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Bel y Rafa

Martes, octubre 11th, 2011

Autor: Jano

Él aceptó entrenarla para la alta competición bajo ciertas condiciones: asistencia puntual a los entrenamientos y, entre otras más, obediencia ciega y esfuerzo.

Contaría con un bagaje de cien puntos que no debía rebajarse por ningún concepto como consecuencia de faltas  o actitudes que no coincidieran con las necesidades del fin perseguido por ambos, cada uno en su parcela, de conseguir la mejor marca en el campeonato. Como consecuencia de un mal comportamiento por parte de ella, esos puntos irían rebajándose en la medida de la falta cometida. Tal reducción, sería acompañada del castigo que quisiera imponerle y que debía cumplir sin protesta alguna.

Además de la relación deportiva, ambos mantenían otra bien distinta. Se veían con  frecuencia para otra clase de actividad. En dos palabras: eran amantes desde hacía tiempo, aunque sin relacionarse en el ámbito deportivo.

Bel (Maribel), aceptó las condiciones: quería llegar a lo más alto  y Rafa era la persona idónea para entrenarla con garantías de éxito.

Estaban a tres meses de que se celebrara la competición y debían trabajar con ahínco.

Durante un mes en que entrenaban duro y a diario, Bel comenzaba a mostrar signos de cansancio. Rafa la animaba y le decía que no debía desfallecer. Faltaba poco tiempo y le quedaba mucho por perfeccionar la técnica. En más de una ocasión, se vio en la obligación de amenazar con castigarla. Los ánimos y las amenazas surtieron su efecto durante algunos días más. Ella se afanaba en cumplir las órdenes e indicaciones de Rafa.
Sin embargo, su situación anímica, que no física, se iba deteriorando: empezaba a pensar que no se encontraba en las condiciones necesarias para la consecución de sus anhelos. La fe en sí misma se iba deteriorando.

Así las cosas, un día faltó al entrenamiento. Considerando que su relación afectiva con Rafa era aparte de la deportiva, como de costumbre, se presentó en su casa a las ocho de la tarde. Cuando llegó, la actitud de él era lo bastante elocuente como para que un escalofrío recorriera su espalda. El ceño fruncido, las mandíbulas apretadas y los ojos echando chispas, no auguraban nada bueno.

“¿Qué ha pasado para que faltaras al entrenamiento? ¿Dónde has estado y como te has atrevido a fallarme?

“…………………..   ……….”

“ De nada te sirve una excusa tan pueril. Me has dejado plantado como un idiota  sin saber qué te había ocurrido. Las reglas que aceptaste eran claras y no las has cumplido hoy. Te he llamado a casa y no estabas.”

“… …… …………………………”

“Te repito que no creo nada y que tu intento de justificación carece de fundamento. Hoy vas a tener cumplido conocimiento de lo que en varias ocasiones te he dicho. Vas a ser castigada como una niña que eres al hacer éstas cosas que, a partir de hoy, no te atreverás a repetir. Si quieres que siga entrenándote, deberás aceptar el castigo que te tengo preparado. ¿Vacilas?: es tu decisión. O haces lo que te diga o  dejamos de preparar la competición. Llevas varios días sin prestar la debida atención ni el esfuerzo necesario.”

“…. . . …….”

“Entonces, ya que reconoces tu falta y aceptas mis condiciones, pasa al dormitorio y desnúdate de cintura para abajo incluidos los zapatos. Con las manos cruzadas sobre la nuca, apoya la frente sobre la pared y espera a que yo llegue”

Bel, aunque con gesto de preocupación y desagrado, obedeció la orden. Un tanto asustada sin saber lo que Rafa pretendía, se despojó de todo lo que él le había ordenado.
Adoptó la posición dicha y esperó. Empezaba a cansarse de la postura: las piernas le dolían y la espalda comenzaba a darle tirones por lo forzado de la posición. Solo lo bien entrenado que estaba su cuerpo la mantenían en pie tras más de quince minutos sola, esperando el próximo movimiento de él. Aquellos minutos se le hicieron horas. Su mente no paraba de dar vueltas a la extraña situación. ¿Qué hacía ella de aquella guisa? Quién le había puesto en aquella forma lo sabía, pero ¿Qué hacía que ella accediera a comportarse así, a permitir que él la manejara de aquel modo? Mil preguntas sin respuesta se cruzaban y entrechocaban en su mente. Se sentía humillada. Solo la necesidad de que Rafa la preparara como solo el sabía hacerlo y la propia necesidad de participar con ciertas garantías de éxito le hacían acatar aquella estrafalaria petición.
Mejor pensado: aquella extraña imposición.

En estos pensamientos estaba Bel sumida, cuando la entrada de Rafa la sacó de sus cavilaciones. Éste comenzó por amonestarla severamente por su ausencia de ese día, por el escaso rendimiento de los últimos tiempos. Durante un largo tiempo que a Bel se le hizo insoportable en su cuerpo y en su orgullo, hubo de soportar la sarta de reproches con que el la reprendía.

De repente, sin aviso, con el mayor de los asombros, Bel sintió en sus carnes la dura mano de Rafa quién, sin la menor piedad, la estrellaba en su parte más expuesta. Trató de volverse y huir, pero, con fuerza, él se lo impidió.

“No trates de escapar o será peor. Acepta el castigo que te doy a cambio de todos los errores que llevas cometiendo desde hace tiempo y la imperdonable falta de no haber asistido al entrenamiento de hoy sin razón alguna. Desde ahora, aprenderás para el futuro que lo que hacemos es algo serio y con una finalidad, que si no se ponen todos, absolutamente todos los medios, no llegará a buen puerto. Si para conseguirlo debo castigarte muchas veces, lo haré. Ahora, no te muevas. Por tu bien, tengo que azotarte como la niña pequeña que has demostrado ser”

Bel tenía ganas de llorar, pero su orgullo se lo impedía.

Rafa siguió azotándola sin pausa, con fuerza, sin parar de darle instrucciones, consejos  y repitiendo la lista de quejas que sobre su comportamiento tenía. La  mano se estrellaba
sin descanso sobre aquellas nalgas que tantas veces había acariciado en circunstancias más agradables y amorosas. En estos momentos, él no estaba para esas consideraciones y azotaba con extremo vigor: su objetivo ahora, consistía en castigarla de forma tal que evitara repeticiones desagradables en el futuro.

Ante el castigo que recibía, Bel trataba de eludirlo moviendo las caderas de forma incontrolada de un lado a otro, sin conseguirlo. La mano, las manos de él, encontraban siempre su objetivo pese a esos intentos y sin preocuparse de las quejas de la muchacha.
Después de quince minutos de castigo, el culo de Bel despedía una a modo de luz roja.

En cierto momento, consecuencia del castigo y del cansancio que mordía las piernas y la espalda de Bel, ésta cayó de rodillas sobre el suelo. El suceso hizo que Rafa se apiadara de ella y diera por terminada la azotaina. Sin embargo, en tono serio y admonitorio advirtió a la joven que no toleraría más desmanes por su parte, Fue duro y claro: o aceptaba las condiciones impuestas y aceptadas en el principio o daría por finalizado su compromiso con ella en el aspecto deportivo. No obstante, la ayudó a levantarse y la abrazó hablándole con dulzura. Las palabras que le dirigía ahora eran de consuelo y de amorosa regañina como si de una mocosa se tratara.

Bel se refugió en los brazos del hombre quejándose del trato recibido, pero prometiendo portarse mejor a partir de ese momento.

Siguieron los duros entrenamientos de los que ella terminaba exhausta. Pese al cansancio, la visita habitual a la casa del entrenador acababa con los más tiernos
actos del amor que se profesaban.

Durante una de las sesiones en el gimnasio, los nervios de ambos estaban a flor de piel.
Por una pequeñez, un malentendido, Bel se irritó de tal manera que gritó a Rafa llamándole tirano y déspota. Como consecuencia, las voces de ambos subieron de tono y, el resto de los que allí se hallaban, presenciaron la áspera disputa. Para finalizar, Rafa
le dijo a ella que la esperaba en casa a la hora de costumbre y que, allí hablarían. Bel recogió sus cosas y se marchó sin decir una palabra más dando un portazo.

A la hora acostumbrada, apareció por la casa de Rafa ya calmada y con una mirada huidiza. Le pidió disculpas por su comportamiento y se refugió entre sus brazos. Con suavidad, él la apartó de sí y le mandó que, como la vez anterior, se despojara de toda la ropa de cintura para abajo. Bel  dio un paso atrás, asustada, recordando aquello que ocurrió y temiendo que se repitiera, pues ciertas eran las señales. Durante un eterno minuto, calculó todas las posibilidades que una u otra respuesta de su parte conllevaría.
Finalmente,  a paso lento, se dirigió al dormitorio e hizo lo que se le había dicho.

En ésta ocasión, el castigo se multiplicó. Sin dejar de amonestarla, Rafa la azotó durante largo rato, pese a las protestas de ella. Cuando habían trascurrido más de veinte
minutos y tal vez doscientos azotes, Rafa la tumbó sobre la cama y, extrayendo su cinturón del pantalón, comenzó a cruzar las nalgas de la chica metódicamente en uno y otro lado con las consiguientes protestas y gritos de ella.

“Me prometiste hacer bien las cosas y obedecerme y no lo has hecho. Para colmo, has
montado un escándalo en público y me has obligado a perder la compostura. No te tolero esa actitud. Bastante estresado estoy yo preparándote y viendo que no acabo de
limar tus defectos para el campeonato para que hagas que me exalte con tus niñerías. De
éstas, cada vez que te alteres, y no hagas las cosas como yo quiero o te rebeles, vas a tener muchas sesiones así.
Sigue con tus tonterías que yo seguiré corrigiéndote en el gimnasio de la manera habitual y aquí de la forma que lo estoy haciendo ahora. Nos queda menos de un mes de trabajo y no podemos perder ni un minuto”

Entretanto, Rafa no dejaba de descargar el cinturón espaciando los golpes. Bel, gemía, se retorcía, llevaba sus manos a los lugares donde el cinturón hacía impacto y pedía clemencia. Sin hacerle caso, él seguía con el castigo y las advertencias. En ésta situación, aún pasaron otros veinte minutos en los que ella no dejaba de patalear. Llegó un momento en el que el dolor era tan insoportable que se atrevió a insultarle. Sin alterarse, él se acercó a un mueble de la habitación: de un cajón, extrajo una larga y gruesa regla de madera: con ella, descargó veinte o treinta golpes. Mientras tanto, para evitar la huída de la joven, se sentó sobre sus piernas. Pese a la dureza de los golpes,
Bel siguió profiriendo insultos, aunque ahora en voz baja.

“Si sigues así, no pararé de azotarte, Tenía pensado dejarlo ya, pero con tu actitud no haces sino alargar tu sufrimiento”

Siguió, siguió y siguió pese a las protestas de Bel. Cambiaba de la regla a la mano, de la mano a la regla. Acudió al cinturón sin dejare de decirle “de ésta, te enteras quién da las órdenes aquí. No te voy a consentir lo más mínimo incluso fuera de los entrenamientos.
No vas a tener un momento de reposo y tu culo pagará cualquier impertinencia. Lo que te digo: te vas a enterar siempre que me alteres los nervios”

El estruendo de los azotes, apenas dejaban escuchar lo que decía.

Llegado a un punto, Rafa se fue calmando y comenzó a espaciar los azotes hasta al fin detenerse del todo. Cuando vio el estado en que había dejado las nalgas de la mujer, su
afán castigador cesó casi por ensalmo. Sabía que esa era la forma en que ella le prestara
la necesaria atención. No obstante, un sentimiento parecido a la compasión, le hizo consolarla sin dejar de amonestarla: ella se lo había ganado con su propio esfuerzo.

No fue éste el último castigo que ella recibiera. Varias veces más a lo largo de aquel mes que faltaba para el campeonato, debió someterse a duros castigos de su maestro.

Los cien puntos con que comenzara al principio, se habían rebajado a diez. Los noventa gastados, se tradujeron en soberbias azotainas que Bel recibía ya con la entereza que le daba el entrenamiento de sus nalgas ante los rigores con que Rafa castigaba sus errores o salidas de tono. Él parecía haberle tomado gusto al asunto e incluso se excitaba con los castigos que inflingía. Al menor gesto, actitud negativa o falta, por pequeña que fuera, de ella, Rafa no perdía la ocasión de azotarla con esto o aquello. Cuando llegaba el momento de sus relaciones amorosas, después de una sesión de castigo, los resultados eran excepcionalmente satisfactorios.

EPÍLOGO.

Llegó el día de la competición tan ansiada y temida al mismo tiempo. Bel consiguió un
segundo puesto por el que obtuvo la medalla de plata.

No se sabe que papel jugaron  en la consecución de tal premio las largas sesiones de castigos. Ambos querían, buscaban la medalla de oro, pero tuvieron que conformarse con el segundo puesto.

No todo se consigue, ni con azotes.

Madrid, 28 de Septiembre de 2005.

Jano

El Doctor Satiuglan Sajor

Martes, octubre 11th, 2011

Autor: Mauricio Zamora

Está historia tuvo lugar en un colegio, que tenia el despacho médico en su interior…
En este colegio no había uniforme para las alumnas así que podían vestir como quisieran, pero de una manera decente…sin coquetería, eso si, no estaba permitido el maquillaje ni las uñas largas.
Todo empezó un día viernes, ese día tenían examen de matemáticas, las chicas del sexto curso…..En ese curso estudiaba Jessica una niña (señorita) muy guapa media 1m65cm,era de piel blanca pelo rubio, y tenía unos ojos verdes muy grandes y bonitos…su cuerpo era espectacular tenia unos pechos bien duritos y de un buen tamaño, una cintura pequeña y un trasero descomunal, redondo y respingón ..en fin era la más guapa del colegio.
Jessica no era muy buena alumna descuidaba constantemente sus estudios, razón por la cuál el día del examen decidió fingir estar enferma para no realizar el examen y de esta manera evitar un castigo de sus padres que eran muy estrictos….
Pero ella no contaba con lo que le podía costar la bromita, sucedió así :
A los 11 de la mañana Jessica luego de fingir estar enferma fue enviada al despacho médico, por el profesor de matemáticas, al llegar allí toco la puerta y una voz muy varonil la dijo pase, al entrar el Dr Satiuglan quedo impresionado, era Jessica vestía un pantalón vaquero azul que le quedaba apretado, como les gusta vestir a las chicas, parecía que su trasero quería salirse de el, una camisa sport de color negro y una chaqueta que era conjunto del pantalón vaquero…….Luego de un momento el Dr. reaccionó y la invitó a sentarse…que es lo que te pasa preguntó el Dr.?….Jessica contestó me encuentro muy mal me duele la garganta y tengo fiebre….
Pasa acá le dijo el Dr. quítate la chaqueta y siéntate sobre la camilla te voy a revisar….Jessica obedeció…entonces luego de revisarle la garganta, el pecho y el corazón el Dr. Dijo, no pareces tener nada, ahora acuéstate boca abajo y bájate los pantalones te voy a tomar la temperatura…..Jessica  dijo per….o     no me la toma por la boca…..No dijo el Dr.   aquí solo tenemos el termómetro rectal….Date prisa, le ordenó con voz autoritaria mientras tomaba el termómetro y una cajita con vaselina…Jessica muy nerviosa y con la cara roja de la vergüenza, obedeció…. Entonces se acerco el Dr. y luego de bajarle las braguitas hasta las rodillas, con los dedos de su mano izquierda separo las nalguitas de Jessica e introdujo suavemente el termómetro unos tres centímetros, sólo se escuchó un leve quejido de Jessy  AHhhh….no sufras le dijo el Dr. serán sólo  un par de minutos,,,,pasados los 2 minutos el Dr. saco el instrumento del culito de Jessy de un sólo tirón y nuevamente Ohhhh  se quejo Jessy y llevo su mano al trasero, ya está le dijo el Dr. puedes vestirte, Jessy aun avergonzada se puso de pie subió sus braguitas y luego el pantalón…El Dr. miro el termómetro y comprobó que todo era normal…En ese momento le dijo mira Jessica tú no tienes nada ,,todo esto a sido otra de tus trampas para evitar el examen….Jessica dijo NO..NO….me duele mucho…Silencio gritó el Dr. voy a mandarles una nota a tus padres para que tomen medidas,,ven aquí siéntate y espera….Rápidamente Jessica suplico No por favor Dr. no les avise a mis padres….Lo que has hecho esta muy mal le dijo el Dr. Satiuglan,y mereces un castigo, así que aviso a tus padres o ahora mismo te castigo yo……
Jessica agacho la cabeza y sabiendo con la severidad que la castigarían sus padres, además de prohibirle salir durante un buen tiempo…….con voz temblorosa y sin mirarle a la cara dijo,,,mis padres no por favor, Castígueme usted Dr……………Muy bien dijo el  Dr. y tomando su silla la colocó en medio del despacho, se dirigió a la puerta y echó el cerrojo, se dirigió a la silla, se sentó y le dijo Jessica, vas a recibir un castigo que no vas a olvidar durante mucho tiempo, pues tus nalgas te lo van a recordar a diario cada vez que te sientes…..Túmbate sobre mis rodillas le ordenó. Ante esto Jessica se exaltó y advirtiendo lo que se le venía encima le dijo, no por favor no!!!!!!! entonces el Dr. le tiro con fuerza del brazo y la situó sobre sus rodillas, ahí estaba el culo más perfecto del colegio a su entera disposición para ser castigado…Coloco su mano derecha sobre su cintura e inmediatamente pasó a azotarla, una a una caían las nalgadas con fuerza pero no muy seguidas alternando,1 derecha y 1 izquierda….al principio Jessica estaba quieta sorprendida talvez por lo que le estaba sucediendo, pero según aumentaban las nalgadas empezaba a quejarse ,plass …AUhhhh plashhhh Auhhhh,y asi durante unos 5 minutos, no más por favor decía la chiquilla, en ese momento la levanto……y rápidamente Jessica empezó a frotarse el trasero que ya le dolía, ella pensó que eso era todo,,,pero no fue así …El Dr. le dijo que esto era sólo un calentamiento y le dijo que se desnudara de cintura para abajo que su castigo aún no había terminado,…..y mientras más tardes en obedecer va a ser peor…..Ante esto Jessy pensó que lo mejor era obedecer así que se quito el pantalón y luego las bragas quedando totalmente al aire su culito que ya había perdido su color natural, ahora era de un color rojizo pero no muy intenso….Nuevamente la tumbo sobre sus rodillas y empezó de nuevo la descarga de nalgadas que ahora hacían más daño ya que nada protegía las nalguitas de Jessy,El DR SATIUGLAN estaba disfrutando, con el castigo le daba 6 nalgadas seguidas,3 en la derecha,3 en la izquierda y luego la masajeaba el trasero, así siguió durante otros 5 minutos, durante este tiempo Jessica ya lloraba y suplicaba que parara, pues ya sentía el calor en su trasero que ya tenía un color mas rojizo …..En ese momento el Dr. le ordenó que se pusiera de pie y que se frotara el trasero para aliviarlo un poco,,Jessica se puso de pie y según se masajeaba su trasero empezó a sentir una extraña sensación de placer, que no se lo explicaba pues el dolor de su culito decía lo contrario….
Luego de dejarla descansar 2 minutos, el Dr. se quito la bata y luego empezó a sacar su cinturón lentamente ,lo doblo por la mitad y ordeno a Jessica colocarse acostada sobre la camilla con un cojín bajo su vientre para tener una mejor vista de su trasero,,,como es de suponerse esto no le gusto nada a Jessy,y le dijo que ya había recibido suficiente castigo, negándose a obedecerle,,,pero en ese momento el Dr. le recordó que le iría peor y si no obedecía cumpliría su amenaza de comunicar su falta a sus padres. Entonces Jessica obedeció, en medio de lloros y lamentos se tumbo en la camilla….Se acerco el cruel Dr. se colocó a 1m de ella agito su cinturón en el aire y empezó a azotarla, luego de cada correazo PLAFFFF,AYYYY gritaba Jessy y llevaba las manos a su trasero, así siguió el castigo hasta llegar a 20 golpes con el cinturón luego de los cuales Jessica permaneció acostada, frotandose su dolorido trasero que ya tenía un color rojo carmesí,..No paraba de llorar,,,hasta que un raro sonido llamo su atención era el silbido de la cane que su cruel castigador agitaba en el aire……De pie ordeno el cruel Dr. vas a recibir 12 varazos para finalizar tu merecido castigo,,,,nuevamente no sin antes rechistar Jessica obedeció Se levanto de la camilla y caminó hasta el escritorio del Dr. ,túmbate aquí y coloca tus manos en el otro extremo, por cada vez que te sueltes para tocarte el trasero te daré 2 más entendido?….S…i   SNifff   Y se colocó, es indescriptible relatar lo hermoso que se veía su culo en esa posición….
Jessica vas a contar uno por uno los varazos….
Levanto su mano y con Fuerza dejo caer el primer azote. Splashhh …AYYYY 1,,Splashhhh 2  ……………Splashhh11…..y   Splashhh12  Gracias Dr. dijo Jessica ,,para sorpresa de este¡¡¡¡¡¡…..Había resistido los 12 golpes sin desobedecer …
Ya hemos terminado dijo el Dr. ,ayudo a incorporarse a Jessica. Miró detenidamente su trasero era rojo intenso y tenía 12 delgadas líneas que le habían dejado los golpes de la cane……le dio una palmadita en el centro del trasero y le dijo ..ya te puedes vestir,,,,Así lo hizo Jessy se coloco las bragas y el pantalón con mucha dificultad….el la miraba satisfecho de su obra,,,a la vez que le decía, talvez tú olvides este castigo al cruzar la puerta…Pero como te dije TUS NALGUITAS TE LO RECORDARAN DURANTE MUCHO TIEMPO…….Te puedes ir…..Según salía caminando muy despacio y aún sobándose el culito, miró a su cruel Dr….que lo miraba con una morbosa sonrisa….. Cerro la puerta y se marcho….
NOTA…..Han pasado ya quince días del castigo que JESSICA recibió del
DR. SATIUGLAN  SAJOR……y ella ya esta pensando en qué hacer para volver a su  Despacho………………………FIN…

El espíritu malo

Martes, octubre 11th, 2011

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana Karen Blanco

La reunión tuvo lugar en la antigua residencia que hasta 1973 perteneciera a mis abuelos, cuyos propietarios actuales la transformaron en hostería primero y años más tarde en un exclusivo club de campo con canchas de polo y links de golf.

La casa original, construída por mi bisabuelo en 1903, fue destinada a Club House, pero no obstante las sucesivas ampliaciones, refacciones, remodelaciones y adaptaciones mantenía todavía parte del decorado original y del mobiliario con los retratos de mis antepasados en las paredes.

La conservación de aquellas reliquias familiares así como la añosa arboleda del parque diseñado por un paisajista del siglo pasado, tenía el propósito de acentuar la prosapia histórica del predio para justificar la publicidad que lo promocionaba como:  “Un sitio único en la Provincia donde se conjugan la historia y las tradiciones con las bellezas naturales.”

Esa vistosa propaganda acompañada por artísticas fotografías y antiguas crónicas, más o menos auténticas, formaba parte del show destinado a atraer  turistas y curiosos.

En medio de esos campos de mi infancia y juventud, me encontraba yo, esa semana de diciembre, donde la casualidad hizo que, en la barra del bar, amigos comunes me presentaran a una huésped uruguaya.

Ana Karen resultó una mujer atractiva, poseía lo que los franceses denominan: “Charme”  o sea ese encanto especial, propio de su elegancia así como de su natural simpatía. Por mi parte le caí bien de modo que congeniamos casi de inmediato y no tardamos en aislarnos del grupo de amigos para pasar el resto de la velada solos.

Mi reciente amiga, estaba fascinada con el lugar y sus leyendas, de manera que, al enterarse que yo era descendiente directo de los primeros pobladores, comenzó a acosarme con preguntas sobre cosas del pasado y de la historia familiar.

A ella la asombró descubrir que en esa zona habían acampado las tribus araucanas de Namuncurá hasta 1879 en que fueron definitivamente desalojadas por las tropas nacionales  comandadas por el General Julio Argentino Roca y más aun enterarse que todavía quedaban descendientes de aquellos aborígenes en la región
Le expliqué que en realidad las tolderías indígenas estaban a orillas de la laguna cercana a la que ellos llamaban “Nahuel-co” que en lengua araucana significaba: nahuel = tigre y co = agua, o sea Aguada del Tigre.

Ana Karen estaba interesada en saber si todavía había tigres. A riesgo de desilusionarla, le dije que nunca hubo tigres en la llanura bonaerense, sólo pumas o gatos monteses que, a la caída del sol, bajaban a la laguna a beber y a cazar nutrias, venados o vizcachas para alimentarse.

A su insaciable curiosidad respondí que cuando éramos chicos, para evitar que nos escapáramos hasta allí, nos contaban historias truculentas de ahogados, de desaparecidos, de animales salvajes que devoraban criaturas y cosas por el estilo. Pero que ya mayorcitos recorríamos los alrededores en busca de puntas de flechas, boleadoras, mazas y otras reliquias indígenas.

Quería saber también si yo había conocido algunos descendientes de los indios de Namuncurá, le dije entonces que no solamente había conocido a varios, sino que una de mis tías abuelas era india pura o casi pura.

Al principio lo tomó a broma, hasta que le aseguré que Francisco uno de los hermanos de mi abuelo se había casado con “La Puyí”, que era india.
- Al tío abuelo Pancho no lo recuerdo porque murió siendo yo muy chico -le dije-, pero a su mujer que lo sobrevivió unos veinte años, la tengo bien presente, de ella nadie sabía a ciencia cierta la edad, pero al morir calculaban que tenía más de noventa años.

Tuve que contarle la historia desde el comienzo.

La Puyí era hija de una india y posiblemente de un cristiano porque tenía rasgos mestizos, nadie supo quien fue su padre y la madre murió cuando la Puyí tendría cinco o seis años, no tenía nombre cristiano le decían puyí que era una deformación de la palabra araucana “Pichí”  que significa pequeño o pequeña.
Al quedar huérfana, el Juez de Paz y el Cura decidieron pedirle a la viuda de Tejedor, una dama muy caritativa, que la tomara a su cargo para no enviarla a un orfanato.

Aquella mujer de buenos sentimientos aceptó criarla. La hizo su ahijada de Bautismo para darle también un apellido. La bautizaron con el nombre de Benita Tejedor, de acuerdo al santoral de ese día, aunque para todo el mundo continuó siendo La Puyí, a secas.

La ahijada no tardó en darle frecuentes dolores de cabeza a su buena Madrina. Puyí era una criatura despierta, dócil y de carácter manso, en apariencia, porque de buenas a primeras tenía arranques intempestivos que provocaban verdaderos desastres domésticos.

En la escuela aprendió rápidamente a leer y escribir con soltura, pero no duró más de un par de años, doña Victoriana Tejedor tuvo que retirarla a pedido de los maestros porque revolucionaba todo el colegio.

Desconcertada por la conducta de su ahijada que pasaba temporadas enteras comportándose como niña modelo hasta que se desmandaba cometiendo mil tropelías, como encerrar gatos vivos en los armarios, hacer muecas, monerías y ruidos groseros mientras rezaban el rosario, esconder o romper cosas, fastidiar a los vecinos, la señora pidió consejo al Cura.

Consternada le confesó que no veía otro camino que usar los  castigos corporales, puesto que, ni reprimendas ni penitencias le hacían mella alguna.
El religioso estuvo completamente de acuerdo, manifestando que corregir cristianamente con azotes a quien lo mereciera era también una obra de caridad, Jesús mismo dio el ejemplo al tomar un látigo para echar a los mercaderes del templo.

En apoyo de sus consejos, el sacerdote le entregó a la afligida viuda un escapulario de la Virgen, bordado por las monjas y un latiguito trenzado por su Sacristán, que en los ratos libres hacía artesanías de cuero. El escapulario para colocárselo a Benita sobre el pecho y el rebenquito para aplicárselo repetidamente en las nalgas cuando resultara necesario.
Doña Victoriana habló con su ahijada, le prendió el escapulario y le mostró el rebenquito advirtiéndole que la azotaría si se portaba mal. La Puyí la dejó hacer y asintió con la cabeza cuando escuchó las advertencias, pero no pronunció ni una sola palabra.

Por un tiempo la señora de Tejedor creyó que las oraciones del Cura y los dos objetos que le entregara habían obrado un milagro porque Benita se portaba a las mil maravillas. Hasta que llegó el desengaño y la afligida mujer no tuvo más remedio que echar mano al látigo.
Cuando la madrina le anunció que iba a pegarle, la Puyí sin protestar agachó la cabeza, con extraña resignación se quitó la ropa para presentarle las nalgas desnudas. Durante la azotaina, aunque brincó, pataleó y lloró de dolor, aguantó del primero al último azote sin pedir clemencia.

A medida que desgranaba mi relato observé en los ojos de mi flamante amiga un brillo de interés, que en mi caso particular no podía pasar desapercibido, como tampoco la sonrisa con un dejo de escepticismo que dejó traslucir un par de veces.

Su curiosidad pudo más, aprovechó la pausa que hice al apurar el vaso de whisky para preguntarme -sin sorna pero con cierta reticencia-, cómo conocía tantos pormenores de la vida de la Puyí.

- Ana Karen, -le dije- tenés todo el derecho del mundo a dudar de la veracidad de mi relato, pero te aseguro que en líneas generales se ajusta a todo lo que oí de chico en casa de mis abuelos y de mis padres como también de labios de la propia Puyí, que no te olvides era una de mis tías abuelas. De paso te diré que la tía Benita como la llamábamos familiarmente trabajaba muy bien en el telar y a mi en particular me quería mucho así que me tejió un ponchito con una guarda pampa que todavía conservo de recuerdo. Ya en los últimos tiempos cuando estaba casi ciega, yo era uno de los pocos parientes que no dejaba de visitarla cada vez que venía aquí y a ella le gustaba evocar conmigo cosas del pasado. Pero todavía falta lo mejor.

Ella me aseguró que no dudaba de la autenticidad de la historia, aunque yo no le creí del todo. Me pidió que prosiguiera y lo hice.
La viuda de Tejedor era una mujer compasiva, de muy buenos sentimientos, así que sufría cada vez que tenía que azotar a su ahijada. Trataba por todos los medios de convencerla con buenas palabras pero no había caso, a la corta o a larga, tenía que acudir al latiguito.

- ¿Pero no te das cuenta Benita, -le decía la buena mujer-, que no me gusta pegarte? ¿Por qué no te portás bien así no tengo que castigarte o acaso te gustan las palizas?

La Puyí le contestaba que se portaba mal porque “Hualichum”  se lo pedía.

Le expliqué a Ana Karen que “Gualicho o Hualicho” en lengua araucana es el demonio, en realidad no precisamente el demonio sino un espíritu malo que invocaban  “las Peñís”-esto es las brujas de las tribus-, para hacer sus maleficios, porque “engualichar”, todavía hoy, significa embrujar a alguna persona para dañarla.

Bueno pues, Puyí juraba y perjuraba que “Hualichum”  era el responsable de su mala conducta, que él la obligaba a portarse mal. La viuda no entendía nada.
- Pero Benita, -argumentaba la mujer-, si te portás mal yo tengo que pegarte, ¿por qué entonces le hacés caso a ese espíritu malo?

La respuesta de la ahijada la dejaba más confundida todavía:
- Porque a “Hualichum” le gusta que me peguen, él ve cuando me pegan y se pone contento, más me pegan más contento está. Entonces después se va muy contento y me deja tranquila.

- ¿Pero vos lo has visto alguna vez?

Puyí negaba enfáticamente. -No. No lo veo, pero lo siento Madrina, él viene de noche cuando duermo y se mete en mi cabeza para decirme lo que tengo que hacer.
- Y vos, tonta, le hacés caso.

- Tengo que hacerlo, Madrina.

- Pero Benita, yo te quiero mucho y entendeme no quisiera tener que volver a pegarte nunca más.

- Yo también la quiero mucho Madrina, pero usted tiene que pegarme, eso lo sé. Y él también lo sabe.

Mi amiga estaba sorprendida, ya no podía disimular el interés por conocer cuánto más sabía yo de esa singular criatura.

Por lo que sé, Ana Karen, “Hualichum” , Gualicho, Walichú. Espíritu Malo o como quieras llamarlo siguió poseyéndola hasta después de su matrimonio con el tío Pancho.

Al llegar a la pubertad la conducta de Puyí empeoró, se escapaba de la casa de doña Victoriana y vagaba sin rumbo a veces un par de días, después regresaba tan sigilosamente como se había marchado sabiendo que allí la esperaba una severa azotaina que recibía con la acostumbrada resignación.

- Pero no te confundas Ana Karen, me encuentro obligado a hacerte una salvedad, la Puyí no era sumisa ni viciosa, era corajuda como pocas. En una oportunidad puso en fuga a cuatro esquiladores que quisieron abusar de ella y lo hizo sola armada con una tijera de tusar en una mano y un palo en la otra.
Es posible que el tío Francisco la conociera de antes, pero el encuentro decisivo aconteció en “Nahuel-co” .Tío Pancho era aficionado a la caza salía en las noche propicias, o sea las de luna llena cuando esa claridad tenue alumbra la llanura; armado entonces con su “Winchester”, marchaba a apostarse en la laguna a esperar que los venados bajaran a la aguada.

La noche en cuestión mientras aguaitaba desde su escondite observó una silueta que se aproximaba a la orilla. Al principio la tomó por un animal, pero no tardó en descubrir que tenía forma humana. La Puyí, -pues de ella se trataba-, se acercó al borde de la laguna, allí se despojó de toda la ropa y se metió en el agua.

El frustrado cazador, molesto por esa presencia humana que alejaría a sus presas se fue acercando silenciosamente con el propósito de dar un buen susto al intruso.

Los cabellos sueltos de la muchacha le revelaron la identidad de la bañista, entonces él a su vez se quitó la ropa para entrar en el agua.

Después de un breve forcejeo o quizás apenas un simulacro de lucha cuerpo a cuerpo, sucedió lo inevitable. El sol los sorprendió desnudos y abrazados en medio del pajonal, sobre la manta que tío Pancho llevaba para apostarse.
Para sorpresa de la población y alivio de la viuda Tejedor, a pesar que el novio estaba debidamente advertido de las misteriosas intervenciones de “Hualichum”  se casaron como Dios manda.

Mi amiga, quiso saber si Benita, “La Puyí”,  fue o no, una buena esposa. La pregunta apuntaba a determinar si a pesar de la influencia del “Espíritu Malo” que la dominaba le era fiel al marido y cómo reaccionaba éste ante las ausencias de su mujer.

- Tengo que confesarte, Ana Karen -dije con absoluta convicción-, que no puedo responderte con certeza. Sé que no tuvieron hijos y el matrimonio duró hasta la muerte del tío Pancho, eso no prueba nada también lo sé, aunque podría resultar un indicio. Lo que estoy seguro es que cada tanto, en especial al regreso de sus escapadas era recibida con una buena paliza.

La hora avanzaba, el grupo del bar se fue deshaciendo. Me despedí de Ana Karen, no sin antes prometerle que a las 8 de la mañana pasaría a buscarla para llevarla a conocer la laguna como habíamos quedado.

A la hora convenida pasé por el hotel. Ana Karen me estaba esperando. A la luz del día la encontré tan espléndida como la víspera, enfundada en un par de vaqueros ceñidos luciendo una blusa de colores vivos y calzada con zapatillas deportivas como le había aconsejado. Nada de sandalias para andar por el campo.

Estacioné el auto y desde adentro abrí la puerta, ella se volvió para recoger el bolso y la cámara fotográfica que estaban en el piso; al agacharse me brindó una fugaz visión de sus bellas formas perfectamente modeladas bajo la tela de jean que las cubría y realzaba.

Se instaló a mi lado y partimos. Una emanación del delicado perfume, -el mismo que percibiera la noche anterior-, llenó el habitáculo.

A la laguna podíamos haber llegado caminando desde el hotel, pero eso representaba atravesar la cancha de polo y el campo de golf, para cubrir un recorrido de más de cuatro kilómetros hasta llegar a la orilla menos vistosa; en cambio, en automóvil siguiendo un camino vecinal de tierra llegaríamos al extremo opuesto desde donde podía disfrutarse un panorama inmejorable.

Al existir en ese sitio montecitos de caldén y tratarse de un espacio menos accesible resultaba el más tranquilo y propicio para acampar como teníamos previsto, para lo cual llevábamos con nosotros el equipo de mate.

Como la semana anterior habían caído copiosas lluvias, el camino de tierra presentaba un estado deplorable, cubierto de charcos, que en algunos lugares abarcaban de un alambrado a otro, obligándonos a avanzar con lentitud.
De todas maneras esa circunstancia no nos pesaba en absoluto, disponíamos de toda esa mañana que prometía regalarnos un sol radiante e íbamos conversando animadamente.

Un poco por vanidad, para hacer gala de mis conocimientos de lugareño, -lo reconozco- y otro poco para ilustrar a mi  compañera de viaje le iba dando los nombres de los campos a cuya vera pasábamos, señalándole algunas particularidades, mostrándole detalles propios de la zona, de su flora; datos que ella matizaba con algún comentario de circunstancias.

Pero, en definitiva, el tema de la conversación terminó recayendo en “La Puyí” personaje que había capturado por completo la atención de Ana Karen.
El intríngulis de mi amiga estribaba entre otros puntos en la participación del Cura. Sostenía ella, -no sin razón seguramente-, que el sacerdote, que ejercía notable influencia sobre la viuda de Tejedor, la presionaba para que cumpliera su deber de cristiana y no dejara de azotar a su ahijada.

Pensaba ella, que un trato más humano, menos riguroso. más persuasivo, empleando un poco de psicología hubiera dado mejores resultados que el latiguito que puso en manos de la mujer.

- Ana Karen, -respondí- te hablé poco del Cura porque no me consta su actitud instigadora, además tenés que tener en cuenta la época, eso tiene que haber sucedido alrededor de 1909 en adelante, la Puyí murió, si mal no recuerdo en 1984, en aquellos tiempos y en estos lugares hablar de psicología era un despropósito…

Mis argumentos resultaban endebles, -es verdad-, pero mi amiga uruguaya se mantenía tan firme en sus trece que, por un momento, me cruzó la sospecha que trataba de irritarme. No alcanzaba a descubrir el motivo, pero estaba empeñada en rebatir y aun atacar mis puntos de vista que en determinada oportunidad descalificó por “machistas”.

Recordé de pronto que en sus últimos tiempos la Puyí hablaba que el dios de los cristianos había terminado aquí con los dioses araucanos pero que estos no habían muerto que estaban en las montañas. Quizás los años la hacían desvariar, eso pensé entonces, aunque tal vez nunca llegó a ser cristiana del todo o nunca terminó de ser pagana, ese era otro de los misterios que la Puyí se llevó a la tumba.

Se lo comenté a Ana Karen, diciéndole que posiblemente la tozudez de la Puyí en persistir con sus dioses araucanos fuera lo que la indisponía con el Cura por eso éste trataba de hacerle entrar la religión católica a palos.

- ¡Bonita manera de imponer la religión! -Exclamó ella.

La discusión terminó en ese punto porque llegamos al esquinero norte. Allí estacioné el auto fuera de la huella, debajo de un algarrobo y nos apeamos.
La laguna estaba a unos doscientos metros del esquinero. Salté primero el alambrado y ayudé a Ana Karen a trepar, luego la tomé por la cintura para ayudarla a bajar, después marchamos en dirección a la orilla.

La vista del espejo de agua era magnífica, fuimos bordeándolo rumbo a una lomita arbolada de caldenes que elegimos para sentarnos a matear  a la sombra. Llegar hasta allí nos obligó a caminar unos quinientos metros más.

Mi amiga estaba excitadísima, quería tocar el agua, quería mojarse los pies, quería llevarse algún recuerdo, quería buscar puntas de flechas o alguna otra reliquia indígena, quería tomar fotos, quería. quería. quería. La ansiedad la dominaba, ya no deseaba sentarse a descansar, ya no le apetecía tomar mate. De repente quería internarse en el monte siguiendo el caminito de la hacienda, pero en sentido inverso o sea desde la aguada hacia en interior del campo.

En suma, estoy seguro que ni ella misma sabía qué quería en realidad. Parecía poseída por una fuerza extraña que la impulsaba hacia adelante. De modo que pasamos de largo el montecito y seguimos caminando otro largo trecho.

De pronto descubrió que tenía deseos de fumar. Me pidió un cigarrillo. Como de mañana nunca fumo, recién entonces caí en la cuenta que el paquete de cigarrillos y el encendedor los tenía en la campera que había quedado en el coche.

Cuando se lo dije hizo una mueca de disgusto y con un tonito de chica caprichosa me dijo que tenía ganas de fumar y no insinuó, directamente me pidió que fuera hasta el auto a traerlos.

Me reservo lo que pensé en ese instante, porque después de todo yo la había invitado, la había traído, y -caprichosa o no-, no dejaba de ser una dama de manera que me dispuse a volver sobre mis pasos en busca de los cigarrillos. No sin antes recomendarle:

- Ana Karen, por favor no te muevas de aquí y no hagas nada, especialmente no metas los pies en el agua, en este lugar que viene la hacienda a beber, meterse puede ser peligroso, está lleno de pozos que se hacen en tiempos de seca cuando la laguna se achica, después las lluvias la hacen crecer y el agua los tapa. Esperame ahí a la sombra.

El auto había quedado a casi dos mil metros de donde estábamos de manera que la ida y  el regreso me insumieron más de media hora de caminata. Cuando volví al lugar donde mi amiga debía esperarme. ¡No estaba allí!.

Encontré solamente el bolso, el equipo de mate y la cámara fotográfica, Ana Karen había desaparecido. La llamé a los gritos. La busqué como loco por los alrededores.

Hasta aquí llega mi relato, lo que sucedió después es mejor que lo cuente la propia Ana Karen a quien le cedo la palabra.

AP

Amadeo, tan caballeroso él, se fue en busca de los cigarros. En realidad no tenía muchas ganas de fumar, pero. era la perfecta excusa para que se fuera y me dejara sola para hacer lo que se me viniera en gana. Sentía un extraño impulso de portarme mal, de hacer cosas “prohibidas”, de romper las reglas. Como que algo dentro de mí me incitaba a la travesura.

¡Linda historia la de “La Puyí”! Y qué belleza de lago era aquel. Allí se habían encontrado por primera vez ella y el que luego fuera su esposo. Allí se habían encontrado y allí se habían amado. “Amadeo me dijo que no me metiera pero. sólo los pies, un poquito, para saber lo rica que debe de estar el agua. No, mejor no. No sé nadar y no hay nadie. Mejor tomar unas fotos de este lugar y luego buscaré a ver si encuentro alguna reliquia o algún recuerdo para llevarme”.

Saqué la cámara digital y tomé varias fotos. Las miré. nada que ver con la realidad! La foto no reflejaba para nada el extraño encanto que tenía ese lugar. Me puse la cámara al cuello y me interné unos pasos por el caminito de la hacienda, mirando hacia los costados a ver si veía algo interesante por allí.  Di unos pasos más y vi algo que pareció brillar, pero. no, no era nada. Quizás un poco más hacia delante… En ese momento me percaté que el camino  había desaparecido y yo estaba perdida, no sabía para dónde ir.

Sentí la voz de Amadeo llamarme, pero no podía contestarle, no me salía la voz! Hasta que con gran esfuerzo lancé un grito que me asustó hasta mí misma. ¿Qué me había pasado.?

Vino corriendo y al verme quedó como petrificado. sus ojos abiertos y enormes no dejaban de contemplarme. Me incorporé lentamente y me di cuenta que. ¡estaba totalmente desnuda y empapada! El pelo chorreaba agua y mi piel estaba mojada, como que recién hubiese salido del agua.

¡Amadeo no cabía en sí de la furia! Su rostro se tornó rojo y estaba desencajado.

Me espetó:

- ¡Esto ya es demasiado! Te dije que no entraras al agua, pero no me hiciste caso. Sos una niña malcriada y desobediente. Me hiciste pegar el susto de mi vida, y todavía con ese grito! Vení para acá, yo te voy a enseñar a obedecer aunque sólo sea mientras estés conmigo.

Yo no entendía nada, no recordaba los últimos momentos, solo. esa voz! Pero algo más fuerte que yo me obligaba a obedecer a Amadeo, que de un jalón nada suave me puso de pie y sin saber cómo me encontré boca abajo sobre sus rodillas. El primer azote me tomó desprevenida y. dolió! Me ardió y me dio un extraño picor. Es que estaba mojada, y con la piel mojada los azotes duelen mucho más.

Su mano cayó implacable sobre mis nalgas que se ponían cada vez más y más rojas, y el picor se hacía cada vez más insoportable. Mientras me azotaba, Amadeo me decía lo mal que me había comportado, que eso no estaba bien en una mujer de mi edad, que parecía una chiquilina y yo qué sé cuántas cosas más. Yo sólo podía oír la risa burlona que resonaba dentro de mi cabeza. Era la risa de. ¡”Hualichum”!
Podía oírla claramente. Se reía porque había conseguido que Amadeo me diera una azotaína. Quise hablar pero. no pude, no me lo permitió. Solo me había dejado dar aquel grito para que Amadeo me encontrara.

Y Amadeo sí que estaba enojado. Mis nalgas quedaron al rojo vivo; el dolor era impresionante. Me levantó de sus rodillas y me puso de pie. Intenté nuevamente hablar, pero no pude.

- ¿Querés hablar? -me dijo Amadeo- Dale, ¡hablá! Explicate porqué hiciste esto! Más vale que lo hagas ahora o.

Estaba fuera de sí. Entonces recordé a “La Puyí” y bajé la mirada.

Me sentía sumamente avergonzada de verme así, desnuda y humillada delante de ese hombre que me había dado hospitalidad y estaría pensando lo mal que yo le estaba pagando.

- Bueno, estoy esperando. ¿vas a hablar o qué? ¿Porqué hiciste esto? ¿Qué te llevó a cometer semejante disparate que pudo hasta haberte costado la vida?

Levanté la mirada y clavé mis ojos en los suyos, para que me creyera lo que le iba a decir:

- ¡Fue el  “Hualichum” que me obligó!

Quedó descolocado. No supo qué contestar, pero. casi enseguida se le escapó una sonrisa seguida de una sonora carcajada que hizo eco en aquella laguna y sus alrededores.

-Jajajajajajaaaaa. ¡Esto es increíble! Le cuento una historia, ella hace una travesura y luego ¡le echa la culpa al “Hualichum”! Jajajajajaaaaa. Por lo menos podrías haber sido un poco más original para mentir. Ahora, decime la verdad.

- Esa es la verdad -le contesté muy enojada.

- Mirá Ana Karen, mi paciencia tiene un límite. Decime la verdad o. o. -miró hacia los costados- o te ataré de ese árbol y te daré con el cinto hasta que confieses! No me tomes el pelo, no me quieras agarrar de gil. Te puedo perdonar la travesura, pero no que me tomes por tonto.

- Es que. es que. ¡esa es la verdad! -le dije con mi mejor cara de inocente, mientras la risa en mi cabeza estallaba cada vez más fuerte.

No dijo más nada. Me tomó de la mano y con su propio cinto me ató a un árbol.

Estaba tan enojado que no valía la pena hablarle ni tratar de explicarle nada. Buscó mi ropa y quitó el cinto de mis jeans, que era bastante grueso. El pelo estaba aún muy mojado y el agua corría por mi espalda, mojando las nalgas continuamente.  Sentí su furia descargarse en cada uno de los varios azotes que me dio. Realmente dolieron mucho y dejaron unas marcas muy rojas cruzando mi colita.

Al percatarse de las huellas de los azotes y de mi reacción (las lágrimas corrían por mi rostro y dejaban huellas), reaccionó. Tiró el cinto al suelo, me desató y me abrazó tiernamente. Se quitó su camisa y me cubrió con ella. Yo lloraba desconsoladamente. La risa en mi cabeza había cesado.

A la hora de la cena me senté como pude en aquella hermosa y antigua silla del bellísimo comedor de la casa. Mi pobre colita aún sentía el ardor y picor de los azotes.

Allí, mas calmados los dos, traté de explicarle a Amadeo qué había pasado, porque aún no se podía convencer: el espíritu malo que durante muchos años había perseguido y martirizado a “La Puyí”, el “Hualichum” se había apoderado de mí aquella mañana y había logrado que, nuevamente, una mujer fuera azotada sólo para su goce y deleite.

AKB

El baúl

Martes, octubre 11th, 2011

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana K. Blanco

Después del episodio de la laguna quedamos con Ana Karen en vernos recién al mediodía. porque por la mañana teníamos que ir con Zaldívar, mi socio, a la escribanía de una localidad vecina a completar algunos trámites para firmar un boleto de compraventa.

El Bebe Zaldívar es uno de mis mejores amigos y además médico, así que en el trayecto le conté más o menos lo que había sucedido en la laguna con mi amiga; omití, por supuesto, los azotes que le había dado.  Le expliqué, eso sí, en qué estado la había encontrado y el escalofriante alarido con que respondió a mis llamados y enseguida la risa desenfrenada e histérica que le impedía articular palabras.
-¿Y vos qué hiciste? -Me preguntó.
Le respondí que primero la había zamarreado un poco para que recuperara el habla y como no reaccionaba ni contestaba a mis preguntas le di dos o tres sopapos, que no lo recordaba del todo, porque yo estaba bastante alterado también.
-¡Ajá.! ¿Y después?…
No, después reaccionó, pero por un buen rato siguió llorando y diciendo pavadas. Hacía pucheros y hablaba de no sé qué espíritus malos y una sarta de disparates por el estilo.
-Entonces.
-Y. Traté de tranquilizarla, la ayudé a vestirse, -respondí-, la abracé y la acaricié un poco.
-Si, sí. Ya me imagino, mi viejo yacaré, para eso te tengo fe. ¡Atorrante!
-No jodás Bebe. ¡Te estoy hablando en serio!…
-Y yo también, ¡boludo!… Mirá por lo que me contaste vos dejaste a la chica sola en la laguna. ¿Cuánto tiempo?…
-Habrán sido treinta o treinta y cinco minutos, ponele cuarenta como mucho.
-Suficiente.
-¿Suficiente para qué?…
-Para un ataque de pánico. -Respondió-. Mirá Amadeo, los ataques de pánico suceden en instantes y presentan síntomas parecidos, no son frecuentes, pero son comunes. A menos que.
-¿A menos que, qué.?
-Que vos no me contaras toda la verdad y hayas tratado de hacer con ella algo inconfesable.
-¡Vamos, che! Vos me conocés bien.
-Sí, Amadeo, te conozco. Vos sos el abanderado de los boy scouts y yo la Madre Teresa de Calcuta. ¡Andá!… Me dijiste que ella es uruguaya, ¿no?
-Sí, de Montevideo.
-¿Y se puede saber para qué la llevaste hasta el montecito de Corcuera?
-Por que ella quería ir ahí.
-¡Ah!… Ella.¿Sí, eh?…
-¡Cortala Bebe, me estás haciendo calentar! Te hablo como amigo porque estoy preocupado por Ana Karen. Mejor explicame bien cómo es eso del pánico.
-¡No te sulfurés, Amadeo! Ahora no te aguantás ni una cargadita. Mirá el pánico suele ser, en gran parte de los casos, una manifestación fóbica, por ejemplo: claustrofobia, aracnofobia, ágorafobia… en otros, producto de fenómenos colectivos. ¿Te acordás de la puerta 12 de River cuando la gente se enloqueció de golpe y atropelló para salir por ahí y murieron aplastadas un montón de personas? Bueno, eso fue pánico colectivo.¿Por qué te pensás que en la guerra los alemanes le ponían sirenas en las alas a los cazas Stukas y las hacían sonar cuando los largaban en picada? Para generar eso mismo, que la población  toda entrara en pánico. Y yo te aseguro que con las sirenas esos aviones mataron más personas que con las ametralladoras. El pánico es así y cuando hay mucha gente resulta contagioso, por lo general aparece de golpe, vos vas en un ascensor y de pronto el tipo que está al lado tuyo se pone pálido empieza a sudar y súbitamente entra a gritar y a golpear la jaula del ascensor. ¿No te pasó nunca?…
-Decime. ¿Lo de Ana Karen puede ser fóbico?
-Mirá, no me parece. Hay una serie de factores que se conjugaron, vino de viaje, está en otro país, fatigada y con algo de stress, entonces se encuentra sola en medio de un campo en un lugar desconocido, oye los ruidos del monte, que vos conocés mejor que yo, se le agolpan un montón de ideas en la cabeza: como que está ahí indefensa, que a vos te puede haber sucedido algo malo y no volver a buscarla, que no sabe como regresar, entra en un estado de confusión mental que desemboca en shock. Si no ha tenido antes esa clase de episodios y no vuelven a repetirse en fechas cercanas, no es nada serio.
-¿Y si no?
-Y, en ese caso, lo aconsejable es un tratamiento psicológico. Cuando vuelvas preguntale y, de acuerdo a lo que te conteste, traela al consultorio la vemos y le receto algún tranquilizante hasta que regrese a Montevideo, después allá que consulte a un especialista primero.

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La primer cosa que hice al regreso, fue interrogar a Ana Karen para averiguar esos antecedentes como me aconsejó Zaldívar. Ella me aseguró que nunca antes había sentido pánico, miedo si, angustia también, pero pánico jamás, de niña tampoco. Entonces volvió a insistir con eso del “Hualichum” y todas esas estupideces que tenía en la cabeza y ,como es bastante tozuda, empezó que lo de ella no había sido un ataque de pánico y que, el que necesitaba un psicólogo era yo.

Ahí empezamos a discutir otra vez. Yo, medio en broma y medio en serio, apuntándole con el dedo, le dije:
-Me parece señorita que lo que usted anda queriendo es que yo la ponga de nuevo sobre mis rodillas y le caliente la cola con unos buenos chirlos.
-¡Ni se te ocurra Amadeo! -Bramó- ¡Si te atrevés te arranco los ojos!… ¡¡Te juro que esta vez te arranco los ojos!!…

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No pasó nada, desde luego, la sangre no llegó al río. En lugar de fumar la pipa de la paz, compartimos el almuerzo y el café en paz. Después salimos para “Villa Amelia”, la quinta de mis abuelos maternos, donde me alojo cuando vengo de Buenos Aires.

Como Ana Karen insistía con que quería ver al menos una foto de “La Puyí”, le aseguré que en la Quinta, mi madre había guardado en una caja de lata un montón de viejas fotografías familiares, que allí tenía que haber varias fotos del tío Francisco y de la tía Benita.

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Mi abuelo, Antonio Ferrato compró esas dos hectáreas retiradas de la planta urbana después de la crisis de 1930, como era constructor, refaccionó la vieja casa, impuso a la Quinta el nombre de su mujer y se instaló ahí con ella y sus cuatro hijos, un varón y tres mujeres, la mayor de las cuales era mi madre.
En vida de los abuelos ese lugar era un vergel, como buen italiano, el viejo la llenó de árboles frutales, armó una huerta donde hasta colmenas llegó a tener.

Para los nietos ese lugar era el paraíso terrenal. A nosotros, los varones el abuelo nos reservó una lonja de gramilla, colocó ahí dos arcos de palo para que jugáramos al fútbol sin estropearle las plantas, a las nietas les colgó hamacas en los árboles de sombra y para él armó una cancha de bochas, su juego preferido, donde reunía a los amigos.

Todas estas cosas le iba contando yo a Ana Karen mientras entrábamos en la casa que, aunque espaciosa, resultaba mucho más modesta que la de los Pellegrini. Diferencia más acentuada en la actualidad, por cuanto aquella, transformada en Club de Campo, estaba arreglada y bien mantenida, mientras que a esta otra, -muerto el abuelo-, el correr de los años la fue degradando.
En la Quinta todo envejeció, desde la edificación a los frutales, aunque todavía  se conservan algunos vestigios de los buenos tiempos.
Los detalles que le iba haciendo notar no la desencantaron, al contrario, lo juzgó un sitio romántico, opinión que yo no comparto del todo. En los días que la ocupo, a la casa especialmente, la encuentro bastante incómoda, pero bueno, ella ve las cosas con ojos de mujer, más soñadores que los míos.
Las habitaciones adolecen la falta de muebles cómodos y funcionales porque los herederos fueron llevándose los mejores. A la Quinta vinieron a parar, en cambio, todos los rezagos familiares. Eso mismo iba explicándoselo, al mostrarle, -por ejemplo-, el rincón vacío que antes ocupaba el piano  de mamá y sus hermanas.

Una vez terminado el recorrido interior, me dediqué a buscar la famosa caja de lata con las fotografías para complacer el pedido -tentado estoy de escribir el capricho-, de mi amiga.
Mientras yo abría cajones y puertitas, en pos de la dichosa lata, Ana Karen aprovechó para subir al altillo, pero encontró la puerta cerrada con llave.
¿Por qué será que las puertas con llave excitan la curiosidad de la mayoría de las mujeres? Estoy seguro, más que seguro, que si esa dichosa puerta hubiera estado abierta, ella hubiese escapado de ahí más que volando, huyendo del polvo, de las telas de araña, de los bichos, del tufo de ese depósito de cachivaches. Pero estaba cerrada. Desde arriba me llegó su voz, pidiéndome con inusitada dulzura que por favor le buscara la llave para entrar allí.
En vano traté de desalentarla, explicándole que en esa covacha no encontraría nada que valiera la pena y sí, en cambio, suciedad, calor, malos olores y bichos. Para esto, su tonito de voz iba cambiando. Casi diría que faltaba poco para que hiciera pucheritos, quejándose porque me negaba a abrirle esa puerta.

¿Aprenderemos los hombres alguna vez a entender a las mujeres? Yo estaba aconsejándola con todo criterio y la mejor buena voluntad, convencido que saldría de allí asqueada y sucia de polvo. ¿Qué conseguí?: Ir en busca de la llave. ¿Qué consiguió ella además de la llave? La promesa de que si encontraba alguna antigüedad que le gustara, yo se la regalaría para llevarla de recuerdo al Uruguay. Le dije que sí, así nomás a la ligera, porque yo más o menos tenía un inventario mental de las cosas que ella podía encontrar, sillas rengas, valijas viejas, trastos de toda clase, porque ese lugar ya había sido prolijamente rastrillado y saqueado por mamá y mis tías que no dejaron nada que tuviera algún valor. Como estaba fastidiado porque no encontraba la bendita caja de lata de las fotografías y porque en definitiva mi querida amiga, de una manera o de otra, se las arreglaba para explotar mi buena disposición para terminar saliéndose con la suya; insidiosamente le advertí antes de bajar:
-Mirá nena, si ahí arriba te agarra otro ataque de pánico o aparece ese monstruo amigo tuyo, yo te aseguro que los azotes del otro día te van a parecer caricias al lado de los que vas a recibir hoy. Es bueno que lo vayas sabiendo.

Me respondió con una carcajada burlona.

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Aquella maldita caja de fotos no apareció. El altillo era el último lugar donde podía estar, pero resultaba raro que alguien la hubiera llevado hasta allí, más probable resultaba que mi madre en una de sus visitas anteriores decidiera recobrarla.

Entonces me ocupé en repasar las facturas y cuentas que tenía que pagar antes de volver a Buenos Aires, para dejarle los cheques a Isidro, que es el cuidador de la Quinta. En eso estaba, cuando desde arriba me llegó su grito:
-¡Amadeo vení, subí pronto! ¡Dale vení! ¡Mirá lo que hay acá!…
No era ciertamente un grito desgarrador como el de la laguna, parecía más bien una exclamación de sorpresa.
Subí. Encontré a Ana Karen sofocada y excitada, pero no en estado  angustioso, sino todo lo contrario, eufórica diría. El motivo de tal agitación se debía al descubrimiento de un baúl abandonado en uno de los rincones, oculto a la vista por viejas  bolsas de arpillera vacías, fundas de colchones retapizados, un fardo de lana, una bolsa con estopa y retazos de trapos polvorientos.
-¡Está cerrado! -Exclamó- ¿Ayudame a abrirlo!… Al advertir que vacilaba insistió: ¡Vamos ayudame!…  Acordate que me prometiste.
Bajé las escaleras en busca de una cuchilla y un destornillador. No necesité otras herramientas para saltar los viejos herrajes aunque no me cabían dudas que no obstante su peso, adentro no habría nada que valiera la pena, probablemente, -pensé- diarios, revistas y algunos libros o cuadernos viejos. Íntimamente deseaba que ella se llevara un chasco.

Levanté la tapa, recogí el destornillador y la cuchilla, me incorporé diciendo: -Ahí lo tenés es todo tuyo.

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Transcurrió en buen rato en completo silencio en el que llené y firmé los cheques, dejé la lista de pagos y archivé las boletas en un bibliorato. En eso estaba cuando Ana Karen desde la puerta me preguntaba:
-Decime Amadeo, ¿quién es Mena, la conocés, no?
Tuve que recordar a quién la llamaban así; se trataba de una de las hermanas de mi abuelo, entonces respondí: -A la tía Filomena.
-¿Sí? Bueno, el baúl es de ella. ¿A que no sabés qué encontré?…
-Oro y piedras preciosas. -Le grité. (La tía Mena había muerto en la mayor pobreza cinco años atrás en el geriátrico donde pasó el último lustro de su vida.)
-¡No!… ¡No!… ¡Subí!…

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Como Ana Karen hizo el hallazgo le cedo el espacio siguiente para que lo comunique.

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Está bien: reconozco que Amadeo es un santo, que me tiene una paciencia única y que a veces me pongo tan impertinente que si yo fuera otro me daría una paliza. Pero este hombre paciente y amoroso me hace “casi” todos los gustos. Creo que tendré que fortificar mis métodos de persuasión para que los “casi” se conviertan en “todos”.

Pero el hallazgo valía la pena. En aquél baúl encontré sombreros, vestidos, carteritas sin nada dentro, zapatos. todo muy fino y de excelente calidad. Pero lo verdaderamente interesante era un paquete, una caja que por fuera tenía una cubierta de hule color cereza. Por dentro, la caja forrada de terciopelo rojo con una terminación exquisita, y en ella había encontrado un montón de cartas dispuestas en diferentes montones, todos atados con cintas de raso de diversos colores, como que cada color significaba algo diferente o fuera un tipo de clasificación.

En casi todos los montones había cartas principalmente, pero también contenían alguna flor disecada, postales muy antiguas y fotografías color sepia, viejas y manoseadas, pero bien conservadas a pesar de todo.

Mirándolas por arriba, sin profundizar demasiado, vi que todas estaban dirigidas a la Sra. Filomena Ferrato, y “casualmente”, todos los remitentes pertenecían a nombres femeninos. Algunas habían sido escritas desde casas particulares, otras desde hoteles, y hasta había alguna con escudos de armas. Entre las cartas también había fotos sacadas en lugares emblemáticos como el Arco del Triunfo de París, o la Plaza de San Marcos de Venecia, o New York, entre otros sitios. La curiosidad había podido más que yo (como siempre) y me atreví a abrir y leer algunas de aquellas cartas.

Sorprendida, vi que algunas dirigidas al “Ama Mena”, a “Filomena, mi amor.”, o “Tía Mena”. Pero el contenido de aquellas cartas era todo un descubrimiento: por lo poco que había podido leer, sin dudas que la tía Mena era lesbiana y practicaba el sado. Las cartas eran las que le habían escrito sus amantes lesbianas. Cuando le comenté a Amadeo las andanzas de su tía, no salía de su asombro.
-Pero eso no es todo. Resulta que la querida tía Mena, además de lesbiana ¡era dominante!
-¡Andaaaa! ¡Vos estás loca!
-¡Por supuesto que no! Mirá, escuchá esto y después me decís:
“Mi adorada Mena:
Sólo hace unas horas que te marchaste y no puedo resistir la tentación de escribirte. Estos días en París y a tu lado me han resultado increíbles. Los días fueron de inmensa felicidad caminando de tu brazo por las avenidas parisinas y sin que nadie nos señale. Las noches, románticas a tu lado, en este hotel y en esta habitación, todos mudos testigos de nuestro prohibido amor. La flor que me regalaste ayer en La Ópera la guardé como un tesoro, porque cada uno de sus pétalos recorrieron tu cuerpo desnudo y se impregnaron de tu aroma. Llevo tus besos en mi boca, tu aliento en mi cuello, tu  piel contra mi piel y. tus manos en mis nalgas! Me encanta que hayas usado las manos para despedirte. Sabes cuánto me gusta que me azotes con ellas. Sentirlas caer planas sobre mis cachetes, el picor de la nalgada, el calor que emanan cuando llevas un rato castigándolas.(etc, etc.)  firma: Ethel”

Y esa no es nada. Escuchá, escuchá esta:
“Querida Ama Mena:
Gracias por permitirme escribirle y permitirme expresar mis sentimientos y pensamientos sobre usted. Sé que no soy digna de dirigirle la palabra, pero es usted tan generosa que me permite hacerlo. Lamento haberme comportado tan mal el otro día cuando decidió castigarme con la fusta de barba de ballena. Lo siento, siento haber llorado tanto, pero es que tenía la colita muy castigada y no soportaba un golpe más.” La carta sigue y está firmada por Leandra, pero aquí debajo tiene un escrito con otra letra, y está firmada por Ama Mena.

Mirá esto, mirá lo que dice! No tiene desperdicio:
“Leandra:
Si sigues así te echaré de mi lado como la perra que eres! No querré verte más y tampoco querré saber nada de tí. ¿Entendiste? Dices aquí en tu carta: “.pero es que tenía la colita muy castigada.” La única que decide qué tan castigada tienes la cola o cualquier parte de tu cuerpo que es mío, soy yo! ¡Y también soy yo la que decido cuánto soportas! ¿Cuándo entenderás que eres mía y que la única que toma decisiones por tí soy yo?…”

¡Guau! Bravita la tía Mena, eh?  Decime una cosa Amadeo, me dijiste que vos no la llegaste a conocer, pero contame lo que sepas, poco o mucho, de la tía Mena. Me miró con esa mirada paterna y paciente. No sé si con ganas de abrazarme o de estrangularme, pero. adoro cuando me mira así. Me dan ganas de portarme bien para que no me rezongue, pero también me dan ganas de portarme mal para que, aunque sea, me mire y se ría de mis travesuras.
“Mirá Ana Karen, yo no sé casi nada de ella, porque era algo así como la oveja negra de la familia, por eso trataban de no mencionarla. Para mí siempre fue un enigma; ella se casó con un marino noruego, sueco o danés. No sé bien el apellido creo que era algo así como Sorboe o Jarboe y vivió muchos años en el extranjero; decían que tenían mucho dinero. De ella se hablaba en voz baja y yo era muy chico para entender ciertas cosas. Volvió aquí hará unos 10 o 12 años ya vieja y arruinada (física y económicamente) El abuelo la mantuvo en una pensión hasta que murió él.

Después la familia se la sacó de encima y la metió en el geriátrico donde ella murió. Decían que ya estaba medio chiflada. Por eso no tenía idea que este baúl estaba acá, lo debe haber tenido con ella y una vez muerta se lo entregaron a mi tío Luis que lo arrumbó en este altillo dejándolo como vos lo encontraste. Por lo visto nadie quería “tocar” nada de ella. Mi sospecha es que realmente fue madama de Prostíbulos. En cuanto a la llave del baúl, la vieja la perdió o quedó olvidada en el geriátrico.”
-Pues la tía Mena y sus historias me tienen fascinada. Dejame que te lea un cachito de otras cartas. Tu tía era una diosa, se las sabía de todas, todas!  Mirá esto: “… y esto será lo que te haré la próxima vez que nos veamos. Te lo cuento para que te vayas preparando, porque no tendrás escapatoria esta vez. El error que cometiste la última vez que estuvimos juntas, el desparramo de vino que hiciste en la mesa del restaurante y el atreverte a ir con la ropa interior puesta después de todas mis advertencias. lo pagarás muy caro! Te ataré las muñecas a la cabecera de la cama, y tus tobillos correrán igual suerte. Toda tu intimidad quedará a mi merced, y así, totalmente expuesta recibirás los azotes que te daré con diferentes instrumentos: paleta, cinto, cepillo. y si lo creo necesario, también la vara recorrerá tus nalgas. Y para tu zona más íntima, esa zona que se te pone caliente y jugosa cada vez que te zurro, para ese lugarcito mi pequeña perra, te daré algo especial: ¡el latiguillo de pelo de caballo!…”
Por supuesto que el detalle del castigo sigue, pero ¿sabés qué? Estuve mirando algunas de las muchas cartas y resulta que todas son de sus amantes-sumisas-esclavas. Conté muy por encima y son como quince diferentes. ¡Guau! con la tía Mena. Siempre escuché decir que las personas homosexuales son más celosas y posesivas que las heterosexuales, y estas cartitas lo confirman. Escuchá: “… ya te lo dije Nannete, estoy harta de tus celos estúpidos y sin fundamento. La Duquesa es una vieja amiga de cuando vivía en París y lo nuestro fue hace mucho tiempo. Además, no te voy a dar explicaciones porque no te las merecés.  Sabés que te quiero solo a vos, pero con estas escenas tontas como la que me diste ayer en el hall del hotel, lo único que vas a lograr es que me vaya para no regresar.” y continúa con otros temas.

¡Pahhhh!! Esto sí que está bueno! Jajajajajaaaa. ídolas! Estas tipas sí que se divertían y les importaba poco lo que pudieran decir de ellas. Mirá lo que hicieron en Venecia: “… fue delicioso caminar contigo por Venecia. Cómo me hiciste reír cuando aquellos soldados nos gritaron tantas cosas entre silbidos y aplausos! Pero cuando te paraste, me tomaste de la cintura y me besaste la boca… se querían morir! El punto máximo fue cuando me desabrochaste todo el vestido y quedé totalmente desnuda ante ellos. Recuerdo que estaban del otro lado del canal y tú comenzaste a tocarme por todos lados mientras besabas mi boca y mis senos. Yo estaba roja como una grana, pero. el morbo de que todos ellos nos estuvieran mirando me excitó tanto que…”   ¿Que quéeeee? Ay, nooo!! No me digas que no está la otra parte. Bueno, la buscaré en Montevideo.
-¿Cómo que en Montevideo?
-Y sí. Estas cartas se vienen conmigo a Montevideo.
-Ni lo sueñes!! Eso jamás. Eso es propiedad de mi familia y no te lo podés llevar. Es un secreto que estuvo muy bien guardado durante años y no quiero que salga a la luz. Esas cartas serán quemadas para guardar la memoria y el honor de la difunta.
-Ah, por favor Amadeo, no seas tonto! Eso es ridículo. Además, vos me prometiste que me podía llevar lo que quisiera, no? Bueno, quiero esas cartas! Y me las voy a llevar! Me di media vuelta y salí disparada hacia aquel baúl. Y él detrás de mí.
-¡Ana Karen! vení para acá y dame esas cartas. ¡Ya!
-No, no, no y no! Vos no podés faltar a tu promesa. Y no te doy nada y chau!

Y me metí de cabeza dentro del baúl, sacando las últimas pertenencias de la tía Mena: guantes de un encaje finísimo, sombreros con velo, alguna ropa más y… y ¿qué era aquello? Mi mano tropezó con algo largo, fino. Miré al interior y vi algo parecido a eso que yo conocía con el nombre de “ballena”, como las que se utilizaban antiguamente, allá por 1910 para los corsés, dado que no existía el material plástico. La tomé y al sacarla del baúl, cuál no sería mi sorpresa al ver que era ¡una fusta! Increíble. Una pequeña fustita de barba de ballena, con un bellísimo mango de marfil con un monograma grabado: “FF”.
-¿FF? -pregunté
-Claro: ¡Filomena Ferrato!
Lo miré con toda la picardía de la que fui capaz. Y él comprendió mis intenciones al instante.
-¡No! Ni la fusta ni las cartas. Y poné todas las caritas de niña caprichosa que quieras, hacé pucheros, pateá el piso, no me importa! No vas a conseguir nada esta vez.
-Ay Amadeo, daleeeee. porfi!! ¿Sí?
-Mirá nena, mirá Anita Karencita: no te pongas tonta ni caprichosa porque lo que vas a lograr va a ser que.
-¿Qué? -le dije en tono desafiante y con los brazos en jarra.

Basta. Mejor, retomo la palabra:

Ana Karen, tiene una manera de escribir muy particular, pero a veces exagera un poco y, cuando decide pasar por víctima, carga bastante las tintas, pero, ella es así y yo la quiero como es.

Exagera al mostrarme como un celoso defensor de la “honra familiar”. Omite decir, en cambio, que la paliza ya venía flotando en el aire y que, en ese momento, ella encendía el ventilador.

Dije, -es cierto-, que parecíamos profanadores de tumbas, que no teníamos derecho a sacar a luz secretos de personas muertas para divertirnos con sus hechos ni sus dichos. Pero, a la niñita caprichosa, malcriada y respondona que Ana Karen lleva adentro, negarle algo es más o menos como pretender hacerle tomar una cucharada de aceite de ricino. Para ser honesto, debo reconocer que yo deseaba ardientemente darle una buena y sonora paliza, deliberada, prolija, más erótica que contundente, teniendo en cuenta que el episodio de la laguna había sido accidental y por ende improvisado. En suma deseaba disfrutar de todos y cada uno de los detalles de una buena paliza del principio al fin.
Tengo que admitir, de pasada, que no era ese el escenario que  había elegido para darle su merecido, pretendía para ese especial momento un decorado más digno, acorde con el pasado de “Villa Amelia”, pensaba en el vetusto sofá Chesterfield, que el abuelo tenía en su escritorio.
En medio de esa superficie de gastado cuero capitoné imaginaba instalar mi humanidad y encima de mí, -bien sujeta y estirada-,  a la querida fierecilla, nunca en la incomodidad de ese polvoriento cuartucho que ni siquiera ofrecía un sitio donde sentarse.
Pero la vida me enseñó a tomar las cosas como se presentan, de manera que allí estábamos enfrentados, baúl de por medio, Ana Karen y yo.
Ella tratando de escaparle a mi persecución para apresarla y doblegarla. Si hacía ademán de ir hacia la izquierda, ella se movía en dirección contraria, en ese tira y afloje propio de tener obstáculos de por medio.
Al cabo, la clásica artimaña de la finta seguida de un rápido giro en sentido contrario, me permitió capturarla entre mis brazos. Aunque se debatiera ya era mía. Volteé con la pierna la tapa del baúl y me senté encima arrastrándola en medio de la nube de polvo que levantó la caída de la misma.
La victoria quedaba asegurada, faltaba despejar el campo y para esto las circunstancias me favorecían, pues sólo llevaba encima  blusita sin mangas, minifalda de jean y sandalias de tacón bajo.
Debo reconocer que ella se portó como buena perdedora. Si en lugar de entregar el rey como todo jugador derrotado cuando el  mate resulta inevitable, se hubiese encabritado y puesto a corcovear sobre mis rodillas me las hubiera visto en figurillas para mantenerla en esa posición. porque las costillas de madera de la tapa estaban martirizando mis asentaderas, lo que posiblemente habría dado como resultado momentáneo prolongar la lucha, porque al final iba a cobrar lo mismo o peor. Una vez asegurada en esa pose comencé por sacudirle el polvo apenas, con unas cuantas palmadas sobre la faldita, esperando que la corriente de sentimientos que en tales circunstancias fluye de uno a otro se exteriorizara en grititos de protesta de su parte y en los chasquidos de la mano abierta, por la mía.
Para prolongar al máximo ese mágico instante de triunfo que el papel dominante me proporcionaba, -aunque la realidad demostrara lo contrario-, demoré un poco más en recogerle la falda. Lo hice con refinada lentitud para regodearme con la exposición del fondillo de su bombacha color crema. La delgada trama de esa prenda se estremecía formando pliegues y arrugas que delataban los temblores de la carne escondida, que allí mismo, debajo de aquel minúsculo retazo de género esperaba los azotes para darle la bienvenida al dolor.
Palmeé con firmeza, acentuando sucesivamente la energía a cada golpe de manera que la piel resplandeciera al calor de los azotes. Sus protestas servían para guiar mi mano, de la misma forma que los balidos del cordero atraen al puma que va a devorarlo.
La vocecita de la niña agazapada en el fondo de Ana Karen brotaba insistente, quejumbrosa, lastimera como la de un animalito herido. Suspendí los chirlos para prolongar el placer de la paliza, mientras mis dedos se ocupaban del elástico de la bombacha.
-¡No!… ¡La bombacha, no! -clamaba con voz infantil- ¡La bombachita nooo!… Intentó el ademán inútil de proteger la prenda con la mano.
Mientras la apartaba de allí, afirmé:
-¡La bombacha sí, qué joder!… -y empecé a tironear la cinturilla elástica.
-¡Me da mucha vergüenzaaaa!.(Esperaba que protestara alegando que no tenía yo derecho alguno, como hace la mayoría en situaciones semejantes)- ¡No, no Amadeo, me da vergüenza de verdad!… -Interpreté el mensaje cifrado: “¡Obligame, vamos! ¿Qué estás esperando?”.
-¡Mirá Ana Karen será mejor que te calles la boca porque te vas a arrepentir en serio y te lo digo una sóla vez!  -Exclamé, tratando que mi voz resultara dura y firme, al tiempo que tironeaba con fuerza. Ella respondió acompañando con los movimientos precisos del cuerpo el recorrido de la prenda hasta el confín de las nalgas. Caído el último baluarte de la resistencia femenina, la mano entró de lleno sobre su desguarnecida superficie de satinada belleza. Belleza mancillada, belleza ultrajada, belleza azotada, que por esas mismas circunstancias resplandecía como nunca. Ignorando ayes, quejas, protestas y llantos de mi dulce víctima, me dispuse a ejercer los derechos del vencedor. Suspendí la azotaina, no por magnanimidad, sino con el propósito de hacer un detenido reconocimiento de la ciudadela conquistada; deslicé entonces el índice por el surco que divide ambos hemisferios presionándolo a manera de cuña para separarlos más. Ella los contraía con fuerza tratando de impedir esa excesiva intromisión en la intimidad de su cuerpo.
Después me ocupé de empujar la bombacha más abajo todavía. Hasta los tobillos llegó sin esfuerzos de ninguna clase.
Reemprendí la azotaina. La vocecita infantil había sido reemplazada por la voz adulta de Ana Karen exhalando profundos gemidos cuya verdadera naturaleza no tardé en advertir, no eran de dolor, eran de pasión.
Mi propia excitación estaba alcanzando también los máximos niveles, si no realizaba ímprobos esfuerzos de concentración me arrastraría con ella para acabar eyaculando yo en la ropa, en el instante mismo que ella alcanzara el climax. Lo que en ciertas ocasiones me había ocurrido.
Ana Karen no se contuvo. Sus espasmos me impusieron el final de la zurra, si me empecinaba en continuar lo único que lograría sería irritarla. Dejé de nalguearla, aflojé la presión que ejercía mi brazo izquierdo y cuando ella lo dispuso la ayudé a incorporarse. Permanecimos abrazados unos minutos, hasta que se calmó.
-Las cartas las dejo. -dijo finalmente-. Pero la fusta me la llevo -añadió desafiante- Me la acabo de ganar.
-¡Sí, -respondí- te la vas a llevar puesta encima porque te voy a llenar la cola de fustazos sino metés ya mismo todo lo que sacaste en el baúl!
Para demostrarle que hablaba en serio recogí la fusta y como aún no había remontado la bombacha, le alcé la falda y le apliqué un par de secos azotes.
Ana Karen se estremeció, ensayó una queja que corté con otro fustazo diciéndole: -Va a ser un honor para vos llevarte esta fusta que ha paseado triunfal por tanta colas del Viejo Mundo, pero ahora me ordenás todo ¡Vamos! ¡Rápido!
Y como tenía la cola en una posición muy tentadora le apliqué otros dos fustazos (Ana Karen dirá seguramente que fueron más de veinte, si alguien le cree va de su cuenta).

El bicho feo

Martes, octubre 11th, 2011

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana Karen Blanco

En una jornada gris, propicia a las evocaciones nostálgicas, saldadas las diferencias con Ana Karen, viajábamos, en plena armonía rumbo a Buenos Aires donde mi amiga tomaría el avión de regreso a Montevideo, en tanto yo haría el camino de vuelta a la oficina.

En su equipaje llevaba la fusta de barba de ballena y mango de marfil, recuerdo de la tía Filomena Ferrato, y en los más atractivos lugares, -no visibles-, de su persona, ciertas marcas emblemáticas, para decirlo de manera elegante-, provenientes del mismo adminículo.

Un impensado silencio nos envolvía.

La Gallita Oriental, arrellanada en el asiento con la mirada perdida en el horizonte continuaba abismada en sus cavilaciones, mientras yo conducía cada vez más concentrado en el tránsito desde que comenzara a caernos encima una fina llovizna.

De pronto se irguió en el asiento y comenzó a entonar:

“Qué noche llena de hastío y de frío,
el viento trae un extraño lamento.
Parece un pozo de sombra la noche,
y yo en la noche camino muy lento…
Mientras tanto la garúa
se acentúa con sus púas
en mi corazón….”

-Me gusta Julio Sosa. –Murmuró, sin apartar la mirada del horizonte.

-A mi también. –Respondí.

-Más que Gardel…

Si con aquella afirmación pretendía iniciar una controversia, equivocaba el camino, porque repuse sin vacilar:
-Estamos de acuerdo.

Otra vez un largo silencio entre los dos. Para interrumpirlo le  propuse que pusiera música. Se negó con la cabeza y enseguida dijo:
-No, no tengo ganas de aturdirme con música…

Luego de un momento añadió:
-¿Te das cuenta Amadeo? todavía no hace tres días que nos conocemos y ya no tenemos más nada que decirnos…

-Me hago cargo –repuse-, aunque en realidad parece que hiciera más tiempo, porque lo consumimos intensamente…

-Es verdad –admitió- ¿Es por eso entonces que ahora parecemos una fatigada pareja que no tiene otra perspectiva que el aburrimiento, porque llevan demasiados años viviendo juntos?..

-En eso no estoy de acuerdo, muchas veces los momentos de silencio resultan necesarios, para pensar, para concentrarse, para recordar, para no equivocarse al doblar, como ahora, -dije imprimiendo un leve toque al volante, en lo que pretendía ser una broma. Ana Karen esbozó una sonrisa tristona.
-Lo que me molesta es que no tenemos temas, no somos un par de viejos, es verdad, pero nos estamos portando como dos desconocidos…

-Para nada, -observé-, estamos viviendo circunstancias nuevas que deberemos afrontar a partir de mañana y eso nos pesa a los dos.
-Sí, como un maleficio…

-¡No, Ana Karen, no volvamos otra vez al “Hualichum”! ¡Por favor! -dije extendiendo la mano para acariciar su rodilla.

Ella se rió de buena gana exclamando:
-No, tonto, eso es cosa del pasado, pensaba en un tango

-Entonces más preciso hubiera sido decir: “nos pesa como una condena…”

-¡Ese es otro tango!… Meditó unos instantes para aducir: Bueno, después de todo yo soy muy dueña de decir lo que me parece… ¿No? ¡Pero a vos Amadeo te gusta hacerte el sabelotodo y  corregirme!…
-Sí, seguro, encima de mis rodillas, especialmente…

-¡Puto!… ¡No me hagas acordar, -¡puto, reputo!-, que todavía estoy dolorida! Por tu culpa y el viaje voy a llegar a Montevideo con la cola desecha…

-¿Por mi culpa? -pregunté divertido.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Por tu culpa! ¿Quién me habló del “Hualichum”? ¡Vos! ¿Quién me llevó a la laguna? ¡Vos! ¿Quién me dejó sola allá? ¡Vos!

Volvía a ser la Ana Karen desafiante de siempre, la que me derretía por dentro.
–Tenía entendido que habíamos firmado la paz, ¿no es así?

-¡Yo no firmé nada! Quedamos solamente en no volver a hablar del asunto, pero a vos te gusta refregármelo y como ahora no podés pegarme te divertís burlándote de mí.

La voz alcanzaba ya la modulación justa, faltaban, únicamente  los pucheritos…
-¿Por qué tenés que ser tan, pero tan puto, Amadeo? ¿Por qué no me hablás de otras cosas?…

Conseguí sacarla del ensimismamiento, ese era mi propósito. Reaparecía entera la Gallita Oriental con las alas desplegadas y los espolones a la vista, preparada para emprenderla a picotazos . Era el momento justo de condescender. Le pregunté:
-Bien, ¿de qué  querés que hablemos?

-Hablame de vos. De vos, cuando eras todavía buena persona, cuando eras un chico inocente que iba a la escuela y jugaba con otros.

La vocecita comenzaba a destilar dulzura.
-Me gusta conocer cómo eras entonces…

-Voy a tratar de complacerte, -le dije-, pero te prevengo que no me acuerdo nada del tiempo de mi inocencia, los juegos, de los que me acuerdo al menos, de cándidos tenían poco y nada.

-Sí, entiendo, en Montevideo también, cuando yo iba a la escuela a los varones les gustaba hacer cosas prohibidas, sobre todo con las nenas.

-Es que ustedes las nenas uruguayas debían ser ejemplares

-Si, claro. –Advirtió enseguida que estaba bordeando una trampa, entonces la eludió preguntando:
-¿Y las de acá no, acaso?

Las de acá dejaban mucho que desear, porque tenían unos jueguitos que bueno, bueno.

-¡Huy! Amadeo, sos de lo que no hay… ¿Qué hacían? Apretó cariñosamente mi brazo y endulzó más la voz para pedir: Contame, contaaame…

Si, te voy a contar uno de los juegos de mis compañeritas de colegio, pero mejor hagamos un trato.
-No, no, Amadeo, con vos yo no hago un sólo trato más, porque sos muy sinvergüenza y después termino toda dolorida.

Para acentuar su condición de víctima formó el clásico hociquito con los labios mientras movía la cabeza de izquierda a derecha. Estábamos detenidos en la estación de servicio, esperando que el playero terminara de limpiar el parabrisas. Al reemprender la marcha dije:
-Ana Karen, el trato que te propongo es completamente inocente.

-Nada que venga de tu parte puede resultar inocente, Amadeo. Acabás de decirme que no te acordás de cuando lo eras.

-Está bien, hablemos entonces de un trato justo: yo te cuento el jueguito de las nenas y después vos me contás uno de los de tus tiempos del colegio. ¿Estamos?

-¿De nenas también?

-De lo que sea, a mi también me gusta saber cómo eras de chiquita, aunque me lo figuro.

-¡No seas puto! -exclamó pellizcándome el brazo- Bueno, está bien. Empezá, dale.

-Yo hice la escuela primaria en un colegio nacional, te acordás que te conté…

-A mí nunca me contaste nada.  Habrá sido a otra… Te estás con-fun-dien-do, Amadeito…

-Yo no me confundo, que vos no te acuerdes es cosa tuya. Cuando íbamos para “Villa Amelia”, al pasar por allí te mostré un edificio viejo, color mostaza, y te dije que esa era mi escuela.

-¡Ah!, Sí, ahora me acuerdo…

_Ahhhh, sííí… ahora síii… -dije haciéndole una mueca.

-No te burles, ¡estúpido!

-Resulta que ahora también soy estúpido.

-Sí, estúpido, puto y sinvergüenza.

-¡Cuántas cosas lindas! Bueno, sigamos…

-Empezá de una vez

-Ese era un colegio mixto donde se dictaban clases en dos turnos, yo iba al de la tarde porque mi casa quedaba bastante lejos. A ese turno concurrían más niñas que varones. No llevábamos uniformes como los colegios pagos, pero sí guardapolvos los varones y delantales las niñas, todos blancos, en ese tiempo las mujeres no usaban pantalones como ahora, así que en invierno llevaban medias tres cuartos y soquetes en primavera.

Resulta que teníamos un Director con ideas avanzadas para una población tan chica, provinciana y prejuiciosa como la nuestra. Encima el tipo pertenecía al Partido Socialista, así que con el Cura se tenían mucha tirria, aunque no lo demostraban, en público guardaban las formas, Señor Director de aquí, señor Cura Párroco de allá, pero no se podían ver, de eso nos vinimos a enterar después cuando sucedió lo que sucedió.

Consecuente con sus ideas pro feministas de igualdad de sexos y antidiscriminatorias, en los recreos permitía que, varones y chicas nos mezcláramos para jugar juntos. El personal a su cargo, o sea las maestras se turnaban en el patio sólo para vigilar los baños, que estaban separados.

Al principio las cosas anduvieron bastante bien, las niñas jugaban a la rayuela, al pisa-pisuela, a la mancha, saltaban la soga, o hacían el fideo fino que consistía en juntar los pies, tomarse de las manos y echarse para atrás comenzando a girar, muertas de risa, cada vez más rápido hasta que se soltaban mareadas; a los varones nos gustaba jugar a los milicos formando un bando que perseguía al otro, el de los ladrones para encerrarlos en un círculo marcado en la tierra que representaba la cárcel, los ladrones podían soltar a sus compañeros. El juego no terminaba nunca porque la campana lo interrumpía siempre.

-Ana Karen, vos conocés ese refrán: “El roce, descose” ¿No es así? Bueno, de a poco, cada vez era mayor el número de chicos que desertaban de nuestros dos principales juegos, para sumarse a los  de las niñas, pues además de la “miliqueada” estaba también la “gata parida” que consistía en formar una fila con la espalda apoyada a la pared y empujarse de costado desde cada extremo, hasta que la presión de la fila los iba desalojando de a uno, ganaban los que conseguían quedar apoyados en la pared.

-Y vos, fuiste de los primeros en abandonar los juegos de los varones para pasarte al de las nenas ¿no?

-Por supuesto. Además tenía mis motivos…

-Los conozco, Amadeo, vos me contaste que no tenías hermanitos, – ¡pobrecito!-, por eso buscabas hermanitas o primitas.

-Primitas tenía…
-Entonces las compadezco…

-¡Acabala, Charrúa del Diablo!

Fue a mitad de ese año cuando se puso de moda el juego del “Bicho Feo” que consistía en sorprender por detrás a alguna de las chicas y entonces impetuosamente levantarle las faldas y el delantal, para que los que estaban alrededor corearan burlones.

“Feo bicho, bicho feo,
las bombachas yo te veo…
Feo bicho, bicho feo,
las bombachas yo te veo…”

Batían palmas y reían todos los circunstantes, menos la víctima que, en ocasiones se enojaba y hasta se ponía a lloriquear de vergüenza, aunque después festejara con las demás cuando hacían “Bicho feo” a otra compañera.

-Me imagino, Amadeo que vos estarías allí en primera fila…

-¡Por supuesto! Es uno de los mejores recuerdos que tengo de la escuela por eso te lo cuento.

En ese tiempo descubrí una variedad enorme de modelitos de bombachas y bombachitas, la mayoría eran color blanco, algunas con puntillitas, pero había también  amarillas, marfil, rosas, verdes, estampadas con florcitas, con maripositas… ¡Un primor!

-¿Qué pasó después?

-Lo previsible, oficialmente ninguna autoridad del colegio conocía ese juego, el Director nunca aparecía en el patio, las maestras conversaban entre ellas y si veían algo inconveniente se hacían las desentendidas, hasta que ocurrió lo que, tarde o temprano, sucedería: le alzaron la ropa a la hija de una familia importante, adinerada, muy religiosa con sólidos contactos políticos en la capital de la Provincia y también en Buenos Aires.

-Llorando a lágrima viva, la víctima fue a refugiarse detrás del hermano mayor, alumno de los últimos grados, quien arremetió contra las autoras, las instigadoras y las que aún festejaban la hazaña, trompeó a algunas, a otras las empujó, las demás se desbandaron gritando mientras corrían a refugiarse cerca de las maestras.

-Bien, abreviando la cuestión: intervinieron los padres, se movieron influencias, del Ministerio de Educación bajó un Inspector para instruir un sumario a las autoridades de la escuela. Entretanto las suspendieron, provisoriamente designaron en la dirección a un funcionario del Ministerio hasta deslindar responsabilidades.

-Los padres de las hijas señaladas como promotoras del jueguito pretendían que se descubriera a la culpable, es decir que apareciera “el chivo expiatorio.” ¿Quíén? La que trajo esa moda al colegio y que fuera expulsada.

-¿Y la descubrieron? -interrumpió Ana Karen impaciente.

-La mayoría acusó como cabecilla a María Cristina Rodríguez, hija del Jefe de Correos, quien hacía muy poco tiempo que había sido trasladado al pueblo.

-¿Qué pasó con ella?  ¿La echaron, no?

Negué con la cabeza.
–No es tan fácil expulsar a un alumno, ni antes ni ahora, deberías saberlo, nena. Terminaron por tapar el asunto.

A causa del escándalo, a la culpable la ajustició, cinturón en mano, su propio padre con unos azotes de aquellos.

Las otras cómplices, en su gran mayoría, recibieron también sus palizas. En resumen, todas, aun las que no participaban activamente quedaron escarmentadas.

A la pobre María Cristina, las compañeras, por orden terminante de las respectivas familias le hicieron el vacío dejándola de lado hasta fin del año.

El nuevo Director, anuló las medidas anteriores, los patios fueron separados los varones quedamos de un lado, las mujeres del otro, las maestras recibieron la orden de vigilar los juegos de todos nosotros. Así terminó la cosa.

-¿Se supo de dónde o de quién sacó, esa chica  María Cristina la idea del jueguito? -quiso saber mi amiga.

Esta vez me encogí de hombros.
–Vaya a saber, -dije- esa familia venía de otro pueblo, lo habría aprendido allí, o tal vez lo vio en alguna parte. Si lo dijo no se supo, de lo contrario yo me hubiera enterado.

-Conociéndote, no me cabe ninguna duda que te hubieras enterado sinvergüenza.

Como me abstuve de hacer ningún comentario, agregó suspirando:
-¡Lo lamento, pobre chica!
-¡Yo más que vos! –exclamé-. La posteridad ha cometido con ella una grave injusticia al no rendirle homenaje por haber sido la precursora del cola-less. Mirá cómo andan mostrando las bombachas y algo más, las chicas de hoy.

Como Ana Karen quedó muda y pensativa, la saqué del aletargamiento, recordándole que era su turno.

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¿Así que es mi turno, eh? Bueno Amadeo, si querés que te cuente voy a empezar por decirte que remontarme a los tiempos que fui una niña no me cuesta porque fui muy feliz.

Toda mi niñez y adolescencia transcurrió en un colegio de monjas. Entré al jardín (en aquel tiempo se le llamaba jardinera y luego se pasaba al pre-escolar) con 4 años y feliz. Cuando salí estaba recibida de secretaria ejecutiva y tenía 18.

Durante estos 14 años de mi vida, conocí muchísimas  hermanas (monjas). Muchas de ellas habían tomado los hábitos por verdadera vocación y eran un modelo de dulzura, paciencia y amor por los niños. Pero otras… estaban peleadas con la vida, con la humanidad y con Dios, y no lo disimulaban. Una de estas monjas fue mi maestra de segundo grado, la hermana Marques.

Recuerdo que era más bien baja, porque con mis 7 años no era mucho más alta que yo (teniendo en cuenta que siempre fui la más grande de la clase). Era delgadita, menuda y con cara de culpar a la humanidad por su miserable vida. Vida que ella había elegido tener, supongo. Usaba unas gruesas gafas con una horrible montura de plástico negro que hacían resaltar su “bigote”. No era de facciones feas, sino todo lo contrario, y su tez era fina y suave. Pero siempre tenía cara de enojada, expresión de fastidio por tener que soportar todos los días a aquellas terribles niñas (era colegio femenino) que hacían sus travesuras con el sólo fin de que ella llegara más rápido a los altares y todos los días tuviera sacrificios y penitencias para ofrecer a Dios.

No recuerdo haberla visto sonreír jamás. Pero sí iba siempre con el ceño fruncido, y cara de enojo. Todos los días eran un suplicio para nosotras, pero creo que el que más nos disgustaba a todas era el lunes por la mañana.

Quiero hacerte notar, mi querido Amadeo, que este recuerdo es de comienzo de los años 60, antes del Concilio Vaticano II, cuando el cura daba la misa de espaldas, rezaba la misa en latín y las mujeres, no importaba la edad, debían cubrir sus cabezas con alguna mantilla y los señores quitarse los sombreros, etc. Siempre me pareció una cosa muy tonta porque era más agradable ver a las señoras peinadas aunque fuera sencillamente, que las calvas o semi calvas de los señores.

Volviendo al tema, te preguntarás por qué eran tan duros los lunes de mañana. Pues bien: resulta que la hermana Marques pasaba lista para ver quién había ido a misa el domingo anterior y quién no. A la que no había ido a misa se le ponía una falta como si no hubiera concurrido ese día a clase. Y si había ido, tenía que presentar una libretita con la firma del cura.

Bueno, aquí comenzaba la disyuntiva: si había ido a misa, pues nada, todo bien. Pero si había faltado, cometiendo pecado contra el tercer mandamiento: “Santificar las fiestas”, que se preparara para la reprimenda. La cara de la hermana Marques era especial para hacernos sentir culpables y por supuesto que nadie nos salvaba de la falta del día. ¿Cuántas faltas se podrían tener en el año? Ella decía que no muchas, o sea que había que ir a misa sí o sí. Por supuesto que la fe, el libre albedrío y todas esas cosas eran tonterías sin importancia. A la misa dominical había que ir por obligación de buen cristiano ¡y punto!

Cuando llegábamos  los lunes  a la escuela, la pregunta no era: ¿estudiaste? ¿saliste el fin de semana? ¿fuiste al cine? o ¿visitaste a tu abuelita? ¡NO! La pregunta clásica era ¿fuiste a misa?

Mis padres tenían comercio y se abría los domingos medio día, por lo tanto, la mayoría del tiempo no se podía ir a misa debido a los horarios en la mañana y al cansancio acumulado durante la semana en la tarde. Así que la mayoría de los lunes yo me tenía que presentar ante aquella terrible mujer y reconocer que había pecado por no ir a misa el domingo. ¡Cómo odiaba las mañanas de los lunes!

Muchas veces mentí diciendo que sí había ido, pero que el Padre Fulano estaba ocupado con otros feligreses y no podía esperar a que me firmara, o que mis padres salieron de apuro y no podían firmar, o cualquier mentirilla piadosa por el estilo. Entonces venía el remordimiento porque, además de no ir a misa, había mentido.

Era invierno y yo, que no era muy traviesa pero siempre tuve bastante imaginación a Dios gracias, se me ocurrió una travesura para hacerle a esa monja que tan mal me caía. Compré en una papelería una caja de chinches*. En el recreo volví al aula sin que me vieran y coloqué aquellas chinches* doradas con la parte puntiaguda hacia arriba, en la silla de la hermana Marques. Las puse intencionalmente, deliberadamente, con la forma de los glúteos, dibujando con ellas como una gran W, y salí sigilosamente de la clase, corriendo a jugar otra vez. Esperaba que se pinchara todo el culo y saltara de la silla ¡como un resorte!

Al regresar del recreo la hermana se dirigió a su mesa y se sentó sin más, comenzando a impartir la lección correspondiente. Me sorprendió muchísimo que no saltara al sentir los pinchazos, pero pensé que quizás lo estaría haciendo por sacrificio o algo así!

De repente se paró y se dio vuelta hacia el pizarrón, dando la espalda al salón: la carcajada fue general!!

Le había quedado marcado en el lugar exacto, un culito redondito y precioso!! Después me di cuenta que era tanta la ropa que tenía debajo de su hábito, que las tachuelas ¡se le habían quedado adheridas a la ropa!

Con su habitual cara de enojo giró sobre sus talones y nos miró desafiante, pero fueron pocas las niñas que lograron parar de reírse.

-Pero… ¿Qué falta de respeto es esta? ¿Cómo se atreven a reírse así en plena clase? ¿De qué se están riendo, cuál es la gracia?

No podíamos parar.
-¡Silencio! A ver… González, dígame qué pasa, cuál es la gracia!

González era la mejor alumna de la clase y su preferida, además de ser la “chupamedias”, “pelota” u “oreja” como se dice comúnmente. Pero esta vez su consentida no se animó a hablar.

-Ahhh, no vas a hablar, eh? Bien… entonces Domínguez, dígame usted qué pasa.

-Na… nadaa her… hermana! –y bajando la cabeza se puso muy colorada.

Y así nombro a tres o cuatro niñas más, pero ninguna se atrevió a decirle nada.

Pero no todo estaba de mi lado. Justamente pasaba por allí la hermana Superiora y en uno de los giros de la hermana Marques vio aquel culito marcado sobre las negras vestiduras de la monja. Con toda rapidez entró al aula y con más rapidez aún nos pusimos nosotras de pie para recibir con el respeto debido a la Superiora, con las voces al unísono, diciendo:
-¡Buenos días hermana Superiora!

-Buenos días niñas. Hermana Marques, acompáñeme por favor –y tomándola del brazo la sacó rápidamente del salón de clases.

Todas nos quedamos viendo la escena a través de los vidrios de la puerta, mientras la superiora le explicaba lo que le había pasado. Cuando la hermana miró la parte posterior de su hábito… no salía de su asombro!! Le dijo algo en voz baja mientras que entre las dos desprendían las tachuelas* del hábito.

Una vez que la Superiora se fue con una enorme sonrisa en los labios que pude ver perfectamente, la hermana Marques entró al aula con la cara roja por la ira. Nos enfrentó, puso su cara más dura, su voz más agria y mostrando las tachuelas en su mano nos espetó:
-Muy bien… ¿quién es la responsable de esta falta de respeto?

Por supuesto que el silencio fue absoluto y ya ninguna de nosotras reía. Yo estaba súmamente asustada y temía que mi cara me vendiera.

La monja siguió preguntando y nosotras seguimos callando, mirándonos unas a otras. Yo no le había contado nada a ninguna de mis compañeras, por lo tanto ellas tampoco sabían que había sido yo.

-Si la o las culpables de este desatino no se levantan y confiesan su falta, me veré obligada a que todas, ¿entienden? todas, paguen por esto. Consideraré que la clase en general y cada una en particular, cometieron esta fechoría.

Hubo alguna tímida protesta, pero por supuesto que nadie se hizo cargo de la travesura. Y yo menos que nadie, porque ¡tenía tanto miedo!

En determinado momento, con su furia a flor de piel nos pidió que pusiéramos sobre el pupitre nuestro “cuaderno viajero”, que era el cuaderno donde anotábamos los deberes para la casa, los avisos para los padres sobre los viajes o acontecimientos de la escuela, y por supuesto las observaciones sobre nuestras conductas, buenas o malas, por parte de la maestra.

Se apoyó sobre su escritorio con los nudillos sobre la mesa y desde allí nos dijo:
-Tomen su cuaderno viajero y copien lo que voy a escribir en el pizarrón –obedecimos con la cabeza baja y el lápiz en la mano sobre el cuaderno. En el pizarrón escribió algo así:
-“Queridos papá y mamá:
Les confieso que hoy he sido responsable de una gravísima falta de respeto contra mi maestra, la hermana Marques. He puesto tachuelas* en su silla con la intención de lastimarla y burlarme de ella, ya que dibujé con las tachuelas una parte innombrable de nuestro cuerpo. Me confieso ante ustedes para que me apliquen el castigo que crean conveniente. Para asegurar este hecho, la hermana Marques firmará a continuación.”

Y una por una fuimos pasando por su escritorio y ella firmó cada uno de los 32 cuadernos de las niñas que estábamos allí presentes.

Al llegar a mi casa y presentar el cuaderno a mis padres, se enojaron muchísimo, ya que la hermana Marques además de maestra era una religiosa, por lo que se le debía doble respeto.

Mi papá sólo me castigó dos veces en mi vida, y ésta fue una de ellas. El cinto silbó por los aires varias veces cayendo sobre mi cuerpo mientras yo saltaba. No fueron muchos azotes, pero me dolieron mucho y las marcas tardaron varios días en irse.

Al día siguiente al regresar a la escuela, vi que muchas compañeritas habían corrido la misma suerte que yo, y me sentí peor aún. Pero luego, pasado el tiempo, el sentimiento de culpa fue desapareciendo, pero nunca se fue por completo. Hoy por hoy, cuando lo recuerdo, todavía me siento un poquito mal, pero fue tan divertido hacerlo y ver la cara de esa monja llena de vergüenza y enojo que ¡no me arrepiento de nada! Valió la pena mi azotaína y la de mis compañeras, que se divirtieron tanto o más que yo porque no tenían el peso de la culpa, no?

Nadie supo jamás quién había sido la responsable de aquella travesura. Nunca confesé mi falta hasta hoy, querido Amadeo. Tú eres el primero en saberlo. Y espero que no me castigues!

Rompimos en carcajadas, pero los dos sabíamos que toda esa risa y aparente alegría era sólo una máscara para tapar la tristeza que realmente sentíamos.

El pensamiento de mi partida me inundó nuevamente. Mejor dicho, no me molestaba marchar, no me dolía irme, lo que en realidad me hundía en una profunda tristeza era saber que Amadeo se quedaba y nos separaríamos, quién sabe por cuánto tiempo. Al pensar esto mi sonrisa desapareció y lentamente y casi sin dame cuenta, me fui enrollando hasta que tomé una posición casi fetal. Necesitaba sentir a este hombre maravilloso muy cerca de mí, sentir una vez más el calor de su piel y llevarme su olor y su tibieza. Lentamente me dejé caer sobre su hombro, apoyé mi cabeza sobre él y allí me quedé, en silencio…

NOTA:  *chinche = tachuela o chincheta.

000

A medida que nos acercábamos a la Avenida General Paz, el silencio nos arropó nuevamente, esta vez yo tampoco tenía ánimos para iniciar una nueva conversación.
La Gallita había plegado las alas y encogido las piernas para acercarse más a mí hasta quedar con la cabeza apoyada en mi hombro.

Nuestro mutismo resultaba cada vez menos soportable, encendí el receptor para escuchar las noticias. Alentaba la secreta ilusión de oír, en medio de todas las informaciones, el aviso que el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires no se encontraba operable, por lo tanto los vuelos quedarían suspendidos durante toda la jornada.

Era la única manera de retenerla conmigo unas horas más; era asimismo la manera de prolongar una agonía común. El  esperado anuncio, por cierto no llegó, las condiciones del tiempo habían mejorado completamente. Un horizonte rosado servía de fondo a los oscuros edificios que desfilaban a la par nuestra.

Entré al estacionamiento y detuve el coche en un rincón de sombra que no tardaría en ser barrida por el sol que emergía desde el Río de la Plata. Ana Karen me había pedido que nos despidiéramos allí.

No quería ser acompañada hasta el hall de embarque, argumentando que allí le resultaría más difícil dejarme. Había también otra razón: alguna persona conocida podía vernos.

Quedé sentado en el auto con el sabor a lágrimas del último hondo y sentido beso, viendo como se alejaba de mí…

(continúa)

A la distancia

Martes, octubre 11th, 2011

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana Karen Blanco

A   LA  DISTANCIA

En ningún momento Ana Karen volvió la cabeza. La seguí con la mirada hasta que traspasó las puertas de cristal y se mezcló con la concurrencia. Lo único razonable que me quedaba por hacer era poner en marcha el motor y abandonar el Aeroparque. Pero no siempre estoy dispuesto a hacer las cosas razonablemente; en mi vida hay espacios reservados para la improvisación y también para seguir los ignotos senderos de la intuición.

Por eso me quedé allí. ¿Esperando qué? ¿Que Ana Karen cambiara de idea y regresara? ¿Que al último momento el vuelo fuera cancelado por desperfectos en una de las turbinas? No lo sé. El niño que llevo dentro, -el mismo que ella arrancó del profundo sopor en el que mi yo adulto lo mantenía relegado-, estaba triste muy triste. Más triste todavía cuando el avión ganó altura enfilando recto como brillante saeta rumbo al sol naciente.

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Si volvía la cabeza para mirar a Amadeo, no lograría llegar al avión, me quedaría. Y yo sabía que no me podía quedar. Tenía la loca esperanza de que Amadeo saliera corriendo tras de mí, que como en las películas corriera, pasara vallas prohibidas y le suplicara a la azafata que me llamara justo cuando iba a pasar la puerta de embarque. Pero nada de eso pasó, como era lógico.
Las lágrimas saben saladas y amargas, muy amargas.
Al llegar a mi casa en Montevideo corrí a la computadora, a mi casilla de correo. Allí haba un mail de Amadeo Pellegrini. Asunto: A la distancia. Lo quiero compartir con ustedes:

Los sentimientos, como algunas conductas, resultan difíciles de explicar. Vivimos en una sociedad que nos asigna roles a los que debemos ajustarnos: el paradigma de esposo, padre, profesional, ejecutivo, comerciante para todo hay arquetipos, hasta para los de Tilingos existen modelos en esta sociedad globalizada.
No esperen que aporte nada nuevo, en realidad escribo para una sola persona que ahora está lejos, ella seguramente entenderá aquello que yo no alcancé a expresar con entera claridad.
Pienso que todas esas etiquetas que nos rotulan y el modo de actuar que las mismas imponen, sofocan, silencian y en algunos casos eliminan al niño que llevamos dentro.
El niño en cuestión es el yo íntimo, secreto, personal, intransferible, que tenemos enclaustrado dentro de nosotros. El que cada tanto nos exige que lo liberemos.
Dos personas pueden cohabitar toda una vida, en perfecta armonía inclusive, pero los niños que cada uno lleva consigo es probable que no se conozcan jamás, si llegan a conocerse es muy posible que no alcancen a congeniar tampoco. Por ese motivo, encontrar a la persona cuyo niño interior coincida con el niño propio y armonice con él, resulta algo extraordinario, casi prodigioso.
En mi caso personal, pasé toda mi vida buscando el gemelo de mi niño interior. Los poetas hablan de almas gemelas, eso es muy difuso, yo creo en la existencia del niño porque vive dentro de mí.
En las contadas oportunidades que revelé esta búsqueda a personas de ambos sexos que captaban el concepto con claridad, obtuve como respuesta que el encuentro de dos personas que alentaran sus deseos coincidentes y paralelos era una utopía.
Lo creí. Resignado acepté para mi niño la aislada realidad que padecí, hasta que conocí a Ana Karen.
Cuando aquella noche en el hotel donde nos presentaron, le conté la historia de La Puy que a mí, de pequeño, me había fascinado tanto, advertí en sus ojos un brevísimo destello, era una chispa de entusiasmo de la niña que lleva adentro.
Lo extraño es que en el viaje no intercambiamos confidencias. Más raro aun resultó el episodio del Monte de Corcuera en la laguna, que Ana Karen no dudo en atribuir al Hualichum.
Reflexionando después, sobre aquellos sucesos llegamos a la conclusión que el Hualichum existe, pero en forma individual; mora en cada uno de nosotros, es el daimon de los griegos, un espíritu maligno inferior, un pequeño demonio interior que inspira y guía ciertas conductas nuestras.
Desde entonces lo visualizo mejor gracias a Ana Karen.
Lo que no hemos podido determinar todavía y no creo que lleguemos a saberlo jamás es si el Hualichum  o daimon personal, -si así se prefiere-, se nos incorpora en el instante mismo de la concepción o ingresa a nosotros más tarde, en el amanecer de nuestra existencia.
Admito que la entidad del Hualichum pueda ser cuestionada, acepto que mis argumentos sean rebatidos por personas mejor informadas. Pero entonces, ¿cómo explicar que dos perfectos desconocidos, que han vivido ya la mitad de la vida en pases diferentes, con experiencias distintas, puedan vibrar al unísono con sólo tocar una cuerda que puedan entenderse a la perfección con nada más mirarse a los ojos…?
Nuestro Hualichum es el de las azotainas que compone el anverso y el reverso de una misma medalla. Para decirlo de otra manera, llevamos impreso un mismo sello: Ana Karen exhibe la figura, yo muestro la contrafigura o viceversa. En la estética secreta de las azotaínas, ambos formamos un todo indivisible.
Porque de esa unión no es posible separar la víctima del verdugo, ni es tampoco dable, identificar al dominante del dominado. ¿Son las cosas como parecen? ¿Resulta todo tan sencillo como lo muestra a veces una imagen fotográfica? ¿El poder lo ejerce el verdugo o la víctima? ¿Tiene el verdugo derechos propios o los posee por delegación de la víctima? ¿Quién rige los tiempos?..
Y lo más importante: ¿Quién puede acertar las respuestas?
Hablo por mí: En algún instante de mi vida, antes de comenzar a concurrir a la escuela, a los cinco años quizá, comencé a interesarme por las azotaínas. Ya entonces pedía que me contaran cuentos que terminaran con palizas, si ese final no estaba previsto debían inventarlo para complacerme.
Y con cuanta emoción esperaba yo el momento que la lechera de la fábula regresara a la casa para que su madre le diera una buena azotaína por distraída, por descuidada, por haber roto el cántaro, o que el pastor mentiroso recibiera su merecido por haberse burlado de los otros pastores vecinos.
A partir de entonces comencé a llevar esa contradicción íntima, el placer de los azotes y los remordimientos por experimentarlo. Creí durante mucho tiempo que era un sujeto singular, diferente del resto de la humanidad sólo por alentar esta afición tan rara.
Ingresar al mundo de la lectura amplió mis horizontes. Los clásicos. La Cabaña del Tío Tom, Tom Sawyer y otros, abrieron nuevos rumbos a mi limitada imaginación infantil. Más tarde fueron imágenes del cine y la televisión.
No me quedé allí. Buscando el origen de mis inclinaciones me sumergí de lleno en obras de psicología y psicoanálisis. Frecuenté a Freud, a Havelock Ellis, a Steckel y otros que me permitieron descubrir que lo mío era una parafilia que me emparentaba con fetichistas, vouyeristas, cortadores de trenzas, y toda una colección de supuestos bichos raros a quienes se llamaban también desviados sexuales.
Esos estudios no me hicieron ningún bien, el bien me lo hizo una querida amiga Psicóloga, colega en la docencia, quien en una sóla conversación que tuvimos no le dio ninguna importancia al tema. Se limitó a decirme que ni ella ni nadie logrará arrancarme mis fantasías, que lo mejor que podía hacer era disfrutarlas sin remordimientos. ¡Bendita sea por siempre! Me liberé de todos los sentimientos de culpa, pero me aseguré también que no encontraría jamás la perla negra, que no soñaría con ella ni la buscaría.
¡Qué equivocada estabas, querida amiga! ¡La encontré! ¡La encontré! Tarde tal vez, ¡pero la encontré!
El avión que llevaba a Ana Karen se perdió de mi vista. No tenía más nada que hacer allí, contristado, desganado, agaché la cabeza, abrí la portezuela y entré en el auto

Besos, Amadeo

000

¿Y  qué puedo agregar yo a esta declaración? Todo está demasiado claro como para que yo, soberbiamente, pueda agregar algo más.
Mi adorado Amadeo, compartimos un mismo Hualichum, nuestro demonio interior es el mismo. Somos la cara y la contracara de esta medalla que es la azotaína o nalgada. Como tan bien dices, es difícil encontrar ese otro niño interior que se complemente con el nuestro, que con sólo una palabra, o hasta sin hablar, sepa lo que el otro quiere, desea o piensa. Porque quizá los dos quieren, desean o piensan lo mismo.
Te dijeron que era casi imposible que apareciera esa perla negra en nuestra vida. ¿Aparecimos tarde? Para algunas cosas quizá sí, pero para vivir esta experiencia ¡definitivamente no! No es tarde mi adorado Amadeo. Estamos viviéndola, así que no es tarde.
Escucha Amadeo, escucha  qué nos dice Ricardo Arjona:

Precisamente ahora
irrumpes en mi vida,
con tu cuerpo exacto y ojos de asesina.
Tarde como siempre,
nos llega la fortuna.

Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
Maldita sea la hora
que encontré lo que soy,
tarde…
Tanto soñarte y extrañarte sin tenerte,
tanto inventarte,
tanto buscarte por las calles como un loco,
sin encontrarte.

Ganas de besarte,
de coincidir contigo.
De acercarme un poco,
y amarrarte en un abrazo,
de mirarte a los ojos
y decirte bienvenida.
Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
quizá en otras vidas,
quizá en otras muertes.
Qué ganas de rozarte,
qué ganas de tocarte,
de acercarme a ti y golpearte con un beso,
de fugarnos para siempre

Nada más que agregar. Sólo que hoy no es tarde. No permitamos que lo sea.
Amadeo nuestro Hualichum nos llama. ¿Vamos?

Más besos, Ana Karen

El Sacachispas

Martes, octubre 11th, 2011

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana K. Blanco

Hasta los catorce años vivió en Montevideo con sus abuelos y la tía Clotilde, que la habían criado desde los dos meses de edad, a su madre no la conoció y a su padre lo veía cada tanto. De pronto Venancio Paunero había aparecido en la casa para llevarla con él a Carmelo.

-Estará mejor allá conmigo -había dicho. Los abuelos ya no estaban para andar ocupándose de botijas [niños], la hermana tampoco, ella tenía demasiados problemas y encima debía atender a los viejos, la ciudad resultaba peligrosa para una mocita que no tardaría en tener una bandada de gavilanes revoloteando a su alrededor. Además desde que había terminado la relación con la Fermina, disponía de lugar para ella en el inquilinato de la calle General Flores donde vivía.

No se ocupó de saber qué pensaba Balbina al respecto. Pero a ella, le entusiasmaba la idea de abandonar la casa de los abuelos, para quitarse de encima  la maniática vigilancia de la tía solterona que ni siquiera la dejaba asomar a la calle; por ese motivo la pequeña ciudad de Carmelo no la desilusionó como tampoco la austeridad de las dos habitaciones que componían su nuevo hogar, porque allí al menos tendría libertad…

De aquellos dos cuartos comunicados entre sí y con la galería que circundaba el primer patio, el más amplio servía de cocina, comedor y sala de estar, tenía una gran mesa de pino tea en el centro rodeada por seis sillas de paja, otra mesa más pequeña adosada a la pared para el calentador de kerosén, un armario antiguo y en una esquina la palangana, la jofaina y el toallero completaban el mobiliario. El otro, dividido por una deslucida cortina gris era dormitorio. De un lado estaba la cama de hierro de su padre, la mesa de noche y una cómoda: detrás de la cortina su catre y un gran baúl verde con guarniciones y herrajes de bronce. El ropero de tres cuerpos había sido colocado en el medio para bloquear las dos hojas de la puerta que daban a la galería.

Las piletas para lavar la ropa y los retretes para uso de los inquilinos estaban en el segundo patio, al fondo, eso resultaba para Balbina uno de los detalles más incómodos de aquella casona. Sin embargo más sugestivo e inquietante para ella, resultaba todavía en la cocina: el rebenque colgado del mismo clavo que sostenía también un almanaque.

Ese rebenque que había armado Venancio uniendo con alambre un trozo de rienda a un cabo de palo de escoba, no estaba allí precisamente como adorno, según le informó escuetamente su padre:

-Ese es el “Sacachispas” Mírelo bien mocita, porque cuando haga falta ese le va a ajustar bien las presillas, ¿sabe?

En ese momento Balbina no abrió la boca, se limitó a asentir con la cabeza.

No cabía comentario ni pregunta alguna, estaba muy claro que cuando él “echara chispas” por algún motivo, emplearía el rebenque para “sacarle chispas”  a ella… y  lo de “ajustarle las presillas” significaría, claro, una azotaina. Ya se estaba acostumbrando a la forma de expresarse de su padre.

A Balbina, que, por obvias razones estaba decidida a no darle a Venancio Paunero motivos para usar el “Sacachispas”, aquel rebenque colocado de manera tan ostentosa que la mirada de cualquier visitante tropezaba enseguida con él, le resultaba desagradable pues se le antojaba algo indigno, vejatorio, poco menos que indecente.

Tenía conocimiento que muchas familias poseían también algún tipo de rebenque o zurriago parecido, tanto como elemento de disuasión como, -llegado el caso-, para castigar faltas domésticas, pero no los tenían a la vista de todo el mundo; el decoro, el buen gusto, la discreción los mantenía ocultos en  guardarropas, armarios, o en los cajones de algún otro mueble.

Paunero, nacido y criado en esa región, donde los ríos Uruguay y Paraná confluyen repartiendo sus aguas en la miríada de islas que forman el Delta de donde parte el estuario del Río de la Plata que baña las costas uruguayas y argentinas, había llevado una vida agitada por muchos amoríos y diversos oficios, algunos menos honestos que otros.

Las islas, lagunas, bañados [humedales], arroyos y riachos, sus meandros y escondrijos no tenían secretos para ese aventurero andariego que terminó haciendo del contrabando su profesión habitual.

Al comienzo fue un “bagayero” [contrabandista] como los demás, dedicado a pasar pequeños cargamentos, pero poco a poco fue ensanchando la base de operaciones hasta llegar a convertirse en un personaje importante dedicado a todos los rubros: contrabando de personas, cosas, armas, valores, lo que fuera, entre los dos países.

Esas actividades le habían proporcionado un buen pasar, pero al mismo tiempo demasiados sobresaltos. En varias ocasiones había tenido que esconderse meses enteros para eludir el brazo de la ley, por esa razón y con motivo del golpe militar en la Argentina que endureciera la vigilancia y los controles fronterizos había resuelto, finalmente, ocuparse de su única hija y llevar una vida más sosegada.

La mocita pintaba bien, tenía una figura grácil en la que comenzaban a sobresalir ciertas prominencias como esos dos pequeños bultitos de los pechos que empujaban la ropa hacia adelante o la  incipiente curva de las caderas.

En cuanto a su carácter, a Venancio le recordaba mucho a la madre, impulsiva, algo atolondrada, efusiva y temperamental. Con el tiempo seguramente se convertiría en una mujer apasionada, de reacciones ardientes y fogosas. Esto último le preocupaba bastante.

No dudaba que debía mantenerla sujeta, era consciente que si llegaba a aflojarle un poquito las riendas corría el peligro de perder muy rápido el control sobre ella.

Conocía bastante bien la hechura para no estar seguro que tarde o temprano y en más de una ocasión tendría que ajustarle las presillas…

Al principio todo anduvo sobre rieles, Balbina se mostraba dócil y obediente. Cual pequeña ama de casa, limpiaba y ordenaba las habitaciones, lavaba sus ropitas,  planchaba las camisas del padre, le cebaba mates. En poco tiempo aprendió también a guisar, a hacer el puchero y preparar otros platos sencillos.

El primer encontronazo entre ellos se produjo unas semanas más tarde. Balbina quería visitar el puerto de noche porque le habían dicho que desde allí se veían perfectamente las luces de la ciudad de Tigre en la orilla argentina.

Para hacer ese paseo había convencido a una de las muchachas del taller de costura de enfrente, sólo faltaba el permiso correspondiente.

Venancio fue terminante, el puerto no era lugar para que dos muchachas anduvieran solas de noche por ahí… La negativa soliviantó a la impulsiva Balbina que le respondió de mala manera volviéndole despectivamente la espalda.

Más le hubiera valido no hacerlo. Venancio Paunero tronó: ¡Mocita! ¡Venga para acá inmediatamente!

La inesperada orden dada en tono que no admitía réplicas ni demora alguna, detuvo en seco a la muchacha que demudada y temblorosa como hoja de papel, giró obedientemente sobre sus talones para regresar con la cabeza gacha.

¡Alcánceme el “Sacachispas”! ¡Enseguida!

No tenía intenciones de azotarla, porque la veía demasiado frágil y delicada todavía, el rebenque podía lastimarle la piel… sólo quería meterle un poco de miedo en el cuerpo.

Ya llegará la ocasión, -ensó-, de pelarle las asentaderas y hacerle sentir el gusto del cuero… De momento, para ajustarle las presillas, con la mano alcanza…

Más muerta que viva, Balbina, con mano temblona,  descolgó el rebenque y se lo alcanzó.

Paralizada por el terror, observó como Paunero enarbolando el instrumento descargaba fuertes latigazos encima de la mesa primero, sobre el asiento de una de las sillas enseguida y, por último, contra el suelo. Cada choque del cuero producía un estampido seco que la estremecía de la cabeza a los pies…

Después de esa primera demostración, el padre se entretuvo rozándole las piernas con la lonja, haciéndolo subir y bajar al rebenque por delante y por detrás. De tanto en tanto, para intimidarla un poco más, jugueteaba con la falda alzándosela hasta la cintura con el extremo del cabo.

Durante ese lapso Balbina, convencida que abrir la boca no haría más que agravar las cosas, mantuvo cerrados los ojos y las mandíbulas fuertemente apretadas esperando el chaparrón que se avecinaba…

Para su sorpresa Venancio colocó el rebenque encima de la mesa y, suavizando el tono de voz, dijo:

Vea, mocita, por esta vez voy a sofrenar al  “Sacachispas”. Pero ni se piense que se las va a llevar de arriba… Venga arrímese…

La tomó por un brazo obligándola a inclinar el cuerpo hacia adelante. Con deliberada lentitud fue atrayéndola hasta atravesarla boca abajo sobre las rodillas, enseguida nomás la acomodó bien en esa posición, luego le rodeó la cintura arrimándola más a su cuerpo con la mano izquierda.

La pasividad de la muchacha, facilitó todos los movimientos. Ni siquiera opuso resistencia en el momento que  le alzó las faldas exclamando: ¡Para esto los trapos sobran! Ni cuando agregó: Esto también está de más… al deslizar hacia abajo la bombacha [bragas] para descubrirle las nalgas.

La aparición del suave trasero adolescente retrotrajo a Venancio a épocas distantes de su existencia./p>

Mientras recorría con mirada complacida el relieve de aquellas tiernas prominencias, la estrecha hendidura, los breves pliegues y hoyuelos que adornaban el conjunto, por su cerebro desfilaban una multitud de imágenes del pasado.

La blanquecina piel de magnolia de Balbina, le recordaba el trasero de la Yoli, esa mujer de Las Lomas que lo había encaminado hacia los singulares deleites del castigo al confesarle, una lejana noche, que “se ponía así de loquita porque estaba necesitando un poco de rigor…”

Nunca olvidaría aquellas palabras ni la manera decidida como Yolanda Carrascal lo indujo a nalguearla tumbándose en su regazo; apremiándolo después para que no lo tomara a broma, porque ella pretendía  que la azotaran con ganas…

Para el inexperto joven, los sorprendentes efectos de esos primeros azotes propinados a mano abierta en el atractivo trasero de una ardorosa mujer madura constituyeron todo un descubrimiento.

La manifestación de ese aspecto velado y fascinante de los juegos amorosos lo acompañaría de por vida.

A partir de aquella lujuriosa experiencia fueron muchas las mujeres a las que, por algún motivo o simples deseos carnales, Venancio Paunero  nalgueó sobre sus rodillas.

No las olvidaría; de cada una conservaba gratos recuerdos. Mujeres como la dulce Flora Marún que a pesar de su aspecto aniñado y corta estatura se resistía con fiereza a las azotainas, obligándolo a mantenerla bien sujeta porque durante la paliza corcoveaba a lo potro lanzando recios puntapiés; en cambio pasaron otras más resueltas, de carácter áspero y fornida apariencia, que protestaban un poco, pero a los primeros azotes se doblegaban con resignada mansedumbre, no faltaron tampoco las que se entregaban blandamente sin rechistar y también aquellas que, después del estreno no tardaban en aficionarse al castigo.

Estaba seguro que ninguna de ellas le guardaba rencor y que casi todas tenían buenos recuerdos de su callosa mano…

Esto pasaba por la cabeza del hombre, mientras acomodaba el cuerpo de la hija. Aunque en la ocasión las cosas resultaban distintas, pues estaba haciendo uso de su legítima autoridad, aunque no podía sustraerse al influjo de aquellas  desprotegidas nalgas…

Cerró los ojos para alejar de la mente los turbadores recuerdos  antes de descargar la palma de la mano que se hundió en la blanda carne dejando allí una impronta rojiza…

Fue espaciando las palmadas, mientras tanto Balbina pugnando por no gritar para no alborotar al resto de los habitantes de la casa, lloraba a moco tendido. Paunero llevaba mentalmente la cuenta, al llegar a la docena suspendió el castigo y ayudó a la muchachita a recuperar la verticalidad.

Aunque estaba convencido que había obrado con mesura el llanto de Balbina lo conmovió en lo más hondo.

Aquella paliza representó un episodio trascendente en la vida del padre y también de la hija. Las emociones experimentadas en la ocasión despertaron en la muchacha sensaciones hasta entonces oscuramente intuidas, pero en Venancio avivaron inconfesables deseos férreamente reprimidos que esa misma noche fue a satisfacer en uno de los tugurios aledaños al  viejo astillero…

Durante unos días ambos evitaron mirarse a la cara. Balbina avergonzada por lo sucedido, su padre también, aunque por diferentes motivos.

A raíz de aquel suceso, ambos formularon apreciaciones equivocadas respecto de las actitudes asumidas por el otro. La muchacha atribuía los gestos adustos del padre a la permanencia del enojo que ella había provocado, en tanto el hombre imputaba la mirada huidiza de la hija al bochorno producido por la envilecedora desnudez que le impusiera al castigarla.

A Venancio, en verdad,  lo avergonzaba un turbio deseo que lo inclinaba hacia ella… Aunque, durante la tormentosa relación que mantuviera con la madre, en algún momento dudó de su paternidad

A Balbina, por su parte, la humillaban los ásperos estímulos sensuales que aquellos azotes habían despertado en su cuerpo; desde entonces la urgía un insólito afán por renovar idénticas emociones…

El transcurso del tiempo se encargó de atemperar todos los recelos y volver las cosas al estado anterior. La relación de confianza entre ambos se restableció de manera más firme.

>Día a día Balbina experimentaba mayor admiración por el padre, en tanto Venancio advertía que la hija le importaba mucho más que su propia vida y que, cuando pensaba en el futuro, el malestar de los celos lo iba carcomiendo.

Imaginar que algún día la mocita llegara a abandonarlo como había hecho la madre lo sacaba de quicio. Por esa razón extremó los controles y la vigilancia sobre ella.

Pero resultaba imposible vivir pendiente de la hija todas las horas del día, pues atender los pedidos, la clientela, los “pasadores” y comisionistas que trabajaban para él le insumía buena parte de la jornada fuera de la casa, porque en su vivienda de la calle General Flores no recibía a nadie por ningún motivo, sus despachos  en horas determinadas eran las mesas de ciertos bares del centro, allí cobraba, pagaba y cerraba todos los tratos.

Para no descuidar la vigilancia sobre la moza contaba con la complicidad de algunas vecinas que, -favores y propinas mediante-, lo mantenían al corriente de las idas y venidas de la muchacha.

Al comienzo, Balbina creyó que las ausencias de Venancio la dejaban en completa libertad sin sospechar que era objeto de un permanente espionaje por medio del cual todos sus movimientos eran registrados y debidamente informados.

Descubrir que no podía mentir, ni engañar a Venancio le valió la segunda gran paliza de su vida. En la ocasión zafó, por muy poco, de probar los efectos de “el sacachispas”, pero no consiguió evitar el balanceo boca abajo sobre los muslos de su padre, mientras éste, -luego de ventilarle el trasero-, se lo azotó con inusitada furia…

No es que cometiera una falta seria, ella simplemente había salido a dar un inocente paseo, pero le había mentido, eso era lo grave del asunto: la mocita comenzaba a mostrar la hilacha, para que no le tomara demasiada afición a la calle, el autor de sus días resolvió prevenirla de esa manera.

Al principio, la vigorosa aplicación del remedio elegido esultó bastante amargo para la muchacha que no pudo contener el llanto, pero a medida que los dolores disminuían cediendo paso al escozor en la enrojecida piel, irrumpieron los inquietantes, aunque agradables, cosquilleos en las partes más recónditas y sensibles de su cuerpo…

La cólera inicial del hombre, se apaciguó del todo con los prolegómenos de la paliza; la vista del blanco trasero de Balbina le aceleró las pulsaciones, pero no contuvo la fuerza de su mano que aplastó repetidamente la blanda carnadura de los glúteos.

Los azotó hasta enrojecerlos, sin ninguna clase de reparos, ni pausa, ni prisa… Ya dispondría más tarde del tiempo necesario para desfogarse en la barriada del astillero con alguna de las muchachas de allá…/p>

Venancio Paunero, no tardó en lamentar que el tiempo transcurriera con tanta rapidez, la mocita que había traído de Montevideo crecía demasiado rápido. La plenitud de sus formas, la cadencia de sus pasos, el acompasado movimiento de sus caderas, hasta los menores gestos prefiguraban ya una hembra hecha y derecha.

Paralelamente adquiría ella mayor firmeza e independencia, sostenía sus opiniones con vehemencia, trataba de imponer sus criterios y aunque las rebeldías y la obstinación voluntarista le acarrearan frecuentes palizas, éstas no parecían afectarla demasiado, más aun, en algunas ocasiones parecía provocarlas.

Consciente el padre que las palizas ya no la impresionaban y por ese motivo no producían los efectos buscados, estuvo por echar mano al rebenque en más de una ocasión.

Sin embargo se contuvo y continuó castigándola como siempre: boca abajo en sus rodillas, era la manera de hacerle saber que aun no había crecido lo suficiente, que todavía era una botija [niña], convencido, de paso, que ese tratamiento la humillaba más, porque terminada la paliza corría ella a tumbarse en su catre…

Rafaela llegó a Carmelo casi con la primavera. Era hermoso ver como cambiaba todo en septiembre. Volvían las golondrinas, se veían las primeras hojitas salir de los brotes, todo florecía y hasta el aire, aun frío, se hacía más respirable y energizante.

La habían contratado de un colegio privado de Carmelo, pero eso sería a partir de marzo del siguiente año. Entonces decidió irse a vivir desde ya, así podría ir conociendo la gente, costumbres, lugares y autoridades del lugar, para que una vez comenzadas las clases, todos la conocieran y también ella saber con quién estaba lidiando. Tenía 31 años, aunque representaba un poco menos.

Al llegar a la estación de autobuses de Carmelo no sabía muy bien hacia dónde dirigirse, así que contrató a Ricardo para que cargara sus valijas y hablando con algunos vecinos y haciendo preguntas sobre dónde podría alojarse, varios le recomendaron el inquilinato de la calle General Flores. Allí podría alquilar una o dos habitaciones hasta conseguir una casita, o de lo contrario quedarse allí permanentemente.

Bueno, aunque trató de disimular, se sintió algo desilusionada al ver el lugar. No era una persona demasiado ostentosa en sus gustos, pero le hubiera agradado más tener su propia vivienda con baño privado y todo eso, pero… en fin, para salir del apuro estaría bien. Rafaela era una convencida de que nada es casual, así que habló con la encargada y esta le rentó dos habitaciones: una le serviría de dormitorio y en la otra haría el área de cocina-comedor y estar. Mientras Dominga, la encargada, le mostraba su futuro hogar, Ricardo esperaba afuera con las maletas. En eso entraron en la habitación contigua, un hombre de unos cuarenta y pico de años con una muchachita que andaría por los 15 años. El hombre tenía un aspecto bastante severo, y la chica iba con la cabeza baja, pero Rafaela pudo ver perfectamente cómo la chica miraba a Ricardo por el rabillo del ojo.

Una vez arreglados los detalles con doña Dominga, le pidió a Ricardo que le ayudara a entrar los bultos a la habitación y que le trajera el resto de las cosas cuando llegaran de Montevideo. Había dejado unos cuantos bultos con libros y enseres que su familia le despacharía más tarde. El resto del día lo dedicó a organizar sus cosas y a la noche ya se sentía en su hogar. Su vecinita le golpeó la puerta y se presentó. Dijo que se llamaba Balbina, que tenía 16 años y que vivía con su papá don Venancio Paunero. Estuvieron charlando un rato y quedaron muy amigas.

Al día siguiente Rafaela se presentó en el colegio, donde por cierto la recibieron muy bien. También consiguió unas cuantas clases particulares que le servirían para mantenerse holgadamente hasta que comenzara el curso siguiente.

Cuando regresó a la pensión vio a Ricardo con una de sus cajas, parado frente a la habitación y charlando animadamente con Balbina, la joven vecina, mientras que ésta barría el patio. “Aquí hay amor en puerta”, pensó para sus adentros Rafaela.

Luego que puso la caja en la habitación, Ricardo se fue y Balbina entró con una sonrisa que no le cabía en la cara.
-¡Rafaela, Rafaela! ¿No es lindo Ricardo?
-Pero niñaaaaa… ¡cálmate! Sí, es un joven muy guapo… y a ti te gusta mucho, ¿verdad?
-Sí –confesó con su cara roja como una grana- Pero seguro que a mi papá no le parece bien que salga con él.
-¿Porqué no?
-Creo que tiene miedo de quedarse solo…

Comenzaron a conversar. Esa niña necesitaba hablar, y con un poco de psicología por parte de la maestra, Balbina le confesó una muy buena parte de su vida, sobre todo del último tiempo vivido con su papá, de lo estricto que era este, y de las azotaínas que le propinaba por cualquier razón. Más la amenaza del “sacachispas”.

En lo más animado de la conversación, pero luego de un buen desahogo, apareció por la puerta don Venancio.

-¡Balbina! ¿Qué hace usté aquí mocita, en vez de estar arreglando su casa? Deje ya de molestar a la señorita. Me presento –dijo estirando su mano- Venancio Paunerio pa’ lo que guste mandar.

-Es un placer don Venancio –le contestó Rafaela mientras su suave y delicada mano se perdía en la inmensidad de la mano de aquel hombre tosco pero… interesante sin llegar a guapo- Y no le diga nada a Balbina, si ella no me molesta para nada, todo lo contrario, es una gran compañía para mí.

Y dándose la vuelta  con un guiño cómplice a la chica y sin que él la viera, le dijo:

-Justamente estábamos hablando de trabajo para ella y para mí. Como a Balbina le quedan algunas horas libres en el día y a mí también, le estaba proponiendo un negocio.

-¿Qué clase de negocio si se puede saber?

-Uno muy conveniente para las dos, siempre y cuando usted lo apruebe, por supuesto…

-La escucho –le dijo con su tono más severo, seguramente con intención de amedrentarla, cosa que por supuesto no consiguió.

-Le ofrecía a Balbina darle clases particulares a cambio de que me ayude con la limpieza de mis habitaciones, dado que yo no estaré aquí parte del día, y el tiempo que esté lo ocuparé en impartir clases aquí mismo. Por lo tanto, necesito ayuda y ella está muy práctica con todo lo referente a la casa.

-Está bien, lo pensaré…

-¿Pero porqué no pasa usted y nos acompaña? Justo íbamos a tomar unos mates con Balbina…

Rafaela pretendía ganarse su confianza aunque no sabía muy bien por dónde entrarle a este hombre tan huraño. Finalmente aceptó y entre mate y mate lograron que don Venancio  aceptara que la maestra le diera lecciones privadas a Balbina.

Venancio era un hombre muy rígido y no estaba metido en negocios muy limpios, por lo que pudo enterarse con el correr de los días. Algo de contrabando y alguna cosita más que Rafaela no alcanzó a comprender. Quizás debido al ambiente donde se movía explicaba que fuera tan duro con su hija, al extremo de casi no dejarla salir a la calle sin su autorización o en su compañía.

Los días se fueron sucediendo uno tras otro y Balbina aprendía con una velocidad sorprendente. Las pertenencias de Rafaela tardaban más de lo creíble en juntarse con su dueña, pero ya se había dado cuenta que Ricardo las iba trayendo lentamente, día tras día, para poder ver más seguido a Balbina con una excusa. Rafaela no lo negaba ¡ella tapaba esos amores! Pero es que le daba tanta dulzura verlos juntos que… los dejaba sentados en el comedor y ella inventaba cualquier excusa para irse al dormitorio y dejarlos solos… y sentía desde allí el cuchicheo y algún beso que otro. Por supuesto que don Venancio no sabía nada de esto.

Una tarde como tantas, Ricardo apareció con una caja que ni siquiera era para la maestra, pero… ya había terminado de entregarle todas las cajas a Rafaela y la trajo “equivocadamente”. Como siempre ella se retiró al dormitorio y pasados unos minutos se abrió la puerta de golpe. ¡Era don Venancio! Y los pescó en pleno beso pasional.

-¡Ahijuna gran perra! Yo te vi’a dar por andar propasándote con la Balbina…

Y sin más se le tiró encima al pobre Ricardo, sin darle tiempo siquiera de reaccionar. Rápidamente Rafaela logró interponerse a tiempo como para que el chico huyera con apenas algún machucón.

-Cálmese Venancio. Son muchachitos y no estaban haciendo nada malo.

Su mirada la fulminó. Parecía que le saliera fuego de los ojos./p>

-¿Así que usted es la que está tapando estos amores impúdicos? ¡Balbina! ¡Caminá pa’ la pieza carajo! Hoy sí que te la ganaste.

-Pero… ¿qué va a hacer usted Venancio?

-Eso no es su problema, maestra. Usté no se meta en esto, pero…  tenga bien presente que cuando termine con ella, sigue usté –le dijo señalándola con el dedo índice.

-Ese dedito, caballero, puede usted guardárselo. A mí no me señale ¿entendió?

-Ahora no tengo tiempo de discutir, debo ajustar cuentas con mi hija.

-Espere Venancio, usted no debería pegarle estando tan enojado. Está usted fuera de sí y podría hacerle verdadero daño a la niña.

-Le dije que no se metiera en esto. Si sigue así, la primera en ser fajada [castigada] será usté maestra.

-¡Oiga!… a mí no me amenace. Lo único que le estoy diciendo es que piense antes de tocar a su hija con el enojo que tiene.

-Y que usté está haciendo crecer a cada segundo…

-¿Porqué? ¿Por qué lo hago pensar? ¿Por qué sabe que está cometiendo un error?

Venancio optó por ignorarla y salió detrás de Balbina, que imaginando lo que se le venía lloraba desconsoladamente. Entraron a la pieza y Venancio siguió de largo, tomó una silla y se sentó mirando hacia Balbina y hacia la puerta, por donde vio que Rafaela se asomaba tímidamente.

-¡Balbina! –Gritó en forma desaforada- Traiga p’acá el sacachispas que hoy lo va a estrenar.

La niña, muerta de miedo, descolgó aquel terrible instrumento con el que había sido amenazada tantas veces. Se dio media vuelta y se dirigió hacia su padre, cuando de repente sintió que de un tirón le arrebataban el sacachispas. En menos de un segundo con el instrumento en su mano, salió Rafaela corriendo “como alma que lleva el diablo” por la puerta y ganó la calle. Venancio, casi fuera de sí, se dirigió tras sus pasos. Al llegar a la puerta la vio que corría hacia la calle principal. Tomó su auto y la interceptó en plena avenida.

-Buenas noches señorita Rafaela. ¿La llevo hasta la pensión?

-Aléjese de mí –le dijo por lo bajo.

-Maestra –le dijo en el tono más dulce y bajo que pudo lograr- puede usté subirse al auto tranquilamente, o puedo bajarme y obligarla a subir y que sea la comidilla del pueblo por varios días –y le mostró la más bella sonrisa de inocencia de la que fue capaz.

No tuvo otra opción que obedecer. Entró al auto con un gesto de malhumor y se sentó a su lado.

-Ahhhh… cómo me gustan las mujeres cuando son obedientes! –decía mientras ponía el auto en marcha hacia las afueras de la ciudad.

-Oiga, ¿dónde cree que va? ¿Dónde me lleva? ¿Qué pretende al sacarme del pueblo?

Su cara denotaba terror y Venancio la adoró en ese momento.

-No se asuste Rafaela. Sólo la voy a llevar a un lugar que conocemos un puñado de personas. Allí estaremos solos y podremos charlar un ratito y hablar de la educación de Balbina… y de la suya también.

-¿De “mi” educación? No quiero sonar soberbia don Venancio, pero dudo que usted me pueda enseñar educación a mí.

-No me menosprecie maestra. Yo no podré enseñarle todas esas cosas que usté enseña en sus clases, pero… sí puedo enseñarle humildad, obediencia y otras cositas tan básicas en la buena educación de una dama. Sobre todo una dama como usté.

-No lo menosprecio caballero, pero permítame poner en duda sus palabras.

-La pucha que habla fino usté…  En eso la admiro, ¿ve? Pero le aseguro, buena moza, que sí tiene alguna cosita más que aprender. Una pregunta: ¿Ande está el sacachispas?

-Aquí –le dijo, sacando el instrumento de dentro de la manga de la chaqueta- No iba a permitir que la gente viera esta porquería – y sin más la arrojó por la ventanilla.

El frenazo que dio Venancio casi la hace volar a través del parabrisas. Con una rapidez que hizo sonar la caja de cambios del automóvil, puso la reversa [marcha atrás] y paró aproximadamente por donde había caído el dichoso instrumento.

Abrió la portezuela del automóvil y con una terrible cara de enojo mientras que le mostraba su dedo índice, le espetó:

-¡Bájese inmediatamente del auto y búsquelo! Y más vale que lo encuentre.

Ella hizo un gesto como para hablar…

-¡No me hable! ¡No me dirija la palabra! Bájese ya mismo carajo! Y póngase a buscar el sacachispas.

-Pero… está oscuro, no veo nada!

-Haberlo pensado antes… ¡Bájase de una puta vez!

Vaya que estaba enojado. Más le valía obedecerle, así que abandonó el auto y se puso a buscarlo. Era una hermosísima noche de luna llena y eso le ayudó a encontrarlo con más facilidad después de unos pocos momentos de búsqueda.

Venancio se había bajado del auto y la observaba. Llevaba puesta una chaqueta azul y una amplia falda del mismo tono, camisa rosada y zapatos bajos azules. Venancio la miraba a lo lejos y con la complicidad de la noche y la oscuridad, se deleitaba con aquella figura. Él veía a Rafaela como toda una dama y muy lejos de su alcance, como a las estrellas que destellaban en el cielo aquella noche. Era esa una deliciosa mujer, pero imposible para él, así que se conformaba con soñarla en las noches.

En determinado momento, se detuvo y se agachó a recoger el sacachispas. Fue el exacto momento en que el dios Eolo se apiadó de Venancio y sopló lo suficientemente fuerte para levantarle la falda y darle a este hombre un espectáculo inolvidable: un culo redondo, fuerte, firme, juvenil, cubierto por unas bragas que ocultaban lo estrictamente necesario como para dejar mucho a la imaginación. Ese maravilloso trasero estaba sostenido por dos piernas como columnas, torneadas por Dios… porque solo el Divino Creador podía haber hecho semejante belleza. Quedó mudo, atontado, boquiabierto, congelado en el tiempo y tratando de retener en su mente aquella imagen para que no se le borrara jamás. Rafaela caminó en dirección a él. Cuando estuvo a su lado:

-Aquí tiene su estúpido instrumento –le dijo Rafaela mientras le estiraba su mano conteniendo el bendito sacachispas. Venía con el rostro bajo, y aún estaban arrebolados sus cachetes debido al episodio del levantamiento de la falda, y con esos colores y aquella actitud, se veía aún más bella. Pero él era lo suficientemente caballero a pesar de su poca cultura, como para decirle nada a la dama. El oír la voz de Rafaela lo hizo salir de su ensimismamiento. Lo tomó y…

-Suba otra vez, ya falta poco para llegar.

-¿Para llegar a dónde?

-¡Suba!

No lo iba a seguir provocando. Se dio media vuelta y subió al coche, que enseguida retomó la marcha.

La luna y la noche se combinaban con el resto de la naturaleza para crear sombras fantasmales que huían presurosas cuando las luces del auto las enfocaban. Los dos iban en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos, aunque no tuvieron mucho tiempo para pensar, porque Venancio, luego de diferentes y extrañas idas y venidas por distintos caminos, con una experta vuelta de volante paró frente a lo que parecía un galpón.

-Sígame…

Esta vez no preguntó. Bajó en silencio del auto y lo siguió. Él iba delante, abriendo y cerrando portones, prendiendo y apagando luces y caminando seguro como quien conoce el lugar a ojos cerrados. Hasta que llegaron a una especie de escritorio dentro de aquel enorme galpón lleno de cajas de todo tipo, tamaño y color. Evidentemente era la “guarida”, el “escondrijo”, “la cueva de Ali-Babá” donde guardaban el contrabando. Ella miraba todo pero no decía nada…

Finalmente, Venancio prendió la luz de aquella especie de despacho. Era sumamente sencillo y humilde: un escritorio de madera con varios papeles sobre él, un teléfono, un portalápices y pocos elementos de escritorio más; una silla de cada lado del escritorio, una mesa con implementos para calentar agua, unas tazas, termo y mate, yerbera, y en un costado un archivador. Ese era todo el simple el mobiliario de aquella “oficina”.

Rafaela seguía mirando todo con ojos escudriñadores, y Venancio la dejaba…

-Siéntese – le ordenó. Porque se lo ordenó, no se lo pidió.

-Estoy bien así, gracias –le dijo en tono desafiante. Venancio sonrió… pero ella no supo leer aquella sonrisa.

-Bien Rafaela… la he traído hasta aquí para poder hablar tranquilos, sin que nadie nos moleste. Tengo que agradecerle y reconocer el trabajo que ha hecho con Balbina. Ahora es una señorita fina, y eso me gusta.

-Me alegra que vea usted los cambios.

-Los veo maestra, los veo. Yo lo veo todo. Por ejemplo hoy también vi cómo usted tapa los amores bajos de estos gurises [niños].

-¡No son amores bajos Don Venancio! No ensucie de esa manera un amor juvenil tan bonito y tan puro como el de estos muchachos.

-El beso que yo vi no tenía nada de “bonito y puro”. Era un beso de deseo y de pasión.

-¿Y eso lo hace bajo?>

-Bueno… de todas formas no estamos aquí para hablar de eso.

-¿Ah… no? ¿Y… para qué estamos aquí Don Venancio?

-Estamos aquí porque me impidió usted golpear a ese sabandija de Ricardo en primer lugar, y después no me dejó castigar a mi hija. Se interpuso sin más en el camino y todavía tuvo el descaro de robar este instrumento, que tiene mucho valor para mí.

-Por supuesto. ¡Y lo volvería a hacer! En el estado en el que estaba usted, con ese ataque de ira que tenía, no podía castigar a la niña. Le hubiera hecho mucho daño.

-¿Por qué ella es muy joven?

-Exacto. Y porque estaba usted fuera de sí.

-Bueno, entonces ahora que estoy calmado, castigaré a la verdadera responsable: ¡usted! Venga para acá. A usted le toca pagar por las dos.

Los ojos de Rafaela se abrieron como el dos de oros. Las mil mariposas que tenía en el estómago comenzaron a revolotear sin cesar. Ese hombre no podía estar hablando en serio, pero por más que protestó y pataleó, terminó sobre las piernas de Venancio, que comenzó a nalguearla sin ningún reparo. A medida que los azotes caían y ella sentía el ardor propio de una azotaína fuerte, comenzó a percibir una deliciosa sensación de excitación que no sentía desde la última vez que estuvo con un hombre. Después de varias nalgadas, Venancio levantó la falda para ver el estado de las nalgas que asomaban tímidamente rosáceas a los costados de las bragas. Así que siguió azotando con  maestría y experiencia mientras que Rafaela trataba de cubrir con una mano su colita y con la otra mantener el equilibrio.

Cuando ella pensó que todo había terminado, sintió que una mano invasora bajaba sus bragas.

-¡Noooooooo! ¡No se atreva usted a hacer eso! Déjeme ir. No tiene derecho a tratarme así. Suélteme… ¡bruto, grosero!!

-Siga pataleando por favor, así se cansará más rápido y se me hará más fácil el trabajo de azotarla.

Rafaela se sentía impotente, enojada, y hasta humillada de encontrarse en esa situación, aunque muy dentro suyo, pegaditas a las mariposas de su estómago, volaban también unas cuantas sensaciones maravillosas…

Cuando Venancio terminó de bajar las bragas, no podía creer lo que veía: eran las nalgas más hermosas que hubiese visto jamás. Un grito de ella lo hizo volver a la realidad y su mano comenzó a caer con una fuerza media, pero resonaba en aquel lugar con un eco que parecía que estuvieran nalgueando a un ejército. Las nalgas se iban tornando de un rojo más fuerte y oscuro con cada azote…

En determinado momento Rafaela dejó de patalear y él se percató de sus lágrimas. Su mano seguía siendo efectiva… Sonrió.

-Levántese Rafaela…

-¡Nunca le perdonaré esto! Humillarme de esta manera, ¡no tiene perdón! ¡So bruto, ignorante!

-No me insulte Rafaela… o me veré obligado a…

-¿A qué? ¿A seguirme golpeando? Desgraciado…

-Veo que no ha tenido suficiente, todavía tiene mucha fuerza, así que…

La llevó hasta el escritorio. Con una mano arrojó al suelo todo lo que estaba en él. La tomó y la colocó con su vientre sobre el mueble. Estiró su mano y tomó el sacachispas. Levantó el brazo para descargar el implemento sobre aquellas enrojecidas carnes, cuando… ella se soltó a llorar y se aflojó por completo. La soltó para ver qué hacía, pero no se movió… solo lloraba de forma desconsolada. Y eso lo enterneció.

Bajó la mano, tiró a un costado ese instrumento que por lo que parecía jamás iba a ser estrenado.

La levantó, la abrazó y sobre su pecho dejó que se calmara.

Cuando ella comenzó a sollozar muy suavemente, lo miró a los ojos y ninguno de los dos aguantó más. Se fundieron en un beso largo, profundo, dulce y… pegajoso, porque no podían despegarse. El beso y el abrazo fueron deliciosos…

Cuando se separaron, Venancio habló:

-A partir de hoy, vos te encargarás de la educación de Balbina, y yo me haré cargo de vos…

Cuando el amor duerme

Martes, octubre 11th, 2011

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana K. Blanco

Mi querida Ana Karen:

Son aquí las tres de la mañana, mi Hualichum personal me despertó para recordarme que me tenía que levantar a escribirte, me arrebató de los brazos de Morfeo para arrojarme a los tuyos, tengo que agradecérselo, después de todo el “Espíritu Malo” no lo es tanto, (podría ser peor, pienso) Lo único malo de todo es que estoy dormido todavía en una especie de estado de estupor, como si llegara de otro planeta.

¿Qué se le dice a una persona que en este momento está durmiendo, desnudita, desparramada en la cama, reponiéndose de las fatigas y emociones del día? Le estoy pidiendo al Hualichum que me inspire para decirte algo lindo, pero si supieras lo que el muy canalla me sugiere, si imaginaras las cosas que me está insinuando que te escriba, hasta a mí me da vergüenza y eso que creía haberla perdido hace mucho tiempo.

Ahora la entiendo a la pobre “Puyí” de qué forma la dominaba, me exige que te levante la sábana, me tienta diciéndome que estás desnuda, que puedo ver resplandecer tu fina piel blanca y que como estás profundamente inconsciente puedo tocarte por todas partes y por esas órdenes que me da, ahora estoy despierto con el corazón latiendo enloquecido y la sangre calentándome la cabeza. ¡Ay mi querida muchacha qué mal me tiene este genio maligno! Yo sé que vos no tenés la culpa de nada, que sos inocente y que en este momento ignorás todo lo que el Hualichum me está proponiendo que te haga.

Estoy considerando hacer un trato con él para que en lugar de hacértelo te lo escriba como un cuento y hasta le pensé el título, el título nada más por ahora, le pondría “el amor dormido” o “cuando el amor duerme” este último me gusta más, ¿sabés lo que me dijo el maldito? Me dijo:  ¡No seás pelotudo el amor nunca se duerme! El amor tiene que estar siempre despierto, el amor tiene que estar siempre alerta, el amor tiene que… Bueno ¿Para qué voy a seguir? Las cosas que dice harían sonrojar al Marqués de Sade, con eso te digo todo, mi querida.

Y al final me hizo destaparte para decirme: Mirá qué formas tan hermosas, mirá la morbidez de su piel… ¡Dale animate, tocala vas a ver que suave es! Mirala, imaginátela en la Inglaterra Victoriana, una púdica y reprimida damita inglesa recatada y prudente durmiendo desnuda… ¿No te parece que habría que darle una lección? ¿Decime Amadeo qué le harías a ese culito ahora? Y dale yo ya no sé como sacármelo del medio…

En este momento está encaramado encima de la pantalla de la computadora; desternillándose de risa, me dice: No necesito leer lo que estás escribiendo ¡Papanatas! Con verte la cara de marmota que tenés ya sé lo que pensás. Pero decí la verdad a vos te gusta mirarla, te gusta pensar todas estas cosas, no ves el momento de tenerla para vos solo, te relamés de pensarlo ¡Morboso! ¡Morite de ganas!  y seguí escribiendo mañana cuando tu amorcito se despierte y lea esto, ¿qué te parece que va a decir? Que sos un imbécil que ya tendrías que haber ido diez veces a su encuentro, tonto, cobarde, pusilánime, indeciso.

¿Qué estás esperando? Y no me vengas con el cuento de la responsabilidad, de tu trabajo, mentira, mandá todo a la mierda y deja de escribir pavadas. Agarrala de una vez por todas, apretala, mostrale que sos un tipo de agallas como corresponde y dale unos buenos azotes para que te conozca, entonces después sí la abrazás, la besás, la mimoseas, la baboseas,  te revolcás ahí en la matita, te metés en la cuevita y hacés todo lo que tenés que hacer. ¿O te crees que escribiéndole ganás algo? No m’hijito las cosas hay que hacerlas no escribirlas. ¡Vamos de una vez!

No lo vas a creer mi amor, pero me tiene así a cada rato, por momentos creo que se ha ido para dejarme tranquilo pero no, enseguida reaparece y vuelve a la carga con más furia. ¡Pobre Puyí! ¡Lo que habrá sido para ella… Con razón se escapaba a la laguna! Ahora la comprendo.

Amor, no pensarás que me he levantado a esta hora sólo para escribirte lo que me dicta mi “Hualichum” personal, no, es que no aguanto esperar hasta mañana para darte una noticia: Me voy a París muy pronto, no bien nos confirmen la fecha de reunión. Resulta que una de las empresas, cliente de nuestra Consultora, tiene que renegociar allá unos contratos de exportación próximos a expirar y me han pedido que acompañe al gerente de ventas para colaborar con él. Obviamente además de los honorarios voy con los gastos pagos, los míos y los de mi acompañante, eso es lo convenido y aquí viene lo más importante: ¿Te animás a venir conmigo? Por favor contestame rápido, ya pedí reservar dos pasajes, por las dudas y con la esperanza que aceptes.

¡Dale decí que sí y nos vamos a París, mi amor! Espero tu respuesta hoy. Mil besos.

Amadeo

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Mi adorado Amadeo:

¡Qué hermoso todo lo que me escribes! Adoro a nuestro Hualichum casi tanto como a ti. Me gustan las ideas que te da y las cosas que te hace hacer en las madrugadas. Porque sé que no es la primera vez que se comporta así, ¿verdad?

El relato de los sucesos nocturnos con nuestro demonio particular me gustó muchísimo, pero más me gustó tu invitación a Europa, para viajar y disfrutar de París. Y la respuesta es: ¡SIIIIIII! ¡por supuesto que sí!

Siempre soñé con visitar París y ¿qué mejor que de tu mano? Claro que acepto. Acepto encantada y te agradezco infinitamente la invitación. Estoy segura que lo pasaremos maravillosamente bien. “Du café au lait avec de croissants s’il vous plaît Monsieur” Eso es lo que quiero desayunar, y en la cama por supuesto.

Ahora, tú sabes que tengo dos empresas en funcionamiento, así que necesito organizarlas para irme tranquila. Calculo que en un una semana o 10 días tendré todo preparado. ¿Está bien así?  Imposible salir antes. Te lo digo por las dudas, porque veo cierta urgencia en lo tuyo y deduzco que quizás no puedas esperarme. Pero yo voy ¿eh? ¡Yo quiero ir!

Conocer París siempre fue uno de mis anhelos, pero jamás había soñado hacerlo junto a alguien como tú. ¡Ay amor! ya quiero estar allá contigo, y así será apenas arregle las cosas aquí. ¿Me esperarás para irnos juntitos?

Por favor, envíame las instrucciones necesarias, la fecha de partida, qué necesito presentar y demás, así mañana mismo comienzo a preparar todo para el viaje. ¿Te parece?

Bueno, mientras espero tu respuesta, me quedo con tus mil besos y te envío otros mil para ti, estos dulces y pegajosos para que no te los puedas quitar. ¡Te amo!

Ana Karen

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Mi querida Ana Karen:

Mientras aguardaba tu respuesta que me llenó de alegría, recibimos un llamado de la empresa, saldremos pasado mañana por Alitalia via Milán – París. Hablé ya con la agencia de viajes, tu pasaje está confirmado y pagado, tenés que ponerte en contacto con ellos y mandarles tus datos; cuando llames preguntá por Moreno, es amigo mío, él se ofreció para hacerte también la otra reserva aérea, así combinás el vuelo desde allá a Ezeiza para tomar después el de Alitalia. Por favor avisale cuanto antes la fecha que vas a viajar por el tema de las plazas.

Todavía no sabemos en qué hotel nos vamos a alojar, eso quedó a cargo de los franceses, no obstante les pedí, si era posible conseguir para mi un apart-hotel en el centro. Las oficinas de ellos están en la Defense, pero prefiero un alojamiento más modesto aunque sea antiguo, donde nosotros dos podamos sentirnos más como en casa. De todas maneras si no nos resulta, nos mudamos a otro y chau.

Bueno mi adorable botija, nos mantenemos en contacto, entre tanto te salpico de besos.

Amadeo

Betanía

Viernes, octubre 7th, 2011

Autor: Jano

Betanía se alejó del sillón en el cual estuvo de rodillas durante veinte minutos frotando sus nalgas a dos manos, con el inútil afán de mitigar el escozor  producido por el incontable número de azotes que había recibido durante ese tiempo. Se condujo con diligencia al dormitorio para tumbarse en la cama como le había sido ordenado.

Quizás sea mejor empezar por el principio y retratar a Betanía y sus circunstancias.

Ella es una mujer joven, venezolana, de negra y larga cabellera, con grandes ojos negros, duros y enhiestos pechos, cintura estrecha y bonitas caderas que  acompañan unas apetecibles y prominentes nalgas: de regular  estatura, su figura, por decirlo de una vez, atrae las miradas de cualquiera con el que se cruce y tenga ojos para disfrutar de su espléndida figura y atractivo rostro. Siempre con una sonrisa en los labios, no pasa desapercibida para nadie.

En el año…… cuando contaba diecisiete, entró a trabajar para J. como doncella, cocinera y todo lo relacionado con el cuidado de la casa y su persona. Desde aquella ocasión, habían transcurrido cinco años.

Durante un tiempo, su comportamiento fue irreprochable. La eficiencia de que hacía gala llenaba de satisfacción a J. quien no era ajeno a sus encantos además de estar encantado de haberla contratado.

A los pocos meses, Betanía, consciente de la admiración que por ella sentía J., comenzó a descuidar sus obligaciones, a prestar una menor atención al buen estado de la casa y de su señor, convencida como estaba de lo que él sentía por ella y, por ello, incapaz de reprenderla. Se dio en pasar más tiempo tumbada en la cama o viendo la TV que ocupada de sus tareas.

Pese a que J. se sentía atraido por ella y deseaba con todas sus fuerzas poseerla, la situación se estaba volviendo insostenible: encontraba polvo en casi cualquier sitio, los buenos alimentos que le preparaba antes se habían convertido en algo incomestible. Su cama hecha de cualquier manera, con arrugas y falta de cuidado. Su calzado y ropa antes tan mimada y colocada en su sitio, ahora se volvía loco tratando de encontrar cualquier prenda.

Habló con ella haciéndole ver lo irregular de su comportamiento sin obtener resultado alguno. Ella seguía comportándose de la misma forma descuidada.

En contra de su natural bondadoso y paciente, J. decidió tomar cartas en el asunto para intentar cambiar aquellos malos hábitos de Betanía a la que, en efecto, había tomado algo más que afecto y a quien no quería perder por nada del mundo: lo más adecuado hubiera sido despedirla, pero…… y ese pero era lo que por ella sentía y le impedía hacerlo.

Dos veces más intentó que ella cambiara sus malos hábitos de los últimos tiempos sin que consiguiera lo más mínimo. Betanía, en su fuero interno, creía que nada de lo que ella hiciera mal, sería motivo de que la despidiera por el amor que bien sabía J. sentía por su persona. No andaba muy descaminada.

Sin embargo, tras un largo tiempo en que J., armado de paciencia y de amor mezclado con deseo, harto, desesperado por no obtener resultados por las buenas y llegado a un punto de no retorno, después de un nuevo intento y comprobar que sólo las palabras no hacían mella en la actitud de la joven, enfadado en grado sumo, casi sin saber lo que hacía y en contra de todos sus planteamientos vitales sobre la no violencia, descargó su mano sobre la cara de ella, lo que la obligó a tambalearse. Con los ojos desmesuradamente abiertos por la sorpresa, Betanía se llevó la mano al lugar donde había sido golpeada.

Contra toda previsión, de su boca no salió una sóla palabra de protesta: se quedó inmóvil, expectante, balanceándose sobre uno y otro pie. En su rostro se pintaba un no se sabía qué. Enardecido por la respuesta de ella, J. la arrastró sin miramientos hasta un sillón cercano y, haciendo que se inclinara sobre él, comenzó a lanzar una serie interminable de azotes a aquellas nalgas que tanto deseaba acariciar sólo protegidas por el ajustado vestido negro de uniforme.

Una insana satisfacción se apoderó de J. mientras la castigaba de aquella forma. Quizás de aquel modo consiguiera lo que no había obtenido de buenas maneras. De cualquier forma, poco importaba el resultado de aquella acción: era tal su grado de excitación y el placer que le producían el castigo que estaba inflingiendo a la joven, que nada que ocurriera después le preocupaba.

En tanto, Betanía, inexplicablemente, sólo profería gemidos sin que se notara en ella la intención de escapar al castigo. Estóicamente, permanecía en la posición en que J. le había colocado. Éste, cada vez más excitado, alentado por la pasividad de Betanía y lo que parecía una aceptación de semejante castigo como expiación por tanto tiempo de incumplir su cometido, sin la menor consideración, levantó el vestido de la muchacha hasta la cintura y bajó sus bragas hasta los tobillos. Fue entonces cuando por primera vez pudo apreciar la magnificencia de aquellas gloriosas nalgas, las cuales, aun cubiertas por la ropa, tantas noches de insomnio y estados febriles le habían costado. Durante unos segundos, presa de la admiración y los deseos que aquella visión le producían, no sabía si azotar o acariciar, sumergirse en el placer de tocar y aspirar su aroma o proseguir con el castigo. Optó por lo último y recomenzó a estrellar sus manos de forma inmisericorde sobre aquella palpitante y ya roja piel. Los gemidos de Betanía que acompañaban como la respuesta en un canon cada azote que recibía,  excitaban más y más a J. hasta el punto de que una a modo de espesa niebla se cernía sobre él.

Inopinadamente, J. se inclinó sobre aquellas adorables nalgas y las acarició con delectación mientras inspiraba el aroma que de ellas se desprendía. Con un esfuerzo de voluntad, pese a que lo que deseaba sobre todas las cosas era penetrar entre aquellos turgentes y deseados globos, con un gesto decidido, extrajo su cinturón y, con el doblado en dos, reinició el castigo azotando a Betanía sin descanso durante diez minutos o más. En tanto, ella seguía sin abandonar el ara donde sus nalgas estaban siendo sacrificadas.

Como todo tiene un final, el castigo llegó a su término. J. hizo que Betanía se alzara de su posición y, sin poder ni querer remediarlo, la abrazó y besó con ardientes besos a los que ella correspondió de la misma forma. Dejando de sujetarle con ambos brazos,  una de sus manos acarició las tan azotadas nalgas para luego llevarlas al pubis donde se encontró con una verdadera fuente. Sin más preámbulos, allí mismo, sobre la alfombra, ambos se poseyeron frenéticamente durante un espacio de tiempo inverosímil y eterno.
Pasados los arrebatos de la pasión, decidieron dar y pedir explicaciones. J. le confesó a Betanía el amor que había ido creciendo hacia ella casi desde el instante de conocerla. Ella le confesó que lo mismo le había ocurrido y que todas las cosas que había hecho mal eran para llamar su atención; que le veía tan distante y caballero que no se le ocurrió otra forma de hacerlo. Estaba contenta porque había conseguido su propósito y con la paliza había pagado todo lo que había hecho mal.

Durante un tiempo, Betanía volvió a ser la que era y la relación entre ella y su señor, se convirtió en algo más que de trabajo.
Sin embargo, extrañamente, pasado un tiempo en que todo funcionaba a la perfección, en que se amaban a todas horas y la casa relucía limpia y ordenada, algunas cosas empezaron a fallar. J. se dio cuenta casi al momento pero no quiso tomar medidas drásticas con la que ahora, además de la casa, se ocupaba de llenarle de satisfacciones habiéndose convertido en su amante a la que correspondía con entusiasmo y amor.

Pasaban los días y la cosa iba cada vez peor. El desinterés de aquel tiempo pasado, parecía haberse instalado en Betanía. Viendo que las advertencias no servían para nada y que la casa iba cada vez a peor, J. decidió retomar lo que, salvo aquella primera vez, había dejado en suspenso: nunca más había castigado a su amor.

Una noche en que después de disfrutar de sus cuerpos y su amor el la recriminó por su dejadez, ella le contestó que no era su esclava. Asombrado por aquellas palabras, irritado, le dio la vuelta desnuda como estaba y comenzó a azotarla sin piedad. Veía cómo sus nalgas se iban poniendo cada vez más rojas, cómo ella pataleaba y se quejaba del trato pese a lo cual, él seguía descargando las manos sobre ella. Paró durante unos instantes y le preguntó si aquello era suficiente para que rectificara su conducta. A eso respondió ella que no y la azotaina recomenzó. Sólo cuando J. se sintió casi agotado y con un gesto comprobó el estado que presentaba la entrepierna de su amante, cesó de golpearla.
Haciendo pucheros y mirándole tiernamente, Betanía le dijo:
–Tonto; ¿Es que no te dabas cuenta de que lo que intentaba era que volvieras a castigarme? ¿Que me gustó tanto aquella vez que quería que lo repitieras y tú ni enterarte?—

Nalgadas de personas más jóvenes a personas mayores

Viernes, octubre 7th, 2011

Autor: thebestspanker@yahoo.com

Nota del Editor: este relato está basado en hechos verídicos que le ocurrieron al narrador.

Sobre el tema en cuestión, habré de decirles que, desde bastante joven tuve algunas ocasiones de sobar y dar unas cuantas nalgadas a los traseros de respetables damas que me llevaban añitos, algunas varios más, algunas unos cuantos.

Recuerdo un incidente en particular, cuando me tocó hacer de enfermero de una muy interesante dama –semi pariente-. Ella era paraguaya y para entonces estaría bordeando los 40, mientras quien esto escribe andaría por los 22 o 23 añares.

Resulta que esta casi tía mía, quien estaba pasando una temporada al cuidado de una anciana que vivía muy cerca de la vivienda que entonces moraba con mis padres, andaba bastante resfriada y la cosa se había complicado con una bronquitis que casi no le dejaba respirar.

Por conveniencia y también por afinidad, una vez que había atendido a la anciana, ella se venía a compartir las comidas del medio día y de la noche a la casa.

Fue en una de esas visitas que salió el comentario de que se sentía verdaderamente mal, pero que tenía que pasar la noche cuidando de la anciana y que, lo peor de todo era que la enfermera que le había colocado la primera inyección -de 3 dosis recetadas-no podría ir ese día.

Ni corto ni perezoso, me brindé a colaborarla, puesto que era el flamante poseedor de un certificado que garantizaba mi habilidad de brindar primeros auxilios, que había recientemente logrado mediante un curso que se dictaba en la Cruz Roja.

Viendo a aquella mujer aún joven y bien proporcionada, de cuerpo delgado y caderas gratas a la vista que cruzaba conmigo su mirada sorprendida, pude observar cómo invadía su rostro rápidamente el rubor, propiciado, supongo, por lo extraño de la situación. Es quizás necesario aclarar que estábamos los dos solos, en el comedor de diario, ya que el resto de la familia se encontraba disfrutando de la televisión en la planta alta.
Me preguntó si tenía experiencia colocando inyecciones y le respondí que sí, que había resultado el mejor del curso en aplicarlas vía intramuscular y que, en definitiva, las endovenosas me daban un poco más de trabajo, por lo que tenía cierto temor de aplicarlas.

Me respondió que, por ese lado no habría problema, porque las inyecciones que necesitaba eran intramusculares. Pero, precisamente por eso –me confesó- le daba mucha vergüenza pensar en que yo se las aplicara y concluyó con que era mejor que buscara una farmacia donde pudieran inyectarla. Me pidió pues que más bien la acompañara a buscar una.
Sin embargo, no pudimos encontrar ninguna cerca y ella se sentía muy mal, por lo que me pidió que la acompañara a la casa de la anciana, donde ella vivía temporalmente.

Llegados allá, me invitó a pasar un momento, para invitarme un café y me pidió que la esperara en una amplia sala que poseía la casa de la anciana.
Cuando regresó con el café, me sorprendió al decirme que lo había pensado mejor y de que, dadas las circunstancias aceptaba mi ofrecimiento. Me dijo que ella tenía las ampollas de penicilina y las botellitas de agua mezclada con silocaina. Le repliqué, algo turbado, que requeriría también algodón y alcohol medicinal y me dijo que no habría mayor problema.

Mientras aún saboreaba el café y conversaba, con ella recostada en un extremo del amplio sillón, le pregunté si no sentía que tenía temperatura. Como respuesta, me pidió que fuera a su habitación y que buscara el termómetro que había dejado sobre la mesa de noche, mismo que encontré en aquella ubicación, junto a 4 ampollas y dos jeringas descartables.
Sin pensarlo mucho, cogí una de las botellitas de agua, la partí por el cuello como me habían enseñado en el curso y procedí a llenar una de las jeringas con su contenido, para posteriormente romper el sello de la ampolla que contenía la penicilina benzatínica de 1.200 unidades que le habían recetado y proceder a mezclar el agua con el polvo blanco hasta formar una sustancia viscosa que agité con firmeza hasta verificar que no quedaran grumos. Acto seguido, volví a cargar el contenido en la jeringa, puse el protector en la aguja y fui a buscarla.

De retorno en su habitación, bastante excitado por cierto, y con una erección de los mil demonios que intentaba disimular bajo mi jean, sin poder conseguir ocultar la protuberancia que se había formado como frondosa vena en mi bolsillo frontal derecho y que bajaba por parte de mi pierna, me atreví a decirle que, primero le tomaría la temperatura y que después le aplicaría la inyección, por lo que la invité a recostarse de bruces y soltarse el pantalón. Me preguntó algo extrañada si no le iba a tomar la temperatura primero y le respondí que sí, pero que sería rectal, que era la más precisa. Confundida, me preguntó como se tomaba esa temperatura y le expliqué que debería introducir el termómetro en su ano. Uffffffffffffff!!!!!!! Casi me muero y cómo temblaba mi voz al hacerlo!!!!! Rápidamente, me respondió que no, que era suficiente y que quizás sería mejor que volviera a casa. Le repliqué que ya había preparado la inyección y que si no deseaba que le tomara la temperatura estaba bien. Quizás, ella misma podría hacerlo luego, pero insistí, quizás con un poco de morbo y porque realmente sigo pensando que es la mejor manera de tomarla, que cuando lo hiciera, introdujera el termómetro en su ano.
Con bastante recelo, terminó por aceptar finalmente que la inyectara, no sin repetir su negación varias veces, pero, dado su frágil estado, terminó por ceder finalmente y, mientras soltaba el broche del pantalón se recostó de bruces en su cama.

Me acerqué por detrás y le bajé de un tirón el pantalón hasta media pierna, ocasionando que ella tratara de levantárselo nuevamente. Instintivamente, sin meditarlo, le apliqué un par de nalgadas por hacerlo y le dije que se quedara quieta. Casi de inmediato me disculpé, pero no recibí respuesta alguna y solo vi como fruncía las nalgas y ocultaba la cabeza apretándola contra la cama. Observando esto y más envalentonado, cogí con mis dos manos su calzón (negro de poliéster) por la banda superior, a la altura de las caderas y de un golpe se lo bajé hasta la base de las nalgas, descubriendo a mi vista un par de blanquísimas carnes con una ligera coloración rosada en una de ellas (la izquierda). En ese momento, vi como tensionaba aún más las nalgas y le indiqué que debería relajarse para recibir la inyección, pero sólo recibí su silencio. Paso seguido, busqué la jeringa y recién me percaté que no tenía el algodón y el alcohol, por lo que le pregunté donde los tenía. Sin moverse y con la boca apretada contra la cama, me dijo que buscara en su ropero, mientras permanecía así, expuestas sus nalgas a mi ansiosa vista.
Una vez obtenidos ambos elementos, volví donde ella y procedí a limpiar la superficie donde aplicaría la inyección (escogí la nalga izquierda). Le pedí que pusiera sueltas las nalgas pero como no lo hacía, apliqué la técnica aprendida de dar unas palmaditas hasta lograr que finalmente estuvieran más sueltas (debo decir que fue un gran deleite para mí, puesto que las palmadas consistían en rítmicos y suaves golpes de mis dedos contra esas suaves carnes contenidas por una piel firme, como pude comprobar). Cuando vi conveniente, pellizqué una extensión apropiada de su nalga e introduje la aguja con un suave golpe que al parecer apenas percibió, para luego proceder, previa comprobación de que no había perforado ningún vaso, a introducir suavemente el viscoso líquido. Ella empezó a quejarse por la sensación de dolor (la penicilina benzatínica es una inyección bastante dolorosa), por lo que disminuí la presión en la base superior de la jeringa y me di todo el tiempo del mundo para aplicársela. Cuando terminé, jalé la jeringa y vi como salía un poquito de líquido blanquecino del pequeño hueco que dejó, por lo que presto acudí con el algodón empapado en alcohol para proceder a friccionar ese espacio. Instintivamente, coloqué con descuido mi mano libre sobre la otra nalga y, cayendo en cuenta, también se la acaricié. ¡Vaya que me puse cachondo con ello! Más grato, sin embargo, fue ver que ella me dejaba hacerlo. Cuando concluí este impensado sobeo que se prolongó por unos deliciosos e interminables instantes, casi de manera natural, le aplique unas cuantas nalgadas más y le subí los calzones, indicándole que podía vestirse.

Lentamente, mientras se incorporaba de la cama, giró su rostro hacia mí, aún dándome la espalda y pude observar, además del marcado rubor que inundaba sus mejillas, una amplia sonrisa que contagiaba hasta a su mirada, mientras me agradecía y me pedía que volviera al día siguiente para colocarle la otra inyección y ponderaba mis dotes de enfermero.
Ah! Me olvidaba, sí terminé, aunque no ese día, tomándole la temperatura rectal y puedo confesarles que le coloque muchas inyecciones más, que le di muchas nalgadas (aunque nunca disciplinarias como siempre deseé hacerlo) y que acaricié aquellas carnes a lo largo de todo ese año que permaneció cerca de nosotros.

El resto, me lo guardo en un rinconcito especial de mi memoria.
En La Paz, a 22 días de marzo de 2006

31/03/2006 15:52 azotes Este es el enlace de este relato, si lo copias lo puedes utilizar como hipervínculo. M / f

Comentarios » Ir a formulario

gravatar.comAutor: Ana K. Blanco
Estimado Señor: no recuerdo haber leído un relato sobre este fetiche que a tanto nos gusta como son las inyecciones… Un relato muy bonito, con mucha y buena descripción de los detalles. Me gustó mucho y ya descubrí tu faceta de escritor. Gracias! Saludos…
Ana K.

Fecha: 03/06/2006 17:51.

gravatar.comAutor: Anonima
Felicidades por el relato, a mi en lo personal las nalgadas y las inyecciones me excitan demasiado y despues de haber leido el relato, ardo.

Fecha: 15/09/2006 08:12.

gravatar.comAutor: alex
ami me encantan las inyecciones en las nalgas y mas ver como las ponenk buen relato

Fecha: 29/12/2006 23:27.

gravatar.comAutor: francisco
alguien podria colgar videos de inyecciones en nalgas reales? Con todo lujo de detalles si es posible.Gracias

Fecha: 03/02/2007 01:59.

Autor: alex
nombre k bueno esta el relato me exite bien kabron

Fecha: 18/02/2007 03:47.

gravatar.comAutor: manfredo
También hice un curso de primeros auxilios y me he especializado en inyecciones intramusculares. He atendido a hombres y mujeres, debiendo admitir que, gustándome las mujeres, me ha resultado doblemente excitante inyectar a los varones; debe ser por lo miedosos que se muestran, aun cuando son dueños de probada virilidad. Al mismo tiempo, son más vergonzosos que las mujeres. Disfruto mucho bajándoles el calzoncillo: “estamos entre hombres”, les digo para calmarlos. Cuando les paso el algodón, aprietan instintivamente el culito; cuando les ordeno que se relajen, alcanzo a ver sus entrenalgas pobladas de pelitos íntimos.
Es demasiado excitante cuando el inyectado es un joven amigo o vecino del sector. Me encanta conocer su intimidad y gozo tratando de reducir su temor.

Fecha: 27/03/2007 06:01.

gravatar.comAutor: manvar
Muy bueno tu relato. Te comprendo bien porque también me gusta mucho poner inyecciones; tanto a mujeres como a hombres, resultándome más emocionante éstos últimos, porque además del miedo que inútilmente tratan de ocultar (para no parecer cobardes), es increíble lo pudorosos que se ponen al sólo verle los calzoncillos.

Fecha: 01/04/2007 07:18.

gravatar.comAutor: roxy
la verdad esta muy bueno tu relato, a mi tambien me ha tocado inyectar a bastante gente, pero no cabe duda que inyectar a los hombres es lo mejor, por que tratan inutilmente de ocultar el temor que les da.

Fecha: 21/04/2007 23:42.

gravatar.comAutor: Armando
Me gustó es muy bueno. A ver què les parece asì, espero que lo disfruten. Armando

Nota del Editor: este relato está basado en hechos verídicos que le ocurrieron al narrador.

Desde bastante joven tuve algunas ocasiones de ver y tocar las nalgas de atractivas y respetables damas que me pedían ser inyectadas. Una de las mejores ocasiones fue cuando me tocó ser enfermero de mi tía Dulce. Ella era muy bella y para entonces estaría bordeando los 40, mientras quien esto escribe andaría por los 22 o 23.

Resulta que a veces, regresando de la escuela, pasaba a ver a mi tía para saludarla. Fue en una de esas visitas que salió el comentario de que se sentía verdaderamente mal por la gripa, pero que tenía mucho trabajo y, para colmo, la enfermera que la inyectaba estaría ausente ese día.

No podía desaprovechar la ocasión, así que ni corto ni perezoso me ofrecí a inyectarla puesto que era poseedor de un certificado de enfermería. Viendo a mi tía aún joven de cuerpo atractivo, me emocioné y mirándola fijamente le dije que la atendería con mucho gusto: ella me miró sorprendida y se ruborizó por lo extraño e inesperado de la situación.

Reponiéndose, me preguntó si tenía experiencia colocando inyecciones y le respondí que sí, que había resultado el mejor del curso en aplicarlas vía intramuscular, mientras que las intravenosas me daban un poco más de trabajo. Me respondió que necesitaba intramusculares, pero precisamente por eso –me confesó tocando sus nalgas con ambas manos- siento mucha vergüenza pensar que tú me las apliques. Concluyó que mejor buscaría una clínica donde pudieran inyectarla. Pero como sabía que realmente no había ninguna clínica cerca y ella se sentía muy mal, pensándolo bien aceptó mi ofrecimiento.

Mientras saboreaba una taza de café pregunté a Dulce si sentía tener temperatura. Como respuesta, me pidió que fuera a su habitación y que buscara el termómetro que había dejado sobre la mesa de noche junto con las ampolletas de penicilina y las botellitas de agua mezclada con silocaina. Subí y encontré todas las cosas en la ubicación que Dulce me describió. Había también dos jeringas desechables.

Al regresar, sintiéndome bastante excitado por aquello que parecía un sueño, cogí frente a mi tía una de las botellitas de agua, la partí por el cuello como me habían enseñado en el curso y procedí a llenar una de las jeringas con su contenido, para posteriormente romper el sello de la ampolleta que contenía la penicilina benzatínica de 1.200 unidades que le habían recetado y proceder a mezclar el agua con el polvo blanco hasta formar una sustancia viscosa que agité con firmeza hasta verificar que no quedaran grumos. Acto seguido, volví a cargar el contenido en la jeringa, puse el protector en la aguja y miré a mi tía indicándole que estaba lista la medicina.

Sin embargo le dije que primero le tomaría la temperatura y que después le aplicaría la inyección, por lo que la invité a bajarse el ajustado pantalón azul marino que llevaba puesto y a recostarse sobre el sofá. Me preguntó algo extrañada: ¿en qué quedamos, no me vas a tomar primero la temperatura? a lo que, llegando al punto más álgido de mi audacia, le respondí que sí, pero por vía rectal, pues es la más adecuada. Mi tía me respondió algo molesta que no se prestaría a semejante cosa, que sólo la inyectara pues eso era lo urgente y que no le estuviera proponiendo cosas descabelladas.

Ignorando su reacción le ordené que se acostara; yo no tenía nada que perder por lo que decidí ser audaz. Me miró con cierto recelo pues no sabía muy bien lo que iba a hacer, pero se bajó aunque tímidamente, el pantalón y la pantaleta color palo de rosa llevándolos sólo hasta la mitad de sus nalgas. Era el momento más importante donde tenía que imponerme, así que llegué por detrás y de un tirón le bajé tanto la pantaleta como el pantalón hasta media pierna, ocasionando que mi tía Dulce gritara e intentara levantarse.

Entonces le apliqué un par de oportunas nalgadas y le dije que se quedara quieta, lo cual le impactó tanto que reaccionó y obedeció mis instrucciones. Enseguida sin mayor explicación le separé con mis dedos pulgar e índice las nalgas y le puse el índice de la otra mano justamente en el orificio anal. Antes de que algo replicara, chupé el termómetro y se lo introduje firmemente en el recto, pidiéndole que no se moviera para evitar accidentes.

Mientras mi tía alojaba en su intimidad la pequeña barrita vidriada, yo observaba embelesado aquel magnífico culo. Tenía unas blanquísimas nalgas que colindaban, hacia arriba, con una breve cinturita cuyo sólo recuerdo me enloquece y, hacia abajo, con unos carnosos y torneados muslos semejantes a columnas de basalto. Tal vez al percibir mi insistente mirada en su expuesto trasero, Dulce empezó a tensionar un poco el ano, pero le recordé el riesgo de que el termómetro se rompiera, así que se quedó muy quieta mientras yo le aplicaba unas palmaditas tranquilizantes en ambos glúteos. Cuando me pareció oportuno le extraje el termómetro, percatándome que permanecía cristalino, sin rastro alguno ni olor a excremento, lo cual me excitó aún más.

La mantuve boca abajo y le informé que sólo tenía un poco de temperatura. Entonces me percaté que no contaba con el algodón ni el alcohol, por lo que le pregunté donde los guardaba. Me dijo que buscara en una vitrina contigua, cosa que hice enseguida, pero sin dejar de admirar sus formidables nalgas dócilmente rendidas a mi vista.

Volví con lo necesario y procedí a limpiar la superficie donde aplicaría la inyección. Le pedí que relajara sus nalgas pero como no lo hacía, apliqué la técnica aprendida de dar unas palmaditas (debo decir que fue un gran deleite para mí, puesto que las palmadas consisten en rítmicos golpecitos de mis dedos contra esas suaves y mullidas nalgas).

Seleccioné el lugar apropiado de su glúteo izquierdo y de un golpe introduje la aguja produciendo un leve movimiento reflejo en aquella bellísima carnosidad aunque, al parecer mi tía apenas percibió el piquete. Comprobé que no había perforado ningún vaso, y empecé a introducirle suavemente el viscoso líquido. Ella se quejó sensualmente debido a la sensación de dolor. La penicilina benzatínica es una solución bastante molesta por lo que presioné el émbolo muy lentamente dándome todo el tiempo del mundo para aplicársela y seguir disfrutando el singular momento.

Cuando muy a mi pesar terminé de inyectarla, extraje la jeringa y ví una gotita de sangre producida por el piquete. Le friccioné la zona con el algodón empapado en alcohol. Instintivamente, coloqué mi mano libre sobre la otra nalga y, sin disimulo se la acaricié repetidas veces. ¡Vaya que me puse cachondo con ello! Pero más grato fue darme cuenta que mi tía me dejaba acariciar sus nalgas sin oponer ninguna resistencia. No quise forzar las cosas, así que pronto concluí ese delicioso acercamiento que duró tan sólo unos instantes. Para terminar, casi de manera natural le di una nalgadita final a mi tía, luego le besé la nalga pinchada y le subí la panty, indicándole que podía vestirse.

Cuando se incorporaba de la cama, mi tía giró lentamente su rostro hacia mí y pude observar un marcado rubor en sus mejillas, pero al verme me regaló una pícara sonrisa anunciando un bello horizonte en nuestra singular relación. Mientras me agradecía, me aproximé a ella, la besé y le dije: si quieres mañana continuamos el tratamiento. Dulce me miró fijamente, tomó el teléfono y le dijo a la enfermera que no requeriría más de sus servicios.

En México, a 4 días de octubre de 2007

Fecha: 04/10/2007 21:21.

gravatar.comAutor: PANCHO
Ahora les comparto esa experiencia de cuando yo tenìa 18 años. Disfrùtenla.

Mi única vez

Cuando tenía 18 años, vivía en el mismo edificio un vecino de 23 con quien llevaba buena amistad. Yo había notado que Gus (así se llamaba) tenía como que mucha afición por las inyecciones, sobre las cuales también reconozco mi personal morbo desde que era niño. Alguna vez me contó que él sabía inyectar, pero sobre todo su afición se notaba en que para cualquier molestia que tenía recurría a las inyecciones; iba a un sanatorio cercano para que se las aplicaran y pedía a sus hermanos o a cualquier amigo que lo acompañara, digamos que le encantaba llevar testigos, que mucha gente se enterara de ello.

En una ocasión, estando reunidos varios amigos, Gus nos dijo que debía inyectarse y que por favor alguno de nosotros le ayudára pues como el día anterior lo habían inyectado en el hospital, tenía marcado en la nalga el punto exacto de la colocación, de manera que no habría duda en cuanto a la colocación correcta y que, por lo demás, él sabía muy bien el procedimiento. Nadie le hizo caso; a mí me pareció interesante pero, siguiendo a los otros amigos, me retiré sin ayudarle.

Unos días después, Gus me dijo en privado que no me había portado correctamente con él porque debía haberlo inyectado cuando me lo pidió. Yo le contesté que en otra ocasión que requiriese lo haría. Aunque sabía que había establecido un cierto compromiso, no imaginé que fuera a requerírmelo tan pronto, pues a poco, estando solos, me dijo que lo inyectara. Quedamos para ello que yo acudiría a su casa a las 4 de la tarde y que llevaría un pants deportivo supuestamente para ir a jugar futbol más tarde.

Desde que me lo dijo me sentí algo inquieto pues, como ya comenté, a mi las inyecciones siempre me han excitado y el sólo pensar que yo iba a aplicarla me causó cierta calentura. Llegué a la hora convenida y Gus estaba completamente solo en su casa. Enseguida me hizo pasar y me dijo que iba a bañarse, que por favor lo acompañara, cosa que ya había ocurrido varias veces sin ninguna malicia, al menos de mi parte. Gus se bañaba y mientras tanto platicábamos de muchas cosas ajenas al sexo. Pero ese día ya no ví las cosas de la misma manera que antes, pues estaba de por medio que yo iba a inyectarlo, así que estuve observando su cuerpo con alguna malicia, sus blanquísimas nalgas y sobre todo su pene que era extraordinariamente grande; su tamaño normal era igual que el mío en erección.

Cuando terminó solamente se enredó la toalla y nos fuimos hacia la recámara. Enseguida se terminó de secar y se retiró la toalla, sacó del ropero la ampolleta que era de Complejo B, tomó también alcohol, algodón y una jeringa desechable. Mientras yo curioseaba viendo su enorme tolete que se robustecía sin llegar a erección plena, abrió la ampolleta, cargó la jeringa, le extrajo cuidadosamente las burbujas de aire y me la entregó diciendo: ten ya está lista. Empapó un trozo de algodón con alcohol, me dio la espalda tal vez ocultando su verga ya erecta y rápidamente se acostó boca abajo diciendo, busca el piquete aquí en la nalga izquierda, mientras llevaba su mano a la zona donde debía yo buscar.

Después de un momento detecté el punto y le dije: sí, aquí está. Entonces me ordenó: pon tu dedo encima para que yo te diga si es. Entonces apoyé la punta de mi índice sobre el punto y Gus concluyó, sí ahí está bien. Siguiendo sus instrucciones, le froté el algodón sobre la nalga y, sin titubeo alguno le clavé la aguja que entró suavemente como si fuera en mantequilla y desapareció dentro del pinchado glúteo de mi amigo, quien sólo me dijo: bien, muy bien, no me dolió el piquete. Como me lo indicó, verifiqué no haber topado con algún vaso de sangre, luego empujé la sustancia muy lentamente pues decía que era bastante dolorosa, hasta que la jeringa quedó vacía; le extraje la aguja y le estuve sobando el nuevo piquete con el algodón un buen rato, hasta que me cercioré de que ya no brotaba nada por el pinchazo. Miré el algodón con varias motitas color guinda.

Gus estaba contento con mi desempeño y me dijo que ya sabía inyectar pues lo había hecho muy bien y que me prefería a cualquier enfermera. Yo estaba caliente por la experiencia, así que, cuando Gus se levantó traté de disimular la erección de mi pene a pesar de que él lo tenía bien erguido. En realidad difícilmente la hubiera ocultado ya que mi amigo fijó su vista en mi entrepierna y, sin ningún recato me dijo: la tienes parada ¿te calentaste? Como no acerté qué contestar me dijo: no te preocupes, en serio, es normal, a mí también me pasa cuando inyecto, pero lo importante es que lo hiciste muy bien.

Enseguida se puso a hablar de las ventajas de aplicarse Complejo B pues, me dijo, fortalece mucho el cuerpo y previene enfermedades, concluyendo con una recomendación de que yo también me las aplicara, a lo cual le dije que sí que lo iba a considerar. Pero atajando mi retirada me ofreció aplicármela en ese momento argumentando que tenía varias ampolletas en el ropero al igual que jeringas. Su ofrecimiento hizo que me zumbaran los oídos por el aumento súbito de la calentura y del morbo. No se cómo fue pero seguramente buscando prolongar el momento de intimidad le dije: está bien Gus, si tú quieres aplícamela.

Antes de que me arrepintiera sacó la jeringa, la cargó, me ordenó desnudarme y acostarme. Como él no tenía ropa en absoluto, yo no quise parecer puritano y me desnudé, para luego acostarme como él lo hizo antes. Gus me aplicó enseguida la inyección sin causarme dolor alguno, yo creo que la calentura que tenía fue lo que inhibió el dolor pues ciertamente el complejo B se las trae. Pero además, en ese momento lo que me preocupaba era tener la verga completamente parada, lo cual me pondría en aprietos para levantarme después de ser inyectado. Gus adivinó muy bien mi situación y al terminar me tomó del brazo y me levantó bruscamente fijando la vista en mi erecto pene que estaba en ese momento brillante, colorado y con gotitas de líquido seminal en la punta. Gus se rio y me dijo: ya chorreaste mi cama, pero no te apures ¿estás caliente?

Como no podía yo decir que no pues las evidencias me comprometían demasiado, le dije que un poco y simplemente sonreí. Entonces, me dijo: no es bueno quedarte así, es necesario que te bajes esa excitación pues de lo contrario te puedes enfermar de los nervios. Entonces se me acercó y empezó a acariciarme el pene y las nalgas, luego me propuso: si quieres tú también agárrame a mí, no te reprimas. Entonces le agarré las nalgas y él me tumbó sobre la cama, se dio la vuelta y empezó a frotar sus nalgas contra mi pene bien erecto diciendo: ¿qué te parece? ¿rico no? Seguimos así un rato hasta que a mí el deseo no reprimido me hizo abrazarlo de lleno y restregar violentamente mi pito en su deliciosa raja trasera. Entonces Gus me dijo: ¿te gustaría metérmela? Yo simplemente le dije que sí.

Abrió el cajón de su buró y sacó una lata de vaselina con la cual me untó la verga y después me hizo meter los dedos para que le untara su agujero. Yo lo hice ansiosamente y al ver que se ponía boca abajo con una almohada a la altura de las nalgas para levantarlas, dirigí mi pene hacia su ano y lo penetré sin ningún problema, probando que no era la primera vez que Gus recibía al menos consoladores por el agujero pues este cedió elásticamente y mi amigo no emitió queja alguna sino más bien rumores de placer y empezó a moverse con muchas ganas. Para mí fue una experiencia maravillosa pues Gus tenía el recto muy suavecito, tibio lmpio y lubricado, de manera que en un momento eyaculé y le invadí las entrañas con mi semen. Gus se quedó jadeando y agradeciéndome la cogida que le había dado. Estuvimos así un momento, luego se movió como levantándose y yo le extraje el pito y me puse de pie.

Gus se dio la vuelta pero siguió acostado, luego me dijo ven, acuéstate tú también para que descanses, debes estar exhausto. Me puse a su lado, me abrazó y estuvo jugueteando con mis brazos, mi pecho y mis testículos, luego me dio la vuelta y me acarició suavemente las nalgas, poco a poco, lentamente, hasta que me fue volviendo la erección. Entonces Gus abrió la lata de vaselina, se embadurnó los dedos y me untó el ano para empezar a meterme la puntita de sus dedos. Con una sonrisa pícara me preguntó: ¿te gustaría sentir lo que tú me hiciste y ayudarme a mí a bajar la terrible calentura que me embarga? La verdad es que ya encarrerado como estaba tenía muchas ganas de que me cogiera, por lo cual sin decir palabra alcé mi culito y se lo acerqué coquetamente invitándolo a que me lo penetrara.

Gus me dijo ¡muy bien, muy bien, te va a gustar! Se me encaramó y de un golpe me introdujo media estocada haciéndome sentir un agudo dolor y casi chillar ¡No Gus espera, me estás haciendo mucho daño! Perdón, me dijo, no recordé que es tu primera vez, pero eso hace más atractivo al encuentro. Te voy a estrenar el culito suavemente, vas a ser mío, pero quiero que esta experiencia no sea para ti traumática sino muy placentera.

Me puso de costado y me dio continuos piquetitos en el ano con su descomunal verga, sin prisa, poco a poco, con una gran paciencia, hasta que al cabo de unos veinte minutos, sin sentir molestia alguna terminó la deliciosa horadación y me dijo: ya la tienes toda adentro querido, ahora disfrútala. Dimos un giro juntos para quedar de nuevo boca abajo y estuve gozando las arremetidas que me daba, suaves pero muy firmes, no sentí dolor sino mucho morbo, placer y erección. De pronto Gus empezó a jadear excitadísimo, yo sentía su agitada respiración en mi nuca y en mis orejas, me abrazó con mucha fuerza y sentí un chorro descomunal de esperma caliente que me invadía las entrañas. Sentí que me iba a llegar hasta la garganta.

Sin dejar de abrazarme, Gus se quedó finalmente quieto, jadeando intensamente. Estuvo así tal vez dos o tres minutos; luego se incorporó sacándome la verga del culo y se acostó boca arriba en la cama con el arma coronada del mismo esperma que yo sentía todavía caliente, saliendo de mi ano y resbalando por la superficie de mis nalgas. No me di vuelta, permanecí boca abajo disfrutando la cogida que me dieron y que me gustó mucho.

La verdad sí me causó un gran placer la verga de mi amigo. Sin embargo, no he vuelto a tener una experiencia homosexual. Pronto cambié de domicilio y la vida me llevó hacia el plano heterosexual donde tengo a mi esposa con quien la intimidad registra puntos tan álgidos que nos elevan siempre hacia nuevos horizontes de placer vaginal, oral y anal. Por cierto que en materia de inyecciones podría contarles muchos momentos de gran intensidad con ella, desde que éramos novios.

He tenido también amantes muy queridas, pero damas, siempre damas. No creo que vuelva a tener una experiencia sexual con algún hombre. Aunque mentalmente acepto la homosexualidad, no la puedo aterrizar con nadie; no he conocido a quien me inspire hacerlo. A veces he pensado que, si fuera posible, sólo conmigo mismo la tendría. El enclave homosexual resulta demasiado comprometedor y no estoy dispuesto a pagar el precio. Así que Gus será el único hombre en mi vida, mi culito que un día perforó le seguirá perteneciendo.

Fecha: 09/10/2007 22:17.

gravatar.comAutor: pedrito
que padres relatos los de estos dos chavos anteriores, se me puso bien tiesa.

Fecha: 09/10/2007 22:20.

gravatar.comAutor: ariel arestizabal
Nada hay que me guste más que poner inyecciones.
Hice un curso de enfermería y realicé prácticas por mucho tiempo en servicios de urgencia, de tal modo que tengo experiencia.
Tomando mi colación en un restaurant cercano a mi trabajo, conocí a Eduardo, un muchacho de 24 años que trabajaba atendiendo en el mesón. A primera vista me pude dar cuenta que estaba agripado. Le pregunté si había hecho reposo y me respondió que al día siguiente tenía libre y pensaba quedarse el día entero en casa.
Yo, muy atento, le expliqué que era enfermero y me comprometí para irlo a ver.
Al día siguiente, a las diez de la mañana, estaba tocando el timbre de la vieja casona donde arrendaba una pieza en el segundo piso.
Un niño que abrió la puerta, luego de preguntar por él, gritó hacia el segundo piso: “Lalo, te buscan”.
Subí las escaleras, en el balcón que antecedía a su habitación, de un cordel de ropa colgaban unos calzoncillos color beige que adiviné serían suyos.
Eduardo abrió su puerta. Era un muchacho muy alto, delgado, de tez blanca y cabello claro. Me invitó a pasar.
Luego de los saludos de rigor, le ordené que se recostara en su cama y abriera su camisa, pues debía tomar su temperatura.
Ya en esa posición, procedí a subir la manga de su camisa para, simultáneamente a la temperatura, medir su presión arterial.
Luego de secar su áxila, puse el termómetro y comencé a medir su presión. Él, en silencio y un tanto nervioso, miraba hacia el cielo de su habitación.
Ya realizada ambas operaciones, le solicité que se soltara el cinturón de su pantalón para revisar su abdomen; en seguida, solté el botón del pantalón, bajé el cierre y dejé a la vista su calzoncillo color blanco.
Examiné su abdomen y, bajando un poco su calzoncillo, exploré sus ganglios inguinales: mis dedos disfrutaban rozando sus vellos púbicos.
Bajé algo más el calzoncillos y pude ver la base de su pene. En seguida, bajé completamente su calzoncillo y me di a la tarea de palpar sus testículos. Al hacerlo, noté que gradualmente se le produjo una erección.
Estaba muy nervioso, así que le tranquilicé asegurándole que era señal de una buena salud.

Diagnostiqué parotiditis y le expliqué que era necesario tomar una muestra se semen para realizar un examen de espermiograma.
Le pregunté desde cuando no se masturbaba; ruborizado, me respondió que ya hacía más de una semana.
Le dije que tenía que intentar eyacular y me respondió que le daba vergüenza.
Lo tranquilicé haciéndole ver que era algo necesario y que estábamos en absoluta privacidad. Que era un examen muy común, le dije, y que se concentrara.
Puso su antebrazo sobre su rostro, como para ocultar su rubor, y me di a la gratísima tarea de masturbarlo.
Rápidamente comenzó a expresar sus sensaciones. Se mordía los labios y jadeaba de placer.
Era maravilloso ver la expresión sexual masculina de manera tan espontánea e inesperada para mí. No pensé nunca llegar tan lejos en ese examen médico.
Le pregunté si estaba sintiendo deseos de acabar, de eyacular. Me respodió que sí. Le sugerí que moviera su cintura. Lo hizo, y cada vez aceleraba más los movimientos.
“No te retengas”, le dije.
Al poco rato, mi mano sintió cómo su pene se endurecía y agrandaba aún más. De pronto, detuvo sus movimientos, rigidizó todo su cuerpo y fui testigo de una vigorosa expulsión de semen que alcanzó uno, dos, tres, cuatro disparos de voluminoso líquido blanco. El último cayó sobre mi mano masturbadora. Era un líquido caliente y espeso, de un color blanquecino amarillento, representante de admirable masculinidad.
Aún cuando de su pene ya no salía más semen, yo estaba cierto que sus gratas sensaciones continuaban, de tal modo que seguí masajeando con cariño ese miembro masculino que por primera vez vibraba ante el examen otorgado por un enfermero.

Una vez concluida la masturbación, luego del suspiro de alivio y del humedecimiento de labios, comencé a jalar suavemente de abajo hacia arriba su pene, para hacer salir el remanente de semen de su uretra. Eduardo, un tanto cohibido, miraba el cielo de su habitación, mientras yo le indicaba que volvería al día siguiente para realizarle un masaje a cuerpo completo.

Luego de asear su glande y prepucio, le subí el calzoncillo y lo arropé.
Cun un apretón de mano, me despedí hasta el día siguiente.

Fecha: 14/11/2007 02:50.

gravatar.comAutor: carlos
Lo que acabo de leer es un tremendo relato. Encuentro maravillosa esa experiencia con un muchacho hetero.
A mí me ocurrió algo muy parecido cuando tenía 19 años: un enfermero me masturbó y sentí el placer más grande que había experimentado hasta entonces.

Fecha: 16/12/2007 20:46.

Autor: Anónimo
Aquella tarde otoñal

Fue una tarde muy bella en la que concreté el ansiado anhelo abrigado por mucho tiempo. A pesar de lo que sucedió después, en especial que ella me cortó, me queda el recuerdo de esa tarde con el encanto otoñal de Elisa, cuando me entregó su deliciosa virginidad anal.

La recepcionista me anunció, luego me pidió esperar. Pasaron los minutos, yo estaba ansioso, me levanté y estuve mirando los peces, el momento se me hizo eterno. Luego me indicaron: ya puede subir, la doctora lo recibe.

Ella se veía muy guapa con un pantalón oscuro bastante ajustado que le hacía resaltar las nalgas. Platicamos, luego se levantó y vino hacia mí, se sentó en mis piernas y nos besamos, la acaricié un poco y no pudimos aguantar más. Nos desnudamos, yo me acosté sobre el diván y ella se montó insertándose mi pene bien erecto. Se movió sensualmente hasta que llegó al orgasmo.

Me estuvo agradeciendo la cogida, luego se levantó para cambiar de pose, pues ella sabía que yo no había eyaculado. De pie, la abracé y le dije: ¿cuándo me vas a entregar tu virginidad? Me respondió con otra pregunta: ¿la anal? Así es mi amor, sigo deseándola. Bueno, está bien, agregó, a ver si puedo, no vayas a lastimarme ¿cómo quieres que me ponga?

La tendí boca abajo, me cambié el condón, luego me apliqué lubricante y se lo apliqué a ella en el ano, le introduje un dedo, la friccioné, luego dos dedos percatándome que estaba preparada para alojar mi verga completa. Entonces sin más la penetré de un solo golpe, ella no se quejó. Por decir algo le pregunté ¿ya estoy adentro? Ella asintió.

Empecé a bombearla y por apresuramiento me salí. Volví a metérsela. Elisa suspiró y jadeó ¿Te gusta? Sí, está bien rico, me gusta, contestó. Seguí entrando y saliendo con suavidad, le dije que tenía el culito delicioso. No lo tiene tan apretado de manera que la fricción se daba con relativa facilidad.

Le dije que yo ya estaba por terminar ¡me vengo! Besándole repetidamente el cuello, la nuca y las mejillas, sentí el torrente seminal que invadía el recto de Elisa, sin poder escapar del condón.

Seguí abrazándola por un momento, pero yo sabía que el ano termina rebelándose por la inusual entrada de un objeto de semejante calibre, causando cierta molestia final. Tratando de no opacar el goce que ella me había manifestado le extraje el miembro suavemente, sin dejar de decirle que me había prodigado un placer extraordinario.

Nos vestimos, seguimos platicando, ella estaba muy tranquila. Finalmente me despidió diciéndome que la enloquecía.

Unos días después, la doctora me cortó diciéndome que se sentía devaluada. Yo también la mandé a la chingada, pues no faltaba más.

Fecha: 05/03/2008 02:59.

Autor: Anónimo
Otro relato acerca de Elisa

La señora Eulogia llegó apresuradamente pues eran las cinco más quince y se había retrasado en la cita que tenía para inyectar a la joven Elisa. Fue recibida por la madre de esta y entró deprisa hasta la cocina apretando el plateado estuchito metálico con la jeringa y algunas agujas hipodérmicas, de esas que antes se utilizaban.

Prendió el fuego y, a poco, se presentó el clásico sonido de la ebullición, así como el tintineo de la vidriada jeringa y el émbolo que giraban sin parar chocando entre sí bruscamente. A un llamado de su madre, respondió Elisa ¡Ya voy mamá, en un momento!

La señora Eulogia retiró la pequeña tinita del fuego, introdujo el émbolo en la jeringa tomándolas con un lienzo muy limpio y ensambló finalmente la aguja que era relativamente corta debido a la delgadez de la paciente. Mientras la ampolleta era abierta entró Elisa vestida con uniforme escolar: blusa y falda tipo jumper azul marino ¿ya me va a picar señora Eulogia? Sí m’hija es que no comes, por eso el doctor te recetó ahora vitaminas inyectadas.

Salieron de la cocina: la señora Eulogia llevaba la jeringa; Elisa una botella de alcohol y un paquete de algodón; y su madre la ampolleta puesta sobre un pequeño plato. Entraron en la habitación de Elisa y cerraron la puerta con seguro.

Mientras la señora Eulogia cargaba la jeringa con el medicamento, Elisa levantó su falda dejando ver unas piernas bastante delgadas, luego tomó el resorte de su pantaleta color blanco y lo hizo descender hasta la mitad de sus nalgas. Cuando su madre, que en ese momento arreglaba la cortina de la ventana para evitar intromisiones, vio los torneados glúteos de su pequeña lanzó una vehemente exclamación ¡Mira nomás! Eres engañosa pues te ves flaca pero te cargas tus buenas nalgas. Aproximándose a su hija le bajó la pantaleta hasta la mitad de los muslos, la tumbó boca abajo sobre la cama y le acomodó la falda en la cintura, quedando el blanquísimo trasero de su hija a la vista de las dos mujeres que intercambiaron comentarios de sorpresa. La señora Eulogia le dijo a la joven: vas a romper muchos corazones con esas nalgas que ya quisieran muchas artistas.

A todo esto Elisa estaba ruborizada pero no tenía escapatoria pues su madre le había desnudado totalmente la parte media de su cuerpo, así que esperó impaciente deseando que ya la inyectaran para abreviar el momento ¡Ya estoy lista señora Eulogia! Ésta se aproximó a la joven, le frotó la nalga izquierda con el algodón empapado en alcohol y clavó la guja haciendo que Elisa emitiera un agudo grito ya que, debido a un movimiento reflejo había fruncido las nalgas haciendo que la aguja entrara con dificultad al rasgar el músculo. Así que, cuando la improvisada enfermera amiga de la familia trató de introducir el líquido, éste no circuló por la aguja la cual se bloqueó debido a la extrema tensión de la zona horadada.

De manera que la señora Eulogia extrajo la aguja para reemplazarla y comentó: creo que yo tuve la culpa pues utilicé una aguja prácticamente infantil pensando en la delgadez de Elisa, pero sus nalgas son ya de persona mayor. En tanto su madre le limpiaba una gotita de sangre que le había brotado del sitio del piquete, Elisa se quejaba diciendo: me dolió mucho y lo peor es que me van a volver a picar. Ni modo m’hija para qué frunciste el culo, recuerda que debes relajarte y aflojarlo lo más posible.

La aguja emergente era mayor y bastante gruesa por lo que, al verla, Elisa gritó ¡¡¡¿me van a clavar ese arpón?!!! Giró el cuerpo quedando sentada en la cama y dejando a la vista su suave bello púbico. Se tranquilizó, se puso de pie e invirtió la posición que originalmente había tomado sobre la cama, quedando ahora su cabeza en la zona de los pies, para que el nuevo piquete se lo dieran en el glúteo contrario, y dijo resignada: prometo aflojar las nalgas señora Eulogia, por favor píqueme con mucho cuidado para que ahora sí terminemos pronto.

Mientras su madre le daba palmaditas en el glúteo contrario para tranquilizarla, la señora Eulogia clavó de nuevo la aguja, la cual llegó hasta el tope con relativa facilidad. La dolorosa solución empezó a pasar haciendo que Elisa emitiera varios quejidos y que golpeara con las manos abiertas el extremo de su cama, hasta que por fin la jeringa quedó vacía, le extrajeron la aguja y su madre se dio a la cariñosa labor de masajearle la zona quitándole al mismo tiempo los residuos de medicamento que brotaban en pequeñas gotitas del piquete.

Mientras se ponía de pie, Elisa ofreció sin querer un espectacular close up de su bello culo al intruso muchacho que espiaba la acción por una rendija de la ventana, mientras se retorcía de placer debido al término de la descomunal puñeta con que se agasajaba viendo las nalgas de su vecina.

El joven impresionado por la belleza íntima de Elisa fue después su novio y más tarde su marido, confesando a su mujer la atrevida intrusión que lo había llevado a idolatrarla. Pero el matrimonio no duró mucho, lo cual me dejó la puerta abierta para ser por un tiempo el satisfecho amante de Elisa y enterarme de lo que les cuento, hasta que ella me cortó en las circunstancias que les referí en mi anterior.

Fecha: 05/03/2008 21:12.

Autor: Anónimo
Un día de mi relación con Elisa

Ese día no estaba previsto reunirnos, pero entré en la vorágine inercial de visitarla. Por fin estuve enfrente de ella, viendo su rostro sereno. Me saluda contenta y me anima: “Tú bien lo sabes, yo te recibo siempre”.

Sentados codo con codo, nos tocamos reconociéndonos, nos besamos, cachondeamos sin prisa. Me acuesto y la pongo encima de mí, le descubro su bello trasero, palpo sus suaves y torneadas nalgas y las encuentro muy frías. Al ser estimuladas se estremecen y entran poco a poco en calor festejando el encuentro.

Me incorporo y sentado la pongo nalgas arriba sobre mis piernas. Mis dedos hurgan sus intimidades, se humedecen con las suaves segregaciones que le hacen brillar los labios vaginales y la cara interior de los delgados muslos.

El creciente chasquido, producido por sus jugos y el roce de mis dedos, le causa sorpresa y me pregunta por el origen del sonido. Son tus propias emanaciones, querida, goza, disfruta el sexo. Ella frunce de pronto el culo como en aquel día lejano en que la inyectaron y dobló la aguja con el tenso músculo de la nalga. El mismo día en que su futuro marido la espiaba y admiraba. Las palabras de su madre me llegan a la memoria: “Eres engañosa pues te ves flaca pero te cargas tus buenas nalgas”

De pronto se estremece, gime. Con uno de mis dedos le estimulo el ano. Ella arquea la zona del trasero, la eleva, atrapa mi dedo con el esfínter anal y lo aprieta muy fuerte para reforzar el intenso orgasmo.

Como el tiempo apremia pues debe recibir pacientes, me retiro sin haber eyaculado, salgo muy formal del consultorio despidiéndome respetuosamente de la doctora que es también mi amante: la bella Elisa.

Fecha: 13/03/2008 00:40.

Autor: Anónimo
Revelaciones de Elisa

Cuando estábamos de vacaciones en un hotel de Tequesquitengo, pasábamos un buen rato en la terraza privada del cuarto, de manera que Elisa se desnudaba para asolearse. Una mañana, le estaba aplicando bronceador en todo el cuerpo y le pregunté: ¿Qué opinas de tus propias nalgas, crees que son muy atractivas? Ella me miró un momento, luego volvió a sumir la cabeza en el cuenco de sus brazos y después de reflexionar un rato me preguntó a su vez: ¿por qué te refieres específicamente a mis nalgas? Me interesa que me lo aclares. Le dije que indudablemente ella tenía un cuerpo atractivo pero que… Me interrumpió bruscamente diciendo: “mis nalgas son las que te causan mayor tentación ¿no es así?” Bueno, le dije, confieso que sí.

La cuestión, me dijo, no es que mis nalgas sean de campeonato, lo que sí es un hecho inquietante es que provocan en gran medida la curiosidad y el morbo de la gente. Créeme, no he podido identificar la causa, pero mis nalgas desatan los instintos no sólo de muchos hombres sino hasta de mujeres.

¿Cómo te percatas de eso? Pregunté. ¡Vamos! Respondió, una siente lo que está pasando en derredor suyo pero, sobre todo, una sufre el acoso sexual de la gente.

Pero…, le dije ¿te molesta ser admirada? No, para nada, me encanta que se fijen en mi trasero (bueno, no cualquiera), pero no me gusta, como casi a nadie, el hecho de que me acosen y eso lo he sufrido desde la adolescencia. En fin, a veces quisiera que mis nalgas pasaran inadvertidas.

La interrumpí: bueno Elisa, no te salgas por la tangente ¿qué opinas de tus nalgas, son bellas? Puso sus manos en ambos glúteos y dijo: No soy para nada una jovencita y éstos glúteos no disimulan totalmente mi edad pero, creo que les queda aún firmeza y son bastante atractivos. No puedo dejar de reconocer que mucha gente los admira.

Pregunté: ¿cuándo te empezaste a dar cuenta de ello? Ya te conté, me dijo, lo que ocurrió el día que acudió la señora Eulogia, amiga cercana de la familia, a inyectarme. Bueno, desde luego te comenté que hubo un momento muy embarazoso en que mi madre y ella me desnudaron el trasero y comenzaron a hablar de él insistentemente, sin ningún recato. Para mí fue muy incómodo pero ese acontecimiento me reveló que mis nalgas atraían poderosamente la atención pues, sobre todo mi madre, fue siempre muy reservada en cuanto a sus emociones pero ese día me ponderó el trasero como nunca acostumbraba hacerlo con cualquier otra cosa por relevante que fuera.

Pero lo que aún no sabes es que desde ese día la señora Eulogia se aficionó tanto a mis nalgas que se convirtió en una verdadera amenaza, ya que además de inyectarme las veces que realmente lo requería, ella misma convenció a mi madre de aplicarme un sinfín de remedios innecesarios: infinidad de inyecciones, supositorios, lavativas, enemas y tomas de temperatura rectal. Su intromisión y sus abusos en relación a mis nalgas llegaron a desesperarme.

¿Cómo se dio eso y quién lo permitió Elisa? Pues así como te lo digo, la situación era tan grave que en ocasiones yo tenía sueños eróticos y, al despertar encontraba que la tal Eulogia estaba sentada en mi cama inyectándome o aplicándome un enema, así estando yo dormida y lo hacía con la autorización de mi madre y de forma muy malintencionada pues, por ejemplo, me giraba y tallaba la cánula en el esfínter anal, o me metía sus dedos. No sabes las veces que me produjo intensas diarreas al meterme litros de agua en el culo. Eso fue sobre todo al principio cuando yo aún no descubría sus personales intenciones y me dejaba aplicar lo que ella quisiera.

Luego vino Leonardo, mi ex marido, quien me confesó haberse casado conmigo por la fascinación que le producían mis nalgas desde que las vio aquel día de la célebre inyección. A veces era muy cansado estar modelando para él la infinidad de pantaletas, tangas, ligueros y bikinis que me llevaba y que le producían un morbo excepcional al vérmelos puestos. A veces durábamos horas enteras en esa faena del modelaje que nunca me perdonaba antes de cogerme. Luego, debido a que se chorreaba prematuramente de tanto verme modelar, tardaba mucho tiempo para eyacular y me irritaba causándome frecuentemente infecciones vaginales.

Además, como nunca pudo superar la impresión que le causó espiarme cuando recibí la susodicha intramuscular de manos de Eulogia, él aprendió también a aplicar inyecciones y, disfrazado de mujer, con enaguas y todo, me inyectaba frecuentemente porque eso lo calentaba muchísimo. Esa actitud suya contribuyó a que nuestro matrimonio fracasara pues se ponía furioso cuando yo me negaba a recibir los molestos piquetes. En lo sexual me tenía materialmente agotada, además de insatisfecha. Era yo un simple juguete, digamos que su esclava.

Entiendo todo lo que me dices y comprendo tu molestia pero, dime por favor Elisa: como receptora de todos esos impulsos sexuales de la gente tú no has sacado ningún provecho? Lo que me gustaría saber es si tú has disfrutado en algo todo ese acoso del que has sido objeto. Ella se quedó seria y luego me dijo: has tocado un punto importante del que te voy a hablar con toda sinceridad. Más allá de las molestias que el acoso me ha producido, debo reconocer que me calienta saber que caliento a la gente.

Mientras le untaba crema en la raja del culo y me calentaba viendo su mayor pigmentación interna me dijo: por ejemplo, eso que ahora haces me enloqueció un día. Noté que su vagina se humedecía y le pedí que me contara. Elisa agregó: pienso que estoy hablando de más pero, en fin, a ti te tengo suficiente confianza para relatarte esta vivencia que hace tiempo quiero compartir con alguien.

Hace dos años tuve indicios de colitis por lo que busqué un especialista y después de mucho indagar decidí acudir con una doctora de nombre Sofía que me recomendaron en repetidas ocasiones. Pues bien, cuando la visité me cayó muy bien y le tomé confianza desde que empezamos a platicar de mi problema. Luego me pidió desnudarme y me acostó boca abajo sobre la mesa de exploración.

Accionó un botón y de inmediato se hizo un combo en la parte media de la mesa, lo cual hizo que mis nalgas se irguieran y se separaran quedando totalmente expuestas a la vista de la especialista. Esa posición me hizo sentir algo muy especial, algo así como sumisión, como que estaba rendida, entregada y confieso que me gustó. Sofía me dijo con amabilidad: tienes unas nalgas muy bonitas ¡felicidades! Y me empezó a abrir cariñosamente el ano con sus dedos que tienen la suavidad de la seda, diciéndome: no te inquietes mi amor, sólo es un pequeño reconocimiento.

Me estuvo tocando la zona por un rato, luego emparejó la cama me hizo sentarme y me explicó que no había sido posible ver el estado de mi colón, por lo que tenía que entrar con un instrumento de precisión, lo cual me causaría alguna molestia un poquito mayor. Volvió a acostarme, me levantó nuevamente el culo y estuvo preparando un instrumento que tenía en la punta una cánula como de dos centímetros de grosor y veinte centímetros de largo: mi corazón aceleró sus palpitaciones. Mientras Sofía terminaba de preparar el instrumento me dio por un momento la espalda. Llevaba un pantalón blanco muy ajustado y llamaron mi atención sus nalgas frondosas, redondas y paradas, sus muslos también generosos y su cintura estrecha. Traté de distraerme pensando en otra cosa pues sentía humedecerme.

De pronto Sofía dio media vuelta y me dijo: Ya vamos a entrar mi vida, relájate para facilitar la penetración. Sin comentar nada me secó la humedad de la vagina; yo sentí mucha pena por haber demostrado mi excitación, pero ella como no dando importancia al hecho me anunció: te voy a poner una pomadita lubricante en el recto, la vas a sentir un poco fría y sus dedos me tocaron nuevamente traspasando un poco el esfínter anal para lubricar debidamente la zona. Volvió a limpiarme la vagina y luego sentí que me introdujo la cánula en el ano, la cual resbaló muy bien hasta llegar al tope. Yo me sentía excitada y apenada y le dije: Sofía, se trata de una inspección que nunca me habían practicado por eso tuve lo que ya notaste. Ella contestó: por favor Elisa, de eso ni me lo digas es muy común que ocurra y no tiene ninguna importancia. Tú eres una mujer muy bella con vida sexual plena y no puedes avergonzarte de lo que es una función natural de tu cuerpo. Despreocúpate pues estamos en total confianza, tú me caes muy bien.

Cuando terminó la prueba me extrajo la cánula, me cambió la posición y me pidió que me sentara. Luego me explicó que tenía una cierta irritación en el colon y que debía corregirla mediante supositorios, enemas y reconocimientos posteriores. Me entregó la receta y me instruyó de aplicarme el primer tratamiento esa misma tarde. Entonces le dije que yo no tenía ninguna experiencia en ello y le pedí que, si no tenía inconveniente, me lo aplicara cada tarde en su consultorio.

La verdad es que Sofía me excitaba demasiado y no quería dejar de intentar esa posibilidad. Ella me contestó que con mucho gusto lo haría y en ese mismo momento me puso boca abajo, preparó el enema y me lo aplicó, luego me pidió permanecer unos diez minutos acostada, me pasó al cuarto de baño para desalojar el vientre y cuando salí me esperaba con el supositorio. Me puso sobre sus piernas y me lo metió profundamente dejando su dedo dentro de mi culo por unos segundos ¡No sabes el placer que me produjo! Cuando llegué a mi casa estaba enloquecida de calentura y tuve que masturbarme para bajarla.

Al día siguiente llegué puntual al consultorio para recibir el tratamiento pero me dijeron que Sofía no se encontraba por lo que me lo aplicaría la enfermera. Yo contesté que prefería esperar y me retiré descorazonada. Al anochecer me llamó por teléfono Sofía y me preguntó si ya me había aplicado el enema. Como le dije que no, me dijo que no podía dejar de hacerlo y me ofreció pasar ella misma a mi domicilio ya que le quedaba en ruta hacia su casa. Cuando llegó yo estaba verdaderamente fuera de mí y en cuanto la ví con su pantalón entallado sentí una calentura terrible. Fuimos a mi recámara, me desnudé y me aplicó el tratamiento. Después de colocarme el supositorio me tuvo su dedo adentro del recto por más tiempo y me empezó a frotar el esfínter. Yo le dije: ¡Sofía, no me hagas eso porque me voy a correr! Y ella contestó con una pregunta ¿Estamos en confianza? Al decirle que sí, me puso su lengua en la raja y empezó a lamerla, luego me succionó el ano con fuerza. Yo empecé a dar gritos de placer.

Se puso de pie, se desnudó y nos abrazamos locamente, nos besamos en la boca juntando con furor nuestras lenguas; luego nos estimulamos recíprocamente el ano y la vagina con los dedos y también con la lengua, hasta que las dos terminamos empapadas. Ese día aprendí que el sexo tiene formas y caminos muy diversos y que no existen más reglas que las del mutuo deseo de las personas que lo practican. Antes de eso no me había pasado nunca por la mente la posibilidad de tener relaciones lésbicas y, después de Sofía, no he vuelto a sentir nada igual.

Sofía y yo seguimos amándonos regularmente durante por lo menos un año y nos separamos porque se casó y se fue a vivir a otra ciudad, pero me prometió buscarme algún día para revivir nuestro singular idilio, porque nos amamos, esa es la palabra ¡Sofía y yo nos amamos!

No pude aguantar más, oyendo atentamente el relato de Elisa, la monté y la penetré vaginalmente por detrás, fundiéndonos en un coito excepcional en el que ambos gemimos, bufamos y gritamos de placer.

Fecha: 18/03/2008 21:38.

Autor: Anónimo
Soy el autor de los relatos sobre Elisa. Si alguien me pudiera regalar su opinión le estaría muy agradecido y me ayudaría a decidir si les cuento algo más.

Felices calenturas

Fecha: 28/03/2008 00:09.

gravatar.comAutor: Karo
WOW!! de verdad,tu si que deberias escribir un libro,obvio
de las experiencias de aquella chica..la verdad me gusto mucho leer esto, y no pues, podrias contar mas…

Fecha: 06/05/2008 05:47.

Autor: Anónimo
Gracias Karo, te agradezco tu amable comentario y te dedico el siguiente relato: disfrútalo.

Las travesuras de Elisa

Durante una sobremesa Elisa disfrutaba su bebida favorita: un Blanc Cassis que le estimulaba el alma y le aligeraba la lengua. Hablando de sexo me dijo: en materia de placer todo es tan subjetivo y las personas son tan engañosas que te quedas con la boca abierta.

El año pasado renté con mis hermanos una casa en Yecapixtla, donde pasamos las fiestas de fin de año y ocurrió que Alma, mi hermana gemela con quien te he contado que no me llevo nada bien, estaba resfriada y tenía que inyectarse, de manera que habló a la farmacia del pueblo y le dijeron que enviarían a una persona a la casa. Eran las 8 de la mañana cuando llegó un muchacho muy jovencito que tal vez no cumplía ni los dieciséis, de aire tímido, muy formal, blanquito y bastante guapo. Mi hermano lo pasó enseguida al cuarto de Alma, yo sólo lo miré a distancia, pero el aspecto del chavito me despertó la curiosidad y ¿por qué no? también el morbo de ver cómo se comportaba la mamona de mi gemela al ser inyectada por un chamaco con esas características. Entonces, aprovechando que mi hermano se fue a bañar y que el otro no estaba, salí al jardín y por la ventana del cuarto de Alma me dispuse a disfrutar la escena.

Mi hermana estaba acostada mirando perpleja al chamaco el cual se mostraba bastante nervioso tal vez por el interrogatorio al que era sometido. De tiempo en tiempo contestaba las preguntas que Alma, en su perorata, le formulaba. Luego se suavizó el gesto de mi hermana, sonrió al joven y le indicó que sobre la mesa estaba lo necesario para inyectarla. Mientras el joven preparaba la jeringa, ví cómo Alma se quitó la pantaleta, se alzó el camisón hasta la espalda y replegó las cobijas, quedando su culo no sólo desnudo sino erguido, ofrecido en pompa, pues ella elevaba descaradamente las nalgas. Nunca antes me había dado cuenta del carácter tan liberal de mi gemela.

El chavito dio media vuelta y cuando vio el soberbio nalgatorio de mi hermana se detuvo bruscamente, parpadeó repetidas veces y se acercó con timidez, jeringa y algodón en mano. Alma levantó la cara y algo dijo. El muchacho sonrió y por las señas que hacía entendí que preguntaba de qué lado la picaría. Entonces, seguramente instruido por mi provocativa gemela, palpó el mullido glúteo derecho, luego el izquierdo y con un evidente nudo en la garganta señaló y dijo que prefería el derecho. Alma asintió y paró todavía más el trasero como entregándoselo al jovencito. Este masajeó el glúteo seleccionado y lo pinchó en tanto mi hermana sermoneaba y se quejaba agitando brazos y piernas hasta que, al haber recibido toda la sustancia, quedó tendida en calma. Luego pidió al chavito que se sentara en la cama para masajearle la pompa pinchada.

Pasado un momento se incorporó sentándose ella también en la cama con la panochota a la vista del joven. Algo le estuvo diciendo, luego lo tomó de la cintura, lo acercó hacia ella y le agarró el bulto del pubis haciendo que creciera todavía más. Le bajó el pantalón, tomó el blanco y poco peludo tolete y se lo llevó a la boca metiéndoselo profundamente hasta la campanilla, luego le aplicó unas fenomenales mamadas y, cuando el jovencito daba muestras de venirse, Alma se tumbó boca arriba sobre la cama, abrió las piernas, se puso al chavo encima en pose de penetrarla, le tomó la verga y ella misma se la metió en la panocha moviéndose sensualmente y moviéndolo a él mientras le acariciaba con furor las nalgas, como si fuera su juguete, hasta que el chavo se quedó paralizado y eyaculó. Alma lo apretó contra sus chichis y jadeó hasta que le vino el orgasmo. Se quedó muy quieta abrazando al jovencito, luego lo incorporó le hizo que se vistiera rápidamente y lo despidió citándolo para el día siguiente ¡Qué bárbara! se lo cogió en tres minutos sin conocerlo, tan sólo después de ser inyectada.

Esa misma tarde después de comer le pregunté a Alma cómo se sentía y qué tal la habían inyectado. Ella me contestó: pues bien en general, ya sabes que esto del resfriado tarda un poco en quitarse pero el muchachito me inyectó correctamente, en realidad me la jugué con él pues debido a su edad dudaba que supiera hacerlo, además de que mentalmente me costó mucho trabajo enseñarle siquiera el lugarcito donde me picara pues me miraba con alguna insistencia y no quise escandalizarlo así que me porté muy recatada con él ¡qué falsa hermanita tengo! mira que decir eso cuando ví que enseguida se desnudó y que le empinaba descaradamente las nalgotas al chavito hasta que se lo cogió. Por cierto, agregó mi gemela, fíjate que mañana voy a ir muy temprano con mi hermano Arturo a Cuautla ¿podrías avisar en la farmacia que no vengan a inyectarme como quedamos sino hasta pasado mañana? Le respondí: cómo no Almita, yo les aviso. En ese momento se me ocurrió una forma de capitalizar en mi beneficio el compromiso de Alma y de alebrestarle para la siguiente sesión al joven enfermero, a ver cómo lo capoteaba.

No hablé a la farmacia de manera que al otro día llegó puntual el jovencito y yo lo esperé metida en la cama de Alma, dispuesta a recibir por ella el molesto piquete como precio de una buena sesión de sexo que la verdad se me antojaba. Era una mañana oscura algo lluviosa, lo cual me ayudó pues la penumbra imperante dificultaba que el chavo pudiera descubrir la treta. Cuando la sirvienta le hizo entrar en la habitación le dije: pasa, ya sabes dónde están las cosas y ya sin pantaleta me puse boca abajo, replegué las cobijas hasta la altura de mis rodillas y paré el culo como el día anterior lo hiciera Alma. El jovencito buscó sin más mi nalga izquierda, sentí el frio alcohol, el piquete y la dolorosa e inútil sustancia que me ardía al interior de la nalga haciéndome emitir algunos quejidos que por estrategia dramaticé en tono sensual.

Luego se sentó el chavito, me frotó el sitio del piquete y se siguió de frente acariciándome ambas nalgas y la zona vaginal. Entonces empezó mi estrategia para alebrestarlo en perjuicio o mayor goce de mi hermana al día siguiente. Adonde estuvieran las manos del chavito yo acercaba mi culín como invitándolo a que me lo hurgara lo cual no tardó en hacer hasta que ya descarado intentó metérmela por esa estrecha vía, a lo cual le dije: me encantaría que me la metieras por ahí, pero que sea mañana porque hoy quiero que me piques el otro agujerito, así que me lo encaramé y me dio con gusto y emoción yo creo que mejor que a mi hermana porque el día anterior estaba el chavo medio asustado. En verdad que me hizo gozar y supe lo que es recibir una verga nuevecita, suavecita, llena de empuje y de vida ¡qué rica cogida me dio ese chavito, te lo juro! Sentí su tierna lechita que me invadía las entrañas, calientita, ligerita y abundante, lo que me produjo un orgasmo sensacional. Mientras el nene se vestía me dijo: conste que mañana me vas a dejar que te la meta por el otro hoyito ¿sale? Claro que sí m’hijo, mañana sin falta te lo entrego.

Al día siguiente en la mañana llegó el jovencito y lo pasaron a la recámara de mi hermana, yo me fui enseguida al jardín para espiar, ansiosa de saber lo que pasaba. El chavito fue a la cama, le dio un beso en los labios y se ocupó en preparar la medicina. Mi hermana lo miró algo sorprendida del aplomo con que se conducía y esta vez sólo se bajó la pantaleta hasta media nalga sin replegar las cobijas ni parar el culo como antes lo hiciera, pero esto no frenó los impulsos del escolapio que de un tirón le bajó la panty y aventó las cobijas dejando a mi hermana desnuda e indefensa pues cuando ella intentó reaccionar se le montó, le frotó la nalga derecha y le clavó la aguja a fin de inmovilizarla. Ella gritó ¡me toca del otro lado! Pero ya era tarde, ni modo que la picaran de nuevo. El jovencito ni la peló. Cuando terminó de meterle el líquido dejó la jeringa en el buró y se le montó sobre las nalgas acariciándole el pelo y besándole insistentemente el cuello, la nuca y las mejillas. Alma parecía molesta pero se dejó aplicar la terapia. Sin embargo, cuando el chavito le punteó con su tieso instrumento el ojete anal, mi hermana se rebeló y se sentó sobre la cama mirándolo entre extrañada, desafiante y encabronada, pero el muchacho algo le estuvo diciendo mientras le acariciaba las piernas y las tetas. Después de un rato, con aire de extrañamiento Alma se puso de pie y sacó del closet un frasco de vaselina, tomó una generosa porción y ella misma se lo untó en el ano e inclusive se lo metió en el recto, luego se puso de rodillas en el borde de la cama, separó las piernas y se empinó descansando sobre el colchón los antebrazos completos y la cabeza ¡qué bárbara! La verdad es que yo no conocía esa pose. Las nalgas de Alma estaban totalmente empinadas y separadas al máximo una de la otra, de manera que su orificio anal brillaba ansioso de que lo penetraran.

El chavito, puesto de pie, la cogió por las caderas y arremetió con una estocada fenomenal que cimbró a mi hermana pero ella aguantó como las buenas apalancándose con los brazos y la cabeza sobre la cama. La fricción no duró gran cosa, el muchachito se paralizó y poniendo los ojos en blanco aflojó las piernas. Mi hermana sin ver intuyó lo que pasaba, a lo cual se separó sacándose el miembro y dando un espectacular giro cachó con la boca el esperma que en ese momento disparaba el erecto miembro: una, dos, tres y hasta cuatro descargas que la puta de mi hermana se tragó completas saboreando ostensiblemente el blanco líquido. No conforme, llevando sus labios al brillante pitón ¡que le acababan de extraer de la cola! lo chupó succionando con fuerza la uretra hasta que le extrajo todo el semen.

Casi enseguida, vistió al joven y lo despachó. Luego puso el seguro de la puerta, se fue a buscar en su bolsa y extrajo un enorme consolador en forma de pene de negro (por lo enorme) y tumbándose sobre la cama abrió las piernas y se lo clavó hasta la empuñadura friccionándolo con fuerza mientras con la otra mano se acariciaba magistralmente el clítoris. Gimió, sollozó y emitió agudos quejiditos que alcance a oir a través del vidrio, luego quedó rendida, desparramada sobre la cama, con las piernas bien abiertas y el tolete artificial aventado despreocupadamente sobre la cama ¿qué te parece? Me preguntó Elisa, así se las gasta mi querida hermana a quien saliendo de la habitación le pregunté ¿qué tal te inyectaron? Ella contestó: esta vez me dolió un poco, creo que voy a cambiar de enfermero.

Tras escuchar el relato de Elisa, no supe qué comentar, yo estaba muy caliente, digamos que al rojo vivo, pero esa tarde ella no quiso que copuláramos, prefirió seguir paseando.

Fecha: 07/05/2008 21:13.

Autor: Anónimo
Terminan así los relatos acerca de Elisa. Podría contar otras cosas pero ya hablé bastante acerca de panochas, vergas y culos y no es el caso ahondar en lo que no constituye la esencia de mi amada. Ahora, para ser justo y aclarar el sentido de los relatos, quiero decirles que Elisa no es una depravada, ni ligera y que ni siquiera es fácil entablar comunicación con ella. Tiene un aire distinguido y arrogante, lleva el orgullo familiar en su frente, es una excelente profesionista, es humana, sensible, cariñosa con los suyos y una mujer de su casa.

Sabe, eso sí, gozar como mujer con quien ella ama y aprovechar con discreción las ocasiones que a ella le parecen apropiadas. Un día me dijo: “tal vez haya quien no, pera a mí me encanta el sexo y lo practico apasionadamente con quien quiero y cuando yo misma lo decido”. Y así es ella: una mujer polifacética de quien difícilmente se sospecharía que ha tenido experiencias tan singulares como las que les he contado.

Gracias por leer estas líneas y participar en lo que sexualmente me tocó vivir al lado de esta mujer extraordinaria. Gocen de los relatos, caliéntense, cojan muy rico pero en confianza. Jamás permitan que el sexo les domine, que haga de ustedes un títere, un guiñapo, o un instrumento para perjudicar a sus semejantes.

Reciban un fuerte abrazo

En la Ciudad de México, a los nueve días del mes de mayo 2008.

Fecha: 09/05/2008 15:42.

gravatar.comAutor: jannethyta
encerio que bonitos relatos…me exita demasiado sobre todo de ti ANONIMO y por supuesto que deves escribir mas relatos son buenisimo…..

cuidende bye

besos

Fecha: 16/05/2008 09:04.

Autor: Anónimo
Querida Jannethyta, muchas gracias por tu escrito. Deseando complacerte, aquí está un nuevo relato. ¡Que lo disfrutes!

“Caliéntense y cojan en confianza, pero eso sí: contrólense y cuídense mucho”

La pantaletita azul

Durante uno de mis encuentros con Elisa en su consultorio, ví sobre su escritorio un pequeño adorno que me pareció muy familiar. Era una figurita de porcelana que representaba a una especie de geisha estilizada. Le pregunté por el origen de ella pues me parecía haberla visto antes, tal vez en la oficina donde tiempo atrás habíamos trabajado juntos. Ella no hizo nada por orientarme, más bien la noté esquiva e inclusive, después de llevarme a otra conversación, pretextando un reacomodo de sus cosas tapó la figurita con unos libros. No le dije nada más al respecto lo cual le hizo pensar que había olvidado el asunto y no volví a ver la figurita sobre el escritorio.

Estuve haciendo memoria hasta que recordé que la susodicha figurita estaba antes en el escritorio de una chica que nos apoyaba a los dos en aquella oficina a la que me referí antes. Era una joven delgadita, muy guapa y cariñosa. De ella Elisa me comentó un día que era muy dependiente y que la tenía cansada de comportarse con ella como si fuera su hija. Lo cierto es que las dos tuvieron, al menos durante ese tiempo, una comunicación muy estrecha entre sí, y la presencia de la figurita en el escritorio de Elisa me hacía ver que después de varios años aún se recordaban, o bien, mantenían alguna relación. En la primera oportunidad que tuve, tomé discretamente el directorio de mi amiga y, en efecto, allí aparecía el nombre; luego tomé su agenda y ví que tenía proyectado recibirla el día siguiente a las 7 de la noche. Pero lo más extraño fue que en la misma agenda estaba un separador de página en el que aparecía un artístico pene pintado en línea de agua, sobre el cual con letra de mano decía: “Para Elisa con todo mi ser” y reconocí inmediatamente la bella y muy elaborada letra de Sandra, la chica de quien les hablo. Por mi mente pasó el recuerdo fugaz de Sofía que, por lo visto, podía no ser el único amor femenino de Elisa.

En fin, como ya conocía las excentricidades y los caprichos de mi amiga, no me alarmé pero pensé que no estaría de más descubrir sus posibles relaciones íntimas con Sandra. Durante los días que siguieron visité a Elisa un par de veces en las que tuvimos sexo muy placentero. En la segunda ocasión, cuando salí del consultorio subí al coche que estaba estacionado a media cuadra del consultorio y, cuando me disponía a retirarme se acercó una chica de muy buen ver, se agachó haciéndome señas por la ventanilla derecha y en ese momento la reconocí muy bien ¡era nada menos que Sandra! Había embarnecido, se veía muy guapa con su bella sonrisa de siempre pero ahora con un cuerpazo formidable. Inmediatamente le abrí la portezuela y se subió, me dio un beso cariñoso en la mejilla, me abrazó y me dijo ¡qué gusto verte, hace tanto tiempo que no sabía de ti! Elisa nunca me comentó que se frecuentaban. Platicamos un rato, yo estaba algo nervioso porque supuse que Sandra algo sabía de mis relaciones con Elisa y también porque la veía completamente desinhibida y yo la había conocido y tratado casi como a una niña. Llevaba puesto un vestido azul marino muy cortito que, ya en el asiento del coche se le replegaba exageradamente dejando al descubierto unos muslos extraordinarios. La verdad es que yo no estaba acostumbrado a tener con ella un acercamiento como el que las circunstancias en ese momento me deparaban y temía exceder mis expectativas.

Esperando terminar de inmediato la entrevista, le pregunté: ¿vas ahora con Elisa? No, me contestó, quería verte a ti y como supe que hoy vendrías, decidí buscarte para platicar un rato contigo ¡qué gusto verte! Pero…le dije ¿cómo supiste que hoy vendría puesto que Elisa no te habla de mí? Me respondió: olvídalo, eso qué importa, invítame a tomar una copa. Mientras manejaba, Sandra no dejaba de hablar con su personal encanto, sus femeninos ademanes y de tiempo en tiempo me daba palmaditas en la pierna derecha como reforzando sus dichos. A poco, entramos al bar, nos sentamos, ella cruzó la pierna y se convirtió en un importante foco de atención para quienes estaban sentados en las mesas contiguas. ¡Vaya sorpresa! la pequeña Sandra era toda una mujer muy atractiva y parecía querer un acercamiento conmigo. Platicamos y escuchamos el piano por cerca de una hora.

Al calor de las copas y de la agradable conversación, nos fuimos acercando uno al otro hasta que, sin saber cómo, deleitándonos con las notas de la inmortal “Let it be”, nuestras bocas y nuestras lenguas se juntaron desesperadamente. Tenía unos labios frescos, carnosos, suculentos, yo no quería exhibirme, así que le propuse retirarnos a la intimidad. Ella sonrió, asintió con la cabeza y me dijo: mientras liquidas la cuenta voy al baño. Pronto llegamos al hotel. Sandra se sentó al borde de la cama, me abrazó, seguimos besándonos, empecé a acariciarle las piernas, luego las nalgas, ella levantó su falda y se tendió boca abajo sobre la cama. Llevaba puesta una pantaleta de encaje bordado muy bella color azul pastel que me encantó cómo se le veía y que armonizaba excelentemente con su figura. Era una bellísima pieza de lencería muy fina que jugó un papel primordial en esa entrevista. A poco Sandra se bajó la pantaletita sólo hasta el final de sus nalgas y me dijo: excítame el ano, pues esa vía es mi delirio. Tenía unas caderas torneadas, carnosas muy sensuales, sus nalgas eran redondas, muy bien formadas y sobre todo firmes. Yo estaba ansioso por lo sorpresivo de la entrevista. A pesar de haber tenido poco antes sexo con Elisa, excitado por el delicioso e inesperado culito de Sandy sentía que me venía.

El cuerpo de Sandra era escultural o, al menos así me lo parecía, sus piernas y sus nalgas notablemente sensuales, la adornaba una cinturita muy estrecha y su cabello castaño que descendía ensortijado por la espalda. Le estuve acariciando las piernas, besando las nalgas y el pequeño montículo anal. De pronto me preguntó si me gustaban las inyecciones, a lo cual le contesté: en tus bellas nalguitas me enloquecen. ¿Y las sabes aplicar? Sí claro, por supuesto. Entonces abre mi bolso y toma de ahí las cosas pues quiero que me apliques una. A mi me producen mucho morbo y puesta por ti me desmadra. Abrí el bolso y tomé una jeringa, un pequeño frasquito con alcohol, un estuchito con algodón y una ampolleta. Le pregunte qué medicamento era ese y me contesto: no te preocupes es sólo agua bi-destilada. Después agregó: coge también mi cámara pues quiero que tomes unas fotos de recuerdo para calentarme después con ellas. Por favor, quiero que tú salgas completo.

Tomé la pequeña digital automática y la coloqué sobre el tocador, medí el campo visual y el ángulo, programé una serie de fotos y regresé con Sandra. Cargué la jeringa, empapé el algodón y adapté mis movimientos a la secuencia.

En la primera foto me veo muy profesional, como si fuera un médico. Tengo en las manos la jeringa apuntando hacia el techo para extraerle las burbujas de aire, mientras Sandra está acostada con las nalguitas bien paradas y la hermosa pantaletita azul puesta exactamente donde comienzan sus muslos. Sobre la cama, a un lado de Sandra, se aprecian: la ampolleta vacía, su bolso y los papelitos envoltura de la jeringa. La foto es sumamente sensual debido a la naturalidad de la escena aunada a la juventud y la belleza de la paciente.

En una segunda foto tengo el algodón en la mano izquierda después de haber limpiado el sitio de la aplicación y con la derecha estoy a punto de picar la nalguita derecha de mi amiga quien, en ese momento tiene puestas las manos sobre su cabeza como diciendo ¡Ay, ya viene el piquete! Se ve en verdad temerosa, sus nalguitas aparecen un poquito tensas, como si las hubiera fruncido ligeramente.

En la tercera foto Sandy ya tiene la aguja hipodérmica clavada y le estoy aplicando la cristalina sustancia. Ella parece palmear con sus manos la almohada y yo tengo mi mano izquierda puesta sobre uno de sus muslos tranquilizándola.

Finalmente, una cuarta foto nos muestra a los dos tranquilos, estando yo sentado sobre la cama masajeando la nalguita de Sandy quien tiene la pierna izquierda flexionada y levantada, lo cual le hace aparecer un hoyito digamos que “de expresión” muy coqueto en la superficie de la nalga del mismo lado. Tiene además la cabeza volteada hacia mi como diciéndome algo. Yo le sonrío también mirándola a la cara.

Después de recibir la inyección Sandra me dijo: ahora quiero que me apliques un supositorio, tómalo también por favor de mi bolso. Lo saqué y ví que era una barrita de vaselina como de cinco centímetros de largo. Retiré la envoltura y cuando me dirigí de nuevo a la cama vi que Sandra estaba acostada boca arriba con las piernas totalmente erguidas hacia el techo ofreciéndome sus nalguitas en un close up sensacional, con la pantaletita azul en el mismo sitio, justamente en el pliegue que marca la frontera entre nalgas y piernas, o sea bastante cerca del orificio anal, cubriéndole una pequeña parte de los muslos. Qué sensual te ves querida Sandy, le dije.

Programé de nuevo la cámara y, tomando con la mano izquierda sus tobillos para ayudarle a mantener la incómoda posición, le inserté medio supositorio, siendo ese punto en el que nos sorprendió la primera foto donde Sandy luce sus bellísimas nalguitas en medio de las cuales se aprecia el agujerito donde está entrando la blanca barrita.

Cuando terminé de meterle el supositorio ella emitió un gemido que me calmtó aún más de lo que ya estaba y, al cabo de unos segundos se produjo la segunda foto en la que tengo mi dedo metido en el recto de Sandy para llevar más adentro el supositorio y evitar que regrese. Pero lo más sensual es que ella tiene sus manos puestas una en cada glúteo separándolos con fuerza, de manera que aparece muy bien toda su raja, el orificio anal con su breve remolinito y mi dedo insertado casi totalmente en él. Se ve de nuevo la sensual pantaletita azul justo debajo de mi mano.

Al término de la segunda aplicación Sandy se colocó nuevamente boca abajo sobre la cama y me dijo: ahora penétrame el ano con tu pene. No lo pensé más. Le puse mi verga totalmente erecta en la entrada de su mínima y elástica abertura y la traspasé con cierta dificultad pues tiene el esfínter bastante estrecho. Lo que vino después fue un concierto de sensaciones exquisitamente placenteras. Sandra se movía en tal forma y me decía cosas como: ¡desvírgame el culito! ¡acaríciame las nalguitas con tus huevos! ¡aplícame todas las inyecciones, lavativas y supositorios que quieras! ¡méteme la verga hasta el fondo, hasta el mero fondo! Yo estaba como hipnotizado. Sandy me elevó a dimensiones verdaderamente insospechadas, de un placer similar al del momento de la eyaculación pero prolongado desde que la penetré hasta que salí de su culito. Cuando volví en mí estábamos los dos muy tranquilos en la antesala del sueño, la tenía abrazada y no quería despegarme de ella, mi pene permanecía bien erecto y se lo empujaba todavía en el recto sintiendo que aún goteaba semen y deseando tenerla permanentemente enculada. Estuvimos así por bastante tiempo hasta que por fin me dijo: siento entumido el culo, deja que me mueva.

Me retiré sacándole despacito la verga pero tal vez por el tiempo que duró la penetración ella se quejó bastante haciéndome detenerme y avanzar poco a poco, a duras penas. Por fin quedé acostado boca arriba sobre la cama, luego la abracé, puso su cabeza sobre mi pecho y estuve acariciando su cabello, sus mejillas y su hoyito traspasado. Le besé insistentemente los labios. Después de un rato, cuando mi pene reaccionaba de nuevo, ella me contuvo, se levantó y mientras se dirigía al baño, yo me deleité contemplando sus esculturales nalguitas en rítmico movimiento. Cuando ella salió yo entré al baño, después volví a la recámara y Sandra se encontraba ya lista para retirarnos. Le dije: espera encanto, lo que vivimos fue maravilloso, pero me falta penetrarte por la otra vía.

Hay cosas, me respondió, que no pueden ser, te lo digo como amiga y espero tu comprensión. Le pregunté ¿estás reglando? No mi amor, es algo más, te repito que espero tu total comprensión, te conozco bien y se que tú me entiendes. Entonces, tomando mi mano derecha se la metió por debajo del vestido hasta hacerme tocar ¡su pene! Sí, leíste bien ¡su pene! Sentí un frío muy intenso, me invadió el coraje, la impaciencia. Le dije ¡No es cierto Sandra, dime que no es cierto! Pero ella levantó su falda y bajó por fin totalmente la estratégica pantaletita azul pastel con la que se había estado cubriendo la verga que ahora tenía yo enfrente y que empezaba a endurecerse.

Miré fijamente a Sandra y ella subiéndose de nuevo la pantaletita me dijo: discúlpame, se que lo que hice conlleva un cierto engaño pero apelo a tu comprensión. Te conozco de hace tiempo, te deseo hasta el extremo y sabia que de otra manera no iba a ser posible tenerte. Además, creo que tú has disfrutado el sexo conmigo igual que yo contigo y eso no puedes negarlo pues he sentido tu cuerpo estremecerse en mis brazos de una manera voluptuosa que no he percibido nunca antes con nadie. Tu abundante semen aún lo tengo alojado en mi culo. Tú tienes una referencia femenina de mí y no quiero que la corrompas. De nada importa que yo cuente con un pene, pues en las demás partes de mi cuerpo, en mis modales, en mi voz, en todas las demás manifestaciones de mi persona y, lo más importante, en mi sentir más profundo, soy indudablemente una dama y eso tú lo sabes muy bien y lo has comprobado fehacientemente.

Sólo dime una cosa, la interrumpí: ¿Contaste con la complicidad de Elisa para hacer esto? Sandra sonrió y me dijo: así es, pero descuida, no le comentaré a ella nada de lo que pasó entre nosotros, le diré que nos reunimos pero de que nos acostamos, no le diré nada. Añadió: si no quieres verme nunca más, estás en tu derecho de hacerlo, pero por favor perdóname, conserva el recuerdo de este encuentro tan placentero que tuvimos hoy y piensa simplemente que fue con Sandra con quien cogiste, lo demás olvídalo, no existió, fue tan solo una fantasía. Yo seguiré dispuesta a estar contigo cuando quieras.

Salimos del hotel. De nuevo en el coche Sandra me platicó muchas cosas interesantes sin volver a mencionar el suceso. Yo la veía de tiempo en tiempo sin comprender cómo es que había logrado burlarme y, sobre todo, mantener durante tanto tiempo esa apariencia tan femenina en todos los detalles de su persona. Intermitentemente miraba sus bellas piernas que estaban, como antes, descubiertas sin ninguna inhibición. Cuando llegamos a su casa se acercó a mí para despedirse, yo esquivé sus labios pero dejé que me besara la mejilla. Abrió rápidamente la portezuela, me dijo: ¡seguiré siendo tuya, si tú lo deseas! Bajó y se alejó. La observé con atención: su andar femenino, sus piernas y sus nalgas en sensual movimiento. Reconocí que ese tipo de encuentros amorosos no es normal, pero no dejé de reconocer también la eficiencia del trabajo de Sandra: tanto en la naturalidad de su persona como en el intenso placer que me acababa de prodigar y que, confieso, aún me cosquillea en el cuerpo.

Fecha: 20/05/2008 00:32.

Autor: lector empedernido
Siempre lo mejor son las inyecciones en la cola, me encantan! Cuanto más detalle mejor, si son dolorosas, las quejas de la pobre víctima, el temor y la vergüenza de estar mostrando las nalgas.

Continúa!

Fecha: 13/06/2008 19:48.

Autor: Anónimo
Stella

Lector empedernido, gracias por tu mensaje. Habiéndome comentado tus preferencias recordé un incidente con la hija de mi querida Elisa. Es un relato de lo más inusual como lo es todo lo concerniente a la personalidad de mi ex amante, de quien tengo recuerdos sumamente gratos, algunos de los cuales ya conoces.

Resulta que una tarde, justamente después de que tuvimos sexo en su consultorio, Elisa me dijo: te voy a pedir un gran favor y lo hago porque te conozco bien y te tengo suficiente confianza. Resulta que a Stella (su hijita que entonces tenía 17 años) le recetaron una inyección muy dolorosa que debe aplicarse con suma lentitud precisamente por lo agresiva que es la sustancia ya que arde como si fuera chile. Como el año pasado le aplicaron una dosis, está escamada y esta vez no se deja. Por más que le he rogado no acepta, ni conmigo, ni con el doctor, ni con nadie.

Como tú sabes, hay dos personas a las que ella quiere mucho y les tiene una enorme confianza: una es su padre y la otra eres tú pues desde que estaba chiquita jugaba contigo y como le tienes mucha paciencia te quiere y te hace mucho caso. Le respondí: cómo no Elisa, yo hablo con ella para que acepte ir a que se la apliquen, pero la doctora me interrumpió: ¡te digo que no se va a dejar con nadie! pero estoy segura de que sí se dejaría inyectar por ti.

Me pones en situación difícil le dije, porque si Stella me ve como a un doctor me va a perder la confianza, además de que si la inyección es intramuscular, imagínate, Stella ya no es una niña y está muy desarrollada. Elisa respondió: ese es otro factor por el que te prefiero a ti, ya que el doctor que la atiende es muy competente pero creo que mira a mi hija con demasiada insistencia y no pierde ocasión para desnudarla, como también lo quiere hacer conmigo cuando lo consulto pues enseguida quiere auscultarme y ponerme inyecciones en las nalgas. ¿Y lo ha logrado? pregunté preocupado. No es que lo haya logrado, me dijo Elisa, lo que pasa es que al principio me tomó desprevenida y en la primera visita me desnudó completamente, me estuvo tentaleando todo el cuerpo y me inyectó en la cola, con tal malicia que no me volví a prestar a semejante tratamiento. ¿Bueno, me dijo: ¿me vas a ayudar con Stella? Claro, mi amor, voy a hacer lo que pueda.

Después de refrescarnos un poco pues el encuentro sexual había sido muy intenso, Elisa tomó el teléfono y citó a Stella diciendo: ya llegó A para inyectarte, te esperamos. Quince minutos después llegó la bella jovencita luciendo una mini espectacular pues tenía unos muslos de vedette y una cinturita muy bien formada. Estuvimos platicando cerca de una hora, al grado que ya no recordábamos el motivo del encuentro, hasta que Elisa nos interrumpió diciéndome: ya es hora de que inyectes a la niña y empezó a preparar la jeringa. Stella exclamó: mamá, conste que me dejo solamente porque A me la va a poner pues esa cosa duele como si me estuvieran clavando un cuchillo.

Ya lista la jeringa, Elisa le pidió a su hija acostarse sobre el diván, pero ella le dijo: no mamá no quiero que tú me veas, a lo cual Elisa exclamó: ¡pero cómo es que tu mamá no puede verte el culo niña! No, no quiero porque me pones más nerviosa, mejor tú salte un rato. Elisa me miró desconcertada pero enseguida tomó su bolso y dijo: voy a la tienda a comprar algunas cosas y salió del consultorio. Yo quedé en tal situación que me parecía una especie de sueño pues una hora antes había estado en intimidad con Elisa y ahora de alguna manera lo estaba, en el mismo sitio, con su hija.

En cuanto salió su mamá, Stella corrió y puso el seguro de la puerta, luego se levantó la faldita y se bajó la panty, dejando a la vista una buena parte de sus frondosas nalgas, redondas y muy bien formadas, yo de inmediato sentí una reacción en el pene y traté de distraerme para no hacer el oso. Se puso frente a mí un tanto titubeante y le indiqué que se acostara sobre el diván, ella lo hizo pero sus carnosas nalgas, de por sí muy firmes, aparecían sumamente tensas. Le dije: Stelly, ten confianza, no voy a lastimarte, relaja el culito porque así como estás te va a doler mucho. Me senté a su lado y estuve dándole algunas palmaditas leves en los glúteos pero la tensión no cesaba. Stella me dijo ¡no puedo tranquilizarme, es que esa medicina duele demasiado!

Entonces me levanté, puse música suave, regresé al diván y, dejando la jeringa sobre el escritorio, apliqué un leve masaje en las nalguitas de mi amiga hasta que noté que entraban un poco en calor y los respingados y anchos glúteos se iban relajando. Tomé entonces la jeringa, el algodón con alcohol y me dispuse a picarla pero, cuando Stella sintió que le desinfectaba la zona, volvió a tensarse y cogiéndose la cabeza con ambas manos, gritó: ¡no, espera, todavía no me piques¡

La situación estaba difícil pues efectivamente Stella se encontraba muy nerviosa. Entonces volví a poner la jeringa sobre el escritorio y le pedí que se sentara. Estuvimos platicando un momento, le dije que esa medicina, igual que todas, produce mucho dolor la primera vez pero que en la segunda y posteriores prácticamente no se siente. Stella me escuchaba pero no parecía muy convencida. Entonces le pedí que se volviera a recostar pero esta vez sobre mis piernas argumentándole que era una forma menos dolorosa de recibir ese tipo de inyecciones. Stelly se acomodó de inmediato pero no dejó de decirme que sentía un poco de pena que la tuviera en esa forma. Yo le contesté que sólo trataba de aminorarle la molestia pero que la inyectaría en la pose que ella quisiera, inclusive puesta de pie si le resultaba menos impactante.

No, me dijo Stella, vamos a probar así, creo que la posición me está relajando. Yo seguía como soñando pues recordaba haber tenido a Elisa ahí mismo en la misma posición una hora antes, si bien acariciándole el clítoris y chupándole el orificio anal. Volví a sentir erección por el recuerdo de Elisa y también porque las juveniles nalguitas de Stella son muy atractivas. Le acaricié con suavidad la superficie de los dos glúteos, luego tomé la jeringa de nuevo, pero Stella me dijo: no, sigue sobando un poco pues eso me relaja bastante, ya casi estoy lista pero yo te aviso, de manera que le bajé totalmente la pantaleta y seguí realizando la gratísima labor de acariciar tan hermosas nalguitas. Pasaron cerca de diez minutos, hasta que le pregunté: ¿cómo ves Stelly, ya te puedo inyectar? Ella me dijo Sí, yo creo que ya estoy preparada, pero hazlo muy suavecito para que no me duela tanto.

Le desinfecté la zona, pero Stella frunció de nuevo las nalguitas y gritó: ¡no, espera, otra vez me puse tensa! La situación era muy difícil así que decidí torear a mi querida paciente. Le dije: Stelly Yo espero el tiempo que necesites, no tengo ninguna prisa, vamos a empezar de nuevo, y volví a acariciarla sin dejar la jeringa, ella fue relajando poco a poco los glúteos y, cuando me pareció oportuno, de un golpe le clavé la aguja en la nalguita contraria a la que había desinfectado, Creo que Stella ni siquiera se percató pues siguió tranquila disfrutando el masaje que le daba con la mano izquierda, mientras con la derecha empecé a presionar el émbolo. Cuando le había inoculado una cuarta parte de la sustancia, Stella se percató del avance y trataba de voltear para verse el culo, pero le dije: Mi vida, ya ves que no te dolió el piquete ni la entrada de la mitad de la sustancia, así que continúa relajada, ya vamos a terminar. Ella me dijo: ¡lo lograste! No sentí nada y en este momento sólo me arde un poquito, es un dolorcito muy leve. Continuamos así hasta el final, la nalguita de Stella mostraba una leve inflamación en el lugar del piquete, así que retrasé aún más la entrada del líquido, finalmente le extraje la aguja y le dije: Stelly, quédate así, para que el líquido se disperse ya que es muy grueso y está aglutinado en la zona del piquete.

La joven me dijo, cómo tú me indiques, no me dolió la inyección y puedo esperar el tiempo que sea necesario. Estuve acariciando, no masajeando, el sitio inflamado, hasta que la sustancia quedó totalmente dispersa. Mientras tanto, admiraba aquel fantástico culito juvenil, alcancé a ver el delicioso remolinito rectal y se me antojaba perforárselo con la lengua. Siguiendo la raja, poquito más abajo, aparecía el bello púbico y el borde inferior del labio vaginal. Mi erección fue completa, besé y di un leve lengüetazo a la nalguita horadada de mi amiguita y la invité a ponerse de pie. Ella se vistió, luego se inclinó y me abrazó, me dio un beso y me dijo: ¡te quiero mucho! Ojalá que tú me inyectes siempre.

A poco llegó Elisa y Stella le informó alborozada que conmigo no había sentido dolor alguno. Elisa volteó a verme y me regaló una dulce sonrisa, yo le guiñé el ojo y seguí sentado porque tenía el pene bien parado y me sentía mojado. Elisa sonrió con cierta picardía, entre ella y ello existió siempre una comunicación completa. Una vez que Stella se retiró me dijo ¿está guapa mi hija, no te parece? Yo le respondí: demasiado atractiva, es un bombón, no se porqué te gusta jugar conmigo en esa forma. Elisa soltó la carcajada, se sentó en mis piernas y me dijo: te conozco muy bien, aunque se que es muy peligroso que te quedes así. De lo que sí estoy segura es que tengo el remedio y puedo exprimirte el apuro. Me acostó completamente sobre el diván, se bajó el pantalón y se acostó sobre mí abrazando mi pene entre sus muslos, yo le acaricié las nalgas con verdadera fruición. A poco invertimos la posición, ella se puso boca abajo sobre la cama y yo la penetré vaginalmente. Bufamos, gemimos y gritamos hasta llegar al climax.

Así es Elisa, una mujer impredecible y deliciosa.

Fecha: 16/07/2008 02:24.

gravatar.comAutor: Carola
Que encantador relato. Las inyecciones son lo mas caliente del planeta, me exitan en exceso, quiero aprender a ponerlas. Por años me daban panico y arrancaba de ellas, ahora me dan pánico pero busco me pongan unas pocas y aprovecho de relatar mi susto a la enfermera o paramédico, me gusta ese momento en que por susto me tratan de manera especial y me relajan mientras siento pudor porque me están viendo el trasero.
Gracias por los relatos

Fecha: 17/07/2008 03:52.

Autor: Anónimo
Gracias Carola. Si me comentan sus impresiones y me dicen acerca de qué personaje o suceso les gustaría que les contara más, lo haré gustoso. Saludos

Fecha: 17/07/2008 16:18.

gravatar.comAutor: Carola
Quizas Elisa es quien aprende a dar inyecciones y disfruta mucho tanto con nalgas de hombres como de mujeres, gente que tiene pavor, que ruega por no ser inyectada y que finalmente se entrega a esta ennfermera que los contiene, les da nalgadas y los convense. Puedes describir con calma el miedo, los liquidos y sus colores, la aguja, personas que miran la aguja sin querer y se austan mas, la exitación femenina, de tetas y vaginas al momento de inyectar a otros, la mujer como narrador de cuando le dan una inyección y como se exita a pesar del miedo-dolor, etc….me encanta como escribes y que decir de como me excito al leer.

Fecha: 17/07/2008 18:10.

Autor: Anónimo
Nuevamente gracias Carola, voy a tratar de darte gusto. Que disfrutes las inyecciones que te apliquen y me cuentas algo para ofrecerte un relato de tí misma. Te mando un beso

Fecha: 17/07/2008 19:02.

Autor: Paula
Quisiera que me cntaras algo acerca de Alma, me parece una mujer muy sensual y muy audaz. Dime si has tenido alguna relaciòn con ella y cuenta detalles de cojidas, inyecciones, etc. Tambièn cuenta si a tì te calienta que te inyecten y alguna experiencia tuya. Me encantas y me pones bien caliente.

Fecha: 17/07/2008 22:04.

Autor: Anónimo
Nuevo relato sobre Alma

Estimadas Carola y Paula. Tratando de complacerlas al menos parcialmente, me voy a referir a un suceso que ya tenía en mente contarles, relativo a Alma la hermana gemela de Elisa quien, en efecto, es coqueta, impulsiva, candente y bastante bella. Como ya les he contado Elisa y Alma no se llevan muy bien que digamos y, aunque se quieren como hermanas, mantienen también una cierta rivalidad. Alma es excesivamente vanidosa y presume de ser muy solicitada, aunque en realidad la que tiene un pegue natural es Elisa.

Cuando conocí a Alma, noté su frialdad producto del recelo que le causaba la intensa y estable relación que yo llevaba con su hermana. Alma es divorciada y sólo emprende ligeras aventuras amorosas que casi siempre terminan en escandalitos, pero así es su carácter y difícilmente cambiará. Después de manifestarme tan solo frialdad, Alma cambió su estrategia buscando mediante coquetería acaparar mi atención y apartarme de su hermana, pero Elisa se percató de inmediato y me dijo: déjala que haga su lucha para que resulte más frustrada.

Un día que estábamos comiendo en un restaurante, llegó “casualmente” Alma y se sentó a comer con nosotros. Esperó pacientemente el momento y, por fin, aprovechando que su hermana se levantó de la mesa para ir al baño, me dijo a quemarropa: ya me contó mi sobrina Stella que eres un gran maestro inyectando y te quiero pedir que por favor me inyectes a mí pues tengo que aplicarme una serie de intramusculares que según parece son muy dolorosas. Te hablo mañana, por favor te ruego encarecidamente que no le vayas a decir nada a Elisa porque es muy celosa y mal pensada, y seguramente va a decir que tengo algún interés malsano en tí, siendo que solamente deseo aprovechar tus dotes de buen enfermero. Te confieso que las inyecciones me dan pánico, pero de verdad ¡pánico! Por eso te pido ayuda. Al regresar Elisa, Alma terminó su cuchicheo y habló con voz normal diciéndome: “…y así fue como aprendí a cocinar y me hice experta en repostería ¿qué te parece? Pues muy bien Alma, le contesté, uno nunca sabe por donde va a saltar la liebre.

Esa misma noche le conté a Elisa lo ocurrido y ella sin más me dijo: ¿Pánico a las inyecciones? si creo que las usa regularmente antes de coger. Quiero que vayas con la puta de Alma, que la inyectes con aguja chata, y que después te la cojas por las tres vías, y que le metas el pito por el culo sin lubricante ¡para que le desgarres el ano! Que además la agarres a chingadazos. Quiero que chille de dolor ¿me oyes? Que te ruegue piedad ¿me prometes hacerlo? Bueno, le dije, creo que tu hermanita sí merece trato rudo pero esa no es mi especialidad, sin embargo, te prometo hacer lo que pueda.

Al otro día me llamó Alma y me dijo: te hablo por lo que ayer te comenté, espero que te apiades de mí y que me ayudes porque nada más de pensar en las inyecciones siento que me desmayo ¿cómo ves si hoy mismo me aplicas la primera aquí en mi casa? ¿Te espero a las 6 de la tarde? Sí Almita, cómo no, le dije, para eso son los amigos. Antes de la hora me llamó Elisa y me dijo: le tengo preparada otra sorpresita a mi hermana, por favor no vayas a cerrar la puerta de su recámara, yo tengo llave de su casa. Pero Elisa, le dije, ¿vas a acudir para sorprenderla? No, me contestó, va a acudir alguien más, no te preocupes, no habrá mayor problema pero quiero que Alma sienta muy bien lo puta que se está portando.

Llegué con Alma a la hora convenida y me pasó directamente a su recámara. Llevaba puesto un pantalón color blanco de lo más entallado y se le trasparentaba una mini pantaletita rayana en tanga. Complementaba su atuendo una blusa con escote que le dejaba al descubierto tres cuartas partes de sus voluminosos senos. La verdad es que tiene muy buen cuerpo, lo cuida y lo sabe lucir muy bien, confieso que mi pene reaccionó de inmediato. Me pidió sentarme en confortable sillón emplazado frente a la cama desde donde percibí el suculento aroma del café que empezaba a hervir en una artística cafeterita de cristal cortado puesta sobre una mesita auxiliar de estilo provenzal. Me sirvió una taza de café, luego se sirvió ella y se sentó a mi lado ofreciéndome despreocupadamente el paisaje de sus abultados senos.

Mientras degustábamos el café, me estuvo explicando que sus nalgas, aunque lo parecen, no son en realidad muy abundantes. Para demostrarlo se puso de pie y se bajó el pantalón y la panty hasta media nalga, luego me pidió que le tocara esas blanquísimas carnosidades, cosa que hice percatándome que las tiene bastante duras. Le comenté mi buena impresión y ella, bajándose aún más el pantalón y la panty, respondió: sí, las ejercito diariamente pues no quiero envejecer tan rápido, es cosa que le recomiendo constantemente a Elisa, pero ella no hace caso por eso se está poniendo flácida. No hice ningún comentario al respecto, si bien recordé las bellas y firmes nalguitas de mi amante.

Alma se subió el pantalón y fue hacia el cajón inferior de una pequeña cómoda que estaba frente a mí y se empinó poniéndome las nalgas a escasos centímetros de la cara. Así estuvo un momento y luego se irguió y giró para estar frente a mí y entregarme el frasco con el medicamento que le debía aplicar. Me indicó que los demás implementos se encontraban sobre la mesa del café. Me puse de pie y le dije: ¡Bueno Almita! Prepárate para el piquete, voy a preparar la jeringa. Caminé hacia la mesa sin dejar de ver lo que hacía mi amiga. Tomé la jeringa que tenía gradación de 5 mililítros ¡bastante grande y de aguja larga que lanzaba destellos amarillos, rojos y verdes al reflejar la luz del bello candelabro que colgaba al centro de la recámara. Abrí el frasco con el medicamento y me percaté que la sustancia, de color verde cristalino, era bastante espesa. Comenté a la paciente: Te espera un buen padecimiento porque es de los medicamentos que de verdad duelen amiga.

Alma, que en ese momento ya se había bajado el pantalón y la panty hasta las rodillas y que estaba empinada y a punto de acostarse en la cama donde sus blanquísimas nalgas contrastaban con la mullida colcha en tono azul marino jaspeada, se quedó paralizada y me dijo: ¡no me pongas más nerviosa de lo que estoy, no me asustes que hasta siento que las pompis me tiemblan! Y permaneció así, con las nalgas bien empinadas mientras me veía cargar la jeringa. La verde solución empezó a invadir la jeringa lentamente hasta que el émbolo estuvo a punto de salirse, luego retiré el frasco vacío y empecé a empujar la solución hacia arriba golpeando con mi dedo el instrumento hasta que las pequeñas burbujitas de aire desaparecieron y asomó una gota de la espesa sustancia en la puntita de la aguja. En ese momento Alma se tumbó boca abajo, tomó la almohada, se la puso sobre la nuca y gritó: ¡prefiero no ver, no quiero impresionarme más! Y pataleaba rítmicamente haciendo que sus nalgas se agitaran, luego se puso de costado y empezó a decir: ¡no, me da mucho miedo! Espera que me tranquilice.

Aprovechando que mi singular paciente estaba tumbada de lado ofreciéndome no la espalda sino las nalgas, y que tenía la cabeza tapada con la almohada, fui hacia la puerta y quité el seguro, luego saqué disimuladamente de mi pantalón unas pequeñas pincitas corta-alambre y corté la mitad del filito de la aguja, luego comprobé que el líquido sí pasara. Pensé ¡vas a ver lo que es bueno¡ del puro piquete vas a chillar. Me aproximé a ella y tocándole las nalgas le dije: tranquila Almita, ya colócate bien para inyectarte. Le retiré la almohada y la empujé hacia la cama quedando en posición boca abajo con las piernas ligeramente abiertas, dejándome ver su atractiva panocha con el bello púbico cuidadosamente recortado.

Alma se quedó por un momento quieta y, cuando intenté desinfectarle el glúteo endureció violentamente las nalgas. Le dije, ¡no Almita, tranquila, así no puedo inyectarte, relájate por favor! Entonces me propuso: pónme en la misma posición que a Stelly para que pueda relajarme. Bueno, le dije, y me senté sobre la cama. Ella inmediatamente se encaramó sobre mis piernas y me paraba las nalgas. En ese momento se abrió la puerta y apareció un joven como de 16 años que entró decididamente hasta el lecho, se agachó y le dio un beso a Almita diciéndole: ¡hola tía! Perdón, te ¿por qué te van a inyectar en esa posición? Alma dio un grito terrible y quería incorporarse pero no se decidía a hacerlo porque tenía el pantalón y la panty prácticamente en los tobillos. Medio se incorporó tapándose la zona púbica con las manos, luego tomó la almohada y se cubrió un tanto las nalgas, mientras decía: salte m’hijo, no puedes entrar ahorita, ¡me están inyectando! El joven respondió: bueno ya me voy tía, no te veo. Le dio un nuevo beso y se retiró. A poco se oyó la puerta de la calle que se cerraba.

Alma estaba roja de la cara, se puso de pie, se quitó los calzones y pantalones y corrió hasta la puerta de entrada para poner un seguro de llave. Luego regresó y me dijo: perdóname, estos muchachos son capaces de todo, qué pena siento. Le dije: tranquilízate Alma, sólo vio que te estaba inyectando, un mero accidente que a cualquiera le pasa, olvídalo, no fue nada. Cerró con cuidado y puso el seguro de la puerta de la recámara y me dijo: bueno ¿en qué estábamos? Estabas sobre mis piernas, le dije, para que te relajes. Se colocó de nuevo ofreciéndome su bello trasero que realmente me excitaba, empecé a sentir erección. Después del incidente del joven Alma se turbó un poco y se portó menos exagerada, de manera que, después de serenarla sobándole lentamente las nalgas, le desinfecté la nalga derecha y clavé de golpe la aguja que llegó apenas a la mitad por lo chata que estaba y le hice pegar un agudo grito. Trataba de levantarse y la detuve, estuvimos forcejeando un rato y como no se quedaba quieta le pegué una terrible nalgada en el otro glúteo, el cual se le enrojeció súbitamente, pero logré que se quedara quieta y sin decir nada. Entonces, sin piedad alguna le empujé la jeringa hasta el fondo sintiendo cómo le rasgaba el músculo. De inmediato apareció algo de sangre en el sitio del piquete. Alma volvió a gritar y me dijo ¡me lastimas, no seas cabrón, me lastimas! Como respuesta la sujeté más fuerte y empujé el émbolo a toda velocidad haciendo que Alma gritara repetidamente, se contorsionara, pataleara y me lanzara nuevos insultos. Extraje por fin la jeringa, haciendo que Alma gritara de nuevo, luego puse el algodón empapado en alcohol sobre la herida de la cual brotaba un grueso hilo de sangre que descendía por el glúteo de Alma. Le dije ¡Ya mi vida, tranquilízate! Lo que pasa es que este tipo de inyecciones debe aplicarse así, rápidamente para evitar que duelan aún más.

Alma me decía ¡pero me dolió demasiado y hasta me pegaste con fuerza, te juro que me dolió muchísimo, te portaste bien cabrón! Entonces la senté sobre mis piernas y sin dejar de masajearle el lugar del piquete, la abracé con ternura hasta que apoyó su cabeza sobre mi pecho y me abrazó resignada. Después de un rato empecé a acariciarle todo el cuerpo diciéndole: mira que ballas formas tienes Almita, estás increíble, ella se fue serenando, me abrazó y buscando mis labios los besó con desesperación. Nos tumbamos los dos sobre la cama, le retiré la blusa y empecé a acariciarle los senos. Ella me dijo: ¡no se por qué, pero mientras me sometías a tanto dolor, sentía mis pezones bien erguidos, míralos cómo están ahora y creo que me vine. Efectivamente, pasé mi mano por la parte interior de los bellos muslos de Alma, luego por la vagina y le mostré cómo había quedado empapada. ¿Ya ves? Le dije, al menos gozaste. Sí, mucho, me contestó y nos trenzamos nuevamente en un violento abrazo, rodamos por la cama hacia un lado, hacia el otro, luego busqué su cabeza y la dirigí hacia mi pene erecto. Ella de inmediato lo engulló hasta el fondo y le dio unas soberbias mamadas que me produjeron una eyaculación muy intensa. Alma se tragó todo el semen, luego estuvimos recostados como media hora. Yo seguía extasiado viendo y acariciando las bellas formas de Alma, sus piernas, sus nalgas, muy firmes, sus enormes tetas. Le empecé a chupar los pezones, los cuales se irguieron de inmediato, luego la puse encima de mí y le tallaba mi pene contra su vagina mientras le picaba con mis dedos el culo haciéndole emitir algunos quejidos por la falta de lubricación. Finalmente la tumbé boca arriba sobre la cama y la monté, le abrí las piernas y la penetré. Estuvimos tallando un buen rato, Alma gritaba y se retorcía de placer hasta que se vino de nuevo, al tiempo que yo le inyectaba una buena dosis de semen en su deliciosa cuevita frontal. Nuevamente nos quedamos quietos y creo que hasta nos dormimos como una hora.

Despertamos, yo tenía sus pezones cerca de mi boca y nuevamente los estimulé chupándolos suavemente, luego la acosté encima de mí, transversal a mi cuerpo, a la altura de mi pubis, con las nalgas a mi disposición. Mientras le decía que admiraba en verdad su bello cuerpo, le empecé a horadar el ano, ella me pedía lubricante, a lo cual tomé el semen que me escurría por el pene, lo combiné con las emanaciones de su vagina y le unté esa singular mezcla en tola la zona, la resbalé por su recto hasta donde me lo permitieron los dedos. Cumplí así la promesa de no utilizar lubricante sintético, pero preparé la penetración con nuestros propios jugos, con nuestras emanaciones de amor, de deseo carnal ilimitado. La coloqué boca arriba, le levanté las piernas forzándolas hasta que quedaran flanqueando la cara de Alma y así, con las blancas y carnosas nalgotas bien abiertas, con los músculos de las extremidades llevados al límite de su resistencia, me monté y le empujé la verga por el recto, haciéndola gritar de dolor, de ganas, de placer intenso, desesperación, deseos de ser reventada, traspasada, rasgada, desmadrada. Alma me gritaba, castígame todo lo que quieras, eres un cabrón pero te deseo, quiero que me partas, que me revientes, que me hagas pedazos. Tállame, desmádrame. Cuando sintió mi torrente seminal emitió un grito desgarrador y me dijo: desbarátame el culo, despedázamelo, sigue demostrándome que eres un gran cabrón. Finalmente terminamos, se la saqué, ella se quejaba constantemente pero me abrazaba con todas sus fuerzas. Pasamos aquella noche juntos y sellamos un pacto de amor eterno.

Fecha: 18/07/2008 03:56.

Autor: Anónimo
Este relato lo dedico a Carola, esperando que responda en alguna medida a sus finas expectativas.

Segunda inyección a Stella

Que Elisa me pidiera inyectar a su hija Stella fue algo tal vez inusual tomando en cuenta la relación que llevábamos, pero no tan extraño como lo que ocurría ahora: que la propia Stella fuera a mi casa solicitándome continuar el tratamiento. Llegó guapísima, ataviada con un vestido muy delgadito verde limón muy corto que se le untaba sensualmente al cuerpo. Su cabello castaño ensortijado la agraciaba sobremanera mientras que su sonrisa, sus suaves y tiernas expresiones faciales hacían pensar en un ángel. Pasa, le dije, estás en tu casa pero no sabía, al menos tu mamá no me comentó que el tratamiento consistiera en más de una inyección ¿cambió de opinión el doctor? No, para nada, él dijo desde un principio que serían tres inyecciones, y esta es apenas la segunda.

Stelly, le dije mirándola fijamente a los ojos ¿tu mamá está enterada de esto? Pues yo creo que sí, me contestó, porque después que me inyectaste la vez pasada le dije que las inyecciones restantes sólo me las dejaría poner de ti. Pero la vez pasada tu mamá prácticamente tuvo que arrastrarte para que te dejaras picar y ahora tú me dices por propia iniciativa que te inyecte de nuevo. Y eso qué tiene, contestó Stella, he comprendido que me hace bien el tratamiento y después que me inyectaste la primera vez estoy dispuesta a terminarlo. Me sentí muy inquieto, pensé telefonear a Elisa, pero me pareció ofensivo para Stella quien acudía con tanta naturalidad a inyectarse. Me dije a mí mismo: no debes ser tan mal pensado.

Bueno Stelly, dame la ampolleta. La vi y, en efecto, era la misma medicina. Le pregunté ¿traes la jeringa? No, me respondió ¿tú no tienes una? No, le dije, habrá que comprarla. Entonces se me ocurrió una buena idea, así que abriendo mi refrigerador le dije: mira, tengo un helado delicioso, pruébalo mientras yo voy a la botica a comprar una jeringa y alcohol puesto que tampoco eso tengo. De acuerdo, me contestó y empezó a servirse. Yo salí rápidamente de la casa y llamé por teléfono a Elisa comentándole lo ocurrido, pero, ella respondió con extrañeza: ¿cuál es el problema? Bueno, le dije, yo sólo quiero que estés enterada pues tener a Stelly en mi casa para inyectarla es algo que me inquieta por lo que pudiera pensarse. De inmediato me interrumpió diciendo: yo no recordaba el tratamiento pero me parece muy bien que Stella esté pendiente de él pues es en su beneficio. Además yo te pedí inyectarla lo cual demuestra la confianza que te tengo, por favor deja de pensar mal. Y, cambiando drásticamente el tono de voz me dijo sensualmente: si el problema es que inyectar a mi hija te calienta, ya sabes que no tienes por qué apurarte, te veo más tarde.

Compré las cosas y regresé a la casa más tranquilo, Stella estaba en la sala viendo el televisor acostada boca abajo sobre el sofá. Como no llevaba fondo alguno bajo el vestido, sus nalguitas se dibujaban perfectamente, lo que me ocasionó un súbito estremecimiento, hasta los oídos me zumbaron. Le dije ¿quieres que te inyecte en el sofá o pasas a la recámara? Como quieras, contestó, pero al rato se puso en pie y agregó: mejor en la cama, está más cómoda. Entramos los dos a mi cuarto, ella de inmediato se alzó el vestido, se bajó la blanca panty hasta las rodillas y se acostó despreocupadamente vuelta hacia mí para ver cómo preparaba la jeringa. En ese momento yo pensaba: qué curioso, Stella parece tener predilección por la ropa interior blanca, igual que su mamá a quien no he podido convencer de usarla en tono oscuro a pesar de que, por su color tan blanco de piel el negro se le vería sumamente sensual.

Descabecé la ampolleta y empecé a cargar la jeringa. Stella veía atentamente como ésta se iba tornando color ambarino y me preguntaba ¿está densa la sustancia? No tanto, le contesté, pierde cuidado que esta vez no te va a doler. Bueno, me dijo, la vez pasada me tomaste desprevenida pero eso ya lo aprendí, de manera que no vas a poder utilizar la misma táctica ¿cómo vas a hacer para que no me duela? ¿acaso me vas a pegar de nalgadas como hiciste con mi tía Alma? Su comentario me hizo sentir helado. ¿Quién te dijo eso? le pregunté. Pues ella misma ¿quién más lo iba a saber? dice que no eres nada suave inyectando y que la lastimaste mucho ¿Por qué lo hiciste?

Sin saber qué contestar comenté erráticamente que las medicinas duelen en distinta forma y que a su tía le apliqué una ampolleta especialmente molesta pero que no hubo de mi parte intención alguna de lastimarla. Bueno, contestó, de todas maneras mi tía estaba contenta pues dijo que después de inyectarla pasó un rato muy bueno contigo ¿qué hicieron? Stelly querida, le dije, no se por qué me haces tanta pregunta, tu tía me pidió inyectarla porque tú me recomendaste con ella y tu mamá lo supo muy bien e inclusive me pidió que lo hiciera ¿crees que la traté de manera distinta a como te traté a ti la vez pasada? No lo se, me dijo y preguntó ¿la pusiste sobre tus piernas como a mí y le acariciaste las nalgas para que se tranquilizara? Nuevamente sentí vértigo y le dije, vamos Stelly, ya está lista la jeringa y me aproximé a ella. Entonces empezó como la vez anterior a quejarse ostensiblemente diciendo ¡ya me entraron los nervios, esa medicina es muy dolorosa y su color amarillento no se por qué pero me impresiona! Además la aguja se ve muy larga y puntiaguda, me va a causar mucha molestia. Espera, deja que me tranquilice y se puso de costado vuelta hacia mí con la zona púbica descubierta y temblando.

Por pudor me pasé del otro lado y la invité a colocarse boca abajo. Ella me dijo: mejor ponme sobre tus piernas, eso me tranquiliza. La situación me estaba preocupando bastante, pero accedí para evitar que continuara con sus preguntas. Me senté sobre la cama y ella se me encaramó diciendo: me siento incómoda con las nalgas descubiertas y puestas así frente a ti ¿crees que hago mal? No, Stelly, no creo que hagas mal, lo que importa es la intención y ni tú ni yo tenemos otra que no sea cumplir el tratamiento que te dieron. Esta vez, como tú lo dijiste, no te voy a poder tomar desprevenida, así que recuerda lo ocurrido, mientras tus nalgas estaban relajadas la aguja entró sin dolor alguno, así que relájalas, simplemente piensa que no te va a doler. Bueno sí, me dijo, lo voy a hacer pero espera un momentito, dame un poco de masaje pero no vayas a clavarme la aguja sorpresivamente, quiero acostumbrarme a recibir las inyecciones concientemente. Por cierto, preguntó ¿alguna vez has inyectado a mi mamá?

Stelly, le dije, ya deja de preguntarme cosas inútiles, no se qué te hace pensar eso. Ella respondió: yo quiero mucho a mi papá pero se que él no se puede llevar bien con mi mamá y, por lo tanto no me enoja que tu seas novio de ella y que la inyectes ¿quién te ha dicho que somos novios? le pregunté molesto. Nadie, contestó, yo los he visto besarse en la boca, abrazarse y… Stelly, grité ¡ya deja de presionarme! Te lo suplico, necesito inyectarte o la sustancia se va a espesar y te va a doler más. Sólo dime si has inyectado alguna vez a mi mamá, insistió, sólo eso dime. Dejé la jeringa sobre la cama, respiré profundo y le contesté: Sí, la he inyectado como te he inyectado a ti, a tu tía, a muchas otras personas ¿qué tiene eso de particular? ¿Crees que las nalgas de mi mamá son bellas? Nuevamente me sentí muy mal parado, pero reponiéndome contesté con la mayor naturalidad: sí, creo que son muy bellas, digamos que toda ella es una mujer muy bella. ¿Quién tiene las nalgas más bonitas, mi mamá o mi tía Alma? Yo no soy juez de esas cosas, le dije, pero si fuera el caso, prefiero el físico y la forma de ser de tu mamá. Tu tía ha estado platicando contigo ¿no es cierto? Ella es intrigosa, no dejes que te sugestione. Es que me dijo que tú la amas ¿es cierto? Seguro que no Stelly, yo amo a otra persona ¿A mi mamá? Así es, le dije. Bueno, inyéctame ya estoy lista.

Tomé de nuevo la jeringa y el algodón y me disponía a desinfectarle el glúteo cuando súbitamente se abrió la puerta y entró Elisa, lo cual hizo que Stella gritara, se pusiera de pie y se cubriera las nalgas ¿por qué haces eso mamá no es correcto que entres cuando me están inyectando. Elisa abrazó a su hija, la reconfortó, le dio unas nalgaditas, le volvió a subir el vestido y la acostó de nuevo sobre mis piernas. Stelly accedió pero fruncía las nalguitas y se mostraba nerviosa. Muy inquieta me dijo: ya inyéctame, hazlo pronto. No, le dije, espera un momento, la senté sobre la cama, me puse de pie, abracé a Elisa y la hice salir de la habitación. Ya afuera le pregunté: ¿Te acuerdas el día que te inyectó la señora Eulogia y tanto ella como tu mamá te descubrieron todo el culo y te lo miraban insistentemente? Dime ¿estabas contenta entonces? No hagas eso con Stelly, respeta su privacidad mi vida. Elisa no dijo nada, se sentó en la sala y me dijo, aquí los espero.

Entré de nuevo en la habitación, puse el seguro de la puerta, Stella sollozaba, la abracé, le di un beso y la llevé de nuevo a la cama, la acosté sobre mis piernas, le di unas cuantas palmaditas en las nalgas y me percaté que las tenía relajadas. Le desinfecté el glúteo derecho, ella permaneció tranquila, clavé la aguja firmemente y ella exclamó: ¡Ya la tengo adentro y es enorme además de gruesa! y se estremeció súbitamente. Me dolió poco el piquete pero la sustancia me arde mucho. Los quejidos y al mismo tiempo el estremecimiento de la joven iban en aumento, sus nalguitas temblaban violentamente. Le dije, voy a hacerte entrar el líquido más despacito, pero Stella me contestó ¡no, sigue empujando! Quiero confesarte que el dolor que me haces sentir me gusta mucho. Miré instintivamente su vagina y comprobé que tenía el bello púbico muy mojado, igual que la parte interior de los muslos. Comprendí en ese momento muchas cosas.

¿No va a entrar mi mamá? me preguntó de pronto muy preocupada mientras fruncía ligeramente el culo. No Stelly, descuida, ya puse el seguro de la puerta. Quiero contarte que cuando me inyectas me excito demasiado y no quiero que ella me vea. Tengo una especie de fascinación por las inyecciones. Además, las imagino en el culo de mi tía y de mi mamá y me excito aún más, no se la razón, quisiera ver cuando las inyectas ¿podrías ayudarme a satisfacer un día ese capricho? Desde luego que sí mi vida yo te ayudo. Qué bueno que me cuentas esto, despreocúpate, eso ocurre a mucha gente, no a toda, pero sí a mucha gente, es un componente muy fino de la sexualidad de cada quien, el cual puede manifestarse en mayor o menor medida. Tú lo tienes muy marcado, te voy a ayudar a que lo manejes correctamente para que disfrutes una vida sexual plena.

Después de extraerle la aguja tomé un pañuelo y le estuve secando el líquido vaginal. Stella temblaba recurrentemente, miré el sitio de la inyección, estaba limpio, no sangró ni tuvo reflujo de la sustancia. En cambio sus redondas y firmes nalguitas se estremecían y se fruncían cada vez que experimentaba un espasmo vaginal. Esperé pacientemente hasta que se fue tranquilizando. Después la incorporé comprobando a través del vestido que sus pezones estaban bien erguidos. Se vistió y pasó al cuarto de baño. Me reuní con Elisa y le dije: misión cumplida, pero te anuncio que debemos comprender a Stelly y trabajar muy duro con ella, necesito de tu absoluta cooperación.

Fecha: 19/07/2008 03:50.

gravatar.comAutor: Carola
Me encantó tu relato .Gracias. Espero ansiosa por la escena que verá Stelly, creo que debe ser a su mamá a quien inyectes esta vez.
Y a ti no te inyectará alguna mujer ??. Me encantaría.

Fecha: 19/07/2008 19:14.

Autor: Anónimo
Bueno, pensaba contar algo antes pero comprendo muy bien que la expectativa de inyectar a Elisa tiene en este caso un peso muy especial,de manera que puedo darle preferencia y satisfacer tu deseo Carola. Pero me interesa que me digan lo que piensan acerca de Stella y de la motivación que tiene de ver que inyectan a su mamá ¿cuál piensan ustedes que es el sentimiento que la joven tiene hacia Elisa? Hay mucho que platicar pero estoy utilizando una página ajena. Espero, antes de que me borren, abrir mi propia página. Espero contar con el tiempo suficiente y poder avisarles.

Fecha: 20/07/2008 00:21.

Autor: Anónimo
Carola, perdona ¿te gustó también el relato sobre Alma? ¿qué piensas acerca de ella?

Fecha: 20/07/2008 00:27.

gravatar.comAutor: Carola
eh, lo de Alma me sorprendió, creo que su hermana puede ser truculenta, ellas se odian, pero no creí que tu siguieras el juego de ella, fué un golpe bajo cortar la punta de la aguja….y aunque si, ella se merecía un escarmiento quizas podría haber sido mas sutil, que es peor que te den con una aguja dolorosisima o que no le hubieses dado en el gusto de ponerla en tus rodillas, ni mostrarte exitado (aunque te reventaras de exitación)y poner la inyección de manera formal, sin caricias ni contensión sino que con un trato brusco, directo a la medicina ( una inyección espesa en su cachete contraido de miedo, sin tratarla con cariño), incluso podrías haber subido su calzón y solo dejar al descubierto la mitad de su gluteo y no permitirle a ella la exitación que buscaba si no una frustración. Quizás ahí habría sentido un miedo terrible a la inyección en cuestión….ahora a ti te ancanta dejar locas a las mujeres que inyectas Jajajaj…pero me abría gustado mas por ahí el asunto….

Fecha: 20/07/2008 23:45.

Autor: Anónimo
Gracias Carola, lo siento pero así ocurrieron las cosas, yo tengo tremendas debilidades cuando me veo confrontado con el sexo. Y Alma, quien es una dama particularmente sensual y atractiva, me arrastró en su calentura. ¿Con cuál de las dos hermanas piensas tú que me alié ese día? Apoyé a Elisa en sus pretensiones de que lastimara a su hermana con la aguja chata ¡confieso que lo hice! pero Elisa también me pidió enfáticamente que copulara con Alma “castigándola” por las tres vías ¿Tu crees que Elisa no pensó que yo iba a disfrutar semejante consigna? ¿concluyes que Alma fue la perjudicada? ¿descartas que el propósito de Elisa pueda haber sido calentarse ella misma haciéndome coger con su hermana? El siguiente relato te aclarará algunos puntos y ya verás lo que pasó más adelante, te repito que hay mucho que contar. Sería muy bueno que alguien más emitiera su opinión.

Inyección a Elisa

Lograr la aceptación de Alma fue muy sencillo, me dijo: ¿Qué me inyectes para disfrute de Stelly? Claro, ¿por qué no? será divertido, hazla entrar a mi casa “secretamente”, llévala a mi vestidor y desde ahí podrá espiar la escena. Con Elisa la cosa fue más difícil. Después de informarle los detalles del encuentro con su hija, le dije: ¿sabes por qué Stelly no se desnuda frente a tí? El problema es que tú no le has permitido conocer tu cuerpo. Ella guardó silencio y no me resolvió nada ese día. Una semana después me dijo. Respecto al asunto de Stelly he pensado bien la situación y tal vez sea conveniente mostrarme a ella como lo quiere. Si no se lo permito va a intentarlo en mil formas y resultará peor para las dos. Me inyectarás en mi casa cuando ella supuestamente ande fuera, dejas la puerta de la recámara entreabierta.

Al otro día llegué a la casa de Elisa y me abrió la puerta vistiendo un sensual baby doll color rosa pálido. Me dijo en voz alta: pasa, estoy sola, Stelly se fue temprano con sus amigas y llega hasta la noche. Se me antojaba abrazarla y besarla pues se veía deliciosa, pero pasé muy profesional hasta su recámara diciéndole: espero que te haga bien el medicamento. Nos sentamos sobre la espléndida cama repleta de mullidos cojines de encaje color azul cielo, que armonizaban muy bien con la mullida colcha blanca. Tal vez tratando de dar suficiente tiempo para que Stelly se aproximara a la puerta, me dijo con toda calma: tú sabes que las inyecciones me impresionan pero por favor trátame con mucha firmeza pues es lo conveniente en estos casos. Creo que la ampolleta es dolorosa pero debo aplicármela, así que no te tientes el corazón conmigo, aunque me queje.

Dicho lo anterior, se puso en pie, caminó hacia el buró, tomó un plato conteniendo la jeringa ya sin empaque, un frasco de alcohol, un paquete de algodón y la ampolleta con la solución color guinda muy oscuro. y puso todo en mis manos. Elisa guardaba mucha naturalidad en sus movimientos, no parecía sentirse observada. Seguí sentado, puse el plato sobre la cama, ella se sentó también y me iba dando lo necesario. Enseguida se tumbó boca abajo sobre la cama con las piernas cuidadosamente juntas y sin descubrirse las nalgas. Cuando iba a cargar la solución me di cuenta que ¡la jeringa tenía la puntita de la aguja mochada! y de inmediato oí a Elisa que en voz baja me decía: quiero sentir lo mismo que mi hermana.

Pensé no prestarme a semejante tortura por lo que me quedé paralizado, quise cambiar la aguja pero no tenía a la mano otra jeringa. Le pregunté: ¿sabes lo que me pides? Claro que sí, contestó, adelante, pórtate muy firme. Era una terrible situación pero Elisa no me dio alternativa, así que me aproximé a ella, le levanté el baby doll percatándome que no llevaba pantaleta así que sus piernas y sus deliciosas nalgas quedaron totalmente a la vista de Stella, quien seguramente ya disfrutaba la escena a escasos tres metros de distancia desde la puerta situada en la dirección a la que apuntaban los pies de Elisa.

Palpé cuidadosamente el glúteo derecho buscando encontrar el punto más blando, luego busqué en el izquierdo, regresé al derecho y decidí el lugar exacto. Hundí mi dedo índice varias veces en el sitio sintiendo que tal vez por ahí la lastimaría menos. Olvidando por un momento que Stella estaba observando aquello, regresé al glúteo izquierdo. Elisa, con aparente molestia queriendo abreviar la preparación me dijo: ¡ya deja de manosearme, decide dónde me vas a picar o me vas a poner nerviosa! Estaba aparentemente tranquila, con sus bellas nalgas muy bien relajadas, así que palpé por última vez el mejor sitio detectado, desinfecté la zona y clavé la aguja lo más que pude. Elisa resopló violentamente, apretó los ojos y los puños y todo su cuerpo se puso rígido. No ha entrado completa, le dije ¿Y qué esperas carajo? respondió ansiosa ¡ya termina! Empujé más y el dolor hizo que Elisa se volteara un poco. Le dije: no, cuidado, quédate quieta, pero ella se retorcía. Entonces me susurró: no aguanto más, pégame ¡no vaciles! Le di una soberbia cachetada en la nalga horadada la cual se le puso roja como tomate pero seguramente se le adormeció un poco, lo cual aproveché para empujar con fuerza hasta que la aguja entró completa.

Elisa volvió a resoplar y sus ojos se llenaron de lágrimas pero se quedó en calma. Empujé el émbolo rápidamente sabiendo que lo peor ya había pasado. Elisa se quejó pero no se tensó más, luego extraje la aguja y apliqué el algodón con alcohol para cubrir la hemorragia que ya se venía fuerte. Taponé con un trozo más grande de algodón. Elisa emitía fuertes sollozos. En ese momento recordé que tiene la misma reacción cuando llega al orgasmo, cosa que es muy de ella. Mantenía sus piernas escrupulosamente cerradas pero la humedad de la entrepierna le hacía brillar una parte de los muslos. Me dijo: cúbreme, no quiero que Stelly me vea chorreada, pero la acción hubiera sido evidente a más de ineficiente, así que le dije: tranquila, ya todo terminó, descansa. Le estuve friccionando un poco más la herida pero pronto dejó de sangrar. Estoy sorprendido de la entereza y el aplomo de Elisa quien por último me dijo: haces salir a mi hija de la casa. Caminé hacia la puerta y vi a Stella que ya caminaba hacia la puerta de salida, me dijo con mímica que nos veíamos luego y salió, yo cerré suavemente la puerta.

Entré a la cocina para tirar los desechos y me quedé frio al ver a ¡Sandra! que había estado escondida en el patio de servicio de la casa seguramente con la complicidad de Elisa, y que entraba portando un baby doll idéntico al de ella. Me dijo ¡Hola amor! ¿está muy lastimada? Reponiéndome a semejante impresión le respondí ¡sí, creo que lo está! ¿vas a verla? Ya lo creo, me dijo y caminó hacia la habitación, entró se quitó de un jalón el baby doll sacándolo por la cabeza y lo tiró coquetamente al suelo quedando totalmente desnuda. Tornó sensualmente el cuerpo para despedirse de mí pero sin permitirme ver su pene, luego me guiñó el ojo y cerró la puerta con seguro.

En mi mente quedó grabado el cuadro final: Elisa, con sus apetitosas nalgas bien calientes y coloradas; y el pálido trasero de Sandra a quien en ese momento no pude ver como mujer, ya que estaba a punto de cogerse a mi amada, quien se encontraba ardiendo de ganas. Yo no podía hacer nada, por dignidad terminé de ordenar y anuncié mi salida con un buen portazo para dirigirme a la casa de Alma, en cuyos alrededores Stelly ya me esperaba. Cuando la chica me vio me dijo: llegaste muy pronto, no te… La interrumpí bruscamente ¿qué te pareció? Ella suspirando me dijo: ¡sensacional! no se cómo entiendo yo a mi madre, pero te juro que me dejó empapada.

Fecha: 21/07/2008 20:51.

Autor: Paula
A mi me gustó mucho el relato de Alma pues creo que es una mujer que no se reprime y que bueno que tu tampoco te reprimiste y no creo que le hayas seguido el juego a Elisa porque ella sólo queria que dañaras a su hermana y tu mejor gozaste junto con ella y te la cogiste bien rico lod dos enloquecieron de ganas y de placer. Elisa esta medio loca y puede llegar a cualquier cosa pues es capas de tener sexo hasta con su hija.Alma no se reprime pero Elisa es explisiva y un poco malvada. Cuenta mas, yo me pongo bien caliente cuando te leo.

Fecha: 22/07/2008 16:05.

Autor: Anónimo
Paula, gracias por tu comentario, los incentivos sexuales varían de persona a persona. Qué bueno que te gustó el relato sobre Alma. El siguiente tal vez podría gustarle más a Carola. Espero sus comentarios y los de cualquier otro amable lector.

Saludos

Stella se prepara

El comentario que me hizo Stelly me preocupó sobremanera pues no podía aceptar como normal que el culo de su madre le produjera tanta excitación. Conociendo el muy ardiente temperamento de Alma a quien debía inyectar en un momento, decidí cambiar drásticamente el plan y le dije a la joven: como veo que tienes vocación, quiero que con Alma tengas tu primera lección de enfermería y que tú la inyectes. La joven me miró con emoción y sorpresa y me dijo: pero yo no he inyectado nunca y Alma puede estar en desacuerdo. No te preocupes, contesté, yo te estaré asesorando y vas a ver cómo ella acepta.

Cuando Alma abrió la puerta ataviada con una coqueta batita floreada en tono verde limón y vio a su sobrina conmigo, puso cara de susto y empezó a titubear terriblemente, a tal grado que no organizaba bien sus dichos. Le expliqué: fíjate que Stelly tiene deseos de aprender a aplicar inyecciones y me ha pedido que le enseñe, de manera que se me ocurrió traerla para que empiece a practicar contigo. Qué mejor que sea con personas de mucha confianza, pero no te preocupes porque ella no hará nada que yo no apruebe. Puedes estar segura de que recibirás la inyección correctamente.

Arrinconada, Alma repuso: me tomas por sorpresa, me lo hubieras dicho antes, me siento muy nerviosa porque no había pensado en semejante situación, la verdad es que, como tú sabes, tengo terror por las inyecciones y…Cortando de tajo sus desesperados argumentos le dije: no te apures Almita, ten confianza, todo va a salir bien, te repito que será como si yo te inyectara pero contribuirás a que ella aprenda y después te inyectará cada vez que lo requieras ¿o no Stelly? Claro que sí Alma, yo te inyectaré con gusto. Dame la ampolleta, le dije, verás que Stelly tiene unas manitas muy suaves. Caminé hacia la recámara, Stella me siguió resuelta y Alma hizo lo propio pero con un aire de abatimiento tal, que parecía dirigirse a que la torturaran.

Nos lavamos las manos, desempaqué la jeringa y la entregué a Stella. Luego abrí la ampolleta y le dije: procede a cargarla. La niña emprendió su tarea como una experta lo cual me hacía ver que con base en la propia iniciativa de observación ella conocía muy bien el procedimiento. Alma permaneció de pie a nuestro lado muy callada, mirando atentamente los preparativos. Se estremeció cuando la espesa sustancia iba pasando de la ampolleta a la jeringa. Con mucha decisión Stella puso el frasquito vacío sobre la mesa y levantó la jeringa sumiendo cuidadosamente el émbolo para extraer las pequeñas burbujitas de aire que le quedaban. No tuve nada que indicarle, lo hacía como verdadera conocedora. Luego ensambló la tapita a la jeringa, la puso sobre la mesa y tomando una cantidad suficiente de algodón lo empapó con alcohol.

Volvió a tomar la jeringa, le retiró la cubierta, volteó resueltamente a ver a su tía y le dijo: listo Alma, por favor acuéstate. La liberal y muy guapa tía carraspeó ostensiblemente para diluir el nudo de su garganta, dio media vuelta dirigiéndose hacia la cama, con aire titubeante preguntó a la joven, ¿en qué dirección me acuesto? Como gustes Alma, como te sientas más cómoda, fue la lacónica respuesta. Alma seleccionó primero la posición transversal (en paralelo con la cabecera) pero luego corrigió dirigiéndose al flanco izquierdo del lecho, me miró tratando de dibujar una leve sonrisa de puros nervios que le resultó fingida. Alzó lentamente, como con vergüenza, el faldón de su breve bata percatándonos de que no llevaba panty, y finalmente se acostó con las piernas muy juntitas, sobre la mullida cama adornada por una elegante colcha jaspeada.

Stella palpó por separado cada uno de los glúteos de su tía, sumió varias veces su dedo índice en el lugar que le pareció apropiado y me dijo: yo creo que aquí está bien ¿cómo ves? Haciendo lo propio palpé cuidadosamente el sitio y le respondí: perfecto Stelly, muy buena selección. Al sentir que su sobrina le desinfectaba el cachete, Alma alcanzó uno de los cojines del lecho, lo puso debajo de su cabeza, escondió la cara en el cuenco de sus brazos y emitiendo un breve quejido recibió el certero pinchazo que le hizo temblar violenta y sensualmente la bien formada nalga. No se quejó, sólo hundió más su cara en el lecho como tratando de fugarse del embarazoso momento. Presionando suavemente el émbolo Stella hizo pasar la sustancia al tierno y elástico glúteo que se estremecía y temblaba debido al ardor que provoca la agresiva sustancia. Stelly preguntó: ¿cómo te sientes Alma, te duele? La atractiva mujer contestó escuetamente: casi nada querida tienes unas manos de ángel.

La aguja fue abandonando suavemente el elástico cachete haciendo que la fina piel se jalara en un pellizquito que se diluyó cuando la jeringa estuvo totalmente fuera en las hábiles manos de Stelly. La joven aplicó y presionó un poco el algodón provocando una leve hendidura momentánea.

Finalmente lo retiró y me mostró que no había quedado más rastro que el pequeño puntito del piquete. Le dije: felicidades, eres ya una diestra enfermera. Alma bajó de inmediato el delgado faldón de su bata cubriéndose cuidadosamente las nalgas. Dando cumplidamente las gracias a su sobrina permaneció acostada. Stella salió de la habitación hacia el baño para depositar en el cesto de basura los materiales sobrantes.

Alma volteó despreocupadamente su cuerpo boca arriba, flexionó y abrió por un momento las piernas ofreciéndome una fugaz panorámica de su deliciosa intimidad púbica. Se puso de pie y me dijo en tono de queja: Stelly podrá ser muy hábil inyectando, pero no sabes cómo me puse nerviosa, sudé frío, me entró terror y vergüenza, luego me calenté sin poder desahogarme. Eché de menos tus entrañables manos y tus certeras caricias. Espero que tú me apliques la otra.

Fecha: 23/07/2008 01:54.

Autor: Anónimo
Remembranzas de Stelly

Días después yo comentaba a Stelly el buen desempeño que tuvo al inyectar a su tía Alma. Ella me agradecía el haberla iniciado en el arte de los piquetes y de haberle permitido estar tan cerca y tocar inclusive aquellas soberbias nalgas que tanto le inquietaban. ¿Te excitaste mucho? le pregunté. Ella exclamó ¡seguro, es un banquete horadar ese magnífico culo! Te voy a hacer una confidencia: cuando terminé de aplicar la ampolleta a mi tía, entré al baño y no pude aguantar más, así que me quité el pantalón y tumbada en el piso me masturbé ¡Estaba excitadísima! Fíjate, le dije, que desafortunadamente no se me ocurrió que inyectaras a tu mamá. Stella se estremeció, luego sonrió y me dijo: no hubiera podido sortear las caprichosas complicaciones que ella te causó.

Le dije: tengo la enorme duda de ¿por qué te excitan tu madre y tu tía? El origen de todo, contestó la chica, puede estar en las vivencias de mi primera infancia. Tengo inquietantes recuerdos sobre todo de cuando apenas tenía cuatro o cinco años y veía que inyectaban a mi mamá. Pero también recuerdo haber presenciado que le aplicaran lavativas, tanto a ella como a Alma. ¿Quieres contarme algo de eso? pregunté. Sí claro, respondió, y nos fuimos a tomar un café. Primero te contaré sobre mamá: no podría precisar cuántas veces ocurrió pero fueron varias. Llegaba en la mañana a la casa la señora Eulogia, una especie de nana de ella, de mucha…yo diría que demasiada, confianza. Yo me alborotaba cuando la veía llegar, pues eso me anunciaba que iba a haber función, y no me le despegaba.

A pesar de que ya no se usaban esos arcaicos instrumentos, ella llevaba siempre un estuchito metálico algo flameado, que contenía una jeringa de vidrio y varias agujas reutilizables. Llenaba de agua el estuchito y lo ponía sobre la estufa para desinfectar las cosas. Mientras tanto abría la ampolleta, la colocaba sobre un plato, igual que ponía un trozo de algodón en él y el frasquito de alcohol. Retiraba la tinita, armaba la jeringa introduciéndole el émbolo, fijaba bien la aguja que seleccionaba. Recuerdo que las agujas eran más gruesas que las actuales, muy brillantes, y con un componente metálico plateado o dorado que permitía el ensamble con la jeringa. Luego la señora Eulogia colocaba sobre el plato el instrumento ya armado, pasábamos a la recámara y ahí esperábamos pacientemente a mi mamá, quien siempre hacía una escala previa en el baño donde orinaba, según para aprovechar mejor la medicina. Nunca me prohibieron estar en primera fila muy atenta a todo, la única condición era que me mantuviera callada y quieta.

En eso, mi madre entraba al cuarto y se sentaba sobre la cama viendo cómo la señora Eulogia cargaba cuidadosamente la jeringa, le extraía las burbujitas, empapaba el algodón y, con la jeringa en la mano derecha y el hisopo en la izquierda, se quedaba muy quieta esperando a que mi mamá se preparara. Ella siempre lo hacía de la misma manera: se ubicaba en el costado izquierdo de la cama, levantaba su vestido, empinaba el trasero insertando al mismo tiempo los pulgares entre el elástico de la pantaleta y los glúteos, la hacía descender por tramos hasta que la dejaba casi a la mitad de sus muslos. Apoyaba primero la rodilla izquierda en la cama, extendía y hacía montar sobre ésta la pierna derecha, la cual a su vez se convertía en punto de apoyo para alzar la pierna izquierda y hacerla descansar también sobre la cama, quedando así acostada boca abajo. Enseguida, perfeccionaba su postura con sumo cuidado balanceando las nalgas hasta que se sentía suficientemente cómoda.

Aunque no fuera necesario, la señora Eulogia tomaba siempre el vestido y lo subía al máximo, de manera que el formidable nalgatorio quedaba totalmente descubierto igual que una parte de la espalda y de los muslos. Hay algo muy especial en las nalgas de mi mamá, yo no se si tú lo has notado: cuando está vestida se aprecia que las tiene muy bien formadas pero relativamente pequeñas; en cambio, cuando se desnuda parece como si se le esponjaran, crecieran: se le ven extensas, erguidas, abundantes; he pensado que puede ser debido al color tan blanco de su piel. Oyendo a Stelly recordé el diagnóstico que la madre de Elisa hiciera un día acerca de ella diciéndole: Eres engañosa ¡te ves flaca pero te cargas tus buenas nalgas! Esa impactante escena de mi madre, continuó la joven, acostada luciendo unas nalgas que a mí me parecían y me parecen aún como que muy grandes, brillante, deslumbrantes, es la que condiciona mi erotismo y mi gusto incontrolable por las inyecciones.

Ya lista mi madre para ser inyectada, la señora Eulogia se aproximaba lentamente a ella y buscaba, no con cuidado ni esmero, sino con verdadero cariño, pasión ¡fascinación! el sitio a picar. Puedo decirte sin exagerar que pasaba diez o quince minutos sobando, acariciando, buscando los “hoyitos” en los que ella decía se deben aplicar las inyecciones. Hay agujeritos en las nalgas, decía ella, que prácticamente te invitan a que los penetres ¡ahora caigo en la cuenta de que tal vez hablaba en doble sentido! La aclaración de Stella me hizo reír a carcajadas. Luego, continuó la joven, seleccionado el punto a horadar Eulogia tallaba con el algodón todo el glúteo, lo bañaba, lo empapaba: el aroma del alcohol invadía toda la habitación y a mí se me quedó grabado para siempre ese aroma como un signo de la placentera intimidad que viví con mi madre. Después, acercando sus labios al glúteo bañado, Eulogia soplaba lentamente, hasta que se percataba de que ya estaba perfectamente seco. Entonces decía: ¡ahí va el dolor m’hija! Y le pinchaba de un jalón el culo.

Lo que sigue, fíjate muy bien lo que te digo, insistió Stelly, la vivencia que sigue es para mí fascinante y al evocarla se me yerguen al máximo los pezones y se me humedece la vagina. Una vez que tenía la aguja adentro, mi mamá empezaba a repetir sin cesar: ¡Ay, Ay, malcriadoota, groseroota, majaderoota, malcriadoota, groseroota, majaderoota, malcriadooota, groseroooota! Elevaba o bajaba el volumen según sentía mayor o menor dolor. Generalmente iba subiendo el volumen conforme entraba la sustancia en su nalga, y llegaba al punto más álgido poco antes que le extrajeran la aguja. En ese punto los insistentes gritos: ¡Ay, Ay…malcriadota… groseroota…majaderoota…malcriadoota…groseroota…majaderoota…malcriadotota…groserootoota! se multiplicaban y eran audibles en toda la casa. Era una forma tan simple empleada por mi mamá para anunciarme su dolor físico, a mí niñita de 4 años, que me hacía comprenderlo y sufrirlo junto con ella y, tal vez por eso pude llegar al sentido profundo de las inyecciones: un resignado sufrimiento privado al que nos sometemos voluntariamente y que nos reporta una extraña satisfacción, un placer de intimidad basado en perversiones sádico-masoquistas.

Extraída la hipodérmica tornaba la calma, la señora Eulogia terminaba siempre riendo y daba a mi mamá un masajito final que podía durar media hora o más. Durante ese tiempo las dos platicaban de diversas cosas. Luego mi mamá se levantaba y se vestía muy tranquila. En mi percepción infantil, mi madre había sufrido mucho pero había soportado estoicamente el dolor. Lo sufría por considerarlo necesario y se sometía voluntariamente a él ofreciendo valientemente lo más íntimo de su cuerpo: sus propias nalgas. La admiraba por su entereza, resistencia y belleza corporal. La combinación de todo aquello me resultaba muy gratificante y es, creo yo, lo que impulsa mi excitación con respecto a las inyecciones y hacia ella.

Fecha: 24/07/2008 16:22.

gravatar.comAutor: lidia
hola ANOMIMO
pues es la primera ves que te escribo tengo ya tiemo leyendo tus relatos y me facinan yo e tengo mucho miedo a las inyecciones me dan cierto pudor pero tambien cierto morbo me facinan tus relatos como los cuentas los relatos de elisa y alma me facinaron y ahora con stellaestan fantasticos quisiera pedirte que sigas contando relatos de stella ya que me gusta mas saber de inyecciones a jovencitas como sufren y el miedo que le tienen me gustaria que escribieras mas acerca de eso a y tambien si tienes una historia sobre lavados o supositorios acia jovenes eres genial para escribir recibe mis saludos espeor encontrar pronto otro relato

Fecha: 25/07/2008 00:41.

Autor: Anónimo
Lidia, muchas gracias por tu mensaje, me encanta escribir para ustedes. A ver qué te parecen los siguientes relatos: el primero continúa los recuerdos infantiles de Stella, para no dejarlos inconclusos; mientras el segundo describe algo más reciente, entre chavas. No dejes de comunicarte, eso me anima a continuar.

Más recuerdos de Stella

En ocasiones, continuó Stelly, la señora Eulogia llegaba a la casa con una bolsa de mano grande color guinda ¡cómo la recuerdo! y eso me anunciaba que en lugar de inyección le iba a aplicar una lavativa a mi mamá. Era un procedimiento más complicado pero no me resultaba menos atractivo.

La primera escala de Eulogia era en la cocina donde tomaba un cazo grande de agua y lo ponía sobre la estufa al fuego. En tanto el agua se entibiaba iba a la recámara con la bolsa y desempacaba varias cosas. Primero, tomaba una carpeta plástica en color gris y cubría con ella la cama. Luego colocaba junto a ésta una pequeña mesita auxiliar que había en la casa y ponía sobre ella un irrigador de color rojo con capacidad como de dos litros. Le ensamblaba mediante rosca una manguerilla negra bastante larga que, en el otro extremo tenía una cánula de 10 centímetros de largo por 2 de ancho, la cual parecía un cacahuatote tanto por la forma como por el color Enseguida acercaba un perchero y colgaba en él el irrigador ya armado. Desinfectaba con alcohol la cánula y la colgaba. Finalmente sacaba del bolso un frasco de vaselina y lo ponía sobre la mesita. Ya para entonces iba a la cocina y regresaba cargando el cazo de agua tibia con la cual llenaba el irrigador. Hurgaba nuevamente en la bolsa guinda y sacaba un segundo irrigador pero éste pequeño tipo pera, color verde oscuro, como del tamaño de una naranja y que tenía ensamblada una cánula más delgada que la del irrigador grande. Acto seguido, apretaba la pera y sumergía la cánula de esta en una sustancia blanquecina que se encontraba dentro de un frasco transparente sin etiqueta. Una vez llena la pera, la colocaba en un plato sobre la mesa y salía de la recámara para avisar a mi madre que ya todo estaba listo.

Mamá entraba a la recámara y se desnudaba de la cintura para abajo, permaneciendo con una blusa ligera. Se acostaba boca abajo, erguía en combo las nalgas y la señora Eulogia le metía bajo el cuerpo a la altura de la región púbica un cojincillo cilíndrico plástico que le empinaba sensualmente los glúteos. Tengo muy vivo el recuerdo del provocativo culo ofrecido sensualmente en pompa a la lujuriosa curiosidad de la señora Eulogia que desde ese momento no dejaba de admirárselo con insistencia, aunque debo confesar que yo tampoco perdía detalle. Con las manos inquietas, temblorosas, la señora tomaba una plasta de vaselina y separándole los glúteos a mi mamá, se la untaba cuidadosamente en el ano introduciéndole el dedo central (el más largo) con el cual le tallaba repetidas veces, digamos que exageradamente, tanto el esfínter anal como el recto. Alguna vez oí a mi mamá exhortarla, si bien cordialmente: ¡ya señora Eulogia, no se pase! Pero en realidad no le objetaba nada de lo que hacía y, cuando le reclamaba, dibujaba en sus labios una pícara sonrisa.

Concluida la lubricación Eulogia procedía a aplicar un enema preparatorio que prevenía la constipación del tracto. Para ello le insertaba suavemente la canulita de la pera en el culo, pero recuerdo que la hacía girar repetidas veces ya sea a la derecha, a la izquierda, o alternadamente. Mi mamá sonreía y decía algo en voz baja que provocaba también la risa de Eulogia quien enseguida presionaba la pera haciendo que el líquido circulara lentamente. Me tocó ver alguna vez que se interrumpiera momentáneamente el flujo, ocasionando que el culo regresara algo de líquido el cual quedaba regado sobre el hule de la cama después de mojar las manos de la señora así como una parte de los glúteos y de las piernas de mi mamá. En esa eventualidad interrumpían la aplicación, la cánula era extraída, mi mamá abría las piernas para que Eulogia la secara con un pañuelo y secara también el hule de la cama, le volvía a insertar la cánula y continuaba. En esos casos yo podía ver en la entrepierna de mamá sus amplios labios vaginales que me causaban una gran curiosidad. Terminada la introducción de la sustancia, Eulogia extraía la cánula, colocaba la pera sobre la mesita y tomando los glúteos los cerraba firmemente por tiempos y los agitaba para, según ella, hacer que la solución bajara y que no se saliera. Pasaban así algunos minutos. Luego, cuando mi mamá decía no aguantar más la presión del líquido, se levantaba con cuidado, se ponía la bata y se dirigía lentamente al baño para desalojar el vientre.

Regresaba más tranquila y se acostaba nuevamente para recibir la lavativa, o sea el flujo mayor de agua que le inyectarían a profundidad para limpiarle el intestino. La señora le volvía a poner vaselina en el culo, presumo que una porción mayor porque entre risitas y cuchicheos le tallaba por más tiempo y con mayor fuerza el ano y el conducto rectal. Luego, con los dedos de la mano izquierda puestos en la raja, le separaba lo más que podía los glúteos y con la mano derecha le empujaba la punta del cacahuatote hasta que la cabezona extremidad de éste traspasaba el esfínter anal, el cual terminaba por ceñirse y ajustarse automáticamente al menor grosor que la cánula tenía en su parte media. De esta forma la manguera quedaba firmemente insertada y se prevenía que las pulsaciones naturales del recto, las que favorecen la defecación, pudieran expulsarla. No obstante estar la cánula diseñada con esa protección que dificulta tanto una mayor entrada como la salida, mientras Eulogia se ocupaba en sujetar el irrigador, abrir la llavecita y regular la altura, mi mamá levantaba su mano izquierda y se la ponía ella misma en el culo apuntalando con los dedos la parte aún visible de la cánula para prevenir que la presión del agua pudiera extraerla. Ese momento en particular era para mí el más impactante, el de mayor sensualidad, el que condiciona mi erotismo, pues yo sólo podía ver que mi mamá, por su propia mano, se estaba introduciendo aquel agresivo artefacto con el cual se horadaba el recto.

El proceso duraba mucho y se volvía angustiante para mi madre quien, muy inquieta, preguntaba ¿Cuánto falta? y la respuesta era casi siempre desconsoladora: “la mitad”; o, “más de la mitad”; o, “todavía bastante”. Yo veía como le empezaban a temblar las piernas y los glúteos por la tremenda presión del vientre. Según me dijo mamá unos años después, Eulogia le aplicaba cantidades exageradas de agua. Hubo vez en que, por no poder aguantar ya más, se extrajo violentamente la cánula y gritó con desesperación: ¡no seas cabrona me vas a reventar la panza! mientras el agua le salía por el culo a borbotones.

Las inyecciones terminaban casi siempre tranquilamente, pero las lavativas producían generalmente el caos en la casa: mi mamá se levantaba deprisa y corría desnuda hacia el baño entre gritos, insultos, manotazos y chisguetes de agua por la cola. Ella juraba no volverse a dejar, pero pasado un tiempo se imponía nuevamente el reto.

La sugestiva descripción hecha por Stella, me hizo reír a carcajadas imaginando a la circunspecta Elisa en tales apuros.

Stella y Nayeli

Stella estaba fascinada por haber comenzado a inyectar y muy pronto tuvo ocasión de seguir practicando, pero sobre todo de consolidar una relación afectiva extraordinaria. Su hermana Nayeli, dos años mayor que ella con quien había tenido hasta entonces trato más bien frío, cayó víctima del resfriado y le recetaron cinco inyecciones de penicilina y supositorios cada doce horas. Nayeli estaba postrada en su cama y Stella, extrañada de no verla pues eran cerca de la tres de la tarde, entró a la recámara y se enteró del problema, agravado por la circunstancia de que su hermana, a pesar de sentirse muy mal, debía levantarse para acudir a la clínica a que le aplicaran la primera ampolleta. Stelly le dijo: no te apures Nayeli yo puedo ayudarte, fíjate que ya se inyectar, lo hice con Alma y tanto ella como mi maestro concluyeron que no lo hice mal. Si tú quieres yo te inyecto y no tendrás que salir de la cama.

Una hora después Stella fue a la farmacia y compró todo lo necesario, así que a las siete de la noche se dispuso a inyectar a su hermana quien no había dicho ni sí ni no; la perspectiva se le revelaba un poco bizarra, pero se sentía tan mal que se abandonó en manos de Stella. Cuando la vio entrar a su recámara llevando en las manos la ampolleta, sólo preguntó entre los mareos de la fiebre: ¿es en serio? Bueno, hazme lo que quieras porque me siento bien jodida.

Stella me platicó muy contenta todo lo ocurrido, empezó así su relato: creo que de no ser por lo mal que se sentía mi hermana, a quien la fiebre no le permitía darse cabal cuenta de nada, hubiera rechazado mi ofrecimiento. Pero por algo se dan las cosas, así que esa tarde le dije a Nayeli: arrímate un poco para allá. Me senté en la cama y estuve preparando cuidadosamente la jeringa mientras ella parecía mirarme pero creo que no tenía clara conciencia de que lo que pasaba. Le mostré la jeringa ya lista y le dije: date vuelta, empujándola para que adoptara la posición boca abajo; ella obedeció sin decir nada. Replegué la ropa de cama, le levanté el camisón y le pedí: ayúdame a bajarte la panty. Nayeli levantó un poco las nalgas y yo jalé la prenda hacia abajo dejándole el blanco trasero a la vista sin que eso pareciera preocuparle en absoluto, pues no se encontraba en condiciones de percibirlo y mucho menos de pensarlo.

Nayeli no es piernuda ni nalgona como yo. Su cuerpo se parece más al de mamá: delgada muy bien formada. Sus glúteos son firmes, redondos, de piel suave. No tuve que darle ninguna indicación y de todas maneras no creo que me escuchara. Le desinfecté el lugar seleccionado y la piqué sin observar reacción alguna. Le inoculé muy lentamente la sustancia hasta que el émbolo llegó al fondo de la jeringa. Le di un masajito en el cachete percatándome que no había ni sangrado ni reflujo. Le subí la panty, volví a cubrirla sólo con la sábana y con un delgado cobertor a efecto de regularle la temperatura. Se durmió inmediatamente y siguió así por un par de horas.

Pasadas las nueve de la noche fui a verla, le di a beber un poco de agua, luego me acosté con ella un rato hasta que entré en calor. Entonces la abracé, pasé mi brazo por detrás de ella, alcé su camisón y le bajé la panty. Busqué a lo largo de su raja el orificio anal, le coloqué en ese punto el supositorio en posición de entrada y lo empujé lentamente hasta que rebasó el esfínter anal. Sentí que su culito lo engulló completo, después le hice entrar mi dedo y lo mantuve así por un rato. Ella, entre sueños, me dijo: lo que es estar enferma, te pican las nalgas, te enculan y no puedes hacer nada. Me reí de la puntada, ella se dio vuelta y volvió a dormirse.

A las 7 de la mañana volví a entrar en su cama y le apliqué un nuevo supositorio. Al meterle mi dedo en el culo, ella me dijo: “van dos”, se rió, besó mi mejilla y agregó: gracias hermana. En la tarde fui a verla y la encontré despierta. Me preguntó riendo ¿ya vienes otra vez a jeringarme? Me senté a su lado y platicamos un rato. Luego preparé la inyección, le pedí que se diera vuelta, le descubrí las nalgas y estando a punto de picarla me interrumpió diciendo: ayer me picaste este cachete, siquiera permíteme que los alterne. Es cierto, disculpa, le palpé el glúteo izquierdo, lo desinfecté y le clavé la aguja, la nalguita se estremeció sensualmente pero mi hermana no expresó mayor molestia, sólo apretó un poquito los puños. Más tarde entré para aplicarle el supositorio, ella misma se descubrió las nalgas, se puso de ladito y se lo inserté. Le mantuve el dedo adentro y después de un rato me dijo ¡ya párale! Yo le contesté en broma: ni modo hermanita, ya perdiste la virginidad conmigo.

Así estuvimos dos días más, bromeando cada vez que la picaba; ella me decía: ya llegará el desquite. Terminado el tratamiento, cuando le apliqué el último supositorio le dije: ya quedaste bien violada y me puse de pie riendo. Nayeli se levantó de la cama muy tranquila y, justo cuando yo estaba recogiendo los materiales sobrantes, me agarró por la cintura, me tumbó boca abajo sobre la cama y se sentó sobre mis nalgas para inmovilizarme. Cada vez que yo intentaba levantarme me hacía cosquillas, de manera que mejor me quedaba quieta.

Entonces me dijo: ahora si vas a ver quién pierde. Alzó mi vestido, me bajó la panty y fingiendo voz masculina como de sargento mal pagado, me decía: ¡qué nalgotas carajo, están bien buenas! ¡éste sí es un buen culo no chingaderas! me hacía cosquillas para sosegarme, me daba buenas cachetadas, me mordió una nalga haciéndome brincar pues en verdad que se le pasó la mano. Luego alcanzó de su buró un bolígrafo y me dijo ¿cuántas inyecciones me pusiste querida? Como no le contestaba volvió a hacerme cosquillas y siguió preguntándome ¿cuántas dijiste que fueron? A ver repite: ¡cinco! grité ¡fueron cinco! mientras me retorcía de risa. Entonces tomó el bolígrafo y de punta me fue picando alternadamente las nalgas diciendo: ¡una! ¡dos! ¡tres! ¡cuatro! y ¡cinco! cada vez picándome con mayor fuerza por lo que me dejó bien marcados los puntos. Yo gritaba ¡ya, ya terminaste! Pero ella continuaba con las cosquillas y yo mejor me quedaba quieta.

Viendo que los piquetes que me dio me habían dejado buenas marcas en las nalgas me dijo: ya estuvo bien de inyecciones, pero faltan los supositorios ¿cuántos fueron Stelly? No se, no se, le dije intentando liberarme de ella. Volvió a hacerme cosquillas hasta que ya no aguantaba más y me preguntó nuevamente ¿cuántos supositorios me debes preciosa? Fueron diez, grité, fueron sólo diez. Entonces empezó a clavarme el bolígrafo en el culo. Yo creí que iba a ser sólo superficialmente, pero me lo clavó completo y sin lubricante.

Entonces se tumbó encima de mí y con su pubis empezó a empujarme el bolígrafo en el culo mientras me ordenaba ¡pídeme que te coja! dime: ¡métemela más papacito, métemela más! Y me volvió a hacer cosquillas, así que empecé a gritar desesperadamente: ¡métemela papacito, métemela más, pero más! Ella se movía con fuerza como si me estuviera penetrando y yo sentía el bolígrafo que me tallaba muy fuerte el culo, por un momento temí que me lo rasgara. Así estuvo el tiempo que quiso, luego fingiendo nuevamente voz masculina, gritó ¡qué venidota, ya terminé! dime ¿quién se cogió a quién? Y me hacía cosquillas. Yo contesté: tú a mí, pero ella ordenó, di nombres preciosa, di nombres ¡Nayelli a Stella, Nayeli se cogió a Stella, ya déjame! Se bajó de mí y salió del cuarto riendo a carcajadas. No pude seguirla pues estaba bien penetrada, apenas con la punta de mis dedos pude tomar la partecita del bolígrafo que aún permanecía afuera de mi culo, jalé despacio y poco a poco me lo fui extrayendo. Me dejó algo lastimada pero me hizo reír y no pude dejar de reconocer la buena puntada de mi hermana.

Fecha: 28/07/2008 16:07.

gravatar.comAutor: lidia
hola anonimo
ay no q impresionantes y fantasticos relatos
me encantaron
sigue porfavor poniendolos
y tu nunka le palicaste supositorios o inyecciones a nayeli
o a niñas mas pekeñas q eyas
sigue escribiendo asi me facinan tus relatos mas cuando dices las caras de sufrimiento por la inyeccion o por el lavado o por el supositorio
por favor sigue escribviendo y describiendo el sufrimiento de cada uno
recibe mis saludos y mi admiracion.

Fecha: 29/07/2008 05:34.

Autor: Anónimo
Lidia, muchas gracias por tu mensaje y por el ánimo que me das. Te dedico el siguiente relato.
¿Te inquieta en particular Nayeli?

Miriam

En el primero de mis relatos, titulado “Aquella tarde otoñal” cité a la recepcionista del consultorio de Elisa, quien en esa ocasión me pidió esperar y por fin me pasó a ver a la doctora ¿recuerdan?

Cuando Elisa rompió relaciones conmigo, Miriam, que es el nombre de la joven y guapa recepcionista de apenas 16 años, morena clara, nalgoncita, de cabello corto ensortijado y ojos aceitunados, me llamó un par de veces para comentarme que la doctora le preguntaba frecuentemente si yo había telefoneado. Mi joven amiguita decía que la entristecía nuestro distanciamiento, porque en su opinión formábamos una bonita pareja.

Con este incidente se acrecentó mi simpatía por ella. A veces tomamos juntos un café y me platica muchas cosas, algunas acerca de Elisa quien, según me dijo, le ha aplicado varias inyecciones. El tema me despertó una gran curiosidad y lo fui induciendo en nuestra conversación, hasta que por fin un día aceptó referirme lo que ocurrió la primera vez que la inyectó Elisa. Me froté imaginariamente las manos, deseoso de presenciar al menos virtualmente, la horadación de tan bellas nalguitas.

La doctora es muy atenta, me dijo Miriam, y me infunde una gran confianza por eso cuando le confié que tenía un exagerado miedo a los piquetes y ella me ofreció inyectarme, no lo pensé más y acepté subir esa misma tarde a su consultorio en cuanto terminara de dar su última consulta. Yo era muy penosa para las inyecciones y me cohibía desnudarme frente a cualquier doctor o enfermera. Me parecía estar haciendo algo incorrecto porque las inyecciones me excitan demasiado y el sentimiento de culpa no me permitía relajarme.

Cuando entré al consultorio, la doctora estaba en su escritorio haciendo anotaciones en la agenda. Al verme me dijo: pasa Miriam, ahora estoy contigo, relájate, ponte muy cómoda. Mientras terminaba de ordenar sus cosas me habló de mi problema. Las inyecciones, dijo, tienen un componente mágico que pervive de manera simultánea en las fantasías eróticas tanto de quien las aplica como de quien las recibe. En ocasiones los dos sujetos se complementan a tal grado que establecen un placentero vínculo de consecuencias impredecibles. La convivencia en una misma persona de sentimientos opuestos (como vergüenza y placer) en torno a las inyecciones, indica que es proclive a gozar de ellas, pero que, conciente o inconcientemente, el sujeto acompañante, o sea quien inyecta, no le da ocasión de disfrutarlas.

Esta vez yo soy tu sujeto acompañante: tú vas a recibir la inyección, yo te la aplico, pero notarás la diferencia con respecto a otras experiencias que has tenido, pues voy a inducir que liberes todo el erotismo que la propia inyección te produce y que no has podido sacar antes. Quiero que te liberes de prejuicios, que te relajes y que me vayas diciendo lo que sientes, lo que deseas hacer y lo que quieres que yo te haga, pero, sobre todo, no reprimas ningún impulso, deja volar tu imaginación, tus instintos y entiéndelos como algo natural, lo cual te liberará del sentimiento de culpa.

Se levantó de su asiento y puso música suave. Teniendo como fondo la melodía “Cuánto te deseo” de Di Blassio, se acercó a mí y me fue desvistiendo, lo cual al principio me inquietó pero la suavidad de sus manos y el respeto que me infunde la doctora, me hicieron aceptarlo gustosamente. Por fin, estando totalmente desnuda me hizo girar un par de veces y me acostó boca abajo diciéndome: Miriam, tienes un cuerpo escultural, lo he admirado tanto…deseaba verlo y tocarlo… Quiero que te concentres en la música, piensa que estás en confianza, no hay nadie extraño, sólo estás tú deseando recibir y gozar la inyección que necesitas. Puso sus manos en mi espalda, las deslizó por la curvatura de mi cintura, recorrió suavemente mis glúteos y me dijo: siente la energía que flota por encima de tu cuerpo, que penetra tus senos, tu espalda, tus nalguitas tan preciosas.

Las palabras y las caricias de la doctora me calentaron a tal grado que mis instintos empezaron a despertar explosivamente, sentía mis pezones que reventaban. Ansiosa, le dije: ¡inyéctame, lastímame el culo si es necesario! Ella, muy tranquila, tomó un trozo grande de algodón empapado en alcohol, me frotó con él ambos glúteos, parte de la espalda y de las piernas, lo que hizo extenderse por toda la habitación ese aroma fuerte, agresivo, seductor, característico del alcohol, que anuncia la proximidad del piquete. Presentí la inmediación de esa fría y violenta ráfaga plateada que perforaría instantáneamente mi glúteo haciéndome retener el aliento, acelerar el pulso, soñar, desear, inferir el placer y el deseo equivalente de quien me inyecta.

Cayeron una tras otra frente a mis ojos: la envoltura de la jeringa, la cubierta de la aguja, la ampolleta vacía; ¡no cabía duda, estaba a punto de ser horadada! Me emocioné, sentí una súbita aceleración de las palpitaciones, mi vagina se humedeció. Los tibios dedos de la mano izquierda de Elisa se posaron en la parte más respingada de mi glúteo para demarcar el área seleccionada, de lo cual inferí que con la otra mano, la derecha, sostenía el gélido rayo que ya amenazaba traspasar mi carne. Me cubrí el rostro con los brazos, apreté las mandíbulas, contuve la respiración, la piel se me erizó y sentí ¡por fin! la ligera saeta que fulminante perforó mi nalga, haciéndola temblar y estremecerse de emoción. Mi cuerpo completo se agitó profusamente y grité con euforia: ¡qué rico piquete, gracias por este placer tan intenso!

Los labios y los párpados me palpitaban, sentí escalofrío, tenía la respiración muy agitada. Le dije ¡lastímame, por favor hazme daño! Como respuesta recibí una estruendosa nalgada que me produjo un ardor muy intenso. Llorando de placer, exclamé: ¡Más, dame más, te lo suplico! Elisa aceleró la inoculación de la roja sustancia cuya elevada viscosidad me laceraba las entrañas. Luego me extrajo la aguja y con una pala de goma me aporreó sin piedad las nalgas hasta que dudé si las tenía calientes o heladas. Me corrí profusamente observando extasiada la impresionante jeringa vacía que Elisa puso enfrente de mis ojos, cuya larga y punzante aguja había perforado mi desamparada nalga, para desencadenar aquella prodigiosa entelequia.

Permanecí tendida, por un momento perdí la percepción del mundo… La melodía “Corazón de niño” me hizo volver a la realidad, estaba empapada, rendida. Miré hacia atrás buscando a Elisa quien en ese momento se encontraba también prófuga. Contemplando mis ruborizadas nalgas estimulaba con deleite sus propios senos. Empezó a emitir fuertes sollozos.

Fecha: 31/07/2008 18:00.

gravatar.comAutor: lidia
hola anonimo wooow
pues me encanto el relato escribes muy bien y pues me gustaria que escribieras mas de uts anecdotas que son fantasticas en realidad todas me han gustado sigue escribendo asi como lo haces describiendo todo caras, gestos, su dolor todo recibe un cordial saludo
lidia…

Fecha: 08/08/2008 23:47.

Autor: Anónimo
Recuerdos de Nayeli

Pues para mí, doña Eulogia es una amenaza, no se si esté todavía haciendo de las suyas pero sería bueno que la recluyeran en un penal por los cargos de violación y tortura. Fuimos muchas sus víctimas. Claro que algunas, como mi madre, se aficionaron a sus servicios, se sometieron y hasta trataron de someternos a nosotras, sus hijas.

Nayeli me contaba con cierta molestia aquellas impactantes experiencias. Estaba sentada enfrente de mí. Físicamente se parece a Elisa: es alta, delgada, de tez blanca, ojos castaño claro muy bellos, cabello chino, senos pequeños. Su cuerpo a primera vista no impresiona tanto como el de Stella, pero en mi opinión es aún más sensual que ella. Ese día llevaba una blusa en tono beige, minifalda verde oscuro, no se había puesto medias y, al cambiar de postura hacía destellar una inquietante panty blanca entre sus piernas.

Muchas veces, me dijo, nos inyectó a Stella y a mí, nos puso lavados, supositorios y nos hurgó las nalgas como quiso. Siempre aparecía sorpresivamente con todo el instrumental ya listo. Nos sujetaba con fuerza y nos colocaba sobre sus piernas, mi mamá le ayudaba a someternos. Es denigrante que te desnuden a jalones y te exhiban el culo como les plazca. No saben el daño que te hacen. Tengo viva la angustia de sentirme sujeta, con las nalgas desnudas, bien paradas y a la vista de todos, porque si alguien llegaba en ese momento (incluyendo a vecinos y gente por demás extraña) le permitían que presenciara la tortura. Yo sentía la respiración de Eulogia en el ano. Si forcejeaba, me apretaba con más fuerza o me daba nalgadas, una vez me pegó con un cinturón. Yo me rebelaba no tanto por el dolor, sino por el coraje de que me humillaran en esa forma.

Si era inyección no le importaba lastimarnos, recuerdo que la aguja me rasgaba despiadadamente el músculo y después me hacía entrar el líquido con toda saña. No podría describirte el dolor tan intenso que me provocaba pero más de una vez sentí desvanecerme. Los días siguientes no podía caminar, me pasaba cojeando más de una semana. Mi madre me decía: ¡no exageres, sólo fue un piquetito! sin percatarse de la lesión que me habían infligido.

Y si era lavado o supositorio, había que ver a la lujuriosa de Eulogia metiéndonos los dedos en el culo, yo la recuerdo tallándome descaradamente el ano y metiéndome más de un dedo juntos. En una ocasión sentí su lengua en mi vagina, pero no me dejé y empecé a golpearla, por eso me lo dejó de hacer. En lavativas, lo bueno es que no utilizaba bolsa sino peras de goma, así que no nos metía demasiada agua como lo hacía siempre con mamá, a quien prácticamente le inundaba los intestinos, hasta que su culo se convertía en surtidor y empezaba a expulsar a presión el agua. La misma Eulogia alguna vez resultó bañada pero siguió haciendo lo mismo y mi mamá se lo permitió.

A Stella la lastimaban horrible. La recuerdo cuando tenía como diez años con sus nalguitas excesivamente tensas forcejeando para defenderse. En esa ocasión vi cómo le picaron salvajemente el culo: la aguja le fue entrando a empujones sucesivos ya que la tensión muscular la atoraba. Con cada arremetida Stelly saltaba, abría muy grandes sus ojos, le temblaban las mejillas y gritaba desesperadamente. Su carita estaba descompuesta y bañada en lágrimas. Aún así, Eulogia terminó de clavarle la aguja y presionó fuertemente el émbolo para inocularle de un jalón la espesa sustancia. Después sólo dijo: ¡ya estuvo, le entró limpiecita! Creo que disfrutaba mucho lastimándonos y humillándonos. En esa ocasión, las nalguitas de Stelly, que son respingaditas y mullidas, estaban enjutas de puro dolor y miedo. No pudo caminar bien en dos semanas y mi mamá ignoró de plano esa circunstancia, sólo dijo: es que ustedes no ayudan y se ponen demasiado tensas. A veces me pregunto si ella no habrá también disfrutado torturándonos.

Viendo que no había forma de evadir los frecuentes piquetes de Eulogia, yo decidí hacerle menos atractiva la fiesta, así que me negué a que me pusiera en sus piernas. Le decía: ¡no! yo me dejo inyectar pero acostada en la cama. Me levantaba el vestido, me bajaba la panty sólo hasta media nalga y me acostaba muy decidida. Eulogia quería bajarme más la panty pero yo no me dejaba. Entonces, como represalia me clavaba la aguja bruscamente. Yo ya había aprendido a relajar el culo y generalmente lo lograba, no obstante que Eulogia me anunciaba varias veces el piquete y se reía de ver que yo fruncía el culo cada vez que me sentía amenazada. Finalmente me clavaba la aguja como zigzagueando. Yo aflojaba las nalgas lo más que podía, apretaba muy fuerte los puños y las mandíbulas, pero me lastimaba. Sin embargo, no le daba el gusto de llorar o de quejarme.

Stella trató de imitarme pero, desgraciadamente ella es demasiado nerviosa y siguió sufriendo mucho las inyecciones. Se descubría ella sola las nalguitas y se acostaba, pero en cuanto percibía el olor del alcohol empezaba a temblar. Además Eulogia la atormentaba diciéndole: éstas ampolletas sí que duelen porque son muy espesas; y le anunciaba el piquete: ¡ahí va la aguja, prepárate porque esta sí va a ser pesada! Yo veía cómo la pobre Stella sumía su cara lo más posible en la cama, se cubría con los brazos y sus nalguitas se sacudían como si ya estuvieran siendo horadadas. Al notar esto Eulogia se tardaba aún más haciendo como que revisaba la jeringa, pero justamente cuando mi hermanita fruncía el glúteo, ella le clavaba la aguja con verdadera saña, desgarrándole el músculo. Stelly terminaba llorando amargamente. Después que la inyectaban nos encerrábamos en mi recámara, yo la acostaba sobre mis piernas y le daba masaje con una pomada. No se si eso realmente sirviera de algo, pero al menos se tranquilizaba. Así estuvimos soportando los abusos de esa señora y consolándonos mutuamente.

Un día que Eulogia me quiso aplicar un supositorio, le dije: yo me lo pongo sola, así que se lo arrebaté, me tumbé en la cama y me lo iba a meter por debajo del vestido. Mi mamá me desnudó el culo y me hizo meterme el supositorio enfrente de ellas. Me dio pena y mucho coraje pero al menos evité que Eulogia me hurgara con sus manotas. Stella trató de hacer lo mismo que yo pero mi mamá no lo aceptaba porque consideraba que no lo haría bien. Entonces le dije: si quieres yo te ayudo hermana. Ella se acostó enseguida y me ofreció confiadamente sus nalguitas. Me dio mucha ternura porque entendí el drama que significaba para Stelly dejar que Eulogia la manoseara y le lastimara su culito.

Cuando yo cumplí trece años nos negamos las dos rotundamente a que Eulogia nos inyectara, le decíamos a mi mamá que ella lo hiciera pero nunca aceptó pretextando que se ponía muy nerviosa, así que empezamos a ir a una clínica cercana, donde nos inyectaba una enfermera bastante joven. Nos sentimos mucho mejor pero Stella siguió poniéndose muy nerviosa y siempre terminaba algo lastimada.

Les entrego mi último relato

Nayeli

¿Por qué no decirlo? Nayeli me excita demasiado, como que en ella veo a la Elisa joven que no conocí. Mucho tiempo estuve buscando una oportunidad de inyectarla pero no se me daba, creo que ella misma me evitaba lo cual no es de extrañar pues conoce muy bien mi relación con su mamá.

Un día que me encontraba con ella y con Stella, me comentó que debía inyectarse y me dijo, así nada más como especulando: a ver si tú me la aplicas para saber qué tan suave tienes la mano. Creo que se me subió el color de la cara, seguimos conversando pero yo deseaba formalizar el ofrecimiento, me sentía muy inquieto. Al despedirme le dije: bueno Nayeli, si quieres que te inyecte me lo confirmas. Ella respondió: de acuerdo, gracias, será mañana en la tarde, yo te llamo.

Esa noche prácticamente no dormí pensando en ella. Al otro día, como no me llamó fui a su casa pretextando buscar a Elisa. La propia Nayeli me abrió la puerta y me dijo: pues no, mi mamá no está, ya sabes que a esta hora se encuentra en el consultorio. Entonces, aún exhibiendo vergonzosamente mi calentura, le dije: ¿y qué hay de la inyección, te la voy a aplicar? Su respuesta fue: ¡Ah, perdón, no te avisé, ya me inyectó un amigo que estudia medicina! Sentí como si me hubiera dado una bofetada, me llené de celos.

Los días siguientes me conduje con mucho cuidado ya que Nayeli parecía jugar con mis emociones. Sorpresivamente, una semana después me habló preguntando: ¿podrías inyectarme hoy en la tarde? Aunque la pregunta, lanzada a quemarropa, me aceleró escandalosamente las palpitaciones cardíacas, antepuse la cordura y traté de responder en forma mesurada: Voy a estar un poco ocupado Nayeli, pero pasadas las 7 podría verte. OK, me dijo ¿te espero? Claro que sí, voy a tu casa a las 7:30.

Nuevamente estuve muy inquieto, durante la mañana sólo pensé en ella, temiendo que nuevamente se malograra la expectativa. Por fin llegó la hora y fui a verla, Stella me recibió con un abrazo diciendo: ¡Hola, qué gusto! Nayeli te espera. Entré y la vi acercarse vistiendo una faldita de mezclilla natural y camiseta delgada algo entallada. Estuvimos platicando los tres, pero Nayeli interrumpió la conversación: ¡Bueno, inyéctame ya porque tenemos boletos para el cine y la película empieza a las 8:30! Pasamos a la recámara, le pedí a Stella que nos acompañara pero ella se disculpó diciendo que iba a bañarse.

No recuerdo haber sentido tantos nervios al inyectar a una persona: mis piernas parecían no sostenerme, las manos me sudaban y temblaban, creo que Nayeli percibió desde el principio mi turbación, la voz me salía tipluda, preferí no hablar concretándome a escuchar y a contemplar a mi bella paciente quien me entregó las cosas y se sentó a observar los preparativos. No saben ustedes lo que sufrí, no podía controlar el temblor de mis manos, me di la vuelta pretextando buscar la luz de la lámpara. Como tenía que levantar la jeringa para extraer las burbujas de aire, empecé a moverme nerviosamente buscando apuntalar mis manos una contra la otra para que no vibraran, pero todo mi esfuerzo fue inútil, Nayeli se dio cuenta de mi problema y decidió ayudarme. Se puso de pie, me dio la espalda y empezó a prepararse, lo cual me tranquilizó, aunque también me excitó más de lo que ya estaba.

La joven levantó su falda mostrándome completas sus piernas muy blancas, firmes, esbeltas, en colindancia con una panty azul marino muy sensual, que enseguida bajó hasta la base de unos glúteos albos, brillantes, como de mármol. Se arrodilló en la cama, inclinó el cuerpo y se acostó con todo el culo descubierto. Me quedé extasiado contemplando aquellos glúteos redondos, respingados, firmes, de piel blanca muy suave, espaciados por una deliciosa hendidura en cuyo fondo se apreciaba coloración oscura.

Un sarcástico comentario me sacó de mi embeleso: “te veo pasmado parece que mis nalgas te recuerdan a alguien”. Perdón, respondí, es que pensaba en… ¿en mi mamá? preguntó. Así es…, le dije, la verdad es que tienes un extraordinario parecido con ella. Luciendo una pícara sonrisa me pidió que no fuera a confundirla. Me sentí ridiculizado y sorprendido por la indiscutible agudeza de Nayeli, así que buscando mejorar mi posición le dije: despreocúpate, son parecidas pero no iguales. Se quedó muy seria, elevó eróticamente el culo y me dijo: es que no has visto bien, luego soltó la carcajada y añadió: de acuerdo tú ganas y tienes un punto a tu favor, se ve que sí amas a mi mamá. Por supuesto que la amo, le dije, ella es una mujer extraordinaria. Me quedé pensando: ¡Qué impresionantes reflejos tienen las mujeres! Tanto Stella como Nayeli, al verse frente a mí con las nalgas desnudas, aplicaron la misma estrategia preventiva: recordarme el romance con su mamá.

Me acerqué a Nayeli, le desinfecté el glúteo izquierdo y de inmediato respingó diciendo: espera, déjame prepararme, se acomodó balanceando las nalguitas, luego añadió: me vas a aguantar todo lo que diga, no me hagas caso, es una forma de controlar mis nervios; y se quedó muy quieta. Volví a pasarle el algodón, le apunté con la aguja y se la clavé de golpe, ella gritó: ¡Ay carajo, carajo, me duele, me duele mucho, no mames me duele mucho! Empujé lentamente el émbolo, ella apretó los ojos golpeó con sus puños la almohada y gritó aún más fuerte ¡no chingues, me duele mucho, no mames, me duele un chingo! Siguió gritando hasta que le extraje la aguja

Recordé las remembranzas de Stella de que su mamá gritaba ¡Ay, Ay, malcriadoota, groseroota, majaderoota, groseroooota! Hasta en eso se parece Nayeli a ella. Esperó pacientemente a que le diera un masajito en el sitio del piquete, me di mi tiempo contemplando y sobando esas deliciosas nalguitas relativamente breves pero muy sensuales, que tanto me calientan. Sentí mi pene bien hinchado, a punto de eyacular ¡qué ganas de montarme encima de ella y penetrarla!

Terminamos, se puso de pie, se vistió, me besó la mejilla y salió corriendo para buscar a Stella, yo me quedé en la recámara recogiendo los materiales sobrantes. En eso se apagó la luz y me abrazaron por la espalda apretando y acariciando mi pene erecto. No podía ver, extendí mis brazos hacia atrás y palpé la faldita de mezclilla y las nalguitas que me parecieron ser las mismas que acababa de inyectar. No puede ser, me dije a mí mismo, traté nuevamente de voltear pero me apretaron más fuerte y me empujaron hacia la cama, quedé tumbado, me besaron las mejillas, el cuello, por fin me di la vuelta, ella continuó arriba nos fundimos en un beso, sus labios me eran familiares pero me sabían también a nuevo. Acaricié la espalda, las nalgas breves, mullidas y firmes. Alcé lentamente la faldita de mezclilla, no tenía panty, palpé las piernas que de inmediato se separaron invitándome a hurgar la vagina. Me aproximé a sus umbrales: un suave vello púbico, los labios, el clítoris. Se estremeció, me apretó más fuerte, acaricié sus nalgas, me invadió la duda: dime por favor ¿eres Elisa? La respuesta… un simple murmullo, cercano y a la vez lejano: eso qué importa, disfruta y hazme gozar como tú sabes.

En la oscuridad total ¿cómo saber quién era ella, en verdad debía pasar eso por alto? La situación me inquietaba pero las circunstancias me apresaron, me puse a su lado y me dirigí al ansiado objetivo: le besé las nalgas, succioné su montículo anal, le mamé el clítoris. Aquellas deliciosas intimidades me sabían a Elisa, pero ese bello nombre se empalmaba con las recientes vivencias: Nayeli ofreciéndome su culito para que lo inyectara; el piquete, su sensual expresión facial de miedo y dolor, los encantadores movimientos corporales, las curiosas quejas ¡me duele, carajo, me duele mucho! que a su vez se empalmaban con otras quejas cuyo recuerdo igual me calentaba: ¡Ay, malcriadoota, groseroota, majaderooota!

No aguanté más, sin detenerme a pensar la monté por las nalgas y la penetré con verdadera desesperación. Mi pene traspasó los erguidos labios vaginales, nuestras íntimas secreciones se juntaron. La cuevita era estrecha, suave, ardiente, húmeda, como debía ser la de Nayeli, como sabía que era la de Elisa, como es la de una mujer en plenitud, caliente, ansiosa. Tallamos, gemimos, empezaron los sollozos, crecieron, se convirtieron en grito. Alcancé el punto más álgido, me estremecí, me paralicé, sentí el torrente, entré en una vorágine de estímulos diversos entrelazados, imágenes, voces: Elisa; Nayeli. En mis oídos retumbaron diversas frases: te ves flaca pero te cargas tus buenas nalgas; no aguanto más, pégame ¡no vaciles!; parece que mis nalgas te recuerdan a alguien”, ¡Ay, Ay, malcriadoota, groseroota, majaderooota!; ¡me duele, carajo, me duele mucho! ¡malcriadota, carajo, groseroota, me duele un chingo…! Elisa, Nayeli, Elisa, Nayeli, Elisa…

Fin de los relatos.

Gracias Karo
Gracias Jannethyta
Gracias lector empedernido
Gracias Paula
Gracias Carola
Gracias Lidia
Gracias también a todos los que leyeron y no me escribieron.

Adiós a todos, caliéntense y cojan muy rico.

Fecha: 08/08/2008 23:49.

Autor: nancy
Anonimo, tus relartos me gustan demasiado no te habia escrito antes pero ahora que te despides pues no estoy de acuerdo porque somos muchas personas las que te leemos y nos dejas bien picadas y no pues quiero pedirte que lo pienses y que no dejes de escribir relatos porque nos gustan mucho y nos calientan, si ya no vas a escriibir pues dejanos como estabamos pero no esta bien que nos dejes bien calientes y deseando leer mas. o dinos adonde vas a escribir para buscarte, no hay que ser anonimo, danos algun dato tuyo. te quiero anonimo me calientas un chorro.

Fecha: 14/08/2008 22:16.

Autor: Anónimo
Mira Nancy, el otro día me sentí muy cansado de hablar acerca de esa familia con la que establecí una entrañable amistad, abruptamente interrumpida al terminar con Elisa. Confieso que la lejanía de mi amada me afectó mucho.

Ahora, después de leer tu mensaje, atendiendo tu amable petición me senté a escribir un poco, pero acerca de otra persona. Comienzo una nueva secuencia de relatos, ahora serán acerca de Ruth que fue para mí tal vez más importante que Elisa. Nos conocimos cuando los dos teníamos 24 años. Yo soltero, ella casada pero muy mal avenida con su marido. Nuestra relación fue muy intensa, tuvimos sexo incontables veces, en muy distintos lugares y formas. Por azahares del destino, el mismo año que terminé con ella me hice amante de Elisa.

Recuerdo a la bella Ruth con nostalgia y mucho cariño.

El inicio

En mis más antiguos recuerdos la veo caminar por aquella oficina donde ambos trabajábamos. Un día, no se cómo, empecé a tratarla. Nos fuimos conociendo, ella era dulce, cariñosa, comprensiva, sensualísima, fogosísima y muy guapa. Sus vivos ojos verdes, sus enormes senos y sus duras nalgas, acapararon mi atención. No duramos mucho tiempo trabajando juntos, en menos de un año me fui a otra empresa y, cuando pasé a despedirme de ella, la tomé por sorpresa y le planté un beso en la boca. Se puso muy nerviosa pensando que alguien nos hubiera visto, pero no me expresó molestia. Unos días después la invité a tomar un café y, nuevamente, al despedirme la abracé y la besé, ella se me prendió de inmediato y tuvimos un breve pero intenso cachondeo: comprobé que ambos nos deseábamos.

La invité a un bar donde platicamos, escuchamos música, bailamos, bebimos algunas copas, nos besamos y, viendo que aquello tenía muy buena cuerda, le propuse terminar nuestro primer encuentro en un hotel. Ella aceptó enseguida.

Sentados ya en la cama le extraje los fenomenales senos y estuve chupando con extremo deleite sus enormes pezones que se pueden catalogar fuera de serie, al tiempo que metía mi mano por debajo del vestido entre sus piernas, hasta llegar al fondo del estrecho callejón y hacer base en la deliciosa pared final. Luego le alcé el vestido, la acosté boca abajo para contemplarle el culo. Me impresionó la dureza de sus piernas y muy especialmente de sus nalgas. Éstas eran firmes, recias, tengo grabada en mi memoria la singular sensación de acariciárselas, presionárselas, palmeárselas, o de chocar cadenciosamente mis piernas y mi pubis contra ellas en el momento de hacer el amor en pose de perrito, que a ella le fascinaba. Sólo he conocido otro culo con esa dureza: el de una joven campesina con quien no llegué a tener más intimidad que una fugaz cachondeada. Esa cualidad que Ruth tenía en sus nalgas me calentaba enormemente y me inspiraba a darle nalgadas, a mordérselas, pellizcárselas y picárselas con mis dedos y con agujas hipodérmicas, como les contaré más adelante. A ella le gustaba y me permitía hacérselo.

Otra cualidad de Ruth es que usaba ropa interior muy atrevida y sensual: sus pantys eran prácticamente tangas, siempre de color, le encantaban las rojas, pero también usaba azules, verdes, amarillas, de tono coral, rosa mexicano muy intenso, siempre colores fuertes, envolturas acordes a la reciedumbre de aquello que cubrían. Al hacer el amor en pose de perrito no le retiraba la panty pues el diseño me calentaba en exceso, me encantaba verla y sentirla cerca.

Una cualidad más es que Ruth era una maestra tanto en el arte de besar como en el del sexo oral. Siempre me dijo que yo no sabía besar pues nunca llegué a igualar las salvajes embestidas de sus labios que me ensalivaban casi toda la cara, y de su lengua que me rastreaba palmo a palmo la boca y casi me ahogaba. Mientras me besaba yo me quedaba inmóvil, no podía hacer nada, su acción era tan impresionante que me paralizaba, acaparaba toda mi atención y no me daba tiempo de pensar en nada.

Aquella noche, cuando sentí por primera vez mi pene sumergido en aquella voluptuosa maquinaria de placer que tiene en la boca, pensaba estar ya adentro de la vagina ¡qué mamadas tan sensacionales! ¡Me pitorreo de todo lo que he conocido después y que prácticamente me causa risa! En esa ocasión le pedí que por favor ya me dejara, para poder llegar de alguna manera a la otra vía.

La puse boca abajo y cuando me percaté que su hermosa panty de fino encaje prácticamente me permitía verle el culo completo, me emocioné tanto que empecé a besarle la prenda así como los glúteos. Cuando sentí estar a punto de eyacular, le bajé la panty, ella se la quitó completamente, se dio la vuelta y abriendo las piernas me recibió el pene en su deliciosa covachita caliente, suave, muy bien lubricada, a la que no pude estimular más allá de unos breves segundos, pues sus brazos, la sensualidad de sus movimientos y de sus dichos (empújame todo tu pito, quiero sentir tus huevos) me hizo eyacular prematuramente, lo cual a ella le resultó frustrante, pero lo comprendió, supo que me sacaba una enorme ventaja en el arte de copular, pero decidió iniciarme en él. Ya les contaré.

Fecha: 15/08/2008 02:43.

Autor: Anónimo
La marquita en el glúteo.

Una semana después volví a invitarla, tomamos un par de copas y nuevamente llegamos al hotel donde nos dimos un verdadero festín. Ruth es una mujer super voluptuosa además de simpática e ingeniosa. Recuerdo que en esa segunda entrevista, después de haber tenido sexo oral como sólo ella sabe hacerlo, copulamos en tres poses distintas: primero la tradicional; segundo, ella acostada en el tocador con las piernas colgadas en mis hombros; y tercero, de perrito. Su calentura no tenía límite ni había forma de llenarla. Me dejó exhausto, desparramado en la cama con el pene bien encogido y totalmente flácido, entonces se acercó a mí, me agarró la insignificante perinola y sonriendo me dijo: ¡tan chiquito y arrugado! Los dos reímos a carcajadas.

En esa segunda entrevista, mientras le besaba las nalgas me percaté que tenía la marca de un piquetito en el glúteo izquierdo. Me invadió la curiosidad y al comentárselo ella me contestó: sí, es que me están inyectando ¿Quién? fue mi impaciente pregunta. Se rió: no te enceles, casi siempre lo hace mi hermana, o yo misma si es necesario. ¿Tú misma te inyectas, cómo es eso, me dejarías verte? A veces no puede mi hermana y yo lo hago, ya estoy acostumbrada, pero no, no te dejaría verme. ¿Por qué Ruth, qué tiene de malo? Pues no se, yo me desnudo frente a ti sin ningún prejuicio, pero las inyecciones son otra cosa. Puedo adivinar la causa de tu interés y no es más que morbo, pero a mí no me gusta entreverar las inyecciones con el sexo.

Su respuesta fue tan categórica que me hizo sentir avergonzado, como libidinoso, así que no le dije más, pero no dejaba de pensar en la impactante escena que me había pintado. Imaginaba a Ruth inyectándose ella misma, lo cual me producía una gran calentura. Pasaron días y yo estaba cada vez peor, me excitaba y tenía que masturbarme pensando en tan incitante suceso, así que le pedí nuevamente que me concediera verla, pero ella volvió a negarse ¿Qué no te bastan mi cuerpo, mis caricias, el hecho mismo de estar totalmente compenetrados? Deja en paz los fetiches pues sólo corrompen el acto sexual.

Pues yo seguí insistiendo hasta que por fin aceptó que en nuestro siguiente encuentro se aplicaría ella misma una inyección que era parte de su tratamiento. Al llegar al hotel yo traté, como en otras ocasiones, de besarla y cachondear un poco, pero ella me rechazó diciendo: primero voy a inyectarme. Sacó de su bolso una jeringa, la ampolleta, el algodón y un frasquito con alcohol, los puso sobre el tocador. Pasó rápidamente al baño y saliendo se quitó el vestido, quedando tan sólo en ropa interior: la mini panty color azul y un también pequeño brassiere que dejaba a la vista tres cuartas partes de sus deliciosos senos.

Mientras ella preparaba el medicamento yo contemplaba sus piernas y nalgas que tenían la reciedumbre felina. De pronto exclamó: ¡Ay no, no puede ser! ¿qué pasa? pregunté. Me distraje en la farmacia y me dieron una jeringa que no me va a servir. Yo la veía normal, pero resulta que Ruth no podía utilizar más que agujas de mayor grosor debido a la firmeza de su culo. ¿Y ahora qué vas a hacer? Pues probar con ésta más delgada pero dudo que me sirva. Cargó la transparente solución en la jeringa, le colocó la tapita protectora y la dejó sobre el buró, luego se bajó la mini panty hasta la base de las nalgas y se acostó boca abajo ¡yo estaba fascinado de presenciar aquella escena que rebosaba sensualidad!

Se desinfectó el glúteo derecho, tomó la jeringa, le retiró la tapita y haciendo alarde de elasticidad giró la espalda y el cuello para fijar su vista en el culo que parecía no tener un solo gramo de grasa. Con mucha decisión trató de clavar la aguja la cual entró unos cuantos milímetros y se curvó sin poder traspasar el recio músculo que según los libros de Anatomía, se llama “glúteo mayor”. La extrajo enseguida para ensayar exactamente la misma operación en la nalga izquierda, la cual se negó también a alojar la débil aguja, haciendo que Ruth emitiera un lastimero quejido que a mí me pareció super sensual, mi pene ya estaba bien erecto. Se limpió una gotita de sangre que le brotó del segundo piquete, luego se levantó fue hacia mí y me dijo: ¡es imposible, ya viste los resultados del doble intento! Yo no podía conformarme con tan breve espectáculo, así que llamé a la recamarera y le pedí traer de la botica más cercana la jeringa indicada la cual me pareció excesiva para un ser humano, pero es la que Ruth normalmente utilizaba.

Hizo pasar la sustancia a la nueva jeringa y se acostó, giró el torso y de un golpe certero se clavó la gruesa aguja en el glúteo derecho, el cual esta vez no resistió la fuerza del vigoroso acero. Ruth resopló, volteó a verme con expresión de dolor y me dijo ¡ayúdame a empujar lentamente la sustancia, por favor, me duele mucho! Me acerqué y le fui inoculando el medicamento mientras ella se quejaba y escondía el rostro entre los brazos. Fue mi primera experiencia en el arte de las inyecciones. Mientras la sustancia entraba Ruth me dijo: son muy dolorosas estas agujas pero son las únicas que podemos utilizar las personas con epidermis excesivamente fibrosa. Le extraje el instrumento y me dio el algodón para que le masajeara el glúteo ¡qué impresionante sensación la de frotar un culito tan firme y duro!

Terminada la aplicación yo me extraje el pene que estaba bien erecto y se lo mostré diciéndole: ¡mira cómo me tienes! Ella se dio la vuelta, lo tomó en sus manos y puesta así boca abajo, acabada de inyectar, con la mini pantaletita de encaje azul en los muslos, empezó a mamármelo tan deliciosamente que eyaculé casi de inmediato. La pose que ella tenía sobre la cama, sus nalgas, la enorme jeringa que permanecía en mis manos, la evocación de sus sutiles lamentos, de sus voluptuosas expresiones de dolor, todo aquello me impulsó violentamente el semen que bañó el rostro de Ruth. Ella gemía de placer y me acariciaba la base de los huevos en tal forma que mi pito no dejaba de expulsar leche.

Me tumbé encima de ella, abrazándola con delirio, después de un rato giró poniéndose a mi lado, los dos nos abrazamos y nos dormimos. Al despertar me acarició los testículos haciendo que mi pene se irguiera de inmediato. Me dijo: yo no he terminado, tienes que darme con ganas. Se puso por primera vez de perrito en la forma que ella sabía hacerlo. Sus nalgas de por sí duras las tenía corridas totalmente hacia atrás muy bien apalancadas por los antebrazos y la cabeza que reposaban totalmente apoyados en la superficie de la cama.

Observé sus excitadísimos labios vaginales, rojos, brillantes, muy bien lubricados, les acerqué mi tieso falo y lo empujé lentamente viendo cómo se perdía en medio de ellos. El fuerte estímulo visual aunado a la concentración del placer en el pene, me hicieron emitir profundos suspiros. Mi provocativa pareja intensificó el acoso diciéndome en tono extraordinariamente sensual: ¡penétrame, méteme por favor toda tu verga, quiero comérmela completa! Hice un gran esfuerzo para no eyacular precozmente, traté de pensar en otras cosas, me repetí una y otra vez: ¡tienes que hacerla gozar como nunca o te va a dejar, no vas a dar el ancho, ella es extremadamente caliente! Seguí adelante sintiendo un mayor control de la situación, hasta que la oí gritar a todo pulmón ¡Ay qué rico, ay, ay, me vengo, ay qué rico, tállame más, tállame más, me vengo! Intensifiqué el ritmo y sentí el torrente que entraba en la vagina, mientras me sujetaba de las firmes caderas contemplando el sensual y recio culo que se frunció por el efecto del fenomenal orgasmo. De momento ella no se relajó, permaneció en posición de perrito, muy tiesa soportando casi todo mi peso pues yo estaba desguanzado.

Fecha: 18/08/2008 23:36.

Autor: Anónimo
Inesperada experiencia

Durante un fin de semana que pasamos en Cuernavaca, ocurrió lo que ahora les voy a contar. Ese sábado estuvimos encerrados. Ni el delicioso clima del lugar, ni las instalaciones acuáticas nos hicieron salir del cuarto, estábamos aferrados a la cama. Ahí ocurrió que la acosté por primera vez sobre mis piernas, cosa que a ella le fascinó y no ha olvidado nunca. Hace poco tiempo platicamos los dos por teléfono y, recordando nuestras vivencias de esos años, me dijo: “extraño la forma en que me acostabas sobre tus piernas”.

En esa ocasión, mientras nos duchábamos le enjaboné el cuerpo y, como parte del protocolo, le metí mis dedos bien enjabonados en el culo. Ella se resistía de palabra, pero me lo permitió de hecho. Animado por su actitud me enjaboné el penepronunciar una frase que jamás olvidaré, la cual me produce una enorme calentura al grado de evocarla mientras copulo inclusive con otras mujeres: ¿qué no ves que me haces daño?… ¿qué no ves que me haces daño? Enloquecido de placer continué tallándole la estrechísima abertura mientras el agua calientita de la regadera nos bañaba el cuerpo. De pronto me quedé paralizado y, besando con furor sus mojadas mejillas y su cabello, eyaculé abundantemente. Ella sólo apretó las nalguitas, se quedó muy seria y me dijo: “ya te di gusto, y tú tendrás que dármelo a mí cuando te pida algo”. Despreocupadamente le dije que sí.

En la noche volví a pedirle sexo anal y ella me lo concedió, esta vez lo hicimos en posición horizontal. Fueron mis primeras incursiones en esa deliciosa opción que nos gusta a los hombres tanto como escandaliza a la mayoría de las mujeres. Yo estaba fascinado por aquellas deliciosas vivencias, el fin de semana se me antojaba envidiable. La mañana siguiente desperté con las nalgas de Ruth pegadas a mi erecto pene, los dos llevábamos tan solo ropa interior. Me animé a preparar el siguiente coito pero, cuando empecé a estimular sus grandes pezones me dijo: espera, voy a pasar al baño. Se levantó, tomó su bolso y entró. Luego de un rato salió, yo esperaba que se metiera de nuevo en la cama pero ella permaneció de pie y me dijo: levántate amor. No Ruth, le contesté, mejor acuéstate, tengo muchas ganas. Entonces me dijo en tono imperativo ¡Levántate a darme gusto, me toca gozar a mí!

Me di la vuelta, me senté y la miré con atención sintiendo un gran escalofrío. Vestía su sensual ropa interior y me sonreía pícaramente llevando en su mano derecha una enorme jeringa cargada con líquido rojo muy brillante y, en la izquierda, un trozo de algodón cuyo picante aroma me revelaba estar perfectamente empapado en alcohol. Ven mi vida, te quiero inyectar y tú me lo vas a conceder igual que yo te dejé que me cogieras por la cola. Son sólo vitaminas nada dolorosas no te asustes, te va a gustar. Le argumenté: Ruth, espera, tú me dijiste que no querías mezclar las inyecciones con el sexo. Pero ya cambié de opinión, me dijo, y ahora quiero concretar esta fantasía sexual. Sentándose en la cama me ordenó, acuéstate sobre mis piernas.

Me acerqué indeciso, ella extendió su brazo y, notando que mi pene se había aflojado, me dijo: ¿no que estabas tan caliente? ¿ya te dio miedo? Me bajó la pequeña trusa hasta las piernas y me acarició los testículos haciendo que el pene reaccionara de inmediato. Así está mejor mi vida, no te achicopales, acuéstate aquí sin miedo. Lentamente me fui acomodando, ella abrió sus piernas y asió mi pene abrazándolo con sus tibios y firmes muslos. Lo hizo tan hábilmente que la erección me volvió completa.

Esa posición tan inusual y sorpresiva me inquietó demasiado, no se cómo explicarlo pero el hecho de tener mis nalgas expuestas tan a la vista de Ruth me causó mucha pena, mi problema no era de miedo por la jeringa sino de pudor por saber que ella me estaba viendo el trasero a tan corta distancia. Vinieron a mi mente incómodos recuerdos de la infancia, aquella bochornosa tarde en que mi madre me llevó al médico no se para qué efectos y él, cuyo apellido era Alamilla, doctor Alamilla, decidió inyectarme. Era un hombre maduro muy serio por quien yo sentía demasiado respeto para contradecir sus instrucciones, así que, cuando me ordenó desnudarme el culo y acostarme sobre la mesa de exploración, lo hice inmediatamente, pero sintiendo que me derretía de vergüenza pues ahí estaban, además del propio doctor, mi madre, mi hermana y una enfermera muy joven que entraba y salía del consultorio, le entregaba al doctor las cosas y se quedó asistiéndolo mientras él me inyectaba. Yo sentía a esa chica a mi lado mirándome con toda libertad el culo. Esa fue una de las experiencias más incómodas de mis primeros años, nunca se me quitó la pena y, cuando volví a ver a esa enfermera, me le escondía temiendo que se acordara de mis nalgas.

En la nueva circunstancia sentía una pena análoga. El acercamiento que tenía con Ruth, el cual un minuto antes me parecía total, se achicaba irremediablemente y tomaba su verdadera dimensión. Empecé a reflexionar que a ella la conocí en la oficina igual que a muchos otros compañeros y, por lo tanto, conjeturé que no tenía por qué estarle mostrando mis nalgas en semejante forma. Me sentí ridiculizado, como si toda la gente de aquella oficina me hubiera estado viendo el culo ¡qué terrible momento! Sólo las cariñosas palabras que Ruth me dedicaba, sus tiernos besos y caricias sobre mis nalgas, así como el cadencioso movimiento de sus muslos que estimulaban delicadamente mi pene, me fueron volviendo a la realidad y deslindándome de los dramáticos pensamientos con los que yo mismo me atormentaba.

Como si hablara a un niño pequeño Ruth me decía: a ver esas nalguitas tan preciosas ¿de quién son? Me las voy a comer completitas, están bien ricas. A ver mi vida afloja el culito para que no te duela, así flojito, sólo va a ser un piquetito. Intentaba reírme pero el humor no me volvía tan fácilmente. Sentí la nalgada que el doctor Alamilla me sonó aquella tarde diciendo ¡afloja el culo niño¡ sufrí el agudo piquete que Ruth me propinó diciendo ¡tranquilo amor, ya está pasando! La sustancia empezó a arderme en la nalga. Imaginé a la joven enfermera del Dr. Alamilla y a todos los compañeros de la oficina de Ruth ahí juntos, y deseaba que ya me metieran de golpe la sustancia para terminar la incómoda vivencia.

Luego me fui tranquilizando al oír las dulces e ingeniosas ocurrencias de Ruth: ¡no nos dolió nada, nada! Qué rico piquetito, nos gusta ¿verdad mi vida? Disfrútalo, como yo disfruté el otro día cuando me inyecté yo solita acostada en la cama ¿te acuerdas de la agujota clavada en mi nalguita? Qué rico, tú viste cómo me estremecí de dolor ¡y luego grité del agudo placer!

Los muslos de Ruth intensificaron el movimiento, me apretaban y tallaban cada vez con mayor fuerza el pene. Sentí su dedo que me entraba por el culo. No cuestioné ni pensé en nada, me dejé llevar por los embrollados estímulos del momento, los cuales se remontaron a niveles insospechados. La acelerada fricción en mi pene, las crecientes arremetidas en mi culo, las estratégicas palabras que Ruth pronunciaba: ¡jeringa, piquete, dolor, ano, verga, culo!

Mi verga escupió un cálido torrente seminal a borbotones. Ruth se estremeció y me apretó con todas sus fuerzas.

Fecha: 18/08/2008 21:21.

Autor: Anónimo
Elizabeth

Por ese tiempo el destino me deparó conocer a una chica extraordinaria. Aquella mañana me llevaron a presentar a una nueva compañera: tenía 19 años, guerita de cabello largo, ojos grandes color café, complexión y labios muy sensuales. El mini vestido color amarillo oro que llevaba permitía apreciar sus bellas piernas. Tenía además una estrecha cinturita, caderas y nalgas de lo más inquietantes. De esos cuerpos que le hacen a uno voltear, fijar con atención la vista y comentar después a los amigos: ¡qué buena está esa chica!

No recuerdo haber tramado ni establecido plan alguno para ganarla, los dos estábamos muy ocupados pero poco a poco nos fuimos conociendo y acercando. Primero nos ayudamos en el trabajo, luego empezamos a platicar y a retirarnos juntos. La encaminaba en transporte público a su casa para seguir mi camino a la escuela donde estudiaba por la tarde. Eran tiempos de minifalda, sus bellas piernas estaban siempre a la vista, su cuerpo despertaba la tentación y el morbo de la gente. Empecé a sentir las presiones de cuidarla, pero eso me hizo también apreciar mi privilegiada situación y la gran oportunidad que tenía de conquistarla porque, ya para entonces la deseaba.

Elizabeth es para mí el arquetipo de mujer plena. Buscando que me comprendan voy a utilizar el siguiente ejemplo. En arte pictórico, cuando se quiere representar a una mujer sensual, hermosa, apetecible y bella, se procede a trazar curvas. Para un dibujante la cosa es muy sencilla: marca la estrechez de la cintura, la prominencia de las caderas y el paulatino estrechamiento hacia las piernas. Eso es Elizabeth: la exitosa conclusión de un cuerpo femenino por parte de la naturaleza.

En una de nuestras primeras salidas fuimos a un balneario y la ví por primera vez en traje de baño. Era rojo de dos piezas tipo bikini. Comprobé sus bellas cualidades físicas: busto mediano, cintura muy estrecha, caderas y muslos anchos, nalgas erguidas, piernas muy bien proporcionadas. La traté con mucho cuidado pues era una niña formal de corte serio. Sólo recuerdo que estando acostada boca abajo sobre el césped con una gruesa trenza en la espalda, el aire trajo y posó una hojita sobre sus nalgas. Yo la observaba inquieto, lo estuve pensando y finalmente me atreví a retirársela. Tengo bien grabada en mi memoria la deleitable sensación de tocar aquel glúteo firme pero suave, apetitoso. Ella interrumpió por un instante la conversación, me miró nerviosa, luego bajó la vista y siguió platicando. Lucía unas nalgas que despertaban el interés y el morbo de cualquiera. Los varones que pasaban por el lugar no perdían la ocasión de mirarla con atención. Yo por mi parte estaba en un serio aprieto: no podía levantarme pues tenía el pene bien erecto.

Un día que paseamos juntos la llevé cerca de su casa (no me había invitado a llegar hasta la puerta). Me iba a despedir y no aguanté más las ganas: me acerqué a ella y le di un beso en la boca. Me miró nerviosa, sonrió y, sin ahondar en el hecho, se retiró. Después de casi tres meses de vernos solamente en la calle, me invitó por fin a su casa. Entonces me enteré que vivía con un hermano, la esposa y el hijo de éste. Sus padres y el resto de la familia vivían en una ciudad costera del Golfo de México, de la cual todos ellos son oriundos. Elizabeth vivía con una gran libertad de acción ya que tanto su hermano como una hermana casada que también radicaba en la ciudad, pasaban temporadas en su tierra.

Una tarde que estábamos cansados de caminar me invitó a su casa y encontró una nota sobre la mesa del comedor: su hermano se había ido a pasar el fin de semana con sus padres. Ella lo tomó con naturalidad, puso música y nos sentamos a tomar café. Estuvimos muy tranquilos pero, ya casi para retirarme, teniéndola a mi lado vestida con un pantalón rosa bien entallado y una blusita blanca delgada que acentuaba la estrechez de su cintura, la abracé, la acerqué a mí, nos besamos con gran pasión y terminamos tumbados en el sofá de la sala, ella encima de mí. Ahí le acaricié por primera vez esas nalgas tan hermosas. Nunca he tenido a mi alcance formas tan perfectas. Acariciar el cuerpo de Elizabeth es tomar una peligrosa ruta de curvas, en las que puede quedarse uno varado para siempre.

Traté de desabrochar su pantalón, ella me dijo: ¡no, espera! Pero cambió de opinión y me dejó avanzar un poco. Le desnudé las nalgas y parte de las piernas, comprobé la extraordinaria suavidad de su piel y la deliciosa consistencia de sus glúteos. No me cansaba de recorrer aquellas enloquecedoras curvas que empiezan brutalmente en la cintura y se extienden hasta la suave colina que desciende de las caderas por la mullida planicie de los muslos. Mientras nos besábamos con desesperación, mis manos escalaron los prominentes glúteos y bajaron lentamente hasta perderse en la grieta del culo. Palpé con deleite el accidentado nudo rectal donde inserté la punta del dedo y lo fui deslizando poco a poco hasta que entró casi completo. Cuando empezaba a tallarle la sensible abertura, Elizabeth me paró en seco. Se puso de pie, se vistió y me dijo: sí quiero hacerlo contigo, pero no aquí ni ahora, hagamos un viaje de fin de semana.

Así fue como acordamos realizar el viaje que les relataré luego.

Fecha: 20/08/2008 01:53.

Autor: Anónimo
Se aceptan comentrios, sugerencias, criticas, etc. Es muy importante para mi recibirlas pues de otra manera no se si voy bien o me regreso o definitivamente me detengo.

Fecha: 20/08/2008 22:31.

Autor: Anónimo
Primera experiencia sexual con Elizabeth

Llegamos a un sitio paradisíaco, un Shangri-Lah enclavado en las montañas de la Sierra Madre Occidental, una excelente opción para la intimidad. En pocos minutos estábamos en las aguas de un transparente río dentro del área privada del hotel, ella con un bikini negro, yo con una pequeña trusa del mismo color. Cada escena, cada movimiento, cualquier pose de ella me hacían sufrir con el rigor más acentuado, las penurias de la forzada abstinencia, pues la actitud de Elizabeth, sus planes no manifiestos pero sí evidentes, me comprometían a esperar el refugio y la esplendidez de la noche para satisfacer mis más íntimos deseos de poseerla.

Después de tomar el frugal tentempié previsto en el contrato con el hotel, el cual formaba parte de un plan dietético perfectamente balanceado para mejorar la salud y purificar el organismo, salimos a caminar por la montaña, donde mi bella acompañante ataviada con pantalón vaquero muy ajustado y una blusita de color amarillo, estuvo esforzándose en hacerme comprender las virtudes y belleza de las diferentes especies silvícolas. Elizabeth ama la naturaleza, de la cual ella misma es un caso muy bien logrado, mantiene también muy buenos hábitos alimenticios que a mí me hacen a veces padecer hambre, y le gusta hacer el amor con cierto orden, por lo cual no me permite tocarla en cualquier lugar o momento. Aquella tarde yo me aguantaba todo, con tal de cumplir el dulce objetivo de cogérmela.

Por fin la ansiada oscuridad nos reveló un cielo verdaderamente tachonado de estrellas. Regresamos al hotel donde nos sirvieron el aún más exiguo condumio que nos correspondía para la cena y ¡por fin! nos dirigimos a nuestro cuarto. Me di un duchazo, luego lo hizo ella y, en tanto salía me metí en la cama donde hojeaba unas guías turísticas que encontré en el buró. Me sentía impaciente y emocionado. De pronto se abrió la puerta del baño y apareció un ángel en baby doll color azul cielo. Sentí una extraña combinación de: ternura, admiración, tranquilidad, seguridad y deseo.

La pequeña batita transparentaba un cuerpo escultural. La sola vista de sus torneadas caderas y piernas me levantó súbitamente el pene. Su cabello brillaba al influjo de la pequeña lámpara del cuarto, enmarcando con suaves destellos dorados el dulce rostro de corte redondo que me sonreía con aire de timidez y nerviosismo. Mi corazón palpitó a velocidad extrema haciéndome ver que no solo deseaba, sino que amaba locamente a esa hermosa mujer cuyos rasgos y aspecto cándido me hacían verla como a una niña.

Me puse de pie, la abracé, le acaricié el pelo y, cuando estaba a punto de besar sus labios me percaté que tenía dos gruesas lágrimas descendiendo por las mejillas ¿Qué pasa? le pregunté. No te preocupes, me dijo, estoy emocionada de entregarme a ti, te quiero y deseo ser tuya, no sólo por hoy sino para siempre. En ese momento entendí la trascendencia que Elizabeth le daba a nuestra primera relación sexual. Sintiendo que enfrentaba una enorme responsabilidad pues no era posible traicionar la confianza que me depositaba, le dije convencido: no te preocupes, yo te amo de igual manera, eres encantadora.

Le quité la pequeña batita quedando enfundada en un ligerísimo corpiño que transparentaba sus pezones bien erguidos, y una breve panty que hice descender suavemente hasta la mitad de sus piernas. La puse boca abajo para disfrutar visualmente aquel hermoso culo que en nuestra visita al balneario me había causado tan grata impresión y que ahora, desnudo y puesto a mi disposición me parecía bellísimo, fuera de serie. Le estuve besando los glúteos, las piernas, la espalda, nuevamente los glúteos, la raja, le chupé el botoncito anal, lo penetré con la lengua. Sabía delicioso: a limpio, a mujer, a deseo incontrolable.

Ella empezó a mover las nalguitas en círculo y cerraba intermitentemente el esfínter apresándome la lengua y diciéndome: por curiosa la voy a dejar adentro. Pero a la primera dilatación del culito se la saqué y la llevé a escudriñar la otra entrada. Elizabeth me dijo: quiero quitarme la panty. Se la bajé yo mismo para que permaneciera en la misma sensual posición en que estaba acostada. Abrió de inmediato las piernas y le mamé el clítoris, en tanto mis manos se daban gusto palpando y acariciando las amplias nalgas que, desde mi perspectiva se alzaban como erguidas montañas cuatas. Yo me decía: ¡ésta es una verdadera mujer: de piernas y nalgas suficientes, como las refieren los buenos libros de sexo! Me solazaba viendo y tocando ese fabuloso culo con sus pronunciadas y armónicas curvas. Ella empezó a emitir fuertes gemidos, se dio la vuelta, me abrazó y me dijo: ya por favor, penétrame, no aguanto más.

Abrió las piernas, me coloqué en medio de ellas, le dirigí el pene hacia la entrada y empecé a metérselo suavemente. El conducto era estrecho, se quejó un poco, seguí empujando y se quejó más. Volví a presionar, Elizabeth cerró los ojos apretando los párpados y emitió un fuerte grito ¡Ay, me duele mucho, espera, me duele mucho! Imaginé la situación, no quise prolongar el dolor y de un golpe le inserté todo el miembro con dificultad. Ella gritó aún más fuerte ¡Ay, qué dolor, me lastimas, espera, me duele mucho! Luego se tranquilizó y se prendió de mi cuello succionándolo. Estuve tallándole la vagina mientras le acariciaba las nalgas y chupaba sus pezones.

Ella alzó las piernas y las cruzó por detrás de mí en tanto alternaba expresiones opuestas de placer y de dolor, sentí que mi pene estaba muy mojado y me provocaba cierto ardor. Volví a cogerle las nalgas recreándolas en mi cerebro y en ese momento me vine abundantemente. Elizabeth gritó: ¡qué rico dolor, qué rico dolor! Y emitió algunos sollozos finales. Nos quedamos muy quietos, la miré percatándome que lloraba. Le extraje el pene y lo sentí aún más mojado. Me incorporé, lo miré bien, estaba totalmente cubierto de sangre lo mismo que la cama y la entrepierna de Elizabeth. La acababa de desvirgar, le había roto el himen. Me tumbé a su lado, la abracé sintiendo una gran ternura, se prendió de mí y se soltó a llorar profundamente hasta que se desahogó. Luego estuvo un rato muy tranquila hasta que rompió el silencio y me dijo: ya fui tuya, te amo, pero eres libre de tomar el camino que quieras. La abracé y me prendí de sus labios.

De antemano les agradezco sus comentarios, no me dejen solo. Muchos saludos. Lidia ¿dónde estás?

Fecha: 21/08/2008 23:58.

Autor: Anónimo
Premonición

Cuando yo era niño mi madre tenía en su ropero un pequeño manual para aplicar inyecciones, el cual detallaba todo el proceso. Lo que me fascinaba de él es que contenía a doble página un grabado a todo color tan bien logrado que hasta parecía foto, de una mujer joven en el momento de ser inyectada.

En primer plano aparecía la dama, muy bonita, de tez blanca, con cabello castaño ondulado, bastante largo. Estaba acostada boca abajo con las nalgas totalmente descubiertas; su cuerpo era muy atractivo: cintura breve y nalgas generosas. Tenía puesto una especie de corpiño corto de color azul marino, con cintas atadas en la espalda; su panty blanca había sido replegada hasta el término de las nalgas. En segundo plano se veía parcialmente a una persona no bien definida que manejaba una jeringa, cuya aguja estaba clavada en el glúteo izquierdo de la joven. Era curioso ver que la paciente no estaba ni tensa ni asustada; en su rostro no había expresión alguna de miedo o de dolor, sino de satisfacción. Sonreía de manera natural y espontánea, como si aquella inyección le trajera un beneficio ansiosamente esperado.

De niño me encantaba ver ese grabado cada vez que podía, es decir, cuando la puerta del ropero estaba abierta y mi madre andaba por otro lado. Tomaba el libro, buscaba con impaciencia la página y contemplaba con deleite a la maja semidesnuda a quien amé secretamente. Cuando percibía la presencia de mi madre lo dejaba en su lugar rápidamente. Nunca imaginé que un día esa escena cobraría vida.

Resulta que poco después del viaje que les relaté en mi anterior, Elizabeth fue al doctor pues estaba resfriada y le recetaron cinco inyecciones de penicilina: la primera se la aplicó el propio doctor, pero faltaban cuatro. Al otro día llegué a su casa y me dijo que iba a buscar quién la inyectara. Yo de inmediato me ofrecí pues no iba a desaprovechar tamaña oportunidad no obstante contar apenas con los conocimientos básicos. Elizabeth se animó pensando que yo sabía hacerlo muy bien.

Pasamos a su recámara y me concentré muy bien para no cometer algún error. Desenvolví la hipodérmica, abrí la ampolleta que contenía el agua bidestilada y la succioné para agregarla al frasco con polvo blanco de 800 000 unidades de bencilpenicilina procaínica, el cual agité fuertemente hasta que se hizo la mezcla. Llené con ella la jeringa para después extraerle cuidadosamente las pequeñas burbujitas de aire. Hecho esto tomé algodón, lo empapé en alcohol y miré a Elizabeth para que se preparara, estaba vestida con una blusa azul marino sujeta con cintas en la espalda y un pantalón blanco entallado. Se veía contenta, me llamaba cariñosamente “mi enfermero”.

Con toda calma se desabrochó el pantalón y lo hizo descender un poquito junto con la panty que también era blanca. Se acostó boca abajo y me preguntó ¿así estoy bien? No. le dije, te voy a bajar más el pantalón y lo llevé hasta el final de las nalgas sin que ella me lo cuestionara. Me senté en la banquita del tocador y me disponía a inyectarla cuando ví reflejada en el espejo la imagen de Elizabeth, y Tal vez por la perspectiva en ese momento se me reveló el impresionante parecido que tenía con la chica del manual de inyecciones de mi madre.

La estuve viendo detenidamente: el rostro tranquilo, sosegado, la delgada blusita azul marino amarrada en la espalda, el cabello largo y ondulado, los brazos colocados en la misma posición, la breve cinturita, las amplias, sensuales y erguidas nalgas, la panty blanca muy bien replegada. Su semblante relajado me indicaba que las inyecciones no le impresionaban. Por no dejar, le pregunté: ¿le tienes miedo a las inyecciones? Pues no, me dijo sonriendo, sólo lo normal, y si tú me las aplicas, menos. Sus nalguitas se veían muy relajadas, en completa calma. Yo estaba impresionado de ver reproducido el grabado del libro.

Sabiendo que las inyecciones se aplican en el cuadrante superior externo de cada glúteo, lo medí mentalmente, le desinfecté la zona, clavé de golpe la aguja en el glúteo izquierdo. Elizabeth no manifestó molestia alguna, su nalga se estremeció ligeramente pero sólo como movimiento reflejo, permaneció tranquila, con la misma actitud de la chica del libro. Sólo cuando empezó a entrar la sustancia, sin perder la figura, casi sonriendo, exclamó: ¡me arde un poco! y eso fue todo lo que dijo. Su actitud controlada, serena, me impresionó y me calentó más que si la hubiera visto gritar, quejarse y patalear. Sentía el pene bien erecto y la trusa mojada.

Antes de extraer la aguja volví a contemplar la sensual escena como si me saliera de ella y la observara desde afuera. Era impresionante el parecido de Elizabeth con la joven del libro. Tuve una especie de visión de lo más extravagante pero que de pronto me estremeció la piel y me hizo sentir un leve desvanecimiento.

En el grabado de la revista que se encuentra dentro del arsenal de mis recuerdos infantiles más recónditos, la bella joven alzó la cabeza, volteó a verme y me dijo: tanto me has admirado y deseado desde que eras un niño pequeño, que ya soy tuya, te entrego mi vida y mi cuerpo. Mi nombre es Elizabeth, estoy acostada frente a ti, tú me inyectas hoy y eres el mismo que me inyectaba antes en el grabado del libro, el cual ya no existe, no existió nunca. Sólo fue premonición de lo que ahora vivimos tú y yo. Eres el hombre que esperaba.

Fecha: 25/08/2008 17:33.

gravatar.comAutor: carola
Que caliente es el NO miedo de los otros por las inyecciones. No me agrado que hubieras dejado de escribir…hay tanto de perveso en tu cabeza que nosotros los pervertidos Necesitamos de tus relatos….que caliente he quedado con algunos de ellos…escribe Anonimo que creo no somos pocos los que te leemos ….y nos recalentamos con los fetiches comunes….jajajaja…

Fecha: 26/08/2008 23:28.

Autor: Anónimo
Gracias Carola, te recordé escribiendo algunos de mis relatos. Espero que el siguiente te guste. Te mando un beso.

Una cita por demás inesperada

Voy a abrir un paréntesis en los relatos que les estoy ofreciendo acerca de Elizabeth, porque surgió un imprevisto sumamente curioso que quiero compartirles.

Resulta que hace unos días me habló por teléfono una mujer y me dijo: ya leí lo que estás dando a conocer en INTERNET y quiero decirte que eres poco hombre, boquiflojo, incapaz de comportarte como un caballero. Elisa se entregó a ti por amor y no tienes por qué contar a todo el mundo lo que pasó entre ustedes. Pero es todavía peor y no tiene calificativo, que des a conocer otras intimidades de una familia a la que yo estimo como si fuera la mía. Tampoco es cierto lo que dices de mí, yo soy la señora Eulogia y nunca abusé de la confianza de Elisa ni de sus hijas, como tú lo haces creer.

Le expliqué que todo lo que sabía de ella me lo dieron a conocer quienes son aparentemente las afectadas y que no había dicho nada que no tuviera ese respaldo. Ella contestó: quiero hablar contigo en persona, espero que tengas el valor de hacerlo. Le respondí: yo acepto señora Eulogia, pero no se adonde quiere usted llegar ¿no le basta con lo que ya me dijo? No, en absoluto ¿me tienes miedo? Para nada señora Eulogia, será interesante conocerla.

Llegué al lugar indicado, pedí un café y me senté a esperar. Vi varias mujeres que encajaban en la imagen que me había formado acerca de ella, pero finalmente se acercó una dama que me desconcertó. Era alta de complexión media, ya grande, con aire distinguido. Tenía el cabello teñido en tono castaño. Llevaba un vestido floreado corto, color verde muy ajustado. Su rostro y toda ella con aire maduro pero bien conservada, su cuerpo aún podría llamar la atención. Soy Eulogia, me dijo, usted seguramente es A ¿puedo sentarme? Me puse de pie, le jalé la silla y la ayudé: siéntese por favor señora Eulogia, qué agradable sorpresa, no esperaba que fuera usted tan joven y tan guapa, la imaginaba mayor. Se quedó muy seria y me dijo: bueno, gracias por el cumplido pero la verdad es que no vengo a establecer relaciones contigo, sino a reclamarte por todo lo que has dicho de nosotras. Yo le contesté: lo que he dicho con base en mi propia experiencia es absolutamente cierto; de lo que me contaron sólo puedo garantizarle que no he añadido ni quitado nada.

Me miró muy seria y me preguntó: ¿cuál ha sido tu motivación para contar todo eso? Le contesté: me ha movido el deseo de recordar las hermosas vivencias que tuve con los personajes referidos, ya sea interactuando con ellos o simplemente escuchando sus confidencias. Ahora dígame usted ¿qué hay de cierto en las versiones de Elisa, Stella y Nayeli, de que usted abusó de ellas?

Se quedó muy seria, jaló la silla, cruzó la pierna mostrándome una parte de sus muslos y me lanzó un sorpresivo comentario: yo a ellas las conozco desde siempre y si dijeron eso es porque son muy bromistas, pero quiero que tú me conozcas y juzgues por ti mismo qué clase de mujer soy. No supe de momento qué contestar, me miraba con sensualidad. Indudablemente es una mujer ya grande pero eso la hace interesante, sobre todo porque conserva cierto atractivo físico. ¿Hasta qué punto está usted dispuesta a que la conozca señora Eulogia? Sonriendo, como en broma, me respondió: cualquier intento que hagas, cariño, contará con mi beneplácito, no estoy para ponerte condiciones.

Estuvimos platicando acerca de su vida, comprendí que su papel no muy bien definido de nana, asistente, amiga, enfermera, de la familia de Elisa, no fue sino una circunstancia muy marginal, pues lo suyo es el diseño y producción de ropa para dama. Reconoció que Elisa le despierta cierto morbo, pero dice que sus hijas no le llegan ni a los talones y que nunca tuvo interés en ellas. Asimismo afirmó no ser lesbiana ni haber tenido jamás relaciones con mujeres, excepto que le calienta inyectarlas, pero sus preferencias muy bien definidas son heterosexuales. Llevábamos cerca de dos horas platicando cuando súbitamente me invitó a seguir la reunión en su casa.

Vive en un departamento pequeño, muy acogedor. Me dijo: ponte cómodo, se sentó a mi lado y tomando mi mano comentó: yo nunca me ando por las ramas y a mi edad menos, ya que llegaste hasta aquí quiero decirte que me gustas, yo no he tenido sexo desde hace cerca de diez años, pero contigo llegaría a tenerlo. Le dije: apenas nos conocemos ¿no te causa inquietud eso? Ninguna, respondió, después de leer tus relatos te siento parte de la familia. ¿Y si después de tener relaciones sexuales contigo plasmara en un relato nuestra experiencia, qué pensarías? pregunté. Ella se quedó un momento muy seria, luego contestó: ¡qué padre! saber que a mi edad no sólo llegue a calentarte a ti sino también a las personas que lean el relato y conozcan nuestro idilio…es algo sensacional.

Viendo que no era en absoluto rebuscada, decidí lanzarle un anzuelo para saber cómo reaccionaba. Poniendo la mano sobre sus piernas le dije: fíjate que para entrar en calor me gustaría probar en ti misma las delicias de aquello en lo que tú eres una experta ¿me dejas que te inyecte? Eulogia desfiguró el semblante, respiró varias veces a profundidad, se puso de pie, caminó erráticamente, luego volvió a sentarse y finalmente me dijo: voy a ser muy sincera contigo, no quiero mentirte, esto casi nadie lo sabe pero a ti te lo voy a confiar: el morbo que me produce aplicar inyecciones emana del terror que me produce recibirlas, hace muchos años que no me inyectan y es algo que no podría soportar, pídeme otra cosa, cualquier tipo de sexo, pero no que me inyectes.

Descubrir el punto exacto del dolor me aceleró el morbo, de manera que le dije: nada me gustaría más que picarte las nalguitas cariño, tengo mano muy suave y quiero demostrártelo. Estuvimos discutiendo por un rato, ella me pedía que la comprendiera y me ofrecía cualquier cosa, que le aporreara y le perforara el culo, a cambio de no inyectarla. En respuesta la abracé, nos besamos, le acaricié las piernas, el busto, se fue calentando hasta que me dijo: a ver qué sale, por favor tenme paciencia, espero dominar mis nervios, y me hizo pasar a la recámara.

Sacó del closet una cajita con todo lo necesario para que la inyectara, incluyendo la célebre tinita plateada a la que tanto me referí durante los relatos acerca de Elisa. Fue a la cocina, preparó todo y, por fin regresó a la recámara y me entregó un plato sobre el cual estaban cuidadosamente colocadas: la antigua jeringa desensamblada; dos agujas, la ampolleta que seguramente consistía en simple agua bidestilada, algodón y un pequeño frasquito con alcohol.

Mientras yo ensamblaba y cargaba la jeringa, Eulogia entró al baño y después de un rato salió tan sólo en ropa interior de color negro, portando los símbolos más sensuales que estaban de moda a mediados del siglo pasado: pantaleta y brassiere de seda, y un pequeño liguero que le sujetaba las medias a la altura de los muslos; de esas medias que se fabricaban todavía con costura. Su cuerpo mostraba las huellas de la edad pero no dejaba de ser estimulante. Su blanquísima piel se veía un poco flácida pero no arrugada. El brassiere le sostenía los maduros senos dejando una gran parte de ellos a la vista. No tiene mucha cintura pero sus caderas son amplias y las nalgas abundantes, lo cual le moldea un poco el cuerpo. Sus piernas se ven todavía torneadas.

Se acercó a mí, me besó los labios y me dijo: espero que mi cuerpo aún pueda calentarte, te voy a dejar hacer lo que a ningún otro hombre le he permitido, o sea inyectarme. Diciendo esto, me dio la espalda situándose de frente a la cama y se bajó totalmente la pantaleta, quedando a la vista un culo con poca elasticidad y algo de celulitis en la parte baja, pero que una vez acostada Eulogia, mejoró mucho su aspecto, se le veía más firme, liso y atractivo. Le ayudaba también la vestimenta: las medias que eran de color oscuro le resaltaban la blancura de la parte no cubierta de los muslos así como de las nalgas. Me acerqué y le desprendí las ligas traseras de las medias diciéndole: ¡qué sensuales nalguitas tienes Eulogia! Ella sonrió, se veía tranquila, pero en el momento que le desinfecté el glúteo irguió como resorte el cuerpo quedando de rodillas sobre la cama y gritó: ¡no, por favor, espera, no me inyectes, no me inyectes, por piedad, discúlpame, no resisto los nervios!

Le di unas nalgaditas y volví a acostarla diciéndole: no pasa nada encanto, tranquila, es algo que tú le has hecho a muchísima gente y sabes muy bien que de eso no se muere nadie, mira qué lindo culito tienes, déjame verlo. En ese momento, sin decir más le clavé de golpe la aguja, haciendo que Eulogia emitiera un agudo chillido: ¡AAAAYYY, no por favooor, no me inyectes, no me inyectes, me duele AAAAYYY, AAAYYY me duele mucho! Como empezaba a forcejear la presioné de la cintura y le dije: quietecita cariño, estoy por terminar de inyectarte la colita, así ¡Listo preciosa! Le extraje la aguja, me tumbé encima de ella, la abracé y empecé a besarle las mejillas para consolarla pues estaba llorando a lágrima viva. Me decía: es que me engañaste, me tomaste por sorpresa, me lastimaste mucho…

Sentía sus nalgotas debajo de mí y mi pene empezó a reaccionar en consecuencia, me bajé el pantalón y le empecé a tallar la raja hasta que logré la erección plena. Mientras tanto le acariciaba las nalgas, sentía su piel muy suavecita y me excitaba muchísimo. Reflexioné que acababa de inyectar a una mujer ya entrada en años y que ahora me la iba a coger y esa idea me excitó todavía más, al grado que decidí separarme un poco para contemplarla detenidamente. Estaba, en efecto, acariciando unas nalgas ya poco firmes pero grandes, blancas, tibias, muy suaves, que se movían exquisitamente.

Pasé mis brazos uno a cada lado del cuerpo de Eulogia y concentré mis manos debajo de su panocha, hurgando con las puntita de mis dedos el delgado bello púbico, mientras con el pene le empecé a horadar los dilatados labios hasta penetrarle a fondo la vagina, que era muy amplia, pero cálida, húmeda, ansiosa, placentera. Eulogia suspiró repetidas veces, luego gimió como gatita y me dijo: gracias amor por regalarme estos momentos tan bellos, gracias por comprenderme, gracias de todo corazón por lo bueno que eres, gracias mi amor, muchas gracias. Mientras tanto en un movimiento envolvente yo le presionaba la pelvis y le propinaba buenas arremetidas con la verga bien erecta. A cada empujón sentía mi pito deslizarse holgadamente en esa deleitable covacha. Ella abría la boca y exhalaba con fuerza, apretando los puños y desorbitando los ojos. Estaba totalmente desinhibida, relajada, enloquecida de placer y de ganas. De pronto se quedó como trabada, empezó a jadear como si se ahogara, a retorcerse apretando las nalgas y pataleando, luego gritó: ¡me vengo, no lo puedo creer, me vengo, ya no me acordaba cómo se sentía esto! Y pronunciando un interminable ¡aaagggggghhhhh! empezó a temblar y a estremecerse como convulsionada, al momento que mi semen le bañó con indomable fuerza las maduras entrañas.

Fecha: 28/08/2008 01:10.

Autor: Anónimo
Gloria, la joven de la escalera.

Después de comentarles lo ocurrido con Eulogia me quedé desubicado pues interrumpí la serie iniciada acerca de Elizabeth. Estuve como pasmado y resolví descansar unos días antes de emprender algún otro relato. Pero al regresar hoy por la tarde a mi oficina me topé con un grupo de muchachas entre las cuales acaparó mi atención la que llevaba puesta una blusa negra y un pantalón blanco muy pegado que delataba unas nalgas sumamente sensuales. Tomó la escalera eléctrica y fui a quedar justo detrás de ella. De nombre Gloria, tenía el trasero relativamente angosto pero muy firme y erguido. La grieta entre los glúteos se comía la tela del pantalón y la pequeña panty se le dibujaba tan exquisitamente que me quedé fascinado.

Tuve el deseo de celebrar un encuentro erótico con tan escultural sirena, pero no soy un Don Juan, así que me limité a asignarle un fantástico rol en el tinglado de mis personales imaginaciones. La hice llegar a su casa por la noche muy cansada y entrar en su cuarto donde le espera el marido preocupado porque ella no ha querido aplicarse las inyecciones que el médico insistentemente le ha recetado. Le pregunta ¿hoy sí lo hiciste querida? No, responde ella, ya sabes que los piquetes me acobardan sobremanera.

Le dice él: entonces…perdóname mi vida, la abraza y la tumba sobre la cama. Salen del vestidor las dos cuñadas, una le desabrocha el ajustado pantalón blanco, la otra intenta bajárselo, el marido forcejea con ella y la acuesta nalgas arriba sobre sus piernas, las cuñadas le descubren violentamente el atractivo trasero, ella patalea, grita, insulta: ¿qué es esto? No se vale ¡suéltame cabrón, no tienes derecho a desnudarme públicamente! Un joven paramédico entra en la habitación con la hipodérmica lista. Al ver la aguja Gloria se agita aún más y suplica ¡no, no me inyectes, eso duele mucho! ya le dije al doctor que me recete pastillas.

Sus captores terminan de someterla con fuerza. Debido al forcejeo, el pantalón y la panty se le retuercen enrollados en las piernas a la altura de las rodillas, mientras las nalgas y los muslos derrochan firmeza, se menean compactos y se contorsionan por el esfuerzo de la desesperada joven. La firmeza de la piel y el vigor de los recios músculos delinean pequeños bachitos muy sensuales en los flancos exteriores de las nalgas. En el rostro del paramédico se advierte la candente curiosidad que aquella singular escena le produce.

La lucha de la joven es infructuosa, sigue gritando pero no le permiten moverse, el esfuerzo y la contrariedad le pigmentan el rostro de rojo y la hacen llorar amargamente de dolor y de impotencia. A pesar de que sus nalgas siguen tensas el paramédico se acerca, posa los dedos de la mano izquierda sobre el glúteo, demarca la zona que va a embestir y la pincha con fuerza haciendo que Gloria emita un agudo grito, zarandee lo más que puede el violentado glúteo y llorando apele la benevolencia de su esposo: ¡me están lastimando amor, me duele mucho!

La densa y verde sustancia entra resueltamente en el glúteo haciéndolo estremecerse por el intenso ardor que le produce. Gloria aprieta fuertemente los puños, cierra los ojos, se pone aún más roja y grita desquiciada: ¡AAyy pinche paramédico, me estás quemando el culo! Mientras las nalgas le tiemblan se desvanece momentáneamente. El muchacho termina de inocularle la sustancia, en tanto una de las cuñadas le acerca a la nariz la botella destapada del alcohol, Gloria hace pucheros y empieza a recuperarse. Las cuñadas y el paramédico abandonan sigilosamente la habitación.

Gloria permanece rendida sobre las piernas de su marido quien le acaricia los glúteos y la anima: amor, ya pasó todo, perdóname fue por tu bien. Ella se queda muy quieta, sólo menea sensualmente el culo y responde: te comprendo, pero no me pareció que me exhibieras desnuda frente a tus hermanas y, menos con ese paramédico de la farmacia a quien detesto pues es un libidinoso; tú no sabes cómo me mira el culo siempre que me ve en la calle. Él le responde: ¡claro que lo se, por eso le pedí que te inyectara! ¿cómo decirte? Estoy enamorado de ti y me gusta presumir tus preciosas nalguitas, me calienta saber que otros las desean. Le planta varios besos en cada glúteo, ella se estremece y sigue moviendo las nalgas eróticamente. Continúa él: pero dime mi vida ¿te vas a dejar aplicar las otras cuatro inyecciones que te faltan?

Ella se queda seria por unos instantes, luego responde conciliadoramente: amor, no vayas a enojarte, tú dices que disfrutas saber que otros desean mi culo. Pues caliéntate un chingo porque un paramédico del hospital que está cerca de mi trabajo me miraba con tanto morbo las nalgas que sentí curiosidad y decidí acudir con él para que me inyectara. Lo hizo con mano tan suave que fui tres veces más y hubiera querido que él me aplicara la quinta. El marido muy serio le busca las huellas de los anteriores piquetes y efectivamente comprueba su existencia: ¡uno, dos, tres, cuatro! Y le encuentra además un tremendo chupetón en el remolinito anal. Ella se levanta sigilosamente, le acerca coquetamente las nalgas al pene diciéndole: Cógeme, mi vida, no sabes cómo te deseo. Él se queda mirándola inexpresivamente.

Fecha: 06/09/2008 00:26.

Autor: Anónimo
Piquetes y más piquetes

Fue la tercera dosis de 800 000 unidades de bencilpenicilina procaínica. La segunda se la puse el día anterior recordando a la chica del libro, mientras que la primera se la suministró el doctor que le extendió la receta. Elizabeth tenía puesto un vestido estampado en tono canela claro que se le adhería sensualmente al cuerpo. Se levantó la falda y bajó la pantimedia dejando a la vista una breve pantaletita color guinda oscuro. Me dijo: es incómodo llevar vestido y medias cuando te inyectan pero contigo no hay ningún problema ¿Lo has tenido antes? pregunté. Sí, precisamente con el doctor que me inyectó el otro día. Yo le dije que me pondría la ampolleta más tarde pero él insistió que era urgente, preparó la jeringa, casi me empujó hasta el diván donde se sentó indicándome que me acostara sobre sus piernas. Y lo peor es que me desconcerté y le obedecí como autómata. Entonces me alzó el vestido, me bajó la pantimedia y la pantaleta hasta las piernas y me clavó el termómetro en el recto. Reaccioné y le dije: ¡sólo me iba a inyectar, no me ponga eso! Pero ya era tarde, estaba imposibilitada de actuar teniendo el termómetro bien metido en la cola. Sólo me lo extrajo después de haberme inyectado, luego me empezó a manosear la vagina, yo grité lo más fuerte que pude y sólo así me soltó, se puso de pie y se fue a sentar al escritorio, de manera que cuando entró la enfermera él estaba escribiendo muy serio pero sin dejar de mirar lujuriosamente los apuros que yo tenía para vestirme. A la enfermera le comentó: ¡no pasa nada, es que a esta señorita le impresionan las inyecciones, se pone muy nerviosa! Por prudencia no dije más, sólo terminé de arreglarme y salí corriendo.

Cuando terminó de narrarme lo sucedido, Elizabeth se encontraba ya acostada sobre la cama con el culito totalmente descubierto, lista para ser inyectada. Permanecía como el día anterior absolutamente relajada a pesar de ver cómo iba yo colocando sobre el buró la envoltura de la jeringa, la ampolleta vacía y el frasco del alcohol. Palpé el delicioso glúteo derecho, le apliqué alcohol, clavé la aguja y jalé el émbolo para comprobar que no había picado un vaso sanguíneo. Mi sorpresa y apuración fueron grandes al percatarme que la jeringa se llenaba de sangre. La extraje rápidamente y le dije: perdón mi vida tengo que picarte de nuevo. ¿Por qué? me preguntó intrigada. Al explicarle el problema vio los tres mililitros de la cristalina sustancia y los dos mililitros de sangre que empezaban a diluirse y sin escandalizarse me dijo: no creo que pase nada si me inyectas mi propia sangre. Le empecé a desinfectar el glúteo contrario pero ella me pidió resueltamente: no, mejor pónmela del mismo lado donde la tomaste, así que clavé de nuevo la aguja en el glúteo derecho, ligeramente arriba y hacia afuera, con respecto al piquete anterior, jalé nuevamente el émbolo pero éste no se movió, así que lo empujé lentamente hasta que la penicilina y la sangre desaparecieron dentro del glúteo.

Me senté en la cama y, mientras le masajeaba el puntito del piquete, le pregunté: ¿te dolió? Pero ella totalmente apacible respondió: no, casi nada. Entonces le comenté: eres la primera mujer que conozco a quien las inyecciones no le duelen ni le impresionan. Elizabeth sonrió y me dijo: y tú eres el primer hombre que me inyecta sin acosarme sexualmente. No se por qué a los hombres en general les calientan tanto las inyecciones. Se levantó lentamente, se vistió en mi presencia, me dio un beso en la boca, tomó los materiales sobrantes y salió de la habitación.

Al día siguiente, cuando le iba a aplicar la cuarta inyección, me enteré que había llegado su hermanita de Veracruz para pasar unos días con ella, pero también estaba enferma y había que inyectarla. Rocío es una deliciosa niña de 12 años que lleva en su cuerpo y en su ánimo la alegría, la gracia y la belleza del carnaval. Siempre parece contenta, platicadora, bailadora. Tiene unos muslos y unas nalgas frondosas que enloquecen, por las cuales le han pedido participar como bastonera en desfiles y fiestas de la región. Cuando me vio me abrazó cariñosamente, luego me dijo: dice Eli que me vas a inyectar ¿no me va a doler? No Chio, para nada, le dije y, como la cosa era urgente pasamos a la recámara. Ella, sin ningún complejo ni pena se levantó la faldita, se bajó la panty y se acostó en presencia de su hermana ¡Qué delicia de culito! Lo tiene abundante, muy bien formado y, desde luego, firme y lozano, mi pene inició la cuesta arriba. Con todo ya listo me aproximé, le tallé el sitio seleccionado y clavé la aguja. Rocío emitió tan solo un leve ¡AAyy, me duele! Que se fue desvaneciendo lentamente, la ví que apretaba la almohada y hundía su cabeza en ella. Cuando le extraje la aguja volteó a verme y me regaló una tenue sonrisa, tenía los ojos ligeramente vidriados. ¿Te dolió? Le dije, pero ella afirmó que no, se levantó resueltamente, se vistió y me dijo: tú inyectas muy bien, me dolió más con la enfermera que me puso las otras. Enseguida inyecté a Elizabeth quien se bajó el pantalón negro y la mini-panty del mismo color ¡qué sensual se le veían! Pero esta vez, debido a que su hermanita la estaba mirando, sólo se descubrió la mitad de las nalgas. Recibió tranquilamente el pinchazo, al final me confesó que la sustancia le había ardido demasiado pero no varió su semblante, miraba a Rocío con rostro tierno, sonriente y relajado.

Al otro día Rocío llevaba puesto un short blanco bien entallado y una blusita marinera también blanca con líneas horizontales azules. Tal vez por el ejemplo que el día anterior le dio su hermana, su actitud fue muy serena ¡Qué belleza de jovencita! el respingado culito totalmente descubierto estaba enmarcado por el faldón de la blusa enrollado en la cintura y el elástico del short estirado al máximo para alcanzar todo el perímetro de la sensual y extensa cadera. Al recibir el piquete la niña apretó la mano de su hermana que estaba sentada a su lado en la cama, emitió una leve queja: ¡aayy, aayy! y terminó su actuación con una sonrisa encantadora. A su vez, Elizabeth se preparó para la última inyección subiendo la breve faldita verde, de manera que pude apreciar sus nalgas y sus piernas completas ¡son extraordinariamente desinhibidas esas veracruzanas! Se acostó, Rocío le terminó de bajar la panty hasta los muslos y la inyecté. Ella volvió a decirme que la sustancia le ardió demasiado pero mientras se la inoculaba no dejó de platicar y de bromear con su hermana.

Al otro día Rocío me abrió la puerta con la toalla enrollada en el cuerpo, se acababa de bañar y Elizabeth lo estaba haciendo en ese momento. No quiso esperar, me dijo: de una vez inyéctame. Estuvo mirando como preparaba la jeringa y sin ninguna inhibición se retiró la toalla para acostarse completamente desnuda sobre la cama ¡se veía encantadora, mi pene se puso bien tieso! Hundió su cabeza en el cuenco de los brazos y se estremeció cuando le clavé la aguja pero no emitió queja alguna. Mientras le entraba el líquido sus nalguitas temblaban menudamente. Cuando le extraje la jeringa se puso de pie fue hacia mí y me dio un beso diciendo ¡ya acabé, ya fueron las cinco, gracias! Luego se percató que estaba desnuda y se cubrió rápidamente con la toalla, yo salí del cuarto pensando ¡qué escultura y candidez de niña!

Lo que ya les conté no fue todo, ese mismo día llegó Marisa, otra hermana de Elizabeth que tiene un gran parecido con ella y curiosamente requería ser inyectada, así que tomándome la sugerente palabra aceptó y me pidió que yo lo hiciera. Entramos los dos en la habitación, ella llevaba puesta una falda gris que no se pudo subir por estar muy pegada, así que me dijo: voltéate, voy a quitármela. Yo miré hacia la pared pero luego hice trampa y la vi cómo se sacó la falda, se bajó la pantaleta y se acostó cubriendo sus piernas con la falda. Un tercer modelo de culo análogo al de sus hermanas: extenso, carnoso bien formado ¡esas veracruzanas son increíbles! Marisa es sensual y coqueta, le encanta ser admirada pero no va más allá de ese límite. Hizo mucho escándalo: pataleó, manoteó, gritó, me suplicó que no la lastimara, pero se dejó inyectar muy bien y relajó suficientemente el culo.

Al otro día pasé a su casa para ponerle la inyección que le faltaba y me recibió con una minifalda negra, sin medias y una playerita blanca. Nuevamente se descubrió completo el culo y tuvo una actuación aún más consagrada que el día anterior. Cada vez que la iba a picar tensaba el culo y me pedía ¡no, espera, un poquito, espera! Yo la esperé el tiempo que quiso pues me estaba dando un festín visual con esas deliciosas nalgas que alternadamente se encogían y se distendían produciendo sensuales bachitos y haciendo gala de su firme elasticidad. Finalmente se dejó inyectar, recuerdo que me dijo: ¡bueno, pícame ya! y poniéndose las manos en los oídos, no dijo más, pero sus atractivos cachetes temblaron al ser horadados y pataleó muy finito en tanto le inoculaba la sustancia.

Han pasado ya varios años y puedo afirmar que Elizabeth es una mujer todavía muy bella, con un cuerpo tan erótico que no puedo inyectarla sin quedar empapado, pero tan aparentemente insensible en esa materia, que me produce una explosión de morbo y de lujuria. No obstante, en la actitud de Elizabeth hay un factor profundamente discordante: no parece sentir nada con las inyecciones, pero en muchos momentos y circunstancias se ha prestado a que la inyecten otros hombres: médicos, vecinos y hasta parientes políticos. Creo que ella de alguna manera lo disfruta además de saber que con eso me encela y concentra mi interés en ella. Yo se lo permito porque se que no va más allá de dejarse admirar las nalgas, lo cual me calienta sobremanera.

Fecha: 09/09/2008 17:41.

Autor: Anónimo
Noticias de Elisa

Este relato lo escribí a partir de la información que me dio Miriam, quien me dijo: la doctora se encuentra algo desubicada.

Elisa revisaba su agenda cuando sonó el timbre del teléfono, era Miriam la recepcionista, quien le dijo en el tono atento y respetuoso que le dispensaba no obstante la intimidad que tuvo con ella: doctora, es la chica de la farmacia, dice que viene a inyectarla. Está bien Miriam, que pase… no, mejor dile que me espere un momento, yo te llamo. Tomó su bolsa y entró rápidamente al baño. Se bajó el pantalón de color negro, la panty blanca, y se sentó a orinar, luego tomó papel se levantó separó las piernas y empinó las nalgas pasando el brazo por detrás de ellas. Se limpió cuidadosamente, accionó la palanca haciendo que el amarillo líquido desapareciera, luego dejó caer el pantalón y la panty hasta el suelo, tomó de su bolsa un desodorante íntimo en spray y se roció generosamente la zona púbica, el interior de los labios vaginales, la grieta trasera, el ano y toda la entrepierna. Mientras se peinaba esperó que el liquido aplicado se secara, luego cepilló su bello púbico para mejorar el aspecto. Se miró de cuerpo completo en el espejo que estaba adherido a la puerta, giró para observarse las nalgas, las palmeó un poco para provocarles cierto rubor, volvió a observarlas en varias poses y se vistió saliendo enseguida del baño. Colocó la bolsa sobre el escritorio, se sentó y tomando el teléfono avisó a la recepcionista que la señorita de la farmacia ya podía pasar, luego jaló su libreta de apuntes, cogió una pluma y esperó a que la joven llegara, para recibirla en una pose natural de trabajo, haciendo como que escribía.

Doctora, buenas tardes vengo a inyectarla. Sí Vicky te lo agradezco, pasa, sólo déjame terminar de redactar una frase. La joven, como de diecisiete años, delgada, bonita, muy agradable, se sentó en una de las sillas de visitante, sacó de su bolsa la jeringa, algodón y un frasquito con alcohol, los puso sobre el escritorio y esperó pacientemente hasta que Elisa remarcó el punto final de una frase absurda que no decía nada, se puso de pie, abrió el cajón izquierdo del escritorio y le entregó la ampolleta diciéndole: ¡Ay, qué nervios, trato de no pensar en el piquetote que me vas a dar, pero el miedo me pone helada! Mira cómo están mis manos, y aplicó sus palmas a las mejillas y el cuello de la chica, la cual se quedó muy seria.

Mientras la joven preparaba la jeringa Elisa se descubrió totalmente las pálidas nalgas y se acostó en el diván parándolas ostensiblemente y comentando: además, me da mucha pena exhibirme desnuda contigo, no me acostumbro a pesar de que ya me has inyectado varias veces, te veo tan formal y seriecita que me cohíbo a pesar de mis años, qué tontería ¿no te parece? La chica no le hizo caso, en ese momento estaba de espalda con los brazos en alto extrayendo las burbujitas de aire de la jeringa. Elisa la miró con aire de frustración, le recorrió con la vista todo el cuerpo centrando la atención en el torneado culo cubierto por el pantalón de corte vaquero. Hasta donde pudo, giró la cabeza para echar un vistazo a sus propias nalgas, se las palmeó con ambas manos para darles color y adoptó nerviosa la clásica posición para recibir las inyecciones acostada.

Vicky terminó de preparar el medicamento, dio media vuelta y se aproximó a Elisa diciéndole: doctora, para que no se apene le aclaro: no es necesario que se baje todo el pantalón, basta que se descubra una pequeña parte del glúteo que le voy a picar. Las suaves palabras de Vicky cayeron a plomo en el ánimo de Elisa quien se sonrojó y escondió la cara entre los brazos. No obstante, permaneció impávida no dándose por aludida, pero las nalgas se le contrajeron y se le pigmentaron de manera natural, estaba muy apenada. En eso se le vino una idea a la cabeza y le dijo a Vicky: me bajé el pantalón porque me siento bastante mal y quiero que me tomes la temperatura por vía rectal, el termómetro está en el cajón de la izquierda, cógelo por favor.

La joven buscó el instrumento pero no lo encontró, entonces le dijo: no está doctora ¿quiere que lo busque en otra parte? Elisa se quedó pensando, luego aclaró: ¡Ah qué tonta, me lo llevé a la casa el otro día! pero puedes tomarme la temperatura manualmente. ¿Cómo? Preguntó Vicky, la doctora respondió: ¡muy fácil! igual que la tomas de manera aproximada palpando la frente o el cuello de la persona, puedes insertarme tu dedo en el recto, donde se manifiesta mucho mejor el grado de calentamiento corporal, en el cajón derecho está el lubricante. La joven se quedó pensando, luego movió la cabeza y sonriendo pícaramente contestó: primero la inyecto doctora para que no se cristalice la sustancia, luego le tomo la temperatura rectal. Elisa respiró más tranquila.

A pesar de su corta edad Vicky es muy experimentada inyectando. Se aproximó resueltamente a Elisa, le buscó y le palpó con el dedo meñique el borde extremo del hueso pélvico y, a partir de esa referencia marcó cuatro dedos en horizontal colocando el pulgar en el sitio exacto donde debía picarla, le aplicó una certera nalgada y con la misma mano clavó la hipodérmica en el glúteo de manera instantánea. Es un procedimiento que la joven tiene muy bien dominado, tan espectacular en su realización que engaña la vista de quien lo observa, además de confundir al paciente, el cual con tanto manoseo no se percata del instante preciso en que sufre el piquete. A Elisa le encanta recibir de esa manera las inyecciones, pues el procedimiento no sólo le evita dolor, sino que le excita sentir que la engañan, la revuelcan simbólicamente, declarándose totalmente dominada. Cuando comprobó que ya tenía la aguja dentro del glúteo, gimió eróticamente y sus labios vaginales se mojaron. Mientras le inoculaban la densa y roja sustancia comentó voluptuosamente: perdona mi franqueza Vicky, pero la forma en que me dominas con tu indiscutible habilidad, hace que yo desee locamente tus inyecciones. Mantenía los ojos y los puños cerrados, suspiraba con excitación, paraba las nalgas y deslizaba su cabeza por la superficie de la cama.

Vicky no respondió nada, extrajo mecánicamente la aguja, frotó por un instante el sitio del piquete y, abriendo el cajón derecho del escritorio tomó el tubo de lubricante, lo destapó, se puso una cantidad generosa en el dedo central de la mano derecha y lo aplicó en el culo de Elisa, primero en pequeños giros sobre el remolinito y después insertándolo y haciendo girar sólo la puntita del dedo al interior del orificio anal. Elisa frotaba la cabeza, los brazos y las piernas en la superficie de la cama diciendo: Vicky, tus dedos son como de seda ¡qué delicia! La joven interrumpió bruscamente el devaneo de Elisa ordenándole ¡quédese quieta, le voy a meter todo el dedo! Y de un golpe se lo sumió completito moviéndolo con fuerza en todas direcciones, luego se lo sacó y le metió dos dedos juntos, siguió frotando, luego tres dedos, Elisa paraba cada vez más las nalgas, estaba totalmente fuera de sí, gemía y daba voces nada discretas. Entonces, sin dejar de estimularle el recto, Vicky le buscó el clítoris y se lo frotó con la otra mano hasta provocarle un orgasmo tan explosivo que el líquido vaginal le escurría por todas partes. Elisa se retorcía con la boca abierta, jadeando descontroladamente, como si se ahogara, luego se quedó muy quieta, como dormida, pronunciando palabras incoherentes y vagas.

Vicky abrió la bolsa de Elisa diciendo: voy a tomar el importe de la inyección, usted no tiene temperatura. Al no recibir respuesta cogió varios billetes y se retiró. Elisa estaba tumbada con las piernas bien abiertas, la entrepierna y los glúteos empapados, moviendo las nalgas, jadeando y balbuceando ¡vienes mañana, me inyectas, me coges…querida Vicky!

Fecha: 10/09/2008 23:28.

Autor: Anónimo
Para ti, querida Martha, donde te encuentres

Aunque ya había oído hablar de ella, la conocí en un relevante acontecimiento familiar: un tío muy querido de ambos estaba siendo homenajeado. ¡Cómo recuerdo esos momentos! Ella estaba en la fila de adelante, vestía un traje formal de color claro. El pantalón delgado y ajustado le traslucía una pequeña panty que no cubría ni la mitad de las nalgas, dejándolas tan desamparadas que se les podría inyectar sin mover de su sitio la prenda. Por unos instantes me ocupé en desnudar a la prima imaginariamente. Terminada la ceremonia vino el acostumbrado parloteo, me la presentaron, ella me trató de manera cariñosa, con ese estilo españolado que entrevera risas, besos, bromas, cumplidos y caricias, hablando siempre en voz bastante elevada. Era alta, de cabello corto rubio, ojos claros, guapísima, bien formada. En lo civil era madre de dos hijos ya separados de ella. A mayor información, era divorciada.

Poco después me habló por teléfono al trabajo, situación que me causó una gran sorpresa pero que ella me aclaró suficientemente: tenía amistad con un compañero mío que le proporcionó el número. Nos vimos un par de veces para comer, luego me invitó a conocer lo que llamaba “mi cuevita” un pequeñísimo departamento en el que vivía sola. No se cuántas veces estuve ahí antes de que ocurriera lo que les voy a contar, pero sí estoy seguro de que fueron muy pocas. Mi relación con Martha fue extraordinariamente explosiva y fugaz: “como una ola” tal cual.

Llegué a las 7 de la noche, recuerdo que mi prima vestía un conjunto que combinaba colores azul marino y rojo, se veía muy atractiva, le comenté que parecía un soldadito de plomo. Preparó bocadillos, me sirvió vino tinto y estuvimos platicando sabrosamente, al grado que dieron las 11 de la noche y teníamos cuerda para rato. Con su incuestionable simpatía Martha hilaba los temas de conversación espléndidamente. Estábamos sentados en un estrecho “love seat” sobre el cual modificábamos frecuentemente la postura para no entumecernos. Me dijo: quítate la corbata para que descanses y ella misma me la retiró cariñosamente. También me ofreció quitarme los zapatos, prestándome en consecuencia unas chanclas de baño bastante amplias que me ajustaron bien. Hecho esto me preguntó: ¿estás de acuerdo en que yo me ponga cómoda? Manifiesta mi absoluta aprobación, fue a la recámara y regresó ataviada con un camisón blanco que apenas le cubría la tercera parte de los muslos y que sentada con la soltura que me dispensaba, prácticamente me permitía observarle todo. En ese momento me percaté que algo bueno se aproximaba, pero me conduje con precaución.

Seguimos platicando, ella se revelaba cada vez más cariñosa y se me acercaba melosamente. Al calor del vino me animé a decirle que en particular sus labios eran singularmente bellos. Como respuesta, Martha me los aproximó dándome un beso corto y sonado en la boca, luego otro, luego muchos otros similares en cadena, como jugando, me decía que yo le gustaba. Aún así me contuve y seguí la conversación. Recuerdo que miré el reloj y le comenté: son ya las 12:20. Entonces exclamó: ¡qué bárbara, se me pasó la hora de la inyección! El corazón me latió muy fuerte y le pregunté ¿tienes que inyectarte? Sí, contestó, debí hacerlo a las 9 y se me va a juntar con la otra pues es cada 8 horas, me estoy curando una especie de alergia ¿te molesta si me la aplico ahora? No, para nada, al contrario ¿quieres que te lleve a un hospital o algo así? No, yo me inyecto sola, esa es otra de mis gracias. Le manifesté mi sorpresa y me contestó: hay quienes no se atreven a hacerlo, les da mucho miedo, pero a mí me resulta fácil ¿te gustaría verme? Le contesté: si tú no tienes inconveniente, pues sí, me gustaría verte.

Entramos a la recámara, me pidió sentarme en la cama, ella abrió su closet y tomó de ahí lo necesario. Me parecía un sueño ver a tan atractiva dama, que unos días antes ni siquiera conocía, compartiendo ese momento de gran intimidad conmigo. Lista la jeringa me entregó el algodón diciendo: tú vas a ser mi asistente de alcohol. Se tiró sobre la cama, se alzó el camisón y me pidió que le bajara la panty. Metí mis dedos por encima del resorte y al tacto de sus suaves y tibias nalguitas la deslicé hasta medio culo. Martha me corrigió: bájala toda, pues de otra manera no me ubico bien para encontrar el sitio correcto. Jalé más y pude admirarle completas las blanquísimas y apetitosas nalgas que me pusieron en completa erección ¡qué increíble momento estaba viviendo!

A partir de sus indicaciones le desinfecté el glúteo derecho, ella permaneció acostada en tanto el alcohol se evaporaba, luego llevó el brazo por detrás de sí y girando el cuello lo más posible seleccionó el sitio a pura vista y se punzó magistralmente el culo. Utilizando el dedo índice jaló y luego empujó lentamente el émbolo, la transparente sustancia entraba con suavidad en la mullida nalga que se estremecía eróticamente, mientras la singular enfermera-paciente expresaba un ligerísimo gemido, con los labios sutilmente despegados y los ojos semi cerrados. Extrajo la aguja y me di a la placentera labor de masajearle el puntito de la horadación. Mi deliciosa primita permaneció un rato tendida sin decir nada, asiendo con la mano derecha el picudo instrumento con que se había beneficiado y torturado. La felicité por su depurada técnica de auto-inyección y le dije: mereces muchos besitos, me incliné y le besé una y otra vez las inquietas nalguitas. Dio media vuelta, se sentó y me dijo: ponte aquí a mi lado para que estés cómodo. Quedamos los dos sentados con la espalda apoyada en la cabecera de la cama, me bajó el cierre del pantalón, cogió el pene y volteó para ver mi reacción. Le acerqué los labios e iniciamos una sesión de ardientes y prolongados besos.

Recordarte a ti preciosa Martha es evocar el instante preciso en que tiernamente me preguntaste: ¿quieres que sea tuya? Tan sólo intercambiamos miradas y señales explosivas que desataron la descomunal erupción volcánica. Te inclinaste y me mamaste ansiosamente el pene, luego te besé con avidez teniéndote encima de mí, acaricié tus nalgas, el clítoris y los suaves labios vaginales. Desesperada, me urgiste que te penetrara, te tumbaste de espalda, abriste las piernas, trascendí con mi pene tu incomparable nirvana vaginal. Jamás olvidaré la deliciosa fricción en suavidad, calidez y humedad, que nos produjo una descomunal hecatombe, en la que nuestros jugos fluyeron sin control alguno y se fundieron en un todo. Quedamos rendidos, jadeando, suspirando, abrazándonos con desesperación.

La postrera frase que tú me regalaste aquella noche acostados y entrelazados los dos en tu cama, la conservo y la evoco recurrentemente. Fue una dulce y estimulante reiteración: ¡qué rico, qué rico, qué rico!

Fecha: 12/09/2008 00:21.

Autor: Anónimo
Platiquen lo que piensan o qué les parecen los últimos relatos, de Ruth para acá. Si ustedes no escriben yo tampoco lo voy a hacer ¿cómo ven?

Fecha: 12/09/2008 22:47.

Autor: lector empedernido
Soberbio! Anónimo, ni se te ocurra dejar de escribir. Lo que sí me gustaría es leer alguna vez lo que sientes cuando te aplican inyecciones en la cola a tí. No puede ser que solo disfrutes con el dolor y la exposición de otros. Relátanos cómo imaginas el momento, el temor, vergüenza, dolor… en fin, lo que te suceda a tí. si lo que deben ponerte es una serie de intramusculares dolorosas,mejor; todos te haremos cariñitos virtuales luego de de los pinchazos.

Fecha: 17/09/2008 00:50.

Autor: Anónimo
Lector empedernido, te agradezco que me indiques tus puntos de calentura pero ya traté lo que me pides. Te recomendaría ver el relato titulado “Inesperada experiencia”. Sin embargo, tal vez en el próximo, te contaré algo más sobre inyecciones recibidas en mi propio culo. Por lo pronto voy a seguir el hilo que llevo.

¿Éxito o frustración?

La infidelidad es algo feo y peligroso, pero reprimirse también lo es. Pretender un buen equilibrio de estas dos situaciones exige ser muy tolerante y aceptar que navegamos en aguas de “toma y daca”. Cada quien sabe las que debe y no puede exigir al consorte que cumpla lo que uno viola. La solución es saber ganar y saber perder, pero sobre todo gozar y hacer gozar, enamorarse y enamorar, ser conquistado y conquistar, a la misma persona, reiteradamente, cada día. Cumplido esto, las breves escalas que efectuemos en islas ajenas podrían no ser tan graves, lo cual no implica que la parte afectada deje de pasarnos un día la cuenta, hay que aceptarlo. Elizabeth me ama como yo la amo, no hay mujer a quien desee tanto, pero los caprichosos enclaves del apetito sexual me han llevado a disfrutar de algunas otras damas, y no puedo condenar que lo mismo haya ocurrido alguna vez con ella.

En un momento de gran romance, de esos en los que ya no sabemos cómo halagar al otro, Elizabeth me confesó un día que había salido con otro hombre para compararnos, y que el resultado me fue muy favorable, que se convenció de lo mucho que me amaba. Surgió enseguida el personal sentimiento de culpa, cruzaron por mi mente las placenteras jornadas que por entonces yo tenía tanto con Ruth como con Martha, y sin mayor averiguación, minimizando los alcances de la expresión “salí con él”, me olvidé del comentario y opté por amar más a Elizabeth, disfrutarla y hacerla gozar sexualmente.

Pero quiso el destino que algunos años después yo tuviera referencias del hombre de quien ella me habló, el cual vino a saber de mí por un amigo de ambos, a quien le platicó que los dos “habíamos andado” con la misma chica. Aprovechando que el amigo común casi no sabe nada de mí, recibí su comentario diciéndole: ¡Ah si¡ por la época a la que tu amigo se refiere, ya se de qué chica pudiera tratarse, muy bonita ella por cierto. Y un día le saqué toda la sopa. Uriel (ese es el nombre del amigo suyo) ya le había platicado en detalle el encuentro que tuvo con mi mujer.

Uriel le contó que Elizabeth era una muchacha veracruzana muy guapa, de cuerpo sensual: busto mediano, cinturita estrecha, caderas y muslos vastos, nalgas redondas erguidas y amplias, de esas que al verlas te hipnotizan. Por las referencias comprobé que sí hablaba de mi esposa. Uriel continuó diciendo a su amigo: mentalmente yo la desnudaba, la poseía, supe que tenía novio y la ví con él varias veces, pero busqué la forma de relacionarme con ella. Un día me enteré que a veces acudía a que la inyectara Beatriz una amiga mía empleada de la farmacia cercana a su casa, de manera que estuve aguardando y presionando hasta que por fin se me presentó la gran oportunidad de espiarla. Mi amiga me llamó un día diciéndome: hoy inyecté a la veracruzana y va a venir mañana por su segundo piquete, si quieres contemplarla vente. Llegué a la hora convenida y Bety me indicó trepar a un estante que me permitía mirar por una rendija que daba al interior de la pequeña habitación trasera.

A los pocos minutos oí su voz y la vi entrar en el cuartito diciendo: “…y luego vamos a ir a la playa donde estaremos cinco días” en tanto se alzó despreocupadamente la pequeña faldita negra, se bajó la panty blanca hasta las piernas, también en absoluta confianza, y se acostó sobre el diván sin dejar de referir a Bety lo que pensaba hacer. Yo observaba embobado esos muslos redondos, firmes, y sobre todo esas nalgas que me impresionaron por su tropical belleza: eran amplias, erguidas, glamorosas, muy blancas, dignas representantes del carnaval jarocho. Bety preparaba la jeringa sin dejar de platicar y de reír con ella, luego se acercó, le frotó el glúteo derecho donde clavó de golpe la aguja, Elizabeth no emitió queja alguna, ante la pregunta ¿te duele? Contestó: no Bety, sólo me arde un poquito pero es soportable, y siguió platicando sus planes emocionada. La roja y brillante sustancia le entraba lentamente produciendo un casi imperceptible estremecimiento de la nalga. Yo veía la jeringa bien clavada en aquel soberbio culo, el émbolo que se precipitaba hasta el fondo haciendo entrar sin piedad la molesta sustancia en el cuerpo de la bellísima veracruzana, quien alzó de pronto la cabeza, movió con inquietud la pierna derecha y emitió una moderada queja: ¡Uuuhh, me arde mucho amiga! Pero la inoculación del líquido, felizmente para ella, ya había terminado, Bety le extrajo la aguja y le aplicó el algodón, yo estaba retorciéndome de excitación.

Después de la inyección, sin dejar de platicar, Elizabeth se levantó, se vistió lentamente y caminaron hasta el mostrador de la farmacia donde siguieron comentando, yo me fui detrás de ellas y salí, luego entré fingiendo llegar al negocio en ese momento. Bety me la presentó y en las siguientes semanas disfruté dos veces más el momento en que mi amiga la inyectaba, además la estuve tratando pacientemente, obsequiándola, ganándome su confianza y afecto, hasta que un día la invité a salir conmigo, primero no quería pero terminó aceptando. Fuimos a tomar café dos veces, en otra ocasión la llevé al cine y ¡por fin! aceptó acompañarme a una fiesta, donde cenamos, bailamos y tomamos algunas copas. Ella no dejaba de mentarme a su novio pero el agradable momento que estábamos pasando, el alcohol y mi eficiente labor de convencimiento, la fueron ablandando hasta que, ya camino a su casa, aceptó que fuéramos a un hotel.

Nos desnudamos, le acaricié voluptuosamente todo el cuerpo, mis manos recorrieron centímetro a centímetro esas deliciosas curvas que tanto la agracian. Llegamos al momento culminante, traté de ponerla de perrito para copular disfrutando visualmente sus extraordinarias nalgas, ella en principio aceptó pero al sentir la punta de mi tiesa verga, como que reaccionó y dándose la vuelta para asumir una posición de “sesenta y nueve”, me acercó su conchita a los labios y me empezó a acariciar tanto el pene como los testículos. Entendiendo que ella quería prolongar el juego erótico, le mamé con fruición el clítoris mientras ella ¡me masturbaba! Entonces le dije: ¡no, espera!, traté de detenerla pero no pude sobreponerme a tan deliciosa inercia. Sintiendo sus finos dedos que tallaban con extraordinaria suavidad mi excitadísima picha, teniendo a la vista esas nalgas frondosas, esculturales, que se erguían por encima de mi cabeza, y lamiendo con desesperación sus suaves labios vaginales, exploté lanzando al aire varias descargas de ardiente semen que cayeron en mis propias piernas.

Elizabeth se levantó, entró al baño, luego salió se vistió y me preguntó: ¿gozaste cariño? Pues sí mucho, le dije, pero no he tenido aún el goce supremo de penetrar tu deliciosa intimidad. Elizabeth respondió: ya será, no comas ansias, quiero que lo hagamos en otro sitio, me encantan los lugares tranquilos apartados, me resultan muy románticos. Acepté en principio sus términos, pero con el frustrante resultado de que no volví a verla. Cambió de domicilio, después supe que se casó y se fue a vivir a otro país.

Estimado Uriel, ahora que conozco en detalle el incompleto romance que llegaste a tener con mi mujer, siempre que copulo en pose de perrito con ella, te recuerdo afectuosamente. Observando las deliciosas nalgas de Elizabeth, que consumando la penetración de mi erecto falo, van y vienen, se estremecen y tiemblan, escuchando su agitada respiración, su incesante jadeo, asido a sus amplias caderas, acariciando sus elásticos glúteos, inevitablemente te recuerdo diciendo: esto es lo que tú no llegaste a tener Uriel, lo que ella finalmente no te dejó hacer ¡qué pena!

Fecha: 18/09/2008 21:06.

Autor: Lector empedernido
Es verdad, había olvidado ese relato. pero se ve que no fue suficiente.
Vamos, Anónimo! No te resistas que pensaré que tienes miedo de que pinchen el culete!

Fecha: 18/09/2008 23:11.

Autor: lector empedernido
Querido Anónimo: Me quedé pensando en que no es justo que te pida que te quedes con la cola al aire para que te la pinchen delante de todos nosotros. Creo que hay que dar el ejemplo, por eso va una historia vivida en carne propia. UFF, sólo de recordarlo me duele….

Primer Día
Fui a ver al médico de mi familia porque últimamente no me he sentido del todo bien. El Dr. González ha sido el médico de mi madre y mis tías desde que yo recuerdo. Él es a quien se consulta por cualquier problemita médico que haya en la familia. Es un tipo bastante grande, muy amable y tranquilo que me conoce desde que era pequeño.
Cuando le cuento de mi malestar me hace un montón de preguntas sobre mi estilo de vida, cuántas horas trabajo, si me alimento bien, cómo duermo, si hago actividad física. Fallo en la mayoría de las respuestas; evidentemente mi vida necesita un poco de orden.
Luego de examinarme concienzudamente, me hace una orden para un montón de análisis. Diciéndome que cuando los tenga vuelva a verlo, me despide mandándome saludos para mi madre.
A la mañana siguiente, me levanto temprano y salgo sin desayunar con la excusa de que tengo que ir a sacarme sangre. Pero en realidad, no soy demasiado ordenado y la mayoría de los días no desayuno. A veces tampoco almuerzo, la paso todo el día tomando café y cuando llego a la noche a casa estoy tan cansado que no tengo ganas de cocinar ni comer, así que en general como cualquier pavada y a dormir.
Supongo que este ritmo de vida está teniendo sus consecuencias. Veremos qué dice la analítica.
Varios días después, cuando casi me había olvidado de todo esto, recibo una llamada de mi madre recordándome que esa tarde estarían los resultados de mis análisis y que no olvidara pasar por ellos. Ella se encargaría de pedir hora al Dr. González para que viera los resultados.

Cuando llegué al consultorio casi no tuve que esperar, ni bien me senté en la sala de espera salió del consultorio una señora y ya era mi turno.

Me senté y le entregué al médico los estudios. Los leyó atentamente y me dijo:
- Tal como suponía, lo que tienes es una anemia importante. Vamos a hacer dos cosas. Primero, conversar sobre tus hábitos.
Y ahí empezó una reprimenda que duró casi 15 minutos acerca de la importancia de alimentarse adecuadamente, dormir bien, hacer actividad física……
- La segunda cosa, como solía decir tu abuela es “Lo que no entra por la boca……”.
Me acordé inmediatamente del dicho que le había escuchado a mi abuela tantas veces de niño y que nunca había terminado de comprender.
- Te voy a recetar unas (antes de que terminara la frase, todos mis temores se hicieron realidad. Ya sabía lo que seguía) inyecciones de vitaminas.
Mi cara debe haber sido bastante expresiva porque se rió y siguió.
- Me conoces hace muchos años y sabes que no soy afecto a recetar inyectables a menos que sean estrictamente necesarios.
Era totalmente cierto. Casi no recuerdo que durante mi infancia me haya hecho aplicar inyecciones, aún cuando mi madre le pedía permanentemente que me diera vitaminas e incluso, como no me gustaba tomar remedios, le pedía que me diera los antibióticos en inyección. Ël siempre había cuidado mi trasero de los deseos de mi madre de hacérmelo pinchar.
- Vamos a hacer una serie de 10, repetimos los análisis de sangre y luego veremos cómo seguimos. Pero te advierto que a menos que no empieces a alimentarte correctamente, sobre todo consumiendo lo que te he puesto en la lista, te pasarás la vida bajándote los pantalones para el pinchazo. Tu anemia es severa, y no puedes seguir de este modo. El tratamiento es así: las inyecciones son intramusculares, es decir, se ponen en la nalga (me lo aclaraba como si fuera idiota, no se si creía que no entendía o disfrutaba a medida que mi rostro se iba transfigurando). La aplicación debe hacerse profunda y lenta ya que el líquido es bastante espeso. Te advierto que duelen, pero ni sueñes con no aplicártelas porque de lo contrario tu condición empeorará y el tratamiento deberá ser cada vez más agresivo. Te pondrás una cada día, por lo menos por ahora, cambiando de nalga. No vayas a una botica, consigue a alguien de confianza que vaya a tu casa y te la aplique acostado boca abajo y tomándose todo el tiempo necesario. Nos vemos luego de esta primera etapa de tratamiento.

Dios mío! Era claro que esto seguiría por más de 10 días. Me tendió la mano y le agradecí tartamudeando. Salí del consultorio en silencio con la receta en la mano, resignado a poner la cola para que me la pinchen no una ni dos, sino diez veces; y probablemente más. No conozco a nadie que aplique inyectables en el barrio así que no me queda más remedio (qué buena frase dadas las circunstancias!) que decirle a mi madre lo que ha dicho el doctor y pedirle el teléfono de alguna enfermera conocida. Seguramente tendría que soportar otra reprimenda, que siempre te lo digo, que no comes como es debido, que desde niño digo que hay que inyectarte vitaminas, que por fin el Dr. González reconoce que tengo razón……. Eso si además no quiere venir a acompañarme cuando venga la enfermera.
Mientras camino hacia mi casa, voy imaginando la escena. Timbre, enfermera vieja sonriendo en la puerta como si no pasara nada. Desde luego, a ella no le pasa nada, al que le pasará es a mi culo. Le indico dónde está el dormitorio. Le doy la caja de medicamentos y vuelve a torturarme con que debería alimentarme mejor para evitar esto y con lo dolorosas que son. Veo todo el proceso de preparación, la mezcla del polvo con el aceite, la gota que sale de la enorme aguja para sacar todo el aire……

- Bueno, a ver esa cola……

Me acuesto tembloroso boca abajo mientras me bajo la ropa. Ya con el culo al aire siento cómo se hunde la cama cuando ella se sienta en el borde al lado mío. Me pasa el alcohol por el glúteo derecho, instintivamente lo aprieto, me da una palmada seca y sonora mientras dice: “aflojá que así no se puede”. Intento relajar el músculo pero me cuesta controlar el miedo que siento. Me da otra nalgada y ZAZ, la aguja hasta el fondo. Tengo ganas de gritar pero me muerdo la lengua. No es tanto lo que ha dolido el pinchazo, pero la impresión es horrible. Hacía tanto que no me daban una inyección intramuscular que no recordaba que la aguja se sintiera así. La escucho decir: “Ahora sí aflojá bien que va el líquido y duele”. Empieza a apretar y casi no puedo aguantarme de pegar un grito. Aprieto fuertemente la almohada tratando de mantener flojita la cola, pero me cuesta. El maldito medicamento sigue entrando sin prisa pero sin pausa provocándome un dolor casi insoportable. Me acuerdo del médico y de todas las mujeres de su familia. Al rato, que me parece eterno, por fin siento que la aguja sale de mi carne. Pero casi no hay alivio, el glúteo me sigue doliendo y seguirá así por bastante tiempo. Lo terrible es que cuando empiece a sentirme mejor, me lo volverán a pinchar y como está sensible, será peor. Además, ahora que se lo que me espera, no se si podré relajarme debidamente.

Para cuando llego a mi casa, estoy aterrorizado. Debo admitir que se me cruzó la idea de no llamar a una enfermera, no ir a comprar las ampollas y no darme nada las inyecciones, pero también recordé la amenaza del médico de que sería aún peor.
Tomé coraje y llamé a mi mamá para pedirle el teléfono de la enfermera. Luego de 10 minutos en los que en lugar de darme ánimos me dijo que me lo tenía merecido, obtuve el número de una cerca de casa. La llamé y le expliqué en qué consistía el tratamiento. Quedamos que vendría cerca de las 7 de la noche, pero lo que me dijo me llenó de temor (si cabía más): “Iré al anochecer así luego puedes quedarte descansando en tu casa”.

Lamentablemente, salvo que la enfermera no era una vieja, sino una agradable señora de cuarenta y pico, todo lo demás fue tal y como lo imaginé.

Recién me ha puesto la primera inyección, pero ya he reconsiderado mi estilo de vida. Esta mañana, medio cojeando por el dolor en el glúteo, he ido al super: ya compré espinacas, lentejas, hígado y un suplemento dietario de hierro. Si logro sobrevivir a esta serie de 10 pinchazos, no quiero recibir ni uno más.

Fecha: 20/09/2008 00:00.

gravatar.comAutor: Fer
Espero que esta espontánea cadena de relatos no se corte y continúe, realmente hay piezas muy buenas.
Os felicito a todas y todos.
Saludos
Fer

Fecha: 20/09/2008 11:18.

Autor: Lector empedernido
Vamos!, anímense a contar sus experiencias! Seguramente a todos les deben haber pinchado la cola, y a muchos más de una vez. Acá la continuación del tratamiento:

He sobrevivido al primer día de tratamiento. He sobrevivido pero a duras penas. Luego de ir al super, he ido a la oficina y he tenido que tener cuidado al sentarme porque ni imaginan lo que me duele el cachete pinchado anoche.

Estuve todo el santo día con la cabeza en el pinchazo de esta noche y he tenido que hacer varias cosas más de una vez porque estoy muy distraído.

Cuando llegué a casa, acomodé un poco, puse a cocinar las lentejas, aunque no me gustan mucho son buenas en hierro. Ya veré cómo las bajo. Mientras buscaba alguna receta para prepararlas sonó el timbre. Llegó la hora de volver a poner la colita a disposición de esa encantadora señora que me la pincha.

Siempre la misma historia. Sonríen como si todo estuviera fenomenal y a uno están por hacerlo sufrir como a un condenado. Entiendo que ellas están acostumbradas, ponen montones de inyecciones por día y ya es rutinario: preparar el medicamento, culo al aire, pinchazo, saludo y hasta mañana. Pero deberían ponerse un poco más en los zapatos del pobre paciente para quien esto no es pura rutina. Son mis nalgas las que se exhiben, reciben el piquete, se llenan de un espeso y espantoso líquido y quedan doloridas por horas y hasta días. Un poco de compasión no estaría nada mal.

Mientras pienso todo esto ella ya está preparando la maldita jeringa. Yo no puedo evitar mirar todo el proceso anticipando lo que vendrá. Cuando termina me mira y dice:
- ¿Todavía no estás listo?
(No, no estoy listo! No quiero que me pinchen la cola! Duele! No me gusta! Tengo miedo!). Pero en lugar de decir todo eso, mansamente me acuesto y me bajo el pantalón y los canzoncillos.
- A ver cómo está la de anoche- dice apretándome el lugar del pinchazo y haciendo que vea las estrellas- Está bien, un poquito duro pero es normal, este medicamento tarda en absorberse, por eso duele tanto.
Y mientras me pasaba el alcohol por la otra nalga agregaba: – Pero es excelente, vas a ver cómo te sientes mejor después de esto.
Y sin decir agua va, me palmeó y ya tenía la aguja otra vez clavada. Nuevamente apreté el glúteo, creo que nunca me acostumbraré a esto.
- Vamos, flojito. Con lo bien que te portaste ayer……
¡Qué ganas de insultarla! Digan que soy un caballero, pero que no se exceda porque todo tiene un límite. Sin embargo, debo reconocer que ella es muy paciente. No comenzó a inocular el líquido hasta que no vio que el músculo se iba relajando. De todos modos fue un sufrimiento atroz. El medicamento quema, duele, no se cómo describir la sensación. Y encima es muchiiiiiiiiiiisimo. ¡Ánimo que sólo faltan 8!

Cuando termina, retira la aguja y me da dos palmaditas en la parte más baja del cachete, cuidando de no tocarme el lugar del pinchazo, para indicarme que ya está.
- No te preocupes, quedate así descansando un ratito que yo se dónde está la salida…. Nos vemos mañana.

Desgraciadamente nos vemos mañana y mi culete tendrá su tercer encuentro cercano…..

Fecha: 22/09/2008 17:32.

gravatar.comAutor: Don Miguel
Vaya! Y pensar que escribí ese relato, basado en un caso de la vida real que me tocó pasar. No pensé que iba a inspirar tantos otros en este género. En todo caso, me agrada saber que haya tantas personas que disfruten de este tipo de fetiche. Saludos gente linda,
Don Miguel

Fecha: 22/09/2008 18:08.

gravatar.comAutor: Don Miguel
Pero, qué despistado! Me refería, en todo caso, al primer relato de esta sección: Nalgadas de personas más jóvenes a personas mayores. Ya son casi 3 años de cuando compartí ese recuerdo y vaya que se había andado algo en el transcurso. Saludos, gente linda.
Don Miguel (thebestspanker@yahoo.com)

Fecha: 22/09/2008 18:12.

Autor: Anónimo
La razón por la cual no me interesa contar nada acerca de inyecciones en mis propias nalgas es la mala experiencia que tuve al respecto y que les comparto a continuación.

Juego sucio y peligroso

¿Recuerdan cuando a petición de Elisa piqué a la ardiente Alma con aguja chata? Pues yo pensé que debido al postrer sacrificio de la autora intelectual del atentado (cuando ella misma se recetó y me hizo aplicarle también un piquete chato) había quedado satisfecha su hermana. ¡Sorpresa que me llevé luego!

Un día me invitó Elisa a pasar el fin de semana en la casa de campo de su familia. Acudí gustoso en busca de tranquilidad pero al llegar nos recibió Alma que, como saben, es muy inquieta. Los tres estuvimos platicando durante la cena, luego caminamos por el jardín, regresamos a la cocina para tomar café y terminamos viendo una película de Tinto Bras.

En eso Alma, aparentemente en broma, dijo a su hermana: ahora que estamos solos ¿por qué no agarramos a tu amigo y nos vengamos de los piquetes chatos que nos propinó a las dos en la cola? Me parece bien, contestó Elisa, él sabe que nosotras sufrimos el duro castigo y, como caballero que es, lo menos que puede hacer es sufrir la misma pena. Desde el principio me di cuenta que no bromeaban y que querían solazarse a mis costillas. Les pedí que depusieran su malévolo plan diciéndoles: ¿por qué perder el tiempo en eso teniendo todo a nuestro favor para disfrutar los tres de una suculenta y descomunal velada? Elisa, la supuesta puritana, preguntó de inmediato: ¿a qué tipo de disfrute te refieres? y Alma, de un estilo más liberal que su hermana, sin disimular sus fogosas intenciones le dijo: no te hagas, quiere divertirse con nosotras y yo estoy de acuerdo, a eso vinimos (Elisa la miró con ojos agresivos) pero la experiencia le va a costar, así que primero nos afloja el culo.

Concretamente ¿cuál es tu plan? le pregunté. Alma me explicó muy bien: se trata de que juguemos a ser dos competentes enfermeras las cuales tratan a un paciente delicado y le aplican los remedios que requiere. Danos eso a cambio de los dos piquetes con aguja chata que nos debes. Para hacerla repelar, envalentonado contesté. Les devuelvo a las dos lo que les debo, pero no me prestaré a que me utilicen como su juguete. De acuerdo, insistió ¿es tu última palabra? como la oíste, querida Alma. Pasé al baño y mirándome en el espejo me dije: espero que no duela tanto…luego me tranquilicé pensando: si ellas lo resistieron ¿por qué yo no? y salí dispuesto a que me inyectaran en esa forma para demostrarles que no me asustaban.

Las dos estaban sonrientes, Elisa llevaba las jeringas, Alma las ampolletas, entramos en la recámara y me ordenaron desnudarme el culo. Esperé a que Elisa preparara todo, pero cuando se disponía a cortar la punta de la aguja me entraron los nervios, así que evitando ver aquello, me descubrí las nalgas y me acosté sobre la cama. Alma me dijo: a ver si eres tan valiente como piensas. No respondí nada. Sentí los suaves dedos de Elisa que me desinfectaron cuidadosamente el glúteo izquierdo, me relajé lo más que pude.

Estaba concentrado pensando en el campo, los árboles, en los peces multicolores que zigzagueaban en las aguas del hermoso lago, cuando de pronto sentí una pavorosa estocada, una especie de rayo fulminante, un espeluznante schock en todas las fibras nerviosas de mi cuerpo. Mi cerebro golpeó el cráneo, fue como un golpe de knock out, sentí desvanecerme, grité a todo pulmón: ¡Aaaayyyy, no por favor, me descuartizas! Y sin pensar me contraje adoptando la posición fetal, lo cual me produjo un dolor aún más intenso. Elisa gritó: ¡No hagas eso, quédate quieto! No modifiqué mi postura, tenía la aguja sesgada perforando el glúteo en dos o más direcciones, me atormentaba cualquier movimiento, las lágrimas brotaron de mis ojos como chisguete. Elisa pidió a su hermana: corre por el agua oxigenada, tenemos que pararle la hemorragia. Me puso un enorme trozo de algodón, pero al tocarme el sitio yo gritaba desesperado pues sentía que me rasgaban la carne. Me aplicó el agua en chorro, intentó mover la jeringa pero ésta se desprendió dejándome toda la aguja enterrada, la sangre me escurría en gruesos hilos. Elisa pataleaba de impotencia. Gritó: ¡mira lo que hicimos hermana necesitamos llamar a un médico! Eso fue lo último que oí. Vi que Alma salía corriendo del cuarto y me desvanecí.

Cuando desperté oí varias voces, un médico como de cuarenta años ordenaba a su ayudante, una joven enfermera, que preparara dos ampolletas más. Yo estaba nalgas arriba con una almohada debajo del cuerpo, me estaban aplicando una serie de inyecciones con aguja corta, en varias partes del glúteo, intuí que se trataba de anestesia. Permanecí callado, me tapaba la cara, no quería que me vieran. No se con precisión cuántas veces me picaron pero fueron muchas. El doctor se sentó pacientemente sin decir nada, luego, acercándose me picó la nalga y me preguntó ¿sientes algo? Sí, ligeramente, le dije. Esperó como diez minutos más, volvió a levantarse, me punzó nuevamente con una aguja preguntando ¿sientes algo? No, ya nada, fue mi respuesta. Siguió preguntando mientras me picaba cada vez con mayor fuerza la nalga, pero ésta se encontraba insensible.

Estuvo trabajando con el bisturí, creo que se le dificultó bastante la extracción pues la aguja vino a quedar en horizontal. A pesar de la anestesia yo sentía dolor, pero traté de no externarlo pues el suceso por sí mismo me causaba bastante pena. Finalmente el doctor me insertó con fuerza unas pinzas haciéndome gritar desesperado, pero extrajo con ellas la aguja chata. Estuvo inspeccionándola cuidadosamente y, viendo fijamente a las dos hermanas les preguntó muy serio: ¿por qué utilizaron esta aguja totalmente despuntada? Ellas se miraron entre sí, evitaron ver al doctor y permanecieron calladas. Después de darme seis puntos de sutura, el doctor me inyectó los dos glúteos, extendió la receta, determinó los cuidados que debía recibir en los siguientes días, y seguido por Alma se retiró. La venganza de mis amigas estaba consumada pero indudablemente se les pasó la mano. En mi oportunidad yo corté tan sólo la parte más aguda de la aguja para inyectarlas, pero ellas retiraron la punta completa.

Elisa permaneció a mi lado muy apenada, no sabía qué decirme, me estuvo cuidando con esmero, me hacía la curación prescrita cada seis horas y me inyectaba cada ocho horas en la misma nalga, la derecha, pues la izquierda estaba inutilizada. Cada vez era más angustiosa la aplicación. Una vez me inyectó durante la noche, yo dormía de lado descansando invariablemente sobre el glúteo derecho pues el otro estaba demasiado lastimado. Me pidió ponerme boca abajo, me bajó la trusa y desde que me frotó la nalga con el algodón sentí una fuerte punzada. Al clavarme la aguja el dolor se volvió terrible, grité y lloré como nunca lo hice de niño cuando me inyectaban, la sustancia me producía un terrible escozor como si por dentro me estuvieran quemando. Al terminar, Elisa se arrodilló en el suelo apoyando la cabeza y los brazos en mi espalda y rompió a llorar encima de mí con la misma amargura que yo lo hacía. Me gritaba ¡perdóname, por favor perdóname, me siento muy apenada! Estuvimos así un buen rato hasta que poco a poco los dos nos fuimos calmando.

A partir de ese momento nos sentimos más tranquilos. El deplorable estado en que se encontraban mis pobres nalgas nos llevó a decidir que las últimas cinco inyecciones me las aplicara una enfermera en los muslos, de manera alternada. Ese fue el final de una “travesura” que a Elisa, Alma y a mí nos hizo pensar muy seriamente acerca de los límites que debe tener el juego erótico, por estimulante que este sea. En aras de satisfacer el morbo y dejarnos llevar por la calentura, había ocurrido algo grave y estábamos exhibiendo nuestra inmadurez.

Fecha: 30/09/2008 19:47.

Autor: Lector empedernido
Anónimo, qué experiencia terrible! Comprendo tu pena de contarlo Espero que hayan aprendido a ser buenos y cuidar al compañero.

te recuperaste bien?

Fecha: 01/10/2008 16:39.

Autor: lector empedernido
Aquí va la tercera entrega de mi terrible tratamiento de vitaminas inyectables.

Tercer día

Ya no encuentro forma de sentarme. Ayer me arreglaba porque con un solo lado dolorido, me apoyaba más en el otro. Pero hoy…….. ¡¿cómo llegaré al décimo?!

Mi cerebro ha decidido no seguir meditando sobre el momento en que me pinchan las posaderas. No hay nada que imaginar, él y yo tenemos claro cómo es el proceso. Ahora se dedica a elucubrar sobre las experiencias de las enfermeras cuando están al otro lado de la aguja.
¿Sentirán que es tan rutinario poner una inyección cuando son ellas las que ponen la cola?
¿Cómo controlan el miedo si, como enfermeras, saben que lo que les aplicarán duele?
¿Cómo elegirán al practicante que ha de ponérselas?
¿Qué posición prefieren? ¿Se acuestan boca abajo? Ciertamente es una posición horrible. Entiendo que es la posición en la que se puede relajar más la nalga, pero uno se siente totalmente a merced de ese verdugo. Es una posición humillante.
¿Qué hacen si les duele? ¿Lloran? ¿Gritan? ¿aguantan valientemente?
Vi en mi mente miles de imágenes, por supuesto en ellas todas las inyecciones eran dolorosas. No es cuestión de que sufra sólo yo. No hubiera tenido gracia que a mí me duela y ella no.

Decidí que esta noche trataría de imaginarla a ella en mi lugar mientras me ponía la inyección, vería si distrayéndome lo soportaba mejor.

El momento se va acercando y mi ansiedad va subiendo. Hoy ya toca pinchar en un lugar pinchado, espero poder soportarlo.

Fecha: 03/10/2008 19:01.

Autor: Anónimo
Marcelita Limón

Pues sí, la más reciente vivencia que les expuse me dejó muy pocos deseos de volver a exponer el físico para acrecentar el juego erótico. La cosa salió muy mal y tuve que padecer una lenta recuperación. Así es esto, se puede ganar o se puede perder, es cuestión de suerte y del entorno en el que uno se mueva.

Algo distinto me pasó cuando tenía quince años y vivía en el piso primero de un edificio con varios cubos de luz, de esos cuya única vía de acceso son las ventanas de los departamentos alineados a ellos que se encuentran en la planta baja. El piso de mi departamento era techo del que ocupaba una dama como de treinta años que se llamaba Marcela Limón, una morena clara muy guapa de quien no sabía yo nada, salvo que a veces la visitaban algunas personas, tal vez sus familiares, así como una amiga de su misma edad y un hombre malencarado algo mayor que ella, con el cual salía a pasear los sábados.

Aquellos oscuros y sórdidos cubos eran una copiosa fuente de chismes y de entrometimiento en la vida de los demás y, la verdad, yo no me sustraje a ese horrible contexto pues, aunque lo hubiera querido, no podía ignorar algunas escenas que me provocaron tentación, como la que procedo a relatarles. Resulta que una noche cuando ya iba a dormir apagué la luz de mi recámara y al disponerme a correr la cortina vi que en la cocina del departamento de abajo estaba Marcela con su amiga, lo cual es muy normal, pero no tanto el hecho de que la primera tenía a la vista la pantaleta y el brassiere debido a que portaba una batita totalmente abierta por delante. Retiró algo del fuego, dio la vuelta seguida por su amiga que llevaba en las manos ¡una jeringa! apagó la luz y salieron de la cocina. Me latió con fuerza el corazón y corrí a la cocina de mi departamento aprovechando que era ya tarde y mis padres dormían. Desde la cocina se veía la ventana del cuarto de Marcela, se encendió la luz, vi a las dos jóvenes, Marcela se sentó en la cama, indudablemente iba a ser inyectada. Su amiga caminó hacia la ventana y cerró la cortina así que no pude ver nada a pesar de que había varias rendijas en la cortina por las que, de haber estado en el cubo, abajo, hubiera podido espiar tan erótica escena.

Lo anterior me despertó terriblemente el morbo, de manera que los días siguientes estuve atento por las ventanas si bien con poca esperanza de hacer algo en caso de que la escena se repitiera. Pero nuestro quehacer es pensar, observar y actuar, así que percatándome que los macizos tubos del drenaje de los baños estaban colocados en el exterior, comprobé que era posible atar una soga en ellos y descender hasta el cubo aprovechando algunas salientes que facilitaban el apoyo de los pies. De manera que adquirí la soga e hice varios ensayos que resultaron exitosos.

Una noche, al regresar a mi casa me encontré en la puerta del edificio a las dos bellas damas que también llegaban, lo cual me puso en guardia. Estuve atento desde la recámara y las vi preparar su merienda en la cocina, luego lavaron los trastos. Finalmente tomaron de la gaveta algunas cosas entre las cuales pude divisar algunas jeringas y salieron las dos apagando la luz ¡Por fin, mi oportunidad tan esperada! Corrí al baño, até la soga y me descolgué aprovechando que en el cubo reinaba la oscuridad. Me oculté en un recodo de la pared hasta que la amiga se acercó y cerró la cortina de la ventana, pero comprobé que ésta no sellaba en ninguno de sus extremos, lo que me permitía ver gran parte de la habitación, en particular la superficie de la cama que era de tamaño matrimonial.

Marcela se alzó la bata, bajó totalmente su panty y se acostó despreocupadamente, mientras su amiga ultimaba detalles con la jeringa, luego se acercó, palpó las amplias, respingadas y bronceadas nalgas, cuidadosamente, cariñosamente, haciendo que mi vecina se estremeciera. Le desinfectó el sitio seleccionado y clavó la aguja con firmeza. Marcelita abrió la boca, cerró los ojos y se estuvo quejando sensualmente hasta que terminaron de inocularle la oscura y densa sustancia. Su amiga le extrajo la jeringa, la colocó sobre el buró y se acostó abrazando a la bella paciente, besándole las mejillas y acariciándole las deliciosas nalgas.

Mi desconcierto surgió cuando Marcela se puso de pie, tomó a su vez una jeringa y la preparó, mientras su amiga se levantaba el vestido, bajaba su pequeña panty y se acostaba. Mi pene estalló emitiendo un grueso chisguete de semen cuando vi que la aguja horadaba con fuerza esas nalgas también amplias y muy bien formadas, que temblaron y se fruncieron de dolor, al tiempo que la chica gritaba, se contorsionaba y agitaba la cabeza haciendo que el rizado cabello castaño se le dispersara en la espalda.

Enseguida las dos jóvenes se desnudaron, se abrazaron, y se revolcaron en la cama acariciándose mutuamente las nalgas, la vagina, los senos y la cara, en tanto juntaban sus lenguas y se besaban. Marcela se puso de pie, tomó un consolador y se lo incrustó en la vagina a su amiga puesta de perrito, hasta que ésta experimentó un explosivo orgasmo que la hizo agitarse violentamente y quedar tumbada inmóvil, con la respiración muy agitada.

Luego Marcela se tumbó boca arriba elevando las piernas para apoyarlas en la cabecera de la cama. Su compañera se acostó encima de ella quedando las dos en posición 69. La amiga metió su cabeza entre las piernas de mi vecina y, mientras le succionaba la vagina y el clítoris, le estimulaba el orificio anal con un grueso dildo, hasta que oi los gritos descompasados, desesperados que antecedieron el violento orgasmo de Marcela, que le hizo abrir todo el cuerpo, gritar y quedar totalmente desmadejada.

Yo estaba desesperado, quería masturbarme, me saqué el pene y empecé a frotarlo pero en ese momento sucedió algo inesperado. Se encendió una luz muy intensa en el departamento que hacía escuadra con el de Marcela, haciendo que mi silueta se dibujara en la ventana de ésta. Me percaté que la amiga vio y reaccionó en consecuencia, apagó la luz corrió a la ventana y abriendo violentamente la cortina me sorprendió con el pito en la mano, digamos que en completa flagrancia. Yo me di por muerto pero Marcela se acercó diciendo: espera, es el niño de arriba y refiriéndose a mí preguntó: ¿viste todo amiguito? pues te invito a pasar para negociar los términos de tu rendición. Me abrió la ventana, entré por ella y me hicieron una nueva pregunta: ¿quieres ser un chismoso o empezar a ser hombre y participar en nuestro juego? Yo estaba muy nervioso, pero al ver esos cuerpos tan bellos, esas nalgas extensas y paradas, los senos de mujeres maduras en plenitud muy bien formadas, les dije que me perdonaran y que me parecía muy bien su propuesta, prometiéndoles mi entera discreción. Marcela me dijo: mi novio es policía secreto, sumamente violento, si tú comentas algo de esto te va a matar. Yo le prometí mi silencio incondicional.

Se reanimaron bruscamente, me desnudaron, Marcela me colocó en sus piernas, me estuvo acariciando las nalgas y me inyectó, luego las dos me mamaron el pito chupeteándolo alternadamente. A mis quince años no lo tenía muy grande, pero mi edad y complexión relativamente menuda les aceleró vertiginosamente el morbo. Marcela se tumbó y me puso encima de ella para que la penetrara mientras que Mireya (así se llamaba la amiga) me penetraba el culo con sus dedos y después con un dildo pequeño. Eso a mí no me gustaba pero la dejé para que se calentara, inclusive fingí sentir cierto placer. Mi excitación era muy grande al sentir mi verga ceñida por las paredes de esa deliciosa cuevita tan suave, húmeda y calientita que me hacía temblar y jadear involuntariamente. Llegué al punto más álgido cuando oí a mi amante gritar de placer. Estando a punto de venirse me abrazó con todas sus fuerzas y me dio unos chupetones en el cuello, que se me quedaron marcados por varios días. Me corrí abundantemente mientras besaba los suaves labios y chupaba con deleite la lengua de Marcela.

Me dejaron descansar por un rato, luego Mireya me empezó a acariciar de nuevo el pene, lo chupó con desesperación haciendo que se parara. Fue a colocarse en pose de perrito y me indicó que la penetrara. A mí me parecía soñar cuando estaba frente a esas nalgas grandotas, anchas, firmes, de mujer mayor, que nunca imaginé tener a mi disposición siendo casi un niño. Mi segunda amante era bastante estrecha lo cual hizo que me encendiera rápidamente. Marcela me acariciaba con gran maestría los testículos y regulaba el ritmo de mis embestidas a esa deliciosa vaginita que en pocos minutos me hizo lanzar hasta tres violentas descargas que Mireya celebró con largos y agudos gemidos. Fue una experiencia increíble que no llegó a repetirse. Nunca más volví a ver a Mireya, no se qué fue de ella.

A Marcela sí la seguí viendo en la calle pero jamás me volvió a hablar ni a mirar, pasaba muy seria ignorándome. A veces la acompañaba su novio de quien yo me cuidaba mucho pues no quería que se fuera a enterar de lo que había ocurrido. En una ocasión que él se encontraba con Marcela en el departamento, vi que entraban los dos en la recámara y me atreví a bajar al cubo para espiarlos. Acercándome a la ventana comprobé que estaban desnudos cogiendo. Él encima de ella, aplastándola. Tenía una verga descomunal como de 25 centímetros de largo, un enorme chorizo gruesísimo que entraba y salía a manera de serpiente boa, de la delicada vaginita de mi ex amante, a quien la intromisión de tan titánico miembro la hacía temblar, estremecerse y gritar con verdadera desesperación.

Después del coito, adolorida, sudorosa y afiebrada, quedó inmóvil, como muerta, con la boca totalmente abierta, los ojos desorbitados, despatarrada, luego la vi suspirar, resoplar, frotarse la cara y el pelo, como si volviera en sí tras haber sufrido un violento accidente. Él se puso de pie y caminó hacia el baño, sonriente, con la enorme verga chorreando cantidades impresionantes de un grueso y pastoso esperma de color amarillo-blanco, que Marcela tenía embarrado en los labios vaginales, las piernas, el pubis, el vientre y ¡hasta en los senos! Comprendí por qué ya no requería mis modestos servicios.

Fecha: 08/10/2008 00:28.

Autor: Anónimo
Marcela Limón (segunda parte)

Pocos días después estando ya acostado oí claramente que Marcela gritaba y se quejaba. Me levanté corriendo, con la celeridad que pude corrí hasta el baño y bajé al cubo para asomarme por la ventana de mi vecina, a quien el salvaje de su novio tenía semidesnuda y puesta de perrito sobre la cama para insertarle su monstruosa verga por el culo. Marcela hacía todo lo posible para impedírselo y le suplicaba: ¡no Mario, por favor suéltame, me lastimas! Ignorando su petición aquel gorila la sujetaba con fuerza de las caderas y le decía: ¡te aguantas, yo puedo darte por donde se me pegue mi chingada gana!

Vi cómo le introdujo la cabeza de su descomunal miembro haciendo que Marcela emitiera un terrible chillido y que todos los músculos de su cuerpo, incluyendo los faciales, se tensaran al extremo. Tenía la cara muy roja, lloraba con angustia, la rigidez de sus piernas mostraba el desproporcionado esfuerzo que hacía para levantarse, pero su verdugo la sometía con facilidad. Ella volvió a suplicarle ¡por piedad mi vida, suéltame, no me niego a coger contigo pero de esta forma no puedo, me lastimas! Como respuesta, su verdugo le empujó el pene con mayor fuerza haciendo que cerca de la mitad penetrara en el estrechísimo reducto trasero, que era incapaz de alojar semejante salchichón sin sufrir un terrible daño.

Por la posición transversal en que yo me encontraba con respecto a los actores, podía ver la estrecha rajita de Marcela cruelmente horadada. El calibre de la poderosa verga superaba con mucho la elasticidad del pequeño esfínter anal que cruelmente profanaba. La descomunal culebra se estaba metiendo cada vez más por en medio de aquellas encantadoras nalguitas que se contorsionaban y temblaban por el terrible dolor infligido. El diámetro de la pavorosa horadación no guardaba proporción alguna con las dimensiones del sufriente culo.

Mario gritó con furia ¡abre el culo cabrona! y arremetió de nuevo haciendo que su pene penetrara dos centímetros más, pero a partir de ese momento los sucesivos empujones resultaron infructuosos, la tremenda verga del agresor no pudo penetrar ni un milímetro más. La sufriente receptora parecía desvanecerse de dolor, lloraba amargamente, sus piernas y brazos temblaban y parecían no soportarla. El agresor gritó de nuevo: “pinche culo de mierda, no te cabe nada” y empezó a bombearla con fuerza. El pene entraba y salía sin poderse alojar completo. Marcela marcaba cada una de las sucesivas arremetidas que le daban, emitiendo el mismo lastimero grito en tono cada vez más agudo: ¡Aaaay! – ¡Aaaay! – ¡Aaaay!- ¡Aaaay! No pude resistir más, di varios manotazos en el vidrio, me sujeté de la soga y trepé lo más rápido que pude hasta la ventana de mi departamento. En el momento que me deslizaba hacia el interior oi que abrieron la ventana de abajo. No se si el desgraciado violador me vio, yo estaba impresionado de la crueldad con que trataba a Marcela. Entré a mi recámara, me acosté y estuve tratando de oir lo que pasaba abajo, pero ya no hubo más ruido, sólo algunas frases, tanto de él como de ella, en volumen moderado, creo que logré el objetivo de interrumpir ese coito tan desigual.
Pasaron algunos días, yo estaba muy nervioso y tenía miedo de encontrarme con el violador, pero no lo vi más. Poco después me encontré a Marcela en la escalera, volteó a verme y me dijo: ¡no sabes cómo te agradezco lo que hiciste por mí! Pero cuídate porque ese desgraciado podría volver, creo que no te vio pero juró vengarse, por favor, no vuelvas a espiarme. Volvió a su mutismo, las veces siguientes que nos cruzamos en el corredor ni siquiera me saludó. Un año después se fue a vivir a otra parte.

Fecha: 09/10/2008 02:51.

Autor: Anónimo
Gloria, la joven de la escalera (segunda parte)
“Hoy la vi” rezaba aquella famosa canción de Leonardo Favio que ahora evoco con la misma ansiedad del autor, para decirles: “hoy la vi de nuevo” y sus encantadoras nalguitas volvieron a subyugarme. Por eso les escribo, amigos de la más profunda intimidad con quienes comparto mis calenturas.
No puedo quitarme de la cabeza que, quien cuenta con unas nalgas tan preciosas como esas no puede vivir ignorándolas, sabe muy bien lo que lleva puesto. Como Elisa me dijera un día: “es un hecho inquietante que mis nalgas provocan la curiosidad y el morbo de la gente”, Elizabeth a su vez me comentó discreta: “eres el primer hombre que me inyecta sin acosarme sexualmente”. Los culitos bien dotados no pasan inadvertidos y eso lo saben muy bien sus felices poseedoras.

Es incuestionable que unas nalgas seductoras deben lucirse y compartirse al menos visualmente. Como Elisa dijera: ¡me encanta que se fijen en mi trasero! Por eso lo mostraba gustosa: “me puse boca abajo, replegué las cobijas y paré el culo ofreciéndoselo al jovencito que aguardaba con la jeringa ya preparada” Siempre que estuvo motivada, Elisa se descubrió totalmente las nalgas y se acostó parándolas ostensiblemente.

De Elizabeth ya les conté que mientras la espiaban “se alzó despreocupadamente la pequeña faldita negra, se bajó la panty blanca hasta las piernas en absoluta confianza, y se acostó sobre el diván para que la inyectaran”. Ella cubre sus provocativos actos con un delgadísimo velo de duda ¿recuerdan la extravagante versión que me ofreció y que les compartí anteriormente? “el doctor preparó la jeringa y casi me empujó hasta el diván donde se sentó indicándome que me acostara sobre sus piernas… Lo peor es que me desconcerté y le obedecí como autómata”. Por “desconcierto”, dice ella, le arrimé mi culo al calenturiento médico.

Las mujeres bellas gustan de la provocación sabiendo muy bien que muchas veces sus pobres martirizados tendrán que tejerse sendas puñetas evocándolas a ellas. Saben muy bien hasta dónde quieren llegar y torean a su víctima ¿Recuerdan el testimonio del frustrado conquistador de Elizabeth? “Después de haberla llevado hasta el hotel la puse de perrito para penetrarla disfrutando visualmente sus deliciosas nalgas. Ella en principio aceptó pero al sentir la punta de mi tiesa verga se dio media vuelta para asumir una posición de sesenta y nueve y tan sólo me masturbó”.

Otro ejemplo es Stella cuando ya bien caliente me dijo: “mejor ponme sobre tus piernas, eso me tranquiliza” y se me encaramó musitando coquetamente ¿crees que hago mal? Pero enseguida se protegió muy bien preguntándome sobre Elisa: ¿alguna vez has inyectado a mi mamá? O bien su hermana Nayeli cuando “se arrodilló en la cama, inclinó el cuerpo y se acostó con todo el culito descubierto, pero enseguida me lanzó un sarcástico comentario: “te veo pasmado parece que mis nalgas te recuerdan a alguien… ¿a mi mamá acaso?”

Es incuestionable que las damas poseedoras de buenas nalgas disfrutan enseñándolas y Gloria no es la excepción, por eso quiero hablarles nuevamente de ella, a quien hoy contemplé vistiendo un pantalón en tono canela que dibujaba fielmente todo el sensual bamboleo de sus voluptuosas nalgas. Viéndola caminar, disfrutando el vaivén de esas redondas y firmes carnosidades que interactuaban con un finísimo estremecimiento y una secuencia de movimientos ascendentes y descendentes alternados, el pene se me erizaba, la sangre me hervía en todo el cuerpo, el corazón me estallaba.

Infiero que en ese momento le contaba a su joven acompañante: Pues sí amiga creo que mi esposo ya está asimilando aquello que tanto le enojó y que estuvo a punto de desatar un broncón entre los dos, pues no aceptaba que el moretón que yo tenía en la cola fue provocado por un sentón que me dí en la calle y no por el chupetón que en realidad me dio Fabián el paramédico después de inyectarme y como parte de nuestro delicioso juego erótico. Es que me fascinan sus cumplidos, sus atenciones, la forma en que me mira, sus manos tan suaves ¡lo adoro amiga y me calienta tanto…!

Al principio, cuando él me veía pasar frente a su farmacia me dedicaba alguna exclamación: ¡Guau, qué muñeca! o ¡vaya monumento! Yo no me enojaba pues nunca me dijo algo vulgar, por el contrario, yo trataba tal vez inconcientemente de agradarle cada día más y me ponía la ropa más adecuada para ello. En una ocasión decidí entrar cuando él atendía a otra persona. Pedí una crema facial y, mientras la señorita que me atendió fue a buscarla, el joven no me quitó la vista de encima pero no pudo decir nada pues el cliente le estaba haciendo varias preguntas. Poco después me recetaron las cinco famosas inyecciones y pasé a comprarlas. En esa ocasión me atendió la misma señorita de la vez anterior, la cual me surtió la receta y me dijo al final: si gusta aquí se las podemos aplicar. En principio rechacé su ofrecimiento pero, como no tenía en realidad a quien acudir y la señorita tenía un aspecto agradable, sentí confianza y le dije: bueno, de acuerdo si aquí tienen un sitio adecuado para ello…La señorita me contestó: ¡Por supuesto! allá al fondo tenemos una habitación muy bien acondicionada.

Pensé en mi admirador considerando la posibilidad de que pudiera espiarme, lo cual no me disgustó en absoluto pues exhibir el trasero es una de mis más ardientes calenturas. Así que entré muy decidida y la empleada me llevó hasta la pequeña habitación que, en efecto, estaba muy limpia y bien equipada con un diván, gaveta perfectamente surtida con jeringas, alcohol, sobrecitos de algodón, etc. además de una silla y una mesita auxiliar para que los pacientes pongan sus cosas mientras son inyectados. Me hizo pasar pero ella no lo hizo, cerró la puerta diciendo: ahora están con usted. Enseguida surgió la interrogante ¿entonces quién me va a inyectar, será posible que..? ¡No! me dije, sería mucha coincidencia, en el mostrador hay varias empleadas. En esas estaba cuando entró el joven, yo me puse muy nerviosa y le pregunté: ¿usted es quien me va a…? Él contestó: soy paramédico señorita ¿Es usted quien requiere la inyección? Tragando saliva y con voz temblorosa le respondí: así es, y le entregué la medicina.

Viendo cuidadosamente la etiqueta comentó: es una intramuscular profunda, 3 mililitros, un poco espesa, algo dolorosa. No se preocupe le aseguro que no la haré sufrir mucho. Diciendo esto, tomó una jeringa de aguja larga, la clavó en el ombliguito plástico del frasquito y cargó la ambarina sustancia. Yo veía sus diestras manos que además me resultaban bastante sensuales igual que sus piernas, su espalda, su cuerpo entero. De pronto volteó y me sorprendió contemplándole sus varoniles nalgas. No pude disimular creo que me puse muy roja pero, lo hecho, hecho está, así que dejé mi bolso sobre la mesa y me dispuse a disfrutar de mi propio strip tease que no es nada despreciable, sobre todo cuando lo realizo frente a alguien que me gusta, como ese joven que me despierta un terrible morbo.

Llevaba yo puesta una prenda de algodón tipo over-all color rojo con plieguecitos que me acentuaban la cintura haciéndome ver más grandes las nalgas. Desabotoné la prenda del pecho hacia abajo, extraje mis brazos de las mangas y la seguí descendiendo hasta situarla en los muslos. De pronto me di cuenta que llevaba puesta la peor prenda para quien va a ser inyectada, no sabía qué hacer pues tendría que acostarme encima de ella y terminaría arrugándola.

El joven me veía con atención y me dijo: En realidad lo más práctico sería retirarse completo su traje pues de otra manera lo… Sí, le respondí, creo que es lo más conveniente y me agaché para soltar las trabillas del calzado, lo que me hizo ofrecer al enfermero un close up de mi culo que no disimulé en absoluto, sentía mis glúteos que salían por los costados de la mini panty. El paramédico me miraba muy serio con la jeringa ya dispuesta. Me incorporé y saqué finalmente las piernas, quedando ataviada tan sólo con el brassiere, bastante escotado por cierto, y la mini pantaletita de encaje parcialmente engullida por la raja de mi culo. Caminé hasta la mesita para colocar cuidadosamente en ella mi traje. El silencio y la paciencia del joven me indicaban la atención con que me miraba. Giré súbitamente el cuerpo y lo miré a la cara. Levantó turbado la vista y parpadeó insistentemente como vía de disimulo pues, evidentemente, había estado muy atento contemplándome el culo.

Me sentía prácticamente desnuda pues mi ropa interior no cubría casi nada, tenía los pezones bien erguidos y la aceleración sanguínea me hacía cosquillear el cuerpo. Yo era dueña de la situación, sabía que el joven estaba hipnotizado viéndome el cuerpo y lo presioné fingiendo que me costaba trabajo decidir la postura que adoptaría para ser inyectada. Primero apoyé en el diván la rodilla izquierda, me empiné poniéndome de perrito y estuve así un momento con las nalgas bien paradas, como pensando. Me incorporé, giré el cuerpo y apoyé la rodilla derecha, volví a empinarme permaneciendo igualmente en esa posición por unos instantes, luego descendí todo el cuerpo haciendo que me acostaba pero volví a ponerme de perrito, empiné el culo al máximo y le dije: perdona mi indecisión y descuido, son producto del miedo que le tengo a las inyecciones ¿podrías bajarme por favor la panty?

Sentí sus dedos muy suaves que se posaron en mi cintura tomaron el resorte y se deslizaron deliciosamente por mis glúteos y piernas, haciendo llegar la breve prenda hasta las rodillas. En ese punto el muchacho me sugirió: mejor te retiro la panty completa pues se trata de una pieza muy fina y sería una lástima que la restregaras. Sin decir nada hice un combo parando aún más las nalgas y despegando las rodillas de la cama. En cuanto el joven hizo descender la prenda hasta los tobillos, apoyé de nuevo las rodillas y levanté los pies. El joven retiró la minúscula panty, la tomó suavemente en sus manos y fue a ponerla encima de mi pantalón que estaba muy bien doblado sobre la mesa.

Quedé prácticamente desnuda disfrutando la erótica escena en la que yo misma era la estrella, sabía que mis nalgas son un poderoso imán con el que podía enloquecer a mi singular enfermero, no tenía otro deseo que el de regalarle la pose más erótica, mis nalgas se estremecían por las ganas de ser admiradas. Es tan efímera la etapa de plenitud del cuerpo humano que no veo razón alguna para reprimir su disfrute. Quería compartir los atributos con que la naturaleza me dotó espléndidamente.

Gimiendo y murmurando, con voz ronca, lenta y pausada, le dije: Estoy lista, inyéctame, pero hazlo despacito por favor, compadécete de mí, te lo ruego, no me vayas a hacer demasiado daño. Por cierto, le pregunté ¿cómo te llamas? Al menos quiero saber quién va a lastimarme el culo. Me llamo Fabián, contestó ¿y tú, cómo te llamas? Gloria, me llamo Gloria, y cubriéndome los ojos con ambas manos, paré más el culo y apreté alternadamente los glúteos tratando de marcar en ellos las bachitas que tanto les gustan a los hombres. Fabián posó su mano sobre mis nalgas diciendo: espera Gloria, debes relajarte para que te duela menos, así ponte suavecita, no te muevas, va a ser tan solo un leve piquetito.

Sentí dos pequeñas palmaditas en el glúteo izquierdo por lo que en espera del consiguiente y anunciado pinchazo, le dije: espera Fabián, me causa terror la aguja. Mi sorpresa fue grande al sentir el gradual ardor que caracteriza la entrada de la sustancia ¿Ya me picaste? pregunté. Su respuesta fue clara, concisa, deliciosa y angustiosa: La aguja penetró sin contratiempo, relájate amor, estoy por terminar. Yo no quería que ese momento pasara, deseaba permanecer en esa posición por mucho tiempo, saber que él me contemplaba el culo, sentir sus dedos deslizarse suavemente por mis nalgas, saberlas horadadas, flageladas, ardidas por una densa sustancia. Le dije ¡despacio Fabián, muy despacio, no hay prisa, hazlo con calma pues me duele, me duele demasiado!

Pasaron varios minutos, no se cuántos, yo alargaba mi erótica fantasía pues no quería que se terminara. Recuerdo que gemía, temblaba, lloraba, mis nalgas se estremecían, imaginaba recibir cada vez más piquetes y litros de sustancia muy densa, estaba feliz, sentía que había logrado mi objetivo de perpetuar aquella vivencia tan deliciosa. Los pezones me reventaban, tenía la entrepierna bien mojada, grité ¡más, dame más, inyéctame muchas veces querido Fabián!

Lo que sigue no se cómo ocurrió, de pronto su rígido pene punteó y ¡por fin traspasó mi ardiente intimidad! Con cada arremetida que me daba yo suspiraba y gimoteaba desesperadamente, su bello púbico friccionaba la superficie de mis nalgas. Sin más, me abandoné al celestial placer.

Así es como Fabián llegó a mi vida y me hizo por primera vez suya.

Fecha: 15/10/2008 00:36.

Autor: Anónimo
Sweet Caroline
Ahora digo que “las inyecciones son lo más caliente del planeta” pero ¿Cómo me aficioné tanto a ellas? Les voy a contar algunas de mis experiencias, de las cuales las primeras fueron traumáticas. Siendo aún una niña yo jugaba con mis amigas y me llamaron de la casa. Al entrar topé con mi madre además de la enfermera asiendo una descomunal jeringa ya cargada y lista. Ven un momento Carola, vamos a tu recámara. No mamá ¿por qué? no estoy enferma. No hubo explicación ni respuesta alguna ¡Vamos Carola, es por tu bien, deja de repelar y colabora! Como me resistí a caminar me tomaron del brazo, llevándome casi en vilo a la recámara. El forcejeo y los gritos de oposición fueron infructuosos, en un santiamén me sometieron y quedé tumbada sobre las piernas de mi madre, con el culo totalmente descubierto y empinado de manera humillante.
El pataleo no sirvió de nada, sentí la exigua frotación y el bárbaro pinchazo que me desgarró la tensa nalga ¡Qué horrible dolor! Después sufrí el aguijón de una sustancia pastosa que al ingresar en el glúteo me hizo gritar, llorar, patalear y retorcerme de desesperación. Concluido el tormento, la enfermera salió del cuarto y mi madre detrás de ella, dejándome tirada en la cama, llorando a gritos, con la falda totalmente alzada. Para colmo, mi hermanito entró burlándose de mí, yo sentí mucha pena y me cubrí de inmediato las nalgas. El dolor, el coraje, la impotencia y la pena me doblegaron al grado de quedarme profundamente dormida. Escenas como esta fueron varias, en todas ellas reinaron: la incomprensión, el despotismo y la humillación.
De manera que las inyecciones “por años me dieron pánico y arrancaba de ellas”, pero la percepción acerca de los piquetes me empezó a variar en la adolescencia cuando conocí a Gilda y nos hicimos buenas amigas. Estando en su casa después de clases su mamá le dijo: hoy te toca inyección. Me invadió la curiosidad y me sorprendió la aparente insensibilidad de mi amiga que siguió jugando tranquila. Al rato llegó la enfermera y Gilda me dijo: acompáñame amiga no tardamos van a inyectarme. Entramos a su recámara, la enfermera terminaba en ese momento de preparar la jeringa, Gilda se alzó la falda, bajó la panty y se acostó sobre la cama. El morbo me invadió al ver sus firmes nalguitas desnudas y bien dispuestas al piquete. Le frotaron el cachete izquierdo y, tras una leve palmadita le clavaron completa la aguja. Gilda pegó un grito que fue subiendo de volumen conforme le entraba la sustancia. El culo le temblaba, apretó los puños, y volteó a verme resoplando y con un bello semblante de dolor. Viendo aquellas deliciosas nalgas con la aguja clavada en ellas me sentí muy excitada, deseaba vivir la experiencia de mi amiga, entrar en su intimidad, ser lacerada y contemplada de las nalgas. Mis pezones estaban extraordinariamente duros, tenía la entrepierna bien mojada.
Así empezó a cambiar mi percepción sobre las inyecciones y busqué la oportunidad de emular a Gilda. Un día me sentí muy mal e identifiqué los signos inequívocos del cuadro gripal. Entonces no me resistí a recibir los cinco jeringazos que me recetó el doctor. Fue una señora joven vecina de la casa quien acudió cada tarde a pincharme los glúteos. En cama y con algo de fiebre le dije a mi madre que no objetaría recibir las inyecciones si me dejaban sola con ella pues me resultaba humillante desnudarme el trasero en público.
Cuando llegó por primera vez Mercedes, así se llamaba la señora, yo estaba puesta de costado pero me vio un poco tensa y me dijo: Carola, qué pena molestarte yo se que las inyecciones no son nada agradables pero quiero que me tengas la confianza de decirme si estás muy nerviosa, qué sientes, cómo deseas que te trate, lo importante es que me sientas tu amiga. Eso me relajó un poco y me desahogué con ella diciéndole que para mí las inyecciones habían sido algo traumático pues me las aplicaban a la fuerza y como querían. Lo se, contestó, eso le ha sucedido a muchas chicas, pero ahora será distinto. Mientras esto decía posó su mano sobre mi glúteo izquierdo y me dio algunas palmaditas que me parecieron muy cálidas y amistosas, yo respondí con una sonrisa.
Luego me dijo: adivino que por tus experiencias anteriores sientes pena de mostrarme el culo. Yo le respondí: bueno, si estoy algo nerviosa, espero que me comprendas, pero a ti si te lo enseño. Entonces me retiré la sábana, ella volvió a tomarme de las nalgas e indujo que me pusiera boca abajo. Me alzó cariñosamente el camisón y sentí sus dedos que tomaron el elástico de mi panty llevándolo hasta las piernas. Me acarició suavemente la superficie de los dos glúteos diciéndome: tienes que relajar tus nalguitas Carola las veo muy tensas, no tengas miedo, “Por el susto que yo tenía ella me trataba de manera especial y me relajaba, yo sentía pudor porque me estaba viendo el trasero”.
Pasaron unos minutos durante los cuales Mercedes estuvo preparando la jeringa, yo no quería ver nada, bastante tenía con sentir mi culo descubierto y a la vista de ella. Mantenía las piernas bien juntas y trataba de cerrar la raja del culo, me parecía estar ofreciéndole mis dos agujeros íntimos de manera descarada. En ese singular contexto recibí con sorpresa su comentario: Carola, tienes unas nalguitas preciosas, me encantan por lo mullidas y bien formadas. No obstante ser una dama la que me ofrecía el piropo, las dos cachas me temblaron de emoción, me ruboricé y me empecé a “excitar a pesar del miedo-dolor”. Si Mercedes no me hubiera tratado de esa manera, “me hubiera invadido el pavor, le hubiera rogado no ser inyectada, pero sus estímulos me contenían y yo me entregaba gustosa”
Sentí sus dedos que palparon cuidadosamente los posibles sitios en ambos glúteos, me presionó insistentemente las zonas una y otra vez, hasta que optó por la izquierda donde sentí la frotación del frío alcohol, los suaves dedos que delimitaron el punto a horadar, y el súbito piquete en mi “cachete contraído de miedo” que me hizo temblar y emitir una leve espiración, al tiempo que apretaba los párpados y los puños. Cuando me percaté que ya alojaba la aguja completa y comencé a sentir el áspero y picante ardor de la sustancia, emití una fuerte queja enmarcada por la consecuente “excitación de tetas y de vagina” que me acabó de acelerar la respiración y me hizo jadear sin recato alguno. Mi actitud llevó a Mercedes a exclamar: ¡muy bien Carola, disfruta, no te reprimas, las inyecciones son un gran fetiche que hay que disfrutar, yo también estoy muy caliente, tan sólo de verte.
Habiéndome extraído la aguja se sentó a mi lado, me frotó el sitio y me estuvo acariciando las nalgas con toda desfachatez y vehemencia. Yo la dejé porque eso me estimulaba y sabía que las dos habíamos terminado muy excitadas.
Desde entonces, las inyecciones me siguen dando pánico pero, en confianza, “busco me pongan unas cuantas”.

Fecha: 23/10/2008 00:32.

Autor: Lector empedernido
Estaba en la farmacia esperando que llegaran clientes. Mi trabajo es la aplicación de inyecciones, algunas son subcutáneas pero la gran mayoría de los inyectables que recetan los médicos son intramusculares. Esto implica pinchazo en la cola. La mayoría de las veces los pacientes vienen aceptando su destino; no les gusta y se les nota en la cara de resignación, pero se portan bien. Algunas veces hacen el intento de que se las ponga en otra parte del cuerpo, pero no hay nada que hacer; cuando es en la cola es en la cola. El problema serio son los niños. Ellos sí que hacen escándalo. En general, los padres no les han dicho donde será la inyección, a veces ni siquiera que habrá inyección. Eso les evita escándalos mucho tiempo antes, pero incrementa el pánico en la farmacia cuando se enteran de que viene la cosa. Varias veces tuve que pedir ayuda para sostener al propietario nervioso de alguna nalguita por pinchar.
Su pongo que el problema de las intramusculares no es sólo la posibilidad del dolor en el glúteo sino, y fundamentalmente, la situación de exposición de una parte íntima ante un desconocido. También el paciente se siente muy desprotegido acostado boca abajo y si bien es cierto que no es necesario, es la posición en la que es más fácil relajar la nalga.
El otro problema es el medicamento en sí mismo. A veces no importa cómo de hábil sea el profesional que ponga la inyección; hay medicamentos que duelen haga uno lo que haga. Es el caso de aquellos que son muy espesos o gran cantidad. Los peores son los antibióticos y las vitaminas. Por suerte hoy en día hay una gama muy variada de ellos en presentaciones orales pero hay casos en los que sólo se pueden administrar inyectados. Los pediatras actuales son más razonables, en nuestra infancia se hacían eco de que nuestras madres pensaran que estábamos débiles y cada dos por tres terminábamos con el culo pinchado con vitaminas espantosas para que se nos abriera el apetito.
La dependienta está atendiendo a un cliente y lo que le da es justamente una caja de Benzetacil; se la pondrá ahora? Ajá, aquí viene caja en mano con cara de horror. Y lo bien que hace porque lo que le tengo que poner es de lo peor.
Me da la caja con mano temblorosa.
- ¿es la primera vez que te ponés una de estas?
- Sí. ¿duele mucho?
- Un poquito…… acóstate en la camilla boca abajo con la cola al aire.
- Ah! En la cola…
- Sí, no se puede poner en otra parte. – mientras yo casi tengo la jeringa lista, no quiero que la vea porque se va a asustar más de lo que está, es grande, está llena y la aguja es imponente porque el líquido es muy espeso y si la aguja no es grande se tapa.
Ya está acostado y listo.
-Flojito el cachete………. – mientras se lo palmeo suavecito para que relaje. Hace lo que puede pero está nervioso. – Flojito…..flojito…… ZAZ! Aguja clavada hasta el fondo de un solo movimiento. Puede parecer salvaje pero así duele mucho menos el pinchazo. – ahora muy blandita la cola que entra el remedio.
- AYYYYY! Cómo duele, por favor….. Es terrible…… ¿falta mucho?
-Te hago entrar despacito el líquido porque si no duele más.
- Imposible. Ay! Qué hijo de puta el médico! Mirá lo que me manda!
- Tranquilo que ya está, muy bien te portaste.
- Menos mal, ¡qué dolor!
Le masajeé un poquito el lugar pinchado y le subí el calzoncillo. Se levantó evidentemente dolorido masajeándose el cachete. Se terminó de vestir, me agradeció y salió.
Misión cumplida. Otro paciente pinchado satisfactoriamente.

Fecha: 24/10/2008 17:21.

Autor: Anónimo
Quiero decirles que mi relato anterior (Sweet Caroline, el que antecede al de nuestro amigo el Lector Empedernido) es acerca de Carola nuestra querida amiga, pero invento exclusivo mío que nada tiene que ver con la vida privada de ella. Lo que pasa es que en los bellos comentarios que me ha regalado (los cuales puse entrecomillados) vertió expresiones que me parecieron sensualísimas y me inspiraron redactar algo en honor de ella. Espero que no le moleste a la propia Carola, ni escandalice a nadie. Ahora me refiero a un personaje distinto, real con quien comparto el espacio de trabajo diario.
Flavia
Son cosas de la vida diaria emanadas del temperamento de cada quién. Hay hombres y mujeres muy calientes, como hay tibios, fríos, y aquellos que sin importar lo que sienten tan sólo se reprimen y no dejan escapar el menor indicio de lo que les calcina las entrañas. Yo creo que en este caso que estoy por relatarles coincidimos dos personas super calientes y por eso los estancos iniciales de placer moderado llegaron a desbordar el cauce, deviniendo en torbellino de deseo y lujuria incontrolables.

Salía del trabajo y pasé a despedirme de Flavia, a quien no había visto en los días anteriores. Es una guapa costeña pero no del Golfo como Elizabeth mi mujer con quien comparte algunos rasgos muy notables de belleza como son las prodigiosas curvas, las amplias caderas y las atractivas nalgas. Flavia es de la otra costa, la del Pacífico, una preciosa Acapulqueña a la que admiro pero que no es fácil presa pues cuenta con demasiados admiradores. Me parece suicida adular a quien está cansada de ser adulada, así que con ella he guardado una precavida distancia que, sin embargo, se fue estrechando a partir de un trato cordial y amistoso.

Ese día me platicó que su hermano estaba enfermo. Mientras la escuchaba yo contemplaba sus encantos faciales: cabello claro ensortijado, ojos grandes y expresivos, labios tiernos muy sensuales. Llevaba un vestido tipo jumper de cuadros en tono café claro, que terminaba muy prematuramente apenas un poco abajo del pubis. Por estar orientado hacia un espacio cerrado bajo el escritorio, el compás de sus atractivas piernas estaba tan distendido que en mi perspectiva podía ver con facilidad la parte interna de los muslos, pero me cuidé muy bien de que no me sorprendiera contemplándole tales encantos, para no parecer un libidinoso. Sólo pude dar unas brevísimas ojeadas en esa delicada y ardiente zona, la cual me cautivó a tal grado que empecé a perder el control y a especular mentalmente acerca de lo que aquella entrevista me deparaba.

El caso es que, en un cierto momento ella me explicaba que su hermano iba a ser inyectado y hacía la mímica de acomodarse para ello. Entonces Flavia ladeó su cuerpo sobre el sillón ejecutivo alzando la pierna derecha, de manera que la falda, que de por sí ya estaba replegada prácticamente hasta la base de las nalgas, se le alzó más de la cuenta, al grado de mostrarme, sólo para empezar, una buena parte de sus glúteos ceñidos por una breve pantaletita de color azul marino, tan exigua que me permitió verle todo el costado desnudo de la nalga derecha. No le miento licenciado, insistía mi amiga, se la aplicaron aquí mire, aquí, señalándome enfáticamente un puntito situado en la región más elevada del glúteo, prácticamente en la espalda, con lo que ya pueden ustedes darse cuenta de que, para entonces yo tenía a la vista el vasto y espléndido nalgatorio completo.

Me sentí muy nervioso pues, aunado a la inverosímil actitud de mi compañera, me preocupaba que, aunque era de noche, alguien pudiera entrar y nos sorprendiera en semejante coloquio, pero Flavia no se inmutaba sino que en ese momento decía: venga, toque usted y dígame si… ¡no, no! aquí…mire…aquí… ¡no lic más acá! déme su dedo. Sí, aquí mero y tallaba mi mano en el suculento glúteo tan sólo para mostrarme el punto cercano a su espalda donde, en efecto, la punta de mi dedo índice me anunciaba la cercanía del hueso y la consecuente imposibilidad de alojar en el sitio una hipodérmica. Claro que no, le dije, ahí no se puede pinchar ¿Cómo ve lic? agregó ella, lo correcto es aquí mire, en tanto ponía mi mano encima del cuadrante superior externo del glúteo. Sentí que el pene se me levantaba, entonces le dije: Flavia, créame, no soy de palo, la cercanía de su cuerpo me pone muy nervioso. Ella soltó la carcajada diciendo: ¡ah qué lic tan tímido, no se apure usted es de confianza!

Me había ubicado en el extremo opuesto, me sentí puritano. Entonces, tratando de corregir y arriesgándome a caer en la extrema audacia le dije como bromeando: o bien, qué le parece si continuamos la charla en mi privado. Ella se incorporó, se arregló el vestido y lo jaló haciendo que llegara a su posición normal cubriéndole la mitad de los muslos, tomó su bolso, su taza de café y, sin decir más, tomó el corredor conmigo. El corazón me dio un vuelco, caminamos hacia el despacho, entramos, yo cerré la puerta y puse discretamente el seguro. Ella colocó su taza y el bolso sobre mi escritorio, se sentó en una de las sillas giratorias de visita, yo me senté en la otra.

Si había llegado hasta el punto de introducirla en mi privado no podía recular y comportarme timorato, así que tomando la iniciativa le dije: Flavia, no entendí muy bien lo que pasó con tu hermano ¿me lo podrías explicar de nuevo? Ella se rió despreocupadamente y preguntó ¿no captaste, o más bien quieres verme de nuevo las piernas? Bueno, contesté, reconozco que las tienes muy bellas, no puedo negar que me encantaría verlas. Subió de nuevo su vestido, giró el cuerpo poniéndose de costado y adelantó la rodilla derecha cruzando con ella el muslo izquierdo, me preguntó ¿te gusto? Sin decir más, acaricié su pierna de la rodilla hacia arriba, despacito, varias veces, le dije: estás preciosa, deliciosa… ¡me encantas!
Tomé el resorte de su panty y lo deslicé suavemente hacia abajo, Flavia cooperó alzando el culo para que la retirara, yo terminé de pasarla por los pies y la coloqué en el escritorio. Nos levantamos, nos vimos por un instante y nos besamos ardiente…salvaje…desesperadamente…Luego nos tumbamos sobre la alfombra, la monté encima de mí, seguí besándola mientras llevaba mi mano derecha hacia su clítoris, estaba mojado, erguido, calientito, lo tomé con la punta de mis dedos, lo friccioné suavemente, ella gimió, suspiró, me dijo: bájate el pantalón. En cuanto mi erguido pene estuvo liberado ella se lo colocó entre las piernas y empezó a frotarlo sensualmente. Sin dejar de estimularle el clítoris le introduje el dedo central de mi otra mano en el recto. Flavia gimió más fuerte, abrió las piernas y se insertó completa mi verga, empezó a moverse.

Sin dejar de picarle el ano regulé el ritmo de sus movimientos dirigiéndola con mis manos apoyadas en sus nalgas. Las sentía grandes, esponjadas, suaves, ardientes, nerviosas. Mi pene entraba y salía completo friccionando en todos sus puntos aquellos tirantes labios vaginales. Flavia entró en la recta final acompañando cada arremetida con un creciente ¡aaggh! ¡aaggh! ¡aaggh! ¡aaggh! que anunció la inminencia de su sensacional orgasmo, el cual devino completo, cálido, enmarcado por un delicioso grito final: ¡desgárrame amor…! Me apretó con todas sus fuerzas al sentir la aparatosa explosión seminal.

Fecha: 31/10/2008 03:39.

Autor: Anónimo
Queridos amigos, ayúdenme por favor a decidir: si fueran yo ¿reestablecerían relaciones con Elisa?

Fecha: 04/11/2008 01:17.

Autor: Lector empedernido
Si hay cuestiones de salud de por medio, ¡Desde luego! no vayas a dejarnos sin tus encantadores relatos

Fecha: 04/11/2008 16:10.

Autor: Eulogia
¡Ay Anónimo, pareces avestruz! de los que esconden la cabeza y no aceptan ver la realidad. En la intimidad de mi departamento, estando tú y yo desnuditos y calientitos en mi propia cama después del fenomenal coito que tuvimos, te expliqué quién es Elisa, cosa que tú no quisiste comentar en el relato que hiciste acerca de nuestro encuentro íntimo. No quieres aceptar que ella es una mujer calculadora y perversa como ya te dije. ¿Quieres saber más? Pues ahí te va y enfrente de todos para que lo sepan y comprueben tu error.

Elisa es una mujer muy guapa, pero una depravada con quien yo me enredé desde la adolescencia de ella, días después de que la inyecté cuando se tapó la aguja y Leonardo su futuro esposo la espiaba por la ventana, cosa que ya relataste. Mentira que después yo la asedié inyectándola y manoseándola, la verdad es que ella me lo pedía y no perdía ocasión de que yo la estimulara sexualmente con jeringas, cánulas, supositorios, irrigadores y consoladores pues, eso sí lo reconozco, aproveché toda mi experiencia para ganármela ya que en verdad que sus nalgas sí me excitaban demasiado y todavía me excitan. Tú mismo ya relataste que cuando yo la inyectaba o le aplicaba lavativas en la cola cuchicheábamos y bromeábamos de ello aún en presencia de Stella, la verdad es que Elisa siempre ha sido una incorregible libidinosa.

No es cierto que tú le estrenaste el culito, eso sólo tú en tu inocente fantasía lo puedes creer. Ella tuvo sexo anal desde la adolescencia, el propio Leonardo su marido se la cogió por esa vía las veces que quiso y ella se aficionó mucho a esos piquetes. También me enteré que un médico le metió varias veces el pito por la cola, fue ese de quien Elisa te dijo que siempre quería desnudarla y que ya no lo aguantaba, lo cual también es mentira porque ella misma en sus calenturas se le insinuaba y se le entregaba. Un día me dijo que eso era debido a que él tenía una vergotota enorme y es cierto porque yo se la ví en una foto que la propia Elisa se tomó con él estando los dos desnudos copulando de perrito. Leonardo la dejó porque se enteró de eso y se enteró también de las relaciones lésbicas que mantenía con Sofía y que no son las únicas pues también se enredó con otras mujeres, incluyendo a una niña de trece años amiga de sus hijas.

Además del sexo anal directo con hombres, Elisa se aficionó a los vibradores. Yo misma se los metía por la vagina y también por la cola, a veces los dos al mismo tiempo porque ya no se saciaba con nada. Tú mismo dices en tu primer relato que: “le dije que tenía el culito delicioso. No lo tiene tan apretado de manera que la fricción se daba con relativa facilidad” ¿Por qué crees mi amorcito que ella tiene el esfínter anal flojito? Lo usa hasta el cansancio, la misma Sandra, o Mario que es su verdadero nombre, se la coge por el culo regularmente. Entonces, no sueñes conque a ti te entregó su “deliciosa virginidad anal” como dices ilusamente en tu relato, estás confundido mi vida.

Y ya que hablé de Sandra ¿quién crees que te la envió? Claro…fue Elisa y ¿sabes que quería? Hacerte homosexual a través de ella pues ya no la saciabas así de formal como eres, ella quería meterte en ondas mayores. Sandra es hechura suya, primero la tuvo como amante masculino y cuando tú la conociste ya era Sandra. Elisa le pagó tratamientos, operaciones, cosméticos, ropa, todo, para que fuera una “mujer con verga” totalmente a su gusto con la que practica sexo lesbiano y hetero al mismo tiempo. El plan era que en la siguiente entrevista que tuvieras con Sandra fuera ella la que te aplicara inyecciones, supositorios y terminara picándote la cola ¿nunca te lo imaginaste? Sandra te hizo pensar que sólo quería recibir caña pero ¿por qué entonces, cuando picaste a Elisa con aguja chata, él entró descaradamente a cogérsela y hasta te cerró la puerta? En realidad estaba rivalizando contigo y eso también lo planeó Elisa pues quería ver cómo reaccionabas.

Y también te aventó a su propia hija Stella para que la inyectaras, en realidad quería que te la cogieras pues hasta ese grado llega su enfermedad: está bien loca te lo juro y tú no lo quieres aceptar. Pero Stella también quería contigo y te la hubieras podido coger pues Elisa ya se lo había insinuado y esperaba que tú lo hicieras (desde la primera vez que la inyectaste) pero tú te reprimiste pensando que era una niña y que era hija de tu amante y que no era correcto y que… ¡si serás ingenuo querido mío, hasta Stella se rió de ti!

Te pidió que te cogieras a su hermana Alma y filmó todo lo ocurrido ¿a que no lo sabías? Yo ví el video de lo que pasó, desde que se sentaron Alma y tú a tomar el cafecito, cuando te estuvo enseñando sus nalguitas (que por cierto las tiene muy buenas), hasta que te la pusiste en las piernas, la consolaste del pinchazo chato y te la ejecutaste por las tres vías ¿o no fue así mi amor?

Y te mandó igualmente a Nayeli a que te pidiera que la inyectaras porque sabía que tú la deseas locamente y eso la calienta a ella. Pero Nayeli es lesbiana declarada (por si no lo sabes) y entonces te hicieron la treta en la que no supiste si te cogiste a la propia Nayeli o a Elisa ¿te acuerdas? Pues ahora te aclaro que no fue ni a la una ni a la otra porque la que llegó después y copuló contigo fue Roxana la hija de Pepe el hermano de Elisa y que se parece mucho a Nayeli (eso sí, está bien sabrosa y te convino la opción).

Te puedo contar muchas otras cositas para que te convenzas de que Elisa ha jugado tranquilamente contigo y que reestablecer relaciones con ella puede ser tu perdición porque quiere depravarte y siempre se sale con la suya. Lo único bueno que hiciste con ella fue haberla mandado a la goma después que te cortó y no haber aceptado ninguna de las reconciliaciones que te propuso. Tampoco aceptes esta, mejor en todo caso cógete a su hija Stella pues está muy buena y quiere copular contigo.

En fin mi vida, no te pierdas en esos vericuetos tan complicados, mejor fíjate bien con quien te metes aquí estoy yo para darte todo el sexo maduro que quieras, no me olvides, ámame locamente como yo te amo y te deseo ¡quiero tenerte de nuevo en la intimidad de mi cama, yo sí soy virgen del ano, lo tengo bien estrechito y quiero entregártelo!

Tuya por siempre: Eulogia

Fecha: 05/11/2008 02:23.

Autor: Anónimo
Respuesta a Eulogia y tercera inyección a Stella

Querida Eulogia, te agradezco tus atentos comentarios, algunos de los cuales son muy certeros pero fríos, otros están basados en juicios personales, y otros más son producto de tu desconocimiento.

Con respecto al primer punto, podría confiar en la validez de tu testimonio acerca de las experiencias en sexo anal de Elisa. No obstante, cuando tuve coito con ella por esa vía percibí su nerviosismo, su falta de experiencia y el inusual estremecimiento que le causó, lo cual me bastó para creer que nadie más la había penetrado así. Aún pecando de ingenuidad prefiero quedarme con ese delicioso sentimiento. En mi primer relato hablé de su relativa distensión rectal, es cierto, pero la entendí como característica física, es decir: si existe una gran variedad de penes y diferentes tipos de nalgas o de tetas ¿por qué no aceptar que esos contrastes puedan darse también en la elasticidad de los esfínteres anales?

Refiriéndome al segundo punto, cuando dices que Elisa es una depravada estás emitiendo un juicio absolutamente personal. Yo la considero sensual, muy juguetona y caliente, pero aún aceptando que haya tenido las cinco parejas sexuales que mencionas (una de las cuales fue su marido) no puedo entender por qué le aplicas un calificativo tan fuerte ¿cuántas parejas sexuales has tenido tú? Por la razón y en la forma que sea has disfrutado a más de cinco ¿o no es así querida Eulogia? Pero yo no te considero en absoluto una depravada, sino una mujer de buen gusto, receptiva, sensitiva, ardiente y muy selectiva ¿Por qué no le concedes esos mismos atributos a nuestra amiga? Y no critico ni me escandaliza que Elisa me haya enviado a sus preciosas hijitas para inyectarlas ¡faltaba más! le agradezco la confianza y la deferencia. En cuanto a Sandra, te comento que es un ente sexual fuera de serie que me produjo un placer extraordinario con ese cuerpo, vestuario y modales tan escrupulosamente cuidados. Tal vez volvería a tener relaciones con ella.

Dirigiéndome al tercer punto, referente a tu crítica porque no copulé con Stella, quiero recordarte algo que ninguno de mis queridos lectores notó en su momento: Resulta que en mi relato denominado “Segunda inyección a Stella” comenté que al llegar ella le dije: “no sabía que el tratamiento consistiera en más de una inyección ¿cambió de opinión el doctor?” Y ella contestó: “No, para nada, él dijo desde un principio que serían tres inyecciones, y esta es apenas la segunda” Así que no les he narrado la tercera inyección que le apliqué a tan encantadora niña. Ahora mismo les comparto esa singular experiencia.

Llegó esa tarde con un vestido rojo cereza igual de delgadito que el verde limón de la vez anterior, así que al encanto de sus bellísimas piernas observables hasta la mitad de los albos y firmes muslos, se sumaba el sensual entallamiento de la prenda que, en ausencia de fondo y por cuestiones magnéticas se le untaba melosamente en la superficie de las amplias y respingadas nalgas, destacando su división central. Me besó la mejilla, me ciñó con su brazo derecho la cintura, yo la tomé del hombro, y así caminamos hasta la recámara donde, sin soltarme, preguntó ¿ahora sí tienes alcohol y jeringa verdad? Porque no te voy a dejar salir como hiciste el otro día. Sentí que me recriminaba que la vez anterior enteré telefónicamente a Elisa de su llegada.

Se puso de frente y me pasó por detrás los dos brazos bajándomelos hasta las nalgas. Me puse muy nervioso sentí que las piernas me temblaban e intenté separarme pues el pene se me alborotaba. Ella me abrazó más fuerte y agregó: te voy a raptar para que me inyectes muchísimas veces. Luego se separó, dio media vuelta y, posando las palmas de las manos en sus propias nalgas me dijo: aunque estas pobres sufran lo que tengan que sufrir ¡no importa! Yo veía a Stella tan desinhibida y desenvuelta que no parecía una joven de 17 años sino una mujer algo mayor.

Con un leve movimiento me entregó la ampolleta, luego se alzó el vestido, deslizó suavemente hasta las piernas la pequeñísima panty de fino encaje color blanco, y se acostó realizando algunos gráciles movimientos para encontrar la posición ideal. Fascinado por la serenidad, belleza y erotismo de mi joven amiga, me extasié contemplando aquellas anchas, firmes y torneadas nalgas ofrecidas en flor, que trepidaban casi imperceptiblemente por la alternada propulsión y retracción muscular implicada en el movimiento corporal. Cruzó finalmente los brazos por debajo de su cabeza y me dijo: mientras tú preparas la jeringa yo me relajo, no quiero ver la aguja pues ya sabes que las inyecciones me ponen muy nerviosa.

Yo permanecía como estatua contemplando la belleza de Stella y disfrutando tan sensual momento. El largo cabello castaño de mi preciosa paciente le ondulaba caprichosamente en la espalda precipitando su fino caudal hacia el lado derecho, por donde alcanzaba a reposar en la cama, entreverado en los pliegues del rojo vestido despreocupadamente alzado. Pasaron varios minutos, yo tenía ya lista la jeringa pero no quería precipitar la acción. Viendo a Stelly tan relajada, expectante, ensimismada, me deleité contemplando los detalles de su bellísimo cuerpo: las extensas pestañas; las afelpadas mejillas de aspecto casi infantil; los finos labios entreabiertos, humectados; la breve cinturita con una coloración más intensa parecida a la de la raja, dentro de la cual se distinguía el erguido botoncito rectal y, poco más abajo, los ardientes labios vaginales de los que ya fluía un minúsculo torrente que iba extendiendo su cristalino espejo hacia la entrepierna y la parte baja de los glúteos.

Un suave murmullo delirante: ¡pícame ya, por favor! quebrantó el embeleso en que me encontraba. No recuerdo más detalles. Supe, eso sí, que el pinchazo le impresionó y que dio lugar a una extraordinaria explosión de sus instintos carnales. Gritó, apretó muy fuerte los puños y los párpados, resopló, agitó los glúteos. La entrada del líquido la hizo jadear, aceleró ostensiblemente sus palpitaciones, redobló su torrente vaginal. Mientras Stella daba voces yo me estremecía de excitación. Ví que ella apretaba el culo y tallaba manifiestamente el pubis contra la cama. Ese fue el parteaguas de aquel singular encuentro. No pude aguantar más: bajé mi pantalón y montando a Stelly le tallé mi erecto pene en la raja trasera. Al percatarme que ella se erizaba y erguía su culo, le fui llevando el tolete hasta puntear la entrada vaginal. Me pareció oír el chasquido que produjo la súbita evaporación de los fluidos, sentí cómo mi pene iba penetrando lentamente, milímetro a milímetro aquel estrecho y suculento conducto.

Mi nariz descansaba en la nuca de Stella; Su rizado cabello despedía el aroma de los nardos en los albores de la primavera.

Fecha: 11/11/2008 01:23.

Autor: Anónimo
Marina

La conocí varios meses antes de que ocurriera lo que voy a contarles. Se trata de una joven de veinte años empleada de una bonetería. Una tarde abrazado con Elizabeth entré en aquel pintoresco local retacado de hilos, listones, encajes, agujas de todo tipo y mil cosas más que no podría describir. Toda la mercancía se encontraba cuidadosamente colocada en estanterías de madera fina muy bien trabajada. Me parecía estar en uno de esos establecimientos que aparecen en las películas provenientes de países de Europa del Este. A la favorable impresión que me causó el lugar su sumó el deleite de ver a aquella chica de aspecto intelectual, bastante delgada, cabello muy corto, ojos seductores, atendiendo pacientemente a mi esposa. Prácticamente no hablé, me concreté a contemplar a la atractiva joven que se esmeraba en el servicio que prestaba. Acompañé a Elizabeth un par de veces más a esa bonetería, a la que también ocasionalmente acudí yo solo para comprar alguna cosa que ella me encargó. Mi sorpresa fue grande al percatarme que la joven me conocía muy bien y me felicitaba por tener una relación tan estrecha y cariñosa con Elizabeth. Decía que no parecíamos esposos sino amantes. Yo, a mi vez, le respondí: pues en realidad lo somos.

Un día pasé ya tarde a comprar estambres y, sorpresivamente, ví a Marina bastante apurada. Al preguntarle si tenía algún problema ella sonrió y me dijo: no, para nada, pero ya me voy pues tengo que estar a las siete en el consultorio médico. Entonces le dije: bueno, no te preocupes, mañana regreso pues tengo que escoger los colores que me encargó Elizabeth y no quiero apresurarme ni atrasarte. Al día siguiente volví a entrar y le pregunté cómo le había ido con el médico. Ella contestó: bien, pero dice el doctor que tengo una indisposición hacia el alimento que, apenas empezando a comer me causa hartazgo, de lo cual se desprende una mala nutrición. Y ¿te dio medicina? pregunté. Sí, contestó ella, me recetó inyecciones de nutrientes y algo que no se lo que es, me dijo que me aplicara enemas y me dio dos paquetes de polvos ¿usted sabe lo que es eso? Son lavativas, le dije, pero Marina me manifestó igualmente su extrañeza. En semejante situación, le expliqué que debía irrigarse los intestinos con la sustancia medicinal que prepararía a partir de los mencionados polvos. Ella preguntó: ¿pero cómo se hace eso? Entonces, con algo de pena le dije: a los polvos les agregas agua y la solución resultante la pones dentro de un irrigador, que venden en las farmacias, los cuales tienen una manguerita y una cánula que debes insertarte en el recto, pero lo mejor será que alguien te ayude a ello. La joven se puso chapeadita pero, aún así, volvió a preguntar ¿usted se lo ha tenido que hacer alguna vez a su esposa? De súbito el color se me subió a la cara y le respondí: pues…sí, alguna vez ¿Y la ha inyectado? Sí, también la he inyectado. Entonces añadió: perdone mi atrevimiento, he estado pensando quién me podría inyectar pues soy del interior del país y conozco a muy poca gente. Además, usted y su esposa me infunden mucha confianza ¿podría ayudarme? A ver si entendí bien, le dije, ¿quieres que yo te inyecte? Sí, respondió y también que me aplique el enema, se lo voy a agradecer mucho. Pero, mi esposa… Ella me interrumpió: le prometo no decírselo, ayúdeme pues tengo necesidad de atenderme, yo rento una habitación muy cerca de aquí en la cual vivo sola. De manera que ya no le dije que mi esposa también sabía inyectar y que ella podría ayudarla, me consideré muy afortunado y me fui contento a mi casa.

Al otro día fui a verla a la hora convenida llevando el irrigador y la jeringa. Accioné, como me dijo, el timbre número dos y, a poco, se abrió la puerta metálica provista de vidrios traslúcidos. Vi a Marina vistiendo un pantalón negro entallado y una blusita anaranjada. Me dijo: pase usted, dio media vuelta y subimos una escalera algo pronunciada al final de la cual había, de frente, una puerta bastante grande y, del lado derecho, una puertita pequeña, por la cual entramos a una habitación muy confortable, con baño y un pequeño balconcito con vista a la plaza. ¡Qué bonito lugar! le comenté, y con qué buen gusto lo has decorado. Después de platicar un poco acerca del inmueble y de la pintoresca plaza contigua, le dije: Bueno, Marina, a tus órdenes ¿qué quieres que te aplique primero? A lo cual ella dijo: primero inyéctame, eso es lo más fácil, luego vemos lo del enema.

Me entregó la ampolleta de complejo B, yo no le dije que es bastante dolorosa. Desenvolví una jeringa, la cargué y, teniendo todo listo le pedí: prepárate por favor Marina. Ella, muy resuelta, bajó su pantalón y la panty descubriéndose totalmente las nalgas y se tumbó despreocupadamente sobre la cama. Como ya les he dicho, es una joven bastante delgada con un culito pequeño, muy firme. No obstante, se le advierten sensuales formas femeninas: cinturita estrecha, cadera relativamente amplia, las cuales estaban perfeccionadas por un detallito que me pareció sumamente erótico: tenía la piel muy bien bronceada, excepto la marca del pequeño calzón bikini en la parte central de las nalgas. No aguanté el impulso de preguntarle: ¿fuiste a algún balneario? A lo cual ella respondió: no, para nada, aquí mismo junto al balcón me asoleo a veces los sábados haciéndome la idea de que estoy en la playa. Su comentario me causó mucha ternura.

Me acerqué, palpé el glúteo derecho sintiéndolo relajado. Aún así le pregunté: ¿te causan temor las inyecciones? Ella dijo: no, nunca me han asustado, de niña me inyectaron mucho y, tal vez por eso me acostumbré a ellas. Entonces sin preámbulos le desinfecté el glúteo, apoyé los dedos de mi mano izquierda para delimitar la zona y clavé la aguja con firmeza produciéndole una pequeña reacción refleja: la nalguita se estremeció fugazmente. Empujé con calma el émbolo para hacer entrar la densa sustancia. Esperé alguna reacción de mi bella paciente, pero ella nada dijo, ni se inmutó. A la pregunta: ¿te arde? respondió con aire lacónico: no, para nada, vas muy bien. Su semblante se veía relajado igual que las manos y todo el cuerpo. Finalmente extraje la aguja, limpié el pequeño reflujo, y le di un breve masaje, al cabo del cual Marina se levantó parando un poco el culo y ofreciéndome una breve postal de su rajita distendida, en la que pude observar una partecita de los labios vaginales y el botoncito rectal.

Mientras ponía los materiales sobrantes en el pequeño cesto de basura adosado a la pared muy cerca del balcón, le comenté: hay pocas personas tan controladas como tú frente a las inyecciones, generalmente se tensan y hacen mucho escándalo, sobre todo cuando se trata de sustancias densas como el complejo B que te acabo de aplicar. Ella me miró con aire serio y me preguntó: ¿qué hace tu esposa cuando la inyectas? La pregunta me sorprendió mucho, pero reponiéndome le dije: no Marina, curiosamente Elizabeth es igual que tú, no se inquieta ni hace bulla. Su siguiente comentario me sorprendió aún más: “Elizabeth tiene un cuerpo precioso, sus nalgas me encienden”. Y añadió: “seguramente disfrutas mucho inyectándola”. Yo no le respondí nada, hice como que no entendía. No es fácil dilucidar si el comentario de Marina indica que tiene morbo por las inyecciones, o bien denuncia cierta inclinación lésbica. Sería fácil pensar en lo segundo, pero no concuerda con el hecho de que me haya invitado a mí a atenderla en cuestiones tan íntimas.

Luego me entregó el paquete con los polvos que eran de dos tipos y venían en sobres individuales separados. Leí las instrucciones enterándome que se debía aplicar primero un litro de agua con el polvo “A”, dejarla en el intestino 20 minutos haciendo efecto, luego evacuar el vientre, y aplicar un litro de agua con el polvo “B” dejándola por igual tiempo. Le pedí un recipiente para hacer la primera preparación, luego la introduje en el irrigador y colgué éste del clavo que sostenía un pequeño cuadrito en la pared. Finalmente le dije a Marina: todo listo, empezamos, pero ella me miraba titubeante, no sabía qué hacer. Entonces le dije: tienes que descubrirte de nuevo las nalguitas pero de preferencia quítate el pantalón y la panty para que estés más cómoda y tengas movilidad. Ella me miró con rostro sorprendido, se retiró el calzado, se quitó el pantalón dejando a la vista unas piernas delgadas pero sensuales, se bajó la panty y se acostó boca abajo. Entonces le dije: mejor quítate la panty, pero ella repuso tajante: ¡no, así pónmelo! Creo que el hecho de llevar puesta la pequeña prenda le daba una especie de seguridad en lo emocional, así que no le insistí. Marina no era mojigata ni le afectaba enseñarme el trasero, pero su voluntad parecía haber llegado al límite. Podía yacer sobre la cama con el culo y las piernas descubiertas, pero retirarse la panty era ya para ella otra cosa, la hacía sentir probablemente exagerada, desamparada, libertina ¡la mente de cada uno tiene sus peculiares complejidades!

Así que quedó frente a mí acostada en posición transversal respecto a la cama, luciendo unas piernas delgaditas pero torneadas, tan bronceadas como la parte del culito que no mostraba la huella del pequeño bikini antes comentado. En esta ocasión se bajó un poco más la panty, tal vez como compensación a su negativa de retirársela. Me acerqué a ella, le pedí colocarse en decúbito derecho pues es la posición básica más cómoda para la penetración rectal. Me senté frente a aquel culito pequeño, plástico, firme, sensual, deleitoso. Con los dedos de mi mano izquierda le separé los glúteos haciendo distender la raja y le coloqué la cánula previamente lubricada (como del tamaño de una vaina de chícharos) en la entrada del orificio anal. Empujé un poco pero Marina respingó de inmediato diciendo: ¡espera, eso duele! Así que se la retiré de inmediato, le pedí sentarse y le expliqué muy bien lo que tenía que hacer. Le dije: esta es la cánula que está conectada, vía la manguera, con el irrigador donde está la sustancia curativa. Sólo tengo que introducirte esta partecita, mírala bien, no es muy grande ¡Pero me duele! dijo ella, no me niego a intentarlo, pero te juro que me duele mucho. Y volviendo a acostarse agregó: hazlo muy despacito por favor. Le desplegué de nuevo la hendidura y le unté con mi dedo en el ano una buena cantidad de lubricante. Marina volvió a inquietarse y preguntó ¿qué haces? A lo cual respondí: sólo te estoy untando pomada para que deslice la cánula sin dificultad. Ella no dijo más, pero noté que sus nalgas se tensaban y se estremecían, como esperando algo doloroso. Le dije: Marina, tienes que relajar el esfínter, si lo aprietas entonces sí te va a doler. Pero su culo permanecía muy tenso, así que no intenté de nuevo la penetración.

¿Nunca te han aplicado siquiera un supositorio? le pregunté. Ella respondió que no. Mira, le dije, vamos a hacer una cosa. Te voy a dar un pequeño masajito relajante en el esfínter anal, el cual poco a poco se irá distendiendo ¿te parece bien? Bueno, me dijo, tú sabes lo que haces, pero por favor que no me duela. La acosté sobre mis piernas, ella mostró cierto nerviosismo pero aceptó. Con el dedo meñique empecé a friccionarle el botoncito, primero sin pretender la entrada y, poco a poco, sugiriéndola pero con extremo cuidado para no inquietar a la preciosa joven, cuyo cuerpo se estremecía luciendo todo su esplendor. Después de unos quince minutos de masaje logré insertarle la puntita del dedo, pero ella se quejaba y me decía: siento mucho dolor ¡no vayas a rasgarme! No, le dije, el ano puede distenderse hasta más de tres centímetros con relativa facilidad y mi dedo meñique no alcanza ni un centímetro de diámetro, que es la medida de la cánula. Diciendo esto empujé más el dedo hasta que le entró totalmente. Marina siguió quejándose pero su molestia disminuyó en la medida que le friccionaba la pequeña abertura, mediante entradas y salidas muy suaves de mi dedo. Finalmente, sin extraérselo, le dije: quiero que te des cuenta de una cosa, tienes mi dedo meñique totalmente adentro y tallándoselo en el recto le pregunté: ¿lo sientes? Ella asintió. Entonces agregué: te lo voy a sacar y lo comparamos con la cánula para que veas que es del mismo tamaño y que por lo tanto, esta te puede entrar completa sin ninguna dificultad. Extraje el dedo y poniéndolo junto a la cánula le mostré la similitud. Ella me dijo: de acuerdo, métemela ya. Se la puse en la entrada y empujé lentamente. Marina se estremeció de nuevo pero no dijo nada, permitiendo que la cánula quedara totalmente alojada en su culo.

Ahora vamos a inyectar la sustancia, le dije y, abriendo la llavecita del irrigador, hice que el líquido fluyera hacia el objetivo ¿Qué sientes? pregunté. Nada, contestó, sólo frescura en mis entrañas, realmente me gusta. Sentí que se relajaba haciendo que el líquido fluyera con rapidez. Pero habiendo entrado un poco más de la mitad de la sustancia, Marina me dijo: siento mucha presión en el vientre, como que lo tengo lleno. Entonces cerré la llavecita del irrigador y le pedí descansar un poco mientras le tomaba ambos glúteos y se los agitaba para propiciar el acomodo del agua. Al cabo de unos instantes le pregunté: ¿ya estás mejor? Ella respondió: creo que sí, podemos continuar. Volví a abrir la llavecita y, en efecto, aguantó la entrada de un cuarto de litro más, pero después se puso muy inquieta y me pedía que ya le parara el ingreso del agua porque sentía el vientre a reventar. Le dije que iba a detener de nuevo el flujo pero, lejos de eso, con la mano izquierda le presioné las nalgas cerrándoselas, mientras con la derecha apreté el irrigador para hacer que el resto de la sustancia fluyera y entrara a presión en el culo de la joven, quien gritó: ¡no aguanto más! Como prácticamente tenía ya toda la solución en las entrañas, apreté muy fuerte la manguerita para evitar que el líquido fluyera en dirección contraria y extraje de un jalón la cánula, con lo cual se produjo un fino pero potente chisguete que saltó del culo de Marina y fue a pegarme hasta la cara. Le dije ¡Espera Marina, no lo saques, no frunzas el culo! Ella pareció entender, el chisguete se detuvo. Abrí un poco las piernas para presionarle lo menos posible el vientre, mientras le juntaba con firmeza los glúteos.

Así estuvimos por más de quince minutos: ella quejándose y apurándome, yo tratando de tranquilizarla, diciéndole que faltaban ya pocos minutos. Poco antes de que se cumpliera el tiempo prescrito, Marina me dijo ¡ya por favor, no aguanto más! Sus nalguitas se estremecían entre mis manos. Entonces le dije: está bien, pero vamos a hacer lo siguiente: no te voy a extraer la cánula, te pones de pie y caminas lentamente hasta el baño. Yo te acompaño con el irrigador y te extraigo la cánula justo en el momento de sentarte para desalojar el vientre. La primera parte transcurrió sin contratiempos: se levantó, yo descolgué el irrigador y fuimos aproximándonos al baño, pero Marina gritaba ¡se me sale, se me sale! Sólo breves chisguetitos ocurrieron cuando abrimos la puerta del baño. Sin embargo, la vista del excusado hizo que mi amiga se descontrolara y que corriera ya sin freno haciendo que los chisguetitos le salieran del culo en varias direcciones. Entonces jalé la manguera y le extraje la cánula de golpe. Entre súbitas y discordantes trompetillas anales, Marina se sentó y vació su abrumado vientre. La segunda lavativa transcurrió ese mismo día de manera menos accidentada, aunque también tuvo sus bemoles.

Más adelante les relataré la segunda sesión de inyecciones y lavativas aplicadas a mi amiguita.

Fecha: 19/11/2008 21:16.

Autor: Anónimo
Fe de erratas

En mi anterior relato, donde dice:
Le dije ¡Espera Marina, no lo saques, no frunzas el culo! Ella pareció entender, el chisguete se detuvo. Abrí un poco las piernas para presionarle lo menos posible el vientre, mientras le juntaba con firmeza los glúteos.

Debe decir:
Le dije ¡Espera Marina, no lo saques, no frunzas el culo! Ella pareció entender, el chisguete se detuvo. Le volví a insertar la cánula y abrí un poco las piernas para presionarle lo menos posible el vientre, mientras le juntaba con firmeza los glúteos.

Una disculpa por la omisión y seguimos adelante. Estoy escribiendo para ustedes, a petición expresa de algunos de ustedes. A cambio, regálenme sus siempre valiosos comentarios., no me los nieguen.

Fecha: 20/11/2008 18:55.

Autor: lector empedernido
Maravilloso como siempre! Continúa por favor

Fecha: 20/11/2008 20:55.

Autor: Anónimo
Estimado Lector Empedernido.
Te agradezco tu siempre atenta comunicación, eres una de las personas que más me han impulsado a seguir. Tu eres entusiasta, animoso, inquieto, fogoso, buen amigo, el único varón que me ha compartido tanto sus ideas y preferencias, como sus bellos relatos. Te lo agradezco muchísimo pues se que con ello nos entregas a todos, algunos de tus más íntimos pensamientos y vivencias.
No dejo de pensar en cada uno de los amables lectores. Tengo de todos al menos una idea muy general que voy perfeccionando con el tiempo. Hay en particular dos personas interesantísimas en el grupo que fuimos formando. Me refiero a Carola y a Lidia, cuyos excelentes comentarios animaron mi esfuerzo en determinadas etapas. No se si continúen leyendo; en todo caso me encantaría conocer las razones de su ulterior silencio.
Mi inmenso agradecimiento a DON MIGUEL, nuestro anfitrión, quien nos ha permitido continuar utilizando su página, la cual él encabeza con un excelente relato que indujo una verdadera tormenta de ideas.
En verdad extraño a todos, a quienes han escrito y a quienes leen los relatos pero, por razones muy particulares no se comunican. Para todos, mi saludo cordial y mi profundo reconocimiento.

Fecha: 21/11/2008 02:24.

Autor: Mike
Hola Anónimo, he leído tus relatos y me calientan un chingo pues soy muy afecto al fetiche de las inyecciones. Pero quiero pedirte que también pienses en los que somos varones pero no sólo apreciamos los culitos femeninos sino también los masculinos. En nosotras que tenemos el gusto de picar y el de que nos piquen ¿me entiendes? A mí me parece que no eres egoísta ni separatista, así que acepta satisfacer con tu privilegiada pluma nuestras aspiraciones

Fecha: 22/11/2008 01:16.

Autor: lector empedernido
apoyo total a Mike. Los muchachos también se enferman y necesitan tratamiento adecuado.

Fecha: 22/11/2008 02:47.

Autor: Anónimo
Estimada Mike, te agradezco tu comentario y entiendo muy bien tus razones. En efecto, no dejo de valorar el sentimiento que priva en las relaciones homosexuales. Me agarraste de buenas, así que espero te guste el siguiente relato que compuse para ti, aplicado a tu persona, de manera que seas tú mismo el que lo platique.

Me llamo Mike y desde niño he sido un fanático sexual que no repara en géneros cuando se trata del placer. Las relaciones humanas son tan sorpresivas que me niego a enrarecerlas con prejuicios discriminatorios. Nos inculcan que el sexo sólo debe entablarse con el género opuesto, lo cual tiene lógica puesto que los órganos masculinos y femeninos son complementarios y su unión es fecunda. Pero el deseo no siempre se pliega a la lógica ni al proceso reproductivo, sino que a veces los trasciende. No puedo decir que no hay placer donde sí lo hay, así que me dejo llevar por las circunstancias.

Fer, de catorce años y yo de trece éramos mensajeros en una oficina donde Fermín, nuestro jefe, un joven de veinticuatro años, llegaba muy temprano y, a veces, antes de iniciar labores y repartirnos el trabajo, recibía a un muchacho como de veintidos años, empleado de la farmacia, para que lo inyectara. Se encerraban en una bodeguita donde llegaban a pasar más de media hora juntos, lo cual a Fer y a mí nos pareció extraño sabiendo que una inyección se aplica en menos de cinco minutos. La especulación y los comentarios que hicimos nos despertaron la curiosidad y el morbo, así que decidimos espiarlo.

Curiosamente, la siguiente vez que llegó el empleado de la farmacia, al pasar a la bodeguita Fermín no cerró, como siempre lo hacía, la puerta de un pequeño cubo de luz contiguo, de manera que Fer y yo aprovechamos la oportunidad para asomarnos por la ventana. Vimos cómo Fermín se bajó el ajustado pantalón negro y la exigua trusita blanca hasta las rodillas y se acostó sobre unas cajas que estaban muy bien dispuestas y cubiertas con colchoneta. Las nalgas de Fermín, de indiscutibles dimensiones masculinas, lucían muy blancas, erguidas, y sus piernas tenían un porte no tan vigoroso, eran más bien suaves, redondas, rellenitas, bien formadas. Yo no había tenido aún relaciones sexuales de ningún género y al ver aquellas blanquísimas nalgas adultas, masculinas, respingadas, de aspecto suave pero firme, se me puso el pene bien tieso.

Toño, que era el nombre del enfermero, talló con un buen trozo de algodón casi toda la nalga derecha de su paciente, la cual se abrillantó por la generosa película de alcohol recibida y, antes que la sustancia se evaporara, le clavó la aguja con tal violencia que Fer y yo nos miramos uno al otro consternados, ya que la aguja punzó el hermoso cachete a la velocidad del látigo. Fermín alzó de inmediato la cabeza, se agarró con las dos manos el cabello, se lo jaló violentamente y lo estuvo agitando con desesperación, mientras la roja y muy densa sustancia entraba en su estremecido glúteo, que parecía petrificado de horror. El rostro de Fermín se veía excesivamente rojo y en sus sienes se marcaban profundas líneas de expresión. Por fin Toño extrajo la aguja y se abalanzó a lamer el glúteo y a succionar con los labios el sitio exacto del piquete. Fermín se puso en posición de perrito y Toño, sacando la lengua lo más que pudo, la hizo taco y se la metió en la raja acercándosela al orificio anal, punteándolo y simulando la acción de penetrarlo, mientras con la mano derecha cogía y frotaba a todo lo largo la macana de su pareja.

Fermín estaba fuera de sí, las piernas y las nalgas le temblaban con ansia. Toño se bajó nerviosamente los pantalones y los calzones, los cuales quedaron enrollados en sus tobillos, descubriendo una verga de tamaño descomunal, brillante, nervuda, colorada, curvada hacia la derecha, cabezona, con en enorme glande que chorreaba un pastoso líquido seminal. Con la punta de tan brutal garrote separó las frágiles y sumisas nalgas de su amado quien, conociendo el calibre y la longitud de la pulla que lo tenía ya casi doblegado, parecía resistirse, horrorizado trataba como de aplazar la ya inevitable penetración que le desgarraría las entrañas.

Toño no se anduvo con miramientos, teniendo a la vista aquellos soberbios glúteos que lo enloquecían, ya bien separados, rendidos, delirantes, palpando y observando la suavidad, la firmeza, la tensión y la belleza de aquellas carnes de la mayor intimidad que previamente le habían reportado tanto placer, ancló sus fuertes antebrazos entre el pubis y las piernas de Fermín y, mientras se extasiaba viendo la marquita de la reciente inyección que le había aplicado en la cola, de la cual justamente brotaba en ese momento una gota regular de sangre, emitiendo un feroz rugido arremetió a su amado traspasando salvajemente aquel desamparado esfínter que obviamente no fue capaz de oponerle la menor resistencia. Fer y yo confirmamos incrédulos cómo la enorme verga penetraba hasta el tope el culo de Fermín quien se aflojó totalmente, sólo los fuertes brazos de su amante hicieron que no se desplomara, su rostro yacía de lado sobre la mullida colchoneta, con la boca abierta, los ojos cerrados, las mejillas tensas, los brazos desfallecidos, pero el culo bien parado.

Las primeras acometidas fueron muy suaves, la verga de Toño se deslizaba lentamente estimulando con todo esmero cada uno de los puntos de su larga superficie, incitando deliciosa y recurrentemente el ajustado esfínter anal de Fermín, quien comenzó a dar muestras de haber superado el terrible shock de la penetración inicial y ya se deleitaba al estar plenamente conciente de aquella gruesa e indomable barra que le era frotada a lo largo del trayecto rectal, excitando con cada arremetida su delirante punto G.

Cada vez que Toño juntaba su pubis con las nalguitas de Fermín, este se estremecía gimiendo y dando muestras de un frenético placer. Toño, a su vez, fue acelerando el ritmo de sus embestidas al sentir ya cercano el ansiado orgasmo. Tomó fuertemente por las caderas a su pareja e inició un furioso ataque final que ni Fer ni yo habíamos siquiera imaginado. Se desató la furia varonil de los amantes, los cuales hacían que sus cuerpos chocaran salvajemente, que por la velocidad de las acometidas apenas se distinguiera la superficie del enorme pene que los ataba, el cual estaba cada vez más brillante, al rojo vivo, transmitiendo su febril condición al amante penetrado, el cual había abandonado su pasividad inicial convirtiéndose en agente agresor, que rugía y tallaba con su esfínter, rabiosa, desesperadamente, el delicioso salchichón que tenía clavado.
Toño se quedó paralizado, asió con fuerza a Fermín de las caderas y lo mantuvo penetrado hasta la empuñadura por unos instantes, sus ojos estaban en blanco, las piernas se le aflojaron. No aguantando más, aventó a su amado tumbándolo violentamente sobre la cama y se desplomó encima de él sin extraerle el miembro. Lo puso de costado y cogiéndole el pene se lo masturbó espléndidamente hasta hacerlo lanzar tres andanadas de caliente esperma, análogo al que acababa de inyectarle en la cola. Ese día Fer y yo nos iniciamos visualmente en las delicias del inigualable placer homosexual que desde entonces empezamos a practicar.
En otra ocasión, cuando el pinche Anónimo que es hétero me quiera prestar su pluma y su talento, les cuento más ¿Sale?

Fecha: 22/11/2008 02:54.

Autor: lector empedernido
y vale

Fecha: 22/11/2008 19:30.

Autor: lector empedernido
Querido Anónimo:

Me preguntaba de dónde eres, porque tienes algunas expresiones que me encantan (como por ej., que las inyecciones se ponen EN LA COLA) que no son habituales en muchos lugares de América. Hay muchos sinónimos, nalgas, gluteos, trasero, culo, pero no me preguntes por que cola tiene una sonoridad inigualable.

continúa con tus relatos; tu imaginación parece inagotable

Fecha: 23/11/2008 16:30.

Autor: Mike
Qué bárbaro Anónimo!!! no sabes cómo me calentaste. Estuve desesperada buscando que me inyectaran y por fin lo conseguí, me dieron un buen pinchazo en mi nalguita izquierda que aún me duele. Luego traté de hacer el amor con mi pareja pero no lo encontré y me entregué a otro hombre, eso provocaste Anónimo !Gracias por acceder a escribir para nosotras! que no sea la única vez, te lo ruego.

Fecha: 24/11/2008 16:40.

Autor: Anónimo
Estimado Lector Empedernido, en mis relatos he puesto suficientes referencias acerca de mi lugar de origen. En cuanto a la expresión: “inyecciones en la cola” la he tomado de ustedes. Tú mismo la empleaste hace 5 meses, por favor revisa el primer comentario que me hisciste.

Fecha: 24/11/2008 16:44.

gravatar.comAutor: ANOMINO 2
ME EXCITAN TUS HISTORIAS, ME ENCANTARIA JUGAR CON MI NOVIA A LAS INYECCIONES PERO ME DA PENA, NO SE QUE PIENSE EL, PERO A MI ME GUSTAN QUE ME PUYEN LA COLITA, POR FAVOR SIGA ESCRIBIENDO QUE ESO ME FASCINA. GRACIAS Y FELICITACIONES

Fecha: 24/11/2008 17:52.

Autor: lector empedernido
Estimado Anónimo:
por favor, no me regañes. Se perfectamente que uso esa expresión porque, como te dije, me encanta. Pero ni imaginaba que la habías tomado de ahí.
Agradezco tus relatos, pero no vamos a cargar toda la responsabilidad en tí: todos los demás que les gustan los pinchazos, anímense y cuenten sus experiencias reales o deseadas.

Para dar el ejemplo:

Tengo 40 años y aunque resulte sospechoso, aún vivo con mi madre. Resulta ser que soy un soltero sin remedio y vivir con ella tiene sus ventajas: ropa limpia y planchada y al llegar de la oficina, siempre comida recién preparada. También tiene sus desventajas: para ella siempre seré su bebé por lo que se entromete en todo. Un buen ejemplo es lo que está sucediendo desde ayer.

Estoy en cama a causa de una infección pulmonar que diagnosticó un médico muy amable que vino a verme de la obra social.

En realidad era muy amable en el trato pero dejó de parecerme amable cuando, mientras escribía la receta, iba explicando que me tendría que aplicar una serie de inyecciones de penicilina. Desde luego que mi madre permaneció en el cuarto durante todo el tiempo que el médico estuvo conmigo y para cuando dijo lo de los inyectables, ya estaba con el teléfono en la mano para llamar a Doña María. Doña María es una señora mayor, española de origen que a pesar de hacer años que está en mi ciudad, nunca perdió su acento natal. Desde hace años que se dedica a pinchar las nalgas de todo el barrio. También toma la presión y coloca enemas, pero si duda su ocupación más temida desde pequeño era la primera.

Cuando la veíamos llegar los chicos nos escondíamos, como si eso fuera a evitar que nuestras madres nos pusieran boca abajo con el trasero al aire (y a veces con alguna nalgada para que nos quedáramos quietos) y la maldita aguja se clavara inexorablemente hasta el fondo de un solo golpe. En ese momento los gritos de la víctima empezaban a aumentar de volumen y solían durar más que la inyección misma. No resultaba sencillo tranquilizarse luego de semejante experiencia y a veces el glúteo salvajemente agredido permanecía dolorido por varios días. Era imposible que, a pesar de que Doña María dulcemente nos explicaba que teníamos que estar flojitos, lo lográramos y eso hacía la situación aún más dolorosa.

Quizá lo peor era la espera hasta saber para quien estaba destinada la jeringa porque aunque no hubiéramos ido al médico y no estuviéramos enfermos, cada tanto a nuestras madres se les ocurría que estábamos débiles y ellas mismas nos recetaban una buenas inyecciones de hierro y vitaminas. Y todos sabemos lo que duelen.

En este caso, nunca me habían dado inyecciones de antibiótico pero por lo que había oído eran terribles. Esto no sería un juego de niños.

Además, a pesar de que Doña María me conocía desde pequeño, me da cierta vergüenza exhibirle mi trasero.

Mi madre acompañó al médico a la puerta y aprovechó para pasar por la farmacia a comprar las ampollas. Dedicada como es, no quería que mi tratamiento demorara ni un segundo.

Cuando volvió, dejó la caja en mi mesa de luz junto con jeringas descartables, algodón y alcohol. Siempre tan previsora! Quería que estuviera todo preparado para cuando llegara la enfermera. Alegremente, como si no pasara nada, me dijo que descansara y mirara un rato la tele, saliendo del cuarto mientras la prendía.

Yo no podía con mi ansiedad y a solas miré cómo era las ampollas para ver qué me esperaba. Esperé a estar solo porque me daba vergüenza que mi madre supiera que tenía miedo a ser inyectado, pero esa es la verdad. Hacía mucho que no me pinchaban el culo y la perspectiva de 10 pinchazos no era muy buena.

Luego de ver las ampollas preferí no haberlo hecho. Eran enormes, el líquido era rojizo y cuando la volteé ví con horror que era superespeso. No soy experto en esto pero imaginé que algo tan espeso no debía entrar fácilmente en el músculo. Además no albergaba ninguna esperanza de que me las fueran a dar en algún otro lugar que no fuera los glúteos.

Mientras estaba en estos pensamientos, sonó el timbre. Suponiendo que era la ejecutora de mi tortura, me apresuré a guardar la ampolla en la caja. Justo terminaba de hacerlo cuando entraron al cuarto Doña María seguida de mi mamá.

Doña María me saludó con un “Hola Juancito, (odio que me llamen así!, ya no soy un niño. Pero pensándolo bien me sentía atemorizado como si lo fuera), a preparar esa colita que hace tanto que no veo”. Estaba tan nervioso que casi no me salían las palabras para contestar el saludo.

Mi madre le indicó dónde estaba el medicamento al mismo tiempo que me daba la orden (como cuando era niño) de acostarme boca abajo con la cola al aire. Evidentemente se daba por descontado que permanecería allí controlando todo el procedimiento. Eso me hizo poner colorado, pero no podía decirle que se retirara sin más.

No me di vuelta enseguida. No quería exponerme desnudo más de lo necesario y no lo haría hasta que María hubiera terminado de preparar la jeringa.

Afortunadamente mi madre se entretuvo charlando con ella sobre temas del barrio mientras la preparaba y no se dio cuenta de mi estrategia.

Yo intentaba ver los preparativos pero no pude ver nada porque estaban de espaldas a mí, apoyando las cosas en la cómoda. Finalmente el momento temido llegó. Se dio vuelta con la jeringa en alto y un algodón embebido en alcohol y dijo: “Cómo? Todavía no estás en pose? Supongo que no tendremos que nalguearte como cuando eras niño, no?”

Si decir palabra, me volteé y me bajé apenas el pantalón pijama. “Pero que tímido eres! Te he visto la cola desde que eras niño y además veo montones por día, no creerás que voy a espantarme” dijo mientras bajaba totalmente el pantalón por debajo de mis nalgas. Ahora relaja el culete que esto es espeso y duele bastante”, mientras frotaba la nalga izquierda con el algodón. Tras lo cual me dio una sonora nalgada y antes de que reaccionara me clavó la aguja en toda su longitud de un solo golpe. Me quedé helado, ni siquiera recordaba que se sintiera así el pinchazo. No puedo decir que me dolió, pero tampoco fue divertido.

Cuando empezó a apretar el émbolo, comencé a sentir un dolor inmenso. No fue aumentando progresivamente, fue en toda su intensidad desde el primer momento. En el instante de la primera punzada de dolor, instintivamente contraje las nalgas a lo que María respondió con otra nalgada, ahora más dolorosa que sonora mientras decía “¡Te he dicho que relajes, hijo!”.

Mi mamá estaba sentada al borde de la cama, del otro lado de donde estaba María y apoyando su mano sobre la parte baja de mi espalda como si se preparara para sostenerme si llegaba a intentar huir me dijo “Vamos Juancito, es por tu bien”. Yo intentaba frenéticamente relajarme pero nunca lo logré del todo. El dolor seguía siendo casi insoportable y cuando creía que ya no lo toleraría y me pondría a gritar María retiró la aguja y comenzó a masajear el músculo para que el espeso medicamento se diseminara. Esta operación fue casi tan dolorosa como la aplicación misma, pero me quedé quieto porque no quería más palmadas. Mientras tanto pensaba quién sería el que le daba inyecciones a María si las necesitaba y si ella era capaz de relajarse tanto como pedía a los pacientes cuando estaba al otro extremo.

“¡Listo!. Prepara la otra nalguita para esta noche. No se cómo te quedarán los pulmones luego de esto, pero seguro que el culo te lo dejaré como colador. Te veo a las 8.””.

Luego pasó al baño a lavarse las manos y se fue acompañada de mi madre.

No me animaba a moverme. Lentamente me fui subiendo el pantalón. Si estaba así con la primera suponía que luego de 3 o 4 ya no podría acostarme boca arriba. Por el momento lo solucionaba apoyándome más del otro lado, pero eso sólo serviría hasta la noche.

Lo que me resultaba muy extraño era que independientemente de lo desagradable del dolor que sentía en el cachete, estaba terriblemente excitado. Y comencé a recordar todas las escenas infantiles en las cuales había sido el protagonista o en las que había espiado cómo algún otro era pinchado.

Creo que me he dado cuenta de que tengo un fetiche por las inyecciones que no había descubierto hasta ahora.

De todos modos, eso no ha evitado que pasara toda la tarde temiendo la llegada del terrible momento de darme vuelta con la cola al aire en presencia de dos señoras nuevamente para recibir otra dolorosa inyección.

¡Paciencia! Es por mi bien.

Fecha: 24/11/2008 18:36.

gravatar.comAutor: KARO
TE FELICITO, ME GUSTAN TUS RELATOS, SOBRE TODO LO DE LAS INYECCIONES EN LA COLA ESO ME EXCITA MUCHO, AUNQUE TENGO TIEMPO DE NO ENFERMARME Y NO HE RECIBIDO INYECCIONES PERO ESO ME EXCITA MUCHO POR FAVOR SIGA CON TUS RELATOS Y DETALLADITOS DESDE CUANDO SE BAJA LA PANTALETICA. AUNQUE NO ME GUSTA MUCHO QUE TERMINE EN SEXO, CON LA PERSONA QUE TE LA APLICA TE EXCITA PERO PARA ESTAR CON TU PAREJA. GRACIAS Y SIGUE POR FAVOR QUE SON HACES MUY FELICES.

Fecha: 24/11/2008 20:34.

Autor: Anónimo
¿Eres la misma Karo que escribió el 6 de mayo? Espero te guste el siguiente relato. Dime tus impresiones, no dejes de comunicarte.

Karo

Tiempo tenía de no enfermarme pero ayer súbitamente me llegó el implacable resfriado. Al salir de la regadera vino el primer estornudo. Mientras me vestía experimenté dos más, después fueron muchos. Como el malestar creciera decidí consultar a May, una excelente doctora de mucha confianza. ¡Pasa Karo! hace tiempo que no venías ¿qué te ocurre? Estoy resfriada: me fluye la nariz y tengo un fuerte dolor de garganta. Tras auscultarme se sentó y me dijo: si no te opones, lo mejor será que te inyecte ¿cómo ves? De acuerdo May, como tú digas ¿me aplicarías la primera ahora mismo? Desde luego, debemos evitar que avance la infección.

¡Cómo me excitan esos momentos! La doctora se puso de pie, tomó una jeringa y la cargó con una sustancia transparente bastante densa. Yo estaba aterrorizada pero también excitada, es algo que no puedo evitar. Como la jeringa ya estaba lista May tomó un trozo de algodón, lo empapó en alcohol y en ese tono humorístico que siempre me dispensa, agregó: Karo, te agradecería ofrecerme tus pompis. Apenas en ese momento reaccioné. Había visto cómo la doctora preparaba el medicamento, me había estremecido mirando la punzante hipodérmica, pero era como su hubiera pensado que alguien más iba a sufrirla. Sin embargo, la implacable mirada de May me recordaba que mis pobrecitas nalgas serían las pinchadas.

Iba ataviada con un traje formal de oficina color beige. Dejé mi bolso sobre la silla, me retiré el saco, desabroché nerviosamente el pantalón, extraje el faldón de mi blusa color azul y, replegándolo hacia la cintura lo sujeté con la mano izquierda, al tiempo que con la derecha hice descender lentamente el pantalón hasta la base de mis nalgas. Pero hete aquí que, mientras llevaba mi mano derecha al elástico de la pequeña pantaleta blanca, mi pantalón resbaló y fue a dar al suelo dejándome totalmente descubiertas las piernas. Me sentí apenada, por un momento no supe qué hacer, pero la doctora, muy oportuna se agachó y lo recogió sosteniéndomelo a la altura de los muslos, mientras yo me bajaba la panty. Por fin, teniendo ya mi culo desnudo y a la vista de la doctora, pude controlar la ropa con mis propias manos, pero faltaba acostarme sobre la mesa de exploración, así que subí los dos escaloncitos de la escalerilla y por fin pude acostarme boca abajo, pero entonces me percaté que tenía tanto la panty como el pantalón casi hasta las rodillas y no los podía subir porque estaba presionándolos con el cuerpo ¡me invadieron el pudor y la verguenza!

La doctora, muy sensata me dijo: ¡no te apures Karo, quédate como estás no hay ningún problema, sólo yo te estoy viendo! Mejor relájate porque pareces un poco tensa. Así que, muy apenada por la torpeza con que me había conducido hasta ese momento, realmente excitada por estar ofreciendo la panorámica de mi culo totalmente descubierto, y atemorizada por el inevitable piquete que estaba a punto de sufrir, me quedé muy quieta, cerré los ojos, apreté los puños, y no dejé de pensar en la cercanía de la terrible jeringa, situándola imaginariamente a sólo un palmo de alguno de mis cachetes y estando a punto de horadarlo. Me tranquilicé un poco al sentir los dedos de May que buscaban en ambos glúteos el sitio ideal para horadar, pero cuando me aplicó el alcohol en la nalga derecha me volvieron los nervios al percatarme que ahora sí el piquete era inminente.

Para contrarrestar el estrés, inicié una terapia de relajamiento. Imaginé mi culo desde la perspectiva de la doctora. Mis nalgas son más bien pequeñas, de aspecto frágil, bien formadas, algo respingadas. Pensando en ellas me excité aún más de lo que estaba, mis pezones se irguieron y la vagina se me humedeció sin llegar al escurrimiento. De pronto, la fría y dolorosa incisión me hizo brincar y emitir una leve queja. May colocó su tibia mano izquierda justo al lado de la jeringa aplicándome un leve masaje que por lo menos me distrajo, haciendo menos intenso el ardor que me producía la densa sustancia, cuya entrada resultó ser bastante molesta. Le pedí a May que me la aplicara más despacito. Ella accedió amablemente, así que moderó la entrada reportándome un ardor más prolongado pero menos intenso. Por fin la aguja salió de mi lastimado glúteo, el cual me quedó ligeramente adormecido.

Prometiendo a May regresar al día siguiente, me fui a mi casa, me desvestí y me acosté sin dejar de pensar en la excitante experiencia de haber sido inyectada. A poco, sentí a mi pareja ingresar en la cama. Me abrazó cariñosamente preguntándome: ¿cómo te sientes? Mi respuesta: “Fui a ver a la doctora y me inyectó, estoy algo lastimada” bastó para encenderlo, como el alcohol hace crecer la hoguera. Sentí el creciente bulto de su pene que hurgaba mi raja trasera. Bajó la panty y me penetró vaginalmente diciendo: Karo ¡tú sabes cómo me excita saber que te inyectan!

Fecha: 25/11/2008 01:55.

gravatar.comAutor: karol
NO SOY LA MISMA KARO QUE TE HABIA ESCRITO, APENAS HASTA LA SEMANA PASADA TUBE LA OPORTUNIDAD DE ENCONTRAR ESTA PAGINA PERO CREEME QUE ME ENCANTA, ES MAS MAÑANA ME ENCUENTRO CON MI NOVIO QUE TENGO 20 DÍAS DE NO VERLO Y ESTOY PENSANDO SERIAMENTE MANDAME A INYECTAR ANTES DE ENCONTRARME CON EL, PERO NO SE POR QUE NO ESTOY ENFERMA DE PRONTO ALGUNA VITAMINA. ACONSEJAME POR FAVOR Y SIGA RELATANDO QUE TIENES UNA IMAGEN ENVIDIABLE. FELICITACIONES Y ANIMO.

Fecha: 25/11/2008 18:59.

Autor: Anónimo
Entonces eres Karol y no Karo. Bienvenida a esta página de buenos amigos que compartimos nuestras íntimas emociones y vivencias. Felicidades por el reencuentro con tu novio, espero que lo disfrutes mucho. Si hacerte inyectar puede establecer una buena diferencia, no es mala idea que lo hagas. Tu cuerpo te agradecerá que le apliques un buen complejo vitamínico, pero es mejor que consultes previamente al médico. Si gustas contarme algo de tu experiencia, me ayudarás a escribir nuevos relatos.

Fecha: 25/11/2008 21:12.

Autor: Anónimo
Hola Anónimo 2. Si tienes la inquietud de jugar a los piquetes con tu novia, te recomiendo que aprendas muy bien a inyectar, eso te dará seguridad y a tu novia confianza. Luego, sólo espera el momento adecuado ¿quién no tiene necesidad de recibir alguna vez inyecciones? Lo van a disfrutar mucho pues eso de pinchar tú mismo las nalguitas de la persona que amas es extremadamente excitante ¡un increíble manjar!

Fecha: 26/11/2008 01:10.

gravatar.comAutor: karol
Ayer finalmente fui a una Drogueria unas horas antes de encontarme con mi novio y me mande aplicar un complejo B, yo llegue y me atendio un joven le pedi la inyeccion y me dijo que si me la iva aplicar de una vez, yo con un poco de nervios le dije que si. y me paso al cuartico que ellos tienen para inyectologia, de inmediato entro el y empezo a preparar la inyeccion, yo me acoste boca abajo y me baje solo un poquito el pantalon y la pantaleta, ya una vez preparada la inyeccion se acerco a la camilla y con sus delicadas manos me bajo mas el panti, me dijo relajese pues en realidad a mi las inyecciones me dan susto y pongo la cola y las piernas tensas, yo trate de relajarme cruze las manos sobre mi cabeza y abraze una almohada que habia en la camilla, el con sus delicadas manos me aplicó la inyeccion, me limpio con el algodon y me subio el jean, y me dijo ya esta. Lo mas bueno es que sali super excitada y me encontre con mi novio que tenia 20 días de no verlo lo demas pueden imaginarselo. te agradezco que con este relato te inspires y saques muchas publicaciones mas. chao.

Fecha: 27/11/2008 19:59.

Autor: Anónimo
Las complacencias de Karol

La inminente llegada de mi novio, los relatos de la página web y el morbo que me producen las inyecciones, me han puesto en un verdadero brete. Como ya les conté, me invadió un deseo incontrolable de hacerme inyectar. No es que me sintiera enferma, quería sencillamente darme el gusto de disfrutar la deliciosa terapia de los piquetes, que tanto me excita.

En la mañana acudí ansiosa al médico y le referí una dramática situación esperando impresionarlo para que me recetara inyecciones. Le dije que el ritmo y la intensidad de mis actividades me deparan frecuentes vigilias, al grado de sentirme agotada. Pero él me examinó y aplicando un criterio sumamente obtuso, me dijo que no tenía síntoma alguno de desnutrición. Al contrario, echándome una miradita cuidadosa y por demás pícara hacia las piernas y la zona baja y mullida de la espalda, agregó categórico: ¡Para nada, yo la veo bien sanita! No me di por vencida, le dije que estaba nerviosa, irritable y a veces deprimida. Entonces repuso ¡eso es otra cosa! Y me recetó unas cápsulas de Complejo B para fortalecer el sistema nervioso.

¡Su nueva negativa me hizo explotar! Poniéndome de pie le dije que no tenía ni el tiempo ni la paciencia necesarias para recordar cada día la ingesta de la dichosa cápsula. Agregué que prefería los medicamentos por vía intramuscular ya que son más efectivos y menos engorrosos. Él me miró extrañado e incrédulo y por fin, alzando despreocupadamente los hombros, repuso: seguramente usted no conoce esas inyecciones pero ¡es problema suyo! Tomó su bolígrafo, garabateó: “aplicar 7 ampolletas de Complejo B, una por día” y me entregó la receta diciendo: si usted empieza el tratamiento tiene que terminarlo, se debe aplicar las siete. ¡A lo que da lugar la ignorancia! Yo salí muy contenta hacia la farmacia para surtir la receta, sin saber el tormento que me esperaba.

Llegué a mi casa llevando las ampolletas y sus respectivas jeringas, sentía una gran emoción. Hoy mismo, después de hacerme inyectar, llegaría mi novio a quien le platicaría mi experiencia. Me di un rico baño y seleccioné muy bien la ropa que me iba a poner. La pantaletica que me pareció más adecuada es pequeñita, blanca, tejida a gancho, muy linda. Habiéndomela puesto me miré al espejo: de frente se aprecia bastante estrechita y su borde inferior se alinea perfectamente con los pliegues del pubis; mientras que de espalda, deja al descubierto la mitad externa de cada uno de mis glúteos. El brassiere es igualmente blanco, de copa recogida, inquietante, con terminaciones de encaje que armonizan la panty. Seleccioné también un vestido corto en tono lila con escote elíptico bastante coqueto.

Terminado el arreglo, me dirigí a una clínica cercana ya conocida. A poco, una joven enfermera me hizo pasar al pequeño consultorio y muy resuelta me pidió la ampolleta, la revisó y tomándome del brazo exclamó: ¡UUff, prepárate, estas sí que duelen! Me entraron los nervios, pensé en las recientes palabras del médico “seguramente usted no conoce esas inyecciones” y empecé a pensar que tal vez estaba cometiendo un grave error. Preocupada le pregunté a la chica: ¿son demasiado dolorosas? Ella sonrió tratando de tranquilizarme y me dijo: No te apures, a mí me las han aplicado y sí duelen pero no es para tanto, además son muy buenas, te vas a sentir muy bien. Resueltamente clavó la aguja en el ombliguito del frasco y empezó a cargar la sustancia. Su color y su densidad me impresionaron, parecía sangre, enseguida percibí un olor muy fuerte y picante como de cabello quemado, que se intensificó al aparecer una gota en la puntita de la aguja ¡Qué fuerte sustancia! exclamé. La joven me miró con aire amistoso y me dijo: ¡Ya no veas la sustancia Karol, su aspecto es muy áspero pero no te va a doler mucho!

Me levanté tímidamente el vestido, Luz, la enfermera, me festejó de inmediato la panty: ¡qué linda pantaletica! ¿es hecha a mano? Así es, le dije. A ver, date la vuelta ¡está super! Y me hacía girar una y otra vez clavando su vista en la pequeña prenda. Yo sabía que la intención de Luz no era otra que ver la panty pero me resultó muy incómodo modelar para ella. Me sentía observada, traspasada, acosada en mis partes más íntimas. Nerviosa, le dije ¡me siento incómoda, por favor inyéctame ya! El comentario la apenó tanto que se puso muy seria y se concentró en la jeringa. Me acosté en el diván descubriendo, según yo, apenas una partecita de mi glúteo izquierdo. Esa fue una acción tan púdica y mojigata, como ineficiente pues la minúscula prenda apenas me tapaba un pequeño sectorcito del culo, ya que dejaba ver la mitad de cada uno de los glúteos, y el diseño de su tejido ofrecía enormes espacios de acceso visual por todas partes. Estando así tendida sobre el diván me arrepentí de haberme puesto esa panty pues resultó muy llamativa y me hizo sentir exhibicionista.

Tal vez en función de la pena que le hice padecer, Luz se atuvo a las estrictas condiciones que le brindé, así que me frotó con alcohol la mínima partecita del glúteo que en mi irracional tacañería le había brindado y, sin darme tiempo de pensar y de encresparme, clavó la aguja con mucha firmeza, en un punto que a mí me pareció estar muy arriba, cercano a la espalda El piquete me resultó doloroso, al grado de que me entumeció el glúteo. Preocupada, le dije con voz gimiente: ¿no me la estás poniendo demasiado arriba? Despreocúpate, contestó y repuso agriamente ¿sabes cuántas inyecciones aplico al día? Hay cosas que definitivamente se tienen que evitar en la vida: una de ellas es pelear con el mesero que te sirve la sopa; y otra tal vez más crítica, es herir las susceptibilidades de quien te tiene con el culo al aire para inyectarte. Así que le dije: ¡Perdón amiguita! mis temores obedecen a que las inyecciones me alteran el ánimo, no sabes cómo me tensan. Ella dijo ¡ya lo se, no te apures, tal vez yo tuve la culpa al asustarte con la sustancia! Dicho esto, sentí que jaló el émbolo para asegurarse de no haber pinchado un vaso sanguíneo y, paso seguido, inició la inhumana entrada del agresivo “complejo B” que de inmediato me causó un gran escozor, haciéndome gritar ¡me arde mucho, la nalga se me está adormeciendo!

Es normal, me dijo, ya vamos a terminar. Lejos de eso, sentí que le dio un empujón más fuerte al émbolo y me aquejó un agudo dolor en todo el glúteo, que se replicaba a lo largo de la pierna. Mi reacción fue moverla, lo cual me hizo sentir como un rayo o descarga nerviosa que me puso al borde del calambre. ¡Espera! grité apoyando los codos en la cama y levantando resueltamente la cabeza ¡me estoy acalambrando, espera por favor, ya no aguanto! Luz dejo de oprimir el émbolo y me contuvo la espalda para evitar que me incorporara, pero lejos de consentirme me dio el empujón final. Sentí como si me hubieran derramado alcohol en carne viva. Pegué un agudo grito, los oídos se me taparon. Cuando ya sentía desvanecerme, me percaté que Luz extraía la aguja diciendo ¡Listo Karol, ya terminamos!

Pasado el momento más crítico, la nalga y la pierna me temblaban violentamente. Apoyé por fin la cabeza sobre el diván, respiré profundamente, aflojé todo el cuerpo. Al sentir el suave masaje que Luz me aplicaba en el punto exacto del piquete, el estallido nervioso de la nalga y de la pierna se fue apaciguando y convirtiendo en remanso sensible pero soportable…reanimante…excitante… ¡realmente muy excitante! Viéndome tumbada en aquel cómodo diván, viviendo momentos por demás singulares y privilegiados que yo misma había propiciado en la búsqueda de nuevas y ardientes experiencias sexuales, teniendo las nalgas descubiertas y ofrecidas en flor a la joven enfermera que tan insensiblemente las había castigado, cerré resueltamente los ojos buscando encontrar una explicación de todo aquello. Tuve contradictorios sentimientos de amor y de odio hacia la joven enfermera que había hurgado mis intimidades y que me había lastimado el culo, pero más allá de eso, le agradecía el enorme placer que me había prodigado. Reconocí el encanto de las inyecciones, como acción masoquista basada en la íntima y sensual auto-flagelación. Pensé en mi novio, deseando que llegara y que me acariciara el culo.