Archive for the 'Azotes (Spank)' Category

Esclava de mi jefe

Monday, January 8th, 2007

Por fin estaba de vacaciones, lejos de la oficina y el odiado jefe. Me llamo María y trabajo como secretaria en una multinacional. Mi jefe es un tipo gris, siempre vestido correcto, siempre serio, no dedica ni medio minuto al día para mostrarse amable.

Me extrañó que me diera las vacaciones en los días que pedí pero bueno supongo que se estaría volviendo humano.
Decidí ir a la playa, y como quería estar sola y relajada no dije nada a mis amigas. Ya alojada en el hotel, mi sorpresa fue cuando veo a mi jefe llegar y pedir habitación. Casi me muero del susto. Se acerco a mi, y me miró de arriba a abajo de una manera que jamás había notado en él.

Me puse como un tomate, pero él, al contrario que en la oficina, me saludó. Eso si se le notaba esa superioridad que demostraba en el trabajo.

Estaba hay que reconocerlo muy guapo con ropa informal, y pese a que tendría unos 40 años se conservaba muy bien.
Yo seguí con mi rutina de playa y lectura, y ahí estaba tumbada tomando el sol, cuando se acercó a mi y me dijo que si aceptaba una invitación para comer. Yo no me lo podía creer el jefe y ligando conmigo. No sabía que hacer pero me atraía mucho así que dije que si.

En la comida me dijo que estaba celebrando su divorcio, que su mujer se había vuelto muy aburrida en la cama, que a él le gustaba cierto tipo de juegos.

Yo le pregunté “¿Qué tipo de juegos?”

El se rió, y me dijo que eran juegos de perversión.

Noté que miraba mi cuerpo de una forma que me hacía poner cachonda.

El me dijo, mira te habrá extrañado que te diera las vacaciones justo cuando las pediste. Yo le dije que si.

El me dijo te las di porque quería estar contigo, porque quiero que juegues conmigo a esos juegos perversos que tanto escandalizaban a mi mujer.

No se porque no me sentí violenta ante la situación, en mis fantasías mas ocultas también había soñado con probar mas cosas en el sexo.

Le pregunté que tipo de perversiones quería practicar y el me contesto diciendo que tendría que someterme a él como esclava.
Me dijo que el se ocuparía de mi entrenamiento y doma, pero que para ello tenía que aceptar. Yo no sabía que decir, y él me dijo, no hace falta que me contestes ahora, si quieres te haré una sesión de prueba y tras ellas decides. Entonces me dijo que tenía unos asuntos urgentes que tratar y que me fuera a su habitación a las 9 de la noche.

Sentía la adrenalina correr por mi cuerpo, estaba ansiosa y temerosa a la vez por probar algo que me excitaba pero que me daba miedo a la vez.

Por la tarde fui al salón de belleza del hotel y me puse guapa para el que sería mi amo y señor. Llegué puntual a la cita, llamé y me abrió la puerta vestido con una bata de seda.

Me invitó a pasar y me dijo que encima de la mesa tenia un escrito con una serie de normas que tenia que seguir a rajatabla.
Leí la hoja, en ella se me exigía dirigirme a el como Amo, se me prohibía estar en cualquier posición que superase en altura a la de mi amo, se me indicaba que no debía mirarlo a los ojos, y que no debía hablar si mi amo no lo ordenaba.

Me ordeno que me desnudara y me colocó un collar de perra. Mi excitación iba en aumento, el me dijo que hoy como era de prueba no iba a ser muy duro conmigo pero que debía saber que si aceptaba ser su esclava en un futuro lo sería.
Yo asentí con la cabeza en señal de que estaba de acuerdo.

Me dijo que me iba a azotar tanto por su placer como para mi educación, y dicho esto me mandó poner a cuatro patas y con una fusta me golpeo las nalgas.

Deje escapar gritos de dolor, entonces se puso furioso y me dijo que le iba a costar mucho educarme, y que si volvía a gritar me azotaría en el sexo.

Yo luche por contener los gritos pero intensificó los fustazos y se me escapó un grito.

Me dijo “lo siento querida pero ahora deberás ponerte de espaldas y abrirme bien esas piernas, he de aplicarte tu castigo”.
Estaba muy excitada y pese al grito aguanté bien los fustigazos en las nalgas, pero me asustaban demasiado los azotes en el sexo y se lo dije.

Me dijo que había aceptado libremente una sesión de prueba y ese castigo debía cumplirlo, que luego era libre a aceptar ser su esclava o no, y me dijo que me daría 4 fustigazos por el castigo anterior y 2 mas por hablar sin su permiso. Dicho esto me puso una mordaza en la boca y me dijo que contase, ya que recibiría 6 fustigazos en el sexo.

El dolor fue casi inaguantable, pero cuando acabó me sorprendió su ternura y me dijo querida lo has aguantado muy bien estoy orgulloso de ti, me acarició suavemente los pechos la cara y me penetró con mimo ya que mi sexo estaba magullado.
El placer sustituyó al dolor y mi amo me llevó a un orgasmo bestial, y digo, si, mi amo, pues ya había decidido ser su esclava.

continuara…..

El teléfono! / Segunda parte

Monday, January 8th, 2007

Como podrá sobreentenderse, no siempre que se recibe una azotaina resulta placentera. Por muchos motivos. Si bien es cierto que, después, con el recuerdo de aquella, uno pueda registrar evocaciones o sentimientos excitantes, como sería éste el caso, en el preciso instante de estar recibiéndola, maldita la gracia que te hace.Algo así me sucedió, con el teléfono como preámbulo, en una ocasión. Mi madre y mi tía, habían salido por la mañana hacia el hospital, con el objeto de realizarse, mi madre, una revisión de su dolencia hepática y dejaron aviso a nuestras vecinas, para que nos “echaran un ojo”, en su ausencia. La cuestión es que, nosotros tres (mi hermana, mi hermano y yo), estábamos en un periodo de “investigación” –por así decirlo- con cualquier cosa que cayera en nuestras manos y, aquella mañana decidimos investigar las cerillas y los papeles, para ver cómo ardían y cómo quedaban después.

Estábamos muy entretenidos hasta que el sonido del teléfono nos “descuadró” el experimento. La llamada resultó ser para mi vecina Angelines, y yo fui el encargado de avisarla. En nuestra inocencia, no le dimos importancia al olor a quemado que había por toda la casa, quizá porque ya nos habíamos acostumbrado a él. Es más, en nuestro entusiasmo con el experimento del fuego e ignorantes por completo del pavor que le producía a nuestra vecina, mientras ésta estuvo al teléfono, nosotros continuamos a lo nuestro. La verdad es que la mano de un ángel protector debió estar cubriéndonos constantemente porque, una vez que lo analizas, te das cuenta del gravísimo accidente que podíamos haber causado. Estábamos utilizando cerillas de madera, cuya caja ya casi habíamos agotado, para quemar papeles de periódicos y revistas que mi madre guardaba en una pequeña despensa, junto a la cocina. Los estábamos quemando en una especie de papelera de plástico gris y no logro entender cómo no salió ardiendo también. Además, para mayor delito, la habíamos situado, por ignorancia, junto a una de las botellas de gas butano, muy cerca de la cocina y de las gomas de conducción del gas.

Al poco de la conversación telefónica de mi vecina, la escuchamos decir:

-¡Hay!¡Aquí huele a quemado! Espera un momento, que no me fío de éstos. Voy a ver qué están haciendo. –Soltó el teléfono y preguntó- ¿Qué estáis haciendo, que huele a quemado?

A lo que los tres respondimos al unísono:

-¡No!¡Nada, nada!

-¿Nada? –Volvió a preguntarnos, al tiempo que se acercaba hasta la cocina-.

Cuando llegó hasta nuestra posición, su cara se tornó pálida, luego roja de ira, después, otra vez pálida y soltó un grito estremecedor.

-¡¡¡Aaaahhh!!! ¡¡¡Yo, os mato!!!

Inmediatamente, se dio media vuelta y, con paso muy ligero, se acercó hasta el teléfono, de nuevo.

-¡Oye! Ya te llamaré, que estos sinvergüenzas le van a prender fuego a la casa. -Colgó el teléfono y se dirigió hacia nosotros hecha una verdadera furia-.

En el corto espacio de tiempo que duró su vuelta al teléfono, nosotros, por supuesto, intentamos recoger y limpiar todo, lo más rápido posible, para luego pretender negar la evidencia. Aunque, ya era demasiado tarde. Todos sabíamos que la paliza, a base de zapatillazos, que nos iba a dar nuestra vecina, iba a ser memorable y nada, ni nadie, podría remediarlo. Ni qué decir tiene que intentamos huir, escondernos en cualquier rincón, pero la sentencia estaba dictada y la señora Angelines no iba a desperdiciar la oportunidad de desahogarse con nosotros. Esta vez, tenía la razón y la suerte de su parte. No iba a necesitar ninguna excusa con mi madre, ni con mi tía, en caso de dejar marcada su zapatilla en nuestros muslos, como así sucedió.

En un alarde, mezcla de rapidez y maña, giró bruscamente su tobillo derecho, para descalzarse, saliendo su zapatilla disparada un metro más allá y, sobre la marcha, sin perder un instante, se agachó, rauda, veloz como una gacela, para asirla con gran fuerza y comenzar dar gritos, alaridos e improperios hacia nosotros y nuestro acto.

-¡¡La madre que os parió!! –Gritó- ¡¡Hoy os mato!!¡¡Os mato!! ¡¡Os voy a moler a zapatillazos!! –Nos imprecaba despavorida, una y otra vez-. ¡Os voy a dar tal paliza, que vais a estar llorando una semana! ¡Venid aquí!

Salimos todos, corriendo como los ratoncillos, cada uno hacia un lado… A la primera que alcanzó, fue a mi hermana. La agarró por las trenzas y comenzó a darle zapatillazos con tal rabia que mi hermana daba saltos. Se dejó caer al suelo con el ánimo, supongo, de protegerse de la zapatilla, pero fue en balde. Allí mismo, con mi hermana en el suelo, la vecina se inclinó un poco hacia delante y siguió azotándola, una y otra vez, una y otra vez, en las nalgas, los muslos, las piernas… Mi hermana seguía retorciéndose, pero daba igual. Ella seguía blandiendo la zapatilla y golpeándola contra mi hermana, sin compasión, levantándole la faldita, cuando podía, para llegar mejor a su destino. Yo estaba paralizado ante aquel espectáculo. No sabría decir cuántos zapatillazos le dio. ¡Muchos!¡Muchísimos! Y estuvo “liada” con ella un buen rato. Hasta que le parecieron suficientes, o se cansó.

Se tomó un ligero respiro de unos segundos y se avalanzó sobre mí, que estaba inmóvil, aturdido, ante la soberana paliza que acababa de presenciar, resignado por la que a mí me esperaba.

-¡Y ahora, tú! –Me dijo-.

-¡No, Angelines!¡No, por favor!¡No!¡No me pegues!¡¡¡Noooo!!!¡¡¡AAAAAHHHH!!!

De poco sirvieron mis peticiones. Me cogió por el pecho y me arrastró hacia ella, sujetando mi cabeza entre sus muslos, para que no pudiera escapar o revolverme, y comenzó a caerme encima, un alubión de zapatillazos duros, crueles, hondos, impecables e implacables. Con la fuerza que utilizó para azotarme, en uno de los rebotes, la zapatilla se le cayó al suelo. Resoplé aliviado, creyendo que la azotaina se había terminado, pero estaba en un error. Para poder alcanzar la zapatilla, hubo de soltarme un instante de entre sus piernas, pero me mantuvo sujeto por el brazo, firmemente. Vi cómo se agachaba, cómo recogía su chinela y cómo la sujetaba por la zona delantera, dejando libre el talón, con el que continuó azotándome. Al ser más gruesa la goma, y más dura, aquellos zapatillazos que siguieron, retumbaron como cañonazos y, además, siendo la parte de la suela mucho más flexible, fácilmente podía sujetarla con mayor firmeza y golpearme con más fuerza y más seguridad. Aquellos zapatillazos fueron unos de los más numerosos y dolorosos, que jamás nadie me propinara.

Sonó el timbre de la puerta. Automáticamente, los zapatillazos cesaron. No puedo precisar el número. ¡Incalculables! Dejó caer al suelo la zapatilla, se la calzó rápidamente y se acercó hasta la puerta principal, para abrirla. Me había salvado la campana –nunca mejor dicho-, pero las marcas que me dejó, permanecieron varias horas. Mi otra vecina, “Aure”, sabiendo que, ni mi tía, ni mi madre, habían vuelto aún a casa, pues éstas solían avisarla a su regreso, alarmada por los ruidos de los golpes, los gritos y los llantos, que salían del interior, llamó a la puerta para interesarse por lo que estaba sucediendo. Tras las explicaciones recibidas, se echó las manos a la cabeza y comenzó a regañarnos y zarandearnos, muy nerviosa, muy alterada. Pensé que también nos iba a azotar, pero no. Ella, siempre fue más consecuente y -a la vista estaba-, estábamos recibiendo un gran escarmiento, por lo que no hizo más que enfadarse con nosotros.

A todo esto, mi hermano pequeño, que había permanecido, escondido, debajo de una cama, salió hacia el comedor, donde nos encontrábamos, dando por sentado que todo había terminado. Estaba muy equivocado. Al verlo salir, mi vecina, Angelines, dijo:

-¡Ah! ¡Si faltabas tú! ¿No pensarías librarte de la zapatilla?¿Verdad?

Dicho y hecho. Levantó su pie derecho, doblando la pierna hacia atrás, alcanzando el talón de su zapatilla con la mano derecha y sacándola lentamente hacia delante. En ese instante, me miró. Sabía que aquella escena, pese a sentirme muy dolorido por la azotaina que me había propinado, me excitaría. Ver su pie desnudo, a media altura. Contemplar la planta de su pie, descalzo, lentamente, a medida que la zapatilla iba saliendo y lo iba descubriendo, era una escena que desataba un morbo especial en mí, y ella lo sabía. Ella fue una de las que me “descubrió”, cuando estaba al teléfono y por ello me provocaba, cada vez que tenía ocasión. El tiempo se hizo eterno en esa escena. La otra vecina nos miraba, sin comprender. Todo parecía transcurrir a cámara lenta. Parecía como si me estuviera brindando los zapatillazos que le iba a propinar a mi hermano. Sabía que aquello me excitaba. Bajó su mirada, cómplice, hacia mi henchido pene, recordando alguna otra situación y se acercó hasta mi hermano, que se había quedado inerte, después de recibir su sentencia. Apretó a mi hermano contra su cuerpo y, en presencia de mi otra vecina, sin importarle que estuviera, comenzaron los zapatillazos de rigor.

El pequeño se revolvió al quinto o sexto zapatillazo, aunque de nada le sirvió. La experiencia y la maestría de la azotadora, se impusieron ante la bravura de mi hermano. Le agarró por el brazo izquierdo y continuó con los zapatillazos, algo más enfadada por haberse zafado de su fijación. Así que, ahora, la azotaina continuaría en círculo, sin darle una sola oportunidad. De vez en cuando, cada cuatro o cinco zapatillazos, intentaba cubrirse con el otro brazo pero, además de recibirlos en éste, el resultado era peor. Los cuatro o cinco zapatillazos siguientes, solían ser más fuertes que los anteriores. Su cuerpo se arqueaba hacia delante en un intento de esconder las nalgas y ofrecer el menor ángulo posible a la zapatilla, en vano. Si no podía azotar sus nalgas, azotaba sus muslos. Nada se podía hacer, ante la sapiencia de aquella catedrática en zapatillazos.

Siete u ocho veces, sucedió lo mismo, sumando un total aproximado de unos cuarenta zapatillazos. Menos, sin duda, que a los demás. Hasta que la otra vecina se interpuso y a poco, no se llevó ella, también, unos cuantos. Me volvió a mirar. De nuevo, había conseguido excitarme. El bulto provocado por la erección, no le pasó desapercibido y, con mucho disimulo, después de azotar a mi hermano, hizo el gesto inverso al anterior. Volvió a levantar su pie derecho, ofreciéndome la escena de costado, para que yo pudiera presenciarlo en un primer plano, doblando la pierna hacia su espalda y, lentamente, volvió a introducir su pie en la zapatilla, de tal forma que yo pudiera ver su pie, la planta de éste y su zapatilla, sin perder detalle. Me hizo un guiño extraño…

Mientras Aure consolaba a mis hermanos, ella aprovechó para acercarse a mí, con la excusa de hacer lo propio conmigo. Me abrazó tiernamente, acercándome a su regazo, hasta rozar mi pene con sus piernas. Con la mano derecha me frotó las nalgas, apretándome un poco más y, con la otra, ocultada a la vista por mi cuerpo, apretó mi pene y lo frotó, al compás de las nalgas. Dijo alguna frase cariñosa, pero no la recuerdo. Y, como mi otra vecina estaba pendiente de los demás, que se habían marchado a la cocina, nadie podía descubrir ahora nuestro secreto. Continuó por unos minutos acariciándome, abrazándome y frotando mi pene con sus largos dedos, mientras yo, me dejaba hacer.

-Ahora… suave, ahora… fuerte, ahora… rápido, ahora… suave, ahora… otra vez fuerte, ahora… –Me susurraba al oído, en voz muy baja-

Así, hasta que alcanzara un orgasmo y que me derrumbara de placer. Casi me desmayé. Tantas y tan distintas emociones, en tan poco tiempo, debilitaron mi cuerpo por un instante, cuando se produjo la semental erupción. Ella me sujetó, cuando mis piernas flaquearon y se doblaron. Apretó mi pene y lo agarró, por última vez, fuertemente, junto con la tela del pantalón.

El precio que había pagado por aquella eyaculación, había sido caro; pero más caro resultaría, cuando mi madre y mi tía regresaran a casa.
Continúa en El teléfono - 3ra parte

JOSEMAVIG@terra.es

El teléfono! / Primera parte

Monday, January 8th, 2007

El primer aparato de éstos que se instaló en nuestro edificio, fue el de nuestra casa. Desde luego, el revuelo que se armó entre las vecinas y las amigas de mi madre, resultó ser escandaloso. Había que verlas a todas, parloteando, cuchicheando y cotilleando entre ellas. La reunión era de lo más informal. Allí estaba la vecina de enfrente, la señora Aurelia, una mujer encantadora, inteligente, culta y bastante atractiva, aunque su vida se había limitado, como las vidas de las demás esposas y amas de casa, a las tareas típicas del hogar. Tenía su genio –todo hay que decirlo-, pero siento un gran cariño por ella, a pesar de que alguna que otra vez, me atizara también con la zapatilla, pero era una gran mujer y mejor persona. Tenía dos hijas: Tere, la mayor, unos tres años menor que yo, rubia, de pícaros ojos azules, revoltosa y rebelde, que con los años se ha convertido en una enfermera eficiente y en una más que atrayente mujer. Y Ana Mari, la más tímida en apariencia, pero la que peor humor tenía. Poco he vuelto a saber de ella.

Entre ambas hermanas siempre existió, además de celos, una gran rivalidad, que terminaba convirtiéndose en verdaderas peleas y, la madre, no tenía más remedio que quitarse una zapatilla y sacudirles unos cuantos zapatillazos para separarlas. No había otra manera. Su terraza lindaba con la nuestra y he sido testigo en muchas ocasiones de aquellas peleas, cuyo resultado final, implacablemente, eran los zapatillazos que les propinaba su madre. Por supuesto, cuando las oía pelear, procuraba estar cerca de ellas, pues no quería perderme la escena que solía poner el punto final. Mi excitación comenzaba al escucharlas e iba en aumento, progresivamente, a medida que escuchaba a su madre advertirlas: “¿Ya estáis otra vez? ¡Como me quite la zapatilla…! ¿Voy?”

Esto solía repetirlo varias veces, lo que conseguía que yo me excitara más y más, esperando ver cómo se quitaba la zapatilla. Hasta que la mujer no lo aguantaba más y la veías salir por el pasillo, hacia el salón, se detenía un instante, levantaba el pie derecho, se quitaba la zapatilla con la mano izquierda, la acomodaba en la derecha y reiniciaba la marcha, con mucho brío, hacia sus dos hijas y comenzaba a soltar zapatillazos a diestro y siniestro, apartándolas con la mano izquierda y procurando levantarles la faldita para llegar bien a sus nalgas. No siempre lo conseguía, porque mis vecinitas se revolcaban y la mayoría de las veces, los zapatillazos iban a parar a sus muslos. La escena de ver a mi vecina inclinada hacia delante, sacudiendo zapatillazos primero a una, luego a la otra y vuelta a empezar, me ponía frenético de placer.

La señora Aurelia –“Aure”, como le gustaba que la llamásemos- era muy paciente. Hay que reconocérselo. Y no tenía mala intención cuando te sacudía con la zapatilla. Además, se ponía muy nerviosa, como si no quisiera pegarte pero, a la vez, como si no tuviera más remedio que hacerlo. La prueba es que, cuando ocurría, solía darte unos diez o doce zapatillazos, muy deprisa, como si quisiera terminar rápido, te regañaba muy alterada y te volvía a sacudir otros diez o doce zapatillazos, tan rápidos o más que los anteriores. Te regañaba de nuevo, dejaba caer la zapatilla al suelo y, antes de reintroducir su pie en ella solía advertirte: “¡No me obligues a quitármela otra vez!” Al poco rato, solía acercarse a quien hubiera recibido la azotaina, le acariciaba, le calmaba y le daba explicaciones. Casi siempre fue así, pero no todas las veces, como comprobaremos más adelante.

No puedo decir lo mismo de la vecina de abajo porque, ésta, disfrutaba de verdad cuando golpeaba a cualquier niño con la zapatilla. De verdad, disfrutaba. ¡Claro! ¿Cómo iba ella a perderse la pequeña fiesta? Estaba en su salsa. Aunque hemos seguido manteniendo el contacto porque, en el fondo, también tengo un sentimiento de cariño hacia ella. La señora Angelines, mi vecina extremeña, de carnes prietas y movimientos acompasados de nalgas, sentía verdadero placer sexual desde que comenzaban sus advertencias, hasta que tenía la zapatilla en la mano. En ese momento, su excitación era tal, que se convertía en frenesí, llegando al éxtasis, cuando te azotaba con ella. No puedo aseverar que llegara al orgasmo en el transcurso de sus azotainas pero, a juzgar por los gestos que hacía, sus movimientos, y los sonidos que emitía, juraría que sí. Máxime, si el receptor de sus zapatillazos era un chico y si, además, como era en mi caso, veía o notaba una erección. Por ese motivo, aunque comenzara una azotaina en la forma más espontánea –de pie, semi-agachada o similar-, al cabo de un rato, procuraba por todos los medios, o bien mantenerte pegado a ella, para obligarte a rozar con sus zonas íntimas, o bien sentarse y arrastrarte hacia sí para, colocándote entre sus muslos, además de rozarte, sentir la erección del receptor de sus zapatillazos, en aquellos.

Habitualmente, sus azotainas duraban entre siete y ocho minutos, desde el momento de la amenaza, hasta el final, por lo que calculo no menos de noventa o cien zapatillazos, en dosis muy bien ponderadas y con un ritmo creciente, que acortaba, concienzuda y progresivamente, la distancia en el tiempo, entre zapatillazo y zapatillazo, a medida que se acercaba el final. No se trata de una exageración. He podido comprobarlo en mis propias carnes, además de verlo en los demás. Incluso mi tía, que solía actuar de una forma muy similar a esta vecina, en lo que se refiere a las azotainas, en alguna ocasión, con motivo de una verdadera paliza que la vecina le estaba propinando a uno de sus hijos, con una zapatilla, tuvo que sujetarla y decirle: “¡Angelines, para ya! ¡Que lo vas a matar!” Yo fui testigo presencial de más de una.

A diferencia de la anterior, ésta, sólo te advertía una vez –cuando lo hacía-. No solía “perder el tiempo”, ni siquiera en levantar el pie para quitarse una zapatilla. Lo más habitual en ella, era detenerse ante ti, levantar rápidamente el pie derecho y, a la vez, girarlo bruscamente, de tal guisa, que la zapatilla solía salir disparada hacia delante. Inmediatamente, sobre la propia marcha, se agachaba y la recogía, asiéndola fuertemente con su mano derecha y, apretando los dientes, se dirigía hacia tu lugar. Una vez te tenía bien sujeto, comenzaba a golpearte con ella, lentamente, con zapatillazos fuertes, alternándolos de nalga en nalga, a la par que te regañaba entre azote y azote.

Después alternaba las nalgas con los muslos, sabiendo muy bien lo que hacía. Siempre dominaba la situación. Sabía muy bien dónde golpear y cómo hacerlo, procurando no dejarte marcas. En muy pocas ocasiones, muy contadas veces, se atrevía a dejarte con el culo al aire, para colmarlo de zapatillazos. Gozaba con esas situaciones. Las conocía a la perfección. Dominaba cada movimiento que tú pudieras hacer para zafarte de ella, anticipándose. Normalmente, cuando llevabas recibidos no menos de quince o veinte zapatillazos, estando ella levantada, solía arrastrarte, sin parar de azotarte, hasta una silla o el sofá –preferiblemente, la silla, porque le gustaba más “abrazarte” con sus muslos y sentir tu pene erecto rebotar, con el impulso de sus zapatillazos, que tenerte tumbado encima, sin que los roces llegasen a su destino predilecto-.

Una vez allí, te acomodaba a su gusto. Su postura preferida era la de apoyarte el bajo abdomen sobre su muslo izquierdo, de tal manera que el resto del cuerpo quedaba colgando hacia un lado y, levantando su pierna derecha, apoyada en las puntas de los dedos del pie descalzo, colocaba tus muslos, como sentados, dejándote, necesariamente, las nalgas empinadas hacia arriba. Era imposible escapar de aquella situación y era la que más utilizaba. Con la que más disfrutaba. Parecía tenerlo todo muy bien calculado. Entonces comenzaba de nuevo a regañarte y azotarte otra vez. Sus frases podían hacerse eternas pues, entre zapatillazo y zapatillazo, te soltaba una o dos sílabas de la palabra final. Sus zapatillazos eran tan contundentes, que no sería la primera vez que se le caía la zapatilla al suelo, por no poder sujetarla con los impulsos. Cuando esto sucedía –bastante a menudo-, se enfurecía más y, como tenía que agacharse para recogerla del suelo, después de hacerlo, retomaba la azotaina con mayor velocidad. Sus zapatillazos, entonces, eran más rápidos y más violentos que los anteriores. Dejaba de regañarte entre dientes y se limitaba a golpearte con la zapatilla, más deprisa, como queriendo recuperar el tiempo perdido.

Era entonces cuando yo gozaba de verdad. El dolor desaparecía paulatinamente, convirtiéndose primero en escozor e inmediatamente después, en placer. Ella lo intuía, lo sabía. Ya me conocía… Por eso, como anticipándose a mi orgasmo, para retrasarlo y, seguramente, alcanzarlo ella también, solía darle la vuelta a la zapatilla y me azotaba con la zona del tacón, en lugar de la suela. Sabía que, al ser más gruesa la goma por esa zona, el escozor desaparecería, tornándose en dolor. De esta forma –nunca supe cómo lo adivinó-, mi orgasmo se retrasaba por unos instantes, tiempo más que suficiente para que ella llegara al suyo y, para finalizar, me daba los últimos diez o doce zapatillazos, de nuevo con la suela de la chinela, de una forma muy rápida, terminando con tres o cuatro más, muy lentos, profundos, confirmando el final de la azotaina y levándome, la mayoría de las ocasiones, al éxtasis…

Acto seguido, me retiraba de encima de ella, como con desprecio, regañándome de nuevo –para quedar bien, supongo-. Dejaba caer la zapatilla al suelo de una forma despectiva pero que, al llegar al final, producía un eco maravilloso. Se levantaba, se estiraba la bata, dándose unas palmaditas en la zona delantera y volvía a meter el pie en la zapatilla, removiéndolo para que encajase en tan maravillosa herramienta. Si era una chinela o una chancleta, por lo general, en verano, no había más ritual; pero si se trataba de una zapatilla cerrada –generalmente, en invierno-, el ritual continuaba levantando el pie hacia atrás e introduciendo su dedo índice por la zona del talón, hasta acomodar definitivamente su pie, dentro. Esa escena, sigue creando mucho morbo en mí. Tanto, como la de descalzarse, amenazarte con ella y dirigirse hacia ti.

La llegada de aquel teléfono, incomprensiblemente, me iba a regalar momentos gratísimos y algunos otros, no tanto en un principio, pero sí al final. Me explicaré.

Como quiera que era el único aparato de todo el edificio, mi madre, enseguida se prestó a que las vecinas, sobre todo las más cercanas a casa, le comunicaran nuestro número a sus familiares para que les pudieran llamar en caso de necesidad. Al principio no presté atención, pero a medida que las llamadas se iban recibiendo y mis vecinas subían a casa, en bata y zapatillas, para atenderlas, se produjo en mí un fenómeno fetichista, mayor del que podía haber tenido hasta entonces. Ver a aquellas mujeres, la mayoría jóvenes, de entre veinticinco y treinta años, cómo se relajaban al teléfono, con la tranquilidad de no ser observadas, ni escuchadas, más que por mi madre –su vecina y amiga-, o por nosotros, unos críos inocentes, y se descalzaban…

Primero aflojaban una pierna. Luego dejaban salir de la zapatilla parte del pie. Después, se ponían a juguetear con los dedos del pie, queriendo sujetar la zapatilla; ésta se caía al suelo y, con el propio pie, sin mirar, más atentas a la conversación telefónica que a otra cosa, buscaban la zapatilla por uno y otro lado, hasta dar con ella e intentar reintroducirlo de nuevo. Muchas veces, debían girarla, también con el propio pie, porque le habían dado la vuelta durante el jugueteo y no podían introducirlo.

En otras ocasiones, directamente, sacaban el pie fuera de la zapatilla y comenzaban a rascarse primero, la otra pierna, con la planta del pie y, posteriormente, auto-acariciársela. Esos movimientos me excitaban mucho. Tanto, que cada vez que alguna de ellas recibía una llamada, enseguida me prestaba para ir a avisarla a su casa y volver a la nuestra detrás de ella, observando muy atentamente su caminar, el balanceo de sus nalgas, las plantas de sus pies con la subida de cada escalón, el chancleteo, el sonido… ¡En fin! Una verdadera delicia, cuya continuación se hacía maravillosa.

Una vez en casa, me marchaba disimuladamente y procuraba colocarme detrás de la puerta que daba justo al teléfono para, con ella entreabierta, agacharme y mirar, tan de cerca y descaradamente como me fuera posible, sus piernas, sus nalgas, sus zapatillas… y, sobre todo, sus pies y sus jugueteos, sus plantas… Debo reconocer que, en más de una ocasión, llegué a masturbarme sin que lo notaran, con aquellas visiones celestiales. Lo que no entiendo es cómo no me descubrió ninguna vecina. O quizás sí lo hicieran y me dejaran hacer. Al menos una de ellas, notó lo que estaba sucediendo y llegó a ruborizarse; pero siguió con el juego, como provocándome. Siempre les caí bien a las amigas de mi madre. Incluso decían que era un niño muy guapo y que “me las iba a llevar de calle”. Nunca fue para tanto.Continúa en El teléfono - 2da parte

JOSEMAVIG@terra.es

Los desahogos de mi vecina

Monday, January 8th, 2007

Preámbulos

De que mi vecina Angelines sentía placer cuando azotaba a los niños con una zapatilla, ya no había duda. No estoy muy seguro de que su marido la maltratara, pero no se llevaba bien con él y después de cualquier discusión, buscaba la forma de provocar situaciones en las que los niños hicieran travesuras, para luego poder desahogarse con ellos, procurando estar ella sola para no ser observada. De esa manera podía desarrollar sus instintos y desviaciones sexuales, a costa de los más pequeños.

Hubo una temporada, a comienzos del verano, en la que mi madre debía ausentarse dos veces en semana, para acudir al médico y recibir un tratamiento especial para sus dolencias. Durante su ausencia, siempre nos dejó bajo el cuidado de nuestra vecina, lo que ésta aceptaba de muy buen grado.

Mi vecina, según contaba ella, dedicaba su tiempo de ocio a realizar trabajos manuales de macramé, pero necesitaba estar sola, sin que nadie la molestara, motivo por el que muchas de aquellas tardes, enviaba a sus tres hijos a nuestra casa, para que todos durmiéramos la siesta, juntos. Puede que en un principio fuera así, aunque ya se sabe que si se tienta al diablo… Como es de suponer, todos estábamos encantados por el hecho de tener compañeros distintos de juego y a nadie se le escapa la idea de que tantos niños juntos, solos en una casa, sin que alguien les contenga, lo único que harán será divertirse ideando nuevas travesuras. Y eso era lo que sucedía. De ahí mi duda ante los verdaderos motivos que tenía mi vecina para juntarnos.

El tratamiento de mi madre sólo duró un mes, pero fue uno de los más extrañamente deliciosos que recuerde. Dos veces por semana, se me presentaba la oportunidad de ser testigo y receptor de alguna azotaina con la zapatilla de mi vecina y el solo hecho de pensarlo, me excitaba. Su técnica era siempre la misma, cuando se marchaba mi madre, ella se quedaba un rato con nosotros, hasta que nos despojábamos de la ropa y nos metíamos en la cama, en ropa interior. Una vez hecho esto, desde el umbral de la puerta de la habitación, la señora Angelines, se quitaba una zapatilla y con la suela de ésta hacia arriba, la blandía en el aire, haciendo un gesto rotativo, amenazante, con la mano que la sostenía.

- ¿La veis? Ya sabéis la que os espera si no os dormís enseguida ¿verdad?

- ¡Síii! -Contestábamos todos al unísono-.

- ¡Bueno! Pues si no queréis probarla, como de costumbre, os quedáis quietecitos y a dormir. Como escuche un solo ruido, subo con la zapatilla y os caliento el culo a todos. ¿Os habéis enterado? ¡Ala, a dormir!

Dicho esto, dejaba caer la zapatilla al suelo y se la calzaba lentamente, mientras nos observaba con malicia. Su primera mirada, al igual que la última, me la dirigía a mí. Ya me conocía, por eso, cuando nos quitábamos la ropa, excitado como me encontraba, se las ingeniaba para acariciar con disimulo mi erguido pene, con la excusa de acelerar mi entrada en la cama. Sus gestos, ver cómo se descalzaba, sus amenazas, sus miradas lascivas, observar cómo caía su zapatilla y el ruido que provocaba al chocar contra el suelo, todos aquellos preámbulos, me enloquecían sexualmente y ella lo sabía desde hacía tiempo, por mucho que yo hubiera intentado ocultárselo.

Casi todas las tardes de aquel verano fueron especialmente eróticas. Cuando mi madre no acudía a la consulta del médico, citaba a las vecinas para tomar café, en la salita de estar de la casa, después de las comidas. Fueron unos momentos deliciosos. Del mismo modo que hacía cuando hablaban por teléfono, primero las observaba desde una ligera abertura de la puerta y después me sentaba durante un rato con ellas, para observarlas de cerca. Solían ir ligeras de ropa, con una bata muy fina por encima de la ropa interior, y en zapatillas. Las escenas que se producían estando ellas sentadas, unas frente a las otras, despreocupadas, entrelazando las piernas desde las pantorrillas hasta los tobillos, ligeramente inclinadas hacia un lado, dejando libertad de movimientos para uno de los pies, relajándose, y permitiendo que la zapatilla que lo contenía se deslizara suavemente hacia el suelo, dejando al aire y ofreciendo a mi vista el pie desnudo, su planta y los jugueteos de sus dedos para intentar alcanzarla, o el roce continuado del empeine con la pantorrilla, como acariciándose, eran escenas que me enloquecían.

Después de esto, mi vecina Angelines, sabiéndose observada por mí, y que andaba provocándome a la menor oportunidad que se le presentaba, me incitaba a mirarla intencionadamente. Se agachaba para recoger la zapatilla suelta, la acercaba hasta su desnudo pie, con la mano, mientras me miraba con el rabillo del ojo, la soltaba e introducía en ella el pie, lentamente, recreándose en el movimiento, sonriendo en su interior para, acto seguido, cambiar de postura. Levantaba suavemente una de sus piernas, dejando entrever, a propósito, su lencería coloreada, la cruzaba sobre la otra y dejaba colgar el pie, balanceándolo lascivamente. Posteriormente, se cercioraba de que la seguía observando -aunque yo disimulara- y agitaba su pie, con cierta energía, consiguiendo que la zapatilla rebotara una y otra vez, a modo de chancleteo, en el aire, ofreciéndome la escena con astuta malicia.

Ese balanceo de su zapatilla golpeando contra la planta del pie, elevaba mi ardor hasta cotas insuperables. Provocaba mi excitación en grado sumo, inflando el miembro del adolescente que la observaba. Ella me miraba atentamente. Dirigiendo su mirada hacia mi entrepierna, acariciaba su pantorrilla con total normalidad, llegando su mano hasta el pie bailarín en absoluta naturalidad y, después de masajearlo y acariciárselo, con gran disimulo, acercaba su dedo índice hasta la comisura de sus labios, lo besaba con sensualidad, soplando levemente en mi dirección, para hacerme llegar a través del aire el resultado de aquel beso. Soltaba una sonrisa de complicidad y me hacía guiños con los ojos. Sin duda alguna, sabía muy bien cómo excitarme y, la presencia de otras mujeres -entre ellas, mi madre-, le daba un morbo especial a la situación, del que ella participaba y disfrutaba tanto como yo. La consecuencia de todo era que me fuera al cuarto de baño y me masturbara. En más de una ocasión, saliendo del aseo, me he topado de bruces con mi vecina que había permanecido escuchando tras la puerta. Eso le excitaba más aún y a mí me enrojecía de vergüenza.

Además de aquellos gestos, solían charlar de muchos temas femeninos pero, no sé cómo se las apañaban, que casi siempre terminaban hablando de los niños, de lo mal que se portaban, de lo que hacía una o la otra, de si “hoy le he dado una buena con la zapatilla al mediano…” “Pues yo he tenido que zurrarle a las dos, siempre se están peleando, así que me he quitado la zapatilla y les he puesto el culo colorado. ¡Menudos saltos daban…!”  “No, si está claro que como no les des unos buenos zapatillazos, se ríen de ti. Por eso, yo, en cuanto veo que empiezan con las tonterías, me quito la zapatilla y les sacudo a base de bien. De mí no se ríen éstos. En mi casa, ya temen a la zapatilla. En cuanto me ven con ella en la mano, salen corriendo… Peor para ellos: cuanto más corran, más zapatillazos y más fuertes les doy…”

Tantas insinuaciones, tantos gestos, tantas situaciones comprometidas, tanto morbo, tantas provocaciones, tantos roces, tanta excitación, tanto erotismo escondido, tantas azotainas eróticas, tuvieron un desenlace inevitable. Tanto va el cántaro a la fuente…

Las consecuencias

Aquella tarde, no estuve en casa a la hora de la siesta porque, como pertenecía al grupo de teatro del Instituto y faltaba poco tiempo para nuestra representación, estuvimos ensayando un par de horas. Cuando regresé a casa, subiendo ya las escaleras, en la lejanía, se escuchaban unos llantos y algunas voces. Sin lugar a dudas, alguna madre le había dado su merecido a alguno de sus hijos, probablemente, por no querer dormir la siesta pero, como aquello era algo habitual, no le di la menor importancia y continué subiendo las escaleras.

Cuando solo me faltaba un piso por subir, volví a escuchar lo mismo, pero esta vez se escucharon también algunos golpes, típicos de azotes con una zapatilla e inconfundibles. Me detuve un instante y escuché cómo se cerraba una puerta. Parecía la puerta de mi casa y subí hasta el último rellano. En el momento de doblar la esquina del descansillo, mi vecina, Angelines, acababa de cerrar aquella puerta y eso me frenó en seco. Retrocedí un paso, quedando oculto, a hurtadillas, tras el último recodo de la escalera.

Desde aquella privilegiada posición, pude observar con detenimiento, sin ser visto, todos los gestos y movimientos de mi vecina. Mantenía la frente apoyada en la puerta, como ausente, mientras que alzaba su brazo derecho, semi-extendido, con la palma de la mano apoyada también en la madera de la puerta, a la altura de su barbilla. El brazo izquierdo lo mantenía relajado. El cuerpo lo apoyaba sobre su rígida pierna izquierda, a la vez que mantenía flexionada la derecha, rozando la rodilla con la puerta, con el pie derecho apoyado sobre sus propios dedos, levantando la planta del pie, que reposaba en la parte trasera de su zapatilla.

Su media melena, cuasi negra, ligeramente ondulada, le caía sobre el rostro ocultando parte de su cara. Vestía una bata de color rosa hasta las rodillas, abrochada con botones por delante, de tela muy fina, traslúcida, que permitía el paso de los rayos de luz provenientes del gran ventanal en que finalizaba la escalera, dejando entrever su colorida lencería y la silueta de un cuerpo muy atractivo. Sus largas y torneadas piernas, estaban “rematadas” por unos pies bien formados, casi de ensueño, que descansaban sobre unas chinelas de rojo intenso. Aquella visión celestial, me dejó petrificado. Con lo que aquella mujer me atraía ¿cómo no me había fijado antes en su cuerpo?

Realmente, disfrutaba observándola. Ella, ajena a la situación, ausente, sin percatarse de mi presencia, se mantuvo durante unos instantes en la misma posición. ¡Sabe Dios lo que estaría pasando por su cabeza! Transcurrido ese lapso de tiempo, giró suavemente su cabeza, hasta acercar el oído, deteniéndose con atención a escuchar los ruidos que provenían desde el interior de mi casa. El semblante le cambió. Lascivia y lujuria, mezcladas con malicia, fueron las expresiones de su rostro. Giró todo su cuerpo, dejándolo a la inversa de como lo había mantenido. Ahora era su nuca la que descansaba sobre la puerta, inclinada hacia atrás.

Su mirada perdida, no auguraba nada bueno para los productores de aquellos ruidos. Inspiró profundamente, manteniendo el aire sin expulsar durante unos segundos. Expiró resoplando, se incorporó, dio media vuelta, levantó su pie derecho hacia atrás, doblando la rodilla, acercó su mano derecha hasta el tacón de su chinela, lo asió con firmeza y la extrajo, como desenfundando un arma, lentamente, dejando al descubierto, descalzo, su pie derecho. Con la otra mano, abrió la puerta sigilosamente, irrumpiendo en el interior de la casa con tanta decisión que olvidó cerrarla, facilitándome el acceso, sin necesidad de llamar al timbre.

Ya estaba tan excitado, que no podía permitirme el lujo de perderme el festival de zapatillazos que se avecinaba en el interior de mi casa. Alcancé el final de la escalera con gran rapidez, aunque temeroso de ser descubierto. Pasé al interior detrás de ella pero, estaba tan absorta en su cometido que no se dio ni cuenta de mi presencia. La seguí hasta la habitación en que se encontraban mis dos hermanos y dos de sus hijos y me quedé muy cerca de la puerta, sin llegar a entrar, para presenciar el espectáculo. Los pequeños estaban saltando de una cama a otra, golpeándose con las almohadas, dando brincos y gritando, los mismos gritos y saltos que darían inmediatamente después, cuando fueron alcanzados por la zapatilla de mi vecina.

Parecía encontrarse fuera de sí. Le daba tres o cuatro zapatillazos a uno y, de inmediato, era otro el que los estaba recibiendo. Así estuvo durante un buen rato, soltando zapatillazos a diestro y siniestro, de un lado hacia otro, enloquecida con el desarrollo de la situación, disfrutando con ello. Hasta que en uno de sus giros se detuvo y me vio. Con tamaño espectáculo y tan excitante preámbulo, me había echado mano a la entrepierna, sin reparar en la posibilidad de ser cazado in fraganti por lo que abultaba mi falo en el interior del pantalón, quizás con el ánimo inconsciente de una masturbación.

Ella no esperaba, ni por asomo, haberse visto sorprendida en la tarea de darles un severo correctivo de zapatillazos a aquellos diablillos y se quedó paralizada, perpleja como yo, al verme allí, mirando, y en tan extraña situación, a punto de introducir mi mano en el interior del pantalón, a través de la bragueta abierta.

-¿Qué haces ahí? ¡Qué estás haciendo! -Me gritó, horrorizada-.

Inmediatamente, saqué la mano de donde la tenía, sin poder articular palabra. Ella se acercó hasta mí, con paso firme, y me recriminó enérgicamente.
-¿Qué estás haciendo?¡Sinvergüenza!

-Yo, yo… ¡Nada, nada!

Me había pillado en una posición comprometedora, elevando su instinto sexual, como después pude comprobar.

-¿Nada? ¡Sal inmediatamente de aquí! En cuanto acabe con estos, hablaré contigo muy en serio. ¡Márchate a mi casa y espérame dentro! ¡Toma las llaves!

Me entregó las llaves de su casa y continuó con su tarea como si nada. Me quedé estático durante un instante, viendo cómo azotaba a los pequeños con aquella vieja zapatilla, sin comprender muy bien lo que pretendía enviándome a su casa.

-¿Qué estaría tramando? -Pensé- ¿Qué maquinación se le habrá ocurrido ahora? ¿Pensará azotarme a mí también? Bueno, si lo hace, sus zapatillazos no me dolerán mucho. Estará fatigada y eso prolongará el placer. Pero ¿qué estoy pensando? Será mejor que obedezca.

Con esa incertidumbre y con desagrado, abandoné mi casa y me dirigí hacia la suya. Una vez dentro, me senté en el sofá del salón a esperar acontecimientos, intranquilo y nervioso. Impaciente, quizás. No imaginaba lo que me esperaba pero pronto iba a salir de dudas. Al cabo de unos cinco minutos, más o menos, sonó el timbre de la puerta y la abrí. Era ella, mi vecina, más hermosa que nunca. Fatigada y sudorosa por el esfuerzo, pero con una mirada penetrante, fija, lasciva…

-Muy bien, jovencito. Ahora tú y yo vamos a hablar muy en serio. -Me dijo mientras entraba en la casa- Déjame paso y cierra la puerta. -Me ordenó, enérgica-

Obedecí sin rechistar, cerré la puerta y esperé junto a ella las nuevas órdenes.

-¡Pasa a mi habitación y vete quitando la ropa!

-¿Qué?

-¿Estás sordo o qué te pasa? ¡Que te desnudes!

-Pero… ¿Por qué?

-¡Entras en mi habitación, te desnudas y me esperas! ¿Tan difícil es? ¡¡Obedece!!

No salía de mi asombro. Agaché la cabeza con un gesto de sumisión y aceptación y comencé a cumplir sus órdenes, una por una, sin saber a qué estábamos jugando. Ella entró en el aseo para refrescarse, supongo. En un periquete, salió del baño y se dirigió hasta mi lugar. Entró en la habitación, se paró un instante, se dirigió hasta la cama y se sentó en ella, adoptando una postura altanera, pero extraña para mí. Me miraba fijamente a los ojos con una mirada mezcla de vicio y malicia. Parecía estar tramando algo nada bueno. Yo me había despojado de la ropa, tal y como me había ordenado instantes antes, pero me había dejado puestos los calzoncillos porque me daba vergüenza mostrar mis partes íntimas. Ella sonrió de la misma manera que lo hacía cuando me provocaba a la hora del café. Cruzó sus piernas frente a mí, mostrándomelas en todo su esplendor. Sus muslos, casi perfectos, se dejaban ver a través de la abertura de la bata. Sus pantorrillas, prietas y firmes, comenzaron un baile sensualmente provocador. Las manos las apoyaba sobre la cama y su pie derecho comenzó a balancearse, provocando el rebote de su zapatilla en la planta del mismo. Esa postura, aquel movimiento y el sonido que producía su zapatilla, al golpear su pie repetidamente,avivaron el fuego de la pasión que llevaba dentro. El miembro comenzó a crecer, separando la tela de mis calzoncillos, pretendiendo que el glande asomara por arriba. Ese pareció ser el momento que ella estaba esperando.

-Te gusta ¿verdad? A que te gusta.

-¡No! ¡No sé! ¿Qué…?

-No me engañes. Sé que te gusta. ¡A que sí!

-¡Sí! ¡No! ¡Bueno, yo…!

En ese instante, con su mano izquierda, inclinándose hacia delante, alcanzó la zapatilla de su pie derecho, se descalzó lentamente y la cogió fuertemente con su mano derecha mientras que con la izquierda me sujetó los calzoncillos, por sorpresa, atrayéndome hacia sí y dándome cinco o seis zapatillazos en los muslos, que me hicieron saltar y gritar.

-¡No grites! Sé que te gusta. A mí no me engañas.

Me agarró con fuerza por la cintura y empujó mi cuerpo contra el suyo hasta tenerlos pegados como lapas y continuó azotándome con su roja chinela, sin que yo pudiera hacer nada para zafarme de aquella presa. Mi pene se hinchó más y se salió de la ropa interior. Ella lo notó con su mano izquierda, mientras que con la otra continuaban los zapatillazos. Ahora comprendo la igualdad que existe entre el dolor y el placer. La comunión de los dos conceptos. Esa delgada línea que separa lo uno de lo otro, dejó de existir. Sencillamente, despareció. Y empecé a disfrutar del dolor y del placer que me producían sus zapatillazos y sus movimientos, al compás de la azotaina.

Hacía tiempo que había dejado de ser un niño, sin dejar de serlo. En pocos meses había dado un estirón espectacular hasta alcanzar los 170 centímetros de estatura. Estaba camino de cumplir los trece años y ya era todo un hombrecito. Muy guapo, a decir por las chicas y las mujeres. Además, practicaba deportes como Judo, natación, gimnasia y baloncesto, lo que le daba un aspecto muy atlético a mi cuerpo, que lo hacía atrayente para el sexo femenino. Al menos eso decían ellas a mis espaldas. Con estos antecedentes y la grandísima excitación de mi vecina, logrando que eyaculara en medio de aquella “paliza”, lo que aconteció después jamás podré olvidarlo.

Ella se encontraba fuera de sí, alborotada y eufórica al ver la marca húmeda de mis calzoncillos. Siguió y siguió azotándome con su roja chinela consiguiendo mantener mi erección y prolongar la excitación en ambos. De pronto, los zapatillazos cesaron, soltó la zapatilla, dejándola sobre la cama y me abrazó efusivamente con gran fuerza, comenzando a besarme locamente, apasionadamente…

Yo estaba en el paraíso. Había pasado del infierno al purgatorio y ahora, la Gloria me abría sus puertas. El Edén de las Escrituras se quedaba corto ante aquel estado de felicidad.

Ella continuó, mientras me bajó los calzoncillos y, casi arrancándolos, los lanzó al aire. Inmediatamente se dejó caer en la cama obligándome a caer encima de ella. Ante semejante situación, este neófito se quedó perplejo y ella, retomando la zapatilla que había dejado sobre la cama, azotó mis nalgas de nuevo, en la misma postura en la que nos encontrábamos y con una violencia extraordinaria. Me dio una orden que no puedo reproducir aquí y ante mi extrañeza replicó:

- O lo haces, o te doy la mayor paliza que nadie te haya dado. ¡¡Obedece!! -Me ordenó, mientras azotaba mis muslos con aquella chinela-.

Ya no soportaba más aquellos zapatillazos y obedecí de inmediato y con rabia su mandato, lo que la excitó aún más, provocándome un éxtasis superlativo. El vaivén de su cintura actuó como una vieja locomotora de vapor, comenzando lentamente, soltando aire y vapor pausadamente, para continuar un aumento paulatino de su velocidad, comedido, calculado, sabio, al que yo respondí con inercia, emulándola en cada momento. Su entrecortada respiración pasó a convertirse en jadeos espasmódicos, para terminar en gritos prolongados de placer.

La más profunda de las emociones carnales, el placer más lujurioso que jamás he sentido, lo obtuve en aquella ocasión en que fui azotado por última vez, por la zapatilla de mi vecina Angelines…

JOSEMAVIGDATA18@terra.es

Una antigua historia de amor

Monday, January 8th, 2007

Hoy te he vuelto a ver. Han pasado ya diez años desde que me marché y hoy te he vuelto a ver. Ocurrió esta misma mañana, en una estación de metro. Yo estaba sentado en un vagón casi vacío cuando llegó a la estación un tren, realizando su parada en el andén contrario y deteniéndose justo enfrente, ventana con ventana. Alcé la vista instintivamente para observar, inconsciente, a las personas que estaban en su interior y al mirar hacia un lado, allí estabas tú. ¡No podía creerlo! Todos mis sentimientos despertaron de un gran letargo y no pude evitar evocar aquellos meses que nos mantuvieron tan estrechamente unidos. Y allí estabas tú… Con tu dulce y enigmática mirada. Tu hermosa y ondulada melena negra. Tu graciosa nariz, ligeramente respingona. Tus carnosos labios de rubí…

Y allí estabas tú… Ajena a mi mirar, charlando con alguien, con otra mujer, seguramente de las cuestiones cotidianas que todos solemos comentar cuando viajamos en el metro, sin saber que del otro lado, te estaba observando un antiguo amor.

Hoy te he vuelto a ver, tan bonita como siempre. Y no he podido eludir los recuerdos, ni frenar mis sentimientos. Sólo ha sido un instante. El tiempo justo que transcurre durante una parada, pero ha sido sublime. Sólo unos segundos y nos hemos vuelto a separar, aunque tú no lo supieras. Y durante el resto de la jornada, no he parado de recordar…

Recuerdo la primera vez que te vi. Tú trabajabas como camarera en un Pub, justo al lado de mi lugar de trabajo. A ese Pub solíamos acudir los compañeros y yo al terminar nuestra jornada laboral, para tomarnos unos güisquis y jugar unas partidas de billar, mientras ultimábamos alguna estrategia de venta para el día siguiente y descargábamos el estrés acumulado.

Del otro lado de la barra, dos atractivas mujeres. Una, rubia y espigada. La otra, tú. Morena de pelo, de intrigantes ojos negros, corpulenta y muy bien proporcionada. Eras toda una “mujerona”, toda una preciosidad; pero mi vida estaba encauzada con otra mujer y no quise atender la llamada de mi corazón y aunque charlábamos de vez en cuando, nunca te mostré mis sentimientos.

En más de una ocasión, cuando tú no me mirabas, desde una esquina te observaba en silencio. Procuraba sentarme al final de la barra, donde ésta se abre y permite visualizar lo que ocurre tras ella. Así fue como me enamoré de ti. Podía verte caminar, servirle copas a los otros…

Hasta que un día, cuando intentabas retirar unos vasos vacíos, alejados de tu alcance, te pusiste de puntillas. Tus lindos pies salieron del calzado, elevándose sobre los dedos y arqueándose sinuosamente. Eras preciosa hasta por los pies. Y mis ojos se salieron de sus órbitas ante el excitante y sensual espectáculo que estaba presenciando.

¡Qué cuerpo! ¡Qué pechos! ¡Qué caderas! ¡Qué piernas! ¡Qué pies! Todo en ti era perfecto. Justo la mujer con la que siempre había soñado. ¡Y estabas allí! Pero no te dije nada.

A los pocos días de aquello, cuando me dirigía en mi coche hacia la oficina, al parar en un paso de peatones para ceder el paso, apareciste como por arte de magia. Al principio no te reconocí, pero tus nudillos golpearon suavemente el cristal de la ventanilla y el mundo entero se iluminó.

- ¡Hola! ¿Dónde vas? –Preguntaste con dulzura.

- A mi despacho, ¿por qué?

- ¿Me llevas al trabajo?

- ¡Claro! Sube…

Y al entrar en el coche, un escalofrío me inundó. Charlamos amigablemente, como viejos conocidos y aunque no lo notaste, mi corazón palpitaba a toda velocidad. ¡Qué emoción! Pero no debía permitirme sentir más por ti. Y después, cuando llegamos a la puerta del Pub, justo antes de bajarte, me preguntaste si luego nos veríamos.

- No lo sé. Supongo que sí –respondí-. Depende del trabajo que tenga pendiente, cuando llegue a la oficina.

- Bueno, pues hasta luego.

Y me besaste en la mejilla. ¡Oh, Dios! ¡Qué descarga eléctrica! ¿Me estoy enamorando de ti? –Pensé-. ¡Tonterías! ¡Eso no me puede suceder a mí! ¡Imbécil de mí! ¿Quién era yo para pensar que aquella mujer se había fijado en mí? Y al cerrar la puerta, tu perfume permaneció estático en todo el ambiente.

El aroma que desprendías impregnó mis sentimientos. Todavía lo recuerdo: “Rive Gauche, de Ives Saint Laurent – Paris”, el olor que caracteriza la orilla izquierda del Sena, donde se ubica el Barrio Latino y donde acuden los bohemios, en París.

Y así transcurrieron dos meses. Hasta que un día en el Pub, sentado yo en mi lugar favorito, observándote y fantaseando como de costumbre, sucedió que tú, apoyándote sobre un brazo y elevándote en la barra, colocaste la palma de tu mano sobre tu mejilla y te quedaste estática, mirándome fijamente. Y, con dulzura, tu mano me hizo un gesto y llamó mi atención. El dedo índice me señaló y, con un movimiento repetitivo me ordenó que me acercara. Y así lo hice.

Me levanté, dejé mi copa sobre la mesa, coloqué mi americana en el sillón, ajusté un poquito el nudo de mi corbata y respirando hondamente, te obedecí. Cuatro pasos y estaba a tu lado. Al llegar, pediste que acercara mi oído a tus labios y cuando me tuviste a la distancia requerida, susurraste:

- ¿Qué haces este jueves?

- Trabajar –respondí, sorprendido- ¿Por qué?

- Porque no trabajo este jueves, y…

- Bueno, tengo todo el día para ti –le dije, interrumpiendo.

- ¿Sí? ¿De verdad? –Preguntaste, gratamente sorprendida.

- De verdad. Puedo aplazar el trabajo. Anulo las citas de mi agenda y pasamos el día, juntos. ¿Te parece?

De pronto, sin saber cómo, ni por qué, habían desaparecido mis nervios y respondí a tu requerimiento, como si tal cosa. Tu mirada se iluminó al instante y, con ese brillo en tus ojos, preguntaste de nuevo:

- ¿A qué hora quedamos?

Miré mi reloj, hice un pequeño cálculo y te dije:

- Te recojo a las doce y media.

- Vale.

Y me diste tu dirección…

Los tres días que faltaban, transcurrieron lentos. Hasta que por fin llegó el gran momento. Parecía como si nada más me importase. Sólo tú colmabas mis pensamientos. ¿Se puede estar enamorado de dos mujeres a la vez? ¿Estoy loco o sencillamente soy un promiscuo vividor? La jornada fue perfecta. Te recogí a la hora convenida y nos fuimos a una localidad cercana. Paseamos y charlamos hasta la hora de comer, en aquella maravillosa mañana de primavera. Después, acudimos al restaurante de un amigo mío y allí comimos en una mesa apartada, en un clima íntimo.

Al regresar a Madrid, paramos. Y estuvimos unas horas por el centro y caminamos de nuevo, por el Paseo de Recoletos. Tú pasaste tu brazo bajo el mío y apoyaste tu cabeza sobre mi hombro… Me sentía en las nubes, me sentía flotar, me sentía feliz. Y antes de regresar a tu casa, nos detuvimos frente al Parque de las Tinajas, junto al Templo de Debod y nos sentamos en un banco. Así permanecimos unos minutos, sin hablar, sin movernos. Sencillamente, contemplando el cielo y sus estrellas, hasta que rompiste el silencio.

- ¿Cómo estás?

- Muy bien –respondí.

- ¿Hay algo más que quieras hacer hoy? –Me preguntaste con intención.

- Sí, esto…

Y te besé suavemente, con toda la dulzura de que era capaz. Pero antes de acabar aquel beso, pasaste tu brazo por mi espalda, sujetando mi cabeza y abriendo tus labios para ofrecérmelos… Sencillamente, no podía pedir más. Nos besamos apasionadamente, como dos verdaderos enamorados.

Mientras regresábamos a casa, nada más tomar asiento en el coche, te descalzaste, removiendo tus pies y tus zapatos, porque ya te empezaban a molestar y sólo se me ocurrió gastarte una broma. No recuerdo ahora lo que te dije, pero sí recuerdo muy bien tu reacción: te agachaste, extendiste un brazo y alcanzaste uno de tus zapatos. Lo elevaste amenazadoramente en el aire y, apuntándome con él, dijiste:

- Si no quieres probarlo, no sigas por ese camino.

- ¡Vale, vale! Perdona.

- ¡Pues ya lo sabes!

No quise enturbiar el ambiente con más bromas, pero aquella escena fue como la guinda que decora el vaso. Cuando llegamos a nuestro destino, justo antes de que te calzaras de nuevo -no pude evitarlo-, repetí la broma anterior. Entonces, con cierto mal humor, repetiste tus anteriores movimientos, pero esta vez no me amenazaste.

- ¡Te advertí… que no siguieras… por ese… camino! –Me dijiste, a la vez que me azotabas una y otra vez con uno de tus zapatos.

- ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Te prometo que no lo digo más! ¡Para ya con el zapato, por favor! ¡Que me haces daño!

Mentí como un bellaco. No sólo no me hacías daño, sino que estaba experimentando una grandiosa sensación. Hube de reconocer en silencio que tu lado enigmático era muy duro, pero muy excitante. Morboso, diría yo.

- Bueno, pero si no quieres verme realmente furiosa, si no quieres que esto se repita otra vez, no vuelvas a hacerme ese comentario. Te advierto que como lo vuelvas a decir, te voy a dar una buena paliza.

Aquella sentencia tuya, contribuyó aún más, si se podía, a que mi atracción hacia ti fuera mayor. Y aunque te enfadaste de verdad, nos despedimos con gran ternura.

Y el tiempo fue transcurriendo. Recuerdo que todas las noches cenábamos juntos. Que todas las tardes las pasaba junto a ti. Y llegó el verano. Y recuerdo alguna de las conversaciones que mantuvimos. Una de ellas, referente a los niños. Recuerdo una noche en especial, mientras cenábamos, sentados a la mesa en una terraza al aire libre, que estábamos comentando algo sobre el tipo de educación que se les debía dar y, en una de esas, me hiciste el siguiente comentario:

- ¡Mira! ¿Ves? –Me dijiste, echándote mano a una de tus chinelas espadrillas que calzabas esa noche-. A los niños, cuando se ponen tontos o cogen una rabieta, se les aplica una de éstas en el culo, se le dan unos buenos zapatillazos, y se les quita la tontería. ¡No me vengas ahora con monsergas!

Acto seguido, la dejaste caer al suelo y te la calzaste con algunos movimientos de tu pie, para acomodarlo en su interior.

- ¡Madre mía! –Pensé yo-. ¡Esta es la mujer de mi vida!

Me había enamorado de ti hacía ya tiempo, pero aquella actitud tuya, me derrotó. Fui vencido por tu contundencia. Me enamoré de ti, de nuevo. Y aquella misma noche, durante la cena, apoyaste tu mano sobre mi brazo, mientras con la otra sujetabas el tenedor y saboreabas un pedazo de pulpo a la marinera. Me lanzaste un beso y me dijiste:

- ¡Te quiero!

- Y yo a ti, no sabes cuánto.

Y acariciándome el antebrazo con aquella mano, noté cómo te descalzabas y acariciabas mis pantorrillas con los dedos y la planta de tu pie. Dicen que el amor es química y aquellos gestos tuyos la hicieron fluir por todo mi cuerpo. Acercaste tu boca a mi oído y…

- Quiero hacerte el amor, esta noche –susurraste.

No supe responder, pero el brillo de tus ojos volvió a cautivarme. Al terminar la cena, buscamos una pensión donde pasar la noche y darle rienda suelta a nuestros sentimientos pero, no pudo ser. ¡Ni una sola habitación libre en toda la localidad! Y al final, resignados, decidimos posponerlo para otro momento. Teníamos el coche, sí. Pero la circunstancia se merecía una situación mejor. No podíamos estropearlo con una vulgaridad así. Aquello sería sólo sexo y no era eso lo que ambos reclamábamos. Así, que lo dejamos para el día siguiente.

Encontramos un hotel a pocos kilómetros de la localidad y alquilamos una habitación. La excitación me desbordaba mientras subíamos en el ascensor. Abrí la puerta de la habitación y tomándote en brazos, cual si fuéramos unos recién casados, cruzamos el umbral, hacia el paraíso.

Y jugamos…, y nos abrazamos…, y nos besamos…, y nos desnudamos…, y nos lanzamos hacia la cama fundidos, ambos, en uno. Y nos amamos…, y retozamos…, y seguimos amándonos…, ¡y el mundo entero se detuvo ante nuestro empuje! Y llegamos al éxtasis y nos quisimos…

Pero después de aquello, el destino quiso que me equivocara de nuevo y la mala costumbre que tengo de “pinchar” a la gente, soltó mi lengua sin darme tiempo a pensarlo y realicé aquel comentario.
- ¿Qué? ¡Qué has dicho! –Me inquiriste enfurecida- ¿No te advertí ya de lo que te haría si lo volvías a repetir? ¡Ahora verás!

Y con gran ligereza te diste la vuelta, dejándome ver tu espalda desnuda, tus nalgas, tus piernas y las maravillosas plantas de tus pies, mientras rebuscabas bajo la cama, hasta encontrar una de tus zapatillas y asirla firmemente.

- ¿Qué vas ha hacer? –Te pregunté, incrédulo.

- ¡Darte lo prometido!

Y con tu chinela roja en la mano, más que amenazante, regresaste a mi lado y comenzaste a darme una tremenda tunda de zapatillazos, mientras mascullabas no sé qué entre dientes, golpeando mis nalgas y mis muslos con fuerza y a toda velocidad. Aquello, al contrario de lo que tú esperabas, produjo un efecto distinto, provocando una situación en la que ambos disfrutamos. Al cabo un buen rato, percatándote de lo que ambos estábamos experimentando, lanzaste tu zapatilla contra el suelo y me hiciste de nuevo el amor…

Han pasado ya diez años, y hoy te he vuelto a ver…

Han pasado ya diez años, y te he vuelto a perder…

¡Y aún te quiero!