Relato gay

Hola, me llamo Andrés y tengo 26 años. Esto que les voy a contar me pasó hace unos tres años en Montevideo, mi ciudad natal.

Necesita comprarme unos pantalones, y había visto que en una tienda que vendían directo de fábrica, en el centro, tenían unos de muy buena marca, a muy buen precio. Para ahí me dirigí entonces, al llegar, me atendió un señor gordo, bastante feo y viejo. Tuvimos un problema bárbaro para encontrar el pantalón que me sirviera, porque estaban baratos justamente porque las etiquetas que te indican el talle no se podían leer y era difícil ver cual me podía servir.

Al final, el señor gordo quedó bastante mareado y apareció otro empleado, más joven y lindo, de misma edad y un poco más bajo que yo (mi altura es 1.80m). Le dijo al gordo que lo dejara a él, se ve que el gordo tenía que hacer algo en otro lado y se fue.

Me seguí probando los pantalones, me trajo uno que me quedaba bastante pequeño. Me lo puse como pude, e inocentemente le pregunté cómo me quedaba. Me dijo que nada mal, con un tono que en ese momento no comprendí. Se acercó y me preguntó si me podía ayudar y empezó a acomodármelo, del fundillo, del cinturón, en la entrepierna… y me empecé a calentar. Con ese pantalón tan ajustado, el bulto se hacía imposible de esconder y él lo notó. Llevó sus manos hasta la bragueta, y apenas la rozó. Yo no dije nada, estaba bastante nervioso, en esa época no tenía mucha experiencia. Como vio que no reaccioné, volvió a rozarla, y otra vez, hasta que al final me la apretó descaradamente.

– ¿Estás caliente, eh?- me preguntó, a lo que le respondí afirmativamente casi en un suspiro.

Me dijo que esperara mientras cerraba la puerta del comercio, puso el cartelito de “Vuelvo enseguida” y me hizo pasar al probador que estaba más al fondo del local. Para ese momento, tenía las pulsaciones a mil y nada más se metió en el probador, le comí la boca con un beso profundo. Le acariciaba las nalgas, mientras el me quitaba el sweater y la camiseta.

– ¡Qué bueno qué estás! – me dijo, y empezó a morderme las tetillas. Siguió bajando, lamiendo la línea de vello que cruza por mi abdomen hasta llegar a la bragueta. Me la desprendió y se la metió toda en la boca, de una. Era la primera vez que me chupaban la verga en un lugar así, y además chupaba muy bien, chupeteando la cabeza, para después tragársela toda, de a ratos. Lo hice levantarlo y lo besé de nuevo, me calienta besar ahí donde estuvo mi verga. Le saqué la camisa a él, no tenía un cuerpo espectacular, pero en medio de esa calentura, era lo de menos. Lo abracé por atrás y empecé a pajearlo por encima del calzoncillo mientras le encajaba la pija, dura como un caño, en la raja del culo. Le mordía las orejas, le pellizcaba los pezones.

– Cojeme papito, haceme la cola – me dijo.

– ¿Tenés condones?- le pregunté, yo ni me imaginaba lo que iba a pasar, no tenía ninguno.

No tenía, y no daba para parar la situación para salir a comprar uno, así que acabamos pajeándonos uno al otro. Me acuerdo que acabé una barbaridad, le ensucié todo el espejo del probador. Después de que él acabó, nos vestimos, abrió el local y seguimos con la compra como si nada. Al final encontré unos que me quedaron muy bien, muy lindos, todavía los tengo.

Me hizo un 10% de descuento, yo no le dije nada, en realidad, después de la acabada me vinieron esos sentimientos encontrados que uno siente antes de aceptarse como gay y la situación me resultaba embarazosa, creo que para él un poco también. En la boleta me resaltó uno de los números de teléfono y dijo que cualquier cosa que necesitara, que llamara ahí, que su nombre era Bernardo.

Nunca más lo vi, no se si lo habrán echado por coger con los clientes o vaya a saber qué, lo cierto es que por distintas razones he pasado de nuevo por enfrente de la tienda y nunca más se lo vio. Tal vez si lo hubiera conocido hoy, por lo menos lo hubiera llamado para terminar el negocio que habíamos empezado…

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