Travestis en Río de Janeiro

Estoy acá porque quiero –necesito– contarles lo que me pasó este verano en mis vacaciones en Brasil.

Resulta que me fui con mi mujer a Río –obviamente antes de que estalle Argentina y completamente ignorante de lo que estaba por ocurrir– a pasar un par de semanas tranquilas en casa de una pareja amiga.

Huelga decir que me pasé los 15 días mirando bellísimos cuerpos que circulan con total normalidad por la principales avenidas cariocas ejerciendo la profesión más antigua del mundo. Es que allá el turismo es una causa nacional por lo que no es nada extraño ver los bares de la avenida Copacabana repletos de mulatas brindando afectuosas bienvenidas a “gringos” bebedores de cerveza venidos desde Estados Unidos, Alemania, Italia, etc.

Con respecto a lo que nos une en este foro –me refiero al amor incondicional por las traviesas– la circulación es más limitada y se remite a ciertos lugares específicos. Más precisamente la zona de Lapa donde divisé maravillosas traviesas en varias de sus esquinas.

El tema es que una noche discutí con mi novia por alguna boludez que ya no logro recordar y obviamente utilicé el altercado para excusarme con un parco: “voy a tomar la fresca”.

Libre al fin y sin piedras en mi camino salí a recorrer este dichoso barrio buscando desesperadamente a Ella, la que me tenía que sacar de tanto aburrimiento, tanto sopor. Irónicamente no encontré lo que buscaba en Lapa. Es como si dentro de lo más profundo de mi ser sentía que mi ansiado objeto de deseo estaba en otro lugar. Después supe que estaba a sólo 15 minutos de distancia.

Volví descorazonado a Copacabana y, casi sin quererlo, me topé con un boliche bastante cursi, de esos que abundan en Rio. Sin embargo, el lugar me llamó la atención y decidí entrar. El aire era irrespirable y el sonido de la música completamente ensordecedor, pero por alguna razón extraña me sentí a gusto y me quedé a tomar unas cervezas.

Me pasé la noche mirando culos a diestra y siniestra de las más variadas texturas y tamaños. Para no ser un boliche de traviesas, la cantidad de travas que había era impresionante y seguramente hubiera terminado con la rubia con la que estaba charlando si no fuera porque me topé con Ella.

Alta, más alta que yo –mido 1,75–, mulata, pelo largo enrulado color castaño, ojos color miel, boca carnosa, húmeda, generosa. Un vestido ajustado color salmón que dejaba ver unos pechos maravillosos a través de sus escote. Se los veía grandes, firmes, suaves y era un regocijo ver como se marcaban los pezones a través de la fina tela. No menos estupendo era comprobar el tamaño de sus caderas y ese culo que quería escapar del mínimo vestido.

Fue un influjo mágico me animaría a decir. Apenas nuestras miradas de cruzaron el magnetismo fue instantáneo. Me acerqué a hablarle y me sentí como si nos conociéramos desde siempre. Hablé, hablé y hablé –no se de qué porque mi portugués es patético– y ella me encontró simpático y hasta lindo. Mientras me acercaba a su oído para intentar comunicarme le robé un beso que fue correspondido sin titubeos. Sin dudarlo, me agarró del brazo y me llevó –arrastró– a los reservados donde “íbamos a estar más tranquilos”, me aseguró.

Primero me senté y luego la ví venir… se sentó y se cruzó de piernas. ¡Qué gambas! Morenas, torneadas, largas… interminables. Las acompañaba con unas sandalias de taco al tono que le quedaban sorberbias. Quedé sin respiración y me puse al palo instantáneamente.

Continuamos con la faena y me metió la mano en el bulto. Pensé que iba a acabar en el momento, pero saqué un as de la manga que me hizo soportar el momento estoicamente: la “Estrategia Maradona”. Deberían probarla. Cuando estoy muy caliente y no quiero acabar pienso en el gol de Maradona a los ingleses. Funciona, se los juro.

Lo que no funcionó fue mi estrategia de “hombre calmo y experimentado” cuando me agarró la mano y la deslizó por debajo del vestido hasta su miembro. No me da vergüenza decir que me asuste. No saben que pedazo de verga!!! Nunca había tenido en la mano algo semejante, se los juro. Me pidió –ordenó– que la pajeara. Cumpli sin chistar.

La masturbé un rato y comencé a sentir como el miembro seguía creciendo hasta marcar un buen bulto por debajo del vestido. Ya era un bardo por lo que la muchacha me “invitó” a dejar el lugar. Otra vez me agarró del brazo y me arrastró a la salida mientras saludaba a todos sus amigos y amigas que se acercaron a despedirse. A todo esto yo seguía pensando : “¿Cuánto me cobrará esta loca?”

Tomamos un taxi que velozmente –todos se creen Airton Senna– nos llevó hasta su casa en Leme. Lindo el departamentito, simple, pero muy lindo y acogedor. Entramos y seguimos con la tranza. Se paró y dejó caer el vestido. Qué espectáculo!! Verla ahi parada vistiendo sólo una tanguita de encaje color bordó con su miembro a full queriendo escapar por su parte de arriba fue una experiencia fuerte.

Se bajó la bombachita y se quedó, ahora sí, sólo con sus sandalias de taco interminable. Se quedó parada y me miró un instante que pareció eterno. No hizo falta hablar: me llevé su pija a la boca y la devoré con gusto. Ya estaba en su máxima expresión y les juro que era enorme. Hacía falta dos manos para abarcarla completamente, parecía que tenía vida propia… era cabezona, larga, gruesa, llena de venas, era hermosa.

Comí, comí y comí hasta que no aguantó más y quiso concretar. Qué hacer? Pensé en pedirle que me dejarla cogerla, pero estaba tan excitada y tenía tantas ganas de penetrarme que la dejé actuar. Untó su verga y mi culo con un gel que fue a buscar al baño y se puso un forro color rojo (que memoria!). Puso mis piernas sobre sus hombros y comenzó a penetrarme muy despacito.

Dolió, no voy a mentir, con semejante herramienta era obvio que no iba a ser fácil, pero lo hizo con tanto amor que el dolor se superó rápidamente y sólo hubo espacio para el placer.

Me cogía y me masturbaba al mismo tiempo: una locura. Pero cuando comenzó el ritmo frenético ya tuvo que agarrarme de las piernas para sostener sus embates. Cada vez que salía parecía que se alejaba medio metro para volver con todo y meterla hasta el fondo.

Acabamos juntos… fue increíble.

Media hora después estaba camino a casa reflexionando sobre lo ocurrido. Felíz de la vida y satisfecho con un polvo de esos que dejan huella. No la volví a ver, en parte por miedo de las cosas que Gabrielly (así se llama) despertaba en mi.

Sin embargo nos pasamos nuestros e-mails y mantenemos el contacto. La semana pasa le pregunté por qué no me había cobrado la otra noche. Ofendida me respondió que “por qué habría se hacerlo, si soy estilista y trabajo en una peluquería de Ipanema”. La cabeza me dio vueltas. Estaba claro: Fue amor a primera vista.

Ahora no sé que hacer. Todos los días me pregunta cuándo nos vamos a volver a ver y me dice que me extraña y que quiere venir a visitarme a Buenos Aires en vacaciones de invierno. Y yo estoy hasta las manos, me da ganas de largar todo a la mierda: mujer, casa, auto y proyecto de familia para irme trás ella, acá, en Rio o en Nepal…

Estoy confundido ¿Ustedes qué harían? Espero sus opiniones: maxvonsydow73@hotmail.com

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