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El profe me hizo la cola

Lo esperé en el departamento, me pidió que me vista bien puta.

Baje a abrirle sin la ropa para la ocasión. Subimos en el ascensor, me agarro fuerte, me levanto y me pego contra el espejo. Me beso siete pisos y con eso solo ya me hizo mojar.

Entramos al departamento, me llevó a la habitación, me pregunto donde estaba la ropa. Jugamos un rato, me toco la cola, la concha, me desabrochó la camisa, el pantalón y me mandó a cambiar. Fui al baño, me saqué el pantalón, me puse las medias de red y el portaligas. Me até el pelo y me deje la camisa abierta. Me volví a poner los zapatos.

Salí, entré a la habitación y estaba acostado. Se sentó, me miró. Lo besé, quería que me sacara todo y me cogiera en ese momento. El me quería mirar, quería que me haga la sexy. Me paré delante de él, me di vuelta, me hizo abrirme la cola, me tocó. Me corrió el corpiño, me apretó las tetas. Me pidió que me corriera la bombacha, lo hice y me chupo toda la cola. Me saque la bombacha. Estaba muy caliente, nos besamos, le saque la remera y les desabroche el pantalón, le toque esa pija que me encanta, grande y dura.

Me puso en cuatro al borde de la cama y me empezó a jugar con la pija. Me pidió el teléfono para sacar fotos y se lo dí. Me pedía que me abriera la cola y yo lo único que quería era que me metiera toda la pija en la concha. En el medio del juego finalmente entró, mientras tanto me tocaba la cola, me agarraba la mano y hacía que me metiera un dedo en la cola.

 

Me cogió en cuatro, bien fuerte, me la metió toda.  Me puso muy loquita. Agarró su cinturón del pantalón, y me jugaba con la punta en la cola, me pego con el cinturón. Me puso contra el placar, me pegaba y quería que le pidiera más. Yo quería que me siga cogiendo, pero me calentaba que me pegará. Si le pedía mas, me daba mas fuerte.

Seguimos cogiendo en la cama. Yo arriba de él, estaba por acabar, y me ataba las manos con el cinturón, y me ahorcaba y me dejaba sin aire. Y me gustaba. Me metía los dedos en la cola, cada vez un poco más y un poco más. Mientras tenia su pija en mi concha, y me hizo acabar y gritar.

Se me salio una mano del cinturón y me lo saque, no le gusto. Le chupe la pija, le puse vaselina y empezó de a poco, a metermela por la cola. Me dolía. Me tocaba la concha y me relajaba. De a poco fue entrando. Me dolía pero me calentaba. De mientras me chupaba la tetas, como me calentaba verlo chuparme las tetas, me encantaba, me chorreaba toda de lo mojada que estaba.

De a poco entro toda y se empezó a mover, yo me tocaba la concha, estaba boca abajo y el arriba mio. Se movía y me dolía, pero me gustaba, me calentaba. Y me hablaba, me decía que le calentaba y me calentaba mas, que me acabaría en la cola. Y yo me tocaba la concha, y me dolía un poco  menos y me gusta cada vez más. Y estaba tan caliente que iba a volver a acabar. Y le pedía que fuera más despacio, que me dolía. Pero quería que siguiera. Y me dijo que esta  vez me había entrado toda, que me había roto la cola y me re calentaba que me hablará. Que me dijera que estaba caliente. Y cada vez me tocaba más la concha y acabé, y se siguió moviendo con la pija en mi cola un poco más, hasta que no aguante mas y me saco la pija de la cola, le empecé a hacer la paja, y la terminó el. Acabó encima de suyo y le pase la lengua juntando toda la leche.

Como siempre mi profe, me cogió muy bien.

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La amiga de mi vieja

Hey, qué tal? Este es mi primer relato y vengo a contarles todos los relatos de este ser tan pajero que aquí les escribe.

Antes que todo, “digamos” que mi nombre es Mike y tengo 27 años. No tengo un gran físico ni altura importante pero sí facha y buena onda, y por sobre todo una buena pija que la naturaleza me dio. Por otro lado soy biólogo, botánico y cheff, les cuento estos últimos detalles porque más adelante en mis futuros relatos tendrá importancia.

Hoy les vengo a contar lo qué pasó en el último cumpleaños de mi vieja y que cómo suele ser costumbre, lo festeja en la casa de unos amigos de mis padres. Mas que costumbre es comodidad ya que tienen tremendo rancho con terraza, jardín y todos los chiches en pleno San Isidro.

Los dueños de casa son una pareja (tan cheta que da asco), llamada Pedro de 45 y Sabrina de 40, ella todo un camión: rubia, flaquita, tetas chicas pero perfectas, una concha que siempre se le marca y una cola que te deja vizco si la miras demasiado. Y él, bueno, un boludo con plata y nada más.

No sé por por qué pero Sabri siempre tuvo una onda rara conmigo, y rara me refiero a demasiada buena onda desde que, no sé.. tenía 14-15 años. En esa época era tremendo pajero y ya le miraba las tetas y el papo sin tapujo alguno, imagínense que si yo tenía esa edad ella tenía 27-28, toda una bomba. Yo creo que la flaca se daba cuenta y le calentaba, porque siempre que me lanzaba a clavarle miradas indiscriminadas ponía cara de puta, incluso cuando hablábamos cara a cara.

Cada vez que los visitábamos siempre se aparecía con ropa liviana, sin corpiño, provocativa, sexy. Cualquier jean que se ponía le resaltaba el culo hermoso que portaba. Volvía loco a mi casa, el ratón más chico que tenía era del tamaño de un Mickey Mouse y las ganas de cogermela me enfermaban la cabeza.. pero claro, me ponía a pensar en la relación que tenía con mis viejos y pum: Mickey se suicidaba.

Los años pasaron y ya casi ni nos veíamos pero siempre me llegaba algun saludo de Pedrito y sobre todo de Sabri, volviéndose a instalar en mi cabeza.

Hace unos meses, estaba fumando un porro tranquilo en el balcón y me suena el celular. Me había olvidado del cumple y me estaban llamando que más tarde me pasaban a buscar.

Me perfume y salí re loco para allá, hacía tiempo no la veía y ya me estaba calentando antes de tiempo. Al llegar, todos nos saludamos pero faltaba ella.. inmediatamente la vi caminando por el pasillo en nuestra dirección, creo que todos nos quedamos idiotas con su look, tenía esos vestidos blancos ajustados que te dan ganas de arrancarlos con los dientes y el pelo suelto flotando en el aire.

Al instante me saludó con un énfasis terrible y me apoyó sus tetas puntiagudas en el pecho, acompañado de un: “Neneeee, cómo creciste!” y yo respondiendo un “Y vos estás como la última vez que te ví!” haciéndome el sutil, completamente fumado.

Pedro miraba la secuencia con una cara rara y yo pensaba: o este tipo es un pelotudo o se hace el boludo para safar la vergüenza. Porque vamos, si tu mujer está tan buena y la ves tan feliz y tan suelta, es inevitable que te pique el bicho de la duda y te muerda el dragón de los celos.

Pasaban los minutos y llegaban más invitados, pero notaba cómo Sabri se quedaba en mi grupo, pegada a mi lado a cada momento y tocándome el brazo cada vez que podía. A su vez, le relojeaba el culo cuando se daba vuelta y sus pezones marcados en la tela me robaban la atención todo el tiempo.

La fiesta seguía y entre champagne y otras cosas más, ya estaba medio entonado y distraído. Hacía rato no veía a la rubia despampanante y me estaba quedando sin bat, así que entre a la casa a buscar un cargador.

Abri la puerta que daba a la cocina y escuché justo una voz femenina: “… y vos viste lo que esta ese pendejo, lo dejo sin aire si lo agarro”.

Carraspie un “ejem” y me acerqué, dándome cuenta que eran la rubia y una amiga de ella cotorreando sin parar. La rubia se puso roja, dejó de hablar y le dijo a la otra: “Anda anda, busco una botella de vino y voy”.

Haciendome el boludo le pregunto que pasaba, me dijo que nada que eran cosas de viejas.
Le digo: “Que vieja? Si vos estás mejor que mi última ex”
“Callate nene, yo ya soy grande”
”No Sabri, vos estás perfecta”
”Jaja bueno bueno, vos que querías acá?”
”Un cargador, no tengo batería”
”Dame, yo te lo pongo” dijo sonriendo y acercándose como una leona. Agarró el celular y me pasó todo el culo por la pija, un movimiento totalmente descarado que me generó una erección como nunca antes.
”Necesitas algo más?”
”Si, a vos!” y le clave un beso desubicado, agarrándole bien fuerte el culo con las dos manos.
”Pará, acá no, después” y salió para el jardín como si nada.

Amigos míos, no lo podía creer, me había dejado con la verga durísima y lleno de incertidumbre. Me tomé un vaso de agua para enfriarme y salí a seguirla, mirando sin parar el culo de la rubia que se alejaba como desfilando. Se los describo: ni grande ni chico, tamaño pendeja de 20. Redondito y firme, mezcla de gimnasia y buena genética. Una locura para una cuarentona. Ella lo sabía y lo movía con orgullo. De un momento para el otro la había perdido entre la gente, intenté buscarla sin resultados y terminé bailando medio en pedo.

Sonaba la música al palo, giraba el alcohol por todos lados y mis ganas de mear aumentaban así que me acerqué al baño y justo la crucé saliendo apurada. Me manoteó la pija y dijo: “Cuando tomo no puedo parar de hacer pis…. y de calentarme” seguido de una risa muy cómplice.
”Sabri, no juegues con fuego” le dije con cara de sexopata.
”Tranquilo que no me voy a quemar, jajaja, venite en 5’ a la terraza bebé”
Ufff, no les puedo explicar las ganas de violarla ahí mismo. Incontenibles. Pero pensé bueno, unos minutos más y sueño cumplido, me acomodé la verga y entre al baño como pude.

Fueron los minutos más largos de mi vida, el tiempo se había detenido en mi contra y yo explotaba de leche. Subí desesperado a la terraza y la vi apoyada en la baranda, mirando la fiesta como una lady fumando un pucho. Me acerqué por detrás y sin dudar la apoyé fuerte mientras le tocaba las tetas jugando con sus pezones súper duros por el frío.
”Bésame el cuello” dijo entrecortada, soltando un suspiro y el cigarrillo.

No le hice caso y le levanté el vestido, bajando mi mano por sus nalgas hasta pasar los dedos por su tanga. Su lencería era tan fina que se le notaban los labios depilados, finitos y suaves por sobre la tela. La muy hijadeputa estaba completamente mojada y sólo con rozarla me había parado la pija nuevamente. Ya no me podía contener más.
Se dió vuelta, se agachó y me dijo: “Como te voy a comer la pija, pendejo”.

Abrió el cierre, me sacó el botón del Jean, bajo el bóxer y soltó la pija que salió empujada pegándole en la cara. Me miró con los ojos bien abiertos y sorprendida me dijo: “Que buena pija, es re grande”. No terminó la frase que ya se la estaba metiendo entera en la boca, sin raspar, haciendo succión y moviendo la lengüita en la punta de la cabeza como toda una profesional. Agarraba la pija con las dos manos y me pajeaba con furia, me estaba exprimiendo en un pete espectacular.

”Pará, me vas a sacar la leche” le dije como pude.
”Cogeme, dámela toda” me retrucó.

La di vuelta, le corrí la tanga al costado, le apoye la verga en la punta de la conchita y agarrándola de la cintura se la enterré como si fuese mi última cogida. Nunca había sentido una concha tan estrecha como la de Sabri, parecía la de una pendeja. A cada centímetro me apretaba y me mojaba más la pija, me volvía loco esa sensación de abrirla de a poco y sentir cómo me llenaba de flujo hasta las bolas.

”Ah ah ah, me duele me duele, cogeme, dale dale. No, pará. No. Si. Seguí seguí” la muy puta se contradecía de la calentura que tenía y a mi me volvía loco con su voz de pajera.
”Voy a acabar Sabri”
”Acabame adentro, llename la concha de leche”

No podía creer lo que estaba escuchando.. no solo me estaba re cogiendo a la amiga de mi vieja en su terraza frente a todos (que desde abajo no tenían ni idea de lo que pasaba) sino que la muy putita me pedía que la acabe toda.

Le separé las piernas, me paró el culo y me acerqué lo mas posible enterrándola hasta el fondo y tirándole del pelo como un salvaje. Con la mano derecha le empecé a pajear el clitoris y a respirarle en la nuca endemoniado. Con la izquierda le separaba una nalga para penetrarla mejor. Aceleraba con fuerza, cada vez más violento. Ella gemía quejosa de la cogida que le estaba pegando.
No aguanté más y acabé varios chorros de leche dentro suyo. Me apretaba con fuerza la pija y sentía que me la iba a arrancar de un tirón.
Nos fundimos en un pequeño gemido y un gran orgasmo. Se acomodó la tanga y el vestido, me besó agitada y me obligó a bajar para que nadie sospeche de lo que había pasado.

Con las piernas casi temblando bajamos las escaleras y nos cruzamos al marido.
”Qué hacen?” Soltó con cara de póker.
”Subimos a sacar una foto desde la terraza, una panorámica de la fiesta” contestó Sabri rápidamente. La flaca hablaba con Pedro como si nada y tenía la concha llena de leche. Mi leche. Cuanto morbo.

La fiesta siguió hasta la madrugada, cruzando miradas cada dos por tres.. al terminar me saludó con un beso en la mejilla, bien cercano a la boca y por lo bajo me dijo: “Quiero repetir”.

Y así fue.
Repetimos varias veces más.
La próxima les cuento.

Saludos!

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Cosa de minas

Hola soy Florencia, Flochu, Flor, Florcita… la sin tetas. Tengo 16 años y vivo en Argentina, y tengo a mi mejor amiga Romina, que tambien tiene mi edad, y es com´pañera mia del colegio, que tiene unas tetas enormes, ENORMES, desde los 12 años que se le desarrollaron y nosotras somos amigas desde que teniamos 6, en fin, se imaginaran, todos los chicos la miran a ella y a mi ni pelota.

El otro dia estabamos en mi casa, yo soy hija unica, mis papas trabajan, y hago lo que quiero, sin ire al carajo claro. Y viene Romina, y bueno, estabamos boludeando en la pieza, charlando, y otra vez me le quejo de que no me salen las tetas.

Romina: y que boluda, igual sos re linda, a los tipos les gustan las minas flacas, como vos, boluda yo estoy re gorda, no puedo bajar el culo…

Yo: bueno pero por algo ya debutaste forra. Yo sigo virga y con unas ganas…

Romina: ya te dije que fue un garrón, los tipos son re torpes

Yo sabia que ya hace rato veniamos boludeando, piquitos, abrazos, todo con cariño. Pero yo ya tenia ganas de que me chupe la concha. Y le dije

Yo: sabes que me estoy depilado la concha? ayer me hice dos pajas, de lo que me calienta estar sin un pelito.

Romina: toda toda?

Yo: hasta el culo

Romina: ajjaja que hija de puta

Yo:  me quedo re lindo

Romina: y dos pajas te hiciste? que pajera jajaj

Yo:  si, esta barbaro. Vos esta toda peluda?

Romina: que forra que sos

Yo:  para que te copes, capaz te gusta

Romina:

Yo:  te muestro?

Romina: dale

Yo que estaba descalza y con joggins y remera, en vez de bajarme los joggins me los saque x completo, igual que la bombacha. Y tirada en la cama me abri de piernas y le mostre, toda mi concha bien depiladita.

Yo: mira que linda esta. Tocala, vas a ver q suave

Romina: que torta que sos

Yo:  y? un cachito, no pasa nada

Romina acerco la mano y me la puso sobre la vagina

Yo:  dale un besito, no seas mala

Romina: estas segura?

Yo:  por favor, pasale la lengua

Romina se acosto, acerco los labios dando un piquito en la pelvis, y luego saco la lengua y la metio entre mis labios vaginales, llegando a abrirse camino y lamer suavemente mi clitoris. Ahi le agarre la cabeza y la hice seguir lamiendo, hasta que en unos minutos llegué al orgasmo…

Yo:  ahora te toca a vos, gorda puta

Romina: para tarada, no me hables asi…

Me acerque y le dije

Yo:  sos hermosa, y te quiero. Pero me re caliento puteandote un poco…

Romina: bueno, por hoy nomas

Yo:  asi me gusta… putita sumisa…

Continuara

 

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Polvo diabólico

Javier llevaba varios días mosqueado con su chavala Azucena, le pasaba 2 años, él tenía 23 y ella 21, la encontraba fría y distanciada, aún recordaba la última vez que hicieron el amor y ella estaba como ida como si no estaría con él.

Así pues sospechando de ella se fue a una agencia de detectives privados y contrato los servicios de dos, a los cuales informó del comportamiento de Azucena durante sus últimas semanas.

Azucena era una chica alegre y divertida quizás demasiado aventurera, sus relaciones con Javier habían sido siempre buenas y la forma de hacer el amor estupenda, pero como ella era muy inquieta, un día por probar de todo en esta vida, una amiga le dio unas rayitas de coca junto con un libro de brujería, está le explico que mediante un rito, siguiendo unas cláusulas que vienen en el libro, podía invocar al diablo cuando quisiera ella, Azucena se reía incrédula, pero como la curiosidad era mayor que el temor se decidió a probarlo. Al día siguiente estando sola en casa, se decidió por preparar el ritual, lo primero era acomodarse en una habitación a oscuras solo iluminada por ocho velas, lo segundo estar vestida solo con combinación, bragas y sujetador.

Azucena estaba ya en la habitación con las ocho velas, el camisón dejaba entrever  unas pequeñas braguitas que apenas tapaban el conejito, el sujetador a juego protegía dos hermosos pechos palpitantes de juventud. Con toda la ceremonia del mundo extendió cuatro rayitas en una mesa baja, se sentó en el suelo y valiéndose de una pajita empezó a esnifar la primera raya de coca.

Luego abrió el libro de brujería leyendo: Oh Satán Rey de las Tinieblas, manifiesta tus poderes ante esta pobre esclava (nueva esnifada a la segunda rayita de coca), asciende de las tinieblas y únete a mi cuerpo carnal, lleno de lujuria y deseo, estando en trance ya, la habitación tembló y como por arte de magia las ocho velas se apagaron y de la nada ¡ZAS! Apareció  Satanás, vestía capa roja, pantalones a juego, gastando dos tridentes uno de tres pinchos que llevaba en la mano y el otro entre las piernas, cuernos no llevaba pero su mujer seguro que se los pondrá en cuanto pueda, de su cuerpo salía una especie de humo que reflejaba lo quemado que estaba, y dijo: Azucena ¿por qué me invocas? Ella medio colocada esnifo  otra raya diciendo: anda si es el diablo en persona, así es respondió Satanás y he venido del más allá a joderte más aquí, dicho y hecho se acercó de una zancada clavando su mirada en el cuerpo fresco y hermoso de la muchacha, con la mano derecha guió el tridente hasta el suelo para luego romper el camisón de Azucena al subirlo, Azucena decía: pues sí que coloca esta coca voy a seguir este espejismo, arrodillándose para desabotonar los pantalones rojos de Satanás sacándole su instrumento rojo también, empezó a lamerlo con fruición como si fuera un caramelo  con recelo de acabar con aquella golosina, los dientes presionaban suavemente el miembro del demonio, el cual preferiría estar en el mismísimo infierno que seguir con  aquel tormento que le prodigaba Azucena. Satanás caliente le quitó a aquella ninfómana su “caramelo” diciéndole: ponte a cuatro patas, ella se arrodilló y su pompis con las braguitas quedaron a merced del diablo, este con sus dedos largo y uñas a juego, rompió la tela que escondía la gruta del placer, al aire quedo el chumino y los pelos del culo de Azucena, Satanás se acercó lamiéndole el ano y la vagina, alternándolo también con la introducción de dos dedos en su esfínter y en su coño.

Azucena suspiraba y jadeaba como una posesa, cuando el miembro se hizo paso por su esfínter unas lágrimas rodaron por su mejilla, pero luego paulatinamente, el dolor se fue transformando en una agradable sensación de placer, sus senos y su pubis no paraban de ser sabiamente excitados por Satanás.

Azucena dijo Satanás ya has satisfecho parte de mis instintos carnales pero esto es tan solo el principio de la orgía, Satanás acercó su enorme miembro a la cara de Azucena que yacía tumbada boca arriba en el suelo y descendiéndolo suavemente lo colocó entre los pechos de está, la cual empezó a hacerle una estupenda cubana, con sus dos manos Azucena friccionaba sus dos pechos por el pene de Satanás hasta que le hizo eyacular salpicándole la cara y su rostro de un cálido esperma.

El diablo que no paraba de hacer diabluras se acercó hasta la cocina y cogió un plátano y un pepino llevándolos hasta la habitación donde se encontraba Azucena, cogió el pepino y lo empezó a restregar por todo el cuerpo de la muchacha, cuando llego a su culo el diablo se acercó lubrificándole la entrada con la lengua a base de saliva para a  continuación introducirle el pepino suavemente hasta hacerlo casi desaparecer.  Repitió la operación con el plátano, hasta que llego a su coño, allí introdujo dos y tres dedos para a continuación meterle el plátano.

Azucena yacía sobre la cama emparedada por ambos vegetales, cuando una agradable sensación de ser poseída la embargo plenamente. Satanás besaba la chica en los labios, mientras que con la mano meneaba el plátano y el pepino, los cuales chorreaban de caldos lujuriosos sigue, sigue, gritaba Azucena, a punto de alcanzar el orgasmo, Satanás le quito el plátano y lo sustituyó por el suyo y en unos cuantos vaivenes que parecían siglos, Azucena  estalló en un gran orgasmo que le quemaba las entrañas, clavando las uñas en la espalda del pobre diablo, el cual grito de gusto y de dolor a la vez.

Una vez pasados los efectos de la coca Azucena se despertó y se encontró desnuda, fatigada, pringosa con un pepino en el culo y un plátano a los pies de la cama, preguntándose qué demonios había pasado (los demonios no era, sino solamente uno Satanás) pero claro ella no se acordaba de nada.

Javier al cabo de una semana fue informado por los dos detectives sobre su novia. Verás Javier, tu novia no te engaña, lo que ocurre es que le pega a los alucinógenos en cantidad y claro hace que se monte unas orgías sexuales ella sola de película. Así que mira muchacho le dijo uno de los detectives, convéncela  para que deje el mundo de las drogas y satisface sus deseos sexuales más a menudo, con estos consejos solucionarás tus problemas. Javier agradecido les preguntó que cuales eran sus honorarios a lo cual los detectives respondieron:  200 € como lo quiere con IVA o sin IVA , Javier dijo: mejor sin IVA , lo que ocurre que ahora no tengo dinero en metálico, es lo mismo dijo uno de los dos detectives, aquí traigo la minuta de nuestros servicios, nos lo firma y ya pagará, pues muy agradecido dijo Javier y firmó los papeles.

Nada más salir a la calle, los dos detectives, le dice uno al otro oye Lucifer qué Belcebú, como lo hemos engañado al pobre y pensar que nuestro amo y señor Satanás se tira a su novia, ya que cada vez que le invoca se le aparece de verdad ja ja  ja  ja  ja y encima los papeles que le hemos hecho firmar no eran la minuta de servicios sino la venta de su alma al diablo.

Y Lucifer y Belcebú se fueron riendo por las calles oscuras de la ciudad.

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El Nuevo Jefe del Departamento

Autor: Marita Correa

Ricardo es el nuevo jefe del departamento fiscal de una importante asesoría. Un antiguo compañero suyo de universidad,  directivo de la empresa, pensó en él, para reparar el enorme fiasco que su antecesor ha realizado en este departamento.

Es un hombre atractivo de unos 55 años, para sus empleados un hombre serio y reservado  escondiendo  para sus más allegados,  su lado más afable, extrovertido y su gran sentido del humor.

Entre todos sus subordinados que tiene a su cargo hay una mujer que lo saca de quicio, contestona, orgullosa, cuarenta y tantos, recién divorciada y queriendo recuperar todo el tiempo perdido de su matrimonio, no hay día que llegue tarde,  no la encuentre charloteando con su compañera y siempre tiene una excusa cuando no tiene su trabajo listo.  Muchas veces ha querido presentar una queja sobre ella pero hay algo en esa mujer que le impide hacerlo

Por supuesto, la antipatía es mutua. Ella ya se ha ganado varias broncas por parte de él  y la ha relegado hacer trabajos que no le corresponden, sin embargo lo que menos soporta  es su indiferencia hacia ella, ha intentado ganárselo y llamar su atención de todas las maneras posibles, sin lograr conseguirlo.

Una mañana Natalia no está especialmente de humor, su compañera y mejor amiga Marta se queda extrañada y empieza a interrogarla.

Marta- ¿Qué te pasa? No has abierto la boca en toda la mañana

Natalia- Nada

Ana se levanta y se va a la habitación de las fotocopias, Marta la sigue, no se va a quedar sin enterarse que le pasa a su amiga

M- Venga, no te hagas la interesante, si al final me lo vas a contar, ¿saliste a noche con Jesús?

N– No, lo he dejado con él. Oye Marta, déjame en serio,  Don Estirado quiere que le revise todos esos informes, dice que los datos son erróneos, estoy harta de este tipo, ¡Como echo de menos a Marcos! (antiguo jefe, todos le llamaban Señor Abascal, menos ella,  que era su empleada favorita)

M- ¿Y cómo no lo vas a echar de menos?, si lo tenías comiendo de tu mano

N-  Eso no es verdad, además ¿qué me dices ahora de la nueva?, Pero que pelota que es, no has visto como coquetea con él, y él le corresponde, el único momento del día en que sonríe es cuando habla con ella, seguro que tienen un rollo.

M- ¿Con Lucía? No me he fijado, pero ya veo que tú sí y me da a mí que lo que estás es un poco celosa.

N-  ¿¿Queeeeee?? Por favor, si no lo soporto!!

M- Si claro, por eso vienes todos los días tan arregladita y vas a tomar café justo cuando va él. Lo que te fastidia es que no te haga ni caso.

N-  ¡Oye bonita!,  que yo le doy mil vueltas a esa petarda, cursi e insípida, y si me lo propongo, a él me lo meriendo en un periquete

M- Sí, claro

N- Claro no, clarísimo ¿Qué te apuestas?

M- Lo que quieras, ¡Vas a perder!

N- Una cena en Mateos

M- ¿¿En Mateos, estás loca?? ¡¡Ese sitio cuesta una pasta!!

N- Me da igual, lo vas a pagar tú

M– Hecho

N- Hecho

Las dos mujeres sellan la apuesta con un apretón de manos

M- ¡Pero ya  sabes que quiero todos los detalles!

N-  ¡Si siempre te lo cuento todo! Sé que Don Estirado, suele quedarse en el despacho hasta tarde, así que si quiere que termine estos informes no me va a quedar otra que quedarme a mí también, verás cómo mañana esta rendido a mis pies

Sin ningún cuidado las dos comenzaron a reír a carcajadas y salieron de la sala de fotocopias, Natalia había olvidado su mal humor y empezaba a planear como conquistar al huraño de su jefe

Llegó la hora de salida,  como tenía planeado  se quedó trabajando, a los pocos minutos no pudo aguantar más y se dirigió al despacho de Ricardo, la puerta estaba abierta, él estaba absorto en unos documentos y llamó su atención con unos golpecitos en la puerta

Natalia-  ¿Puedo pasar?

Ricardo-  ¿Qué haces tú aquí todavía? Le preguntó con tono de sorpresa

N- Tengo un poco de trabajo atrasado

R-  ¿Sólo un poco?,  Sonrió  y siguió ojeando sus papeles

A ella le fastidió el tono sarcástico de su jefe, pero hizo ver que no le importaba y siguió a lo suyo.

N-  Verás Ricardo,  hay unos datos de unos clientes que no aparecen  en mi ordenador, me preguntaba si a lo mejor tú los tienes archivados.

R-  Ahora no puedo ocuparme de eso, estoy muy liado, déjalo ahí y ya lo mirare mañana

N-  Lo entiendo, yo también estoy muy liada, Qué  estrés ¿verdad?

Él ni siquiera le contestó

Aunque Ricardo no la miraba,  la mujer se fue acercando de forma coquetona hacia la mesa, se apoyó en el lateral de esta y mirando a su jefe le dijo:

Oye Ricardo, se me ocurre una idea, ¿no te parece que nos merecemos un descanso? Podemos pedir al bar de enfrente que nos suba una botellita de vino, algo de picar, conversamos un ratito, nos conocemos un poco mejor, y bueno… si nos apetece seguimos con el papeleo o no.

Ricardo contemplaba con asombro, el descaro y la insolencia de su empleada, sonrió y levantándose de la silla se fue hacia ella, que lo seguía mirando de una forma atrevida

Yo tengo una idea mejor, dijo él, sus cuerpos estaban casi pegados uno frente a otro y ella notaba como se le cortaba la respiración, le costaba reconocer que ese hombre la ponía a 100, pero por supuesto no iba a dejar que lo notara

N-  Ah sí ¿Qué idea?

R-  He oído hablar de un nuevo restaurante, ¿Cómo se llama? … ah sí,  Mateos, creo que es excelente ¿Lo conoces?

A Natalia se le borro de inmediato la sonrisita de la cara, y notó como se ruborizaba de repente, bajó la cabeza,  intentando que no se notara su sonrojo y  con un hilito de voz contestó que no lo conocía

Él tomó la libertad de coger su barbilla para obligarla a mirarle  a los ojos

Por primera vez ella se quedaba sin palabras y sin saber cómo manejar la situación

R- ¿¿No lo conoces??

N- No

R- ¿¿No es ahí donde vas a ir con Marta, cuando logres seducirme??

Ella lo miraba con los ojos muy abiertos intentando buscar una respuesta ingeniosa, que no encontró

F- Tu amiga y tú, deberíais tener más cuidado con lo que habláis en la sala de fotocopias, nunca sabes si el jefe estará tomando café en la sala de al lado

Ella empezó a balbucear algunas palabras, al final consiguió decir:

Ricardo,  ¿no te lo habrás creído verdad?  Sólo bromeábamos

R-  Me gustaría saber quién te ha dado permiso para tutearme. ¿Crees que tu antigüedad en la empresa te permite reírte de todos nosotros? ¿Sabes porque me tengo que quedar cada noche hasta las tantas?

Natalia lo miro a los ojos y le dijo:

No señor, no lo se

R-  Porque tengo que corregir todos tus errores, esos que nos han hecho perder varios clientes (eso no era verdad, pero claro, ella no lo sabía) En dirección empiezan a estar muy hartos de ti,  así que me han solicitado que haga un informe sobre tu trabajo y todas tus meteduras de pata, para rebajar tu liquidación.

N-  ¿¿Queeee??  ¿Quieren despedirme?  Dijo Natalia con asombro, ¡No pueden hacer eso!, dijo totalmente indignada, no podía creer lo que estaba escuchando. Había olvidado todo su bochorno anterior.

N-  Llevo 20 años en esta empresa, he regalado mucho de mi tiempo, he conseguido muchos clientes, mi trabajo ha sido excelente y en cuanto mi vida personal se complica un poco y afecta mínimamente a mi trabajo, me quieren dar la patada, increíble!!

R- Descontando el tiempo que te pasas en cafetería, el llegar tarde constantemente,  el hacer que tus compañeros hagan tu trabajo, los motes y las burlas para todos nosotros. Este departamento está pagando tu poca profesionalidad

N- ¿¿Me  estas llamando poco profesional?? Natalia volvió a lo del tuteo,  esto sí que no lo aguanto, no merezco este trato, así que sabes lo que te digo: “Que te den a ti y a tu informe” ¡Me largo!

 Como quieras, gritó Ricardo, no hace falta que vengas mañana,  te avisaran cuando tu finiquito esté listo,  además,  Lucia merece un ascenso, ha hecho un excelente trabajo desde que está aquí, se alegrará mucho cuando se entere de que tu puesto está libre

Ella se paró en seco, lentamente se giró hacia su jefe, no podía estar hablando en serio, esa arpía, rastrera y pelota no podía quedarse con su puesto, pero la mirada de él le decía lo contrario.

Se quedó pensativa durante unos instantes, y contestó:

De acuerdo,  tú ganas, le dijo, intentando tragarse su orgullo. Si estoy aquí supongo que todavía no has entregado ese estúpido informe y sabes que necesito el empleo, así que suelta ya tus condiciones

R- Condiciones, esa es la palabra exacta. Para empezar tendrás que demostrar que te lo tomas en serio, hacer muchas horas extras, por supuesto no retribuidas y conseguir que los clientes que hemos perdido vuelvan de nuevo.

N- No tengo elección ¿verdad?

R- Sí que la tienes, pero con tus referencias te será difícil encontrar un empleo de esta categoría

Ella estaba de pie frente a él, con los brazos cruzados, y su cara reflejaba todo la rabia que la comía por dentro. Ricardo la observaba detenidamente

N- Bueno, no querrás que empiece ahora ¿no? Aunque cuanto antes empecemos antes acabaremos con esta mierda.

Ricardo se convencía por momentos,  que era lo que esta mujer  necesitaba  con urgencia y le preguntó:

A ti nunca nadie te ha dado unos buenos azotes ¿¿verdad??

Ella lo miró con cara de espanto

N-  ¿¿Cómo?? Pero ¿de qué coño vas?

R- Mira, lo primero que vas hacer es aprender modales y a tratar a tus superiores y subordinados con el respeto que se merecen

Ricardo se dirigió al aseo de su despacho, saliendo al instante con algo en sus manos

R-  Vamos a comenzar  por tu vocabulario, no pienso consentirte ni una sola grosería más, desenvolvió una pastilla de jabón y le ordeno que abriese la boca

Ella lo miraba con asombro y soltó una carcajada

N- Es broma ¿verdad? No voy hacer eso

R- Metete el jabón en la boca AHORA

Natalia no pudo evitar asustarse ante la orden de su jefe, esto iba en serio, empezó a dudar si quedarse o echarse a correr, pero las piernas le temblaban así que no le  quedaba otra que quedarse,  todo aquello le pareciera surrealista. Tomó la pastilla y se la colocó con suavidad entre los labios

R-  Así no, quiero que la muerdas con fuerza y más vale que no se te caiga

Ella lo hizo, demostrando con el gesto de su cara, lo que le desagradaba el sabor del jabón

R- Ahora te colocaras sobre mis rodillas y recibirás una buena zurra. No pongas esa cara, sabes que te la mereces y que te hará mucho bien.

Sin más la cogió del brazo y la arrastró hacia una silla, se sentó e inmediatamente la colocó sobre su regazo. Subió su falda y cuando ella sintió sus dedos tirando del elástico de sus braguitas, se revolvió de inmediato tirándose al suelo y gritando:

N- ¡¡No puedes hacer esto, no puedes!! Pero ¿en qué época te crees que vives?

Él se levantó muy enfadado de la silla, la levantó del suelo y zarandeándola le gritó:

R- ¡¡Mas te vale obedecerme si quieres volver a sentarte!!

Natalia comenzó a darse cuenta que esto iba muy en serio

Ricardo recogió la pastilla de jabón, se fue al baño de nuevo y regresó con la pastilla enjuagada y llena de espuma, ella seguía en mitad del despacho observando cómo su jefe con el ceño muy fruncido se aproximaba hacia ella, le metió de nuevo la pastilla de jabón en la boca, aghhhh, ahora sí que notaba el repugnante sabor del jabón, y en una fracción de segundo, se encontraba  de nuevo sobre las rodillas de su jefe, con la falda arriba y las bragas abajo.

R-  Creo que no me comprendiste cuando te pedí que no me tutearas, te lo voy a explicar de otra manera a ver si así lo entiendes.

Sin más miramientos el comenzó a azotarla, Natalia tenía la cabeza casi a la altura del suelo,  por lo que su trasero quedaba muy empinado, subiendo y bajando al compás de las nalgadas, rápidas y enérgicas, ella no dejaba de patalear  y se quejaba como podía, ya que el jabón le impedía gritar.

10 minutos después el jefe de Natalia estaba más calmado y bajó el ritmo de los azotes, observando como la palidez del culo de la empleada se había transformado en un rojo intenso y penetrante,  y que su  rabieta se había convertido en llanto. Se compadeció de ella y pensó que ya era hora de pasar a la segunda parte. La ayudo a ponerse en pie, la falda recuperó su posición original y observo la cara de Natalia, llena de lágrimas, rímel corrido y la pastilla de jabón en la boca, todo esto le daba una imagen muy graciosa, el evitó sonreír porque aunque ella se había ganado con creces ese castigo, en cierto modo le daba un poco de pena.

R- Ve al baño, enjuágate la boca y lávate la cara, le ordenó

N- Si señor, contestó ella y se dirigió al baño

Al fin Natalia había aprendido la manera correcta de dirigirse a su jefe. Ella salió del baño y pensando que todo había terminado se dirigió hacia la puerta

R- ¿Te he dicho yo, que puedes marcharte?

No señor, contestó ella en tono bajito

R- Pues vuelve  aquí, casi hemos terminado

¿Cómo que casi? Preguntó ella entre sollozos

R- Quiero asegurarme que has aprendido la lección

N- Por favor señor Ramos, no podré aguantar más y le aseguro que ya he aprendido.

Él se dio cuenta de que era sincera, pero su comportamiento había sido tan lamentable que no la podía dejar marchar con tanta facilidad.

R- Natalia no voy a discutir, ya sabes cómo funciona esto, quiero que te apoyes sobre la mesa, serán 20 azotes con el cinturón, si te tapas con las manos o te levantas, serán 10 más.

La mujer se dio cuenta de que sus suplicas no funcionarían, así que secó sus lágrimas se llenó de dignidad y se dirigió hacia la mesa, apoyando su tripa en la mesa

Él le ordenó que estirara los brazos,  se agarrara al borde de la mesa y que separara las piernas, ella obedeció a la primera, no pensaba volver a suplicarle a pesar de lo humillante de la situación.  No tardó en sentir el primer lengüetazo del cinturón sobre su ya magullado trasero, lo que le hizo dar un respingo y un leve lamento.

Ricardo sabia como repartir los azotes, abarcando todo el trasero de la mujer y centrándose en la parte inferior de sus nalgas, quería que los recordase durante unos días a la hora de sentarse, y aunque no eran suaves, tampoco eran excesivamente fuertes, ya que con la zurra anterior, ella no resistiría sin perder la postura y no quería castigarla con 10 extras más.

Ella los soportó sin cubrirse, moverse y sin apenas quejarse, su jefe la observaba agarrada al borde de la mesa, contemplando como el cinturón había marcado su piel, en ese momento,  deseaba abrazarla y consolarla, pero no se podía permitir hacerlo, así que le bajo la falda y le dijo que se levantara, así lo hizo ella.

R- Ahora vete a casa, pero mañana te quiero aquí a primera hora, más vale que te pongas al día  con los balances, y no me hagas enfadar de nuevo o ya sabes que te pasará.

Ella con mucha dignidad recogió sus bragas del suelo, se sentía tan avergonzada y humillada… Pero también sentía la humedad de entre sus piernas y rogaba que él no se diera cuenta de ello, o podría pensar que le había gustado ¿o es que le había gustado?

Dedicó una fría mirada a su jefe, le deseó buenas noches y abandonó la habitación.

A él, sin saber muy bien porque, esa mirada de hielo le dolió, no quería que lo odiara, y se quedó largo rato en su despacho pensando en todo lo sucedido

A la mañana siguiente cuando Marta llegó a la oficina, Natalia ya estaba sentada a su mesa pegada al ordenador y tecleando sin parar.

M- ¿Pero qué haces tú aquí a estas horas? Te has caído de la cama, o ¿es que no has dormido en casa? Bromeó Marta.

M- Te dije que mandases un mensaje fuese la hora que fuese,

N- Ahora no puedo hablar Marta, tengo que tener estos balances listos para mañana

M- Madre mía pero que mala cara que tienes, oye vamos a tomar un café ahora mismo y me lo cuentas y ya sabes, ¡quiero todos los  detalles!

En ese momento el señor Ramos entraba en la oficina y después de dar los buenos  días a todos se dirigió a Natalia y le pidió que pasase a su oficina.

Ella saltó de la silla, olvidando que debía levantarse con mucho cuidado, y por un instante llevo sus manos para frotar sus nalgas maltrechas, cuando se dio cuenta de su gesto, en seguida paró y se encaminó al despacho de su jefe.

Marta con cara de asombro, miraba la escena, sin lograr entender nada.

Ricardo estaba apoyado en la parte delantera de su mesa esperando que ella entrara, cuando lo hizo,  él le preguntó ¿Cómo vas?

N-  Bueno acabo de revisar los balances de marzo del año pasado, pero  para mañana estarán todos listos.

R- Me refiero a ti

Por un momento se sintió bloqueada, pero reaccionó y con el mismo aire arrogante con el que se había despedido la noche anterior le contestó que estaba perfectamente.

R- Me alegro por ti, vamos a comprobarlo. Cierra la puerta y ponte sobre la mesa, ya conoces la postura

N- ¿Cómo?

R- Ya me has oído

No es posible que me vaya azotar de nuevo, aquí,  con toda la oficina llena de gente, pensaba para sí, y dudaba si hacerlo o no, por un lado detestaba que el controlase la situación pero por otro,  sentía una irresistible atracción por él, y no podía olvidar como ese hombre,  la había doblegado la noche anterior, y el cúmulo de maravillosas y desconocidas sensaciones que había experimentado, así que se dirigió a la mesa, ella misma se quitó la ropa y se situó de nuevo sobre el escritorio, sin saber cómo a él le fastidiaba su orgullosa actitud.

Sus nalgas presentaban un colorido entre violáceo y azulado que estimuló todos los sentidos de su jefe.

Ella esperaba sentir el calor inmediato del cinturón, sin embargo se sobresaltó al sentir algo frio sobre su delicado trasero.

R– Es crema, he pensado que te sentará bien, ya que te quedan muchas horas que estar sentada.

El extendió  la crema por el trasero de la mujer, suavemente, muy despacio, no tenía ninguna prisa.  Ella empezó a relajarse,  a dejarse llevar por el frescor de la loción y el tacto de la mano de su jefe, que ahora bajaban por el interior de sus muslos,  aproximándose a su zona privada, él sonrió cuando observó que su empleada abría un poco más las piernas para facilitarle su labor.

En ese momento él se detuvo,  agarró las caderas de la mujer, reclinándose  sobre ella,  lo que a Natalia le permitió sentir la bestial erección de su jefe, ella giró su cabeza buscando la boca de Ricardo,  que se aproximaba a la suya, cuando sus labios estaban a punto de tocarse, él le dijo:

Vístete, aún te queda una larga jornada de trabajo

En ese momento  una intensa ira se apoderó de ella, y tuvo que aferrarse aún con más fuerza al borde de la mesa para no saltar en ese momento sobre él, solo le apetecía pegarle, arañarlo, insultarlo, ya ni siquiera le importaba su empleo, pero si le importaba que sus compañeros se enterasen de lo sucedido, por lo que tenía que controlarse, así que se vistió rápidamente, ¡como odiaba a ese hombre!, estaba furiosa y solo quería salir de esa habitación y perderlo de vista.

Cuando estaba a punto de marcharse él le dijo:

R- Por cierto, Natalia

Ella respiró hondo y sin ni siquiera girarse con un tonó repelente y sarcástico contestó:

N- ¿Si señorrr?

R-  Recuérdale a Marta que te debe una cena, pero no esta noche, tú y yo, tenemos que acabar algo que hemos empezado. Si tú quieres, claro

Ella siguió sin girarse, estaba perpleja, ¿había escuchado lo que había escuchado? Se asombró como en solo unos segundos toda su ira desaparecía, y un escalofrío de placer le recorría todo el cuerpo, entonces se volvió hacia él. Pudo comprobar el ahora amable gesto de Ricardo y una mirada picarona, que lo hacían aún más irresistible. Ella le contestó con la enorme sonrisa que ahora se dibujaba en su cara.

Cuando salió del despacho y Marta la vio sonreír de esa forma, supo que su amiga se había salido con la suya, sólo que esta vez, Marta no iba a conocer todos los detalles”

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Confieso

Autor: Lucia

Deseaba que llegase este momento. Y al tiempo, lo temía.

-Cuéntame- me preguntas- ¿Te has portado bien desde nuestro último encuentro?

Me había hecho el firme propósito de no mentir. Pero noto un vuelco en el estómago. Estoy nerviosa. Y no puedo evitarlo. Trato de maquillar la verdad. Sí, por supuesto. Me he portado super, super, super bien. Bueno, tal vez algún detallito sin importancia.

Me recuerdas que mentir es una falta especialmente grave. Y me animas a confesar. Me conoces bien, y sabes que mi comportamiento no habrá sido ejemplar, ni mucho menos.

_Estoy seguro de que hay alguna pequeña falta sobre la que hay que trabajar un poco. Pero pienso que será lo mejor que me lo cuentes todo. Yo sabré entender, y ya sabes que suelo ser justo.

Pienso que sí, que puede que sea comprensivo. Pero que eso de ser justo, equivale a ponerme en sus rodillas darme tantos azotes como él considere que merezco. Y aún no estoy preparada para dejarle decidir. Para dar el paso y entregarme al castigo.

Obviamente no va a colar lo del buen comportamiento. ¿Tal vez una confesión parcial?

-En realidad, fue una tontería, no tiene importancia. ¿Te acuerdas de aquello que te conté sobre la vecina?

Se acuerda. Es una de las cosas que me gustan de él, presta atención a lo que le cuento . Mi vecina es una imbécil de primera, y me critica.

-¿Qué le has hecho?

-Nada… bueno, le eché un poco de lejía en el buzón. Como es tan bajita, y su buzón es de los altos, tiene que meter el brazo sin mirar. Y suele ir con blusitas de esas caras, de colores vivos, además. Y de manga larga, como si fuera una monja, que habrase visto, con este tiempo, la muy cursi….

Me haces un gesto para que me calle. Noto que te aguantas una sonrisa. Pero disimulas rápido y me sueltas un rollo sobre las buenas relaciones con los vecinos, las cosas que una señora no tiene que hacer y todo eso…

-Sigue contando. Seguro que hay algo más.

Niego, Creo que ya tenemos materia suficiente que tratar hoy, la verdad. Pero insistes, insistes. Acabo por confesarte que he anulado dos citas con el dentista. Otra bronca

-Pero…¡es que me da mucho miedo!

-Te voy a ayudar con eso. Después de la azotaina que vas a recibir por esto, no le tendrás miedo al dentista, le tendrás miedo a anular las citas.

Protesto, claro. Y además, sin cuidar las formas.

-¿y tú dices que eres comprensivo? Lo que eres es un …

-Un ¿qué?

-Nada- retrocedo, justo a tiempo.

-Mejor, pero la intención es lo que cuenta. Así que añado esto a la lista.

No confieso nada más. Me callo lo de los tres días que he llegado tarde al trabajo porque no me puse el despertador a tiempo. Y no digo nada de los dos cestos de ropa pendiente de lavar, ni de los tres días seguidos cenando pizza porque estaba un poquitín perezosa y no me apeteció hacer la compra. Ni cuento que he descubierto el genial truco de cambiar la voz cuando llama mi suegra y decir que no es aquí, se ha confundido de número.

Aún así, empiezas a darme la charla sobre las faltas cometidas, y me preguntas si estoy de acuerdo contigo en que merezco unos buenos azotes.

La negociación. Siempre tan inútil. Digo que sí, que me he portado mal, pero que con unos cuantos azotes y no muy fuertes, sin duda será suficiente. Pero no funciona así. Lo sé de sobra.

Enseguida estoy sobre tus rodillas. No sé cuánto tiempo voy a estar allí. Cuando empiezan los azotes, no me importa si el castigo va a ser largo. Lo estoy pasando bien. Una vez va desapareciendo la ropa, me resulta un poquitín más duro. Siento vergüenza cuando me bajas las braguitas, pero la dureza de los azotes directamente sobre la piel, hace que la vergüenza pase a un segundo plano. Al principio, estaba protestando, diciéndote que eras injusto, que no era para tanto .Pero ahora, que duelen más, cambio el discurso. Y el tono. No lloro, pero casi. Y afirmo categóricamente que no lo volveré a hacer. Que voy a ser buena.

Y es lo que siento, de verdad. Voy a ser la mejor spankee del mundo, con tal de que la azotaina termine. Pero de pronto, ya no quiero que termine. Y ya no protesto, ni hago promesas. Sigo decidida a ser buena, pero empiezo ahora mismo. Empiezo por aceptar mi castigo, y me quedo calladita mientras continúan los azotes. No calladita exactamente, algún gimoteo se me escapa.

Sé que aun durará bastante. Me enviarás al rincón, y después, seguiremos. Pero ya no habrá resistencia.

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Vacaciones en Valencia

Autor: Patty

Aquí estoy de nuevo para contaros mis últimas aventuras. Como bien sabéis, me gusta que éstas se correspondan con la realidad, así que para no ser menos, esta también está basada en hechos reales.

Bueno, empiezo por el comienzo de los tiempos. Érase una vez que los planetas parecían que se había alineado, y, puesto que estaba de oferta el billete de avión hacia Valencia y el piso de mi spanker y amigo, Iván, se quedaba vacío, decidí pillarme un vuelo para hacerle una visita turístico-sexual. Esa misma semana del viaje, en mi ciudad estábamos de feria y a pesar de todas las obligaciones estudiantiles que tenía (a principios de septiembre tendría el último examen de la carrera que de aprobarlo ya la terminaría), pues decidí salir de fiesta. Sólo se tiene 27 años una vez así que había que aprovechar!!. Salí el día a festejar y a darlo todo dos días antes del viaje. Como hacía algunos meses que no bebía, pues digamos que igual se me subió un poco la cabeza… bueno vale, igual influyó que cayeron un mojito de sandía, una botella entera de Cartojal, tres chupitos de tequila y un par de vasos de tinto de verano, pero bueno, que sí que se me subió un poco… o bastante. ¿Qué pasó? Pues que hay gente que le da por llorar con las borracheras y otras que se ponen muy cariñosas; pues bien, yo soy de las segundas que con el alcohol me pongo calentilla y muy empalagosa. La música estaba muy alta, hacía calor y tenía un amigo en la discoteca con un piso al lado de la fiesta, así que lo localicé por whatsapp y quedamos para tener un coito alcohólico (es decir, es como un coito “normal”, pero se diferencian, que con cada penetración, la cabeza te da bastante más vueltas por el efecto del alcohol).

En fin, toda la fiesta genial hasta ahí hasta que me di cuenta que no llevaba mi bolso. Sí. Ese mismo bolso en el que estaba toda mi documentación (DNI, tarjeta sanitaria, carnet de conducir y de la universidad, etc.…hasta la de la BP con los puntos de la gasolina!!), las llaves de mi casa, de mi coche, maquillaje, dinero, mp4 y un largo etcétera. Llamé a mis amigas, porque el móvil si lo llevaba encima con unos cuantos € que me había sobrado de las bebidas, y se habían ido ya para sus casas. En medio de la desorientación por el alcohol, conseguí coger el bus que iba para mi casa y llegar hacia allí. Por el camino, decidí parar para comer algo para que la comida rebajara los efectos del alcohol, ya que yo vivo con mis padres y no es muy grato que vean a su hija de 27 años en tal estado de embriaguez. Cuando llegué a mi casa, toqué al portero (ya que yo no tenía mis llaves) y nadie me abría la puerta, así que en un acto de valentía y desesperación, me fui a casa de mi abuela para que me acogiera mientras llegaba alguien a mi casa para que me abrieran. Tengo que decir, que fue muy humillante y penoso visitar a mi abuela a las 12 de la noche estando borracha y que ella intente mantener una conversación y tú no puedas seguirla porque se te trabe la lengua. A las 4 de la mañana apareció mi familia, que por lo visto también estuvieron en la feria. Como me acosté muy tarde, me levanté casi a las 5 de la tarde del día siguiente con la preocupación de que no tenía mi bolso con mi documentación y sin DNI no me dejarían coger el avión.

Me pasé toda la tarde-noche buscando el bolso como una loca, junto con mis amigas, hasta que decidí darle la noticia a Iván, que no sabría si iba a poder visitarle porque no me dejarían viajar. Yo, para quitarle hierro al asunto, intentaba hacer bromas, ya que él estaba muy serio y enfadado pero sólo conseguía enfadarlo aún más. Tenía todos los planes hechos y la comida casi preparada para mi estancia en su casa para que ahora todo se fuera al traste por mi mala cabeza. Sólo me dijo: que sepas que te espera un spanking por perder tu documentación y por los nervios que estoy pasando. Prepárate porque va a ser el castigo real que siempre has esperado y sin palabra de seguridad. Tengo que reconocer, que me asusté, ya que siendo racionales y sinceros, me lo merecía, pero también sabía que estaba muy enfadado por un motivo real. A ver qué planes tenía reservados y a saber si lo iba a poder aguantar.

Por la mañana, a las 8 de la mañana me presenté a comisaría para suplicarle al policía que me hiciera un duplicado del DNI ya que en pocas horas tenía que viajar y cuál fue mi sorpresa al ver que había casi 30 personas más en mi misma cola que también se les había perdido el DNI en la feria. Me reconfortó ver que también hay gente inútil como yo que va perdiendo su documentación por ahí, aunque probablemente ellos no fueran a tener las mismas consecuencias que iba a tener yo en pocas horas.

Llegué a Valencia y antes de ver a Iván, hice una parada para cenar con mi amiga del alma valenciana. Fue todo genial y a las 12 y media de la noche me fui a casa de mi amigo. Los dos estuvimos contentos por vernos, aunque yo estaba super nerviosa por dentro. Para calmar un poco los nervios, nos bebimos una botella de vino mientras charlábamos de cosas banales como la temperatura que hacía, el viaje, cumpleaños, familia… Hacía muchísima calor, así que decidimos darnos una ducha juntos y así calmábamos los nervios y como no, podría persuadirlo para librarme de mi castigo… por lo menos esa noche.

Allá en la ducha, nos besamos, nos acariciamos y le enjaboné con sumo cuidado todas las partes de su cuerpo. Puesto que de su entrepierna nació una prominente erección, le empecé a masturbar mientras le besaba, para que finalmente me agachara para hacerle una felación. Pude notar en mi lengua, como iba brotando el líquido preseminal. Me levanté, nos liamos y le pregunté si podía hacerle un beso negro. Era una práctica que nunca había realizado anteriormente y me llamaba la atención hacerla y qué mejor forma que desvirgarse con esta práctica que en la ducha, en la que todo está limpito. Aceptó la propuesta, le di la vuelta, me agaché, abrí ambas nalgas con mis manos y empecé a lamer. Tengo que reconocer que me excitó hacerlo y que me atreví a darle un pequeño mordisco a uno de los glúteos e intentar meter la puntita de uno de mis dedos en su ano. Me encantó ver como su pene se iba poniendo más erecto y más duro, así que terminé de hacerle sexo oral y eyaculó en mi cara. Nos terminamos de duchar rápido y medio mojados y desnudos nos fuimos a su cama. De repente, se levantó y fue a la cocina. Cuando volvió, tenía en su mano un tarro de Nutella (me encanta mezclar el placer del sexo con el placer del chocolate). Le empecé a lamer los pies con mucho detenimiento, sin dejarme ningún rincón sin lamer: tobillos, planta, dedos… Fui recorriendo mi lengua de nuevo hasta llegar a su polla y volví a ponerla a tono, con la felación. Cogí un poco de Nutella y le eché por la barriga y en el pene para lamerlo con mucho gusto después. A continuación, se dio la vuelta y le puse un poco de chocolate también en el ano y terminé de hacerle el beso negro que me había dejado a medias en la ducha, pero esta vez con mucha más intensidad, ya que la postura facilitaba la labor. Después, él me tumbó en la cama, me besó y me proporcionó un sexo oral fantástico, después se puso a mi lado y me estuvo masturbando con un pequeño vibrador rosa para clítoris, que me había traído de mi casa. Estremecí de placer, ya que las vibraciones de esa pequeña maravilla, me ponían a mil porque sabía muy bien hacer su trabajo. Le pedí a Iván que se pusiera un condón, necesitaba que me penetrase. Me metió su polla en diversas posturas en mi vagina hasta que acabamos en el consabido misionero (es la postura que más me excita para alcanzar el orgasmo). Empecé a hacer movimientos vaginales para excitarle más y se acabó corriendo. Me encantó escucharle gemir. Me penetró un poco más para que yo también alcanzase el orgasmo y a los pocos segundos tuve una gran explosión, gracias también a la ayuda externa del vibrador.

Después del orgasmo, me dio media vuelta y me dijo que quería hacer “un test” sobre los nuevos instrumentos que tenía, que quería que le diese mi opinión para el castigo del día siguiente. Me propinó tres azotes con cada instrumento que tenía, entre los que se encontraban los siguientes: tres tipos de cinturones, de diferente anchura y material, una regla de madera, una vara de madera también y su vara de plástico. Me di la vuelta, le miré con cara de odio y le dije que tenía prohibido utilizar el cinturón más grueso, la regla y las varas porque picaban un montón. Se echó a reír y me dijo que eso ya lo decidiría él, que tenía motivos de sobra para usar eso y mucho más.

Tuve suerte, porque con la relación sexual que tuvimos, acabamos agotados y era bastante tarde, así que nos fuimos a dormir. ¡Me había librado del castigo esa noche!

Nos levantamos bastante tarde, desayunamos y estuvimos un rato charlando en la habitación (yo, tenía que ser cauta, así que procuraba sentarme lejos de él, ya que en cualquier momento podría pasar lo inevitable), cuando me dijo que me sentara más cerca de él que quería hablarme más cerca. Respiré hondo, porque sabía que todo iba a comenzar y le dije que no, que estaba bien cómoda dónde estaba y que le escuchaba perfectamente desde ahí. Se levantó, me cogió de las manos y me sentó a su lado, en la cama. Me dijo que estaba enfadado conmigo, por ser tan irresponsable, que casi me pierdo el viaje por mis descuidos, que no se podía creer que con mi edad bebiera tanto hasta perder el control y además me preguntó por mis estudios. Antes de ir a visitarle, acordamos que tenía que tener estudiado la mitad del temario y no fue así, me faltaban 2 temas para llegar a la mitad. Por primera vez en mi vida, le dije que tenía razón y que si servía para algo que lo sentía pero que pensara también (todo esto con una sonrisa, para ver si colaba), que lo había solucionado ya que había conseguido volar… y que con respecto a los estudios, que tenía tiempo, que no se preocupara que había sido muy exagerado al exigirme la mitad del temario. Me volvió a regañar y de un tirón, me tumbó sobre sus rodillas. El castigo acababa de comenzar.

Me dio pocos azotes pero enérgicos con su mano y rápidamente me bajó el pantalón y las bragas de un tirón. No me atrevía a decirle nada, porque sinceramente y vuelvo a repetir, que por primera vez en la vida, sentía que él tenía razón. Me azotó con la mano en mi trasero hasta que se me puso colorado y me dijo que me levantara. Me levanté de sus rodillas y fui a subirme el pantalón pero me lo negó porque aún el castigo estaba empezando.

Se dio media vuelta, encendió la televisión para enmascarar el sonido a los vecinos de lo que iba a venir, cogió la regla de madera y me hizo que apoyara mis manos en la cama, dejando mi trasero a su total disposición. Estúpida y condenada regla!! Dolía muchísimo y más que golpeaba con mucha fuerza, porque se notaba que estaba enfadado de verdad y quería que la lección quedase bien grabada. En un par de ocasiones, puse las manos en mi trasero y la respuesta fue la esperada, me golpeó la palma de las manos con la regla tanda de diez azotes en cada palma. No sé cuántos azotes cayeron, pero se me hizo eterno.

Después llegó el turno de la vara de madera, esta era hermana gemela que la regla, porque picaba muchísimo también la condenada. En uno de los azotes, le dije que por favor que no pegara tan fuerte, que me dolía mucho, que sentía todo lo que había hecho, pero que bajara la intensidad. ¿A vosotros os hizo caso? Porque a mí, no.

Cuando vi que volvió a parar, supe que iba a cambiar de nuevo de instrumento, así que aproveché para tocarme el trasero y estaba muy hinchado ya. Aquí aprovechó para volverme a golpear en las palmas de las manos, porque no me había dado permiso para tocarme. Cogió la temida vara de plástico (temida sobretodo porque la última vez que la utilizó en mi cumpleaños, la recordaba con temor) y que volvía a doler muchísimo. Con cada azote, saltaba y me costaba mucho mantener la posición, con las manos apoyadas en la cama. Le volví a suplicar que parara o que lo hiciera más flojito, pero le daba igual, tenía en mente que aprendiera esa lección y lo iba a hacer. En unas de las ocasiones que dejé de guardar mi posición por los azotes, aproveché para darme la vuelta, mirarle a los ojos (intentando poner mi máxima cara de niña buena mezclada con cara de cachorrito abandonada) y le dije que tuviera más cuidado que me estaba doliendo muchísimo. Me volvió a obligar que adoptara de mi posición y siguió dando azotes a diestro y siniestro.

De repente, paró y me preguntó que dónde estaba mi cepillo de madera. Le dije que no era necesario que lo utilizara que ya había sido suficiente y me volvió a preguntar muy serio y borde, así que con resignación le dije que estaba en el cuarto de baño. Odiaba el cepillo. De todos los instrumentos hasta ese momento para mí era uno de los peores… que equivocada estaba. Tras ese día, cambié de opinión totalmente. Cuando volvió, me dijo que el cepillo era más pequeño que la última vez, que si lo había cambiado por uno más pequeño para que me doliese menos. Como no estaba en predisposición de vacilarle más, porque tenía el culo muy dolorido ya, le juré que no, que era el mismo. Así pues, me tumbó de nuevo sobre sus rodillas, apoyados en la cama y me dio muchos azotes muy enérgicos y con un buen ritmo. Tengo que reconocer, que después del dolor de la regla y las varas, más el culo tan hinchado, no me dolió tantísimo el cepillo como solía recordar, pero eso no significa que no pataleara y me moviera, porque ya no sabía cómo ponerme para que me doliera menos. Da igual cuanto me moviera, que siempre acertaba en golpear las nalgas. Y cuando ponía la mano, golpeaba con más fuerza de nuevo para que no las pusiera más.

Posteriormente, llegó el turno del cinturón, que afortunadamente es un tipo de dolor diferente y después de haber probado la regla, parecía no doler tantísimo, aunque picaba también lo suyo. A estas alturas, ya no distinguía los azotes, simplemente me dolía todo el culo entero y más que varios azotes se escaparon hacia la parte baja de las nalgas y las piernas y otros a la parte alta y triplicaban el dolor obtenido ya. Los saltos que di, fueron innumerables, junto con las pertinentes súplicas. Le dije que por favor, que parara, que ya había pillado el mensaje, que me estaba haciendo daño de verdad y que le prometía portarme bien y no beber más alcohol.

Finalmente, los azotes cesaron y me dijo que me pusiera de rodillas mirando al rincón con las manos en la cabeza. Se me hizo eterno ese momento, me dolían los brazos de tenerlos en alto y más que me tuvo en esa postura casi 20 condenados minutos. Cuando se fue a la cocina a preparar la comida, aproveché para tocarme el culo y estaba más hinchado que nunca. Para intentar distraerme un poco (en lugar de pensar en mis fechorías para no hacerlas más), me puse a escuchar a “Los Simpsons”, que estaba echando un capítulo en ese momento. El tiempo tan largo de espera que a mí se me hizo eterno, me dijo que ya podía levantarme. Me levanté, me fui a la cocina y le dije que me perdonara, que sentía mucho todo lo sucedido. Me dijo que sí, que me perdonaba y nos dimos un beso. Le dije que me dolía mucho el culo y accedió a echarme crema hidrante, para mimarme un poco y como gesto de que me había perdonado ya.

Comimos una deliciosa comida preparada por Iván, ya que es un gran cocinero. Todo fue genial, aunque me sentía bastante dolorida al tener que permanecer sentada comiendo. Después de comer, decidimos echarnos una siesta y allí tirados en la cama y abrazados, pude notar su erección en mi culo, así que decidí complacerle. Nos besamos, nos acariciamos y como hacía muchísima calor, le desnudé. Yo me quedé en sujetador y en ropa interior. Tiré un cojín al suelo y me puse de rodillas frente a él, mientras Iván permanecía sentado en la cama con su pene erecto. Mientras me miraba con ojos deseosos, le empecé a masturbar con una mano y me metí su polla en mi boca. Humedecí mis labios y recorrí mi lengua por su glande, por el tronco llegando hasta sus testículos. Le vi muy excitado, así que le dije que quería que se corriese en mi boca. Me quitó el sujetador para no marcharlo de semen, aumenté la velocidad de la mamada y se acabó corriendo encima de mí, mientras yo seguía de rodillas.

Después de este encuentro sexual, estuvimos haciendo turismo por Valencia. Vimos la ciudad de las ciencias y dimos un largo paseo por la ciudad hasta que se nos hizo de noche. Estuvimos cenando en casa, nos duchamos y mientras Iván estaba sentado leyendo las noticias en el ordenador, le abracé por detrás y le pregunté si le apetecía que yo fuera su sumisa mientras le iba besando el cuello. Meses antes, habíamos estado hablando sobre la posibilidad de jugar y establecimos nuestros límites infranqueables así como la palabra de seguridad. Sus ojos brillaron tras la proposición, ya que él se considera más amo que spanker y aceptó el trato. Me ordenó que le lavase sus pies cansados, después de haberle hecho andar durante toda la tarde, después me hizo que se los lamiera con mucho cuidado, sin dejar un solo centímetro sin lamer, chupando dedo por dedo, las plantas, entre los dedos, todo esto mientras yo permanecía de rodillas en el suelo y él estaba sentado en la cama. Seguidamente, me ordenó que me desnudara, y que me tumbara en el suelo, con la cabeza apoyada en el suelo, mientras él ponía los pies sobre mi cara. Me levanté sin permiso y fui a beber agua de un vaso, y como castigo, Iván me ordenó que fuera a por un plato con agua, lo pusiera en el suelo y bebiera agua, como los perros, utilizando solo la lengua. Después de beber agua, metió uno de sus pies en el plato para que lo siguiera lamiendo de nuevo. Esto me pareció super humillante y tanto asqueroso, pero decidí aceptar lo que me propusiera durante el juego y no quería romper el encanto. Cuando terminamos, me puso a cuatro patas en el suelo y me utilizó para poner sus pies en mi espalda, como si fuera una mesita. Acto seguido, sacó de su armario unas cuerdas de Bondage y me ató de pies y manos, mientras yo estaba boca abajo. Una vez bien atada, cogió la vara de madera y me empezó a azotarme con ella por todo el cuerpo: pecho, brazos, abdominales, piernas, espalda, trasero y pies (debo reconocer que dónde más me dolió fue en las plantas de los pies). Después me metió su polla erecta en mi boca hasta la garganta para que le chupara bien. Después me soltó de los pies, dejándome las manos atadas a la espalda y me obligó a que le lamiera de nuevo el ano otra vez. Con todo esto, no bajó en ningún momento la erección de Iván. Después me puso de rodillas, me ordenó que sujetara con los dientes la vara y me hizo una foto en esa posición. Me soltó la cuerda de las manos, que parecerá una tontería, pero lo agradecí muchísimo ya que no era nada cómodo para los hombros tener las manos atadas en la espalda. Cogió la regla de madera y me dio 150 azotes en las manos. Me dijo que pusiera la mano para que me pegara con la regla y que si quería más, que la volviese a poner y cuando llevábamos 150, ya no podía más, ya que las manos me ardían, pero fue una experiencia agradable, saber que le estaba complaciendo y además estaba descubriendo hasta dónde llegaban mis límites. Después me volvió a poner las manos encima de la cama y me volvió a azotar bien fuerte en el culo con la regla (a pesar de que ya tenía las marcas del castigo que había tenido esa mañana). La verdad es que dolían muchos esos azotes, porque eran fuertes y porque era la segunda tanda en ese día, pero los intenté aguantar lo mejor que pude. Cuando los azotes terminaron, decidí poner un DVD del Kama Sutra en 3-D que me traje de mi ciudad y mientras lo veíamos tumbados en la cama, ambos empezamos a tocarnos. Cuando el tema subió de tono, Iván, me puso unos videos de Nacho Vidal y en la postura del perrito, me cogió fuerte del pelo y me empezó a penetrar de forma violenta. Me encantó notar como chocaban sus testículos contra mi vagina, tan fuerte, tan dominante. Le dije que me penetrara en el misionero, que quería correrme, y así lo hicimos y ambos nos corrimos con mucho gusto, mientras seguía sonando Nacho Vidal de fondo. Nuevamente, se nos hizo muy tarde y acabamos durmiendo plácidamente, a pesar del calor, pero antes de dormir, me volvió a echar crema hidrante en el culo que para entonces ya tenía bastantes marcas.

La mañana siguiente, la dedicamos a hacer turismo, subidos en el autobús turístico típicos de los guiris, tomamos horchata de chufa y paella valenciana, además aproveché para comprar un par de souvenirs. Volvimos a casa, terminé de hacer la maleta ya que en pocas horas me volvería a mi ciudad y nos dormimos una siesta, por el agotamiento de toda la mañana haciendo turismo. Faltaba media hora para irnos a coger el metro de camino hacia el aeropuerto y yo no me quería despertar de la siesta. Iván, intentó despertarme por las buenas y como no le hacía caso y además estaba boca abajo durmiendo (obvio, teniendo en cuenta el estado de mi trasero), me amenazó con coger la regla si no me levantaba. No le hice caso a su amenaza y dos minutos más tarde, me subió el camisón del pijama y me empezó a azotar de nuevo. Al quinto azote, ya estaba despierta y de pie fuera de la cama. Decidimos tener un spanking de despedida y de recordatorio para que me portase bien y estudiara en serio para el examen, pero este sería especial. Cogió el cinturón, me puso las manos en el borde de la cama, me bajó el tanga y empezó a azotar tan fuerte y rápido como pudo durante 20 minutos. El trato era que me estaría pegando con el cinturón hasta que dijese la palabra de seguridad y así fue. Lo cierto, que este castigo de recordatorio fue idea mía, que se la comenté antes de quedarnos dormidos en la siesta, así que cuando el castigo comenzó tuve que hacerme la valiente. Quería saber dónde estaban mis límites y siendo este es el tercer castigo en dos días, podría comprobarlo. Cayeron muchos azotes, más de 300, ya que fueron muy rápidos y no puse la mano para que parase. Hubo un momento, de que a pesar de que dolían muchísimo, pude concentrarme en mi respiración y los azotes se hicieron mucho más llevaderos, a pesar del dolor. Iván, tras ver el estado de mi culo, me advirtió de que dijera la palabra de seguridad, que después me iba a arrepentir en el avión, así que, le dije la palabra, además de que iba subiendo en intensidad la fuerza de los azotes y me estaba costando muchísimo ya aguantarlos sin llorar. Me puso más crema y me hizo un par de fotos de mi trasero, para recordar lo vivido y nos abrazamos. Me vestí rápidamente y nos fuimos hacia el aeropuerto. Nos despedimos con un beso ante el control policial del aeropuerto valenciano y me volví a mi ciudad. El camino de vuelta, sentada, se me hizo bastante largo por el dolor del trasero, pero muy gratificante al recordar todo el fin de semana tan fantástico que había pasado.

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Otra vez la he vuelto a liar ¿Cuándo aprenderé?

Autor: Patty

Dedico esta historia basada en hechos reales, a Ivan80. Gracias por guiarme, regañarme y e intentar hacerme más responsable. Sé que es un trabajo muy duro lo que te ha tocado pero espero que te esté mereciendo la pena tanto como a mí. Gracias por dejarme entrar en tu mundo.

Llevaba un par de meses de bajón, un poco tristona. En mi vida laboral había cometido dos errores bastantes importantes y me estaban haciendo sentir muy culpable. Varias noches por semana hablaba con Iván y desde hacía un tiempo me notaba muy seria. Le dije que estaba estresada y que no se preocupara pero no se lo terminaba de creer del todo. Además del trabajo, también estaba haciendo un curso online muy importante y que me había costado muy caro y gracias al malestar laboral que tenía, junto a mi pereza interior, estaba perdiendo el tiempo y no lo estaba haciendo, por lo que Iván ya estaba bastante mosqueado y decepcionado por eludir mis responsabilidades.

A pesar de tener 27 años, el arte de mentir no se me da nada bien, así que saqué toda mi valentía (junto con su presión constante para que le contara qué estaba pasando, ya que, como habíamos acordado en el pasado, yo le había pedido ayuda para ser mejor persona) y se lo conté una noche. A medida que se lo iba relatando, me sentía supermal, pero creo que no tanto como él, ya que no daba crédito a lo que estaba escuchando. Las amenazas se sucedían, unas tras otras y yo pensaba que las decía en broma, para tratar de asustarme, pero resulta que no era así. No paraba de decirme que estaba cansado de mi actitud tan irresponsable, que pensaba que los otros dos castigos anteriores habían servido para cambiarme aunque fuera un poco, pero que veía que no, por lo que esta vez iba a necesitar algo mucho más duro. Intenté calmarlo, prometiéndole que iba a solucionar mi error, pero no servía para nada, había llenado ya el vaso. Pasaron los días y seguía igual de enfadado. No importaba si me mostraba cariñosa con él, bromista, divertida e incluso rebelde y enfadada!! Que no funcionaba nada. Para final de esa semana, yo había pillado un vuelo para ir a ver a una amiga y de camino poder hacerle una visita a Iván (vivimos en distintas ciudades de España), aunque puestos en el plan que estábamos, no sabía si era buena idea visitarle.

Vino a recogerme al aeropuerto y parecía que todo estaba bien: cariñoso, atento, amable… (después me di cuenta, que estaba disimulando delante de la gente, para no formar un espectáculo), así que me calmé un poco. Llegamos a su casa, a su habitación y todo cambió completamente. Solté la maleta y le tumbé en la cama, para comérmelo a besos y le cambió la cara. Me dijo que estaba muy enfadado con mi actitud, que no se esperaba que fuera tan irresponsable y más teniendo en cuenta cómo estaba la situación laboral del país actualmente para poder hacer lo que me diera la gana… Después de 10 minutos “de charla”, que ya me conocía perfectamente, puesto que llevaba casi una semana regañándome, decidí apelar una vez más a su piedad, disculpándome y diciéndole que llevaba razón pero que ya lo había solucionado y todo estaba bien. A ver, yo sabía de sobra que lo que había hecho no estaba bien y que me merecía todo lo que estaba liando y mucho más, pero tenía que intentar ablandarle un poquito antes del castigo. Como última opción y ya desesperada, le dije que ya había aprendido la lección con todo lo que me había regañado y que por favor, no me castigara. Se puso muy serio y me dijo en tono autoritario: lo único que te voy a dar a elegir, es cuándo quieres que te castigue: “¿ahora mismo o después de cenar?”. Le contesté: “mañana… o mejor, nunca” con la mejor de mis sonrisas. Se puso aún más serio y borde y me dijo que no estaba para bromas, que dejara de hacer el tonto y eligiera, ya que el castigo iba a ser mucho peor. Tomé aire y en vista de que había jugado todas mis cartas ya y había perdido, le dije que prefería que fuese en ese mismo momento, ya que no podía más con los nervios que me estaban acompañando toda la semana.

Cerró la puerta de su habitación y me ordenó que me bajara los leotardos y la falda vaquera y que apoyara las manos encima de la cama. Me sentí super nerviosa. No sabía cómo me las había vuelto a apañar, que otra vez estaba en su dichosa camita, con las manos apoyadas, con el culo al aire, esperando mi castigo, como si fuera una adolescente. Mientras me los bajaba, me dijo que rezara a quién quisiera para soportar el dolor, porque este era un castigo real que yo me había buscado y que lo pararía cuando él lo viese conveniente. Joder, seguía enfadadísimo.

Volví a tomar aire, cuando él, sin más dilación, empezó a darme una tanda de azotes con la mano, para ir “calentando el terreno”. Fueron alrededor de 20 azotes, no muy fuertes que me dio. Paró en seco, me giré un poco, intentando que no se diera cuenta, puesto que no lo quería hacer enfadar más y vi lo que más me temía: la vara. Si no fuera atea, hubiera rezado todo lo que se me hubiera ocurrido en ese momento. Me asustó muchísimo el hecho de ver que no había sacado más instrumentos, sólo la vara. No me podía creer que tenía pensado el castigo entero sólo con eso!!! Tragué saliva, intentando que no se me notara lo mucho más nerviosa que me había puesto, al ver lo que me esperaba. Empezó el verdadero castigo. Los azotes eran muy rápidos y muy fuertes. Nunca me había pegado con tanta intensidad. Aguanté los 7 primeros con bastante entereza, ya que aguanto bastante bien el dolor, o eso pensaba yo hasta ese día. Al octavo azote me quería morir ya. Joder, como me dolía. Sólo se escuchaba en la habitación mis quejidos y mis “ayyy”.

Cuando llevábamos alrededor de 30 azotes, le supliqué que no pegara tan fuerte. En ese instante paró y me dijo que había tenido una idea: para recordarme que debía tener un buen comportamiento en el futuro, grabaría el castigo en video, para que cuando se me hubiera pasado el dolor del trasero y se me ocurriera faltar a mis responsabilidades, le diera a “play” y recordara las consecuencias. No le puse pegas a la objeción, porque mientras preparaba la cámara de video, era tiempo que me estaba dejando descansar de los azotes. Aunque después me arrepentí, ya que cuando reanudó el castigo, empezó a golpear mucho más fuerte y rápido, ya que tenía que ser un castigo ejemplar, puesto que salía en el video y el muchacho quería lucirse.

En un principio, soporté la tanda de 6 azotes seguidos, pero a medida que seguía azotando, cada vez me costaba mucho más aguantar los azotes. No podía aguantar la posición de tener las manos apoyadas en la cama, me levantaba muchísimo y eso le hacía enfadar más. En un par de ocasiones, a pesar de que sabía las consecuencias por castigos anteriores, puse las manos en el culo para que parara y la respuesta fue la esperada. Me pegó con la vara en las manos fuertemente para que no lo volviera a repetir. Sólo quería que el castigo terminase de una vez. Le supliqué que parara de nuevo, le pedí perdón, le dije que de verdad había aprendido la lección, que por favor no pegara tan fuerte que no podía más… En una ocasión, pegué un grito de dolor y se acercó a mi oído y me dijo que no volviera a gritar más si no quería que los vecinos se enterasen de lo que estaba pasando (aunque por un lado, sabía que los vecinos le iban a dar la razón a él y probablemente se unieran al castigo), por lo que agarré la manta de su cama con todas mis fuerzas con las manos y la boca y la mordí fuertemente para intentar aguantar más el dolor sin chillar. El castigo era una agonía. En una de las miles de veces que me levanté de mi puesto, porque no podía aguantar más, me prometió que a la próxima me ataría para que no me moviera… y así lo hizo. Me ató las manos a la espalda con una cuerda, por lo que dificultaba el moverme. En uno de los movimientos para intentar evitar los azotes, acabé de rodillas en el suelo y continuó los azotes sin piedad y más fuerza si podía. Volví a suplicar clemencia, una vez más, ya que la cifra de azotes recibidos con la vara, rondaban los 400 y mis resistencias estaban vencidas ya (aunque curiosamente, había aguantado el tirón sin llorar). Apagó la cámara y me desató.

Le di las gracias porque el castigo se había terminado ya, cuando me dijo que estaba muy equivocada. Me informó de que lo había parado porque estaban quedando marcas muy feas y moradas y que por seguridad, decidió parar, pero que al día siguiente, el castigo se reanudaría, que sólo me había dado la mitad de lo que me merecía, así que, que no me hiciera ilusiones. Me llevó hasta el rincón y me dijo que tendría que estar allí durante 20 minutos. Él se iba a preparar la cena. Si cuando volviese de la cocina, yo no estaba en el rincón, el castigo empezaría de cero otra vez. Después de tal amenaza, no quería ni respirar allí en el rincón. Me toqué el culo, cuando Iván salió por la puerta y estaba hinchadísimo. Me merecía estar en esta situación sin duda, así que no tenía el derecho a quejarme. Pensé que tenía bastante suerte de tener un amigo que se preocupa por mi crecimiento personal y se encarga de corregirme cuando me desviaba. También se me pasó por la cabeza que al día siguiente el castigo tenía que continuar. Qué horror!!

Volvió de la cocina para comprobar que seguía en mi posición y claro obviamente seguía ahí, en ningún momento se me pasaría por la cabeza despegar mi nariz de la pared por aquello de la supervivencia y eso… Me dijo que ya podía dejar de mirar a la pared. Con toda la vergüenza del mundo, le miré a los ojos y le dije que lo sentía muchísimo que no volvería a ocurrir lo de mi trabajo. Nos besamos, mientras yo no dejaba de frotarme el culo porque me dolía montón y me sonrío. Le dije que en mi opinión, no necesitaba un segundo castigo, ya que con este ya había aprendido la lección (tenía que volver a intentarlo por si colaba…) y se limitó a decir que la cena se estaba enfriando y que nos fuéramos a comer.

Por fin, después de comer llegó la tregua y tuvimos una relación sexual increíble. Al terminar, nos tumbamos en su cama, yo boca abajo por supuesto y me quedé dormida mientras Iván me acariciaba el culo y veíamos unos capítulos de la sexta temporada de la serie “The Big Bang Theory”.

A la mañana siguiente, yo había quedado con mi amiga para pasar el día entero juntas, desde el desayuno y para variar, me costó mucho despertarme. Pero no pasaba nada, allí tenía a mi lado a Iván, que me hacía de despertador con la regla! ¡Qué forma más bonita de empezar el día, con el culo dolorido una vez más! ¡Sí, señor! Al tercer azote con la regla, ya estaba de pie, buscando mi ropa como una loca. El día lo pasé genial, estuvimos comiendo, de compras, en la playa y mi amiga se había percatado de la dificultad que tenía para sentarme con comodidad, así que se lo conté (ella ya sabía el pacto que tenía con Iván con respecto a mi educación), se echó a reír y me dijo que me lo merecía. Al llegar la noche, le confesé que tenía miedo de volver a su casa ya que no sabía si iba a estar preparada para un segundo castigo. Ella intentó consolarme y me dio ánimos, así que aparecí en su casa casi a las 11 de la noche. Por lo visto Iván me había estado escribiendo por el whatsapp por si me había pasado algo y yo no lo había visto, así que otro motivo para tenerlo “contento”.

Al llegar a su piso y vi que había visita, sentí mucho alivio, ya que sabía que delante de ellos no me iba a castigar (yuju!!!!). Estuvimos cenando y de forma muy cariñosa, le persuadí argumentándole que el castigo ya no tenía sentido, que nos podían escuchar, que ya estaba todo zanjado entre nosotros… y me dijo que me había librado por esa noche, pero que al día siguiente, antes de coger el avión, recibiría mi merecido para que fuera con el culo calentito todo el viaje.

A la mañana siguiente me levanté a la primera vez que sonó el despertador (no quería seguir ganándome más puntos), me vestí, desayunamos y me puse a hacer mi maleta. Había quedado con mi amiga para despedirme y para darle un regalo que yo había comprado y no me cabía en la maleta. Cuando le avisé a Iván de que iba a bajar, me dijo que en cuánto subiera, tendría la segunda parte del castigo, así que, no debía tardar mucho. Llegué abajo, me abracé a mi amiga y lo primero que me dijo es que si me podía tocar el culo!! Nos echamos a reír y le conté que al final me había librado del castigo de anoche pero que lo iba a tener en cuánto subiera. Charlamos un rato más, me deseó suerte y nos despedimos. Aproveché en la calle para llamar a mis padres, a mi abuela… para hacer tiempo, por si se pasaba la hora y no le daba tiempo castigarme. Subí a su casa una hora más tarde. Me disculpé por la tardanza (falsamente, ya que había tardado a propósito) y le dije que ya no daba tiempo el castigo, ya que en 30 minutos tendríamos que salir de allí, porque si no, perdería el avión.

Me condujo de nuevo hasta su cama, me volvió a apoyar las manos y de un tirón me bajó el pantalón y el tanga. Empezó de nuevo el ritual. Me dio unos cuantos azotes con la mano para preparar los glúteos a la vara y comenzó el segundo castigo. Puesto que tenía el culo totalmente morado y dolorido del día anterior (podéis ver las fotos de fetlife que lo confirman: patry_look), era mucho más difícil soportar el dolor de los azotes esta vez. Volvía a golpear rápido y fuerte otra vez. Lo único que se me pasaba por la cabeza era que para la próxima vez, cuando estuviera dormido, tenía que prenderle fuego a esa vara o tirarla “accidentalmente” por la ventana, así seguro que me libraría de ese sufrimiento. Como era de esperar, me costaba mucho acatar la posición con las manos apoyadas en la cama, así que me levantaba en varias ocasiones para que me diera un respiro. Pero le daba igual, incluso estando de pie, me seguía azotando. Volvieron a caer casi 200 azotes con la vara. Yo sólo pedía clemencia e intentaba decirle que parara ya que iba a perder el avión (mentira, no sabía ni la hora que era, simplemente lo decía para que parase). Golpeó los 10 últimos azotes muy fuertes y me dijo que ya había terminado el castigo. Menos mal, porque no aguantaba ni un solo azote más. Le tuve que dar las gracias por el castigo y besarle y no sé qué pasó que de repente nos encontramos “haciendo las paces” de nuevo. Echamos un polvo exprés, porque realmente ya iba tarde para el aeropuerto, aunque fue uno de los más placenteros que he echado en mi vida.

Espero que os haya gustado la historia y recordad la moraleja: cada irresponsabilidad tiene sus consecuencias…

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Liarla deja marcas moradas

Autor: Patty

– Vale, cariño nos vemos la semana que viene.

– Vale, mamá. ¿En qué ciudades das los conciertos esta semana?

– En Madrid, Salamanca, Sevilla y Málaga. Pero no te preocupes que te llamaré todas las noches después del trabajo para hablar.

– No es necesario que me llames, sé cuidarme sola.

– ¿Sola tú?, anda, déjate de tonterías y dame un abrazo que el taxi me está esperando ya para ir al aeropuerto.

Ambas se funden en un abrazo fuerte en el salón de casa dónde se encuentra las maletas de Mónica y Edgar, uno de los guardaespaldas de la familia.

– Edgar, te encargas tú de mi hija. Si se mete en líos, apúntamelo en una lista, y a la vuelta, me la pasas. Que vaya a clase puntual, que estudie, que entregue todos los trabajos que tiene que entregar, y haga deporte. No quiero que se desmadre en esta semana que no estoy yo aquí.

– Sí, señora.

– Mamaaaaaaa, te recuerdo que tengo 19 años y no cinco – dijo Nora muy seria.

– Pórtate bien, bicho.

Mónica cogió sus maletas, se subió al taxi y desapareció carretera abajo. Nora estaba muy contenta porque su madre se iba de gira y por un tiempo podría hacer lo que le diera la gana sin que la supervisara nadie. La madre era muy protectora. Cariñosa, pero para ella, la educación de Nora era sin duda lo más importante. Era muy estricta. No le consentía gritos, ni palabrotas, ni gestos obscenos, ni que bajara la guardia en sus estudios, en su trabajo, o en su salud. Quería que su hija estudiara duro, se esforzara al máximo para ser una mujer de éxito en su carrera, al igual que ella lo había conseguido años atrás, y poder llevar una vida cómoda. Pero claro, para eso había que trabajar y ser constante. Nora tenía un defecto importante; una pereza que aparecía siempre que nadie estaba pendiente de ella. Mónica no dudaba en premiarla cuando se lo merecía con viajes caros, ropa, alta tecnología, caprichosos que ella quisiera en ese momento… pero igualmente, cuando su comportamiento no era el adecuado, no dudaba ni un solo momento en castigarla. Normalmente, los castigos consistían en no dejarla salir con sus amigos, privarla de cualquier regalo que le tenía prometido, y en casos extremos en que la hija se había pasado muy mucho de la raya, no dudaba en darle unos buenos azotes. Éstos se ajustaban en función de la edad y la falta. Es decir, que a medida que Nora era mayor, los azotes eran mucho más numerosos y con instrumentos más dolorosos, para que aprendiera bien la lección. La hija odiaba este tipo de castigo porque le parecía muy humillante que a su edad se le castigara de forma semejante, ¡además del dolor! Pero a la madre le daba igual, ya que sabía que esta era una forma muy efectiva de mantenerla controlada. Además, la desnudez no era un tema tabú en su familia, por lo que verle el trasero para disciplinarla no era nada extravagante para ella, aunque su hija opinara diferente.

– Bueno Edgar – se dirigió Nora hacia el guardaespaldas- olvida lo que acaba de decir mi madre. Vamos a hacer un trato. Tómate esta semana de vacaciones, cuando vuelva le decimos que todo ha ido genial, y yo no te delato.

– Jajajaja, ¿estás loca? ¿qué quieres? ¿que tu madre me despida? Además, ni sueñes que me voy a despegar de ti en toda la semana.

– Anda, tírate el rollo. ¿Quién sabe cuándo nos vamos a volver a ver en esta situación? Por fiii. No seas rancioso.

– Nora, háblame con respeto, por favor, no me gusta que me llames así. Ya has escuchado a tu madre, haz todas tus tareas y cumple con tus obligaciones como la mujer que eres ya y no apuntaré nada en la lista. Así que venga, vete a estudiar – dijo muy serio. A pesar de que tenía muy buena relación con Nora, su trabajo era muy importante para él y pensaba cumplirlo a rajatabla, como llevaba haciendo hasta entonces. No se iba a dejar engatusar por la niña.

– Paso. Voy a ver una peli que llevo tiempo queriendo ver, pero que aún no he tenido la oportunidad. Es de dos chicas que se enamoran y follan mucho… ¿Te apuntas? O ¿tienes miedo de empalmarte?… – le dijo en tono burlón sacando la lengua.

– Segundo aviso, Nora, vete a estudiar.

– ¿Hola? ¿Estás sordo? Te he dicho que no me da la gana, que voy a ver una peli, joder. Eres un puto coñazo. Peor que mi madre. Venga, ve a abrir una botella de vino. Ya que me tienes que vigilar, que nos lo pasemos bien.

– Primero, no bebo en horas de trabajo. Y segundo, que sepas que ya no tienes más avisos. No pienso dejarte pasar ni una, así que por tu bien, más vale que te espabiles. – Edgar sabía que tenía que ser estricto con ella, porque en alguna ocasión había sido más blando y Nora había aprovechado ese momento de debilidad para hacer lo que quería y se prometió a si mismo que no iba a volver a pasar.

– Capullo…

– ¿Qué me has llamado?- dijo Edgar en tono autoritario.

– Lo que me has oído.

– Muy bien, de acuerdo, vamos a empezar la lista más pronto de lo que pensaba. Tu madre se va a poner loca de contenta cuando vuelva. Sabes cómo es ella con las faltas de respeto.

– Empieza la lista y date por despedido, Edgar. No… de hecho…, te irás tú, te haré la vida imposible hasta que tengas que dimitir, así que piénsate muy bien lo qué vas a hacer.

– ¿Me estás amenazando, Nora?

– Te estoy educando, tío.

– ¡Esa es mi labor! De acuerdo, vete a ver la película, pero te garantizo que te arrepentirás de ello.

– A ver, no hace falta ponerme a estudiar ahora mismo. El trabajo lo entrego dentro de dos días, así que aún tengo tiempo de sobra. Así, que relájate, hazme el favor.

– …

Esa noche Nora se salió con suya. Vio la película, después encargó comida china para cenar y luego llamó a unas amigas para que vinieran a su casa. Quería un poco de marcha. Empezaron a hacer botellón en casa de Mónica y cuando estaban un poco más achispadas, decidieron llamar a otros amigos para que subieran a casa y pasar un rato divertido. Al final, en la casa se juntaron más de 20 personas bebiendo, con música alta, riéndose a carcajadas… Los vecinos vinieron a quejarse del jaleo, pero Nora no les hizo mucho caso por lo que al poco tuvo que intervenir Edgar, apagando la música y echando a todos de la casa, para evitar una denuncia.

A la mañana siguiente, la casa era un total desastre, lleno de botellas de alcohol vacías y vasos por todos lados, algunos envoltorios de condones tirados por el suelo, bolsas de patatas abiertas… Nora se levantó con una gran resaca y además, tardísimo. Con el tiempo justo para ducharse e irse a clase, ya que entraba a las tres y media de la tarde. Al volver de clase por la noche, se encontró con toda la casa perfectamente recogida y limpia, ya que el chico de la limpieza se había encargado de todo, pero había tenido que trabajar horas extras. Ella se acordó de que aún debía terminar el informe que tenía que entregar, pero no tenía fuerzas para mucho, y tampoco ganas de hacerlo. Así que fue para su habitación y se tiró en su cama. Al par de minutos, Edgar tocó en la puerta, que estaba abierta:

– Buenas noches Nora, ¿cómo llevas el informe que tienes que entregar mañana?

– Déjame en paz.

– Intuyo que no lo has acabado aún…

– No, no lo he terminado aún. Mira, no tengo cuerpo para tus sermones ahora. Me voy a dormir. Mañana me levanto a primera hora y lo hago. Total, tengo hasta las once y media para mandarlo por email.

– No. Ponte a hacerlo ahora, que nunca se sabe lo que puede pasar mañana. Venga, y si estás cansada, te aguantas. No haber montado la fiesta de anoche.

– No me apetece, y ahora no sé ni cómo me llamo. Mañana me levanto a las siete y lo hago, te lo prometo.

– Tú verás lo que haces…

– Que siiiiii, pesado.

A la mañana siguiente no escuchó el despertador y se despertó a las diez y media. ¡Horror! Tenía sólo una hora hacer y entregar el informe. Lo hizo rápido, mal y copiándo algunas partes de una compañera que le había pasado el suyo terminado para comparar ambos. Se sentía mal por ello, pero no le quedaban más opciones por la hora que era.

– Edgar, ya lo he terminado. Me voy que tengo una reunión.

– ¡Buenos días! Que trabajo te cuesta saludar, señorita. Venga, que te llevo a la reunión.

Se subieron al coche, Edgar conducía y le preguntó intrigado:

– Has hecho el informe muy rápido esta mañana, ¿no?

– Sí, estaba inspirada.

– Espero que no hayas hecho trampas.

– Define trampas…

– Nora, eres increíble de verdad. Pasas de tus responsabilidades y encima haces trampas. Pues muy bien, sigue por ese camino que vas muy bien.

– Oye, que no me siento orgullosa, sólo que se me ha ido un poco de las manos. Sólo eso. Espero que me guardes el secreto, porque si mi madre se entera, me mata.

– Si tuviera la oportunidad te mataba yo mismo, que vaya semanita me estás dando, joder.

– Te dije que te la tomaras de vacaciones y no quisiste. ¡Pues ahora a ganarte el sueldo!

– Anoche cuando estabas dormida, llamó tu madre para preguntar por ti. Le dije que estabas durmiendo y le estuve contando tus batallitas de esta semana…

– Joder Edgar, eres un bocazas. ¿Para qué cuentas nada? ¿Y qué te ha dicho? – dijo removiéndose incómoda en su asiento.

– Pues la verdad es que se enfadó mucho. No entiende la actitud de adolescente que estás teniendo, así que ve preparándote para cuando venga, porque te va a caer una buena.

– Eres un tonto y además me caes mal, ¿lo sabías?

– Muy inteligente por tu parte seguir aumentando la lista, Nora.

– Me voy a la reunión, que te diviertas.

– Que tengas un buen día, muchacha.

El día, la verdad es que lo pasó bastante bien. Intentó olvidarse de la conversación que había tenido con Edgar en el coche y centrarse en sus tareas académicas. Cuando llegó a casa por la noche, sonó el teléfono. Era Mónica.

– ¡¡Hola mamá!! ¿Qué tal todo? ¿Me estás echando de menos?

– Hola, cielo. Todo genial, claro que te estoy echando de menos, siempre lo hago. Pero llamaba por otro tema.

– ¿Qué pasó? – Nora hizo esta pregunta con un hilo de voz temblorosa, y además cruzó los dedos para que el tema del que quería hablar no fuera el de su comportamiento.

– Anoche te llamé y estabas dormida, así que hablé con Edgar y me contó la semana tan “estupenda” que llevas.

– Mamá, Edgar es un exagerado, no hagas caso de lo que te cuenta. Venga, cuéntame qué tal va la gira.

– Señorita, no me cambies de tema. En cuanto vuelva, vamos a tener una conversación muy seria tú y yo. Y más te vale que no sea verdad todo lo que me ha contado, porque de lo contrario, vas a estar un mes sin poder sentarte. ¿Me he explicado clarito?- dijo Mónica de forma muy autoritaria.

– Pero mamá…

– ¿Te has enterado o no?

– Si, señora, todo muy claro.

– Vale, pues aprovecho para decirte que mi último concierto se ha cancelado porque tenemos a la mitad de los bailarines enfermos, así que mañana por la tarde me tienes allí.

– ¡Qué pronto! Vale, pues nos vemos mañana. Yo mañana también puede que salga un poco antes de las clases, así que nos vemos en casa.

– Muy bien, nos vemos mañana. Un beso, te quiero, cielo.

– Te quiero, mamá.

Después de colgar, Nora supo que estaba metida realmente en problemas. Se había pasado de la raya y encima su madre vendría al día siguiente. Estúpido Edgar, ahora tenía que ingeniárselas para que mañana no contara absolutamente todo lo que había pasado esta semana, incluyendo lo del informe.

– Edgar, ¿puedes venir un momento, por favor?

– Sí, claro, dime.

– Quería disculparme por mi actitud de esta semana. No sé qué me ha pasado. Sabes que no soy así, perdóname no volverá a ocurrir. Pide lo que quieras y te compensaré. -esta disculpa era totalmente falsa, pero tenía que ablandarlo de alguna manera, así que se le ocurrió ésta.

– Tranquila, no es necesario que me pidas perdón ahora, ya mañana con tu madre aquí, y cuando se ajusten las cuentas, ya me lo pedirás. ¿Quieres algo más?

– Vaaaaa, no seas así, ¿qué quieres a cambio? – se levantó del sofá, se puso bien el pelo, se reajustó los pechos dentro del sujetador y se plantó justo delante de él, pasándose la lengua por los labios- Te hago una felación si rompes la lista.

– Jajajaja, no sabía que le tuvieras tanto miedo a tu madre. Lo siento, pero mi respuesta es no. De hecho, si te soy sincero disfrutaré con el castigo, porque lo tienes bien merecido.

– ¡Mira que eres cruel y malvado! ¿No te doy pena o qué?- preguntó Nora poniendo morritos.

– Ninguna- contestó Edgar fríamente.

Nora dio media vuelta y desapareció de la habitación dejando a Edgar allí solo. Se le pasaron mil ideas por la cabeza para intentar escapar del inminente castigo, pero todas las opciones eran simplemente absurdas. Así que cenó algo rápido y se fue a dormir, que al día siguiente le esperaría un día duro.

A la mañana siguiente se levantó temprano, estuvo estudiando y se fue a la playa a correr un rato, necesitaba despejar todos esos nervios que le estaban matando. Después se fue a clase y cuando volvió a casa, se dio una ducha rápida y se puso su pijama favorito de Snoopy. Mientras hablaba con una amiga por whatsapp no dejaba de mirar por la ventana, esperando histérica que llegase su madre en el coche familiar, ya que Edgar había ido a recogerla al aeropuerto. De repente, vio aparcar el coche y a su madre saliendo de él con las maletas. Respiró profundamente 5 veces para calmarse y bajó a saludarla.

– ¡Hola mamá! ¿Qué tal el viaje?- le preguntó Nora mientras le daba un abrazo, al cual la madre se lo devolvió de forma fría.

– Bien.

– ¿Has cenado en el avión?.

– Sí.

– … – joder que seria viene mamá.

– Además durante el camino en coche he hablado con Edgar sobre ti. Voy a subir a darme una ducha y en cuanto baje, te quiero en el salón esperándome, que tenemos una charla pendiente- sentenció Mónica.

– ¿No podemos hablar mañana mejor? Vendrás cansada del viaje y además mañana es sábado y estamos las dos de descanso… – dijo Nora intentando prorrogar la sentencia.

– No. Será esta noche.

Mónica subió las escaleras con su bolso y a los pocos minutos se escucharon los grifos de la ducha. Nora aprovechó el ruido de la ducha para acercarse a Edgar y hablar con él.

– ¿Qué le has contado si puede saberse? Que no veas el cabreo que trae.

– Le he dado la lista de tu maravilloso comportamiento de esta semana y la ha estado leyendo en el coche, sólo eso.

– Ya te vale, ésta no te la perdono, que lo sepas- miró con cara de odio a Edgar. Este le respondió con una sonrisa, ya que sabía que por fin había llegado el momento de darle el merecido a la niña malcriada.

A los veinte minutos apareció la madre en el salón, aparentemente un poco más calmada y con la lista en la mano. Cerró la puerta tras de sí, quedándose madre e hija solas. A Nora se le volvió a encoger en un nudo el estómago. La cosa no pintaba nada bien. Mónica se sentó en una silla del salón al lado de la mesa y llamó a su hija para que se sentara a su lado.

– Nora, ¿ésta lista es verdad?- le dijo la madre muy seria.

– ¿Qué lista, mamá?

– Te lo advierto, no estoy para bromas ni para que me vaciles. Contéstame.

– Mamá, no tengo ni idea de lo que pone en esa lista, déjame que la vea.

– No, no te preocupes, que ya te la leo yo. Presta atención:

Insultar, amenazar y faltar el respeto a Edgar en reiteradas ocasiones.
Hacer una fiesta en casa sin permiso, molestando a los vecinos, los cuales han estado a punto de denunciarnos, y además haciendo trabajar más al personal de limpieza.
No hacer deporte.
No estudiar todos los días.
Copiar el informe que tenías que entregar de una compañera en lugar de entregar el tuyo propio por falta de tiempo, por la desorganización.

– ¡Qué exagerada está esa lista!- maldito cabrón pensó, no se ha dejado ni una.

– ¿Me estás diciendo que es mentira lo que pone aquí? ¿Qué Edgar me está mintiendo? Te recuerdo que no te conviene mentir.

– A ver, sí y no… yo no le he faltado el respeto a nadie y lo de los vecinos es que son unos exagerados. Tampoco hacíamos tanto ruido… – intentaba excusarse como podía pero tenía pocos argumentos para rebatir, ya que Mónica la ponía nerviosa, porque la miraba fijamente a los ojos para saber si su hija mentía.

– Vale, vamos a llamar al personal y le vamos a preguntar… más te vale que me estés diciendo la verdad.

– No, no. No es necesario que llames a nadie. – al llamar al personal podía suponer que ellos presenciarían el castigo y se moriría de la vergüenza. -Vale, puede que me haya pasado un poquito con Edgar, pero es que ha sido muy pesado, no me dejaba ni respirar y necesitaba un poco mi espacio.

– ESE NO ES MOTIVO PARA INSULTAR, AMENAZAR, NI FALTAR AL RESPETO A NADIE. MÍRAME A LA CARA CUANDO TE HABLO. ¡ADEMÁS PARA ESO LE PAGO! PARA QUE SEA TU SOMBRA Y TE VIGILE. DESDE LUEGO NO ESPERABA ESTO DE TI. NO TE HE EDUCADO YO ASÍ. SIEMPRE TE HE INTENTANDO INFUNDIR EL RESPETO Y LA BONDAD HACÍA LOS DEMÁS. SABES QUE ODIO LAS PALABROTAS Y MENOS SI SON PARA INSULTAR A ALGUIEN.

– Ya lo sé, lo siento… -dijo cabizbaja.

– ¡CÁLLATE, QUE AÚN NO HE TERMINADO! A ver qué más dice la dichosa lista… Ah sí, lo de la fiesta. Que sepas que las horas extras que tuvo que trabajar el personal ese día para limpiarlo todo, va a salir directamente de tu bolsillo, ¿entendido?. Y a pesar de que has tenido muchísima suerte y los vecinos no nos han denunciado, mañana a primera hora, quiero que te presentes en su casa con una cesta de fruta en la mano para que se la des y te disculpas con ellos. No me puedo creer que no te hayan denunciado. Además, fuiste muy egoísta ahí ¿NO HAS PENSADO QUE REPERCUSIÓN MEDIÁTICA PUEDE TENER SOBRE MI CARRERA SI NOS LLEGA UNA CITACIÓN DEL JUZGADO? – Mónica dio una palmada en la mesa haciéndose notar su evidente enfado.

– … – no se atrevía a contestar después del grito de antes.

– Contéstame. ¿Es que acaso no te has parado a pensar en las consecuencias?

– No.

– Me parece genial, muy bonito todo. Pero no te preocupes que las consecuencias las vas a sufrir bien pronto, para que no vuelva a repetirse nada semejante.

– Lo siento…

– Más lo vas a sentir luego. Sigo con la lista. No hacer deporte. Me prometiste que todos los días harías por lo menos media hora de ejercicio porque te lo recomendó el médico y esto también te lo has saltado a la torera.

– Ese no es del todo verdad, hoy me he ido a correr a la playa.

– Y el resto de días te lo has pasado por el forro, señorita. Bueno, continúo. No estudiar todos los días ni hacer los deberes, obligándote a entregar uno copiado de una compañera. Explícame este YA, antes de que te estrangule.

– A ver, ese está muy exagerado. Si que he estudiado… bueno vale, sólo desde que me llamaste por teléfono ayer, pero es que quería aprovechar y descansar un poco. Tampoco es para ponerse así… Y con respecto al informe, pensé que me daría tiempo, pero en la fiesta bebí, y tuve resaca todo el día… Cuando llegué a casa sólo quería dormir, y a la mañana siguiente, cuando iba a hacerlo, no escuché el despertador… Y claro, tenía que entregarlo, así que eché mano para inspirarme de otro informe. Pero te juro que no lo copié entero, sólo unos cuantos apartados en los que tenía dudas…

– QUE VERGÜENZA. Estás cursando unos estudios muy importantes que te van a servir para tu carrera profesional, y pasas del tema. Yo no te he educado así. ¿Qué te digo siempre? Que tienes que esforzarte al máximo para triunfar en la vida. Copiando y haciendo el vago no vas a ninguna parte.

– Mamá, no estoy orgullosa de esto. Es cierto que me descuidé un poco, pero te prometo que no volverá a pasar.

– Vale, eso espero. Que sepas que no te vas a ir de rositas. Este castigo me duele más a mí que a ti, pero bajo ningún concepto quiero que se vuelva a repetir nada semejante. Te dije que si todo esto era cierto, no te ibas a poder sentar en un mes, pues tú lo has querido. EDGAR, pasa un momento por favor.

– Dígame señora, ¿qué necesita?

– Si eres tan amable, tráeme de mi habitación el cepillo de madera, el cinturón y la vara, por favor. Voy a enseñarle a mi hija modales y algunos valores.

– Sí, señora, enseguida vuelvo.

– No, mamá, por favor, espera, vamos a negociar. Sé que la he liado un poco, pero por favor, déjame compensarte con otras cosas. Pídeme lo que quieras pero no me castigues- suplicó Nora.

– Habértelo pensado dos veces antes de actuar, ahora atente a las consecuencias, señorita.

Mónica se levantó de su asiento y se dirigió al sofá de dos plazas que tenían en el salón. Le hizo un gesto con la mano, indicándole que se acercara a ella hasta el sofá, pero Nora no se movía.

– Ven aquí inmediatamente.

– No, que me pegas- contestó Nora desafiante.

– Si voy a tener que ir a buscarte yo, va a ser mucho peor. Cuento hasta tres. Uno, dos, y…

– Es que no quierooooo. Ya soy muy mayor para este tipo de castigos.

– ¡Tres! Muy bien, será por las malas entonces.

Mónica se acercó con paso decidido hasta Nora, se quitó la zapatilla de andar por casa y le propinó a Nora unos quince zapatillazos fuertes en el trasero y alguno en las piernas, le cogió de una oreja y la dirigió hasta el sofá.

– Ayyyyy, mamá, suéltame joder, que me haces daño.

La madre se sentó en el sofá y de un tirón de un brazo puso a su hija boca abajo en sus rodillas. En ese momento apareció Edgar con todo el instrumental.

– Mónica, ¿dónde lo pongo? – preguntó Edgar.

– Dame el cepillo y el resto déjalo encima de la mesa. Gracias Edgar.

Edgar hizo el ademán de irse fuera del salón, cuando Mónica le dijo:

– Por favor, Edgar, quédate, no te marches. Quiero que presencies el castigo de mi hija. Al fin y al cabo tú eres el que la ha tenido que aguantar en esta semana de rebeldía que ha tenido, y quiero que estés aquí para que veas que no le pienso consentir todo eso.

– No, mamá, por favor, que él no esté aquí- dijo Nora en tono de súplica e intentando levantarse de las rodillas de su madre. Pero ella, firmemente, la volvió a colocar en su sitio.

– ¿Te molesta que esté aquí? Pues habértelo pensando dos veces antes de insultarle, faltarle al respeto y amenazarle. Que esa actitud no se la merece nadie y menos Edgar, que lleva tantos años con nosotras y es un trabajador ejemplar.

– Gracias, señora. Me quedaré aquí- dijo Edgar sonriente.

– Bueno, pues lista o no, empezamos- sentenció Mónica.

La volvió a recolocar bien entre sus rodillas y el brazo del sofá para que ambas estuvieran cómodas y comenzó el castigo.

PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS. Le dio una buena tanda de azotes rápidos y enérgicos encima del pantalón del pijama para ir calentando el terreno. Nora empezaba a moverse para intentar librarse de los azotes.

– Mamaaaaa, más flojo que me haces daño – imploró la hija.

– Uyyy, pues prepárate porque aún ni hemos empezado.

PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS.

En ese momento, la madre le bajó de un tirón el pantalón del pijama y continuó azotando con fuerza. Sólo se veían las braguitas blancas, y alrededor de ellas se podían adivinar unas zonas enrojecidas fruto de la azotaina bien merecida.

PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS. Continuaron los azotes. De repente, le bajó las braguitas también y se pudo observar un culo rojo y un tatuaje precioso con patitas de perro. Nora intentó subirse las bragas pero la madre le agarró la mano y le siguió golpeando con fuerza.

– ¡Delante de Edgar no, mamá! Que se va a empalmar – dijo Nora entre quejidos y risas.

– Aaah, veo que tienes ganas de bromas aún. Vale, pues las bragas se quedan bajadas.

– Joder mamá. Que estaba bromeando. Pero vaya espectáculo que le estás dando, ¿qué va a pensar de ti?

– Por mi no hay ningún problema, lo que estoy pensando es que ojalá pudiera dártelo yo, porque me ha sentado muy mal tu actitud esta semana- se aventuró a decir Edgar.

– ¿Ves? Piensa que estoy haciendo lo correcto. Y no digas joder- y Mónica le dio 5 azotes fuertes en la misma nalga para que notara bien el dolor.

– Auuuuuuchhh, vale, vale, ya lo pillo.

PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS.

– Vale mamá, ya he aprendido la lecciooooonnn, suéltame, por fiiiiiii- decía esto mientras pataleaba del dolor.

– Ni hablar.

PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS. De repente paró en seco y Nora fue a tocarse el culo. Se lo noto muy caliente además de dolorido.

– Vale, ahora toca el turno del cepillo, que me duele ya la mano de castigarte.

– Ejem… creo que yo estoy un poquito peor que tú, mamá.

– ¿Y no te lo mereces?- preguntó Mónica.

– ¿Yo? Qué va. Me parece todo una exageración- vaciló Nora.

– Muy bien, veo que aún no está calando el mensaje. A ver si el cepillo nos hace reflexionar un poquito más.

PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS,

– Ayyyyyyy, ayyy, ayyy- se quejaba Nora

PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS.

– Auch, ayyyyy, no tan rápido ni tan fuerteeeeee.

PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, … La respiración de Nora estaba muy agitada, no paraba de patalear y la madre parecía hacer caso omiso a sus quejidos.

PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS.

– Mamá, paraaaaaa, déjame iiiiir… auchhhh, que duele muchísimooooo- se quejaba Nora mientras la madre seguía castigando con una pauta fija. Alternaba distintos cachetes, pero en alguna ocasión golpeaba el mismo varias veces. Golpeaba fuerte y además bastante rápido por lo que no le daba tiempo recuperarse del azote anterior cuando ya le había propinado el siguiente.

PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS.

– Levántate, que vamos al rincón – ordenó Mónica.

Nora se levantó con cuidado, tenía el trasero muy rojo y no sólo eso, su cara también estaba del mismo color, además de que expresaba dolor. Su madre se levantó también del sofá, la cogió de la mano y la llevó hasta el rincón. Edgar no perdía detalle de la escena, en la que la chica malcriada estaba dolorida y con los pantalones del pijama y las bragas por los tobillos, de los pataleos. Cabe decir que le parecía una imagen graciosa y él estaba disfrutando con todo esto.

– Ni se te ocurra tocarte el culo o no te doy tiempo de descanso. Mientras estás aquí, quiero que vuelvas a pensar en lo que te he preguntado hace un rato: ¿te mereces este castigo, si o no? ¿Entendido?

Nora se quedó en silencio, por lo que la madre le dio un azote más en el trasero. Dio un salto y contestó:

– ¡Ayyy! Sí, señora.

Mónica se dirigió hacia dónde estaba Edgar para hablar con él. Habló muy bajo para que Nora no se enterara y le preguntó si le gustaría participar en el castigo. Que lo había estado pensando y sería justo, puesto que había sufrido amenazas por parte de su hija y quería darle una lección para que no se le ocurriera volver a hacerlo. Edgar, aceptó encantado. Después, ambos se dirigieron hacia la cocina y se prepararon un café calentito mientras Nora seguía en el rincón con el culo rojo al aire. Acto seguido, se dirigió a la cadena de música y puso el cd de María Callas, el favorito de madre e hija.

– Muy bien cariño, ven, que vamos a volver a hablar.

Nora se dio media vuelta y se fue andando hasta su madre, que estaba sentada en una silla de la mesa del salón con la vara y el cinturón encima de ésta. Por el camino iba tapándose con la mano sus genitales.

– Dime mamá- dijo en tono más calmado.

– ¿Has llegado a alguna conclusión ya? – preguntó Mónica después de darle un sorbo a su café.

– Sí, claro. A dos conclusiones. La primera de ellas es que a mí también me apetece un café… – en ese momento la madre le lanzó una mirada fulminante, dándole a entender que no siguiera por ahí- vale, y la segunda es que sí, tienes razón, me merezco el castigo. He hecho cosas impropias de mí esta semana. Lo siento mucho.

– Vale, mucho mejor. He pensado que las faltas más graves que has cometido ha sido faltarle el respeto a Edgar, insultarle y amenazarle, junto con lo del informe, así que he decidido que los dos instrumentos que quedan, el cinturón y la vara nos lo vamos a repartir.

– ¿Qué quieres decir?- se puso blanca en ese momento.

– Te voy a dar setenta y cinco azotes con el cinturón para que ni se te ocurra volver a repetir el incidente del informe. Y Edgar te va a propinar cincuenta azotes con la vara, para que recuerdes que debes portarte como una mujer bien educada.

– Pero mamá…. ¿Él?….- titubeó Nora.

– Perdona, aún no he terminado. Sí, te los va a dar él y además de este castigo, durante una semana, todas las noches después de cenar, recibirás un recordatorio.

– ¿Quéeeee? ¿Una semana? ¿Estamos locos o qué? ¡Me parece súper injusto! – dijo cruzándose de brazos, olvidándose de que en ese momento se le quedó al aire la vagina. Aunque acto seguido, notó el frescor y volvió a taparla con las manos.

– Recibirás veinte azotes con el cepillo el día que esté yo y diez azotes con la regla cuando te los dé Edgar. Y después de eso, te pondrás a estudiar- dijo Mónica impasible mientras seguía tomándose su café.

– ¡ME NIEGO! No lo acepto porque no me parece bien- dijo Nora enfurecida.

– Muy bien, en lugar de veinte con el cepillo y diez con la regla, serán cuarenta y veinte. ¿Alguna protesta más?

– ….- Nora fue a hablar, pero en ese momento se mordió la lengua y se calló.

– Vale, pues continuemos con el castigo. Quítate los pantalones y las braguitas, apoya las manos en la mesa y el culo lo quiero ver bien alto, cariño. Es el turno del cinturón.

La hija tenía los ojos llenos de rabia, pero no se atrevió a hablar porque podía aumentar su castigo. Apoyó las manos en la mesa como su madre le había ordenado, esperando el primer golpe en su ya enrojecido trasero. Mónica, con mucha tranquilidad cogió el cinturón, lo dobló en dos, apoyó una mano en la espalda de su hija, cogió impulso y empezaron los azotes.

PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF…

– Auuuuuuch- Edgar podía ver la cara de dolor de Nora con cada azote. Estos caían sin prisa pero sin pausa.

PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF. Nora pataleaba en el suelo de impotencia.

– Mamá, perdóname por favor, de verdad, que ya he captado el mensaje. ¡Duele mucho!- dijo Nora, con la respiración entrecortada poniendo la mano en el trasero para que Mónica parase el castigo.

– La idea es que duela. Quita la mano de ahí- dijo de forma autoritaria.

– No… por favor- miró la chica a su madre con ojos suplicantes.

– Vale, ese azote se repite y no vale. Quita la mano de ahí, YA.

En ese momento Nora quitó la mano de su trasero pero dio una fuerte patada en el suelo como señal de protesta. A lo que la madre sin pensárselo dos veces, soltó el cinturón encima de la mesa, cogió la vara y le propinó 5 azotes fuertes y rápidos al tiempo que le dijo:

– ¡Menos genio, señorita! Mírame- Nora le devolvió la mirada con los ojos llorosos- Si te duele, te aguantas. Haber pensado mejor tus actos. Ahora aguántalos como una mujer.

PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFF, PLAFFF y en el último azote, cogió más impulso y cayó con mucha más fuerza que los anteriores: PLAFFFFFFFFFFFFFFFFF.

– Levántate, Nora. Ahora te vas a ir al rincón de nuevo mientras me termino de tomar el café. Lo dicho, ni se te ocurra tocarte el trasero o empiezo desde cero con el cinturón.

– Sí, mamá.

La escena era digna de mención. Por un lado estaba la madre, Mónica, sentada en el sofá con Edgar, tomando ambos un café, muy tranquilos. Mientras de fondo se seguía escuchando a María Callas cantando Madame Butterfly. Por otro lado, a Nora, en un rincón, desnuda de cintura para abajo, con el culo muy rojo y con las marcas moradas del cinturón. En el rincón además se podía escuchar cómo la chica intentaba normalizar su respiración agitada además de estar sudando un poco. Quince minutos más tarde, la madre se levantó para llevar la taza vacía de café a la cocina y volvió a llamar a su hija.

– Muy bien Nora, terminemos con esto ya. Edgar, coge la vara, por favor- ordenó Mónica- Cariño, ponte con el estómago pegado en la mesa, la espalda bien arqueada, las piernas un poco separadas y de puntillas para que esté el trasero bien alto.

– Mamá, antes de continuar, me gustaría decir que de verdad, lo siento muchísimo. Sé que lo merezco y puedes estar tranquila que no volverá a suceder más- le dijo mirando fijamente a los ojos a su madre.

– No sabes cuánto me alegro, cielo. Ahora, por favor, haz lo que te he pedido. Serán cincuenta azotes. Ponte en posición.

Siguió a rajatabla todas las indicaciones, ya que no quería fallar en nada, puesto que el culo le dolía mucho, y la vara era el peor instrumento de todos. Te quema la piel con los azotes y deja marcas muy feas. Era un dolor totalmente diferente a otros. Había tenido la ocasión de probarla el año anterior y recordaba ese castigo como uno de los peores que había padecido nunca. Edgar, cogió la vara, calculó y tomó distancia. Y sin más dilación comenzó el castigo como su jefa le había pedido.

ZASSSSSSSS

– Uffffffffffffffffffff.

ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS. Se tomaba su tiempo entre azote y azote. Parecía estar disfrutando de la escena.

ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS. ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS.

– Para por favor, que no puedo soportar el dolor- suplicó Nora con los ojos vidriosos.

– Mira, vamos a hacer una cosa Edgar, le darás tandas de diez azotes rápidos y después de cada tanda, podrá descansar un par de minutos para que pueda recomponerse. Nora, tienes que aguantar las tandas de diez sin levantarte como acabas de hacer ahora. Si te levantas o pones la mano para evitar el azote, además de que ese no se cuenta, te cogeré yo misma de las manos para que no te muevas.

– Como usted diga, señora.

– Venga, cielo, vuelve a tu posición. Recuerda que tienes que estar de puntillas.

Nora volvió a su posición, a pesar de que en su trasero ya se podían distinguir perfectamente las marcas violáceas de la vara. Lo único que deseaba es que terminara ya toda esa agonía. Respiró profundamente, esperando a que llegara de nuevo el azote.

ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS. De repente se levantó, con las lágrimas saltadas y dijo que no podía aguantarlos.

– Muy bien. Edgar, este último azote no ha valido, dale los tres que quedan de esta tanda, que descanse, y para las siguientes yo la sujeto.

ZASSS, ZASSS, ZASSSS. Le dejó descansar un par de minutos. Y enseguida volvió a la posición inicial, pero esta vez, Mónica se puso al otro lado de la mesa de manera que podía coger las manos a su hija, y ver su cara.

ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS. La madre tuvo que sujetarle bien fuerte de las manos para que no se levantara y pudo ver como caían por su rostro las lágrimas de humillación y dolor. Volvió a descansar. Su trasero era una agonía, le dolía muchísimo y estaba arrepentida de verdad de haberse portado así.

ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS.

– Venga, cariño que es tu última tanda y terminamos- le animó la madre.

– No puedo más, de verdad. Perdóname esta última, por favor, te lo suplico.

– Lo siento, pero mi respuesta es no. No quiero que se vuelva a repetir lo que hiciste nunca más.

– Pero mamá, TE JURO que no volverá a suceder- le suplicó con los ojos rojos y su rostro lleno de lágrimas.

– Edgar, vamos por la última, por favor.

Adoptó la posición, la madre volvió a agarrar fuertemente sus manos y la miró fijamente a los ojos. Le dolía ver a su hija en esta tesitura, pero más le dolía la actitud que había tenido, llegando incluso a amenazar a Edgar. Ese tipo de comportamientos no se toleraban en su casa.

ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSSSSSSS.

Finalmente, terminaron los últimos azotes. Le soltó las manos. La hija no paraba de llorar. La madre se le acercó y le dio un abrazo que duró varios minutos. Mónica, intentó consolarla, acariciándole el pelo.

– Lo siento muchísimo, mamá. Me he comportado como una cría. Siento en el alma haberte defraudado. ¿Podrás perdonarme?- dijo entre lágrimas, aunque casi ni se la entendía, porque tenía la voz entrecortada por el llanto.

– Shhhhhhhhh, venga, mi niña, cálmate, ya pasó todo. Venga, ve al cuarto de baño a lavarte la cara y luego a tu habitación. En un rato me paso y hablamos.

– Vale, snifff, snifff.

Recogió sus pantalones y sus braguitas y se dirigió al cuarto de baño. Allí se miró al espejo y vio su trasero. Era una auténtica pena. Muy hinchado, lleno de marcas muy moradas, se podía ver perfectamente el camino que habían recorrido el cinturón y la vara. Se lo tocó suavemente con la mano y le dolía una barbaridad. Se lavó la cara, se sonó los mocos, se cambió el pijama y se puso un camisón que casi no le cubría el trasero y se tumbó en su cama bocabajo. Intentó calmarse un poco, respirando profundamente y se puso a pensar en todo lo que había pasado y porqué había llegado a esta situación. A los 20 minutos, pegó su madre en la puerta de la habitación y entró. Venía con un bote de crema hidratante y con un cola cao calentito.

– Toma cariño, te he traído un cola-cao porque es muy tarde ya para tomar café. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás más calmada ya?

– Gracias, mamá, eres la mejor. Pues la verdad que me siento mal, muy mal. Si permites que lo diga, he sido una gilipollas. Edgar, estaba el pobre haciendo su trabajo y yo he intentado sabotearlo, además lo de la fiesta, que se me fue un poco de las manos… Debí haber cortado antes para no molestar a nadie, pero me dejé llevar, porque además estaba muy borracha. Y lo del informe, ha sido un poco la consecuencia de la fiesta. En ese momento me vi sin más recursos, y por eso lo hice. Ahora comprendo que no debí haberlo hecho. Tú estás luchando para que tenga una buena formación y sea alguien importante en mi campo el día de mañana y yo te pago haciendo trampas…. Encima no he hecho ni si quiera deporte, aún sabiendo que es bueno para mi salud… De verdad, no sabes lo arrepentida que estoy. Sólo espero que me puedas perdonar… y Edgar también- le soltó toda esta parrafada sin mirarla a la cara de la vergüenza tan grande que sentía.

– Cariño, mírame- le dijo mientras le cogía de la barbilla para que la mirase- Por mi parte ya estás perdonada. Sé que eres joven y tienes ganas de hacer mil cosas y muchas de ellas no son las correctas. Yo también he sido joven, pero si no hubiera sido porque la abuela que me ató en corto, hoy no viviríamos así, con todas las comodidades que tenemos. Vivimos en un mundo muy difícil y competitivo. Por eso, quiero que te esfuerces al máximo, sin olvidar nunca ser buena persona, respetando a todos los que te rodean. Odio tener que castigarte y verte así, pero es la única manera que tengo de que te centres y volver a orientarte. Venga, para que veas que vengo en son de paz, termina de tomarte el cola cao, que te voy a poner un poco de crema, que… ¡vaya marcas tienes!

– Gracias mamá por estar pendiente de mí, y gracias por el castigo. A pesar de que ha dolido muchísimo, era muy merecido.

– De nada. Con respecto a Edgar, deberías disculparte con él también- sugirió la madre.

– Por supuesto, lo tenía pensado. El pobre que ha tenido hasta que castigarme y todo. Vaya trabajo más surrealista tiene.

– Jajajaja, no te creas que lo ha pasado muy mal tampoco. Te tenía muchas ganas y estoy segura de que ha disfrutado haciéndolo. Venga, anda, súbete el pijama que te eche crema- le dijo la madre mientras abría el tarro.

Se la untó muy despacio, con mucho cuidado y cariño, porque las marcas aún eran muy recientes, y notaba a su hija estremecerse de dolor cuando pasaba por algunas zonas. A pesar del dolor, la crema hidratante era muy reconfortante. Sobre todo porque se la estaba poniendo su madre, que además la había perdonado ya. A los quince minutos, cerró el bote, y la hija estaba medio dormida en la cama. La madre le dio un suave azote en el trasero para despertarla y le dijo:

– Cariño, ya he terminado. ¿Bajas a hablar con Edgar?

– Sí, voy ahora. Gracias, mamá, ¡qué manos tienes! ¡Te quiero!

– No hay de qué, bicho. Yo también te quiero.

Se levantó de un salto, le dio un beso a su madre y se fue escaleras abajo, aunque frotándose el culo.

– Edgar, ¿puedo hablar contigo?

– Sí, claro, dime, ¿qué quieres?

– Quería pedirte perdón, pero esta vez de corazón, no como el otro día, que era para intentar librarme del castigo… He sido una gilipollas y te he puesto a prueba y no lo mereces. ¿Podrás perdonarme?

– Siempre y cuando me prometas que no me vas a faltar nunca más.

– ¡Te lo juro!- dijo levantando la mano, en señal de juramento.

– Vale, entonces sí. Estás perdonada- dijo con una sonrisa. En el fondo era un buenazo. Sabía que no era mala chica, aunque a veces se descarrilaba un poco. Estaba contento de poder contribuir en su educación.

– ¿Puedo darte un abrazo? – preguntó Nora con una sonrisa picarona en la cara.

– Bueeeeeeno, si insistes jajaja.

Ambos se abrazaron y ella se sintió feliz porque ya estaba todo solucionado… o casi solucionado. La madre se había percatado de todo y cuando terminaron de abrazarse, apareció en la escena.

– Bueno, cariño, como ves, ambos te hemos perdonado, pero sabes que tu castigo aún no está terminado. A partir de mañana, quiero que seas súper responsable y cumplas con todas tus obligaciones. Además, durante los próximos siete días, después de cenar, buscarás el cepillo o la regla y te irás a tu habitación. Si esa noche estoy yo, me esperarás en tu habitación con el pantalón y las braguitas bajadas y con el cepillo encima de la cama. Si esa noche yo no estoy en casa, Edgar se encargará, pero en lugar de buscarle el cepillo, le pondrás encima de la cama la regla. Después del castigo, te irás a estudiar dos horas, y luego él o yo iremos a comprobar si es verdad que has estudiado. Finalmente, te irás a lavar los dientes y a dormir. ¿Alguna pregunta?

– Pero mamá… ya he aprendido la lección…- dijo casi en un hilo de voz.

– Quiero asegurarme de que no se te olvida rápido. Venga, y ahora a dormir. Buenas noches, cielo.

Se fue a la cama y se durmió enseguida, boca abajo, por supuesto, y desnuda para que nada le rozara el trasero. Los nervios, el cansancio y el dolor, ayudaron bastante a que se durmiera bien rápido. Al día siguiente, se levantó con el culo aún hinchado y dolorido. Se duchó, se vistió y bajó a desayunar. Ese día no había planes, así que se puso la ropa con los pantalones más anchos que tenía para que no le rozaran, y no se puso ropa interior. Entró en la cocina y allí estaba su madre con una taza de café en la mano.

– Buenos días, cielo. ¿Cómo has dormido?- le dijo mientras le daba un beso a su hija en la mejilla.

– Buenos díaaaassss. Demasiado bien, no me quería levantar pero tengo obligaciones que hacer, así que me he levantado del tirón. ¿Y tú?

– Yo muy bien. ¿Qué tal van esas marcas? A ver, déjame que las vea.

Se desabrochó el pantalón y se lo bajó un poco más arriba de las rodillas para que la madre lo pudiera ver.

– Uffff, tienen mala pinta. Está muy morado y un poco hinchado todavía. Después de desayunar, te pondré un poco más de crema- le dijo la madre mientras le pasaba la mano por el trasero.

– Vale. Yo si no te importa, voy a desayunar de pie…

– Jajaja, claro, sin problemas. Pobrecita mi niña, que se porta como una gamberra de vez en cuando. Menos mal que ahí está su madre para corregirla.

– Si… seguro que soy la envidia de mis amigas….

El día transcurrió bastante bien. Sin ningún incidente. La conducta de Nora fue excelente. Fue muy amable con el personal y además pasó el día entero con su madre, aprovechando que estaba de descanso y compartieron algunas actividades juntas, entre ellas hacer deporte. Finalmente, llegó la noche y después de terminar de cenar, su madre sentenció:

– Cariño, ya sabes lo que toca. Sube que ahora voy yo.

– Sí, mamá.

Fue a buscar el cepillo de madera que estaba en la habitación de su madre. Y después se fue a su cuarto a esperarla. Sabía que la madre le había dicho que tenía que esperarla con el pantalón y las braguitas bajadas, pero le parecía muy humillante hacer eso, así que decidió no hacerlo, con la esperanza de que su madre no se acordara. A los cinco minutos entró la madre en la habitación y la vio sentada en la cama con los pantalones puestos.

– Nora, ¿qué te dije de cómo tenías que estar esperándome?

– Con el cepillo en la cama.

– ¿Y qué más?- le dijo Mónica muy seria.

– No lo sé… ¿era algo más?

– No te hagas la tonta, que nos conocemos…

– Vale, sí, pero es que me da mucha vergüenza… es muy humillante tener que hacer eso.

– Lo sé y ese es el objetivo, que sea humillante para que se te bajen esos humos y seas más humilde. Pues que sepas, que te va a costar caro no haberlo hecho. En lugar de cuarenta azotes, te voy a dar cien, para que mañana sepas qué tienes que hacer.

– Mamá, aún me duele el culo muchísimo, cien con el cepillo, con lo que duele, es mucho. Por fi, perdóname. Prometo portarme bien durante los cuarenta azotes.

– Bájate ya el pantalón si no quieres que sean doscientos.

Rápidamente la hija se los bajó y se puso de forma voluntaria en las rodillas de la madre, que para entonces estaba ya sentada en su cama.

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– Ufffff, cómo duelen- se quejó Nora.

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– Auuuuuuchhh, ayyyy, ay, ay, ay, ayyy un poco más despacio por favor- decía esto mientras pataleaba porque el dolor era insoportable.

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– Lo siento muchoooooo, ayyyy, mañana estaré en la posición, lo jurooooo.

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– Muy bien. Levántate, y ahora quiero verte estudiar. En dos horas vuelvo y veré qué has hecho, si no te ha cundido, cogeré la vara, ¿entendido?

– Muy clarito. Gracias, mamá. Y siento haberte desafiado.

– Que no vuelva a suceder.

Esa noche estudió muchísimo, y cuando la madre volvió para comprobarlo, en lugar de la vara, fue a buscar más crema hidratante. Se la aplicó a su hija hasta que se quedó dormida en la cama, por supuesto, una vez más bocabajo.

Pasó la semana sin incidentes. La chica se aplicó al máximo. Se notaba que el castigo estaba surtiendo efecto. No se atrevía a meter la pata en nada, porque si no, sabía que por la noche podría ganarse más azotes y no estaba dispuesta a eso, ya que permanecer sentada en el trabajo, o incluso conducir, se había convertido en un auténtico suplicio. Intentaba disimular para que sus compañeras no se enteraran, pero había momentos en los que era difícil.

Las dos últimas noches, Mónica se había tenido que ir de viaje de nuevo, así que sería Edgar el que se encargara del castigo. Después de cenar, le dijo a Edgar que había terminado y que se iba a ir a su habitación a esperarle. Fue primero a buscar la regla y nada más llegar a su habitación, se bajó los pantalones y las braguitas por las rodillas, puso la regla encima de la cama y apoyó las manos sobre el colchón, a la espera de su castigo. Edgar sonrió al ver la escena y al comprobar cómo se le habían bajado los humos a esta chica. La misma que hacía más de una semana le había insultado y le había amenazado con hacerle la vida imposible para que dimitiera.

– Muy bien, Nora. Vamos a empezar. Tu madre me dijo que te diera veinte, ¿correcto?

– Correcto.

ZASSS……. ZASSS……… ZASSS…….. ZASSS……. ZASSS……… ZASSS……..

– Uffffff, cómo pica la regla- pensó que además lo estaba haciendo muy lento, a conciencia, para que calaran bien los azotes.

– Supongo que sí, y tiene que picar mucho más con el culo lleno de las marcas moradas que tienes aún.

ZASSS……. ZASSS……… ZASSS…….. ZASSS……. ZASSS……… ZASSS……..

– Auuuuuuchhh, que ganas tengo de que se acabe este castigo ya.

ZASSS……. ZASSS……… ZASSS…….. ZASSS……. ZASSS……… ZASSS……..

– Venga que te quedan sólo dos azotes. Los estás aguantando muy bien.

ZASSSSSSSSSSSSSSSS……………ZASSSSSSSSSSSSSSSSS. Los dos últimos fueron con más fuerza.

– Ayyyyyyyyyyyyyyyy. ¿Puedo levantarme ya, por favor?

– Sí, claro que puedes.

– Gracias Edgar.

– Me gusta esta nueva función que me ha dado tu madre, me siento poderoso jajajaja.

– ¡Me alegro de que por lo menos uno de los dos disfrute con esto! – le dijo sacándole la lengua- Por fi, anda, llama a mi madre y dile que ya me has castigado. Si además le mencionas que no me he levantado y te he esperado en la posición indicada, te lo agradecería eternamente.

– Sí, no te preocupes. Eso está hecho. Anda, ahora vete a estudiar mientras hablo con ella.

– Ok, gracias.

Edgar llamó a Mónica para contártelo todo esto y al colgar, Nora recibió un whatsapp de su madre en el que ponía: Buena chica. Ánimo que sólo te queda un día de castigo. Besos, te quiere mamá.

Al día siguiente, por fin llegó el último castigo. Lo recibió con total entereza, como una campeona, casi con lágrimas en los ojos, que no se sabía si eran porque por fin terminarían los azotes por un tiempo, o por el dolor causado. Ella misma llamó a su madre por teléfono:

– Mamá, que Edgar ya ha terminado con el castigo.

– Muy bien, cariño. ¿Y cómo ha ido?

– He llorado ¡creo de alegría y dolor a la vez!- admitió Nora.

– Me alegro. Ahora espero que hayas aprendido la lección y tu comportamiento sea excelente. No quiero que se vuelva a repetir, ¿vale?

– Tranquila mamá. Muchas gracias por seguir educándome. Tengo mucha suerte contigo y bueno… con Edgar también, la verdad.

– No hay de qué, me alegro de que hayas llegado a esa reflexión. Cariño, te dejo que el concierto está a punto de empezar. Nos vemos mañana en casa. Muchos besitos. Te quiero, bicho.

– Vale, mamá. Enséñales al público la clase de mujer maravillosa que eres. Un beso. Te quieroooo.

FIN

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Vicio Compartido

Autor: Ana K. Blanco

La boda de mi amiga Leonora estuvo llena de sorpresas. La primera la tuve durante el ensayo de bodas, cuando entré a la iglesia y lo vi. Alan y yo habíamos tenido una aventura muy particular pero nunca imaginé que lo encontraría en este lugar.

-¿Qué haces aquí? –pregunté con extrañeza.

-Soy el padrino. Ya ves, como siempre, tu contraparte, tu alter ego, tu complemento… –me dijo divertido.

-Pero… si Leonora me dijo que el padrino sería Daniel, el primo de… -Entonces comprendí. Alan jamás me había confesado su verdadero nombre. Y como dejé New York para mudarme a Miami, apenas conocía al novio y menos aún sus relaciones.

Nos reunimos a la salida del ensayo. Era noviembre. Otoño. El clima era agradable y la vista espectacular. Desde la puerta de la pequeña capilla se veía Battery Park, el río Hudson y en la mitad, la Estatua de la Libertad. Nos mezclamos con la gente que bajaba del ferry procedente de Staten Island y tras ellos, aunque a otro ritmo, comenzamos a caminar por Wall Street. De algún modo que no percibí, terminamos en un pub pequeño y atestado de gente.

-¿Dónde te estás quedando? Miami está lejos. Además –dijo sonriente-, esta noche tenemos el rehearsal dinner. No imagino que la dama de honor falte a tal acontecimiento.

-Supongo que como tú y la mayoría de los invitados, me estoy quedando en el mismo hotel que los novios y en el mismo piso que el resto de las damas y la novia.

Después del almuerzo seguimos en una de las barras del hotel y la tarde se fue con rapidez. Corrí. Tenía menos de dos horas para cambiarme, pero llegué a tiempo. La cena tuvo mucho de formal sin perder esa calidez que dan la familia y los amigos. Me senté junto al resto de las chicas y luego del postre Leonora se acercó con un

montón de bolsas en sus manos.

-Chicas, mañana las espero a las siete en mi habitación para desayunar. Habrá un equipo de peinadoras y maquilladoras para dejarnos aún más hermosas, y junto con esto –dijo levantando las manos cargadas- será mi regalo para ustedes.

En la bolsa había un par de elegantes pantuflas y un salto de cama para presentarnos al día siguiente. Pensé que ya nos íbamos, así que saqué la tarjeta de mi habitación de mi bolso cuando Alan vino a saludarnos y se sentó a mi lado hasta el final. Al regresar al hotel me ofreció ir a tomar algo, pero decliné la invitación.

-Lo siento, pero debo madrugar y no quiero parecer una zombie, así que iré directo a la cama. Y dime… -Pregunté mientras íbamos en el ascensor- ¿Aún tienes aquel artilugio plegable?

-Por supuesto, siempre me acompaña –dijo al extraer del interior de su saco un fino cilindro que, al desplegarlo, se convirtió en la vara que recordaba. Sonreí en silencio y me acerqué para susurrarle un hasta mañana tan sutil como el beso que olvidé en su cuello…

Esa noche recordé nuestro fugaz ¿romance? No. No fue romance. Hubo afecto, sí, pero lo que en realidad nos unió fue los azotes y el sexo. En ese orden. Porque era más fácil conseguir pareja para el sexo que para jugar Spanking. Y Alan reunía cualidades en ambas artes, además de ser alto, rubusto, fascinante y sexy como pocos. Recordé su cuerpo encima de mí refrescando mis nalgas hirvientes… y me estremecí.

A las siete me presenté en la suite de la novia, y tres horas después regresaba a mi habitación desayunada, peinada y maquillada. En dos horas nos reuniríamos en el hall para las fotos y luego a la Iglesia. Al abrir la puerta encontré a Alan estaba allí sentado, esperándome con la vara plegable en la mano.

-Pero… ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?

Alzó la tarjeta y supe por qué la noche anterior no la había encontrado. Seguro que la tomó de la mesa cuando nos vino a saludar.

-Estoy aquí porque tenemos una charla pendiente -se puso de pie y comenzó a caminar a mi alrededor-. Ayer a la tarde te fuiste corriendo, a la noche me rechazaste, esta mañana te escabulliste…

-No es así. Te dije que…

-¡Silencio!

Se movía con lentitud. Desplegó la vara y sin decir palabra me señaló el sofá. Yo sabía que eso significaba apoyar las manos en el asiento y levantar las nalgas.

-No hay mucho tiempo. Tu cúmulo de faltas te ha conducido a una sentencia de treinta azotes, aunque merezcas muchos más.

-Pero… Alan… yo…

-No hables. Obedece, a menos que quieras aumentarlos y llegar tarde.

El solo hecho de tenerlo cerca e imaginar que algo podía pasar, me excitó. Lo observé vestido con su bello traje, blandiendo la vara mientras caminaba a mi alrededor y decía su discurso acerca de mi sentencia, y me sentí feliz. Acaté sus órdenes por dos motivos. El principal era que ambos disfrutáramos este juego que tanto nos satisfacía, y el segundo era porque nadie empuñaba la vara como él. Ya en posición, respiré hondo y me entregué… Pasaron unos segundos antes de sentir su voz en mi oído.

-¿Me estás tomando por tonto? Desvístete antes de que los treinta se conviertan en sesenta.

Me incorporé de inmediato y comencé a sacarme la ropa.

-Treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres… –y yo apenas me estaba desabrochando el pantalón-. Treinta y ocho… y en aumento…

Por mucho que me apresuré, cuando estaba totalmente desnuda estaba en cincuenta cuatro, porque la blusa y el sostén me los quité juntos y sin desabrocharlos. Antes que pudiera abrir la boca estaba sobre sus rodillas. Comenzó a nalguearme con una potencia que casi había olvidado. Mi memoria me llevó a otras sesiones donde había usado ese método de ir de más a menos: comenzaba con nalgadas fuertes e iba disminuyendo la intensidad. Era tan doloroso como excitante, aunque poco placentero al principio. Extrañaba aquella sensación de calor, picazón y ese dolor dicotómico que le hace a uno desear que el Spanker pare en ese instante y al mismo tiempo continúe hasta la eternidad.

Los azotes disminuían en intensidad, pero se sentían igual de fuertes a pesar de las caricias masculinas.

-Ahora sí estás preparada. Ponte en posición –dijo con voz firme mientras volvía a señalar el sofá. Obedecí gustosa. Abrí mis piernas lo más que pude e hice que mi espalda formara un ángulo recto con ellas. Pensé que estaría perfecta, pero Alan empujó mi cuello hasta que mi frente casi tocó el asiento. Luego, enterró su mano entre mis piernas y tomando con su palma mi monte de Venus me alzó, dejándome más expuesta y con las nalgas levantadas.

Y la vara cayó. Y la piel se levantó dejando la marca. Uno. Dos. Cinco. Diez azotes. Descanso. Caricias. Gemidos de dolor mezclados con placer. Y vuelta a empezar.

Imagino que la visión de mis nalgas rojas cruzadas por finas líneas purpúreas, eran un deleite para Alan, que uno tras otro y con un breve descanso cada diez, terminó por completar los cincuenta.

-Los cuatro últimos los dejamos pendientes. Tienes que ducharte y empezar a vestirte porque queda media hora para las fotos.

Ducha. Panties. Vestido. Zapatos. Revisión de maquillaje y peinado. Excepto por mi sonrisa de sexo reciente, nadie adivinaría mi alegría extra durante la sesión de fotos. Todo estuvo bien hasta que tuve que sentarme en la limusina.

-¿Qué te pasa? ¿Te duele algo? –preguntó Leonora al ver que me sentaba con máximo cuidado.

-No. Todo está bien –respondí presurosa-. Es que tengo miedo de arrugar mi vestido.

Me sentí radiante caminando al altar por mi querida amiga. Alan estaba junto al novio y me regaló una sonrisa cómplice. Cada vez que había que sentarse, volvía sus ojos hacía mí y su bello rostro se iluminaba.

Intercambio de anillos. Bendición, y el famoso “puede besar a la novia”. Aplausos. Alegría. Los novios hicieron su primera caminata como el señor y la señora tal. Y tras ellos los padrinos. Alan me ofreció su brazo y al llegar al atrio me condujo hasta la pared y acarició mis nalgas.

-Estamos en la iglesia, Alan. Podrías aprovechar para arrepentirte de lo que me hiciste.

-No, no. No puedo arrepentirme. Lo que te pasó fue en justo castigo por tus pecados más recientes. Debería haber continuado, pero no hubo tiempo –me dijo en tanto yo me sonreía-. ¿Y ahora de qué te ríes?

-El que solo se ríe… -Respondí, dejando el refrán sin terminar- Búscame en la fiesta y lo sabrás.

Peter Minuit Plaza era lo único que nos separaba del restaurante pegado al río, en pleno Battery Park. Más de doscientos invitados. Barra libre de bebidas y varias mesas con manjares para esperar la llegada los novios.

Pasó media hora. Fui a pedir un Bloody Mary a la barra cuando un desubicado me acarició una nalga. Me di vuelta y al verlo sonreí. Nadie lo notó, los invitados seguían apareciendo y los saludos continuaban.

-¿Dónde me llevarás? –preguntó intrigado.

-Vine aquí con Leonora y sé de un apartado que nadie usa en las fiestas. A menos eso nos dijo el encargado cuando nos lo ofreció por si queríamos algo de tranquilidad durante la recepción. Sígueme…

Con las copas en la mano, llegamos al lugar. Estaba fresco y agradable. Tenía su propio baño, un par de mesas, sillas y sofás confortables como para poder echarse en ellos y descansar. Pero no era descansar lo que queríamos en ese momento.

-Alan… -Dije apenas entramos- Tienes que terminar lo que empezaste. En la iglesia me dijiste que aún no había expiado mis pecados por completo, así que…

Me quité toda la ropa y, apoyando mi torso en la mesa, abrí las piernas y me quedé quietecita. Sabía que me dolería, que iba a sufrir, pero lo hice con gusto y confiando en él.

– Vuelve a azotarme, por favor.

-Repetiré la rutina del hotel. Te daré cinco series de diez azotes cada uno, con pequeños descansos. Solo que esta vez quiero que los cuentes en voz alta. ¿Comprendido?

-Perfectamente, Señor –respondí.

En aquel lugar cerrado, el silbido era más atemorizante. La vara comenzó su tarea. Gemidos sordos salían de mi garganta con cada varazo, e imaginé mis nalgas cruzadas de líneas recién infringidas encima de las recibidas pocas horas antes. Conté del uno al diez y respiré aliviada al sentir la mano de Alan. Cuántas sensaciones encontradas en ese instante mágico de la caricia, donde además de las nalgas, su mano continuaba su viaje por mi vulva, recorriendo los labios, deteniéndose en el clítoris, y hasta haciéndome creer que introduciría sus dedos en mi cuevita.

-No has cambiado nada… Sigues igual de caliente, perrita… Eso me complace mucho.

Me pareció, tuve la sensación de que su mano salió empapada con mis humores. Me abrió las nalgas y guardó silencio. Escuché cómo se retiraba para tomar distancia y recomenzar.

Hubo tres tandas más. Cuando entre lágrimas sollocé un entrecortado “cuare.. cuarenta y… y… dos”, sentí su miembro erecto y palpitante, apoyado entre mis nalgas doloridas e irritadas.

Confieso que no soy adepta al sexo anal, pero esa tarde lo deseé. Me di vuelta y lo ayudé a deshacerse de su ropa para volver a mi posición con un pequeño cambio. Apoyé una pierna encima de la mesa y abrí mis nalgas.

-Alan… los últimos… los quiero aquí… -dije tocando mi ano- Es mi ofrenda para ti.

Quedó mudo por la sorpresa.

-Es el mejor regalo que me han hecho. Gracias, Mina. Sabes cuánto lo he deseado.

Fueron azotes duros, tanto que a veces hasta se me cortó la respiración. Más que dolor era un ardor punzante que me hacía sentir la necesidad de ser penetrada…

Alan apoyó su miembro en mi vulva y comenzó a frotar. Mi clítoris se hinchó y los fluidos fueron aprovechados por mi verdugo para mojar su herramienta. La colocó en la entrada de mi ano y sin ningún miramiento, me poseyó.

El dolor fue menos intenso que el placer. El vaivén de los impulsos me hacía sentir que estaba viva, que al entregar lo más íntimo de mi cuerpo hacía que me sintiera muy suya.

Nos vestimos y regresamos a la fiesta antes que llegaran los novios. A partir de ese día, tuvimos un secreto más para compartir. Y otro placer que tenía la apariencia de convertirse en un vicio compartido, algo que le debería confesar cada vez que lo encontrara…

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