acciones que en el cine de ciencia-ficción protagonizaban las personas que tenían poderes. Mi primer mensaje fué sencillo. Aquel maldito programa-concurso me aburría enormemente. Yo deseaba ver la película de acción. Sin ningún aparente cambio en su rostro, mi hermana cogió el mando y cambió de canal, directamente al de la película que yo deseaba ver.

¡Había funcionado!

Aunque tal vez no era más que una casualidad. Al cabo de un momento, parpadeó un par de veces seguidas y volvió a cambiar de canal.

Debía cambiar de estrategía. Las órdenes no habían sido las adecuadas. Le había ordenado que cambiara de canal, pero no que no volviera a hacerlo. Debía conseguir que cambiara por otro motivo. Así que volví a concentrarme sobre ella. Con los ojos entrecerrados, me dí cuenta de que parecía una versión barata de un hipnotizador de comics. A pesar de ello, envié mi siguiente orden mental a mi hermana. Esta vez no le pedia que cambiara de canal, sinó que le ordenaba que encontrara aburrido el concurso.

Pocos segundos despues volvió a coger el mando a distancia y a cambiar de canal. Pero no puso la película que yo quería ver, sino otra cadena distinta. A pesar de que de repente había encontrado muy aburrido el programa no estaba dispuesta a concederme el que yo me saliera con la mía.

¿Otra casualidad?

Lo intenté de nuevo. Volví a concentrarme y le ordené que tuviera unas ganas increíbles de ver la película. Le ordené que le gustara, que le encantara, que no podía pasar ni cinco segundos más sin ver esa película.

Y de nuevo cambió de canal, pero esta vez para dejarlo donde yo le había dicho. Como señal inequívoca de que quería ver la película, dejó el mando en el suelo, delante del sofá donde se encontraba tumbada, sin dejar de mirar atentamente a la pantalla.

¡Esta vez sí que había funcionado!

Había conseguido que mi hermana quisiera ver la película, contraviniendo todos sus sentimientos agresivos contra mi.

Tenía que seguir probando. Debía averiguar hasta donde podía llegar mi poder. No entendía porqué me sentía tan excitado, ni porqué mi, por aquel entonces pequeño, órgano sexual se estaba inflando rápidamente, como si alguien le estuviera inyectando aire caliente al mismo tiempo que elevaba la temperatura de la habitación, pero sabía que tenía que ver con mi descubrimiento. Miré a mi hermana. No podía verla como a una mujer. al fin y al cabo era mi hermana. Aunque recordé que en cierta ocasión, cuando mi amigo Juan me enseñaba una de sus revistas guarras escondidos en el garaje de su padre, una de las chicas que aparecía en ella me recordó enormemente a mi hermana.

La mujer de la revista tenía los pechos pequeños. Mi hermana, por contra, estaba excelentemente bien dotada para su edad. En muchas ocasiones había visto como los chicos la miraban de reojo, y aunque ella fingía no darse cuenta, sonreía orgullosa. Cuando era más pequeño no lo entendía, pero ahora, gracias a la mayor información que recibía por todas partes, desde mis amigos, que eran todos unos salidos, hasta la propia televisión que pocas veces esconde el sexo a la vista del público cada vez más joven, podía llegar a imaginar lo que pensaban los hombres que miraban a mi hermana. Miré sus pechos con deseo. Sentí una extraña sensación en mis pantalones. No era mi primera erección (aunque entonces ni siquiera sabía que se llamaba así), pero era distinta a las anteriores. Era más fuerte, más cálida, más excitante….

- ¿Desea una almohada?

Abrí los ojos bruscamente. La azafata me miraba con una media sonrisa en la boca, mientras me ofrecia con la mano algo blanco y blando. Las luces en la cabina habían bajado hasta ser casi imperceptibles. La noche había caido en su totalidad sobre el avión y aún quedaban algunas horas de vuelo. La azafata me había visto adormilado y pensó que iba a necesitar una almohada.

- Siento haberlo despertado – su voz tenía un cierto tono de culpabilidad

- No se preocupe – sonreí – De hecho se lo agradezco. Hubiera podido despertar con una tortícolis de campeonato de no ser por usted. Aceptaré encantado esa almohada.

Mientras me la entregaba y me preguntaba si deseaba una manta la miré de arriba a abajo intentando que no se diera cuenta. Era joven y atractiva, como la mayoría de las azafatas. Llevaba el clásico uniforme azul de las líneas aéreas, con chaquetilla y falta por las rodillas. También llevaba medias oscuras, aunque no negras del todo. Miré a mi alrededor y comprobé que la mayoría del pasaje estaba dormido. No había nadie en los asientos contíguos al mio. El pasajero más cercano tenía encendida su lamparilla personal mientras leía una voluminosa novela titulada “It”. Recuerdo que me costó horrores leer ese libro cuando era más joven. Casi todas las noches que comenzaba a leerlo acababa dormido con el enorme libraco sobre mi pecho. Exáctamente lo que iba a pasarle a aquel pasajero. “Empujé” sobre su mente y, de repente, sus ojos se cerraron y el libro se deslizó de sus manos hasta apoyarse en su vientre.

Miré de nuevo a la azafata.

- Sientate a mi lado, por favor.

- Lo siento, pero lo prohibe el reglamento. Tengo que atender al resto de los pasajeros.

Una condescendiente sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro mientras me miraba, al tiempo que yo respondía con otro pequeño “empujón” sobre su mente.

- El reglamento no dice nada acerca de mí, ¿verdad?

- N…no – dudó durante unos segundos mientras yo recorría mentalmente el intrincado laberinto de su mente hasta encontrar el centro emisor de las órdenes que el cerebro envía al resto del cuerpo: su voluntad. Una vez allí, realicé algunos pequeños cambios. Inconscientemente, iba a sentir una enorme necesidad de obedecer todas mis órdenes, todos mis deseos, todos mis caprichos.

- ¿Te sentaras ahora a mi lado?

- Claro que sí.

Me dedicó su más sincera sonrisa mientras se sentaba a mi lado. Estaba bajo mi completo dominio.

- ¿Donde está la otra azafata?

- Está descansando. Durante la noche nos turnamos. El reglamento no lo permite, pero es una tontería que estemos las dos despiertas cuando el avión apenas está medio lleno.

- ¿Cuantos años tienes?

- Cumpliré veintiseis el mes que viene

- ¿Estás casada?

- Desde hace dos años. El es piloto en esta compañía

- Eso significa que entre vuelo y vuelo os vereis muy poco, ¿no?

- Apenas unas horas a la semana.

- Y no tendreis muchas ocasiones de hacer el amor, ¿verdad?

- No demasiadas – a pesar de lo personal de las preguntas, no sentía ningún reparo en contestar

- Y eso hace que durante gran parte del día te sientas frustada

- Sí

- Frustada y excitada

- Sí

- Como ahora

Su cuerpo se movió sobre el asiento que ocupaba. Sus piernas se abrieron y cerraron un par de veces, mientras curvaba su pecho dándome un excelente primer plano de su busto.

- Si

- Te sientes excitada, muy excitada

- Excitada – repitió

- Muy excitada – insistí

- Muy excitada

- Deseas desfogarte, y para ello me tienes a mí

Sus ojos me miraron con deseo.

- La única forma de apagar tu ardor es hacerme disfrutar a mi. Todo el placer que yo obtenga será reflejado en tí. Sentirás todo lo que yo sienta, y no podrás llegar al orgasmo mientras no lo haga yo.

Comenzó a acariciarse los pechos mientras su respiración se hacía más rápida, mucho más rápida.

- Tienes que hacerme disfrutar a mi si quieres hacerlo tu también. Supongo que sabes lo que quiero decir.

Sin una palabra, se arrodilló a mis pies mirando ávidamente mi entrepierna. Me bajó la cremallera y me desabrochó los pantalones. Con mucho cuidado, aunque con ciertas prisas, sacó mi pene y se lo colocó en la boca. Su saliva era cálida y su lengua comenzó a moverse rítmicamente, siguiendo los compases que marcaba su mano, al tiempo que usaba la otra para masturbarse. Durante unos segundos me miró a los ojos para comprobar que estaba realizando bien su trabajo, y despues volvió a bajar la cabeza para concertrarse en mi goze. Cerré mis ojos y deslicé una de mis manos por el interior de su blusa hasta sus pechos. Comencé a acariciarlos distraidamente, jugando con sus pezones, disfrutando tanto del tacto de su cuerpo como del contacto de sus lábios con mi pene. Mientras tanto, mi mente regresó de nuevo al pasado.

A mis 12 años, mis experiencias sexuales no pasaban de algunas masturbaciones en el cuarto de baño salpicadas de culpabilidad, y algunas fantasías nocturnas que solían acabar con mis calzoncillos manchados de semen. El cuerpo de mi hermana y la excitación de descubrir que podía llegar a controlarla me estaba proporcionando más placer que todos mis anteriores mediocres encuentros con el sexo. Estábamos solos en casa, mis padres aún iban a tardar varias horas en regresar, y con cada minuto que pasaba descubría que mi interes por su cuerpo era cualquier cosa excepto fraternal.

Llevaba puesto tan solo un pijama de verano. Hasta entonces no me había fijado en que a través de las anchas mangas del pijama se podía llegar a ver parte de su pecho. No llevaba sujetador, eso era evidente. No solía usarlo cuando se ponía el pijama. Parte de mí se excitó por aquel hecho, pero otra parte se avergonzó.

No me parecía bien. Aquella atracción no era normal. Pero a mi cuerpo le daba igual mi moralidad. Mi pene se apretaba contra los pantalones de tal forma que llegaba a hacerme daño. Debía de hacer algo, pero tenía miedo de que ella se diera cuenta. A punto estaba de levantarme para ir al cuarto de baño a liberar mis energías sexuales cuando recordé mi poder. Se me ocurrió una forma de usarlo más original que la anterior.

Me concentré sobre ella. Seguía mirando la televisión fíjamente. Al parecer, la película le estaba gustando una barbaridad. Mi sugerencia fué clara: no podría verme, ni oirme, ni sentirme. Estaba sola en la habitación sin preocuparse de donde me había metido yo.

- ¿Quieres cambiar de canal de una maldita vez? – pregunté

No hubo respuesta.

- ¡¡LUISA!!

De nuevo nada.

Me levanté y me acerqué a ella. No sabía si mi sugerencia estaba funcionando o simplemente ella me ignoraba por despecho. La cogí por el pelo y tiré suavemente.

Nada.

Tiré más fuertemente.

Nada de nada.

Hice acópio de fuerzas y le dí un tirón tan fuerte que parte de su cabello quedó entre mis dedos.

Unas leves lágrimas aparecieron en sus ojos. El dolor había causado una reacción independiente en su cuerpo, pero su mente seguía sin percibir mi presencia.

Con un fuerte dolor en mi pene, que apenas me permitía caminar, volví a sentarme en el sillón. Bajé la cremallera de mi pantalón y saqué mi pene de la presión y asfixia que le causaban los calzoncillos. Ya libre, mi erección era tan fuerte que seguía doliéndome.

- ¿Puedes verme, Lui? – Nunca le había gustado aquel diminutivo. Tan solo lo usaba cuando quería molestarla, y con su sola mención, lo conseguía al instante. aunque en esta ocasión, no hubo respuesta por su parte.

- Voy a masturbarme mientras te miro – Seguí insistiendo, pero mi poder estaba funcionando. Ella no podía verme, ni oirme.

Comencé a masturbarme, mirando fíjamente la pequeña abertura por la manga del pijama, imaginando como serían sus pechos realmente. El placer que me producía mi masturbación era mayor a cualquier otro que hubiera practicado en mi corta vida. A pesar de mi deseo, intentaba alargar aquella experiencia, aguantando la llegada del orgasmo en todo lo posible.

A cada minuto que pasaba, mis prejuicios morales iban empequeñeciendo ante los embites de placer de mi cuerpo, hasta convertirse poco a poco en minúsculos recuerdos de frustraciones pasadas. Mi mente era demasiado joven para ver todo el mundo de posibilidades que se abría delante de mí. Podía controlar totalmente a mi hermana y lo único que se me había ocurrido era hacer que no me viera para masturbarme delante de ella. Ni siquiera se me había ocurrido hacer que se desnudara. Esta vez no tuve que concentrarme demasiado. Comenzaba a dominar mi poder… y a disfrutar usándolo.

- Lui. Estás sola en esta habitación, y tienes calor. Ya no tiene sentido llevar puesto ese caluroso pijama. Quítatelo.

Conscientemente, no había oido ni una sola de mis palabras, pero yo no le hablaba a su consciencia, sino a su inconsciente. Las órdenes habían llegado a ella, altas y claras. Sin dejar de mirar la pantalla del televisor, estiró la parte superior del pijama por encima de su cabeza. Sus pechos aparecieron por debajo de la tela del pijnama, firmes y jóvenes como los había imaginado. No paraban de moverse a causa de los vaivénes que Luisa realizaba para desnudarse. Sus anárquicos movimientos que recordaron por un instante a un par de flanes de gelatina. Aquello ya no eran las estáticas fotos de las revistas. Era real. Tan reales como los pechos de mi ex-profesora, pero jóvenes y hermosos.

Cuando la parte superior del pijama apenas acababa de tocar el suelo, le tocó el turno a los pantalones. Con un hábil movimiento de caderas y empujándo hacia abajo con las manos, las piernas de mi hermana quedaron al descubierto. Llevaba puestas unas pequeñas bragas blancas que poco tenían que ver con la excitante lencería que acostumbraban a mostrar las modelos de las revistas. Pero en aquellos momentos poco me importaban sus bragas. Eran sus pechos los que me tenían completamente hipnotizado. Eran perfectos. Tenían un tamaño considerable, aunque sin exagerar. Sus aréolas (entonces no sabía ni que se llamaban así) eran grandes, de un color rosado, aunque sin ser demasiado oscuras. Sus pezones parecían pequeños en medio de aquellas grandes masas de carne. No resaltaban demasiado sobre los pechos. Recordé que mi amigo Juan me dijo en una ocasión que podía saberse que una mujer estaba cachonda (esas fueron sus palabras) cuando los pezones se les ponían en punta.

Deseaba tocarlos, estrujarlos, sentirlos entre mis manos. Me acerqué a ella y me senté en el suelo. Después de desnudarse, había vuelto a tumbarse en el sofá. Estaba medio acostada sobre su costado apoyando su cabeza sobre su mano, y a su vez el codo sobre el sofá. Yo me había sentado de forma que tenía sus pezones a menos de 20 centmetros de mi boca. Completamente desnuda a excepción de sus braguitas, lo único que seguía interesándole era ver la película de la televisión. Levanté mis manos hasta aquello que me tenía hipnotizado. Su tacto era suave. Eran blandos. Al sentir que mis dedos podían apretarlos sin causarle dolor comencé a jugar con ellos. Era como apretar una pelota medio desinflada, con la diferencia de que cuando dejaba de tocarlos volvían a su estado original. Los apreté y estrujé de varias formas distintas. Después los sopesé con las manos. Jugué con los pezones. Recordaba que alguien me había dicho que los pezones eran la parte más sensible de una mujer. Eran duros. Al principio apenas resaltaban del cuerpo de Luisa, pero poco a poco fueron tomando forma y elevándose espectacularmente, hasta alcanzar más de un centímetro de altura. En ese punto, al comprobar como mi hermana se estaba “poniendo cachonda”, un nuevo pinchazo de dolor estremeció mi pene. Tan hipnotizado estaba con su cuerpo que me había olvidado completamente del mio. Seguí jugando con sus pechos con una mano, mientras que con la otra comencé a masturbarme. Sabía que los bebés tomaban de allí la leche cuando eran pequeños. Me pregunté qué sabor tendrían. Acerqué mis boca y los lamí. Noté un cierto regusto salado. Era verano y el calor hacía sudar los cuerpos durante todo el día. Volví a lamer su piel, centrándome ahora en los pezones. La verdad es que no sabían a nada, pero el hecho de estar chupándole los pezones a una mujer de verdad era casi más de lo que podía soportar. Mi pene ya no podía aguantar durante mucho tiempo. Estaba a punto de estallar. Solo una cosa me impidió alcanzar el orgasmo en aquel momento.

Recordé otra de las animadas conversaciones a escondidas con mis amigos. Uno de ellos presumía de ver todas las películas pornográficas que quería, puesto que sus padres las alquilaban y él las veia a escondidas cuando estaba solo en casa. En esas películas, las mujeres les chupaban el pene a los hombres hasta hacerles correrse. Yo quería que mi hermana me lo hiciese a mí.

- Lui. Quiero que me chupes el pene. Quiero que hagas que me corra con tu boca. Chúpamela, Lui, chúpamela.

El apremio en mi voz no dejaba lugar a dudas de mi estado de excitación, pero a ella no pareció importarle. Dejó de ver la televisión, y se sentó en el suelo junto a mí. Con los ojos vacios de toda expresión, introdujo mi pene en su boca y comenzó a jugar con su lengua sobre él. Apenas lo tocó sentí que estaba a punto de estallar, pero me contuve con todas mis fuerzas. Quería disfrutar de aquello durante todo el tiempo que fuera posible. En contra de toda lógica, mis esfuerzos iban dirigidos a impedir el orgasmo, mientras que los de mi hermana intentaban justo lo contrario. Su lengua no dejaba de jugar con mi glande, y sus frenéticos movimientos con la cabeza me estaban llevando al paraiso. Apenas un minuto después de iniciar aquel extraordinario juego me sentí sin fuerzas para impedir el orgasmo…

… y comencé a eyacular en su boca. La azafata había sido condenadamente eficaz. Incapaz de contener mis espasmos de placer, parte del semen se deslizó fuera de su boca cayendo sobre su impecable blusa azul. Con cada convulsión de mi cuerpo, mis manos apretaban más y más sus pechos, hasta el punto de que si no hubiera estabo bajo mi control mental probablemente le hubiera causado dolor. Excepto la parte de semen que no había podido contener, se había tragado toda mi eyaculación. Ahora estaba lamiendo los restos que habían escapado de su boca y habían caido sobre mis pantalones y su blusa.

Me quedé asombrado de la cantidad de semen que había salido de mi pene. Nunca en mis 12 primaveras había tenido una eyaculación tan caudalosa… ni tan satisfactória. Mi hermana se había portado bien. Su cuerpo estaba repleto de semen por todas partes. Al notar la proximidad de mi orgasmo, quitó la boca para dejar que mi esperma fluyera libremente por donde quisiera. No le había dado ordenes precisas de que se bebiera el fruto de mi orgasmo, así que no lo hizo. Parte de la alfombra también estaba salpicada con mis jugos. Mamá se iba a cabrear si aquello no se limpiaba pronto. Y yo estaba tan agotado que apenas tenía fuerzas para moverme. Como pude, me senté sobre el sofá. Mi hermana seguía en el suelo, mirando fíjamente la televisión. Una vez acabada su misión, siguió con las sugerencias acerca de la película. Sin saber muy bien a qué se debía la total falta de fuerza en todos mis musculos, le dí mis últimas instrucciones para aquella noche.

- Lui. Quiero que te laves inmediatamente. quítate todo el líquido que te he tirado por encima. Luego vuelves aquí y limpias la alfombra. No quiero que quede ni un solo rastro de mi corrida. Después te vistes y sigues viendo la televisión hasta que te canses. Mañana por la mañana no quiero que recuerdes nada de lo que ha pasado aquí. La noche habrá sido como cualquier otra, aburrida y nada más. Habrás visto la tele y luego te habrás ido a la cama. Yo me fuí a dormir antes que tú. Ahora ves y límpiate un poco…

El rostro de la azafata reflejaba un placer indescriptible. Había realizado muy bien su trabajo, y tener un orgasmo en la realidad al mismo tiempo que en mis recuerdos había sido una experiencia sexual increible para mí. Y durante todo el tiempo que yo había disfrutando del orgasmo, tal y como le había ordenado, ella lo estaba disfrutando también. Todavía arrodillada en el suelo, jugaba cariñosamente con mi pene y de cuando en cuando le daba un beso. Había limpiado con la lengua todos los restos de mi semen que habían caido sobre la ropa.

- Has hecho un buen trabajo, querida – le dije. Sus ojos me miraron con agradecimiento y devoción.

- Quiero que durante toda tu vida recuerdes lo que ha pasado aquí esta noche. Por tu propia voluntad has decidido hacerme esta increible mamada. Y el placer que has recibido a cambio ha sido maravilloso. Nunca se lo dirás a nadie, pero lo recordarás como la mejor experiencia sexual de toda tu vida. Cuando lo recuerdes, no podrás evitar masturbarte pensando en mí, y en la maravillosa corrida que has tenido esta noche. Desearás volver a encontrarte conmigo para repetir la experiencia. Ahora vete, y disfruta del resto del viaje.

Sonreí al verla desaparecer por detrás de la cortina que separa la cabina de pasajeros de la de las azafatas. Muchas cosas habían pasado desde mis 12 años. Infinidad de experiencias sexuales, adolescentes, empleadas, actrices, vecinas, azafatas, modelos, y toda clase de mujeres habían caido bajo mi control mental. Y además estaban las mujeres de mis amigos.

Tener poder es algo maravilloso. Pero yo sigo prefiriéndo llamarle “el don”, puesto que un don es un regalo. Y eso es precisamente como yo lo considero: un regalo divino.

Starlord.

Blanca y radiante

Jueves, enero 11th, 2007

- … yo os declaro, marido y mujer – y con una benévola sonrisa en la boca, el sacerdote se dirigió al novio – Puedes besar a la novia.

La iglesia se llenó de un rumor de voces y risas. La boda había terminado y todo había sido precioso. digno de un cuento de hadas. La novia estaba radiante. Su vestido blanco llenaba cualquier habitación por la que pasaba. Su maravilloso cabello rubio, recogido en un gracioso topo y coronado con un pequeño adorno de flores blancas hacía juego con el resto de su vestuario. La falda, a pesar de llegar hasta los pies e ir barriendo allá por donde pasaba, dejaba entrever al caminar sus tobillos, cubiertos por unas medias blancas, y rematados con unas exageradamente incómodos pero hermosos zapatos blancos de tacón. Mientras los novios se besaban, los padrinos aplaudían sin hacer demasiado ruido, al igual que gran parte de los invitados a la ceremonia. La madrina, hermana de la novia, llevaba un ceñido traje rojo que insinuaba gran parte de su exuberante cuerpo, llenando de envidia a las mujeres y de deseo a todos los hombres allí presentes.

Tardaron alrededor de una hora en acabar con todas las obligaciones siguientes. Las fotos con la familia y amigos, la procesión de felicitaciones, tanto sinceras como de compromiso, las bromas de los amigos, más fotos, más felicitaciones, y así hasta que por fin llegaron al salón del hotel donde iban a celebrar la cena para festejar el magno acontecimiento.

La celebración transcurría por los caminos acostumbrados. Los camareros iban y venían, trayendo y retirando platos y bebidas al ritmo que marcaba la gula de los invitados. Llegó el momento de la tarta y los novios usaron para cortarla una espada de estilo oriental que los amigos les habían regalado. Fue también ese el momento que las amigas de la novia eligieron para quitarle la liga de las medias, haciendo un corrillo para que nadie viera más de lo que su imaginación le permitiera, y la cortaron en trocitos, al igual que la corbata del novio, que sufrió el mismo destino, y que después colocaron en una bandeja y fueron vendiendo entre los invitados, recogiendo al final unas cien mil pesetas, cantidad más que considerable, y cuyo destino era, naturalmente, conseguir que el viaje de los novios fuera disfrutado más aún por estos, si eso era posible.

Acabada la procesión de comida, comenzó el baile y la fiesta. Los diligentes camareros apartaron todas las mesas del centro del salón, y en la improvisada pista de baile los novios comenzaron a moverse al ritmo del vals. Poco a poco fueron sumándose parejas hasta que la mayoría de los invitados se encontraron bailando un poco de todos los ritmos de bailes de salón conocidos y por conocer. Desde el pasodoble hasta el twist, pasando por la lambada y el merengue.

La noche era joven. Los amigos de los novios no pensaban dejarlos dormir y tenían la firme intención de alargar la fiesta hasta el amanecer. Incluso algunas de las personas de más edad de la fiesta daban ánimos y lecciones de baile a los más jóvenes, sacando fuerzas de donde nadie podía imaginarse en personas de esa edad.

Después de una implorante mirada de la novia a su hermana, las dos salieron del salón en dirección a la habitación donde se suponía que los novios debían de pasar la noche. Una vez allí, y después de haber pasado ambas por los lavabos de la habitación, por riguroso turno, eso sí, se tumbaron sobre la cama y se quitaron los zapatos que llevaban ya varias horas martirizando a sus sufridos pies.

- ¡Dios mío, Luisa! Esto es aún más agotador de lo que me había imaginado. No sé si voy a tener fuerzas para volver a levantarme. El vestido de novia me asfixia, el liguero me aprieta, los zapatos me están matando, y esos locos de nuestros amigos siguen queriendo fiesta hasta el amanecer. He bailado hasta con hombres que no había visto en mi vida, y algunos de ellos incluso me han metido mano. Mi recién estrenado marido está como ausente, tengo veinticuatro años y apenas puedo mantenerme en pié… y se supone que este tiene que ser el día más feliz de mi vida.

- No te preocupes hermanita. Todo eso es normal. Yo tengo dos años menos que tú y tampoco puedo seguir ya. Entre los nervios y el cansancio, estoy para meterme en cama y no levantarme en una semana.

Realizando un enorme esfuerzo, Luisa se incorporó y ayudó a hacer lo mismo a su hermana Eva. Se colocó detrás e ella, arrodillada en la cama, y comenzó a realizarle un reconfortante masaje en los hombros.

- ¡Hummmm! Que agradable. Gracias, Luisa. Me estaba haciendo falta algo así.

- Relájate y deja que los nervios y el cansancio desaparezcan de tu cabeza. Vamos a estar aquí unos minutos descansando.

- Pero abajo nos están esperando…

- No te preocupes. Nadie nos echará de menos al menos durante otra media hora. Cierra los ojos y relájate.

Eva siguió las instrucciones de su hermana. Intentó olvidarse del mundo, de la fiesta, de su novio, ya marido, del cansancio…

- Eso es. Relájate y descansa. Concéntrate solo en el sonido de mi voz, y verás como todos los nervios desaparecen por completo. Relaja los músculos, la cabeza… no pienses en nada y relájate…

Eva notaba como todo desaparecía de su mente excepto la voz de su Laura. Era una sensación maravillosa. Probablemente nunca hubiera podido relajarse tanto si fuera otra persona la que estuviera con ella, pero confiaba en su hermana más que en cualquier otra persona del mundo. Se abandonó completamente a ella.

- Relájate sin miedo… no pienses más que en mi voz… nada es más importante que mi voz…

No, nada era más importante que su voz. La mente de Eva se iba fijando más y más en la voz de Laura. Su relajación era casi absoluta. El cansancio de todo el día la había agotado hasta el punto de hacerla extremadamente sensible a las sugestiones.

- … relajada… te sientes como flotando entre nubes… tranquila… relajada… muy relajada…

Sí, relajada, muy relajada. Así se sentía Eva.

- … tan relajada que te está entrando sueño… mucho sueño…

Dormir. Solo sentía ganas de dormir. Sabía que no debía de dormirse porque abajo la estaba esperando mucha gente, pero tenía unas enormes ganas de dormir. Su hermana le decía que se durmiera, y no podía evitar sentir sueño…

- … mucho sueño… muy relajada…

La oscuridad se apoderaba de su mente. Se sentía completamente abandonada a su hermana. Pensar era demasiado fatigoso, y solo quería dormir.

- … dormir…

- … y ¡Tres!

Eva abrió los ojos de repente. Durante unos segundos no supo donde estaba, hasta que vio la sonriente cara de su hermana. Estaban en la habitación del hotel y habían subido allí para descansar un rato.

- ¿Me he dormido?

- Solo un rato. ¿Como te encuentras?

Antes de contestar movió sus hombros para comprobar si el cansancio seguía allí. Nada. No había dolor, ni cansancio. Nada de nada.

- Me siento estupendamente. Tu masaje me ha sentado de maravilla. Ya no me duelen los hombros, ni tengo los músculos agarrotados. Y además apenas me siento cansada. ¿Como lo has hecho?

- ¿Recuerdas aquellos cursos de psicología a los que me apunté el año pasado? En uno de ellos me enseñaron a hipnotizar. Creo que soy una buena alumna.

- ¿Me has hipnotizado? – había un cierto tono de incredulidad y de burla en su voz – Venga hermanita, seamos serias.

- ¿No te lo crees?

Laura no parecía molesta con la incredulidad de su hermana. Más bien estaba divertida.

- No se puede hipnotizar a la gente en tan poco tiempo. Lo leí en un libro una vez. Necesitas varias horas para conseguir que alguien sea hipnotizado.

- En efecto, pero eso es cuando la persona conserva todas sus facultades. Tu estabas muy cansada esta noche, y tan solo querías dormir. Inconscientemente, tu mente quería descansar, relajarse después del agotador día que has pasado, y así ha sido más fácil. En tan solo unos minutos he conseguido ponerte en trance, cuando normalmente se necesitan horas para hacerlo.

- Creo que has bebido demasiado esta noche. Y además, ya va siendo hora de que volvamos a la fiesta.

Cogió uno de sus zapatos y comenzó a colocárselo en el pié.

- ¡Duérmete, Eva!

Su cabeza cayó hacia adelante como si de una marioneta se tratara, mientras el zapato apenas hizo ruido al caer al enmoquetado suelo de la habitación.

- Estás dormida hermanita. Completamente dormida y relajada. Ya no sientes el cansancio. Tu cuerpo está completamente relajado y tranquilo. Tu mente no piensa en nada… en nada que yo no quiera que piense. Sigue poniéndote los zapatos, pero póntelos al revés.

Con los ojos cerrados, tanteando, Eva siguió las instrucciones de su hermana.

- Ahora, cuando cuente tres, abrirás los ojos. Uno, dos, ¡tres!

Con la ya familiar sensación de abandono de antes, los ojos de Eva miraron durante un instante a su hermana.

- ¿Me he vuelto a dormir?

- Mas o menos.

- No es posible. ¿Que me has hecho?

- Ya te lo he dicho antes. Te he hipnotizado.

- ¡Venga ya! Deja de decir tonterías.

- Muy bien, como quieras. ¿Nos vamos?

Eva se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta, pero cuando apenas había dado dos pasos una expresión de dolor inundó su rostro.

- ¡Ouch! Como me duelen los zapatos.

- ¿Has probado en ponértelos en el pié que corresponde a cada uno?

- ¿en el pie…? ¡Pero que tonta soy! Me los he puesto al revés.

Volvió hacia la cama y se sentó en ella. Se quitó rápidamente los zapatos y se los colocó de nuevo, pero esta vez correctamente. Se levantó y se dirigió hacia la puerta. Laura bajó de la cama. Seguía descalza. Sus pies apenas estaban cubiertos por el negro velo de las medias que llevaba, pero no sintió frío, puesto que toda la habitación estaba cubierta por una mullida moqueta. Con una perversa sonrisa en los labios, miró como su hermana cogía el pomo de la puerta para abrirla.

- ¡Duérmete, Eva!

Aún con la mano sobre la puerta, la cabeza de Eva volvió a caer hacia delante. Increíblemente, mantuvo el equilibrio aún cuando su mano se deslizó sin fuerzas hacia su costado.

- Cuando te diga, abrirás los ojos, pero seguirás dormida. Vendrás hacia la cama y volverás a sentarte en ella. Te quitarás los zapatos, y entonces volverás a cerrar los ojos y a esperar mis instrucciones. ¡Ahora!

Tal y como su hermana le había ordenado, abrió los ojos. Tenía una inexpresiva mirada mientras se dirigía hacia la cama. Se sentó y se quitó los zapatos. Una vez finalizado el trabajo, cerró los ojos y su cabeza cayó de nuevo sobre su pecho.

Laura se acercó a ella y comenzó a hablarle mientras con las manos le quitaba el precioso tocado con flores que había sobre su pelo.

- Eres mía, Eva. Mientras estés dormida harás todo lo que yo te diga y ni siquiera sabrás que lo estás haciendo. Pero cuando despiertes también seguirás en mi poder. Cuando te diga que despiertes, lo harás, pero no podrás salir de esta habitación sin mi permiso. Harás todo cuanto yo te diga, sin dudar, sin rechistar, sin pensar. No pondrás pegas a ninguna de mis ordenes. Seguirás siendo tú misma, pero sin voluntad para incumplir mis mandatos. Ahora, háblame. ¿Has entendido mis órdenes?

Lacónicamente, la respuesta de Eva casi resbaló de sus labios.

- Sí.

- ¿Que es lo que harás cuando despiertes?

- Todo cuanto me digas.

- ¿Hay algo que no harías por mí si yo te lo pidiera?

- No

- Muy bien, Eva. Abre tus ojos, ¡ahora!

De nuevo la sensación de abandono. De nuevo la inquisitiva mirada sobre su hermana, aunque en esta ocasión, una breve sombra de enfado cruzó por sus ojos.

- ¿Que me estas haciendo?

- ¿Todavía no crees que te haya hipnotizado?

Inquieta, miró a su alrededor. Miró la puerta intentando recordar. Miró hacia el suelo, hacia sus zapatos, inertes sobre la moqueta, lejos de sus pies donde recordaba perfectamente haberlos colocado. Levantó los ojos hacia su hermana.

- Sí. Creo que me has hecho algo. Pero si es una broma, ya está bien. Es suficiente. Ahora vayamos abajo. Hay gente esperándonos.

Se levantó de la cama y comenzó a caminar. Nerviosa, ni siquiera se acordó de los zapatos. Sintió la mullida moqueta a través de la suavidad de las medias blancas que cubrían sus pies.

- ¡Siéntate!

Sin poder evitar hacerlo, volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en la cama. Una vez allí, miró de nuevo a los ojos de su hermana, implorando.

-¿Porqué me haces esto?

- Lo hago por tu bien. Hay alguien a quien quiero presentarte. Alguien a quien tú ya conoces, pero que probablemente habrás olvidado. Alguien a quien hiciste daño una vez, y ahora quiere felicitarte por tu boda.

Sin poder creer lo que estaba oyendo, dirigió su mirada hacia donde señalaba su hermana, hacia la puerta del cuarto de baño. Un hombre la estaba observando desde allí. Un hombre al que ella conocía.

- ¡¿Nacho!? ¿Que estás haciendo aquí?

Nacho había sido novio suyo hacia un par de años. Habían pasado buenos ratos juntos, pero ella decidió dejarle por otro, precisamente el hombre con el que acababa de casarse. Nacho había intentado hablar con ella en algunas ocasiones, pero tan solo en una pudo hacerlo, y ella no le dijo cosas agradables. Rompieron del todo sin posibilidad de reconciliación, y no quedaron como buenos amigos precisamente.

Eva comenzaba a sospechar que estaba teniendo un mal sueño. Mas bien una pesadilla. Aquello no tenía mucho sentido. Su hermana decía haberla hipnotizado, y a pesar de que no acababa de creérselo, la verdad es que había estado haciendo algunas tonterías durante los últimos minutos. Y ahora, Nacho aparecía en su habitación saliendo del cuarto de baño. Ella había entrado allí apenas unos minutos antes y no había nadie. ¿Por donde había entrado? ¿Y cuando?

Intentando conseguir alguna respuesta a sus no formuladas preguntas, volvió la mirada hacia Eva, solo para ver con total incredulidad como su hermana estaba en el suelo, descalza, arrodillada, con la cabeza y los brazos en el suelo, en posición de total humillación, casi de adoración, hacia Nacho.

- He hecho todo lo que me habías dicho, amo. La he traído aquí, y la he hipnotizado para ti. ¿Estas contento, amo? ¿Lo he hecho bien?

Por primera vez, Nacho dejó oír su voz.

- Lo has hecho muy bien, Laura. Tu amo está contento. Te has ganado una recompensa. Levántate.

Agilmente, Laura se levantó del suelo y se acercó a su “amo”. Nacho la cogió por la cintura y la besó apasionadamente, aunque ni siquiera con la mitad de pasión con la que ella le devolvió el beso. Mientras se fundían en aquel inesperado abrazo, la mano de Nacho bajó hasta el trasero de Laura y comenzó a sobárselo sin el menor pudor. Ella dirigió sus manos hacia su falda y repentinamente se levantó el vestido, dejando a la vista sus bragas negras de encaje, su excitante liguero, también negro, y, allá donde sus bragas no llegaban a cubrir, sus hermosas y prietas nalgas, y casi acariciando la mano de Nacho, la dirigió hacia ellas guiándole y ayudándole a manosearlas.

Eva mantenía los ojos fijos en su hermana. Jamás la había visto actuar así. Parecía adorar a Nacho. Disfrutaba de sus caricias más que él mismo. Había verdadera pasión en sus ojos y en sus actos. Le ofrecía su cuerpo como si fuera una mujerzuela y parecía gustarle que ella estuviera delante, mirándolos.

Sin dejar de asombrarse por el comportamiento de su hermana, sintió la fría mirada de Nacho sobre ella.

- Hola Eva. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

Su cínica sonrisa parecía más una mueca que una demostración de alegría. Sus ojos la perforaban con la mirada.

Durante todo el tiempo que estuvieron juntos, ella jamás le dejó que la tocara. La verdad es que no fue más que un juguete en sus manos. Salió con él para pasar el rato, para reírse a sus espaldas con sus amigas. Nunca se lo tomó en serio. Cuando descubrió que su relación sí que era importante para él, pensó en dejarlo, pero le agradaba la idea de tener a un hombre a sus pies como un perrito faldero. Pero cuando él mostró su lado más posesivo, decidió acabar con el juego y abandonarle.

- ¡Saluda al amo, zorra!

La voz de su hermana la sacó de sus pensamientos. No tenía nada que decir, y desde luego, no pensaba saludar a Nacho, pero por algún motivo, lo hizo.

- Hola Nacho.

- Estás muy guapa con ese vestido. Yo soñaba que algún día lo llevarías para mi.

- Lo nuestro fue un error desde el principio. No había amor en nuestra relación. Nunca debimos…

- ¿Amor? ¿Dices que no hubo amor? – la voz de Nacho sonaba enfurecida – Eres la única mujer a la que he amado de verdad en toda mi vida. Cuando me dejaste pensé que no podría seguir viviendo. Nada tenía sentido para mí. Me volví violento, hosco y pendenciero. Perdí a mis amigos, mi trabajo y mi dignidad. ¿Y dices que no hubo amor?

- ¡Yo no te amaba!

Eva comenzó a sollozar.

- ¿Y porqué me lo hiciste creer? Si me lo hubieras dicho desde el principio yo lo hubiera comprendido. Pero me hiciste pasar los días más felices de mi vida para después abandonarme. ¿Porqué?

No podía contestar. Sus palabras estaban llenas de razón, además de odio. Su silencio fue largo y expresivo, tan solo roto por la voz de Laura.

- ¡Responde al amo cuando te hable!

Cada vez que escuchaba la voz de su hermana, una extraña fuerza la impelía a obedecerla.

- ¡Para reírme de ti!

Las lágrimas corrían ahora libremente por sus mejillas, mojando su vestido blanco.

- Todas aquellas semanas soñando con tu amor, adorándote, amándote, deseándote,… y tu solo querías reírte de mí.

El brillo del odio en sus ojos pareció disminuir. La razón intentaba volver a su voz.

- Tardé mucho tiempo en olvidarte. Después de perderlo todo, tuve suerte. Intenté controlar mi vida. Encontré trabajo, y comencé a recibir clases nocturnas. Desde entonces, he soñado con el día en que pudiéramos volver a encontrarnos.

Dejó de sobar el cuerpo de Laura y se aproximó a la cama. Acercó la mano a su cara, repleta de lágrimas y la acarició suavemente. Después, con los dedos mojados, acarició su hermoso cabello.

- Deja de llorar. Esa no es forma de enfrentarse a los problemas.

No había fuerza que pudiera hacer que dejara de llorar. Estaba asustada, humillada, perdida, y en sus ojos no dejaba de llover.

- ¡Obedece al amo!

Una vez más, el efecto fue inmediato. Retenidas por una fuerza desconocida, las lágrimas dejaron de brotar.

La voz de su hermana la obligaba a obedecer, pero la de Nacho la llenaba de temor cada vez que la escuchaba.

- Se le ha corrido el rímel. Ayúdala a secarse, Laura.

Sin decir palabra, Laura sacó de su escote un pañuelo de papel y secó las últimas lágrimas. Después intentó remediar el desastre causado en el maquillaje por el llanto de su hermana.

- ¿Porque le ayudas, Laura? Eres mi hermana. Mi propia hermana.

A pesar de no poder llorar, la súplica de Eva fue acompañada por un breve sollozo.

- Porque es mi amo. Su palabra es ley. Mi cuerpo y mi alma le pertenecen. Soy su esclava… como también tú lo serás dentro de poco.

Los ojos de Eva se abrieron con estupor. A pesar de que sus oídos habían escuchado perfectamente las palabras, su cerebro no podía asimilarlo. Miró a Nacho esperando encontrar respuesta a su inexistente pregunta.

- ¿Recuerdas que Laura te ha contado que aprendió a hipnotizar en unas clases de psicología?

Intentando aclarar el inmenso caos existente en su mente durante los últimos minutos, encontró el recuerdo que Nacho mencionaba, aunque sin conseguir conectarlo con lo que le estaba diciendo.

- Adivina quién fue su profesor.

Tardó unos segundos en comprender por donde iba la conversación, pero al final lo consiguió. ¡Nacho había hipnotizado a Laura!

- Te dije que encontré trabajo después de que me abandonaras. Fue como ayudante de un hipnotizador de tres al cuarto. No era muy bueno, pero me enseñó algunos trucos interesantes. Resultó que con las enseñanzas adecuadas, yo era mejor que él. Cuando me matriculé en la escuela nocturna no esperaba encontrarme allí con tu hermana. Ella no guardaba demasiado buen recuerdo de mí y al principio me evitaba y me despreciaba, pero realizando un trabajo sobre la hipnosis, conseguí que nos asignaran al mismo grupo. Al ser el más experto en la materia, todos y cada uno de los estudiantes fueron cayendo bajo mi influencia, incluyéndola a ella.

Mientras Nacho hablaba, Laura estaba detrás de él, pegada a su espalda, restregando su pierna semidesnuda por su cuerpo, y acariciando su torso con ambas manos, intentando guardar el equilibrio. Su rostro no demostraba más emoción que el inmenso deseo de agradarle.

- Al principio fue la que más se resistió, pero con la ayuda del resto del grupo, ya bajo mi influencia, conseguimos convencerla. Resultó ser un sujeto excelente para la hipnosis. En tan solo un par de sesiones se convirtió en mi juguete favorito. La antaño altanera y orgullosa Laura es ahora mi más sumisa esclava. ¿No es así, querida?

- Si amo. Completamente.

La sumisión y devoción existente en la voz de Laura no dejaba lugar a dudas.

- Cuando me comunicó la noticia de tu boda, decidí hacerte una pequeña visita, y con su ayuda, hemos llegado a esta situación. Yo la controlo a ella, y ella te controla a ti, así que el resultado de nuestro pequeño juego solo puede tener un ganador, ¿no opinas lo mismo?

Eva no contestó. Estaba atemorizada, y al mismo tiempo enfadada. A pesar de haber sido hipnotizada seguía teniendo su orgullo, y ser humillada de aquella forma le producía extraños sentimientos de rabia, temor e indefensión. Tan solo tenía ganas de llorar, pero ni siquiera eso podía hacer, porque su hermana se lo había prohibido.

- Laura, quítate el vestido.

Sin dudar un solo instante, cogió el borde inferior del vestido con ambas manos y lo arrastró por encima de su cabeza. Al hacerlo, sus pechos, cubiertos por un excitante e insinuante sujetador negro, a juego con el resto de su lencería, bailaron durante unos segundos al ritmo de sus movimientos.

- Tu hermana ha desarrollado un enorme interés por la lencería sexy – comentó dirigiéndose a Eva – Ya nunca usa ropa interior cómoda y hortera. Desde que nos conocimos, siempre utiliza los más excitante y provocativos conjuntos de lencería. Es una suerte que le pidieras que te acompañara a comprar la ropa para tu boda.

Horrorizada, Eva recordó que al comprar toda la lencería para la boda, ella quería llevar pantys blancos, porque eran muy cómodos, pero Laura la convenció de que llevara medias y liguero. Decía que así excitaría más a su futuro marido.

No era a su marido a quien Laura pretendía excitar.

Esperando las órdenes de Nacho, Laura usaba sus manos para acariciarse por encima del sujetador y las bragas. No se le había permitido aún masturbarse directamente, o quitarse el resto de su ropa, así que jugaba con su cuerpo de la forma más excitante que podía, sin dejar de mirar a los ojos de su “amo”, para comprobar así que todos sus movimientos cumplían su único objetivo de excitarle a él.

La habitación era extremadamente espaciosa. Era una “suite nupcial” y tenia de todo. Nacho se acercó hasta un sillón que había cerca de la cama. Lo arrastró hasta el centro de la habitación, a unos dos metros de la cama, y se sentó cómodamente, preparándose para el espectáculo.

Miró a Laura. Seguía acariciándose por encima de su ropa interior, esperando ansiosa sus órdenes. Después miró a Eva. Estaba sentada sobre la cama, completamente cubierta por el blanco vestido del que se suponía que iba a ser el día más feliz de su vida. La única parte de su cuerpo que podía apreciarse bajo aquella montaña de tela eran sus pies descalzos, cubiertos únicamente por las medias blancas.

- Quítate las bragas – ordenó.

Eva no se movió.

- ¡Obedece al amo, hermanita! – sentenció su hermana.

No podía evitar cumplir la orden de su hermana, pero amparándose en la enormidad de la falda de su vestido, lo hizo de forma que no pudieran ver como lo hacía. Con la íntima prenda en su mano, miró directamente a los ojos de Nacho. Era más que miedo lo que sentía en aquel momento. Era puro odio.

- Tráemelas, Laura.

Con gran celeridad, esperando siempre agradar a su amo, Laura se dirigió hacia su hermana, cogió las bragas de su mano y se las entregó a Nacho. Eran blancas, a juego con el resto del vestido, y suaves, muy suaves. Debían de haber costado un dineral. Las mujeres no suelen escatimar gastos para el día de la boda, pensó Nacho. Era una lástima que una vez casadas no siguieran haciendo lo mismo y siempre se decantaran por las grandes y antiestimulantes bragas de algodón en aras de la comodidad.

- Laura. Tu hermanita está muy seria. Creo que tiene hambre. ¿No crees que deberíamos darle algo de comer?

Eva no comprendió la ironía al principio, pero no ocurrió lo mismo con Laura. El tiempo que había pasado bajo la influencia de Nacho la había convertido en una excelente esclava, capaz de entender las más sutiles insinuaciones y los más profundos deseos de su amo.

- Supongo que tenías pensado que la noche de tu boda ibas a tener ocasión de prácticas nuevas experiencias, hermanita. Ahora vas a poder realizarlas, pero no con la persona que tú creías. ¡Arrodíllate ante el amo!

Sin posibilidad de dudar o de resistirse, pero sin mostrar el más mínimo entusiasmo, Eva siguió las instrucciones al pie de la letra. Se levantó de la cama y se arrodilló ante Nacho. La gran cortina de tela de su falda se expandió a su alrededor formando una mullida alfombra brillante. Comenzaba a comprender lo que se esperaba de ella. Miró a su hermana. Pensó que tal vez la posibilidad de que otra mujer también tocara el cuerpo de “su amo” podría causarle un sentimiento de celos que podría utilizar para liberarla del control de Nacho. Pero se equivocó. Al contrario de lo que esperaba, Laura no mostraba indicios de celos o de envidia, sino una enorme excitación. Eva seguía sin comprender que su hermana solo existía para el placer de Nacho. Que su propia hermana hiciera el amor con su dueño solo la llenaba de goce y orgullo por haber servido bien a su señor.

- ¿Acaso tengo que decirte lo que tienes que hacer, hermanita?

El sarcasmo en la voz de Laura era evidente. Pero Eva no estaba dispuesta a darles el placer de obedecer. Solo bajo el irresistible influjo hipnótico sería capaz de realizar lo que se le pedía. Muy en su interior, esperaba realmente poder resistir la necesidad de obedecer.

Como si estuviera tocando un objeto de incalculable valor, Laura desabrochó los pantalones de Nacho, dejando al descubierto su enhiesto pene, tremendamente excitado por la situación actual, mientras daba instrucciones a su hermana.

- ¡Escúchame, hermana! Durante todo el tiempo que saliste con Nacho, jamás le dejaste tocar tu cuerpo, ni te dignaste a tocar el suyo. Ahora vamos a remediar aquel pequeño descuido. Vas a practicarle la mejor mamada que jamás hayas podido imaginar. Utilizarás tu boca, tus labios, tu lengua y tu garganta como jamás creíste que fueras capaz de hacer, sin preocuparte en lo más mínimo de tus propios sentimientos ni de tu placer personal. Y cuando consigas hacer salir el jugo de nuestro amo, lo tragarás todo, sin dejar una sola gota caer al suelo ni ensuciar tu virginal vestido de novia. ¿Has entendido?

A pesar de la repugnancia que le causaba la idea de tragar el semen de Nacho, Eva no tuvo más remedio que responder.

- Sí

Y sin poder resistir, tal vez sin intentarlo siquiera, cogió el pene de Nacho con la mano y comenzó a masturbarle. Después de un par de movimientos introdujo el pene en su boca y acarició el glande con la lengua, al tiempo que movía su cabeza arriba y abajo masturbándolo con los labios.

Nacho cerró los ojos. A pesar de estar apenas en el principio de la masturbación, el placer era inmenso. Había estado con Laura docenas de veces desde que la hipnotizó por primera vez. Había hecho el amor con ella de montones de formas distintas. Había disfrutado de su cuerpo como ninguna mujer deja jamás que un hombre disfrute de ella. Pero a pesar de todo, seguía excitándolo. Su presencia en aquella habitación, semidesnuda, no podía dejar de mantenerle continuamente excitado. Pero tanto o más que la visión del cuerpo de Laura, lo excitaba la subyugación de su hermana. No la tenía directamente bajo su poder, pero controlaba a la persona que la controlaba a ella. El amor que sintió por Eva se había convertido en odio al principio de su abandono, pero después, desde el momento en que hipnotizó a su hermana, el odio fue dejando paso al deseo de venganza. Y la satisfacción de estar cumpliendo su sueño se convirtió en una fuerte excitación sexual.

Por no mencionar la visión de una mujer, en el día de su boda con otro hombre y vestida para la ocasión, arrodillada a sus pies y chupándole el pene, que aquello también era algo capaz de excitar a un muerto.

A pesar de que Eva no era ninguna experta, el trabajo que estaba realizando era magnífico. Las órdenes de Laura habían sido utilizar todas las partes de su boca, incluyendo su garganta, para acrecentar el placer de Nacho, y así lo estaba haciendo. Al principio sintió un presagio de arcadas, pero poco a poco se fue acostumbrando a mover libremente el órgano masculino por el interior de toda su boca y las arcadas fueron sustituidas por frenéticos movimientos con la lengua.

Mirando el rostro de Nacho, Laura era la mujer más feliz del mundo. La enorme mueca de placer y satisfacción que su amo estaba sintiendo repercutía en su cuerpo como si fuera ella misma la que recibía el placer. Sin poder evitarlo y a pesar de que Nacho no le había dado permiso para hacerlo, paso sus dedos por el interior de sus pequeñas y transparentes bragas negras y los introdujo en su vagina, comenzando una masturbación basada exclusivamente en la visión del placer de su amo. Mientras tanto, con la otra mano acariciaba y pellizcaba sus pezones sin dejar de mirar tanto el rostro de Nacho como su pene, que desaparecía por momentos en el interior de la boca de Eva. Faltaba muy poco para que su amo se corriera, y decidió hacerlo al mismo tiempo que él.

- ¡Basta!

La brusca orden de Nacho la sacó de sus pensamientos y de la proximidad de su orgasmo. Sin pensarlo dos veces, cogió la larga cabellera rubia de su hermana y tiró de ella hacia atrás, provocando un pequeño grito de dolor en Eva. Con una enorme preocupación en su voz, se dirigió a Nacho.

- ¿Que ocurre, amo? ¿Acaso esta zorra ha hecho algo que no te ha gustado? ¿Acaso te ha hecho daño?

Nacho sonrió complacido por el sincero tono de preocupación en la voz de su esclava.

- No. No es nada de eso. Solo que no quiero correrme todavía. La noche es larga y quiero disfrutar de ella.

Ya más tranquilizada, Laura respiró con deseo hacia su dueño.

- ¿Que quieres que hagamos ahora, amo?

- Pienso que un poco de amor lésbico no quedaría mal en la habitación, y de paso tu participarás un poco en el juego. ¿Te apetece?

El brillo en los ojos de Laura alcanzó unos límites insospechados.

- ¡Gracias amo! ¡Gracias!

Y volviéndose hacia su hermana, le ordenó que se tumbara de nuevo sobre la cama.

- ¡Abre las piernas, hermanita! Voy a hacerte gozar como nadie lo ha hecho hasta ahora.

Eva no pudo evitar hacerlo, mientras notaba como Laura levantaba la falda del vestido, dejando toda la parte inferior de su cuerpo al descubierto. Sintió la mirada de Nacho sobre su sexo, no menos ávida que la de su hermana. Durante unos segundos tomó consciencia de los sentimientos que despertaba en ambos. Tumbada sobre la cama, vestida con un traje de novia, descalza, la falda levantada, con medias blancas y liguero a juego, sin bragas y con las piernas completamente abiertas, mostrando sin pudor, aunque no por su propia voluntad, su mayor intimidad para que un hombre y una mujer, su propia hermana, lo miraran e hicieran con ella lo que quisieran. Si hubiera podido sonreír, de estar en otra situación, lo hubiera hecho, puesto que no podía dejar de pensar que ella misma hubiera podido sentirse excitada de esa visión.

Todavía estaba inmersa en sus pensamientos cuando notó el húmedo calor de una lengua sobre su sexo. Los primeros movimientos le parecieron de tanteo, como si intentaran encontrar un camino entre la no demasiado abundante mata de pelo rubio que cubría su sexo. Dos días antes de la boda se había entretenido depilando todas las partes de su cuerpo, poniendo especial interés en las zonas más íntimas, esperando que su futuro marido se diera cuenta del buen trabajo que había realizado pensando en él. Ahora era su hermana la que disfrutaba de su previsión. Encontrado ya el camino hacia el interior de su sexo, ayudada por las dos manos a mantener abierto el corredor entre la mata de pelo, la lengua de Laura comenzó su gratificante trabajo. A pesar de odiar a muerte a Nacho y a su hermana por obligarla a hacer aquello, las continuas caricias sobre su clítoris y sobre las paredes de su vagina comenzaban a excitarla realmente. Intentaba ignorar el placer que le causaban los sabios y expertos movimientos de su hermana, pero no podía evitarlos. Sabía que no era la hipnosis la que causaba aquel reconfortante calorcillo que comenzaba a ascender por todo su cuerpo desde su clítoris. Y eso era precisamente lo que más la molestaba. A pesar de haber sido obligada, hipnotizada, medio raptada y casi violada, sentía placer por todo aquello. Sintió asco hacia sí misma, pero lo ignoró cuando notó la proximidad del orgasmo.

Laura sabía que su hermana estaba disfrutando. Podía oírlo en sus gemidos, notarlo en los movimientos de su cuerpo e intuirlo en sus ojos cerrados como solo una mujer puede hacer. Sabía que Nacho las estaba mirando y que disfrutaría del placer que le estaba provocando a su hermana. Disfrutaría cuando ella se corriera, cuando gimiera de placer y se descompusiera sabiendo que el orgasmo no había sido causa de la hipnosis. Y disfrutaría aún más por el hecho de que Eva se odiaría a sí misma por hacer disfrutado en aquella situación. Incrementó la fuerza y la velocidad de los movimientos de su lengua sobre el clítoris de su hermana para forzarla a alcanzar el clímax.

Nacho disfrutaba, en efecto, de aquel espectáculo. Había una mujer sobre la cama, vestida de novia y desnuda de cintura para abajo que estaba a punto de llegar al orgasmo, y había otra mujer, vestida con excitante lencería negra que era la que estaba causando su placer. Desde donde él estaba sentado apenas apreciaba más que el hermoso trasero de Laura moviéndose insinuante ante sus ojos. A pesar de tener puestos los cinco sentidos en dar placer a su hermana, Laura todavía conservaba la imaginación suficiente como para mover su culo excitantemente ante Nacho, sabiendo que como su propio cuerpo le impedía la clara visión del sexo de su hermana debía de poder disfrutar de algo mientras escuchaba los gemidos de Eva.

Y así era, efectivamente. Disfrutando de todo aquel espectáculo, Nacho utilizaba una de sus manos para masturbarse lentamente mientras escuchaba los gemidos de Eva y contemplaba sus piernas cubiertas por las medias blancas, el trasero casi desnudo de Laura y sus hermosas piernas, también cubiertas por la suave oscuridad de las medias.

La explosión del placer de Eva no les llegó de sorpresa a ninguno. Mientras su cuerpo se estremecía una y otra vez, la lengua de Laura no dejaba de entrometerse en aquel orgasmo, intentando prolongarlo lo más posible. La velocidad con que Nacho se estaba masturbando aumentó el ritmo mientras los gemidos de Eva resonaban por la habitación, y esta, intentando reprimirlos, no podía dejar de odiarse a sí misma por estar disfrutando del mejor orgasmo de toda su vida.

Con el rostro orgulloso de su hazaña y cubierto por el orgasmo de su hermana, Laura miró a Nacho, cuyos movimientos sobre su pene habían vuelto a la monotonía del que quiere darse placer aunque sin querer alcanzar todavía el clímax. A pesar de notar pequeñas gotas del orgasmo de su hermana corriendo por su cara, no se los limpió, sabiendo que su visión acrecentaría el placer de su amo.

- ¿Puedo desnudarla ya, amo?

- Si. Quiero verla sin ese vestido de novia.

Dirigió una mirada de triunfó hacia su hermana. Eva no podía llorar porque Laura se lo había prohibido. Sabía lo que iba a hacer a continuación, y a pesar de no querer hacerlo, comenzó a desabrochar los pequeños enganches que mantenían el vestido sujeto. Ni siquiera esperó la orden de su hermana. Ya no tenía miedo de ellos. Ya apenas les odiaba. Seguía sintiendo temor, pero en esta ocasión era hacia sus propios sentimientos. Quería más. ¡Dios! Había sentido el mejor orgasmo de su vida y quería más. Sabía que si seguía todas las órdenes podría sentir más, y a pesar del momentáneo asco que sintió hacia sí misma, decidió acallar su conciencia y colaborar en lo posible. De cualquier forma ellos iban a lograr lo que querían. Tal vez, y solo tal vez, si ella colaboraba lograría disfrutar un poco más.

Una vez acabó con los enganches, se levantó. Con la ayuda de Laura, deslizó el vestido por encima de su cabeza y lo tiró al suelo. Todo su cuerpo quedó al descubierto. Su sujetador blanco era semitransparente y muy excitante, a juego con las bragas que ahora reposaban en el regazo de Nacho.

- Colocaros las dos juntas, una al lado de la otra. Quiero comparar vuestros cuerpos.

Complaciendo a su amo, Laura se colocó rápidamente frente a Nacho y junto a Eva. Esta hizo lo mismo, aunque con menos celeridad que su hermana.

- Laura, dame tus bragas.

Sin dejar de mirar el rostro de Nacho, haciendo de cada uno de sus movimientos una clara insinuación, Laura deslizó sus manos sobre sus bragas y las empujó hacia abajo disfrutando de cada segundo. Levantó una pierna y la sacó del agujero de las bragas. Después levantó la otra pierna y repitió la operación. No tuvo prisa en hacerlo en ninguna de las dos ocasiones. Sabía que a Nacho le gustaba ver desvestirse a una mujer y quería convertir cualquier simple acto en un íntimo strip-tease para su placer. Una vez tuvo las bragas en su mano, se las dio a Nacho. Sin mirarlas, éste las estrujó con su mano un par de veces antes de dejarlas sobre su regazo, junto a las de Eva.

Ahora las dos mujeres estaban igual. Las dos llevaban tan solo el sujetador, las medias y el liguero. El contraste era verdaderamente excitante. Laura era morena, muy morena. Su ropa interior era completamente negra, al igual que el pelo de su pubis. Por contra, Eva era rubia, aunque sin ser una explosiva rubia platino. Su sujetador era blanco, como el liguero y las medias. Las dos tenían mas o menos la misma estatura, pero Laura tenía los pechos sensiblemente más grandes que Eva. Las piernas eran hermosas en los dos casos, largas y sensuales. Ambas se habían depilado el pubis. Eva para la boda, y Laura lo cuidaba intensamente desde que cayó bajo la influencia de Nacho.

Nacho no dejaba de masturbarse, pero notó un cierto dolor en su órgano con la visión de aquellas dos hermosas mujeres ante él. Dos cuerpos para el pecado dispuestos a cumplir todos sus deseos, todas sus órdenes, todos sus caprichos.

- ¡El sujetador!

Ninguna de las dos dudó en esta ocasión. Ambas movieron rápidamente sus manos hacia sus espaldas para abrir los cierres. Eva fue más rápida. No pretendía excitar a Nacho, sino simplemente seguir su orden. Laura alargó más el momento, cubriendo incluso durante un instante sus pechos con los brazos, mientras se quitaba la prenda. Toda la operación la realizó mirando fijamente los ojos de Nacho, intentando apreciar si sus movimientos le gustaban.

Finalmente Nacho pudo apreciar la sensible diferencia entre los abundantes pechos de Laura y los mas pequeños aunque respingones de Eva. La verdad es que los pechos de Eva no podían considerarse realmente pequeños. Vista ella sola, o comparada con muchas otras mujeres, sus pechos tenían un tamaño normal, incluso un poco grandes, pero comparados con la enorme masa de carne de su hermana quedaban empequeñecidos.

Mientras ambas mujeres se disputaban las miradas de Nacho, este se levantó y comenzó a quitarse la ropa. Comenzó con la camisa, dejando al descubierto su torso, que fue inundado de inmediato por el deseo en la mirada de Laura. Siguió con los pantalones, que ya tenía desabrochados. Finalmente quedó completamente desnudo. Miró primero a Laura, que le devolvió la mirada ofreciéndole al mismo tiempo su alma. Después miró a Eva. Por primera vez en toda la noche, Eva también le devolvió la mirada, pero en esta ocasión no había temor en ella. Ni siquiera odio. Era una mirada desafiante. El deseo la había introducido en el juego, y quería demostrar que no era menos que Laura, y que ella también era capaz de ofrecer placer.

La firme convicción de su mirada la permitió ganar aquel asalto.

- Eva, sobre la cama, a cuatro patas.

Sin dudar, sin rechistar, sin planteárselo dos veces, Eva dio media vuelta y se colocó en la posición exigida. Laura se tumbó a su lado, con el rostro cerca de su sexo, dispuesta a disfrutar del espectáculo.

Nacho subió encima de la cama y se colocó de rodillas. La visión del excitante trasero de Eva estuvo a punto de producirle un orgasmo, que con todas sus fuerzas se obligó a reprimir.

- Laura, ponte a su lado

La orden fue inmediatamente cumplida por su apasionada esclava. Disputándose un pequeño hueco en la cama junto a su hermana, dispuso su cuerpo junto al suyo, también a cuatro patas, aunque cuando estuvo colocada, bajó al máximo sus brazos y su cabeza, adoptando una posición de mayor sumisión aún si cabía. Aquello casi fue demasiado para Nacho. Además del hermoso cuerpo de Eva tenía a su disposición a su más sumisa esclava. Laura, que consciente de la enorme excitación que su cuerpo era capaz de ofrecer en aquella postura, intentaba elevar al máximo posible su trasero. También era consciente de que su sexo quedaba totalmente a merced de su amo, puesto que la mayor altitud alcanzada por la parte trasera de su cuerpo otorgaba una excelente visión tanto de su culo como de su pubis. Dispuesta a ganar la batalla por los favores de Nacho, aplicaba a sus movimientos una indecencia que tal vez no conocieran ni las más profesionales entre las prostitutas del mundo.

La mayor experiencia de Laura en el arte de la seducción de su amo hizo que Nacho decidiera cambiar su primera intención de penetrar a Eva en detrimento de su hermana.

Cogiéndola por las caderas, introdujo su excitado órgano en el interior del cuerpo de Laura, que demostró un claro estremecimiento de placer al sentir en sus entrañas el preciado órgano de su amo. Casi al instante, Laura alcanzó su primer orgasmo de la noche. Desde que Nacho la convirtiera en su esclava, Laura era capaz de alcanzar multitud de orgasmos en pocos minutos. A pesar de estar disfrutando del placer máximo que una mujer es capaz de alcanzar, su cuerpo no dejaba de moverse al ritmo de los movimientos de Nacho, intentando procurarle placer, en detrimento del suyo propio. Una de las manos de Nacho se deslizó desde su cadera hasta sus pechos, amasándolos y apretujándolos con muy poco interés en que ella disfrutara. Pero el efecto que Laura recibía no era más que placer y más placer. Cualquier contacto de Nacho con sus partes más sensibles la llevaba una y otra vez al clímax. Todavía con los residuos del primer orgasmo en su cerebro, el poco delicado masaje de sus pechos la condujo inevitablemente al segundo. Nacho lo sabía, porque así la había programado durante las interminables sesiones de hipnosis. Sabía que cualquier cosa que él hiciera tendría como resultado el placer de ella, y que dicho placer no hacía más que excitarla cada vez más.

Pero también sabía que su propia potencia sexual era limitada. Casi al borde del orgasmo, extrajo su órgano del cuerpo de Laura sin aviso, produciéndole a su vez el tercer orgasmo y haciendo que se desplomara sobre la cama para disfrutar de él, ya sin la necesidad de reprimir su placer para facilitar el de su amo.

Nacho quería correrse dentro del cuerpo de Eva, y por ello se deslizó sobre la cama para introducir cómodamente su pene por el agujero que su otra esclava también dejaba al descubierto. El interior de la vagina de Eva era más estrecho que el de su hermana, produciéndole un enorme placer tanto a él como a ella, que comenzaba a mover su cuerpo sin demasiadas inhibiciones.

- Muévete, hermanita. Muévete y haz disfrutar a nuestro amo

Si quedaba algún resto de decencia o de dudas en la mente de Eva, las incitantes palabras de su hermana habían acabado con ellos. En respuesta a las órdenes de Laura, su cuerpo comenzó a estremecerse aún con más fuerza mientras sentía los rítmicos embates de Nacho sobre ella. Inducida por la hipnótica influencia de la voz de Laura, su principal deseo era el de hacer disfrutar a Nacho del encuentro amoroso, pero a pesar de ello, y siempre sin dejar de mover su cuerpo para producir placer más que para recibirlo, sus ansias de recibir más y más placer se estaban cumpliendo sin restricciones. Jamás hubiera podido creer que hacer el amor con Nacho fuera una experiencia tan maravillosa. Se sentía liberada de todas las ataduras terrestres, de su pasado, de su futuro, e incluso de su propio y recién estrenado marido. Tal vez si hubiera llegado a hacer el amor con Nacho cuando eran novios jamás le hubiera dejado, y jamás hubieran llegado a este momento.

Pero de repente todos sus pensamientos dejaron de tener sentido. Un estremecedor fogonazo de placer inundó su mente justo en el instante en que sintió el fruto del orgasmo de Nacho invadir sus entrañas. Con cada uno de los últimos estertores del clímax de Nacho, su propio cuerpo se vio invadido por un extremo placer no alcanzado jamás anteriormente, ni siguiera por el causado por su hermana pocos minutos antes. Su conocimiento del mundo del sexo y del placer había sido muy limitado hasta esos momentos. Breves escarceos amorosos con diversos hombres, y algunas pocas ocasiones con su actual marido antes de la boda no la habían preparado para el mundo que Nacho y su hermana le habían hecho descubrir. Se desplomó sin fuerzas sobre la cama, notando como el pene de Nacho resbalaba fuera de su vagina. Con los ojos entreabiertos, comprobó como aquel mágico músculo se encogía por momentos y alcanzaba una flacidez imposible de adivinar pocos segundos antes. Sin tiempo a que el órgano acabara de volver a su posición habitual, Laura se abalanzó sobre él, y con un enorme cariño solo comparable con el que las madres proporcionan a sus hijos, lo introdujo en su boca para limpiar con su lengua los restos delatores del placer del que pocos segundos antes había sido testigo.

Desnuda, indefensa sobre la cama, Eva comprobó como Laura y Nacho se fundían en un abrazo que poco tenía que ver con el amor convencional. No pudo entender las palabras que él susurró al oído de su hermana. Al cabo de un momento, sintió la fría mirada de Laura sobre sus ojos, y comprobó como sus labios se abrían y cerraban diciendo algo que no llegó a entender, porque la oscuridad invadió su mente y el sueño la venció sin condiciones.

Sus ojos se abrieron lentamente sin comprender del todo lo que ocurría ni donde se encontraba. Su hermana Laura estaba junto a ella, en lo que al parecer era la habitación del hotel. Su recién estrenado esposo también se encontraba allí, y sus padres y algunos de los invitados.

- ¿Ya te encuentras mejor, querida?

La preocupación latente en las palabras de su marido la desconcertaron durante un instante.

- Menos mal que no ha sido nada – esta vez era Laura la que hablaba – Cuando la he visto desplomarse al suelo desmayada creía que me moría del susto.

Aquello era cada vez más confuso.

- ¿Que me ha ocurrido? – pudo decir al fin

- Te has desmayado, querida. Habías venido a la habitación con Laura y por lo visto el cansancio de todo el día ha podido contigo y te has desmayado. Laura ha venido corriendo a buscar ayuda, pero no ha sido nada grave. Gracias a Dios ya te has recuperado.

Confusa, Eva se miró a sí misma. Estaba completamente vestida, a excepción de los zapatos, y tumbada sobre la cama. No recordaba nada desde el momento en que había entrado en la habitación. Sentía un inmenso vació negro en su mente y un penetrante dolor de cabeza cuando intentaba recordar lo ocurrido durante esos momentos. Tenían razón. Probablemente el vacío en su memoria había sido debido a un desmayo. El cansancio de todo el día la había dejado agotada.

- Estoy bien. Dejad de preocuparos y volvamos a la fiesta. Mañana me encontraré perfectamente, cuando haya descansado un poco.

- Tiene razón. Dejadla descansar y que corra un poco el aire por la habitación. Dejad de agobiarla y volved a la fiesta. Ahora mismo bajaremos nosotras.

Laura comenzó a echar a gente de la habitación.

- Me quedaré contigo – dijo con preocupación el amante esposo

- Ni hablar. Eva estará bien dentro de quince o veinte minutos, así que vete abajo con tus invitados, y nosotras bajaremos dentro de un rato. Haz caso a tu cuñada y verás como toda va bien.

Refunfuñando, todos se fueron de la habitación dejando solas a las dos hermanas.

- Creo que he tenido una pesadilla durante mi desmayo. Me encuentro increíblemente agotada y estoy toda sudada. Y este maldito liguero…

Sus ojos se abrieron como platos mientras intentaba colocarse el liguero en el sitio.

- ¡Laura! ¡Mis bragas!

Miró a su hermana con una pregunta en sus ojos.

- ¡No llevo las bragas!

- Un pequeño descuido que deberemos de solucionar cuando vuelvas a despertar, hermanita.

Eva la miraba desconcertada mientras la veía meter su mano bajo la cama y sacar sus hermosas bragas blancas.

- ¿Como…?

- No te preocupes por nada, hermanita. Solo cierra los ojos y descansa un rato.

- Pero…

- Duerme, hermanita… duerme…

** FIN **

Vamos a la escuela, vivan las maestras especiales

Lunes, enero 8th, 2007

Un hombre descubre que posee poderes telepaticos …pero solo dentro de su vehiculo y los utiliza para controlar y tener relaciones sexuales con su cuñada y una compañera de trabajo…maestras ambas…..llevandolas incluso a que mantegas practicas lesbiscas aparte de las hetereosexuales con él.

Esta no es una historia real (aunque me hubiera gustado que lo fuera), pero está basada en situaciones y personajes verdaderos, a los que sólo les cambié los nombres y algunos lugares, como para guardar el secreto…

Como ustedes saben, si han leído mis anteriores relatos, sobre Ivanna y su mamá; Virginia y sus nenas; o Reducción de personal, soy un argentino cuarentón (o casi); que vivió siempre en Buenos Aires, pero que por esas cosas de la vida, ahora me encuentro instalado con mi familia en la ciudad de Neuquén, donde llegué hace unos años con la empresa multinacional para la que trabajo.

Debido a que mi familia es numerosa, hace un tiempo me compré una van con diez asiento, para trasladarnos todos juntos. Durante la semana voy con ella hasta la empresa, y los fines de semana la disfrutamos todos juntos.

El tema es que este año a mi cuñada Verónica, quien vive también en Neuquén con su familia, la cambiaron de escuela. Ella es maestra especial (de actividades plásticas), y el colegio donde la destinaron queda de paso a mi empresa. Dadas estas circunstancias, nos pareció lógico que siempre que pudiera la alcanzara a su trabajo, ya que ella no cuenta con vehículo. Mi esposa estuvo totalmente de acuerdo, y así empezamos el año.

Les cuento que Verónica es una chica de 32 años, casada ya hace unos 8 o 9 atrás, con dos hijos de 6 y 3 años. Tiene una tendencia bastante marcada a engordar; pero a diferencia de su hermana Virginia, se cuida mucho, y logra mantener el cuerpo en bastante buen estado. No es un espectáculo, pero bien arregladita le sobra pero no tanto.

Verónica tiene el cabello oscuro y muy cortito; su piel es blanca pálida, no tomando color ni en pleno verano. En esto se diferencia mucho de sus hermanas, ya que tanto Virginia, como Isabel (mi esposa) son mas bien rubias, y de tez sonrosada. Sí se parece, en que tiene una muy buena altura, cerca del metro setenta.

Así empezó la rutina de todos los días: la pasaba a buscar por su casa a eso de las siete y treinta; se subía al asiento de adelante contrario al mío (la van tiene tres asientos al frente) dejando libre el del medio; un beso y arrancamos. Durante el viaje charlábamos dos o tres pavadas, hasta dejarla en la escuela, o simplemente escuchábamos música.

Un día de mucho calor, antes que empezaran las clases, Verónica se apareció con un guardapolvo a cuadros muy de verano. A diferencia de los otros que usaba, éste era de mangas cortas y amplias, y un poco más corto (aunque no mucho más arriba de la rodilla). Pero lo que más me llamó la atención fue cuando entre los broches que lo cerraban por delante, pude observar que no llevaba nada debajo (al menos en la parte de arriba).

Cuando se movía un poco, se podía entrever su corpiño o la piel de su torso. En la parte de abajo, sí llevaba pollera, un poco más corta que el guardapolvo. Esto comenzó a hacerme pensar un poco en ella, y a mirarla con otra cara. Después de lo pasado con Virginia, empezaba a imaginarme algo con la otra hermana de mi mujer.

Parece que te viniste de veranito, hoy – Le dije, como para ir al tema. ¿Viste qué lindo?, se lo hice hacer a mamá, porque con este calor no aguanto los otros guardapolvos – Comentó. De todas maneras, no sé qué hacer, ya que para no tener tanto calor, no me puse remera debajo, pero así me lo tengo que mantener muy cerrado.

Yo me quedé callado, pensando que mejor se lo podría abrir y mostrarse un poco. Pero Verónica siempre ha sido muy seria, y aunque nos une un gran cariño, siempre mantuvimos las distancias. En eso me puse a pensar, con muchas ganas: ¡desabrochate el guardapolvo!, ¡desabrochate el guardapolvo!, y así iba, concentrado en el camino.

En eso veo que Verónica se lleva las manos a la parte alta, y comienza a sacar los broches desde arriba. ¡Qué calor que hace! – Fue todo lo que dijo. Y se abrió el guardapolvo hasta más abajo del corpiño. Yo me puse a mil; pero por otra parte, me quedé pensando si no habría hablado en voz alta y ella me habría escuchado.

Si no fue así – Me preguntaba. ¿Es pura casualidad, o logré llegar a su mente? Como no tenía respuesta a estos interrogantes, decidí hacer una prueba. Cerrando bien fuerte mis labios, como para asegurarme de no hablar, comencé a pensar: ¡Abrilo completo!, ¡abrilo completo! – Cada vez con mas fuerza, pero cuidando de no despegar mis labios.

A la tercer o cuarta vez, y ante mi gran sorpresa, Verónica desabrochó hasta el final su guardapolvo, e inclusive le quedó bastante abierto. Así pude contemplar sus pechos, no muy cubiertos por el corpiño, que tenía mucho encaje; su blanco vientre, al que nunca le daba el sol, ya que usa mallas de una pieza; y por último la falda, que no sólo era un poco corta, si no que además era muy amplia, toda tableada.

Yo no podía creer lo que veía. Verónica lo había hecho con toda naturalidad, pero yo sabía que ella no es así. Ya la excusa del calor no alcanzaba, y cada vez estaba más convencido que de alguna manera, mi pensamiento estaba influyendo en sus actos. Entonces decidí pasar a pruebas más difíciles.

Mediante órdenes mentales, le dije que se acariciara los pechos, primero sobre el corpiño, y luego con la mano dentro de este. Lo hizo sin rechistar, y pude apreciar como se iban irguiendo sus pezones.

También hice que se acariciara la entrepierna, por encima de la bombacha, previo levantarse la falda.

Se acariciaba con ganas, y cuando vi que estaba calentándose demasiado, le di orden de parar.

Para terminar, le ordené que me acariciara la pija; cosa que hizo, por sobre el pantalón. Me produjo una calentura mayor aún que la que ya tenía, pero no seguí más adelante, por miedo a que nos vieran desde afuera. Además, ya llegábamos al colegio, y ella tenía que bajarse en orden.

La hice abrocharse el guardapolvo, aunque dejando los últimos broches abiertos, de forma que se le veía el comienzo de los pechos; y lo último que le ordené fue que olvidara todo lo que había pasado en el viaje. Llegamos a la escuela, y ella juntó sus útiles y se bajó, como si nada hubiera sucedido, previo ligero beso en mi mejilla, y un “gracias por el viaje”.

Ni que les cuento que cuando llegué a la oficina tuve que hacerme flor de paja, para bajar la calentura que llevaba. Me pasé todo el día pensando en el tema, y no le encontraba explicación lógica. Entré en Internet, como para buscar algo, y luego de navegar infructuosamente durante más de una hora, hallé una punta del ovillo.

En una página sobre poderes paranormales, explicaban casos parecidos. El tema es que el poder se puede dar con todas las personas, con algunas en especial, en un ambiente determinado, etc., etc. Las variantes son muchas, y yo no sabía cual era mi caso.

Para determinarlo, probé con algunos de mis compañeros y compañeras de trabajo, pero no pasó nada; hice algunas pruebas más, hasta que me fui a mi casa, más confundido que antes. Hice otras pruebas en casa, pero no pasó nada. Esa tardecita, pasó por casa mi cuñada con los nenes, y aproveché la oportunidad para probar si la cosa andaba sólo con ella.

Le tiré mentalmente algunas órdenes simples (por si acaso las cumplía, delante de todos), pero no hubo ninguna reacción. Para completar las pruebas, me ofrecí a llevarlos a su casa, antes de cenar. En la van volví a la carga, y le ordené que abriera la ventanilla; cosa que hizo al instante. Evidentemente, la cosa funcionaba con ella en ese ambiente.

Faltaba probar si se tenían que dar las dos cosas, o era el interior de la van lo que facilitaba mi poder. Le ordené al niño menor que le pidiera a la madre que le diera la teta, y así lo hizo, ante el asombro de Verónica, ya que hacía dos año que no lo amamantaba. Pero la cosa quedó ahí, como un chiste.

Ahora, yo ya sabía a qué atenerme. Estaba asustado, pero chocho con mi poder recién descubierto; y me puse a pensar cómo usarlo. El hecho de que fuera sólo dentro de la van, reducía mucho las posibilidades, pero seguro algo podría hacer.

Al día siguiente Verónica tenía puesto nuevamente el guardapolvo de verano, así que ni bien subió, comencé a darle órdenes. El viaje no es muy largo, y no podíamos llegar tarde. Primero le ordené que me besara como la gente, y no sólo ese besito en la mejilla. Se acercó a mí, y con los labios entreabiertos me besó en la boca. Fue un beso corto (yo estaba manejando) pero intenso.

Desabrochate el guardapolvo – Fue la siguiente orden. Y esta vez lo hizo completo de un tirón. Llevaba el mismo corpiño que el día anterior, pero se había puesto una pollera – pantalón, que hacía difícil el acceso a su entrepierna. La hice descubrir sus tetas, corriendo hacia arriba el corpiño, y me deleité admirándolas, ya que son bastante grandes, un poco caídas, pero de un blanco leche espectacular, y con unos pezones grandes, con aureolas que le abarcan la mitad del pecho.

Esta vez las caricias se las di yo directamente, y pude ver y sentir como iban creciendo sus pezones, al mismo tiempo que crecía mi verga en el pantalón. En un momento que paramos en un semáforo, aprovechando que los autos alrededor eran todos bajos (la van es muy alta), me recosté sobre ella y le pegué un par de chupones al pezón izquierdo.

Mi calentura iba en aumento, y no quería terminar con una paja como el día anterior. Así que antes de arrancar, me desabroché el pantalón y saqué a relucir mi pija, que estaba lista para cualquier cosa. Ahora, acariciámela – Le dije. Y en seguida le ordené que me la chupara. Lo hizo con bastante conocimiento, aunque por estar apenas saliendo del pantalón, estaba muy incómoda para metérsela en la boca.

No hicieron falta muchas caricias ni lamidas a mi verga, para que me viniera con toda mi leche dentro de su boca. Parte no la tragó, y cayo sobre mi vientre y mis pantalones, así que le ordené que limpiara todo con su lengua, para que nada se notara. Hizo lo que pudo, mientras yo aceleraba para recuperar el tiempo perdido.

No me pareció bien dejarla a ella en banda, así que hice que se bajara el cierre de la pollera – pantalón, y como pude, con una mano metida en ella, le hice una buena paja. Para mi sorpresa, ella ya estaba totalmente mojada, así que no me llevó mucho tiempo llevarla a un fuerte orgasmo.

Para cuando llegamos al colegio, ya la había hecho vestirse correctamente, y que olvidara lo pasado. Lo último que le ordené fue que a partir de ese día tenía que venir siempre con pollera como la del día anterior, y con el guardapolvo de verano, salvo que hiciera mucho frío.

Pasaron varios días iguales, en los que llegué a meterle varios dedos en su vagina, mordisquearle los pechos, nos dimos unos besos de matarse y me chupó la pija unas cuantas veces. Hasta acá estaba bastante conforme, pero iba pensando cómo llegar a más.

Pero un día las cosas cambiaron. Ha comenzado a trabajar en la escuela una chica de mi barrio – Me dijo Verónica, antes de bajarse en la escuela. Es la nueva profesora de educación física y vive a la vuelta de casa. ¿Te parece que podremos llevarla también a ella? – Preguntó, al final.

En qué encrucijada me metía. Yo no tenía idea si esto iba a torcer mis planes; no había probado con manejar dos personas a la vez. Por otra parte, si era un bicho, qué iba a hacer con ella. Al fin me decidí a probar, total no perdía nada; siempre podía echarme atrás más adelante.

Le dije que sí, y al día siguiente la pasamos a buscar, luego que levanté a Verónica. Le abrió la puerta lateral de la van, y se subió atrás. Billy, esta es Beatriz. Beatriz, mi cuñado Billy – Nos presentó. Y cuando la vi, casi me desmayo, de la emoción. Beatriz parecía una chica de no más de 25 años (después supe que tenía 30), con un cuerpito para el crimen.

En ese momento vestía una malla enteriza, de gimnasia, con unas calzas por debajo. Encima sólo llevaba una camisola transparente, abierta por completo al frente. No es muy alta, debe andar por el metro sesenta y cinco; delgada, pero con muy buenas curvas. Los pechos me parecieron bastante desarrollados, para su edad, y siendo tan flaca; después supe porque. Cuando pude apreciar su colita, me encantó. Es angosta de caderas, pero con un culo paradito y bien redondeado.

Se sentó en la segunda fila de asientos, y comenzamos a charlar. Ese día me enganché escuchándola, y se me iba el tiempo sin hacer las pruebas que tenía pensadas. Ahí me enteré que era más grande de lo que pensaba, y que gracias a la gimnasia de toda la vida era que tenía esa apariencia de más joven. También supe que es casada, y tiene un solo hijo; un bebé de cinco meses. De ahí venían esos pechos más cargados de lo que se podía esperar; todavía estaba amamantando.

Cuando estábamos por llegar, me acordé de las pruebas, y primero les transmití a las dos que se rascaran la cabeza. No quería hacer nada más raro, por si acaso una no respondía a mis órdenes. Pero resultó bien, ambas llevaron su mano al cabello. Después probé dándole una orden distinta a cada una; a Verónica que se acariciara el pecho, y a Beatriz que se acomodara la parte de arriba de la malla. También funcionó.

Al bajarse se despidieron, y Beatriz me dijo que recién nos veríamos dos días después, ya que ella no iba a esa escuela todos los días. Otra vez tuve que calmar mi calentura en el baño de la oficina, pero esta vez, con dos mujeres en que pensar. Y comencé a planificar lo que vendría.

Para manejarlas a las dos, necesitaba más tiempo y tranquilidad. Por lo tanto, inventé que tenía que ir a la oficina media hora más temprano, si ellas estaban dispuestas, las llevaría igual, ya que si iban en colectivo, igual tenían que salir más temprano de la casa. Ambas estuvieron de acuerdo, aunque lamentaban levantarse más temprano.

Pasé a buscar a Verónica y a las siete la estábamos levantando a Beatriz. Ya le había dado orden a Verónica que se sentara en el asiento al lado mío, dejando libre el otro de la fila para Beatriz. Cuando esta fue a subir, le dijo que lo hiciera adelante. Partimos despacio hacia la escuela.

En el camino comencé a jugar con ellas. Primero hice que Verónica se desabrochara el guardapolvo, dejando a la vista sus pechos, dentro del corpiño. Llevaba, como le había ordenado, una pollerita bastante corta y amplia. Beatriz, desabrochale el corpiño y sacáselo – Le ordené. Y metiendo sus manos por dentro del guardapolvo, le quitó a Verónica lo único que tapaba sus tetas.

Ahora lamele los pezones y acariciale los pechos – Seguí indicando. A lo que Beatriz se entregó sin problemas. Le pegó una buena mamada, que logró arrancarle un orgasmo a Verónica. Mientras yo le había levantado la pollera, y veía como se iba mojando su bombachita. Aproveché para meterle un par de dedos, que saqué empapados en sus jugos. Sentí que rico sabor tiene – Le dije a Beatriz, dándole a probar mis dedos.

Las hice cambiar de lugar, mientras me dirigía hacia una calle que había visto sin nada de movimiento a esa hora. Cuando estacioné, Beatriz estaba sentada a mi lado. Las calzas que llevaba ese día eran blancas, y sobre ellas un malliot fucsia, bastante escotado. Encima una camisa anudada por debajo de sus pechos.

Le hice bajar los breteles del malliot, volviéndose a acomodar la camisa, y pude apreciar por primera vez sus pechos. Realmente son hermosos, casi todos tostados, salvo una pequeña porción alrededor de los pezones, que se veían grandes, aunque con aureolas de poco diámetro. Dame tu leche – Le dije, cuando ya estaba excitado al máximo. Acercó con sus manos uno de los pechos a mi boca, y comencé a mamar.

¡Cuántos años hacía que no tomaba ese rico elixir! Estaba en la gloria, de sus pechos salían chorritos de blanca leche, que yo llevaba a mi boca con la lengua; los saboreaba, y luego tragaba con deleite. Esto a ella también la calentaba bastante, sentía como comenzaba a vibrar todo su cuerpo. Arrimé una mano a su entrepierna, y corriendo el malliot, apoyé mi mano sobre la concha, cubierta sólo por la calza. Abajo no tenía bombacha.

A medida que la succionaba, la calza se iba humedeciendo, con el flujo que salía de su conchita; y así, sin llegar a tocarla por debajo de la prenda, alcanzó un orgasmo fenomenal. Saltaba para todos lados en el asiento de la van. Cuando se calmó, vi que se hacía tarde para llegar al colegio, así que arranqué y me dirigí hacia allí.

Ahora te voy a dar yo mi leche – Le dije. Saqué fuera del pantalón la pija, que estaba al máximo de tamaño, y le indiqué que la chupara. En esto es una experta, mucho mejor que Verónica. Me la lamió, la succionó, de todo le hizo, hasta que poco antes de llegar, alcancé mi propio orgasmo. Le llené la cara y el pelo de semen, al margen del que fue a su boca y se tragó. Luego me la limpió bien con la lengua, y la guardé nuevamente.

Antes de llegar, limpiale la cara a Beatriz – Le dije a Verónica. Y esta se dedicó a pasarle la lengua por todos los lugares en que tenía mi semen, aunque un poco le quedó en el pelo. Tuvimos el tiempo justo para que se arreglaran la ropa y les ordenara que olvidaran todo lo pasado. Agregué que recordarían haberse quedado en la puerta charlando media hora, cuando las dejé; para cubrir el bache de tiempo en sus memorias.

Rebobinando todo lo que había pasado, me puse muy contento, ya que Beatriz había reaccionado aún mejor que mi cuñada. A Verónica le tenía que repetir cada orden varias veces, en cambio con su compañera la cosa era más fácil, a la primera respondía directamente.

La siguiente vez que llevé a Beatriz, fuimos más directamente al grano. La hice subir directamente atrás, y le ordené que cerrara todas las cortinas de la van. Estas son de un azul oscuro, que no permite ver nada para adentro. Cuando ya estábamos en camino, la hice sacarse la ropa, despacio y con música de fondo que puse en el pasacassette. Por el espejo retrovisor vi como se quitaba la camisola primero; luego el malliot, dejando al aire sus pechos; y por último las calzas, previo quitarse las zapatillas. Sólo quedó con las medias deportivas puestas.

Su concha es bastante peluda, con pendejos castaños, del mismo color que su largo cabello. Pero tenía bien depilados los costados, sin que se le saliera un pelito de la marca que había dejado el sol, alrededor de su bikini. Le pedí que se girara, y pude mirar y admirar su culo. Era aún mejor de lo que me imaginaba; sin ropa seguía tan paradito como antes.

Cuando llegamos al lugar donde habíamos parado el día anterior, sin contratiempos, me pasé a la parte trasera de la van, diciéndole a Verónica que vigilara si venía alguien. Cualquier cosa que se acerque alguna persona – Le dije. Arrancá despacio y salí de aquí.

Una vez estuve atrás, me quité los zapatos, los pantalones y el slip. Así en bolas me abracé a Beatriz, refregándome contra sus pechos. La acosté sobre los asientos traseros (es el más largo, con cuatro asientos), y comencé a sobar y chupar todo su cuerpo. No quedó mucho por recorrer, y cuando llegué a su vagina, le levanté las piernas, para penetrarla con facilidad con mi lengua.

De ahí aproveché para pasar el agujero del culo, que también recibió su ración de saliva y dedos. Costó mucho meterle el primero, pero una vez que se relajó, y con mucha saliva, pude hacerlo, mientras le chupaba el clítoris; hasta que llegó al orgasmo. Acabó como nunca; llenándome la cara con su flujo y en el medio de fuertes gritos.

Luego me senté yo en el asiento, e hice que me mamara la pija. Es increíble lo bien que lo hace. Esta vez con más libertad, por estar yo desnudo, se dedicó a chuparme y acariciarme los huevos; se los metía en la boca, acariciándolos con su lengua. Cuando tomó ritmo de mamada, con toda mi verga dentro, llegué a un hermoso orgasmo, con toda mi leche en su boca. No dejó escapar ni un poquito y se lo tragó relamiéndose.

Ya el tiempo se nos había acabado, así que me vestí en seguida, dejándola a ella atrás, mientras se ponía su ropa. Se corrió Verónica del volante, y me senté a manejar. Le dije que se sacara la bombacha, y para no dejarla a ella sin nada, dediqué el tramo que faltaba a hacerle una buena paja. A las dos cuadras ya había acabado; se ve que se había calentado viéndonos a nosotros.

En el siguiente viaje al colegio juntos, decidí culminar la tarea cogiéndolas. Ese día le tocó a mi cuñada. Nos pasamos atrás con Verónica, cuando paramos en la calle de siempre, y luego de algunos juegos previos, comencé a ponerle la punta de mi verga. No consideré necesario cuidarme, ya que ella difícilmente tuviera alguna enfermedad, y embarazada no podía quedar, ya que en la última cesárea le habían tenido que sacar los ovarios, por un problema que tuvo.

Entonces comencé a penetrarla, poco a poco, viendo como lo gozaba cada vez que le acariciaba el clítoris con mi verga. Antes de tenerla toda adentro, ya había tenido un orgasmo; y cuando topé con mis bolas contra sus nalgas y comencé a chuparle las tetas, acabó de nuevo. Esto me calentó aún más, y comencé un pone y saca cada vez más rápido. La sacaba casi del todo, y cuando se la enterraba de nuevo al tope, pasaba la cabeza por su clítoris.

Así llegamos los dos al orgasmo, que fue muy violento, por la calentura que ambos cargábamos. Tal fue así, que le di flor de mordiscón en el pezón que estaba chupando en ese momento; pero ella no se quejó. Terminamos abrazados, uno sobre el otro, hasta que Beatriz nos avisó que se hacía tarde. Para completar el viaje, le di a Beatriz su ración de paja, de forma tal que no se sintiera celosa.

La cosa iba cada vez mejor, pero yo no veía la forma de alargar los tiempos con ellas. Estaba atado a la van, y los riesgos eran muchos. Por un lado, alguien podía vernos; y por el otro, tenía miedo que ellas se dieran cuenta. Esto último podría ser el desastre total.

De todas maneras, después del primer día completo con Beatriz, noté que Verónica también comenzaba a reaccionar más rápido a mis órdenes. Nunca hacía falta repetírselas a ninguna de las dos.

Hermoso fue el día que me la cogí a Beatriz por primera vez. Estábamos los dos desnudos en la parte trasera de la van, y me dediqué a chuparla un ratito. Tomé mi ración de leche (me fascina, con esos pechos que tiene) y le lamí la concha, llevándola enseguida a un orgasmo. Me dediqué especialmente a lamerle y llenarle de saliva el culo, preparándolo para ver si lo podía penetrar.

Antes de continuar, me chupó un poco la pija, pero le ordené que no fuera muy lejos. No tenía tiempo para recuperarme si me sacaba la leche con su boca, y no me la iba a poder coger. De todas maneras, lo disfruté, y me dejó con la verga al palo.

La hice arrodillarse en el piso, con la cabeza sobre el primer asiento de la fila de atrás, de manera que sus nalgas quedaran apuntando al pasillo junto a la fila del medio. Le levanté la colita, y volvía a chuparle el clítoris, mientras le metía un dedo en el culo, junto con mucha más saliva.

Después que alcanzó otro gran orgasmo, me arrodillé detrás, y comencé a meterle la pija por su concha. Entró sin ningún problema, ya que aunque es bastante estrecha, estaba empapada por sus orgasmos previos. Se la puse y saqué varias veces, despacito para no apurar mi corrida, mientras le seguía metiendo un dedo en el culo; esta vez el pulgar.

Cuando la noté relajada, saqué del todo mi verga y se la apoyé sobre el agujerito trasero. Ella lo notó, y pegó un respingo, cerrando sus esfínteres. Al intentar comenzar la penetración, se hizo evidente que así no iba a poder ser. Le ordené que se relajara, y soltara los músculos, pero se ve que el instinto era más fuerte, ya que le costó bastante liberarse.

Muy de a poco comencé a penetrarla. Lo hice despacio, como para no lastimarla y que ella también lo gozara. Mentalmente le pregunté si su culo era virgen, y me dijo que sí. Luego de un rato, tenía toda mi pija en su recto, que la aprisionaba con fuerza. Entre lo estrecho de su culo, y lo ancha que se me había puesto, la sentía totalmente apretada.

Me quedé quieto un poco, para que se acostumbrara a sentirla, y después empezar a moverme; pero no llegué a hacerlo. Antes que comenzara a sacarla y ponerla, ella inició un movimiento de los músculos de su esfínter. Lo contraía y relajaba esporádicamente, hasta que alcanzó un cierto ritmo. Me estaba haciendo una paja con sus músculos, y yo comenzaba a hervir sin necesidad de cogerla.

Fue tanto lo que lo disfruté, que acabé bastante rápido. Nunca me había pasado, al final yo no le había hecho el orto, si no que ella me había masturbado con el culo. Si era su primera vez (y por lo cerrada que estaba, no dudo que así fuera), el instinto le había enseñado mucho. Supongo que el hecho de no oponer ninguna resistencia, por seguir mis órdenes, también ayudó bastante.

Cuando saqué la pija, noté que no la había lastimado, ya que no había ni rastros de sangre. Fue un desvirgamiento anal de los mejores. Me la limpió con su boca, logrando que se para de nuevo, pero yo no tenía tiempo para más. Me vestí rápidamente y me senté al volante. La mandé a Verónica atrás, para que le chupara el culo a Beatriz, de forma tal que se tragó todo el semen que le había depositado, y se lo dejó limpito.

Es día las chicas llegaron tarde al colegio, se me fue el tiempo con la enculada. Para cuando llegamos ya Beatriz se había vestido, pero bajó caminando con bastante dificultad. Esperaba que no quedaran rastros que pudiera percibir su marido, o ella misma se diera cuenta de algo.

Así pasamos varios viajes más. Para no generar demasiadas sospechas, los días que no iba Beatriz, salíamos en horario normal, y lo mismo hice algunos en que las llevaba a las dos. No podía argumentar siempre que tenía que llegar temprano.

Esos días sólo me hacía chupar la pija en el viaje por alguna de las dos, o les pedía que me hicieran algún pequeño espectáculo lésbico, besándose e inclusive mamándose entre ellas. Una de las veces montaron en el asiento trasero un 69 que las dejó a ambas de cama, después de gozar como locas; mientras yo las miraba por el espejo retrovisor.

Todo fue bien, hasta que en la empresa se les ocurrió cambiar el horario de trabajo, y yo tendría obligatoriamente que entrar una hora antes. Saliendo así, era imposible que siguiera llevándolas, ya que para ellas era excesivamente temprano.

El día que se los comuniqué, cuando íbamos hacia el colegio, ellas se miraron con cara de desilusión, que yo atribuí al hecho de que pensaban en tener que volver a viajar en colectivo. Pero después de varias miradas y gestos entre ellas, Beatriz me explicó las cosas, ante la mayor de mis sorpresas.

Billy – Me dijo. Esto no sólo nos va a hacer viajar en colectivo, si no que vamos a tener que suspender nuestras paradas en el camino. Yo abrí mi boca por el asombro y también ¿por qué no?, por el susto. Te voy a contar la verdad – Siguió Beatriz. Nosotras sabemos todo lo que pasa casi desde el principio – Me explicó.

La primera vez que me controlaste a mí – Dijo Verónica. Yo ni me di cuenta. Por lo visto me tenías dominada con tu mente. Pero después lo intentaste conmigo el primer día que me llevaste – Terció Beatriz. Yo noté algo raro, antes de perder el control, sentí que recibía una orden. En el segundo viaje, respondí a propósito ni bien me diste la primer instrucción, y por eso vos no insististe – Continuaba Beatriz. Al no repetir varias veces tus órdenes mentalmente, no alcazabas a dominarme.

Ella me lo contó todo ese mismo día – Siguió contando Verónica. Entonces desde el día siguiente yo también obedecía antes que repitieras las órdenes. De esta forma, no volviste a dominarnos nunca – Concluyó.

¿Esto quiere decir que todo lo que hicieron fue en forma consciente? – Pregunté, aún sin salir de mi asombro. No sólo conscientes, si no que lo disfrutamos enormemente – Contestaron. Tanto como vos, o más. El problema es que ahora se nos acaba, no podemos justificar ante nuestros esposos que prefiramos salir tan temprano.

Bueno – Les dije. Si los tres estamos de acuerdo, y por lo visto no es necesaria la participación de la van, ya podremos encontrar otros momentos y otros lugares donde encontrarnos – Concluí. Estuvieron totalmente de acuerdo; y, a partir de ahí, comenzó una relación distinta, donde todos sabíamos cómo eran las cosas. Pero esto es una historia diferente, que ya habrá oportunidad de contarles.

¡Hasta siempre!

Un abrazo,Billy billyarg (arroba) yahoo.com