Archivo de la categoría: Azotes (Spank)

Año sabático con sobresaltos…

Salió de casa por la mañana a eso de las 09,00h, iba vestida con un short muy ajustado blanco, liviano, y transparente, se le veían a través de la tela perfectamente las bragas blancas, con unos dibujitos de florecillas de margaritas, dada la transparencia de los shorts, se podía apreciar sin esfuerzo alguno por la visión más avispada, el tallo verde, los pétalos blancos, y el polen amarillo circular. Un polo con capucha azul celeste, amplio hasta la cintura, que dado el contraste aún hacia resaltar mucho más la ropa interior. Con unas bambas blancas Nike y unos pequeños calcetines blancos de deporte, hacían resaltar sus hermosas piernas así como unos firmes muslos y un prieto trasero que a cada paso que daba palpitaba como si tuviera vida propia.

La muchacha entro al parque municipal, colocándose unos pequeños auriculares en los oídos, ya que en interior del parque no había peligro de atropello por algún posible vehículo, del cuello le colgaba un pequeño MP3, lo puso en marcha y metiéndoselo por dentro del polo, y cubriéndose con la capucha empezó a correr.

Hacia una mañana preciosa para hacer deporte, con un cielo azul y un sol que radiaba una temperatura excelente.

La muchacha absorta en la música de su MP3, iba haciendo footing y no se percataba de nada, paso por delante de unos hombres que jugaban una partida de ajedrez, al pasar por delante del banco en que estaban sentados, las piezas cayeron al suelo, uno muy mayor de unos 80 años le calculo ella, y el que jugaba con él estaría sobre los 50 años, que al verla pasar se la quedo mirando, sin percatarse que al hacerlo el tablero se le cayó al suelo, admirando la belleza y las preciosas piernas de la joven, la muchacha giro la cabeza con una sonrisa coqueta en sus labios, el señor mayor le hizo un gesto con la mano característico de regaño y con cara de pocos amigos, mientras se agachaba con claro esfuerzo y recogía las piezas del suelo, el otro seguía mirándola, más bien ahora miraba su trasero. La muchacha volvió a mirar al frente con una picara sonrisa en sus labios. En otro banco habían dos señoras con el rostro claro de indignación, que le decían algo…

-. Desvergonzada…!!!

-. Sinvergüenza…!!!

Una de las señoras la que parecía algo más joven le gritó;

-. … Como vuelvas a pasar, tu culo lo lamentará…!!! Descarada!!! Desvergonzada!!!

La muchacha con la música no escucho nada, pero giro la cabeza hacia ellas, mirándolas y con una picara sonrisa y vio que las señoras se levantaban del banco, y que gesticulaban pero no les prestó más atención siguiendo el camino del parque.

Las señoras indignadas la siguieron a paso ligero con el rostro claro de indignación:

-. Será descarada! La niña!!! Vamos madre! nadie se ríe de nosotras…!!! Y se queda tan fresca!!! A esa le voy a enseñar modales y a vestir como es debido, habrase visto! va casi desnuda la muy golfa!!!

-. Que poca vergüenza! Reírse de una anciana, que podría ser su abuela!!! Vamos hija! Como la coja va a ver…

Caminando detrás de ella…observaron que había cogido un sendero a la derecha.

-. Emilia hija, acortaremos por aquí… Va a saber esa desvergonzada lo que es bueno…

Los dos hombres también se levantaron y salieron detrás de las dos mujeres… El hombre mayor se ayudaba con un bastón.

-. Emilia, hija! Que sucede? Antonia… Que os pasa?

-. Es que no habéis visto a esa pelantrusca como va vestida! Semejante desfachatez de esa sinvergüenza? Va medio desnuda con esa ropa! Y encima se reía de nosotras, y no contenta, se ha burlado de nosotras. Cuando la coja no se va a poder sentar en una semana…

La muchacha seguía a lo suyo escuchando música y corriendo sin percatarse que estaba escandalizando a todo el parque con su indumentaria. Ya eran varias las personas que avanzaban, detrás indignadas o por curiosidad por saber cómo terminaba aquello. La muchacha al ver un grupo de personas que iban haciendo aspavientos con las manos y llamándola para que fuera hacia ellos. Alarmada e inconsciente de lo que realmente sucedía, y el revuelo que había armado con su ropa tan provocativa, se detuvo y andando se acercó hacia ellos pensando que algo grave sucedía, sin percatarse absolutamente de nada. Cuando estuvo delante de las dos mujeres, encogiéndose de hombros y con los brazos encorvados y las palmas de las manos hacia arriba, les pregunto sin quitarse los auriculares.

-. Qué ocurre?

Como llevaba los auriculares no se dio cuenta que había gritado más de lo debido al preguntar.

Algo que fue malinterpretado;

-. Tendrá descaro la niña encima!

Dijo el padre de Emilia, el Sr. José;

-. Ven aquí descarada! Te voy a enseñar yo modales! Y a vestirte decentemente!

Emilia regañándola se acerco a la joven y sujetándola de un brazo, tiro de ella conduciéndola hacia un banco que estaba cerca. Una mujer de armas tomar, alta, como de un metro ochenta de estatura, y unos 70 kilos de peso, llevaba una blusa negra y chaquetilla azul marino de hilo, y una falda negra por debajo de las rodillas.

Protestó…

-. Señora! Que hace, porque me sujeta del brazo. Suélteme señora…

La chica iba tropezando con sus propios pies, por intentarse soltarse de la mano que la mantenía sujeta del brazo izquierdo.

-. Ya puedes forcejear lo que quieras niña! Te voy a enseñar a reírte de las personas mayores, así como hacer burla. Vas aprender modales ahora mismo, ya que no te los enseñaron tus padres…

A pesar de sus intentos por liberarse no le sirvieron de nada, a trompicones y tirones llego la Sra. Emilia hasta el banco tomando asiento en él. La chica intentaba en ese momento explicar que llevaba unos auriculares en los oídos y que no podía oír lo que la estaban hablando, acción que fue mal interpretada, pues parecía que insinuaba algo que no le pareció correcto a la señora.

-. Esas tenemos desvergonzada! Además te atreves a insinuar que estoy loca? Ahora vas a sentir el haber hecho eso… ya lo creo que lo vas a lamentar…

Tirando del brazo la hizo caer sobre su regazo, colocándola boca abajo sobre sus rodillas quedando su trasero bien expuesto, la señora la sujeto firmemente con su brazo izquierdo asiéndola de la cintura y aprovechando el peso de su antebrazo para mantenerla firme e inmovilizada, levanto su brazo derecho y empezó a azotarla fuertemente en el culo, indecorosamente protegido por aquellos shorts obscenos.

-. Señora que hace…no puede hacerme esto…que he hecho yo! Señora! Señora! Au! Au! Au! Noooo… por favor señora! Sueltemeeeeeee me está haciendo dañoooo! Au! Auuuu!

Se retorcía la chica intentando ponerse en pie, pero todos sus intentos eran evitados con destreza por la Sra. Emilia, que continuaba de manera firme dándole azotes en el culo y en la base de los muslos los cuales, hacían a la chica aullar de dolor…

-. Noooo noooooo nooooo… Que me hacen ay ay ay! Ay! Ayyyyy! No me peguen! Ay! Ay! Ay! Pero que les hecho… Ayyyyy!!! Ayyyy!!! Ayyyy!!! Porqueeee… Ayy! Ayyy! , me hace dañoooo!!! Ohhhh no por favorrrrr…!!! Que les he hecho yoooo…! Ay! Ay! Ay! Ay! Bastaaa! Bastaaaa…!!! Noooo ay! AAAAYYYY…!!!

La Sra. Emilia la azotaba fuerte muy fuerte, sin pausa sin apenas dejar a la muchacha coger aire. Que meneaba el trasero y agitaba sus piernas alocadamente en todas las direcciones, con las manos intentaba forcejear para escapar, para poco después intentar taparse el culo de los tremendos azotazos que la estaban golpeando en el culo… Entonces intervino la Sra. Antonia la madre sujetando las manos a la joven y manteniéndolas tirantes, y su yerno el Sr. Francisco le sujetó de un pie, el Sr. José hizo lo propio con el otro inmovilizando por completo a la joven.

-. Ayyyyy! Ayyyy! Ayyyy! Porqueeee! Ayyyyy! Basta! Basta! No me peguen más! Ayyyy! Ayyyy! Ayyyy! Ayuyyyyyyy!

La Sra. Emilia se detuvo un instante, e introdujo los dedos por la cinturilla del pantaloncito blanco…

-. Nooooooooooo…!!! Eso Noooooooooo… Con tanta gente Nooooooo… Por favoooorrrr… Noooooo…!!!

La muchacha al sentir como sus shorts iban a ser bajados, rompió a llorar más de la vergüenza e humillación, que del dolor de sus nalgas. Entonces la Sra. Emilia levantó la mirada, y vio muchas caras sonrientes, sobre todo de hombres y se abstuvo de desnudar el trasero de la muchacha…

-. Madre!, vamos a casa! Allí castigaremos a esta descarada…!!! Aquí esto se ha convertido en un circo y esta desvergonzada se merece que le demos más que una soberana azotaina, una buena paliza!!! Pero no está bien que la desnudemos en público, por muy grosera y maleducada que haya sido…

La muchacha pudo al fin levantarse, pero continuaba bien sujeta por las manos, y se puso a dar saltitos como último recurso para mitigar el intenso ardor de su pobre culo, muy dolorido. Con los saltitos se habían desprendido ambos pequeños auriculares de sus oídos, pudiendo escuchar por primera vez…

-. Vamos a casa descarada!!!

La muchacha perpleja mientras era casi llevada arrastras por la Sra. Emilia de su mano izquierda y la madre de la mano derecha.

-. Yo… Descarada…? Y ustedes Brujas!!! Se puede saber porque me han pegado…?

-. Como nos has llamadooo…!!!

Mientras pronunciaba esto la madre, con la mano derecha le quitó la capucha y dándole dos bofetadas tremendas…

-. Sinvergüenza…!!! Te parece bonito pasearte medio desnuda, y coquetear con mi marido que podría ser tu abuelo!!!

-. Tranquila madre! Enseguida llegamos a casa, y esta descarada con sus veinti…pocos años va aprender modales! Buenos modales!!!

La joven se resistía a que la condujeran a esa casa, a pesar del dolor que sentía en el culo, y el intenso ardor. Pero si no hacia algo por escapar, en breve el culo le iba doler mucho más, y ya era mucho lo que le dolía, además de la vergüenza que había pasado, siendo azotada como una niña pequeña ante tanto viejo verde.

-. Deja de forcejear golfa!!! No te va a servir de nada intentar escapar… Ahora vas a ver ya me has hartado!!!

La Sra. Emilia se plantó delante de la joven, y agachándose la cogió por sorpresa de las piernas, y con una habilidad envidiable se la coloco sobre el hombro izquierdo, izándola del suelo, la joven indignada y avergonzada empezó a patalear y pegarle con las dos manos en la espalda, pero la Sra. Emilia respondió dándole unos fuertes azotes en el culo, con su mano derecha, y luego agarro el pantalón y las bragas de la joven tirando hacia abajo…

-. Ayyyyyy ayyyyy ayyyyy ayyyyy ayyyyy ayyyyy ayyyy ayyyyy… Nooooooo eso Noooooo!!!

-. Te vas a estar quietecita…!!!

-. Siiiiiiiiiiii…

-. Bien, vamos para casa! te voy a dar una… Que no la vas a olvidar mientras vivas…

-. Ay! Ay! Ay! Ay! Ayyyyyy…!!!

Cinco azotes más, la terminaron por convencer que debía portarse bien, y empezó por primera vez a sollozar, pero era más por el temor de lo que le esperaba, de lo que el culo le ardía y dolía, ahora además por primera vez, mientras era transportada se podía frotar las doloridas nalgas.

Entraron todos en la casa, la Sra. Emilia dejo en suelo a la joven que miraba asustada en todas direcciónes, estaba en una casa extraña para ella.

Y para que…la joven estaba muy nerviosa, era cierto había coqueteado con aquellos dos viejos, pero debía de haber algo más.

Su cabeza le daba vueltas a lo sucedido, no puede ser, no puede ser, no puede ser…

La madre. La cogió del brazo..,

-. Vamos, entremos al salón…buena te espera niña…!

-. Por favor no me peguen más, ya he aprendido la lección, no volveré hacerlo.

-. Hacer el que?

-. Coquetear con…sus maridos…lo siento…perdón… Pero ya me han pega…castigado por ello.

La joven se arma de valor y…

-. Saben que podría…denunciarles por lo que tratan de…hacerme…

En ese momento suena el timbre..,

Se levanta la Sra. Antonia del sofá donde se había sentado con los dos hombres para ir abrir…

-. No madre, usted descanse ya voy yo abrir…

Unos instantes después entra seguida de un policía local…

-. Es Felipe el J.E.F.E de la policía local…

Y mira a la joven, esta sonríe al saber quién es, esta salvada piensa…

El Sr. Francisco se levanta, ahora la joven lo observa, no es tan mayor, tendrá la edad de la Sra. Emilia o quizás algo más joven, sobre el metro ochenta de estatura y unos 55 años.

-. Hola Felipe que asunto te trae por aquí?

La joven sigue sonriendo, alguien debe haber denunciado que la estaban maltratando.

-. Sr. Me han avisado que una joven andaba por el parque municipal, escandalizando a los ciudadanos en ropa interior, y que se había mofado y burlado públicamente además de insultado gravemente a la Sra. Alcaldesa y de su madre de 88 años, alguien con tan pocos escrúpulos no puede quedar sin ser encerrada en la cárcel durante varios días, Sr. Alcalde, ah! Sr. José lamento lo sucedido, lo que ha hecho esa joven es imperdonable, esa falta de irresponsabilidad de ir casi desnuda y pasar por delante de usted varias veces con su delicado estado de salud, y más teniendo en cuenta que su yerno es el alcalde de este pueblo…

La muchacha se quedó paralizada, su semblante de cambio, pasando a ser de preocupación y entonces fue cuando bajo la vista y se miró como iba vestida, comprobó levantándose el polo que era verdad, iba casi desnuda y se bajó el polo estirándolo hacia abajo intentando cubrir lo que ya era en balde, el mal estaba hecho no habiendo posibilidad de reparar, exclamo…

-. Oooohhh… Lo lamento mucho Sra. Emi…lia…

-. Puedes estar segura que lo vas a lamentar…

-. …ah! Esta aquí…!!! Señorita queda arrestada!!!

-. Tranquilo Felipe!!! La joven se queda aquí! Mi esposa se encargara en persona de castigarla, y puedes estar seguro que preferiría la joven, que te la llevaras detenida. Cariño acompaña a nuestro jefe de policía a la puerta, y Felipe… quiero que olvides el escándalo que ha habido hoy en el parque.

-. Si señor alcalde… Es que ha ocurrido algo en el parque hoy…?

Diciendo esto abandono el salón, seguido por la Sra. Emilia detrás, antes de abandonar el salón la Sra. Volvió la cabeza hacia la joven…

-. Jovenzuela! Cuando vuelva quiero ver esos ridículos pantaloncitos, doblados sobre esa mesa, y ese polo también!!! Y que estés colocada junto a esa silla de pie y con las manos sobre la cabeza…

La muchacha estaba muy avergonzada, sus manos temblorosas, y con la mirada buscaba el perdón de la Sra. Antonia y de su marido el Sr. José…

-. Joven como venga mi hija y no estés como te ha ordenado, lo vas a lamentar y mucho.

-. Sra. Yo…lo siento…mucho…

Estaba muy arrepentida de como se había comportado, sólo había hecho que empeorarlo todo aún más, con las manos temblando de miedo por lo que la esperaba, empezó a quitarse el polo pasándoselo por la cabeza, se lo quito y lo doblo depositándolo sobre la mesa del salón, quedando con una fina camiseta de tirantes. Luego introdujo sus dedos por la cinturilla de los shorts blancos, y fue deslizándolos por sus muslos, rodillas, tobillo y extrayendo un pie y después el otro, lo doblo y lo puso encima del polo. Ya quedando sólo con las bragas y camiseta se puso al lado de la silla y puso sus manos entrelazadas sobre la cabeza.

A los pocos minutos apareció la Sra. Emilia, en su mano derecha llevaba una regla de madera de medio metro, y en la izquierda un cepillo de cabello. Llego hasta la mesa depositando en ella la regla y el cepillo. Luego pasando por detrás de la joven rodeándola y se sentó en la silla. La escena parecía de mediados de siglo XVIII, la señora sentada en la silla, a su derecha la muchacha solo en ropa interior con las manos sobre la cabeza, y enfrente de ellos con una posición envidiable para observar con todo detalle, el Sr. Alcalde, la Sra. Antonia a su lado sentados en el sofá y un poco más a la derecha sentado en un sillón el Sr. José. Todos observando a la infractora fijamente.

-. Bien muchacha! Baja las manos y colócate boca abajo en mi regazo, ha llegado el momento de ajustarte las cuentas jovenzuela… Venga no me hagas esperar o…

-. Por favor Sra. Noooo… Nooo me pegue más, … Lo siento mucho, de verdad. Llegue ayer al pueblo, con intención de pasar un año sabático después de haber terminado la carrera, y hoy es el primer día que salgo por el pueblo…y no me he fijado en la ropa que llevaba puesta, hasta que le he oído hablar al agente, no sabía que iba vestida tan…

-. Mira niña!!! Todos somos responsables de nuestros actos, esos pantaloncitos tan descarados te los compraste tu?

-. Si señora…

-. Entonces sabias que eran muy provocativos, o no?

-. Si lo sabía…per…

-. Y aún sabiéndolo, en vez de ponerte unas bragas blancas para pasar desapercibida, te has puesto unas con flores de margaritas, y quieres hacerme creer que no lo sabias? Eres una descarada y una sinvergüenza. Ven aquí ahora mismo…!!!!

-. Pero no he pensado en ell…

La Sra. perdió su paciencia y levantándose agarro de la mano a la joven tirando de ella, se sentó en la silla y arrojo sobre sus rodillas a joven…

-. Ven aquí desgraciada, ahora vas a ver lo que les ocurre en este pueblo, a chicas descaradas como tu… Tus escusas…no sirven…de…nada…desver…gonzada…

La muchacha en vez de forcejear como hiciera en el parque, se dejó llevar por la evidencia de su culpabilidad, no poniendo resistencia cuando la Sra. Emilia la tumbo sobre sus rodillas. Los primeros azotes enseguida cayeron sobre su trasero. Sus piernas colgaban semi flexionadas sin tocar el suelo, mientras sus manos se agarraban a las patas de la silla. Los azotes no paraban de golpear su trasero cubierto por las bragas de algodón , con fuerza y rapidez, no tenía tiempo de recuperarse de un azote, que ya sentía uno de nuevo. La muchacha se dejaba azotar en el culo sin moverse, sabía que tenía bien merecida la azotaina que le estaban dando, tenía la cara congestionada por el dolor que le causaba cada azote que recibía, lo único que de su cuerpo se movía eran los párpados de sus ojos que los apretaba con fuerza a cada azotazo que sentía en sus nalgas, y sus labios se contraían y sus dientes apretados para no gritar del intensísimo ardor y el dolor en su culo. Sus manos se aferraban a las patas.

Había recibido no menos de 50 azotes, en sólo unos minutos, que a ella le parecieron horas, ya que la mano de la Sra. Emilia no cesaba de azotarla y recriminarla por su comportamiento indecoroso. La muchacha ya no podía mantener la compostura por más tiempo, su culo empezó a menearlo de un lado a otro, sus piernas se abrían y cerraban, subía la izquierda y bajaba la derecha, para volver a separarlas y abrirlas todo lo que la posición expuesta en la que se encontraba le permitían. Sus lágrimas empezaron a caer por sus mejillas, y sus lamentos ahora eran ahogados por sus sollozos. Pero nada parecía enternecer a la Sra. Emilia, que seguía y seguía azotándola en su enrojecido culo. Durante diez minutos interminables para la muchacha que ya se debatía sobre el regazo de la Sra.

Al fin detuvo la severa azotaina pero el alivio de la chica duro muy poco. Ya que sólo se detuvo para bajarle las bragas hasta las rodillas, la chica completamente derrotada no protesto siquiera, aunque de poco le habría servido, el culo tenía un color rojo intenso.

Y reanudo la Sra. La azotaina ahora sobre las nalgas desnudas, con la misma intensidad y con la misma fuerza.

-. AYY! Ay! Ay! Ayyyy! Ayyyyy!!! Ay! Ay! Ay! Ay! Ayyyyyyy!!! Ayyy! Ayyy! Ayyyy!!! Ay! Ay! Ay! Ayyyyyyy!!! Ay! Ay! Ay! Ay! Ay! Ay! Ay! Ay! Ayyyyy!!!!

Las nalgas y el principio de los muslos estaban muy muy rojos, igual que los ojos de la chica de tanto llorar. Sus piernas seguían pataleando sin control, las abría y cerraba todo lo que la traba de sus bragas a la altura de las rodillas le permitían. Durante otros diez largos minutos la señora la estuvo azotando severamente, su mano subía por encima de su hombro y lo dejaba caer con toda la fuerza que su brazo era capaz de impulsar, los azotes sonaban muy fuertes desde el primero que le diera sobre las bragas, hasta el último azote que le acababa de propinar sobre el culo desnudo…

La Sra. Emilia una vez había dado por terminada la severa azotaina, a siéndola por los hombros la ayudo a incorporarse, la muchacha al estar de pie, apoyo la cabeza en el hombro de la señora y se abrazó llorando a todo llorar, sollozando y haciendo ruidos con la nariz, ya que la mucosidad le dificultaba la respiración. La señora le acariciaba con ambas manos las nalgas muy a doloridas de la joven, le permitió permanecer así consolándola unos minutos.

Al cabo de unos minutos la separo de ella y…

-. Basta…!!! Ahora tal y como estas con las bragas en las rodillas, te vas a aquel rincón a reflexionar y que no se te ocurra girarte o tocarte el culo, jovencita… Aún no he acabado contigo…!!!

De; Juanspanker

Castigada por mi novio

Hola, voy a comenzar diciendo que me llamó María, y mi novio Hector, vivimos juntos en Bogotá, Colombia hace al rededor de tres meses. Yo soy castaña, mido 1,70 y tengo 17. Él es un poco más alto que yo, morocho y tiene 27.

Todo comenzó un día que estábamos ahí conversando, y mi novio ya hace tiempo venía diciendo que me tenía que corregir, por lo tanto me dijo que teníamos que implementar un método de castigos para cuando me porté mal o me saque malas notas. Yo no entendía mucho lo que quería decir pero me interesó mucho. El intento explicarme pero yo aún no entendía, entonces me tomo la mano, me llevo a la habitación y se sentó en el borde de la cama.
Hector: María sácate el jean y las bragas
Yo lo miré atónita y me quedé inmovilizada por un minuto que me pareció eterno. Él se levanto, se acercó a mí, me bajo el jean y luego las bragas hasta la pantorrilla. Sin decir nada me tomo y me coloco en su regalo, boca abajo, dejando mi cola totalmente expuesta. Ahí recién entendí de que castigo estaba hablando. Yo estaba totalmente mojada ya que cual tipo de contacto con su piel me pone a mil.
Plaf! Siento que cae su mano fuertemente sobre mis nalgas, tuve que apretar los dientes para no gritar, al segundo caen dos más súper fuerte en diferentes lugares de mi cola. Me dolió muchísimo pero quede súper caliente.
Héctor me empezó a hacer mimos para que se me pase el dolor y me dijo “Mi vida, esta vez son solo tres porque no haz hecho nada malo, solo te estaba mostrando, pero ni bien te portes mal, te voy a nalguear hasta que me duela la mano”
Dicho eso nos quedamos un rato juntos sin decís nada.
El resto del día transcurrió con normalidad

Al día siguiente estábamos charlando amenamente, cuando me decidí a decirle: “Hector, te acordas aquel escrito que me te dije que me había ido medio mal”
Héctor: si, por?
María: mmmm me dieron la nota, me saque 4
Héctor: vale, lo arreglamos de noche
Todo estuvo bien, pasamos el día, cenamos y cuando nos fuimos a acostar yo ya no recordaba lo ocurrido, hasta que veo que él se sienta en el borde de la cama.
Héctor: María sácate el jean y las bragas ahora y sentate como lo hiciste ayer
Dijo en modo de orden
Yo con algo de miedo lo hice automáticamente
Cuando ya estaba en esa humillante posición como si fuera una cría, ya me dolía sin que me hubiera pegado la primera nalgada, pero también me sentía totalmente caliente de no podes hacer nada para evitar lo que venía
Antes que me diera cuenta callo la primera nalgada, intente mantear la compostura pero después de las diez primeras le pedí por favor que parara, que ya había entendido, que iba a estudiar más
Héctor me ignoro completamente y siguió nalgueándome como por media hora más, mientras tanto yo gemia suplicándole que pare
Cuando terminó yo estaba totalmente adolorida y me árida muchísimo pero también estaba muy mojada, me encantaba este nuevo Héctor autoritario.
Héctor: vamos a dormir, ya es tarde y mañana tenemos que madrugar

Cuando ya estábamos acostados platicado, le dije:
María: che, cuanto era que te dije que me saque en el escrito?
Héctor: 4
María: aaaa me confundí, me saque 8
Héctor: que dijiste María? Me mentiste?
——–silencio——–
Héctor: esto no lo vamos a poder arreglar con nalgadas
Se paró, prendió la luz de la habitación, me ordenó quedarme quietecita, salió de la habitación y volvió a los 5 minutos con una cinta paro en la mano. Me ordenó desnudarme y poner las manos detrás de la espalda y me dio varias vueltas con la cinta hasta que quedaron inmovilizadas.
Héctor: esto te lo ganaste vos sola mintiéndome, así que no quiero ni una queja de tu parte
El me tumbo boca arriba y me abrió las piernas a la fuerza, yo todavía no sabía que me esperaba. Hasta a que me dio un azote muy fuerte en mi parte delantera. Me dio 15 más fuertísimos que me dejaron palpitando del dolor y una lagrima me caía por la mejilla. Yo me moría de vergüenza y le pedía que parara y luchaba intentando cerrar las piernas.
Cuando me alivie porque pensé que había terminado me di cuenta que lo peor no había llegado.
Me volvió a abrir las piernas pero para mí total sorpresa me empezó a hacer sexo oral, yo no entendía nada pero lo estaba disfrutando muchísimo, me retorcía y gemia bajo su boca; me sentía totalmente extasiada, estaba a punto de venirme cuando paró. Entre jadeos le pedí que por favor siga, que ya casi terminaba. Semi me ignoro y dejó pasar 10 minutos
Antes de volver a hacerme sexo oral me dijo: “hoy no tenes permitido venirte”
Volvió a hacerme llegar al climax y en ese momento se detuvo. Le supliqué que siga, que me la meta por favor
María: Hectoooor, por favor, metemela, quiero sentirte.- dije como una niña chiquita suplicando
El me ignoro y volvió a dejar pasar 10 minutos
Repitió ese proceso durante un rato hasta que se dio cuenta que si lo volvía a hacer me iba a venir.
En ese momento se fue de la habitación y me dejo sola con mi calentura y las manos inmovilizadas.

Gracias por leerlo, por favor mándenme sus comentarios y/o anécdotas a mi mail
relato.caliente@outlook.com

Despido o acción disciplinaria, tú eliges


NOTA: Este relato expone una fantasía entre dos adultos que consienten. Salvo esto el lector es libre de poner cara a los protagonistas e imaginarlos como mejor le parezca, más o menos jóvenes, con el color corto o largo, pelirrojos, morenos, rubios. Les animo a que llenen con su imaginación de olores, colores y sonidos el relato. Espero que os guste.

– El vestido te queda muy bien – dijo Don Carlos.

Elvira tardó en reaccionar un par de segundos. Acababa de entrar en el despacho de su jefe y esperaba una bronca por haber respondido a un cliente de manera áspera. El cliente le había acusado de poca profesionalidad y Elvira no se había mordido la lengua. Nada más responder se había dado cuenta de su error, pero había tardado algo más en pedir disculpas y para entonces ya era demasiado tarde. Le costó a Carlos más de una hora convencer al cliente de que todo había sido un pronto de su empleada que no se volvería a repetir.

– Gracias – respondió la muchacha algo desconcertada.

Don Carlos se levantó del sillón, y sin alterar el tono suave y neutro de su voz dijo.

– Reclínate sobre la mesa, levántate el vestido y bájate las bragas –

Elvira se quedó sin palabras… Habría oído mal, estaría soñando.

– perdón… ¿Qué ha dicho? – alcanzó a responder sonrojándose levemente.

De repente estaba muy nerviosa, las “mariposas” de la expresión revoloteaban en su estómago como locas y tubo que contraer involuntariamente el trasero para evitar que se le escapase un pedete.

Don Carlos tardo unos interminables segundos en responder, se había dado cuenta de que su empleada le había llamado de usted cuando en la empresa todos se tuteaban. Lo que había dicho Elvira al cliente, su comportamiento nada profesional, era causa de despido fulminante.

Carlos había estado realmente cabreado con todo este asunto, en su mente había dedicado todo tipo de insultos hacia la muchacha. La humillación de tener que disculparse ante el cliente y compensarle económicamente con horas de trabajo a mitad de precio le había puesto de muy mal humor. Pero todo eso había pasado ya, no habían perdido al cliente y enfrentarse a su empleada verbalmente no solucionaba nada, incluso despedirla sería una mala opción… Elvira no era una mala empleada, se había equivocado, eso era todo, un mal día lo tiene cualquiera. Sin embargo había que hacer algo con ella, de eso no cabía la menor duda, esto no podía volver a repetirse.

– Dije que tienes dos opciones – respondió serena pero firmemente su jefe.

– recoger tus cosas e irte a casa para no volver más. –

– o que olvidemos este tema a cambio de aplicarte una medida disciplinaria… Digamos, Contundente. –

– Quiere.. Quieres decir que… Eh… Que-

– que tienes dos opciones… Que te despida o que te ponga el culo colorado. –
– Sabes, comprendes… Me he tenido que “bajar los pantalones” y compensar al cliente… No es solo la pasta que eso supone, si no también la imagen… Ya es hora de que la responsable ponga de su parte. ¿Crees que es plato de buen gusto hablar con un cliente y decirle perdón un millón de veces? Esto no se va a volver a repetir y tú vas a pagar por ello. Porque yo no me voy a \”poner vaselina en el agujero del culo\” más veces para que la tipa esa u otro cliente cualquiera me la meta otra vez, ¿está claro? – terminó Carlos alzando la voz mientras tomaba asiento nuevamente.

A pesar de la calma que mostraba externamente y de pensar en todo este asunto de manera \”profesional\”, Carlos era de carne y hueso y consciente o inconscientemente, la idea de exponer el culo de Su empleada y azotarla “le ponía” y su pene, muy a su pesar, se hacía grande bajo sus pantalones.

“Tienes un minuto para darme a conocer tu decisión… Yo optaría por la azotaina que sabes te mereces… Pero eres libre, tú decides.” Dijo mientras se ajustaba con una mano, amparado por la privacidad del escritorio, el miembro, tratando de tranquilizarlo para que volviese a su tamaño original.

Elvira se puso roja del todo. Las palabras de su jefe, tan directas y sin tapujos, no por esperadas, hicieron menos mella en su ánimo… Se vio a si misma expuesta y desnuda mientras la tocaban… No, peor aun, la golpeaban el trasero. Apoyó el peso de su cuerpo primero sobre su pierna derecha y dos segundos después sobre la izquierda. En ese momento, deseaba más que nunca estar sentada o mejor aun, acostada y sola en su habitación, con el fin de tener tiempo para pensar y asimilar todo esto.

Don Carlos, pareció leer la mente de la mujer que tenía enfrente y deseoso de terminar con el tema cuanto antes, la apremió.

“Elvira, ya pasó el minuto… Necesito una respuesta ya. Sabes, te lo he dicho muchas veces, que considero que eres una persona que vales mucho y que tienes un gran potencial para llegar muy lejos en lo que te propongas. Pero esto no puede, por más que me duela tomar estas decisiones, quedar impune. Si optas por los azotes, mi recomendación, será rápido, unos minutos más y todo habrá acabado. Se que no es fácil, pero realmente necesitamos cerrar esto ya, ¿qué me dices?”

Elvira presto a medias atención a las palabras de su jefe. En su mente, mezclándose con mil y una sensaciones que intentaban abrirse hueco, intentaba desesperadamente buscar una salida, una respuesta al dilema… No entre ser despedida o castigada, la opción de ser despedida la había descartado instantáneamente. Si no entre como mitigar un castigo que le resultaba inaceptable… Bueno, si fuese en un sueño, como fantasía erótica… Pero allí… Como iba a…

– pero yo no quiero enseñarle el trasero… Yo, no me eh, no puede castigar con la ropa puesta. – se oyó incrédula a sí misma responder en voz alta.

Carlos suprimió su sorpresa. Había aceptado, de alguna manera, había dicho sí a los azotes más rápidamente de lo que el creía.

– No. El culo al aire forma parte del castigo por dos razones… Para controlar la intensidad y efecto de los azotes en la piel y para dar esa pizca de humillación y humildad que se necesita. –

Y sin dejar tiempo a que Elvira replicase se levantó del sillón y se acercó a ella.

-Vamos, sobre la mesa – dijo mientras apoyaba su mano en la espalda de la chica, invitándola a cumplir la orden.

Hay algo curioso en esto de las órdenes. De alguna manera nuestros cerebros están hechos a ellas y en ciertas condiciones, cuando no sabemos que hacer, tendemos a obedecer a aquel que nos “soluciona” el problema y nos ahorra el trabajo de pensar.

Elvira fue pues hasta la mesa y se reclinó sobre ella, extendiendo las manos y agarrando con ellas el otro extremo del mueble.

– Ahora descubrimos el culo.- Dijo Carlos, procediendo a arremangar el vestido de Elvira y dejando a la vista su culo. La raja había atrapado parte de la tela de las bragas de la empleada, dando al conjunto un toque de lo más sensual.

-bragas abajo.- continuó Carlos metiendo ligeramente los pulgares entre elástico y piel y tirando de la prenda íntima para exponer el culete de la chica.

Ante esto, Elvira salió del estado semi-hipnótico en el que había permanecido durante más de un minuto y llevándose una mano a los glúteos, intento impedir, de manera algo torpe y totalmente ineficaz que su jefe la desnudase.

– Pórtate bien Elvira y mantén las manos en la mesa. Si no me obedeces, el castigo durará más y será más severo. –

– ok. Obedeceré. – prometió Elvira con la voz del que acepta resignado lo que le espera.

– empezamos –

Y sin esperar respuesta, la mano abierta de Carlos golpeó las nalgas de Elvira.
Lentamente al principio, y con más ritmo poco después, los azotes caían sobre las posaderas de la empleada, quién, valientemente, aguantaba la compostura mientras la mano de su jefe caía aleatoria y rítmicamente sobre nalgas y parte superior del muslo. Pasados unos pocos minutos de esta guisa, que a Elvira le parecieron una eternidad, Carlos retomó la palabra.

-Incorpórate- dijo.

La empleada se incorporó y Carlos, tras inspeccionar el trasero ya colorado de Elvira, añadió.

– Te has portado muy bien y ya casi hemos acabado. – dijo con tono conciliador. – Para terminar, te daré diez azotes con una regla de madera. –

Y tras decir esto se dirigió hacia la mesa y abrió el cajón, mientras los ojos de Elvira no perdían detalle de los preparativos.

– ¿Eso duele? – preguntó tímidamente.

– Supongo – respondió Don Carlos. – pero seguro que lo aguantas bien.-

– No hace falta que te inclines sobre la mesa. – dijo mientras la agarraba por la cintura.

– lista-

-sí- respondió Elvira apretando las nalgas.

Y un instante después la regla cayó justo en mitad de su culo.

-auf- alcanzó a decir. -uno- contó aunque nadie le ordenó que lo hiciera.

– ya falta menos. – dijo Don Carlos mientras descargaba el segundo reglazo sobre el pompis de su empleada, cuya respuesta fue doblar un poco las piernas, lo que hizo que su jefe la sujetase más firmemente contra su cuerpo.

Y como todo inicio tiene su fin, también, los diez azotes terminaron para alivio de Elvira, quien frotó sus nalgas con dedicación durante unos segundos.

– gracias Carlos y perdone… Perdona por todo, lo siento de verás. – dijo recuperando de alguna manera su voz. – No le dejaré quedar mal. Se lo prometo –

– Lo sé. Puedes retirarte. – respondió Carlos.

Y tras subirse las bragas y bajarse el vestido, abandonó el despacho.

Carlos esperó unos instantes a oír el ruido de la puerta al cerrarse. Luego se dirigió al cuarto de baño. Allí se desabrochó el cinturón y bajándose los calzoncillos comprobó que estaban impregnados con unas gotas de semen. Agarró el pene, totalmente erecto,con una mano y con la otra exprimió la punta ligeramente para que cayeran dos gotas amarillas de semen y entonces empezó a frotarlo y menearlo rápidamente mientras apretaba a intervalos su ano y visualizaba, en su imaginación, el culo encarnado de su empleada. Segundos después, una ráfaga de semen salió disparada del miembro de Carlos, iniciando un rápido orgasmo. Poco después, tras esperar unos segundos, el pis salió al fin y se estrelló con fuerza en la taza, mientras nuestro protagonista tiraba, con una mano algo pegajosa, del papel higiénico.

Fin

Firmado: El Zorro 333.

Pamela, Capitulo 4: Castigada por partida doble

Calzas negras que se adhieren a su culo y a sus piernas sin dejar nada a la imaginacion, top blanco que no llega a cubrir la cintura, y zapatillas deportivas. De este modo, Pamela estaba siendo una vez mas, y como cada dia que asiste a entrenar, el centro de las miradas de todo el gimnasio. Comenzo su dura y exhaustiva rutina corriendo en la cinta y a causa de esto generando que sus gigantes tetas reboten al ritmo de sus movimientos, prosiguio levantando mancuernas para mantener sus brazos firmes, luego una sesion de casi media hora de abdominales, y en este preciso momento le tocaba el turno a sus tan preciados gluteos, que los hacia trabajar con una serie de sentadillas con barra. Era realmente sacrificado, pero sin dudas semejante exigencia fisicarendia frutos en el cuerpo de Pamela Suarez, que confirma tener el mejor cuerpo de todo Villa Freak al mirarse al espejo y contemplar aquella figura de escandalo: largo cabello brilloso y sedoso, de un color castaño oscuro, brazos tonificados, abdomen plano y marcado, piernas fuertes y voluminosas, y sobre todo, lo mas destacable de su cuerpo: esos senos naturales del tamaño de dos pomelos, y el culo grande, firme y duro que mas de una modelo, vedette o actriz envidiaria…A sus 43 años ella tiene pleno conocimiento que mantiene una figura envidiable.
Pamela arqueaba su espalda para flexionar suavemente las rodillas haciendo que los muslos queden paralelos al suelo, a la vez que mantiene el peso de la barra. Pamela entrenaba con disciplina y dedicacion, obviando los comentarios lascivos que la rodeaban alli dentro.
Axel la miraba fascinado. No habian vuelto a concretar un encuentro desde la ultima vez, en la que Pamela termino corriendo desnuda por la calle. Axel deseaba con locura el cuerpo de Pamela, pero las cosas con su ex no estaban claras aun, y en este momento habian vuelto a estar juntos, o al menos estan intentando una reconciliacion.
“Te extraño. Extraño esa cola”. Axel enfatiza sus dichos con un leve chirlo en la nalga de Pamela. “Estoy entrenando Axel, ademas la ultima vez las cosas no fueron del todo bien, tu ex o tu actual o lo que sea es una pendeja desquiciada”.
“Pido disculpas por eso, pero soy sincero, yo quiero estar con vos Pame, la experiencia que tenes no la tiene Romina. Dame una chance, ella no se va a aparecer…” Pamela observo al experto orador de pies a cabeza, lleva consigo una musculatura digna de un fisicoculturista. Por otra parte Pamela ama a su marido, pero hay momentos en los que ella siente que no puede refrenar el impulso sexual que en ella habita. Finalmente cedio: “Hablemos afuera Axel”
En las afueras del gimnasio no habia nadie que opacara la tranquilidad que ellos necesitaban. Sin maspreambulos, Pamela dejo que Axel le robe un sentido beso en su carnosa boca, para despues descansar sus enormes manos en los gluteos de la madre mas sensual de Villa Freak.
“Hey! No tengo 15 años, si queres algo conmigo busquemos un lugar bien tranquilo, aca pueden vernos.” Axel le dio la razon a esa afirmacion tan frontal de Pamela y respondio:”¿Qué te parece esta noche en mi casa?”
“Hecho!” Aceptando la invitacion, Pamela abandono el gimnasio con una caminata decidida, pero la sorprendio ver un auto que la seguia: “Debe ser algun viejo baboso para ofrecerme dinero” penso. Nada de eso, lo que le esperaba era aun mucho mas grave… Romina, la ex de Axel se encontraba dentro de ese automovil junto con dos amigas: “Esta zorra va a aprender a no meterse con los hombres de los demas.¡ Chicas, ataquemos!”
La orden de Romina se hizo efectiva, entonces sus dos amigas bajan del coche junto con ella, y toman por sorpresa a una confundida Pamela, que es forzada a entrar al auto: “Pero que hacen pendejas? Esto es un secuestro! AUXILIO!” Una vez adentro del auto, sus gritos son silenciados por una sonora bofetada de Romina.
“Te vi besandote con el, sos una vieja perra. Pero esta vez te voy a dar tu merecido!”. Romina y sus amigas entonces, empiezan a desvestir a Pamela, que intenta evitarlo pero es superada en numero, trata de soltarse pero ellas la sostienen fuertemente mientras Romina le quita las zapatillas, las calzas, el top, y el corpiño.
“Nooo!!! No, devuelvanme mi ropa por favor! No me quiten la bombacha!!!” Precisamente eso es lo que hicieron, y dejandola completamente desnuda, abrieron la puerta del automovil, y de un patadon la dejaron en el medio de la calle y sin una sola prenda para cubrir su exageradamente exhuberante cuerpo.
“Oh Dios! Oh Dios!”. Pamela se cubria con sus manos, o al menos lo intentaba, pero los transeuntes ya habian advertido la presencia de semejante diosa al desnudo, y comenzaron los gritos: “ME CASO!!!” “MIREN! ES PAMELA, Y ESTA EN BOLAS!!!” “Quiero tocar esas tetas!” “AMO ESE CULO!” “Se le ve toooodo!!!!” “WOOOOOOOOO” “Mira como se mueven esas tetotas!!!!!”
Los labios de Pamela temblaban nerviosamente, mientras distinguia las erecciones de todos los hombres que la rodeaban. Al parecer nadie le iba a tender algun abrigo para cubrirse, entonces opto por correr lo mas rapido posible, pero tampoco sirvio, pues los hombres totalmente excitados seguian fielmente sus pasos, y cuando intento tomar el camino que la llevaria irremediablemente a su edificio, se topo con una decena de personas que tomaban fotos capturando aquella situacion lamentable para ella, pero inmejorable para los hombres y sus penes parados.
Siguio corriendo, mientras los flashes de las camarasseguian disparando contra ella, hasta que finalmente se encuentra frente a frente con la iglesia.
“Supongo que esto es una especie de ayuda divina, Dios me guio hasta aca, para que la iglesia sea mi refugio…” Penso la abrumada Pamela. Por desgracia, la puerta de entrada estaba cerrada, pero al lado, la pequeña ventana estaba abierta, acaso la unica manera de adentrarse en dicho refugio. En ese momento tan limite, Pamela no advirtio que esa ventana se componia de unos escasos metros de ancho, y jamaspodria meter su formidable cuerpo ahí dentro, por lo tanto cometio ese error. Milagrosamente, la mitad de su cuerpo hasta un poco debajo de sus pechos logro entrar, pero la cintura, el culo y las piernas quedaron del lado de afuera. “Estoy atorada!!!” Los gritos de Pamela unicamente generaban risa en los testigos, mientras ella se movia para poder adentrarse completamente en la iglesia. Mientras luchaba para meterse, pudo dilucidar que el resto de las ventanas eran mucho mas amplias que la que en ese momento la tenia prisionera, y todas se encontraban abiertas. “Que mala suerte!” Penso, mientras dejaba caer su largo pelo encima de su rostro. “Esto no puede ser peor…” Desafortunadamente para Pamela, podia ser peor, y de hecho lo fue, pues en el medio de los bullicios de hombres excitados, de chicos sacandole fotos, pudo advertir una voz que le sonaba conocida: “PERO QUE VERGÜENZA! QUE ES ESTO!?” El publico callo ante semejante grito de indignacion. Pamela con mucho esfuerzo logro girar su cabeza, para encontrarse nada mas y nada menos que con doña Josefa. “NO! Dios mio, no puede ser!” Grito quejosamente la pobre Pamela.
“No menciones a Dios, desvergonzada! Te dije que no vuelvas a la iglesia, y te encuentro en la ventana mostrando todo eso! Sucia, atorranta, chiruza!!! Ahora vas a ver!”. Pamela una vez mas estaba tratando de impulsar su cuerpo hacia dentro de la iglesia, pero sus futiles intentos no lograron escapar del castigo de doña Josefa, que empezo a propinarle unas sonoras nalgadas con su arrugada mano derecha en todo su enorme culo: CHAS CHASCHASCHAS!
El clon de Sofia Vergara se quejaba constantemente, se retorciafutilmente en la ventana, mientras experiementaba un dolor insoportable en sus firmes nalgas:”!AAAY! OW OWOWOW! POR FAVOR BASTA!!!!Ayyyy!!!! Nooo!!! Awww!!!! Ayudenmeee!” La gente alli aglutinada, se asomaba a las ventanas de la iglesia para ver las ridiculas expresiones que Pamela hacia mientras recibia chirlos como si fuese una nena de 10 años: El dolor en su culo hacia que ella abra la boca en una perfecta forma de O, por momentos apretaba sus dientes, moviafreneticamente sus brazos, abria los ojos como dos huevos, y sus gigantes pechos se bamboleaban desesperadamente, como intentando pedir auxilio. Doña Josefa sera anciana, vieja(muy vieja, cuenta la leyenda que tiene casi 90) y en apariencia fragil, pero sabia como administrar unas buenas nalgadas a muchachas desvergonzadas como Pamela, que se encontraba sumida en un llanto desonsolado, sus lagrimas le habian corrido todo el maquillaje, ahora cayendo sobre sus mejillas, su culo estaba tomando un color rojizo, y en apariencia se encontraba bien caliente. Asi y todo, la anciana parecia no detener su castigo ante la mirada de los alli presentes, algunos atonitos y otros riendo de la situacion y disfrutando, con sus erecciones a flor de piel. La hermosa madre sentia como su dignidad se desvanecia con cada chirlo, hasta que finalmente la perdio por completo, al avizorar a Romina y sus amigas que se encontraban comodamente apoyadas en el auto en el cual Pamela fue despojada de su costosa ropa, mientras reian a carcajadas.
Para dar enfasis a sus crueles nalgadas, doña Josefa regañaba a Pamela al ritmo de los incesantes chirlos en el culo: “Sos lo peor que le paso a este barrio! Toma! Desvergonzada, ahora vas a aprender! Irrespetuosa! Te adverti sobre andar desnuda!!! TOMA!”
Pamela no soportaba mas el dolor, y la humillacion. Jamas se habia sentido tan miserable. Estaba realmente agotada. Finalmente, el castigo llego a su fin. Doña Josefa miro a su victima con una mirada de desaprobacion, su trabajo habia estado bien realizado, cruzo los brazos triunfalmente y volvio hacia la pobre Pame: “Ahora vestite chiruza, y no te quiero ver nunca mas por la iglesia!” Con estas palabras, la anciana se retiro del lugar abriendose paso entre la muchedumbre, la mayoriaaplaudia y arengaba a doña Josefa, sin borrar la sonrisa de sus rostros, mientras Pamela Suarez yacia colgando sobre ese diminuto espacio de la ventana, llorando, adolorida, con el culo rojo y humillada totalmente:”Buu…duele tanto!…snif!”.
“ABRAN PASO!”. A lo lejos, y a paso decidido, se acercaba un atractivo hombre en direccion a Pamela; era nada menos que el jardinero del barrio, Dario, que al ver que ninguno atinaba a ayudar a la indefensa mujer, por el contrario disfrutaban enormemente ese espectaculo, se adentro en la iglesia desde una de las ventanas mas amplias (no precisamente en la que la mujer se encontraba atrapada), y de un jalon la libero de esa lamentable posicion en la que estaba. Tomando a la desnuda mujer en sus brazos, trataba de consolarla: “Tranquila, tranquila, ya paso. Me presento soy Dario el jardinero, se que sos una vecina nueva. Siento mucho lo que ocurrio.” Pamela en tanto intentaba secar sus lagrimas y limpiar el rimel de su rostro, mientras con la otra mano se frotaba las doloridas nalgas. Dario entonces, la ayudo a ponerse de pie, le ofrecio su abrigo para taparse, y la llevo con su vehiculo hasta la casa. Durante el viaje, Pamela observo detenidamente a su salvador, y advirtio el evidente atractivo fisico del jardinero, entonces sonrio: “No hay mal que por bien no venga.” Penso, mientras llegaban a destino.
FIN

 

Max

Fútbol

Yo tuve una vez un novio con el que mantenía una relación muy especial. Nuestra relación se basaba en salir, divertirnos y follar cuanto más mejor.

Una vez saliendo del trabajo llegué a casa y allí estaba él, viendo el fútbol como siempre, delante del televisor sentado en el sofá. Yo me cambié la ropa tranquilamente y me senté a su lado a hablar del día. Me besó y empezamos a tocarnos. A mi me gustaba que me apretase los pezones con fuerza, haciéndome daño, y él disfrutaba haciéndolo. Me bajé para hacerle una mamada mientras él seguía mirando el fútbol, yo le lamía su miembro. Mi lengua deslizándose poco a poco arriba y abajo, mordisqueando suavemente la punta, sin llegar a doler, pero solo lo justo, un dolor controlado, de placer. A él le gustaba aguantarme la cabeza para que no la levantara, sumisa, haciendo entrar todo su miembro en mi boca. Yo lo miraba, él miraba el fútbol y yo seguía chupando, succionando como un helado de vainilla. De repente y con un violento movimiento me coge y me tira encima del sofá, encima de él, que seguía sentado. Acomoda mi culo en sus piernas y me dice que he sido muy mala porque no le dejo ver la televisión tranquilamente. De golpe empieza a pegarme violentamente en el culo a lo que yo exclamo de dolor y le pregunto qué está haciendo, que no me pegue. El no escucha, dice que calle que seguirá azotando hasta que se canse. Me muerdo los labios, pero noto que me estoy excitando, poco a poco noto mi sexo húmedo, duro, pienso que me gusta que me pegue… abro un poco mis piernas y él lo nota y sigue azotando en todas las nalgas cada vez con más fuerza y más rápido. Duele pero el dolor es placentero, cada vez estoy más mojada. Me pide que me toque el clítoris con mi mano mientras sigue pegándome. Yo le obedezco y empiezo a masturbarme sabiendo que no tardaría nada en correrme porque aquello me había excitado muchísimo. Abro más mis piernas encima de él y aprovecha para introducir sus dedos en mi abertura, dejando de azotarme por un momento, mientras yo sigo masturbándome encima de él. De repente se levanta y me deja de rodillas en el suelo inclinada en el sofá, dice que siga, que abra mis piernas que quiere ver como me corro mientras él sigue azotando. Obedezco. Y sigue y disfruto el dolor es grande pero el placer es sublime. Exploto de golpe dejando ir agua a través de mi vagina abierta, estimulada por el dolor de las nalgas, convulsionando, mientras él da el último manotazo de gracia.

Se sienta en el sofá de nuevo y sigue con el fútbol….

Él lo sabía

 

Autor: Eleutheris

Él lo sabía. Mantenía la cabeza gacha y fumaba con intensidad el último cigarrillo de la cajetilla comprada por la mañana mientras caminaba a su encuentro.

Él lo sabía. Levantó la visto y se dio cuenta de lo cerca que estaba de su casa. Al notarlo y sin implicar a su voluntad, los pasos fueron cada vez más cortos y lentos. Puso la bachicha entre la uña del dedo anular y la yema del pulgar, estiró el brazo y con un gesto de enfado y contrariedad, la arrojó por su costado sin ver que caía en un pequeño charco, se humedeció y el humo persistió sólo unos segundos antes de perderse en las pequeñas ráfagas de viento que provocaban en esa tarde-noche una rara sensación de frío para los inicios del otoño en el DF.

Él lo sabía. Y lo asumió con un largo suspiro, al que siguió un ligero ataque de tos. Mientras ponía el dedo en el botón que haría sonar el timbre en el departamento de Gavi.

-¿Sí?

– Hola, soy yo, Eleutheris.

– ¿y?

– ¿Cómo que “y” Gavi?, déjame pasar, anda, que está haciendo frío. Dijo mientras se acomodaba el cuello de la chamarra de mezclilla y metía en seguida las manos a las bolsas laterales de la misma.

– ¿Y si no te dejo pasar qué? (Se escuchó en seguida una pequeña risa ahogada con la palma de una mano pequeña).

– …

– Te hablo, que si no te dejo pasar ¿qué?

– …

– Si no me dices no te dejo pasar, ¿eh? La voz había cambiado, la risa había desaparecido por completo,  y Eleutheris no se decidió a asumir si lo que se dejaba escuchar era enfado o nervios.

– Gavi, tenemos que hablar.

Ella ya no contestó, sólo se oyó la clásica chicharra del portero automático, Eleutheris empujó la puerta, y sacando las manos de la chamarra empezó a subir peldaños de dos en dos. Ahora tenía prisa y algo más que le hacía mantener los músculos tensos y el cuerpo rígido y es que, él lo sabía.

Al llegar al piso indicado, tomo aire, pensó en los cigarros que había fumado de más ese día, y limpió unas pequeñas gotas de sudor de la nariz con el dorso de la manga de la chamarra. Acomodó las gafas, y se encaminó a la puerta. Contra lo que pensaba, la encontró entornada, empujó un poco y le sorprendió también encontrar todo a oscuras. Todo es un decir, se veía luz en la recámara que Gavi usa para dormir.

– ¿Gavi?

– …

Le encantó el aroma que golpeó su nariz al dar los primeros pasos cuando se encaminó al pasillo. La puerta del baño estaba abierta y era evidente que se acababa de duchar. Era el agua vaporizada que carga empequeñecidas las moléculas de los aromas que unos minutos antes se habían puesto en juego, el shampoo de siempre, la loción para el cuerpo, las cremas para la cara, y sí, ese otro aroma que era sólo de ella, que era ella.

Su pene reaccionó, pero dejó de pensar en la molestia que le representaba en sus pantalones cuando la vio reflejada en el espejo al abrir la puerta. Tenía el pantalón del pijama puesto, y se empezaba a abrochar los botones de la camisa. Al verlo hizo ella su clásico gesto de niña berrinchuda, giró la cadera y le volteó la cara.

Evidentemente no sabía lo que él tenía planeado. Se sentía segura de la situación, se sentía con el control total. En las últimas semanas, él le había permitido más cosas de las que hubiera esperado. De hecho, los gestos de enfado no eran simple coquetería, había además una molestia real, tal vez por eso sonrió cuando al escuchar el sonido clásico, volteó para comprobar que él se quitaba el cinto y lo dejaba doblado cerca de la cabecera de la cama.

– Eleu, que tú no le pegas a nadie. ¿Para qué te quitas el cinto?

Aparentemente ella esperaba una retahíla de reclamos, o las ya cansadas explicaciones teóricas de Eleu. Lo que menos esperaba era el silencio que acompañó los pasos que le llevaron a su lado.

Ella continuó con su actitud, se mantuvo firme y retadora, levanto la barbilla, e intentó mirarle por encima del hombro. Pero él estaba demasiado cerca, y al hacerlo perdió el equilibrio. Trastabilló, y para no ceder ni un milímetro de piso, se agarró con la mano izquierda del tocador.

Iba a decir algo, cuando sintió la mano de él sujetar su oreja y jalarla hacia el lado de la cama, dobló la cabeza y se resistió a romper contacto con el mueble que le daba equilibrio.

– Eleutheris, ¿qué haces?, ¡me lastimas!

Sin soltar la oreja, con la otra mano, la tomó de la cintura, y la empujó en la misma dirección del jalón de orejas. Ella se percató entonces de que algo no estaba dentro de lo esperado.

– ¡Que me lastimas imbécil! ¿Qué te…..?

No pudo terminar la frase, tenía la cara en la cama, y no podía creer que él la hubiera arrojado así, intentó erguir el cuerpo para salir de la cama y el acoso, pero algo la sujetaba por la espalda, ¿Era su pierna? No lo podía creer, estaba siendo tan violento como nunca lo había sido, confiaba en él, pero se sintió sorprendida como nunca, ¿cómo era posible que sintiera al mismo tiempo esa excitación entre las piernas y el estómago?

Por lo extraño de la situación, por la mezcla de sensaciones quizá, se dio cuenta de lo tensa que estaba cuando las uñas le empezaron a lastimar sus propias manos, estaba sujeta a la sábana, y pegaba la cara al colchón, reaccionó y se notó llorando, levantó un poco la cara, la inclinó y a pesar de que lo único que veía era a él azotando rítmicamente con el cinto sus nalgas, supo que estaba con el culo al aire ¿a qué horas le había bajado el pantalón? En seguida notó el ardor, cómo picaba… intentó moverse, y una vez más se sintió por la espalda contenida, la fuerza de ese brazo le hizo caer rendida de nuevo…

Sí, se percibió rendida, y cuando lo hizo notó como estaba inflamada su vulva, estaba excitada, y darse cuenta de ello la llevó a frotar sus piernas y a caer de nuevo con la cara en la cama, sujetó la colcha, y dijo en un susurro involuntario: – Ya, Eleu, ya por favor.

Sabía que no la escucharía, en parte porque no quería. Ya no sentía del cinto más que la ola que en forma de excitación llegaba hasta al otro extremo de su cuerpo donde se había iniciado. Tensó un poco las rodillas, levantó el culo, y siguió llorando…

Al día siguiente, al despertar, se encontró con una nota en el buró:

“Gavi, lo sé, tenemos que hablar”

“Un beso,”

“Eleutheris.”

Dejó la Nota sobre la almohada vacía, sonrió, cerró lo ojos, y se acomodó de lado, ¿Qué horas serán?, Pensó, mientras conciliaba de nuevo el sueño.

Eleutheris.

26 de Octubre de 2005.

María

Autora: Ana K. Blanco

(Dedicado a la Sumisa María y a su “papi” Jaime)

El que lo veía caminar por las estrechas calles de la Ciudad Vieja de Montevideo notaba en él toda su pinta de taita y malevo. Desde la ropa hasta su forma de caminar y moverse, denotaban el típico guapo que tanto se conoce por las letras los tangos.

Jaime, más conocido como el “papi” Jaime, era alto, de pelo negro corto, con ojos penetrantes que relojeaban todo por debajo de su gacho; los botines le relucían de tanto betún y lustre; llevaba puesta una camisa blanca, con el cuello y puños inmaculados y para rematar el traje gris, una bufanda de seda que anudaba en el cuello como lo requería la moda del momento.

El tenía su propio negocio y hacia allá se encaminaba. Era un cabaret, aunque algunos lo tildaran de “cabaretucho” o peor aún: “piringundín”. Su negocio era respetable y tenía fama en el ambiente del arrabal. Desde que Carlitos cantaba allí había subido la concurrencia; ahora también estaba María, con esa hermosísima voz y esa mezcla rara de nena bien y milonguera que enloquecía a más de uno.
Después de admirar en la puerta el nombre del lugar: “Chanteclaire”, entró, pegó una rápida mirada a la concurrencia y fue para el mostrador.
– ¿Qué hacés, Pardo? Servíme una ginebra ¿querés? Y mové las tabas que traigo seco el gargero.
– Pará un segundo que ya te doy. ¡Y no me apurés si me querés sacar bueno!
– ¿Dónde está la María? ¿Ya llegó?
– Sí, está en el camarín.

– ¡Bien! Esa mina es cumplidora y eso me gusta.

El cabaret estaba casi lleno. El humo de los puchos y el ruido de las voces y risas era lo típico de esos lugares. De repente todo quedó en silencio y Jaime vio que todos miraban hacia la puerta. La curiosidad lo hizo girar hacia la entrada y entonces se preguntó lo que el resto de la gente: ¿qué querrían esos tres “cajetillas”?
– ¡Pardo! Andá y atendé a esos pitucos a ver qué quieren. Llevalos al privado, y si quieren más, pueden usar mi oficina. Entendiste, no?
– Sí patrón.

– Dale, movete entonces. Y cualquier cosa me avisás.

El Pardo era su empleado de confianza. Lo vio dirigirse hacia los hombres bien vestidos y entonces reconoció al que venía al mando: se trataba de Don Floreal Vargas de Ron y Ruiz, perteneciente a una de las familias de más rancio abolengo y Senador de la República para más datos. Lo había visto en más de un acto político y era uno de los pocos que la gente consideraba honesto. Y le surgió la clásica pregunta: ¿qué haría un hombre como aquél en un cabaret como aquél? No era lo normal que gente de aquella categoría visitara el Chanteclaire.
Los vio desaparecer dentro del privado. Quizás tendría alguna cita con alguna mujer. Quizás venía por alguna de las minas del lugar. En fin, ya lo averiguaría cuando volviera el Pardo. María ya estaba por salir a cantar.
– “María…” -pensó. Que a este tipo no se le ocurra venir por María o se las vería con él. No sería la primera vez que sacaba el facón del cinto para pelearse por una mujer. Ni sería la última. María no era de él, pero tampoco sería de ese viejo.
– Patrón, el pituco viejo viene por la María. Quiere usar su despacho. Dice que se la mandemos pero que no le digamos nada de quién se trata.

– ¿Así? Dejámelo a mí nomás. ¡Yo lo arreglo! “¿Así que Senador incorruptible y honesto, no?”–Pensó para sí- “¡Ja! Son todos iguales. ¡Viejo degenerado!”
Los aplausos y gritos lo arrancaron de sus pensamientos. María ya estaba en escena hermosamente enfundada en un traje de “mina de arrabal”. Arrancaron las guitarras mientras ella se movía en el escenario como una experta.
Le pegó una mirada rápida al privado y vió al Senador haciendo gestos como de enojo mientras que los hombres que lo acompañaban trataban de detenerlo. Apuró su paso hasta allí y entró.
– Buenas noches Senador.
– ¿Qué tienen de buenas? ¿Quién es usted y con qué derecho se mete aquí?
– Mi nombre es Jaime. Jaime Vaz pa’ lo que guste mandar. Y soy el dueño de este lugar. Parece muy enojado, ¿lo puedo ayudar en algo?
– ¿Así que es el dueño? Entonces dígame cómo obligó a mi hija María a cantar en un lugar tan bajo como éste.
– ¿María es su hija? -dijo lleno de asombro- Yo no lo sabía señor. Ella se presentó aquí un día y me hizo una historia de un padre viudo, enfermo y sin trabajo. Dijo que ella era el único sostén de su padre y sus seis hermanos. La probé, cantaba bien y la contraté hace unos pocos días. Canta muy bien, es todo un éxito como podrá ver.
– Sí, todo un éxito, claro… Para esto la hice estudiar piano y canto con los mejores profesores del país, para que terminara en un piringundín de mala muerte ¡como una cabaretera!
Don Floreal hervía de rabia. Era un hombre relativamente joven, pues tendría unos cincuenta años; canoso y de porte elegante, todo un caballero. Pero en ese momento su cara estaba desencajada y se veía colérico e irritado.
– Quiero llevarme a mi hija de aquí ahora mismo.
– Entiendo perfectamente Don Floreal, pero… permítame hacerle una proposición.
– ¡Usté no está en condiciones de hacerme ninguna proposición mocito!
– Lo que voy a proponerle es por el bien de María. Le pido que al menos me escuche; tendrá tiempo de rechazarme si no le parece bien.
El Senador vaciló un momento. Luego, mirándolo a los ojos le dijo:

Lo escucho.

Cuando María terminó su actuación, el “Pardo” la estaba esperando.
– María, el “papi” quiere hablar con vos. Dice que vayás a su despacho, que te espera allá.
– Bueno, me cambio y voy.
– No, tiene que ser ahora mismo. Dale que te acompaño.
María lo miró extrañada. ¿Cuál sería el apuro que ni siquiera podía cambiarse esa pollera tan atrevida, con ese tajo que dejaba a la vista todo su muslo? Y todavía se había puesto la liga roja con la flor para sotener las medias de red. Le divertía vestirse así, como una arrabalera. Menos mal que allí nadie la conocía, que si no…
Siguió al Pardo hasta el despacho y éste golpeó la puerta.
– ¡Pasá! –gritó el “papi” Jaime desde dentro.
A María le sonó un tanto raro el tono de su voz, pero estaba tan feliz con su éxito de esa noche que no le dio importancia. Abrió la puerta, entró y… sus ojos no daban crédito a lo que veía: ¡su papá el Senador y el “papi” Jaime juntos! No, no era posible. Y se veían tan enojados los dos.
– Papá… pa… “papi”… yo…
– Hola María. ¿Sorprendida de verme nena? –le preguntó el Senador.
– Papá, yo… yo te voy a explicar… yo… este…
– ¿Qué? ¿Qué es lo que me vas a explicar? Esto no tiene explicación posible –le gritó.
María bajó la cabeza y con un hilo de voz se atrevió a preguntarle:
– ¿Cómo lo supiste? ¿Quién te lo dijo?
– ¡Sos una desvergonzada y una caradura! Me engañaste como un estúpido, pusiste el buen nombre de la familia en juego, no te importó todos estos años de sacrificio para mantener mi buen nombre y mi carrera política! ¡Sólo quisiste jugar a ser cabaretera sin pensar en nada ni en nadie!! -Dio un paso largo hacia ella y la encaró:
– ¿Querés saber cómo me enteré? Pasé a verte antes de irme a dormir y me extrañó tu posición en la cama, porque no era como acostumbrás dormir. Vi que estabas destapada fui a cubrirte. Cuando me acerqué, me di cuenta que mi “nena” no era otra que Renata, la sirvienta. Ella pagó bien caro el ser tu cómplice, y te juro que recordará esta noche cada vez que se siente, porque me encargué de ponerle el culo como una brasa! Y después de negarse y a base de azotes por fin me dijo dónde encontrarte. Así que vine a mostrarte el camino de vuelta a casa.

Sabía que estaba totalmente perdida y comenzó a sollozar. No podía huir ni hacer nada que no fuera aceptar su destino. El Senador le gritó a uno de sus empleados:
– ¡Felipe! Andá al auto y traéme “aquello” –Felipe salió de inmediato de la habitación- Y vos dejá de lloringuear que todavía no te di motivos para eso. Pero en unos momentos vas a llorar de verdad ¡ya vas a ver!
– Pero papá…
– Pero papá ¡NADA! No puedo tolerar una cosa así: me engañaste, me mentiste, traicionaste mi confianza y no conforme con eso, lo peor de todo: pusiste el nombre de la familia y mi carrera política en juego. Si alguno de mis detractores se enterara de esto, estaría perdido. Y lo mismo hiciste con Don Jaime.
Sí María -agregó Jaime- A mí también me engañaste. Dijiste un montón de mentiras que yo creí y todavía me hiciste quedar mal con alguien como el Senador, que merece todo mi respeto como hombre y como político. Preparate María, porque vas a recibir una lección inolvidable.
– Por favor “papi” Jaime, dame otra oportunidad. Yo solo quería cantar tango y era la única manera de conseguirlo.
– Pues si eso era lo que querías, lo lograste. –le dijo el Senador- Ahora vas a pagar el precio por conseguir tu capricho. Sos una rebelde, consentida y caprichosa. ¡Estoy harto de tus impertinencias! Pero todavía estoy a tiempo de corregirte y es lo que voy a hacer. Así que, vení para acá. Y vos Julio, esperá afuera. Cuando vuelva Felipe que no entre, yo lo llamaré.
– Sí, Don Floreal.

– Sí –dijo el “papi”- Tomátelas vos también.

Don Floreal tenía a María agarrada del brazo. Ella miraba todo sin saber qué hacer y con los ojos fuera de sus órbitas. Sabía que no era nada bueno lo que venía, pero no podía imaginarse qué pasaría. Sin soltarla le dijo al “papi” que acercara una silla, la puso en medio de la oficina y…

– Bien María, llegó el momento. El “papi” Jaime y yo hemos llegado a un acuerdo para tu castigo: dado que los dos somos los ofendidos, los dos te castigaremos. Y no se te ocurra decir nada, protestar o intentar huir porque no te va a servir de nada, entendés? Y solo vas a ganar que te castiguemos todavía más. Dale, vení para acá! Don Jaime, aquí se la entrego. Comience cuando quiera.

María estaba aterrorizada. Ahora sí imaginaba algo de lo que le esperaba.
– Pero papá, vos jamás permitiste que otra persona me castigara.
– Pero esta vez es diferente. ¡Y vos te lo buscaste!
El “papi” Jaime no la dejó hablar más. De un tirón la colocó sobre sus rodillas y comenzó la azotaína. “Plas, plas, plasss, plass..” No tenía ninguna piedad con ella. Don Floreal le había dicho que comenzara él y que lo hiciera sin quitarle la ropa, y el “papi” Jaime aceptó de buen grado.
Los golpes seguían cayendo y luego de unos minutos, a la seña de Don Floreal, Jaime paró.
– Ahora es mi turno. Vení para acá –le dijo, y de un tirón le arrancó la falda dejándola con las bragas solamente- Conmigo no vas a tener la suerte que tuviste con Jaime.

Le bajó las bragas y la colocó sobre sus rodillas. María conocía de sobra las manos de Don Floreal. Sabía cómo golpearla para que doliera más. Ella no lo veía, pero tenía sus cachetes con un bonito color rosado, que fue perdiendo para convertirse en rojo fuego a medida que el Senador comenzó a descargar golpes sobre ella, que se moría de vergüenza por la humillación de estar frente al “papi” casi desnuda.
De nada le sirvió patalear, gritar y llorar, solo que su padre aumentara la intensidad de los golpes. Nunca la había golpeado con tanta fuerza ni tan duramente.

Durante todo el castigo cada uno de ellos le fue diciendo lo enojado que estaba, lo mal que se había comportado y que ese castigo era por su bien, para que aprendiera los modales que se esperaba de una señorita de su rango social.
-¡No te vas a olvidar de esta paliza en tu vida! Zas, zas, plass, zas, plas, plasss…- Lo siento papá, lo siento!
– Por supuesto que lo sientes, pero ya es tarde. Plas, plas, zas… Lo hubieras pensado antes.
Su culito, antes tan blanco y suave estaba del color de los tomates maduros.
– Ahora paráte y no se te ocurra tocarte, entendiste? Andá para el escritorio, y ya sabés como ponerte. Separá las piernas y agarráte fuerte: no te va a gustar lo que viene ahora.
Sintió el inconfundible sonido de cuando su padre se sacaba el cinto, pero lo sintió dos veces. ¡NO! La iban a golpear los dos, ¡uno de cada lado! Y así fue: el primer cintazo fue del “papi” Jaime y cruzó su culito con una franja roja. No se había recuperado aún de ese cuando sintió el segundo, aún más fuerte, que la golpeaba del otro lado. Y así fueron cayendo, uno a uno, los 100 golpes con el cinto. Ya casi no le quedaban lágrimas ni fuerzas para llorar.
Su culito se veía hermoso, rojo y con innumerables marcas cruzadas formando equis. El “papi” fue el que habló ahora:

– Puedes frotarte un poco -le dijo con una voz tajante y sin el menor grado de compasión. No lo iba a reconocer ante nadie, pero el ver a María de aquella forma lo hizo ponerse en un grado de excitación que casi no podía disimular.
María comenzó a frotarse su torturada colita y a pegar saltitos por toda la oficina.
Don Floreal se acercó a la puerta y habló con sus hombres. Cuando volvió a entrar, María tembló al ver lo que traía en la mano: ¡eran dos canes!  ¡Ella odiaba aquel instrumento! Prefería 10 azotes con cualquier otra cosa que un sólo golpe con la cane! Miró al Senador con ojos suplicantes, pero una mirada fría fue todo lo que obtuvo por respuesta.
– Sobre el respaldo del sofá… ¡ahora!
– Por favor “papi”, con la cane ¡noooooooo!

-Según me dijo Don Floreal, será con la que más aprendas, así que… ponete en posición y… ¡SILENCIO! o te va a ir más “pior”.
En la forma en que estaba acomodada, su maltratado trasero quedaba totalmente expuesto. Cambiaron posiciones y el Senador dio comienzo al castigo con el primer varazo: fuerte y seco. María saltó de dolor, movió sus caderas, levantó sus piernas y se preparó para el segundo, que fue ejecutado por Jaime y tan doloroso como el primero e igual a todos los que les seguirían.

Uno tras otro fueron cayendo los varazos, hasta que se miraron entre ellos y con un gesto se indicaron que era suficiente.

Ayudaron a María a recostarse en el sillón y comenzaron a ponerle crema acompañada de compresas de agua fría para calmarla. Los dos le hablan con ternura y le repetían que todo había sido por su bien y que debía parar con esa doble vida.
Luego de un rato, Don Floreal envolvió a María en un cobertor y le dijo a Renato que la llevara hasta el auto. Se despidió del “papi” y salió de la oficina seguido por Julio. En último lugar salió Renato con María en brazos.
Cuando se alejaban, María asomó la cabeza, miró a el “papi” Jaime y, mientras sonreía levemente… le guiñó un ojo.

¿FIN?
Ana Karen

Montevideo – 25/octubre/2005

La cabaña de Javier

Autora: Ana K. Blanco

Estaba cansado, muy cansado, pero… ¿cómo no estarlo trabajando para esa mujer? Ser el valet y secretario privado de la señora Paola no resultaba fácil ni era tarea para cualquier mortal! Su horario era de 0 a 24, de lunes a domingo, todos los días del año.
¿Cuándo había tomado sus últimas vacaciones? Ya era el quinto año que trabajaba para ella, y sólo había tenido vacaciones los dos primeros años, o sea que hacía tres que no se movía de su lado. Y estaba agotado física y mentalmente. Como secretario la acompañaba a todos lados, le recordaba sus citas y compromisos, se encargaba de responder los mensajes, cartas, pagar sus cuentas personales, enviar regalos para sus amigos (la señora no tenía familia), y un largo etcétera imposible de enumerar! Y como valet estaba a su servicio para cosas tan simples como prepararle el baño, elegirle la ropa que iba a usar o prepararle sus maletas cuando salían de viaje, cosa que hacían muy frecuentemente.

Además, la señora Paola tenía un carácter ¡más que difícil!! En su extenso y supuestamente tan pulido vocabulario, no existían palabras como: “por favor”, “lo siento” y muchísimo menos “gracias” o “me equivoqué” Ella consideraba que si estaba pagando por un servicio no tenía que usar ninguna de esas palabras ni muchas otras de ese tipo. ¡Y pagaba muy bien, él lo sabía! Varias veces había pensado en renunciar a este trabajo que lo agobiaba y lo estresaba tanto. Envió su currículo a varios trabajos y en todos fue aceptado, pero el salario era casi la mitad de lo que ganaba aquí. Además del excelente salario, la señora le compraba su ropa, toda fina y de marca, le pagaba el pasaje siempre en primera, a su lado, y en los hoteles compartían el mismo apartamento o suite, pero en dormitorios diferentes.

El compartir el mismo lugar de descanso, aunque fuera en otra habitación, traía aparejado serios inconvenientes para Javier, dado que la señora no tenía reparos en entrar en cualquier momento y a cualquier hora en su recámara, y por supuesto, sin golpear la puerta o pedir permiso para entrar. Sabía que la responsabilidad de que esto sucediera era totalmente de él, dado que por conservar el trabajo no había dicho nada al comienzo y luego, pasado el tiempo, ya no tenía sentido.

Paola lo había visto de todas las maneras imaginables: vestido, desnudo, durmiendo, leyendo, en la ducha… Las pocas veces que había intentado protestar, ella le contestaba que si no le gustaba podía renunciar cuando quisiera, y que si ella lo necesitaba o quería decirle algo lo haría en el momento que lo creyera oportuno ¡o cuando le viniese en gana! Paola tenía la seguridad de que él no lo haría, el sueldo era demasiado generoso !Ahhh… “poderoso caballero, Don Dinero”, como reza el dicho español.

Pero lo que más fastidiaba a Javier era la falta de consideración de la señora. En el tiempo que llevaba trabajando para ella, jamás le dio las gracias por lo que hacía, por el tiempo que le dedicaba y la atención y el esmero que ponía en cada una de sus tareas. Sí, ella le pagaba y muy bien, pero él quería algo más. Se conformaría con una sonrisa, un gesto de agradecimiento, un simple “por favor” o “gracias”, pero eso era demasiado fantasioso tratándose de Paola.
Por suerte, en pocos días más ella partiría de vacaciones a unas islas en el Pacífico y él aprovecharía para pedirle su licencia. No iría con ella ni aunque se lo suplicara. Esta vez no cedería! Y si lo echaba, pues… ¡mala suerte! No soportaba más esta situación y había ahorrado suficiente dinero como para darse el lujo de estar un largo período sin trabajar, y con sus excelentes referencias conseguiría trabajo cuando lo deseara, a pesar de sus 52 años.
En ese momento Paola hizo una estrepitosa entrada en la habitación y en sus pensamientos, como era su costumbre. Se veía hermosa a sus 45 años. El pelo dorado resaltaba sobre el traje sastre negro y sus ojos verdes relucían como esmeraldas en su rostro bronceado. Tenía buen cuerpo, muy bien proporcionado y su altura la hacía más elegante de lo que ya era por naturaleza. Javier se preguntaba cómo hacía para caminar de esa forma tan felina montada en aquellos tacos aguja que sabía manejara a la perfección. La falda tan ajustada y apenas por encima de la rodilla le daba un aire seductor que ella aprovechaba al máximo.

– Javier, está todo preparado para las vacaciones, ¿verdad? Supongo que ya te habrás encargado de todo: pasajes, hotel, automóvil…
– Sí señora. Ya he sacado su pasaje, le he hecho la reservación en el mejor hotel y también me he ocupado de conseguirle una limusina con chofer.
– ¿Qué cosa? ¿Cómo que has sacada MI pasaje? Querrás decir ¡LOS pasajes!
– No señora, quise decir SU pasaje.
– ¡Explícate!
– Hace ya 3 años que no me tomo vacaciones.
– ¿Cómo que no? ¡Yo siempre te llevo conmigo!
– Sí señora, es verdad. Pero cuando yo viajo con usted, la que toma vacaciones es la señora, no yo! Cada vez que está usted de viaje, por trabajo o por descanso, es lo mismo para mí, pues yo me sigo encargando de todas sus necesidades y continúo siendo su valet, amén de su secretario privado. Necesito tomarme un tiempo para mí, solo conmigo mismo… de verdad.
No supo jamás qué cara le habría puesto para que ella accediera a su pedido. ¡Casi no lo podía creer!!

– Y ¿ya has pensado dónde serán tus vacaciones?
– Sí señora. Me iré a una montaña en Asturias, cerca del pueblo de mis padres. Ellos murieron hace años y me trae paz y buenos recuerdos regresar allí. He comprado un terreno con una cabaña en la montaña y un amigo arquitecto la ha ido reparando de a poco y me ha avisado hace unos días que ya está terminada. ¡Estoy muy feliz!! Y quiero darle las gracias por permitirme partir.
– ¿Y cómo es la cabaña Javier? – le preguntó mientras se sentaba en el sofá y cruzaba sus maravillosas y largas piernas.
– Es una cabaña grande pero sencilla. Le he hecho muchas reformas y dejando el casco original, mandé ponerle las comodidades que son casi imprescindibles en el mundo de hoy: calefacción central, agua caliente, todos los dormitorios con baño privado y he mandado reformar la cocina también.
– Suena muy tentador.
– Bueno… lo es para mí! Sé que allí estoy en mi hogar y podré descansar, volver a ver a la gente que conozco desde niño y disfrutar del bello paisaje que tanto me gusta!

Y sin ningún reparo, Paola le espetó:- ¡Me voy contigo!
“Nooooooooooooo!!!” –tuvo ganas de gritarle! Pero se contuvo.

– Señora Paola… quisiera pensarlo antes de contestarle.
– ¿Qué es lo que tendrías que pensar?
– Si es conveniente que venga usted conmigo. Como le dije, quiero vacaciones, no podría hacerme cargo de usted…
– ¡Yo no te necesito! ¡No seré una carga para ti!

¡Su primer pensamiento fue de fastidio! Claro que lo necesitaba, pero ella no se daba cuenta de cuán importante era él en su vida. Importante, no imprescindible. ¡Y por su mente se cruzó una idea! En menos de un segundo ya tenía todo planificado y entonces…

– Tiene razón señora Paola. Será un placer “para mí” que venga a mi cabaña.

Ella le notó algo extraño en su tono al decir esto, pero no le dio mucha importancia.

– Mañana mismo ultimaré los detalles y en unos pocos días partiremos hacia la cabaña. Pero quiero algo de usted antes de seguir adelante con esto.
– ¿Qué cosa?
– Hace ya cinco años que estoy a su lado. Hay actitudes suyas que no comparto, pero la considero una mujer con dos maravillosas características que no son comunes en el día de hoy: es usted una persona honrada ¡y de palabra!
– ¡Por supuesto! Si doy mi palabra la cumplo a como dé lugar, aún perdiendo lo que tenga que perder.
– Lo sé, fui testigo varias veces de eso. Por eso me atrevo a pedirle que me dé su palabra de honor que durante el mes que estemos de vacaciones ¡NO SERÉ SU EMPLEADO! Y que si algo sucediera será separado del trabajo. A partir del momento en que tomemos la limusina hasta el aeropuerto y hasta que regresemos a este lugar no recibiré ninguna orden de su parte. No será usted mi jefa en esos días ni yo su empleado. Deberá depender de usted misma en todo momento

– ¡Pero por supuesto!! ¡Eso está sobreentendido! ¡Es lógico que sea así!
– Necesito su palabra señora. Por usted y por mí, por la tranquilidad de los dos.
– Javier, tienes mi palab…
– ¡No señora! –la interrumpió- No ahora… ¡Le sugiero que lo piense antes de hacerlo!
– No tengo nada que pensar. Tú me conoces bien y sabes perfectamente que una vez que tomo una decisión no me desdigo ¡ni doy marcha atrás! Javier: “tienes mi palabra de honor que el empleado y la jefa se quedan aquí mismo! Al viaje de vacaciones irán solamente un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. ¿Te basta con eso o quieres algo más??
– Sí, hay algo más. También quiero que me prometa que me obedecerá en absolutamente todo lo que le diga.
– ¡Yo no obedezco a nadie!
– Entonces no podré llevarla… ¡lo siento!
– ¡Yo no quiero prometer obedecerte! ¿Para qué haría tal promesa?
– Es el precio para que venga usted conmigo. No quiero alguien caprichoso que me arruine mis vacaciones.
– ¡Yo no soy caprichosa! –le dijo ella haciendo un mohín…
– Pues si no lo es, ¡¡lo disimula usted muuuuuy bien!!
Paola no tuvo más remedio que reírse! Sabía que no sólo era caprichosa, sino que además muchas veces era insoportable…
– Prometo durante el mes que duren las vacaciones, obedecerte en todo. ¿Está bien así?
– ¡Esta perfecto! Es más que suficiente señora. Sólo espero que no se arrepienta…
Ella no se imaginaba en lo que se había metido, pero él… él sí sabía lo que había hecho, ¡y lo sabía perfectamente! Tenía toda la noche para planificar estratégicamente este viaje de… ¿vacaciones!? ¡Ya estaba gozando por adelantado y se imaginaba las situaciones que se darían!!
Ahhhh, querida Paola, no tienes idea en qué te has metido! ¡Nunca lo imaginarás hasta que lo vivas! Este viaje será para ti muy didáctico y sin duda… ¡inolvidable!

Al día siguiente Javier canceló el viaje de Paola e hizo todos los arreglos para el nuevo itinerario a su lado. Estuvo la mayor parte de la noche planificándolo todo, hasta el último detalle. Preparó su equipaje y también el de ella. Paola jamás miraba lo que él ponía en la maleta, pues confiaba plenamente en su gusto y daba por descontado que él sabía qué debía ponerse para cada evento. Y esta vez, ¡él lo sabía mejor que nunca!!! Así que con “alevosía y premeditación” preparó la ropa, calzado y lo que él deseaba que ella usara en esta ocasión.

Y el día llegó. Estaba todo preparado a la hora adecuada, como siempre. Javier le avisó que era hora de partir y ella salió de la habitación en dirección al ascensor mientras el botones del hotel se ocupaba del equipaje. La limosina esperaba en la puerta para llevarlos al aeropuerto.

Una vez dentro del vehículo y con el auto en marcha, Javier le dijo:

– Bien… las vacaciones han comenzado y el empleado y la jefa quedaron en el hotel.
– Así es – contestó Paola.
– Aquí tienes (es la primera vez que la tuteaba!!) tus papeles: pasaje, pasaporte, tarjeta de embarque y demás documentación necesaria para el viaje.
– Pero… no harás tú los trámites como siempre? Y… es la primera vez que me tuteas!

Esto no podía comenzar mejor para Javier!! Prácticamente aún no habían salido y ya estaba ella pidiéndole cosas y llamándole la atención por algo: tal cual lo había imaginado!!

– Primera respuesta: no, no haré TUS trámites porque estoy de vacaciones y no soy tu empleado.
Y segunda respuesta: te tuteo porque nuestra relación es de amistad, como tú lo dijiste “…un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. Y si soy tu amigo, creo tener el derecho a tutearte, verdad? Es lógico que el trato sea más cercano.
– Está bien, no me molesta. Y yo soy capaz de hacer mis propios trámites… -dijo ella con un dejo de enojo en la voz.

Una vez en el aeropuerto, tuvo que cada uno hacerse cargo de su equipaje, presentarse en el mostrador correspondiente, buscar la puerta de embarque, etc. Paola tuvo algunos inconvenientes por la falta de costumbre, pero salió airosa de todas las situaciones. Una vez dentro del avión, que casi pierden por las demoras de ella, Javier se dirigió a clase turista mientras que a ella le indicaban su lugar en primera clase. Paola no entendía nada. Durante el viaje lo buscó para recriminarle porqué no había sacado los dos pasajes en primera.

– Porque yo no tengo dinero como para pagarme tal lujo. Tú sabes que soy solo un trabajador y tengo que pensar en mi futuro. Prefiero ahorrar la diferencia del pasaje para invertir en otras cosas más importantes para mí.

Y en ese momento se le cruzó a Paola un pensamiento como un refusilo: estas vacaciones no serían como ella las imaginó. Se había acostumbrado a Javier y… lo amaba! No se lo diría jamás! pero se había enamorado de ese hombre tan especial, dulce y paciente con ella. Pero algo sucedía, algo extraño que no lograba ver aún. Lo que tampoco imaginaba era lo cerca que estaba de descubrirlo!
El viaje hasta la montaña se hizo agotador. La espera en el aeropuerto de Madrid, el viaje de una hora en avión hasta Asturias, y luego otro viaje en automóvil entre las montañas! Curvas, vueltas, curvas y ¡más vueltas! ¿Es que no tienen una carretera derecha en esta provincia?
Posiblemente sí, pero no en esta región.

Cuando llegaron era casi de noche. Javier estacionó el auto en la puerta de la cabaña. Abrió la portezuela de la valija del auto y sacó las maletas. Le había hecho cargar a ella con su equipaje desde Madrid, pero… se veía tan cansada ¡que le dio pena! Cuando con cara de sufrimiento Paola se dirigió a buscar su equipaje, él le dijo:

– Yo las llevaré. No olvido mi caballerosidad. Además… te ves muy cansada.

Esperaba que Paola le diera las gracias, pero no lo hizo. Eso lo enfureció un poco, pero lo disimuló. Aún no era el momento…

La cabaña se veía humilde pero bien arreglada por fuera. Al entrar Paola se asombró del contraste: estaba decorada con refinamiento y buen gusto. Los muebles, adornos y decoración no eran de marca ni carísimos, pero sí de excelente calidad y buen diseño. Todo el lugar se veía confortable y había sido reformado guardando un gran respeto por la arquitectura y diseño originales. En una palabra, era un lugar… ¡encantador!

En la planta baja, donde originalmente se guardaba el ganado, Javier había pedido que lo convirtieran en un comodísimo garaje con un lugar para hacer el lavado, secado y planchado de la ropa. En el primer piso estaba la sala principal, el comedor y una enorme cocina con una salita que tenía varios sillones cómodos y una estufa de leña. La cocina era tipo americana y tenía todos los utensilios que podría exigir un buen cocinero, y Javier lo era, así que había pedido que la diseñaran a su gusto. A un costado había una puerta que daba a un baño muy coqueto y completo.

En el segundo piso estaban los dormitorios. Había uno enorme, hermosísimo, con un ventanal inmenso que daba a un balcón ¡y este tenía una visión fabulosa del lugar! La cama era tamaño king, y sobre un costado de la habitación tenía un espacio como para desayunar. En el otro costado había una estufa de leña rodeada de unos sillones magníficos. Por una puerta de roble se entraba a un baño con jacuzzi, todo en mármol y decorado con gusto magnífico. ¡Era una habitación digna de reyes!!

Paola tiró las maletas y se zambulló en la cama!

– Pero… ¿qué haces?- gritó Javier.

– Cómo que qué hago? ¡Me acuesto! ¡Estoy molida y quiero descansar!
– Me parece estupendo, ¡pero hazlo en TU habitación, no en la mía!!
– ¡Esta habitación me gusta! ¡Me quedo aquí!!
– Mira que casualidad: a mí también me gusta ¡porque la diseñé para mí!! Así que haz el favor ¡y vete de aquí!
– ¡No, no lo haré!
– ¿Es necesario que te recuerde tu promesa de obedecer en todo??

¡Fue como un resorte! Con una cara de pocos amigos se levantó de la cama y lo miró casi con desprecio…

– Paola…
– ¡Qué! – le gritó con enojo
– Mi cama… ¡no estaba en esas condiciones que la dejaste! Así que… déjala en las mismas condiciones que estaba cuando entraste a la habitación. Ya mañana hablaremos y te diré las reglas de convivencia que tendremos durante este mes.
– “¿Reglas de convivencia”? ¿Pero qué es eso??
– Mañana lo sabrás. La habitación que está a la derecha, enfrente a esta, es la tuya. ¡Toma tus cosas y sal de mi recámara! ¡Ah! Y no se te ocurra, por ningún motivo, entrar en esta habitación sin mi permiso. ¿Entendido??

Lo dijo en un tono severo. Nunca lo había visto así en estos años. Tuvo un poco de temor pero… en el fondo le gustaba más este Javier recio y fuerte de carácter que el siempre obediente que ella conocía.

Tomo sus pertenencias y salió en silencio de la habitación. Cuando cruzó la puerta sintió que ésta se cerraba tras ella y el sonido del cerrojo la hizo sentirse en una terrible soledad…

Las vacaciones habían comenzado, y algo en su interior le advertía que serían diferentes a las que había tenido anteriormente durante su vida.

Al abrir la puerta de su habitación, el alma se le vino a los pies. No era una habitación como ella hubiera soñado. No tenía nada que ver con la de Javier. Estaba limpia, ordenada, pero… ¡era de una pobreza franciscana! Casi no tenía muebles: la cama de una plaza, su mesita de noche sobre un costado y una pequeña veladora encima, un reloj digital barato, una mesa tipo escritorio con una silla, una cómoda con ¿cepillos para el pelo?? (¡qué extraño!, pensó), un espejo para verse de cuerpo entero y el placard. Las paredes estaban casi desnudas excepto por un pequeño cuadro que se perdía en la inmensidad del espacio vacío.

¿Y aquella puerta? Ah, era el baño. Bueno, por lo menos el baño estaba mejor que la habitación: era amplio, tenía una ducha cómoda, era completo, con un lavabo enorme y un espejo también de grandes dimensiones, un placard con toallas y en la parte inferior de este placard, los elementos para la limpieza.

Al regresar a la habitación se ¡sintió aún peor! Ella no estaba acostumbrada a tanta austeridad, y no entendía por qué Javier le estaba haciendo esto. ¿Por qué la trataba así?
No tenía ganas de seguir pensando, eran demasiadas emociones para tan poco tiempo ¡y estaba exhausta!! Colocó la maleta sobre el escritorio y cuando la abrió… ¡ja! ¡lo que le faltaba!! Los estúpidos, inservibles, ineptos de la línea aérea ¡se equivocaron de maleta!! Eso pertenecía a otra mujer: jeans, sudaderas, tenis, faldas cortas como de colegiala, zoquetes, ropa interior de algodón… ¡Alguna colegiala se estaría dando banquete con sus zapatos aguja y sus trajes de marca!
Sonrió con esa idea y decidió que ella también usaría su ropa. Tomó un pijama, se lo puso y se zambulló en la humilde cama que le pareció muy confortable ¡cansada como estaba! Mañana hablaría con Javier y le pediría explicaciones. Quizás la trató así por el cansancio del viaje y con el humor de perros que demostró tener, ¡más valía no llevarle la contra! ¡Pero mañana la iba a oír!
¿Cómo se atrevía a hablarle en ese tono y a alojarla en una habitación como aquella, tan humilde, tan simple, tan…? Mejor no pensaba más o no dormiría, y necesitaba descansar.

Pero esas ideas le daban vueltas… Javier… enojado… mañana… zzzzzzzzzz…
El sol se le clavó en los ojos. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no habían corrido las cortinas para que no le molestara la claridad? ¿Qué clase de hotel era…? Ah! Fue entonces que lo recordó: la cabaña de Javier… ¿Qué hora era? Las 10:28 marcaba el reloj. ¡Con razón tenía tanta hambre!
Mmmmmm… ¿qué habría preparado Javier para el desayuno? ¡Se daría una ducha y bajaría a desayunar!

Luego de la ducha donde dejó el baño igual que un lago de patos, como era su costumbre, se dirigió a la maleta y volvió a sonreír. Bien… no teniendo otra cosa se vistió como una colegiala y recogió su pelo ensortijado en una cola de caballo. Algún rizo rebelde se le escapaba y caía graciosamente sobre su rostro… Vestida así se veía juvenil y simpática, ¡y no le quedaba nada mal! Se miró al espejo y aprobándose a sí misma bajó las escaleras ¡haciendo un alboroto inusual en ella! ¡A pesar de todo se sentía feliz!!

– Javier, ¿qué hiciste para desayunar?? ¡Me muero de hambre!!!

No recibió respuesta.

– ¿Por qué no me contestas?? ¿Sigues de mal humor? ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Me estoy cansando de tu actitud Javier!

Casi le gritó. El levantó la vista y la miró con un desprecio que la hizo estremecer. Un frío le corrió por la espalda…

– Antes que nada, se saluda cuando se llega a un lugar o cuando uno se levanta, aún cuando se ha dormido juntos. Quisiera saber quién te enseñó educación, tú que te crees tan refinada. Luego, si uno no está en su casa y desea algo, debe tener la gentileza de pedir lo que desea “por favor”. ¿Entendiste? Ahora, vuelve a entrar y esta vez hazlo correctamente.
– ¿Qué haga queeeeeeeeé?? ¡Por supuesto que no lo haré! ¿Quién te crees que eres para hablarme así? ¡No soy una niña, no te atrevas a decirme qué hacer y cómo debo hacerlo!
– Ayer te recordé que me diste tu palabra de que me obedecerías EN TODO. No pienso volver a recordártelo. Te lo digo por última vez Paola: cumple tu palabra ¡o ya mismo comenzarás a arrepentirte!
– Ah ¿sí? ¿Qué me harás? ¡No te atrevas a amenazarme Javier!

Se veía encantadora con esa ropa. Y cada vez que se daba vuelta de golpe, la falda tableada se levantaba levemente ¡dejando a la vista, por un instante, su precioso trasero!

– ¿Sabes Paola? Tienes razón, no vale la pena prevenirte ni amenazarte más. Mejor te daré tu primera lección de educación ya mismo. Ya que no estás dispuesta a obedecer y has roto tu palabra… ¡te enseñaré a ser educada y respetuosa!
– Ah ¿síiiiii? ¡Ja! Y ¿cómo lo harás?- le dijo con una sonrisa.
– De una forma antigua, sencilla… ¡y eficaz!! ¡Ven para aquí!

No le dio tiempo a reaccionar. Antes de que se diera cuenta se vio boca abajo sobre las fuertes piernas de Javier. ¡No lo podía creer! Trató de zafarse, pataleó, trató de golpearlo, pero… fue en vano. De alguna manera que no entendía él puso su pierna atrapando las de ella para que no pudiera patalear. Luego con la mano izquierda juntó sus manos en la espalda y apretándolas con fuerza a la altura de la cintura, la inmovilizó. Sólo podía contorsionarse levemente. ¿Qué pretendía hacer Javier? No podía ser que se atreviera a… ¿azotarla!?

– Ahora, mi querida Paola, tu primera lección de buenos modales… ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar?
– ¡Y yo qué sé! Lo que te digo usualmente: que me sirvas el desayuno.
– GOOOONNNGGG!! – Dijo él queriendo imitar una campana- ¡Respuesta incorrecta! El castigo serán 10 palmadas en tu trasero. Contemos: uno… plas! Dos… plas! Tres… plas! Cuatro…

Y los golpes seguían cayendo con toda la fuerza de la que era capaz. Gozaba ese momento. Siempre había deseado secretamente poner en su lugar a esa altiva y maleducada mujer ¡y aplicarle unos buenos azotes en su culo! Ahhh, ¡cómo estaba disfrutando! No así Paola, que saltaba con cada golpe y no terminaba de aceptar que eso le estuviera pasando justo a ella.

– Y diez… ¡Plassssss! Bien Paola, quizás esto te ayudó a recuperar la memoria. Volvamos a hacer la pregunta: ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar??

Paola pensó para sí: “Si este imbécil se piensa que porque me dé unas nalgadas cederé, ¡está muy pero muy equivocado! Aunque… ¡¡cómo duelen!! Pero no me rendiré.”

– Javier, ¡sírveme el desayuno de una puta vez!
– Paola… ¿de verdad te gustan las nalgadas?? Pues por mí no hay problema. Tenemos todo el mes para que me digas lo correcto. Más allá de que tú nunca lo digas, sabes muy bien cuál es la respuesta, ¿verdad?
– ¡Por supuesto que sí! ¡Pero no te lo diré! Puedes golpearme todo lo que desees, pero no te lo diré. ¡Me niego! Y por primera vez en mi vida estoy rompiendo mi palabra: NO TE OBEDECERÉ. Eres un energúmeno, un bruto, un bestia… y te exijo que me liberes ya mismo. ¡Suéltame yaaa!
– Ay, Paola… ¡Qué risa y qué pena me das! Te lo diré así, a ver si logras entenderlo: ¡cada vez que te repita la pregunta te doblaré la cantidad de azotes! O sea que ahora serán 20, y además te subiré la falda –le decía mientras levantaba la faldita por encima de su cintura- y te bajaré tus braguitas hasta las rodillas… así Javier quedó casi mudo ante la visión del tono rosado que habían tomado aquellos bellísimos cachetes. Agradecía que ella estuviera boca abajo y no pudiera ver su rostro que lo hubiera delatado de inmediato. Pero debía seguir adelante.

Paola por su parte no podía sentirse más avergonzada. Él la había visto desnuda alguna vez, pero nunca de aquella manera. Se sentía humillada y no podía creer que estaba viviendo aquella situación.

– Por lo tanto Paola… ¡gooonnnng! Respuesta incorrecta. Te comento que no comenzaré a contar los golpes hasta que digas la respuesta correcta.

Y comenzó a golpearla con más ahínco que antes. Parecía que sus manos eran de hierro candente, y los golpes caían en sus nalgas y le causaban un escozor insoportable. Cuando llevaba como unos 15 golpes…

– ¡Buenos días Javier! ¡Buenos días Javier! –¡comenzó a repetir sin cesar!
– Muy buenos días Paola ¡qué placer verte esta mañana! Uno, plas! dos, plas! tres…

La intensidad de los golpes no disminuía y sus nalgas se ponían más rojas cada vez.

– diecinueve ¡y veinte! Bueno, me alegra ver que aprendes rápido.
– Sí, claro. Ahora suéltame de una puta vez ¡so desgraciado!
– Vaya… ¡qué boquita! Y yo que había pensado que ya te habías vuelto educada. Lástima… ¡Tendremos que seguir el aprendizaje! Bien, 20 zapatillazos le vendrán muy pero muy bien a esta niña caprichosa, maleducada y peor hablada…
– ¡Nooooooooooooooo!!! ¿Cómo te atreves, cómo puedes hacer esto? ¡Suéltame ya, te lo ordeno!
– ¿Cómo que “te lo ordeno”?? De la única persona que acepto órdenes es de mi jefa, y ella no está aquí. La señora se quedó en el hotel ¿recuerdas? Aquí está una mujer “a la que me une una relación de amistad”. Y como soy su amigo y la quiero, le estoy enseñando a que se comporte mejor. Te presento a una de las compañeras que me ayudará en la tarea de tu educación: ¡la zapatilla!!

Y sin más comenzó a esparcir golpes en aquellas carnes que otrora fueran blancas y delicadas y ahora estaban rojas como amapolas.

– Uno, dos, tres…
– ¡No, no me pegues más!
– …diez, once…
– Ya, no me pegues, no soporto el escozor ni el dolor. ¡Es demasiado! –decía con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas.
– Aún no has dicho… dieciséis… las palabras mágicas… diecisiete, dieciocho… para que pare de golpearte… diecinueve…
– POR FAVORRRRRRR!!!
– ¿Cómo? ¿Qué dijiste? ¿Oí bien?
– Por favor Javier, ya no me pegues más – le suplicó llorando.
– …veinte! –y suspiró… de repente- ¡Y veintiuno! El último fue por haber demorado tanto en decirlo Ahora, ¡ponte de pie!

Apenas pudo pararse. Había sido demasiado para ella que nunca fue tratada así. Cuando Javier le soltó las manos, ella comenzó a sobarse el trasero y se iba a ir corriendo, pero él la detuvo.

– ¿A dónde crees que vas? ¡Tu castigo no termina aquí!

Paola se dio vuelta y lo miró con los ojos rojos por el llanto y la cara suplicante. Estuvo a punto de dejarla ir, pero entonces sería en vano lo que hizo. Se puso fuerte y le dijo:

– Ahora, como la niña mala y caprichosa que eres, te quedarás de cara a la pared hasta que yo te diga. ¡Y ya no te sobes más! Quiero que sientas el ardor para que no se te olvide tu primera lección. Súbete la falda y métela dentro de la cintura para que pueda ver tus nalgas rojas. ¡Y que no se te caiga o recomenzaré el castigo desde el principio! No te atrevas a subirte las bragas y deja tus brazos a los costados… Mirando a la pared y ¡NO TE MUEVAS!

Paola no podía coordinar sus pensamientos. Era imposible que le estuviera pasando esto. Que Javier, su empleado, el hombre siempre tan dulce, educado, servicial y complaciente con ella, la hubiera puesto sobre sus rodillas y le pegara de una forma tan salvaje. ¡Y todavía ponerla contra la pared, era el colmo de la humillación! ¿Se habría vuelto loco de golpe? Y ella allí, en esa cabaña en el medio de la nada, sin poder huir.

Pero en el fondo sabía que Javier tenía razón. Ella jamás saludaba a la gente que estaba por debajo de su nivel social, y menos si trabajaban para ella de una forma u otra. Tampoco daba las gracias. ¿Porqué hacerlo si ella pagaba por el trabajo? El dinero recibido por esa gente debería ser suficiente ¿Y pedir algo por favor? ¡Jamás se le ocurriría semejante disparate! No le estaban haciendo ningún favor, ella pagaba por esa tarea. Claro que por el momento su inteligencia le decía que más valía que obedeciera a Javier y no lo contrariara, porque… ¡su trasero seguiría pagando su rebeldía!!

La voz grave de Javier la arrancó de sus pensamientos.

– Ven aquí, tenemos que hablar.

Obedeció sin decir palabra. Cuando se dio vuelta vio la mesa preparada con el desayuno. Se veía delicioso y ella se moría de hambre. Se sentó con el máximo cuidado debido al escozor que aún sentía y se dispuso a comer.
– ¡Paola!!! -Saltó de la silla – ¿Quién te ha dado permiso para comenzar? Es un signo de buena educación esperar que el otro comensal se siente a la mesa contigo, y más aún si es el anfitrión.
¿Es verdad que aprendiste modales alguna vez?
Javier era injusto con ella. ¿Cómo le decía eso? Había sido educada en los mejores colegios y con los más renombrados profesores. Su apellido era de cuna y desde pequeña había sido entrenada en buenos modales dado que su familia tenía relación con altos jerarcas de los gobiernos, nobles, y hasta la realeza. Pero ella seguía viendo a Javier como un sirviente y no como su anfitrión.
Javier tenía razón, pero necesitaría tiempo para adaptarse. Iba a ser un largo mes de aprendizaje…

Bajó la cabeza sin decir nada.  Cuando Javier se hubo sentado y le indicó que podía comenzar, ella lo hizo sin mirarlo. Sentía que lo odiaba por haberle pegado, por ponerla en evidencia continuamente y… porque sabía que tenía razón, ¡pero nunca lo iba a admitir!!

– Bien Paola, llegó el momento de aclarar las cosas. Quiero que me escuches muy atentamente: eres una mujer inteligente dado que manejas tus negocios de forma brillante, así que no te costará entender lo que te voy decir. Quiero que en este mes aprendas que no eres el centro del universo. Que te des cuenta que aunque tengas muchísimo dinero, la humanidad no gira a tu alrededor ni eres el ombligo del mundo. La gente que te rodea y te sirve son seres humanos que merecen respeto y dignidad, y eso no se compra Paola. Durante este mes aprenderás a hacer todas, o al menos la mayoría de las tareas que tú le exiges a los demás.

Aprenderás a valorar el trabajo de la gente que está a tu servicio. Y además, lo más importante: comenzarás a utilizar palabras como: “por favor”, “gracias”, “lo siento”, “perdón”, etc., y a saludar como corresponde a TODO el mundo, pertenezca o no a tu nivel social. Pero no lo harás porque yo te obligue, sino por convicción, porque te darás cuenta del esfuerzo que cada una de esas personas realiza para conformarte, aunque casi nunca lo logren.

Te enseñaré a hacer todas las tareas y comenzarás por lavar todo lo que utilizamos cuando termines tu desayuno. Luego subiremos a tu habitación y te diré cómo limpiar la recámara y el baño. Por hoy yo me encargaré de arreglar mi cuarto, pero a partir de mañana será también tu responsabilidad.
Todos los días te levantarás a las 7 para comenzar tus tareas, las cuales encontrarás escritas y pegadas en el refrigerador. Si no sabes cómo se hace algo, puedes preguntar y te explicaré cuantas veces sea necesario, pero… ¡no permitiré ningún error! Todos los errores que cometas serán castigados con severidad, así como cualquier acto de rebeldía o insolencia. ¿Entendido?
Además de dejar los cargos de jefa y empleado en el hotel, me prometiste y me diste tu palabra de obediencia total, y sólo eso te voy a exigir.

Recordó sus épocas de niña y le preguntó:

– Javier, ¿Puedo levantarme de la mesa para recoger y lavar la loza del desayuno?
– Sí, tienes mi permiso para hacerlo –le contestó con una sonrisa.

¡Por fin estaba haciendo algo que merecía su aprobación! Mientras levantaba todo y se disponía a lavar como le había indicado Javier, éste le dijo:

– Y por último hablaremos de tu ropa.

Era la oportunidad de Paola para sacarse un poco el enojo que tenía y lo aprovechó.

– ¡De eso te quería hablar yo también! ¿Puedes creer que los estúpidos de la línea aérea me entregaron la maleta equivocada? Jajajajajajaaaaa… Cualquiera que me conozca sabe perfectamente que yo no uso ropa como esta. Es la de una colegiala…

Pues yo te conozco muy bien y cuando hice tu maleta pensé que era la ropa adecuada para ti: la de una niña caprichosa. Cuando demuestres ser una mujer te podrás vestir como tal. En tanto te vestirás de acuerdo a las actitudes que tienes. Ahora dime Paola, ¿fui lo suficientemente claro para ti?
– Sí – respondió con un hilo de voz…
– En ese caso comencemos con las tareas para el día de hoy. Te acompañaré todo el tiempo para enseñarte paso a paso cómo se hace cada uno de los trabajos. Recuerda: no admitiré ningún error ni en las tareas, ni en tu comportamiento, y mucho menos en tu forma de hablar. Ven conmigo por favor…
– Como tú digas Javier -Todavía se veía muy enojado y no quería contrariarlo.
– Dime Paola… ¿no se te olvida algo?

Quedó pensativa… no quería cometer errores porque su orgullo y su trasero no se lo permitían, pero no se daba cuenta de qué hablaba Javier.

– ¿Hay algo que me tengas que decir?
– No… no tengo na.. nada más que decirte…- le contestó titubeando.
La tomó del brazo, se sentó y la volvió a ponerla sobre sus rodillas mientras que le metía las bragas entre las nalgas…
– Eres terrible Paola, ¿es que no quieres aprender??
– ¿Qué vas a hacer? No, Javier, ¡no! No resisto una sola palmada más, no me pegues por favor…
– Lo siento, pero es el único lenguaje que parece que entiendes! Plas… Plasss… Plass…  A propósito: ¡estás aplicando muy bien el “por favor”! Ahora deberás aprender el “gracias”. Plas, plas, plasss… Tomaste el desayuno que te preparé y no agradeciste mi trabajo ni una sóla vez.
– Los golpes en la carne desnuda resonaban por toda la estancia- Estas palmadas reactivarán tu memoria, y espero que sean las últimas.

¡Debe haber recibido no menos de 20 o 30 azotes!

– Ahora vamos a tu recámara. ¡Sube ya!

Subió delante de él mientras se iba sobando el trasero, ofreciéndole un espectáculo maravilloso: aquel hermoso culo redondo y colorado y sus manos acariciándolo…
¡Cuando entró a la habitación quedó paralizado! Daba la impresión de haber sido arrasada por una banda de delincuentes. Sonrió por lo bajo sin que Paola lo viera. Estaba acostumbrado a encontrar el cuarto de ella y verlo en esas condiciones. Cruzó la estancia en dirección al baño.
El mirar ese lugar y pegar el grito fue sólo uno:
– PAOLAAAAAAAAA, ¿qué es esto??
– ¿Qué… qué pasa, qué hice ahora?
– ¿Cómo qué “qué hice ahora”? ¿Te parece que estas son condiciones para dejar un baño? ¿Dónde tomaste el baño: dentro o fuera de la tina? ¡Por Dios eres un desastre!! Pero aprenderás.
Ven aquí.

Y con toda la dulzura y paciencia del Javier que ella adoraba, le fue enseñando y explicando cómo debía de hacer cada una de las tareas. Paola no tenía mucha destreza manual y al nunca haber realizado este tipo de trabajos, era un poco torpe en sus movimientos, pero enseguida él iba en su auxilio y le ayudaba.
Luego pasaron a la habitación. Javier miró la habitación y luego la miró a ella, como diciendo con los ojos ¡que les esperaba una tarea titánica!
– Esto es otra cosa con la que tendrás que tener cuidado: tu ropa y tu habitación. Estás acostumbrada a tirar toda la ropa por cualquier lado y cuando regresas la encuentras otra vez ordenada. La ropa, querida niña, no llega sola a los cajones o placares: ¡alguien la pone allí!
¡Pero eso se acabó! Voy a revisar tu habitación varias veces por día, ¡y no te dejaré pasar ni un solo descuido! Te enseñaré a doblar tu ropa y a guardarla de forma adecuada. Será tu deber y tu obligación mantenerla así ¡SIEMPRE! Tu cama deberá estar armada y perfecta. Si la utilizas para recostarte un rato, cuando te levantes deberás extenderla y dejarla sin una arruga, ¿está claro? ¡Ella lo miró con cara de fastidio! Estaba cansada, dolorida y con ira. Se contenía, ¡aunque no sabía por cuánto rato más iba a soportar ese trato sin estallar! Pero sólo se animó a asentir con la cabeza…
Cuando terminaron la tarea Javier le sonrió.

– Mira qué bello se ve ahora el cuarto Paola. Así ordenado da gusto, ¿verdad?, Ahora bien… ¿tienes algo para decirme?
– En realidad, sí… quiero descansar un rato, estoy muy cansada y me voy a recostar. Despiértame a la hora del almuerzo.

Se dio media vuelta y se tiró boca abajo sobre la cama.
El chasquido del primer cintazo lo percibió en el aire y luego lo sintió sobre su piel.
El castigo se le hizo interminable.
De repente él paró y le dijo que no se moviera. No lo hizo, estaba demasiado dolorida y asustada como para hacerlo. Al momento Javier volvió con un pote de crema en sus manos y comenzó a extenderlo sobre aquella zona tan roja y cruzada por las rayas que había dejado el cinto. Lo hacía con extremo cuidado y suavidad: hasta se diría que con amor. Paola podría haberse quedado así por siempre, adoraba las manos de Javier, sobre todo en momentos como este…

Con mucho cariño le dio vuelta, le abrazó con ternura y le volvió a hablar, esta vez suavemente y le explicó que hacía esto por su bien, para que dejara de ser tan petulante y agradeciera lo que se hacía por ella… Fue entonces cuando Paola creyó haber entendido el “juego”.

– Sí Javier, entiendo. “Gracias” por tus enseñanzas y por invertir el tiempo de tus vacaciones en mí.
Javier no lo podía creer: le había dicho ¡“gracias”! La abrazó con más fuerza y le dijo que descansara un rato, que él se iba a encargar del almuerzo; la dejó sola en la habitación, descansando… Había sido suficiente. Le enseñaría el resto de los quehaceres mañana.
El resto del día pasó sin novedades.
¡El sonido del despertador le estalló a Paola en la cabeza!! Con su trasero aún muy dolorido se levantó, se duchó, se vistió rápidamente y bajó a la cocina. Pegado en el costado de la heladera estaba la lista de tareas. ¡Parecía interminable! Pero se había propuesto hacer lo que él le mandaba. En el fondo era excitante obedecerle, y los azotes… Había algo que no entendía y le daba vueltas en la cabeza: cuándo él la azotaba sentía un dolor inmenso, pero al mismo tiempo su entrepierna se mojaba ¡y hasta había tenido más de un orgasmo! ¿Cómo podía ser eso? Bueno, no quería que él le pegara… ¿o sí? Su trasero decía que no, pero otra parte de ella lo deseaba con pasión.

Javier apareció en la cocina. Se veía tan bello aquella mañana, tan varonil, tan hombre. Era sumamente seductor y lo sabía. Además, no hacía nada por disimularlo.

– Buenos días Paola, ¿dormiste bien?
– Muy buenos días Javier. Sí, dormí perfectamente, gracias. ¿Y tú?
– Pero bueno, ¡qué bonito oírte hablar así! Ven, preparemos el desayuno mientras organizamos el día.

Compartieron tareas, él le enseñó todo lo que pudo y durante los días siguientes fueron muchas las veces que la azotó: por su lenguaje, por alguna tarea mal realizada, por dormirse… ¡cualquier excusa era una razón para ponerla sobre sus rodillas!
Ya hacía aproximadamente 10 días que estaban en la cabaña. Una tarde Javier le dijo que se pusiera algo liviano porque hacía calor y que irían al pueblo en busca de provisiones. Ella obedeció. Se montaron en la camioneta y bajaron unos 20 kilómetros hasta el pueblo. Pararon frente al pequeño supermercado y entraron. Comenzaron a meter diferentes cosas dentro del carrito de compras. En determinado momento Paola le dijo algo que él no le entendió, pero cuando se dio vuelta ella había desaparecido. Terminó de hacer las compras antes de lo previsto y cuando salió a la calle mirando para todos lados como un desesperado, la vio sentada en el bar que estaba enfrente a la tienda, rodeada de hombres y con un vaso de cerveza en la mano. Colocó, o mejor dicho, tiró las bolsas dentro del auto, cruzó la calle como un endemoniado, saludó a los conocidos, dejó dinero sobre la mesa a la que se había sentado ella, y tomándola de un brazo casi la arrastró hasta la camioneta. La hizo subir, subió él también y arrancó en dirección a la montaña. No hablaron en todo el camino… Javier estaba demasiado enfurecido para hacerlo, y ella muy asustada.

Cuando llegaron a la cabaña bajaron las bolsas, acomodaron las compras y entonces:
– ¡No creas que no recibirás tu lección por haberme dejado tan mal delante de toda la gente del pueblo! Rodeada de hombres y tomando cerveza en la mesa de un bar… ¿dónde te creías que estabas, en una cervecería de Alemania? ¡Aquí está muy mal visto que una mujer haga eso!
– Pero yo no lo sabía…
– Si te hubieras quedado a mi lado como corresponde, ¡no hubiera pasado jamás! ¿Por qué te fuiste?
– Pero yo te dije que iba a tomar algo al bar, ¡que tenía sed!
– No te entendí, ¡y cuando me di vuelta tú ya te habías ido, ni siquiera esperaste mi permiso!! Pero haré que te arrepientas… ¿me oyes? ¡Sube ya mismo a tu habitación, quítate el vestido y espérame de pie, mirando la pared!
– Pe…
– No quiero ni una palabra de tu parte. ¡Obedece o te irá peor!
Obedeció. Se quedó solamente con la ropa interior y mirando la pared. Permaneció así por un período de unos 20 minutos, o al menos fueron los que le parecieron a ella. De pronto Javier apareció. Puso la silla en medio de la habitación en una posición que a ella le pareció extraña.
Colocó sobre la cama algunos elementos, entre ellos el más grande de los cepillos de su cómoda.
– Ven aquí, ya conoces la posición.

Ella se colocó boca abajo sobre sus rodillas. Entonces levantó un poco la cabeza y comprendió el porqué había colocado la silla allí: el espejo. Ella estaba frente al espejo y podría ver perfectamente cómo iba a ser castigada: el momento en el que él bajaba su mano y el golpe, además de sentirlo. Tembló.

– Espero que no olvides esta lección.

Bajó las bragas hasta las rodillas y comenzó a esparcir los azotes por todo su trasero, que estaba suave y pálido en ese momento, pero que no quedaría así por mucho tiempo. Luego de un buen rato y cuando pensó que ya estaba bastante colorado, tomó el enorme cepillo y comenzaron los golpes con él. El sonido era diferente, y la picazón también. Dolía y ¡mucho! No tuvo noción de cuántos cepillazos recibió, pero lloraba por el dolor, la hinchazón y el escozor. Luego de un rato se detuvo.

– Nunca más vuelvas a ponerme en evidencia delante de nadie, ¿entendiste??
– Sí Javier, lo que tú digas. Perdóname por favor…
Se acercó a él llorosa y lo abrazó fuerte. Esa actitud de ella lo descolocó. No sabía qué hacer. Ella levantó la vista y lo miró a los ojos… su boca se entreabrió y… Javier no pudo resistir la tentación de besarla con una pasión contenida por varios años!

La abrazó y la besó con toda la ternura y pasión que fue capaz. Luego la tomó en sus brazos mientras ella se abrazaba de su cuello. La llevó a su habitación y cerró la puerta.

Paola no olvidó jamás estos días en la cabaña de Javier. Con sus palabras, sus enseñanzas y sus azotes, había logrado hacerla mejor persona, y un maravilloso ser humano.

Fantasía invernal

Autora: Ana K. Blanco

La nieve está cayendo muy suave sobre la casa de madera de dos pisos. Tiene a la entrada una estancia grande con la estufa como protagonista acompañada por la mullida alfombra; y sin que moleste la vista del fuego, un sillón grande y cómodo. Sobre un costado está el comedor, y algo más alejada una cocina tipo americana.  Los dormitorios están en el piso de arriba, al que se accede por una simple escalera de madera. Nada lujoso, sólo cómodo y funcional. La música envuelve el ambiente, que se ha vuelto cálido gracias al fuego de la leña ardiente. En un rincón de la cocina, Stephan prepara la cena. Algo sencillo pero delicioso, especial para mí.
Yo anduve todo el día cómoda, con solo las bragas, un blusón y medias blancas. Pero llegó el momento especial y me preparé para la ocasión, con todos los detalles posibles. Y hago mi aparición ante él que se me queda viendo como a una aparición. Veo la aprobación en sus ojos y ¡el deseo! No resiste la tentación y me besa mientras recorre mi espalda, cintura y más con sus manos ávidas de mí. Lo freno, no quiero apresurar las cosas y me alejo un poco. Puede observarme mejor: desde mis zapatos rojos de tacón, las medias transparentes con la liga, que se ve apenas debajo del enorme tajo que tiene el largo vestido de terciopelo negro, ajustado, insinuando cada una de las curvas de mi cuerpo.  Los guantes largos, rojos, llegan casi hasta los hombros.  El pelo recogido en un moño, cuidadosamente despeinado, dejando caer algún rulo por aquí y por allá.  Un maquillaje suave que destaca los ojos y los rojos labios…

Me ofrece una copa de champagne.

– “Dom Perignon -me dice- como a ti te gusta”.
Brindamos.  Me toma de la cintura y me lleva a la mesa que ya estaba servida.  Me ofrece una cena deliciosa, digna del más exigente gourmet. Se la agradezco en cada bocado sin necesidad de palabras, sólo con gestos y miradas. Todos los platos son una obra de arte, un deleite para la vista y para el paladar.
Me invita a tomar el postre en el sofá.  Allí sentada continúo seduciéndolo de forma más o menos solapada: miradas, sonrisas y cruces de piernas que lo dejan casi bizco. Me toma del brazo y me invita a bailar: música suave, que es percibida por mis oídos mientras que sus hábiles manos se deslizan por mi espalda.  Su boca busca la mía y la encuentra ¡por supuesto! Un beso largo, tibio, húmedo, hace que mi corazón se acelere aún más.

De una forma casi imperceptible siento correr el cierre del vestido y sus manos comienzan a recorrer mi piel mientras el vestido cae al suelo. Se aleja unos pasos y me mira. Aprovecho la música para quitarme los largos guantes, queriendo imitar a Rita H. en “Gilda”. No sé si me sale bien, pero él se queda paralizado mirándome. Es sólo un instante, porque al segundo me tira hacia él y comienza a besar mi cuello.  Su nariz se impregna de mi perfume y su boca y su lengua comienzan a recorrer cada uno de los poros de mi piel, como queriendo aprenderlos de memoria.  En este juego pasional, su ropa se une a la mía en un rincón.

Continúa con las caricias y quiero participar, hacerle algo yo también, pero las sensaciones son tan fabulosas que sólo puedo tirar mi cabeza hacia atrás y lanzar un tímido gemido. No existe un lugar de mi cuerpo que sus manos no quieran recorrer esa noche. Las piernas se me aflojan y voy cayendo lentamente sobre la maravillosa alfombra que me recibe con toda su calidez. Busco su dulce boca que no me canso de besar, pero yo también quiero demostrarle mi pasión, así que…

Poniendo su espalda contra la alfombra, me pongo encima de él, con mis piernas a los costados y tratando de no lastimarle con los tacos.  Siente en su cadera la liga de las medias que le rozan y lo excitan. Le comienzo a besar la frente, los ojos; bajo por su nariz y cuando cree que voy a su boca, salto hasta los lóbulos de sus orejas dejándole aún más deseoso de ese beso. A cambio le beso las mejillas, el mentón y bajo por el cuello. En un momento de descuido tomo su boca como por asalto. Siente ese beso que lo quema y quiere corresponder, pero yo me alejo.
– ¡No! -digo- cierra los ojos y déjate hacer.
Obedece en silencio, y entonces sí me dirijo a su boca, pero no como él espera. Le rozo apenas los labios con los míos, y luego, con la punta de mi lengua comienzo a recorrer sus labios, todo alrededor, despacio, sin apuro. Siente mi aliento cálido y puedo percibir entre mis piernas su excitación, que va creciendo segundo a segundo.  Me doy cuenta que quiere que le bese de una vez, pero al mismo tiempo está disfrutando esta “tortura” que alarga el placer.

Cuando lo creo conveniente, mi lengua deja los labios para ir al encuentro de su lengua, que espera impaciente. Es un beso desesperado, de pasión contenida, así que nos devoramos mutuamente.
De repente lo detengo y le pido que vuelva a cerrar los ojos. Otra vez sin muchas ganas obedece.  Quiere ver qué haré, pero está dispuesto a entregarse totalmente a mí.  Sin que Stephan me vea, tomo un cubo de hielo en mi mano.

Vuelvo a besarle los labios y bajo por la barbilla que levanta instintivamente, dejando descubierto el cuello que me indica el camino a seguir. Hago un camino de besos desde la barbilla a la mitad del pecho. En ese mismo camino marcado, paso mi lengua, húmeda y cálida dejando un huella brillante que aprovecha el hielo para deslizarse. El frío del hielo hace que se estremezca y sobresaltarte.  Pero no le doy tiempo a reaccionar, porque vuelvo a pasar mi lengua tibia por encima. Sensaciones tan dispares y tan seguidas hacen que le inunde el placer.
Se le dificulta mantenerse en posición horizontal sobre la alfombra, porque se mueve como un muñeco eléctrico al compás de mis besos y de mi lengua.  No dice nada, pero yo sé que no quiere que pare. Así que sigo con este “tratamiento” de calor, frío, calor…
Voy hacia sus pechos y hago reaccionar sus pezones; luego vuelvo a la mitad del cuerpo y…   le toca el turno al estómago, al ombligo, su vientre. “Algo” me dice que está a punto de estallar e imagino cuál es su deseo. Así que decido no cumplirlo y continuar el tratamiento sobre muslos, rodillas, pantorrillas, pies.

Dejo el poco hielo que me queda, y con la mano helada comienzo a acariciarle de abajo hacia arriba, teniendo cuidado de no rozar siquiera lo que él quiere que tome de una buena vez para permitirle descargar toda esa pasión acumulada.

A mi mano helada la sigue la otra mano, caliente de tanto roce. Comienzo nuevamente a recorrer su cuerpo hasta que inevitablemente y sin escala previa me topo con algo que está… ¡paradísimo!
Su miembro parece dolerle por la dureza y está punto de estallar, y a su manera me implora que lo atienda.  Así lo percibo y excitada por mi propia excitación lo tomo entre mis dos manos para acariciarlo despacio y sin pausa, desde su base hasta la punta en un ir y venir cadencioso.
Una de mis manos se posa sobre sus testículos suaves a causa de la depilación, mientras la otra recorre todo el largo de su miembro duro y caliente, colorado y venoso. La abarco en mi palma envolviéndola como para regalo,  dejando cuidadosamente al descubierto la cabeza roja, que es el fiel reflejo de la mejor fresa.

Mis labios entre abiertos desean ese pene tan erecto…  mis ansias también. Pero mi instinto de verdugo implacable decide hacerlo sufrir un ratito más antes de devorarlo.
Stephan se da cuenta de mi juego, de mi malicia, de mi tortura intencional hacia él. Mis ojos lo miran y me delatan.  Mis labios esbozan una sonrisa traviesa que no puedo disimular y… ¡mi fin es inminente!
No sé cómo hace para ponerse de pie tan rápido. Me toma de una oreja y yo también me levanto veloz, con una agilidad y rapidez que hasta a mí me asombra.  No me dice una palabra, sólo se sienta en el enorme sillón y me acomoda sobre sus rodillas para comenzar un sinfín de azotes con su mano dura y recia.  Mi colita toma rápidamente el color y la temperatura de las llamas de la estufa. ¡Plas, plas, plas, plasss!
Ahora se detiene y siento que se inclina.  ¿Qué está buscando?

– ¡Ayyyyyyyyyyy!  ¡Nooooo!  Con el cinto no Stephan, ¡por favor!
¡Zas, zas, zas!  El cinto doblado silba en el aire y cae sobre mis nalgas haciéndolas temblar. Las lágrimas comienzan a correr veloces por mi rostro. Le pido, le suplico, le imploro que pare de castigarme de esa manera. Pero no; él hace caso omiso a mis palabras. No me oye, no me escucha, no le importa nada, sólo castigarme duramente por haberlo hecho sufrir y esperar tanto por un placer que quería obtener de inmediato.  Lo que más le molesta es que lo hice a propósito, que me reí de él en su cara, y eso es lo que me está haciendo pagar. Y ¡de qué manera!  Su furia es tan grande como la excitación que siento bajo mi vientre mientras me muevo más de lo necesario para frotarme contra él y mantenerlo así.  Me gusta sentirlo de esta forma: hombre, fuerte, varonil y sumamente excitado.  Por eso lo provoqué hasta llegar a este punto; él lo sabe y se está cobrando como sólo él sabe hacerlo.
No sé cuántos azotes recibo, pero está más de media hora azotándome sin tregua.
De pronto, sin previo aviso para de azotarme, y comienza a frotarme las nalgas, rojas, hinchadas y cruzadas por las marcas del cinto.  Con su voz gruesa y demandante me ordena:
– Ponte de rodillas entre mis piernas y termina lo que comenzaste. ¡Ya!
Obedezco en silencio. Su orden no es tal, porque es lo que yo deseo hacer. Así que, con mi libido a mil, se me torna insoportable esperar más, y mis labios temblorosos por la excitación se posan sobre su miembro para saborearlo de a poquito. Primero la puntita, de inmediato y como por arte de magia la hago desaparecer hacia el interior de mi boca húmeda y tibia.   Le siento suspirar, ensayar un leve gemido de placer, y comienzo a lamerla suavecito y con cuidado como con miedo de romperla.  Emite quejidos indescifrables y se sigue retorciendo sentado en el sofá, ahora con más fuerza.  Me toma la cabeza con las dos manos y acompaña mis movimientos como en una danza africana,  al tiempo que mueve las caderas y no deja de pronunciar palabras indescifrables, que solo él es capaz de entender.

Me esfuerzo por que no estalle aún y hacer éste momento eterno. Con todo su miembro en mi boca, las idas y venidas son lentas, prolongadas, apasionadas, llenas de lujuria, dadas con una maestría tal que me parece imposible. Recorro cada centímetro de su pene degustándolo como al helado más rico. Me gusta hacerlo y lo siento enorme dentro de mi boca.

Todo esto me lleva a tal grado de excitación que mis pezones están duros y también piden atención.  Él se da cuenta y me acaricia. Sus manos recorren mis pechos, mi cadera, mi rostro que atrae hasta él y nos unimos en un beso ¡interminable! Nuestras lenguas se entrelazan así como nuestros cuerpos. Estamos ansiosos, expectantes, excitadísimos, ardientes como nunca.
En este momento no sé qué pasa por su cabeza, qué lo lleva a tomarme de un brazo de forma bastante brusca y casi arrastrarme por las escaleras hasta la habitación, donde me arroja encima de la cama y sin más comienza a darme una nalgada tras otra con su mano abierta.  ¡Pica, arde, duele! Siento todo el escozor de los golpes en mi piel. No son caricias precisamente, sino que baja su mano y me golpea las nalgas con toda la fuerza de la que es capaz. Me asusto, no entiendo porqué lo hace, así que cuando me da una tregua, con las lágrimas que me brotan sin parar,  le pregunto entre sollozos:

–          Pero… ¿porqué Stephan?  ¿Qué hice ahora?
–          No hiciste nada en particular.
–          ¿Entonces?  ¿Por qué me azotas así?
–          Porque no necesitas hacer algo para que te azote; porque se me viene en gana; porque tengo deseos de azotarte; porque me gusta tu culo colorado como la amapola, y… porque sí!  Déjame verte…

Parado detrás de mí, comienza a amasar mis carnes rojas y ardientes con sus manos, que son como un bálsamo para mis doloridas nalgas.  En ese vaivén de caricias, lleva lentamente sus dedos hasta mi entrepierna, percibiendo de inmediato mi humedad.  Juguetea con mi clítoris, lo retuerce, me hace estremecer mientras que con la otra mano mete y saca sus dedos de mi vagina.  Estoy a punto de explotar de placer, gimo y me retuerzo sobre la cama.  Stephan me conoce profundamente, y cuando estoy por sentir los primeros espasmos… me levanta de la cama de golpe y me lleva hacia el escritorio, donde me coloca con el vientre sobre él, con las piernas algo abiertas.

Sigo sin entender, pero cuando me doy vuelta, veo que en su mano sostiene… la temible cane!  Actúa con tal celeridad que no me permite hablar y suelta el primer varazo.  Me incorporo levemente por la sorpresa más que por el dolor.  Stephan colocó varios espejos por toda la habitación, de forma tal que siempre puedo ver cómo me azota y presentir el golpe antes que llegue.

Veo bajar la cane una y otra vez.  La apoya contra mis nalgas,  la separa solo unos centímetros, como para medir el golpe, por dos o tres veces y… asesta el golpe en el lugar exacto que él quiere.  Al poco rato mi culo está rayado de tanto azote y yo ya no resisto más.  Lo miro como suplicando y él decide parar y consolarme.  Me levanta del escritorio, me toma entre sus brazos y me acaricia tiernamente.  Quiero que este momento no termine.

Me conduce hasta la cama y me coloca encima de él. Me acaricia las piernas sintiendo el final de mis medias y el comienzo de la carne “al natural”.   Eso me excita aún más, si es eso posible…  Y me doy cuenta que sí lo es, porque puesta sobre él en perfecto ángulo recto y con unos deliciosos movimientos, logramos llegar al mejor orgasmo jamás soñado por mí.
Ana Karen Blanco

9 de noviembre del 2005

Dulce castigo

Autora: Ceci
Ellos eran enamorados desde hace algún tiempo, se conocieron en la Universidad y, pese a ser de facultades, distintas siempre andaban juntos.

Sus relaciones en ese tiempo habían sido muy tensas pues él quería ayudarla en un curso que lo tenía al borde de perderlo y pese a sus reiterados consejos para que lo tome en serio, ella no le hacía caso, siempre estuvo acostumbrada a hacer las cosas a su manera. Sin embargo ahora estaba contento pues advertía que ella ya había adquirido noción de su responsabilidad y se tomaba las cosas en serio dejándose ayudar por él.
Esa mañana tenía examen y era definitivo para sus expectativas de pasar el curso. Con un besito y una nalgadita de cariño, la empujo tiernamente hacia las escaleras que la llevarían al salón  donde daría la prueba.  Miguel tenía hora libre y mientras tanto  esperaba  confiado en la cafetería.  Abruptamente  Patricia, una amiga de curso de Carla se le acercó a él con la prueba y le dijo que por encargo de Carla, le pedía que le resolviera esos dos problemas y que ella se lo llevaría de vuelta.

Él se extrañó, sintió mucha cólera, no esperaba eso de ella, eso no era honesto.  Fueron muchos sus reparos, pero  no tenía caso pensarlo y resolvió ayudarla. Ya lo habían hablado, ella quería que él la reprendiera e inclusive darle de nalgadas para ayudarla a ser mejor y pese a que él también lo deseaba, tenia temor de ser muy duro, asustarla o perderla  ya que en el fondo era muy petulante y rebelde. Pero esta sí era una ocasión perfecta para enseñarle a ser más honesta y responsable. Le entregó los problemas resueltos y la amiga regresó al salón de clases.
Lo que sucedió después él no lo supo, por lo menos en ese instante. Solo que se vio, de cara frente a ella y toda furibunda le sacaba en cara haberle mandado las respuestas  que ella no había  solicitado, y una serie de frases mas. Así era Carla, solo gritaba y no le importaba el entorno que tenía en  esos momentos

– Hey, espera, si tu amiga… ni si quiera dejó que Miguel  terminara la frase, y ella  continuó gritando, él le pedía que bajara la voz pero ella seguía con toda esa escena delante de muchos pares de ojos que se reían de la furia de la chica y de su propia vergüenza. Él ya no pudo más, la tomó del brazo, muy suavemente y le habló al oído
– Pensaba pedirte disculpas por haberte juzgado mal, pero tu comportamiento amerita que no solo inicie tu castigo, si no que me lo piense mejor en la dureza que debo imprimir en ello, no me das otra chance Carlita. Y siguió hablando ante el asombro de ella; la tenía cogida de la mano pero imprimiendo firmeza la hacía salir de la cafetería

– Mi nena te lo advertí…no te resistas y camina si antes no quieres que aquí en medio de todos haga algo que ni te imaginas. Y empezaron a caminar entre los salones de su pabellón
Inexplicablemente se dejo llevar, porque la voz de él contenía esa alerta que le aseguraba a ella que lo haría. Tenía miedo, lo sentía estricto y eso era nuevo en él, pero igual descubrió que encima de ese temor había unas ganas de saber que más venía.

– Tráeme a tu amiguita, tráela porque ahora yo seré el que castigue su gran hazaña y ambas verán lo que es bueno.
Ella podía rebelarse, por supuesto que podía, pero en el fondo no quería y decidió seguir hasta el final. Demoró solo unos minutos y la trajo.

-¿Qué quieres, para que me llamas? Dijo Paty con mucho desparpajo.
-¡Te creíste muy lista! Ya sé que Carla no te pidió nada y que solo lo hiciste por tu propio interés.

– Si pero pensé en ella también, por eso le pasé el cuaderno con las respuestas, contestó Paty.
– Si  pero yo no te pedí nada, dijo Carla muy molesta y altanera, tonito que para nada le agradó a Miguel que inmediatamente le dijo:

– Silencio Carla, nadie te pidió que dijeras una palabra… cállate si no quieres que duplique la tunda que te voy a dar. Al escuchar esas palabras, Paty se sonrió un poco de burla y un poco de sorpresa, no podía creer lo que escuchaba, Carla no podía dejarse tratar así, si ella era una chica muy autosuficiente y pensó que era una broma.
– Bueno, bueno, yo no tengo vela en este entierro,  me voy de aquí y uds. arréglense  de la manera como más les agrade y haciendo mohines de burla, soltó su paso suave hacia la puerta.

Y Miguel la paró con un:
-¡Alto allí chiquilla tonta! ¿Crees, que te llamé solo para que te burles de Carla?

– Ella será castigada, ya no por copiar la prueba como pensé, si no por grosera y malcriada. Pero tú también recibirás tu castigo, por deshonesta, mentirosa y por no apreciar lo que es la amistad
– Déjame!, sácame la mano de encima. Tú estás loco, que te has creído tú!, dijo la chica.

– Tú eliges, si no te quedas a recibir tu merecido por tu falta, simplemente me voy a buscar a tu profesor y le cuento la gracia que hiciste, ¡elige!, te quedas a recibir tu merecido o te largas, pero anda alistando tus cosas porque aquí no te van a querer y agradece que tengo aún un espíritu democrático.
No le quedó otra chance, ya tenía dos antecedentes de ese estilo y no le iban a tolerar uno más. Se quedó y él se acercó a la puerta, vio que los pasillos estaba vacíos, la última clase en la facultad había culminado y había una clima de intimidad muy favorecedor para sus planes y le ordenó a Paty que se bajara el pantalón…

– ¡Ya! lo quiero para ahora, no para mañana… y la chica empezó a descender el zipper de su pantalón.
-Carlita, mira, mira lo que te vas a ganar a partir de ahora, si sigues haciendo tus berrinches y queriéndome manejar a tu antojo. Le ordenó a Paty que se volteara contra la pared, que apoyen sus manos en ella y empezó a dar de palmazos, uno, dos, tres, imprimiendo mucha fuerza.

Auchhhh, yaaaaaaaaaa, que te has creído, bruto auchhhhhhhhhhhhhhh.
– Cállate mocosa tramposa, cállate, porque recién estamos empezando

Ella  hizo intentos por voltearse, obligándole a Miguel a volverla a colocar de cara a la pared y de un solo tirón le bajó el calzón sin ninguna delicadeza y empezó a darle en una y otra nalga, cada vez con mas fuerza, y ya la chica dejó su furibundo grito para llorar como una pequeña y a suplicar que ya dejara de golpear sus adoloridas y ardientes nalgas.
– Dilo, dilo. Reconoce que actuaste como una tramposa, dilo porque hasta que no lo hagas no pararé de azotar tu trasero.

Buahhhhhhh, lo siento, buahhhhhhhhhhhhh
No te escuché bien… ¿¿¿¿qué dijiste chiquilla????

– No seré tramposa, no haré esto más, buahhhhhhhhhh
-OK, así esta mejor y mientras decía esto, la volteó, le ordenó que se subiera la trusa y el pantalón y le dijo que se parara allí al frente, porque ahora iba a presenciar la zurra que le iba a dar a su amada malcriada, que perpleja miraba lo que sucedía con Paty.

Y llegó el momento esperado: Saborear como plato de fondo a su Carlita .Y con ella fue más tierno, pero más severo aún. Ella le había hecho muchas cosas pero el nunca había actuado así ni nunca lo creyó tan resuelto a castigar sus arranques. Tenía miedo pero también anhelaba ese cosquilleo que empezaba en su estomago y se iba a anidar mas abajo de su vientre. Miedo, vértigos, vergüenza, orgullo, porque ya de verdad la estaba tratando como una chiquita y no como la novia autosuficiente y rebelde que ella era. Y extrañamente eso le gustaba.
Él  jaló la silla del escritorio, se sentó en medio del aula y con un gesto con su dedo índice la llamó. Él se deleitaba mirándola, aún no había empezado a azotarla pero esa expresión de niña asustadiza casi como un pajarillo desvalido, le arremetió una sensación de ternura y excitación. Pese a que solo la llamó una vez, ella se movió, aunque muy despacio para su gusto. Pero él ya disfrutaba de la entrega mental de su amada.

-Ven mi amor… VEN RAPIDO, que si no vienes ya, me pararé e iré a traerte aunque sea a rastras. Y sus pasos, los de ella, empezaron a recorrer la distancia que los separaba con mucho más agilidad…
La abrazó, le dió un ligero beso en los labios, la atrajo hacia si, aprisionó su cuerpo entre el suyo, sintió su tibieza pero también su temblor, empezó a recorrer con sus manos su cabello, su espalda, su cintura, su caderas y sus nalgas, y estampó una primera nalgada tan de improviso que la hizo saltar y empezar a temblar.

– Miguel, no por favor te prometo que…
-Shuttttttttt shttttttttttt, silencio preciosa, silencio…y colocando un dedo sobre sus labios le invitó a hacer mutis total. Y siguió hablándole con mucha ternura, sin dejar de mirarla.

– He visto que gozas haciéndome sentir como un tonto y creíste que nunca iba a hacer eso que tú misma me pediste muchas veces. Ella estaba como petrificada y ni se movía.
Mientras él le hablaba muy lentamente iba bajando el cierre del pantalón, pasando sus manos por las nalgas, acariciándolas, metiendo delicadamente un dedo por los bordes de su trusita. Al mismo tiempo tampoco dejaba de dirigirse a la espectadora que aún se sobaba las nalgas

– Ves Paty, yo la quiero, la amo, por eso soy así con ella y le voy a enseñar a ser más tolerante y menos histérica.
– Colócate aquí en mis rodillas Carlita… ven tu misma. Ahora si reaccionó y dijo:

-Nooo, me va doler, no quiero, yo lo decía por decir, por favor olvídate de eso… y lo decía con voz muy trémula.
-Ven preciosa, decía él pausadamente… pero la segunda palabra que salió de su boca fue con  mucha firmeza.

– VENNNN y en un abrir y cerrar de ojos la atrajo ágilmente a su regazo y en medio del silencio de la habitación, empezaron a resonar los golpes, cada vez más intensos y los alaridos de ella.
Plas, plas, plas, plasssssssssssssss,,,,,,,,,auchhhhhhhhhhh – Toma y aprende que tienes que cambiar y  plassssssssssss, plasssss, plasssssssssssssss.

– Que ya no voy a soportar tus berrinches plassssssssssssss, plashhhhhhhhhhh. Y seguía con los palmazos alternando una y otra nalga.

Estas ya lucían rojas y los gritos de ella empezaron a excitarlo. Hubiese querido dejar eso y hacerle el amor, pero quería ver como terminaba esto.

Buahhhh, buahhhhh, ya nooooooooooooooooooooooo buahhhhhhhhhhhhh
¡Qué rico lloraba! nunca había gozado esos llantitos y gemidos, alguna vez se los imaginó, pero que va! era una delicia para sus oídos escuchar su llanto, ese llanto libre de toda rebeldía, de toda autosuficiencia y capricho. Quería ver su rostro, verlo con dolor por eso la paró delante de él, enjugando sus lágrimas le decía:..

-Pobre mi nenita…ya están poniéndose rojitas esas nalguitas, a lo mejor ya tenemos que parar. Pero no lo hizo así, insistiendo en mirarla a los ojos y con mucha parsimonia bajo la trusa de algodón que llevaba su chica, despacio, lento, acariciando también las ardientes nalgas. Y sus ojos se gozaron su rostro adolorido, con miedo, también el color fresa que esas nalgas estaban adquiriendo.
-¿Te duelen mucho mi amor? le decía mientras sobaba y acariciaba esas lindas y rosadas nalguitas, pero aún no estaban como el quería verlas. Él las quería muy rojas, así que el pensó que el llanto eran solo lágrimas artificiales aún y sin claudicar siguió,

plassssssss, plasssssssssssss , plasssssssssssssss…buahhhhhhhhhhhhh. buahhhhhhhhhhh
Y lloraba, lloraba de verdad, ante la mirada sorprendida y sobrecogida de la amiga y la amorosa mirada de su pareja.

Bueno, creo que aún no es suficiente mi amor. Y sin darle tregua a pronunciar más palabra,  empezó a imprimir más fuerza, una y otra vez
Auchhhhhhhhhhhh, buahhhhhhhh

Toma, toma , plas, plassssssssssssssss,plassssssssssssssssssss
-Que no se te olvide que las niñas buenas no hacen quedar en ridículo a nadie y que ahora en adelante controlarás tus ataques de histeria. Y seguía fustigando sus nalgas .

– ¿Verdad que lo harás mi amor?. Y esta vez se dirigió a la observadora Paty:
– Alcánzame el cepillo que tiene Carla en su bolsa……

– Noooooooooooooooooooooo, noooooooooooooooo, ya nooooooooooo, gritó Carla desoladamente.
– ¡Silencio, te dije que no hablaras! y una sonora y fuerte palmada restelló sobre sus nalgas

– Paty muévete o quieres que también yo te de con el cepillo, y ella se lo entregó
Y reanudó el castigo con avidez casi compulsiva,.

zasssssssssssssss,. zasssss, zasssssss, plassssssssssssssssssssssssss
Y la chiquilla lloraba, gritaba, el dolor era ya penetrante, habían sido demasiados azotes, ni había llevado la cuenta pero era algo que no podía tolerar, pero contradictoriamente le incrementaba la sensación mucho más fuerte que el cosquilleo. Lloraba, porque le dolía, pero en medio de ese llanto descubrió otra sensación mas agradable, otra que la crispaba y le hacia sentir la necesidad de gritarle que siguiera, que no parara, que también disfrutaba de los azotes, que ya estaba muy excitada y traspasando ese velo sutil hacia su propio gozo. Miguel también reconocía como los gritos de ella aumentaban su excitación. En medio de cada cepillazo, las oleadas de placer, la impulsaba a apretar sus piernas y afianzar su pubis en las rodillas de Miguel obligándose ella misma a moverse casi frenéticamente. Y él lo captó. Podían juntos ya conjurar sus dolores, sus pasiones, sus locuras y corduras, todo el placer mutuo de gozarse.

Habiendo ya traspasado esa barrera; no quiso mas espectadores, eso quería disfrutarlo solo con su amada .Gritó a la chica que se fuese y Paty salió mirando, no precisamente con pena a su amiga, quizás si, con cierta envidia y morbo por ver la mezcla de ternura , dureza y pasión que apreciaba en esa pareja. Se fue y se quedaron completamente solos. Y el volvió a concentrarse solo en lo suyo,
-Amor,.mi chiquita, estas gozando no es así? y no paraba con el cepillo, plassssssssss

te duele pero te gusta y a mi me encanta más
plassss , plassss,  toma, buahhhhhhhhhhhhhhhh. Buahhhhhhhhhh

Llantos, gemidos,  gritos de excitación, Él gozaba de solo escucharla y ella sin más, solo dejaba de circular su placer en la longitud y ancho de su cuerpo y él tampoco podía aguantar más.
Terminó de despojarla del calzón, el resto de las ropas casi se las arrancó y asida ella a él retiraron los últimos obstáculos y se precipitaron a continuar con  el goce que les proporcionó el haberse inaugurado como spank-amantes… y se gozaron, como nunca, como ni en su más recóndita imaginación lo habían sospechado. Ese fue el mejor de los bálsamos para el ardor de ella y él supo que no más dejaría de disfrutar aquello. Fueron horas realmente maravillosas,

Al final de cuentas, agradecieron la trampa de Jessica, que también tuvo lo suyo pues se fue imaginándose lo que pasaría después entre ellos.