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Nancy, una mujer inalcanzable

Viernes, octubre 7th, 2011

Autor: Fer (*)

Promediaba la mañana del viernes cuando Fernando Fústez, posiblemente el más eficiente, voluntarioso y lacónico de los empleados de Pompas Fúnebres El Ocaso Sociedad Anónima, traspuso la puerta de cristal y entró en la recepción del sector de los ejecutivos de la empresa, el coto de caza privado de Nancy, la secretaria.

Nancy…Si alguien le hubiera preguntado a Fernando Fústez cuál era su ideal de mujer, hubiera respondido sin vacilar: “Nancy”.

Nancy, con el enigma de su edad -y ese aire a la vez juvenil y señorial-, con sus trajes de corte, sus blusas blancas, y su gesto ceñudo. Nancy, la eficiencia personificada, la otra cara de la seriedad, con un carácter poco propicio para las familiaridades y nada permisivo para las insinuaciones y las bromas de oficina. Nancy y su misteriosa vida privada. Nadie podía decir que conocía su estado civil, si tenía pareja o si le gustaban las mujeres. Pero todos coincidían en que si en esa oficina había una mujer a la que todos deseaban pero con quien no convenía tener un encontronazo, era con Nancy.

Nancy, la secretaria perfecta para una empresa de estas características, que en ese momento redactaba un correo electrónico, conseguía una comunicación ur-gen-te para uno de los mandamases, y contestaba una llamada por el teléfono móvil, todo al mismo tiempo.

-Me dijo que quería hablar conmigo -dijo, dando por sentado que ella sabía que hablaba de su jefe. Era sabido que en la empresa nadie podía traspasar el virtual muro del escritorio de Nancy quien, como un soldado en su puesto de guardia, decidía quién podía pasar y quién no, lo que la hacía acreedora a la antipatía de casi todos, menos la de Fernando. A él nada de eso le importaba.

El podía mirar un poco más allá y ver a la Nancy de las manos esbeltas, con sus largas piernas exquisitamente torneadas como columnas griegas, su cabello rubio recogido con estudiado descuido, los senos generosos que sólo se adivinaban debajo de la seda cuando se inclinaba sobre el teclado del ordenador, o la forma en que se tensaba la falda en las caderas perfectas, como si hubieran sido moldeadas por un artista del Renacimiento. Algunas veces la había mirado furtivamente por detrás para apreciar una espalda perfecta finalizada en unas nalgas más marcadas de lo que su tipo físico podía indicar, redondas, generosas y muy probablemente duras…Él veía a una Nancy de singular elegancia, de una belleza casi mítica, dueña de una sensualidad felina delatada en el grosor apenas más pronunciado del labio inferior. Una Nancy que disimulaba hábilmente esas pecas que le salpicaban el escote y que olía a perfume francés.

Nancy…¿Cuántas noches se había dormido pensando en Nancy, fantaseando con esa deliciosa mujer totalmente inaccesible para él? Pensaba en tenerla sobre sus rodillas y hacerle entender quién estaba al mando… pero…estaba seguro que ella ni siquiera recordaba su nombre.

Pero esa soleada mañana de viernes, y para su sorpresa, Nancy dejó de aporrear el teclado, lo miró y le sonrió como nunca antes le había sonreído a nadie que él conociera.

-Adelante, Fernando -le contestó, mientras vaciaba el contenido de un sobrecito de edulcorante en la taza de café que tenía sobre su escritorio.
Lo había llamado por su nombre.

Cuando salió del despacho, tras media hora de reunión, ya sabía que ese fin de semana, tenía que llevarse trabajo extra a su casa. Un trabajo sobre la rentabilidad de los ataúdes de cartón prensado para incineraciones”que tiene que estar el lu-nes-sin-fal-ta, Fernando, sé que tú puedes hacerlo”, había dicho el mandamás. Cerró tras de sí la puerta del despacho y no pudo evitar mirar a Nancy que en ese momento estaba terminando de tomarse el café. Ella volvió a sonreírle.

¡Dos sonrisas en un mismo día!

Las mejillas le ardían, como si alguien se las hubiera encendido con un lanzallamas.
-Gracias… hasta luego… -dijo, mirándola de soslayo y enfilando hacia la salida.
Fernando no era precisamente el Rodolfo Valentino de la empresa, aunque tampoco era un timorato con las mujeres. De hecho, había salido con algunas compañeras -ese juego que se conoce como aventuras de oficina-, aunque no se había comprometido en ninguna relación, tal vez por tratarse de una empresa que trabajaba con la muerte, todo se compensaba con un Eros potente que circulaba por sus pasillos, salas de reunión y despacho. Fernando era un asiduo navegador de Internet en busca de mujeres aficionadas a recibir azotes eróticos… si bien, era muy difícil obtener citas por ese medio, debía conformarse con el sexo vainilla. Por lo general, y aunque no se consideraba un galán ni un seductor profesional, no tenía problemas en el trato con las chicas, pero con Nancy…

Con Nancy era distinto.

Cuando se la cruzaba en el ascensor, a la entrada o a la hora de salir, no podía evitar comportarse como un adolescente vergonzoso, que se ruboriza cuando se encuentra frente a frente con la chica de sus sueños. En todo el tiempo que trabajaba en la oficina, y desde la primera vez que la viera, no habían cruzado más que un par de palabras y algún que otro gesto a manera de saludo.

Casi llegaba a la doble puerta de cristal cuando escuchó la voz a sus espaldas:
-Fernando -otra vez su nombre en boca de ella.
-¿Eh? -se detuvo a mitad de camino y cuando se dio vuelta, allí estaba la sonrisa otra vez, envolviéndolo. ¿Lo estaba seduciendo?
-Me dijeron que te las apañas con los ordenadores -dijo ella.
-Emm… sí, algo… -contestó Fernando, con modestia y aturdido por las sensaciones.
-Yo… quería pedirte un favor -aventuró ella-. Bueno, en realidad quiero pedirte un favor.
-¿Un favor? -preguntó Fernando-. ¿A mí?
-Sí. Precisamente a ti -contestó ella con la sonrisa que se empecinaba en su boca, dejando al descubierto sus dientes parejos, con los dos centrales apenas separados, que le regalaba un aire juvenil y los ojos verdes rebosantes de chispitas doradas,
-Bueno, yo… e-este… -vaciló Fernando. Sentía que en el pecho, en vez de corazón, parecía tener un martillo neumático-. ¿Qué favor?
-Podría decirse que es un intercambio -dijo ella.
-¿Intercambio?
-Yo te invito a cenar y tu me revisas el ordenador, que no sé qué problema tiene -le contestó como si hubiera conocido de antemano que él no se iba a negar bajo ninguna circunstancia.

Eran apenas pasadas las ocho de la noche de ese día, cuando Fernando presionó el timbre del portero eléctrico del edificio. Las piernas se le habían hecho de goma. Una brisa fresca hacía ondular la copa de los árboles de la calle donde ella vivía. Le había dado la dirección de su casa esa misma mañana, en la oficina, explicándole que no podía usar ni el correo electrónico ni el buscador y él le prometió llevar los CD para reinstalar los programas, porque debía tratarse de eso, sin duda. En ese momento, cuando ella le entregó una tarjeta en la que garabateó su dirección, el corazón de Fernando empezó a latir demasiado rápido, ahora sentía que en cualquier momento se le iba a escapar del pecho.
Por supuesto, se había olvidado por completo del trabajo sobre las malditas cajas de cartón que tenía que estar el lu-nes-sin-fal-ta
-¿Fernando? -la voz de ella en el intercomunicador, anticipándose a su respuesta.
-Sí, soy yo… Fernando -contestó él.
-Adelante, entra -dijo la voz de ella y un segundo después, el zumbido de la puerta que se abría.

Cuando Nancy abrió la puerta y le franqueó la entrada, se puso en puntas de pie para saludarlo con un beso en la mejilla. Fernando sintió ganas de pellizcarse para comprobar que no estaba soñando, que era la realidad.
Ella estaba envuelta en una bata blanca de toalla, con el cabello todavía mojado y descalza. Como no podía ser de otra manera, tenía unos pies deliciosos. Llevaba las uñas pintadas de rojo y en el tobillo izquierdo una fina pulsera de oro.

Entró al ambiente sosegado, apenas iluminado por la luz difusa de una lámpara de mesa y de otras, estratégicamente ubicadas en el cielorraso. De algún lugar del interior le llegaban los acordes del Adaggio, de Albinoni.
-Discúlpame por el atuendo… pero llegué molida y necesitaba una ducha antes de preparar la cena.
“¿Discúlpame el atuendo? ¿Qué tiene de malo el atuendo?”, pensó Fernando, “¡Está fantástica!”
-No tendrías que haberte molestado -dijo, en cambio, sin moverse del lugar donde se había quedado como petrificado, junto a la puerta.
Nancy estiró las manos.
-¿Te vas a quedar ahí parado con la chaqueta puesta? -había algo de picardía en la pregunta-. Ven, hombre, ponte cómodo.
Lo ayudó a quitarse la americana y con total naturalidad y torpe femineidad le aflojó el nudo de la corbata.
-¿Vemos la máquina ahora? -ofreció Fernando, dejándose hacer.
-Después -contestó Nancy y, con aire divertido agregó-: Ahora, señor Fústez, si quiere acompañarme vamos a terminar de preparar una rica comida y a tomarnos una copa de buen vino. Dime que te gusta el vino, por favor.
-Sí… me gusta el tinto -Fernando, de pronto, se sintió excepcionalmente cómodo.
-Anda, ven y descorcha la botella -lo alentó ella, y en ese momento de alguna manera él supo con toda certeza que esa noche iba a terminar como no había imaginado ni en sus más alocadas fantasías.

Cuando advirtieron que ya era casi medianoche. Habían hablado de todo, menos de la oficina. De ellos, de sus vidas, de algunos fragmentos de sus historias personales. Para entonces, se conocían bastante más y la botella de vino estaba vacía.
-Ay, mira que hora es -exclamó ella-. El tiempo se nos ha pasado tan rápido…
-La computadora -dijo él.
-¿No es muy tarde para que te pongas a trabajar? -preguntó ella, dejando los platos en la pica de la cocina.
-Es un minuto -No pensaba irse de allí, y menos en ese momento-. ¿Adonde tienes el equipo?
En ese instante Nancy se volteó y quedó enfrentada a Fernando a menos de medio palmo. El escote de la bata blanca que olía a acondicionador de ropa, a sol y a mujer, se había abierto y él pudo ver el canalillo de los senos, salpicado de pecas.
-En el dormitorio -dijo Nancy, mirándolo a los ojos. Le tomó la mano. -Vamos -resolvió. La última imagen que recordaba Fernando es que el dormitorio estaba en un entresuelo, una suerte de planta superior, y era un reflejo de la personalidad de Nancy. Cuando subieron por la escalera caracol, ella lo precedió y él no pudo dejar de admirar sus pantorrillas, que remataban en la fina curva de los tobillos, la fina cadenita de oro en el izquierdo. Los rosados talones perfectos, que levantaba ligeramente cuando subía los escalones de madera en puntas de pie. Apreció – valorando – sus bien formado culo que se marcaba deliciosamente. También vio que la computadora estaba en un mueble empotrado en una biblioteca bien provista de libros que cubría toda una pared, junto a la ventana.
-Ahí está -señaló Nancy con un gesto, invitándolo a sentarse en el cómodo sillón de trabajo.
-Es un minuto -dijo Fernando, por decir algo, porque en realidad quería que el tiempo no pasara.
-¿Un poco más de vino? -ofreció ella.
-Sólo si tú me acompañas -aceptó él.

Entonces se puso al trabajo con el ordenador, cargó nuevamente los programas y, contra todo pronóstico, todo funcionó a la perfección.

Le comentó:

- Tienes un poco desordenadas las carpetas de Mis Documentos ¿te ayudo a organizarlas?

Ella contestó afirmativamente, mientras no dejaba de mirarlo algo inquieta.

Al llegar a una carpeta cuyo título era “A. SPK” a Fernando el corazón le dio un vuelco… le preguntó:

-¿Puedo entrar a esta carpeta?

Ella le contestó con un gesto pícaro:

-Mejor que no porque sabrías casi todos mis secretos

Él le dio al doble clic y la sorpresa fue mayúscula al encontrarse con un archivo con cientos de fotos y de clips de spanking…

Ella había bajado la mirada

Y, él con una rapidez de reflejos extraordinaria, le dijo:

- No te preocupes yo también soy aficionado a este tipo de fantasías de azotes

-¿Qué prefieres ser spankee o ser spanker? Porque yo soy spanker…

Ella contestó con gran alivio y naturalidad:

- He jugado en los dos papeles, tengo fantasías de los dos tipos y se puede decir que soy switch

Después, la magia convirtió la fantasía en realidad.

Fernando le dijo:

- ¡Me has provocado mucho y toda tu altanería merece un estricto castigo!

Nancy con una vocecilla apenas audible le susurró:

- No he hecho nada malo, no merezco que me trates así, ¡soy una dama!

Él la tomó fuertemente por la muñeca, la tumbó en un segundo sobre sus piernas y le dijo

- Ahora vas a pagar todo lo que me has hecho sufrir con tu chulería de mujer inalcanzable

Le levantó el albornoz, para su sorpresa llevaba unas bonitas braguitas de encaje estilo culotte, y comenzó a azotarla por encima de su ropa interior. Ella comenzó a protestar, ya con una voz que indicaba que se estaba recuperado y volvía a ser un reflejo de la mujer-diosa que Fernando conocía tan bien. Esto enardeció a Fernando que redobló la fuerza de sus azotes y le bajó las braguitas hasta la mitad de sus muslos.

Ahora ella protestó más enérgicamente diciendo:

-No me hagas eso que es muy humillante, por favor, Fernando…

Él estuvo a punto de caer en la trampa, pero sus reflejos de viejo spanker le hicieron aumentar la intensidad y la cadencia de sus azotes que caían en una y otra nalga y ya comenzaban a enrojecer ese trasero de ensueño.

Durante un largo rato, pese a las protestas de Nancy, la azotaina sobre las rodillas de Fernando siguió su curso, incluso con monotonía, cuanto más excitado estaba Fernando, más sistemáticamente procedía con el castigo.

Finalmente decidió darle una tregua a Nancy, le acarició las nalgas y poco rato después ella ya se estaba riendo. Fernando pensó que ahora vendría la segunda parte.

Entonces la hizo poner de pie, le quitó el albornoz y las braguitas y la tumbó boca abajo sobre la cama, apoyando sus caderas encima de un gran cojín. Rápidamente se sacó la camisa, ya que estaba acalorado y gran parte de su ropa y, aprovechó, para deslizar su cinturón fuera de las presillas.

Sin solución de continuidad, comenzó con el cinturón, con el cual no era tan diestro como con la fusta, pero, lamentablemente no iba preparado, por lo cual se tuvo que conformar con el cinturón.

Iba castigando con energía las nalgas expuestas de Nancy, alternativamente, pese a que algún cinturonzazo caía sobre el último tramo de los muslos de la mujer.

Ahora Nancy se quejaba, pero también jadeaba de forma entrecortada, y se movía inquieta. De cuando en cuando intentaba protegerse con sus manos, pero Fernando se las retiraba inmediatamente y sus trallazos se tornaban más estrictos.

Mientras seguía la “cueriza”, como le llamaban a este tipo de castigo sus amigas de Internet mexicanas, Fernando atisbó con el rabillo del ojo sobre el tocador de Nancy un gigantesco y tradicional cepillo de pelo. Le dijo:

-Esto no se ha acabado, tengo que tener la certeza que te llega el mensaje que te estoy enviando… solo te dejo un minuto de descanso…

Tomó el cepillo, cambiándolo por el cinturón y recordó el manejo de este instrumento casero pero agradecido.

Ella no se había percatado del cambio y fue sorprendida por el primer golpe de cepillo al cual siguieron al menos un ciento… fue una larga sesión de azotes…

Fernando percibió como su sexo, rasurado sobre los labios, .estaba húmedo desde el inicio del correctivo con el cinturón, pero al llegar al cepillo ya desbordaba y la humedad, ya no era un simple rocío sino un minúsculo manantial de carne rosada y palpitante. También Fernando tenía una erección pétrea…

Fernando decidió entrar en la fase de consuelo y mimos, muy bien aceptados por Nancy que cambió su actitud inicial de spankee rebelde por un comportamiento, primero de mayor sumisión y luego muy mimosa. Finalmente se mostró como toda una mujer anhelante de locuras sexuales.

La hizo ponerse en pie y observó el cuerpo rotundo de una bella mujer madura. Los senos más que generosos, con los pezones erectos y las areolas pequeñas y rosadas, y la forma en que se le erizó la piel cuando la rozó con los dedos.

Las manos de Fernando no podían dejar de tocar esa piel que se le antojó de seda; de sopesar los senos, acunándolos para rozar con sus labios los pezones. En algún lugar de su memoria recordaba que mientras la besaba -la adoraba, para ser justos-, le decía cosas y que Nancy le sonreía y entrelazaba sus dedos en el pelo y también le decía algo que lo excitaba.

Hasta que fue el turno de ella, que también le susurraba al oído que lo había deseado tanto, aunque ahora le doliera un poco, mientras le bajaba el cierre del pantalón, dejando que él la explorara y la reconociera.

Y en el momento siguiente ambos estaban en la cama, los cuerpos entremezclados, besándose en la boca, jugando con sus lenguas, mirándose a los ojos, disfrutando el haber llegado a lo que ambos buscaban: el final del camino.

Fernando se excitaba acariciando su culo, aún muy caliente por los azotes recibidos.

Fernando gozaba por sí mismo y por tener a Nancy así de excitada, retorciéndose de gusto, pidiéndole que no dejara de acariciarla y que no dejara de tocarla, que siguiera acariciando y besándole los senos, que la reconociera.

Nancy…Tal como se la había imaginado, como la había vislumbrado bajo la apariencia de seria eficiencia. Una mujer entregada y demandante al mismo tiempo, que en cierto momento le prohibió moverse y fue deslizando su lengua por el torso y el vientre, hasta llegar a su sexo, donde se dedicó de pleno a darle placer. Activa, vehemente, posesiva y experta, lo llevó hasta la explosión final y bebió de ése manantial el néctar ligeramente dulzón que brotaba del cuerpo de Fernando.

Después se abrió a él, y pidió reciprocidad, ofreció su propio pozo de delicias para que él saciara la misma sed que la había cautivado. Y cuando él se hubo y la hubo saciado, lo apremió para que se deslizara adentro y lo aceptó, lo capturó y ambos se permitieron llegar a las más altas cumbres del placer, y se entregaron al vértigo del orgasmo y después, sudorosos y agitados, se abrazaron pero por un breve instante, porque sin darse cuenta casi, habían comenzado de nuevo. Y otra vez. Y otra… El domingo, cuando el sol como un disco de fuego se escondía entre los edificios de la gran ciudad, ya habían pasado dos días con sus noches encerrados, dedicados por completo y exclusivamente al amor.

Habían cocinado juntos. Se habían sumergido juntos en la gran bañera para tomar dejarse relajar entre aceites y sales, para volver una y otra vez a explorar nuevas formas de placer, el regocijante ejercicio del amor. En ningún momento se vistieron. Disfrutaron del andar desnudos por el piso, con esa naturalidad que da la intimidad conseguida a pura pasión descubierta y desatada.

Hubo otra deliciosa sesión de azotes y sexo, más sexo, sexo del bueno… Para ambos todo esto era como un sueño lejano hecho realidad. Hablaron entre azotes y sexo, entre sexo y azotes, hablaron y hablaron. Cómo había surgido en ellos el gusto por los azotes, los compañeros de juego que habían tenido. Nancy le confesó que durante muchos años había azotado a una sobrina segunda que estuvo viviendo en su casa mientras estudió la carrera de Derecho. Y por supuesto hablaron de la gran dificultad que representa conseguir compañeros para estos juegos. Ambos se confesaron mutuamente que solo esperaban buen sexo vainilla, pero que la suerte les había permitido a ambos mostrarse tal cual eran.

Jugaron a muchos juegos prohibidos, especialmente cuando ella abrió su armario y de un neceser tipo Samsonite con combinación extrajo todo tipo de juguetes sexuales. Nancy le confesó a Fernando que los plugs eran sus predilectos, en posición OTK,  Fernando no tardó en irle insertando de forma gradual los tres plugs que componían el juego, cuando el de más grueso calibre estuvo insertado, la azotó con una zapatilla y cuando su culo volvió a estar rojo como un tomate, la colocó a cuatro patas y extrajo el plug y gracias a la dilatación lograda la sodomizó de un solo golpe, ella no tardó ni un minuto y medio de movimiento sincronizado, en tener un orgasmo explosivo y profundo. Unos minutos después, Fernando también llegó a un orgasmo termonuclear dentro del canal más estrecho de Nancy. Verdaderamente ella rindió honor a su confesión de ser una mujer “muy anal”.

Sólo una inquietud vino a perturbar ese fin de semana idílico.

Fue cuando tomaban un último bocado en la cama -casi no se habían podido despegar de ese terreno sagrado del amor que era el somier-, mientras miraban una película de spanking bajada de la red.

-¡Uh! -exclamó de pronto Fernando, chasqueándose la frente.
-¿Qué? ¿Qué ocurre, querido? -preguntó Nancy, tomada por sorpresa.
-El trabajo… el maldito trabajo sobre la rentabilidad del nuevo producto.
-¿De qué trabajo me estás hablando?
-El que me encargó tu jefe, el de los ataúdes de cartón,cuando tuve la reunión con él… el viernes.
-¿Qué pasa con el trabajo? -se interesó ella, dejando la copa de vino en la mesa de luz.
-Que no lo hice -dijo él.
Nancy retiró la bandeja que estaba entre ellos.
-¿Qué? ¿No te das cuenta que mañana no sé qué voy a decirle? -insistió él.
Pero la mano de Nancy se había apoderado de su hombría, que rápidamente volvió a despertar.

Nancy no le contestó. En sus ojos brillaban esas chispitas doradas de picardía que él había descubierto en sus ojos, se mordió ligeramente el labio inferior y asomó su hermosa lengua entre los dientes.

Un instante después de montarse a horcajadas y hacer que él se deslizara en su carne, con sus generosos senos salpicados de pecas rozándole las mejillas, y cuando ya volvía a entregarse a la mujer, escuchó que ella decía:
-Déjalo por mi cuenta, yo lo soluciono. Olvídate de ese trabajo y dedícate a éste…

Cuando, exhaustos, por fin se durmieron el uno en los brazos del otro, empezaba a clarear un nuevo día.

 

Audiencia de Conciliación

Viernes, octubre 7th, 2011

Autores: Ana Karen y Amadeo Pellegrini

Estaba por vencer el plazo de espera cuando el prosecretario del Juzgado Laboral se acercó para decirme:
-Doctor, la audiencia ha sido suspendida a pedido de la contraparte, el Juez proveyó su pedido presentado a última hora. Habrá que fijar nuevo día y hora. Creí que la Dra. Álvarez le había avisado ayer.
No, la muy cretina no se había molestado en levantar el teléfono para decirme que pediría un aplazamiento de la audiencia. Una postergación que no tenía sentido porque yo, en un gesto de lealtad profesional, le había advertido que mi cliente estaba dispuesto a allanarse a las pretensiones de su cliente, y que lo único que pediríamos sería costas por su orden y un pequeño plazo para pagar la totalidad. O sea, era un caso virtualmente terminado.
Salí del tribunal maldiciendo el tiempo perdido, execrando a todas las abogadas conocidas y por conocer, en particular a esa pécora que tiene una linda carita y una figura excitante para ambular como una diva por todos los juzgados.
Además de enojado estaba desconcertado. ¿Qué carajo pretendía esa vedette al pedir un aplazamiento? Entré a la oficina rumiando mi bronca y traté en vano de concentrarme en los expedientes apilados que me esperaban encima del escritorio.
El teléfono me trajo a la realidad. Era Alicia, mi secretaria, avisándome que tenía un llamado de la Dra. Álvarez.
Atendí de muy mala gana con un seco “Hola” que según mi intención debía detonar como una bala en su oído. Desde el otro extremo me llegó la voz meliflua de mi colega, que sin disculpar su descortesía profesional me pedía una entrevista para ajustar el reclamo de su cliente.
-¿Ajustar qué, Doctora? ¿No habíamos acordado casi que mi cliente pagaría todo si se le concedía un pequeño plazo para reunir el resto del dinero?
-Mire Doctor, lamentablemente mi cliente ha cambiado de idea porque quiere ampliar la demanda, usted habrá leído que hay una reserva en ese sentido… (Efectivamente las hay en casi todas esas demandas, son de práctica pero aquello daba muy mal olor).
-Esta bien Doctora. Usted dirá entonces cuáles son las pretensiones de su cliente para que las evaluemos.
-Por teléfono no se lo puedo decir Doctor será mejor que nos encontremos a una hora que le convenga en el “El Galeón”…
Acepté, acordamos la hora y maldiciéndola mentalmente colgué.

* * *

Odio admitirlo y solo lo hago ante mí misma. Jamás aceptaría ante nadie el profundo respeto y admiración profesional que tengo por Lorenzo, y mucho menos lo que me excita verlo en un pleito defendiendo su caso: tan seguro, tan viril, tan sabio y conocedor de los vericuetos de nuestra profesión.
Un par de veces me tocó enfrentarlo y no fue nada fácil. Yo siempre quise ganarle un caso a como diera lugar y cuando me enteré que era él el defensor de la otra parte me dije: “ésta es la mía”, dado que el caso es sumamente fácil. Y el diablito de la venganza más la soberbia de querer ganarle se apoderó de mí. Pero fui más lejos aún y planeé algo un poco más complicado, más para molestarlo que otra cosa.
Pedí que se suspendiera la audiencia y el juez me lo proveyó. Por supuesto que no le avisé, lo que le hizo perder tiempo y con toda seguridad… ¡enojarlo mucho!
Cuando lo llamé a su estudio para concretar una entrevista y ajustar el reclamo de mi cliente, no podía disimular su enojo y eso me divertía muchísimo. Casi lo obligué a que nos encontráramos en “El Galeón”.

**********

“El Galeón” es la confitería preferida de los abogados porque está muy cerca del palacio de Tribunales; es un antiguo bar que mantiene la fachada y el mobiliario de la belle époque, un sitio donde se han cerrado más tratos y concluido más litigios que en los propios juzgados.
Decidí hacerla esperar como un pequeño desquite por el plantón de la mañana y cuando entré media hora más tarde la encontré sonriente frente a un pocillo de café vacío y un par de colillas aplastadas en el cenicero. Adrede no me disculpé por la demora, chasqué los dedos para que viniera el mozo, ordené un café y me senté delante de esa vampiresa de pacotilla.
Fue directamente al grano y sin preámbulos, mirándose las uñas arregladas, esas tan cuidadas que me fascinaban pero que, en ese momento me parecieron las garras de una tigresa; dijo que su cliente iba a demandar a mi patrocinado por acoso sexual exigiendo indemnización por daño moral.
Era una estocada mortal para mi cliente, por secreto profesional yo conocía muchos pormenores de su carrera amatoria y si esa relación con su ex empleada se ventilaba en los tribunales sería su ruina matrimonial y el comienzo de un terremoto económico.
No pude contenerme y le dije lo que pensaba, que eso tenía un nombre muy feo, se llamaba extorsión.
-Llamalo como te parezca Lorenzo -me dijo sin dejar de sonreír. En público nos dábamos un trato profesional pero en privado nos tuteábamos- Hablá con tu cliente y convencelo de que le conviene arreglar.
Más vale que le convenía arreglar. Ya le había solucionado yo una crisis matrimonial que lo colocó al borde del divorcio. Esta vez estaba listo. La muy ladina lo sabía.
-Bueno Doctor, espero su llamado –dijo al despedirse, sonriendo burlonamente mientras salía taconeando llevándose tras ella la mirada de deseo de todos los parroquianos.

* * *

Yo fui bastante puntual, pero tal y como me lo imaginé él llegó tarde con el sólo propósito de hacerme esperar. Por supuesto que no le dije nada y fui directamente al punto: estaba dispuesta a demandar a su cliente por acoso sexual. Dada la situación de este hombre, no le quedaría otra que aceptar y yo lo sabía.
Disfruté del enojo de Lorenzo, de su impotencia, de saber que lo tenía en mis manos y aunque no estaba siendo honesta ni profesional, me estaba divirtiendo de tener a mi abogado preferido en mis manos. ¡Dios, qué manera de regodearme con esta situación!
Cuando me dijo que “eso” tenía un solo nombre: extorsión, sólo me seguí burlando de él. Le dije que hablara con su representado y que más le valía arreglar. Él lo sabía, y por supuesto que yo también. Podría haber tenido un poco de piedad, pero no quería, no me daba la gana. Quería sentir la satisfacción de tenerlo en mis manos y eso era lo que estaba haciendo. Y era… sencillamente ¡delicioso!
-Bueno “doctor”, espero su llamado –me despedí mientras agitaba mi mano sin dejar de sonreírle. Me di media vuelta sin poder disimular la sonrisa de triunfo que me iluminaba. Porque esto todavía no había terminado.

******

Tuve que llamarla nomás y aceptar las condiciones que le impuso a mi cliente. Como si fuera poco debí ir a su estudio a llevarle los cheques. Fui, pero había madurado un plan para vengarme. Mi cliente pagaría, claro, pero ella me las pagaría a mí. y de una forma que iba a recordar por mucho tiempo.
El arreglo se hizo en las condiciones que ella impuso. Actuó de la manera que imaginé que lo haría cuando volví a recordarle que eso era una extorsión porque las relaciones de mi cliente con la demandante no provenían de un acoso sexual sino de una situación querida y aun buscada por ella, ya que voluntariamente se había entregado a su patrón.
Estela no dejó de reírse y pavonear como yo esperaba, admitió que era verdad lo que yo decía,  que tenía razón, pero que los hombres éramos tan tontos que “eso” nos hacía perder la cabeza, que lo teníamos merecido por calientes, que era justo que pagáramos porque planteado el caso el juez le daría la razón a la más débil o sea a su cliente, porque él también era hombre y tan boludo como los demás. Después de recibir los cheques firmó el desistimiento de la acción y del derecho.

* * *

Cuando me llamó como esperaba, para concretar el pago, lo hice venir hasta mi oficina a traerme los cheques, cosa que lo enojó aún más.
Lo esperé vestida con un escotado vestido rojo, muy ajustado en la parte superior que marcaba hasta el último centímetro de mi busto. La amplia falda se movía al compás de mis caderas. Unas sandalias del color del vestido, con unos altos tacos, servían para sostener mis largas piernas, de las que me sentía orgullosa. Quería provocarlo y demostrarle mi triunfo desde más de un aspecto. Sabía que Lorenzo me encontraba atractiva, pero jamás me dijo una palabra porque era un gran profesional que no le gustaba mezclar las cosas…
Mientras me entregaba los cheques, yo no podía disimular la alegría por mi triunfo.
-Estela querida, mi adorable doctora Álvarez… vos tenés claro que esto es extorsión, ¿verdad?
No contesté. Me limité a mirarlo y sonreír.
-Este caso no es de acoso sexual. Tu cliente buscó y hasta se ofreció a su jefe. O sea, fue una situación querida.
-¿Y con eso qué? Sí Lorenzo, esto es extorsión limpia y pura, lo admito. Pero ustedes, los hombres, son tan tontos que por “eso” pierden la cabeza y más. Así que… es justo que paguen. Sabés perfectamente que planteado el caso, el juez, que es hombre y tan boludo como el resto de su especie, le dará la razón a la parte más débil, o sea… a mi cliente.
Dicho esto y satisfecha de mí misma, firmé el desistimiento de la acción y del derecho. Estaba feliz, me sentía muy contenta por haber ganado el caso a pesar que no había sido ni profesional ni demasiado honesta. Pero le había ganado a Lorenzo y eso era todo lo que quería, todo lo que me importaba.

* * * *

Entonces yo saqué del bolsillo del saco un micrograbador y mostrándoselo le dije:
-Querida colega, vamos a ver que dictamina el tribunal de ética profesional del Colegio de Abogados cuando escuche esta cinta después de leer la denuncia que voy a presentar en tu contra…
La hora de mi triunfo había sonado. Era yo quien tenía en la mano las cartas del triunfo, su rostro se demudó, pero aun así estaba radiante, no se me había escapado ni el brillo de sus ojos ni el cuidado que había puesto en arreglarse, porque estaba vestida y maquillada con esmero, más propio de alguien preparada para una fiesta que para trabajar en la oficina. En otras circunstancias la hubiera encontrado allí bien vestida, sí, pero seguramente con una indumentaria más cómoda, pantalones, un suéter al tono; zapatos de taco bajo y el cabello recogido, más propio de una letrada.
El vestido rojo de amplio escote y falda acampanada que lucía con unas elegantes sandalias de alto tacón más el peinado que delataba el paso por la peluquería, no podían significar otra cosa que el placer de la victoria, como esos generales que se presentan al desfile con todas sus condecoraciones y entorchados, así apareció mi colega.
-¡Lorenzo! ¡No te vas a atrever! ¡Vos no me podés hacer eso! ¡Eso sería una canallada!… No, no te atreverás…
-Mirá querida, mi cliente salió perjudicado injustamente así que cuando te suspendan la matrícula, con la plata de tus honorarios más lo que le vas a cobrar a tu cliente podés tomarte unas lindas vacaciones…
-¡Hijo de puta!
Con estudiada calma me levanté y me dirigí a la puerta. Ella pensó que me retiraba, entonces me rogó que llegáramos a un acuerdo, estaba al borde de las lágrimas. Cerré la pesada puerta de roble con doble vuelta de llave y me la eché al bolsillo.
-Mirá muñeca, yo no quiero perjudicarte,  te voy a regalar el casete, pero recién después de hacer lo que tengo que hacer con vos…
-¿Qqqquuuéee vvvaaas aaa hhhaccceeer? ¡Soltame!
-Si gritás –murmuré- tu secretaria, la pasante y la gente que está en la sala de espera van a enterarse que la Doctora Álvarez recibió una soberana paliza en su propia oficina.

* * * * * *

Pero la sonrisa y el aire de triunfo se me borraron del rostro cuando el muy desgraciado sacó de su bolsillo un micrograbador que me mostró sonriente mientras me decía:
-Querida colega, vamos a ver qué dictamina el tribunal de ética profesional del Colegio de Abogados cuando escuche esta cinta después de leer la denuncia que voy a presentar en tu contra…
No podía creer lo que oía. El muy desgraciado me había hecho hablar y me había grabado. Me desesperé y comencé a caminar hacia él:
-¡Lorenzo! ¡No te vas a atrever! ¡Vos no me podés hacer eso! ¡Eso sería una canallada!… No, no te atreverás…
Me dijo algo de que con lo que le había sacado injustamente a su cliente, con mis honorarios y lo que le cobraría a mi cliente, me podría ir de vacaciones cuando me suspendieran la matrícula. Creí que me moría del disgusto y los nervios. Tuve que apoyarme en el escritorio, pero enseguida reaccioné:
-¡Hijo de puta!
Tenía ganas de pegarle, de insultarlo más, de herirlo con mis palabras pero… nada se me venía a la mente y tenía que calmarme. Me tenía a su merced…
Lorenzo se levantó y se dirigió a la puerta. No podía permitir que se fuera.
-¡Esperá, no te vayas por favor! Tenemos que llegar a un acuerdo, te lo ruego.
Sentía que la cabeza me estallaba. Tenía que pensar algo y rápido. Conocía a Lorenzo y tenía claro que si hacía eso era porque estaba seguro de ganar. Cuando sentí que cerraba la puerta con llave y la guardaba en su bolsillo… menos aún entendí. Hasta que vi su sonrisa de triunfo…
Lorenzo no necesita hablar. Con sus gesticulaciones dice todo. Tiene los labios finos, y cuando sonríe con la seguridad de haber ganado un caso pues… cierra sus ojos, parpadea suavemente y sus labios se convierten en una fina línea que termina en dos hoyuelos deliciosos. Y sé por experiencia que su contrincante está perdido, como lo estaba yo en aquél momento.
-Mirá muñeca, yo no quiero perjudicarte,  te voy a regalar el casete, pero recién después de hacer lo que tengo que hacer con vos…
Sin mediar palabra y sin que mi mente me permitiera moverme, tomó la silla en la que había estado sentado, la colocó en el medio del despacho, se quitó la chaqueta y la corbata, remangó su camisa y me agarró fuertemente del brazo.
-¿Qqqquuuéee vvvaaas aaa hhhaccceeer? ¡Soltame!
No le hizo falta mucho esfuerzo para que terminara yo sobre sus rodillas. Muchas veces me había prometido una azotaína pero jamás le había creído, y menos con aquel caso con el que me sentía totalmente ganadora. Comencé a gritar que me soltara, mientras él, con toda calma me decía que si gritaba se iba a enterar mi secretaria, clientes y toda la gente que estaba afuera. Lo peor era que tenía razón.

* * * * *

Ella se sentía triunfante, hasta que la suerte, -que también es mujer-, dejó de sonreírle.
Allí estaba atónita y muda mirándome mientras yo me deshacía del saco y la corbata. En ese momento no estaba seguro de poder cumplir con el objetivo que me había propuesto, podía ella recobrarse y pedir auxilio. Su secretaria, entonces con el pasante y las personas de la sala de espera acudir y encontrar la puerta cerrada con llave. ¡Menudo escándalo!
Si me acusaba de agresión sexual, con tantos testigos me las vería en figurillas para levantar los cargos, no obstante confiaba que ella temía más al escándalo que a mí, pues no ignoraba en absoluto los sentimientos y deseos que me inspiraba desde hacía mucho tiempo.
Apenas balbuceó una protesta ante mi indigno comportamiento, por haber abusado de su buena fe grabando la conversación… Pero tal como pensaba, no pidió ayuda y cuando la solevé para voltearla sobre mis rodillas, tan sorprendida estaba que no atinó a oponer resistencia.
Acusó las primeras palmadas con unos gemiditos muy parecidos a los de una gata en trance. Eso me animó, no sólo a seguir adelante sino a avanzar sobre las endebles defensas.
Sospecho que en ese momento maldijo haber elegido aquel vestido de leve gasa cuya falda remonté sin dificultad para regodearme con la vista de sus cremosas nalgas enfundadas en un satinado slip blanco.
Debo ser fiel a la verdad en ningún momento sentí enojo, pero tampoco arrepentimiento, lo que experimentaba en esos instantes era placer. Puro placer, un compuesto maravilloso de emoción estética, sensación de poder y mucho agradecimiento, por no decir amor por la persona que había urdido la trama de la cual en definitiva había resultado víctima.
Aguantaba con bastante resignación las sonoras palmadas que le dispensaba y eso me animó a derribar la última barrera. Me apoderé de la cintura elástica y con movimientos firmes y seguros anulé el último bastión del pudor. A pesar de sus ruegos y protestas logré descender la prenda hasta despejar por completo el glorioso campo carmesí de la que mi mano se enseñoreó.

* * * * *

Las primeras nalgadas las sentí a través del fino vestido. Me supieron deliciosas, como caricias, yo sabía que no me estaba dando muy fuerte, pero comenzaba a sentir un rico calorcito en mis nalgas. Cuando levantó la falda ¡creí morirme de vergüenza! Yo, una profesional reconocida, la doctora Álvarez, con mis nalgas al aire… ¡no! ¡no podía permitirlo! Traté de zafarme, de que me soltara: pataleos, golpes en sus piernas, movimientos bruscos y hasta súplicas…todo fue en vano. Su mano siguió cayendo sobre mis nalguitas, pero ya no me sabían a caricias porque ahora ardían y mucho.
Debía tener mi cola como una grana, pero la bestia peluda de Lorenzo continuó con los azotes, y hasta se atrevió a bajarme la bikini blanca. Nunca había sentido tanta vergüenza en mi vida. Sentía tanta vergüenza como… como… como… ¿excitación? Sí, aquella maravillosa sensación era una mezcla de dulce dolor y de excitación.  Las lágrimas comenzaron a rodar, pero en mi rostro se dibujó una sonrisa de picardía y placer. “Seguí Lorenzo, seguí… ¡Sí! ¡qué sensación más deliciosa!” pensaba para mí.
De todas formas, aunque vencida una vez más, el final de este episodio fue realmente “reconciliatorio”.

* * * *

Sí, más que la azotaína, la humilló la broma que le gasté, es que a cualquier dama las burlas le duelen más que esa clase de azotes.
Le caían lágrimas de indignación al enterarse que lo de la grabación era una mentira. Advertí que le costaría perdonarme y además deseaba hacerlo. Me acerqué a ella, la tomé por la barbilla para alzarle el rostro y la besé…
Ella, me jacto al decirlo, devolvió el beso transformando el episodio en una verdadera audiencia de conciliación.

Provocación

Viernes, octubre 7th, 2011

 

Autora: Ana K. Blanco

(Dedicada a gavi y Don Miguel)

“Provocación

en tus ojos veo clara provocación

cada vez que me miras hay provocación…”

(fragmento de la canción de Raphael)

Resulta difícil para una mujer ser supervisora, jefa, o con un alto puesto ejecutivo y tener bajo su mando un determinado grupo de personas.

Este era el caso de Gabriela, jefa de la sección con más personal de aquella fábrica. Su desempeño en la jefatura era correcto: justa, imparcial, firme, autoritaria sin abandonar la calidez humana. Ese era el perfil que le gustaba a Miguel.

Aquella mujer podía excitarlo nomás verla ir de un lado a otro impartiendo órdenes vestida con una simple túnica; en especial cuando salía del trabajo enfundada en pantalones elastizados que resaltaban sus maravillosas nalgas o con minifaldas impactantes, pues a sus opulentas formas todo le quedaba bien.

Frecuentemente, Miguel imaginaba que debajo de la túnica sólo llevaba mínima ropa interior y desde luego también marchaba sin nada debajo de aquel sencillo atuendo.

No obstante el gusto que sentía por ella y la excitación que le producía haciéndolo soñar despierto, distaba mucho de ser dama perfecta, por eso la apodaba “Doña Quejitas”, pues se quejaba continuamente. Ella siempre encontraba motivos para rezongar: bien porque le dolía aquí, o porque fulano había hecho u omitido tal cosa, porque esa temporada había más trabajo que nunca, o porque las nuevas planillas de control resultaban más complicadas, etc.

Gabriela era una mujer desafiante, a quien aunque no se le había subido el cargo a la cabeza, lo hacía sentir en cada oportunidad. A pesar de todo, el personal la apreciaba porque sabía perdonar errores pero resultaba demasiado estricta y muy apegada a la letra del reglamento.

A Miguel el trato cotidiano le hizo descubrir cuán caprichosa incorregible, malcriada y testaruda, podía llegar a ser cuando las cosas no salían como ella esperaba. En tales circunstancias perdía el control  y  el enojo la  despojaba de la necesaria ecuanimidad. Esas explosiones lo ponían mal, Miguel contenía sus reacciones porque se trataba de su superior jerárquico.

Hasta que un día, a la hora de descanso, Gabriela llegó y tomó asiento junto a Miguel. En realidad más que sentarse, lo que hizo fue desplomarse en la silla.

-¡Uffff… odio los miércoles! –bramó- Esta tarde tendré que llenar todas esas odiosas planillas … no veo forma de evitarlo y no quiero hacerlas.

-Pero  terminará haciéndolas ¿No es así Gabriela?

-¡Desde luego! ¡Yo soy una persona responsable!

-Entonces… ¿porqué se queja tanto?

-¡Yo no me estoy quejando!

-¿No? ¿Y qué nombre le da entonces a esto que hace todos los días?

-¿Le molesta que me exprese, Miguel?

-Para nada Gabriela. Además… usted es mi jefa y debo escucharla.

-No se trata de cargos. Mejor dígame qué le molesta. Sabe perfectamente que lo que tenga que decirme “no será usado en su contra” –dijo alzando una ceja en tono desafiante.

-Lo sé perfectamente Gabriela, usted es por sobre todo una persona justa. Sólo  dudo que le agraden mis opiniones.-Haga la prueba, hombre, o acaso teme que tome represalias…

-En realidad, no. Pero está bien, si se empeña en saberlo, se lo diré: Usted es una persona quejosa porque quiere las cosas salgan a SU gusto, siempre. –Recalcó el “su” para refirmar la actitud más chocante de la personalidad de su interlocutora

-Usted, a pesar de ser una excelente persona y una jefa competente,  se comporta muy a menudo como una mujer malcriada, caprichosa y testaruda.

Gabriela cruzó las piernas y adoptando un tono más desafiante, espetó:

-De acuerdo: es su opinión sobre mi persona y la respeto. Ahora bien, yo le pregunto: ¿Cree acaso que a esta altura de mi vida voy a cambiar mi modo de ser? Soy como soy y le repito, no voy a cambiar.

-Le agradezco que me dé la razón. Pero esa afirmación irracional “no voy a cambiar” es la típica respuesta de una niña insolente y caprichosa.

-Y si lo es ¿qué? –Gabriela ya se estaba saliendo de las casillas. Las razones y argumentos de aquel subordinado, un hombre tan guapo y viril, la intranquilizaban haciéndole perder el aplomo.

-Otra expresión propia de niña malcriada –dijo poniéndose de pie y sosteniendo su mirada, burlonamente agregó- Gabriela, lo único que usted necesita es dar con alguien que la trate como usted, con ese modo de ser de niña malcriada, está reclamando a gritos… Lo único que la puede hacer cambiar de opinión es la azotaina que seguramente nunca le dieron y que buena falta le hace.

Gabriela no podía creer lo que estaba oyendo. Procuró calmarse, pero le resultaba imposible. Sus ojos despedían chispas y el tono de revelaba el enojo que la consumía.

-¿Ah, sí? ¿Y se puede saber quién será ese “alguien”? Porque todavía no ha nacido el hombre que se atreva a azotarme.

-Se equivoca. Ese hombre nació, creció y en este momento lo tiene delante de sus ojos.

Impulsivamente abandonó todas las formalidades, exclamando:

-¿Vos me corregirás? Jajajajajaaaaaa… Vos… y cuántos más?  Sin advertirlo incurría en la provocación que Miguel esperaba para actuar:

-Sí Gabrielita, yo solito me basto y sobro … ¿sabés porqué? Porque no haré nada para obligarte, ya te darás cuenta que tengo razón y por eso vendrás el viernes al depósito, después que el personal se haya retirado. Pero te advierto: más vale que seas puntual o te irá peor de lo que te imaginás. No me gustaría agregar la impuntualidad a tu lista de defectos.

-¡Ya podés agarrar una silla y sentarte a esperarme! -fue la airada respuesta de la mujer.

-Precisamente una silla me hará falta para colocarte sobre mis rodillas una vez sentado  Te felicito porque estás entendiendo.

¡Ay, que fastidio! Odiaba a aquel hombre tan seguro de sí mismo, con esa seguridad, virilidad y esos aires dominantes!

Los días siguientes fueron una tortura para Gabriela. Cada vez que se cruzaban, él le susurraba al oido:

-Prepará tus nalgas nena testaruda…

-¡Acordate que te espero en el depósito!

-Las chicas malcriadas merecen unos buenos chirlos en sus colitas

-Hola Doña Caprichitos. ¿preparada para la lección de tu vida?

-Por favor… poné cara de enojada y dame más motivos para tu castigo, sí?

-Conseguite almohadones y cremita, eh? No te vas a poder sentar en todo el fin de semana…

Gabriela no entendía porqué, pero cada vez que oía algo de esto, mariposas le revoloteaban en el estómago. Lo odiaba pero al mismo tiempo sentía una terrible excitación y la cita del viernes no se le podía borrar de la cabeza. Dudaba entre ir o no, no sabía qué hacer. Por un lado, no deseaba dar el brazo a torcer y aceptar que lo que Miguel decía la verdad. Por  el otra parte, anhelaba fervientemente comprobar cómo se sentiría al ser azotada y dominada por un hombre así.

Llegó el día viernes pero las horas pasaban lentas. Evitó cruzarse con Miguel durante todo el día, aunque percibió su mirada penetrante cada vez que se aproximaba a su lugar de trabajo.

Llegó la hora. No quedaba nadie en la fábrica, Gabriela había demorado algunas tareas para tener motivos para dilatar la salida… Miguel decidió sentarse y esperar. Dios lo había bendecido con el don de la paciencia, pero aquella era una ocasión especial y cada pocos minutos miraba el reloj. ¿Qué decidiría Gabriela? ¿Vendría? Estaba casi seguro que sí, pero…

A las 17 horas en punto, Gabriela se plantó frente él. Estaba hermosa enfundada en aquella corta falda color amarillo que realzaba más el tostado de su piel. Blusa y sandalias blancas completaban su indumentaria.

-¡Caramba! La nena será malcriada y caprichosa, pero también es puntual. Eso no te quitará ni un solo azote, pero tampoco le agregará ninguno.

-¿Pero quién te creés que sos?

-Soy el hombre que te quitará la malcriadez.

-¿Ah sí? Bueno, dale! Vení a buscarme –le dijo con una actitud desafiante, mientras le hacía señas para que se acercara.-

¿Qué yo vaya a buscarte? Jajajajajaaaaa… ¡Por supuesto que no! vos vendrás aquí solita, por tu propia decisión, yo no te obligaré a nada que no quieras hacer.

-Ja! Lo sabía… sabía que eras puro blablabla.  Ni vos ni nadie se atreve a enfrentarme.

-Sabés perfectamente que no es eso Gabriela. Acá no se trata de enfrentamientos, sino de disciplina. Vos necesitás que te disciplinen y eso es lo que yo voy a hacer. Pero vos solita te pondrás sobre mis rodillas. Eso significará que entendés que tengo razón y que te hace falta una buena azotaína.

-¡Eso será en tus sueños!

-¡Basta, ya es la hora!  Llevamos 5 minutos de atraso y por cada minuto que me hagas perder te daré 5 azotes extras. Vos decidís. O te vas ahora mismo y todo seguirá igual, o… venís de inmediato a echarte sobre mis rodillas para dar comienzo a tu educación disciplinaria.

Dudó unos momentos. Estuvo a punto de huir, pero… sintió como una fuerza interior que la empujaba hacia Miguel, quien sonrió complacido mientras que acomodaba a su jefa sobre sus rodillas.

-Bien, querida Gabriela, has tomado la decisión correcta –le dijo mientras apoyaba su mano y acariciaba esas deliciosas nalgas que tantas veces había deseado- a partir de este momento comprenderás que no puedes andar por la vida queriendo cumplir tus caprichos y que todo el mundo haga tu voluntad.

La primera nalgada resonó en el depósito y Gabriela saltó por la sorpresa. Pero no tuvo tiempo a recuperarse, porque enseguida cayó la segunda, y la tercera y… sus nalgas comenzaron a arder. No era la intensidad de los golpes sino la frecuencia y ritmo de los mismos: una nalga y la otra, con una pausa de un segundo entre un azote y otro. Sin prisa pero sin pausa.  Los tímidos gemidos de dolor de Gabriela se comenzaban a sentir cuando Miguel le levantó la falda.

-¡Nooooooooo! Pero ¿qué hacés? ¿cómo te atrevés?

-A las niñas caprichosas hay que nalguearlas así –le dijo, mientras seguía repartiendo chirlos a diestra y siniestra- Y si se ponen testarudas y pretenden hacer su santa voluntad como están acostumbradas, entonces se les hace esto –y de un tirón bajó la bombacha inmaculadamente blanca y se topó con un hermosísimo par de nalgas. Eran blancas, casi níveas, “de raso y de jazmín” como dice el tango; nalgas suaves y redondas como dos globos, separadas por un canal que hizo imaginar a Miguel que lo llevaría a los más delicados placeres. Pero ahora debía concentrarse en esas montañas carnosas que estaban comenzando a colorearse.

Gabriela saltó sobre las rodillas y trató de detener la bajada de su última prenda, pero todo fue inútil: la bombacha fue a dar al suelo. Eso no lo esperaba. No imaginaba tal humillación, y trató de taparse con las manos.

-Esto es demasiado humillante Miguel. Pará por favor!

-Lo siento, pero es parte del castigo. Y te sugiero que no te tapes con las manos, porque me veré obligado a atártelas. No te voy a repetir.

Por supuesto que se las ató, y lo hizo con un cordel que tenía preparado en el respaldo de la silla. Y el castigo continuó por más de 20 minutos. Gabriela no podía discernir los sentimientos y sensaciones que la invadían. Era dolor, sí, pero mezclado con placer. Era humillación y sometimiento, pero con sensación de libertad. De lo único que no tenía dudas era de la excitación enorme que sentía, y esa humedad entre sus piernas que no podía evitar. Miguel detuvo el castigo y comenzó a acariciar las nalgas que, aunque rojas y ardientes, todavía resistirían más.

-Bien querida Gabriela… –ella hizo un intento de levantarse, pero él se lo impidió- No te muevas, esto recién comienza.

-¿Lo qué? Pero si ya no puedo más del dolor. ¡Dejame ir ya mismo! Te exijo que me sueltes.

-Vos no estás en pocisión de exigir nada, y no te vas a ir hasta que yo lo decida. Vos quisiste quedarte y eso me da derecho a castigarte hasta que yo crea que es suficiente. Vos, nena malcriada, no decides nada… te entregaste a mí, sos mi responsabilidad y yo te voy a cuidar mientras te enseño disciplina.

Gabriela sintió un sonido que llamó su atención. Él se estaba moviendo demasiado. Intrigada, se dio vuelta como pudo y vió que Miguel se estaba quitando el cinturón.

-Pero… ¿para qué te sacás el cinto? ¿qué vas a hacer?

-Voy a continuar con mi lección de disciplina. Te daré 20 cinturonazos. Y si llegás a protestar… te daré 5 más por cada vez que protestes.

-No podés hacer eso, no tenés derecho

-25

-Dejame ir, desgraciado!

-30

-No quiero que me pegues, animal. ¡Soltame carajo!

-35… y 10 más por la palabrota, o sea: 45 cinturonazos. ¿comenzamos o querés seguir agregando azotes?

Gabriela no contestó. El cinto comenzó a caer sobre su ya maltratado trasero, pero lo soportó estoicamente. A medida que los azotes iban cayendo… su soberbia y prepotencia también comenzaron a caer y las lágrimas rodaban por su rostro. Cuando iban en casi 40 azotes, Miguel comenzó a acariciar las nalgas de esta mujer que había tenido durante aquella tarde, varios actos de sumisión.

Sacó el pote de crema que había llevado y comenzó a frotar aquellas nalgas tan rojas y ardientes. Mientras desparramaba la crema, su dedo mayor aprovechaba para comprobar la humedad de otra zona. Cuando el dedo se acercaba, Gabriela tenía un notorio estremecimiento.

Miguel la miró con ternura y consideró que el castigo, por aquel día, había sido suficiente.

(Continuará)

Fantasías recurrentes (I): Priorato

Viernes, octubre 7th, 2011

Autora: Selene

Mi relato de “Priorato” es un homenaje desde el mundo spanko al mundo bdsm de “Historia de O” y para que quede evidencia de ello, menciono la existencia del libro en un momento determinado,, pero también pretende significar que el  spank también necesita su propia “ceremonia de iniciación”, no tan elaborada como la del relato, sino íntima entre spanker y spankee, pero también necesaria.Espero que os guste.

Un coche oscuro, con los cristales ahumados subidos hasta arriba se detuvo justo en la puerta de un extraño Monasterio situado en el corazón de las montañas, en un lugar donde nadie que no lo conociera hubiera podido encontrarlo. Casi oculto entre la maleza, solo una pequeña torre sobresalía del resto del edificio que recubierto de piedra en su exterior, se camuflaba completamente pasando desapercibido.

Bajó del coche con el corazón acelerado, las muchas horas de camino mirando a través de las ventanillas no había contribuido a calmar su ánimo, sino a exacerbarlo aún más. La acompañaban dos “hermanas mayores”, que ya asistían al Monasterio desde hacía algunos años y la custodiaban de forma protocolaria, pues en ningún momento a ella se le pasó por la cabeza la idea de escapar. Ya había escapado demasiadas veces de sí misma y ahora necesitaba encontrarse a través del aislamiento y la soledad a la que iba a verse sometida durante los días previos a su ceremonia de iniciación.

Nada más pisar el estrecho camino que la separaba de la puerta de entrada dos cosas llamaron poderosamente su atención. La primera era el silencio absoluto que reinaba en aquel lugar, roto tan solo por el rumor lejano de un río donde se presentía caer una cascada. La otra, era la sustitución de la habitual simbología cristiana que se hubiera podido esperar en aquel lugar por un extraño símbolo que ya había visto antes colgado por una fina cadena del cuello de las jóvenes que la acompañaban.

Una pequeña cruz de plata cuyas puntas o extremos recordaban los de una fusta se veía cruzada por una S dorada, dispuesta al revés, se hallaba situada sobre los dinteles de todas las puertas que iba atravesando en su recorrido por el Monasterio y ondeaba en el centro de una bandera blanca que colgaba en el pequeño balcón que sobresalía de la torre.

El lugar era cálido en su interior, pero ella temblaba levemente, excitados como estaban todos sus sentidos ante el espectáculo que iba contemplando a su paso. Armaduras medievales que portaban en sus guanteletes finas fustas plateadas, martinett y una larga serie de instrumentos de azote, convivían estáticas con el ir y venir silencioso de las “hermanas” que caminaban descalzas sobre la superficie alfombrada, cubiertas por completo por una túnica gris plata que dejaba adivinar sus pechos y nalgas desnudos bajo el tejido, pues se posaba sobre las formas femeninas con gran suavidad.

Al traspasar la tercera puerta, la hicieron girar a la derecha, donde la esperaban dos “hermanas” más, cubiertas por la capucha de la túnica y que fueron las encargadas de desnudarla, bañarla y perfumarla antes de cubrirla a ella también con una de aquellas túnicas, aunque de color blanco. Llamaba tanto la atención el silencio reinante, que en ningún momento se le ocurrió romperlo con sus propias palabras, aunque nadie le había dado instrucciones para ello, su instinto le decía que debía permanecer callada.

Una vez cubierta, fue conducida a través de los largos pasillos a una celda monástica en la que una sencilla cama, una mesa y su silla y dos libros dispuestos sobre esta eran el único mobiliario. Una nota sobre los libros la invitaba a entregarse a la lectura como única compañía que iba a disfrutar hasta que llegara el momento de su ceremonia. Uno de ellos era un clásico de la literatura erótica “Historia de O”, que ella ya había leído y releído varias veces, por lo que lo apartó y comenzó a leer el otro “Priorato”.

Ella conocía ya las reglas y funcionamiento del Priorato, había sido puesta al día por una de las “hermanas”, la que la visitó en su casa para contarle aquella increíble historia cuando después de luchar contra los instintos y las fantasías que la había perseguido toda su vida, se decidió a poner un tímido anuncio en un periódico local, diciendo “Chica rebelde busca hombre que le enseñe buenos modales” y su número de teléfono. Había escrito más de cincuenta frases para tratar de ilustrar su búsqueda y finalmente fue esa la que insertó en la sección de Contactos.

Dos días después recibió la llamada de una chica joven, de voz suave y sensual que en un tono intrigante le dijo que sabía donde estaba lo que ella buscaba. Quedaron en un lugar céntrico, en una cafetería donde tenían buenas vistas sobre el Tajo y a su encuentro llegó una jovencísima chica, de pelo largo y negro que la miró buscando reconocerla a partir del único dato del que disponían ambas, una flor blanca depositada sobre la mesa.

Lo que oyó a partir de ese momento la dejó helada al principio y excitada después. Un mundo secreto, donde se rendía culto a los azotes, donde las chicas eran iniciadas en una ceremonia tras la que se les imponía “El Signo”, para ser reconocida fuera del Monasterio, donde después de conocer a una serie de hombres interesados que practicaban el misterioso culto podría ser elegida por uno de ellos y tomada como “pupila” y ella podría ratificar la elección si el hombre era de su agrado o seguir disponible si no lo era, donde nada se imponía, sino que se consensuaba y las parejas de “master y pupila” se entregaban por días y noches al placer de los azotes.

No tardó mucho en convencerla para adentrarse en ese mundo desconocido, lleno de misterios y placeres secretos y allí mismo concertaron su recogida dos meses después, tiempo suficiente para que se preparase mentalmente o renunciara a conocer ese mundo paralelo que acababa de abrirse ante sus ojos. En esos meses, recibió en correo sin identificar toda la documentación que debía conocer para adentrarse… y llegado el momento, aquel coche oscuro la recogió en la plaza, tal como habían acordado.

Ahora estaba allí, dedicada dos días a la meditación y a la lectura, nerviosa por la inminencia de la llegada del momento de su ceremonia.

La mañana de “su día” comenzó con un sol deslumbrante entrando por la pequeña ventana de su celda y de nuevo, una cohorte de “hermanas” vino a recogerla y la acompañaron al lugar de culto. Allí, nerviosa y agitada fue situada entre suaves cánticos a la luz de las velas frente a un altar mucho más bajo que los que se situaban en las iglesias. Todas las hermanas llevaban la túnica gris mientras ella llevaba una blanca.

Un hombre, cubierto también por una de aquellas túnicas salió tras las columnas y con la cabeza aún tapada y la voz seca se situó frente a ella y le preguntó:

-¿Vienes porque deseas iniciarte sin haber sido obligada a ello?

-Sí, vengo por mi voluntad.

-¿Conoces la regla y te comprometes a cumplirla desde que se te imponga El Signo hasta el final de tus días?

-Sí, la conozco y la acepto.

-Entonces, Selene… desnúdate y posa tu cuerpo en el altar.

Y así, es como recibió su nombre justo antes de dejar caer al suelo la túnica inmaculada y tenderse temblando sobre el pequeño altar donde cuatro hermanas la sujetaron con firmeza para ayudarla a resistir la larga sesión de azotes a la que iba a ser sometida como rito iniciático.

Entonces, el “Gran Maestre” descubrió su cabeza y entre los cantos de las hermanas, sintió por fin lo que había sido su sueño durante tantos años, lo que había trastornado su corazón y su cuerpo durante toda su juventud y ahora, se disponía a disfrutarlo serena. Lo primero que sintió fue una rígida mano que fue azotándola con firmeza mientras sentía arder sus nalgas y el calor se extendía al resto de su cuerpo. Cada cierto tiempo, que ella no alcanzaba a calcular, el “Gran Maestre “se detenía y tomaba un instrumento de castigo para ella.

Probó en sus carnes la fusta, el martinet y otra serie de cosas que le eran mostradas antes de ser empleadas sobre su cuerpo. La ceremonia, lenta en su ejecución se prolongó durante más de dos horas, en las que tan solo alcanzó a emitir pequeños quejidos casi imperceptibles. Aguantó lo más quieta que pudo aquella ceremonia que cumplía en una sola sesión todos sus sueños. El leve descanso de los intervalos la ayudaba a recuperarse entre un instrumento y el siguiente y así, disfrutó su ceremonia entre una gran excitación sexual completamente entregada a ella.

Concluida la sesión el “Gran Maestre” le comunicó que pasaría el día en los lugares comunes, completamente desnuda, para que ella y el resto de hermanas pudieran ver constantemente las nalgas enrojecidas por los azotes recibidos y al día siguiente, tendría su túnica gris y “El Signo”.

Un signo que cada vez que se miraba en un espejo, tras una sesión de azotes, para ver el color de sus nalgas se reflejaba en él dejando ver con claridad una vez reflejado, la S que ahora no se veía invertida y de la que, solo las iniciadas conocían el significado. Después, cuando ella comenzó a presentir que sería abandonada en su estado de excitación, el “Gran Maestre” le vendó los ojos y le ordenó ponerse de pie y apoyar las manos en el altar y así, sabiéndose expuesta totalmente a las miradas de todas las chicas, tras permanecer inmóvil unos minutos, sintió la recia mano que la había azotado acariciar su sexo humedecido y escuchó la pregunta que sabía que le iban a formular antes de proceder a lo que ella más esperaba:

-¿Quieres y deseas ser completamente poseída por el Priorato?

- Sí… quiero.

Y así, Selene, sintió como la llevaban a un maravilloso orgasmo culminando entre fuertes gemidos la ceremonia que la hizo merecedora de llevar el resto de su vida “El Signo del Priorato”.

Empatía forzada I

Viernes, octubre 7th, 2011

Autora: Jadhe

Cuando despertó en el hospital, tenía varios vendajes en el cuerpo, suero y una enfermera a su lado; cuyo labor en ese momento era tratar de bajarle la temperatura, porque aun inconsciente, su cuerpo se convulsionaba; pero esto no obedecía a nada físico, sino algo en su mente. Ya que su cabeza no dejaba de moverse de un lado a otro y exclamaba sin parar no, no, no, no…  mientras su corazón cambiaba de ritmo cardiaco y acababa empapado de sudor…

Le preguntó a la enfermera que en donde se encontraba y ella le contestó que en el Hospital del Seguro, enseguida pidió a la enfermera ver a sus padres, aun poniendo en orden sus ideas, … el silencio que hizo la enfermera, lo sacó de sus pensamientos y le volvió a preguntar por sus padres, esta vez viéndola a los ojos; para no encontrar respuesta alguna y ver desaparecer a la enfermera rápidamente.

Inquieto, trató de encontrar alguna explicación, pues dado su estado, probablemente había perdido el conocimiento durante semanas y por eso su padres no se encontraban ahí, posiblemente estaban en su casa en ese momento. Cuando vio aparecer al doctor en turno, preguntándole como se sentía, él contestó que bien y nuevamente volvió a preguntar por sus progenitores.

El doctor tratando de evadir la pregunta, le pidió que abriera la boca y le metió el termómetro, para acallarlo; mientras hacía tiempo, tomándole la presión y haciendo anotaciones. Él vio el nerviosismo del doctor… y entonces se sacó el termómetro que lo mantenía mudo, lo agarró del brazo y viéndolo a los ojos fijamente, porque el doctor lo estaba evadiendo con la mirada, el doctor ya no pudo seguir esquivándolo.

-Doctor, por favor contésteme ¿Dónde están mis padres?

-Lo siento muchacho, debes ser fuerte… (haciendo un larga pausa), desgraciadamente murieron en el accidente, hace 2 meses

.–¿Cómo?… se quedó perplejo por un instante.

-Una moto, se incrustó, donde tus padres estaban y desgraciad…

Reaccionando le dijo que eso no era cierto, gritando… entonces empezó a arrancarse las cosas que tenía conectadas a su cuerpo y que le impedían moverse, para luego bajar de la cama, pues aunque el doctor trataba de calmarlo… estaba como loco, y su fuerza parecía descomunal ya que no podía detenerlo. El doctor llamó a varios enfermeros para inyectarle un calmante, ya que debido al shock y lo delicado que se encontraba, podía provocarse un paro cardíaco…

Dos años después, sentado en la cama mientras veía su reloj, se dio cuenta que ya era bastante tarde y apenas se estaba levantado, pero sin afectarle demasiado, tenía cosas más importantes en que pensar. La vida estaba pesándole demasiado en ese momento, pero se repetía a sí mismo; que pasado el tiempo, todo volvería a la normalidad… aunque no sabía cuándo.

Su vida era un caos, había dejado de dar clases de música y canto, tanto en la escuela Preparatoria, como en la Universidad; perdió su pasión, la música, su amor a dar clases; perdió la casa de la que eran dueños sus padres, en apuestas; perdió  el humor, la alegría, la lucha por la vida diaria y con esto la novia; ni siquiera cuando terminaron, el reaccionó; asumió la cosas, sin rastros de dolor o así lo hizo parecer; es decir había perdido el rumbo.

La culpa lo consumía, cuando se acostaba en las noches para dormir; veía una y otra vez, la escena en el accidente en que murieron sus padres y a la cual irónicamente sobrevivió (ya que el hubiera cambiado su vida sin pensarlo 2 veces, por la de sus seres queridos).

Y entones gritaba frenéticamente, golpeando lo que se encontrará a su paso, para luego aferrarse, apretando su almohada hasta quedar en cuclillas, como pidiendo perdón, evocando la imagen de sus padres y allí en su cuarto, empezaba a llorar en silencio, mordiéndose las manos y balanceando su cuerpo hacia delante y hacia atrás, sin dejar de abrazar su almohada. Así permanecía durante mucho, mucho tiempo… hasta que el sueño lo vencía y lo invadía.

Esa era su vida, sin que algo o alguien pudiera quitarle el dolor que llevaba y que lo quemaba por dentro… lo único que lo mantenía fuera de su cuarto, era un poco de alivio cuando cantaba en el restaurante donde estaba contratado. Contaba con una voz única, lo mismo cantaba un rock, que una balada o música ranchera, su voz era grave pero la hacía como se le antojaba.

Trabaja solo para sobrevivir, ya que ni siquiera lo llenaba cantar, aunque ya había dejado de beber; siempre cantaba lo que le pedían sus clientes; pero siempre terminaba con la misma canción, ya para irse a su casa, todos los días, en una especie de auto terapia, la canción preferida de sus viejos, como él les decía.

Jamás había entendido porque a ellos les gustaba tanto esa melodía, pero ahora en el provocaba que los vellos de su piel, se erizaran, tan solo de escuchar la introducción de esta, al escuchar la guitarra, se estremecía: “Un gato en la oscuridad” de Roberto Carlos.

“Cuando era un chiquillo, qué alegría

jugando a la guerra, noche y día

saltando una verja, verte a tí

y así, en tus ojos; algo nuevo, descubrir.

Las rosas decían, que eras mía

y un gato, me hacía compañía

desde que me dejaste, yo no sé, ¿porqué?

la ventana, es más grande sin tu amor.

El gato que está, en nuestro cielo

no va a volver a casa, si no estás

no sabes mi amor, que noche bella

presiento que tu estas en esa estrella.

El gato que está, triste y azul

nunca se olvida, que fuiste mía

más sé que sabrá, de mi sufrir

porque mis ojos, una lágrima hay.

Querida, querida, vida mía

reflejo de luna, que reía…

Cuando terminaba, sus mejillas terminaban mojadas, por las lágrimas vertidas en ellas. Para el resto de la gente, que no sabía de su dolor; pensaba que era parte del show, ya que al final se despedía con un sonrisa y sin quebrársele la voz, les refería algunas palabras de agradecimiento. Todos aplaudían y pedían que regresara a cantar, pero los clientes ya sabían que después de esa melodía, se retiraba

Hasta que una noche, uno de los clientes importantes que tenía el restaurante, se puso de impertinente que obviamente estaba ebrio y le decía que no cantará aquella canción, que no le gustaba; sin hacer caso, a lo que le decía, se dispuso a cantarla y aquel ebrio, fue hasta donde el estaba, arrebatándole el micrófono y poniéndose a hablar que no quería que cantara aquella canción.

Amablemente, le quitó el micrófono, y lo invitó a sentarse, acompañándolo a su lugar; su compañero (Alejandro) que ya lo conocía, aquello le olía a problemas y se acercó para disuadirlo que no cantará la canción, total tenía más noches para seguir cantándola. El no le dijo nada y empezó a cantarla, dándole la espalda a su compañero y al ebrio.

Pero como buen ebrio, este se paro y lo jaló del hombro fuertemente, para decirle que no cantara esa canción tan horrible y sin más le soltó tremendo golpe con el puño cerrado y se armó un zafarrancho. Terminando algunos en el hospital y otros en la cárcel.

Al día siguiente, el dueño le dijo que no quería verlo por allí (aun a su pesar, ya que de verdad, mucha gente venía al restaurante nada más para verlo y oírlo cantar); pues el ebrio en cuestión era gente con mucho poder y había amenazado al dueño, que si no lo corría, le cerraría el restaurante y lo acusaría de algo grave.

Cantaba en otros bares, pero le dijeron lo mismo; busco en otros lugares pero nadie le quería dar trabajo, pues el tipo en cuestión había amenazado a medio mundo, igual que al restaurantero. Se sentía perdido, así que se tomó el fin de semana, para ver que iba a hacer, tal vez emigrar a otro estado, lejos de aquel pesado…

Cuando Alejandro fue a buscarlo a la mitad de la semana siguiente hasta su casa y le dijo que le había conseguido trabajo, se le iluminaron los ojos. Pero este le dijo que no se emocionará tanto, que todavía no le decía en que consistía el trabajo, que no era de cantante. Él se quedó viéndolo con cara de interrogación:

-No es un trabajo difícil, el que vas a desarrollar, pero quiero que lo pienses con calma y que me digas si lo vas a aceptar o no; ya que di mi palabra que la persona que trajera, no se iba a echar para atrás, una vez aceptado el trabajo.

-Así que no me puedes quedar mal Carlos… empeñe mi palabra y tú sabes lo que eso significa para mí.

Él en tono de broma, le dijo:

-Pues a ¿Quién hay que matar?… no me asustes…

-No es lo que tú te imaginas Carlos, mira voy a explicarte en que consiste…

Él le dijo lo que tenía que hacer, aunque omitió varios detalles importantes y relevantes. Le dijo que iba a trabajar cuidando a una joven, que iba a ser una especie de guarura (guardaespaldas) y maestro al mismo tiempo, pero que no debía preocuparse; ya que había otros 3 guaruras al resguardo de esta con la suficiente experiencia y que ya tenían tiempo con la familia, eso lo asustó, lejos de tranquilizarlo, ya que lo puso de sobre aviso, que la joven en cuestión, era hija de alguien que pesaba.

-Pero yo sé que te encantaba dar clases y que sabes manejar a los jóvenes, así que por eso te recomendé.

Así el fin de semana, se la pasó pensando si aceptaba aquel trabajo o no; aquel ebrio, le había quitado momentáneamente, lo único que le gustaba y que sabía hacer bien.

Por otro lado, si quería irse a vivir a otro estado, tenía que tener dinero para el viaje y para los primeros días que estuviera ahí, consiguiendo trabajo, aunque de sobra sabía que no le costaría tanto conseguirlo, debía estar preparado para lo inesperado… y así mataba 2 pájaros de un solo tiro, pues así se evitaba pagar alquiler y los gastos de la comida, ya que iba a vivir allí; según la explicaciones de Alejandro. Así que después de pensarlo detenidamente, vio que en ese momento era su única y mejor opción.

Sus padres iban a salir de urgencia y no podrían llevarla, como casi siempre. Ella contaba con 20 años y estaba a la mitad de su carrera, ya que no sabían cuanto se iban a tardar y por lo peligroso del viaje, quería que su hija estuviera bien protegida. Junto con la servidumbre y su nana de toda la vida.

Su padre había tratado de conseguir a una guarura que supiera como tratar a los jóvenes, que hubiera dado clases, pero simplemente, no había encontrado al personaje en cuestión; por eso cuando le recomendaron a Carlos no lo pensó 2 veces, le bastaba que supiera lo elemental en cuanto a armas y defensa personal, Carlos contaba con esas características.

Finalmente el día que se fueron, la joven fue presentada antes; aunque ella de manera despectiva y altanera, ni siquiera se dignó a darle un saludo y como buena manipuladora que era, decidió tomar las riendas para que supiera quién iba a ser la patrona, durante la ausencia de sus padres. Su padre le dijo a la joven:

-Mira Samantha, él es Carlos Mendoza

-¿Este el nuevo guarura?-Así es cariño

-Mmmmmhhh!, barriéndolo de arriba a abajo-Ya le diste los pormenores de la casa, los horarios, el comedor, etc…

-Así es hija

-Bueno, chao papá, que tengan buen viaje; tengo que irme a la escuela…

Su padre siguió platicando con él y le habló del carácter difícil que tenía su hija y que simplemente no habían podido jamás, corregirla. Físicamente era una joven fuerte, pues practicaba natación, aunque era baja de estatura para su edad, siempre parecía tener 3 años menos; pero, con solo verla, sus gestos, ademanes, su manera de mirar, se podía adivinar su forma de ser.

Cuando los guaruras se enteraron de la contratación de Carlos, les cayó mal; pues no tenía pizca de guarura, tantos tratos especiales para con Carlos; que si tenía un contrato especial, que si tenía un cuarto dentro de la casa y ellos cerca del establo, como el resto de la servidumbre varonil; pues, no se les hacía justo que muchos de sus compañeros, no los hayan contratado por la culpa de este.

Al día siguiente, los otros 3 guaruras (Fernando, Alberto y Guillermo) se pararon muy temprano a las 6:00 am y cuando fueron a la casa por el dichoso Carlos, este aún no se levantaba, ya que el estaba acostumbrado a otros horarios. Fernando tomando las riendas de su jefatura, le dijo a este:

-No estoy dispuesto a que hagas lo que se te venga en gana, así que darás 3 vueltas más que nosotros, en el perímetro de las bardas que rodean la casa.Carlos se mantuvo callado, sin rezongar, para cuando este terminó de dar las vueltas, estos ya habían terminado de desayunar y Fernando ordenó que retiraran el plato de Carlos; así que como en el comedor había un frutero, empezó a comerse una manzana; Samantha lo sorprendió y le dijo.

-Eso que hace, no habla bien de Usted, ya me enteré de lo sucedido… de esta mañana

-Mmmmmhhh!

Entonces le habló a la cocinera:-

Sandra, sírvele al Señor el desayuno… en eso entraba al comedor el jefe de guaruras (Fernando), y alcanzó a escuchar lo que dijo Samantha.

Entonces Carlos decidió darle una cachetada con guante blanco a la joven:

-No gracias, Samantha;  yo sé que fue parte de mi castigo, y como tal lo voy asumir, aunque no esté de acuerdo con él… ya que para este trabajo se requiere energía y que en parte perdí al correr… y se le quedó viendo a los ojos a Fernando.

-Tienes razón Carlos, puedes ir a desayunar, después de que lo hagas te espero en nuestra oficina para detallar nuestras funciones.

En cierta ocasión, cuando regresaban de la escuela, ella le pidió a Fernando:

-Para en cualquier tienda, para comprar algunas chuchearías (término para comprar papas, refrescos, etc…)

-Lo siento señorita, no puedo… es por su seguridad

-¿Cómo que no puedes? No seas necio y haz lo que te digo

-Señorita… en verdad no puedo, créame… (diciéndoselo en forma de súplica)

Entonces Carlos, le sujeto la muñeca y le dijo:

-Ya le dijeron que no se puede, cuando lleguemos a casa… algunos de nosotros irá por lo que pida ¿Entendió?

-Está bien.. y dirigiéndole una mirada, le dijo… pero, ya suélteme…

Fernando que iba en el asiento delantero, en el área del copiloto, volteó a ver a Carlos y se le quedó mirando sorprendido…

Al llegar, ella bajó del auto y aventó la puerta tras de sí… haciendo que a uno de los guaruras, casi le aplastara un pie, al salir esta… al entrar a la casa los guaruras le dijo a Guillermo:

-A ver tú, tráeme unos fritos, un refresco y una paleta y puedes quedarte con el cambio…Cuando este regreso con las cosas, ni siquiera le dio las gracias… Carlos pensaba que iba a ser difícil su tarea; pues realmente la trataban, como si fuese la patrona… ya que ellos tres estaban acostumbrados de cuidar a los padres de Samantha y fue difícil separar, una cosa de otra cuando ellos se fueron.

Las cosas transcurrieron así durante tres meses y ninguno aguantaba ya la situación. Todos se quejaban de las rabietas que hacía la joven. Carlos escuchaba sus quejidos, pero no decía nada… ya que siempre lo hacían a un lado y le hacían cosas pesadas, como esconderle la ropa o cosas por el estilo y empezó a reír en sus adentros, porque sabía que los 3 guaruras, no tenían la menor idea de cómo tratarla.

Un día en una de esas rabietas, le sirvieron de comer algo que a ella no le gustaba y gritando, tiró el plato al suelo y le habló a una de las sirvientas:-

¡Hey, Silvia! Ven a recoger esto… y prepárenme otra cosa…

Carlos, se dijo así mismo, que era su oportunidad, ya que los tres se morían del coraje en la cocina; pero no se atrevían a contradecirla…

-Si no fuera por la paga, ya habría renunciado… dijo Fernando y los otros 2 asintieron…

-Yo sé, cómo arreglar esta situación… Carlos le dijo a Fernando… y detuvo en el camino a Silvia, para que no acudiera al llamado de Samantha.

-¿Así, cómo?

-Solo hay una condición…

-Habla… le dijo Fernando

-Solo déjalo en mis manos, oigan lo que oigan y pase lo que pase, no intervendrán… se quedarán aquí  ¿De acuerdo? Y ninguno de ustedes tendrá que renunciar.

Fernando, no muy convencido, se quedó pensando, luego le estrecho la mano y los otros asintieron con la cabeza, aunque dentro de si… pensaba que no iba a lograr su propósito. Pues los gritos de Samantha, cada vez eran más fuertes:

-Hey… tarada, te dije que vinieras a recoger esto…

Carlos salio de la cocina y llego hasta donde estaba Samantha…-

No te dije que vinieras túuuuuu… ¿Dónde esta Silvia?

-La que va a recoger todo esto… eres túuuu…

- Ja… no me digas, ¿Por qué no dejas de meterte… en lo que no te importa?

-Claro que me importa… ¿Crees que esas son maneras…

-Silviaaaaaaaaa…

-Ella no vendrá, tiene órdenes de no venir… puesto que tú recogerás, lo que tiraste…

-¿Queeeeeee?

-Lo que oíste… este lo decía calmadamente, tratando de no desesperarse, ya que no soportaba las insolencias de aquella mocosa.

-¿Lo recogerás o no? además le debes una disculpa a la sirvienta…

-¡No me digas!

-Bueno… tú te lo búscate…Agarro una silla del comedor, le tomó por la muñeca a Samantha, se sentó y la tumbó sobre sus piernas:

-¿Qué haces tarado? Suéltame…

Plaf! Plaf! Aaaayy!

-Tú no eres nad….Plaf! Plaf! Aaaayy!

-Idiota…

Plaf! Plaf! Plaf! Aaaayy!

-¡Le exijo.. que me suelte!

Plaf! Plaf! Plaf! Aaaayy! Plaf! Aaaaayy!

-No creo, que usted, esté en posición de exigirme

Plaf! Plaf! Plaf! Aaaayy! Plaf! Plaf! Aaaaaayy!Le arremetió con más fuerza…

-¿Decía señorita?

Las lágrimas de Samantha, empezaron a brotar

-¡Suéltemeee, imbéciiiiiiiiil!

Plaf! Aaaaaaayy!, Plaf! Aaaaaaayy!, Plaf! Aaaaaaaayy!,

-¡Vaya… es usted increíble, aún no se ha dado cuenta… que si continúa en esa forma, estará sobre mis piernas, por un largooooooó ratoooooooo…. Y prosiguió a subirle la falda que traía…

-¿Qué haces?

Plaf! Aaaaaaaayy!, Plaf! Aaaaaaaayy!, Plaf! Aaaaaaaaayy! ,

Así el castigo se prolongó más de 10 minutos y los guaruras se asomaban por la ventanilla de la cocina, viendo lo que Carlos hacía, lo que ninguno de los tres se atrevió a hacer y ninguna de ellos daba crédito, pero respetando lo que había dicho Carlos… ninguno intervino.

-Yaaaa paraaaaaa, por favoooooor…

-¿Vas a recoger esto?

-Siiiiiiiiiiiiiiiii… lo haré…

-Bien… cuando termines de limpiar… te espero en la cocina.

Ella empezó a recoger todo y se cortó con el plato roto que estaba en el suelo… ya que en su vida, había tenido que levantar un dedo en casa; Carlos escuchó cuando el plato volvió a caer al suelo:

-Aaaaaayyyyyyy! !!!

-¿Qué te paso? Saliendo de la cocina, para acercarse a ella.

-Me corteeee…

Entonces le pidió de favor a Sandra, que le trajera el botiquín, haciendo presión sobre el dedo, para evitar que siguiera sangrando y fueron al baño para la lavarle la herida. Cuando Sandra trajo lo que le pidió:

-No me vas a poner alcohol, ¿O sí? En la escuela, nos han dicho que no es… Aaaayyyy!!!!

-¿Qué no es necesario que?

-Ya para que te digo… si ya me pusiste alcohol…

-Como quieras… ahora solo falta un par de vendoletes… ya está… ahora solo te falta algo

-¿Me falta algo?-Si… ciertas disculpas

-¡Ah, eso! Pues no lo voy a hacer…

-¿Escuche bien?

-Sí… escuchaste bien, no lo voy a hacer…

-Como quieras

Él la cogió del brazo y la llevó de nuevo a la silla, sobre sus piernas y le levantó la falda nuevamente:

-Puedes golpearme nuevamente, pero no lo haré…

-Eso es lo que tú crees… a ver a quien se cansa primero…Como vio que no iba a ser tarea fácil, sacó su cinturón; pero, Samantha se cubrió con la mano.

-Quita la mano, si no quieres que te golpee encima de ella…Pero ella, no la quitó… retándolo aun más…

-¿Cómo tú prefieras? Te prometo, que lo harás después del primero

Le dió, sin demasiada fuerza, solo para que quitase la mano…

Splash, Aaayyyy! E inmediatamente quito la mano…

Splash, Aaaayyyy! Splash, Aaaayyyy! Splash, Aaaayyyy! Ella pataleaba, para que la soltara.

-¿Vas a pedir disculpas?

-Nooo…

-Bien… esto va a ser más difícil de lo que pensé… pero, no imposible…

Splaash, Aaaaayyyy! Splaash, Aaaaayyyy! Splaash, Aaaaayyyy!

-Noooooooo… entonces resbalando un poco, ella le dio una mordida en la pierna

Él le sujeto la cabeza, la jaló y de nuevo la puso en la posición en la que estaba y le soltó otros cinturonazos.

Splaash, Aaaaayyyy! Splaash, Aaaaayyyy! Splaash, Aaaaayyyy!

-Mocosa del demonio…

Splaash, Aaaaaayyyy! Splaash, Aaaaaayyyy! Splaash, Aaaaaayyyy!

-¿Vas a pedir disculpas, ahoraaaa?

-No lo voy a haceeeeer…

Splaash, Aaaaaaayyyy! Splaash, Aaaaaaayyyy! Splaash, Aaaaaaayyyy!-

Yo no estaría, tan seguro…

Splaash, Aaaaaaaayyyy! Splaash, Aaaaaaaayyyy! Splaash, Aaaaaaaayyyy!

A pesar de que su piel no era blanca, sino trigueña; la marcas que el cinturón hacia sobre su piel, eran visibles…

Splaash, Aaaaaaaayyyy! Splaash, Aaaaaaaayyyy! Splaash, Aaaaaaaayyyy!

-Yaaaaaa, yaaaaaaaa… está bien; pediré disculpaaaaaaas…

-Puedes levantarte. Ella se paró e inmediatamente llevó sus manos, sobre la parte adolorida… y se encaminó a la cocina. El se metió el cinturón en su lugar, mientras ella observaba esta acción.

Sandra, le dijo a Carlos:

-No es necesario, Señor…

-Claro que es necesario, esta jovencita; necesita que la eduquen… ¿Verdad Samantha?

Ella volteó a verlo y asintió con la cabeza, ya que el llanto no le permitía hablar; los otros guaruras, miraban lo dócil que se había puesto…

-Lo siento…

-¿Lo siento qué…?

-Ya le dije que lo siento, ¿Qué más quieres?

-Tú quieres otra tunda ¿Verdad? Y la tomó de la muñeca

Ella abrió los ojos, sorprendida y rápidamente contestó:

-Lo siento… lo siento, Sandra; no volverá a pasar…

-¿Me… puedo retiraaaaaaar? Sin dejar de sobarse

-Está bien…

Ella se metió a su cuarto… y entonces Fernando, le dijo:

-¿No crees, que fuiste demasiado duro?

-¿Lo crees? Solo le dí… lo que ella pidió; los primeros azotes, no se le hicieron suficiente… para pedir disculpas…

-Pues en eso… tienes razón…

-Y ¿no crees que sus padres, te corran? cuando se enteren…

-No, su padre me dijo que si yo era capaz de cambiar sus actitudes, que me lo agradecería enormemente.

Él sabía que hacía, cuando contrato a un Profesor… por eso lo hizo.

Samantha comprendió, que las cosas no serían iguales a partir de ese momento; a partir de que Carlos se encontrara en ese lugar…

(Continuará)

Los secretos de Charito (parte final)

Viernes, octubre 7th, 2011

Autor: Amadeo Pellegrini

Al regreso del viaje de bodas la pareja se instaló en la casona familiar. Se los veía muy felices. Y si bien yo mantenía contacto con ellos, poco a poco fui tomando distancia, pues si bien la desdicha ajena acerca a las personas de buena voluntad, la felicidad, egoísta por definición, aleja , en cambio, a los demás de su alrededor.

Eso me ocurría a mi que no soportaba sentirme un extraño en medio de tanta dicha.

Pasaron varios años. Ellos no tenían hijos, pero estaban más unidos que nunca y una y otro seguían mostrándose muy felices.

Nos encontrábamos en fechas emblemáticas como las de Navidad y Año Nuevo. Para los respectivos cumpleaños intercambiábamos saludos y buenos deseos.

De pronto los golpeó la desgracia. Un enorme cerdo se les cruzó en el camino; sorprendido Andrés torció el volante, pero no alcanzó a esquivar al animal, en consecuencia el vehículo dio tres tumbos antes de quedar recostado en la banquina del lado del chofer, que llevó la peor parte: falleció en el acto.

Charito, inconsciente, fue trasladada al sanatorio y tuve que viajar de urgencia.

Cumplí mi deber, me hice cargo de las exequias del desdichado Andrés, contraté el servicio, envié dos enormes coronas una a nombre de la esposa y otra mía personal, tomé también la decisión de encargar una misa de corpore insepulto, antes de proceder a la inhumación.

Creí hacer lo correcto, a pesar que mi primo político era reconocido francmasón, pero a la hora de la muerte la iglesia no repara en esas minucias especialmente si la limosna se abona por anticipado.

Me dediqué después a mi prima que continuaba inconsciente,  pero cuyos  signos vitales resultaban alentadores, tanto que los médicos resolvieron  trasladarla de la sala de terapia intensiva a una habitación privada.

Hasta que ella se repusiera, como familiar más cercano y socio además, -pues continuaba en la sociedad- me correspondía hacerme cargo de sus asuntos de modo que una vez que quedó instalada en la habitación del sanatorio confiada a los cuidados de enfermeras especialmente contratadas por mi para que no se apartaran de su cabecera, me dirigí a la casona de los Deroud, cuyas paredes guardaban tantos secretos.

Siento el deber de decirlo. A pesar del tiempo transcurrido, aun corroía mi espíritu el misterio de aquella relación tan sui generis de mi prima con Valdivia. Los mismos interrogantes que se habían planteado los curiosos en su momento continuaban desvelándome.

¿En qué momento se conocieron? ¿Cómo se enamoraron? ¿De qué manera lograron ocultar su amor a los ojos del mundo? Preguntas que nunca me había atrevido a formularles, pero cuyas respuestas confiaba encontrar allí adentro.

Animado por ese pensamiento ingresé en la casa. Margarita, la mujer que oficiaba de ama de llaves, cocinera, mucama y asistente de Charito desde sus épocas de soltera había dispuesto para mi uno de los cuartos de huéspedes.

Sin que se lo pidiera, ella misma me entregó las llaves de la casa, de manera que no bien se hubo retirado, inicié mi investigación.

La primera comprobación fue que mis llaves no abrían todas las puertas, quedaba un sector de la casa, concretamente un par de habitaciones, herméticamente cerradas. Allí estaba sin duda aquello que me interesaba.

Recordé entonces que la policía me había entregado los efectos personales del muerto en una bolsa de polietileno. En ese momento, ocupado como estaba entre el sanatorio y la funeraria, no verifiqué el contenido, me limité a guardarla tal como la había recibido.

Fui por ella y allí estaban el reloj, el anillo de bodas, la billetera, otros objetos menudos como monedas sueltas, un alicate para las uñas, la licencia de conductor y lo que más me interesaba: el llavero.

Sólo debía acertar con las llaves que me abrieran las puertas de los misterios de la pareja.

La tormenta amenazante desde las primeras horas de la jornada descargó de pronto todo su furor sobre la ciudad, relámpagos y truenos se sucedían de manera continuada y poco después una tupida cortina de agua lo envolvió todo.

Entré a la primera habitación. Hasta que hallé el interruptor de la luz, los relámpagos me brindaron una visión fantasmagórica del cuarto de juegos de mi prima. Conservaba allí las muñecas, juguetes, libros y demás objetos que habían formado parte de su niñez y que yo aun tenía presentes.

Cuando encendí la luz eléctrica pude observar en detalle la estancia de paredes de color rosa claro decoradas con motivos infantiles , ventanas blancas con visillos y cortinas de color crema.

Más allá del aspecto inofensivo que ofrecía a primera vista, el conjunto irradiaba algo morboso; cruel y sensual al mismo tiempo, como algunos lienzos victorianos cuyas sombras y medios tonos sugieren un cúmulo de extrañas voluptuosidades.

Flotaba en el ambiente un aroma de santuario idólatra, cual si el lugar estuviera preparado para oficiar esotéricos rituales.

La inspección del guardarropas reforzó esa impresión pues lo hallé atiborrado de prendas infantiles, falditas plisadas, vestidos de organdí, blusitas primorosamente bordadas, tapados, gorritos, guantes, manguitos de piel, disfraces y un sinfín de accesorios, todo a la medida actual de mi prima.

Me trasladé a la habitación contigua, cuyas paredes grises y los oscuros muebles Chippendale, un escritorio, sillas y sillones de alto respaldo tapizados en cuero, ofrecían un severo contraste  con la anterior,

Había allí un muro cubierto  de libros, fotografías, estatuillas y otros adornos menudos, los otros dos tenían cuadros y  el último además de reproducciones, una panoplia con fustas de distintos tipos y tamaños.

En el marco de mayor tamaño, -una aguada-, podía verse un hombre vestido a la usanza campesina calzado de almadreñas y tocado con un gorro de lana terminado en forma de media, azotando con una correa el trasero desnudo de una jovencita retenida por la cintura, mientras otra niña de la misma edad, con las manos unidas y los dedos entrelazados, los contempla angustiada. No llevaba firma, sólo la siguiente leyenda: “A cada uno lo suyo”.

El otro de igual tamaño encuadraba una lámina, reproducción de una estampa grabada en acero. El motivo de la escena, -presumiblemente del siglo XVIII-, el castigo de una doncella atravesada de bruces sobre el regazo de una dama que agita un manojo de varas sobre las expuestas nalgas, en tanto sujeta falda y enaguas por encima de la cintura. En el ángulo inferior derecho, en letras pequeñas, se lee:  “A. Molinier – H.Stahl SC”  y al pie, en el medio impreso en dorado, el título: “Pour l’amener à la Raison”.

Había enmarcadas además otras láminas más pequeñas, entre ellas un grabado de Goya titulado: “Y si ha quebrado el cántaro…” también algunas fotografías, casi todas desnudos de mi prima.

Me concentré en el escritorio cuyos cajones estaban cerrados con llave. Las encontré sin mayores dificultades adentro de una de las ánforas decoradas con motivos griegos.

Todo lo que buscaba estaba allí: varios fajos de cartas, una multitud de fotografías y varias agendas de cuero que resultaron ser los diarios de mi prima. Todo aquello me insumió varios días de lectura matizados con visitas al sanatorio.

Las cartas y los diarios íntimos contenían material para redactar varias novelas eróticas o un denso catálogo de voluptuosidades al por mayor.

Se habían conocido en la biblioteca, que Valdivia frecuentaba a diario. Ninguno había reparado que Charito cumplía allí por las tardes las funciones de bibliotecaria, en tanto la presencia del “Lechuzón”,  mezclado con los escasos lectores pasaba inadvertida para todo el mundo.

En aquel un ámbito propicio, poco frecuentado, recoleto, donde reina el silencio o se habla poco y en voz muy baja, florecieron sus amores.

Primero se sucedieron los cruces de miradas, después los comentarios de ciertos libros, como “La Cabaña del Tío Tom”  las biografías de algunos santos emblemáticos y las enjundiosas historias de la Inquisición en América de José Toribio Medina, los condujeron a descubrir la recíproca afición por los azotes.

Concientes ambos de las enormes diferencias sociales que los separaban resolvieron mantener sus relaciones al margen de las miradas ajenas.

Comenzaron por intercambiarse cartas diariamente mediante el hábil sistema de meterlas dentro de los libros, de modo que cada vez que Valdivia se acercaba al escritorio a devolver o retirar alguna obra, en el interior iba y venía la correspondencia de uno y de otra.

Jamás me hubiera imaginado la audacia de los amantes, en especial de mi prima, ni los ingeniosos ardides que empleaban para recogerse en secreto a disfrutar ardientes horas de pasión, pues según se desprendía de la lectura de los diarios íntimos  los sentimientos de ambos desembocaron velozmente en irrefrenable pasión.

Por lo general al oscurecer Valdivia pasaba por la biblioteca para colarse subrepticiamente en la parte de atrás del “Chevrolet”  que Don Raúl le había comprado a su hija. Esperaba allí echado en el piso a que Charito dejara sus tareas.

Ella guardaba el automóvil en la cochera con el pasajero escondido que permanecía allí hasta que regresaba por él.

Charito cumplía antes el rol de hija devota: daba de cenar a su padre, lo acompañaba hasta el momento de ir al dormitorio, allí le llevaba el té y permanecía a su lado hasta asegurarse que tomara la pastilla de “Bromural“  que lo sumía en un sueño continuado y profundo.

Recién después, en ropa de cama, -sin nada debajo-, según sus propios dichos, iba en busca del amado para entregarse a los  placeres de Eros en los que las azotainas resultaban indispensables.

Las intimidades del matrimonio se hallaban aun más prolijamente registradas y descritas. Por medio de ellas logré saber que a Charito la fascinaba desempeñar el papel de “nena” para el que disponía del surtido ajuar que había hallado en el guardarropas del cuarto de juegos; en tanto a su cónyuge  le encantaban los roles de maestro severo, tutor irascible, papá estricto que le permitían curvarla sobre sus rodillas para enrojecerle las posaderas…

Los pronósticos del Neurólogo que hice venir de Buenos Aires, se cumplieron acabadamente: al cabo de unas semanas del accidente Charito recuperó el conocimiento. Yo estaba a su lado cuando abrió los ojos.

Tardó en reconocerme, cuando me ubicó una dolorida sonrisa iluminó su rostro, apreté entonces su mano que sostenía entre las mías y murmuré:

-Todavía me tienes a mi…

Los secretos de Charito (primera parte)

Viernes, octubre 7th, 2011

 

Autor: Amadeo Pellegrini

Para Rosario, como muestra de afecto.

Salí del sanatorio, con renovadas esperanzas y el pensamiento puesto en Charito que, con inevitable lentitud, se repondría allí en la habitación 101.

El lugar había cambiado mucho; las sucesivas ampliaciones y remodelaciones lo transformaron en un establecimiento de primer nivel. Nada quedaba del antiguo sanatorio, sólo la placa de bronce recordatoria de la fundación y los retratos de los primeros médicos en las paredes del hall central, invadido a esa hora por médicos, enfermeras, pacientes y visitantes que deambulaban por los silenciosos corredores.

Cuarenta años atrás, -lo recordaba con absoluta claridad- había entrado allí de la mano de mi madre para conocer a mi recién nacida primita, tenía yo siete años y creo que en esa época prefería los varones; porque el hermanito que me habían prometido se demoraba en llegar… Tanto que al final nunca apareció.

Supongo que no les presté demasiada atención ni a la madre ni a la hija, atraído como estaba por otros objetos más novedosos para mí, como la perilla del timbre sobre la cabecera de la cama de la tía, que en un  descuido de los presentes pulsé consiguiendo la inmediata presencia de una solícita enfermera y una reprimenda de mi madre junto con la exhortación de mi abuela a comportarme como un “hombrecito”.

De aquella primera visita a mi prima, -única hija tardía del ricacho Don Raúl Deroud y de la hermana de mamá-, la imagen que conservo es su cara colorada como un rabanito, nada más.

Los visitantes la veían hermosa, rozagante y qué sé yo qué, pero para mi era una cosa deforme y sin gracia. Claro que me cuidé bien de expresar ese pensamiento en voz alta para no ganarme una nueva reprimenda, un coscorrón materno, o ambas cosas.

Probablemente debido a aquella impresión inicial no tengo registrados los primeros tiempos de María del Rosario, nombres con los que fue bautizada, recién comencé a tenerla en cuenta cuando andaba por la casa balbuceando su nombre “Charito” por Rosarito como le decíamos los demás.

Obstinada desde el vamos, logró identificarse ante todo el mundo como Charito, lo cierto es que a partir de entonces consiguió que la llamáramos así y empezó a brillar con luz propia no solamente por su terquedad, sino también por su inteligencia y, -quizás para contradecir mi primera impresión-, por su belleza.

Afirmar que mi prima nació en cuna de oro y la criaron entre algodones no es ninguna exageración. Deseada, esperada hija de padres maduros, única heredera de la sólida fortuna amasada centavo a centavo por su padre, tuvo desde que abrió los ojos a la vida todo lo que una personita puede tener: mimos, riquezas y prestigio familiar, porque si bien nuestra rama materna provenía de un añejo tronco burgués, el ascendiente social paterno lo tenía adquirido el vejete Don Raúl a base de surtidos billetes de banco que le abrieron de par en par las puertas de la iglesia y de todas las demás instituciones  como destacado benefactor, además las autoridades locales y aun provinciales lo distinguían como hombre de consulta y la comunidad lo consideraba la figura más representativa de sus valores.

Por cierto que a Charito todas esas cosas le importaban un bledo, me atrevo a asegurar que no sólo las ignoró desde la niñez sino que mantuvo la misma actitud indiferente a lo largo de toda su existencia.

En lo que a mi respecta mi única prima representó al principio un gran fastidio. Me seguía, -mejor dicho me perseguía- a todas partes, con las manos pegoteadas de chocolate o de caramelo se prendía a mis pantalones, me adhería sus mocos en las mejillas cada vez que me besaba, pretendía que participara de sus juegos, cosa muy poco honorable para un varoncito.

En fin, como la mocosita mimada hasta el hartazgo que era, hacía cuanto estaba a su alcance para importunar a un chico crecido como yo que miraba con mayor interés a sus compañeritas de colegio.

De más está decir que la mayor parte de las veces Charito lograba sus propósitos, o bien porque, aun a regañadientes, terminaba por rendirme a su persistente acoso o para obedecer a los mayores que me inculcaban el deber de proteger, atender y complacer a la primita que me quería tanto…

Ni falta hace que reconozca que los juegos los conducía ella y que disponía de mí como hacía con sus muñecas, a las que dejaba en penitencia en los rincones o le alzaba las falditas para aplicarles palmadas por “portarse mal” . Sólo que para mi no había rincón ni castigos, al contrario a veces mi papel consistía en mandarla en penitencia al rincón también a ella, algo que, -lo confieso-, hacía a menudo y de muy buena gana.

Pero si a mí me perseguía para compañero de juegos, a nuestra abuela, que vivía con ellos, la abrumaba exigiéndole que le leyera o le contara cuentos.

Rosario evidenció desde muy pequeña un extraordinario interés por todo lo relacionado con castigos corporales, en especial penitencias y azotainas, algo que a todos les llamaba poderosamente la atención porque ella jamás había recibido castigos de ninguna naturaleza.

No obstante, nadie encontraba anormal en ese interés y si alguno murmuraba: “¡Qué curiosidad tan rara la de esta nena!”  Los de la familia acostumbrados a las extravagancias de mi prima, respondían indiferentes: “Ya se le va a pasar…”

Sospechaba yo, que nuestra abuela, quien filosóficamente sostenía que las historias en las cuales los protagonistas no corrieran peligros o sufrieran, no despertaban ningún interés, estimulaba las inclinaciones de su nieta y de alguna manera determinaba sus gustos.

Mi suposición se basaba en que, para complacerla, modificaba ella los finales de los cuentos infantiles, así Caperucita Roja recibía después una buena paliza de su mamá por haberse detenido en el bosque a hablar con el lobo, el pastorcillo mentiroso se llevaba una buena tunda por engañar a los demás pastores,  el trasero de la lechera pagaba por el cántaro roto, las respectivas posaderas de Hansel y Gretel padecían las iras familiares por empacharse de chocolate, así, con azotainas, ponía siempre punto final a todos los cuentos.

Charito entonces festejaba ruidosamente cada narración exigiéndole a la abuela mayores detalles y precisiones acerca de las palizas.

Ignoro el momento preciso en que las demandas de mi prima dejaron de fastidiarme, cuando mis sentimientos se modificaron y comencé a prestarle mayor atención. Es posible que esto sucediera cuando ella, cercana ya a los diez años, se perfilaba como una hermosa mujercita en ciernes y empezaba a ejercer con más soltura el innato arte de la seducción y manipulación del prójimo.

Fue de esa manera que entre nosotros se estableció de a poco, más que una clase de camaradería una suerte de complicidad que nos llevaba a alejarnos de los mayores para incorporar a nuestros juegos variantes menos inocentes o más procaces, según se mire.

No está en mi ánimo eludir las responsabilidades que como varón y  unos años mayor me cabían, pero debo aclarar a su vez que gran parte de esas, un tanto impúdicas, variantes las sugería y promovía la misma Charito con absoluto desenfado.

A modo de ejemplo, -puesto que no corresponde en esta oportunidad detenerme en esta clase de detalles-, diré que en cierta ocasión me presentó una figurita que representaba a una niñita boca abajo sobre las rodillas del papá quien la castigaba sobre el calzoncito con la mano abierta y después de preguntarme si sabía qué significaba aquello, me propuso que hiciera otro tanto con ella.

Charito misma se colocó en esa posición sobre mi regazo, instándome a que le pegara. La palmeé con suavidad sobre el coqueto calzoncito amarillo, mientras ella se burlaba del “castigo” diciendo: “¡No me duele!… ¡No me duele! Lo hacía con el evidente propósito de obligarme a proceder con mayor energía, la amenacé entonces con bajarle el calzoncito. Me desafió a que lo hiciera.

Yo tenía mis reservas, no por decencia precisamente, si no por temor a una acusación posterior, de manera que le dije que no lo hacía porque ella se lo contaría a su mamá.

Me aseguró que no lo haría, de inmediato me provocó llamándome “¡Tonto!… ¡Tonto!”  Con lo que consiguió la rápida remoción de la prenda y  que, al asomar su culito, le estampara allí una sonora palmada que la sobresaltó.

-“¡Ayyyy!… – chilló- “¡Me hiciste doler, tonto!…”

Pero no hizo ningún amago de abandonar mis rodillas, retorciéndose de satisfacción cuando mi mano volvió a tomar contacto con su piel…No sigo.

Esta clase de jueguitos continuaron hasta que un par de años después ella viajó con sus padres a Europa, en cuyo ínterin yo me inscribí en la universidad de Buenos Aires y comencé a cursar mi carrera.

Mi prima estuvo ausente nueve meses. Mis tíos regresaron cuando en Europa comenzaba el invierno boreal en tanto nosotros empezábamos a gozar del verano austral. De manera que volvimos a vernos durante las vacaciones.

Charito se empeñó en demostrarme, a fuerza de regalos, que durante su ausencia me había tenido presente en cada lugar donde habían estado: De Ginebra me trajo un cromómetro “Omega”  de oro, de Florencia una agenda de cuero repujado, de Roma media docena de corbatas de seda, de París lociones, de Toledo una navaja, de Barcelona una billetera y un cinturón de cuero, de Francfort una cámara fotográfica “Leica”, de Niza un par de anteojos para el sol y una multitud de obsequios más como un alfiler de corbata de oro, una estilográfica “Mont Blanc”  y otras cosas de no me acuerdo dónde.

El don (final)

Viernes, octubre 7th, 2011

Por: Amadeo Pellegrini

Ponerme en contacto con Gabriela, podía resultar la parte más difícil de todas, porque no imaginaba la manera de hacerlo. ¿Presentarme en su casa de Adrogué?… ¿Llamarla por teléfono?…

Con la esperanza de encontrar la manera de relacionarme, elegí las sonatas de Bach, encendí la computadora y abrí la carpeta titulada: Informes Complementarios.

Allí figuraban los estudios cursados, los cursos realizados, los títulos obtenidos, sus antecedentes docentes. La primera lectura de esa aglomeración de datos, no me sugirió nada. Le destiné entonces una segunda lectura esta vez con papel y bolígrafo al lado, mientras el equipo de audio desgranaba torrentes de acordes de órgano.

Fui tomando nota de los pormenores que me parecían más relevantes, entre ellos anoté que se había Licenciado en Letras Modernas en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires y fui añadiendo el nombre de los distintos institutos de enseñanza por los que había pasado como alumna o profesora.

En un primer momento pensé en localizar a alguna  antigua compañera de colegio o de facultad o a una colega en la docencia que me sirviera de nexo para llegar a Gabriela.

De pronto junto con los últimos compases del viejo Juan Sebastián se me encendió la chispa. En la parte correspondiente a Trabajos Publicados encontré que tenía publicados unos poemas junto a otros noveles autores en una Antología editada por la Editorial Universitaria de Buenos Aires.

¡Eso era lo que necesitaba! Anoté febrilmente los datos del libro y la fecha de edición. Ahí tenía el pretexto que andaba buscando: conseguiría esa obra y le mandaría un correo electrónico con comentarios elogiosos obligándola que me respondiera al menos por cortesía.

A la mañana siguiente, fui yo el primer cliente que entró en la librería que EUDEBA tiene en avenida Rivadavia frente a la Plaza de los Dos Congresos . La vendedora me informó que creía que ese libro estaba agotado porque no lo encontraba en el catálogo, no obstante consultó en la computadora por si existían ejemplares en el depósito. La búsqueda resultó negativa.

Me resigné, tratándose de Gabriela nada podía resultarme fácil ni sencillo. Me sentí perseguido por una maldición, el Destino la había puesto en mi camino y desde ese mismo momento parecía divertirse complicándome las cosas…

Pensaba encaminarme al extremo de la plaza donde nace la avenida de Mayo, pero una vez en la vereda la cúpula de bronce del Congreso de la Nación me recordó su biblioteca, una de las más completas del país.

Crucé la plaza y la avenida Entre Ríos seguí hasta Alsina y con paso resuelto entré en el viejo edificio donde había estado en otras oportunidades.

Cumplí todos los requisitos formales yo mismo busqué en el fichero por títulos hasta dar con la tarjeta correspondiente, anoté las referencias,  fui al mostrador llené la boleta de pedido y esperé.

El libro finalmente llegó a mis manos, con él me instalé en la sala de lectura.  Rebusqué ansioso hasta dar con sus poemas. Estaban precedidos por una breve nota Biobliográfica de la autora.

Me sumergí en la lectura de su poesía. Resultaba realmente grata, doblemente grata por el armonioso estilo y bien trabajados versos  y porque encerraban un profundo significado que sólo los iniciados en los misterios de los azotes podemos entender en su sentido más cabal.

Lo que a los ojos de cualquier lector puede resultar una metáfora, acertada, exagerada o irrelevante, para los que sabemos algo más, constituían una revelación, una confesión, un reconocimiento de sus más recónditos secretos.

No necesitaría mentirle sobre el valor que tenía su obra. Me había subyugado por completo, más aun me admiraba su predilección por los sonetos, tal vez lo más difícil para cualquier poeta, técnicamente hablando, porque tiene tantas reglas precisas que resulta difícil componer los  catorce versos  que lo forman.

Marqué con recortes de papel la página del inicio y la del final de la parte que le correspondía después me encaminé a la ventanilla del servicio de fotocopiado, llené el formulario y entregué el libro.

Las copias se hacen por turno de a un libro por lector y por vez. De manera que esperé pacientemente hasta que me llamaron por el número de formulario, pagué el servicio y me retiré con el libro y un manojo de papeles.

Salí de allí satisfecho, consulté el reloj. Era pasado el mediodía. Enfilé por Combate de los Pozos pensando en que era hora de almorzar, pero antes me detuve en una de las librerías de esa calle e hice anillar las hojas que llevaba.

Con el cuadernillo bajo el brazo, entré en “Quórum” uno de mis restaurantes preferidos. Juzgué que la ocasión bien merecía el premio de una buena comida…

Esa misma noche después de haber releído varias veces las poesías más sugerentes, redacté unos cuantos borradores de carta, hasta que, cruzando los dedos despaché el mail.

Para mi sorpresa la respuesta apareció en la pantalla casi de inmediato.  Agradecía mis conceptos manifestándose al mismo tiempo sorprendida por la acertada interpretación que había hecho de algunos de sus versos, -los más transparentes- , desde luego.

Mi corazón latía alborozado, mis sienes también… Leí, releí, volví a leer su mail con esa indescriptible sensación de triunfo que corona la satisfacción de un deseo largamente acariciado.

Lo más auspicioso era que con mi “anzuelo” había logrado no sólo engancharla sino conseguir que se mostrara interesada en que siguiera escribiéndole.

El paso estaba dado en ambas direcciones, en adelante, el éxito definitivo dependía de la habilidad con que manejara esa herramienta informática a la que tan poco afecto profesaba.

De ese modo comenzó un nutrido intercambio de correspondencia electrónica. Al principio fueron un par de mails diarios que se intensificaron a medida que sincerábamos nuestros pensamientos.

Mi propósito era inducirla para que deseara conocerme personalmente; para ello debía conseguir que me admirara de alguna manera. Yo me había adelantado al declarar mi sincera admiración por su poesía, en tanto ella ¿Qué podía admirar en mí?

Si en algún momento se traslucía mi ansiedad por conocerla podía derivar todo en un fracaso. La fina tela de araña que pacientemente construía con palabras y con la que poco a poco iba envolviéndola era de mi parte un recurso tramposo, porque ella apenas me conocía, en tanto yo disponía de abundante información sobre su persona y aun sobre su pasado, información que se ampliaba a cada respuesta suya.

Aquello resultaba para mí usar naipes marcados. Un error de mi parte o una ligera sospecha haría que la sutil tela de araña en la que me encontraba empeñado en tejer se desgarrara del todo…

¡Pero triunfé! Triunfé el día que en la pantalla, en uno de sus mails escribió: “¡Me gustaría tanto conocerte!”

No podía pedir más. Sin embargo debía mantener una actitud prudente. Si tanto deseaba conocerme podría invitarme a su casa de Adrogué, alguna razón poderosa existiría para que no lo hiciera. Después lo supe se trataba de sus padres ya mayores a quienes no les había hablado aun de mi porque no sabía cómo hacerlo.

Eran ambos personas mayores apegadas a ciertas costumbres, entre ellas las de las presentaciones formales, no entendían que la gente pudiera conocerse e intimar a través de una computadora. Desconfiaban de ese artilugio y temían las consecuencias…

Tomé la iniciativa le sugerí que podíamos encontrarnos en el centro de Buenos Aires, en alguna confiteria. Como paso previo al encuentro habíamos intercambiado ya fotografías.

Con las imágenes actué con  honestidad, no usé fotografías antiguas, ni recurrí al Corel o al Photoshop para mejorarlas. Elegí algunas de mi último viaje más que nada por los lugares emblemáticos que le servían de fondo, porque siempre pensé que la Torre Eiffel detrás da más brillo a la persona que aparece en primer plano.

Por último convinimos en encontrarnos en la “Richmond” de Florida.

Me adelanté a la hora de la cita. Deposité sobre una de las sillas la fusta cuidadosamente  envuelta en papel para regalo y coloqué encima un ramito que había comprado a una de las floristas de la calle, después la empujé para que quedara oculta debajo de la mesa.

Gabriela fue puntual. Me puse de pie y me adelanté. Nos saludamos con un beso en la mejilla como viejos conocidos. Ordenamos el pedido y quedamos mirándonos a los ojos.

Cuando nos trajeron el té saqué de la silla el ramito y se lo tendí. Las palabras estaban de más en ese momento. Todo lo decían nuestras miradas, respondiendo a las órdenes de mi percepción extendí mis  manos y las suyas vinieron a mi encuentro.

Huelgan las palabras. De todas maneras y aunque quisiera no las encontraría para describir lo que representó para ambos esa cita y aquel primer contacto epidérmico.

Todo avanzó de prisa. Tan de prisa que en un momento dado le revelé la manera cómo había llegado hasta ella. Entonces saqué el paquete que contenía la fusta lo coloqué sobre la mesa mientras le decía:

-Aquí hay algo que antes de pertenecerme fue tuyo.

-¡Por Dios! ¿Qué es? -preguntó asombrada, presintiendo tal vez de qué se trataba.

Rompí entonces parte del envoltorio y mostrándole lo que guardaba en su interior, dije:

-¡Esto!

Lo miró, se sonrojó llevándose la mano a la boca. Cuando recuperó el habla exclamó:

-¿Cómo la encontraste?…

-No, –repuse-,  no la encontré, ella me encontró a mi y gracias a ella yo te encontré…

El don (quinta parte)

Viernes, octubre 7th, 2011

Por: Amadeo Pellegrini

El subconsciente demostró una vez más ser mi más eficiente colaborador, mientras yo dormía arropado con un par de whiskies encima, una parte de mi cerebro continuó trabajando.

Desperté con el problema resuelto. Lo único que debía hacer era contratar una investigación por medio de una agencia de detectives. De modo que me desayuné con las páginas amarillas al lado. Nunca me imaginé que existieran tantas empresas agrupadas en el rubro “Investigaciones”.

Resolví que decidiera el azar, aunque después la elección recayó en una que escogí por dos razones, porque me atrajo la expresión: “Informes Confidenciales” y por su proximidad con Tribunales, que me llevó a pensar que compartirían clientes con muchos abogados y éstos se supone que saben a quienes contratan.

Concerté la entrevista por teléfono tal como indicaba el aviso y de acuerdo a lo convenido a las 11 horas me presenté en la oficina donde me atendió una señorita peinada, arreglada y vestida con discreción, quien haciendo honor a su aspecto sin preámbulos me invitó a sentarme tendiéndome un papel para que lo leyera.

Se trataba de un instructivo claro, conciso y concluyente donde se enunciaban las tareas que cumplía la empresa, las condiciones generales y particulares de cada una, también mis obligaciones en caso de contratar alguno de los servicios. Obligaciones que iban más allá del compromiso de pago de los honorarios sino que además debía mantener la confidencialidad de la fuente y no emplear la información para perjudicar a terceros más otros ítems parecidos.

Lo leí y se lo devolví.

Sin dedicarme la menor sonrisa me preguntó si había entendido el texto que acababa de leer o, en caso contrario, que le preguntara a ella lo que no había comprendido.

Respondí que lo había entendido todo perfectamente. Entonces me pidió que le dijera qué clase de servicios iba a contratar.

–Información confidencial sobre una persona. Dije.

Me adelantó el costo de los honorarios y la forma de pago, cuando lo acepté me extendió dos formularios impresos, solicitándome que los rellenara con letra de imprenta.  El primero era un interrogatorio detallado sobre mis datos personales. Los completé bajo la impresión de ser yo el investigado.

Ese lugar no tenía ningún parecido con las imágenes de las oficinas de  detectives que muestran el cine y la televisión, mucho menos con las que describen las novelas policiales, era un austero despacho gris de paredes desnudas amueblado con un moderno escritorio  en L que tenía una computadora de última generación equipada con todos los accesorios en uno de los lados y  en el frente  solamente una lámpara y el cartelito de prohibido fumar.

Para terminar de completar el segundo formulario tuve que pedirle algunas aclaraciones.

-Tache la parte de los informes comerciales y bancarios ya que no le interesan. Me dijo.

Cuando se lo tendí después de leerlo detenidamente me lo devolvió diciendo:

-Fírmelo, por favor.

Así hice y volví a entregárselo, junto con la tarjeta de crédito como me había pedido.

-Se incluye un adicional por las fotografías, me advirtió. El casillero correspondiente yo lo había marcado con una cruz.  Asentí con la cabeza.

Pasó la tarjeta por la máquina, emitió los cupones que firmé. Y mientras lo hacía me dijo que el informe lo tendría en mi poder aproximadamente en una semana y me llegaría en un CD por intermedio de un correo privado.

Así terminó la entrevista. Guardé la tarjeta de crédito y la copia del contrato firmado por ella cuyo sello me permitió saber que María Esther era su nombre y que tenía el carácter de “firma autorizada”.

Bajé a la calle sin saber a quién había contratado para que se ocupara de la investigación sobre Gabriela Estévez, si a Mike Hammer, Sherlock Holmes, Hércules Poirot o  Philip Marlowe.

Esperar una semana no resultaría fácil para mi. Creo que en el ascensor me arrepentí de haber confiado en los servicios de esa empresa, yo esperaba que mi don perceptivo me ayudara, pero no pude advertir nada en la mente de mi interlocutora que me alertara sobre la búsqueda, si resultaría sencilla o complicada, si daría o no resultados. Nada de nada. En ese momento pensé que mis facultades se habían desvanecido.

No tenía nada más que hacer esa mañana, como estaba en la zona de Tribunales decidí pasar por el estudio de un viejo compañero de colegio, de modo que doblé en Uruguay, crucé Lavalle y entré en el viejo edificio de oficinas donde los Elizondo y Asociados tenían el cuartel general fundado en los años cuarenta por el viejo Rafael y que a la fecha continuaban sus dos hijos, un yerno y un par de abogados jovencitos.

Entré a esas viejas oficinas con olor a madera, cuero y papel viejo, pedí a la recepcionista que me anunciara y, sin aguardar invitación, ocupé uno de los vetustos sillones donde depositaron los traseros y sus problemas varias generaciones de compatriotas.

Arturo no me hizo esperar demasiado. Campechano como siempre desde la puerta de su escritorio me llamó con su vozarrón, el mismo que emplea para impresionar a sus clientes.

-¡Bienvenido “¡Maestro insigne”! ¡Adelante! – Exclamó endosándome como de costumbre algún título absurdo, en otras oportunidades me había llamado: “Profesor Emérito”  “Señor Vizconde” y también “Embajador”. Mientras nos estrechábamos en un abrazo, por encima de mi hombro ordenó a la recepcionista que trajera café.

Después de los inevitables comentarios acerca de amigos e intereses comunes, de intercambiar chismes y evocar episodios más o menos decentes, le comenté, -lo que podía decirle modificando sustancialmente los pormenores-, que había contratado una agencia de investigaciones para pedir informes confidenciales sobre una dama y quería saber si él tenía referencias acerca de esa empresa y de su solvencia profesional.

Debí suponer que ese veterano rugbier iba a tomarlo un poco a la chacota.

-Así que estás por casarte y querés asegurarte que la ninfa es virgen todavía y que no habrá un horizonte de cuernos en tu futuro… ¿No es así, mala persona?

-Bueno algo así. –Respondí, siguiéndole la corriente. –Ya te va a llegar la participación de la boda… Pero ahora, Pachacho, (ese era el apodo que tenía en la escuela, lo conocíamos unos pocos y yo sabía que le fastidiaba que se lo recordáramos), contestame la pregunta. ¿Los conocés, qué referencias me podés dar?

-Mirá Aprendiz de Brujo, los conozco, son serios, trabajan bien y cobran mejor, por ese lado no tengo nada que decir. ¿Qué te hace sospechar de ellos? Porque como vos sos nigromante algún recelo tenés o los astros te mandaron algún aviso…

Entonces le respondí que no tenía nada, le describí cómo me había atendido la tal María Esther, que resultaba llamativo las pocas preguntas que me había hecho, que no me había presentado a ninguno de los investigadores y todas esas cosas que se suponen forman parte del oficio detectivesco.

La carcajada que soltó sacudió los anaqueles llenos de libros y expedientes.

-Pero, ¿en qué siglo vivís Piñuflo?  (él también recordaba mi mote colegial). Lo que pasa que vos ves muchas películas policiales, te informo que estamos en la era cibernética, de la informática, la robótica e internet…

-Si… claro, pero… Yo ni siquiera dí el número de documento ni el domicilio de la persona… porque los ignoro.

Le brotó una nueva carcajada antes de responderme, esta vez con seriedad.

-Ni falta hace que le dieras esos datos, a ellos sólo les llevará unos minutos conseguirlos, tienen todos los padrones electorales del país en CD los colocan en la computadora tipian el nombre en el buscador y en instantes aparece la información en pantalla, además cuentan con conexiones en el Registro Nacional de las Personas y una búsqueda que a cualquiera le llevaría varios días los contactos que ellos tienen ahí adentro se los pasan en media hora. ¿Entendés? Después todo es rutina, una vez que conocen el domicilio, chequean la información con la seccional o comisaría de policía del lugar, porque muchos policías hacen trabajitos extras para ellos, rascan algún dato de allí y hoy con la moda de los curriculums vitae el historial de su vida se los proporciona la misma persona investigada; el resto para ellos es pan comido una recorrida profesional, cinco o seis testimonios de vecinos chismosos, unas fotitos tomadas de sopetón con una camarita digital y ya tienen reunido todo el material para tu informe. Si hay que agregar el perfil patrimonial, financiero, crediticio o de otro tipo van a las bases de datos respectivas. En el mundo que vivimos el único secreto que perdura es que ya no existen secretos para nadie que posea el know how  para descubrirlos. Remachó.

Quedé perplejo, yo que me creía todo un detective porque en una esforzada búsqueda de tres días había conseguido reunir tres datos, la síntesis que hizo Arturo me apabulló.

Con más tranquilidad y un tanto aliviado me despedí de mi amigo, percibiendo al mismo tiempo una incómoda sensación de vértigo ante lo profundo y oscuro que resulta el vasto océano de mi ignorancia…

Mientras almorzaba  reflexioné en cuánta razón tenía Arturo. Si unos pendejos de la secundaria llamados Hawkers  o piratas informáticos, jugando con sus PC habían conseguido penetrar en las supercomputadoras del Pentágono en los Estados Unidos y funcionarios fiscales de Francia sentados cómodamente a unos kilómetros de la frontera, escudriñaban las cuentas cifradas de los Bancos de sus vecinos suizos, mientras los satélites revolotean continuamente el planeta fotografiándolo palmo a palmo y enviando imágenes que permiten distinguir una pelotita de golf en una cancha de fútbol ¿Qué secreto entonces puede permanecer resguardado por mucho tiempo?…

Antes de completar la tierra su séptima rotación desde el momento que encargué la pesquisa sobre Gabriela Estévez tenía en mis manos un sobre encerrado en una cobertura de plástico termosellado, sin membrete ni datos del remitente.

Con mano temblorosa valiéndome de un cuchillo rompí la cubierta, corté el papel y extraje el CD que venía acompañado por un papelito con el siguiente texto: Por cualquier reclamo o consulta sírvase referenciar Expediente: RB050141.

Me precipité a la computadora, inserté el disquito dorado en la ranura correspondiente, abrí el programa y en la pantalla aparecieron tres carpetas cuyos títulos eran: Datos Personales –Informes Complementarios -Fotografías Actuales.

Abrí la primera carpeta y leí: ESTÉVEZ, Gabriela Haydée nacida en La Plata el 10 de agosto de1971 Documento Nacional de Identidad Nº…   continuaban todos los demás datos filiatorios y en el renglón del estado civil figuraba Divorciada de…

Devoré más que leí toda la información contenida en la pantalla. Comprobé que su domicilio actual era calle Erézcano Nº… de Adrogué, Partido de Almirante Brown, Provincia de Buenos Aires. La última línea consignaba la dirección de correo electrónico.

Salté la segunda carpeta pues ya tendría ocasión de leerla detenidamente más adelante y abrí la de las fotografías. Contenía ocho fotografías a color tomadas en distintas oportunidades y seguramente con cámara digital con la fecha de cada toma sobreimpresa en la misma.

¡Era Ella! El mismo rostro que once días atrás había aparecido en la pantalla de mi mente y que desde entonces permanecía impreso en mi memoria.

No tengo idea cuánto tiempo pasé subyugado frente a la computadora pasándolas una a una, repasándolas, volviéndolas a pasar, acercándolas y alejándolas…

Me faltaba dar el paso decisivo: contactar con Gabriela.

(Concluirá)

El don (cuarta parte)

Viernes, octubre 7th, 2011

Le brotó una nueva carcajada antes de responderme, esta vez con seriedad.

-Ni falta hace que le dieras esos datos, a ellos sólo les llevará unos minutos conseguirlos, tienen todos los padrones electorales del país en CD los colocan en la computadora tipian el nombre en el buscador y en instantes aparece la información en pantalla, además cuentan con conexiones en el Registro Nacional de las Personas y una búsqueda que a cualquiera le llevaría varios días los contactos que ellos tienen ahí adentro se los pasan en media hora. ¿Entendés? Después todo es rutina, una vez que conocen el domicilio, chequean la información con la seccional o comisaría de policía del lugar, porque muchos policías hacen trabajitos extras para ellos, rascan algún dato de allí y hoy con la moda de los curriculums vitae el historial de su vida se los proporciona la misma persona investigada; el resto para ellos es pan comido una recorrida profesional, cinco o seis testimonios de vecinos chismosos, unas fotitos tomadas de sopetón con una camarita digital y ya tienen reunido todo el material para tu informe. Si hay que agregar el perfil patrimonial, financiero, crediticio o de otro tipo van a las bases de datos respectivas. En el mundo que vivimos el único secreto que perdura es que ya no existen secretos para nadie que posea el know how para descubrirlos. Remachó.

Quedé perplejo, yo que me creía todo un detective porque en una esforzada búsqueda de tres días había conseguido reunir tres datos, la síntesis que hizo Arturo me apabulló.

Con más tranquilidad y un tanto aliviado me despedí de mi amigo, percibiendo al mismo tiempo una incómoda sensación de vértigo ante lo profundo y oscuro que resulta el vasto océano de mi ignorancia… Mientras almorzaba reflexioné en cuánta razón tenía Arturo. Si unos pendejos de la secundaria llamados Hawkers o piratas informáticos, jugando con sus PC habían conseguido penetrar en las supercomputadoras del Pentágono en los Estados Unidos y funcionarios fiscales de Francia sentados cómodamente a unos kilómetros de la frontera, escudriñaban las cuentas cifradas de los Bancos de sus vecinos suizos, mientras los satélites revolotean continuamente el planeta fotografiándolo palmo a palmo y enviando imágenes que permiten distinguir una pelotita de golf en una cancha de fútbol ¿Qué secreto entonces puede permanecer resguardado por mucho tiempo?…

Antes de completar la tierra su séptima rotación desde el momento que encargué la pesquisa sobre Gabriela Estévez tenía en mis manos un sobre encerrado en una cobertura de plástico termosellado, sin membrete ni datos del remitente. Con mano temblorosa valiéndome de un cuchillo rompí la cubierta, corté el papel y extraje el CD que venía acompañado por un papelito con el siguiente texto: Por cualquier reclamo o consulta sírvase referenciar Expediente: RB050141. Me precipité a la computadora, inserté el disquito dorado en la ranura correspondiente, abrí el programa y en la pantalla aparecieron tres carpetas cuyos títulos eran: Datos Personales –Informes Complementarios -Fotografías Actuales.

Abrí la primera carpeta y leí: ESTÉVEZ, Gabriela Haydée nacida en La Plata el 10 de agosto de1971 Documento Nacional de Identidad Nº… continuaban todos los demás datos filiatorios y en el renglón del estado civil figuraba Divorciada de…

Devoré más que leí toda la información contenida en la pantalla. Comprobé que su domicilio actual era calle Erézcano Nº… de Adrogué, Partido de Almirante Brown, Provincia de Buenos Aires. La última línea consignaba la dirección de correo electrónico. Salté la segunda carpeta pues ya tendría ocasión de leerla detenidamente más adelante y abrí la de las fotografías. Contenía ocho fotografías a color tomadas en distintas oportunidades y seguramente con cámara digital con la fecha de cada toma sobreimpresa en la misma. ¡Era Ella! El mismo rostro que once días atrás había aparecido en la pantalla de mi mente y que desde entonces permanecía impreso en mi memoria.

No tengo idea cuánto tiempo pasé subyugado frente a la computadora pasándolas una a una, repasándolas, volviéndolas a pasar, acercándolas y alejándolas…

Me faltaba dar el paso decisivo: contactar con Gabriela.

Ponerme en contacto con Gabriela, podía resultar la parte más difícil de todas, porque no imaginaba la manera de hacerlo. ¿Presentarme en su casa de Adrogué?… ¿Llamarla por teléfono?…

Con la esperanza de encontrar la manera de relacionarme, elegí las sonatas de Bach, encendí la computadora y abrí la carpeta titulada: Informes Complementarios. Allí figuraban los estudios cursados, los cursos realizados, los títulos obtenidos, sus antecedentes docentes. La primera lectura de esa aglomeración de datos, no me sugirió nada. Le destiné entonces una segunda lectura esta vez con papel y bolígrafo al lado, mientras el equipo de audio desgranaba torrentes de acordes de órgano.

Fui tomando nota de los pormenores que me parecían más relevantes, entre ellos anoté que se había Licenciado en Letras Modernas en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires y fui añadiendo el nombre de los distintos institutos de enseñanza por los que había pasado como alumna o profesora.

En un primer momento pensé en localizar a alguna antigua compañera de colegio o de facultad o a una colega en la docencia que me sirviera de nexo para llegar a Gabriela.

De pronto junto con los últimos compases del viejo Juan Sebastián se me encendió la chispa. En la parte correspondiente a Trabajos Publicados encontré que tenía publicados unos poemas junto a otros noveles autores en una Antología editada por la Editorial Universitaria de Buenos Aires.

¡Eso era lo que necesitaba! Anoté febrilmente los datos del libro y la fecha de edición. Ahí tenía el pretexto que andaba buscando: conseguiría esa obra y le mandaría un correo electrónico con comentarios elogiosos obligándola que me respondiera al menos por cortesía.

A la mañana siguiente, fui yo el primer cliente que entró en la librería que EUDEBA tiene en avenida Rivadavia frente a la Plaza de los Dos Congresos . La vendedora me informó que creía que ese libro estaba agotado porque no lo encontraba en el catálogo, no obstante consultó en la computadora por si existían ejemplares en el depósito. La búsqueda resultó negativa.

Me resigné, tratándose de Gabriela nada podía resultarme fácil ni sencillo. Me sentí perseguido por una maldición, el Destino la había puesto en mi camino y desde ese mismo momento parecía divertirse complicándome las cosas…

Pensaba encaminarme al extremo de la plaza donde nace la avenida de Mayo, pero una vez en la vereda la cúpula de bronce del Congreso de la Nación me recordó su biblioteca, una de las más completas del país.

Crucé la plaza y la avenida Entre Ríos seguí hasta Alsina y con paso resuelto entré en el viejo edificio donde había estado en otras oportunidades.

Cumplí todos los requisitos formales yo mismo busqué en el fichero por títulos hasta dar con la tarjeta correspondiente, anoté las referencias, fui al mostrador llené la boleta de pedido y esperé.

El libro finalmente llegó a mis manos, con él me instalé en la sala de lectura. Rebusqué ansioso hasta dar con sus poemas. Estaban precedidos por una breve nota Biobliográfica de la autora. Me sumergí en la lectura de su poesía. Resultaba realmente grata, doblemente grata por el armonioso estilo y bien trabajados versos y porque encerraban un profundo significado que sólo los iniciados en los misterios de los azotes podemos entender en su sentido más cabal. Lo que a los ojos de cualquier lector puede resultar una metáfora, acertada, exagerada o irrelevante, para los que sabemos algo más, constituían una revelación, una confesión, un reconocimiento de sus más recónditos secretos.

No necesitaría mentirle sobre el valor que tenía su obra. Me había subyugado por completo, más aun me admiraba su predilección por los sonetos, tal vez lo más difícil para cualquier poeta, técnicamente hablando, porque tiene tantas reglas precisas que resulta difícil componer los catorce versos que lo forman.

Marqué con recortes de papel la página del inicio y la del final de la parte que le correspondía después me encaminé a la ventanilla del servicio de fotocopiado, llené el formulario y entregué el libro. Las copias se hacen por turno de a un libro por lector y por vez. De manera que esperé pacientemente hasta que me llamaron por el número de formulario, pagué el servicio y me retiré con el libro y un manojo de papeles.

Salí de allí satisfecho, consulté el reloj. Era pasado el mediodía. Enfilé por Combate de los Pozos pensando en que era hora de almorzar, pero antes me detuve en una de las librerías de esa calle e hice anillar las hojas que llevaba.

Con el cuadernillo bajo el brazo, entré en “Quórum” uno de mis restaurantes preferidos. Juzgué que la ocasión bien merecía el premio de una buena comida… Esa misma noche después de haber releído varias veces las poesías más sugerentes, redacté unos cuantos borradores de carta, hasta que, cruzando los dedos despaché el mail.

Para mi sorpresa la respuesta apareció en la pantalla casi de inmediato. Agradecía mis conceptos manifestándose al mismo tiempo sorprendida por la acertada interpretación que había hecho de algunos de sus versos, -los más transparentes- , desde luego.

Mi corazón latía alborozado, mis sienes también… Leí, releí, volví a leer su mail con esa indescriptible sensación de triunfo que corona la satisfacción de un deseo largamente acariciado.

Lo más auspicioso era que con mi “anzuelo” había logrado no sólo engancharla sino conseguir que se mostrara interesada en que siguiera escribiéndole.

El paso estaba dado en ambas direcciones, en adelante, el éxito definitivo dependía de la habilidad con que manejara esa herramienta informática a la que tan poco afecto profesaba.

De ese modo comenzó un nutrido intercambio de correspondencia electrónica. Al principio fueron un par de mails diarios que se intensificaron a medida que sincerábamos nuestros pensamientos.

Mi propósito era inducirla para que deseara conocerme personalmente; para ello debía conseguir que me admirara de alguna manera. Yo me había adelantado al declarar mi sincera admiración por su poesía, en tanto ella ¿Qué podía admirar en mí?

Si en algún momento se traslucía mi ansiedad por conocerla podía derivar todo en un fracaso. La fina tela de araña que pacientemente construía con palabras y con la que poco a poco iba envolviéndola era de mi parte un recurso tramposo, porque ella apenas me conocía, en tanto yo disponía de abundante información sobre su persona y aun sobre su pasado, información que se ampliaba a cada respuesta suya.

Aquello resultaba para mí usar naipes marcados. Un error de mi parte o una ligera sospecha haría que la sutil tela de araña en la que me encontraba empeñado en tejer se desgarrara del todo…

¡Pero triunfé! Triunfé el día que en la pantalla, en uno de sus mails escribió: “¡Me gustaría tanto conocerte!”

No podía pedir más. Sin embargo debía mantener una actitud prudente. Si tanto deseaba conocerme podría invitarme a su casa de Adrogué, alguna razón poderosa existiría para que no lo hiciera. Después lo supe se trataba de sus padres ya mayores a quienes no les había hablado aun de mi porque no sabía cómo hacerlo.

Eran ambos personas mayores apegadas a ciertas costumbres, entre ellas las de las presentaciones formales, no entendían que la gente pudiera conocerse e intimar a través de una computadora. Desconfiaban de ese artilugio y temían las consecuencias…

Tomé la iniciativa le sugerí que podíamos encontrarnos en el centro de Buenos Aires, en alguna confiteria. Como paso previo al encuentro habíamos intercambiado ya fotografías.

Con las imágenes actué con honestidad, no usé fotografías antiguas, ni recurrí al Corel o al Photoshop para mejorarlas. Elegí algunas de mi último viaje más que nada por los lugares emblemáticos que le servían de fondo, porque siempre pensé que la Torre Eiffel detrás da más brillo a la persona que aparece en primer plano.

Por último convinimos en encontrarnos en la “Richmond” de Florida.

Me adelanté a la hora de la cita. Deposité sobre una de las sillas la fusta cuidadosamente envuelta en papel para regalo y coloqué encima un ramito que había comprado a una de las floristas de la calle, después la empujé para que quedara oculta debajo de la mesa.

Gabriela fue puntual. Me puse de pie y me adelanté. Nos saludamos con un beso en la mejilla como viejos conocidos. Ordenamos el pedido y quedamos mirándonos a los ojos.

Cuando nos trajeron el té saqué de la silla el ramito y se lo tendí. Las palabras estaban de más en ese momento. Todo lo decían nuestras miradas, respondiendo a las órdenes de mi percepción extendí mis manos y las suyas vinieron a mi encuentro.

Huelgan las palabras. De todas maneras y aunque quisiera no las encontraría para describir lo que representó para ambos esa cita y aquel primer contacto epidérmico.

Todo avanzó de prisa. Tan de prisa que en un momento dado le revelé la manera cómo había llegado hasta ella. Entonces saqué el paquete que contenía la fusta lo coloqué sobre la mesa mientras le decía:

-Aquí hay algo que antes de pertenecerme fue tuyo.

-¡Por Dios! ¿Qué es? -preguntó asombrada, presintiendo tal vez de qué se trataba.

Rompí entonces parte del envoltorio y mostrándole lo que guardaba en su interior, dije:

-¡Esto!

Lo miró, se sonrojó llevándose la mano a la boca. Cuando recuperó el habla exclamó:

-¿Cómo la encontraste?…

-No, –repuse-, no la encontré, ella me encontró a mí y gracias a ella yo te encontré…