Mi amigo gay

Antes de empezar a contar mi historia, he de decir que siempre he sido y aún soy heterosexual, nunca me ha atraído ningún chico y ni tan siquiera he pensado “qué guapo es”. Por otra parte, la historia es totalmente verídica pues en caso de habérmela inventado, la protagonista sería una mujer, pueden estar seguros.

Todo comenzó un sábado cualquiera de cualquier mes, en el que, como cualquier otro joven de veinte años, me disponía a salir con mis colegas de siempre al centro del pueblo, donde hay una serie de antros en los que escuchar música y beber como cosacos. Eso mismo fue lo que hicimos mis colegas y yo, beber sin parar. Éramos diez personas en total, que paso a detallar a continuación: María y Luís (pareja de esas que llevan juntos desde los quince añitos), Roberto (típico ligón de cualquier grupo, siempre al acecho de las niñas lindas), Mario (listo pero callado y reservado), Sergio y Nuria (Nuria… siempre he estado enamorado de ella, y Sergio, su actual novio… ¡pero es que hasta es majo el chavo!), Fernando (gay de esos con ramalazo, aunque también un gran amigo y vecino desde niño), Javier (mi mejor amigo), Sheila (una buena amiga, era de esas capaz de aprovecharse de los hombres gracias a su atractivo físico y curvas perfectas) y yo (hetero convencido, aunque en mala racha).

¿Por donde iba? Sí, ya recuerdo, todos estábamos bebiendo, cada vez disertábamos y reíamos con mayor frecuencia (aunque con peor pronunciación, como se pueden imaginar). A las dos de la madrugada, como de costumbre, María y Luís deciden irse, aburridos y con dolor de cabeza debido al volumen de la música (sí, siempre han sido el alma del grupo…), pero el resto seguimos por ahí bailando, charlando y copeando (dícese de beber copas, es decir, cubatas). Es entonces cuando a las tres de la mañana Sheila encuentra un “man” que la va a satisfacer durante la noche, “mejor para ella” pensamos los demás, Sergio y Nuria se marchan en el Ford Fiesta del primero y Mario les pide que le lleven a casa. Así pues, tan sólo quedamos cuatro, Fernando, Roberto, Javier y el “moi”. Después de un buen rato, la fiesta empieza a acabarse y el mundo empieza a dar vueltas alrededor de tu cabeza, es cuando decidimos que es hora de volver, la noche ha terminado, o eso creía yo.

Tras más de media hora caminando, Javier primero y Roberto después, se separaron de Fernando y de mí, que nos dirigíamos al mismo bloque, pues como ya he dicho, somos vecinos. Como siempre, por el camino, Fernando me decía cosas mitad broma mitad serias, como “si no fueses hetero te comería todo” o “si no fueses mi amigo te violaría en este momento”. El caso es que llegamos al portal, y aquí ocurrió lo que hizo que esa noche fuera especial (no sé si para bien o para mal), nada más llegar frente a la puerta me agaché y vomité… sí, eché lo que llevaba en el estómago. Yo ya había llegado muchísimas veces borracho a casa, hasta el punto de que mis padres habían amenazado con echarme de casa, y Fernando lo sabía. Por esto, Fernando me ofreció quedarme a dormir en su casa, pues sus padres no estaban y evitaría la bronca de mis “viejos”. Así lo hice. Cuando subimos a su piso tuve que correr hacia el urinario para no manchar el suelo de vómito. Debido a esto, mi amigo se quedó un rato más hablando conmigo en el sillón, esperando a que se me pasase. Como estaba muy manchado, me quité la ropa que llevaba, quedándome en boxers. De esa manera, nos quedamos dormidos en el sofá. Sin embargo, Fernado no tardó en despertarse, y al hacerlo, notó que su mano estaba sobre mis calzones, sintiendo mi miembro erecto. El caso es que Fernando la quitó, pero como la carne es débil, cedió a las lujuriosas ideas que le vienen a uno a la mente (más cuando ha bebido) y comenzó a masajear mi aparato, todavía con el calzoncillo puesto, Fue ahí cuando desperté de mis sueños, aunque dios sabe por qué, seguí haciendo como que dormía, y así actuando, cogí la mano de mi amigo y la apreté contra mi torso, deslizándola lentamente hacia abajo, hasta que la introduje bajo mis boxers. En ese momento, fruto de mi estado de borrachera, abrí los ojos lentamente y lancé una sonrisa a mi compañero.

Cuando reaccionó tras la sorpresa inicial lo hizo con determinación, sacó mi erecto pene de los calzoncillos y siguió masajeándolo, al tiempo que inclinó su cabeza hasta tocar esa parte viril de mi cuerpo con su húmeda lengua. Poco a poco, con dulzura, mi miembro se fue metiendo en su boca, una, dos… muchas veces. Hasta que instantes después pude sentir, embriagado por el placer, como descargaba el líquido caliente en su boca. Acto seguido, Fernando se incorporó y me miró, acarició mi rostro y me besó en los labios, yo le seguía en lo que él hacía, mientras nos morreábamos, su saliva y mi semen salían de su boca hacia la mía, mezclándose allí con mi propia saliva, creando un dulcísimo manjar que ninguno de los dos dudó en tragarse. Todo continuó, caricias, besos, su pecho depilado era ahora el foco de mi atención, lo lamía, le mordí un pezón, y seguí deslizando mi lengua por su torso en dirección sur, hacia su aparato. Por fin llegué, me costó más desabrochar el cinto y el botón de los vaqueros de lo que me había costado hacerlo con la camisa, pero mientras tanto, mis nalgas eran toqueteadas por un jubiloso Fernando. Así, logré tocar su pene, estaba erecto, un poco húmedo, pero era grande, no demasiado, pero sí un poco más que el mío (diecisiete centímetros, me confesó después). Al verlo dudé, pero una mano de mi amiguete sobre mi cabeza disipó las dudas y empecé a chuparle la polla, trataba de esforzarme, y recordaba como me gustaba que me la lamieran a mí, así como las películas X que había visto.

Combinaba lametones desde la punta hasta los testículos con introducciones rápidas del pene en mi boca, así como ciertas introducciones lentas pero completas del miembro de mi amigo, en algunos momentos creía que no me cabría, incluso tocaba mi campanilla produciendo una sensación similar a la que horas antes había tenido instantes antes de vomitar, pero la excitación me hacía seguir adelante. Por fin, el líquido blanquecino salió de su manguera a la vez que un gemido salía de la boca de mi amigo, sin decir nada, engullí todo lo que salió. De nuevo, besos y caricias.

Al momento, volví a sentir las manos de Fernando sobre mi culo e instintivamente, sin dejar de acariciarle y besarle en el cuello y los labios, me senté sobre él de lado, tal y como se sientan los niños en navidad sobre las rodillas de los Reyes Magos o Papa Noel cuando van a pedirle los regalos, y le susurré al oído, “no te cortes”, su pene estaba aún erecto y gordito, aunque también es cierto que bastante lubricado por mi mamada anterior, el caso es que ni nos acordamos de usar lubricante. Me puse mirando hacia delante, puse los pies en el suelo y las manos sobre el mueble de la televisión, él se puso de pié y comenzó con la penetración. Fue mi primera vez (y última, no por no gustarme, sino por mi condición sexual) y en el primer intento sentí muchísimo dolor, tal que un grito desgarrado salió de mi boca, al segundo intento continuó el dolor, el tercero fue igual, estuve a punto de decirle que parara, pero su voz me tranquilizó “espera que ya casi está, una vez abierto el placer es…” no siguió, pues un gemido de mi boca le hizo saber que por fin había introducido el pene en mi agujero anal.

Tenía razón, una vez hubo entrado, aunque seguía doliendo, el continuo masaje caliente que ejercía su miembro sobre el interior de mi ano me hizo experimentar un placer que nunca antes habría podido imaginar… así seguimos un rato, incluso volvió a sentarse, poniéndome a mí sobre sus piernas y haciéndome botar cual jinete sobre su caballo, hasta que finalmente, se corrió en mi agujero y sentí como el calor del semen bañaba todo el interior de mi colon, produciéndome una sensación indescriptible. “¿Qué tal? Ahora te toca, que yo también quiero…” Dicho y hecho. Fernando se puso a cuatro patas mientras yo guiaba el miembro hacia su ano, no acerté con el hueco a la primera ni a la segunda, pero a la tercera fue la vencida, con un poco de esfuerzo introduje mi pene en la abertura y repetí lo que él me había hecho momentos antes, volví a correrme. Siguieron los besos y caricias, volvimos a pajearnos, pero finalmente el sueño hizo acto de aparición y nos sumimos en un profundo sueño.

Cuatro horas después, ya de día, desperté sobre su pecho y recordé todo. Inmediatamente, incrédulo, me fui a la bañera, necesitaba despejarme pues no podía creer lo que había hecho. Mientras me duchaba, Fernando irrumpió en el baño y trató de meterse a la ducha conmigo, sin embargo, mi respuesta le disuadió de hacerlo: “No soy gay, no quiero que se sepa ni que ocurra más, ¿vale?”. Ahí fue donde Fernando me demostró su amistad, no insistió y jamás lo ha contado, aunque en varias ocasiones me ha reiterado que si decido volver a hacerlo con un chico que le llame. No creo que eso suceda más, aunque a decir verdad el placer fue mayúsculo…

Bueno, aquí termina mi historia que espero poder ver pronto en vuestra página web si os gusta. Para cualquier comentario dirigíos a alex47058@hotmail.com

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