El placer de las sensaciones encontradas

Mi día de trabajo hoy ha sido bastante complicado, por no decir hilarante. El dolor de mi culo maltratado me ha traído a la memoria en forma recurrente la velada de la noche anterior, reviviendo momentos de placer extremo, con una consecuencia que no he podido evitar: he “sufrido” una erección casi permanente, la cual a duras penas he podido disimular ante mis compañeros de oficina.

Ayer. Domingo.  En la tarde. Mi novia no está en la ciudad y no tengo programa. Para pasar el rato decido prender el computador y entrar en un chat. Voy directo a la sala Bisex. Mi objetivo: conversar un rato, protegido por el anonimato de la red, con alguien parecido a mi y compartir nuestras experiencias.

Encontré un nick-name con el gentilicio de mi ciudad, así que le envié un mensaje privado e iniciamos una agradable charla. Teníamos muchas cosas en común: ser bisexuales, profesionales, recién graduados de la universidad, amantes del cine europeo y la lectura; nuestra parte homosexual era de closet y por lo mismo, nuestro sexo gay solía ser discreto y sobre la base de encuentros ocasionales en otras ciudades y con desconocidos. Buenos deportistas, él ciclista, yo nadador. El, Diego; yo, Ernesto. Vivíamos con nuestros padres, en el mismo sector de la ciudad.

La conversación fluyó de una manera natural; nos confesamos nuestros gustos y nuestros temores; nos sentimos solidarios al ritmo de burlas y chistes a costa del otro. No quisimos ver nuestras imágenes, pero nos describimos mutuamente, por fuera y por dentro. Fui sincero en todo y percibí que él también lo era.

Al cabo de una hora, cuando ya nos sentíamos almas gemelas y conocidos de toda la vida, Diego propuso que nos viéramos enseguida para tomar una cerveza; quizás, dijo, podríamos entablar una buena amistad. Con mucho temor, terminé aceptando y socarronamente le agregué que llevara preservativos, porque si nos agradábamos, esa misma noche estaría conmigo en el paraíso (después de clavarlo, por supuesto). Jajaja, respondió.

Quedamos de encontrarnos en una estación del metro. Mientras caminaba hacia allá, el corazón me latía con fuerza: ¡Ernesto, me decía, qué locura estás cometiendo! Nunca te has arriesgado en tu misma ciudad. Y ahora, no sabés con quien te vas a encontrar; podría ser alguien que te conoce, te estás exponiendo mucho. Me invadía, entonces, un miedo atroz.

Pero, por otro lado, sentía el hormigueo en la sangre que produce la emoción de la aventura. También me excitaba pensar cómo sería el chico: en mi imaginación lo había creado muy atractivo. La calidez de la brisa del momento contribuía a querer exponer la piel a más caricias.

Esos sentimientos encontrados hacían que la cabeza estuviera a punto de estallarme.

Empezaba a oscurecer cuando llegue a la estación del metro. Lo que vi coincidía con lo que Diego me había descrito y era tan bueno como mi mejor sueño: un chico muy alto, 1,85, un poco más que yo, 1,81; desgarbado y casual; el cabello muy negro, ensortijado, algo largo y en desorden. Piel blanca. Ojos oscuros y grandes. Brazos fuertes. Muy masculino y sexy, tanto más cuando se veía nervioso y desvalido, pues como perdido  que está buscando a alguien entre la gente.

– Diego?, pregunté.

– Ernesto?, contestó repreguntando.

Me miró y como una saeta de cupido me penetró entonces con la más hermosa sonrisa que podría existir, mostrándome unos dientes perfectos, blancos y parejos.

Pareció que lo vió le gustó. Otro macho, joven, alto, delgado y fuerte, con ojos verdes, piel bronceada y cabello castaño muy claro, lacio y corto. Ese era yo.

Nos estrechamos la mano con fuerza, transmitiéndonos y descargando toda la tensión acumulada.
Caminamos, entonces, lentamente, hacia una taberna cercana. Ambos seguíamos nerviosos.

Aquel hombre me estaba enloqueciendo de deseo.  Lo miraba de reojo y definitivamente no podía ser más hermoso. Imaginaba cómo se vería desnudo, cómo sería su verga y pensaba cuan cerca estaba el que yo pudiera revolcarme en ese cuerpo. Sus labios carnosos ya los veía fundidos con los míos.

Sentía la boca pastosa y la respiración se me entrecortaba. Apenas sí podía tragar la saliva. Los testículos me urgían y gritaban que querían descargarse en él…..

– Te gusta este sitio para tomar algo?, me dijo.

–   Me gustaría más ir directamente a la cama contigo, sin pasar por el preámbulo de las cervezas, le dije.

Me miró entonces con sus grandes ojos llenos de asombro. Parecía que no encontraba qué responder y sólo balbuceó quedamente que estaba de acuerdo, bajó la mirada y sonrió como para sus adentros (pensé que por timidez, pero luego me confesó que en ese momento estaba ardiendo por mí y experimentaba ya una erección que no daba espera).

Sus padres no estaban en la ciudad, así que me invitó a su casa, cerca de allí. Agradecí su confianza al hacerlo. Caminábamos con mal disimulada velocidad.

Ya dentro de la casa, nos acariciamos y besamos apresurada y torpemente. Era evidente que por más que tratábamos de mostrarnos calmados, ninguno de los dos había podido controlar su nerviosmo.
–  Tenemos que relajarnos. Te parece si tomamos juntos una ducha tibia?, propuso Diego entonces.

Nos desvestimos lentamente, uno al frente del otro. Diego se quitaba la camisa, yo hacía lo mismo. Se bajaba los pantalones, me bajaba los míos.

Cuando estuvimos completamente desnudos, nos inspeccionamos en silencio, de arriba a abajo, de abajo a arriba. Admirados, nos deteníamos cada uno en la magnífica erección del otro.

Diego estaba parado sobre dos largas y fuertes piernas, con vello abundante, negro y grueso. Su pene, inmenso y magnífico (si me penetra, me mata, pensé; le diré que sólo soy activo), rodeado por un apretado pelambre oscuro; no dejaba duda que era un arma potente.

El resto del tronco, incluidas las nargas, era lampiño. Fuerte, su pecho era ancho y plano; sus tetillas oscuras se destacaban especialmente. Brazos largos y fuertes. Era la estampa de un modelo de pasarela.

El rostro era hermoso; dulce, pero muy masculino. Ojos negros penetrantes, nariz afilada y pulida, labios en extremo deseables. Barba cerrada, de dos días.

Mi apariencia no era menos apetecible. Cuerpo de nadador, con espalda ancha, pectorales destacados, cintura y cadera estrechas, nalgas redondas y piernas bien formadas. Un poco de vello claro, delgado  y corto en la parte superior del torso y las piernas. Entre estas, una verga recta, rosada y especialmente cabezona. Mi rostro es de facciones pulidas, dominado por unos ojos verdes.

La admiración mutua que se despertó fue evidente y ambos sonreimos complacidos imaginando lo que ibamos a hacer con lo que estábamos viendo.

– HIJO-DE-PUTA, qué bueno estás! rugió Diego desde lo más profundo de su ser.

– Pues vos me gustás más, gran huevón! fue mi réplica instantánea.

Aquella repentina y espontánea explosión terminó por romper el hielo. Cada uno puso su brazo sobre el hombro del otro y entramos entre risas a la ducha.

El rito del sexo no se podía dilatar más y se inició de inmediato. Nos besamos con largueza, mientras el agua nos acariciaba y ponía, si acaso se podía, más sensible la piel. Nos devorámos el cuello, las orejas, el pecho; mordíamos las tetillas, las nalgas, el escroto; atesorábamos con las manos la cara, los genitales, las piernas.

Aunque estábamos urgidos, todo era lento, con deleite extremo; no podíamos despegarnos y supimos entonces que allí, bajo el agua, íbamos a consumar nuestro primer orgasmo.

Enjabonamos los cuerpos y mientras nos besábamos con ansia, nos movíamos como un reptil, cada uno contra el otro.

Después, en forma alternativa, nos arrodillábamos en actitud de adoración ante el falo magnífico que se nos ofrecía enfrente y cual piadosos comulgantes, lo envolvíamos en la lengua y pretendíamos tragarlo; los labios son testigos de todo cuanto hicimos por enloquecerlo. El vello del pubis, alisado por el agua, y los testículos también participaban de lleno en el juego.

Mientras tanto, las manos palpaban y se deslizaban por el otro cuerpo, gozándose los músculos, duros y bien formados, que alcanzaban: pantorillas, muslos, nalgas, costado, pecho, bíceps, tríceps. Cuando las cuatro manos se encontraban, se fundían con fuerza de machos, en lucha de titanes.

Aquello era delicioso. Era un baile en el cual ambos estábamos completamente acompasados. Aunque ambos podíamos ser versátiles, preferíamos no actuar de pasivos. Pero en aquella ocasión ambos ardíamos porque nuestro culo fuera transpasado por ese puñal que no podíamos dejar de admirar.

Yo ya le había dicho, al principio, que no esperara penetrarme. Pero, ahora, fuí el primero que pedí que me clavara su estaca.

– Vos sabés el tamaño de lo que tenés, así, que por favor, hacelo con suavidad, agregué implorante.

El sonrió, se arrodilló detrás mío y empujó mi espalda hacia adelante. Inició entonces, el más delicioso juego con el ojete, besándolo, chupándolo, sorbiéndolo. El agua, que recorría la espalda,  llegaba hasta allá, acariciándome como una lengua tibia. Yo estaba como paralizado, apoyando las manos en el muro para no desplomarme de placer.

Luego, vino el proceso preparación del esfínter y utilizando el jabón como lubricante empezó el tanteo adentro, con uno, luego con dos y finalmente con tres dedos. Yo no podía esperar más.

– Entrá ya, de una vez, exigí con voz queda.

Sentí que me besaba las nalgas y la espalda, se estaba incorporando. Sin dejar que yo cambiara de posición, me sujetó con fuerza por la caderas, hizo que estas no recibieran más agua, me embadurnó de nuevo con jabon y empecé a sentir la presión de su verga pugnando por entrar en mi culo. Estaba dura, como una piedra, pero a la vez se sentía cálida y suave al tacto. Empujaba en forma lenta, dándole tiempo a los tejidos del enfínter para adaptarse.

No importó todo su cuidado. Aquella polla era enorme y sentía un dolor inmenso que me llegaba hasta el alma. Pero también la deseaba adentro, más adentro, quería sentirla en lo más profundo de mis entrañas. Con los ojos cerrados y concentrado en lo que sucedía en mi culo, sufría y disfrutaba todo aquello. Nuevamente, sensaciones encontradas me llenaban de placer.

Cuando Diego estuvo completamente adentro de mi, inició un movimiento corto con ritmo lento, apoyó su tronco sobre mi espalda y mientras con una mano me sujetaba para controlar sus movimientos, con la otra me masturbaba, también en forma acompasada y lenta.

No demoró mucho en llegar y cuando lo hizo, la tensión que vivieron todos sus músculos, apretados contra mi, me llenó de especial excitación.

Durante un momento dejó todo el peso de su cuerpo sobre mi; sonreí: me sentía como el valiente soldado griego que carga el cuerpo de su amigo herido en combate. Luego, se dejó caer de rodillas, apoyó los brazos en el piso y colocó la cabeza sobre ellos, ofrecéndome el ano.

– Clavame, que me muero por tenerte a vos también adentro, expresó con la voz todavía entrecortada.

Todo el placer que me acabada de dar, me generaba una especie de deuda de gratitud con Diego; este era el momento de saldarla. Así que me propuse a devolverle tanto o más de lo que había recibido. Creo que culo alguno recibió nunca tantos mimos como el de Diego por parte mía. Después de lamerlo y besarlo, lo masajee con los labios de la misma manera como suelo hacerlo con los clítoris; el resultado pareció ser similar, a juzgar por los gemidos que le arranqué a Diego.

La preparación de su ano para la penetración la hice también de manera juiciosa, para evitar hacerle mucho daño, pues mi cabeza es incluso algo más gruesa que la de él.

Quería tenerlo en la misma posición que él me tuvo, así que lo tomé por la cadera y lo hice ponerse de pie y agacharse, para clavársela de esa manera. Nunca había sentido un culo tan rico apretando mi verga. Incluso, tuve que detenerme una vez entré del todo, para no venirme de inmediato.

Durante unos instantes sólo me dediqué a acariciar y besar su fuerte espalda, poner mis brazos sobre sus brazos y que nuestros músculos se sintieran mutuamente. En algún momento, Diego pasó una de sus manos por debajo suyo, alcanzó y amasó cariñosamente mis testículos.

Finalmente, volví a ponerme en movimiento y ya no paré hasta derramarme en un largo y delicioso orgasmo…….

Cuando resucité y salí, Diego se dió vuelta y nos enlazamos en un fuerte abrazo, mientras nos besábamos con infinita dulzura. Aquel largo beso decía más que las palabras y expresaba nuestra mutua gratitud por lo que habíamos recibido.

El agua tibia no había cesado de correr sobre nosotros durante todo ese tiempo y se había comportado como un cómplice efectivo en proporcionar caricias.

Mientras nos secábamos el cuerpo, nos lanzábamos miradas sonrientes de complicidad, a la vez volvíamos a admirar nuestras humanidades, ya  en reposo. Los penes lucían ahora engañosamente inofensivos y el resto de los músculos, relajados, mostraban contornos más suaves.

Envueltos en sendas toallas, enrolladas a la cintura, pasamos al cuarto de Diego. Iniciamos una conversación sobre los sentimientos que habíamos experimentado antes de encontrarnos, después al vernos por primera vez, cuando propuse que nos fueramos directo a la cama, cuando nos vimos desnudos. Nuevamente la sensación de compenetración fue tan grande, que en cinco minutos las dos toallas se estaban elevando con una nueva y poderosa erección.

No hubo necesidad de decir algo, al tiempo nos arrancamos las toallas y nos lanzamos sobre la cama con un frenesí sin límites.

Saltábamos de estar cara a cara al 69. En esta posición, nos desesperábamos por no poder meter al tiempo en la boca el glande y los testículos. Finalmente, los lamimos y chupamos de todas las maneras que podíamos hacerlo.

Nos sentábamos frente a frente, uniendo las vergas y masturbándolos al tiempo a cuatro manos. Nos acostábamos de lado con las piernas fuertemente enlazadas, frotándolas entre sí, besándonos en la boca  y acariciándonos  el torso y la espalda con las manos, como con desesperación.

Hubo mordiscos, arañábamos las nalgas, pellizcábanos las tetillas con las yemas de los dedos sin compasión alguna (todavía hoy me arden). Para besar la boca del otro no tomábamos la cara con dulzura, sino que lo asíamos con fuerza del pelo.

Todo esto lo hacíamos aceleradamente, pasando de una posición a otra como si tuviéramos un tiempo límite en el cual tendríamos que tener agotadas todas las posibilidades sexuales entre dos hombres.  Aquello era un combate cuerpo a cuerpo, una orgía de músculos del macho de la especie humana. No había compasión, ninguno quería compasión.

No hablábamos, apenas jadeábamos. Parcialmente nos podíamos ver en un espejo. Así, entrelazados, sudorosos y tensos, lucíamos magníficos y aquello nos excitaba y enardecía más aún.

En un momento dado, Diego me empujó con fuerza para que cayera boca arriba sobre la cama, se sentó sobre mi y tomando con su mano mi verga, el cual estaba dura e hinchada, a reventar, la introdujó de un golpe por su culo. Pareció ser un samurai haciéndose el harakiri. El grito de dolor que lanzó se debió escuchar a diez kilómetros a la redonda. Por mi parte, sentí tremendo corrientazo partiendo del pene.

A medida que se movía y veía lo que reflejaba su rosto, recordé lo que dice Hesse en “Narciso y Goldmundo” sobre la forma tan similar como se expresan la extrema sensación de dolor de un parto y el extremo placer de un orgasmo (la pasión por Hesse era otra cosa en común entre los dos).

Diego hacía pasar una y otra vez la cabeza enorme de mi pene por su ojete, mientras yo lo masturbaba con movimientos muy lentos. Hubo un momento en que se sintió realmente agotado y fue mi turno.

No podía creerlo, que estuviera tan ansioso por experimentar el mismo nivel de dolor que acababa de observar. Acaso me había vuelto sado masoquista? Definitivamente estaba siendo una velada para descubrir las sensaciones contrarias como la mayor experiencia de placer.

Humedecí con la boca el pene de Diego y, tal como él lo hizo, me lo clave en el culo de un solo golpe. No grité, pero una lágrima furtiva rodó por mis mejillas.

A medida que me movía, el dolor fue tan intenso que un temblor espasmódico me empezó a recorrer el cuerpo. Hacía pasar lentamente la cabeza por mi ano, adelante y atrás, para que la sensación se mantuviera. Sentía que me ahogaba y la cabeza me silvaba.

No entendí entonces por qué, ni aún lo entiendo, pero, aquello lo estaba disfrutando en grande!
Diego, quien había pasado unos minutos antes por lo mismo, entendía lo que yo sentía en aquel momento y sonreía solidario, mientras con las dos manos masajeaba mi verga, como si estuviera batiendo chocolate.

Sentí en ese momento el impulso besar esa boca sonriente y me abalancé sobre él. Besos y más besos, no nos cansábamos, dimos vueltas, caímos de la cama abrazados  y entre risas continuamos los besos en el piso.

Ya quería terminar, así que estando él boca arriba le levanté las piernas, las enlacé en mis brazos, las puse sobre mis hombros (me encantaba ese contacto con sus vellos ásperos) y lo penetré profundamente. El tomó mi mano y se llevó a la boca mi dedo anular, chupándolo con glotonería. Ahora mis movimientos eran rápidos y fuertes, sin consideración alguna hacia Diego. Sólo me detuve, cuando, entre estertores de placer, me volví a venir dentro del culo de mi hombre.

Ahora, era su momento para terminar. Me puso de rodillas, agachado; el estaba también de rodillas cuando me penetró, pero una vez lo hizo, levantó una de sus piernas para equilibrarse mejor, mientras con las manos en mi cintura me traía y llevaba con extrema brusquedad.

Nuevamente esa sensación extrema de dolor y placer. Me regocijaba sintiendo como sus testículos me golpeaban. Su largo falo, sentía, me estaba atravesando hasta la garganta. Otra vez me faltaba la respiración y la sangre se agolpaba en la cabeza. Cuando terminó, lanzó un rugido (definitivamente, Diego es más escandaloso que yo).

Estábamos exhaustos. Apenas podíamos respirar. Nuestros culos, abiertos, rojos y palpitantes, también estaban agotados. No dijimos nada, era evidente que necesitamos recuperarnos de aquello. Nos abrazamos, cada uno pensando en sus cosas; nos quedamos dormidos.

Me desperté media hora más tarde. Miraba a Diego dormir, era tan hermoso, parecía un guerrero pintado por Botticelli. Ese pensamiento me llenó nuevamente de deseo y mi verga se paró nuevamente. Justo en ese momento, mi adorado se despertó. Cuando fue conciente de mi estado, tomó mi mano y observé como rápidamente su asta se elevaba.

– Creo que ambos queremos seguir la juerga, pero los culos ya no aguantan más.

Se levantó y trajo un frasco de aceite para el cuerpo.

– La diversión ahora, continuó, será sólo por cuenta de las manos y la boca. Si antes no gritaste, ahora voy a hacer que lo hagás, agregó, mientras se empapaba las manos en aceite.

Tuvo razón. Grité, gemí y suplique que no más y volví a experimentar el placer y el dolor juntos en el tercero y cuarto, demorados, trabajados y sufridos, polvos de aquella noche.

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