Mi vida se rompió aquel día de noviembre

Estimado lector:
Lamento decirte que, si bien éste relato tiene componentes altamente eróticos, puede decepcionarte si es lo único que buscas. Si por otro lado deseas leer sobre una hermosa historia de amor entre dos hombres, creo que podrá gustarte. Ojalá sea así.

El Autor
Laura, mi amor, mi vida se fue para siempre. Y con ella nuestro Adrián, que con tan solo cuatro años había llenado por completo nuestra existencia. Aquel conductor borracho se subió en la acera y me quito lo que más quería.

Ahora, con tan solo 33 años me encontraba solo. Mi familia y mis amigos de siempre se esforzaban por distraerme, por ayudarme a rehacer mi vida. Pero yo realmente no podía en aquella casa llena de recuerdos.

Madrid se convirtió en una jaula de la que quería escapar. Así que busqué un nuevo trabajo que me permitiera irme a vivir a nuestro apartamento de Zahara de los Atunes. Allí el aire puro y el olor del mar me sentaban como un bálsamo, haciendo que recuperara las ganas de seguir adelante.

Encontré el trabajo ideal, que me permitiría regodearme en mi propia soledad.

Gracias a mis estudios de ingeniero aeronáutico y el master que había cursado en el tecnológico de Massachussets, me ofrecieron un puesto como asesor, por lo que podría trabajar en casa a través de la red y realizar algún que otro viaje.

Nadie entendió mi huida. Quizás solo mi madre, aunque le costó hacerse a la idea.

Salí de Madrid al anochecer con lo ultimo que quise llevarme de casa.

Me gusta viajar de noche. Me ayuda a pensar con calma.

Al llegar a Despeñaperros decidí parar a tomar un café y estirar las piernas. Era una fría noche de febrero. Los camioneros charlaban animosamente apoyados en la barra. Yo me situé en una mesita en un extremo. Le hice mi pedido al camarero y me senté a contemplar a la extraña amalgama de personajes que estaban frente a mi vista mientras fumaba un cigarrillo. Creo que oí todo tipo de acentos españoles, además de alguno extranjero.

Un detalle me sacó de mi abstracción. En la barra, cerca de mí, se acurrucaba con su propio abrigo un muchacho que parecía estar aterido de frío. Custodiaba cuan tesoro una pequeña mochila entre sus pies.

Mientras esperaba a que el camarero le sirviera el cola cao que había pedido, escudriñaba un pequeño montón de monedas entre sus manos.

Ansiosamente tomó su bebida con evidente cara de satisfacción. Al acabar, el camarero le dijo algo despreocupadamente, a lo que él respondió con un gesto de sorpresa e incluso diría que miedo. Bajó la vista a su montoncito de monedas y comprendí que no disponía del dinero que le pedía el camarero.

El camarero esperaba a que el chico recontara su dinero con evidente cara de fastidio. Me levanté y caminé hacia él.

-Me cobra, por favor.
-Son ochenta céntimos.

Le di un billete de diez y sin mirar al chico, dije mientras encendía otro cigarrillo:

-¿Algún problema?
-¿Qué?- Contestó el chico, levantando su rostro.
-Digo que si tienes algún problema.

Me volví hacia él y pude ver su rostro. Era joven, muy joven. Una cara lampiña y blanca con rasgos suaves y una graciosa nariz respingona. Sus ojos azul claro tenían la sombra del cansancio. Su pelo, parcialmente tapado con un gorrito de lana era de un color oro muy claro.

-Es que no me llega-Respondió sacándome del trance.
-Oiga: cobre esto también- le dije al camarero, que se volvió ligeramente mostrando una indescifrable media sonrisa.
-No, de verdad, no se moleste-me dijo el muchacho.
-No te preocupes, no es molestia. Además, quizás te haga falta lo que tienes para mas adelante.

Me sonrió ampliamente mostrando una dentadura blanca y perfecta. En conjunto era un muchacho muy atractivo. Me dio las gracias, y volvió el camarero con el cambio. Lo guardé en el bolsillo, y tras desear buen viaje me dirigí al coche.

Me senté y lo puse en marcha, pero me quedé unos segundos absorto mirando al volante, pensando en que habría traído a ese chico hasta éste paraje. Me sorprendí a mí mismo al hacer un esfuerzo por recordar ese angelical rostro.

-Ha de ser mi instinto paternal – pensé. Mi perdida aún estaba reciente y sentía deseos de proteger a aquel desvalido muchacho.- Bah, tonterías-, dije en voz alta, mientras abrochaba el cinturón de seguridad.

De pronto, tres golpes secos sonaron en mi ventanilla. Me sobresalté e intenté mirar a ver quien era, pero el cristal estaba totalmente empañado, por lo que, no sin cierto temor, decidí bajarlo.

Mi corazón dio un vuelco al encontrarme de nuevo con ese hermoso rostro.

-Hola, ¿qué quieres?

Con una amplia sonrisa me contestó:

-Me preguntaba si podría llevarme.
-¿Dónde vas?
-Pueees, no sé. Al sur. A algún sitio donde haga sol.

Medité un momento. No me gusta recoger autostopistas. Me resulta incomodo llevar a un completo desconocido en el coche. Yo soy un hombre fuerte y corpulento y el no era mas que un chiquillo delgaducho, pero nunca se sabe.

Sorprendiéndome nuevamente a mí mismo, le dije:

-Puedes dejar tus cosas en el asiento trasero.

De un salto se dirigió a la puerta del otro lado y se sentó, mientras pasaba su mochila a la parte trasera. Se acomodó, y mostrándome nuevamente su preciosa sonrisa, alargó su mano y dijo:

-Hola, soy Toni.

Alargué mi mano derecha hasta tomar la suya. Era pequeña y suave, aunque estaba helada.

-Cesar. Ponte el cinturón.

“Ponte el cinturón”. Menuda chorrada de presentación. Salí del aparcamiento y me dirigí a la autoría.

-¿Adónde vas tu?-Dijo rompiendo el silencio.
-A Zahara de los Atunes.
-¿Dónde está eso?
-En la costa de Cádiz.
-¡Que guay!. Allí seguro que se está bien.
-Es un lugar maravilloso. Tranquilo y soleado.
-Justo lo que busco.
-Me alegro. ¿Vas allí con tu familia?
-No –dijo secamente. Pude ver por el rabillo del ojo como bajaba su rostro.
-Lo siento. No quería molestarte.
-No pasa nada. ¿Y tu?. ¿Tienes alguien allí?
-No. También voy solo. Hace poco fallecieron mi mujer y mi hijo y quería alejarme un poco.

No me reconocía. Hacia diez minutos que lo conocía y ya sabía de mi todo lo que era realmente importante en mi vida. Había algo en su rostro y su voz que me empujaba a un estado de tranquilidad como hacia tiempo que no sentía.
Siempre he sido muy celoso de mi intimidad, pero este mocoso me empujaba a abrir mi alma sin oponer resistencia.

-Joder, vaya palo. Lo siento- exclamó con incomodidad. Creo que mis palabras lo desbordaron un poco.
-Bueno, hablame un poco de ti. ¿Cómo llegaste hasta aquí?- Le dije en tono conciliador.
-Estaba harto de todo. Mi vieja se pasa el día colocada y mi padrastro me insultaba todo el tiempo.
-¿Y tu padre?
-Ni idea. No lo conozco. Pero seguro que también es otro cabrito de cuidado, si es que sigue vivo…
-No pareces haber tenido una vida muy feliz.
-Es igual. Yo me basto solo. Estaba esperando a ser mayor de edad para largarme.
-¿Y ya sabes que vas a hacer?
-¿A hacer con que?
-¿Con tu vida?
-Ah, eso. No sé. Lo que salga. Ya encontraré algún curro por ahí para ir tirando.

Esto ultimo lo dijo desperezándose. Entendí que hacia mucho que no dormía bien, y la calefacción del coche hizo que se amodorrara en el sillón.

No quise molestarlo mas, por lo que guardé silencio y minutos mas tarde dormía profundamente.

Paré a repostar cerca de Jerez de la Frontera. Al regresar al coche se despertó y me dedicó otra de sus turbadoras sonrisas.

-Buenos días.
-Buenos días – respondió entre bostezos.
-¿Tienes hambre?
-No-mintió, azorado.
-Venga ya. Vamos a desayunar.
-No, de verdad…
-¡Anda ya!. Venga. No seas así. Vamos al bar y comes algo.

Entramos en el bar, y luego de convencerlo, se decidió a pedir algo de comer.

Por la forma en que consumía las tostadas, pude comprobar que hacia mucho que no comía. Yo disfrutaba viendo como lo hacia.

Hablábamos de cosas triviales. Me preguntaba por Zahara, el mar –que no conocía-, mi trabajo…

Cuando acabó volvió a quedarse avergonzado y con la cabeza gacha mientras yo pagaba la cuenta. Yo le sonreí para hacerle ver que no me importaba.

Hora y media mas tarde llegamos a Chiclana. Yo le había dicho que allí era más fácil que encontrase algo como peón, por lo que decidió quedarse.

Me dio las gracias y se marchó sin más. Yo me quedé unos instantes pensativo mientras lo veía alejarse. A pesar de lo poco que sabia de el, me despertaba una gran ternura. Sentí que se fuera y me hice a la idea de no volver a verlo.

Los primeros días en Zahara fueron moviditos. Eran muchos papeles que arreglar, acostumbrarme a la rutina del trabajo y realizar los quehaceres de la casa, ya que no me apetecía contratar una asistenta, al menos de momento.

Paseaba durante horas por la solitaria playa, meditando sobre mi vida, recordando los buenos momentos que nunca jamás volverían e intentando imaginar que seria de mi ahora.

A veces recordaba a Toni. Su preciosa sonrisa y sus ojillos traviesos. Incluso una tarde, mientras engullía una botella de Black Jack, reí a carcajadas pensando que hasta mi hombría se había llevado aquel borracho, porque cualquiera diría que me había enamorado de ese chico.

A las tres semanas, fui a El Puerto de Santa María a ver a unos amigos. Cenamos y lo pasamos bien.

Ellos hacían lo posible por hacerme reír. Incluso llevaron a una amiga con la clara intención de liarme con ella. Me comporté amablemente, pero no me apetecía nada entablar una relación. Aun era pronto. Es curioso que a pesar de la abstinencia sexual, ni de eso tenia ganas.

Volví a casa ya de madrugada. No había bebido nada, y es que mi amarga experiencia hacia que la sola idea de beber y coger el coche me resultase vomitiva.

Aun así me encontraba muy cansado. No tenia costumbre de trasnochar y la incesante lluvia que caía hacia más dificultosa mi marcha.

Faltaban pocos metros para llegar a mi casa cuando una figura indeterminada bajó de la acera para cruzar la calle, prácticamente en el capó de mi coche. Frené en seco. Por un instante pude ver en mi mente el rostro de Laura mientras aquel mal nacido la atropellaba.

Aterrorizado salí del coche y me dirigí a esa persona, que había caído al suelo a pesar de que juraría no haberla tocado. Estaba tumbado en posición fetal, así que con todo cuidado lo giré. Mi corazón dio un vuelco. No lo podía creer.

-¿Toni?-Dije mientras él abría levemente los ojos.
-¿Cesar?-Salió como un hilillo de sus labios. Y perdió el conocimiento.

Lo cargué en brazos y lo introduje en el coche. Segundos mas tarde volaba al hospital.

Al llegar, tuve que responder a un millón de preguntas y contar mi historia varias veces. Por fin, me permitieron pasar a verle.

Se encontraba en una camilla de urgencias, dormido y con un gotero puesto. Pregunté por su estado al medico de guardia y me dijo:

-Verá. Tener no tiene ninguna enfermedad, ni esta drogado ni nada por el estilo. Solo está deshidratado. Creo que hace mucho que no come nada. Está bastante débil.
-¿Puedo hacer algo?
-Pues poco, la verdad. Necesita descansar y comer. Está agotado. ¿Sabe donde podemos encontrar a su familia?
-Ni idea. Sé muy poco sobre él.
-En ese caso avisaremos a asuntos sociales. Aquí no nos podemos hacer cargo de él. Ellos lo llevarán a algún centro o algo…
-Eso no suena bien. No creo que sea lo mejor si dicen que no es drogadicto.
-Es cierto. Esta limpio, pero no hay muchas más opciones. O el centro o la calle, y ahí no creo que dure mucho. Al menos que…
-¿Qué?
-Que “alguien” se haga cargo de él.

Esto era demasiado. Estaba dejándome caer claramente que me hiciese cargo de él. Yo no tenia por que sentirme responsable. Bastante complicada es la vida como para meter a un desconocido y encima enfermo en casa. Por otra parte, sentía la acuciante necesidad de volcar todo el afecto que se me había arrebatado en alguien.

Era un planteamiento absolutamente egoísta, pero en ese momento, me bastó.

-Esta bien. Que tengo que hacer.

El medico me llevó a su despacho y recetó algunos medicamentos. Realizó una lista de los alimentos que debía darle y me dio algunos consejos de cómo tratarle. Al acabar, me dio la mano y dijo:

-Dentro de un par de horas podrán irse. Ojalá hubiera en este mundo más gente como usted. Todo seria más fácil.

Sus palabras me llenaron de satisfacción, pero durante las dos horas que permanecí en la sala de espera, estuve a punto mil veces de marcharme y dejarlo allí.

Luego apareció un celador con Toni en una silla de ruedas. Estaba demacrado, pálido e increíblemente delgado. Sus suaves rasgos habían pasado a ser calavericos.

Me asusté un poco, pero tras intercambiar unas palabras con el celador fui a por el coche. Entre ambos lo acomodamos en el asiento trasero y partí hacia mi casa.

Ni una palabra salió de nuestras bocas. Toni estaba consciente, pero permanecía mirando sus rodillas desde el primer momento.

Al llegar a casa lo tomé en mis brazos. Él me rodeó con los suyos. Fue muy fácil cargarlo dado su poco peso.

Llegamos a casa y lo acosté en la cama de la habitación que había sido de Adrián, y que yo ya había amueblado como cuarto de invitados. Le desprendí las zapatillas, que desprendieron un fuerte olor. Me di cuenta que estaba muy sucio.

Su ropa parcialmente desgarrada y el pelo, que llevaba a modo de media melena, totalmente enredado.

Comencé a desnudarlo con el firme propósito de darle un baño. Detuvo mis manos y dijo:

-¿Qué haces?
-Necesitas un baño.
-Dejame. Puedo solo.
-No, no puedes.
-¡No soy ningún invalido!

Se sentía indignado al verse tan a mi merced, por lo que le solté y empezó a desvestirse trabajosamente. Yo le ayudaba disimuladamente.

Cuando se quedó solo con unos inmundos y ennegrecidos slips, lo ayudé a levantarse. Caminamos despacio hasta el baño y lo senté en el vater mientras llenaba la bañera. Una vez que estuvo el agua a punto me ofrecí a ayudarle, pero avergonzado con la idea de que permaneciese allí mientras terminaba de desnudarse, me dijo que lo dejase solo.

Salí del baño dejando la puerta entreabierta por si me necesitaba y se lo hice saber. Me senté cerca y fumé nerviosamente un cigarrillo.

Al poco rato me acerque a hurtadillas a la puerta y pude oír como lloraba.

-¿Estas bien?-Pregunté-¿Toni?
-No puedo-dijo entre lagrimas.

Entré y aun permanecía sentado.

-No puedo ni levantarme. Lo siento.

Lloraba impotente con la cabeza fija en las baldosas del suelo. Decididamente lo tomé por debajo de las axilas para levantarlo. Luego lo cargué y lo deposité en la bañera. Introduje mis manos en la bañera y mientras le sacaba su pequeño slip me miraba a los ojos lleno de vergüenza mientras se sorbía la nariz.

Resuelto a acabar con esta embarazosa situación lo antes posible, tomé champú y le embadurne la cabeza. El se dejaba hacer como un monigote.

Al aclarar la abundante espuma vi relucir nuevamente su dorado y suave cabello. Contento por el resultado, tomé la esponja y el gel y comencé a lavarle la cara, el pecho, los brazos. El dejó caer su cabeza hacia atrás mirando perdidamente al techo.

Le tomé de los hombros para inclinarlo hacia delante, procediendo a enjabonar su espalda.

Luego levante una de sus piernas para continuar. Hasta ese momento no me había dado cuenta que estaba recorriendo todo su cuerpo con mis manos a mi antojo. Su tacto era muy suave y delicado. La verdad es que ni me había fijado bien en él cuando lo lleve al baño, pero el contacto con su piel me estaba produciendo una erección. Y todavía faltaba “lo peor”.

Tras acabar con sus piernas metí la mano en el agua y me dirigí directamente a sus huevos. Los lave con suavidad y me dirigí a su pene, que para mi sorpresa, estaba erecto, hasta casi tocar su ombligo. Decidí hacerme el distraído, no dándole ninguna importancia y se lo lave con toda delicadeza. El se estremeció cuando enjaboné su circuncidado capullo.

Acto seguido le di la vuelta a lo que no puso ninguna resistencia. Le enjaboné sobradamente su culo, metiendo la mano por su raja y lavando decididamente su ano. Él emitió un suspiro, por lo que entendí que no le desagradaba.

Sus nalgas eran una maravilla. Suaves y redondas. Pequeñas y firmes. En todo mi recorrido por su cuerpo apenas si había podido encontrar algún vello en las axilas y pubis, ya que ni siquiera sus huevos tenían.

Al finalizar, volví a ponerlo bocarriba. Él sonrió agradecido y visiblemente más relajado. Prendí la ducha y vacié el contenido de la bañera para que se fuese esa agua sucia y poder enjuagarle.

Le ayudé a levantarse y allí estaba, totalmente desnudo, mientras yo le mojaba con la ducha, le acariciaba con mi mano para quitar cualquier resto de espuma. El no hacia nada, pero se dejaba hacer.

Su pene estaba mas relajado, aunque permanecía ligeramente hinchado.

Ahora me podía deleitar plenamente con la visión de su cuerpo. Era realmente precioso. Sublime a pesar de su exagerada delgadez.

Cada músculo estaba perfectamente perfilado bajo su piel. No había ni una cicatriz, ni una imperfección.

Le sequé con una toalla y al finalizar lo cogí en brazos.

Me encontraba totalmente excitado con el contacto de su cuerpo desnudo mientras me dirigía a su cama. Finalmente lo recosté y le tapé.

Luego preparé un poco de sopa que tomo en la cama con alguna dificultad. Después entró en un profundo sueño.

Me retiré a mi habitación y me acosté. En mi mente pasaban las imágenes de su cuerpo desnudo, e intentaba recordar el tacto de su piel entre mis dedos.

De pronto recuperé la conciencia y me sentí un verdadero cerdo. Estaba fantaseando con aquel muchachito indefenso.

Nunca había sentido la más mínima atracción hacia un hombre, pero aquel chaval había despertado en mi deseos que nunca creí tener. Me costó mucho dormir, pero lo conseguí.

Pasó casi treinta horas seguidas durmiendo. No quise salir de casa por si se despertaba. De cuando en cuando me asomaba a su cuarto y observaba aquel rostro angelical.

Al despertar se levantó y salió al salón con una camisa mía, que yo había dejado allí a tal propósito y que para él era como un camisón, como única prenda.

Yo trabajaba frente al ordenador cuando lo vi reflejado en la pantalla. Sin volverme siquiera dije:

-¡Buenos días, dormilón!
-¿Cuánto he dormido?
-Buf, mucho. ¿Cómo te encuentras?
-Un poco cansado
-Bueno. Se te pasará. Te prepararé algo de comer.
-No te molestes. Tengo que irme ¿Donde está mi ropa?
-En la basura.
-¿Qué dices?¡Es lo único que tengo!
-Tranquilo. Mañana iré a comprarte algo. Tu ropa estaba fatal.
-Pe pe pero…
-Nada de peros. Ahora siéntate. Toma ésta manta para que no cojas frío. Enseguida vuelvo.

Notaba como me seguía con la mirada mientras preparaba la mesa e iba y venia de la cocina. Cuando el humeante caldo estuvo en la mesa. Le miré con una amplia sonrisa y le dije:

-Venga. A comer.¿A que esperas?

Se sentó y cuando tomó la primera cucharada y sin levantar la vista del plato dijo:

-¿Por qué haces esto?
-Porque si. No me preguntes por que, pero quiero ayudarte.
-Sabia que lo harías.
-¿Cómo?
-No me han ido muy bien las cosas. No tenia a quien acudir. Tenia la esperanza de encontrarte.
-Vaya, eso si que no me lo esperaba.
-No quiero molestarte, pero es que estaba desesperado. Ahora estoy mejor. Mañana me iré.
-¿Te iras a donde?
-No sé. Ya veremos.
-De eso nada. Tu te quedas aquí hasta que estés bien del todo. Entonces veremos.

Cabizbajo, dejo caer una lagrima por su rostro. Me acerque a el y le acaricié el cabello. Entonces se abrazó a mi rodeándome con sus tiernos brazos por la cintura.

-Tranquilo. Ya pasó. Veras como todo sale bien-dije.

Continuó así aun unos segundos mas, hasta que le indique que se enfriaba la sopa, por lo que siguió comiendo gimiendo en silencio.

Yo me retiré al sofá con los ojos empañados. Fume varios cigarrillos mientras comía. No podía dejar de mirarlo, pero me recriminaba a mí mismo la calentura que me producía su contacto, su ternura.

Cuando acabó se sentó junto a mí en el sofá, tapándose con la manta. Me miró un instante y se tumbó acurrucado apoyando su cabeza en mis piernas. No pude resistir la tentación de acariciar su cabello sedoso. Giró la cabeza con una luminosa sonrisa y volvió a dormirse.

Así estuvimos mas de dos horas. Yo ya tenia las piernas dormidas, pero no me importaba. Acariciando el pelo de aquel ángel que había entrado en mi vida podía sentirme nuevamente pleno.

Cuando despertó, me hice el dormido. Se levanto y me tapó con la manta que hasta entonces le cubría. Le oí ir al baño y luego meterse en la cama.

Pasé toda la noche en vela pensando. Los ideas se agitaban en mi mente. Era tan agradable su compañía. Pero estaba claro que en mi había otra cosa que no era instinto paternal. Sentía deseos de tocarlo, acariciarlo, amarlo. Era un hombre, pero había dejando de importarme. Hasta hacia muy poco ni contemplaba la posibilidad de este tipo de relación. Había tenido una vida sexual plena. Nunca había sido promiscuo, pero disfrutaba muchísimo en la cama con una mujer.

La situación me desbordaba. De pronto caí en la cuenta de que solo estaba pensando en mi. Di por hecho que el seria heterosexual, que solo veía en mi la figura de aquel padre que, de algún modo, añoraba, por lo que tendría que quitarme cualquier locura de la cabeza.

Los siguientes días fueron de lo más placenteros. Le compré alguna ropa tal y como le prometí. Alabó mi gusto y prometió que me la pagaría lo antes posible.

Charlábamos durante horas de cualquier tema. En cuanto se repuso salíamos juntos a pasear por la playa. Nos tratábamos amistosamente pero sin reparos en demostrar cariño el uno por el otro.

Por las noches, mientras veíamos la tele, se recostaba en mi hombro o mi regazo. A veces tomaba mi mano mientras yo le atusaba sus dorados cabellos. Nunca intentaba ir mas allá. Me hice a la idea de que realmente me había enamorado, acepté la idea de que tan solo seria platónicamente. No quería acabar con esa maravillosa situación por intentar llegar mas lejos.

Una noche lluviosa mientras permanecía recostado sobre mi, me dijo de repente:

-Tengo que irme.
-¿Qué?
-No puedo seguir así. Eres demasiado bueno conmigo. Creo que ya he abusado demasiado de tu generosidad.
-Pero que dices.¿A dónde vas a ir? ¿Qué vas a hacer por ahí?¿Qué voy a hacer yo sin ti…?

Esto último lo dije evidentemente sin pensar. Me salió de dentro. Y me arrepentí de inmediato. Me había descubierto. Ahora si que me dejaría.

Se incorporó dejando su rostro a la altura del mío con el semblante serio. De pronto, soltó una sonora carcajada. Yo me sentía increíblemente incómodo. Mi cara debía ser un poema. En mi vida había sentido tanta vergüenza. Cuando pudo controlarse me dijo en tono divertido:

-¿Qué has dicho?
-¿Yo?, nada. Solo que, en fin, que no tienes donde ir, y a mi no me…
-Anda, calla-dijo poniendo su dedo índice en mi boca.

Entonces, ya calmado, pero con una increíble sonrisa acercó lentamente sus labios a los míos y me besó suavemente.

Tras un momento de sorpresa reaccioné besándole apasionadamente. Acariciaba con mi lengua su dentadura perfecta, mordisqueaba sus labios y le abrazaba con tal pasión que podría haberle ahogado.

El no se había quedado quieto. Me desabrochaba la camisa con desesperación. Acariciaba mi peludo torso con sus suaves manitas. Yo creía que iba a estallar en ese momento. Bajé hasta su cuello, que besaba y mordisqueaba con deleite. Él echaba su cabeza hacia atrás y gemía de placer.

Sin mediar palabra me levanté con el abrazado, mientras el me rodeaba a su vez con las piernas. Fundidos en un apasionado beso, me dirigí hacia mi cama y sin soltarlo, lo acosté sobre su espalda.

Le besaba furiosamente, acariciando su culo y sus piernas, mientras me movía lascivamente frotando mi paquete con el suyo.

En un momento de lucidez, paré y le miré fijamente a sus preciosos ojos que me miraban tiernamente.

-Yo no sabia que tu…-dije
-Yo tampoco.
-¿Entonces?
-Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te quiero. Quiero ser tuyo. Quiero estar siempre contigo.

Volvimos a besarnos, pero sin prisas.

Desabroché su camisa y pasé mi cara por su torso desnudo para sentir el agradable aroma de su suave piel. Lamí con deleite su pecho a lo que él contestaba con entrecortados gemidos. Podía sentir la dureza de su pene queriendo salir del pantalón. A mi ya me dolía de la brutal erección que tenía.

Desabroché su pantalón y me entretuve acariciando su miembro sobre los boxers. El se retorcía sobre la cama.

Cuando lo liberé de tan molesta prenda y sus zapatos, comencé a bajarle los boxers despacio, recreándome en cada zona por la que mis manos rozaban. El se incorporaba sobre los codos para mirarme, pero a ratos volvía a dejarse caer emitiendo algún sonido gutural. Acaricié sus suaves y lampiños testículos con una mano, mientras con la otra sobaba su pene.

Como si me hubiese llevado toda la vida haciéndolo, deslicé mi lengua desde la base del tronco hasta su glande y sin pensarlo, me lo introduje en la boca. Era una sensación extraña y agradable.

Él estaba tan excitado que creí que se correría de inmediato, por lo que empecé a subir con mi lengua por su cuerpo, entreteniéndome en su ombligo, hasta que volví a llegar a su boca.

Después de otro apasionado beso hizo un ademán de incorporarse al que yo respondí quedando de rodillas en la cama con sus piernas a mi costado. Entonces procedió a desnudarme, apartándome las manos de mi ropa cuando trataba de ayudarle.

Cuando al fin estábamos los dos desnudos quedamos frente a frente de rodillas. Me abrazó tiernamente mientras yo recorría con mis manos su espalda y ese culito maravilloso.

Se soltó y agacho su cuerpo hasta llegar con su boquita a mi pene que estaba ya enrojecido. Empezó a acariciarlo con sus labios con una suavidad y maestría infinitas, mientras yo gozaba del espectáculo de su culo, que empecé nuevamente a tocar, haciendo entrar mis dedos por su raja hasta que encontré su ano. Cuando llegué hasta el, dio un gemido ahogado a causa de lo que tenia enterrado en su boca. Lo voltee dejándolo bocabajo e inmediatamente acerque mi lengua a su hoyito.

A cada lametón se arqueaba y movía las caderas levantándolas, por lo que incluso se la introducía. Yo ya no podía más. Tenia que ser mío. Me recosté sobre él, dejando la punta de mi verga en la entrada de su ano.

Suavemente le hable al oído:

-Quiero poseerte.
-Hazme lo que quieras, pero ve despacio. Soy virgen.
-Tranquilo. Todo irá bien.

Arquee mi cintura y ayudándome con la mano, puse mi pene en la entrada. Cuando hice un poco de presión, se quejo levemente.

-Si no quieres lo dejamos. No quiero hacerte daño.-dije
-No sigue. Es que duele, pero no importa. Tu sigue. Quiero ser tuyo.

Volví a situarme, y haciendo un poco mas de fuerza sentí como mi glande se habría paso con dificultad. Él emitió un gritito, pero yo ya no podía mas y empecé a empujar. Comenzó a decir entrecortados hays de dolor, lo que me hizo frenar en seco y retirarme. Miré su ano que palpitaba. El giró la cabeza y mirándome sobre el hombro preguntó:

-¿Qué te pasa?

Durante unos instantes no supe que contestar, pero mi expresión y las lagrimas que corrían por mis mejillas debieron parecerle suficientemente esclarecedoras. El recuerdo de aquella persona con quien por ultima vez hice el amor, me desbarató por completo. Se dio la vuelta e incorporándose hasta quedar de rodillas en la cama, me abrazó apoyando mi cabeza contra su pecho. Mientras me acariciaba el cabello, decía suavemente:

-Shhhh, tranquilo. Esta bien.

Nos tumbamos en la cama abrazados. No era un abrazo lujurioso. Era tierno y tranquilizador.

A la mañana siguiente desperté solo. Salté de la cama y busque desesperadamente por todo el apartamento.

Toni no estaba. Se había marchado. Ni tan siquiera había dejado una nota. Vi mi cartera sobre la mesa y observe que faltaba algo de dinero en ella.

Me maldije una y otra vez por lo que había sucedido. Lo había perdido. Quizás se asusto, pero estaba seguro de que el también lo deseaba. A lo mejor mi reacción en la cama le disgustó.

Paseaba de arriba abajo por el salón como un león enjaulado, consumiendo un cigarrillo tras otro. A veces tenia el impulso de salir corriendo a buscarle, pero me detenía resignándome a no volver a verlo.

De pronto oí la puerta. Salí corriendo al pasillo y ahí estaba. Con una sonrisa de oreja a oreja me dijo, mientras alzaba un par de bolsas que llevaba en las manos:

-He ido al súper. No había de nada. Te he cogido algo de dinero de la cartera. Espero que no te importe.

Caminé hasta el, abrazándole lo mas fuerte que pude.

-Creí que te había perdido. Creí que te habías ido.
-¿Irme? ¿a dónde? ¿Dónde voy a estar mejor que con la persona que amo?

Le besé suavemente mientras el entornaba sus ojos. Al separarnos, con esa maravillosa sonrisa suya dijo:

-Nunca te dejare. A partir de ahora yo cuidaré de ti.

Y así ha sido desde entonces.

Tarde bastante tiempo en confesar a mi familia esta situación. No sin cierta dificultad, aceptaron a Toni como uno mas y es muy querido por todos.

Por nuestra parte, vivimos en Zahara como una pareja mas.

Yo continuo con mi trabajo, que nos permite vivir desahogadamente y el ha vuelto a estudiar gracias a mi insistencia, ya que no quería que se limitase a las labores de la casa, que era su intención.

Somos felices y tenemos una relación completa, apasionada y sincera.

Ahora solo esperamos que las leyes nos permitan algún día casarnos y tener un hijo, que es lo que mas deseamos.

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