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Cuerpo a cuerpo

Me llamo Gemma. Conozco vuestra revista por uno de mis hijos que la lee todos los meses. A mi me la esconde pero a su hermana se la enseña para escandalizarla y hacerla rabiar. Ella acabo diciéndomelo y un día que el no estaba ojee sus revistas para intentar averiguar que podía gustarle de ellas. Leí la editorial del principio y el correo con las historias de los lectores. Algunas de las cosas de vuestra revista me dieron risa y otras me dieron asco. Sobre todo me impacto la violencia que lo empapaba todo. No la violencia física sino mental, el odio, la agresividad, el hacer daño a otro por placer. ¿No hay manera de irse a la cama con alguien sin chincharle? En una de vuestras revistas encontré una historia de un chico que había tenido una experiencia erótica peleándose con su profesora particular. Me llamo la atención porque mi primera experiencia fue parecida, una lucha divertida, sin odio ni rabia.

Estaba colada por aquel pedazo de tío bueno de Dani pero no me atrevía ni a abrir la boca cuando el estaba cerca. Yo era el típico patito feo, gafas, atlética, alta y muy marimandona. Solía imaginarme que saltaba sobre el y le arrancaba la ropa antes de hacerle el amor. Aquella fantasía me hacia arder. Luego pensaba: “¡Despierta atontada! ¿Como vas a violarlo si no te atreves ni a darle los buenos días?”.

Un día decidí ir a por todas, pero cuando llego el momento de la verdad me quede helada de nuevo. El me miraba mientras yo me moría de vergüenza. “¿Que, tu también estas puteada con la química, verdad?” me dijo. ¿La química? Oh. Claro, el examen del lunes. Le respondí: “No, que va. Lo malo es tener que estudiar el fin de semana” El sonrió y fue como un sol que me derritiera “Pues yo no tengo ni unos apuntes decentes.” Aquí fue donde vi el cielo abierto de par en par. “No te preocupes, te prestare los míos. Ven esta tarde a mi casa y te los daré”

Así encontré la excusa para traer la mosca a mi telaraña. Cuando Dani llego, le recibí vestida con unos pantalones cortos playeros y una blusa roja anudada. El abrió mucho los ojos pero no dijo nada y se comporto con formalidad. Charlamos un rato y yo hervía por dentro viendo que se marchaba y no sabia como abordarle. Entonces dijo: “¿que es esa chaqueta blanca?” “¿Eso?, naah! Es solo el kimono de mi judo de mi hermano” “Bah, el judo, valiente mariconada” “Oye, listo. El judo no es ninguna mariconada. A mi me zurraban mis hermanos hasta que me harte y aprendí para defenderme. Les empezó a dar tales palizas que se apuntaron los dos al mismo gimnasio para no estar todo el rato debajo mío en las peleas.” “¿Y por que peleabas con tus hermanos?” “Soy la mayor pero como soy chica dicen que mandan ellos. Siempre queremos ver programas distintos en la tele, cosas así, y tengo que recordarles a esos enanos quien es la jefa.”

“Bah, tus hermanos jugaban contigo. Si alguien te ataca más te vale correr”. Le agarre por el cuello y puse mi cara rozando la suya. “¿Tu me harías correr, nene?” El desafío le galvanizo y me beso. “¡Al fin!” pensé. Le di un sopapo y grite “¡Cerdo!” y le di un besazo monumental. El me devolvió el beso. Yo le abofetee otra vez. “Si me besas otra vez te araño”. “¡Pero si tu me has besado a mi!”. “Porque me da la gana. Aquí mando yo”. Y para subrayar mi autoridad le bese de nuevo. El intento besarme. Forcejeamos. Le pase el brazo por su sobaco y lo proyecte por encima de mi hombro. Cayo de espaldas al suelo y me tire en plancha sobre el. Me abrazo con fuerza y rodamos comiéndonos a besos. Le arranque de cuajo la camisa. Los botones salieron volando al ceder los hilos y la tela se desgarro y rompió. Hice lo mismo con su camiseta. Entonces el chico dulce y bien educado que conocía se esfumo y en su lugar surgió la fiera hambrienta que estaba buscando. Me destrozo la blusa y dejo mis pechos al descubierto. El botón que cerraba mis pantalones salió despedido hasta el techo. Intento hacer lo mismo con mis braguitas pero le luxe la muñeca y me senté encima de el. Apreté su cabeza contra mis braguitas hasta sentirme inundada de placer. ¡Por poco le asfixio!

Le quite el pantalón y el me dejo desnuda. Entonces desgarre sus calzoncillos. Nos abrazamos y sentí el calor de su cuerpo cuando sus brazos me rodearon. Nuestros labios se buscaban, nuestras lenguas se paladeaban, nuestras respiraciones se unieron en un solo aliento y nuestras manos exploraron territorios sin cartografiar. “Gemma, Gemma, eres única, eres increíble, eres una leona. Te adoro, te necesito, quiero fundirme en ti” Agarre su sexo duro y poderoso con las dos manos, acariciándolo para ponerle un preservativo. Entonces lo monté y yo misma me ensarte su virilidad hasta lo más hondo sentándome sobre el. Luego comencé a levantarme y a sentarme de nuevo mientras mis muslos se cerraban capturando su masculinidad en mi más íntimo interior, sintiendo su tacto duro y cálido avanzar centímetro a centímetro. Dani oprimió mis nalgas con sus vigorosas manos como si quisiera exprimirlas mientras las meneaba lentamente. Disfrute un orgasmo que me derritió de placer. Dani, que todavía no había eyaculado, se aprovecho de mi debilidad y me descabalgo.

Forcejeamos y el se puso encima. Yo no deseaba otra cosa que ser vencida y conquistada por aquel Apolo de mis sueños, pero era más divertido resistirme y verle sudar para conseguir sus propósitos. Luche con todas mis fuerzas y usando cada truco que sabia, limpio o sucio. Mis labios acariciaban su pecho mientras mis uñas le marcaban la espalda. Las yemas de mis dedos le cosquilleaban la ingle mientras mis dientes se hundían en su culo. Le tiraba salvajemente del pelo mientras le susurraba al oído frases abrasadoras de inaudita indecencia. Saboree su pene mientras le luxaba la muñeca. Dani me ataco haciéndome sentir el empuje de su hombría. Su musculatura masculina me doblego contra el suelo. Entonces avanzo entre mis piernas. Con los brazos abiertos nos agarrábamos de las manos tensando nuestros músculos en un duelo de fuerza. Gotas de sudor caían sobre mí. Mientras tanto martilleaba su culo con mis talones para clavarme más hondo su estaca deliciosa. Fue entonces cuando sucedió el milagro. Tal vez el esfuerzo y la tensión a la que estaba sometido cada musculo de mi cuerpo en aquel lujurioso combate actuó como un amplificador pero de repente explote en un orgasmo de magnitud cósmica que duraba sin apagarse. La sensación fue tan fuerte como si me electrocutaran con millones de voltios de placer; como si todo mi cuerpo fuera un clítoris gigantesco. Estuve a punto de desvanecerme.

Tras una tarde de placer tuve que esconder las ropas destrozadas y darle a Dani algo que le valiera. Lo difícil fue jugar al escondite con mi madre: “Gemma, ¿donde tienes la blusa roja, que voy a lavarla?” Cualquiera le decía que me la destrozo mi amante para sobarme las tetas mientras yo usaba mis puños para violarlo. ¿Os lo imagináis? El belorcio de mi hijo, que se cree muy listo, muy mayor, y me trata como si tuviera cuatrocientos años, no tiene ni idea de lo que es una verdadera juerga y se quedaría bizco si imaginara como se lo montan la cachonda de su madre y el sátiro de su padre cuando el y su hermana se van de excursión el fin de semana. Mi hija suele alabar mi forma física. ¡Cualquiera le dice cual es nuestra tabla de ejercicios! Y es que acaba siendo irritante que todo el mundo piense que los matrimonios veteranos no tiene vida sexual ¿Acaso no saben que el diablo sabe más por viejo que por diablo? Publica esta carta para que todos esos jovencitos presuntuosos se enteren de que aquí hay un par de cuarentones que saben jugar entre las sabanas.

Gemma. Burgos

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