Sebastián

Sigo sin tener noticias tuyas. Si lees esto, quiero que rememores lo que hemos pasado juntos y olvides el rencor con el que te fuiste por yo haber decidido no acompañarte en tu búsqueda de nuevos horizontes. Han pasado tantos meses y aún me duele tu ausencia. Tu lo sabes, soy bisexual y fuiste el primer macho que amé. Amor definido como ese sentimiento intenso de confusión de espíritus, no como sinónimo de practicar el sexo (aunque de eso……. también tuvimos bastante y muy
bueno, tal como lo recreo más adelante). Antes de ti me había enamorado en dos ocasiones, ambas de mujeres. En cuanto al sexo gay, tampoco fuiste mi primera vez; pero contigo la fornicación tuvo otra dimensión: fuiste el primer hombre a quien amé, con el corazón y con los huevos. Cuando te conocí, no debiste generarme impacto alguno, pues no recuerdo cómo
ni dónde fue. Debió haber sido en alguna de las reuniones de la oficina, cuando ambos iniciamos, casi simultáneamente, nuestra primera experiencia de trabajo después de terminar la universidad. Poco a poco me empecé a fijar en ti. No entiendo por qué razón no lo hice desde el principio: ¡eres tan apuesto!Déjame disfrutar el recuerdo de tu figura: alto, muy blanco, delgado, con cuerpo de atleta; cabello muy negro, barba cerrada. Tus ojos se destacan sobremanera, tanto por ser negros, grandes y enmarcados en largas pestañas, como por la forma como miran: dulcemente, con un dejo de melancolía. Para completar el cuadro, ese bigote pasado de moda que solías dejarte: tu estampa no era ni más ni menos que la de un atormentado poeta decimonónico. El que fueras un idealista y te gustaran tanto los versos te venía como algo
natural. En forma imperceptible empecé a sentir que necesitaba estar cerca de ti y a buscar espacios comunes. Fue así como terminé yendo al gimnasio a donde ibas, con la disculpa de no tener tiempo para nadar, mi deporte. Me enteré de tus horarios y rutinas y las hice mías; nada me hacía faltar a esas citas y cada tarde me llenaba de ansiedad al pensar en los minutos que restaban para verte de nuevo, ligerito de ropas.Allí siempre procuraba estar detrás de ti para poderte mirar de reojo. Mientras te veía correr en la banda de trote, no sabes cómo me extasiaban tus poderosas piernas y la forma como se definían en ella los gemelos. Yo era también el que se ofrecía a ayudarte con la barra, para poder sentir de cerca tu olor a macho y gozar de cerca la visión de tus bíceps y tríceps marcados y duros por el esfuerzo.La primera vez que te vi completamente desnudo en las duchas, tuve que terminar de vestirme apresuradamente, puesto que una erección me atacó de inmediato. No era para menos. Un pene circunciso, bien torneado y hermoso, salía de entre la mata de vellos muy negros que te cubría el pubis y la parte inferior del abdomen. El grado de excitación en el que me dejaste fue de tan magnitud, que al irme a la cama, recreándote desnudo en mi mente, imaginando que chupaba esa divina verga y que cabalgaba sobre ti con ella crecida dentro mi culo, me masturbé mientras hurgaba el ano con un dedo; lo repetí varias veces hasta que físicamente no pude más; solo así pude tranquilizarme y dormir. Todo ese nivel de deseo, unido a la afinidad intelectual y emocional que se iba gestando a través de nuestras conversaciones, hacía que mi amor por ti fuera en ascenso y que, como consecuencia, me urgiera poseerte y que me poseyeras. Pero como ambos nos comportábamos como heterosexuales exclusivos, no veía futuro a mi ilusión y tampoco me iba a atrever a intentar tu conquista y eventualmente recibir tu rechazo y abandono. La decisión era clara: me contentaría con estar cerca de mi amor platónico y sufriría en silencio la represión de mi deseo carnal. Con ese panorama y sin esperanzas de nada más que disfrutar tiempo a solas contigo para conversar y sentirte cerca, aproveché que debía viajar a una ciudad costera para invitarte a acompañarme y a pasar unos días en la playa; beberíamos y fornicaríamos con todas las chicas que se nos pusieran por delante, según definimos nuestro plan. ¿Lo recuerdas?

Pero en el camino algo pasó que lo cambió todo. Yo conducía, llevaba pantalón corto. Como siempre lo hacía, te observaba de reojo; de pronto, noté un bulto grande dentro de tu pantalón: tenías una erección. También a hurtadillas, pude detectar en que estabas concentrado y que era lo que la provocaba: ¡era yo! Me mirabas a mi: mis piernas, mis brazos y la zona del
pantalón en donde estaba mi sexo (lo confieso, también yo estoy muy bueno; soy deportista, así que tengo buen cuerpo, alto, rubio, bronceado, con ojos verdes y, además, buena onda). Creo que sobra precisar que inmediatamente a mi también se me paró (cuando recuerdo aquel momento y mientras escribo esto, me vuelve a suceder). Con lo
ojos te señale nuestros dos bultos y pregunté:

– ¿Sebastián, para qué pensás que nos estamos armando?

– Dejalo así, Ernesto -me respondiste- Ponele todos tus sentidos a la
carretera, que vas muy rápido. Ya casi llegamos y hablaremos entonces.

La respuesta pareció cortante y me heló la sangre. Sin embargo, en tu rostro había una sonrisa pícara que terminó por tranquilizarme en cierta forma, pero ponerme el corazón a mil en otra. Necesitaba llegar cuanto antes, mi deseo no daba espera. Cuando llegamos a la cabaña en donde nos íbamos a quedar, yo estaba tan tenso que no sabía por donde empezar, así que tu aprovechaste para lanzarme un largo discurso:

– Sí, soy gay y veo que vos también algún gusto tenés por ese lado. Hace rato que me atraés, pero no había intentado nada por el ambiente tan conservador de la empresa y porque realmente aprecio tu amistad y no quería verla comprometida si algo salía mal. Además, te confieso, me siento asfixiado por este ambiente, en donde, si deseo triunfar profesionalmente,
como quiero hacerlo, no puedo mostrarme abiertamente como gay; así que estoy planeando irme a otro lado, a una sociedad más abierta; esta es una razón más para no estar interesado en una relación seria. Tu perorata introductoria o declaración de principios, como quieras llamarla, siguió un rato más. Te miraba con expresión que parecería de asombro; así, pues, que, divertido, la terminaste en seco y me preguntaste:

– Bueno, y vos, qué. ¿Acaso no me querés besar?

Me lancé sobre tu boca. Y tu boca, húmeda y cálida, recibió mi boca, húmeda y cálida. Y juntas se hicieron una sola masa que no parecía que podría volver a separarse jamás. Fue un beso lento, largo, apretado, en el cual sólo nos apartábamos lo
estrictamente necesario para lograr que las ropas fueran saliendo, en forma pausada, pero sin detenernos, como en cámara lenta. No teníamos prisa. Allí, de pie, ya completamente desnudos, nos mirábamos y tocábamos con infinita dulzura. Confesamos con ternura el afecto mutuo que anidaba en nuestros pechos. No había prisa: estábamos plenos y teníamos tiempo. Así estuvimos un rato: de pie, cada uno acariciando el pene de su oponente con una mano y con la otra recorriendo la parte de su anatomía que alcanzaba, palpando con evidente placer los músculos más destacados. La cara, las orejas, el cuello, las tetillas, el resto del pecho, los hombros, la cintura, el abdomen, los brazos, todo, todo fue manoseado con lenta
glotonería. Sólo separábamos los ojos el uno del otro para volver a besarnos en forma inacabable; unas veces lo hacíamos con suavidad, sólo rozando los labios, otras con húmeda furia y pretendiendo que nuestras lenguas violaran la garganta del otro; frotábamos entonces mutuamente nuestras pelvis, de tal manera que sintiéramos las vergas entrelazadas, apretadas contra el abdomen. Luego, me aparté bruscamente de ti para admirar en perspectiva todo tu cuerpo y aquella magnífica erección que tenías. La gran similitud de nuestros penes me encantó: ambos muy derechos, grandes, de color rosa oscuro
y coronados con una enorme cabeza palpitante. Me sentí en la inmediata necesidad de rendirle mi humilde homenaje a tu
verga. Caí entonces de rodillas frente a ella y le inicié mi más sentida y muda declaración de amor. Besos, lametazos, chupadas; en glande, frenillo, tronco; aquello alcanzó también para los testículos. Tomé con gula en la punta de mi lengua el líquido lubricante que salía de ella y lo saboreé con evidente deleite. Las manos no las dejé quietas: exploraban tu pecho, abdomen, ombligo, escroto; jugaban con tus vellos, palpaban las nalgas. Un dedo, previamente humedecido con saliva, iniciaba también la exploración de tu ano. Con todo aquello, tu expresión de disfrute era evidente; te estremecías y
con los ojos entrecerrados tuviste que buscar apoyo en una pared para no desvanecerte, mientras con las dos manos acariciabas mi cabeza y jugabas con mi pelo. Finalmente, y en forma lenta, te dejaste deslizar por entre mis piernas,
hasta quedar completamente debajo de mi, yo de rodillas, prácticamente sentado en tu pecho; tu cabeza quedó a la altura de mi zona genital. Con una aparente total dominación por parte mía, sujeté mi verga con una mano y la introduje en tu boca. No olvido la forma como la saboreaste y succionaste: fue delicioso. Por momentos, pasabas a chupar mis huevos, a mordisquear mi escroto. Con un estremecimiento contenido al máximo, las yemas de los dedos de mi otra mano se paseaban por tu cara, rozando apenas los párpados, las cejas, las pestañas, las fosas nasales, las comisuras de una ocupada boca, los
lóbulos de las orejas. De improviso, me indicaste que me inclinara hacia delante; pensé que era para tener un mejor ángulo y poder llevar mi pene más adentro de tu boca. Pero no, lo que querías era poder alcanzar mi culo y, como fue entonces
evidente, empezar a preparar el conducto anal para lo que pretendías hacer enseguida. Así pues, que primero fue un dedo el que entró y jugueteó un rato (todo aquello sin liberar mi verga de tu boca), luego fueron dos y finalmente tres. El camino estaba listo. Entonces, te volviste a deslizar, esta vez hacia delante, hasta que ambos quedamos sentados frente uno al otro, yo sobre ti, con las rodillas flexionadas y apoyadas en el piso, abiertas y abrazando tu cadera. Con una mano guié tu verga para que penetrara mi culo. La sola sensación de saberte adentro de mi fue divina. Apenas sin movernos, nos dimos otro suave, eterno y sensual beso, mientras mi canal se terminaba de adaptar a tu tamaño. Empezamos a mecernos con un suave vaivén para no desacoplarnos, pues la penetración no alcanzaba a ser muy profunda, mientras nos mirábamos con toda
la carga del amor que estábamos consumando. Cuando tu expresión tomó un cariz suplicante, entendí que te urgía venirte, así que te empujé, de tal manera que quedaras acostado y yo, ahora en cuclillas sobre ti, pudiera cabalgarte, como en mis fantasías, con ritmo fuerte y penetración profunda.Estabas fuera de ti, lleno de placer. Con los dedos crispados te aferrabas a mi piel como queriéndola rasgar. Mis tetillas también fueron masajeadas con brusquedad. Un dedo hurgaba mi boca. De tu garganta salían ahogados quejidos. En el paroxismo final de tu derramada, pareciste más bien en trance de muerte y lanzaste, junto con tu semen, el grito ronco de quien está abandonando este mundo. Mientras te reponías, me tumbé sobre ti y te besé con dulzura. Me dijiste entonces, con voz entrecortada y jadeante:

– Delicioso, marica. Notaste lo acoplados que hemos estado; parecíamos bailando una coreografía que ya conocíamos de muchas veces de haberla practicado juntos. Ahora te toca a vos; te quiero sentir dentro de mi.

Lo último lo expresaste acompañado con un fuerte empujón para separarme de ti y poder alcanzar con tu mano mi verga. Al percibir que no había perdido la erección, sonreíste, te encogiste de lado y me indicaste con un ademán, señalando tu culo, que tenías prisa por sentir mi avance dentro ti. Me tendí entonces detrás, amoldándome a tu contorno y sujetándote
fuertemente por las caderas, empecé a penetrar lentamente, con toda la delicadeza que el más enamorado quiere tener con el objeto más preciado de su amor. Ardía por venirme, pero quería alargar aquel momento sublime, así que hice todo cuanto pude por demorarlo. Con las manos acariciaba todas las partes de tu cuerpo que alcanzaba. Tu, con una pasiva y plácida dejadez, me permitiste gozar a mis anchas. Para terminar, te giré de tal manera que quedaras boca arriba, me arrodille
enfrente tuyo y volviste a ofrecerme tu culo subiendo las piernas sobre mis hombros. Te penetré ahora con fuerza, aumentando y disminuyendo mi ritmo por momentos, para prolongar mi agonía. Con la explosión final, mi cuerpo entero
se sacudió como antes no lo había hecho. Sentí que ese orgasmo final dentro de ti había sido el momento más glorioso de mi vida.

Pero me equivoqué. Toda la intensidad física y emocional que alcanzó nuestra relación en los días siguientes es inenarrable. Hablamos mucho y desnudamos nuestras almas. Nos amamos y tuvimos sexo casi sin parar, durante el día y
la noche. Dormíamos abrazados y no era extraño que en la mitad de la madrugada alguno de los dos despertara al otro con la necesidad de poseerlo o de ser poseído.

En las mañanas trotábamos por la playa; yo, como siempre detrás de ti, para no perderme la vista de tus hermosas piernas. Jugábamos en el agua como un par de niños y como usualmente la playa estaba desierta, podíamos besarnos y acariciarnos a nuestras anchas. En una ocasión que nadábamos desnudos en el mar, sentimos como nunca la tibieza del agua acariciar nuestras partes más íntimas, provocando excitar más nuestros sentidos; terminamos consumando un angustioso 69, allí mismo, sobre la arena, pues era tal la urgencia, que no nos dio tiempo para llegar a la cabaña.

Recuerdo particularmente la noche en la cual ambos nos emborrachamos en una fogata en la playa con unos universitarios desconocidos que estaban también de paseo. Divertidos, entre extraños, nos coqueteamos todo el tiempo. Estábamos eufóricos y nuestro sexo al regresar a la cabaña también lo fue. Nos tratamos con alegre y jovial brutalidad. Por suerte era nuestra última noche allí, pues al día siguiente los culos de ambos estaban hinchados, rojos y nos ardían bastante.

El regreso a la realidad fue dramático, ya lo presentíamos. Las primeras semanas fueron de furtivo y permanente placer. Pero yo pretendía que nuestra relación permaneciera oculta, mientras que tu querías que saliéramos del clóset. La razón: tu eres homosexual exclusivo y tu relaciones con mujeres habían sido solo una tapadera, así que no comprendías mi isexualidad y mis escapadas heterosexuales. Al principio, esperabas que era sólo cuestión de tiempo que yo me diera cuenta que sólo alcanzaba la plenitud en el mundo gay.

Pero finalmente, no lo soportaste más, determinaste que ya era hora de irte a vivir a otro país más tolerante y me planteaste el ultimátum. Decidí no acompañarte y seguir con la línea de vida que ya me había trazado. Te marchaste furioso, sin despedirte. Lo único que he sabido de ti fue por un lacónico y desafiante mensaje electrónico que me enviaste unos meses más tarde, desde San Francisco, y en el que me decías: AQUÍ SÍ ENCONTRÉ AMOR VERDADERO, ABIERTO Y SINCERO. No sentí dolor, sino que esperé que fuera cierto y me alegré por ti. Sabes, me he vuelto a enamorar, esta vez de una mujer y estoy muy bien con ella, en todo sentido. Pero no te olvido: aunque también he tenido buen sexo homosexual en forma ocasional, aún tu presencia, tus besos, caricias, pene y ano me hacen falta, mucha falta.

Te cuento cual es la mayor ironía: mi novia guarda una foto tuya. La recuerdas, es la única juntos. Nos la tomaron los estudiantes de la fogata en la playa los días aquellos de nuestro desborde sexual; estamos en pantaloneta, yo sin camisa, tu con una camiseta ajustada. Créeme, lucimos magníficos: ambos con el cabello revuelto por el viento, bronceados, altos,
delgados y atléticos. Tu te ves relajado y plácido; yo estoy con una sonrisa abierta, que muestra lo feliz que era en ese momento. Ella, enamorada de mi, la conserva porque dice que esa foto captura toda la plenitud de mi belleza interior y exterior. Te la debo.

Si lees esto, por los buenos momentos, olvida tu rencor. Escríbeme, encontrémonos en secreto, como en los viejos tiempos. Yo te estaré esperando con los brazos abiertos, la verga parada y el culo dispuesto.

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