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La Pantera

Su nombre era Pamela pero todo el mundo la llamaba ‘La Pantera’. Cabellos azabache, agresivamente cortos, ojos oscuros como un pozo sin fondo, piel bronceada, cuerpo recio, pero sumamente femenino; espalda ancha, alta para ser una chica. Bajo su minifalda unas piernas de corredora; esbeltas, pero fuertes. Brazos delgados, pero de marcada musculatura. Nalgas poderosas, cintura esbelta, y pechos no demasiado grandes, pero firmes y erguidos, que resultaban difíciles de olvidar. Realmente semejaba una pantera, esbelta, flexible, poderosa.

Criada entre cinco hermanos, había aprendido a lidiar con ellos de igual a igual, y a disfrutar haciéndolo. Con sus increíbles piernas podía dejar atrás a cualquier chico que la persiguiese… cuando no eran ella su perseguidora! Hábil con sus puños gracias a los brutos de sus hermanos, en la lucha cuerpo a cuerpo era también experta gracias a primos y vecinos de largas manos. Aunque las envidiosas murmuraban que sus propias manos eran más largas aun y en realidad siempre estaba dispuesta a probar manjares nuevos, aunque además de golosa era una groumet, y para aceptar repetir el menú este debía ser excepcional. Pero todo esto lo ignoraba yo al empezar mis vacaciones, cuando aposté con imprudencia una abultada suma a que yo podía ‘cazar’ a Pantera. Daba igual que fuera mayor, más alta, y mas pesada. Era solo una chica, ¿no?

Cuando aceptó salir conmigo y me invito a nadar con ella en las ruinas del viejo molino, debí sospechar que fuera tan fácil. Apenas me había cambiado cuando sin ceremonias se apoderó de mi ropa y arrojándola por encima de la tapia, me empujó violentamente contra la misma, riéndose de un perrito de ciudad que se creía león y pretendía cazar a la Pantera. Intenté empujarla; ella empujó mas fuerte y nuestros cuerpos se tensaron el uno contra el otro. Rodamos por el suelo, estrechamente abrazados y su combinación quedó cubierta de manchas y desgarrones mientras forcejeábamos.

Caímos a la represa y luchamos en el agua hasta terminar en el fango de la orilla. Ahora su ropa interior mojada ocultaba tan poco de su espléndido cuerpo como si no la llevase puesta. Arrogante como una amazona legendaria, me sonreía con insolencia mientras me desafiaba con su mirada, esperando mi ataque Ya había sentido la fuerza que ocultaban aquellas curvas voluptuosas y aquel rostro pecaminoso, y ya no sabia quien era el cazador, y quien el cazado, pero lo único que cabía en mi mente enfebrecida era el deseo de estrechar entre mis brazos aquella forma deliciosa y tomarla por asalto como a una fortaleza que custodiase un dulce tesoro en las más oscura de sus grutas.

No recuerdo cuanto tiempo nos enfrentamos en el barro de la orilla, en las frías aguas, o sobre la hierba de la ladera, mientras nuestras prendas quedaban reducidas a jirones, sus puños aturdían mi cuerpo, y sus encantos aturdían mi espíritu. Solo recuerdo el roce de su cuerpo desnudo tensándose contra el mío mientras nos acometíamos. Varias veces logre doblegarla contra el suelo, cubriendo su desnudez con la mía, sintiendo la suavidad de su piel, la fuerza de sus brazos y los latidos atropellados de su corazón mientras me desafiaba en la batalla de los cuerpos, exhibiendo con alegre desvergüenza su invitadora desnudez, nublando mi mente con lujuria para dominarme en el combate.

Muy pronto la ardiente Pantera me puso a la defensiva pero, enardecido por el oscilar de sus pechos, la sensualidad de sus ojos y el jadeo de su respiración, volvía con renovados bríos al asalto de su atlética desnudez, hasta que la agresiva beldad logró doblegarme por puro agotamiento. La Pantera había cazado a su cazador. Solo entonces, con ella al mando, mi agraciada agresora me concedió sus favores mientras forzaba los míos, cabalgándome como una vaquera domando a un garañón salvaje.

Y pareció agradarle su nueva montura, pues me invitó a reclamar la revancha cuando quisiese; de hecho me la exigió. ¿Quien sabe? Había perdido mi apuesta, y luego supe que ella era cómplice y llevaba parte en el ‘negocio’, pero a veces no importa perder.

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