Archive for the ‘Azotes (Spank)’ Category

Sometido Por Siempre

Lunes, Enero 4th, 2010

Hola me llamo Eduardo y soy bisexual, he tenido sexo desde los trece años, si embargo los que les voy a contar me ha sucedido desde los 19 cuando comencé  a trabajar para una señora que me contrato como una especie de asistente, yo siempre mantuve mi bisexualidad oculta (sobre todo mi inclinación por los hombres).

Entre los que trabajamos para la señora Leticia,  conocí a Iván, un macho al que no dude en darle mi culo, mantuvimos la cuestión oculta, sin embargo, un día mi jefa me llama a su oficina privada, estábamos solos como casi siempre, entre varios minutos de incertidumbre me soltó una bomba:

* ya se tus secretos- dijo ella.
* Cual secreto?- pregunte yo.
* Que te gustan los hombres- dijo

Yo me quede pasmado, sin nada que decir, pensé que me botaría por eso.

-que quiere decir Ud. con eso?- pregunté yo nerviosisimo.

En ese entonces me mostró unas fotos donde yo aparecía besándome y acariciándome con Iván.

* no te preocupes, no diré nada, pero con ciertas condiciones- dijo ella.
* Cuales condiciones?- pregunté.
* Ahora, aparte de mi asistente serás mi esclavo, me obedecerás en todo, y ahora si te castigaré como yo he querido cada vez que metas la pata, entendido-
* No entiendo señora Leticia, eso es ridículo-
* Bueno, entonces tendré que decirles y mostrarles a todos que hay un maricon entre ellos, y de paso tendré que despedirte, por estar haciendo cochinadas en mi casa.-
* No señora por favor, esta bien hare lo que Ud. quiera, pero no debe decirle a nadie sobre eso, me da mucha pena y perdería a mi familia y amigos-
* Muy bien, empezaremos esto a partir de mañana, vete a tu casa, ven temprano a las 8:00 am-

Me fui a mi casa pensando en mi vergüenza y de cómo iba a ver a la señora Leticia el día siguiente. La noche pasó rápido y llego la mañana, me preparé con la idea de no meter la pata en ningún momento para no pasar ninguna humillación.

Llegue temprano a la Casa de la Señora Leticia, y mi sorpresa fue que al abrir la puerta la vi vestida solo con el pijama, me ordenó que la siguiera a su cuarto, una vez ahí me dijo:

* me ayudaras a vestirme, será tu nueva obligación-
* si señora, como Ud. diga-

Rápidamente empecé a ayudarla a abrocharse el vestido y luego pase a los zapatos, pero antes de esto me ordeno que le besara los pies, allí me di cuenta en lo que estaba metido, la señora era una sádica, una vez habiéndole puesto los zapatos, nos dirigimos a la oficina a hacer los respectivos negocios, todo transcurría de manera normal, hasta que en horas de la tarde la Señora me llama y me reclama por unos papeles que me falto redactar, no podía creer que se me haya olvidado, y ahí empezó lo peor:

* parece que no te has tomado en serio tu trabajo, no puedo tolerar tu ineptitud-
* señora le juro que…-
* nada de explicaciones, quítate la ropa ahora mismo-
* pero señora, para que-
* no pidas explicación, o querrás que tu secretito se sepa-

En ese momento y sin decir nada me desnude con toda la vergüenza del mundo, ella se paro de su asiento, y se sentó en un  sofá, me ordeno que me inclinara sobre sus piernas. No me quedo mas remedio que obedecer, una vez en posición, me hizo levantar el culo, y sin mas empezó a nalguearme, al principio las nalgadas eran suaves pero fueron creciendo en intensidad, yo me sentía mas humillado por la vergüenza de estar expuesto y totalmente entregado a aquella mujer, luego de las nalgadas me hizo inclinarme sobre el brazo del sofá y me dijo:

* quizás eso no te dolió, pero ya veras-

Se desabrochó  el cinturón y lo saco violentamente, yo me quede mirando desconcertado, nunca me habían pegado ni siquiera en mi infancia. Ella doblo el cinturón y empezó a acariciar mis nalgas y seguidamente me dio una paliza que nunca olvidaré, era un azote tras otro, trate de aguantar el dolor pero fue imposible, las lágrimas salían solas, y ya no soportaba el dolor en mi culo. Sorpresivamente también tuve una erección tremenda, no se porque en ese  momento.

Después de terminar de azotarme me ordeno arrodillarme, ella se bajo el pantalón y dejo su trasero descubierto y lo acerco ami cara , y la orden fue muy clara:

* lámeme el culo idiota-

Yo comencé a lamerlo lentamente, pero ella me apretaba la cara a su culo, debo decir que eso me excito mucho pero me pareció muy desagradable y denigrante, ella me detuvo y me dijo que me vistiera y fuera a hacer mis deberes, así empezó mi vida de sometido con la Señora Leticia y otras personas, después les cuento mas.

Me Nalguee a mi Hermana

Martes, Mayo 6th, 2008

Desde hace tiempo leo los relatos del sitio y me anime a contar lo siguiente.

Esto ocurrio hace un tiempo yo tenia 16 y mi hermana 14.

Para que se den una idea de como somos les dire lo siguiente. Los dos somos muy altos, yo mido 1.93 y peso como 85 kilos, soy un tanto atletico ya que frecuento el gimnasio y practico varias artes marciales, tengo cabello y ojos negros y uso lentes. Mi hermana por el otro lado mide 1.80 (si es bastante alta), tiene ojos y cabello negros al igual que yo y tambien usa lentes usa el cabello largo, abajo del hombro y su cuerpo esta para morirse, tiene unas tetotas (creo que es copa c, no estoy seguro) las cuales te dan unas ganas de sentirlas de solo verlas (siempre en la calle se le queda viendo la gente) y un unas nalgas de primera categoria son grandes pero bien paradas y muy firmes aparte de unas piernas que parecen no tener fin con unos chamorros igual de firmes que su culo. Pero bueno terminando con esto lo que ocurrio fue lo siguiente.

Los dos vivimos con nuestros padres en Laredo en la frontera con E.U y un dia nuestros padres me dijeron que tenian que irse por cuestion de negocios a Europa por un tiempo y yo la verdad en ese momento no pense nada incorrecto pero unos dias despues de que ellos se habian ido y nosotros estabamos solos estabamos jugando un videojuego de final fantasy que a mi hermana le gusta ver como los paso pero nunca pasarlos ella, bueno despues de un rato de jugar me di cuenta que traia su pijama con todo y que todavia no era de noche, era un conjunto que tenia desde hace siglos pero ella nunca se fijaba en que esa ropa ya no le quedaba lo cual resaltaba su anatomia y en ciertas ocasiones hasta se transparentaba su ropa interior, este fue uno de esos casos, ella traia puesta unas pantaletas de esas grandes medio infantiles pero con un dragon chino en ellas en la parte del trasero, me le quede viendo de una forma muy obvia (que pendejo no?) y cuando ella se dio cuenta me volteo a ver con una cara de “que te trase” y me dijo -que diablos crees que estas mirando- y yo muy a las bravas le dije – pues que ya no eres una chiquilla y que ya no deberias usar esa pijama- ella me respondio -pues que diantres importa como se me vea se supone que estoy en mi casa, no? o es que te sientes atraido por mi pinche pervertido?- en ese momento yo no podia pensar en otra cosa que no fuera su cuerpo y tenia una ereccion olimpica y como no le respondi a lo ultimo ella me dijo – no puedo creerlo mi propio hermano con ese tipo de pensamientos- y al percatarse de mi ereccion dijo – me cae que eres patetico eres un pervertido inutil- ante eso yo senti una furia indescriptible por lo que sin pensar la tome por el cabello y la jale a mis piernas (yo estaba sentado)y la coloque sobre mi, despues le jale la pijama con todo ya calzones para dejar al descubierto su perfecto y palido trasero, no me podia controlar y lo que hice fue darle una nalgada con todas mis fuerzas, fue tan duro el golpe que incluso me dolio la mano y ella reacciono de la misma manera gritando de forma descontrolada, despues de la primera logro soltarse pero la sujete del brazo y la amarre con un cable que habia cerca de la tele, le amarre brasos y piernas para que no tratara de escapar y me dedique a seguir nalgueandola, golpe tras golpe ella gritaba y lloraba, la verdad no la amordaze porque sus gritos me exitaban, sus enormes nalgas ya estaban perfectamente rojas por lo que la sujete y la tendi boca arriba en mi cama, en ese momento me di cuenta que su vagina estaba secretando jugos, no me lo podia creer, acaso era por el dolor o esto le gustaba?, no supe solo pensaba en seguir con esto por lo que le quite la parte de arriba de la pijama y el bra que traia, era blanco con corazones, pero bueno al ver sus enormes y perfectos pechos no me contube y comenze a golpearlos como si fuera su trasero esto solo ocasiono que se mojara mas abajo pero no me detuve y los segui golpeando hasta que quedaron del color de sus nalgas, en ese momento vi como un liquido transparente salio a chooro de entre sus piernas por lo que pense que se habia orinado, entonces la sente y la abraze llorando pidiendole disculpas pero para mi asombro en lugar de reclamar me dijo -luego le seguimos no?, esto fue tan exitante nunca me habia venido de esa manera- para mi asombro no se habia orinado sino que se habia venido, no lo podia creer pero bueno en otra ocasion les contare como despues me la culee.

Perrito tragón (primera parte)

Martes, Febrero 20th, 2007

Llegué a la hora acordada a casa de mi Ama.Me abrió la puerta y me hizo pasar al salón.Yo primero y ella detrás mía.Llevaba el pelo húmedo,lo q significaba q acababa de darse una ducha.Tenía puesta una especie de bata semitransparente.Me excité con sólo escuchar los pasos q producían sus botas. El salón tenía un sofá en forma de ele lleno de cojines.En medio había una mesita baja y encima de ella una maletita metálica q contenía los “juguetes” de mi Ama.Ella apartó un poco la mesa y me mandó arrodillarme.Yo obedecí.“ Quítate la camisa”- me dijo.Yo me la quite y ella comenzó a dar vueltas a mi alrededor dándose golpecitos en la mano con su fusta. “Recuérdame,perro,para q estás aquí”-me preguntó. “Para servirla,Señora”-le contesté. Ella sonrió.Se paró frente a mí y agarrándome por el pelo me dijo “y estás dispuesto a satisfacerme en todo lo q te mande?”.Yo asentí.Entonces dejó caer la batita al suelo.Llevaba un corset,unas medias de redecilla ,un liguero, unas braguitas q dejaban transparentar su coño y unas botas q le llegaban hasta rodillas.Todo de color negro.

Abrió la maletita y sacó mi collar con su nombre(A..ss) y el platito para perros con mi nombre en el canto.Puso el platito en el suelo y luego se dirigió a mí para ponerme el collar… Una vez colocado,agarrándome por el collar,me hizo girar y colocó su bota sobre la mesita. “Sácale brillo,perro”-me ordenó.Yo,de rodillas,me agaché para lamerle la bota,primero la punta y luego subiendo por ella hasta la parte más alta.Mi lengua subía y bajaba por su bota dejándosela bien reluciente.Luego bajó la pierna y colocó la otra sobre la mesa.Sin q me dijese nada comencé a lamérsela para dejársela tan reluciente como la otra.“Cómete tb el tacón…”.Levantó la pierna para metermelo en la boca y comencé a chuparlo.Mi lengua recorrió su tacón de arriba abajo y luego me lo metí en la boca. “Muy bien…déjame las botas como nuevas”-me dijo mi Ama mientras me sonreía complacida por mi obediencia.Entonces volvió a colocar la bota sobre la mesa y se inclinó para coger un cigarrillo . “Te he dado permiso para q dejes de lamer?”-dijo ella.” Lo siento, Ama ”-respondí,y seguí lamiéndole las botas mientras ella se encendía el cigarro…

“Lo siento,perrito…”-me dijo mientras me agarraba del collar para erguirme-”…pero me he quedado sin cenicero..”.Bajó la bota q tenía sobre la mesa y ,estirándome del pelo suavemente ,me hizo echar la cabeza hacia atrás,mirando al techo. “Vas a ser mi cenicero,perrito”.Entonces abrí la boca,sin q ella me dejase de sujetar por el pelo,y dejó caer la ceniza dentro.”..Y esto para q te ayude a tragar”- y me soltó un salibajo q cayó tb dentro de mi boca..Yo tragué a duras penas,y comencé a toser.Mi Ama siguió fumando sin darle importancia a mis arcadas.Al poco volvió a mandarme q abriese la boca y soltó de nuevo la ceniza en ella,acerco su boca a mi boca y me echó más saliba.Luego me cerró la boca y yo tragué.(Y así hasta q acabó el cigarro). “Vamos a darle un poco de agua al perrito para q deje de toser”.Cogió una botellita de agua q había sobre la mesita y la vertió en mi platito.Yo me puse a cuatro patas y comencé a beber sólo con la ayuda de mi lengua.Ella se acercó,echó la colilla dentro del plato,y comenzó a acariciarme la cabeza mientras miraba como bebía su perrito…

Sin dejar de beber,mi Ama se colocó detrás de mí y me fue bajando poco a poco los vaqueros.Me los bajó hasta las rodillas y comenzó a golpearme suavemente en las nalgas con su fusta.Yo dí un pequeño gemido.”Sigue bebiendo,perro!”-me dijo.Empezó a azotarme cada vez más fuerte.Luego se paró y me bajó los boxers..”Mmmm vamos a darle color a este culito”-y se puso a golpearme violentamente el trasero.

Mi culo se fue poniendo cada vez más colorado.La marca de la fusta de mi Ama se iba marcando en mis nalgas.Cada vez me azotaba más deprisa y más fuerte.Luego paró y coloco su bota sobre mi cabeza,me hundió la cara en el plato y asi estuvo unos segundos.Me levantó cogiéndome por el pelo.Se agachó y me agarró la polla con la mano por los huevos..Acercó su boca a la mía y comenzó a morrearme.

Se dirigió luego a su maleta metálica y extrajo de ella un consolador finito y largo.Pasó junto a mí y me lo metió en la boca para q lo lamiera.Luego se sentó enfrente de mí en el sofá.Yo seguía de rodillas,sin camiseta,con los pantalones bajados hasta las rodillas y el boxer hasta los muslos.Se sentó en el sofá,separó las piernas y comenzó a pasarse el consolador por su coño por encima de las braguitas.Al poco apartó a un lado sus bragas y empezó a pasarse el consolador por su rajita.La tenía totalmente depilada,y su vista me excitaba mucho..Se lo metió poco a poco dentro,y empezó a moverlo.Mi polla se endurecía cada vez más.Ella se lo sacó de dentro del coño y me lo alargó para q lo lamiese.Mi lengua recorrió todo el consolador y luego ella se lo volvió a llevar a su conejito.Se lo metía en el coño y yo se lo limpiaba con la lengua,y asi estuvimos un buen rato.Luego,me hizo sostener el consolador con los dientes para q se lo metiese y sacase.Yo notaba q mi Ama estaba cada vez más mojada así q me esmeré bien en mi trabajito,y seguí lamiendo y metiéndole el consolador.

Cuando pensé q mi Ama ya se iba a correr,me hizo parar y levantarme.Ella permaneció sentada en el sofá .Me quitó los pantalones.Me quedé de pie frente a ella,con el boxer medio bajado.Entonces me agarró por las nalgas y me acercó a ella.Me bajó lentamente el boxer y me mandó poner las manos en la espalda.”Mmmmm la tienes depiladita como a mi me gusta…”-y dicho esto comenzó a masturbarme despacito mientras pasaba su lengua por mi puntita. Luego fue lamiendo desde mis huevos,recorriendo toda mi vena hasta la punta.Mi polla se fue endureciendo por momentos.Me agarró por los huevos y se la fue metiendo en la boquita…creí q me iba a desmayar de gusto.”Te gusta como te la chupa tu Ama?”-preguntó.(A lo cual sólo pude responder con un gemido de placer)…Luego,se la sacó de la boca y comenzó a pajearme muy rápido,mientras miraba hacia arriba para ver como su perro disfrutaba.Comenzó a lamermela de nuevo,esta vez dejando regueritos de saliba por ella.Se la metía en la boca y se la volvía a sacar dejando hilitos de saliba entre sus labios y mi polla.Cuando la tuve bien dura dijo..”Ya basta,perro,ahora me toca a mí disfrutar de tu rabo”.

Se levantó y agarrándome por el collar me hizo girar y me empujó sobre el sofá,quedando yo sentado y con la polla bien dura.Mi Ama se bajó las braguitas lentamente,se las quitó y las tiró al suelo.Se puso de pie sobre el sofá,con las piernas separadas y yo en medio,sentado.Fue bajando hasta q pegó su coño a mi cara y yo comencé a lamerselo.”Mmmmmm asi perrito,muy bien mmm”.Una vez lubricado su conejito,se puso de pie dándome la espalda,y se sentó sobre mi polla,metiéndosela hasta el fondo,y comenzó a cabalgarme.Se echó hacia atrás,pegando su espalda a mi pecho.Yo la rodee con mis brazos mientras ella votaba sobre mi polla.Luego baje mi mano hasta su clirtoris y comencé a acariciárselo.Después de un rato follando,se levantó,se giró,y agarrándome por el pelo volvió a llevar su coño a mi boca.Estaba completamente empapada,y yo lamía como lo que soy:su perro.Luego se sentó sobre mi de nuevo,esta vez de frente.Comenzó a cabalgar con fuerza,metiéndose mi polla hasta los huevos.”Cómeme las tetas!”-y sin dejar de votar,se bajó el corset y me puso las tetas en la cara.Yo le agarré las nalgas con mis manos,mientras le mordisqueaba los pezones y sentía como me llenaba la polla con sus flujos…Entonces redobló la fuerza de su follada pq estaba a punto de correrse.Se puso a morrearme y,justo cuando se fue a correr,comenzó a morderme suavemente el labio inferior y a estiar de él mientras gemía.”Uuhmmm,ohhh,me corrooo,siiiiiiiiiiiiiiiiii!!!


Luego volvió a pasar sus tetas por mi cara y fue disminuyendo el ritmo de su cabalgada.”Muy bien perrito..has conseguido q me corra”.Y me dió un beso en la nariz.“Ahora voy a ser yo la q te folle y tú el q te corras..”.Se fue a su maletín y sacó de él un consolador.Me mandó poner a cuatro patas.Se colocó detrás de mi y acercó la lengua a mi culito.Comenzó a pasar la puntita haciendo circulos alrededor de mi agujerito.Luego me metió un dedito dentro,mientras con la otra mano me daba cachetazos.Después de un rato trabajándomelo,acercó la punta del consolador y comenzó a metérmelo..”Vamos ha abrirte el culito,perro uhmmm”.Cada vez me lo metía más profundo .Después me lo sacó,y dejó el consolador encima de la mesita,cogió un arnés y se lo colocó.Me hizo ponerme de rodillas y me metió su “polla” en la boca,agarrándome fuerte del pelo.”Lame la polla de tu Ama,esclavo”.Se la recorrí con mi lengua hasta dejarla brillantita,luego me la metí dentro de la boca mientras ella empujaba para metérmela hasta la campanilla.Poco a poco mi boca se fue llenando de saliba y cada vez q mi Ama me la sacaba ,la saliba se derramaba por mi barbilla.Me daba tiempo para poder respirar un poco y me la volvía a meter.Luego,me cogió la cabeza con sus manos y comenzó a follarme la boca.Me la sacaba y se ponía a golpearme con ella en la cara,resfregándomela,para volver luego a metérmela dentro de la boquita..

Después me mandó ponerme a cuatro patas sobre el suelo.Comenzó a pasear en torno mía,agarrándose la “polla” y masturbándola.Luego se colocó detrás de mí,de rodillas.Acercó la polla a mi agujerito y comenzó a hacer presión.Poco a poco la fue metiendo mientras yo soltaba gemiditos.Dió un fuerte golpe de cadera y me la clavó hasta el fondo.Entonces empezó a meterla y sacarla muy despacito,esperando q mi culo fuese cediendo.De vez en cuando me pegaba una nalgada con la mano abierta.Me agarró fuerte por la cintura y se puso a follarme salvajemtente,metiéndola y sacándola sin parar.Estiró su mano hasta agarrarme del pelo y comenzó a estirar de él.Me la clavó y se quedó un ratito con la polla dentro,haciendo movimientos circulares.Luego la fue sacando poco a poco.”Me encanta romperte el culo,perro”-me dijo mientras me daba otra nalgada.

Me mandó levantar y q me sentara en el sofá con las piernas abiertas y levantadas.Ella se puso de rodillas en el suelo,con su polla a la altura de mi culito.Me metió un par de dedos dentro,mientras con la otra mano me acariciaba los huevos.Acercó luego su polla a la entrada de mi culo y me la metió de un tirón.Mientras me follaba ,con una mano me pajeaba.Mi polla estaba durísima.De vez en cuando sacaba su polla de mi culo y comenzaba a pasármela por mi polla.Luego volvía a mi agujerito y me lo llenaba de nuevo.Yo ya no aguantaba más.Mi Ama se puso a masturbarme muy rápido,sin dejar de follarme.”Vamos,esclavo,suelta la leche!!”.Dejó su polla metida en mi culo y se centró en mi polla.Me la machacó sin parar hasta q empezó a salir la lechecita.Un gran chorro fue a parar a mi pecho,y luego otro a mi estómago.Mi Ama no dejaba de pajearme y salieron un par de chorreones más.Luego fue bajando el ritmo y me sacó las últimas gotas q resbalaron por mi polla hasta mis huevos.Entonces me sacó lentamente la polla de dentro.Mi estómago y mi pecho estaban llenos de leche,asi como mis huevos y mis muslos…

“No se te ocurra moverte,quédate como estás”-dicho lo cual se puso en pie,se
quitó el arnés y lo dejó sobre la mesita, cogió sus braguitas del suelo y se las volvió a poner.Desapareció camino de la cocina,mientras yo permanecía en la misma posición como me ordenó.El sonido de sus botas de sus botas al caminar me anunció su llegada.Llevaba un yogurt en la mano,y en la otra una cucharilla..Se sentó junto a mí en el sofá y cruzó las piernas.Metió la cucharilla en el yogurt y comenzó a removerlo hasta hacerlo casi líquido ,y dijo..”yogourt con leche de perro uhmmm ..verás q rico!!”.Acercó la cucharilla a mi pecho y recogió un poco de leche,luego cogió un poco de yogurt y me metió la cuchara en la boca.Yo tragué.Después pasó la cucharilla por mi estómago,cogió un poco de yogurt y me la volvió a meter en la boquita.Y así estuvimos hasta q me dejó bien limpio de leche.Luego pasó la cuchara por mis huevos y muslos,recogiendo algunas gotitas de leche,lo mezcló con yogourt y yo tragué.

Pasó la cuchara por la punta de mi polla,recogiendo los restillos de leche q quedaban,lo mezcló con el final del yogurt y se lo metió en la boca.”Uhmmm delicioso,perrito,delicioso..”.Se inclinó hacia mi para besarme y me pasó el yogourt mezclado con mi leche q tenía en la boca.Nos lo fuimos pasando de su boca a la mía,y de la mía a la suya hasta q me ordenó q lo tragase.Y así lo hice.

Me pasó una toallita húmeda para limpiarme la boca y el resto del cuerpo en el q cayó mi leche calentita.Recogió su maletín y me mandó q la siguiera a cuatro patas hasta su habitación….

Fin de la primera parte

El teléfono! / Segunda parte

Jueves, Enero 11th, 2007

Como podrá sobreentenderse, no siempre que se recibe una azotaina resulta placentera. Por muchos motivos. Si bien es cierto que, después, con el recuerdo de aquella, uno pueda registrar evocaciones o sentimientos excitantes, como sería éste el caso, en el preciso instante de estar recibiéndola, maldita la gracia que te hace.

Algo así me sucedió, con el teléfono como preámbulo, en una ocasión. Mi madre y mi tía, habían salido por la mañana hacia el hospital, con el objeto de realizarse, mi madre, una revisión de su dolencia hepática y dejaron aviso a nuestras vecinas, para que nos “echaran un ojo”, en su ausencia. La cuestión es que, nosotros tres (mi hermana, mi hermano y yo), estábamos en un periodo de “investigación” –por así decirlo- con cualquier cosa que cayera en nuestras manos y, aquella mañana decidimos investigar las cerillas y los papeles, para ver cómo ardían y cómo quedaban después.

Estábamos muy entretenidos hasta que el sonido del teléfono nos “descuadró” el experimento. La llamada resultó ser para mi vecina Angelines, y yo fui el encargado de avisarla. En nuestra inocencia, no le dimos importancia al olor a quemado que había por toda la casa, quizá porque ya nos habíamos acostumbrado a él. Es más, en nuestro entusiasmo con el experimento del fuego e ignorantes por completo del pavor que le producía a nuestra vecina, mientras ésta estuvo al teléfono, nosotros continuamos a lo nuestro. La verdad es que la mano de un ángel protector debió estar cubriéndonos constantemente porque, una vez que lo analizas, te das cuenta del gravísimo accidente que podíamos haber causado. Estábamos utilizando cerillas de madera, cuya caja ya casi habíamos agotado, para quemar papeles de periódicos y revistas que mi madre guardaba en una pequeña despensa, junto a la cocina. Los estábamos quemando en una especie de papelera de plástico gris y no logro entender cómo no salió ardiendo también. Además, para mayor delito, la habíamos situado, por ignorancia, junto a una de las botellas de gas butano, muy cerca de la cocina y de las gomas de conducción del gas.
Al poco de la conversación telefónica de mi vecina, la escuchamos decir:

-¡Hay!¡Aquí huele a quemado! Espera un momento, que no me fío de éstos. Voy a ver qué están haciendo. –Soltó el teléfono y preguntó- ¿Qué estáis haciendo, que huele a quemado?

A lo que los tres respondimos al unísono:

-¡No!¡Nada, nada!

-¿Nada? –Volvió a preguntarnos, al tiempo que se acercaba hasta la cocina-.

Cuando llegó hasta nuestra posición, su cara se tornó pálida, luego roja de ira, después, otra vez pálida y soltó un grito estremecedor.

-¡¡¡Aaaahhh!!! ¡¡¡Yo, os mato!!!

Inmediatamente, se dio media vuelta y, con paso muy ligero, se acercó hasta el teléfono, de nuevo.

-¡Oye! Ya te llamaré, que estos sinvergüenzas le van a prender fuego a la casa. -Colgó el teléfono y se dirigió hacia nosotros hecha una verdadera furia-.

En el corto espacio de tiempo que duró su vuelta al teléfono, nosotros, por supuesto, intentamos recoger y limpiar todo, lo más rápido posible, para luego pretender negar la evidencia. Aunque, ya era demasiado tarde. Todos sabíamos que la paliza, a base de zapatillazos, que nos iba a dar nuestra vecina, iba a ser memorable y nada, ni nadie, podría remediarlo. Ni qué decir tiene que intentamos huir, escondernos en cualquier rincón, pero la sentencia estaba dictada y la señora Angelines no iba a desperdiciar la oportunidad de desahogarse con nosotros. Esta vez, tenía la razón y la suerte de su parte. No iba a necesitar ninguna excusa con mi madre, ni con mi tía, en caso de dejar marcada su zapatilla en nuestros muslos, como así sucedió.
En un alarde, mezcla de rapidez y maña, giró bruscamente su tobillo derecho, para descalzarse, saliendo su zapatilla disparada un metro más allá y, sobre la marcha, sin perder un instante, se agachó, rauda, veloz como una gacela, para asirla con gran fuerza y comenzar dar gritos, alaridos e improperios hacia nosotros y nuestro acto.

-¡¡La madre que os parió!! –Gritó- ¡¡Hoy os mato!!¡¡Os mato!! ¡¡Os voy a moler a zapatillazos!! –Nos imprecaba despavorida, una y otra vez-. ¡Os voy a dar tal paliza, que vais a estar llorando una semana! ¡Venid aquí!

Salimos todos, corriendo como los ratoncillos, cada uno hacia un lado… A la primera que alcanzó, fue a mi hermana. La agarró por las trenzas y comenzó a darle zapatillazos con tal rabia que mi hermana daba saltos. Se dejó caer al suelo con el ánimo, supongo, de protegerse de la zapatilla, pero fue en balde. Allí mismo, con mi hermana en el suelo, la vecina se inclinó un poco hacia delante y siguió azotándola, una y otra vez, una y otra vez, en las nalgas, los muslos, las piernas… Mi hermana seguía retorciéndose, pero daba igual. Ella seguía blandiendo la zapatilla y golpeándola contra mi hermana, sin compasión, levantándole la faldita, cuando podía, para llegar mejor a su destino. Yo estaba paralizado ante aquel espectáculo. No sabría decir cuántos zapatillazos le dio. ¡Muchos!¡Muchísimos! Y estuvo “liada” con ella un buen rato. Hasta que le parecieron suficientes, o se cansó.

Se tomó un ligero respiro de unos segundos y se avalanzó sobre mí, que estaba inmóvil, aturdido, ante la soberana paliza que acababa de presenciar, resignado por la que a mí me esperaba.

-¡Y ahora, tú! –Me dijo-.

-¡No, Angelines!¡No, por favor!¡No!¡No me pegues!¡¡¡Noooo!!!¡¡¡AAAAAHHHH!!!

De poco sirvieron mis peticiones. Me cogió por el pecho y me arrastró hacia ella, sujetando mi cabeza entre sus muslos, para que no pudiera escapar o revolverme, y comenzó a caerme encima, un alubión de zapatillazos duros, crueles, hondos, impecables e implacables. Con la fuerza que utilizó para azotarme, en uno de los rebotes, la zapatilla se le cayó al suelo. Resoplé aliviado, creyendo que la azotaina se había terminado, pero estaba en un error. Para poder alcanzar la zapatilla, hubo de soltarme un instante de entre sus piernas, pero me mantuvo sujeto por el brazo, firmemente. Vi cómo se agachaba, cómo recogía su chinela y cómo la sujetaba por la zona delantera, dejando libre el talón, con el que continuó azotándome. Al ser más gruesa la goma, y más dura, aquellos zapatillazos que siguieron, retumbaron como cañonazos y, además, siendo la parte de la suela mucho más flexible, fácilmente podía sujetarla con mayor firmeza y golpearme con más fuerza y más seguridad. Aquellos zapatillazos fueron unos de los más numerosos y dolorosos, que jamás nadie me propinara.

Sonó el timbre de la puerta. Automáticamente, los zapatillazos cesaron. No puedo precisar el número. ¡Incalculables! Dejó caer al suelo la zapatilla, se la calzó rápidamente y se acercó hasta la puerta principal, para abrirla. Me había salvado la campana –nunca mejor dicho-, pero las marcas que me dejó, permanecieron varias horas. Mi otra vecina, “Aure”, sabiendo que, ni mi tía, ni mi madre, habían vuelto aún a casa, pues éstas solían avisarla a su regreso, alarmada por los ruidos de los golpes, los gritos y los llantos, que salían del interior, llamó a la puerta para interesarse por lo que estaba sucediendo. Tras las explicaciones recibidas, se echó las manos a la cabeza y comenzó a regañarnos y zarandearnos, muy nerviosa, muy alterada. Pensé que también nos iba a azotar, pero no. Ella, siempre fue más consecuente y -a la vista estaba-, estábamos recibiendo un gran escarmiento, por lo que no hizo más que enfadarse con nosotros.

A todo esto, mi hermano pequeño, que había permanecido, escondido, debajo de una cama, salió hacia el comedor, donde nos encontrábamos, dando por sentado que todo había terminado. Estaba muy equivocado. Al verlo salir, mi vecina, Angelines, dijo:

-¡Ah! ¡Si faltabas tú! ¿No pensarías librarte de la zapatilla?¿Verdad?

Dicho y hecho. Levantó su pie derecho, doblando la pierna hacia atrás, alcanzando el talón de su zapatilla con la mano derecha y sacándola lentamente hacia delante. En ese instante, me miró. Sabía que aquella escena, pese a sentirme muy dolorido por la azotaina que me había propinado, me excitaría. Ver su pie desnudo, a media altura. Contemplar la planta de su pie, descalzo, lentamente, a medida que la zapatilla iba saliendo y lo iba descubriendo, era una escena que desataba un morbo especial en mí, y ella lo sabía. Ella fue una de las que me “descubrió”, cuando estaba al teléfono y por ello me provocaba, cada vez que tenía ocasión. El tiempo se hizo eterno en esa escena. La otra vecina nos miraba, sin comprender. Todo parecía transcurrir a cámara lenta. Parecía como si me estuviera brindando los zapatillazos que le iba a propinar a mi hermano. Sabía que aquello me excitaba. Bajó su mirada, cómplice, hacia mi henchido pene, recordando alguna otra situación y se acercó hasta mi hermano, que se había quedado inerte, después de recibir su sentencia. Apretó a mi hermano contra su cuerpo y, en presencia de mi otra vecina, sin importarle que estuviera, comenzaron los zapatillazos de rigor.

El pequeño se revolvió al quinto o sexto zapatillazo, aunque de nada le sirvió. La experiencia y la maestría de la azotadora, se impusieron ante la bravura de mi hermano. Le agarró por el brazo izquierdo y continuó con los zapatillazos, algo más enfadada por haberse zafado de su fijación. Así que, ahora, la azotaina continuaría en círculo, sin darle una sola oportunidad. De vez en cuando, cada cuatro o cinco zapatillazos, intentaba cubrirse con el otro brazo pero, además de recibirlos en éste, el resultado era peor. Los cuatro o cinco zapatillazos siguientes, solían ser más fuertes que los anteriores. Su cuerpo se arqueaba hacia delante en un intento de esconder las nalgas y ofrecer el menor ángulo posible a la zapatilla, en vano. Si no podía azotar sus nalgas, azotaba sus muslos. Nada se podía hacer, ante la sapiencia de aquella catedrática en zapatillazos.

Siete u ocho veces, sucedió lo mismo, sumando un total aproximado de unos cuarenta zapatillazos. Menos, sin duda, que a los demás. Hasta que la otra vecina se interpuso y a poco, no se llevó ella, también, unos cuantos. Me volvió a mirar. De nuevo, había conseguido excitarme. El bulto provocado por la erección, no le pasó desapercibido y, con mucho disimulo, después de azotar a mi hermano, hizo el gesto inverso al anterior. Volvió a levantar su pie derecho, ofreciéndome la escena de costado, para que yo pudiera presenciarlo en un primer plano, doblando la pierna hacia su espalda y, lentamente, volvió a introducir su pie en la zapatilla, de tal forma que yo pudiera ver su pie, la planta de éste y su zapatilla, sin perder detalle. Me hizo un guiño extraño…

Mientras Aure consolaba a mis hermanos, ella aprovechó para acercarse a mí, con la excusa de hacer lo propio conmigo. Me abrazó tiernamente, acercándome a su regazo, hasta rozar mi pene con sus piernas. Con la mano derecha me frotó las nalgas, apretándome un poco más y, con la otra, ocultada a la vista por mi cuerpo, apretó mi pene y lo frotó, al compás de las nalgas. Dijo alguna frase cariñosa, pero no la recuerdo. Y, como mi otra vecina estaba pendiente de los demás, que se habían marchado a la cocina, nadie podía descubrir ahora nuestro secreto. Continuó por unos minutos acariciándome, abrazándome y frotando mi pene con sus largos dedos, mientras yo, me dejaba hacer.

-Ahora… suave, ahora… fuerte, ahora… rápido, ahora… suave, ahora… otra vez fuerte, ahora… –Me susurraba al oído, en voz muy baja-

Así, hasta que alcanzara un orgasmo y que me derrumbara de placer. Casi me desmayé. Tantas y tan distintas emociones, en tan poco tiempo, debilitaron mi cuerpo por un instante, cuando se produjo la semental erupción. Ella me sujetó, cuando mis piernas flaquearon y se doblaron. Apretó mi pene y lo agarró, por última vez, fuertemente, junto con la tela del pantalón.

El precio que había pagado por aquella eyaculación, había sido caro; pero más caro resultaría, cuando mi madre y mi tía regresaran a casa.

Continúa en “El teléfono – 3ra parte”

JOSEMAVIG@terra.es

¡El teléfono! / Primera parte

Jueves, Enero 11th, 2007

El primer aparato de éstos que se instaló en nuestro edificio, fue el de nuestra casa. Desde luego, el revuelo que se armó entre las vecinas y las amigas de mi madre, resultó ser escandaloso. Había que verlas a todas, parloteando, cuchicheando y cotilleando entre ellas. La reunión era de lo más informal. Allí estaba la vecina de enfrente, la señora Aurelia, una mujer encantadora, inteligente, culta y bastante atractiva, aunque su vida se había limitado, como las vidas de las demás esposas y amas de casa, a las tareas típicas del hogar. Tenía su genio –todo hay que decirlo-, pero siento un gran cariño por ella, a pesar de que alguna que otra vez, me atizara también con la zapatilla, pero era una gran mujer y mejor persona. Tenía dos hijas: Tere, la mayor, unos tres años menor que yo, rubia, de pícaros ojos azules, revoltosa y rebelde, que con los años se ha convertido en una enfermera eficiente y en una más que atrayente mujer. Y Ana Mari, la más tímida en apariencia, pero la que peor humor tenía. Poco he vuelto a saber de ella.

Entre ambas hermanas siempre existió, además de celos, una gran rivalidad, que terminaba convirtiéndose en verdaderas peleas y, la madre, no tenía más remedio que quitarse una zapatilla y sacudirles unos cuantos zapatillazos para separarlas. No había otra manera. Su terraza lindaba con la nuestra y he sido testigo en muchas ocasiones de aquellas peleas, cuyo resultado final, implacablemente, eran los zapatillazos que les propinaba su madre. Por supuesto, cuando las oía pelear, procuraba estar cerca de ellas, pues no quería perderme la escena que solía poner el punto final. Mi excitación comenzaba al escucharlas e iba en aumento, progresivamente, a medida que escuchaba a su madre advertirlas: “¿Ya estáis otra vez? ¡Como me quite la zapatilla…! ¿Voy?”

Esto solía repetirlo varias veces, lo que conseguía que yo me excitara más y más, esperando ver cómo se quitaba la zapatilla. Hasta que la mujer no lo aguantaba más y la veías salir por el pasillo, hacia el salón, se detenía un instante, levantaba el pie derecho, se quitaba la zapatilla con la mano izquierda, la acomodaba en la derecha y reiniciaba la marcha, con mucho brío, hacia sus dos hijas y comenzaba a soltar zapatillazos a diestro y siniestro, apartándolas con la mano izquierda y procurando levantarles la faldita para llegar bien a sus nalgas. No siempre lo conseguía, porque mis vecinitas se revolcaban y la mayoría de las veces, los zapatillazos iban a parar a sus muslos. La escena de ver a mi vecina inclinada hacia delante, sacudiendo zapatillazos primero a una, luego a la otra y vuelta a empezar, me ponía frenético de placer.

La señora Aurelia –”Aure”, como le gustaba que la llamásemos- era muy paciente. Hay que reconocérselo. Y no tenía mala intención cuando te sacudía con la zapatilla. Además, se ponía muy nerviosa, como si no quisiera pegarte pero, a la vez, como si no tuviera más remedio que hacerlo. La prueba es que, cuando ocurría, solía darte unos diez o doce zapatillazos, muy deprisa, como si quisiera terminar rápido, te regañaba muy alterada y te volvía a sacudir otros diez o doce zapatillazos, tan rápidos o más que los anteriores. Te regañaba de nuevo, dejaba caer la zapatilla al suelo y, antes de reintroducir su pie en ella solía advertirte: “¡No me obligues a quitármela otra vez!” Al poco rato, solía acercarse a quien hubiera recibido la azotaina, le acariciaba, le calmaba y le daba explicaciones. Casi siempre fue así, pero no todas las veces, como comprobaremos más adelante.
No puedo decir lo mismo de la vecina de abajo porque, ésta, disfrutaba de verdad cuando golpeaba a cualquier niño con la zapatilla. De verdad, disfrutaba. ¡Claro! ¿Cómo iba ella a perderse la pequeña fiesta? Estaba en su salsa. Aunque hemos seguido manteniendo el contacto porque, en el fondo, también tengo un sentimiento de cariño hacia ella. La señora Angelines, mi vecina extremeña, de carnes prietas y movimientos acompasados de nalgas, sentía verdadero placer sexual desde que comenzaban sus advertencias, hasta que tenía la zapatilla en la mano. En ese momento, su excitación era tal, que se convertía en frenesí, llegando al éxtasis, cuando te azotaba con ella. No puedo aseverar que llegara al orgasmo en el transcurso de sus azotainas pero, a juzgar por los gestos que hacía, sus movimientos, y los sonidos que emitía, juraría que sí. Máxime, si el receptor de sus zapatillazos era un chico y si, además, como era en mi caso, veía o notaba una erección. Por ese motivo, aunque comenzara una azotaina en la forma más espontánea –de pie, semi-agachada o similar-, al cabo de un rato, procuraba por todos los medios, o bien mantenerte pegado a ella, para obligarte a rozar con sus zonas íntimas, o bien sentarse y arrastrarte hacia sí para, colocándote entre sus muslos, además de rozarte, sentir la erección del receptor de sus zapatillazos, en aquellos.

Habitualmente, sus azotainas duraban entre siete y ocho minutos, desde el momento de la amenaza, hasta el final, por lo que calculo no menos de noventa o cien zapatillazos, en dosis muy bien ponderadas y con un ritmo creciente, que acortaba, concienzuda y progresivamente, la distancia en el tiempo, entre zapatillazo y zapatillazo, a medida que se acercaba el final. No se trata de una exageración. He podido comprobarlo en mis propias carnes, además de verlo en los demás. Incluso mi tía, que solía actuar de una forma muy similar a esta vecina, en lo que se refiere a las azotainas, en alguna ocasión, con motivo de una verdadera paliza que la vecina le estaba propinando a uno de sus hijos, con una zapatilla, tuvo que sujetarla y decirle: “¡Angelines, para ya! ¡Que lo vas a matar!” Yo fui testigo presencial de más de una.

A diferencia de la anterior, ésta, sólo te advertía una vez –cuando lo hacía-. No solía “perder el tiempo”, ni siquiera en levantar el pie para quitarse una zapatilla. Lo más habitual en ella, era detenerse ante ti, levantar rápidamente el pie derecho y, a la vez, girarlo bruscamente, de tal guisa, que la zapatilla solía salir disparada hacia delante. Inmediatamente, sobre la propia marcha, se agachaba y la recogía, asiéndola fuertemente con su mano derecha y, apretando los dientes, se dirigía hacia tu lugar. Una vez te tenía bien sujeto, comenzaba a golpearte con ella, lentamente, con zapatillazos fuertes, alternándolos de nalga en nalga, a la par que te regañaba entre azote y azote.

Después alternaba las nalgas con los muslos, sabiendo muy bien lo que hacía. Siempre dominaba la situación. Sabía muy bien dónde golpear y cómo hacerlo, procurando no dejarte marcas. En muy pocas ocasiones, muy contadas veces, se atrevía a dejarte con el culo al aire, para colmarlo de zapatillazos. Gozaba con esas situaciones. Las conocía a la perfección. Dominaba cada movimiento que tú pudieras hacer para zafarte de ella, anticipándose. Normalmente, cuando llevabas recibidos no menos de quince o veinte zapatillazos, estando ella levantada, solía arrastrarte, sin parar de azotarte, hasta una silla o el sofá –preferiblemente, la silla, porque le gustaba más “abrazarte” con sus muslos y sentir tu pene erecto rebotar, con el impulso de sus zapatillazos, que tenerte tumbado encima, sin que los roces llegasen a su destino predilecto-.

Una vez allí, te acomodaba a su gusto. Su postura preferida era la de apoyarte el bajo abdomen sobre su muslo izquierdo, de tal manera que el resto del cuerpo quedaba colgando hacia un lado y, levantando su pierna derecha, apoyada en las puntas de los dedos del pie descalzo, colocaba tus muslos, como sentados, dejándote, necesariamente, las nalgas empinadas hacia arriba. Era imposible escapar de aquella situación y era la que más utilizaba. Con la que más disfrutaba. Parecía tenerlo todo muy bien calculado. Entonces comenzaba de nuevo a regañarte y azotarte otra vez. Sus frases podían hacerse eternas pues, entre zapatillazo y zapatillazo, te soltaba una o dos sílabas de la palabra final. Sus zapatillazos eran tan contundentes, que no sería la primera vez que se le caía la zapatilla al suelo, por no poder sujetarla con los impulsos. Cuando esto sucedía –bastante a menudo-, se enfurecía más y, como tenía que agacharse para recogerla del suelo, después de hacerlo, retomaba la azotaina con mayor velocidad. Sus zapatillazos, entonces, eran más rápidos y más violentos que los anteriores. Dejaba de regañarte entre dientes y se limitaba a golpearte con la zapatilla, más deprisa, como queriendo recuperar el tiempo perdido.

Era entonces cuando yo gozaba de verdad. El dolor desaparecía paulatinamente, convirtiéndose primero en escozor e inmediatamente después, en placer. Ella lo intuía, lo sabía. Ya me conocía… Por eso, como anticipándose a mi orgasmo, para retrasarlo y, seguramente, alcanzarlo ella también, solía darle la vuelta a la zapatilla y me azotaba con la zona del tacón, en lugar de la suela. Sabía que, al ser más gruesa la goma por esa zona, el escozor desaparecería, tornándose en dolor. De esta forma –nunca supe cómo lo adivinó-, mi orgasmo se retrasaba por unos instantes, tiempo más que suficiente para que ella llegara al suyo y, para finalizar, me daba los últimos diez o doce zapatillazos, de nuevo con la suela de la chinela, de una forma muy rápida, terminando con tres o cuatro más, muy lentos, profundos, confirmando el final de la azotaina y levándome, la mayoría de las ocasiones, al éxtasis…

Acto seguido, me retiraba de encima de ella, como con desprecio, regañándome de nuevo –para quedar bien, supongo-. Dejaba caer la zapatilla al suelo de una forma despectiva pero que, al llegar al final, producía un eco maravilloso. Se levantaba, se estiraba la bata, dándose unas palmaditas en la zona delantera y volvía a meter el pie en la zapatilla, removiéndolo para que encajase en tan maravillosa herramienta. Si era una chinela o una chancleta, por lo general, en verano, no había más ritual; pero si se trataba de una zapatilla cerrada –generalmente, en invierno-, el ritual continuaba levantando el pie hacia atrás e introduciendo su dedo índice por la zona del talón, hasta acomodar definitivamente su pie, dentro. Esa escena, sigue creando mucho morbo en mí. Tanto, como la de descalzarse, amenazarte con ella y dirigirse hacia ti.

La llegada de aquel teléfono, incomprensiblemente, me iba a regalar momentos gratísimos y algunos otros, no tanto en un principio, pero sí al final. Me explicaré.

Como quiera que era el único aparato de todo el edificio, mi madre, enseguida se prestó a que las vecinas, sobre todo las más cercanas a casa, le comunicaran nuestro número a sus familiares para que les pudieran llamar en caso de necesidad. Al principio no presté atención, pero a medida que las llamadas se iban recibiendo y mis vecinas subían a casa, en bata y zapatillas, para atenderlas, se produjo en mí un fenómeno fetichista, mayor del que podía haber tenido hasta entonces. Ver a aquellas mujeres, la mayoría jóvenes, de entre veinticinco y treinta años, cómo se relajaban al teléfono, con la tranquilidad de no ser observadas, ni escuchadas, más que por mi madre –su vecina y amiga-, o por nosotros, unos críos inocentes, y se descalzaban…

Primero aflojaban una pierna. Luego dejaban salir de la zapatilla parte del pie. Después, se ponían a juguetear con los dedos del pie, queriendo sujetar la zapatilla; ésta se caía al suelo y, con el propio pie, sin mirar, más atentas a la conversación telefónica que a otra cosa, buscaban la zapatilla por uno y otro lado, hasta dar con ella e intentar reintroducirlo de nuevo. Muchas veces, debían girarla, también con el propio pie, porque le habían dado la vuelta durante el jugueteo y no podían introducirlo.

En otras ocasiones, directamente, sacaban el pie fuera de la zapatilla y comenzaban a rascarse primero, la otra pierna, con la planta del pie y, posteriormente, auto-acariciársela. Esos movimientos me excitaban mucho. Tanto, que cada vez que alguna de ellas recibía una llamada, enseguida me prestaba para ir a avisarla a su casa y volver a la nuestra detrás de ella, observando muy atentamente su caminar, el balanceo de sus nalgas, las plantas de sus pies con la subida de cada escalón, el chancleteo, el sonido… ¡En fin! Una verdadera delicia, cuya continuación se hacía maravillosa.

Una vez en casa, me marchaba disimuladamente y procuraba colocarme detrás de la puerta que daba justo al teléfono para, con ella entreabierta, agacharme y mirar, tan de cerca y descaradamente como me fuera posible, sus piernas, sus nalgas, sus zapatillas… y, sobre todo, sus pies y sus jugueteos, sus plantas… Debo reconocer que, en más de una ocasión, llegué a masturbarme sin que lo notaran, con aquellas visiones celestiales. Lo que no entiendo es cómo no me descubrió ninguna vecina. O quizás sí lo hicieran y me dejaran hacer. Al menos una de ellas, notó lo que estaba sucediendo y llegó a ruborizarse; pero siguió con el juego, como provocándome. Siempre les caí bien a las amigas de mi madre. Incluso decían que era un niño muy guapo y que “me las iba a llevar de calle”. Nunca fue para tanto.

Continúa en “El teléfono – 2da parte”

JOSEMAVIG@terra.es

Las aventuras de chiquití­n: de visita con papi

Martes, Enero 9th, 2007

Chiquitín, tienes que vestirte.

Chiquitín miró a su papá, que acababa de entrar en la habitación, con cara de fastidio. Le apetecía quedarse en casa con él o ir a dar un paseo los dos juntos; pero Papi tenía un compromiso importante esa tarde: debía ir a casa de su jefe a hacerle una visita, y su niñito tenía que acompañarle.

El día anterior en la oficina el jefe le había pedido como un favor especial que lo visitara en su casa el domingo por la tarde para preparar una entrevista que ambos debían tener el lunes con unos clientes. Era un asunto importante que suponía mucha responsabilidad para Papi, además de toda una oportunidad para hacer méritos y prosperar en la empresa. El jefe, que estaba concretando la hora en que tendría lugar la visita, se había quedado distraído de repente al fijarse en la foto de Chiquitín que Papi tenía sobre su mesa.

Que jovencito tan guapo.

Don Daniel, el jefe, solía ser serio y hablar solamente de temas de trabajo, así que Papi se quedó sorprendido.

Ah, muchas gracias, Don Daniel. Es mi niñito –Papi sonrió y su jefe le devolvió la sonrisa mirando con insistencia la foto.

¿Qué edad tiene?

Diecinueve años.

Efectivamente, es un niño todavía. Casi de la misma edad de mi Danielito. Tiene como un aire travieso; me gustaría mucho conocerlo. ¿Por qué no vienen los dos el domingo por la tarde? Les presentaría a Danielito y los niños podrían jugar y hablar de sus cosas mientras nosotros preparamos la entrevista con los clientes. ¿Qué le parece?

Eeeer ….. sí, claro, Don Daniel. Estupendo –respondió Papi con una sonrisa nerviosa. No le hacía mucha gracia la idea; ¿y si Chiquitín hacía alguna travesura en casa de su jefe? Claro que no podía negarse; y bien pensado, si Chiquitín se portaba bien y su jefe se llevaba una buena impresión de él, eso podría favorecerle mucho. Y era evidente que al jefe le interesaba el muchacho.

¿Cómo se llama el niño?

Llámelo Chiquitín, Don Daniel. Yo siempre le llamo Chiquitín.

Ah, veo que es usted de los que no tiene prisa en que su niño se haga mayor. Yo soy de la misma idea. Un muchacho de esa edad sigue siendo muy joven para tener responsabilidades; debe de limitarse a obedecer a su papá. ¿O tal vez es usted un padre liberal de los que no quiere dar órdenes y deja que los niños usen pantalón largo?

No, no, Don Daniel. Yo también soy muy tradicional.

Me alegra mucho oír eso; me gusta que un jovencito sea obediente y bien educado. Y si además es tan guapo como su Chiquitín, todavía mejor –sonrió el jefe. Tras una pequeñísima pausa, recuperó su expresión seria habitual- Entonces cuento con los dos en mi casa el domingo por la tarde.

Así que Papi, aunque fuera domingo, había tenido que ponerse el traje y la corbata. Esto le alegró la cara a Chiquitín, porque Papi estaba muy guapo y Chiquitín se sentiría muy orgulloso de estar al lado de un papá tan elegante. Pero su expresión volvió a ensombrecerse rápidamente al ver la ropa que Papi le había preparado para ir a ver a su jefe: también Chiquitín tendría que ponerse corbata y camisa blanca; pero lo peor era el pantalón: de tela, muy corto, muy ajustado, y seguramente muy incómodo, de los que pican.

Papiiiii, ¿no puedo llevar los pantalones que llevo siempre, por encima de la rodilla?

No, Chiquitín. El jefe es muy tradicional y le gusta que los niños lleven pantalones muy cortos, que no tapen el muslo.

Pero ese me queda pequeño.

Los otros muy cortos que tienes están sucios. Tendrás que ponerte este aunque no sea de tu talla. Para que te apriete menos, lo llevarás sin calzoncillos.

En realidad Papi prefería que Chiquitín fuera un poco ajustado, ya que no le habían pasado inadvertidas las miradas que su jefe echaba con disimulo a los traseros de los empleados más jóvenes. Algunos compañeros que también habían llevado a sus hijos a casa del jefe le habían confirmado la afición de éste por acariciar en el culete a los jóvenes y darles palmaditas. Seguro que Don Daniel apreciaría mucho unas nalgas bien marcadas por un pantalón de talla pequeña.

¿Sin calzoncillos? Pero papi, la tela de ese pantalón pica mucho. Y hace frío para llevar las piernas al aire. Papi empezaba a ponerse nervioso; no le gustaba que el niño le replicara, y menos esa tarde. Al jefe no le gustaría nada ver que Chiquitín no acataba la autoridad paterna.

Chiquitín, no repliques que te la cargas. Vamos, cámbiate de ropa.

Así que tenía que ponerse ese pantalón tan incómodo y luego ir a casa del jefe de papi, que sería muy aburrido. Y por culpa de esa estúpida cita en casa del jefe, papi había estado nervioso todo el fin de semana y no podrían jugar juntos ni descansar esa tarde de domingo. A Chiquitín estaba empezando a entrarle una rabieta; no podía evitarlo aunque supiera que papi no estaba para bromas y que a la mínima podía ganarse una zurra.

No quiero que pongas mala cara, sabes que no me gusta. Quítate la ropa; y no te pongas tonto, que te caliento.

Papi no soportaba que Chiquitín tuviera formas de niño consentido, y además la tarde de la visita a su jefe no era precisamente el momento para ser permisivo con él.

Consciente de que su culete corría grave peligro, Chiquitín obedeció y empezó a quitarse la ropa ante la mirada impaciente de Papi, que no tuvo necesidad de decirle que había que darse prisa. Pero los pantalones de tela serían tan incómodos sin ropa interior … Cuando ya sólo tenía puestos los calzoncillos, el muchacho dudó antes de bajárselos.

Vamos, Chiquitín, quítate los calzoncillos.

Papi, no hace falta, seguro que los pantalones no me aprietan tanto y los puedo llevar con calzoncillos.

He dicho que no. A ver si te va a reventar el botón y se te caen.

No me va a reventar, papi. Déjame probar.

Chiquitín …….

¿Pero por qué no podemos probar?

QUÍTATE EL CALZONCILLO DE UNA VEZ O TE LO QUITO YO Y VA A SER PEOR –

Papi estaba casi gritando. En realidad, no quería que Chiquitín llevara calzoncillos para contentar a su jefe, que así podría acariciarle mejor el culete al muchacho. No querer reconocer ante sí mismo que estaba usando a su niñito para prosperar en la empresa de forma tan dudosa era realmente lo que le ponía de tan mal humor.

La rabieta de Chiquitín estalló finalmente:

¡Esa visita al jefe es una mierda y no quiero ir!

Casi no había acabado de hablar cuando estaba ya arrepentido de lo que había dicho. La reacción de Papi fue la esperada; tras agarrar el cuerpo de Chiquitín con fuerza del brazo, se sentó en la cama y tumbó al muchacho semidesnudo boca abajo sobre sus rodillas, con el culito al alcance de su mano en la posición adecuada para un buen escarmiento.

Papi estiró el slip de Chiquitín hacia arriba para marcar bien la superficie de las nalgas. Las partes laterales de la zona inferior de los glúteos quedaron descubiertas al aire. Estaban muy blanquitas, pero su color cambiaría en muy poco tiempo. Mientras su mano izquierda agarraba con fuerza a Chiquitín de la cintura, Papi levantó su mano derecha por encima de su cabeza, apuntando amenazadoramente al bonito y redondo culete que tenía sobre sus rodillas, mientras el muchacho gemía sabiendo lo que le esperaba.

El primer azote no fue fuerte, pero Chiquitín estaba comprensiblemente alterado y hasta la palmada más suave le habría hecho estallar en sollozos.

Así que te quejas; ahora te daré yo motivos.

Papi empezó a golpear rápidamente y con mayor fuerza, alternando los azotes entre las dos nalgas. Una buena paliza sería el mejor modo de garantizar el buen comportamiento de Chiquitín en casa del jefe, así que tendría que esmerarse en el castigo; y hacerlo rápido porque no le sobraba el tiempo. Propinó una ráfaga de azotes rápidos y fuertes sobre la nalga izquierda, inmediatamente seguida de otra ráfaga igual de intensa sobre la derecha, y, como no, de muchos y cada vez más altos lamentos por parte de Chiquitín. En respuesta, Papi le subió más el slip hasta dejar al descubierto buena parte de las nalgas, que empezaban a estar coloradas. También calientes, como comprobó al acariciarlas durante unos segundos. Cuando Chiquitín bajó la intensidad de los sollozos y relajó los glúteos, Papi descargó un tremendo golpe sobre la nalga derecha y disfrutó del espectáculo de la huella de los dedos dibujada sobre la parte inferior de la nalga, no tapada por el slip. Chiquitín gritó:

PAAAAAPIIIII ….. DUELE MUCHO.

La respuesta fue otro azote igual de fuerte en el otro lado, y nuevas marcas de dedos. Papi acarició el culete mientras jugaba a subir y bajar el slip. Luego continuó con la zurra:

Ya te enseñaré yo –PLAS-, a ser desobediente –PLAS-, a responderle a papá –PLAS-, y a decir palabras feas –PLAS-. Vas a ir a casa del jefe –PLAS- con el culito como un tomate –PLAS-; te pondrás la ropa que te diga papá –PLAS- y vas a ser un niño bueno el resto de la tarde –PLAS-, vas a hacer todo lo que yo diga –PLAS-. Porque si no cuando volvamos –PLAS-, te llevarás una paliza que ya verás –PLAS-; a papá hay que obedecerle a la primera –PLAS- y no rechistar –PLAS-. Así que no querías quitarte el calzoncillo –PLAS- pues si no te lo quitas tú te lo quito yo –PLAS-.

Papi tiró del slip de Chiquitín hacia abajo, revelando un culete muy enrojecido. Al verse privado de la única y escasa protección que tenía ante los azotes, Chiquitín se vio acorralado.

Paaaaaapiiiiiiii noooooo, sin slip no, que duele más ……

Un nuevo azotazo calló las protestas del muchacho, aunque no sus sollozos. La mano de Papi siguió calentando las nalgas, ahora desnudas, a buen ritmo durante un rato que a Chiquitín se le hizo muy largo. Sin embargo, el niño apenas se movió para esquivar la mano que lo azotaba; estaba acostumbrado a las zurras y Papi le había enseñado a no alborotar demasiado y a no intentar poner la mano para proteger el culete cuando se le castigaba.

Papi acariciaba el culo muy rojo que tenía en su regazo; miraba su obra complacido mientras escuchaba los lloriqueos y lamentos habituales de su niñito. Se le había ido la tensión que tenía por la visita al jefe y apenas estaba enfadado ya por la actitud poco sumisa que había tenido antes Chiquitín. Nada le relajaba tanto como dar una buena azotaina, y más si el niño se la tomaba como un hombrecito. Pensó en darle un broche de oro al castigo con unos cuantos azotazos con el cepillo de madera; Chiquitín gritaría y lloraría, y le dejaría marca en el culete durante unas cuantas horas, además de bastante escozor; seguro que así se portaba bien. Papi miró con deseo el enorme cepillo para el pelo ovalado de dura madera que reposaba sobre la mesilla de noche. Pero pensó que si Chiquitín lloraba mucho, se le hincharía la cara y daría mala imagen ante el jefe. Además no había tiempo; Papi se sobresaltó al ver el reloj: se había pasado un cuarto de hora largo zurrando a Chiquitín.

Por tu mal comportamiento hemos tenido que perder mucho tiempo en darte una zurra. ¡Venga, levanta!

Acompañó las palabras con un azote que hizo a Chiquitín dar un respingo. El joven se incorporó con un gran mohín de dolor en la cara.

¿Puedo frotarme el culete papi?

Sí –Papi estaba contento de que le hubiera pedido permiso como un chico bueno. De lo contrario se habría llevado un buen tirón de orejas.

Gracias, Papi –y comenzó a frotarse las doloridas nalgas; se sobresaltó un poco al ver lo calientes que estaban. Pero dentro de lo malo, Papi no había usado el cepillo ni la paleta. Había sido una zurra fuerte pero sólo de mano, así que el escozor se pasaría en una media hora. Claro que durante esa media hora le picaría el culito …. y como picaba.

No pierdas el tiempo. Acaba de quitarte el calzoncillo y ponte el pantaloncito. ¡Y no se te ocurra decir que pica!

Sí, Papi –Chiquitín se quitó el slip, que tenía ya por los tobillos. Papi sonrió. Daba gusto ver lo bueno y sumiso que era después de una zurra. Pobrecillo. Lo atrajo hacia así y lo sentó totalmente desnudo sobre sus rodillas. Al sentarse, el dolor en el culito transformó la cara del muchacho en una expresión que a Papi le pareció muy graciosa. Al ver a su Papi sonreír, Chiquitín se sintió más confiado y esbozó también una tímida sonrisa. Papi le rodeó los hombros con un brazo mientras con la otra mano le acariciaba las piernas.

Tienes que ser un niño bueno, Chiquitín; ya ves lo que pasa si eres revoltoso. Ahora en casa del jefe tienes que demostrar que eres amable y educado. No hablarás si no se te pregunta; y obedecerás en todo lo que te diga Papi y también en todo lo que te diga el jefe. Esto es muy importante, Chiquitín. Si te portas bien, estaré muy orgulloso de ti; como premio, pasaremos por la confitería y podrás comprarte el pastel que más te guste.

Guaaaaaai, Papi – Chiquitín volvía a sonreír abiertamente. Papi lo atrajo hacia sí y lo abrazó fuerte mientras le daba un gran besito en la boca. Cuando Chiquitín pudo separar sus labios de los de Papi anunció: – me voy a portar muy bien.

Papi llevaba a Chiquitín de la mano por el jardín que rodeaba la casa del jefe. Ambos estaban impresionados por lo grande que era la propiedad; el jardín, aparte de largo, era muy bonito y se lo veía bien cuidado. Claro que algo distraía a Chiquitín de la contemplación de esa belleza; los azotes que se había llevado todavía le escocían, y el picor que le producía aquel pantaloncito tan minúsculo y tan ajustado hacía las cosas peores. Se llevó la mano libre a las nalgas para aliviar el escozor; al hacerlo, notó que la mano de Papi soltaba la suya; un segundo después la sintió estrujando su oreja.

Aaaaayyyy ……

No te frotes el culete. Estamos llegando a la casa de Don Daniel y ay de ti como te pongas a hacer mohines allí dentro. Y alegra esa cara ¿estamos?

Es que me pica, Papi. Aaaaaayyyyy –Papi estrujo la oreja más fuerte.

Como no te calles sí que te va a picar. Ahí dentro tienes que estar sonriente; no empieces a hacer el tonto otra vez, ¿a que te doy otra zurra?

Sí, Papi – Papi soltó la oreja y volvió a cogerle de la mano. Ahora a Chiquitín le picaba la oreja además del culito. Además el viento le hacía sentir frío en las piernas desnudas. Pero intentó poner buena cara pensando en el pastel que Papi le había prometido.

Mi historia masoquista

Martes, Enero 9th, 2007

Soy Ricky tengo 22 años soy piel trigueña, alto y buen cuerpo. Desde los 13 años tengo la fantasia secreta de azotar y ser azotado por una mujer. Bueno Aqui cuento mi historia…
A los 13 años sin darme cuenta empezo en mi unas fantasias raras. Yo siempre desde que tenia 6 años he usado short y cuando tenia 10 años empece a jugar en bicicleta y desarrolle unas piernas y un trasero bien exitantes ya cuando tenia 13 años las mujeres mayores a mi sabian decirme que mis piernas y mi trasero estan ricos. Fue un dia que mis padres salieron y me quede solo en la casa, como siempre estaba con un boxer bien apegadito (un boxer es un short bien corto) y vi mis piernas y me empece a exitar pongan atencion a lo que les voy a contar, mis piernas estaban perfectas tenian un brillo natural me empece a tocar con mis manos, en ese tiempo aun no tenia vellos en mis piernas entonces sentia la piel tan suave, decidi que mis piernas me exitarian mas si tuvieran marcas rojas como de azotes. Busque en la casa algo para poder azotarme en las piernas y encontre un cable. Me fui a mi cuarto y doble el cable por la mitad y empece a pegarme sobre las pantorrilas de mis piernas decidi que queria 10 azotes en mis pantorrilas y me las di duro! enseguida mi sexo se endurecio y senti que empece a mojarme estaba muy excitado, termine los 10 azotes y me ardia mucho mis pantorrillas y al observar tenia unas claras marcas bien rojas en mi piel trigueña, eso me exito tanto, me ardia pero me provocaba placer un gran placer, ahora decidi azotarme en los muslos 10 veces, empece pero me dolio mas, me di cuenta que los muslos son mas sensibles que las pantorrillas pero aplique dureza y me di 10 azotes fuertes bien fuertes, me encantaba escuchar el sonido de los azotes en mis piernas sonaba plas plas plas!! y yo me quejaba ah….ah….oh…..ah….ah…… cuando termine los 10 azotes en mis muslos tenia mis piernas bien marcadas de los latigasos ya que me di 20 azotes en total, mientras me miraba empece a masturbarme hay que placentero, pero queria mas dolor y mas placer.
Me acoste en la cama me saque las medias blancas que traia puesto y observe mis pies desnudos, me exite porque son tan lindos tan finos, me atraia besarlos asi que puse un pie en mi boca y me mordi los dedos de mis pies, los lami los chupe uno por uno y que rica sensacion que senti me excite mucho, me encantaba ver mis piernas y mis pies al mismo tiempo, me saque mi camiseta y vi mi espalda decidi azotarme en la espalda, asi que cogi el cable y me di 10 azotes los cuales me hicieron retorcer del dolor pero al mismo tiempo me exitaba, mi espalda y mis piernas estaban muy rojas!, ahora me saque mi boxer y me quede desnudo, empece a masturbarme, en ese tiempo aun era virgen asi que me dolia mucho mi sexo pero me encantaba el dolor, pero me detuve porque ahora que estaba desnudo quice castigarle a mi trasero que me provocaba darle unos 20 azotes muy duros y empece a contar: 1 y plas! 2 y plas! 3 y plas!… y asi hasta 20 que termine gritando ahh ahhh del dolor, estaba muy exitado, volvi a chupar mis dedos de los pies ya que me atraia hacer eso despues me di cuenta que tambien soy fetichista es por eso que a mi novia le toco sus pies y le lamo sus dedos de los pies. Me fui a la cocina completamente desnudo y encontre un cinturon y me di 20 azotes mas por todo mi cuerpo, ah ah ah… ah ah ……ahhhh esos azotes me hicieron saltar y sonaban plas plas chas chas plas plas!!! yo gemia del dolor y cuando termine tenia todo mi cuerpo rojo y marcado por cada azote. Hubiera querido que me tomen una foto asi pero no habia nadie, empece a masturbarme mirando mi cuerpo bien azotado al mismo tiempo que me ardia me masturbaba y termine en un orgasmo increible. Luego me vesti y me puse pantalon ya no el short porque si no mis padres se darian cuenta de las brechas marcadas en mis piernas.
Pasaron 6 meses de eso y me volvio a dar ganas de azotarme, como siempre andaba con mi short y un dia una amiga del barrio Sofia me dijo “Ricky tienes unas buenas piernas me encantan” y yo le dije que me toque que acaricie mis piernas y lo hizo, le dije que pelliscara mis pantorrilas y mis muslos y asi lo hizo y le pedi que lo haga mas duro y me complacio, pero me pregunto porque y le dije que me gustaba. Me fui a mi casa y mis padres habian salido, tenia 14 años en ese tiempo ya empezaban a salirme vellos en mis piernas asi que me rasure las piernas porque me exitaba mucho mirarlas sin vellos, totalmente lizas y brillosas y buenas!. Me desnude, queria que alguna vecina desde el segundo piso de la casa de lado me viera desnudo y azotandome asi que sali al patio de atras desnudo con sandalias y me ubique a lado de un arbol, arranque una rama de arbol que era medio gruesa y decidi azotarme con eso, era medio dia y habia sol, sentia como el calor corria por mi cuerpo desnudo y empece a azotarme me di 20 azotes…. ah… ah… oh… ah… ahhhh…. ohhhh…. ahhhh que rico, me encanta y tenia mis piernas mi espalda y mi trasero marcados por los azotes, queria que alguna chica me viole en ese estado, que me amarre y me castigara que sea mi ama y yo su esclavo, pero no habia nadie ni yo conocia nadie que me complaciera me masturbe duro y llegue a un orgasmo increible, luego puse mi semen sobre mis piernas y mi trasero porque me ardia mucho por los azotes. Por mi mala suerte nadie me habia visto desnudo y azotandome aunque por una parte mejor porque hubieran avisado a mis padres y hubiera sido un escandalo.
A los 15 lo practique una sola vez en todo el año, a los 16 me azotaba una vez por mes, a los 17 una vez por semana pero claro me rasuraba las piernas para azotarlas y marcarlas bien, a los 18 ya no queria azotarme, queria azotar a alguien, osea el papel se dio la vuelta. Por mala suerte hasta el dia de hoy no he tenido el placer de azotar a alguna chica, y quisiera que tenga buenas piernas y buen trasero para que sea mi esclava, entonces empece a buscar fotos de mujeres azotadas y video en donde un hombre azotaba una mujer y despues le hacia penetracion anal para cumplir el orgasmo. Me exitaba mucho todo eso y me masturbaba mirando y escuchando los gemidos de dolor de las mujeres castigadas por su amo.
Asi paso el tiempo hasta ahora que tengo 22 y no he tenido el gusto de azotar a alguien, yo le conte a mi novia que me gusta el dolor y me dijo que a ella tambien, yo le dije que quisiera que algun dia me amarrara y me diera azotes con un latigo o un cinturon en el trasero y en mis piernas y despues yo le daria su castigo a ella y me dijo que me complaceria pero cuando nos casemos. Tambien me gusta mirar los pies de las mujeres jovenes.
Nunca nadie me ha azotado, siempre yo lo he hecho solo en mi cuarto o en mi casa cuando estoy solo, mi deseo es encontrar alguien una chica que me azote, pero quisiera que me amarre de espladas primero y me azote con un cinturon, que lama y muerda mis dedos de los pies, que masque mis tetillas y mientras me azota cada 10 azotes que me haga sexo oral, luego cuando ya termine de darme mi castigo, me toca a mi darle su castigo y asi mismo yo le daria sus azotes por sus piernas, por su trasero y espalda y cada 10 azotes le haria sexo oral, le lamiera y mordiera sus dedos de los pies y le mascara sus pezones claro no tan duro, al final cuando ya no resistamos mas azotes le hiciera poner boca abajo en cuatro para hacerle sexo anal, le penetrara por atras suavemente para que no grite del dolor y lamiera todo su cuerpo sobre todo las partes azotadas y le hiciera que lama mi cuerpo las partes bien marcadas. Con el sexo anal terminariamos el orgasmo.
Quisiera encontrar una mujer para azotarla y castigarla, para lamerle sus pies y morder sus dedos de los pies y mascar sus pezones sus piernas y trasero y que ella mismo me castigara, me azotara, me mascara mis tetillas y que lamiera mis dedos de los pies y los mascara. Quisiera ser esclavo de esa mujer que aun no llega. Escribanme si alguna chica quiere hablar, compartir, etc de esto y muchas fantasias sexuales.Me encanta tener amigas que piensen como yo.
ricky_love_2@hotmail.com

El Spanking de Marisa

Lunes, Enero 8th, 2007

Marisa es una tierna mujercita de 22 años, estudiando aún en la Universidad. Cabello castaño claro, ojos almendra, naricita respingada y boca que denota firmeza en su carácter. El pasado fin de semana, Marisa invitó a salir a quien escribe esta pequeña crónica. En principio, él se negó rotundamente, como lo hace siempre que recibe una invitación de alguna de sus alumnas, pero ante la persistencia de Marisa, terminó cediendo, aclarándole que sólo salían en un plano de amistad adulta.

Luego de asistir a una tertulia del grupo de amigos universitarios de ella, que se prolongó hasta las 02:30 de la mañana, cuando él la iba a dejar a su casa, Marisa insistió en ir a bailar. El, que estaba cansado, le pidió no insistir, pero Marisa insistió hasta el cansancio, dibujando constantes mohines en su juvenil rostro. El la complació finalmente, pero le advirtió que luego la castigaría por tanta insistencia. Aunque un tanto extrañada y sin imaginarse siquiera en que consistiría la naturaleza del castigo, ella manifestó su acuerdo, sin preguntar en qué consistiría. (Niñas, aprended a escuchar y no asumáis compromisos a la ligera) Habiendo acordado aquello, terminaron yendo a bailar hasta altas horas de la mañana, saliendo de la disco a horas 06:30 a.m. Llegados a la casa de Marisa, ella insistió en hacer ingresar a su acompañante, quien ya no daba más de sueño. Esta es la historia del spanking de Marisa.

- Entra por favor, insistió Marisa

- Es muy tarde, le dijo él bostezando. -Debo retornar a casa, me muero de sueño. Mejor te veo otro día, ¿de acuerdo?

- No, dijo ella. –Insisto en que entres.

-Mira Marisa, estoy muy cansado, además es mejor que me vaya, porque si me quedo por tu recalcitrante insistencia, la cual al menos esta noche y madrugada fue realmente proverbial, reclamaré administrarte el castigo que aceptaste, ¿recuerdas?

-Y finalmente ¿cuál es ese famoso castiguito, haber? Preguntó Marisa en tono desafiante, parada aún en la puerta y con las manos apoyadas en las caderas, para acto seguido decir: –Mejor, ¿porque no ingresas y hablamos de aquello, ok? –le dijo- y le invitó a pasar y a acomodarse en el sofá de la sala de estar. El, aunque visiblemente molesto, finalmente accedió, no sin antes decirle:

-Te lo advertí, pequeña Marisa.

Ella, sin inmutarse y al parecer sin dar por aludido el tema, le preguntó:¿Te invito un café?

El le respondió: -No gracias, caprichosa.. Y a continuación le preguntó: -Dime algo, ¿Has escuchado hablar del spanking?

–No, respondió Marisa. ¿De qué se trata? -¿Es una palabra en Ingléss, no?

–Así es. Marisa. Spanking podría traducirse como nalguear, ¿comprendes?

–Ahá, respondió Marisa. –Pero eso ¿qué tiene que ver con nuestra conversación?

¿Alguna vez fuiste nalgueada, pequeña Marisa?-preguntó él-

-¡Jamás!. Ni siquiera por mis padres.

-Ya veo, es por eso quizás que eres tan caprichosa, mujercita. Acto seguido, le dijo: -Tu castigo, el que aceptaste recibir, precisamente, consistirá en una buena sesión de spanking, proporcionada por mi mano sobre tus jeans.

-¿Qué? Dijo ella. –¡Estás loco si piensas que habré de permitírtelo!. -¡No lo consistiría jamás! ¿Lo entiendes?

El insistió: -Marisa, recuerda que lo prometiste y aceptaste ¿No tienes palabra?

-Mira, le dijo ella. –Si eres un machista chapado a la antigua, ya viene siendo tiempo de que sepas que eso ha pasado a la historia. –Yo soy una mujer emancipada, como te habrás dado cuenta. -Ni siquiera vivo con mis padres, aunque ellos todavía me mantienen, por cierto. –Pero, me siento emancipada y, perdona, pero no está en mis planes inmediatos ser –y enfatizó con un gesto de desprecio- “nalgueada”. –¡Haberse visto, ja!

¿Ya terminaste? Preguntó él. -En tal caso, es momento para enseñarle a la “niña” emancipada, cual es la realidad de la vida.

Y tomándola por la cintura, la obligó a reclinarse de estómago en sus faldas. Ella, sorprendida, trató de zafarse, moviendo frenéticamente sus brazos y piernas, pero él la tenía cogida firmemente, habiendo apoyado su brazo derecho sobre la espalda de ella y empujándola por las posaderas, la obligó a terminar de acomodarse en sus faldas, manteniendo su rostro prácticamente aplastado contra el sofá.

-¡No, no. No.! Le dijo ella. –No voy a permitirte esto. ¡No!, volvió a gritar.

El le dijo: -Tú aceptaste el castigo, Marisa, y habré de dártelo. –Ya deja de moverte, porque si no habré de bajarte los jeans y proporcionártelo en los calzones, como si fueras la niña que en realidad sigues siendo, dijo él.

Y sin más, le aplicó una tanda de sonoros chirlos que ella acusó casi inmediatamente, poniéndose a brincar e intentando protegerse las partes castigadas, al mismo tiempo que profería unos “ayes” de dolor.

-¡Bestia! Le dijo. -No te atrevas a continuar, porque si no llamaré por ayuda.

¿Lo harás, pequeña Marisa? –preguntó él-. –Sabe, que si lo haces, estarás incumpliendo a tu promesa, puesto que tu aceptaste ser castigada, aunque no le diste importancia en aquel momento, porque, claro, no te importó mi cansancio con tal de satisfacer tu capricho, ¿verdad?

-Pero, entiende, le dijo ella, mientras trataba de zafarse de sus brazos. –Jamás pensé que este sería mi castigo. Por favor, no lo hagas!. …Aunque, te confieso, esto tiene algo de excitante. -Pero basta, está bien?

Y se puso mimosa. El, sin dejar de apoyar su brazo en su espalda, empezó a sobarle las nalgas, moviendo sus mano a lo largo de ellas y en forma circular. En algún momento, sin quererlo realmente, su mano se deslizó brevemente entre las piernas de ella, percibiendo una ligera humedad en sus pantalones.

–¿Ummm!. Ella exclamó. -Eso está mejor. ¡Sigue, por favor!

Súbitamente, y sin darle tiempo a reaccionar, el volvió a propinarle unos chirlos, esta vez más suaves y luego, siguió masajeando sus nalgas. Esta vez, ella no se quejó y al contrario, suspendió algo la cola, mientras le decía pícaramente::

-¡Uy, maloso!. ¿De veras deseas darme de nalgaditas como a una niña?

-Si. Le dijo él. -Y después hasta podría hacerte algo más. –Pero primero, las nalgaditas, aunque…

-¿Qué?, preguntó ella.

–Preferiría aplicártelas en tu traserito desnudo, alternando las nalgadas con caricias.

Ella, tornando su rostro hacia él, mientras le mostraba una sonrisa picaresca, le dijo entre susurros:

-Está bien, lo acepto. –Pero, por favor, no seas muy torpe, ok?

-¡Levántate,! Le ordenó él. –Párate a mi lado, mientras bajo tus pantalones.

Teniéndola frente a él, le desabotonó los jeans descubriendo unos calzoncitos blancos de algodón que cubrían las muy deseables carnes de Marisa.

–Niñita, le dijo. Aún vistes de algodón, eh?

Ella, algo ruborizada, hizo un mohín infantil con la nariz, mientras se sacaba la chompa que llevaba encima y –sorprendiéndolo- se sacaba los jeans y los botines que llevaba puestos, quedándose solamente con unas medias blancas deportivas que cubrían parte de sus pantorrillas.

–Levanta tu camisa, Marisa -le ordenó él- y recuéstate en mis rodillas.

Ella, toda obediente, le hizo caso. Cuando estuvo recostada, el le bajó los calzones hasta la base de las nalgas, momento en que ella profirió un “¡oh!” de rubor, intentando subírselos nuevamente. El se lo impidió, cogiendo su brazo y obligándola a llevárselo detrás de su espalda. Finalmente, como una medida de seguridad adicional, le pidió que pusiera sus dos brazos juntos, por debajo de su cuerpo y apretados contra su pecho y colocó su brazo sobre su espalda. Luego, le suspendió el trasero y la acomodó convenientemente. Entonces, empezó a sobarle las nalgas, las cuales ya denotaban un ligero enrojecimiento, fruto de los primeros chirlos.

-¡Umm! -Así, así -dijo ella-. –¡Sigue, por favor!

Dándole gusto, él continúo por un buen momento con en el masajeo, alternado con chirlitos suaves y apretujones de las ahora rosadas carnes. Mientras lo hacía, a momentos le separaba las nalgas, descubriendo los ocultos recovecos de sus partes íntimas. Ella, por su parte, intentaba contraer los músculos para evitarlo, pero los chirlos y masajes, la mantenían a merced de su hábil castigador.

Mientras sucedía esto, le preguntó:

-¿Sigues pensando en que no te mereciste nunca un buen par de nalgadas?

-Bueno, es cierto que generalmente me comporto con mucha soberbia, o seguramente como tú dirías “como una chiquilla malcriada”, pero, hasta ahora, no había pasado por mi mente el ser “castigada” –remarcó la palabra, con cierto desdén- por mi mal comportamiento.

Y tornando su rostro hacia él, con una sonrisa mezcla de rubor y placer, le preguntó:

-¿De veras que me merezco esta zurra? ¿O sólo quieres satisfacer tus “instintos cavernícolas”? ja, ja, ja-río sardónicamente- y giró nuevamente su rostro, al tiempo que levantaba desafiante la cola, con un movimiento brusco.

El, algo desconcertado por el nuevo acto de provocación, le dijo:

-Escucha, Marisa: No juegues con fuego, por que te puedes quemar, ¿entendiste?

Ella, antes que inmutarse, se arrellanó entre sus faldas, apoyando con firmeza ambas piernas contra el piso, mientras le decía:

-Sólo amenazas, pero cumplir, no cumples, cavernícola. Y profirió una breve risita nerviosa, no exenta de ironía.

Entonces, sí se desató la verdadera zurra. Apoyando firmemente su mano derecha sobre la espalda de Marisa, él aplicó sus habilidades de spanker sobre el trasero de Marisa, que al empezar estaba aún rosado, pero al finalizar quedo convertido en un bonito tomate, tanto por el color como por el brillo, al cabo de interminables ocho minutos para Marisa, a mitad de los cuales empezó a moverse desesperadamente, intentado alejar su castigado trasero de la mano implacable de Micky mientras profería agudos gritos de dolor, al mismo tiempo que sus ojos se inundaban de lágrimas.

-¡Basta, basta, por favor!, pedía Marisa, mientras el ambiente se llenaba de sonidos parecidos al de un encendedor de cigarrillos al dar chispa: -chas, chas, chas-. Sus piernas, inicialmente con los pies firmemente plantados en el piso, ahora se movían frenéticamente, unas veces levantándose, otras veces abriéndose, hasta lograr que sus níveos calzones quedaran colgando de uno de sus tobillos, para luego finalmente volar por los aires. El pudor inicial de Marisa, que durante algunos minutos mantuvo cerradas las piernas, terminó por desaparecer, bajo la lluvia de nalgadas que recibió su rebelde y juvenil trasero. Cuando al cabo de ocho minutos interminables para el adolorido trasero de la joven, Micky observó que Marisa había aprendido al fin la lección, cesó de zurrarla y la soltó, momento en que ella aprovechó para pararse y con el rojo trasero descubierto corrió a su habitación, diciendo entre sollozos:

-¡Animal!, eres un animal. Asumiendo su enojo y las posibles consecuencias funestas que ello podría acarrear, él, luego de reflexionar por un par de minutos, finalmente se levantó para irse, cuando escuchó la voz de ella que lo llamaba desde su habitación:

-Micky, ¿puedes venir un momento?

El se dirigió a la habitación de Marisa, para encontrarla recostada sobre la cama, con una crema entre las manos, la camisa suspendida a media espalda y sus carnes rojas expuestas.

-¿Me aplicas un poco de crema, por favor?, le preguntó, extendiendo ésta hacia Micky, pero sin voltear el rostro. Cogiendo el pote de crema para el cuerpo, él se reclinó hacia ella, sentándose a un borde de la cama, mientras le decía:

-Claro que sí, Marisita. –No te enfades, ¿de acuerdo? -Pero entiende que me sacaste de mis cassillas. Al tiempo que decía esto, le empezó a aplicar la crema en las adoloridas carnes, mientras que ella, emitiendo suaves quejidos, le respondía:

-No, está bien, de veras. -Mientras me tocaba mi pompis castigado y te odiaba por ello, me puse a pensar que en el fondo tuviste razón. –Me comporté como una niña malcriada. –Siempre estuve acostumbrada a hacerlo, a conseguir todos mis caprichos de manera aduladora, a veces, o imponiendo simplemente mi voluntad, otras tantas. -Pero, ¿sabes, Profe? –Hoy recibí mi primera lección de verdad.

Y dándose la vuelta, se sentó con la crema aún embadurnada sobre las rodillas de Micky, mientras que lo rodeaba con los brazos y le estampaba un largo beso en la boca, al tiempo de decirle pícaramente: -¡Uy, te manché los pantaloones! –Ahora deberás quitártelos para que los lave.

Lo que pasó después, se silva, pero no se canta.

En la ciudad de La Paz, al primer día de julio de 2002

Mi Primera Novia Oficial

Lunes, Enero 8th, 2007

Primera Parte

Terminados mis estudios de aquel año, decidí no salir de vacaciones con mis padres y quedarme solo en casa. Tenía diecisiete años y no me apetecía nada pasar todo el verano con el aburrimiento rutinario de la playa, sin mis amigos. Por esta razón, y para sacarme algún dinero, acepté trabajar durante el mes de agosto, supliendo al conserje de unas viviendas, que a su vez era el padre de uno de estos amigos míos.

El trabajo en sí no implicaba la menor complicación y resultaba ser francamente atractivo. Debía encargarme de los jardines, de los contenedores de basura, y de poco más. De la limpieza de los cinco portales, se encargaban unas señoras que estaban contratadas aparte. Además, el sueldo que iba a ganar era francamente importante, pues fueron sesenta mil pesetas de las de hace veinticinco años.

A las mujeres que vivían allí, la idea les encantó. No así a sus maridos. Yo era un joven francamente atractivo, a juzgar por los comentarios que escuché en muchas ocasiones de boca de aquellas mujeres. Con esa edad, ya medía un metro y ochenta y dos centímetros, pesaba unos ochenta kilos y practicaba mucho deporte que, sin ser de alta competición, mantenía mi cuerpo en perfecta forma física; supongo que por estas razones, se produjeron aquellos enfrentamientos entre matrimonios.

Pero se dio la circunstancia de que una joven andaluza, de la misma edad que yo, se vino a vivir al piso de su hermano, durante el verano, para cuidar de su sobrino, que tenía unos cinco o seis años. Enseguida entablamos amistad y se pasaba las horas conmigo mientras su sobrinito jugaba en la calle. Aquella circunstancia hizo que comenzáramos a salir juntos, convirtiéndose en mi primera novia oficial.

Era natural de Huelva y aunque llevaba muchos años en Madrid, todavía conservaba ese acento tan gracioso. Su rostro se parecía mucho al de la actriz italiana Sofía Loren, medía como un metro y setenta centímetros, su piel era morena, casi como las mulatas, con las piernas largas muy bien contoneadas que finalizaban en unos pies prácticamente perfectos. Sus pechos eran redonditos, de tamaño medio, levantados y firmes. Su cabello largo, ondulado y negro como el carbón.

Cuando caminaba, parecía que lo hacía bailando, con una gracia y un salero especiales, típicos de las mujeres andaluzas, enviando las nalgas hacia uno y otro lado, según daba cada paso, con un culito empinado y ligeramente sobresaliente. Los labios eran suavemente carnosos y sus ojos, marrón oscuro, de una mirada penetrante, sobre todo cuando se enfadaba. Creo que era el prototipo de la mujer andaluza por excelencia, con el genio, la gracia, el cuerpo, los andares y las costumbres de aquella zona tan hermosa, consiguiendo cautivarme con todo ello.

Cuando habían transcurrido unas tres semanas de aquel caluroso mes, yo ya había hecho muy buenas “migas” con su sobrino y solíamos jugar bastante a menudo. En cierta ocasión me encontraba regando el césped de la parte delantera de los edificios, manguera en mano,y el niño, travieso como cualquier otro, comenzó a provocarme con cantinelas típicas, como: “La manga riega…, y aquí no llega…”. Así, una y otra vez, siempre con su tía presente, observándonos con cara de mal humor.

¡Estaba preciosa! Llevaba un vestido de tela muy fina, casi transparente, que dejaba perfilar sus erectos senos, sin sujetador. El vestido le llegaba hasta las rodillas, sin cubrirlas, con algo de vuelo, permitiendo ver sus muslos si hacía algún movimiento brusco. Y al final de sus pantorrillas, sus lindos pies estaban calzados con unas espadrillas de loneta roja, con la suela hecha de cuerda de esparto trenzado, cubierta con una fina capa de goma y haciendo una ligera cuña en el talón. Las llevaba en chancleta, con la tela del talón doblada y aplastada hacia delante, lo que provocaba una visión celestial de tan excitantes pies y un sonido sinfónico, cada vez que se desplazaba de un lado hacia el otro, persiguiendo al “gamberrete” de su sobrino.

- ¡Haz el favor de portarte bien! –Decía.

Pero su sobrino no le hacía ni caso y no hacía más que reír, cantar, y correr tras el chorro de agua, como queriendo meterse bajo él, pisoteando los regueros que dejaba la mangueray saltando en los charcos, hasta mojarse las piernas por completo. Aquello enfadó a mi novia y soltó una grave advertencia.

- ¡Mira! Como te llegues a mojar la ropa, ¡la tía se va a quitar la zapatilla y te va a pegar con ella! ¿Me has oído?

Pero el pequeño hizo oídos sordos y comenzó a correr de un lado para otro, buscando el agua, y provocando a su tía, que ya estaba cerca de enfurecerse. El pequeño se lo estaba pasando en grande y yo estaba disfrutando con la exhibición de mi novia y su mal genio. Era toda una mujer de carácter y hubo un momento en que ya no pude apartar la vista de ella, porque me tenía embrujado. Sólo tenía ojos para su cuerpo y oídos para su enérgica voz, sujetando la manguera y regando de manera autómata…

¡¡La manguera!! Por un instante me detuve, fijo en el mismo lugar, como consecuencia de lo absorto que estaba con la contemplación y el puñetero niño aprovechó la ocasión para ponerse bajo el chorro del agua, empapándose por completo. Entonces sucedió lo inevitable.

-¡¡LA MADRE QUE TE PARIÓ!! ¡¡¡CARLITOOOOSSS!!! –Gritó mi novia, enfurecida- ¡¡AHORA SÍ QUE TE LA HAS GANADO!!

A todo esto, el pequeño, intuyendo lo que le esperaba, echó a correr hacia el portal de su casa, como alma que lleva el diablo. La tía, corriendo a duras penas, entorpecida por sus chancletas, detrás de él y yo, partiéndome de risa ante tan graciosa situación. Entonces se paró frente a mí por un instante y señalándome con el dedo índice, me amenazó severamente.

-¡Tú y yo, ya hablaremos de esto más tarde! ¡Cuando le dé lo suyo a Carlitos! ¡¡Ya te lo diré después!!

Mientras se había producido el ligero incidente, me ocupé de cerrar la boca de riego, para no ocasionar más “desperfectos” y, como parecía ir en serio, salí tras mi novia con la intención de evitar que cumpliera sus amenazas hacia Carlitos, pero llegué demasiado tarde. El niño había sido alcanzando justo antes de entrar en el portal y las amenazas de mi novia, se hicieron realidad.

Allí mismo, en la entrada del portal, se quitó una zapatilla y le sacudió cuatro o cinco zapatillazos en las nalgas, que le hicieron dar saltos de escozor. Si aunamos las dos circunstancias que se dieron, por un lado el escozor natural que producen las suelas de las espadrillas, junto a las ropas empapadas, por el otro, no es de extrañar que diera saltos cada vez que las recibía en su trasero.

-¡Déjale, no le pegues! Que no ha sido culpa suya –le dije.
-¿Que no ha sido culpa suya? Se lo he advertido varias veces… ¿Que no es culpa suya, dices?
-Ha sido por un descuido mío.
-Mira, en eso tienes razón. La culpa es tuya –me dijo, agitando la chancleta en el aire-, por eso, ya hablaremos tú y yo, después. Ahora, ¡déjame en paz!

Se giró y se marchó hacia los ascensores, llevando a su sobrino sujeto de una mano y dándole otros tres o cuatro zapatillazos por el camino. Fui tras ellos, pero entraron en el interior de uno de los ascensores, dándome con la puerta en las narices. No me quedó más remedio, si quería evitar que Carlitos recibiera más zapatillazos, que subir en el otro ascensor e intentar detenerla antes de que entraran en la casa.

Durante el trayecto, de vez en cuando la escuchaba regañarle y darle uno o dos zapatillazos más, hasta un total de tres ocasiones. Por fin llegamos al quinto piso e intenté persuadirla de que se calmara y que no pagara su enfado con Carlitos, aunque resultó inútil. Se había calzado antes de salir del interior del ascensor y supuse que no habría más chancletazos. Abrió la puerta de la vivienda e introdujo a su sobrino en la casa, con un ligero empujón.

-¡Vete preparando! ¡Qué aún no he terminado contigo! –Le dijo.

Entonces se giró hacia mí y volvió a reprocharme lo sucedido. Me dijo que si no me daba vergüenza, que por mi culpa tenía que pegarle a Carlitos…

-Tampoco es para ponerse así ¿no? –Dije yo- Le secas, le cambias de ropa y ya está. No hacían falta los zapatillazos.
-¿Y si coge un catarro, qué? ¿Cómo se lo explico a mi cuñada, eh? ¡A ti sí que te hacen falta unos buenos zapatillazos! –Me dijo, mientras entrábamos en la casa.
-¡Vaya! ¿Y me los vas a dar tú? –Pregunté con sarcasmo.
-¡Encantada!

Y se quitó una zapatilla ante mis atónitos ojos, se abalanzó hacia mí y me soltó tantos zapatillazos como pudo en unos pocos segundos. Fue tan rápida en sus movimientos que no me dio tiempo a reaccionar. Y la verdad es que me escocieron. A pesar de recibirlos sobre los pantalones vaqueros, la furia que descargó fue tan grande y con tanto ímpetu, que sus chancletazos me produjeron cierto grado de escozor, junto a una gran erección. Ella la notó, pero no me dijo nada.

Ciertamente avergonzado y humillado, me marché, cual canino vencido, “con el rabo entre las piernas”; pero con la agridulce sensación de haber tenido una excitante experiencia. Tras la puerta, volvieron a escucharse unos cuantos zapatillazos más, algunos gritos, lloros y más regañinas de mi novia a su sobrino Carlitos.

Terminé casándome con ella, aunque…

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Segunda Parte

Durante los pocos años que duró nuestro noviazgo, poco a poco, me fui dando cuenta de lo que realmente me esperaba al lado de mi novia. Su madre era una mujer dominante que tenía al marido cohibido y mi novia, como buena hija, pretendía hacer lo mismo conmigo. Yo siempre he sido muy rebelde y nunca me he dejado doblegar en serio por nadie. Otra cosa muy distinta son los juegos eróticos, las azotainas excitantes, etc. Pero de ahí a dejarme dominar, había todo un abismo.

Por esta cuestión solíamos discutir a menudo, amén de su costumbre de sacudirle a sus sobrinos con la zapatilla, quizás más de lo necesario. De entre todas las ocasiones en las que la vi hacer uso de su herramienta preferida, igual que su madre, destacaré un par de ellas. Las demás, apenas si tienen relevancia.

…..Ella vivía en un chalet situado en una urbanización privada del oeste de Madrid, con piscina, jardín y terreno más que suficiente como para que los niños pudieran jugar y correr a sus anchas. El padre se dedicaba a comprar vehículos, repararlos, reformarlos y venderlos después, y había habilitado una zona como taller, para realizar sus trabajillos. Mi novia no tenía necesidad de trabajar, pero en una calle más abajo, vivía una amiga suya, enfermera, casada con un periodista, que tenía dos niñas a las que no podía cuidar en vacaciones, debido a su trabajo, por lo que mi novia se había ofrecido a hacerlo, recibiendo algún dinero a cambio. Las niñas tenían siete y cinco años, respectivamente, y eran la mar de simpáticas, vivarachas y algo “pillinas”.

En cierta ocasión, mi suegra me invitó a pasar el fin de semana con ellos, para conocerme mejor, y acepté encantado. Cuando llegué fui recibido ceremonialmente, con mucha amabilidad, quizás excesiva. Pregunté por mi novia y me dijeron que estaba cuidando a las dos niñas, pero que regresaría enseguida, pues ya la habían avisado de mi llegada. Al cabo de unos minutos, se presentó en compañía de las dos pequeñas, para que las conociera y me conocieran, puesto que les había hablado mucho de mí y les hacía mucha ilusión conocer al novio de su “tata”, que así la llamaban.

Las niñas eran encantadoras, de temperamento inquieto, rubias, de ojos azules como el cielo y una carita de princesas. Después de las presentaciones, salieron a jugar al jardín mientras que mi novia se cambiaba de ropa, pues había decidido que íbamos a salir a tomar el aperitivo a la cafetería de la urbanización. Tuve la sensación, si no la seguridad, de que tenía organizado presentarme a sus amigas y quería “pasearme” por todo el lugar, para que la vieran en mi compañía. Por supuesto, ¡las niñas también venían con nosotros!

No es que me importara en demasía, pero no me parecía de recibo que en mi primera visita a su casa, no pudiera estar a solas con ella, en cualquier rincón, por lo que acepté, pero a regañadientes. No tardó mucho en cambiarse de ropa. Dejó los pantalones vaqueros y las espadrillas y se puso un vestido con vuelo y unos zapatos abiertos, de tacón. Cuando salió, me dejó impresionado.

A todo esto, las niñas seguían jugando en el jardín pero, sin la vigilancia de nadie, se habían puesto a jugar con la tierra y se habían manchado toda la ropa, las manos, las piernas, la cara, el pelo… En fin, que no habían dejado un solo centímetro cuadrado sin manchar de tierra, barro y estiércol. Mi novia, cuando vio aquel desaguisado, se puso furiosa. Lanzó un grito aterrador, que dejó paralizadas a las niñas, se dirigió hacia ellas con paso firme y ligero, regañándolas a voces mientras se acercaba a ellas, pues ahora tenían que bañarse y cambiarse de ropa, lo que había alterado considerablemente sus planes. Llegó hasta donde estaban las pequeñas y sin pensárselo dos veces, echó mano a uno de sus zapatos, se lo quitó violentamente y le sacudió cuatro o cinco zapatazos a una y otros cuatro o cinco zapatazos a la otra.

En ese momento supe con toda certeza que si había algo que lograba sacarle de sus casillas, de enfurecerla de verdad, era que los niños se pusieran perdidos las ropas, sobretodo si iban salir a dar un paseo con ella. Las cogió de una mano a cada una y se las llevó hasta su casa, entre lágrimas y reproches continuos. A mí me ordenó que la esperase y, visto lo visto, me callé y obedecí sin rechistar, no fuera que yo pagase “los platos rotos”, como en alguna otra ocasión.

La otra situación a la que quiero hacer referencia, se produjo durante el verano del año siguiente, también en su chalet, en el transcurso de otra visita mía, de fin de semana.

Por alguna cuestión familiar, su hermana mayor y su cuñado, tuvieron que salir de Madrid durante aquel fin de semana y no les quedó más remedio que dejar a sus hijos en casa de los abuelos. Los chavales tenían cuatro y cinco años, respectivamente, y no se llevaban nada bien. Siempre se estaban peleando y como la abuela ya se conocía la situación, en cuanto se marcharon los padres, les advirtió severamente.
-No quiero ver que os peleáis en ningún momento. Os lo advierto antes de que pase, para que luego no digáis que la abuela os ha pegado con la zapatilla sin razón. ¿Me habéis entendido? Y ahora, a jugar.

Los dos jovenzuelos aceptaron la advertencia de su abuela, poniendo cara de circunstancias, como de “carnero degollado”. Aquella tarde no sucedió nada, pero a la hora de acostarlos en la cama, se desató una batalla campal entre hermanos. Hasta aquel instante se habían portado muy bien pero al quedarse solos en la habitación, se ve que se despertaron sus instintos infantiles.

No fue inmediatamente después de acostarse, sino a los pocos minutos, que empezaron a jugar, amparados en la oscuridad y la distancia que separaba la habitación dell salón.

Pero con lo que no contaban los diablillos era con la visita del abuelo al cuarto de baño. El hombre, al pasar junto a la puerta de la habitación escuchó unas risas y unos ruidos que llamaron su atención. Abrió un poco la puerta y les dijo que se estuvieran quietos y que se durmieran, haciéndose el silencio de inmediato. Aunque mi suegra, la abuela de los niños, que tenía un oído especial para estas cosas, escuchó los reproches de su marido y, desde el salón, les gritó.

-¡Haced el favor de dormiros! ¡Como tenga que ir a la habitación, os muelo el culo a zapatillazos! ¡No hagáis enfadar a la abuela, que ya sabéis cómo se las gasta!
-¡Sí, “abue”! Ya nos dormimos. ¡No hace falta que vengas! –Contestaron los pequeños desde la habitación, con cierta ironía.

Por un instante, la paz y la tranquilidad reinaron, pero como no podía ser de otra forma, enseguida se olvidaron de las advertencias y de que la puerta se había quedado abierta, y continuaron con sus juegos. Mi suegra y mi novia no paraban de relatar, cada vez más enfadadas.

Los ruidos y las risas se hicieron cada vez más potentes, hasta que nadie pudo aguantar más. Como un resorte, la abuela saltó del sofá, avanzó unos pasos en dirección al pasillo, se detuvo para encender la luz y allí mismo se quitó una zapatilla, dirigiéndose al dormitorio, con ella en la mano.

Todos estábamos mirando lo que hacía y vimos cómo empujó la puerta de la habitación, bruscamente, y así, casi a oscuras, se lanzó a por sus nietos, a los que había pillado saltando entre las camas. Desde nuestro lugar, no se veía con gran nitidez, pero podían distinguirse las figuras perfectamente en la sombra, y comprobamos la severidad con que mi suegra era capaz de utilizar su zapatilla.

Ambos niños recibieron una severísima zurra de zapatillazos. Los golpes retumbaban en las paredes y los gritos y llantos no tardaron en llegar. No me paré a contarlos, pero no creo que les diera menos de veinticinco o treinta zapatillazos a cada uno de ellos. Como digo, la azotaina fue severísima.

Al finalizar, regresó a nuestro lugar, con una zapatilla bien calzada y la otra, la utilizada en la azotaina, en chancleta. Se paró junto a nosotros y acomodó su pie en el interior de la zapatilla, con la ayuda del dedo índice, en una escena muy excitante, por los recuerdos que me trajo. Ni siquiera me pasó por la imaginación hacer ningún comentario. Continuamos con la velada y el asunto se dio por zanjado.

A primera hora del día siguiente, mi suegra recibió una llamada de mi futura cuñada y se marchó durante todo el día, dejando a mi novia al cuidado de sus sobrinos. Mi suegro también se quedó, pues debía terminar de reparar un vehículo, para venderlo al otro día. La mañana estaba resultando ser calurosa y nos dimos un baño en la piscina. Los niños, mi novia y yo, la pasamos jugando divertidamente en el agua.

Los momentos antes de preparar la comida, los pasamos tumbados en el césped, a nuestras cosas, mientras que mi futuro suegro continuaba con sus quehaceres, bajo la atenta mirada de uno de sus nietos. Mi novia, que no dejaba pasar ni una, le advirtió a su padre que no permitiera a los niños acercarse demasiado, porque no quería que se manchasen con la grasa de los coches. El abuelo asintió, pero el niño…

Estábamos dándonos un “revolcón”, cuando de pronto apareció el mayor de los niños absolutamente impregnado en grasa negra y viscosa. Se detuvo frente a nosotros, llorando, como implorando perdón por lo que le había sucedido. Al parecer, en un descuido del abuelo, había metido las manos en un gran bote repleto de grasa y después de resbalar, se había manchado por completo, pues el bote se venció y cayó al suelo, junto con el niño.
Mi novia puso el grito en el cielo, me apartó de su lado con un empujón, dio un brinco desde el césped y se fue a por su sobrino. Le gritó, le regañó y le dio unos cuantos azotes con la mano; aunque, no contenta con esto, le sujetó por un brazo y lo llevó hasta donde estaba yo tumbado. Se agachó y recogió del suelo una de sus chanclas de goma que había dejado a mi lado, y tras incorporarse, apretó al niño contra sí misma, le sujetó con firmeza y la emprendió a chanclazos con él, sin importarle ser manchada por la misma grasa.

Como el niño estaba en bañador y aún lo tenía mojado, los chanclazos le hicieron retorcerse de dolor y escozor. Después de los primeros diez o doce, las nalgas se le pusieron coloradas y, cuando decidió que ya le había sacudido suficientes zapatillazos, después de unos treinta o treinta y cinco, la suela de aquella hawaiana se le había quedado marcada en varios lugares de sus muslos y nalgas, mezclándose con los restos de la grasa.

El abuelo no se libró de la bronca y como no estaba dispuesto a discutir con su hija, después de comer, se marchó a la cafetería para tomar café y alguna que otra copita, mientras echaba una partidita a las cartas con sus amigos. La hora de la siesta se presentaba muy atractiva.

Los niños fueron castigados y obligados a dormir la siesta en silencio, lo que sucedió sin mayor complicación y mientras, nosotros dos íbamos a hacer lo propio –o lo que se pudiese-, en una habitación aparte. Yo me fui primero a la cama, mientras mi novia fregaba la vajilla, a pesar de que le pedí que no lo hiciera. Cuando ya estaba a punto de dormirme, la sentí llegar hasta la cama, noté cómo apoyaba sus rodillas en el colchón y cómo dejaba caer al suelo, por su propio peso, tras agitar los pies en el aire, aquellas chanclas de goma tan excitantes.

Se me acercó y me besó en los labios con cierta sensualidad, lo que yo interpreté como una invitación. Me giré y respondí a su beso con otro más apasionado, dejándose hacer y echándose encima de mí; pero me apartó con cierta dulzura, como incitándome, y se dio media vuelta, mostrándome su espalda desnuda, su cintura y su culito respingón, a la par que acariciaba mis piernas con las plantas de sus pies. Lentamente fue subiendo hasta mis rodillas, los muslos… Y yo me dejaba hacer. Cuando sus pies alcanzaron mi escroto, cubierto por el bañador, jugueteando hasta apartar la tela e introducirse en su interior, la erección se hizo imponente y como no dejaba de acariciarme, no me pude contener.

Estaba excitadísimo e intenté darle la vuelta para corresponder a sus caricias, lo que ella interpretó como un intento de penetrarla y su reacción me frenó en seco. Muy malhumorada, me dijo que no podía ser, que con los niños allí y con su padre, que podría regresar en cualquier momento, no estaba dispuesta a que la pillasen haciendo el amor, en su propia casa. Yo insistí y ella, en un arrebato de furia, se giró hasta alcanzar una de sus chanclas del suelo, me volteó y me bajó el bañador bruscamente, con tanta rapidez, con tanta energía, y con tanta decisión, que cuando me quise percatar de lo que estaba sucediendo, ya me había sacudido diez o doce chanclazos en mis desnudas nalgas, que me hicieron retorcer de escozor y de placer.

Como no opuse resistencia, desahogó su furia conmigo, dándome tantos zapatillazos como quiso, llevándome hasta el orgasmo. La eyaculación fue brutal y el placer que me proporcionó: ¡Extraordinario, sublime!

…Y me casé con ella. Pero nuestro matrimonio estaba destinado al fracaso. Después de año y medio, nos separamos, para divorciarnos algo más tarde. Las continuas incursiones de mi suegra, inmiscuyéndose en nuestra vida de pareja, junto a sus continuados intentos de dominarme, tanto mi mujer como mi suegra, me obligaron a renunciar a unos placeres lujuriosos. Abrí los ojos, abrí la mente y comprobé con gran dolor que no estaba enamorado de ella. Que sólo buscaba el placer prohibido y que no estaba dispuesto a ser dominado, si no era en un juego erótico y sensual.

Han pasado muchos años y aún la hecho de menos…

JOSEMAVIGDATA18@terra.es

El Trabajo de Suzanne

Lunes, Enero 8th, 2007

La fascinación de Amy hacia el cuerpo de Wendy aumentó la última semana de noviembre, cuando Wendy se dio cuenta de que Suzanne sabía dar masajes. Suzanne había disminuido el tiempo que usaba para dar masajes para dedicarse más a la fotografía, pero todavía conservaba unos pocos clientes regulares. Wendy quería urgentemente una especialista en masajes, y se ofreció como modelo a Suzanne a cambio de masajes. Suzanne aceptó el trato alegremente. En pocos minutos colocó unas pantallas por todo el estudio mientras Wendy se había quitado la ropa y esperaba las instrucciones de Suzanne. Mientras Amy ayudaba a Suzanne a colocar las luces, no podía evitar mirar el cuerpo delicado de Wendy constantemente.

La sesión de fotografías fue breve. Lo único que Suzanne quería hacer era ver el efecto de la luz sobre el cuerpo de Wendy. Las únicas fotografías que planeaba utilizar eran un par de la cara de Wendy. Para las fotografías de desnudos del día siguiente, Suzanne llamó al Departamento del Arte de la universidad para reservar uno de los estudios.

Al día siguiente, Suzanne y Amy prepararon las luces en el estudio de la Universidad y escogieron las pantallas para la sesión. Suzanne llevó todas sus cámaras, varios trípodes y flashes. Según las instrucciones de Suzanne, Wendy llegó vestida con un sudadera. No llevaba ropa interior para evitar las marcas que la ropa apretada dejaba en el piel. Se desnudó y se paró en el centro del estudio.

Suzanne tomó rollo tras rollo de película bajo distintas combinaciones de luz. Se puso feliz al descubrir que su nueva modelo había practicado gimnasia en el colegio, y que conservaba una gran flexibilidad en el cuerpo que por cierto Amy no tenía. Suzanne pudo experimentar con Wendy poses completamente distintas a las que había tomado con Amy. Habría algunos fotos de esta sesión que se venderían, pensó Suzanne.

De repente Suzanne se dio cuenta de que Amy y Wendy tenían la misma estatura y figuras parecidas. La única diferencia entre Amy y Wendy era que las caderas de Amy eran un poquito mas anchas y sus senos eran un poco distintos a los senos de su amiga china. El hecho que Wendy y Amy tuvieran la misma estatura, pero el color de sus cuerpos fuera distinto por la diferencia de raza, le dio a Suzanne la idea de tomar fotos de Wendy y Amy juntas. Para verse mas parecidas Suzanne quiso que Wendy y Amy se rasuran el pubis, y las dos muchachas irían al peluquero para tener el mismo arreglo de pelo. Con esto, cada una las dos modelos seria como la imagen de la otra en un espejo. Wendy y Amy estuvieron de acuerdo y fueron inmediatamente con el peluquero de Wendy para acordar el estilo y el corte de pelo.

Suzanne decidió que además de las fotos de Amy y Wendy desnudas, también tomaría fotos de sus modelos en diferentes vestimentas. Esa noche las tres mujeres se fueron al Centro Comercial para comprar una gran variedad de ropa; trajes de vestir para el trabajo, vestidos formales, chaquetas de cuero, ropa de mezclilla.

Suzanne y sus modelos pasaron todo el día siguiente en el estudio. Usaron las diferentes ropas, posaron juntas desnudas, posaron con el torso desnudo, con la parte inferior de su cuerpo desnudo, posaron una desnuda y la otra completamente vestida. Se pusieron frente a frente y se movieron como si fueran el reflejo en un espejo la una de la otra. Las fotografías fueron excelentes y Suzanne estaba muy feliz con Amy y Wendy.

Sin embargo, con el pasar del día, Suzanne empezó a darse cuenta que la sesión tenía muchas más posibilidades. Decidió que quería mucho más de Amy y de Wendy. Quiso que las caras de las dos muchachas obtuvieran vida por una intensa emoción. Quiso que la sesión fuera una experiencia real para las tres. Quiso experimentar con sus dos modelos y hacer algo verdaderamente atrevido. Suzanne reservó el estudio para el tercer día y pidió que sus modelos le regalaran otro día de sus vidas. “Mañana quiero hacer algo verdaderamente intenso con ustedes. Tenemos una energía excelente ahora y quiero llevarlas hasta sus límites” La actitud de Suzanne era puramente de trabajo. Amy y Wendy se prepararon para aguantar lo que seria un duro pero interesante día.

Al llegar al apartamento esa noche, Suzanne todavía no sabia lo que quería de Amy y de Wendy. Al azar reveló varios fotografías de la sesión para ver qué ideas podía sacar del trabajo ya realizado. Una de las fotos que reveló mostraba a Amy y a Wendy de espaldas. No usaban ropa excepto idénticas chaquetas de mezclilla y zapatos tenis. Se tomaban de las manos jalándose para alejarse una de la otra. La tensión de los músculos de las piernas y las nalgas se veía claramente bajo su piel. Suzanne estudió las expresiones en la cara de sus modelos y luego sus caderas. De repente tuvo una idea. Si Amy y Wendy fueran castigadas, si sus nalgas fueran coloreadas de rosa y sus caras reflejaran la emoción de haber sido recién castigadas, esta foto habría sido en verdad audaz.

Suzanne decidió que azotaría a Amy y a Wendy durante la sesión del día siguiente. No cabía duda de que el castigo daría a las muchachas las sensaciones que Suzanne quería. La fotógrafa recordó el efecto que la zurra con una paleta había tenido en Amy en junio durante la sesión de fotografías deportivas. Le habló a Amy de su idea. Al principio Amy se opuso.

“Suzanne, no entiendo. ¿Por qué quieres castigarnos? ¡No hicimos nada malo!”

“Amy, no se trata de castigarlas a ustedes, se trata de la intensidad de la experiencia en el estudio. Yo quiero todo de ustedes. Quiero que salga toda la emoción de sus almas en esas fotos. Quiero ver el miedo y la ansiedad en sus ojos. Quiero que sientan miedo al no saber lo que sigue. Quiero el dolor y la pasión de mañana saltar hacia quien mire las fotos.”

Suzanne hablaba en serio. Amy se dio cuenta que ella se traía algo entre manos El corazón de Amy latió. Por fin dijo “¿Con qué nos castigarás?”
“Todavía tengo la vieja paleta de mi padre. La utilizaré mañana con ustedes.” Suzanne miró a su amiga. La cara de Amy reflejó temor y preocupación. Suzanne puso su mano sobre la de Amy: “Amy, significaría mucho para mi si tú y Wendy pueden hacerme ese favor. Sé muy bien que les pido mucho, especialmente a Wendy.”

Amy suspiró. “Muy bien, lo haré. Hablaré con Wendy para tratar de convencerla a ella también. Necesito que me lleves a casa de Wendy y que me dejes allí. Necesito explicarla frente a frente.

Wendy se sorprendió al ver Amy en la puerta de su casa. Al cerrarse la puerta tras de Amy después de entrar, ésta empezó a hablar: “Wendy, tengo que hablarte de la sesión de mañana. Será una experiencia bastante dura para nosotras.”

“Desde luego. ¿Qué tiene Suzanne en mente?”

“Nos quiere castigar con la paleta.”

“¿CÓMO? ¿Por qué? ¿Se enojó con nosotras?”

“De ninguna manera. De hecho estuvo muy contenta con nuestro trabajo de hoy. Tanto que quiere ir mas allá con las fotos. Me costó entender lo que quiere. Tal como lo entiendo es que ella quiere sacar toda la emoción que tengamos para las fotos. Ella piensa que si puede darnos un estímulo extra de emociones, las fotografías resultarán algo muy especial.”

Wendy negó con la cabeza. “Amy, no quiero… Nos pide demasiado.”

Amy se detuvo un momento, también tenía sus dudas. Al fin decidió defender a su compañera de cuarto.

“Suzanne es buena fotógrafa, sabe muy bien lo que hace, sé que ella no nos pediría esto sin tener muy buena razones.”

Wendy suspiró “Amy, exactamente, ¿qué le dijiste?”

“Le dije que yo lo haría, y que hablaría contigo. Mira, yo también estoy nerviosa. Lo único que te puedo decir es que ella me castigó con esa paleta en junio. Duele, pero lo que recibimos de la profesora Burnside fue mucho peor.”

Wendy guardó silencio por largo rato. Por fin suspiró de nuevo y miró a Amy con ansiedad. “Está bien, lo haré. Espero que valga la pena.”

Al día siguiente Suzanne bajó cargada con su equipo fotográfico, acompañada de sus modelos, quienes portaban grandes maletas con ropa. Llegaron al estudio del Departamento de Arte para el tercer día de sesión fotográfica. Rápidamente Suzanne subió la temperatura en el estudio y empezó organizar sus cámaras y su equipo. Bruscamente mandó a Amy y a Wendy a sacar la ropa de las maletas para ordenarla y poder cambiarse rápidamente.

Suzanne no era la misma persona durante el trabajo, especialmente durante una sesión en el estudio. Amy quedo asombrada de que la brusca fotógrafa en el estudio hoy fuera la misma persona que hacía pocos días la llevó a Detroit y luego se arrodilló con ella en un callejuela.

Suzanne decidió utilizar una pantalla blanca para la mayoría de las fotografías, pero también quiso experimentar un poco con otros diseños y otros colores pero que combinaran básicamente con blanco. Verificó las otras pantallas y volvió su atención a la iluminación. Amy y Wendy usando sudaderas permanecieron juntas mirando a Suzanne mientras se movía por el estudio.

De repente Suzanne salio del estudio y volvió con un pequeño taburete. Metió la mano en la bolsa de las cámaras y sacó la paleta. La puso encima de la taburete. Amy y Wendy cruzaron miradas. Se veía claramente que estaban nerviosas.

Suzanne se volvió hacia sus dos modelos. “Muy bien, Wendy, Amy, desnúdense y pasen al centro del estudio.”

Amy y Wendy la obedecieron. La tensión nerviosa en los ojos de las modelos complació a Suzanne, esto era lo que quería. Tomó close-ups de los perfiles de las caras de Amy y Wendy juntas, y luego retrocedió para tomar fotos de los cuerpos de las muchachas. Suzanne sabia que los close-ups funcionarían muy bien. Había la emoción en los ojos que ayer faltaba.

De pronto Suzanne mandó a Amy y a Wendy a pararse al lado de la taburete. “Wendy, toma la paleta en la mano. Mírame. Suzanne tomó una serie de perfiles de Wendy. “Wendy, dale la paleta a Amy, pon las manos en el taburete y separe tus pies un poco. Por favor trata de no llorar.”

Suzanne tomó varias fotografías de Wendy con las manos en el taburete. Wendy la vio con una mirada triste y nerviosa. De repente Amy se sintió increíblemente excitada al ver el cuerpo de Wendy doblado para recibir el castigo. Suzanne tomó la paleta de la mano de Amy, y azotó a Wendy duro 10 veces. Los golpes resonaron en el estudio.

“Amy, te toca a ti.” Los ojos de Wendy se llenaron de lágrimas, pero se las arregló para no llorar mientras se paraba junto a Amy que puso sus manos sobre el taburete.

“Amy, voltea a mirarme.” La cámara de Suzanne chasqueó varias veces. De repente Amy sintió el dolor del primer azote de la paleta en el culo, se mordió el labio por el dolor. Igual que a Wendy, Suzanne la azotó duro 10 veces. Al cumplir el castigo Suzanne tomó dos fotografías de Amy, todavía con las manos en la taburete.

Suzanne mandó rápidamente a Wendy y a Amy a pararse en el centro del estudio para una larga serie de desnudos dobles. La fotógrafa había tenido razón, había una intensidad de emociones en la expresión de las caras de sus modelos que había faltado el día anterior. Suzanne sabía que el color rosado en el fondillo de Amy y el tono rosa en el fondillo oscuro de Wendy le agregaría audacia a las fotografías.

Mandó a Wendy y a Amy al taburete. Quería más color en los fondillos de sus modelos. Las dos muchachas intercambiaron miradas de nuevo, con una expresión de miedo y nerviosismo. Suzanne capturó esas miradas con la cámara.

Una vez más Wendy recibió 15 duros azotes en las nalgas. Fue aun mas difícil no llorar, pero se las arreglo para guardar silencio. Le tocaba ahora a Amy. De nuevo la picadura fuertísima de la paleta. Fue peor esta vez, aguantar 15 nuevos azotes encima de los primeros 10.

Rápidamente Suzanne mandó a Amy y a Wendy a ponerse las chaquetas de mezclilla y los tenis. Repitió todas las fotografías del día anterior con las chaquetas, incluso aquella que le había dado la idea de azotar a sus modelos inicialmente. Mientras Amy y Wendy se jalaban una a la otra, los ojos llenos de lágrimas y las caras nerviosas de ellas alborozaron a Suzanne. Suzanne entonces les ordenó tomarse de las manos y pararse frente a frente, con las caras juntas, y mirar hacia la camera. Amy sintió los muslos desnudos de Wendy contra los suyos.

Suzanne pidió a sus modelos ponerse los trajes de vestir. Completamente vestidas la única evidencia de su dolor y de su tormenta de emociones estaba en sus ojos, pero se apreciaba de forma muy clara. Suzanne le pidió a Amy desnudarse de nuevo pero que Wendy permaneciera vestida. Suzanne le pasó la paleta a Wendy y mandó a Amy agarrarse los tobillos. Colocó a Wendy tras Amy y Suzanne tomó unas fotografías preliminares.
“Wendy, quiero que castigues a Amy. Hazlo despacio y tómate tu tiempo entre azotes. Amy, por favor mantén tu mirada en mi.”

Wendy azotó a Amy casi con la misma fuerza que Suzanne, añadiendo una tercera serie de azotes sobre los azotes que Amy ya recibió. En esa ocasión el dolor fue casi insoportable y poco faltó para que Amy llorara. Suzanne estaba emocionada, tomaba fotografías con dos cámaras. Ella no le pidió a Wendy que parase hasta que Amy hubiera recibido 20 duros azotes. Amy requirió de toda su fuerza interior para permanecer quieta.

Rápidamente Suzanne cambio los rollos de película. “Amy, Wendy, páranse frente a frente, tómense de las manos y mírenme a mi.”

La lagrimas rodaban por las mejillas de Amy. Ambas miraron hacia la cámara y Suzanne tomó varios fotografías.

“Abrácense y hagan las paces.” La cara empapada de lágrimas de Amy se acercó a la cara emocionada de Wendy. Amy sintió la ropa de Wendy raspar su piel desprotegida. Suzanne tomó una serie de close-ups, retrocedió para tomar unas fotografías del contraste entre el traje oscuro de Wendy y el cuerpo desnudo de Amy. Luego Suzanne mandó a Wendy a cambiarse y ponerse un vestido formal para otra serie de fotografías con Amy todavía desnuda. De nuevo Suzanne tomó una larga serie de fotografías. El vestido dio a estas fotografías un tono muy distinto al del traje de negocio. Suzanne volvió a pedir a Wendy que se cambiara y se pusiera los bluejeans y la chaqueta de cuero. Tomó otra serie de fotografías con la nueva variante de la vestimenta de Wendy, que dio otro contraste con la piel dsnuda de Amy.

Suzanne puso una silla de madera en el centro del estudio. Pidió a Wendy se sentara en ella y a Amy acostarse sobre las rodillas de su amiga. Suzanne sacó una cámara de alta velocidad. “Azota a Amy con la mano, hazlo con fuerza.” Otra vez los golpes resonaron por todo el estudio. Suzanne pasaba rápidamente de un lado a otro tomando decenas de fotografías.

Amy nuevamente se esforzó por no llorar, Wendy no mostraba ninguna misericordia, lo que por supuesto Suzanne quería. Wendy se había emocionado tanto como Suzanne con la sesión. Wendy no azotaba a Amy con todo su fuerza, sino con una precisión calculada para aumentar la eficacia de cada nalgada. Los ojos de Wendy se cruzaron con la cámara de Suzanne. Si! Ese fue el momento culminante entre la fotógrafa y la modelo! Suzanne tomo varios close-ups de la intensa emoción en el rostro de Wendy.

Con pocas ganas Suzanne rompió el hechizo entre ella y Wendy y ordenó a Wendy dejara que Amy se parara. Wendy dejó de darle nalgadas a Amy, aunque era evidente que quería seguir adelante con el castigo. Amy se paró con dificultad tratando de no llorar. Con los ojos llenos de lágrimas dio a Wendy una mirada llena de dolor que Suzanne pudo capturar con la cámara.

Suzanne pasó la chaquete de mezclilla a Amy. Con manos temblorosas Amy logró ponérsela y abrochar los botones. Suzanne ordenó a Amy pararse de espaldas a la cámara, pero volver la cara hacia la ella sobre su hombro. El culo rojo de Amy contrastaba con el azul oscuro de la chaqueta. Amy todavía estaba sentida de que Wendy le hubiera dado nalgadas tan dolorosas encima de las tres azotainas con paleta que ya llevaba. Esa mirada dolida fue el centro de atención de la siguiente serie de fotografías de Suzanne. Los ojos de Amy se cruzaron con la lente de Suzanne y la fotógrafa encontró el momento justo con Amy.

Suzanne tomó unos rollos más de película de las caras y los cuerpos de Amy y Wendy, pero ya tenia lo que quería. Le pasó por la mente pedir a Amy y a Wendy que intercambiaran lugares, pero se dio cuenta que “el momento” para hacer eso ya había pasado y que las nuevas tomas no serían tan buenas como las que ya tenía. Así Wendy se libró de más castigo por ese día y Amy no tuvo la oportunidad de vengarse en el fondillo de Wendy.

Mientras Amy y Wendy estudiaban para los exámenes finales del semestre, Suzanne pasó los días en su laboratorio revelando las fotografías. Éstas son buenas, pensó Suzanne. Estaba muy contenta con las fotografías del primer día de Amy y Wendy juntas, pero las fotografías del primer día no se comparaban en nada con las fotografías del segundo día. Suzanne mostró algunas de las mejores fotografías a sus modelos que estaban sorprendidas de que ellas mismas fueran los personajes de esa colección. Suzanne, en su acostumbrada manera de tratar a sus modelos, les ofreció a Amy y Wendy la mitad de la ganancia de las fotografías, esta vez para dividirse en partes iguales entre Amy y Wendy.

Suzanne pidió que Amy y Wendy firmaran contratos de modelo y fue a visitar a su redactor en jefe con todas las fotografías de los dos sesiones. Por largo rato el redactor miró las fotografías en silencio. Quedó muy impresionado con la colección, se veía claramente en su rostro. Llamó a dos asistentes para que revisaran las fotografías mientras Suzanne, sentada, los miraba nerviosa. Ninguno decía nada, pero cada tanto intercambiaban miradas asintiendo. Al salir los ayudantes de la oficina, el redactor enlazó sus manos y miró a Suzanne.
“Suzanne, ¿te das cuenta de lo que tienes aquí?”

“No muy bien. Tomé las fotografías sin tener planeado nada. No sabía como saldrían.”

“Pues te digo que así como salieron estas fotografías te pondrán entre los mejores fotógrafos de Nueva York. Estas fotografías serán controvertidas, te lo aviso. Yo soportaré la furia que causará la colección, pero tú también recibirás fuertes críticas.

“No… no entiendo”

“Voy a promocionar tus fotografías al máximo. Son muy atrevidas, muy audaces. Lo que me gusta de estas fotografías es que no querías que fueran tan audaces, pero lo son. Sería irresponsable hacia esta empresa si yo dejara pasar la oportunidad de promocionar tu trabajo lo más posible.” El redactor pausó y continuó: “Una pregunta, pura curiosidad, ¿de verdad castigaste a tus modelos?, ¿no fue maquillaje?”

“Sí, las castigué, quería que brotara de ellas toda la emoción en la sesión, y no sabia de qué otra forma lograrlo. La idea de azotarlas me llegó al terminar el primer día en el estudio, porque yo quería forzarlas hasta sus límites. Además yo no utilizaría maquillaje para esto. Se notaría fácilmente diferencia.”

“Pues tuviste éxito, tus fotografías tienen esa emoción que buscaste. En cuanto a la controversia que despertarán, prepárate. Cada artista que hace el trabajo de calidad que tú hiciste tiene que aguantarla.”

Suzanne y el redactor pasaron varias horas escogiendo las fotografías para el libro. Suzanne quedó un poco asombrada del entusiasmo del redactor, y aun más al ver cuantas fotografías él había querido incluir en el libro. El sacó unas más para promoción de la colección y otras para mandar a revistas de fotografía artística. Aun más asombrada se quedó Suzanne cuando vió el borrador de su contrato. Se dio cuenta de que había sido bastante generosa con Amy y con Wendy. El dinero que cada una recibiría por las sesiones de fotografía, fácilmente pagaría todos los gastos de ellas para el resto del tiempo en la Universidad.

“Suzanne, tu novio es abogado ¿cierto?” Ella asintió. “Muéstrale el contrato, háblenlo, quiero estar seguro de que estarás completamente satisfecha con nuestro acuerdo.”

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