Con el puerco de mi jefe.

Miguel, mi esposo, había quedado sin trabajo y, con el pasar de los dias, semanas y meses, empezamos a vislumbrar, a corto plazo, problemas para cubrir las necesidades impostergables para la familia.
Sólo contábamos con mis ingresos, por un mar de trabajitos, precarios y en negro. Estábamos angustiados, en particular, por nuestros hijitos.
Un amigo de un amigo de mi esposo me ofreció un empleo,formal. Un puesto de secretaria, era muy apetecible, dadas las circuntancias, aunque el sueldo no era muy alto, pero muy superior a lo que recaudaba en mi deambular por el mencionado, mar de trabajitos. Además tenía el valor agregado de la cobertura por plan de salud.
Acepté, entusiasmada, sin sospechar, ni yo mi mi marido, que mala calaña era (es) Mauro.
Delante de testigos, empleados o clientes, se comportaba como pulcro, elegante y, hasta parecía, algo tímido.
En corto espacio de tiempo después de mi ingreso en la empresa, a solas conmigo, pasó de osadas apreciaciones sobre mi cuerpo, a intentar introducirse mañosamente en mi vida íntima para, obviamente, ganarse mi disposición.
Eligió la ostentación de su supuestas hombría y facilidad para pergeñar amoríos.
Rapidamente dejó de lado toda sensatez y tacto. No hacía más que hablar de sus conquistas, del hecho que intimaba, en promedio, hasta con tres mujeres distintas por semana, su esposa incluida. Llegó a ufanarse que no usaba nunca preservativos, y no haber provocado ningun embarazo, porque tenía perfecto control sobre su pistola: cuando tenía que “salpicar” lo hacía en el vientre, en el seno o en la boca de la chica.
Yo estaba siempre callada y pensaba “éste, con seguridad, cuenta boludeces al por mayor”. Temía ser despedida, si reaccionaba a su trato deshonesto. Eso si tenía la precaución de, a la hora de salida, irme puntualmente para no quedarme en la oficina, a solas con él y darle la chance de no sólo hablar, sino obrar.
Creía sentir antipatía y aversión hacia Mauro, cuyo mal deseaba.
Sin embargo, un día, luego de la enésima evocación de sus, supuestas, gestas amatorias:
-Laura ¡que lindos labios carnosos tenés!! ¡Seguro que sos una mamadora fantástica!!-
Me enceguecí y le di una violenta cachetada.
-¡Ahiii! ¿Te volviste loca?-
-¡Acabala, boludo!!- le dije fuera de mi.
-¡Tenés que tener respeto por mi! El hecho de que sea tu subordinada no te habilita a permitirte abusos. Si trabajar con vos, significa soportar todo esto, renuncio, ¡Yaaa!!-
Me miró con una sonrisita burlona:
-¡Entendí!! Te excito demasiado y, sabes, que tarde a temprano vas a aflojar. Si te querer ir para no cuernear a tu marido, vos decidís, pero me gustaría que te quedaras. Total, tarde o temprano, lo que debe suceder sucederá-
-¿Queeee?? ¡Estás de la nuca!! ¡Yo contigo, nuncaaa!! Las que levantas por la calle, por 1000 pesos, te dan bola. Yo no me vendo-
-Para que sepas las mujeres que me cojo, lo hacen gratis, no nececito pagar a ninguna-
-¡No te creo, sos sólo un falso fabulador!-
Recojí mi bolso y mi campera y me fuí.
No me atreví a mencionarle a Miguel lo ocurrido y menos aún que estaba decidida a renunciar al empleo, que tanto necesitábamos, por el momento. Tuve una pésima noche.
El día siguiente en la oficina me esforcé en mostrarme impasible y calma, pero Marcos, aprovechaba cualquier ocasión para hacerme guiños o señas con los ojos, boca y manos.
A última hora, me demoró con un pedido de último momento y quedamos solos. Me enfrentó y susurró:
-Veo que recapacitaste y viniste por más!-
-¿Que puta queres de mi? ¿Se puede saber?- le grité como una poseida.
-Sólo quiero que te dejes llevar. Sólo una vez. No lo sabrá nunca nadie, menos tu marido-
Me arrinconó contra una pared, él avanzando yo retrocediendo.
Lo atajé con las palmas de las manos en su pecho, pero no fui capaz de irme.
Recordé que, Miguel, me había dicho que demoraría en llegar a casa esa noche, tenía una entrevista, en un barrio alejado de nuestra casa.
Me dobló los brazos me abrazó, besó primero en el cuello luego en la boca.
Me soltó, retrocedió un paso, se bajó el cierre del pantalón y sacó una vergotota larga y gruesa.
Se evaporó mi supuesta adversión, lo único que supe hacer, es arrodillarme.
-¡Excelente, muy bueno! Metétela en la boca y chupala, dalee..-
Sin tomarla con las manos me llené la boca y, con alguna dificultad, visto que era larga y gruesa, comencé a mamársela.
Estaba encantada, sentía su olor, su dureza y sus ganas.
Mientras mamaba, expontaneamente, una mano se me fué dentro de la braguetta a manosearle las bolas, la otra, levantando la pollera, a mi bombacha, la aparté ligeramente y comencé a “dedear” con el dedo medio, el clítoris.
-¡Asíiii … muy bien! ¡Tocate mientras me la chupas como una diosaa!- mientras gemía se aflojó el cinto, se bajó los pantalones. Después de un buen rato, sacó mi mano de dentro del slip y la verga de mi boca, y se bajó el canzoncillo, maniobrando
para de dejar ambas prendas en el piso. Alcancé a darle una última lambeteada al glande. Me obligó a erguirme, levantó mi pollera, me sacó la bombacha y, levantándome de las nalgas, me llevó y sentó en el escritorio, y me abrió bien las piernas:
-¡Uhiiii … lo veo tesoro …. tu clitoris está hinchado como una pijita!!! … Ahora es mi turno- me hizo un guiño de ojos.
-Te prometo que no te vas a arrepentir-
Sin pudor, separé, al límite, mis piernas:
-¡Hacelo ya …. cogeme. Hacé de cuenta que no soy yo, cogeme –
Y era verdad, no era más yo, sino una perra en celo …
Me penetró sin gran dificultad, me pareció que se abría en dos la concha, pero estaba totalmente lubrificada y, su vergota, se introdujo dentro de mi, sin hacerme daño.
Me cogío por un tiempo indefinido: despues de cada empujón, quería muchos más, le manoteé el culo y tiraba hacia mi para inducirlo a meterla más, a desfondarme la vagina.
Gemía y gemía sin ningun recato.
-Ahorita te riego con leche-
Él comenzó a bombearme sin tregua y más rápido. Mi placer iba en aumento, crecía y crecía, me hacía temblar, por fin acabé.
-Te salpico toda ¿Queres mi leche?-
-¡Siii …acabá en mi concha, dejame la concha toda llena de esperma, ensuciame entera-
Fiel a sus relatos, Marcos, sacó su pijota, con apenas el tiempo para eyacular y salpicarme concha, piernas y aledaños, con chorros de semen caliente. Me nsució toda.
Fue una rapidita maravillosa, una de las cogidas más gratificantes de mi vida.
Me besó en los labios y me dijo que quando quiesese podía divertirme con él sin recelo, discreción garantida.
Me repuse de los temblores y enajenación del orgasmo, me limpié el semen con pañuelitos de papel, me puse la bombacha y salí disparada hacia casa.
Luego de esa tarde-noche no pasó más nada.
No niego que, más de una vez, estuve tentada a quedarme fuera de hora, para que él me sentara en su ecritorio y me cogiera, intensamente, de nuevo.
Por fin, Miguel, consiguió reinsertarse en el mercado laboral, con muy buena remuneración y cobertura de salud para todos nosotros.
Yo renuncié a la empresa y me liberé del contradictorio estado de ánimo: compartir horas con el puerco de mi jefe y, simultaneamente, desear que me cogiera.

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