Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Mis continuas batallas con mi vecino quinceañero

Era un soleado día de primavera. Yo estaba tomado el sol desnuda en mi patio trasero. Es algo que me encanta porque se que eso le pone a cien a Brian, el desvergonzado hijo adolescente de mi vecino. Aquel día estaba de muy buen humor, esperando que el muchacho asomase la nariz para poder desafiarle otra vez a un combate de lucha libre. Ya habíamos luchado dos veces antes, venciéndole yo en ambas ocasiones. Por supuesto, siendo yo una mujer adulta de 22 años con unas espléndidas delanteras de talla 34-EE, había aprovechado ambas ocasiones para asfixiarle con mis tetas antes de sentarme sobre su cara, hasta conseguir en ambos casos una gloriosa serie de orgasmos en cadena, uno tras otro y otro y luego otro mas.

Mis deseos se convirtieron en realidad cuando vi que Brian se descolgaba del roble de su finca para aterrizar en el césped de mi jardín. Ese viejo roble era la única atalaya desde que la que un extraño podía espiar lo que sucedía en mi patio trasero y en los patios traseros de otras cinco o seis residencias de la urbanización en la que vivíamos. El pequeño sinvergüenza de Brian llevaba años trepando a las ramas de aquel árbol. Desde allí, podía divertirse espiando sin ser visto a casi todos su vecinos. Así había sido como todo comenzó, cuando aquel lunes prodigioso aterrizó de golpe en mi piscina, con los pantalones bajados y el miembro viril en la mano. Había estado pajeándose mientras me espiaba y al hacer esto se distrajo lo suficiente como para perder el equilibrio y caerse. Yo por mi parte llevaba un rato acariciándome el conejito, pero la súbdita aparición de un intruso me detuvo justo en el momento en que estaba a punto de correrme. Furiosa por tan inoportuna interrupción, alcancé a Brian justo cuando lograba salir de la piscina y tras un breve pero violento forcejeo le di su primera lección en el delicado arte de besar como es debida la entrepierna de una dama.

Creí que no volvería a verle, ¡así que imaginad mi sorpresa cuando al día siguiente regresó y me exigió la revancha, jurando que iba a cabalgarme por las buenas o por las malas! Claro que pese a sus bravuconadas, volví a vencerle, le cabalgue la cara y me corrí un par de veces sin dejarle que se corriese. Cuando ya creía que todo había terminado, igual que el día anterior, me atacó por detrás y tuve que vencerle de nuevo, no sin ciertas dificultades. Esta vez, para domarle del todo, mientras me limpiaba el pubis a lengüetazos, le agarré el nabo con ambas manos y le ordeñé vigorosamente hasta que su leche brotó como la espuma del champaña recién descorchado. Entonces, para dejar claro del todo quien era la que mandaba, le desafié a luchar de nuevo de inmediato. El, cansado tras eyacular, se mostró remiso pero cambió de opinión cuando le sacudí un par de bofetadas bien dadas. Por supuesto, le volví a ganar y disfruté como una loca mientras la punta de su nariz me hacia cosquillas en el botoncito

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

Eso fue el día anterior. Ahora, Brian se acercó tranquilamente, vestido con una camiseta de manga corta y unos pantalones cortos de licra, que no disimulaba en absoluto su erección.

“Hola Miranda. ¿Vas a ir a la fiesta de…?” comenzó a decirme, pero yo no estaba de humor para charlas triviales. Me encaré con el, abriendo descaradamente las piernas para que viese mi conejito y le interrumpí bruscamente diciendo:

“Si quieres quedarte aquí y disfrutar de las vistas, tendrás que luchar conmigo de nuevo; y si deseas obtener lo que de verdad deseas, tendrás que derrotarme.

“De acuerdo. Esta vez voy a darte una paliza, morena.” Respondió el, quitándose la ropa. “Al fin a cabo no eres mas que una tía”

“Y tu eres un renacuajo” le respondí sonriendo, mientras alzaba los brazos desafiándole a un duelo de fuerza, igual que en nuestros dos combates anteriores. Como le saco diez centímetros de estatura y soy bastante atlética, este es un enfrentamiento en el que llevo siempre las de ganar. En esta ocasión sucedió lo mismo. Nos agarramos de las manos y comenzamos a hacer fuerza. Brian no es ningún blandengue por mas que se lo diga cientos de veces en cada combate para hacerle rabiar, pero no puede conmigo y poco a poco comencé a doblegarle. Era estupendo sentirse poderosa e invencible, viendo la cara de desesperación del joven macho, sometido por una hembra mas vigorosa que él.

De repente vi que Brian, en vez de desesperarse, sonreía. Entonces dejó de resistir mi empuje y tiró de mi con todas sus fuerzas, arrojándome de cabeza contra el césped. Antes de que pudiera reaccionar, Brian saltó sobre mi espalda y comenzó a cabalgarme como a una yegua, estampándome una y otra vez contra la tierra blanda y húmeda cubierta de hierba mientras contaba en voz alta sus arremetidas.

Cuando la cuenta llegó a llegó a veinte yo estaba casi fuera de combate. Entonces Brian me arrojó sobre la colchoneta y enlazó mi cuello con sus piernas, apretando con fuerza. Me agarró del pelo para apretarme mas contra el, estrujando su pene erecto y sus testículos contra mi cara.

“Una adulta hecha y derecha, derrotada por un chaval quinceañero- ¿No te da vergüenza?” me dijo mientras comenzaba a cabalgar mi cara. Su entrepierna subía y bajaba lentamente, rozándose contra mi rostro cada vez un poco más rápido a medida que se excitaba. Yo había disfrutado haciéndole lo mismo en nuestros dos combates anteriores y ahora se tomaba la revancha. Se corrió en un par de minutos y me llenó la cara y el pelo de su lechada. En cuanto pude recuperar el aliento, me fui a casa corriendo y me di una ducha rápida para limpiarme el pelo de su semen. Cuando regresé al jardín le encontré sentado en la colchoneta con la sonrisa más radiante que jamás le hubiera visto y el cipote erguido de nuevo como si los recientes acontecimientos no hubieran tenido lugar. Tengo que reconocer que era un chico muy guapo y que su miembro viril no me era en absoluto indiferente y.. ¡Que demonios! Un traro es un trato, así que sin mediar palabra me arrojé sobre el y nos dimo un revolcón apoteósico bajo los rayos del sol. Eso si, cuando ya estábamos acoplados, le obligue a ponerse debajo mío. El se resistió con furia por supuesto, pero eso solo sirvió para excitarme todavía más. Cuando terminé de masturbarme con su miembro viril, usé mi vagina para ordeñarle sin piedad, conmigo encima por supuesto.

“¡No vale” gritó él cuando dejé de comérmelo a besos. “¡He ganado yo, por lo tanto tenia derecho a ponerme encima”.

“Me corro mejor cuando hago trampas” le respondí. El rugió de furia y se lanzó sobre mí. Forcejeamos un rato sobre la colchoneta y sobre la hierba hasta que logré someterle de nuevo y obligarle una estupenda lamida de coño que disfruté como una puerca. Quedamos tan exhaustos que tardamos casi una hora en librar el siguiente asalto, que volví a ganar, con trampas obviamente. Brian estaba excitadísimo y peleaba como un poseso para poder copular conmigo de nuevo, pero cuando creía tenerme atrapada, me puse a decirle guarradas al oído mientras me rozaba con el todo lo que podía hasta que el pobre adolescente, sin poder evitarlo en absoluto, se volvió a correr. Entonces me fue fácil someterle sin piedad y cabalgarle la cara todo lo que quise, y quise mucho pues yo también estaba excitada a tope.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

Al día siguiente salí al patio trasero desnuda y me puse a darme crema bronceadora muy despacio y muy sensualmente. Brian, que por supuesto estaba espiándome otra vez, acepto el desafió y salto desde el árbol, tan desnudo como el día que llegó al mundo.

“¿Estas preparado para aprender a hacerme cosquillas en el conejito con la punta de tu nariz?” le pregunté, adoptando una pose desafiante.

“Me voy a masturbar en tu cara, preciosa”. Me respondió.

Nos miramos fijamente, desafiándonos con la mirada. Su miembro viril comenzó a erguirse mientras nos acercábamos. Mis pezones estaban tiesos. La idea de pelear cuerpo a cuerpo con aquel yogurcito adolescente era excitante. La idea de derrotarle y humillarle en la lucha era mucho más excitante. La posibilidad de que volviese a derrotarme, aunque pequeña, le daba todavía mas picante a la situación. De nuevo alcé mis manos, desafiándolo a un duelo de fuerza. El aceptó el reto y alzó sus brazos para agarrarme de las manos como el día anterior. Entonces, en vez de cogerle de las manos, me lancé a por el, le agarré por el cuello y le derribé con una llave de cadera. Una vez en el suelo, me puse sobre el y comencé a aplastarle mis pechos contra su cara, impidiéndole respirar. El pobre muchacho se defendió desesperadamente, pero eso solo logró excitarme todavía más. Rodamos por el suelo, hechos un ovillo. Era maravilloso apretarle con fuerza y sentir como su cuerpo desnudo se debatía con todas su fuerzas entre mis piernas y mis brazos hasta que mis pechos le sometieron por asfixia. El pobre Brian comenzó a golpear el suelo para indicar su completa rendición. Me sentí tan exultante ante mi nueva victoria que goce de nuevo en aquel mismo instante, gimiendo y chillando de deleite.

“¡MAS!” grité, mientras le aplastaba la cara con mis partes mas intimas. Brian, que había podido respirar solo unos segundos, comenzó a besarme y lamerme el conejito con tanto entusiasmo que en pocos segundos me volví a correr. ¡Demasiado rápido! Yo quería más. Agarré a mi adversario, que intentaba escabullirse, y lo monté de nuevo, usando la punta de su nariz para acariciarme el botoncito, pero por tercera vez me corrí casi de inmediato.

Quedamos abrazados bajo el sol del atardecer durante más de media hora y luego pasamos el resto de la tarde copulando hasta que agotamos los preservativos. ¡Es maravilloso disfrutar de un quinceañero! ¡Son dulces, tímidos, cariñosos, vigorosos, tiernos, viciosos, atrevidos, inagotables, increíbles!

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

Al día siguiente estaba lloviendo, pero sonó el timbre de la puerta y allí estaba el, vestido de calle, pero con los ojos brillantes y un evidente abultamiento en los pantalones.

“Hola Miranda. ¿Puedo pasar?” me preguntó, con fingida inocencia.

“Si pasas, te doy una paliza” le respondí “pero si no pasas, eres un maricón sin agallas”.

Sin una palabra, Brian entró en la casa, sonriendo y mirándome con desafió. Se quitó casi toda su ropa y alzó los brazos, desafiándome a un duelo de fuerza. Yo cerré la puerta, me quité la bata que llevaba y me quedé en ropa interior (de la normal; si hubiera sabido que aquel yogurcito iba a venir, me hubiera puesto mi lencería mas despampanante) Alcé los brazos aceptando su desafío y me dispuse a disfrutar de mi nueva victoria. Por desgracia para mi, el renacuajo tenia otras ideas. De repente me embistió y aferró mi esbelto cuerpo en un abrazo de oso, estrujándome con todas sus fuerzas. Sentí que crujían mis costillas pero me sentía segura de ganar. La cabeza de Brian estaba justo a la altura de mis pechos, de manera que le empujé contra la pared y le aplasté la cara con mis atributos femeninos para asfixiarle.

Mantuvimos este forcejeo durante un par de minutos más o menos. Para mi sorpresa, su abrazo del oso era mas fuerte que el mío (probablemente su técnica era mejor, aparte de la ventaja de abrazarme primero y conseguir así el mejor enganche sobre mi cuerpazo) Estaba en apuros, pero aun así resultaba excitante estrujarme con aquel caliente adolescente mientras le sometía con mis pechos. Ganarle a un macho era algo maravilloso, pero usar mis atributos de mujer para doblegarle iba a ser glorioso.

Por desgracia Brian tenía otros planes. Al ver que se quedaba sin aliento, me derribó al suelo barriéndome las piernas y caímos al suelo, yo debajo y el encima aplastándome el estomago. El impacto me dejó sin aliento y aquel maldito crío aprovechó a fondo su oportunidad para arrancarme la ropa y sacar su rabo. Intenté escapar a cuatro patas pero se subió a mi espalda, me cogió por el cuello e intentó penetrarme como a una yegua, usando mi hermosa melena como si fuesen las riendas. Por supuesto, yo no me rendí y me lié a coces. Cuando comenzó a besuquearme la oreja, le agarré por el cuello y comencé a estrujarle la cara. No podía arañarle porque mis uñas son muy cortas, pero le hice todo lo que pude sin sacarle los ojos.

“Ríndete nena. Te voy a tomar por la fuerza como se toma un castillo” Dijo Brian.

“¡Pollafloja, No tienes huevos!”

“¡Bruja!”

“¡Enano!”

“¡Golfa!”

Mientras el tono de nuestros insultos subía, íbamos rodando por el suelo, hechos un ovillo hasta que no podíamos movernos ni podíamos soltarnos sin quedar a merced del adversario. Entonces sentí que Brian me penetraba con sus dedos y comenzaba a masturbarme. Con lo excitada que estaba, no le costó nada ponerme húmeda y lubricada a tope. Era un truco muy sucio pero muy astuto. Si lograba llevarme al orgasmo, iba a quedar casi indefensa durante unos cruciales segundos, permitiéndole penetrarme con mi permiso o sin el.

“Estas mojada como un pantano, pedazo de guarra”

“Vas a ver lo guarra que soy” le respondí, girando la cabeza para besarle el nabo. En unos segundos, se la estaba lamiendo como una profesional. No es mi truco favorito; normalmente prefiero con mucho ser la lamida a la lamedora, pero eran momentos desesperados.

“No eres lo bastante zorra para lograr que yo me corra”, se burló Brian, mientras sus dedos se cerraban dentro mi vagina, formando un puño. ¡Sentí como si estuviese explotando de placer por dentro! Pero justo en ese momento, cuando ya me creía vencida, sentí la eyaculación de Brian en mi boca. Chupe, chupe y chupe mas y mas, tragándomelo todo sin remilgos, pero en el proceso yo también me corrí a lo grande. Aquel vicioso crío me había tenido contra las cuerdas en el combate erótico, pero yo le había robado la victoria en el último segundo mediante una mamada magistral.

Durante unos segundos, quedamos en el suelo el uno junto al otro, jadeando de placer y de fatiga al mismo tiempo. Por supuesto, fui yo la que se recuperó en primer lugar. Le cogí del pelo y me lo llevé a rastras hasta mi dormitorio para cabalgarle la cara a lo grande. Lo tuve a mi merced y lo gocé a mi capricho durante veinte minutos más o menos. Entonces noté que comenzaba a forcejear de una manera más agresiva. ¡Mejor para mí!, pensé, sin darme cuenta de que su cipote se estaba irguiendo de nuevo.

Fue cuestión de segundos: Aquel maldito enano se encabritó como un pony salvaje, me derribó de encima de el y me hizo caer fuera de la cama. Antes de que pudiera reaccionar, lo tenía montado encima de mi, sujetándome con firmeza. Un segundo después lo tenía justo a mis espaldas, preparado para cabalgarme como un semental a una yegua en celo. Sentí su miembro viril en la entrada de mi cajita del tesoro y cerré con fuerza mis poderosos muslos para bloquearle el paso mientras intentaba quitármelo de mi espalda, pero el me abrazó con fuerza y me mordió el cuello como un león aferrándose a su presa mientras su robusto instrumento presionaba para invadirme, igual que un ariete embiste para invadir el castillo, intentando echar abajo las defensas del ultimo reducto.

“Ya eres mía, zorra”

“¡Puto perro sarnoso! No eres capaz.”

“¡Te voy a meter el nabo!”

“¡Hazlo si puedes cacho mamón!”

Entre un insulto y otro, su miembro viril continuaba presionando para penetrarme, ¡pero la puerta seguía bien cerrada! Sin embargo, mientras forcejeábamos, nos caímos de costado y entonces sentí como todo su instrumento se deslizaba entre mis músculos vaginales y me ensartaba hasta la empuñadura. ¡Me corrí de inmediato!

Aprovechándose de mi indefensión, Brian me dio la vuelta y se sentó sobre mi cara. Tuve que lamerle el cipote, empapado de mis propios flujos vaginales. Luego Brian insertó su bien dotado miembro entre mis espléndidas tetas y tras un par de arremetidas se corrió al estilo cubano, derramando una abundante eyaculación sobre mi cara. ¡Me dio una ducha con su semen, el muy cabrón!

Tras lavarme la cara, quise atacar a Brian aprovechando su fatiga post-coital, pero yo también estaba muy cansada y tras un indeciso forcejeo sobre la cama nos quedamos entrelazados durante un buen rato, recuperando el resuello. Yo estaba ansiosa de librar combate para conseguir la revancha y Brian se agarraba a mi como un pulpo hambriento, pero nos sentíamos tan fatigados que lo único que podíamos hacer era cubrirnos de insultos el uno al otro.

“Mariconazo”

“Bollera”

“Pichafloja”

“Machorra”

“Pringao”

“Puta barata”

“Perro sarnoso”

“Zorra”

“Claro que soy una zorra. Estoy orgullosa de lo zorra que soy, pedazo de mierda. Soy la gran zorra que se va a merendar al gallito machito que se cree un león y no es más que un perrito.

“No estabas tan chula hace un minuto, nena, cuando me calentabas el cipote con tu conejito”

“Te vas a enterar de lo que vale esta hembra, lamecoños.”

“Te voy a violar otra vez”

“No, te voy a violar yo a ti otra vez, como lo he venido haciendo todos estos días, macho mamarracho. Te violé el lunes, te viole de nuevo tres veces el martes y dos veces mas el miércoles…

“¿El miércoles te gané yo” me interrumpió él.

“Me ganaste un solo asalto de tres y al día siguiente te volví a montar, igual que hoy”.

“Hoy te he vuelto a vencer, maldita calientapollas”

“Uno a uno hoy, por el momento…” le respondí sonriendo, asumiendo una pose provocativa. “Y en lo que va de semana ¡vamos siete a dos a mi favor, mariquita llorica!”

“¡Bruja! ¡Te voy a follar!”

“¡Adelante! Fóllame si puedes…, ¡Perdedor!”

El tono de los insultos iba subiendo. Ambos estábamos ahora de rodillas, frente a frente, compitiendo por ver cual de los dos le soltaba al otro la barbaridad de mayor calibre. Al cabo de unos minutos sentí de repente que ‘algo’ me rozaba un muslo. ¡Era el cipote de Brian, que volvía a erguirse! Entonces hizo algo que desde luego el no se esperaba. Me lancé sobre el, abrazándole. Le tumbé de de espaldas y al hacer esto, deliberadamente me clavé a mi misma en su virilidad ascendente.

“¡Ya eres mío!” Grité, mientras le inmovilizaba.

“¡Que te crees tú eso!” me respondió, mientras intentaba liberarse. Yo apreté los muslos, aferré su miembro viril contrayendo los músculos vaginales y le dije:

“No escaparás. ¡Esta es la presa de las amazonas! ¡No hay macho que escape de la presa de las amazonas! ¿Te rindes?”

“¡Ni hablar!”

“¡Mejor! A mi conejito le encanta un buen combate de lucha libre contra un nabo bien gordo como el tuyo”. Y diciendo esto, comencé a estrujar su espolón con los músculos de las paredes vaginales mientras le besuqueaba por todas partes. El pobre diablo intentó escapar, pero le tenia bien inmovilizado y en un par de minutos estábamos los dos sudando y jadeando. Al comprender que estaba atrapado y no iba a poder derrotarme en el combate físico, comenzó a besarme y acariciarme lascivamente. Era un mozo muy habilidoso pero le llevaba ya mucha ventaja y con tres hábiles contracciones vaginales, le ordeñé el cipote mientras nos metíamos la lengua. La presa de la amazona me había dado la victoria una vez más. El pobre chico, exhausto, no pudo hacer nada cuando le desmonte y me giré 180 grados para sentarme sobre su cara. Me pasé la siguiente media hora corriéndome una y otra vez mientras le embadurnaba la cara con mis fluidos vaginales y su propio semen.

“¡Ocho a dos a mi favor, enano!

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

Al día siguiente, viernes, me tropecé en la calle con los padres de Brian, buenos amigos míos, y me enteré que se iban a pasar fuera el fin de semana. Les deseé que se lo pasasen muy bien y se lo deseé con entera sinceridad porque me caen muy bien los dos y porque tenía muy claro que yo por mi parte iba a pasármelo más que bien con todos los rincones de la anatomía de su vicioso hijo.

Me fui a casa, me duché, me puse la lencería más sexy que tengo, unas botas altas de cuero negro, unos guantes largos de cuero negro y me puse por encima un vestido largo, holgado y discreto. Dos horas después de que mis vecinos se marchasen vi que Brian llegaba a casa. Toque el timbre y le dije:

“¿Tienes agallas para invitarme a entrar? Tengo ganas de correrme de nuevo”.

“¿Y perderme la oportunidad de sobarte las tetazas? Vale, pero lucharemos en el sótano, que no quiero romper nada aquí arriba”.

“Me parece bien”, le respondí. Brian cerró la puerta y me quité el abrigo. Luego, con cierta dosis de teatro, me baje la cremallera del vestido y me mostré ante el con mi mejor atuendo ‘de batalla’. Entonces me indicó la puerta del sótano y me invitó a bajar. El lugar era amplio y despejado, con varias colchonetas en el centro. En la parte alta, pequeños tragaluces dejaban entrar desde el exterior la difusa luz del atardecer de aquel día lluvioso.

Mientras examinaba el nuevo campo de batalla, la batalla comenzó sin previo aviso cuando el muy sabandija de Brian me atacó a traición sin vergüenza alguna, saltando sobre mi espalda desde el rellano de la escalera. Luchamos en la penumbra sin ahorrar golpes pero el muy cabrito consiguió mantener la ventaja gracias al sucio truco que había usado para sorprenderme.

“Vas a disfrutar cuando te viole” me dijo Brian, mientras metía las manos bajo mi lencería para manosearme los pechos.

“¡¿QUEEEEE!?” Le respondí, sin creerme lo que acababa de oír.

“Las tías estáis programadas para perder”. Me susurró Brian, mientras nos zurrabamos. “Os gusta que los tíos os puedan, os excita luchar contra los hombres para descubrir a los machos mas fuertes. Cuando encontráis a uno vigoroso de verdad, se os empapa la entrepierna y os ponéis en celo como perras”.

“¿Ah, si? ¿Entonces, porque no nos abrimos de piernas, eh? ¿Y por qué sigo luchando para violarte yo a ti?”

“Para provocar al macho y lograr que se le ponga todavía mas tiesa. Vamos guarra, confiésalo: os gusta sentiros dominadas por un hombre de verdad que pueda desvirgaros y haceros muchos hijos. Por eso hay tantas mujeres que tiene fantasías de violación”.

“Te voy a enseñar mi fantasía de violación, macho mamarracho! ¡Cierra la puta boca y pelea!”

Brian había logrado sujetarme de espaldas al suelo y me tenía muy bien agarrada, pero yo estaba tan furiosa que comencé a quitármelo de encima a pulso. Brian se resistió todo lo que pudo y en circunstancias normales yo no habría tenido ni una oportunidad de escapar pero durante casi un minuto estuvimos en suspenso, todos los músculos tensados al máximo, nuestros cuerpos casi desnudos perlados de sudor, cubiertos solo por algunos jirones de tela destrozados.

“¡Te puedo, renacuajo! ¡Soy la mas fuerte!”

“¡Jamás! Yo soy el macho, zorra.”

“Soy zorra, machorra, buenorra y a mucha honra, machito enanito. ¡Ríndete!”.

“¡Nunca!” pero mientras lo decía, ya había logrado medio incorporarme, pese a sus esfuerzos, y estábamos casi de rodillas frente a frente. Al final, el poder femenino se impuso y le di la vuelta a la situación. Tumbé a Brian de espaldas en el suelo y me monté sobre el. ¡Había demostrado que la hembra era la mas fuerte! ¡Y desde una posición de clara desventaja! La victoria me proporcionó un orgasmo majestuoso pero Brian, que no se había rendido todavía, aprovechó para contraatacar. Logré mantenerle bajo mi control pero necesité todavía un buen rato para someterle por completo. Solamente entonces, cuando quedó indefenso por agotamiento, pude cabalgarle la cara a gusto hasta hartarme.

“¡Nueve a dos a mi favor, macho mamarracho!” Brian solo pudo responder con un gemido. Su cuerpo desnudo y vapuleado me pareció tan erótico, que me tumbe encima suyo y me rocé con el hasta correrme de nuevo.

“¡No es justo!” Exclamó Brian. “Tu eres mas grande.”

“No busques excusas, maricón. Claro que soy más grande que tu y por eso me gusta luchar contigo. Porque soy mas grande y te puedo casi siempre.”

“¿Ah, si? ¿Por qué no pruebas entonces con alguien de tu tamaño, rubita?” Dijo una suave voz femenina a mis espaldas.

Aquel fue el momento más espeluznante que sufrí en años. Creí por un momento que mi vecina había regresado prematuramente de su fin de semana y que me había pillado in fraganti abusando sexualmente de su hijo menor de edad. Me di la vuelta temiéndome lo peor, para encontrarme con una absoluta desconocida: una adolescente morena y con un buen cuerpo, de unos 17 o 18 años, que me miraba con divertida insolencia, las manos en las caderas.

“Vaya vaya vaya, Brian cariño. Ahora entiendo que no me hicieses mucho caso toda esta semana. Tengo que admitir que tu nueva zorra no está nada mal, pero… ¿no es un poco vieja para ti?” Dijo la recién llegada, acercándose despacio, con aire desafiante.

Que a una chica de mi edad la llamen ‘vieja’ no es plato de mi gusto, así que, aguantándole la mirada a aquella lagartija insolente, dije:

“Brian cariño, ¿Te importa hacer las presentaciones? Me gustaría saber el nombre de esta putita antes de apalearla”

“Ehh…. Miranda, esta es mi prima carnal, se llama Claudia y es…”

“Su iniciadora”, la interrumpió la morena, “Y la propietaria de su nabo” añadió, para remachar la insolencia.

“¿De verdad?” respondí yo. “¡Bueno1, tengo que agradecerte que le hayas enseñado bien. Ya me extrañaba que a su edad fuese un semental tan bueno. Pero ahora que ha terminado con los aperitivos…” dije, señalándola, “a tu ex novio le toca probar los platos fuertes” añadí señalándome a mi misma con un brazo mientras flexionaba bíceps con el otro y posaba ante ella, exhibiendo mi cuerpazo casi desnudo.

“¿En serio?” respondió Claudia, empezando a desnudarse. Bajo la ropa de calle normal y corriente, ella también iba ‘vestida para matar’, era alta, casi como yo, y su cuerpo era esbelto pero atlético, como una corredora o una nadadora que entrenase con frecuencia. Bonitas tetas, pequeñas pero bien formadas, buen culo y bastante mona de cara, con un aire travieso y perverso o eso me pareció. “Bueno… ¿Miranda, no? Tienes razón en que ya no es tiempo de preliminares, así que vamos a dejar claro cual de las dos es el plato fuerte.

“Ya he apaleado a tu exchico. ¿Crees que tu me vas a durar mas?”

“Una victoria fácil. Tú y yo sabemos que una hembra de verdad puede derrotar a un macho. La pelea realmente fuerte es cuando las tías nos zurramos… unas con otras.”

“Muy cierto, pero tu no eres una tía, eres una cría. No me vas durar ni un min….UF”

No terminé la frase porque la muy puerca se me echó encima sin más dilaciones. Brian pudo disfrutar de un increíble espectáculo mientras rodábamos por los suelos tirándonos de los pelos, mordiéndonos, pellizcándonos, estrujándonos, escupiéndonos, dándonos cabezazos, tropezando con los muebles, estampándonos contra la pared o contra el suelo, arrancándonos la poca ropa que nos quedaba, pateándonos, arrojándonos cualquier cosas que tuviéramos a mano, chillando y llamándonos de todo durante un buen rato sin que ninguna lograse imponerse hasta que nos liamos a puñetazos en el centro de la habitación. Ella me dejo un ojo morado pero la hice picadillo y la rematé en el suelo mientras se rendía y me suplicaba clemencia. Estaba tan excitada por aquella estupenda pelea que me corrí de inmediato mientras ella repetía: “Me rindo, me rindo, me riiiindooooooo”. Luego me senté sobre su cara. Brian era realmente bueno en el sexo oral, pero su maestra era el doble de buena! Una buena pelea, una espléndida lamida y de postre una magnifica polla, porque Brian estaba de nuevo empalmado y me lo follé de inmediato, sin poder contenerme. Luego los agarré de los pelos a los dos y los arrastré hasta la cama de Brian. Allí caí, agotada pero satisfecha. Me hice un ovillo con mi última conquista y descansé un buen rato, pues Claudia tenía razón en una cosa: Una pelea mixta es poca cosa comparada con una verdadera pelea de gatas salvajes. Brian me pegaba sin remilgos en nuestras peleas sucias, pero su prima me había dado mas leña en unos minutos que Brian en toda la semana.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

Los dos días siguientes fueron realmente apoteósicos. El sábado por la mañana los dos perversos primos se pusieron de acuerdo para atacarme a la vez. Tardé más de media hora en someterles a los dos. El domingo, ya domados, les hice pelar entre ellos mientras yo disfrutaba mirando. Pero fue el lunes cuando alcancé realmente el paraíso. Llamaron a mi puerta y me encontré con una desconocida de aspecto escultural y arrogante. En una mano sostenía uno de mis sujetadores mas sexis.

“¡Hola! Soy la madre de Brian y la ti carnal de Miranda. También soy monitora de educación Física y defensa personal en el instituto local. Creo que esto es tuyo”. Añadió, tendiéndome el sujetador desgarrado.

“¡Muchas gracias! Lo había echado de menos. ¿Te apetece pasar?”

“Voy a hacer mucho más que pasar, zorra asaltacunas”.

“¿Qué sucede? ¿Te molesta que haya acariciado la picha de tu hijo con mi vagina mientras me corría?”

Por supuesto, al oír eso me rompió la cara con una patada de karate y luego me saltó encima. Fue el comienzo de una intensa amistad.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*