Archive for the ‘Azotes (Spank)’ Category

Fútbol

Martes, abril 23rd, 2013

Yo tuve una vez un novio con el que mantenía una relación muy especial. Nuestra relación se basaba en salir, divertirnos y follar cuanto más mejor.

Una vez saliendo del trabajo llegué a casa y allí estaba él, viendo el fútbol como siempre, delante del televisor sentado en el sofá. Yo me cambié la ropa tranquilamente y me senté a su lado a hablar del día. Me besó y empezamos a tocarnos. A mi me gustaba que me apretase los pezones con fuerza, haciéndome daño, y él disfrutaba haciéndolo. Me bajé para hacerle una mamada mientras él seguía mirando el fútbol, yo le lamía su miembro. Mi lengua deslizándose poco a poco arriba y abajo, mordisqueando suavemente la punta, sin llegar a doler, pero solo lo justo, un dolor controlado, de placer. A él le gustaba aguantarme la cabeza para que no la levantara, sumisa, haciendo entrar todo su miembro en mi boca. Yo lo miraba, él miraba el fútbol y yo seguía chupando, succionando como un helado de vainilla. De repente y con un violento movimiento me coge y me tira encima del sofá, encima de él, que seguía sentado. Acomoda mi culo en sus piernas y me dice que he sido muy mala porque no le dejo ver la televisión tranquilamente. De golpe empieza a pegarme violentamente en el culo a lo que yo exclamo de dolor y le pregunto qué está haciendo, que no me pegue. El no escucha, dice que calle que seguirá azotando hasta que se canse. Me muerdo los labios, pero noto que me estoy excitando, poco a poco noto mi sexo húmedo, duro, pienso que me gusta que me pegue… abro un poco mis piernas y él lo nota y sigue azotando en todas las nalgas cada vez con más fuerza y más rápido. Duele pero el dolor es placentero, cada vez estoy más mojada. Me pide que me toque el clítoris con mi mano mientras sigue pegándome. Yo le obedezco y empiezo a masturbarme sabiendo que no tardaría nada en correrme porque aquello me había excitado muchísimo. Abro más mis piernas encima de él y aprovecha para introducir sus dedos en mi abertura, dejando de azotarme por un momento, mientras yo sigo masturbándome encima de él. De repente se levanta y me deja de rodillas en el suelo inclinada en el sofá, dice que siga, que abra mis piernas que quiere ver como me corro mientras él sigue azotando. Obedezco. Y sigue y disfruto el dolor es grande pero el placer es sublime. Exploto de golpe dejando ir agua a través de mi vagina abierta, estimulada por el dolor de las nalgas, convulsionando, mientras él da el último manotazo de gracia.

Se sienta en el sofá de nuevo y sigue con el fútbol….

Él lo sabía

Miércoles, octubre 12th, 2011

 

Autor: Eleutheris

Él lo sabía. Mantenía la cabeza gacha y fumaba con intensidad el último cigarrillo de la cajetilla comprada por la mañana mientras caminaba a su encuentro.

Él lo sabía. Levantó la visto y se dio cuenta de lo cerca que estaba de su casa. Al notarlo y sin implicar a su voluntad, los pasos fueron cada vez más cortos y lentos. Puso la bachicha entre la uña del dedo anular y la yema del pulgar, estiró el brazo y con un gesto de enfado y contrariedad, la arrojó por su costado sin ver que caía en un pequeño charco, se humedeció y el humo persistió sólo unos segundos antes de perderse en las pequeñas ráfagas de viento que provocaban en esa tarde-noche una rara sensación de frío para los inicios del otoño en el DF.

Él lo sabía. Y lo asumió con un largo suspiro, al que siguió un ligero ataque de tos. Mientras ponía el dedo en el botón que haría sonar el timbre en el departamento de Gavi.

-¿Sí?

- Hola, soy yo, Eleutheris.

- ¿y?

- ¿Cómo que “y” Gavi?, déjame pasar, anda, que está haciendo frío. Dijo mientras se acomodaba el cuello de la chamarra de mezclilla y metía en seguida las manos a las bolsas laterales de la misma.

- ¿Y si no te dejo pasar qué? (Se escuchó en seguida una pequeña risa ahogada con la palma de una mano pequeña).

- …

- Te hablo, que si no te dejo pasar ¿qué?

- …

- Si no me dices no te dejo pasar, ¿eh? La voz había cambiado, la risa había desaparecido por completo,  y Eleutheris no se decidió a asumir si lo que se dejaba escuchar era enfado o nervios.

- Gavi, tenemos que hablar.

Ella ya no contestó, sólo se oyó la clásica chicharra del portero automático, Eleutheris empujó la puerta, y sacando las manos de la chamarra empezó a subir peldaños de dos en dos. Ahora tenía prisa y algo más que le hacía mantener los músculos tensos y el cuerpo rígido y es que, él lo sabía.

Al llegar al piso indicado, tomo aire, pensó en los cigarros que había fumado de más ese día, y limpió unas pequeñas gotas de sudor de la nariz con el dorso de la manga de la chamarra. Acomodó las gafas, y se encaminó a la puerta. Contra lo que pensaba, la encontró entornada, empujó un poco y le sorprendió también encontrar todo a oscuras. Todo es un decir, se veía luz en la recámara que Gavi usa para dormir.

- ¿Gavi?

- …

Le encantó el aroma que golpeó su nariz al dar los primeros pasos cuando se encaminó al pasillo. La puerta del baño estaba abierta y era evidente que se acababa de duchar. Era el agua vaporizada que carga empequeñecidas las moléculas de los aromas que unos minutos antes se habían puesto en juego, el shampoo de siempre, la loción para el cuerpo, las cremas para la cara, y sí, ese otro aroma que era sólo de ella, que era ella.

Su pene reaccionó, pero dejó de pensar en la molestia que le representaba en sus pantalones cuando la vio reflejada en el espejo al abrir la puerta. Tenía el pantalón del pijama puesto, y se empezaba a abrochar los botones de la camisa. Al verlo hizo ella su clásico gesto de niña berrinchuda, giró la cadera y le volteó la cara.

Evidentemente no sabía lo que él tenía planeado. Se sentía segura de la situación, se sentía con el control total. En las últimas semanas, él le había permitido más cosas de las que hubiera esperado. De hecho, los gestos de enfado no eran simple coquetería, había además una molestia real, tal vez por eso sonrió cuando al escuchar el sonido clásico, volteó para comprobar que él se quitaba el cinto y lo dejaba doblado cerca de la cabecera de la cama.

- Eleu, que tú no le pegas a nadie. ¿Para qué te quitas el cinto?

Aparentemente ella esperaba una retahíla de reclamos, o las ya cansadas explicaciones teóricas de Eleu. Lo que menos esperaba era el silencio que acompañó los pasos que le llevaron a su lado.

Ella continuó con su actitud, se mantuvo firme y retadora, levanto la barbilla, e intentó mirarle por encima del hombro. Pero él estaba demasiado cerca, y al hacerlo perdió el equilibrio. Trastabilló, y para no ceder ni un milímetro de piso, se agarró con la mano izquierda del tocador.

Iba a decir algo, cuando sintió la mano de él sujetar su oreja y jalarla hacia el lado de la cama, dobló la cabeza y se resistió a romper contacto con el mueble que le daba equilibrio.

- Eleutheris, ¿qué haces?, ¡me lastimas!

Sin soltar la oreja, con la otra mano, la tomó de la cintura, y la empujó en la misma dirección del jalón de orejas. Ella se percató entonces de que algo no estaba dentro de lo esperado.

- ¡Que me lastimas imbécil! ¿Qué te…..?

No pudo terminar la frase, tenía la cara en la cama, y no podía creer que él la hubiera arrojado así, intentó erguir el cuerpo para salir de la cama y el acoso, pero algo la sujetaba por la espalda, ¿Era su pierna? No lo podía creer, estaba siendo tan violento como nunca lo había sido, confiaba en él, pero se sintió sorprendida como nunca, ¿cómo era posible que sintiera al mismo tiempo esa excitación entre las piernas y el estómago?

Por lo extraño de la situación, por la mezcla de sensaciones quizá, se dio cuenta de lo tensa que estaba cuando las uñas le empezaron a lastimar sus propias manos, estaba sujeta a la sábana, y pegaba la cara al colchón, reaccionó y se notó llorando, levantó un poco la cara, la inclinó y a pesar de que lo único que veía era a él azotando rítmicamente con el cinto sus nalgas, supo que estaba con el culo al aire ¿a qué horas le había bajado el pantalón? En seguida notó el ardor, cómo picaba… intentó moverse, y una vez más se sintió por la espalda contenida, la fuerza de ese brazo le hizo caer rendida de nuevo…

Sí, se percibió rendida, y cuando lo hizo notó como estaba inflamada su vulva, estaba excitada, y darse cuenta de ello la llevó a frotar sus piernas y a caer de nuevo con la cara en la cama, sujetó la colcha, y dijo en un susurro involuntario: – Ya, Eleu, ya por favor.

Sabía que no la escucharía, en parte porque no quería. Ya no sentía del cinto más que la ola que en forma de excitación llegaba hasta al otro extremo de su cuerpo donde se había iniciado. Tensó un poco las rodillas, levantó el culo, y siguió llorando…

Al día siguiente, al despertar, se encontró con una nota en el buró:

“Gavi, lo sé, tenemos que hablar”

“Un beso,”

“Eleutheris.”

Dejó la Nota sobre la almohada vacía, sonrió, cerró lo ojos, y se acomodó de lado, ¿Qué horas serán?, Pensó, mientras conciliaba de nuevo el sueño.

Eleutheris.

26 de Octubre de 2005.

María

Miércoles, octubre 12th, 2011

Autora: Ana K. Blanco

(Dedicado a la Sumisa María y a su “papi” Jaime)

El que lo veía caminar por las estrechas calles de la Ciudad Vieja de Montevideo notaba en él toda su pinta de taita y malevo. Desde la ropa hasta su forma de caminar y moverse, denotaban el típico guapo que tanto se conoce por las letras los tangos.

Jaime, más conocido como el “papi” Jaime, era alto, de pelo negro corto, con ojos penetrantes que relojeaban todo por debajo de su gacho; los botines le relucían de tanto betún y lustre; llevaba puesta una camisa blanca, con el cuello y puños inmaculados y para rematar el traje gris, una bufanda de seda que anudaba en el cuello como lo requería la moda del momento.

El tenía su propio negocio y hacia allá se encaminaba. Era un cabaret, aunque algunos lo tildaran de “cabaretucho” o peor aún: “piringundín”. Su negocio era respetable y tenía fama en el ambiente del arrabal. Desde que Carlitos cantaba allí había subido la concurrencia; ahora también estaba María, con esa hermosísima voz y esa mezcla rara de nena bien y milonguera que enloquecía a más de uno.
Después de admirar en la puerta el nombre del lugar: “Chanteclaire”, entró, pegó una rápida mirada a la concurrencia y fue para el mostrador.
- ¿Qué hacés, Pardo? Servíme una ginebra ¿querés? Y mové las tabas que traigo seco el gargero.
- Pará un segundo que ya te doy. ¡Y no me apurés si me querés sacar bueno!
- ¿Dónde está la María? ¿Ya llegó?
- Sí, está en el camarín.

- ¡Bien! Esa mina es cumplidora y eso me gusta.

El cabaret estaba casi lleno. El humo de los puchos y el ruido de las voces y risas era lo típico de esos lugares. De repente todo quedó en silencio y Jaime vio que todos miraban hacia la puerta. La curiosidad lo hizo girar hacia la entrada y entonces se preguntó lo que el resto de la gente: ¿qué querrían esos tres “cajetillas”?
- ¡Pardo! Andá y atendé a esos pitucos a ver qué quieren. Llevalos al privado, y si quieren más, pueden usar mi oficina. Entendiste, no?
- Sí patrón.

- Dale, movete entonces. Y cualquier cosa me avisás.

El Pardo era su empleado de confianza. Lo vio dirigirse hacia los hombres bien vestidos y entonces reconoció al que venía al mando: se trataba de Don Floreal Vargas de Ron y Ruiz, perteneciente a una de las familias de más rancio abolengo y Senador de la República para más datos. Lo había visto en más de un acto político y era uno de los pocos que la gente consideraba honesto. Y le surgió la clásica pregunta: ¿qué haría un hombre como aquél en un cabaret como aquél? No era lo normal que gente de aquella categoría visitara el Chanteclaire.
Los vio desaparecer dentro del privado. Quizás tendría alguna cita con alguna mujer. Quizás venía por alguna de las minas del lugar. En fin, ya lo averiguaría cuando volviera el Pardo. María ya estaba por salir a cantar.
- “María…” -pensó. Que a este tipo no se le ocurra venir por María o se las vería con él. No sería la primera vez que sacaba el facón del cinto para pelearse por una mujer. Ni sería la última. María no era de él, pero tampoco sería de ese viejo.
- Patrón, el pituco viejo viene por la María. Quiere usar su despacho. Dice que se la mandemos pero que no le digamos nada de quién se trata.

- ¿Así? Dejámelo a mí nomás. ¡Yo lo arreglo! “¿Así que Senador incorruptible y honesto, no?”–Pensó para sí- “¡Ja! Son todos iguales. ¡Viejo degenerado!”
Los aplausos y gritos lo arrancaron de sus pensamientos. María ya estaba en escena hermosamente enfundada en un traje de “mina de arrabal”. Arrancaron las guitarras mientras ella se movía en el escenario como una experta.
Le pegó una mirada rápida al privado y vió al Senador haciendo gestos como de enojo mientras que los hombres que lo acompañaban trataban de detenerlo. Apuró su paso hasta allí y entró.
- Buenas noches Senador.
- ¿Qué tienen de buenas? ¿Quién es usted y con qué derecho se mete aquí?
- Mi nombre es Jaime. Jaime Vaz pa’ lo que guste mandar. Y soy el dueño de este lugar. Parece muy enojado, ¿lo puedo ayudar en algo?
- ¿Así que es el dueño? Entonces dígame cómo obligó a mi hija María a cantar en un lugar tan bajo como éste.
- ¿María es su hija? -dijo lleno de asombro- Yo no lo sabía señor. Ella se presentó aquí un día y me hizo una historia de un padre viudo, enfermo y sin trabajo. Dijo que ella era el único sostén de su padre y sus seis hermanos. La probé, cantaba bien y la contraté hace unos pocos días. Canta muy bien, es todo un éxito como podrá ver.
- Sí, todo un éxito, claro… Para esto la hice estudiar piano y canto con los mejores profesores del país, para que terminara en un piringundín de mala muerte ¡como una cabaretera!
Don Floreal hervía de rabia. Era un hombre relativamente joven, pues tendría unos cincuenta años; canoso y de porte elegante, todo un caballero. Pero en ese momento su cara estaba desencajada y se veía colérico e irritado.
- Quiero llevarme a mi hija de aquí ahora mismo.
- Entiendo perfectamente Don Floreal, pero… permítame hacerle una proposición.
- ¡Usté no está en condiciones de hacerme ninguna proposición mocito!
- Lo que voy a proponerle es por el bien de María. Le pido que al menos me escuche; tendrá tiempo de rechazarme si no le parece bien.
El Senador vaciló un momento. Luego, mirándolo a los ojos le dijo:

Lo escucho.

Cuando María terminó su actuación, el “Pardo” la estaba esperando.
- María, el “papi” quiere hablar con vos. Dice que vayás a su despacho, que te espera allá.
- Bueno, me cambio y voy.
- No, tiene que ser ahora mismo. Dale que te acompaño.
María lo miró extrañada. ¿Cuál sería el apuro que ni siquiera podía cambiarse esa pollera tan atrevida, con ese tajo que dejaba a la vista todo su muslo? Y todavía se había puesto la liga roja con la flor para sotener las medias de red. Le divertía vestirse así, como una arrabalera. Menos mal que allí nadie la conocía, que si no…
Siguió al Pardo hasta el despacho y éste golpeó la puerta.
- ¡Pasá! –gritó el “papi” Jaime desde dentro.
A María le sonó un tanto raro el tono de su voz, pero estaba tan feliz con su éxito de esa noche que no le dio importancia. Abrió la puerta, entró y… sus ojos no daban crédito a lo que veía: ¡su papá el Senador y el “papi” Jaime juntos! No, no era posible. Y se veían tan enojados los dos.
- Papá… pa… “papi”… yo…
- Hola María. ¿Sorprendida de verme nena? –le preguntó el Senador.
- Papá, yo… yo te voy a explicar… yo… este…
- ¿Qué? ¿Qué es lo que me vas a explicar? Esto no tiene explicación posible –le gritó.
María bajó la cabeza y con un hilo de voz se atrevió a preguntarle:
- ¿Cómo lo supiste? ¿Quién te lo dijo?
- ¡Sos una desvergonzada y una caradura! Me engañaste como un estúpido, pusiste el buen nombre de la familia en juego, no te importó todos estos años de sacrificio para mantener mi buen nombre y mi carrera política! ¡Sólo quisiste jugar a ser cabaretera sin pensar en nada ni en nadie!! -Dio un paso largo hacia ella y la encaró:
- ¿Querés saber cómo me enteré? Pasé a verte antes de irme a dormir y me extrañó tu posición en la cama, porque no era como acostumbrás dormir. Vi que estabas destapada fui a cubrirte. Cuando me acerqué, me di cuenta que mi “nena” no era otra que Renata, la sirvienta. Ella pagó bien caro el ser tu cómplice, y te juro que recordará esta noche cada vez que se siente, porque me encargué de ponerle el culo como una brasa! Y después de negarse y a base de azotes por fin me dijo dónde encontrarte. Así que vine a mostrarte el camino de vuelta a casa.

Sabía que estaba totalmente perdida y comenzó a sollozar. No podía huir ni hacer nada que no fuera aceptar su destino. El Senador le gritó a uno de sus empleados:
- ¡Felipe! Andá al auto y traéme “aquello” –Felipe salió de inmediato de la habitación- Y vos dejá de lloringuear que todavía no te di motivos para eso. Pero en unos momentos vas a llorar de verdad ¡ya vas a ver!
- Pero papá…
- Pero papá ¡NADA! No puedo tolerar una cosa así: me engañaste, me mentiste, traicionaste mi confianza y no conforme con eso, lo peor de todo: pusiste el nombre de la familia y mi carrera política en juego. Si alguno de mis detractores se enterara de esto, estaría perdido. Y lo mismo hiciste con Don Jaime.
Sí María -agregó Jaime- A mí también me engañaste. Dijiste un montón de mentiras que yo creí y todavía me hiciste quedar mal con alguien como el Senador, que merece todo mi respeto como hombre y como político. Preparate María, porque vas a recibir una lección inolvidable.
- Por favor “papi” Jaime, dame otra oportunidad. Yo solo quería cantar tango y era la única manera de conseguirlo.
- Pues si eso era lo que querías, lo lograste. –le dijo el Senador- Ahora vas a pagar el precio por conseguir tu capricho. Sos una rebelde, consentida y caprichosa. ¡Estoy harto de tus impertinencias! Pero todavía estoy a tiempo de corregirte y es lo que voy a hacer. Así que, vení para acá. Y vos Julio, esperá afuera. Cuando vuelva Felipe que no entre, yo lo llamaré.
- Sí, Don Floreal.

- Sí –dijo el “papi”- Tomátelas vos también.

Don Floreal tenía a María agarrada del brazo. Ella miraba todo sin saber qué hacer y con los ojos fuera de sus órbitas. Sabía que no era nada bueno lo que venía, pero no podía imaginarse qué pasaría. Sin soltarla le dijo al “papi” que acercara una silla, la puso en medio de la oficina y…

- Bien María, llegó el momento. El “papi” Jaime y yo hemos llegado a un acuerdo para tu castigo: dado que los dos somos los ofendidos, los dos te castigaremos. Y no se te ocurra decir nada, protestar o intentar huir porque no te va a servir de nada, entendés? Y solo vas a ganar que te castiguemos todavía más. Dale, vení para acá! Don Jaime, aquí se la entrego. Comience cuando quiera.

María estaba aterrorizada. Ahora sí imaginaba algo de lo que le esperaba.
- Pero papá, vos jamás permitiste que otra persona me castigara.
- Pero esta vez es diferente. ¡Y vos te lo buscaste!
El “papi” Jaime no la dejó hablar más. De un tirón la colocó sobre sus rodillas y comenzó la azotaína. “Plas, plas, plasss, plass..” No tenía ninguna piedad con ella. Don Floreal le había dicho que comenzara él y que lo hiciera sin quitarle la ropa, y el “papi” Jaime aceptó de buen grado.
Los golpes seguían cayendo y luego de unos minutos, a la seña de Don Floreal, Jaime paró.
- Ahora es mi turno. Vení para acá –le dijo, y de un tirón le arrancó la falda dejándola con las bragas solamente- Conmigo no vas a tener la suerte que tuviste con Jaime.

Le bajó las bragas y la colocó sobre sus rodillas. María conocía de sobra las manos de Don Floreal. Sabía cómo golpearla para que doliera más. Ella no lo veía, pero tenía sus cachetes con un bonito color rosado, que fue perdiendo para convertirse en rojo fuego a medida que el Senador comenzó a descargar golpes sobre ella, que se moría de vergüenza por la humillación de estar frente al “papi” casi desnuda.
De nada le sirvió patalear, gritar y llorar, solo que su padre aumentara la intensidad de los golpes. Nunca la había golpeado con tanta fuerza ni tan duramente.

Durante todo el castigo cada uno de ellos le fue diciendo lo enojado que estaba, lo mal que se había comportado y que ese castigo era por su bien, para que aprendiera los modales que se esperaba de una señorita de su rango social.
-¡No te vas a olvidar de esta paliza en tu vida! Zas, zas, plass, zas, plas, plasss…- Lo siento papá, lo siento!
- Por supuesto que lo sientes, pero ya es tarde. Plas, plas, zas… Lo hubieras pensado antes.
Su culito, antes tan blanco y suave estaba del color de los tomates maduros.
- Ahora paráte y no se te ocurra tocarte, entendiste? Andá para el escritorio, y ya sabés como ponerte. Separá las piernas y agarráte fuerte: no te va a gustar lo que viene ahora.
Sintió el inconfundible sonido de cuando su padre se sacaba el cinto, pero lo sintió dos veces. ¡NO! La iban a golpear los dos, ¡uno de cada lado! Y así fue: el primer cintazo fue del “papi” Jaime y cruzó su culito con una franja roja. No se había recuperado aún de ese cuando sintió el segundo, aún más fuerte, que la golpeaba del otro lado. Y así fueron cayendo, uno a uno, los 100 golpes con el cinto. Ya casi no le quedaban lágrimas ni fuerzas para llorar.
Su culito se veía hermoso, rojo y con innumerables marcas cruzadas formando equis. El “papi” fue el que habló ahora:

- Puedes frotarte un poco -le dijo con una voz tajante y sin el menor grado de compasión. No lo iba a reconocer ante nadie, pero el ver a María de aquella forma lo hizo ponerse en un grado de excitación que casi no podía disimular.
María comenzó a frotarse su torturada colita y a pegar saltitos por toda la oficina.
Don Floreal se acercó a la puerta y habló con sus hombres. Cuando volvió a entrar, María tembló al ver lo que traía en la mano: ¡eran dos canes!  ¡Ella odiaba aquel instrumento! Prefería 10 azotes con cualquier otra cosa que un sólo golpe con la cane! Miró al Senador con ojos suplicantes, pero una mirada fría fue todo lo que obtuvo por respuesta.
- Sobre el respaldo del sofá… ¡ahora!
- Por favor “papi”, con la cane ¡noooooooo!

-Según me dijo Don Floreal, será con la que más aprendas, así que… ponete en posición y… ¡SILENCIO! o te va a ir más “pior”.
En la forma en que estaba acomodada, su maltratado trasero quedaba totalmente expuesto. Cambiaron posiciones y el Senador dio comienzo al castigo con el primer varazo: fuerte y seco. María saltó de dolor, movió sus caderas, levantó sus piernas y se preparó para el segundo, que fue ejecutado por Jaime y tan doloroso como el primero e igual a todos los que les seguirían.

Uno tras otro fueron cayendo los varazos, hasta que se miraron entre ellos y con un gesto se indicaron que era suficiente.

Ayudaron a María a recostarse en el sillón y comenzaron a ponerle crema acompañada de compresas de agua fría para calmarla. Los dos le hablan con ternura y le repetían que todo había sido por su bien y que debía parar con esa doble vida.
Luego de un rato, Don Floreal envolvió a María en un cobertor y le dijo a Renato que la llevara hasta el auto. Se despidió del “papi” y salió de la oficina seguido por Julio. En último lugar salió Renato con María en brazos.
Cuando se alejaban, María asomó la cabeza, miró a el “papi” Jaime y, mientras sonreía levemente… le guiñó un ojo.

¿FIN?
Ana Karen

Montevideo – 25/octubre/2005

La cabaña de Javier

Miércoles, octubre 12th, 2011

Autora: Ana K. Blanco

Estaba cansado, muy cansado, pero… ¿cómo no estarlo trabajando para esa mujer? Ser el valet y secretario privado de la señora Paola no resultaba fácil ni era tarea para cualquier mortal! Su horario era de 0 a 24, de lunes a domingo, todos los días del año.
¿Cuándo había tomado sus últimas vacaciones? Ya era el quinto año que trabajaba para ella, y sólo había tenido vacaciones los dos primeros años, o sea que hacía tres que no se movía de su lado. Y estaba agotado física y mentalmente. Como secretario la acompañaba a todos lados, le recordaba sus citas y compromisos, se encargaba de responder los mensajes, cartas, pagar sus cuentas personales, enviar regalos para sus amigos (la señora no tenía familia), y un largo etcétera imposible de enumerar! Y como valet estaba a su servicio para cosas tan simples como prepararle el baño, elegirle la ropa que iba a usar o prepararle sus maletas cuando salían de viaje, cosa que hacían muy frecuentemente.

Además, la señora Paola tenía un carácter ¡más que difícil!! En su extenso y supuestamente tan pulido vocabulario, no existían palabras como: “por favor”, “lo siento” y muchísimo menos “gracias” o “me equivoqué” Ella consideraba que si estaba pagando por un servicio no tenía que usar ninguna de esas palabras ni muchas otras de ese tipo. ¡Y pagaba muy bien, él lo sabía! Varias veces había pensado en renunciar a este trabajo que lo agobiaba y lo estresaba tanto. Envió su currículo a varios trabajos y en todos fue aceptado, pero el salario era casi la mitad de lo que ganaba aquí. Además del excelente salario, la señora le compraba su ropa, toda fina y de marca, le pagaba el pasaje siempre en primera, a su lado, y en los hoteles compartían el mismo apartamento o suite, pero en dormitorios diferentes.

El compartir el mismo lugar de descanso, aunque fuera en otra habitación, traía aparejado serios inconvenientes para Javier, dado que la señora no tenía reparos en entrar en cualquier momento y a cualquier hora en su recámara, y por supuesto, sin golpear la puerta o pedir permiso para entrar. Sabía que la responsabilidad de que esto sucediera era totalmente de él, dado que por conservar el trabajo no había dicho nada al comienzo y luego, pasado el tiempo, ya no tenía sentido.

Paola lo había visto de todas las maneras imaginables: vestido, desnudo, durmiendo, leyendo, en la ducha… Las pocas veces que había intentado protestar, ella le contestaba que si no le gustaba podía renunciar cuando quisiera, y que si ella lo necesitaba o quería decirle algo lo haría en el momento que lo creyera oportuno ¡o cuando le viniese en gana! Paola tenía la seguridad de que él no lo haría, el sueldo era demasiado generoso !Ahhh… “poderoso caballero, Don Dinero”, como reza el dicho español.

Pero lo que más fastidiaba a Javier era la falta de consideración de la señora. En el tiempo que llevaba trabajando para ella, jamás le dio las gracias por lo que hacía, por el tiempo que le dedicaba y la atención y el esmero que ponía en cada una de sus tareas. Sí, ella le pagaba y muy bien, pero él quería algo más. Se conformaría con una sonrisa, un gesto de agradecimiento, un simple “por favor” o “gracias”, pero eso era demasiado fantasioso tratándose de Paola.
Por suerte, en pocos días más ella partiría de vacaciones a unas islas en el Pacífico y él aprovecharía para pedirle su licencia. No iría con ella ni aunque se lo suplicara. Esta vez no cedería! Y si lo echaba, pues… ¡mala suerte! No soportaba más esta situación y había ahorrado suficiente dinero como para darse el lujo de estar un largo período sin trabajar, y con sus excelentes referencias conseguiría trabajo cuando lo deseara, a pesar de sus 52 años.
En ese momento Paola hizo una estrepitosa entrada en la habitación y en sus pensamientos, como era su costumbre. Se veía hermosa a sus 45 años. El pelo dorado resaltaba sobre el traje sastre negro y sus ojos verdes relucían como esmeraldas en su rostro bronceado. Tenía buen cuerpo, muy bien proporcionado y su altura la hacía más elegante de lo que ya era por naturaleza. Javier se preguntaba cómo hacía para caminar de esa forma tan felina montada en aquellos tacos aguja que sabía manejara a la perfección. La falda tan ajustada y apenas por encima de la rodilla le daba un aire seductor que ella aprovechaba al máximo.

- Javier, está todo preparado para las vacaciones, ¿verdad? Supongo que ya te habrás encargado de todo: pasajes, hotel, automóvil…
- Sí señora. Ya he sacado su pasaje, le he hecho la reservación en el mejor hotel y también me he ocupado de conseguirle una limusina con chofer.
- ¿Qué cosa? ¿Cómo que has sacada MI pasaje? Querrás decir ¡LOS pasajes!
- No señora, quise decir SU pasaje.
- ¡Explícate!
- Hace ya 3 años que no me tomo vacaciones.
- ¿Cómo que no? ¡Yo siempre te llevo conmigo!
- Sí señora, es verdad. Pero cuando yo viajo con usted, la que toma vacaciones es la señora, no yo! Cada vez que está usted de viaje, por trabajo o por descanso, es lo mismo para mí, pues yo me sigo encargando de todas sus necesidades y continúo siendo su valet, amén de su secretario privado. Necesito tomarme un tiempo para mí, solo conmigo mismo… de verdad.
No supo jamás qué cara le habría puesto para que ella accediera a su pedido. ¡Casi no lo podía creer!!

- Y ¿ya has pensado dónde serán tus vacaciones?
- Sí señora. Me iré a una montaña en Asturias, cerca del pueblo de mis padres. Ellos murieron hace años y me trae paz y buenos recuerdos regresar allí. He comprado un terreno con una cabaña en la montaña y un amigo arquitecto la ha ido reparando de a poco y me ha avisado hace unos días que ya está terminada. ¡Estoy muy feliz!! Y quiero darle las gracias por permitirme partir.
- ¿Y cómo es la cabaña Javier? – le preguntó mientras se sentaba en el sofá y cruzaba sus maravillosas y largas piernas.
- Es una cabaña grande pero sencilla. Le he hecho muchas reformas y dejando el casco original, mandé ponerle las comodidades que son casi imprescindibles en el mundo de hoy: calefacción central, agua caliente, todos los dormitorios con baño privado y he mandado reformar la cocina también.
- Suena muy tentador.
- Bueno… lo es para mí! Sé que allí estoy en mi hogar y podré descansar, volver a ver a la gente que conozco desde niño y disfrutar del bello paisaje que tanto me gusta!

Y sin ningún reparo, Paola le espetó:- ¡Me voy contigo!
“Nooooooooooooo!!!” –tuvo ganas de gritarle! Pero se contuvo.

- Señora Paola… quisiera pensarlo antes de contestarle.
- ¿Qué es lo que tendrías que pensar?
- Si es conveniente que venga usted conmigo. Como le dije, quiero vacaciones, no podría hacerme cargo de usted…
- ¡Yo no te necesito! ¡No seré una carga para ti!

¡Su primer pensamiento fue de fastidio! Claro que lo necesitaba, pero ella no se daba cuenta de cuán importante era él en su vida. Importante, no imprescindible. ¡Y por su mente se cruzó una idea! En menos de un segundo ya tenía todo planificado y entonces…

- Tiene razón señora Paola. Será un placer “para mí” que venga a mi cabaña.

Ella le notó algo extraño en su tono al decir esto, pero no le dio mucha importancia.

- Mañana mismo ultimaré los detalles y en unos pocos días partiremos hacia la cabaña. Pero quiero algo de usted antes de seguir adelante con esto.
- ¿Qué cosa?
- Hace ya cinco años que estoy a su lado. Hay actitudes suyas que no comparto, pero la considero una mujer con dos maravillosas características que no son comunes en el día de hoy: es usted una persona honrada ¡y de palabra!
- ¡Por supuesto! Si doy mi palabra la cumplo a como dé lugar, aún perdiendo lo que tenga que perder.
- Lo sé, fui testigo varias veces de eso. Por eso me atrevo a pedirle que me dé su palabra de honor que durante el mes que estemos de vacaciones ¡NO SERÉ SU EMPLEADO! Y que si algo sucediera será separado del trabajo. A partir del momento en que tomemos la limusina hasta el aeropuerto y hasta que regresemos a este lugar no recibiré ninguna orden de su parte. No será usted mi jefa en esos días ni yo su empleado. Deberá depender de usted misma en todo momento

- ¡Pero por supuesto!! ¡Eso está sobreentendido! ¡Es lógico que sea así!
- Necesito su palabra señora. Por usted y por mí, por la tranquilidad de los dos.
- Javier, tienes mi palab…
- ¡No señora! –la interrumpió- No ahora… ¡Le sugiero que lo piense antes de hacerlo!
- No tengo nada que pensar. Tú me conoces bien y sabes perfectamente que una vez que tomo una decisión no me desdigo ¡ni doy marcha atrás! Javier: “tienes mi palabra de honor que el empleado y la jefa se quedan aquí mismo! Al viaje de vacaciones irán solamente un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. ¿Te basta con eso o quieres algo más??
- Sí, hay algo más. También quiero que me prometa que me obedecerá en absolutamente todo lo que le diga.
- ¡Yo no obedezco a nadie!
- Entonces no podré llevarla… ¡lo siento!
- ¡Yo no quiero prometer obedecerte! ¿Para qué haría tal promesa?
- Es el precio para que venga usted conmigo. No quiero alguien caprichoso que me arruine mis vacaciones.
- ¡Yo no soy caprichosa! –le dijo ella haciendo un mohín…
- Pues si no lo es, ¡¡lo disimula usted muuuuuy bien!!
Paola no tuvo más remedio que reírse! Sabía que no sólo era caprichosa, sino que además muchas veces era insoportable…
- Prometo durante el mes que duren las vacaciones, obedecerte en todo. ¿Está bien así?
- ¡Esta perfecto! Es más que suficiente señora. Sólo espero que no se arrepienta…
Ella no se imaginaba en lo que se había metido, pero él… él sí sabía lo que había hecho, ¡y lo sabía perfectamente! Tenía toda la noche para planificar estratégicamente este viaje de… ¿vacaciones!? ¡Ya estaba gozando por adelantado y se imaginaba las situaciones que se darían!!
Ahhhh, querida Paola, no tienes idea en qué te has metido! ¡Nunca lo imaginarás hasta que lo vivas! Este viaje será para ti muy didáctico y sin duda… ¡inolvidable!

Al día siguiente Javier canceló el viaje de Paola e hizo todos los arreglos para el nuevo itinerario a su lado. Estuvo la mayor parte de la noche planificándolo todo, hasta el último detalle. Preparó su equipaje y también el de ella. Paola jamás miraba lo que él ponía en la maleta, pues confiaba plenamente en su gusto y daba por descontado que él sabía qué debía ponerse para cada evento. Y esta vez, ¡él lo sabía mejor que nunca!!! Así que con “alevosía y premeditación” preparó la ropa, calzado y lo que él deseaba que ella usara en esta ocasión.

Y el día llegó. Estaba todo preparado a la hora adecuada, como siempre. Javier le avisó que era hora de partir y ella salió de la habitación en dirección al ascensor mientras el botones del hotel se ocupaba del equipaje. La limosina esperaba en la puerta para llevarlos al aeropuerto.

Una vez dentro del vehículo y con el auto en marcha, Javier le dijo:

- Bien… las vacaciones han comenzado y el empleado y la jefa quedaron en el hotel.
- Así es – contestó Paola.
- Aquí tienes (es la primera vez que la tuteaba!!) tus papeles: pasaje, pasaporte, tarjeta de embarque y demás documentación necesaria para el viaje.
- Pero… no harás tú los trámites como siempre? Y… es la primera vez que me tuteas!

Esto no podía comenzar mejor para Javier!! Prácticamente aún no habían salido y ya estaba ella pidiéndole cosas y llamándole la atención por algo: tal cual lo había imaginado!!

- Primera respuesta: no, no haré TUS trámites porque estoy de vacaciones y no soy tu empleado.
Y segunda respuesta: te tuteo porque nuestra relación es de amistad, como tú lo dijiste “…un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. Y si soy tu amigo, creo tener el derecho a tutearte, verdad? Es lógico que el trato sea más cercano.
- Está bien, no me molesta. Y yo soy capaz de hacer mis propios trámites… -dijo ella con un dejo de enojo en la voz.

Una vez en el aeropuerto, tuvo que cada uno hacerse cargo de su equipaje, presentarse en el mostrador correspondiente, buscar la puerta de embarque, etc. Paola tuvo algunos inconvenientes por la falta de costumbre, pero salió airosa de todas las situaciones. Una vez dentro del avión, que casi pierden por las demoras de ella, Javier se dirigió a clase turista mientras que a ella le indicaban su lugar en primera clase. Paola no entendía nada. Durante el viaje lo buscó para recriminarle porqué no había sacado los dos pasajes en primera.

- Porque yo no tengo dinero como para pagarme tal lujo. Tú sabes que soy solo un trabajador y tengo que pensar en mi futuro. Prefiero ahorrar la diferencia del pasaje para invertir en otras cosas más importantes para mí.

Y en ese momento se le cruzó a Paola un pensamiento como un refusilo: estas vacaciones no serían como ella las imaginó. Se había acostumbrado a Javier y… lo amaba! No se lo diría jamás! pero se había enamorado de ese hombre tan especial, dulce y paciente con ella. Pero algo sucedía, algo extraño que no lograba ver aún. Lo que tampoco imaginaba era lo cerca que estaba de descubrirlo!
El viaje hasta la montaña se hizo agotador. La espera en el aeropuerto de Madrid, el viaje de una hora en avión hasta Asturias, y luego otro viaje en automóvil entre las montañas! Curvas, vueltas, curvas y ¡más vueltas! ¿Es que no tienen una carretera derecha en esta provincia?
Posiblemente sí, pero no en esta región.

Cuando llegaron era casi de noche. Javier estacionó el auto en la puerta de la cabaña. Abrió la portezuela de la valija del auto y sacó las maletas. Le había hecho cargar a ella con su equipaje desde Madrid, pero… se veía tan cansada ¡que le dio pena! Cuando con cara de sufrimiento Paola se dirigió a buscar su equipaje, él le dijo:

- Yo las llevaré. No olvido mi caballerosidad. Además… te ves muy cansada.

Esperaba que Paola le diera las gracias, pero no lo hizo. Eso lo enfureció un poco, pero lo disimuló. Aún no era el momento…

La cabaña se veía humilde pero bien arreglada por fuera. Al entrar Paola se asombró del contraste: estaba decorada con refinamiento y buen gusto. Los muebles, adornos y decoración no eran de marca ni carísimos, pero sí de excelente calidad y buen diseño. Todo el lugar se veía confortable y había sido reformado guardando un gran respeto por la arquitectura y diseño originales. En una palabra, era un lugar… ¡encantador!

En la planta baja, donde originalmente se guardaba el ganado, Javier había pedido que lo convirtieran en un comodísimo garaje con un lugar para hacer el lavado, secado y planchado de la ropa. En el primer piso estaba la sala principal, el comedor y una enorme cocina con una salita que tenía varios sillones cómodos y una estufa de leña. La cocina era tipo americana y tenía todos los utensilios que podría exigir un buen cocinero, y Javier lo era, así que había pedido que la diseñaran a su gusto. A un costado había una puerta que daba a un baño muy coqueto y completo.

En el segundo piso estaban los dormitorios. Había uno enorme, hermosísimo, con un ventanal inmenso que daba a un balcón ¡y este tenía una visión fabulosa del lugar! La cama era tamaño king, y sobre un costado de la habitación tenía un espacio como para desayunar. En el otro costado había una estufa de leña rodeada de unos sillones magníficos. Por una puerta de roble se entraba a un baño con jacuzzi, todo en mármol y decorado con gusto magnífico. ¡Era una habitación digna de reyes!!

Paola tiró las maletas y se zambulló en la cama!

- Pero… ¿qué haces?- gritó Javier.

- Cómo que qué hago? ¡Me acuesto! ¡Estoy molida y quiero descansar!
- Me parece estupendo, ¡pero hazlo en TU habitación, no en la mía!!
- ¡Esta habitación me gusta! ¡Me quedo aquí!!
- Mira que casualidad: a mí también me gusta ¡porque la diseñé para mí!! Así que haz el favor ¡y vete de aquí!
- ¡No, no lo haré!
- ¿Es necesario que te recuerde tu promesa de obedecer en todo??

¡Fue como un resorte! Con una cara de pocos amigos se levantó de la cama y lo miró casi con desprecio…

- Paola…
- ¡Qué! – le gritó con enojo
- Mi cama… ¡no estaba en esas condiciones que la dejaste! Así que… déjala en las mismas condiciones que estaba cuando entraste a la habitación. Ya mañana hablaremos y te diré las reglas de convivencia que tendremos durante este mes.
- “¿Reglas de convivencia”? ¿Pero qué es eso??
- Mañana lo sabrás. La habitación que está a la derecha, enfrente a esta, es la tuya. ¡Toma tus cosas y sal de mi recámara! ¡Ah! Y no se te ocurra, por ningún motivo, entrar en esta habitación sin mi permiso. ¿Entendido??

Lo dijo en un tono severo. Nunca lo había visto así en estos años. Tuvo un poco de temor pero… en el fondo le gustaba más este Javier recio y fuerte de carácter que el siempre obediente que ella conocía.

Tomo sus pertenencias y salió en silencio de la habitación. Cuando cruzó la puerta sintió que ésta se cerraba tras ella y el sonido del cerrojo la hizo sentirse en una terrible soledad…

Las vacaciones habían comenzado, y algo en su interior le advertía que serían diferentes a las que había tenido anteriormente durante su vida.

Al abrir la puerta de su habitación, el alma se le vino a los pies. No era una habitación como ella hubiera soñado. No tenía nada que ver con la de Javier. Estaba limpia, ordenada, pero… ¡era de una pobreza franciscana! Casi no tenía muebles: la cama de una plaza, su mesita de noche sobre un costado y una pequeña veladora encima, un reloj digital barato, una mesa tipo escritorio con una silla, una cómoda con ¿cepillos para el pelo?? (¡qué extraño!, pensó), un espejo para verse de cuerpo entero y el placard. Las paredes estaban casi desnudas excepto por un pequeño cuadro que se perdía en la inmensidad del espacio vacío.

¿Y aquella puerta? Ah, era el baño. Bueno, por lo menos el baño estaba mejor que la habitación: era amplio, tenía una ducha cómoda, era completo, con un lavabo enorme y un espejo también de grandes dimensiones, un placard con toallas y en la parte inferior de este placard, los elementos para la limpieza.

Al regresar a la habitación se ¡sintió aún peor! Ella no estaba acostumbrada a tanta austeridad, y no entendía por qué Javier le estaba haciendo esto. ¿Por qué la trataba así?
No tenía ganas de seguir pensando, eran demasiadas emociones para tan poco tiempo ¡y estaba exhausta!! Colocó la maleta sobre el escritorio y cuando la abrió… ¡ja! ¡lo que le faltaba!! Los estúpidos, inservibles, ineptos de la línea aérea ¡se equivocaron de maleta!! Eso pertenecía a otra mujer: jeans, sudaderas, tenis, faldas cortas como de colegiala, zoquetes, ropa interior de algodón… ¡Alguna colegiala se estaría dando banquete con sus zapatos aguja y sus trajes de marca!
Sonrió con esa idea y decidió que ella también usaría su ropa. Tomó un pijama, se lo puso y se zambulló en la humilde cama que le pareció muy confortable ¡cansada como estaba! Mañana hablaría con Javier y le pediría explicaciones. Quizás la trató así por el cansancio del viaje y con el humor de perros que demostró tener, ¡más valía no llevarle la contra! ¡Pero mañana la iba a oír!
¿Cómo se atrevía a hablarle en ese tono y a alojarla en una habitación como aquella, tan humilde, tan simple, tan…? Mejor no pensaba más o no dormiría, y necesitaba descansar.

Pero esas ideas le daban vueltas… Javier… enojado… mañana… zzzzzzzzzz…
El sol se le clavó en los ojos. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no habían corrido las cortinas para que no le molestara la claridad? ¿Qué clase de hotel era…? Ah! Fue entonces que lo recordó: la cabaña de Javier… ¿Qué hora era? Las 10:28 marcaba el reloj. ¡Con razón tenía tanta hambre!
Mmmmmm… ¿qué habría preparado Javier para el desayuno? ¡Se daría una ducha y bajaría a desayunar!

Luego de la ducha donde dejó el baño igual que un lago de patos, como era su costumbre, se dirigió a la maleta y volvió a sonreír. Bien… no teniendo otra cosa se vistió como una colegiala y recogió su pelo ensortijado en una cola de caballo. Algún rizo rebelde se le escapaba y caía graciosamente sobre su rostro… Vestida así se veía juvenil y simpática, ¡y no le quedaba nada mal! Se miró al espejo y aprobándose a sí misma bajó las escaleras ¡haciendo un alboroto inusual en ella! ¡A pesar de todo se sentía feliz!!

- Javier, ¿qué hiciste para desayunar?? ¡Me muero de hambre!!!

No recibió respuesta.

- ¿Por qué no me contestas?? ¿Sigues de mal humor? ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Me estoy cansando de tu actitud Javier!

Casi le gritó. El levantó la vista y la miró con un desprecio que la hizo estremecer. Un frío le corrió por la espalda…

- Antes que nada, se saluda cuando se llega a un lugar o cuando uno se levanta, aún cuando se ha dormido juntos. Quisiera saber quién te enseñó educación, tú que te crees tan refinada. Luego, si uno no está en su casa y desea algo, debe tener la gentileza de pedir lo que desea “por favor”. ¿Entendiste? Ahora, vuelve a entrar y esta vez hazlo correctamente.
- ¿Qué haga queeeeeeeeé?? ¡Por supuesto que no lo haré! ¿Quién te crees que eres para hablarme así? ¡No soy una niña, no te atrevas a decirme qué hacer y cómo debo hacerlo!
- Ayer te recordé que me diste tu palabra de que me obedecerías EN TODO. No pienso volver a recordártelo. Te lo digo por última vez Paola: cumple tu palabra ¡o ya mismo comenzarás a arrepentirte!
- Ah ¿sí? ¿Qué me harás? ¡No te atrevas a amenazarme Javier!

Se veía encantadora con esa ropa. Y cada vez que se daba vuelta de golpe, la falda tableada se levantaba levemente ¡dejando a la vista, por un instante, su precioso trasero!

- ¿Sabes Paola? Tienes razón, no vale la pena prevenirte ni amenazarte más. Mejor te daré tu primera lección de educación ya mismo. Ya que no estás dispuesta a obedecer y has roto tu palabra… ¡te enseñaré a ser educada y respetuosa!
- Ah ¿síiiiii? ¡Ja! Y ¿cómo lo harás?- le dijo con una sonrisa.
- De una forma antigua, sencilla… ¡y eficaz!! ¡Ven para aquí!

No le dio tiempo a reaccionar. Antes de que se diera cuenta se vio boca abajo sobre las fuertes piernas de Javier. ¡No lo podía creer! Trató de zafarse, pataleó, trató de golpearlo, pero… fue en vano. De alguna manera que no entendía él puso su pierna atrapando las de ella para que no pudiera patalear. Luego con la mano izquierda juntó sus manos en la espalda y apretándolas con fuerza a la altura de la cintura, la inmovilizó. Sólo podía contorsionarse levemente. ¿Qué pretendía hacer Javier? No podía ser que se atreviera a… ¿azotarla!?

- Ahora, mi querida Paola, tu primera lección de buenos modales… ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar?
- ¡Y yo qué sé! Lo que te digo usualmente: que me sirvas el desayuno.
- GOOOONNNGGG!! – Dijo él queriendo imitar una campana- ¡Respuesta incorrecta! El castigo serán 10 palmadas en tu trasero. Contemos: uno… plas! Dos… plas! Tres… plas! Cuatro…

Y los golpes seguían cayendo con toda la fuerza de la que era capaz. Gozaba ese momento. Siempre había deseado secretamente poner en su lugar a esa altiva y maleducada mujer ¡y aplicarle unos buenos azotes en su culo! Ahhh, ¡cómo estaba disfrutando! No así Paola, que saltaba con cada golpe y no terminaba de aceptar que eso le estuviera pasando justo a ella.

- Y diez… ¡Plassssss! Bien Paola, quizás esto te ayudó a recuperar la memoria. Volvamos a hacer la pregunta: ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar??

Paola pensó para sí: “Si este imbécil se piensa que porque me dé unas nalgadas cederé, ¡está muy pero muy equivocado! Aunque… ¡¡cómo duelen!! Pero no me rendiré.”

- Javier, ¡sírveme el desayuno de una puta vez!
- Paola… ¿de verdad te gustan las nalgadas?? Pues por mí no hay problema. Tenemos todo el mes para que me digas lo correcto. Más allá de que tú nunca lo digas, sabes muy bien cuál es la respuesta, ¿verdad?
- ¡Por supuesto que sí! ¡Pero no te lo diré! Puedes golpearme todo lo que desees, pero no te lo diré. ¡Me niego! Y por primera vez en mi vida estoy rompiendo mi palabra: NO TE OBEDECERÉ. Eres un energúmeno, un bruto, un bestia… y te exijo que me liberes ya mismo. ¡Suéltame yaaa!
- Ay, Paola… ¡Qué risa y qué pena me das! Te lo diré así, a ver si logras entenderlo: ¡cada vez que te repita la pregunta te doblaré la cantidad de azotes! O sea que ahora serán 20, y además te subiré la falda –le decía mientras levantaba la faldita por encima de su cintura- y te bajaré tus braguitas hasta las rodillas… así Javier quedó casi mudo ante la visión del tono rosado que habían tomado aquellos bellísimos cachetes. Agradecía que ella estuviera boca abajo y no pudiera ver su rostro que lo hubiera delatado de inmediato. Pero debía seguir adelante.

Paola por su parte no podía sentirse más avergonzada. Él la había visto desnuda alguna vez, pero nunca de aquella manera. Se sentía humillada y no podía creer que estaba viviendo aquella situación.

- Por lo tanto Paola… ¡gooonnnng! Respuesta incorrecta. Te comento que no comenzaré a contar los golpes hasta que digas la respuesta correcta.

Y comenzó a golpearla con más ahínco que antes. Parecía que sus manos eran de hierro candente, y los golpes caían en sus nalgas y le causaban un escozor insoportable. Cuando llevaba como unos 15 golpes…

- ¡Buenos días Javier! ¡Buenos días Javier! –¡comenzó a repetir sin cesar!
- Muy buenos días Paola ¡qué placer verte esta mañana! Uno, plas! dos, plas! tres…

La intensidad de los golpes no disminuía y sus nalgas se ponían más rojas cada vez.

- diecinueve ¡y veinte! Bueno, me alegra ver que aprendes rápido.
- Sí, claro. Ahora suéltame de una puta vez ¡so desgraciado!
- Vaya… ¡qué boquita! Y yo que había pensado que ya te habías vuelto educada. Lástima… ¡Tendremos que seguir el aprendizaje! Bien, 20 zapatillazos le vendrán muy pero muy bien a esta niña caprichosa, maleducada y peor hablada…
- ¡Nooooooooooooooo!!! ¿Cómo te atreves, cómo puedes hacer esto? ¡Suéltame ya, te lo ordeno!
- ¿Cómo que “te lo ordeno”?? De la única persona que acepto órdenes es de mi jefa, y ella no está aquí. La señora se quedó en el hotel ¿recuerdas? Aquí está una mujer “a la que me une una relación de amistad”. Y como soy su amigo y la quiero, le estoy enseñando a que se comporte mejor. Te presento a una de las compañeras que me ayudará en la tarea de tu educación: ¡la zapatilla!!

Y sin más comenzó a esparcir golpes en aquellas carnes que otrora fueran blancas y delicadas y ahora estaban rojas como amapolas.

- Uno, dos, tres…
- ¡No, no me pegues más!
- …diez, once…
- Ya, no me pegues, no soporto el escozor ni el dolor. ¡Es demasiado! –decía con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas.
- Aún no has dicho… dieciséis… las palabras mágicas… diecisiete, dieciocho… para que pare de golpearte… diecinueve…
- POR FAVORRRRRRR!!!
- ¿Cómo? ¿Qué dijiste? ¿Oí bien?
- Por favor Javier, ya no me pegues más – le suplicó llorando.
- …veinte! –y suspiró… de repente- ¡Y veintiuno! El último fue por haber demorado tanto en decirlo Ahora, ¡ponte de pie!

Apenas pudo pararse. Había sido demasiado para ella que nunca fue tratada así. Cuando Javier le soltó las manos, ella comenzó a sobarse el trasero y se iba a ir corriendo, pero él la detuvo.

- ¿A dónde crees que vas? ¡Tu castigo no termina aquí!

Paola se dio vuelta y lo miró con los ojos rojos por el llanto y la cara suplicante. Estuvo a punto de dejarla ir, pero entonces sería en vano lo que hizo. Se puso fuerte y le dijo:

- Ahora, como la niña mala y caprichosa que eres, te quedarás de cara a la pared hasta que yo te diga. ¡Y ya no te sobes más! Quiero que sientas el ardor para que no se te olvide tu primera lección. Súbete la falda y métela dentro de la cintura para que pueda ver tus nalgas rojas. ¡Y que no se te caiga o recomenzaré el castigo desde el principio! No te atrevas a subirte las bragas y deja tus brazos a los costados… Mirando a la pared y ¡NO TE MUEVAS!

Paola no podía coordinar sus pensamientos. Era imposible que le estuviera pasando esto. Que Javier, su empleado, el hombre siempre tan dulce, educado, servicial y complaciente con ella, la hubiera puesto sobre sus rodillas y le pegara de una forma tan salvaje. ¡Y todavía ponerla contra la pared, era el colmo de la humillación! ¿Se habría vuelto loco de golpe? Y ella allí, en esa cabaña en el medio de la nada, sin poder huir.

Pero en el fondo sabía que Javier tenía razón. Ella jamás saludaba a la gente que estaba por debajo de su nivel social, y menos si trabajaban para ella de una forma u otra. Tampoco daba las gracias. ¿Porqué hacerlo si ella pagaba por el trabajo? El dinero recibido por esa gente debería ser suficiente ¿Y pedir algo por favor? ¡Jamás se le ocurriría semejante disparate! No le estaban haciendo ningún favor, ella pagaba por esa tarea. Claro que por el momento su inteligencia le decía que más valía que obedeciera a Javier y no lo contrariara, porque… ¡su trasero seguiría pagando su rebeldía!!

La voz grave de Javier la arrancó de sus pensamientos.

- Ven aquí, tenemos que hablar.

Obedeció sin decir palabra. Cuando se dio vuelta vio la mesa preparada con el desayuno. Se veía delicioso y ella se moría de hambre. Se sentó con el máximo cuidado debido al escozor que aún sentía y se dispuso a comer.
- ¡Paola!!! -Saltó de la silla – ¿Quién te ha dado permiso para comenzar? Es un signo de buena educación esperar que el otro comensal se siente a la mesa contigo, y más aún si es el anfitrión.
¿Es verdad que aprendiste modales alguna vez?
Javier era injusto con ella. ¿Cómo le decía eso? Había sido educada en los mejores colegios y con los más renombrados profesores. Su apellido era de cuna y desde pequeña había sido entrenada en buenos modales dado que su familia tenía relación con altos jerarcas de los gobiernos, nobles, y hasta la realeza. Pero ella seguía viendo a Javier como un sirviente y no como su anfitrión.
Javier tenía razón, pero necesitaría tiempo para adaptarse. Iba a ser un largo mes de aprendizaje…

Bajó la cabeza sin decir nada.  Cuando Javier se hubo sentado y le indicó que podía comenzar, ella lo hizo sin mirarlo. Sentía que lo odiaba por haberle pegado, por ponerla en evidencia continuamente y… porque sabía que tenía razón, ¡pero nunca lo iba a admitir!!

- Bien Paola, llegó el momento de aclarar las cosas. Quiero que me escuches muy atentamente: eres una mujer inteligente dado que manejas tus negocios de forma brillante, así que no te costará entender lo que te voy decir. Quiero que en este mes aprendas que no eres el centro del universo. Que te des cuenta que aunque tengas muchísimo dinero, la humanidad no gira a tu alrededor ni eres el ombligo del mundo. La gente que te rodea y te sirve son seres humanos que merecen respeto y dignidad, y eso no se compra Paola. Durante este mes aprenderás a hacer todas, o al menos la mayoría de las tareas que tú le exiges a los demás.

Aprenderás a valorar el trabajo de la gente que está a tu servicio. Y además, lo más importante: comenzarás a utilizar palabras como: “por favor”, “gracias”, “lo siento”, “perdón”, etc., y a saludar como corresponde a TODO el mundo, pertenezca o no a tu nivel social. Pero no lo harás porque yo te obligue, sino por convicción, porque te darás cuenta del esfuerzo que cada una de esas personas realiza para conformarte, aunque casi nunca lo logren.

Te enseñaré a hacer todas las tareas y comenzarás por lavar todo lo que utilizamos cuando termines tu desayuno. Luego subiremos a tu habitación y te diré cómo limpiar la recámara y el baño. Por hoy yo me encargaré de arreglar mi cuarto, pero a partir de mañana será también tu responsabilidad.
Todos los días te levantarás a las 7 para comenzar tus tareas, las cuales encontrarás escritas y pegadas en el refrigerador. Si no sabes cómo se hace algo, puedes preguntar y te explicaré cuantas veces sea necesario, pero… ¡no permitiré ningún error! Todos los errores que cometas serán castigados con severidad, así como cualquier acto de rebeldía o insolencia. ¿Entendido?
Además de dejar los cargos de jefa y empleado en el hotel, me prometiste y me diste tu palabra de obediencia total, y sólo eso te voy a exigir.

Recordó sus épocas de niña y le preguntó:

- Javier, ¿Puedo levantarme de la mesa para recoger y lavar la loza del desayuno?
- Sí, tienes mi permiso para hacerlo –le contestó con una sonrisa.

¡Por fin estaba haciendo algo que merecía su aprobación! Mientras levantaba todo y se disponía a lavar como le había indicado Javier, éste le dijo:

- Y por último hablaremos de tu ropa.

Era la oportunidad de Paola para sacarse un poco el enojo que tenía y lo aprovechó.

- ¡De eso te quería hablar yo también! ¿Puedes creer que los estúpidos de la línea aérea me entregaron la maleta equivocada? Jajajajajajaaaaa… Cualquiera que me conozca sabe perfectamente que yo no uso ropa como esta. Es la de una colegiala…

Pues yo te conozco muy bien y cuando hice tu maleta pensé que era la ropa adecuada para ti: la de una niña caprichosa. Cuando demuestres ser una mujer te podrás vestir como tal. En tanto te vestirás de acuerdo a las actitudes que tienes. Ahora dime Paola, ¿fui lo suficientemente claro para ti?
- Sí – respondió con un hilo de voz…
- En ese caso comencemos con las tareas para el día de hoy. Te acompañaré todo el tiempo para enseñarte paso a paso cómo se hace cada uno de los trabajos. Recuerda: no admitiré ningún error ni en las tareas, ni en tu comportamiento, y mucho menos en tu forma de hablar. Ven conmigo por favor…
- Como tú digas Javier -Todavía se veía muy enojado y no quería contrariarlo.
- Dime Paola… ¿no se te olvida algo?

Quedó pensativa… no quería cometer errores porque su orgullo y su trasero no se lo permitían, pero no se daba cuenta de qué hablaba Javier.

- ¿Hay algo que me tengas que decir?
- No… no tengo na.. nada más que decirte…- le contestó titubeando.
La tomó del brazo, se sentó y la volvió a ponerla sobre sus rodillas mientras que le metía las bragas entre las nalgas…
- Eres terrible Paola, ¿es que no quieres aprender??
- ¿Qué vas a hacer? No, Javier, ¡no! No resisto una sola palmada más, no me pegues por favor…
- Lo siento, pero es el único lenguaje que parece que entiendes! Plas… Plasss… Plass…  A propósito: ¡estás aplicando muy bien el “por favor”! Ahora deberás aprender el “gracias”. Plas, plas, plasss… Tomaste el desayuno que te preparé y no agradeciste mi trabajo ni una sóla vez.
- Los golpes en la carne desnuda resonaban por toda la estancia- Estas palmadas reactivarán tu memoria, y espero que sean las últimas.

¡Debe haber recibido no menos de 20 o 30 azotes!

- Ahora vamos a tu recámara. ¡Sube ya!

Subió delante de él mientras se iba sobando el trasero, ofreciéndole un espectáculo maravilloso: aquel hermoso culo redondo y colorado y sus manos acariciándolo…
¡Cuando entró a la habitación quedó paralizado! Daba la impresión de haber sido arrasada por una banda de delincuentes. Sonrió por lo bajo sin que Paola lo viera. Estaba acostumbrado a encontrar el cuarto de ella y verlo en esas condiciones. Cruzó la estancia en dirección al baño.
El mirar ese lugar y pegar el grito fue sólo uno:
- PAOLAAAAAAAAA, ¿qué es esto??
- ¿Qué… qué pasa, qué hice ahora?
- ¿Cómo qué “qué hice ahora”? ¿Te parece que estas son condiciones para dejar un baño? ¿Dónde tomaste el baño: dentro o fuera de la tina? ¡Por Dios eres un desastre!! Pero aprenderás.
Ven aquí.

Y con toda la dulzura y paciencia del Javier que ella adoraba, le fue enseñando y explicando cómo debía de hacer cada una de las tareas. Paola no tenía mucha destreza manual y al nunca haber realizado este tipo de trabajos, era un poco torpe en sus movimientos, pero enseguida él iba en su auxilio y le ayudaba.
Luego pasaron a la habitación. Javier miró la habitación y luego la miró a ella, como diciendo con los ojos ¡que les esperaba una tarea titánica!
- Esto es otra cosa con la que tendrás que tener cuidado: tu ropa y tu habitación. Estás acostumbrada a tirar toda la ropa por cualquier lado y cuando regresas la encuentras otra vez ordenada. La ropa, querida niña, no llega sola a los cajones o placares: ¡alguien la pone allí!
¡Pero eso se acabó! Voy a revisar tu habitación varias veces por día, ¡y no te dejaré pasar ni un solo descuido! Te enseñaré a doblar tu ropa y a guardarla de forma adecuada. Será tu deber y tu obligación mantenerla así ¡SIEMPRE! Tu cama deberá estar armada y perfecta. Si la utilizas para recostarte un rato, cuando te levantes deberás extenderla y dejarla sin una arruga, ¿está claro? ¡Ella lo miró con cara de fastidio! Estaba cansada, dolorida y con ira. Se contenía, ¡aunque no sabía por cuánto rato más iba a soportar ese trato sin estallar! Pero sólo se animó a asentir con la cabeza…
Cuando terminaron la tarea Javier le sonrió.

- Mira qué bello se ve ahora el cuarto Paola. Así ordenado da gusto, ¿verdad?, Ahora bien… ¿tienes algo para decirme?
- En realidad, sí… quiero descansar un rato, estoy muy cansada y me voy a recostar. Despiértame a la hora del almuerzo.

Se dio media vuelta y se tiró boca abajo sobre la cama.
El chasquido del primer cintazo lo percibió en el aire y luego lo sintió sobre su piel.
El castigo se le hizo interminable.
De repente él paró y le dijo que no se moviera. No lo hizo, estaba demasiado dolorida y asustada como para hacerlo. Al momento Javier volvió con un pote de crema en sus manos y comenzó a extenderlo sobre aquella zona tan roja y cruzada por las rayas que había dejado el cinto. Lo hacía con extremo cuidado y suavidad: hasta se diría que con amor. Paola podría haberse quedado así por siempre, adoraba las manos de Javier, sobre todo en momentos como este…

Con mucho cariño le dio vuelta, le abrazó con ternura y le volvió a hablar, esta vez suavemente y le explicó que hacía esto por su bien, para que dejara de ser tan petulante y agradeciera lo que se hacía por ella… Fue entonces cuando Paola creyó haber entendido el “juego”.

- Sí Javier, entiendo. “Gracias” por tus enseñanzas y por invertir el tiempo de tus vacaciones en mí.
Javier no lo podía creer: le había dicho ¡“gracias”! La abrazó con más fuerza y le dijo que descansara un rato, que él se iba a encargar del almuerzo; la dejó sola en la habitación, descansando… Había sido suficiente. Le enseñaría el resto de los quehaceres mañana.
El resto del día pasó sin novedades.
¡El sonido del despertador le estalló a Paola en la cabeza!! Con su trasero aún muy dolorido se levantó, se duchó, se vistió rápidamente y bajó a la cocina. Pegado en el costado de la heladera estaba la lista de tareas. ¡Parecía interminable! Pero se había propuesto hacer lo que él le mandaba. En el fondo era excitante obedecerle, y los azotes… Había algo que no entendía y le daba vueltas en la cabeza: cuándo él la azotaba sentía un dolor inmenso, pero al mismo tiempo su entrepierna se mojaba ¡y hasta había tenido más de un orgasmo! ¿Cómo podía ser eso? Bueno, no quería que él le pegara… ¿o sí? Su trasero decía que no, pero otra parte de ella lo deseaba con pasión.

Javier apareció en la cocina. Se veía tan bello aquella mañana, tan varonil, tan hombre. Era sumamente seductor y lo sabía. Además, no hacía nada por disimularlo.

- Buenos días Paola, ¿dormiste bien?
- Muy buenos días Javier. Sí, dormí perfectamente, gracias. ¿Y tú?
- Pero bueno, ¡qué bonito oírte hablar así! Ven, preparemos el desayuno mientras organizamos el día.

Compartieron tareas, él le enseñó todo lo que pudo y durante los días siguientes fueron muchas las veces que la azotó: por su lenguaje, por alguna tarea mal realizada, por dormirse… ¡cualquier excusa era una razón para ponerla sobre sus rodillas!
Ya hacía aproximadamente 10 días que estaban en la cabaña. Una tarde Javier le dijo que se pusiera algo liviano porque hacía calor y que irían al pueblo en busca de provisiones. Ella obedeció. Se montaron en la camioneta y bajaron unos 20 kilómetros hasta el pueblo. Pararon frente al pequeño supermercado y entraron. Comenzaron a meter diferentes cosas dentro del carrito de compras. En determinado momento Paola le dijo algo que él no le entendió, pero cuando se dio vuelta ella había desaparecido. Terminó de hacer las compras antes de lo previsto y cuando salió a la calle mirando para todos lados como un desesperado, la vio sentada en el bar que estaba enfrente a la tienda, rodeada de hombres y con un vaso de cerveza en la mano. Colocó, o mejor dicho, tiró las bolsas dentro del auto, cruzó la calle como un endemoniado, saludó a los conocidos, dejó dinero sobre la mesa a la que se había sentado ella, y tomándola de un brazo casi la arrastró hasta la camioneta. La hizo subir, subió él también y arrancó en dirección a la montaña. No hablaron en todo el camino… Javier estaba demasiado enfurecido para hacerlo, y ella muy asustada.

Cuando llegaron a la cabaña bajaron las bolsas, acomodaron las compras y entonces:
- ¡No creas que no recibirás tu lección por haberme dejado tan mal delante de toda la gente del pueblo! Rodeada de hombres y tomando cerveza en la mesa de un bar… ¿dónde te creías que estabas, en una cervecería de Alemania? ¡Aquí está muy mal visto que una mujer haga eso!
- Pero yo no lo sabía…
- Si te hubieras quedado a mi lado como corresponde, ¡no hubiera pasado jamás! ¿Por qué te fuiste?
- Pero yo te dije que iba a tomar algo al bar, ¡que tenía sed!
- No te entendí, ¡y cuando me di vuelta tú ya te habías ido, ni siquiera esperaste mi permiso!! Pero haré que te arrepientas… ¿me oyes? ¡Sube ya mismo a tu habitación, quítate el vestido y espérame de pie, mirando la pared!
- Pe…
- No quiero ni una palabra de tu parte. ¡Obedece o te irá peor!
Obedeció. Se quedó solamente con la ropa interior y mirando la pared. Permaneció así por un período de unos 20 minutos, o al menos fueron los que le parecieron a ella. De pronto Javier apareció. Puso la silla en medio de la habitación en una posición que a ella le pareció extraña.
Colocó sobre la cama algunos elementos, entre ellos el más grande de los cepillos de su cómoda.
- Ven aquí, ya conoces la posición.

Ella se colocó boca abajo sobre sus rodillas. Entonces levantó un poco la cabeza y comprendió el porqué había colocado la silla allí: el espejo. Ella estaba frente al espejo y podría ver perfectamente cómo iba a ser castigada: el momento en el que él bajaba su mano y el golpe, además de sentirlo. Tembló.

- Espero que no olvides esta lección.

Bajó las bragas hasta las rodillas y comenzó a esparcir los azotes por todo su trasero, que estaba suave y pálido en ese momento, pero que no quedaría así por mucho tiempo. Luego de un buen rato y cuando pensó que ya estaba bastante colorado, tomó el enorme cepillo y comenzaron los golpes con él. El sonido era diferente, y la picazón también. Dolía y ¡mucho! No tuvo noción de cuántos cepillazos recibió, pero lloraba por el dolor, la hinchazón y el escozor. Luego de un rato se detuvo.

- Nunca más vuelvas a ponerme en evidencia delante de nadie, ¿entendiste??
- Sí Javier, lo que tú digas. Perdóname por favor…
Se acercó a él llorosa y lo abrazó fuerte. Esa actitud de ella lo descolocó. No sabía qué hacer. Ella levantó la vista y lo miró a los ojos… su boca se entreabrió y… Javier no pudo resistir la tentación de besarla con una pasión contenida por varios años!

La abrazó y la besó con toda la ternura y pasión que fue capaz. Luego la tomó en sus brazos mientras ella se abrazaba de su cuello. La llevó a su habitación y cerró la puerta.

Paola no olvidó jamás estos días en la cabaña de Javier. Con sus palabras, sus enseñanzas y sus azotes, había logrado hacerla mejor persona, y un maravilloso ser humano.

Fantasía invernal

Miércoles, octubre 12th, 2011

Autora: Ana K. Blanco

La nieve está cayendo muy suave sobre la casa de madera de dos pisos. Tiene a la entrada una estancia grande con la estufa como protagonista acompañada por la mullida alfombra; y sin que moleste la vista del fuego, un sillón grande y cómodo. Sobre un costado está el comedor, y algo más alejada una cocina tipo americana.  Los dormitorios están en el piso de arriba, al que se accede por una simple escalera de madera. Nada lujoso, sólo cómodo y funcional. La música envuelve el ambiente, que se ha vuelto cálido gracias al fuego de la leña ardiente. En un rincón de la cocina, Stephan prepara la cena. Algo sencillo pero delicioso, especial para mí.
Yo anduve todo el día cómoda, con solo las bragas, un blusón y medias blancas. Pero llegó el momento especial y me preparé para la ocasión, con todos los detalles posibles. Y hago mi aparición ante él que se me queda viendo como a una aparición. Veo la aprobación en sus ojos y ¡el deseo! No resiste la tentación y me besa mientras recorre mi espalda, cintura y más con sus manos ávidas de mí. Lo freno, no quiero apresurar las cosas y me alejo un poco. Puede observarme mejor: desde mis zapatos rojos de tacón, las medias transparentes con la liga, que se ve apenas debajo del enorme tajo que tiene el largo vestido de terciopelo negro, ajustado, insinuando cada una de las curvas de mi cuerpo.  Los guantes largos, rojos, llegan casi hasta los hombros.  El pelo recogido en un moño, cuidadosamente despeinado, dejando caer algún rulo por aquí y por allá.  Un maquillaje suave que destaca los ojos y los rojos labios…

Me ofrece una copa de champagne.

- “Dom Perignon -me dice- como a ti te gusta”.
Brindamos.  Me toma de la cintura y me lleva a la mesa que ya estaba servida.  Me ofrece una cena deliciosa, digna del más exigente gourmet. Se la agradezco en cada bocado sin necesidad de palabras, sólo con gestos y miradas. Todos los platos son una obra de arte, un deleite para la vista y para el paladar.
Me invita a tomar el postre en el sofá.  Allí sentada continúo seduciéndolo de forma más o menos solapada: miradas, sonrisas y cruces de piernas que lo dejan casi bizco. Me toma del brazo y me invita a bailar: música suave, que es percibida por mis oídos mientras que sus hábiles manos se deslizan por mi espalda.  Su boca busca la mía y la encuentra ¡por supuesto! Un beso largo, tibio, húmedo, hace que mi corazón se acelere aún más.

De una forma casi imperceptible siento correr el cierre del vestido y sus manos comienzan a recorrer mi piel mientras el vestido cae al suelo. Se aleja unos pasos y me mira. Aprovecho la música para quitarme los largos guantes, queriendo imitar a Rita H. en “Gilda”. No sé si me sale bien, pero él se queda paralizado mirándome. Es sólo un instante, porque al segundo me tira hacia él y comienza a besar mi cuello.  Su nariz se impregna de mi perfume y su boca y su lengua comienzan a recorrer cada uno de los poros de mi piel, como queriendo aprenderlos de memoria.  En este juego pasional, su ropa se une a la mía en un rincón.

Continúa con las caricias y quiero participar, hacerle algo yo también, pero las sensaciones son tan fabulosas que sólo puedo tirar mi cabeza hacia atrás y lanzar un tímido gemido. No existe un lugar de mi cuerpo que sus manos no quieran recorrer esa noche. Las piernas se me aflojan y voy cayendo lentamente sobre la maravillosa alfombra que me recibe con toda su calidez. Busco su dulce boca que no me canso de besar, pero yo también quiero demostrarle mi pasión, así que…

Poniendo su espalda contra la alfombra, me pongo encima de él, con mis piernas a los costados y tratando de no lastimarle con los tacos.  Siente en su cadera la liga de las medias que le rozan y lo excitan. Le comienzo a besar la frente, los ojos; bajo por su nariz y cuando cree que voy a su boca, salto hasta los lóbulos de sus orejas dejándole aún más deseoso de ese beso. A cambio le beso las mejillas, el mentón y bajo por el cuello. En un momento de descuido tomo su boca como por asalto. Siente ese beso que lo quema y quiere corresponder, pero yo me alejo.
- ¡No! -digo- cierra los ojos y déjate hacer.
Obedece en silencio, y entonces sí me dirijo a su boca, pero no como él espera. Le rozo apenas los labios con los míos, y luego, con la punta de mi lengua comienzo a recorrer sus labios, todo alrededor, despacio, sin apuro. Siente mi aliento cálido y puedo percibir entre mis piernas su excitación, que va creciendo segundo a segundo.  Me doy cuenta que quiere que le bese de una vez, pero al mismo tiempo está disfrutando esta “tortura” que alarga el placer.

Cuando lo creo conveniente, mi lengua deja los labios para ir al encuentro de su lengua, que espera impaciente. Es un beso desesperado, de pasión contenida, así que nos devoramos mutuamente.
De repente lo detengo y le pido que vuelva a cerrar los ojos. Otra vez sin muchas ganas obedece.  Quiere ver qué haré, pero está dispuesto a entregarse totalmente a mí.  Sin que Stephan me vea, tomo un cubo de hielo en mi mano.

Vuelvo a besarle los labios y bajo por la barbilla que levanta instintivamente, dejando descubierto el cuello que me indica el camino a seguir. Hago un camino de besos desde la barbilla a la mitad del pecho. En ese mismo camino marcado, paso mi lengua, húmeda y cálida dejando un huella brillante que aprovecha el hielo para deslizarse. El frío del hielo hace que se estremezca y sobresaltarte.  Pero no le doy tiempo a reaccionar, porque vuelvo a pasar mi lengua tibia por encima. Sensaciones tan dispares y tan seguidas hacen que le inunde el placer.
Se le dificulta mantenerse en posición horizontal sobre la alfombra, porque se mueve como un muñeco eléctrico al compás de mis besos y de mi lengua.  No dice nada, pero yo sé que no quiere que pare. Así que sigo con este “tratamiento” de calor, frío, calor…
Voy hacia sus pechos y hago reaccionar sus pezones; luego vuelvo a la mitad del cuerpo y…   le toca el turno al estómago, al ombligo, su vientre. “Algo” me dice que está a punto de estallar e imagino cuál es su deseo. Así que decido no cumplirlo y continuar el tratamiento sobre muslos, rodillas, pantorrillas, pies.

Dejo el poco hielo que me queda, y con la mano helada comienzo a acariciarle de abajo hacia arriba, teniendo cuidado de no rozar siquiera lo que él quiere que tome de una buena vez para permitirle descargar toda esa pasión acumulada.

A mi mano helada la sigue la otra mano, caliente de tanto roce. Comienzo nuevamente a recorrer su cuerpo hasta que inevitablemente y sin escala previa me topo con algo que está… ¡paradísimo!
Su miembro parece dolerle por la dureza y está punto de estallar, y a su manera me implora que lo atienda.  Así lo percibo y excitada por mi propia excitación lo tomo entre mis dos manos para acariciarlo despacio y sin pausa, desde su base hasta la punta en un ir y venir cadencioso.
Una de mis manos se posa sobre sus testículos suaves a causa de la depilación, mientras la otra recorre todo el largo de su miembro duro y caliente, colorado y venoso. La abarco en mi palma envolviéndola como para regalo,  dejando cuidadosamente al descubierto la cabeza roja, que es el fiel reflejo de la mejor fresa.

Mis labios entre abiertos desean ese pene tan erecto…  mis ansias también. Pero mi instinto de verdugo implacable decide hacerlo sufrir un ratito más antes de devorarlo.
Stephan se da cuenta de mi juego, de mi malicia, de mi tortura intencional hacia él. Mis ojos lo miran y me delatan.  Mis labios esbozan una sonrisa traviesa que no puedo disimular y… ¡mi fin es inminente!
No sé cómo hace para ponerse de pie tan rápido. Me toma de una oreja y yo también me levanto veloz, con una agilidad y rapidez que hasta a mí me asombra.  No me dice una palabra, sólo se sienta en el enorme sillón y me acomoda sobre sus rodillas para comenzar un sinfín de azotes con su mano dura y recia.  Mi colita toma rápidamente el color y la temperatura de las llamas de la estufa. ¡Plas, plas, plas, plasss!
Ahora se detiene y siento que se inclina.  ¿Qué está buscando?

- ¡Ayyyyyyyyyyy!  ¡Nooooo!  Con el cinto no Stephan, ¡por favor!
¡Zas, zas, zas!  El cinto doblado silba en el aire y cae sobre mis nalgas haciéndolas temblar. Las lágrimas comienzan a correr veloces por mi rostro. Le pido, le suplico, le imploro que pare de castigarme de esa manera. Pero no; él hace caso omiso a mis palabras. No me oye, no me escucha, no le importa nada, sólo castigarme duramente por haberlo hecho sufrir y esperar tanto por un placer que quería obtener de inmediato.  Lo que más le molesta es que lo hice a propósito, que me reí de él en su cara, y eso es lo que me está haciendo pagar. Y ¡de qué manera!  Su furia es tan grande como la excitación que siento bajo mi vientre mientras me muevo más de lo necesario para frotarme contra él y mantenerlo así.  Me gusta sentirlo de esta forma: hombre, fuerte, varonil y sumamente excitado.  Por eso lo provoqué hasta llegar a este punto; él lo sabe y se está cobrando como sólo él sabe hacerlo.
No sé cuántos azotes recibo, pero está más de media hora azotándome sin tregua.
De pronto, sin previo aviso para de azotarme, y comienza a frotarme las nalgas, rojas, hinchadas y cruzadas por las marcas del cinto.  Con su voz gruesa y demandante me ordena:
- Ponte de rodillas entre mis piernas y termina lo que comenzaste. ¡Ya!
Obedezco en silencio. Su orden no es tal, porque es lo que yo deseo hacer. Así que, con mi libido a mil, se me torna insoportable esperar más, y mis labios temblorosos por la excitación se posan sobre su miembro para saborearlo de a poquito. Primero la puntita, de inmediato y como por arte de magia la hago desaparecer hacia el interior de mi boca húmeda y tibia.   Le siento suspirar, ensayar un leve gemido de placer, y comienzo a lamerla suavecito y con cuidado como con miedo de romperla.  Emite quejidos indescifrables y se sigue retorciendo sentado en el sofá, ahora con más fuerza.  Me toma la cabeza con las dos manos y acompaña mis movimientos como en una danza africana,  al tiempo que mueve las caderas y no deja de pronunciar palabras indescifrables, que solo él es capaz de entender.

Me esfuerzo por que no estalle aún y hacer éste momento eterno. Con todo su miembro en mi boca, las idas y venidas son lentas, prolongadas, apasionadas, llenas de lujuria, dadas con una maestría tal que me parece imposible. Recorro cada centímetro de su pene degustándolo como al helado más rico. Me gusta hacerlo y lo siento enorme dentro de mi boca.

Todo esto me lleva a tal grado de excitación que mis pezones están duros y también piden atención.  Él se da cuenta y me acaricia. Sus manos recorren mis pechos, mi cadera, mi rostro que atrae hasta él y nos unimos en un beso ¡interminable! Nuestras lenguas se entrelazan así como nuestros cuerpos. Estamos ansiosos, expectantes, excitadísimos, ardientes como nunca.
En este momento no sé qué pasa por su cabeza, qué lo lleva a tomarme de un brazo de forma bastante brusca y casi arrastrarme por las escaleras hasta la habitación, donde me arroja encima de la cama y sin más comienza a darme una nalgada tras otra con su mano abierta.  ¡Pica, arde, duele! Siento todo el escozor de los golpes en mi piel. No son caricias precisamente, sino que baja su mano y me golpea las nalgas con toda la fuerza de la que es capaz. Me asusto, no entiendo porqué lo hace, así que cuando me da una tregua, con las lágrimas que me brotan sin parar,  le pregunto entre sollozos:

-          Pero… ¿porqué Stephan?  ¿Qué hice ahora?
-          No hiciste nada en particular.
-          ¿Entonces?  ¿Por qué me azotas así?
-          Porque no necesitas hacer algo para que te azote; porque se me viene en gana; porque tengo deseos de azotarte; porque me gusta tu culo colorado como la amapola, y… porque sí!  Déjame verte…

Parado detrás de mí, comienza a amasar mis carnes rojas y ardientes con sus manos, que son como un bálsamo para mis doloridas nalgas.  En ese vaivén de caricias, lleva lentamente sus dedos hasta mi entrepierna, percibiendo de inmediato mi humedad.  Juguetea con mi clítoris, lo retuerce, me hace estremecer mientras que con la otra mano mete y saca sus dedos de mi vagina.  Estoy a punto de explotar de placer, gimo y me retuerzo sobre la cama.  Stephan me conoce profundamente, y cuando estoy por sentir los primeros espasmos… me levanta de la cama de golpe y me lleva hacia el escritorio, donde me coloca con el vientre sobre él, con las piernas algo abiertas.

Sigo sin entender, pero cuando me doy vuelta, veo que en su mano sostiene… la temible cane!  Actúa con tal celeridad que no me permite hablar y suelta el primer varazo.  Me incorporo levemente por la sorpresa más que por el dolor.  Stephan colocó varios espejos por toda la habitación, de forma tal que siempre puedo ver cómo me azota y presentir el golpe antes que llegue.

Veo bajar la cane una y otra vez.  La apoya contra mis nalgas,  la separa solo unos centímetros, como para medir el golpe, por dos o tres veces y… asesta el golpe en el lugar exacto que él quiere.  Al poco rato mi culo está rayado de tanto azote y yo ya no resisto más.  Lo miro como suplicando y él decide parar y consolarme.  Me levanta del escritorio, me toma entre sus brazos y me acaricia tiernamente.  Quiero que este momento no termine.

Me conduce hasta la cama y me coloca encima de él. Me acaricia las piernas sintiendo el final de mis medias y el comienzo de la carne “al natural”.   Eso me excita aún más, si es eso posible…  Y me doy cuenta que sí lo es, porque puesta sobre él en perfecto ángulo recto y con unos deliciosos movimientos, logramos llegar al mejor orgasmo jamás soñado por mí.
Ana Karen Blanco

9 de noviembre del 2005

Dulce castigo

Miércoles, octubre 12th, 2011

Autora: Ceci
Ellos eran enamorados desde hace algún tiempo, se conocieron en la Universidad y, pese a ser de facultades, distintas siempre andaban juntos.

Sus relaciones en ese tiempo habían sido muy tensas pues él quería ayudarla en un curso que lo tenía al borde de perderlo y pese a sus reiterados consejos para que lo tome en serio, ella no le hacía caso, siempre estuvo acostumbrada a hacer las cosas a su manera. Sin embargo ahora estaba contento pues advertía que ella ya había adquirido noción de su responsabilidad y se tomaba las cosas en serio dejándose ayudar por él.
Esa mañana tenía examen y era definitivo para sus expectativas de pasar el curso. Con un besito y una nalgadita de cariño, la empujo tiernamente hacia las escaleras que la llevarían al salón  donde daría la prueba.  Miguel tenía hora libre y mientras tanto  esperaba  confiado en la cafetería.  Abruptamente  Patricia, una amiga de curso de Carla se le acercó a él con la prueba y le dijo que por encargo de Carla, le pedía que le resolviera esos dos problemas y que ella se lo llevaría de vuelta.

Él se extrañó, sintió mucha cólera, no esperaba eso de ella, eso no era honesto.  Fueron muchos sus reparos, pero  no tenía caso pensarlo y resolvió ayudarla. Ya lo habían hablado, ella quería que él la reprendiera e inclusive darle de nalgadas para ayudarla a ser mejor y pese a que él también lo deseaba, tenia temor de ser muy duro, asustarla o perderla  ya que en el fondo era muy petulante y rebelde. Pero esta sí era una ocasión perfecta para enseñarle a ser más honesta y responsable. Le entregó los problemas resueltos y la amiga regresó al salón de clases.
Lo que sucedió después él no lo supo, por lo menos en ese instante. Solo que se vio, de cara frente a ella y toda furibunda le sacaba en cara haberle mandado las respuestas  que ella no había  solicitado, y una serie de frases mas. Así era Carla, solo gritaba y no le importaba el entorno que tenía en  esos momentos

- Hey, espera, si tu amiga… ni si quiera dejó que Miguel  terminara la frase, y ella  continuó gritando, él le pedía que bajara la voz pero ella seguía con toda esa escena delante de muchos pares de ojos que se reían de la furia de la chica y de su propia vergüenza. Él ya no pudo más, la tomó del brazo, muy suavemente y le habló al oído
- Pensaba pedirte disculpas por haberte juzgado mal, pero tu comportamiento amerita que no solo inicie tu castigo, si no que me lo piense mejor en la dureza que debo imprimir en ello, no me das otra chance Carlita. Y siguió hablando ante el asombro de ella; la tenía cogida de la mano pero imprimiendo firmeza la hacía salir de la cafetería

- Mi nena te lo advertí…no te resistas y camina si antes no quieres que aquí en medio de todos haga algo que ni te imaginas. Y empezaron a caminar entre los salones de su pabellón
Inexplicablemente se dejo llevar, porque la voz de él contenía esa alerta que le aseguraba a ella que lo haría. Tenía miedo, lo sentía estricto y eso era nuevo en él, pero igual descubrió que encima de ese temor había unas ganas de saber que más venía.

- Tráeme a tu amiguita, tráela porque ahora yo seré el que castigue su gran hazaña y ambas verán lo que es bueno.
Ella podía rebelarse, por supuesto que podía, pero en el fondo no quería y decidió seguir hasta el final. Demoró solo unos minutos y la trajo.

-¿Qué quieres, para que me llamas? Dijo Paty con mucho desparpajo.
-¡Te creíste muy lista! Ya sé que Carla no te pidió nada y que solo lo hiciste por tu propio interés.

- Si pero pensé en ella también, por eso le pasé el cuaderno con las respuestas, contestó Paty.
- Si  pero yo no te pedí nada, dijo Carla muy molesta y altanera, tonito que para nada le agradó a Miguel que inmediatamente le dijo:

- Silencio Carla, nadie te pidió que dijeras una palabra… cállate si no quieres que duplique la tunda que te voy a dar. Al escuchar esas palabras, Paty se sonrió un poco de burla y un poco de sorpresa, no podía creer lo que escuchaba, Carla no podía dejarse tratar así, si ella era una chica muy autosuficiente y pensó que era una broma.
- Bueno, bueno, yo no tengo vela en este entierro,  me voy de aquí y uds. arréglense  de la manera como más les agrade y haciendo mohines de burla, soltó su paso suave hacia la puerta.

Y Miguel la paró con un:
-¡Alto allí chiquilla tonta! ¿Crees, que te llamé solo para que te burles de Carla?

- Ella será castigada, ya no por copiar la prueba como pensé, si no por grosera y malcriada. Pero tú también recibirás tu castigo, por deshonesta, mentirosa y por no apreciar lo que es la amistad
- Déjame!, sácame la mano de encima. Tú estás loco, que te has creído tú!, dijo la chica.

- Tú eliges, si no te quedas a recibir tu merecido por tu falta, simplemente me voy a buscar a tu profesor y le cuento la gracia que hiciste, ¡elige!, te quedas a recibir tu merecido o te largas, pero anda alistando tus cosas porque aquí no te van a querer y agradece que tengo aún un espíritu democrático.
No le quedó otra chance, ya tenía dos antecedentes de ese estilo y no le iban a tolerar uno más. Se quedó y él se acercó a la puerta, vio que los pasillos estaba vacíos, la última clase en la facultad había culminado y había una clima de intimidad muy favorecedor para sus planes y le ordenó a Paty que se bajara el pantalón…

- ¡Ya! lo quiero para ahora, no para mañana… y la chica empezó a descender el zipper de su pantalón.
-Carlita, mira, mira lo que te vas a ganar a partir de ahora, si sigues haciendo tus berrinches y queriéndome manejar a tu antojo. Le ordenó a Paty que se volteara contra la pared, que apoyen sus manos en ella y empezó a dar de palmazos, uno, dos, tres, imprimiendo mucha fuerza.

Auchhhh, yaaaaaaaaaa, que te has creído, bruto auchhhhhhhhhhhhhhh.
- Cállate mocosa tramposa, cállate, porque recién estamos empezando

Ella  hizo intentos por voltearse, obligándole a Miguel a volverla a colocar de cara a la pared y de un solo tirón le bajó el calzón sin ninguna delicadeza y empezó a darle en una y otra nalga, cada vez con mas fuerza, y ya la chica dejó su furibundo grito para llorar como una pequeña y a suplicar que ya dejara de golpear sus adoloridas y ardientes nalgas.
- Dilo, dilo. Reconoce que actuaste como una tramposa, dilo porque hasta que no lo hagas no pararé de azotar tu trasero.

Buahhhhhhh, lo siento, buahhhhhhhhhhhhh
No te escuché bien… ¿¿¿¿qué dijiste chiquilla????

- No seré tramposa, no haré esto más, buahhhhhhhhhh
-OK, así esta mejor y mientras decía esto, la volteó, le ordenó que se subiera la trusa y el pantalón y le dijo que se parara allí al frente, porque ahora iba a presenciar la zurra que le iba a dar a su amada malcriada, que perpleja miraba lo que sucedía con Paty.

Y llegó el momento esperado: Saborear como plato de fondo a su Carlita .Y con ella fue más tierno, pero más severo aún. Ella le había hecho muchas cosas pero el nunca había actuado así ni nunca lo creyó tan resuelto a castigar sus arranques. Tenía miedo pero también anhelaba ese cosquilleo que empezaba en su estomago y se iba a anidar mas abajo de su vientre. Miedo, vértigos, vergüenza, orgullo, porque ya de verdad la estaba tratando como una chiquita y no como la novia autosuficiente y rebelde que ella era. Y extrañamente eso le gustaba.
Él  jaló la silla del escritorio, se sentó en medio del aula y con un gesto con su dedo índice la llamó. Él se deleitaba mirándola, aún no había empezado a azotarla pero esa expresión de niña asustadiza casi como un pajarillo desvalido, le arremetió una sensación de ternura y excitación. Pese a que solo la llamó una vez, ella se movió, aunque muy despacio para su gusto. Pero él ya disfrutaba de la entrega mental de su amada.

-Ven mi amor… VEN RAPIDO, que si no vienes ya, me pararé e iré a traerte aunque sea a rastras. Y sus pasos, los de ella, empezaron a recorrer la distancia que los separaba con mucho más agilidad…
La abrazó, le dió un ligero beso en los labios, la atrajo hacia si, aprisionó su cuerpo entre el suyo, sintió su tibieza pero también su temblor, empezó a recorrer con sus manos su cabello, su espalda, su cintura, su caderas y sus nalgas, y estampó una primera nalgada tan de improviso que la hizo saltar y empezar a temblar.

- Miguel, no por favor te prometo que…
-Shuttttttttt shttttttttttt, silencio preciosa, silencio…y colocando un dedo sobre sus labios le invitó a hacer mutis total. Y siguió hablándole con mucha ternura, sin dejar de mirarla.

- He visto que gozas haciéndome sentir como un tonto y creíste que nunca iba a hacer eso que tú misma me pediste muchas veces. Ella estaba como petrificada y ni se movía.
Mientras él le hablaba muy lentamente iba bajando el cierre del pantalón, pasando sus manos por las nalgas, acariciándolas, metiendo delicadamente un dedo por los bordes de su trusita. Al mismo tiempo tampoco dejaba de dirigirse a la espectadora que aún se sobaba las nalgas

- Ves Paty, yo la quiero, la amo, por eso soy así con ella y le voy a enseñar a ser más tolerante y menos histérica.
- Colócate aquí en mis rodillas Carlita… ven tu misma. Ahora si reaccionó y dijo:

-Nooo, me va doler, no quiero, yo lo decía por decir, por favor olvídate de eso… y lo decía con voz muy trémula.
-Ven preciosa, decía él pausadamente… pero la segunda palabra que salió de su boca fue con  mucha firmeza.

- VENNNN y en un abrir y cerrar de ojos la atrajo ágilmente a su regazo y en medio del silencio de la habitación, empezaron a resonar los golpes, cada vez más intensos y los alaridos de ella.
Plas, plas, plas, plasssssssssssssss,,,,,,,,,auchhhhhhhhhhh – Toma y aprende que tienes que cambiar y  plassssssssssss, plasssss, plasssssssssssssss.

- Que ya no voy a soportar tus berrinches plassssssssssssss, plashhhhhhhhhhh. Y seguía con los palmazos alternando una y otra nalga.

Estas ya lucían rojas y los gritos de ella empezaron a excitarlo. Hubiese querido dejar eso y hacerle el amor, pero quería ver como terminaba esto.

Buahhhh, buahhhhh, ya nooooooooooooooooooooooo buahhhhhhhhhhhhh
¡Qué rico lloraba! nunca había gozado esos llantitos y gemidos, alguna vez se los imaginó, pero que va! era una delicia para sus oídos escuchar su llanto, ese llanto libre de toda rebeldía, de toda autosuficiencia y capricho. Quería ver su rostro, verlo con dolor por eso la paró delante de él, enjugando sus lágrimas le decía:..

-Pobre mi nenita…ya están poniéndose rojitas esas nalguitas, a lo mejor ya tenemos que parar. Pero no lo hizo así, insistiendo en mirarla a los ojos y con mucha parsimonia bajo la trusa de algodón que llevaba su chica, despacio, lento, acariciando también las ardientes nalgas. Y sus ojos se gozaron su rostro adolorido, con miedo, también el color fresa que esas nalgas estaban adquiriendo.
-¿Te duelen mucho mi amor? le decía mientras sobaba y acariciaba esas lindas y rosadas nalguitas, pero aún no estaban como el quería verlas. Él las quería muy rojas, así que el pensó que el llanto eran solo lágrimas artificiales aún y sin claudicar siguió,

plassssssss, plasssssssssssss , plasssssssssssssss…buahhhhhhhhhhhhh. buahhhhhhhhhhh
Y lloraba, lloraba de verdad, ante la mirada sorprendida y sobrecogida de la amiga y la amorosa mirada de su pareja.

Bueno, creo que aún no es suficiente mi amor. Y sin darle tregua a pronunciar más palabra,  empezó a imprimir más fuerza, una y otra vez
Auchhhhhhhhhhhh, buahhhhhhhh

Toma, toma , plas, plassssssssssssssss,plassssssssssssssssssss
-Que no se te olvide que las niñas buenas no hacen quedar en ridículo a nadie y que ahora en adelante controlarás tus ataques de histeria. Y seguía fustigando sus nalgas .

- ¿Verdad que lo harás mi amor?. Y esta vez se dirigió a la observadora Paty:
- Alcánzame el cepillo que tiene Carla en su bolsa……

- Noooooooooooooooooooooo, noooooooooooooooo, ya nooooooooooo, gritó Carla desoladamente.
- ¡Silencio, te dije que no hablaras! y una sonora y fuerte palmada restelló sobre sus nalgas

- Paty muévete o quieres que también yo te de con el cepillo, y ella se lo entregó
Y reanudó el castigo con avidez casi compulsiva,.

zasssssssssssssss,. zasssss, zasssssss, plassssssssssssssssssssssssss
Y la chiquilla lloraba, gritaba, el dolor era ya penetrante, habían sido demasiados azotes, ni había llevado la cuenta pero era algo que no podía tolerar, pero contradictoriamente le incrementaba la sensación mucho más fuerte que el cosquilleo. Lloraba, porque le dolía, pero en medio de ese llanto descubrió otra sensación mas agradable, otra que la crispaba y le hacia sentir la necesidad de gritarle que siguiera, que no parara, que también disfrutaba de los azotes, que ya estaba muy excitada y traspasando ese velo sutil hacia su propio gozo. Miguel también reconocía como los gritos de ella aumentaban su excitación. En medio de cada cepillazo, las oleadas de placer, la impulsaba a apretar sus piernas y afianzar su pubis en las rodillas de Miguel obligándose ella misma a moverse casi frenéticamente. Y él lo captó. Podían juntos ya conjurar sus dolores, sus pasiones, sus locuras y corduras, todo el placer mutuo de gozarse.

Habiendo ya traspasado esa barrera; no quiso mas espectadores, eso quería disfrutarlo solo con su amada .Gritó a la chica que se fuese y Paty salió mirando, no precisamente con pena a su amiga, quizás si, con cierta envidia y morbo por ver la mezcla de ternura , dureza y pasión que apreciaba en esa pareja. Se fue y se quedaron completamente solos. Y el volvió a concentrarse solo en lo suyo,
-Amor,.mi chiquita, estas gozando no es así? y no paraba con el cepillo, plassssssssss

te duele pero te gusta y a mi me encanta más
plassss , plassss,  toma, buahhhhhhhhhhhhhhhh. Buahhhhhhhhhh

Llantos, gemidos,  gritos de excitación, Él gozaba de solo escucharla y ella sin más, solo dejaba de circular su placer en la longitud y ancho de su cuerpo y él tampoco podía aguantar más.
Terminó de despojarla del calzón, el resto de las ropas casi se las arrancó y asida ella a él retiraron los últimos obstáculos y se precipitaron a continuar con  el goce que les proporcionó el haberse inaugurado como spank-amantes… y se gozaron, como nunca, como ni en su más recóndita imaginación lo habían sospechado. Ese fue el mejor de los bálsamos para el ardor de ella y él supo que no más dejaría de disfrutar aquello. Fueron horas realmente maravillosas,

Al final de cuentas, agradecieron la trampa de Jessica, que también tuvo lo suyo pues se fue imaginándose lo que pasaría después entre ellos.

Introspectiva

Miércoles, octubre 12th, 2011

Autora: María Tersuer

En que líos me meto, sí ya sé que me diréis que me la he buscado, que si sé como va a reaccionar Carlos por qué me empeño en hacer el tonto a todas horas, y hacer que le hierva la sangre, pero ¿qué queréis que os diga?, la verdad que no sé que decir para disculparme ante mi forma de portarme, solo puedo alegar a mi favor que me gusta poner mi culo en peligro y que no sé vivir si de vez en cuando me llevo mis buenos azotes.
Pero sé que esta vez me van a doler mucho más de lo que es habitual, me he pasado, bueno me paso casi siempre, son cosas sin importancia, que puede provocar si está de buen humor una sonrisa en su cara, aunque después en casa me enseñe a través de unos cuantos azotes sobre sus rodillas la forma en que se tiene que comportar una señorita como yo.
Pero esta vez he ido más allá, he traspasado la frontera de lo que es una simple travesura a ser una gamberrada, y lo malo que el blanco de mis “bromitas” es el director general del Hospital Central, es decir su jefe inmediato. Y he puesto en peligro su puesto de trabajo.
Ahora debe estar recibiendo la gran bronca, y deshaciéndose en disculpas, todo por mi culpa. Me lo imagino haciéndose cada vez más y más pequeñito mientras el otro se crece y a medida que está recibiendo la bronca está pensando en la forma en que se va a cobrar lo que hice. Y andará pensando en cuantos azotes me va a dar y con qué, estará pensando ahora mismo que me merezco lo que más duele, es decir la vara de rattan, la temida vara de rattan.
Y todo esto lo estoy pensando castigada en mi habitación, mientras espero a que el llegue, la orden ha sido clara: Vete a casa y espérame en tu habitación, nada de tele ni de ordenador, ni de música, medita lo que has hecho y piensa en lo que te espera. Y en eso estoy, pensando tal como me ha ordenado…
Creo que oigo sus pasos subir por las escaleras… si es él, os dejo, no quiero que se enfade y hacer que sea peor el castigo, cuando pueda os contaré que pasó desde que él entró por la puerta.
Bueno, aquí me encuentro, y tal como os prometí (pero que el no se entere) os voy a relatar lo que ha pasado hace un rato, permitidme que coja un par de mullidos cojines y me acomode bien en la silla…. Auffff…. Jooo como escuece, si ya sé que me lo merezco y que tal vez penseís que se ha quedado corto, que si vosotros hubieseis estado en su lugar no me podría sentar en semanas… pero quizás si estuvieseis en su piel habríais reaccionado igual que él o no, eso no se sabe.
Como os iba a contar cuando Carlos llegó a casa yo estaba encerrada en mi habitación, supuestamente meditando sobre lo que hice, comiéndome las uñas (espero que no se le ocurra revisar mis manos, es una cosa que odia sobremanera). Entonces el me llamó ordenándome que fuera hacia su despacho, y rapidito, que no me entretuviera por el camino, puesto que el horno no estaba para bollos, y que fuera bien dispuesta a aguantar todo lo que él quisiera hacerme, sin protestar ni un poquito. ¡Si Maria sí, te lo has ganado con creces! Me iba diciendo a medida que me acercaba a su despacho.
Una vez dentro, me mandó que cerrara la puerta de doble hoja, y que me dirigiera detrás de su escritorio para coger una silla y ponerla delante de él, puesto que desde detrás del escritorio no tiene suficiente sitio para poder azotarme con comodidad. Puse la silla donde el me indicó, todo eso con la mirada baja y esperé nuevas ordenes de él. Tengo asumido que no puedo hacer ni el más mínimo movimiento si el no me lo ordena, así que tengo que quedarme quietecita esperando solícita sus ordenes.
Al cabo de unos minutos, que a mí se me hicieron eternos, me ordenó que me desnudara completamente de cintura para abajo, no siempre me azota con el culo al aire, sólo si él considera que  la falta ha sido grave, cosa que era en este caso. Así que me quité los zapatos merceditas que llevaba, para acto seguido sacar mis pantalones de mi cuerpo, luego los calcetines y finalmente las braguitas, todo eso lo deposité encima de su escritorio, bien dobladito y pobre de mí que se me ocurriese dejarlo tirado por el suelo, porque una de las cosas que odia Carlos es el desorden, se pone de muy mal humor cuando ve algo fuera de su sitio y más todavía si está enfadado por algún motivo.
Cuando acabé de realizar la orden que me había dado, me pidió que le mirara a los ojos, me costó mucho hacerlo, mi mirada sin querer se iba a la alfombra que tenía bajo mis pies, y empezó a recriminarme mi comportamiento de la mañana, y hablar de lo que había pasado después con su jefe, la bronca que había recibido, la amenaza de ser despedido, cosa que al final y gracias a Dios no fue así, porque Carlos es muy buen médico y tiene mucho prestigio en nuestra provincia, pero sí que le han suspendido de sueldo durante dos meses.
-¿Te das cuenta María lo que has conseguido con tus locuras?-  Me preguntó en tono tranquilo y conciliador- Si ya sé que no puedes evitarlo, que eres demasiado activa, que ya haces la acción antes de que se te pase la idea por la cabeza y te dé tiempo a meditar, pero espero que después de lo que te va a ocurrir en unos momentos pienses, pienses por tu bien y por el mío el alcance de tus actos y que si por un segundo ves que la cosa se te puede poner negra, evites que volvamos a llegar a esta situación. Así que mi niña ya sabes como tienes que ponerte para recibir tu merecido.
De sobras lo sé, sé como tengo que ponerme para recibir mi merecido desde que Carlos y yo empezamos a salir, lo que no me explico es como podemos llevar tanto tiempo juntos, un señor tan serio como él, tan metódico en su trabajo, en sus actos, con una cabra loca como yo, que no me tomo nada en serio, que de todo hago un chiste. Más de una vez me he hecho esa pregunta introspectivamente, hasta que un día armándome de valor me atreví a preguntarle:
-Oye Carlos, ¿Qué es lo que te lleva a aguantarme? No nos parecemos en nada, somos bien diferentes.
Y me contestó:
Me gustas mucho María, eres la chispa de mi vida, aunque seas un bicho, que sé que no lo haces a mala leche, pero eso me lleva a corregirte, cosa que me encanta y que me he acostumbrado de tal manera, que no podría vivir sin ello.
Como iba contando, Carlos me ordenó que me pusiera en sus rodillas de forma que mi culo quedara bien alto y bien ofrecido para recibir la lluvia de azotes que pensaba propinarme, cuando lo hago debo apoyar los pies y las manos en el suelo, y no puedo separarlos de él, ni tratar de moverme, tengo que aguantar estoicamente todos y cada uno de los azotes, y sin quejarme demasiado, él es de la creencia que si soy tan valiente como para hacer diabluras, debo ser tanto o más valiente para asumir el castigo que por mi comportamiento me he ganado a pulso, y si se le ocurre (cosa que es bastante frecuente) castigarme sin privilegios, como por ejemplo quedarme sin internet,  o sin salir con las amigas durante una temporada, no quiere que ni se me ocurra pedirle o preguntarle cuando me levantará el castigo, cree que si me comporto como una cría malcriada, debo ser tratada como tal.
Una vez acomodada en sus rodillas, Carlos empezó a azotarme con la mano abierta y cogiendo impulso desde lo alto de su cabeza, yo mientras iba notando como el culo me ardía cada vez más y como tenía ganas de empezar a quejarme y a llorar, pero debía aguantar fuese como fuese, sin gritar, sin moverme, solo concentrándome en tratar de tragar las lágrimas que estaban a punto de fluir por mis ojos. En el primer castigo que me propinó me puse a llorar mientras me reñía y me anunciaba que es lo que me iba a pasar momentos después, y mirándome a los ojos con semblante serio y voz severa me dijo: Guarda tus lágrimas para después, te va a hacer falta.
Notaba mi culo cada vez más caliente, y las lágrimas a punto de brotar de mis ojos, cuando Carlos paró y me ordenó que me pusiera en el rincón entre la librería y la puerta, con la nariz bien pegada a la pared, pero me espetó: “Todavía no hemos acabado pequeña, voy a buscar la vara, espérame ahí quietecita sin moverte ni un tantito”.
UFF la vara, la temida vara, eso sí que me da miedo, solo la usó una vez conmigo, y creerme que desde ese día he procurado no liarla a lo grande para no ganarmela de nuevo, si hubiese pensado en la vara, seguro que me había frenado antes de cometer el error y ahora no me encontraría aquí mirando a una pared vacía con mi culo rojo, esperando a que me lo ponga a rayas.
Los minutos se me hacen eternos, quiero que pase ya este infierno que me corroe por dentro, que me dé los varazos que crea que merezco, empieza a dolerme el estomago, mi traquea se cierra, me cuesta tragar saliva y mis ojos parpadean sin control, tal es el estado de nervios que tengo, no hay escapatoria posible, ni que me arrodillase delante de él y le suplicara perdón, ni que le jurara delante de la Biblia o el corán que voy a ser un modelo de chica, que va a estar orgulloso de mí y que no le voy a dar motivos para ni que siquiera tenga que reñirme, ni por esas me voy a librar, cuando toma la determinación de castigarme no hay nada que le detenga, así que, cuanto antes pase mejor.
Oigo la puerta abrirse, y la voz de Carlos que me ordena que me dirija hacía el sofá y que coja dos cojines de encima de el y que los ponga encima de la mesa, y que luego apoye mi barriga en ellos y que intente alcanzar el otro extremo con mis manos, la cabeza la quiere bien baja, de forma que no pueda ver nada de lo que pase a mi alrededor, nada de ver solo sentir. Obedezco y tal como el me ha ordenado apoyo mi estomago en los cojines y bajo mi cabeza de forma que lo único que veo es el barniz de la mesa.
Serán 60 azotes María uno por cada día de sueldo que no vamos a ingresar por tu culpa, así que cuentalos y dame las gracias por cada uno de ellos. El primer azote llega sin esperarmelo… zasssss uno gracias….. zasssssss dosss auchh graciass….treintaaa ufff por favor ya no puedo más que acabe ya este infierno, se toma un descanso, me toca el culo con sus manos grandotas, como tratando de saber que temperatura ha alcanzado… zasssssssss continua… treinta y uno graciasss  digo hipando… todavía me queda unos cuantos, no se si aguantaré, no soy tan valiente como pensaba, debo tener el culo morado lleno de verdugones… zassssssssss cincuenta, creo que voy a desmayarme de un momento a otro…. Zassss cincuenta y cinco… parece que note menos el dolor, mi culo debe estar anestesiado …. Zassssssss sesenta… gracias Señor..
Levántate y mírame a los ojos me ordena. Bien Maria, me sigue diciendo, como son dos meses lo que voy a estar sin ingresar ni un solo duro de la consulta por tu culpa, van a ser dos meses que vas a estar castigada, privilegios cero, ya sabes, ni internet, ni tele, ni llamadas, ni salidas, ahora vete a tu habitación y piensa en ello.
Así que ya sabeis voy a cerrar el ordenador antes de que llegue de hacer un recado, si no me veis en este tiempo no me ha pasado nada, solo que estoy castigada.
Fin
Tersuer  22 noviembre 2005

 

Mi Jefa

Miércoles, octubre 12th, 2011

Autor: Jano

Analía, la directora y propietaria de la empresa en la que trabajo como su secretario particular, es la mujer más altanera, déspota y engreída  que darse pueda. Maneja la oficina y a su personal con mano dura aprovechándose de los grandes beneficios que proporciona a su personal. Nadie levanta la voz ante su presencia. Más parece un rey absolutista de horca y cuchillo que una empresaria. En mi caso, no me escapo del mismo tratamiento que el resto, solo que a mí, dada su larga jornada de trabajo, me tiene a su servicio de sol a sol, hasta el punto de que, una vez se ha marchado el resto del personal, nos quedamos solos ultimando los detalles que a su juicio son necesarios terminar ese día.

Aunque tragándome el orgullo, continúo a su servicio por el alto sueldo que percibo y por las dificultades existentes en el mercado laboral; de no ser así, habría dimitido tiempo atrás.

Todo lo que tenía de reprobable en sus actitudes lo tenía de belleza. Ésta respondía a los gustos más exigentes; de estatura más que mediana, su feminidad y espectaculares formas, dejaban sin respiración al que la veía sin sospechar la dureza de su carácter.

Sus tiernos ojos verdes inducían al error: escondían un espíritu que podía llegar incluso a la crueldad con sus subordinados. Sin embargo, su pecho firme, las rotundas caderas, las largas y bien torneadas piernas y su elegante porte, hacían suspirar por ella a todo hombre que la trataba. Pese a su forma de tratarme, fijándome solo en su cuerpo, yo era uno de los que la deseaba con más fuerza. Estar a su lado todo el día era un suplicio doble: por un lado, la atracción que por ella sentía; por otro, la amargura de soportar su trato hacia mí. Extraña dicotomía.

En más de una ocasión, hube de contenerme para no lanzarme sobre ella y castigarla por cada afrenta que me había hecho.

Como ya he dicho, solo la buena situación económica que me proporcionaba impedía que dimitiera y me alejara de la que era causa de todas mis desazones, tanto de sufrir por no poder poseerla como de soportar su mal trato.

Sin embargo, la paciencia humana tiene un límite y algún día tendría que salir a la luz el acíbar acumulado durante tanto tiempo.

Así fue, en efecto. Una noche en que especialmente se había cebado sobre mis supuestas faltas, tirando por la calle del medio, desesperado y arrostrando el despido, aprovechando que nos habíamos quedado solos en la oficina, ante un insulto difícil de digerir, me revolví y solté por mi boca toda la inquina guardada. Ante mi explosión, Analía, mi jefa, se quedó paralizada sin poder creer lo que estaba escuchando; se quedó como una estatua sin conseguir articular palabra alguna. Antes de que reaccionara, aun sabiendo que me estaba jugando el empleo y ya perdido todo control sobre mis actos, me abalancé a ella y le di dos sonaras bofetadas. Sin un momento de vacilación, perdidos ya los estribos y  el temor a las consecuencias, sujetándola con fuerza, la arrastré hasta una de las butacas de su despacho y, apoyándola sobre mis piernas pese a sus esfuerzos por escapar, como un poseso, comencé a azotarla violentamente resarciéndome de tantas veces como me había humillado. Una alegría salvaje me invadía mientras la azotaba al tiempo que una gran excitación me invadía al hacer contacto mi mano sobre sus adorables nalgas por tanto tiempo admiradas y deseadas por mí. Sabía que aquella acción podía acarrearme no solo el despido sino, incluso, una condena por lo que estaba haciendo en su persona. Ninguna consideración me detenía.
Mi mano caía inmisericorde sobre sus carnes a través de la fina seda de su vestido. Ella se debatía protestando de forma airada y amenazándome de todas las formas posibles.
Sin hacerle caso, yo proseguía sin descanso la azotaina.

Lo que durante un tiempo fueron amenazas e intentos por escapar, convencida quizás de que ni lo uno ni lo otro evitaban el castigo, su actitud se fue haciendo más pasiva; solo se movía imperceptiblemente cuando la mano llegaba a su destino.

Sabiéndome perdido y consciente de que nadie podía sorprendernos, acicateado por un deseo acuciante de mis instintos más básicos, quise ver algo de su intimidad y levanté su falda, dejando al descubierto unas exiguas bragas negras caladas que dejaban al descubierto, más que ocultaban, aquellas espléndidas formas dignas de su perfecta belleza. Extasiado por su visión, cesé un momento de azotarla para contemplarlas con arrobo. No tardando mucho, volví a la tarea de zurrarla.

Aquello era el fin de mi trabajo: lo sabía. Sin embargo, algo en su actitud había cambiado; ahora ya no amenazaba ni trataba de zafarse de mi presa.

Mientras la azotaba, no dejaba de recriminarle su forma de tratar s sus subordinado y especialmente  a mí. Me desquité de tanto tiempo callando y soportando con estoicismo su mal genio, desprecio, altanería y prepotencia que mostraba  hacia todos.

Me sorprendió que no hubiera respuesta alguna ni a los azotes ni a las frases que le dirigía.

Ante mi sorpresa, con voz quebrada dijo que me pedía perdón por todos los desaires con que me había humillado en ese tiempo. Atónito,  paré de golpearla. Todavía sobre mis piernas, confesó que su forma de actuar se debía al convencimiento de que era la única forma de que su negocio funcionara; en ningún momento debería bajar la guardia y mantener a todo el personal bajo control. Su padre, exitoso industrial, así la había enseñado. Solo mi actitud, de la persona en quién más confiaba pese a su forma de tratarme, le estaban haciendo ver su error. Me apreciaba y tenía en alta estima mi trabajo y dedicación. No podía suponer que me afectara tanto su forma de tratarme.
Sin salir de mi asombro, la hice levantar y, al hacerlo, pude apreciar cómo unas lágrimas discurrían por sus mejillas.  La mujer entera, fuerte, dominante, era, según me confesó, la primera vez en su vida que había sido tratada de aquella manera.

Le pregunté si debía considerarme despedido. Su contestación fue aun más asombrosa que sus palabras anteriores. –“No; necesitaba que alguien me hiciera ver lo erróneo de mi comportamiento y lo ha hecho la persona que más aprecio y respeto de mi empresa.
Espero no actuar nuevamente así. Aunque será difícil, trataré de cambiar”—

Sin saber muy bien lo que hacía, impulsado por no sé que interior, le dije: –“Espero que así sea. En caso contrario, lo que ha ocurrido hoy se repetirá cada vez que yo lo considere necesario”–. Acumulando sorpresa tras sorpresa, Analía bajó la cabeza e hizo con ella un gesto de afirmación.

o0o0o0o0o0o

Epílogo.

Como es de suponer, algo tan arraigado en su personalidad como aquello que me había hecho quemar mis naves en un momento de casi locura y desesperación, no podía cambiar de la noche a la mañana. Con altibajos, yo podía comprobar día a día los esfuerzos que Analía intentaba para dejar atrás sus viejos hábitos. Me constituí en su
mentor: durante mucho tiempo, cuando nos encontrábamos solos en la oficina, le hacía ver sus malas actitudes y la zurraba sin compasión en castigo por sus faltas de humanidad hacia sus empleados. De mejor o peor grado, lo aceptaba.

Independientemente de nuestra relación laboral, algo más profundo, más tierno y acendrado se fue generando entre los dos.

Llegué a acostumbrarme de tal manera a tenerla sobre mis rodillas con las nalgas al aire, que  la vigilaba para, con el menor pretexto, azotarla y acariciarlas con un placer solo explicable por el deseo irrefrenable que sentía por ella.

Pasó el tiempo: a mis oídos llegaron rumores de que la relación existente entre ella y yo no eran las propias entre jefa y empleado. No les faltaba razón. Con el tiempo, me convertí en su socio y en algo más íntimo. Yo recibía el placer de acariciar su cuerpo y algo más, en tanto que, por mi parte, no dejaba de azotarla incluso cuando no cometía falta alguna.

Y éste es el fin de una historia rara pero con final feliz.

Madrid, 14 de Noviembre de 2005.

Jano.

El caso de la cerveza derramada durante una cena

Miércoles, octubre 12th, 2011

Autor: Jano

La mujer que quiero  no es alta de estatura pero sí de inteligencia. Es tan expresiva que habla con la boca y más aun con los ojos y las manos que mueve como aleteos de mariposa. Se apasiona con lo que dice hasta tal punto, de que olvida que ante ella hay vasos o jarras y no es infrecuente que derrame lo que contienen, llegando, incluso, a romper alguno. Cuando salimos  a cenar y tomar unas copas con los amigos, antes de hacerlo recibe una azotaina de aviso, preventiva, con la advertencia explícita de que preste atención a lo que está al alcance de sus manos para evitar accidentes siempre molestos. Pese a mis esfuerzos y a que, además de mis palabras sus nalgas reciben el estímulo de unos azotes que le ayuden a recordar en sus carnes que debe tener cuidado con sus gestos, su exuberancia expresiva lo hace imposible. La experiencia de mucho tiempo me ha demostrado que pocas veces le sirven para controlarse a pesar de que sufre los efectos del castigo que no puede olvidar, tanto si está de pie como sentada. Por efecto de la emoción que pone en la conversación, sus manos describen parábolas casi imposibles en el aire. Es entonces cuando la cristalería que se encuentra a su alcance, corre el peligro de estrellarse en el suelo. A veces, cuando veo que el peligro de que ocurra es inminente, le hago una sutil advertencia que pasa inadvertida para el resto y toma conciencia por un momento de que el roce de sus nalgas sobre el asiento actualiza el recuerdo del  castigo recibido y,
por un instante, presta atención a que sus manos no se conviertan en armas peligrosas para lo que está ante ella.

Una noche de la pasada semana, estábamos citados para una cena. Tratando de evitar lo que posiblemente fuera inevitable, antes de que se vistiera y acicalara para salir le advertí de  lo que  me proponía hacer, como ya era costumbre. Se negó. Le dije que de nada le serviría negarse y que recibiría el correspondiente castigo de advertencia. Ella no estaba en el mejor de los humores y volvió a negarse. De nada le sirvieron negativas y más tarde ruegos. El acto se consumó. Una serie de azotes cayeron sobre ella en mayor número que los que le hubiera dado sin sus negativas y oposición. Fue una corta pero intensa sesión, como consecuencia de la cual, sus nalgas adquirieron el color que es de suponer y que, esperaba yo, la mantendrían alerta durante la cena. Al ponerse la ropa interior una vez acabada la azotaina, su cara denotaba a las claras el escozor que atormentaba su trasero y que la obligaban a buscar la mejor postura para hacer menos doloroso el acto de vestirse. Me dijo que era un exagerado y le contesté que me remitía a las veces en los que sus movimientos habían ocasionado un desastre en más de una cafetería o restaurante. No muy convencida, quejándose y lanzándome miradas asesinas, terminó de vestirse y salimos hacia la cita.

Para hacer breve la  narración, diré que mis peores sospechas se confirmaron. No había pasado una hora, cuando en su apasionamiento durante la conversación, con un brazo, derramó la copa de cerveza que estaba a su lado, con la mala fortuna de  que, parte del líquido cayó sobre mi pantalón. Sus ojos se dirigieron al instante hacia mí con una mirada mezcla de temor y petición de disculpas. Yo, que conocía hasta sus más íntimos pensamientos, sabía la tormenta que se estaba desarrollando en su interior. Con toda seguridad, en su imaginación, se estaba desarrollando una escena que tan bien conocía en la cual, ella como protagonista, acabaría con el culo al rojo. Un leve temblor de su cuerpo anticipaba lo que de forma inevitable sabía que ocurriría.  Tuve que hacer un gran esfuerzo para aparentar tranquilidad y no azotarla en público. En mis ojos leyó, con toda seguridad, lo que le esperaba una vez llegados a nuestra casa. Sabía a ciencia cierta lo que yo pensaba y lo que le tenía destinado. Se movió inquieta en el asiento notando, con seguridad, los efectos del castigo ya recibido.
Los amigos, en un loable gesto de cortesía,
trataron de quitar importancia a lo sucedido, bromeando a la vez que condoliéndose por el estado en que había quedado mi pantalón. Traté de estar a la altura de las circunstancias y seguí las bromas, aunque prometiendo para mi fuero interno, castigarla en la debida forma una vez llegado el momento oportuno.

De tanto en tanto, nuestras miradas se encontraban y, en mis ojos, leía como en un libro abierto las intenciones que, aunque invisibles para el grupo de amigos, para ella eran la certeza de un castigo corrector de sus desmanes. La anticipación  de lo que ocurriría al llegar a casa, la mantenían en un estado de inquietud y nerviosismo al que los demás eran ajenos, pero no se ocultaba a mi percepción. Aparentando una tranquilidad externa que en nada correspondía con las ideas que danzaban en mi cabeza, seguí charlando como si nada hubiera pasado.

Pese al estado anímico que se encontraba, ella seguía participando de las conversaciones cruzadas que manteníamos, aunque limitaba los movimientos de sus manos, sometida a la tensión de saber que no quedaría impune su descuidada acción; menos aun, si se repetía algo parecido

La velada transcurrió sin ningún otro incidente digno de mención. Las miradas que ella
me lanzaba de vez en cuando, denotaban a las claras su preocupación por los acontecimientos futuros que sabía inevitables. Tan bien la conozco, que ante mí se representaban las ideas e inquietudes que poblaban su cerebro. Yo correspondía a sus miradas con el gesto que ella tan bien conoce

Cuando nos despedimos del grupo, ya en nuestro coche al que entró con cierto recelo, le recriminé el incidente,  le ordené que se quitara las bragas y se pusiera de rodillas de cara al respaldo, de rodillas sobre el asiento.
Con gesto mimoso y haciéndome caricias a la vez que suplicaba que la perdonara, trató de evitar obedecerme. Necesité de varias advertencias para que lo hiciera. El gesto de mi cara no auguraba nada bueno ante sus débiles negativas. Ella, la descuidada, conocía perfectamente que, cuando tomaba una decisión, ésta era inapelable. No sin reticencia, acabó por obedecerme y adoptó la postura que le había ordenado despues de despojarse de su íntima prenda;  con una ojeada, comprobé que se encontraban húmedas.

Sin preocuparme si alguien pudiera vernos, le propiné varios azotes que la hicieron botar y quejarse por el trato. Frases tales como “te vas a enterar en cuanto lleguemos a casa”,
“ no hay forma de que evites tales accidentes pese a mis esfuerzos”, “no vale de nada que vele constantemente por que no hagas esas cosas”,” no vas a poder sentarte en varios días cuando termine contigo”, etc., acompañaban mis azotes. Con los labios apretados, mi amor, arrepentida por lo hecho, soportaba con paciencia y estoicismo el castigo que, inexplicablemente, casi nadie contempló pese a que, por el lugar, transitaban grupos de gente paseando disfrutando de la noche de fin de semana. Solo una pareja de señoras con abrigos de piel que pasaban por allí, se pararon un momento para mirarnos con gesto de sorpresa y reprobación.

Cuando consideré que ya era suficiente, le dije que se sentara y guardara en un bolsillo sus bragas. Así, desnuda bajo su exigua falda  y con el culo dolorido, se sentó con gesto compungido.

Llegados a casa, sin perder tiempo, la despojé de la ropa hasta la cintura y, extrayendo mi cinturón, comencé a azotarla con él. En tanto, iba recriminándole su falta de atención.
Del cinturón, pasé a darle sonoros azotes con la mano tal vez más  dolorosos que con la correa, aunque más íntimos. Me pedía disculpas entre gemidos y ni lo uno ni lo otro me ablandaban. Seguí con la azotaina un largo rato hasta que me pareció que ya había recibido bastante castigo por aquella noche. El color de su cara no desmerecía con el que presentaban sus nalgas después de la dura y larga azotaina que había recibido. Ella no lloraba nunca pese a las intensas zurras que recibía con frecuencia; en ésta ocasión, pese a la ausencia de lágrimas, sus ojos se mostraban acuosos. Sus manos, despues de pedirme permiso para hacerlo, se acercaron veloces a frotar su enrojecido culo, con la intención de mitigar el escozor que en él sentía. Después, se abrazó a mí ocultando su cara contra mi pecho con actitud mimosa a lo que correspondí con caricias y, levantando su cara hacia mí, la besé apasionadamente enervado por su perfume que tan bien conocía. Mis manos se dirigieron atentas a comprobar la temperatura de sus nalgas que encontré calientes por la azotaina. Su respuesta fue un estremecimiento mientras apretaba su vientre sobre el mío. Así unidos, pecho contra pecho, vientre contra vientre,
las bocas unidas en un apasionado, largo y frenético beso, nos mantuvimos unidos por un tiempo difícil de calcular.

Lo que sabía con toda certeza, era que, a la primera ocasión que se presentara, ella, con sus movimientos tan expresivos, volvería a cometer una nueva tropelía que sería respondida con el mismo tratamiento.

Dado que lo cortés no quita lo valiente y que la visión de su semidesnudez habían disparado mi libido, en un gesto de perdón y como consecuencia del amor que por ella siento, además de la excitación que no me permitía más dilación,  la atraje hacia la cama con dulzura: la desnudé completamente y yo hice lo propio. Nos abrazamos con pasión y terminamos la noche amorosamente unidos, Lo demás, lo dejo a la imaginación de quién se digne leer éstas líneas

El amor, en su infinita sabiduría, subsanó lo ocurrido: el castigo recibido había hecho que disculpara su falta. Mi justificado pero exagerado y casi pretendido enfado había desaparecido para dar paso a otros sentimientos y deseos que se colmaron con creces.

En cierto modo, el hecho de que cometa esos y otros errores, me permiten continuar ab in eternum zurrándola con un atisbo de justificación.

 

Carta a una amiga

Miércoles, octubre 12th, 2011

Autor: Jano

Querida amiga:
Como ya sabes por mi última carta, la paz no brillaba en mi matrimonio. Pese a que mi marido es un dechado de paciencia, un diablillo interno me empujaba a menudo para que se la pusiera a prueba. Cuanto más le atacaba, más retraído y alejado le notaba. Raramente me hacía frente y en esas raras ocasiones, después de la discusión, se encerraba en su despacho durante horas.
En realidad, por mucho que lo meditaba, no conseguía saber qué pasaba en mi interior para portarme de forma desconsiderada con alguien que me quería y a quién yo correspondía en el fondo de mi corazón.
No todo era negativo; nuestra actividad sexual era aceptable, e incluso muy satisfactoria,–curiosamente–, cuando habíamos tenido una discusión fuerte a lo largo del día (fuerte desde mi lado: él no solía responderme)
Como te decía, por mucho que buceaba en mis motivaciones para actuar de aquella forma con él, no sabía cuales eran las causas de mi actitud. Sí sabía, que todas nuestras desavenencias procedían de mis malas formas para con mi marido.
Pasaban los días y los meses y la relación iba empeorando casi por minutos.
Él, cada vez mas encerrado en sí mismo; yo, cada vez mas nerviosa y agresiva.
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Estando de visita en casa de mi amiga Ana ,–a la que tu debes recordar de nuestros tiempos de Instituto –, hice un descubrimiento asombroso.
Mientras ella charlaba con el resto de las chicas, mi afición, casi compulsiva por la lectura, me llevó ante las estanterías donde Ana tenía sus muchos libros y revistas. Mis ojos se fijaron en un grueso tomo en cuyo lomo se podía leer “Enciclopedia del SM”. El título me intrigó ¿Qué era aquello de SM?. Lo abrí: en sus páginas encontré muchos dibujos, historietas, narraciones y fotografías sobre niñas, mujeres y alguna de hombres siendo sometido y sometidas, azotados y azotadas con la mano y otros instrumentos. La lectura y la visión de aquello, hizo que algo como una nube me rodeara y una excitación sin precedentes se apoderara de todo mi ser. A medida que pasaba las páginas, mi calentura subía. (Te cuento esto por la gran confianza que nos une). Noté, desconcertada, que por mis piernas discurría el líquido que ya antes había empapado las bragas.
¿Qué me estaba pasando?. Repentinamente, me vinieron  a la memoria escenas soñadas o en duermevela durante mis años de la pubertad y en las cuales, niñas o niños, eran azotados sobre las rodillas, de adultos con el culo bien expuesto: aquellas ensoñaciones culminaban en lo que ahora sé eran los primeros aunque pequeños orgasmos.
Ante aquellos recuerdos y la visión de los castigos mostrados en la enciclopedia, mi estado era el de una elevada calentura. Dejando el libro en la estantería, pero con sus imágenes grabadas en mi memoria, fui al cuarto de baño y….(fue así, te lo confieso), me masturbé frenética y largamente.
Antes de terminar la reunión, apartando a Ana de las demás, le pedí que me prestara el libro, a lo que accedió guiñándome un ojo. Buscó una bolsa y me la entregó con una pícara sonrisa dibujada en su rostro sin ningún comentario. “Ya me lo devolverás”–me dijo– “No hay prisa”
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Al regresar a casa y comprobar que estaba sola, encendida como seguía estando, fui al dormitorio y, allí, con una almohada entre las piernas, conseguí cinco orgasmos maravillosos leyendo y viendo aquellas imágenes.
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Repentinamente, descubrí cual era el diablillo que me impelía a mantener aquella estúpida y beligerante actitud con mi marido. Lo que anhelaba, sin ser consciente de ello,  era recibir en mi cuerpo aquellos que me parecían deliciosos azotes.
Tenía que trazar un plan.
Puse varios indicadores de papel entre diferentes  páginas, –las más explícitas –, y dejé el libro “descuidadamente” sobre la mesa de centro en el salón. Me puse aquella camisa blanca y la minifalda tableada de cuadros rojos y negros ( ya sabes:  las faldas escocesas ): una que guardaba como recuerdo de mis años de colegio y que apenas podía abrochar. Me había pedido mi marido que me vistiera de esa forma en numerosas ocasiones, lo que había supuesto que yo me pusiera con él como una fiera.
Esperé pacientemente a que él llegara sentada ante el televisor. Mi mente no estaba para lo que había en la pantalla; otros eran mis intereses.
Pasada media hora, que se me hizo interminable, mi marido llegó y le saludé. Al verme así vestida, se quedó parado a la entrada del salón con cara de asombro.
Mis piernas cruzadas, mostraban toda su longitud hasta casi, casi, la cadera. Hice como que no me percataba de su actitud de asombro y me levanté para cambiar de canal manualmente (lo que me obligó a agacharme y enseñar el culo apenas cubierto por unas bragas blancas, también de mi época de adolescente)
Le dejé allí con su expresión asombrada y me fui a la cocina a prepararme un gin-tonic, procurando, durante el trayecto, mover las caderas más de lo acostumbrado.
Me tomé un buen rato en la preparación de la bebida. Cuando al fin volví, él estaba ojeando el libro: me miró con gesto interrogativo. A su pregunta muda, le contesté que me había gustado y lo había pedido prestado.
“Esto es lo que te está haciendo falta a ti desde hace mucho tiempo y no me he atrevido a hacer por respeto, pero que ha pasado por mi cabeza miles de veces debido a tu forma de comportarte. No me he atrevido …….hasta ahora. En adelante, cada vez que me montes un numerito de los tuyos, vas a saber lo que es bueno”
Se le veía alterado como no le había visto nunca. Le provoqué, le insulté, le dije todo lo que se me ocurrió.
Con sus ojos despidiendo chispas, vino hacia mí y me dio una bofetada.

“Es la última vez que me haces esto. Se acabó. ”

No bien acababa de decirlo, me agarró de un brazo y me tumbó sobre el sofá. A continuación, con toda tranquilidad, sin alterarse ahora, comenzó a estrellar su mano en mi trasero sin pausa, metódicamente, a ritmo de metrónomo, no muy fuerte al principio, pero, paulatinamente, aumentando la fuerza de los impactos.
Por alguna razón por mí desconocida, no hice la menor señal de rebelarme. Los azotes dolían pero, a medida que se multiplicaban, el dolor dejaba paso a un cierto placer desconocido hasta el momento. Me levantó del sillón y me puso de pié, frente a él. Desabrochó su cinturón y, sacándolo bruscamente, lo hizo restallar en el aire antes de sujetarme por una muñeca y colocarme sobre sus piernas. Me quitó las bragas de un tirón, las envió lejos y comenzó a descargar cintazos sobre mi desnudo culo. En aquella posición notaba el gran bulto  de su sexo contra ni vientre desnudo.
Aquella situación era un tanto surrealista: la agresora habitual que era yo, no se resistía en tanto que, el agredido, me estaba sacudiendo bien sacudida. Era como si hubieran cambiado los papeles ( y así era, en efecto)
Toda resistencia tiene un límite y, las lágrimas afloraron a mis ojos, mansas, dulces. En mí se produjo una catarsis. Algo se rompió en mi interior. Una gran paz se apoderaba de mí. El dejó de azotarme, me levantó con dulzura y secó mis lágrimas con besos y caricias. Me besó dulce y largamente.
No recuerdo bien que dijo, pero fue algo así.
“¿Esto te duele? Y, todo el tiempo que me has estado martirizando, ¿crees que ha sido justo? Todo lo he soportado por amor. Espero que eso haya terminado para siempre”

Entretanto, me acariciaba yo mi maltrecho culo y le juraba que “nunca más”.
La sesión acabó en nuestro dormitorio, sin haber comido , pero alimentándonos de los frutos del amor.
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Jamás cumplí mi juramento, pero él sí su promesa. Cada vez que trataba de molestarle, el cinturón, la mano y otros útiles que se fueron añadiendo, amén de ser castigada frente a la pared, o de rodillas y otras lindezas, eran el fin de toda discusión (no sin que después hiciéramos una incursión al dormitorio).
Desde aquel día, somos felices y cada uno tiene lo que quiere.
Te dejo: El está a punto de llegar y quiero jugar un rato.
Con el cariño de siempre, tu amiga feliz,

JANA.
P.s. Espero tu respuesta y tu parecer lo antes posible. Vale.