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El Don / Primera parte

Jueves, enero 11th, 2007

La casa no era muy grande. Una más entre las muchas de aquella urbanización a las afueras. Pero era agradable a la vista. El lugar tampoco estaba mal. Parecía tranquilo. A pesar de ser media mañana, no se veía un gran movimiento de gente.

Me acerqué a la puerta principal, sin dejar de asombrarme de lo hermosa que podía ser una casa si se decoraba sin demasiadas pretensiones. Pero mi trabajo allí no era admirar la belleza del entorno, sino otra muy distinta. Tomando una gran bocanada de aire, no porque necesitara hacer acopio de valor, sino porque me gusta respirar el aire puro cuando me alejo de la ciudad, llamé a la puerta.

Al cabo de unos momentos, una ojo apareció ante la mirilla, escudriñándome. Con un apagado grito de reconocimiento y de sorpresa, la puerta se abrió mostrando a una morena ama de casa, rondando la treintena de años, que vestía un chandal azul y llevaba una toalla en la mano. Su pelo estaba mojado. Sus ojos reflejaban la misma sorpresa que su voz no había podido ocultar a través de la puerta.

- ¡Carlos! Dios mío. ¿Que haces aquí?

Con una sonrisa, me encogí de hombros.

- Pasaba por aquí, y se me ocurrió entrar a hacerte una visita.

- Pero… pero… – apenas podía articular ninguna palabra – ¿Como se te ha ocurrido venir sin avisar?

- Estaba en la ciudad por un asunto de negocios. He terminado pronto y he pensado en venir a veros – su rostro mostró una leve sombra de culpabilidad cuando notó el énfasis que había puesto en la palabra “veros” – Y por lo visto no he venido en buen momento. Llevo cinco minutos en la puerta y todavía no me has invitado a entrar.

- No seas tonto – dijo apartándose a un lado para dejarme pasar – Lo que ocurre es que me he quedado tan sorprendida que hasta se me ha olvidado ser cortés. Pasa, ya sabes que estas en tu casa.

Cerró la puerta y me dio un beso de bienvenida en la mejilla. Al hacerlo, pude comprobar que la chaqueta del chandal apenas estaba abrochada. La parte superior se abrió cuando se movió para besarme. No llevaba sujetador. Su seno parecía firme y muy apetecible. Ella, al darse cuenta de que la estaba mirando, se sonrojó y subió la cremallera.

- ¿Te apetece tomar algo?

- Apenas hace un rato que he almorzado. Pero gracias de todas formas.

Se la veía nerviosa. Apenas sabía que decir o que hacer. Dudaba entre darme la mala noticia en el recibidor, o esperar a que estuviéramos en el salón. Finalmente, decidió esperar.

- Pasa al salón y siéntate en el sofá. Yo subiré a ponerme algo mas decente y bajaré en seguida. Si cambias de idea, la cocina está al fondo. En la nevera encontrarás refrescos fríos. Sírvete tú mismo.

La miré mientras desaparecía escaleras arriba. A pesar de que un chandal no puede considerarse una prenda demasiado erótica, la verdad es que el que ella llevaba era muy ajustado. Su trasero no estaba nada mal llenando completamente la tela que lo recubría. Era firme y parecía duro. Por lo visto seguía realizando ejercicio físico todos los días. Probablemente, acababa de llegar de correr y se había duchado apenas hacía unos minutos.

Entré en el salón. No era demasiado grande, o tal vez era un efecto óptico producido por la gran cantidad de muebles que estaban distribuidos por toda la habitación, entre los que destacaban tres sofás, dispuestos en forma de “U”, con una pequeña mesa en el centro. Hacía las veces de salón y sala de estar al mismo tiempo.

No tenía sed, pero me levanté y fui a la buscar algo en la nevera, más que nada para pasar el rato mientras esperaba. Al cabo de unos minutos de volver al salón, la escuché bajar las escaleras. Entró y se sentó justo enfrente de mí. Comenzamos una conversación de circunstancias. Me preguntó sobre el motivo de mi visita a la ciudad y se interesó por mis negocios. Seguía nerviosa. Tenía las manos cruzadas y apoyadas sobre las piernas. No dejaba de frotárselas para secarse el sudor. Mientras hablábamos de tonterías y esperaba a que se decidira a contarme lo que yo ya sabía, me entretuve mirando la ropa que había elegido.

Llevaba falda. No demasiado larga, pero tampoco era una minifalda. No llevaba medias. No se había molestado en ponérselas para estar en casa. Me decepcioné un poco, puesto que unas medias, sobre todo si son negras, cubriendo las piernas de una mujer, son el mejor afrodisíaco que conozco. A pesar de todo, sus piernas eran preciosas. el ejercício diario les sentaba divinamente. En la parte de arriba llevaba un sueter de lana, no demasiado grueso. Ya no hacía la calor del verano, pero era media mañana y el sol lucía en la calle. El sueter, como casi todas las prendas que la había visto vestir en las pocas veces que nos habíamos encontrado, era muy ajustado. Sus pechos resaltaban bajo el amarillo de la lana atrayendo continuamente mi mirada. Ella lo sabía, y eso la hacía sentir aún más incómoda y nerviosa.

Finalmente se decidió a contarme la verdad.

- Carlos, no sé porqué todavía no me has preguntado por Pedro, pero antes de que lo hagas, he de decirte algo. Hemos tenido ciertos… problemas y nos hemos separado. Esta misma semana lo he echado de casa. Las cosas han ido deteriorándose entre nosotros en los últimos meses. Ya no éramos la pareja feliz que tu conociste. Ya sabes lo dominante que es Pedro. Al fin y al cabo, fuisteis compañeros de universidad y muchas veces os habéis reido de su caracter en aquellos tiempos. Pues no ha mejorado desde entonces. Le gustaba obligarme a… hacer cosas contra mi voluntad, y yo no soy el juguete de nadie. Mi vida era casi un infierno. Hasta que ya no he podido soportarlo mas.

Un incómodo silenció siguió a sus palabras. Poco despues de comenzar a hablar había bajado la mirada hacia el suelo y seguía con los ojos fijos en ninguna parte. Pedro era mi mejor amigo, aunque apenas nos veíamos un par de veces al año, y ella me estaba diciendo que era un pervertido. Se sentía muy incómoda. Podía sentirlo, pero nada de lo que yo dijera la haría sentirse mejor.

Aunque tampoco era esa mi intención.

- No te sientas mal, Carmen. Ya lo sabía.

- ¿¿Lo sabias?? Pero, ¿como…?

- Esta misma mañana he estado hablando con él.

- ¿Y porque no…?

- Es una historia un poco larga. Tranquilizate y déjame contártela, por favor.

Podía ver la irritación en su cara. Se sentía como si le hubiese estado tomando el pelo.

- … y te habrá pedido que hables conmigo para que le perdone, ¿no?

El tono de irritación en su voz era patente.

- No exactamente. Por favor, déjame acabar de hablar.

Se levantó del sofá, furiosa.

- Mira Carlos, no sé lo que te habrá contado, pero nuestros problemas no son asunto de nadie más que de nosotros. Tu no puedes comprenderlo. Eres hombre y supongo que te pondrás de su lado, y no estoy dispuesta a…

- Carmen – mi voz era suave – siéntate, por favor – y al mismo tiempo “empujé” con mi mente.

Su rostro me miró confuso durante un instante, y luego se sentó.

- Hace unos dias me llamó. Me dijo que le habías echado de casa y me dió su versión de los hechos. Tienes razón. Pedro siempre ha sido un poco raro en cuanto a sus gustos, pero no más que la mayoría de los hombres. El problema es que tú eres demasiado dominante, demasiado independiente, y demasiado feminista. Dices que Pedro es tiránico, pero la verdad es que no lo es más que tú. La única diferencia es que Pedro intenta aprovechar vuestro matrimonio al máximo. A él le gustaría que en algunos momentos fueras sumisa y obediente, sobre todo en el terreno sexual, pero a tí no te gusta ese papel de esclava que debes de jugar de vez en cuando y aborreces la idea de dejarle mandar completamente. De ahí vienen todos vuestros problemas. Dos personalidades dominantes chocan una contra la otra y acaban reventando un matrimonio. Pedro todavía te quiere, y quiere volver a vivir contigo. Tienes razón en una cosa. Me ha pedido que hablara contigo, para ver si te hacía cambiar de idea, y yo le he asegurado que iba a conseguirlo.

- Pierdes el tiempo. No pienso dejar que él, ni nadie, domine mi vida. No voy a dejar que…

- Sí que vas a hacerlo, porque no tienes elección.

Mis palabras fueron tajantes, causando el efecto que yo esperaba. Pude advertir en su mirada la duda sobre lo que yo intentaba decir, pero no le dí tiempo a preguntar.

- Verás, Carmen. Tengo un pequeño secreto que no conoce mucha gente, y los que lo conocen no se lo pueden contar a nadie. Cuando era pequeño, mis padres me dejaban siempre hacer lo que yo quería: comer dulces, ver la televisión hasta tarde, y nunca me castigaban por nada que yo hiciera. Yo creía que todos los padres del mundo hacían lo mismo, hasta que me dí cuenta de que no ocurría así con mi hermana, a la que le hacían acatar las normas continuamente. Un dia, cuando yo tenía 12 años, una profesora del colegio me suspendió. La odié tanto que solo quería dejarla en ridículo. De repente, sin más, se desnudó completamente delante de toda la clase. La expulsaron ese mismo dia. Despues de mucho pensar y atar cabos, y de realizar unos cuantos experimentos con mi propia familia, descubrí que había nacido con algo especial. En las películas o las novelas de ciencia ficción lo llamarían “un poder” especial. Yo prefiero llamarlo un don. Ese don me permite controlar los deseos de los demás, sus sentimientos, sus emociones, sus pensamientos. Puedo dominar la mente de la gente, dominar su voluntad. Y sin ningún esfuerzo.

Su rostro iba mostrando una continua variedad de emociones. Primero miedo, despues incredulidad, y al final de nuevo temor, aunque esta vez por mi salud mental.

- Solo se lo he contado a mis mejores amigos, y usando sobre ellos mi don, me he asegurado de que no se lo puedan contar a nadie. Pedro es uno de ellos. Cuando me llamó, me pidió un pequeño favor. No solo quería que hablara contigo, sino que usara mi don para hacerte cambiar un poco tu actitud hacia algunas cosas. Lo hago algunas veces a petición de mis amigos. No vas a ser la primera esposa a la que le aplique el “tratamiento”.

Su mirada seguía mostrando temor, cada vez más profundamente. Aunque mayor aún que su temor por mi cordura, era su incredulidad.

- Puedo ver en tu cara que no me crees, y sin embargo, todavía no te has dado cuenta de que no puedes moverte del sofá – su mirada cambió a un terror extremo cuando se dió cuenta de que estaba en lo cierto – Te he “sugerido” mentalmente que por mucho miedo que tuvieras, no te levantaras, ni gritaras. Ni siquiera puedes hablar mientras lo esté haciendo yo. No me gusta que me interrumpan – mi sonrisa no parecía tranquilizarla.

- Como te iba diciendo, algunos de mis amigos me han pedido que “reprograme” un poco a sus novias y a sus esposas para hacerlas mas complacientes con ellos. Podría haberme hecho rico si les hubiera cobrado, pero no necesito el dinero. Tan solo les pido un favor a cambio.

La miré detenidamente, esta vez sin miedo a que se diera cuenta de que lo estaba haciendo. Su temor había llegado al punto máximo al que yo le había permitido. No quería que la invadiera el pánico, así que había impuesto unos límites a sus sentimientos. El temor no pasaría de un grado aceptable. Ahora, al alcanzar ese punto, el temor se estaba convirtiendo en deseo. Todavía no había eliminado su voluntad, así que ella era consciente de todo, incluyendo el que no era más que un juguete en mis manos.

- Verás, todos mis amigos saben que yo podría acostarme con sus mujeres en el momento en que quisiera, simplemente usando mi don. Pero tiene mas morbo hacerlo cuando ellos lo saben. Así que a cambio de vuestra obediencia, yo puedo disponer de vosotras siempre que me apetezca. Un trato muy morboso para mi. Pedro tambien ha consentido en ese pequeño favor, así que tengo su permiso para hacer lo que quiera contigo, siempre y cuando esta noche tu lo vuelvas a aceptar en casa, a él y a sus insignificantes manias. Y, naturalmente, vas a hacerlo.

Momentáneamente, interrumpí el bloqueo sobre ella para que pudiera hablar.

- ¿Po…porque me haces esto?

- La verdad es que no necesito un motivo. Es cierto que tambien utilizo mi don con mucha otra gente, todos los dias y a todas horas, para hacer mi vida más fácil. Pero desde que era pequeño he valorado en mucho la amistad. No puedo dejar colgado a un amigo. Normalmente no suelo explicarle a nadie mis motivos, pero en tu caso, he querido hacer una excepción. Pedro es mi mejor amigo, y a pesar de que tu y yo tan solo nos henos visto cuatro o cinco veces, he llegado a cogerte cierto aprecio. Verás, el que lo sepas no implica absolutamente nada, porque dentro de un rato no recordarás nada de esta visita, ni de lo que te he contado. Cuando termine contigo, no serás más que una obediente ama de casa, cuyo mayor deseo en esta vida será el de hacer feliz a su marido de cualquier forma que él le pida. Serás sumisa y obediente, callada y trabajadora, y una tigresa en la cama, siempre que él te lo pida. No vivirás más que por él y para él. Y por encima de sus deseos, tan solo valorarás los mios. Aparte de eso, no existirá nada más en tu vida.

- N…no puedes hacerme esto.

- Querida… ya lo estoy haciendo.

Me había cansado de hablar. Era cierto que nunca les daba explicaciones a mis víctimas. No me divertía. Así que decidí pasar a la acción. Era un juego interesante el obligarla a hacer cosas sin robarle del todo su voluntad. Sus intentos de resistencia reflejaban la fuerza de carácter que siempre había tenido, y hacían más divertido mi “trabajo”.

- Levántate – ordené.

Lo hizo sin dudar, aunque su mirada no reflejaba más que odio. Notaba un creciente deseo sexual hacia mí, pero sabía que era impuesto e intentaba luchar contra él.

- ¿Sigues yendo al gimnasio, como antes?

- Si – no podía evitar responderme

- ¿Todos los dias?

- Casi todos

- Ya lo veo. ¿Y crees que tanto ejercicio mejora tu figura?

- Si – el odio en sus palabras y en sus ojos crecía al mismo ritmo que su deseo por mí.

- ¿Que partes de tu cuerpo cuidas más?

- Las piernas y los pechos.

- Me gustan tus piernas. Enseñamelas.

Se subió la falda hacia arriba dándome una excelente visión de sus piernas, sus muslos y de sus bragas. Eran blancas, muy prácticas, pero no demasiado sexys.

- No, así no. Eso lo hubiera podido hacer yo mismo. Quiero que me excites mientras me enseñas las piernas. Quiero que lo hagas como si quisieras acostarte conmigo y me estuvieras enseñando la mercancia.

Su rostro se suavizó. El odio aún era patente en sus ojos, pero el resto de su cara formó una sonrisa destinada a seducirme. Se bajó la falda. Subió una de sus pienas sobre el sofá y comenzó a acariciarse el tobillo mientras me miraba. Mi orden había sido muy clara. Tenía que excitarme, y así lo estaba haciendo, a pesar del odio que sentía por mí en aquellos momentos y que su rostro ya no podía reflejar porque su prioridad era la seducción. Siguió acariciandose el tobillo un instante, despues subió las caricias hacia la pantorrilla. Era firme y bien torneada. Realmente debía de pasar mucho tiempo en el gimnasio cuidando su cuerpo. Siguió con las caricias, pero esta vez hacia los muslos. Al tiempo sus manos se deslizaban hacia arriba, tambien subia la falda, aunque con cuidado de no enseñarme más que las piernas. A pesar de odiarlo, conocía el juego de la seducción. Dejar lo más importante para el final hace el juego más interesante.

- Sigue así. Sedúceme. Excítame y tal vez te deje disfrutar de nuestro encuentro.

Se sentó de nuevo en el sofá. Abrió las piernas y siguió acariciándoselas mientras me miraba con cara lasciva. El odio que la consumia estaba desapareciendo bajo un torrente de pasión como nunca antes había conocido. Estaba disfrutando de sus propias caricias tanto como yo de mirarla.

- Muy bien, Carmen. Ya que tanto disfrutas acariciándote, hazlo ahora con el resto de tu cuerpo, comenzando por esos pechos que tanto te gusta cuidar.

Sus manos reptaron rápidamente hacia sus prominentes senos, acariciandolos sobre el sueter. Bajo los surcos tejidos en la lana, apareció uno de sus pezones, y precisamente a él y a su hermano gemelo fue donde Carmen dedicó sus mayores caricias, mientras no dejaba de mirarme en ningún momento, al tiempo que abria y cerraba sus piernas varias veces.

- Te excita acaciciarte delante de mí, ¿verdad?

No respondió. Abrió la boca para intentar decir algo, pero sus palabras no llegaron a salir.

- ¿Verdad? – insistí

- S…S…sí

- No me sorprende. Es lo que te he sugerido mentalmente. Tambien te he sugerido que no podrás llegar a ningún orgasmo hasta que yo te lo permita. Podrás disfrutar de tu cuerpo, y despues del mio, pero no podrás llegar al climax si no te portas bien conmigo.

Una de sus manos había buceado por debajo del sueter y acariciaba sus pechos desde allí, mientras que la otra se había deslizado por debajo de su falda. Ya no le importaba que yo pudiera ver sus bragas, que tampoco cubrían gran cosa puesto que se las había apartado a un lado para poder acariciarse mejor. Con movimientos cada vez más frenéticos introducía sus dedos en el interior de su cuerpo y los volvía a sacar, frotándolos sobre su clítoris ya húmedo, y repitiendo de nuevo toda la operación. Muy a su pesar, comenzó a jadear, siempre sin dejar de mirarme fíjamente, como gesto de sumisión y de sometimiento, puesto que todo lo que hacía era por mí y para mí.

- Dentro de un rato, cuando yo me vaya, tu vida cambiará por completo. Desearás fervientemente a tu marido. Le llamarás y le pedirás que te perdone y que vuelva a casa contigo cuanto antes. El deseo se apoderará de tí cada vez que lo veas o pienses en él. Serás adicta al sexo con tu marido. Jamás se te ocurrirá serle infiel con nadie que no sea yo, ni discutir cualquier decisión que él tome. Serás sumisa y obediente. Tus mayores deseos en esta vida serán obedecerle y servirle. La única forma en la que podrás ser feliz es haciéndole feliz a él. Cuando hagais el amor, o practiqueis cualquier clase de sexo, tu placer quedará supeditado al suyo. Jamás podrás disfrutar si él no lo hace, y cuanto mayor sea su placer, mayor será el tuyo. Nunca llegarás al orgasmo antes que él, excepto en el caso de que él te lo pida, pero siempre para su propio goze. Harás todo cuanto él te diga, incluso hacer el amor con otros hombres o mujeres, siempre que sea a petición suya. Disfrutarás de todos los juegos que él te proponga, e incluso estudiaras e inventarás nuevas formas de darle placer. Se convertirá en el centro de tu vida. Se convertirá en toda tu vida. Será tu único motivo para vivir.

A medida que escuchaba mis palabras, el ritmo de las caricias iba aumentando. Sus jadeos eran más ruidosos y había mojado el sofá con sus jugos sexuales. Podría haber estado toda la tarde masturbándose de aquella forma sin llegar al orgasmo, porque yo se lo había prohibido, pero mi trabajo ya estaba hecho.

- Y por encima de todo, por encima de tu marido y de tu propia vida, estaré yo. Mi voluntad es suprema y mis deseos inapelables. Tu vida será tu marido, excepto cuando yo quiera tenerte. Solo entonces dejarás de pensar en él para someterte, con más pasión si cabe, a mis deseos.

Su rostro reflejaba un placer y una frustración extremos. Deseaba llegar al climax. ¡Necesitaba llegar!

- Y para demostrarte finalmente como será tu vida a partir de esta noche, ahora vas a tener el orgasmo más fuerte y largo de toda tu vida. Jamás en toda tu existencia habrás tenido un placer como el que vas a disfrutar, y jamás volverás a tenerlo con nadie, incluyendo tu marido. Tan solo cuando yo quiera podrás volver a disfrutar del extremo gozo que va a recorrer tu cuerpo… YA.

Su cuerpo se estremeció varias veces con increibles espasmos de placer. Su mano seguía acariciando su sexo al ritmo de los espasmos.

- Más largo. Todavía disfrutas del placer del orgasmo. Más placer. Y cada vez que recuerdes este orgasmo, lo relacionarás conmigo. Sabrás que yo tuve mucho que ver con él, pero no sabrás exáctamente como. Más placer. Todavía más aún. Y secretamente, muy en tu interior, desearás fervientemente volver a encontrar este placer como sea. Y sabrás que solo podrás volver a tenerlo conmigo.

Las convulsiones seguían estremeciendo su cuerpo, que casi sin fuerzas había caido tumbado sobre el sofá mientras seguía retorciéndose. Poco a poco, fueron haciéndose más largos hasta desaparecer. Su cuerpo quedó inmovil. Su respiración era larga y cansada. No tenía fuerzas para moverse. Su voluntad ya no existía. Su mente ya no era suya. Su sumisión era completa. Era una mujer nueva, que solo vivía para su marido, y aquel había sido el primer orgasmo de su nueva vida.

Me acerqué a ella y le acaricié el pelo. Estaba completamente mojado. El esfuerzo del orgasmo había sido increible. Sus ojos estaban medio cerrados. Apenas tenía fuerzas para mantenerlos abiertos.

- Duerme, querida. Cuando despiertes no recordarás nada de mi visita.

Sus ojos se cerraron del todo.

- Descansa querida. Descansa.

Su cabeza se relajó totalmente hacia un lado, cubierta por sus cabellos, dando una imagen de total indefensión.

- Duerme…

Starlord.

Mi secretaria

Jueves, enero 11th, 2007

- El empleo es suyo

Cerró la carpeta con un golpe seco, la dejó encima de la mesa y apoyó ambas manos sobre ella.

- De todos los candidatos usted ha sido el que mejor ha superado todas las pruebas. Creemos que el puesto de jefe de la sección de ventas le vendrá como anillo al dedo. Pero recuerde que en esta empresa somos un equipo. Las individualidades no están bien vistas porque…

Bla, bla, bla. Siempre el mismo cuento. Cada vez que entras a trabajar en una empresa te sueltan las mismas tonterías. ¿Tendrán alguna grabación debajo de la cama diciendo lo mismo todas las noches para aprendérselo de memoria?

El caso es que mientras el encargado de personal no dejaba de hablar, yo me sentía inmensamente contento. Aquel puesto era el más importante que había tenido que desempeñar hasta entonces. Era la primera vez que me asignaban un despacho propio y secretaria personal. Iba a tener a mis órdenes a toda una plantilla de empleados, y lo único que debía de hacer para ascender en la empresa era aumentar en un 10% el nivel de las ventas.

Pocos minutos después, me dirigía hacia lo que para mí era la culminación de una vida de estudios y malos tragos. Había tenido que renunciar a muchas cosas para estar allí. Había pasado por trabajos de mala muerte con el fin de conseguir experiencia y un curriculum. Pero al final lo había conseguido. Cuesta mucho entrar en el mundillo, pero una vez dentro, lo único que puedes hacer es seguir subiendo. Ni siquiera la historia que me habían contado sobre el señor Diez, mi antecesor en el cargo, podía ensombrecer mi ego en aquellos momentos. Según decían, a los pocos meses de estar trabajando allí, el estrés pudo con él. Un día no se presentó a trabajar, y en su lugar envió una nota diciendo que se iba a realizar un viaje por el mundo. Dejó su empleo, a su mujer y a sus tres hijos y nadie le había vuelto a ver.

Mi secretaria no estaba en su sitio. Tenía un pequeñísimo despacho a las puertas del mío, así que nadie podía pasar dentro sin que ella le diera permiso para hacerlo. Pero si no estaba allí, no podría cumplir ese encargo. No quería comenzar siendo duro con ella, pero le daría una pequeña regañina en cuanto pudiera. A los empleados hay que demostrarles la fuerza de carácter de uno. Tienes que causar respeto para que te respeten.

Mi despacho no era enorme, pero desde luego era mayor que cualquier otro sitio donde hubiera trabajado. Incluso era mayor que aquella habitación de mi anterior trabajo donde estábamos metidos siete personas durante todo el día. Miré por el ventanal. La vista era relajante y tranquilizadora. A lo lejos podía distinguir…

- Buenos días

Aquella voz me sobresaltó. Me volví para encontrar a una atractiva mujer de unos treinta años, alta, morena y con un rostro inquietante. Iba vestida con la corrección que aconsejaba la empresa. Una blusa blanca de manga larga, botones abrochados hasta el cuello, falda oscura por encima de las rodillas, medias negras y zapatos de tacón, aunque sin exagerar.

- Buenos días – respondí – Supongo que usted debe de ser…

- … su secretaria. Mi nombre es Laura. Lamento no haber estado aquí cuando ha llegado usted, pero tenía que hacer unas copias. y mi fotocopiadora se ha estropeado.

La excusa era correcta. No me pareció oportuno reñirla tan pronto, así que opté por ser amable con ella.

- No se preocupe. En lo sucesivo le agradeceré que me avise cuando tenga que ausentarse de su puesto. No soy una persona exigente. Creo que seremos buenos amigos. – a los empleados siempre les gusta que les digan estas cosas – Lo único que deberemos de hacer es trabajar como un equipo.

Cuando me di cuenta de que estaba a punto de recitarle el rollo que me acababa de soltar el encargado de personal, sonreí levemente.

- Bien, señorita Alvarez…

- Laura, por favor.

- De acuerdo, Laura. Por favor, póngame al día.

Resultó ser una empleada muy eficaz. Cumplía todos mis encargos de manera rápida y eficiente. Se amoldó muy bien a mi forma de trabajar. Lo único que yo exijo a mis subordinados es que puedan leerme el pensamiento. Y ella casi lo conseguía muchas veces. Sabía exactamente cuando necesitaba una taza de café. Nunca repetía  dos veces la misma excusa a la misma persona. Cuando tenía que quedarme a trabajar hasta tarde, casi siempre se quedaba conmigo para ayudarme. Se adelantaba a mis deseos cuando le pedía información, e incluso cuando no se la pedía. Parecía disfrutar con su empleo. Era correcta en su trabajo y en su forma de ser y de vestir. Nunca llevaba pantalones. Las faldas las prefería cortas. Las medias siempre negras, y los zapatos con un cierto tacón. Me pregunté como una mujer como ella no ascendía en la empresa. Me informé. Llevaba ya varios años trabajando allí, pero parecía estar un tanto gafada. Todos los jefes que le asignaban, al poco tiempo desaparecían, abandonaban la empresa o eran trasladados, así que no pasaba el tiempo suficiente con nadie que pudiera recomendarla para un ascenso.

Una noche, muy tarde, éramos ya las únicas personas trabajando en la empresa. Tenía una operación importante entre las manos y no podía dejarla pasar. Me encontraba cansado, pero al día siguiente tenía que presentar un informe y no podía permitirme el lujo de irme a casa. Como siempre, ella adivinó mis pensamientos y me trajo un café, muy caliente y con dos terrones de azúcar. Mientras lo tomaba noté un cierto sabor agridulce, pero lo achaqué a mi nerviosismo. Aparte de eso, estaba delicioso. A los pocos minutos me encontré cansado. Muy cansado. Terriblemente cansado. Apenas podía mantener los ojos abiertos. La visión se me nublaba por momentos, hasta que mi cabeza cayó sobre los papeles que abarrotaban mi mesa. Lo último que recuerdo fue la borrosa figura de mi secretaria mirándome fijamente desde la puerta del despacho.

Después, la oscuridad.

Cuando desperté estaba solo. Eran las siete de la mañana. Mi cabeza parecía una bombona de butano a punto de explotar y mi visión era un tanto borrosa. Como pude, revisé los papeles. El trabajo estaba ya muy adelantado. La noche anterior lo había dejado casi terminado antes de dormirme.

De dormirme. Sí. Eso fue. El cansancio había podido conmigo y me había dormido. Lo que no entendía era porqué no me había despertado Laura.

Pero eso ya no importaba. Tenía que terminar el informe para llevarlo a gerencia. Me apresuré a ello y en menos de un par de horas lo dejé en la mesa de Laura con una nota para que lo entregara en cuanto llegara. Ya más tranquilo, me senté en mi sillón y me permití el lujo de dar una pequeña cabezadita.

- Buenos días.

Tenía la maldita costumbre de sobresaltarme. Abrí los ojos y me incorporé sobre el sillón para que no se diera cuenta de que me había dormido.

- ¿Ha dormido bien? – Una amplia sonrisa de complicidad se dibujó en su rostro.

- ¿Porque no me despertó anoche?

- Comprobé que el informe ya estaba muy adelantado y no lo consideré necesario. Lleva muchos días trabajando en esto sin descansar, así que decidí dejarle dormir. ¿Hice mal?

Su voz sonaba como la de una niña pequeña cuando quiere ser perdonada por algo que ha hecho y que sabe que no está bien.

La verdad es que, habiendo terminado el trabajo, la cosa ya no tenía mayor importancia.

- No se preocupe, Laura. Ahora lo único que quiero es descansar un poco.

Me sentía enormemente cansado, como si en vez de dormir, me hubiera pasado la noche descargando camiones. Intenté desperezarme. No era algo que soliera hacer delante de mis subordinados, pero por algún motivo, no me importó hacerlo delante de ella. Una pequeña molestia en un costado me impidió hacerlo completamente a gusto. Toqué por allí y encontré un pequeño moretón, como si me hubiera golpeado. No era muy grande, pero dolía horrores. El golpe debió de ser muy fuerte, pero no recordaba haberme dado ninguno.

- Cerraré la puerta e intentaré no pasarle llamadas durante un par de horas. Si quiere echarse un rato en el sofá, le despertaré si viene alguien.

Se dirigió hacia la puerta con unos increíble e insinuantes movimientos de cadera. ¿Siempre se había movido así? Nunca antes me había dado cuenta. La miré de arriba a abajo. Vestía como siempre, elegantemente, con falda y medias negras. Sus piernas, envueltas en maravilloso nylon negro. ¡Dios mío! ¡Que piernas!. Y sus zapatos. Eran maravillosos. Negros, con un tacón de aguja más propio de una fiesta que de unas oficinas. ¿Porqué nunca antes me había fijado en aquellos zapatos? ¿Como había podido no haberme fijado en ella de aquella manera? Con cada movimiento de caderas que realizaba, una palabra se dibujaba en mi cerebro: fóllame, fóllame. Cada paso que daba, cada taconazo que sonaba en el suelo, me parecían los sonidos más maravillosos que pueden provenir del cuerpo de una mujer. Se detuvo en la puerta. Me miró. Sonrió enigmáticamente y la cerró.

Me quedé solo.

Solo con mis pensamientos.

Y en mis pensamientos solo estaba ella.

Me quedé solo con ella.

¿Que diablos me estaba ocurriendo?

Ella no era más que una subordinada. La empresa prohibía tajantemente las relaciones entre sus empleados.

Pero aquellos zapatos…

¿Zapatos? Yo nunca había sido un fetichista. Me gustaban las piernas de las mujeres, claro, y más aún cuando están envueltas en nylon. Pero de ello a lo que había sentido cuando miraba sus zapatos…

De todas las partes del cuerpo de una mujer los pies no eran mis preferidos a la hora de excitarme. Sin embargo, noté que mi pene estaba completamente dispuesto para la batalla. Lo había estado desde que miré sus zapatos.

Me acosté sobre el pequeño sofá que había en el despacho. Intenté dormir, pero no lo conseguí del todo. No podía quitarme aquellos maravillosos zapatos negros de la cabeza.

Medio adormilado, me encontré a mi mismo masturbándome mientras pensaba en ellos.

Me despertó el teléfono un par de horas después. Era Laura para decirme que el gerente quería verme para discutir mi informe. Todavía no había acabado de colgar el teléfono cuando ella entró en el despacho con una pequeña bolsa de aseo en sus manos.

- Aquí encontrará todo lo que necesita para afeitarse y acicalarse un poco. No puede ir a ver al gerente así. Tiene una pinta horrible.

Me miré a mi mismo y comprendí que tenía razón. Toda mi ropa estaba arrugada, e imaginé mi rostro dejando entrever la primera barba de la mañana.

- La ropa no será problema. Si se pone la chaqueta y procura estar de pié el menor tiempo posible, no se darán cuenta. Acérquese al cuarto de baño y aféitese.

- ¿De donde ha sacado esto?

- Su predecesor, el señor Diez, también solía quedarse dormido en el despacho muchas noches.

- ¿Fue usted la secretaria del señor Diez?

- Si. Hasta que se marchó. Ya sabe…

- Sí. Ya lo sé.

Nadie me había dicho que ella fuera su secretaria. Supongo que pensaron que no tenía importancia.

Yo tampoco se la di. Me afeité, me acicalé un poco y fui a la reunión con el gerente.

La cosa salió estupendamente. Mi primer trabajo de importancia había sido un éxito. Incluso el gerente me invitó a comer. Pasamos toda la tarde discutiendo el informe y bien caída la noche me felicitó y nos despedimos. Estaba contento. Casi eufórico cuando llegué a mi despacho. Era Viernes, aquella noche ya no tenía que trabajar, el gerente me había felicitado y tenía todo el fin de semana por delante. La vida me sonreía.

Me sorprendí al encontrar allí a Laura. Apenas quedaba ya nadie trabajando.

- ¿Todavía no se ha ido a casa? – pregunté mientras me dirigía a mi mesa y me sentaba en mi sillón.

- Quería saber como le había ido.

Había un tono de sinceridad en su voz. Parecía como si le importara realmente que yo triunfara. Enablé una enorme sonrisa de satisfacción y la miré.

- Me ha felicitado.

- ¡Lo sabía! La verdad es que se lo merece. Ha trabajado mucho en este proyecto como para que no se lo reconocieran.

Mientras hablaba, se acercó a la mesa, la bordeó y se colocó en la parte de atrás, donde yo me encontraba.

- Me gustaría celebrarlo. ¿Quiere venir mañana a cenar a mi casa? Soy una buena cocinera. Le aseguro que no le decepcionaré.

¿Cenar en su casa? ¿Se había vuelto loca? ¿Quien se había creído ella que era?

- Verás, Laura, el caso es que yo…

- No puede negarse. Ya lo tengo todo preparado.

Me molestó el casi imperceptible todo de condescendencia de su voz. Parecía una madre intentando razonar con su hijo pequeño. En un acto de confianza inconcebible, se sentó en la mesa, dejando en alto sus hermosas piernas… y sus zapatos.

- La empresa prohibe expresamente… prohibe… la empresa…

No conseguía concentrarme. El incesante balanceo de sus pies me tenían casi hipnotizado. Aquellas maravillosas piernas, culminadas con los más increíbles zapatos que habían visto nunca.

- No te preocupes por la empresa. Nadie tiene porqué enterarse, ¿no crees?

- Yo no… puedo… no…

- ¿Te gustan mis zapatos?

La pregunta me dejó helado. Se había dado cuenta de que la miraba. Intenté recuperar mi compostura pero no pude apartar mis ojos de aquellos maravillosos zapatos.

- Me parece que sí que te gustan, ¿no es así? Pues tengo algo mejor aún para enseñarte.

Con un movimiento dejó caer al suelo sus zapatos. Sus pies aparecieron radiantes, cubiertos también por el oscuro velo de las medias negras. Sin darme tiempo a reaccionar, los acercó a mi cuerpo y comenzó a tocar mis piernas con ellos.

- Ya veo que te gusta mucho mirarme. ¿Te gusta también que te toque?

No podía casi moverme. Notaba que mi cuerpo no quería obedecerme. Haciendo un esfuerzo increíble, conseguí levantar la vista, para darme cuenta de que lo que ahora me atraía eran sus pechos. La blusa que llevaba puesta era transparente. Durante todo el día había ido enseñando el sujetador a través de la suave tela blanca. Pero ahora no llevaba. Se lo había quitado. Bajo el velo de la tela aparecían radiantes sus oscuros pezones. La forma de sus pechos era claramente visible desde donde yo estaba. Menos de un metro me separaba de ella. Sus pies seguían jugueteando con mis piernas. Levantó uno de ellos y lo colocó sobre mi vientre. Al hacerlo, mis ojos volvieron a verse irremediablemente atraídos hacia ellos.

¿Que demonios me estaba ocurriendo? Yo no podía estar allí, mirando los pies de mi secretaria como si fuera un colegial enamorado de su profesora. ¡Ni siquiera me gustaban los pies!

- ¿Estas seguro de que no quieres venir mañana a mi casa?

Una perversa sonrisa cruzaba su rostro cuando deslizó su pie hacia mi ingle. El contacto de su pie con mi pene a través de la tela del pantalón me causó un efecto inmediato. Noté la presión de mi sexo sobre los pantalones, intentando liberar sus energías. Laura también lo notó. Incrementó sus juegos ayudándose del otro pie y presionando como si fuera una verdadera profesional. Me estaba masturbando con sus pies, y lo peor de todo era que yo la estaba dejando hacerlo.

- ¿Te gusta esto, mi duro jefe?

De todo lo que estaba ocurriendo, el oír mi propia voz no fue lo que menos me sorprendió.

- Ssssssi

- Quieres que siga con ello, ¿verdad?

- Sssi, pppor favvvorr

- Pues entonces tendrás que venir mañana a mi casa.

¿Porqué estaba tan empeñada en aquello? ¿Para qué diantres tenía que ir a su casa? ¿Creía realmente que podía obligarme a ir?

- De acuerdo, de acuerdo. Iré, pero no paressss…

¿Había dicho yo aquello? Me horroricé al comprobar que así había sido. No podía dejar de mirar sus pies mientras realizaban su placentero trabajo con mi sexo. Cada vez me sentía más y más excitado.

- Muy bien, así me gusta. Te has portado bien, y voy a darte tu recompensa. Vas a correrte, como nunca antes en toda tu vida te habías corrido. Te gustan mis pies y vas a correrte gracias a ellos, y cuando lo hagas, tu vida nunca volverá a ser la misma. Vas a correrte… ¡ahora!

Justo en el instante en que ella lo dijo, los espasmos comenzaron a recorrer mi cuerpo. El placer era increíble. Nunca antes había sentido un orgasmo como aquel. Mientras me corría, sus pies seguían presionando sobre mi pene, al ritmo de las convulsiones, causándome aún más goce, si eso era posible. Después de cuatro o cinco sacudidas, mi cuerpo quedó sin fuerzas, exhausto en el sillón. Yo seguía mirando sus pies como un pajarillo hipnotizado por una serpiente mientras notaba como una mancha húmeda aparecía en mis pantalones. El semen había quedado todo en mi ropa interior y comenzaba a dar muestras de su existencia.

Con la voluntad rota y mi cuerpo sin fuerzas, como una marioneta, la miré mientras sus hermosos pies volvían a introducirse dentro de sus increíbles zapatos, y sus más aún hermosas piernas la llevaban hacia la puerta del despacho.

- A las ocho y media. Tienes mi dirección sobre tu mesa. Hasta mañana, jefe.

Con una diabólica sonrisa en su boca, cerró la puerta y me dejó solo con mi angustia, y con mis pantalones mojados de semen.

Cuando estaba a punto de llamar al timbre me pregunté, por enésima vez en la noche, el motivo por el que mi cuerpo se había dirigido allí. Era como si mi mente no tuviera ya el control de mis músculos, o como si, inconscientemente, fuera impulsado por una fuerza misteriosa y me viera impelido a realizar cosas contra mi voluntad. Haciendo un último esfuerzo, intenté no tocar el timbre de la puerta, pero fue en vano. La odiosa campanilla sonó cuando mi dedo presionó sobre el botón.

Pese a todo, no estaba preparado para la visión que me esperaba cuando se abrió la puerta. Una mujer me miraba con cara de odio. Le devolví la mirada, pero con temor en mis ojos, mientras me daba cuenta de que llevaba los pechos al aire. Dos tiras de cuero se cruzaban entre sus pechos para desaparecer tras su espalda. No llevaba pantalones, ni falda, ni siquiera bragas. Solamente un liguero negro, unas medias del mismo color, y unos inconcebibles zapatos negros con un tacón de aguja de más de 10 centímetros de altura. Pero lo que más me sorprendió fue que los ojos que con tanto odio me miraban eran los de Laura, la eficaz secretaria que de alguna forma me había hecho ir hasta su casa, después de proporcionarme el mejor orgasmo de toda mi vida.

- ¡Entra, cerdo!

Sus palabras se clavaron en mí como cuchillos, mientras comprobaba asustado como mi pene reaccionó a aquel insulto con una casi inmediata erección. Aunque intenté rebelarme con todas mis fuerzas, entré en la casa como un cordero que sabe perfectamente que la puerta que cruza le conduce hasta el matadero.

Escuché como la puerta se cerraba detrás de mí cuando súbitamente me di cuenta de que el suelo ascendía vertiginosamente hacia mi cara.

Tumbado en el suelo comprobé que me habían empujado sin miramientos.

- A partir de este momento, solo te pondrás de pie en mi presencia cuando yo te dé permiso, ¿entendido?

Aquella mujer estaba loca. Cerré mis ojos y comencé a desear con fuerza: esto no me está ocurriendo, esto no me está ocurriendo…

Un fuerte dolor sacudió mi costado, obligándome a arquearme sobre mi mismo, cuando ella me golpeó con su pié.

- ¿Es que no me has oído?

- Ssssi, ssi.

- Te he dicho que solo te pondrás de pié cuando te dé mi permiso. ¿Entendido?

- Sí.

No quería que volviera a golpearme, así que decidí seguirle la corriente.

- Muy bien, no te muevas de aquí. tengo algo que hacer.

Y me dejó tendido en el suelo, con un enorme dolor en el costado, y llorando como un niño pequeño.

Pero nada de aquello me preocupaba más que el que mi pene estuviera en continua erección desde que ella me había abierto la puerta.

Al cabo de unos minutos escuché el sonido de sus tacones contra el suelo. Entreabrí los ojos para mirar como se sentaba en el sillón que había en medio de la habitación. Llevaba una cadena en la mano. Siguiendola con la mirada comprobé estupefacto que terminaba en un collar que se encontraba alrededor del cuello de un hombre semidesnudo. Apenas llevaba unas tiras de cuero sobre el cuerpo, similares a las de ella, y un par de tiras más alrededor de las piernas. Estaba arrodillado, casi como si estuviera a cuatro patas. Aparte de eso, la única peculiaridad que podía observar en él era que su pene estaba tan erecto como un cuchillo de cocina dispuesto a trinchar un pavo.

- ¿No saluda a nuestro invitado, señor Diez?

Laura no se dirigía a mí, sino al hombre que tenía a su lado, atado con una correa como si fuera un perro.

- Hola – fue la escueta respuesta del hombre

¿Diez? ¿Había dicho señor Diez? ¿Mi predecesor?

Se suponía que ese hombre se había visto afectado por el estrés y se había ido de viaje.

Ella debió de ver la estupefacción en mi rostro, y con la misma eficacia que me leía el pensamiento cuando estábamos trabajando, lo hizo también en esta ocasión.

- Sí. Es el señor Diez. Y aquellos de la esquina son sus otros predecesores.

Miré hacia donde me había señalado. Acurrucados, a cuatro patas, desnudos excepto por las tiras de cuero como las del señor Diez, habían tres hombres más. No reconocí sus rostros, pero sí que reconocí la erección que todos tenían. Al parecer todos los hombres en aquella casa tenían… teníamos la misma capacidad de permanecer en erección durante largo tiempo.

- Tengo los zapatos sucios. ¿No te apetece limpiármelos?

¿Limpiar sus zapatos? Claro, ¿porqué no? Con tal de que no me pegara cogería un trapo y los limpiaría. Me arrastré hacia ella y comencé a limpiárselos. No fue hasta algunos segundos después cuando me di cuenta de que no estaba usando ningún trapo, sino ¡mi propia lengua!.

- Muy bien, muy bien. así me gusta. Eres muy obediente.

¿Como podía estar limpiando los zapatos de una mujer con mi lengua? No podía comprenderme a mi mismo. De cuando en cuando, algunos de mis lametazos se salían de los zapatos e iban a parar a sus pies, cubiertos por la fina tela de las medias. El sabor de la piel de los zapatos, unido al del nylon de las medias, en lugar de repugnarme, me llenaba de una extraña excitación. Mi pene seguía erecto como nunca, llegando a producirme un cierto dolor cuando me movía. Laura, de nuevo, leyó mi mente.

- ¿Te aprietan los pantalones? Eso tiene fácil solución, querido. ¡Quítatelos!

¿Se habría creído esa loca que me iba a quitar los pantalones delante de ella?

¡Ni hablar!

Noté una especie de liberación cuando mi pene consiguió salir del aprisionamiento de mis pantalones y mis calzoncillos. Antes de darme cuenta, sin saber el motivo por el que lo había hecho, me encontraba desnudo de cintura para abajo. Mi pene parecía querer alcanzar el cielo, apuntando directamente al cuerpo de mi secretaria.

- ¿Te alegras de verme, corazón? – Una cínica sonrisa convertía su rostro en el reflejo mismo de la depravación – Demuéstramelo. ¡Mastúrbate!

Esta vez no me cogió por sorpresa el encontrarme a mi mismo obedeciendo su orden. Comencé a jugar con mi pene, con suaves movimientos al principio, aumentando el ritmo a medida que mi voluntad desaparecía mientras mis ojos no podían apartar la vista de sus pies. No conocía el motivo, pero a cada minuto que pasaba, me sentía más y más excitado por ellos.

- ¿Sientes curiosidad de saber lo que te ha pasado, querido?

¿Lo que ha pasado? Si, si. Quería saberlo. Quería que me explicara porqué no podía controlar mis impulsos, porque me estaba masturbando delante de ella y de cuatro hombres más.

- Es muy sencillo. Todos los hombres sois unos cerdos. Os aprovecháis de las mujeres en la vida y en los negocios. Nos tratáis como esclavas. Tan solo nos permitís ser vuestras secretarias, en lugar de vuestras compañeras o vuestras superiores. Tú y todos ellos – señaló a los otros – habéis pasado de ser mis jefes a ser mis esclavos.

Desde el fondo de mi alma conseguí fuerzas para hacer una simple pregunta.

- Pero… ¿como…?

- Es muy sencillo. Una pequeña cantidad de cierta droga en el café, y quedáis indefensos. Primero notáis somnolencia, pero es algo más que eso. Dejáis la consciencia, aunque sin entrar directamente en el sueño. La droga causa un efecto narcótico que actúa sobre el centro de voluntad del cerebro. Una vez drogados, sois muy susceptibles a la hipnosis. Cualquiera con unos mínimos conocimientos puede haceros pasar del sueño de la droga al trance hipnótico. Después, unas simples sugerencias post-hipnóticas os convierten en mis esclavos. Como animales que sois, la primera muestra de humillación es el amor que sentís hacia mis pies. Adoráis mis pies, y no tenéis más remedio que obedecer mis órdenes cuando los estáis mirando. Después, ya es fácil jugar con vosotros. Una vez en mi casa ya sois míos completamente. Nunca más volverás a salir de esta casa, al menos sin mi permiso. Escribirás una carta a la empresa despidiéndote. El estrés causado por la necesidad de acabar el informe de ayer pudo más que tú. Todavía no he decidido a donde vas a decir que te has escapado, pero seguro que algo se me ocurrirá.

Mientras ella hablaba, yo seguía masturbándome con todas mis fuerzas. A medida que sus palabras iban entrando en mi cerebro, el deseo iba consumiendo los últimos restos de mi voluntad. Sus pies salieron de sus zapatos para juguetear de nuevo con mi pene, aunque en esta ocasión, el suave tacto del nylon de las medias directamente sobre la piel de mi órgano más sensible me produjo unas inmensas oleadas de placer.

- ¡No te corras! Todavía no te he dado permiso.

Mis testículos estaban a punto de estallar, pero me encontré sin fuerzas para correrme. Ella lo había ordenado y a pesar de que mis manos se movían frenéticamente sobre mi pene, no podía llegar de ninguna manera. El placer de la masturbación, unido al dolor de mis testículos, creaban unas sensaciones que no había sentido en toda mi vida. Sentí como una de mis manos cogía su pié y lo restregaba sobre mi pene, mientras que mi otra mano seguía frenéticamente intentando obtener lo que se me había prohibido.

Mientras tanto, ella se reía ruidosamente. Sus carcajadas tan solo me hacían sentir más placer. Todo lo que ella hacía o decía incrementaba mis sentidos hasta límites insospechados. El calor de su piel llegaba a mi mano y a mi pene a través de la suavidad de sus medias. Apenas podía mirar a otra parte que no fueran sus pies. Tenía delante de mis ojos la gloriosidad de su sexo totalmente al descubierto, abierto completamente el tener que mantener uno de sus pies sobre mi sexo y el otro apoyado en el suelo. Adivinaba sus pechos moviéndose seductores al ritmo que yo agitaba su pierna con mis bruscos movimientos intentando usar su pie para llegar al orgasmo. Pero a pesar de todo, yo no podía apartar mi vista de aquellos maravillosos y deseables pies. Sabía que mi sentimiento era forzado, que no era más que una sugerencia post-hipnótica que ella me había implantado. Pero nada tenía ya importancia. Tan solo la necesidad de llegar al orgasmo.

Mi pene comenzaba a resentirse de los esfuerzos a los que le estaba sometiendo. La fricción sobre mi piel empezaba a dolerme. Ella seguía riendo. En una huidiza mirada conseguí verla, exuberante, riéndose de mí mientras usaba su mano para masturbar al señor Diez, cuyo rostro reflejaba una felicidad absoluta y una gratitud sin límites por usarle a él para darse placer a sí misma.

- Muy bien, creo que ya estas listo. Cuando yo te diga, te correrás. Y cuando lo hagas, con cada gota de semen que salga de tu polla, tu voluntad desaparecerá por completo. Te convertirás en mi esclavo, en mi perro personal, en un animal de compañía, dispuesto siempre para mí, con la polla siempre a punto para mi placer. Jamás pensarás en darte placer a ti mismo si no es para proporcionármelo a mí. Tu vida no tendrá ningún otro sentido más que amarme, obedecerme y servirme. Nada será más importante que yo.

Cada una de sus palabras era un cuchillo que perforaba el centro del placer de mi cerebro. No importaba lo que decía, tan solo deseaba correrme, llegar al orgasmo e irme de aquella maldita casa para siempre. Irme. Correrme. Tocar sus piernas. No volver nunca. Besar sus pies. Salir de allí. Lamer sus zapatos…

- Ya puedes correrte.

Fue como si un invisible tapón fuera apartado de la punta de mi pene. El semen comenzó a salir con una presión extraordinaria. Mis manos, el suelo, y sus pies se vieron inundados por oleadas de mi líquido blanco, causándome un placer mayor incluso que el de la noche anterior. Con el primer espasmo, mi mente comenzó a pensar en la forma de salir de allí. Con el segundo, pensé que tenía tiempo para pensarlo. No tenía prisa. Con el tercero, el más fuerte, no me importaba estar allí hasta el día siguiente. El cuarto y quinto espasmos fueron cortos, y el sexto casi inexistente. Cuando acabé de correrme, casi sin fuerzas, contemplé el espectáculo que había causado con mi orgasmo, pero de todo lo que vi, tan solo me importaba una cosa: su pie estaba completamente manchado con mi semen.

Una vez más, Laura leyó mi mente.

- ¡Límpialo, esclavo!

Sin dudar ni un solo instante, contento por la posibilidad de que mi lengua volviera a tocarla, comencé a lamer su pie. La suavidad del semen se confundía con el sabor agridulce de las medias. No era algo tan desagradable el beber semen. Al fin y al cabo, era mío. Con el rabillo del ojo contemplé como el señor Diez se corría a la orden de Laura y su pene perdía fuerza y erección, tal y como me había pasado a mí. Pero al comprobar mi propio órgano, contemplé como cada vez que lamía el pie de Laura, volvía poco a poco a la posición de erección original, increíblemente a punto para lo que fuera necesario. Perdido en mis observaciones, no me di cuenta de que ya no quedaba semen en el pié, a pesar de que yo seguía lamiendo como si hubiera pasado varias semanas sin comer.

- Ya está bien, esclavo. Ahora ven aquí y lámeme el coño.

Aquella orden me complació. Contento y con nuevas energías, me acerqué a ella. Lo único que tenía en la cabeza era cumplir su orden, darle placer. Lejos, en el fondo de mi cerebro, una pequeña, minúscula idea intentaba no morir aplastada por el peso del deseo. La idea de escapar era ya tan minúscula que no me di cuenta ni de que se desvanecía en el olvido absoluto. Cuando desapareció, ni una sola parte de mi cerebro lo lamentó. Del fondo de mi alma, reflejando mis verdaderos anhelos, mis únicos deseos de servir a aquella mujer, salieron mis siguientes palabras.

- Gracias, ama.

Mensajes subliminales / Tercera parte

Jueves, enero 11th, 2007

Sonia y sus amigas, todas de su misma edad, tenían la costumbre de reunirse los sábados por la tarde en casa de una de ellas para tomar un café y hablar de sus cosas. David nunca se encontraba con ellas, porque durante esas horas también solía trabajar. Pero desde que finalizó con éxito su experimento, ya no necesitaba pasar tantas horas en el laboratorio. Aquel sábado por la tarde se reunieron en su casa. David las dejó en el salón mientras pasaba el rato leyendo en el dormitorio. A media tarde sintió un poco de hambre, y se dirigió a la cocina para comer algo. Desde allí podía ver perfectamente a su mujer y a sus amigas. Se entretuvo un rato observándolas a todas.

La que más gritaba al hablar era Marta, una impresionante morena de pelo rizado y cuerpo de pecado. Alta y esbelta, tenía los pechos grandes, más incluso que Sonia. Llevaba puesta una cortísima minifalda que se deslizaba hacia arriba cada vez que se movía. Y no dejaba de moverse todo el tiempo. Solía vestirse de forma espectacular, para gustar a los hombres. Era soltera, muy simpática, y le gustaba presumir de su independencia.

Incluso más espectacular y hermosa que Marta era Eva. Rubia, pelo largo, ojos verdes, pechos no demasiado pequeños, pero increíblemente bien proporcionados, y unas piernas que nunca se acababan. Era una auténtica zorra. David la odiaba, y el sentimiento era mutuo. Había sido modelo, e incluso algunas veces seguían llamándola para algunos trabajos, puesto que sus apenas cumplidos 30 años tan solo habían mejorado su figura y su belleza. Hacía un par de años que había conseguido engatusar a un joven millonario y se había casado con él. Joven, hermosa y rica, la convertían en una insoportable y presuntuosa presumida. Disfrutaba humillando a David y avivando la cizaña en Sonia. Una de las mayores fantasías de David era humillarla públicamente.

Junto a Eva estaba Yolanda, una pequeña y vivaracha morena. Trabajaba en un gimnasio, como monitora de aerobic. A pesar de que todo su cuerpo era pequeño, el ejercicio diario mantenía sus pechos firmes y puntiagudos, y su trasero, pequeño pero muy agradable a la vista. Le gustaba vestir mallas y todo tipo de ropa flexible y ajustada, y presumía de no llevar nunca sujetador porque no lo necesitaba, cosa que por otro lado, era cierta. Nunca había encontrado a su hombre ideal.

Por último estaba María, la hermana de su mujer y por tanto, su cuñada. Se parecía mucho a su hermana, excepto en el pelo. Era una pelirroja fastuosa. Su largo pelo rojo era precioso y envidiable. Todas sus amigas lo deseaban para ellas, pero solo María podía lucirlo. Además era natural. David siempre se había preguntado de qué color sería el pelo de su sexo. También estaba casada.

Mirando aquella colección de hermosas mujeres, algunas ideas acudieron a su mente, pero después de sopesarlas, las abandonó enseguida. De momento era feliz con lo que tenía. Volvió al dormitorio y siguió leyendo.

Fue la propia Sonia la que sacó el tema a la conversación aquella noche, después de hacer ardientemente el amor.

- Esta tarde te he visto en la cocina – comentó distraídamente mientras jugaba con sus pezones – Estabas muy interesado en mis amigas. ¿Te parecen atractivas?

- Mucho. Pero no más que tú.

No mentía. Ahora que sabía que sus palabras tenían algo más que un mero significado para ella, solía decirle piropos, aunque sabía que no era necesario para que ella le adorara.

- Me he fijado en como mirabas a Marta. La estabas desnudando con los ojos. Cada vez que se movía y su minifalda subía más y más arriba, tus ojos la devoraban.

- Tiene unas piernas preciosas. Solo intentaba verlas un poco mejor – respondió al tiempo que alargaba su mano para acariciarle sus piernas, siempre forradas con la seda negra de sus medias

- ¿La deseas?

La pregunta le sorprendió. ¿Un sutil amago de celos?

- ¿Te molestaría que así fuera?

- En absoluto. Me preocupa que haya dejado de gustarte, pero si pensar en Marta puede hacer que te excites de nuevo, entonces me vestiré como ella

David sonrió. Los celos habían desaparecido de su esposa. El único motivo por el que había iniciado la conversación era para buscar nuevas formas de excitarle.

- No has dejado de gustarme en absoluto – la reconfortó – No tiene porqué gustarme una sola mujer. A ti te quiero – los ojos de Sonia se iluminaron – pero a ella la deseo. Es cierto. Y también a María y a Yolanda. Son mujeres jóvenes y excitantes.

- ¿Y a Eva? Es la más hermosa de todas

La respuesta de David estaba llena de veneno.

- Es una zorra. La odio. Odio como me mira por encima del hombro, como intenta envenenar tu amor por mi y como se cree superior a todo el mundo

- ¡¡Nadie podría envenenar mi amor por ti!! – se defendió Sonia con rapidez

Molesto por su propia falta de delicadeza, David se apresuró a responder conciliatoriamente

- Lo sé, no te preocupes. Solo era un comentario

Tranquilizada y con una perversa sonrisa de niña traviesa, Sonia siguió con la conversación.

- ¿Quieres que te las describa?

- ¿Describírmelas? ¿Que quieres decir?

- Sé que a los hombres os gusta imaginar desnudas a las mujeres que conocéis. Las he visto desnudas docenas de veces. Puedo describirte cada parte de sus cuerpos a la perfección, si eso te excita. Y además puedo hacer que vuelvan el próximo sábado, para que puedas volverlas a ver.

Aquello era demencial. Su propia esposa, que pocos días antes era una rematada celosa, le estaba incitando a excitarse con sus amigas e incluso con su propia hermana.

- Sonia, cariño, si yo tuviera la ocasión de acostarme con Marta, o con Yolanda, o incluso con María, tu propia hermana, ¿te molestaría que lo hiciera?

Ella se tomó unos momentos para contestar. Mientras pensaba, le miraba fijamente a los ojos, sin dejar de jugar con sus pezones. No había dejado de hacerlo durante toda la conversación.

- No puedo imaginar nada que tu puedas hacer que me molestara. Tampoco creo que puedas hacer nada para acosarte con ellas, como no sea emborracharlas o drogarlas, pero si eso es lo que deseas, y deseas acostarte con ellas, te ayudaré a hacerlo.

David sonrió. No necesitaba emborracharlas. Tampoco drogarlas. Y desde luego, estaba claro que sí que podía hacer algo para acostarse con ellas.

Pensativo, comentó…

- Me gustaría que el próximo sábado también tomarais el café aquí.

Con una mirada de complicidad, imaginando nuevas experiencias a la vista, Sonia inició un fuerte masaje en sus pechos con una mano, mientras que la otra seguía, insistentemente, con el pezón.

- ¿Que es lo que quieres que haga?

- ¿Puedes convencerlas de que se vistan muy sexys y sensuales? – Con Marta y Eva no será necesario. Siempre se visten provocativamente. Yolanda será más difícil. No sé que excusa les puedo dar para que se vistan sexys para tomar un café. En cuanto a María, no habrá problema. Me ha pedido varias veces que le preste uno de mis vestidos más excitantes. Ese que me compre para ti hace un par de semanas. Le diré que venga un antes y se lo prestaré, con la condición de que se lo ponga esa misma tarde.

- ¿Conoces la talla de ropa interior de todas ellas?

- Sí. Es uno de los temas preferidos de Eva. Siempre está presumiendo de que cualquier ropa le sienta de maravilla por sus maravillosas medidas.

- Muy bien, pues esta semana vas a ir de compras. Quiero que consigas la lencería más sexy que puedas encontrar, y en diversas tallas, para cada una de tus amigas, y también para ti.

- ¿Y como vamos a conseguir que se pongan toda esa lencería sin hacerlas sospechar?

- No te preocupes por eso. Tu limítate a comprar la ropa y a hacerme feliz. ¿De acuerdo, cariño?

- ¡¡Claro que sí!!

Una enorme sonrisa iluminó el rostro de Sonia. Hacer feliz a su marido era lo máximo a lo que podía aspirar en su vida. Cumpliría todos sus deseos sin dudar un segundo y sin preguntarse porqué lo hacía.

Simplemente, le amaba.
Starlord

Mensajes subliminales / Cuarta parte

Jueves, enero 11th, 2007

Ya no era un fracasado.

Después de pasar media vida teniendo que aguantar las críticas y las risitas crueles a sus espaldas, al final había conseguido todo lo que necesitaba y con lo que había estado soñado cada día de su hasta entonces aburrida vida.

Gracias a su descubrimiento era el hombre mejor pagado de la universidad, y también el que menos horas pasaba allí trabajando. Gracias al dinero que le cedía amablemente el rector y a que la propia Universidad se encargaba de financiar completamente todos los gastos que podía tener, el problema financiero había desaparecido por completo, así como el estrés por el trabajo, al que acudía un par de veces por semana simplemente para no aburrirse en casa.

En el terreno personal no podía pedir más: su esposa era virtualmente su esclava sexual, con un carácter indómito y salvaje en la cama y al mismo tiempo, una sumisión total en el resto de los aspectos de su vida. Y ella era completamente feliz sirviéndole a él, sin dudas, sin complejos, sin temores. Cualquier cosa que él hiciera, cualquier decisión que él tomara, eran totalmente correctas y ella le ayudaría a llevarlas a termino con toda su fuerza de voluntad, sin celos ni egoísmo, tan solo por el puro placer bruto que le proporcionaba sentir la felicidad de su esposo, e incluso, simplemente, ver una sola sonrisa en sus labios.

Cada día, cuando volvía del trabajo, lo primero que hacía era meterse directamente en la ducha, para, inmediatamente después, vestirse con las más excitantes y sensuales piezas de las que disponía su siempre creciente ajuar. En su mente brillaba la idea obsesiva de que su marido debía verla siempre hermosa y atractiva, sin sentir en lo más mínimo ningún ápice del recato o del pudor que presidió su vida durante muchos años. Ninguna prenda de lencería era lo suficientemente atrevida como para no llevarla puesta en casa cuando estaban solos. No tenían hijos, y gracias a la generosidad de la Universidad, los nuevos cristales de las ventanas impedían que nadie del exterior pudiera ver a través de ellos, ni siquiera de noche con las luces encendidas.

Los juegos sexuales eran su pasatiempo preferido, y el tema al que más horas dedicaba sus pensamientos. Estuviera donde estuviera, siempre estaba inventando nuevas formas de proporcionar placer a su esposo. Porque mientras su esposo disfrutara, ella también disfrutaba.

Desde cubrir todo su cuerpo con miel, rematando los pezones y el sexo con nata montada, y tumbarse sobre la alfombra, presentándose a ella misma como el original postre de una romántica cena, hasta acostarse completamente desnuda sobre la mesa y colocar los platos en su vientre, ofreciendo a su marido una espectacular vista de sus pechos y sexo mientras comía, pasando por los frecuentes bailes de strip-tease, incluyendo exóticas variaciones orientales al estilo de la danza de los siete velos y otros sensuales bailes extraídos del cine y la literatura eróticas a las que se había aficionado durante los últimos meses, nada era poco para seducir día a día a su esposo, al que amaba por encima de cualquier otra cosa en el mundo.

Pero lo más extraño de todo era que jamás se cansaba de escuchar las estupendas cintas de música que le regalaba David. Había veces que una misma cinta la escuchaba durante semanas enteras, hasta que su esposo le traía otra mejor que escuchaba con la misma, o incluso mayor intensidad.

Su pequeño castillo del placer estuvo a punto de derrumbarse cuando abrió la puerta de su casa contestando a una frenética llamada del timbre y se encontró a su hermana María llorando desconsoladamente mientras sostenía una pequeña maleta en su mano.

- ¡María! ¿Que te pasa?

Entre sollozos, palabras entrecortadas y un par de frustrados intentos de histerismo, Sonia llegó a entender que su hermana había descubierto que su marido tenía una amante. Después de una acalorada discusión a tres bandas, su marido, la zorrita de apenas veinte años de edad, y ella misma, y de haber destrozado varios de los más horribles jarrones que decoraban su casa (María mencionó que por muy histérica que estuviera no iba a romper nada valioso de su propia casa), había metido lo imprescindible en una maleta y había dejado su casa. Tentada de ir a casa de sus padres, olvidó la idea para no causarles un disgusto demasiado grande, y eligió a su hermana para llorarle sus desgracias.

David llegó a casa justo cuando las últimas lágrimas de María acababan de ahogarse en el tercer o cuarto pañuelo de papel y le preguntaba a Sonia si podía quedarse con ellos durante unos días. Lo necesario para decidir lo que iba a hacer con su vida.

El instinto fraternal era muy fuerte en Sonia. Su primera idea fue la de responder que sí inmediatamente, pero antes de poder dar su respuesta las ideas implantadas subliminalmente en su cerebro tomaron el control. Si María vivía con ellos, todos los juegos sexuales con su marido se irían al traste. No podrían volver a disfrutar de las gloriosas noches de placer que endulzaban sus vidas durante las últimas semanas.

Indecisa, miró a David mientras María, ya menos histérica, le contaba una versión mucho más reducida de sus desgracias a su cuñado. Estaba claro que la decisión debía de tomarla él. Por mucho que ella quisiera a su hermana, David era el principal pensamiento en su vida.

Consciente de su control sobre Sonia, David entendió perfectamente su interrogante mirada. Tras unos momentos de duda, comprendió que no podía dejar a su cuñada sola en aquella situación. De toda la familia de su esposa, María era la única a la que podía soportar, porque jamás se había metido directamente con él ni había intentado envenenar a Sonia con la idea de que le dejara. Por tanto, con un casi imperceptible asentimiento de su cabeza, dio su permiso a Sonia para que llevara a su hermana a la habitación de invitados.

Aquello podía llegar a cambiar todos los planes que David había preparado cuidadosamente para la reunión del Sábado siguiente.

Cuando Sonia dejó a su hermana durmiendo, casi una hora después, la primera instrucción que le dio fue la de no escuchar ninguna de las cintas que tenía mientras María pudiera oírlas. Aunque no acabó de comprender el motivo, Sonia acató inmediatamente los deseos de su marido.

David no quería que por equivocación María escuchara unas cintas que no estuvieran preparadas para ella y se enamorara perdidamente de él. Debía de modificar las órdenes subliminales de todas sus cintas indicando claramente a quién iban dirigidas, si a Sonia o a María.

María no debía de enamorarse de él.

Solo debía de convertirse en su nuevo juguete sexual.

La mañana siguiente, después de haber pasado la primera noche en varias semanas sin juegos sexuales en el salón de la casa, David se dirigió a la Universidad con la intención de crear nuevas cintas con mensajes para su mujer y su cuñada.

Al entrar en el departamento de investigación, del que era el jefe indiscutible desde su descubrimiento, encontró a varias de sus ayudantes, alumnas en prácticas en su mayoría, hablando y riendo alrededor de una revista que habían encontrado en uno de los cajones de David. Era un catálogo de lencería erótica que Sonia le había dejado para que eligiera la ropa más excitante para ella.

Al verle entrar tan temprano en el laboratorio, todas las ayudantes se sorprendieron y volvieron rápidamente a sus puestos, algunas de ellas sin dejar de sonreír mientras le miraban con el rabillo del ojo.

David se sonrojó durante unos momentos cuando comprobó el motivo de la juerga general, pero recobró rápidamente la compostura y comenzó la preparación de las cintas para poder llevarlas a su casa a la hora de comer.

Para tener intimidad había hecho habilitar una habitación que anteriormente era un aula y que gracias a su ascendencia sobre el rector, había conseguido incluir en el laboratorio derribando unas paredes y abriendo puertas en otras. Ese era su despacho particular y, de hecho, era más grande incluso que el resto del laboratorio. Lo había hecho insonorizar y los cristales eran del mismo tipo que los que tenía en su casa, que le permitían ver el laboratorio sin que nadie de fuera pudiera ver lo que ocurría dentro.

Mientras preparaba las nuevas cintas, colocó en el equipo de música una de sus más recientes creaciones, eliminando el sonido interior y dejando que la música fluyera libremente por el hilo musical del resto del laboratorio. Antes de su descubrimiento, en el laboratorio apenas había ayudantes, la enorme mayoría de ellos jóvenes alumnos que se apuntaban a las prácticas únicamente para aumentar puntuación al final del curso. Solo había dos mujeres que apenas se acercaban por el laboratorio, y además ninguna de ellas podía considerarse descendiente directa de Venus. Los mensajes subliminales que liberaba la cinta que ahora sonaba tenían dos partes diferenciadas. Una iba dirigida a los hombres, y les llenaba la cabeza con desagradables experiencias que podían sufrir en las prácticas del laboratorio, lo que hacía que cada día que pasaba la presencia masculina menguara. La otra parte de los mensajes iba dirigido a las mujeres, haciéndolas disfrutar de cada segundo de su estancia en el laboratorio e impulsándolas a aconsejar a sus amigas que se apuntaran a las prácticas. De esta forma, varias docenas de atractivas alumnas intentaban diariamente hacerse un hueco en la creciente lista de voluntarios para el laboratorio. Una vez apuntadas, para conseguir un puesto semiestable debían de pasar un examen dirigido por una rata de laboratorio con cierta fama de libidinoso, que no era otro que el propio director del laboratorio: David. Y para impresionar a una rata de laboratorio, nada mejor que unas minifaldas tan exiguas como sus conocimientos de física y química, y profundos y reveladores escotes. Ni que decir tiene que los conocimientos científicos de sus futuras ayudantes no era el condicionante de las decisiones finales de David, sino que más bien la decisión estaba muy influenciada por la física, es decir, por los atributos físicos de sus alumnas.

De este modo, su futuro harén personal iba creciendo, a pesar de que ellas lo ignoraran por completo. Cuando todas las ayudantes fueran mujeres, tal vez el tamaño de su despacho y las dos camas plegables que se había hecho instalar allí no fuera suficiente para darles cabida a todas.

Perdido en la creación de ese libidinoso futuro, comenzó a grabar los mensajes destinados a su mujer y a su cuñada.

Respecto a la primera, además de la profundización en su ya total y absoluta dependencia de su esposo, una nueva amplitud de miras centrada en buscar compañía para sus experiencias conyugales. Por pura lógica (la nueva lógica de Sonia, se entiende) una sola mujer no basta para satisfacer los deseos sexuales de un hombre, y por ello la necesidad de buscar a otra u otras mujeres y convencerlas para practicar con ella y con su esposo determinadas experiencias sexuales que harían ruborizarse a más de una prostituta se hacía totalmente imprescindible. No importaba quién fuera la compañera elegida, excepto por la imperiosa necesidad de que tuviera un cuerpo de diosa.

La cinta para su cuñada debía de ser más sutil. Ella todavía no había no había escuchado nunca ninguna cinta con mensajes subliminales y un abordamiento sexual demasiado rápido de su cuñado podría no resultar efectivo. Por ello su adoctrinación debía de ser más pausada. Para que funcionara correctamente debía de explotar algunos de sus más fuertes sentimientos. Por ello comenzó utilizando el sentimiento de venganza que albergaba en esos momentos hacia su marido. Él la había engañado con una mocosa veinteañera de grandes tetas y culo firme. A sus casi treinta años su propio cuerpo todavía no había comenzado a decaer, y los mensajes iban destinados a hacer resurgir con fuerza el sentimiento de que nadie lo había aprovechado en su totalidad, al tiempo que incrementaban su libido y su sexualidad haciéndola permanecer en un estado de semiexcitación permanente que probablemente acabaría con más de una masturbación al día. David calculó un par de días para que esta primera cinta hiciera efecto, y preparó una segunda en la que el supuestamente ya imparable deseo de su cuñada se centrara en el hombre que más cerca tenía en esos momentos: David.

En esa segunda cinta también incluyó mensajes para silenciar el pudor y el sentimiento de culpa hacia su hermana por albergar deseos sexuales hacia su marido. Ella no debía de pretender quitarle el marido a su hermana, sino simplemente necesitaba un hombre para apagar su creciente ardor sexual, y estaba dispuesta a compartir al hombre de Sonia, si ella se lo permitía. Por alguna extraña razón María no iba a preguntarse el motivo por el que creía que su hermana le “prestaría” a su marido como si de un vestido viejo se tratara. Según su lógica (su “nueva” lógica, claro), mejor que la cosa quedara entre familia.

A pesar de que María conocía perfectamente las preferencias sexuales de su marido, David se encargó de añadir algunas inmorales ideas acerca de las nuevas posibilidades que ofrecían dos mujeres en la cama, dirigidas a las dos hermanas que iban a escuchar las cintas.

Pocas horas después dejó el laboratorio para volver a su casa, con dos recién grabadas cintas de música guardadas en su bolsillo. Llegar a casa y encontrarse a su mujer vestida púdicamente era toda una novedad, aunque por el momento necesaria. Su cuñada se encontraba mejor y un poco más animada. Al menos ya no lloraba. Probablemente todas las lágrimas que era capaz de generar habían sido secadas por la almohada la noche anterior. Ahora se limitaba a insultar a su marido y a su amante unas cien veces por hora.

Una perversa sonrisa se dibujó en los labios de David cuando colocó la primera cinta en el equipo de música.

Starlord

Hipnosis filial

Jueves, enero 11th, 2007

A mi hermana menor la deseaba en secreto. Imaginaba tenerla y hacerle el amor, también me masturbaba pensando en ella. Ella tenía rechazo a los hombres puesto que sus relaciones sentimentales no habían sido buenas, pero no se había encamado con ninguno de sus enamorados, por lo tanto, era virgen. No podía abordarla por cuestiones de la moral, temía una reacción negativa ante la idea del incesto, etc. Leía las páginas de relatos de sexo filial para ver cómo abordarla, pero, nada me animaba. Encontré entonces las relacionadas con hipnosis, me encantó la idea, someterla de manera pacífica sin que se dé cuenta de ello.

A mi hermana menor la deseaba en secreto. Imaginaba tenerla y hacerle el amor, también me masturbaba pensando en ella. Ella tenía rechazo a los hombres puesto que sus relaciones sentimentales no habían sido buenas, pero no se había encamado con ninguno de sus enamorados, por lo tanto, era virgen. No podía abordarla por cuestiones de la moral, temía una reacción negativa ante la idea del incesto, etc.

Leía las páginas de relatos de sexo filial para ver cómo abordarla, pero, nada me animaba. Encontré entonces las relacionadas con hipnosis, me encantó la idea, someterla de manera pacífica sin que se dé cuenta de ello.

En Internet encontré archivos sobre el tema, reuní todo lo que pude, leía a menudo mientras alimentaba mi deseo por hacerla mía. Ahora había una interrogante, ¿Cómo hipnotizarla?

Sabía que sería difícil y lo fue. Como le gusta la música y el canto y no podía llegar a entonar notas altas por más que se esforzaba mucho, le hablé sobre la Hipnoterapia; ella dudaba, no creía que podía ser posible ello. Sin embargo, le hice leer lo que había recopilado (con algunas modificaciones, claro está), haciéndole notar que no sería riesgoso y que todo saldría bien. Insistiendo e insistiendo, aceptó someterse a una sesión, pero se sorprendió al saber que sería yo su hipnotizador. Le hice ver que sería mejor, puesto que había un ambiente de confianza entre ambos, se tranquilizó.

Comenzada la sesión, le hice un ejercicio de relajamiento. Usé música clásica repetitiva con sonidos monótonos, una voz suave y pequeños masajitos en sus hombros.

-Relájate, suéltate de las tensiones, no dejes que ningún pensamiento te perturbe. Eso es, relájate, todo quedará bien, sabes que es así, confía en mí y relájate.

Repetía las mismas frases una y otra vez, empecé a notar cómo ella se relajaba, cambiaba la expresión de rostro en una especie de superficie llena de paz.

-Te sientes bien, verdad, te sientes en paz, te sientes relajada escuchándome, escuchando la música y confiando en mí.

-Sí me siento bien, muy bien. Atinó a decir ella con pausada voz.

Comencé a pasar mi mano por su cabeza a la vez que le decía.

-Siente mi mano en tu cabeza, siente cómo te tranquiliza más y más, siente cómo te sumerge en una calma única.

-Sí, siento tu mano. Dijo esta vez con mayor pausa.

Le dí un rodeo sin dejar de acariciar su cabeza, me puse frente a ella.

-Ahora mírame a los ojos, mírame, te hará sentir mejor, mucho mejor. Le decía a la par que nuestras miradas se cruzaron y se quedaron enlazadas.

Seguía con las mismas palabras, entonces noté que ella estaba muy plácida.

-Te sientes bien, verdad que sí, ahora contaré de 5 a 0, tú te sentirás cien veces más relajada con cada número que diga, cuando llegue a cero estará completamente relajada y sólo pondrás atención a lo que yo te diga. Entendido?

-Sí, entiendo.

-Bien. 5… 4… 3…. 2… 1… 0…

Seguidamente apagué la música, hice bulla, pero ella no daba señales de responder a nada.

-¿Me escuchas?

-Sí.

-¿No escuchaste nada más aparte de l o que te he dicho?

-No, nada.

Ya la tenía en mis manos, era la primera vez que lo practicaba y salió bien.

-En adelante, cada vez que estés en estado de relajación, te llamaré Menomía y harás cuanto te diga. ¿Entendido?

-Sí, entiendo.

Sólo faltaba ultimar los últimos detalles del motivo por el cual se había dejado hipnotizar.

-Escucha con atención, Menomía, el cantar es saludable, ya no tendrás problemas para eso, podrás llegar a registros altos de voz sin problemas, sin sentir molestias y sin esfuerzos.

Se lo repetí tres veces como para que se le grabara bien es mensaje.

-Ahora Te despertarás cuando te bese las manos, no recordarás mucho, sólo que te has sentido bien. Pero, te dejarás hipnotizar por mí nuevamente cuando yo te lo proponga.

Acto seguido, le besé las manos, ella parpadeó algunas veces y me miró con algo de sorpresa.

-¿Qué tal te encuentras?

-Bien, me siento bien.

-Cántate algo.

Comenzó a cantar una canción y llegó a los tonos altos sin problemas, se sorprendió de eso, le comenté lo que habíamos hecho, y le pareció agradable.

-Si quieres podemos tener otra sesión para que mejores más en menor tiempo.

-Ya pues.

Le hice sentarse. Y comencé con la relajación anterior, ella cedió más rápidamente, la tuve toda la tarde desde la 1 y media hasta casi las 7. Cada vez me era más fácil sumergirla en la hipnosis, en cada sesión le iba dando indicaciones que iban disminuyendo sus inhibiciones y sus pudores. Len la última sesión de aquella tarde le dije.

-En adelante, Menomía, te sentirás atraída por mí, pensarás en mí, empezarás a sentir que te enamoras de mí, querrás mis caricias, mis besos, mis abrazos, pero dejarás que yo tome la iniciativa. ¿Entendido?

-Sí, entiendo.

-Ahora te besaré, mientras dure ese beso, sentirás que te sientes segura en mis brazos y te dejarás tocar por mí a mi antojo. Terminado ese beso te despertarás, no recordarás nada, pero te dejarás hipnotizar cada vez que yo te lo sugiera.

Así lo hice, comencé a besarla con calor, con pasión, al momento que la acariciaba tocándola por todas partes de su cuerpo., ella correspondía con la misma intensidad. Luego de besarla, ella parpadeó algunas veces, aproveché eso para acercarme al equipo para poner alguna radio. La noté algo confundida, salí de casa pensando en prepararla para que pierda su virginidad conmigo.
belpo_fere@hotmail.com

Dominando a Mari / Primera parte

Jueves, enero 11th, 2007

Ya había logrado dominar completamente a mi hermana menor, no solamente me complacía sexualmente, sino que también hacía todo cuanto le pedía.
Ya había pensado que ella me ayudaría en futuros planes, así que le encomendé la tarea de “reclutarme” nuevas inquilinas para mi satisfacción. Le encargué que, de preferencia, sean chicas que no hayan tenido experiencia sexual aun (se siente fenomenal desvirginar a una mujer).

Me dio los datos de algunas de sus amigas, le dí instrucciones de que aproveche cualquier circunstancia para traerlas a mí sin dar a conocer mis planes. Luego de meditar un poco, le indiqué que le hable a Mari, una chica de 20 años, recatada y de figura regular que yo conocía de antes. Ella era un poco orgullosa y algo altanera, normalmente rechazaba a sus pretendientes o jugaba con ellos algún corto tiempo, eso me daba la seguridad de que su virginidad estaba intacta, lo que me hacía más interesante el proyecto. Me había gustado tanto despojarle la virginidad a mi hermana que deseaba hacer lo propio con otra chica.

Un Domingo que me encontraba solo en casa llegaron las dos algo agitadas, venían de practicar el Voleybol a dos cuadras de mi casa. Mi hermana se metió a la ducha, le encargué, sin que se diera cuenta Mari, que se demore y me puse a charlar con Mari sobre cosas simples. Ella empezó a quejarse de la demora de mi hermana y del cansancio; como nos teníamos algo de confianza, me acerqué a ella un poco, como jugando le toqué los hombros, ella pensó que la cosa sería hasta ahí no más, pero los empecé a masajear suavemente, ella hizo un gesto de incomodidad.

-Tranquilízate, Mari, no me digas que nunca has oído hablar de los masajes para bajar las tensiones producidas por el esfuerzo físico.

-Sí, pero, porqué tu hermana tarda tanto.

No sospechaba lo que quería hacer, que quería hipnotizarla. Le di un pequeño rodeo, como quien quiere salir de la sala, pero al estar tras de ella, le volví a masajearle muy suavemente los hombros, a la vez que le pedí se calmara.

-Anda, tranquilízate, estás agitada, respira hondo, respira muy hondo, muy profundo, eso te hará sentir algo mejor.

Así lo hizo ella, respiró profundamente dos veces diciendo.

-Bueno, sí, se siente un ligero alivio.

-Ves que se siente mejor, sigue respirando profundamente, pausadamente, eso te reconfortará, suéltate, relájate, deja que las tensiones se vayan alejando.

Mi voz era casi monótona, pausada, tranquilizadora.

-Deja que tus pensamientos se extingan poco a poco, eso te hará olvidar del cansancio.

-Sí olvidar el cansancio, no pensar. Murmuró ella, ya estaba cayendo.

-Eso es, Mari, deja morir tus pensamientos, déjate llevar por la relajación, deja que te haga sentir bien, en paz.

-Sí, en paz. Decía ella como un susurro de voz.

Seguía hablándoles con las mismas frases hasta que noté que ella ya casi estaba en estado hipnótico.

-Ya estás bien relajada, Mari, tanto que te sientes en paz y segura, confías en mí, quieres confiar en mí, deseas entregarte a este estado por completo, déjate llevar, lo deseas, Mari, deseas entrar en lo más profundo del relajamiento.

-Sí, lo deseo, me dejo llevar.

-Cuando toque tus mejillas caerás en completo estado hipnótico, Mari, sólo pondrás atención a lo que yo te diga y nada más, porque lo deseas así, entendido.

-Sí, entiendo.

Acto seguido, le toqué las mejillas, ella quedó tiesa, llamé a mi hermana, le agradecí haberla traído besándole con pasión pidiéndole que nos deje solos y salió de casa. Mari no se movió para nada, sólo se sentía su respiración pausada, nada más.

-¿Me escuchas, Mari?

-Sí, te escucho.

-¿Escuchaste a mi hermana?

-No.

Estaba ya sumergida en la hipnosis.

-Escucha bien, Mari, despertarás cuando te palmotee la nuca, sólo tendrás el recuerdo de haberme venido a visitar y nada más, pero te dejarás hipnotizar por mí cuando te lo diga, entendido.

-Sí, entiendo.

Le palmoteé la nuca, ella parpadeó un poco, la noté confundida, pero me le hablé rápido.

-¿Qué tal te va en tu nuevo trabajo?

-Es un poco tedioso, no me acostumbro y me es dificultoso adaptarme.

-Eso tiene solución, Mari. ¿Has escuchado hablar de la Hipnoterapia?

-En verdad, desconozco del tema, no entiendo bien.

-Mira es una técnica de superación mediante hipnosis. Es segura. Si deseas, te pudiera dar una sesión yo. Lo hice con mi hermana y ha mejorado su canto y su aprovechamiento en su instituto. Anímate.

-No sé si funcione, pero, dejaré que lo hagas conmigo.

-Bien, Mari, sólo suéltate, reclínate en el sillón, relájate, mírame a los ojos, escucha mi voz, relájate, concéntrate en mi mirada, déjate absorber por mis ojos, déjate envolver por mi voz y mi mirada. Su mirada estaba fija en la mía y su rostro denotaba paz infinita.

-Te sientes bien, entregada a este estado hipnótico, te sientes bien entregada a mí.

Ella solamente atino a asentir con un gesto inexpresivo, mientras que yo seguía repitiendo las mismas frases monótonas repetía una y otra vez. Ella se sumergía en lo más profundo de la hipnosis guiada de mis palabras, estaba totalmente entregada a mí.

-Ahora, Mari, cuando chasquee los dedos, estarás totalmente hipnotizada y seguirás fielmente mis instrucciones, entiendes, verdad.

-Sí, entiendo.

Chasqueé los dedos, ella reclinó su cabeza hacia atrás y quedó completamente a mi merced.

-Ahora estás completamente hipnotizada, Mari, y te gusta estar así, deseas seguir así, lo deseas con toda el alma, tanto que harás todo cuanto te diga para continuar en este estado hipnótico, verdad que sí.

-Sí, lo deseo y haré cuanto me digas.

-Dame lo que traigas de dinero.

Buscó en sus bolsillos, sacó tres billetes de S/. 10.00 y me los entregó sin dudar.

-Bien, Mari, en adelante, cada vez que me veas, sentirás una atracción por mí que irá creciendo con el tiempo más y más. Desearás mis besos y mis caricias. Aceptarás estar conmigo de la forma que yo quiera y dejarás que yo tome la iniciativa siempre.

-Sí.

-En adelante, cada vez que te masajee los hombros, entrarás en este estado hipnótico. Ahora despertarás cuando chasquee mis dedos, sólo recordarás que estuvimos conversando, tendrás ganas de irte por la hora, pero me atenderás, entiendes bien, verdad.

-Sí, entiendo bien.

Chasqueé los dedos, ella parpadeó un poco, miró el reloj.

-Uy!, se me hizo tarde, debo irme.

-Espera, Mari, no te vayas todavía.

-Qué quieres, dime rápido.

Me acerqué lentamente mirándole a los ojos, ella se puso nerviosa y suspiró.

-Te gustaría ser mi enamorada.

Sonrío temblorosamente, suspiró, cerró los ojos como si se le hubiese realizado un sueño.

-Sí, sí quiero, lo deseo.

La abracé, pasé mis manos por su espalda hasta la cintura y la besé, ella correspondió a ese beso, fue tierno y apasionado a la vez. Después de casi 4 horas de sesiones hipnóticas, había logrado avanzar algo en mi propósito. Luego de ese beso la dejé ir, pensaba que era suficiente por ese día. Sólo restaba continuar con mi plan para hacerla mía.
belpo_fere@hotmail.com

Mensajes subliminales / Primera parte

Jueves, enero 11th, 2007

Siempre había sido un fracasado. Durante toda su vida había tenido que aguantar las risas de sus amigos, de su familia, de su propia esposa, echándole en cara el que solo fuera un ayudante de psicología en la universidad. Ni siquiera había podido llegar a ser profesor. Pero a él no le importaba lo que dijeran los demás. A él no le gustaba enseñar. Lo suyo era la investigación; meterse durante todo el día en el laboratorio, realizar pruebas con los voluntarios, preparar ensayos, y soñar con realizar algún día un descubrimiento fabuloso que le mereciera el reconocimiento de sus colegas. Pero eso, para todo el mundo, y sobre todo para su mujer, era ser un fracasado. No se lo echaba en cara a todas horas, pero no podía esconderlo en los momentos en los que discutían. Ella siempre había soñado con una vida un poco mejor. No es que vivieran realmente mal. Su sueldo en la universidad y el trabajo de ella como secretaria les bastaba a ambos para vivir holgadamente, aunque sin lujos.

Pero todo aquello iba a cambiar a partir de aquella tarde. Las últimas pruebas que estaba realizando habían funcionado tal y como él esperaba. Su ansiado deseo de conseguir un gran descubrimiento iba a convertirse en una realidad. Llevaba ya varios años buscando una cura para el dolor, acallando las señales que el centro del dolor del cerebro envía a la consciencia. Para ello, había probado un montón de técnicas distintas, pero la que mejores resultados le había dado era la de los mensajes subliminales. Con ellos podía interferir dichas señales y convertirlas en sensaciones agradables, engañando así al centro del dolor. Había descubierto dos longitudes de onda distintas, una para los hombres y otra para las mujeres, con las que podía enviar mensajes directamente al subconsciente de unos y otros. Los mensajes eran obedecidos inmediatamente, haciendo que cualquier dolor del cuerpo o de la mente desapareciera al instante.

Pero había escondido algunos detalles a sus compañeros de investigación. Además de eliminar el dolor, su descubrimiento podía llegar mucho más lejos. También podía eliminar las inhibiciones y los prejuicios de cualquier persona. Y alterando un poco las longitudes de onda, podía controlar totalmente la voluntad del sujeto… o al menos eso era lo que demostraban las pocas pruebas que había podido realizar a espaldas de sus ayudantes. Largas noches en vela preparando cintas que luego experimentaba durante el día con los voluntarios que se prestaban a las pruebas. Pero al no poder disfrutar de la suficiente intimidad, jamás había podido probar realmente sus teorías.

Hasta aquella tarde, en la que, solo en el laboratorio, todos los experimentos funcionaron a la perfección. Las últimas pruebas se habían realizado con éxito, y decidió probar el verdadero alcance de sus teorías. Preparó una cinta especial, con algunos mensajes “poco normales”, para probarlos con su propia esposa.

A pesar de que él estaba realmente enamorado de su mujer, había algunos detalles que le ponían furioso. Ella era una mujer realmente atractiva, llena de juventud y belleza. A sus 30 años parecía una jovencita de menos de 20. Su cuerpo era verdaderamente escultural. Sus pechos eran casi, y solamente casi, demasiado grandes para los gustos de la mayoría, pero a él le encantaban. Le gustaba sentirlos llenando sus manos, estrujarlos y notar su increíble maleabilidad entre sus dedos. Sus piernas eran largas y bien moldeadas, acostumbradas a llevar tacones durante la mayor parte del día a causa de su trabajo, en el que la imagen era algo esencial. Y sin embargo, nunca se vestía para él. Entre semana, cuando apenas se veían, era cuando solía vestir ropa medianamente elegante, acorde con la imagen que de ella se pretendía en su empresa, pero cuando llegaba a casa se quitaba inmediatamente los pantys y las faldas y se colocaba cualquier cosa con la que se sintiera cómoda. Y por mucho que él se lo pidiera, jamás usaba lencería sexy. La odiaba. La hacía sentir incomoda. Siempre daba la excusa de que ella no necesitaba ese tipo de ropa para ser atractiva, y que, o le gustaba tal como era, o no le gustaba. Era cierto que no necesitaba ese tipo de ropa, porque su cuerpo era increíblemente hermoso, pero a él le molestaba enormemente que ella no entendiera que a los hombres hay que sacarlos de la rutina de vez en cuando, y un poco de imaginación en la lencería puede hacer milagros en la libido de cualquier varón.

Pero no era esa su mayor frustración con su mujer. A pesar de que su vida sexual era bastante buena, durante su juventud siempre había tenido una obsesión: su mayor fantasía sexual era que su mujer le practicara una felación. Y sin embargo, cuando se casó comprobó con estupor como su esposa se negaba en redondo a practicársela. Decía que le daba asco ponérsela en la boca. No tenía problemas en cogérsela con las manos, pero jamás consintió en masturbarle con la boca. A pesar de todo ello, jamás le fue infiel a su mujer. Y no era por amor, sino más bien por el miedo a que ella se enterara y le abandonara.

Fue por todos estos motivos por lo que trabajó con tanto ahínco en el experimento a partir del momento en que comenzó a entrever sus verdaderas posibilidades. Todos sus esfuerzos y teorías iban a ser puestos en práctica aquella noche. Llevaban algunos días enfadados. Más concretamente, era ella la que estaba aún enfadada. Habían vuelto a discutir sobre las mismas cosas que siempre. Aquellas discusiones se habían vuelto ya monótonas y aburridas, y siempre acababan igual: durante una semana, ella no le dejaba acercarse ni tocar su cuerpo, y mucho menos hacer el amor; apenas le dirigía la palabra, y poco a poco, la tormenta iba amainando y las cosas volvían a la normalidad. Y así hasta la siguiente discusión.

Llegó a casa alrededor de las 10 de la noche. Sabía ya de antemano lo que iba a encontrarse. Al igual que el resto de los días de esa semana, desde que discutieron, su esposa ya había cenado y estaba en el salón viendo la televisión. Nunca le esperaba para cenar cuando estaba enfadada. Se le acercó e intentó darle un beso, pero ella apartó la cara unos centímetros para ponérselo difícil. Llevaba puesto tan solo un albornoz. Se había duchado. Como el resto de la semana, David sabía que tendría que hacerse la cena, pero esta noche tal vez resultara algo distinta. Sonrió.

Sacó la primera cinta que había preparado y la colocó en el equipo de música. Al instante, su mujer le pidió que le quitara voz al estéreo, porque ella intentaba ver la televisión. David lo hizo, pero no lo apagó del todo. Una suave melodía escapaba por los altavoces del salón, aunque sin ser lo suficientemente alta como para molestar demasiado. Tranquilamente, se metió en el cuarto de baño para tomar una ducha.

Quince minutos después regresó al salón. Sonia ya no estaba allí. Suponiendo donde estaba exactamente, se acercó a la cocina y la encontró preparándole la cena. No una cena rápida y de cualquier forma, sino un buen plato de su comida favorita. A pesar de ello seguía sin sonreírle. Preparaba la comida con todo el cariño y esmero que podía, pero seguía enfadada. Así lo había preparado él. Los mensajes que había grabado en la cinta sugerían a Sonia que preparara el plato favorito de su marido lo mejor posible, pero sin insinuarle que le perdonara o que olvidara su enfado.

David sonrió de nuevo, El experimento estaba funcionando perfectamente. Todos los meses de trabajo encerrado en el laboratorio habían valido la pena. En apenas quince minutos había conseguido alterar en algunos aspectos la forma de pensar de su esposa, y por tanto, su voluntad.

Pero la noche no iba a acabar allí. Ni mucho menos. Ni la noche, ni la nueva vida que se abría ante ellos.

Sobre todo ante David.

Mientras Sonia acababa de preparar la cena, sacó la cinta del estéreo. La segunda cinta que había preparado iba a intentar solucionar algunas de las mayores frustraciones de su matrimonio. Apagó el televisor, subió el volumen del estéreo y enchufó el hilo musical en la cocina. Ella no protestó. Un segundo mensaje en la primera cinta le había sugerido que no protestara ninguna decisión de su marido.

Acabó de preparar la cena y la sacó a la mesa. Su humor comenzaba a ser algo mejor. Incluso le sonrió. Al parecer, su enfado estaba siendo olvidado. Por decirlo de una forma más exacta, su orgullo y su ego estaban dejando paso a una cierta sumisión a la figura de su esposo. Era textualmente lo que él había programado al principio de la segunda cinta, la que estaba sonando en aquellos momentos. Mientras David comenzaba a degustar su comida favorita, Sonia se sentó junto a él en la mesa, iniciando una animada conversación sobre las anécdotas del día e incluso interesándose por su trabajo.

Cuando terminó la cena, ella se apresuró a quitar la mesa y fregar los platos. Tenía algo que hacer antes de acostarse y quería hacerlo pronto. David sabía exactamente lo que era, y por ello, con una insolente sonrisa, se preparó para irse pronto a la cama. Insertó una tercera cinta en el estéreo y enchufó el hilo musical del dormitorio

Pocos minutos después, Sonia entró en la habitación. Rebuscó entre los cajones del armario y se metió en el cuarto de baño.

Cuando volvió a la habitación, al cabo de un momento, se había convertido en otra mujer completamente distinta. Ya no llevaba puesto el insulso albornoz de ducha, sino una finísima bata de estilo oriental que David le había regalado muchos años atrás y que ella nunca utilizaba. Al igual que tampoco utilizaba lo que se adivinaba perfectamente por debajo de aquella bata: sus mejores medias de seda negras, un liguero, también regalo de David de sus tiempos de noviazgo, y un erótico conjunto negro de bragas y sujetador semitransparentes que jamás volvió a usar después de la noche de bodas. Los zapatos negros de tacón tan solo los utilizaba en contadas ocasiones por motivos laborales o de protocolo, pero nunca a petición de su marido. Sus magníficas curvas se insinuaban desafiantes por debajo de toda aquella excitante indumentaria, e incluso podía apreciar claramente sus pezones intentando exhibirse a través del sujetador y de la bata oriental.

David había provocado aquello mediante varias sugestiones en la cinta que seguía sonando por el hilo musical, pero no recordaba haber encontrado a su mujer tan excitante desde los primeros tiempos de su noviazgo. Se encontraba tan excitado como un colegial mirando a través del escote el sujetador de su profesora preferida.

Sonia se le acercaba con sugerentes movimientos de caderas, pasando sus manos sobre sus esplendorosas curvas, acariciándose, mirando fijamente a los ojos de su marido, adivinando lo que pasaba por su mente en aquellos momentos. No entendía porqué había sentido repentinamente aquellas irresistibles ganas de seducir a David, ni porqué había elegido concretamente aquella ropa, pero estaba demasiado excitada para pensar. Tan solo quería seducir a David de cualquier forma que estuviera a su alcance. Estaba dispuesta a hacer todo lo que él le pidiera, tan solo para conseguir excitarle tal y como ya lo estaba ella. Deseaba a su marido, quería desesperadamente hacer el amor con él, pero en lugar de meterse en la cama e iniciar ella el juego de caricias por debajo de las sábanas con el que siempre comenzaban sus escarceos amorosos, sentía la necesidad de excitarle, de provocarle, de seducirle. Había decidido romper la monotonía de su vida sexual después de 6 años de matrimonio. Se acercó poco a poco a la cama. Deslizó eróticamente la bata sobre sus hombros hasta que cayó al suelo, dejando a la vista su esplendoroso cuerpo, apenas cubierto de negro semitransparente en sus partes más íntimas. Podía leer en los ojos de su marido el efecto que le causaba. La ropa interior escondía tanto como mostraba. Era esa misma ambigüedad lo que excitaba a los hombres. La había visto desnuda cientos de veces, pero el erotismo provocado por la lencería sexy superaba con creces al de la desnudez sin imaginación. No es solo el cuerpo de la mujer lo que excita a los hombres, sino la ilusión, las fantasías que desata con solo mirarlo. El verdadero “punto G” del hombre es su imaginación. Lo había leído en cientos de las revistas femeninas que solía comprar, pero su orgullo feminista le había impedido nunca ponerlo en práctica. Siempre había pensado que debía gustarle a su marido tal y como era, y no por la ropa que llevara. Pero esa noche el orgullo quedaba enterrado bajo el irresistible peso de la pasión que la consumía. Subió a la cama y se tumbó encima de él, exponiendo completamente la mayor cantidad de partes eróticas posibles de su cuerpo para que su marido pudiera acariciarla plenamente. Deseaba tanto su propio placer como proporcionarle el máximo posible a él. De hecho, estaba convencida de que cualquier relación en la que él no disfrutara, tampoco podría satisfacerla a ella.

Parecía una diosa. Era increíble como un poco de ropa podía cambiar a una mujer. La tenía encima de él, acariciándole y dejándose acariciar de todas las formas posibles. La mayoría de las veces, cuando hacían el amor, ella rechazaba las caricias en ciertas partes de su cuerpo. Tal vez por pudor o por falta de placer. Pero en esta ocasión le permitía poner sus manos donde quisiera. Era una sensación increíble el tacto de la seda de las medias, del terciopelo de algunas partes del sujetador y la propia suavidad de su piel. Se sentía a punto de estallar, y así era precisamente como estaba su pene. Ella lo notó. Lo cogió suavemente con la mano y comenzó a masturbarle. La música que salía del estéreo era suave y melodiosa, y los mensajes subliminales seguían fluyendo libremente hacia la mente de Sonia. David lo sabía, y suavemente la empujó por los hombros hasta que su cabeza estuvo a la altura de su órgano. Ella le miró a los ojos comprendiendo repentinamente cual era su deseo. A pesar de su excitación, dudó durante unos instantes. El rechazo que sentía por el sexo oral había sido muy intenso durante toda su vida, y aún seguía siéndolo. David temió durante un instante por el completo éxito del experimento. Tal vez había intentado ir demasiado deprisa con las sugestiones. Tal vez debería de haber ido plantándolas una a una en la mente de su mujer, sin saturarla demasiado la primera vez. Las dudas se agolpaban en su cabeza mientras la mano de Sonia seguía masturbándole. Sus ojos le miraban fijamente, como intentando leer su pensamiento.

Siempre había sentido un miedo irracional al sexo oral. Era más que asco. De pequeña, su madre, una ferviente católica, hablaba continuamente del pecado del sexo; lo despreciaba y se lo atribuía al demonio. Ella quedó muy marcada por aquello, y, aunque con el paso de los años aprendió que el sexo no tenía nada de pecado, había ciertas prácticas que se negaba a realizar. Odiaba mostrar su cuerpo completamente desnudo a su marido y nunca dejaba que se creyera dueño de él. Ponerse el pene en la boca, aparte del asco con el que había escondido sus temores desde la infancia, era algo que jamás había pensado que podría realizar.

Pero esa noche se sentía una mujer completamente distinta. Era como si alguien le estuviera susurrando continuamente en su cabeza que debía de chupársela, y que iba a disfrutar haciéndolo. Mirando a los excitados ojos de su marido, sabía que él lo deseaba. Buscó en su interior algún motivo por el que no pudiera llegar a hacerlo, pero no lo encontró. El deseo había reemplazado al miedo y al asco. Debía de hacer gozar a su marido de la forma que fuera, y aquello era lo que más placer podía proporcionarle. Sin parar de masturbarle con la mano, acercó su boca al miembro. No tenía ni idea de lo que debía hacer, pero algo le decía que pasar la lengua lentamente por la punta iba a darle mucho placer a su esposo.

Y no había nada en el mundo más importante que aquello en aquel momento.

David echó la cabeza hacia atrás. El primer contacto de la lengua de su mujer con su glande fue simplemente espectacular. Se notaba a raudales su falta de experiencia, pero lo compensaba con unas increíbles ganas de aprender. Se sentía el hombre más feliz del mundo. Su experimento había funcionado completamente, el enfado de su mujer había sido diluido en la sumisión, y al mismo tiempo, después de tantos años, su esposa le estaba practicando una grandiosa mamada.

Su vida estaba completa.

Mientras la cabeza de su mujer realizaba cuantiosos movimientos alrededor de su pene, sus manos no cesaban de tocarla allá donde alcanzaban. Pero lo que más disfrutaba eran sus pechos. Por primera vez en toda su vida, ella permanecía en la cama con él, a punto de hacer el amor, vestida con lencería. El tacto de la seda y del terciopelo del sujetador le excitaba lo indecible. Había sacado uno de sus pechos y le acariciaba el enhiesto pezón con una mano, mientras con la otra le tocaba y estrujaba el otro pecho, aún cubierto por el sujetador. De cuando en cuando una mano se olvidaba de los pechos para pasearse por las piernas, también recubiertas de la transparente seda negra, y acababa tanteando y estrujando sin piedad su hermoso culo. Cuando ella notaba la mano de su marido en aquella parte, lo levantaba todo lo que podía para situarlo perfectamente a su alcance, aunque sin dejar en ningún momento de succionar su miembro.

A punto ya de correrse, miró a su mujer directamente a los ojos. Ella lo adivinó y apartó la boca para seguir con su misión utilizando la mano. Tenía mucha experiencia haciendo aquello. Al notar los primeros espasmos de placer, ralentizó los bruscos movimientos de muñeca, intentando armonizarlos con el placer de su marido. El semen fluía libremente sobre ambos, sin que ninguno de los dos sintiera el más mínimo reparo por aquello. Era un cambio agradable después de muchos años en los que Sonia sentía verdadera repulsión por el espeso líquido de su marido. No le importaba sentirlo dentro de su vagina, probablemente porque apenas lo notaba, pero su vista la llenaba de repulsión. En cambio ahora, había direccionado el pene a sus propios pechos. Sabía que la visión del esperma sobre ellos iba a agradar a David, y lo más importante en el mundo para ella era que él disfrutara.

David la miró mientras descansaba de su orgasmo. Había dejado su pene (no sin antes darle un cariñoso beso) y se había erguido en la cama, apoyada en sus rodillas. Se estaba acariciando mientras lo miraba. El cambio en su personalidad había sido espectacular. Su misión era darle placer a él, y a pesar de haberlo conseguido (y con una buena nota, por cierto) seguía intentando excitarle y agradarle. Pasaba sus manos por sus pechos, sin importarle que aún quedaran restos del orgasmo en ellos. Una de sus manos bajó hasta su sexo, se metió entre las bragas transparentes y comenzó a acariciarlo, mientras que la otra seguía jugando con su pezón. David solo podía mirar. Tan solo en sus más ocultas fantasías había imaginado a su mujer exhibirse ante él de aquella manera.

Exhausto por el mejor orgasmo de toda su vida, recordó que la cinta seguía sonando, y que aún quedaba una sugestión por cumplir. Eso era precisamente lo que Sonia estaba haciendo ahora. Nunca en toda su vida marital había podido convencerla para que se masturbara delante de él. Ella jamás lo había consentido. Y ahora mismo estaba allí, más desnuda que vestida con la suave lencería negra que llevaba, e intentando alcanzar un orgasmo solo con sus dedos mientras la única idea fija de su cabeza era excitar a su marido con su propio orgasmo.

Los movimientos de sus manos fueron aumentando paulatinamente, mientras que tan solo dejaba de mirar a los ojos de su marido en los momentos de máximo goce, cuando cerraba inconscientemente los suyos impulsada por el placer. Insertó los dedos en su sexo. Primero uno, después, poco a poco, otro, y otro más, hasta meterse cuatro. David recordó que en sus mejores encuentros, jamás había podido meterle más de dos dedos. La excitación debía de ser tremenda para que la vagina se hubiera relajado tanto. Su rostro reflejaba un placer extremo, hasta que con una serie de convulsiones rápidas, alcanzó el clímax en medio de ruidosos gemidos de placer. Agotada, se dejó caer sobre él, besándolo y guiando sus manos hasta su propio cuerpo para que siguiera acariciándola.

David no lo sabía, pero aquel había sido el primer orgasmo no fingido en la vida de Sonia.

Starlord

La fe también mueve a las tias

Jueves, enero 11th, 2007

Antes de nada quiero dejar claro que yo me consideraba un escéptico hasta este episodio de mi vida. Desde entonces no es que crea en Dios, pero si pienso que existe algo positivamente extraordinario en la naturaleza, con sentido del humor y bien cachondo. La prueba os la ofrezco a continuación.

Hace unos meses entró a trabajar en mi oficina una chica. Aunque tiene un cuerpo bonito no es una belleza despampánate, pero claro, acostumbrado a ver un bosque de pollas todos los días, las formas de esta chica iban haciendo efecto poco a poco y empecé a mirarla con otros ojos. El caso es que el jefe compró un terminal nuevo para ella y lo puso en la única mesa vacía que quedaba, casualmente a mi lado. Con el paso de los días y las horas de trabajo íbamos intimando y a mí me parecía que estaba cada vez más buena. Hace unos días estaba leyendo un relato de control mental y pensaba, vaya tonterías, eso no pasa ni de coña. Pero el caso es que esa misma tarde la chavala me contó una historia de su madre, a quien le había robado el bolso sin saber cómo. Por lo visto había sentido el impulso de darle el bolso a un mangui sin resistencia alguna. Yo me acordé del control mental pero no dije nada. Eso sí, pesé que a lo mejor la debilidad mental es algo que se hereda. Así que medio en broma dije para mis adentros mientras la miraba fijamente “tócate una teta”. Y lo creeréis, pero la cosa funcionó. Mi compañera se estrujó la teta como si nadie la viera.
Por supuesto creí que habría sido casualidad y probé otra vez. Ahora pensé, “rescate el coño con la mano izquierda y el cogote con la derecha”; y viola!, también funcionó. El caso es que ella notó algo raro y puso cara de sorprenderse a sí misma haciendo esta postura tan difícil. Me informé de qué era el control mental y para que funcione la “captura psíquica” que así es como se llama esto técnicamente, la víctima no tiene que sospechar manipulación alguna. Por supuesto yo quería follármela cuanto antes, pero para que la cosa no se estropeara en lugar de inducirle pensamientos lujuriosos empecé a enviarle mensajes del tipo “Pedro, o sea yo, es el tío más guapo del universo” “Pedro folla como Dios” “Pedro es la reencarnación de Don Juan Tenorio” etc…

Ya cada vez tenía más ganas de tirármela, así que después de un día bombardeo psíquico con estos mensajes cambié de tercio y empecé a transmitirle otros más fuertes, del tipo. “quiero follarme a Pedro”, “necesito su polla”, “me la comería entera”, etc…
Por la tarde seguí con el mismo rollo y le dije en un descanso que esa noche me quedaría a terminar unas cosas pendientes. Por supuesto ella no dijo nada. A las siete se fueron todos y yo me quede allí maquinando en mi ordenata; pero a las siete y cuarto oí que tocaban a la puerta. Por supuesto era mi compañera. Tenía fe en el método, pero me sorprendió que funcionara tan bien, porque sin mediar palabra se me tiró al cuello y empezó a morderme como un posesa y a decir que me iba a follar como una loca.

Antes de que me diera cuenta ella estaba en pelotas y me desnudaba de manera furiosa. Por supuesto un polvo salvaje era una cosa extraña para mí, pero enseguida le pillé el truco. La senté sobre la mesa, ella abrió las piernas y le metí mi polla de golpe. Creo que me dolió a mi más que a ella, que estaba bien mojada. Pero antes de empezar a bombear dijo: quédate a sí dentro un poco. Y después de unos segundos me hizo sacar mi polla, se puso de rodillas y empezó a chuparla desde los huevos a la punta con toda la lengua. Eso me puso a mil, la tenía tan dura que me dolía pero no tenía ganas de correrme. Así que por fin se metió en la boca mi capullo y empezó a hacer círculos con la lengua alrededor de él. Entonces ya no pude más y me corrí; intenté sacar la polla de su boca pero no me dejo, lo quiero todo dijo, y vaya si se lo comió. Infatigable se sentó de nuevo en la mesa y me dijo: ahora te toca a ti. Así que acerqué una silla y empecé a pasar mi lengua por su raja, mientras me abría paso poco a poco entre el bello de su coño. Por fin llegué a tocar con la punta de mi lengua si clítoris, duro como el mármol pero bien caliente. Me cogió de las orejas y empezó a mover mi cabeza de arriba abajo y de un lado a otro. Luego presionaba mi cara contra su coño, parecía que quisiera meterme dentro, hasta que apretó los muslos y empezó a convulsionarse como una posesa. Todo esto duró unos diez minutos, y claro a mí la polla se me volvió a poner dura. Así que no me lo pensé dos veces. Le di la vuelta a mi compañera, que quedó tumbada sobre la mesa. Le separé las piernas y de nuevo se la metí hasta el fondo. Esta vez no dijo otra cosa que me la follara. Empecé a embestirla. Era una sensación única porque cada vez que empujaba rebotaba contra su perfecto culo. Metí como pude la mano por debajo de su estómago para alcanzar su clítoris y más acompasados seguimos con los nuestros hasta que por fin me corrí de nuevo. En ese momento ella se puso de pie de golpe, mi polla se salió pero cogió mi mano con fuera y no dejó que parara de frotar su coño. Un minutos más tarde se dejó caer hacia a tras, y menos mal que estaba la silla, sino hubiésemos caído al suelo redondos. Estábamos los dos sentados, ella encima de mi sobre la silla, sin decir nada. De repente se dejó caer al suelo y me dijo: voy a limpiar tu preciosa polla, y comenzó a pasar la lengua muy suave.

Nos quedamos un rato así, hasta que por fin dijo: verdad que está muy bien el control mental. Y en ese momento yo me quedé a cuadros y con la duda de quien había comenzado el bombardeo psíquico.

Escéptico

Mensajes subliminales / Quinta parte

Jueves, enero 11th, 2007

Con aparente calma, casi como si practicara un estudiado strip-tease, María se desabrochó la camisa. Miró su reflejo en el espejo de su habitación y apenas se reconoció. A través del hueco de su camisa a medio abrir se vislumbraba una pequeña parte del sujetador. Apenas hacía diez años que aquella misma maniobra había sido capaz de producir una inmediata erección en su marido, cuando todavía eran novios.

Diez años…

Lentamente, sin dejar de mirar su propio cuerpo en el espejo, deslizó la camisa por sus hombros y la dejó caer al suelo. El sujetador que llevaba era blanco. Poco excitante pero muy cómodo. Conseguía elevar y mantener sus pechos a una altura envidiable. Pasó sus manos por la espalda y con un hábil movimiento de sus dedos, practicado miles de veces desde la primera vez que se puso sujetador a los trece años, lo desabrochó. Pero al contrario que otras veces no se lo quitó inmediatamente. Estudiando cada uno de los movimientos de sus ahora liberados senos, los observó mientras, libres ya de la presión del sujetador, caían un par de centímetros hacia abajo por efecto de la gravedad. Con un movimiento de hombros deslizó la prenda entre sus brazos y la dejó caer también al suelo. Se sorprendió a sí misma admirando sus propios pechos. No era el cuerpo firme y turgente de diez años atrás, pero no estaba tan mal a pesar de todo. Todavía conservaba el encanto de la media madurez que volvía locos a muchos hombres.

Su marido no merecía que liberara una sola lágrima más por él. Durante casi diez años apenas la había obsequiado media docena de orgasmos. El resto de las veces en que hacían el amor ella debía de fingirlos para acallar su ego masculino y hacerle creer que disfrutaba con el acto. Diez años durante los cuales su cuerpo se marchitaba poco a poco mientras nadie era capaz de admirarlo, de disfrutarlo, de adorarlo. Inconscientemente una de sus manos comenzó a acariciar sus pezones, que comenzaban a erguirse descaradamente ante el espejo. Apenas unos segundos después, la minifalda azul que tanto le gustaba a su marido caía inerte al suelo, descubriendo a la vista del espejo unas magníficas piernas cubiertas por el casi invisible tejido marrón de los pantis. No sabía porqué pero aquel día había decidido no ponerse bragas. La parte superior de los pantis, más oscura que el resto de la prenda, ocultaba al tiempo que mostraba el divino monte rojizo por el que algunos hombres hubieran matado si tal vez hubiese nacido en otra época, en la que las mujeres pelirrojas eran consideradas semidiosas por los heroicos caballeros andantes.

Mientras sus pezones seguían siendo acariciados sin cesar por una de sus manos, la otra se deslizó subversivamente hacia el interior de sus pantis hasta encontrar su enmarañado destino, iniciando un reiterado movimiento circular sobre él.

Siempre había oído decir a sus amigas que la masturbación es el recurso del ama de casa solitaria. Nunca lo había creído y por ello apenas lo practicaba. Pero durante los últimos tres días había sentido la necesidad de hacerlo al menos media docena de veces al día. Mientras uno de sus dedos abandonaba el ritual movimiento sobre su sexo para introducirse en lo que una de sus amigas llamaba sarcásticamente el “túnel del amor”, todo pensamiento consciente fue abandonado en favor de la más delirante fantasía sexual que hubiera soñado nunca, en la cual ella y su hermana, vestidas, o más bien desnudas, con una lencería directamente surgida de las imágenes de la más aberrante película sadomasoquista que se pueda imaginar, se arrastraban a los pies de su cuñado mientras él decidía a cual de ellas iba a penetrar mientras utilizaba los pechos de la otra como almohadas para su cabeza.

Era la cuarta o la quinta vez en el mismo día que utilizaba a su cuñado como fantasía de su masturbación, y lo peor de todo era que los orgasmos que le habían tenido a él como protagonista habían sido los más increíbles de toda su vida. Sin importarle en lo más mínimo la relación de parentesco que les unía, siguió moviendo frenéticamente el dedo en el interior de su vagina hasta que las fuerzas le fallaron en las piernas y se vio obligada a caer arrodillada sobre la moqueta de la habitación, gimiendo sin cesar por el placer que aquel brusco movimiento había causado justo en el momento de la deseada explosión del orgasmo. Con entrecortados movimientos de la mano, apuró los últimos estertores de placer mientras su primer pensamiento consciente después del mareo orgásmico era para su cuñado.

Se quedó inmóvil en el suelo de la habitación durante al menos veinte minutos, recuperándose del esfuerzo e intentando alejar los antinaturales pensamientos que la habían venido asaltando durante los últimos tres días. Inexplicablemente su temperatura sexual se había multiplicado por mil desde el momento en que entró en la casa de su hermana, y el centro de todos sus deseos era su cuñado, al que, a pesar de no compartir las ideas del resto de su familia sobre él, nunca había tenido en excesiva estima. Era el marido de su hermana, y simplemente por ese hecho lo respetaba, o más bien lo soportaba. Pero jamás se le había ocurrido pensar en él como hombre, y ni por asomo había sentido la más mínima atracción por él. Pero cualquier intento de su sentido común por controlar de nuevo su vida era rápidamente acallado por un antinatural deseo que elevaba su libido hasta el infinito, donde siempre encontraba el rostro, y cada vez más a menudo el cuerpo, de su cuñado.

Se levantó con esfuerzo y volvió a mirarse en el espejo. Aún llevaba puestos los pantis y ni siquiera se había quitado los zapatos para masturbarse. El efecto elevador de los zapatos de tacón que esa mañana había decidido ponerse acentuaba la firmeza de sus pantorrillas y de sus muslos, que todavía clamaban la belleza que combatía fieramente el paso de los años. Elevó de nuevo su vista hacia sus pechos mientras utilizaba sus manos para elevarlos y apretarlos hacia el centro, formando el deseado canalillo por el que la mayoría de las mujeres suspiran y por el que los hombres pierden la cabeza. Elevó aún más su mirada y se encontró con sus propios ojos reflejados en el espejo. Ojos negros, profundos, capaces aún de expresar pasión. Algunos residuos de sus anteriores pensamientos volvieron a acosarla. Se alejó del espejo y se sentó en la cama mientras se deshacía de los zapatos con un rápido movimiento de los pies. Se quitó los pantis, y a pesar de que su primera intención era quitárselos rápida y cómodamente, mantuvo elevadas durante unos instantes cada una de sus piernas mientras lo hacía, acariciándolas y admirándose de la firmeza que aún conservaban.

Completamente desnuda se tumbó en la cama y se metió bajo las sábanas. Apagó la luz y se dispuso a dormir mientras sus pensamientos volvieron de nuevo a elevar su temperatura. Aún no habían transcurrido cinco minutos de su masturbación cuando escuchó ruidos procedentes de la habitación de su hermana. No tardó en darse cuenta de que estaban haciendo ruidosamente el amor, y que ella no intentaba disimular sus gemidos ni el inmenso placer que debía de estar sintiendo. Los vecinos no podían escucharla porque había comentado que la casa estaba insonorizada, y probablemente se había olvidado de que tenían una invitada en la habitación de al lado… o tal vez el placer era tan intenso que ni siquiera le importaba. ¿Que tenía aquel hombre que podía proporcionar tal clase de placer a una mujer? Los gemidos de su hermana entraban directamente a su cerebro haciéndola revivir todas las fantasías que había utilizado para masturbarse durante los últimos días.

Inconscientemente, su mano derecha se deslizó de nuevo por debajo de las sábanas hacia el monte de Venus.

Apenas dos minutos después alcanzaba el octavo orgasmo del día.
Starlord

Hipnosis filial / Segunda parte

Jueves, enero 11th, 2007

Después de haber hipnotizado a mi hermana toda una tarde, había salido de casa a caminar y planear la manera programarla para perder su virginidad conmigo y convertirse en mi mujer y mi amante.

Había notado ciertos progresos en mis intenciones; ella venía a mi cuarto, se sentaba en mi cama a conversar conmigo, o esperaba a que llegue en la noche para acompañarme a cenar, se notaba el interés insospechado que tenía por mí. Pero yo no quería hacerla mía bajo hipnosis, si no lavarle el cerebro completamente para que se entregue a mí sin tabúes y sin prejuicios de ninguna clase.

Una semana después de pensar cómo hacerle, le noté algo tensa, estaba preocupada por que se le venía un examen en su instituto que era difícil. Aproveché la situación, le sugerí una sesión de hipnosis, la cual aceptó inmediatamente, tal como se lo indiqué la última sesión anterior. Le hice sentarse frente a mí, le tomé de los hombros, los empecé a masajear suavemente mientras le clavé la mirada.

-Déjate sumergir en la paz, déjate llevar por el relajamiento, sabes que te hará bien, sabes que te agrada, tú deseas estar así, en ese estado lleno de placidez, verdad.

-Sí, es verdad. Decía ella pausadamente.

No puedes resistirte, no quieres resistirte, quieres sumergirte, quieres ser completamente hipnotizada.

Lo que vino fueron sugestiones que iban moldeando su cerebro a mi modo, la tuve en varias sesiones durante casi 7 horas. La última vez de ese día, le indiqué.

-Menomía, en adelante, no tendrás cohibiciones ante mí, yo podré tener acceso a tu intimidad, entrar a tu cuarto a cualquier hora, podré verte desnuda sin oposición tuya y dejarás que te mire mientras te cambias, eso lo deseas con toda el alma.

- Sí, lo deseo con toda el alma. Decía ella.

-Dejarás que te acaricie por donde yo quiera y dejarás que te recorra todo el cuerpo con mis manos y mis besos. Así también desearás fervientemente ser mi mujer y mi amante, pero siempre dejarás que yo dé la iniciativa. ¿Entendido?

-Sí, entiendo bien.

-Ahora despertarás cuando te toque la frente. Pero te dejarás hipnotizar por mí siempre que te lo sugiera.

Le toqué la frente, ella parpadeó, estaba confundida mientras me miraba, suspiró en silencio y se sonrojó, yo sólo le sonreí y le acaricié le busto, cosa que le gustó puesto que cerró sus ojos y sonrió dulcemente. Sabía que estaba avanzando a pasos lentos, pero su mente estaba casi programada para estar conmigo y entregarme su ser completamente.

Por tres semanas estuvimos así, yo la hipnotizaba cuando quería, aprovechaba para seguir reduciendo sus inhibiciones conmigo y aumentarle su deseo por mí agregándole el deseo sexual y las ganas de ser mí y nada más que mía, además que la sugestionaba a hacer todo cuanto le diga aun sin estar hipnotizada dejándole libertad de decisión y voluntad propia ante cualquier otra circunstancia de su vida cotidiana.

Por su puesto que era así, ella barría mi cuarto, limpiaba lo que yo ensuciaba y cumplía cada cosa que le indicaba, no se preocupaba en pensar porqué era eso, simplemente lo hacía sin preguntar, sin protestar, sin siquiera hacer comentarios, era sumisa en todo ante mí.

Una noche entré en su cuarto mientras ella dormía, me acerqué, la destapé y comencé a besarle en el cuello acariciando sus partes íntimas, ella se despertó, se dio vuelta, creo que quiso protestar, pero se dio cuenta que era yo, y me dijo con voz tierna.

-Loco, te has vuelto tierno ahora, pero me gusta que me hagas esto, no sé porqué, pero me fascina que estés así conmigo, me encantan tus besos, tus caricias, todo, no sé porqué pero estoy como dispuesta a todo por ti.

-Cálmate, sólo vine para hacerte una última sesión de hipnosis.

-Ya vale.

Como todo estaba a oscuras, sólo usé la voz monótona. Una vez en trance le dije.

-Menomí, de ahora en adelante, ya no necesitaré hipnotizarte, tú harás cuanto te pida, y cada vez que yo te diga “me perteneces Menomía”, tú te dejarás llevar por el deseo carnal y te entregarás a mí y serás mi mujer; además, sólo harás el amor conmigo salvo que yo te dé permiso, lo gozarás, recordarás cada momento que te haga el amor con satisfacción y gozo, pero no se lo dirás nadie. ¿Entendiste?

-Sí, entiendo correctamente.

La desperté y m e retiré de allí. A la siguiente noche entré nuevamente en su cuarto, pero ella estaba despierta repasando sus clases, me acerqué por detrás de ella y le comencé a besar todo el cuello.

-Qué haces, loco.

-Tranquila, sabes que … le acariciaba.

-Qué cosa se.

-Sabes que te gusta y además…. le apretaba los senos.

-Además qué.

-Que… pasaba mis manos por sus genitales.

-Me perteneces Menomía.

Ella sólo suspiró y se dejó hacer, nos besábamos, nos acariciábamos, nos apretábamos.

Nos comenzamos a desnudar sobre su cama. Qué rico sentir esa piel suave sin explorar aun, le besaba y acariciaba por todas partes, ella se sumía en el placer del momento, lo disfrutaba, empezaba gemir de gozo. Correspondía con pasión y con ese ardor contenido en su piel. Mis manos recorrían libremente su cuerpo y ella hacía lo mismo conmigo, cuando detuve mi mano en su vajina, la acaricié y la apreté suavemente, ella suspiraba y gemía, lagrimeaba en silencio mientras nuestros labios se fundían mutuamente, mi pecho se frotaba con sus senos en un vaivén exquisito. En un momento empecé a penetrarla, tenía mi pene endurecido por la excitación, ella solamente gemía y lagrimeaba a la par que se movía a mi ritmo, yo le decía que era mía a la par que rompía con su virginidad, sentí esa resistencia natural de cuerpo sin explorar, pero que se rompió para siempre. Con mi pene dentro de su ser, empezamos a movernos con desenfreno, ella decía que le gustaba, que no sabía porqué lo hacía, pero que lo había deseado y que se sentía feliz de entregarse a mí sin reservas. Sudábamos, de pronto eyaculaba dentro de ella a la par que sentía su orgasmo, el primero de su vida, arqueada su espalda, dando un grito de placer contenido. Minutos después saqué mi pene de su interior, nos besábamos, y nos quedamos dormidos juntos. A la mañana, muy temprano me fui a mi cuarto. Al despertar, la noté relajada y con una expresión placentera en el rostro. Yo sonreí, me acerqué a ella.

-¿Te gustó lo que hicimos anoche?

-Sí, y disfruto recordándolo, no dormí pensando en cada cosa de lo que pasó. Me siento totalmente tuya.

Luego, la besé suavemente y pasé mi mano por su vajina.

-Siempre serás mía.

-Sí, solamente tuya.

Desde esa ocasión, hacemos el amor regularmente. Comenzaba a pensar que mi “hermanita” podría ayudarme en futuros planes.
belpo_fere@hotmail.com