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Caperucita Roja lucha contra el Lobo Feroz

Érase una vez, una familia de leñadores que vivían en una cabaña aislada en el bosque. El matrimonio tenia cinco hijos y una hija, a la que todos llamaban caperucita porque para protegerse de la lluvia y del viento, llevaba siempre una media capa con capucha de un vistoso color rojo. Caperucita era la hija mayor y entre la dureza de la vida en el bosque y las continuas peleas con los guarros de sus hermanos, era tan hermosa como un ángel y tan fuerte como cualquier chico de su edad, o incluso mas todavía.

Un día, su madre fue a buscarla y la encontró en el granero, rodando desnuda con su hermano mas joven, de 14 años. El chico la tenia sujeta con una llave de tijera a la cintura y con una mano le tiraba del pelo salvajemente mientras que con la otra le estrujaba un pecho. Ella chillaba de dolor pero al mismo tiempo mantenía aferrado con firmeza su miembro viril, estirándolo rítmicamente como si lo ordeñase, hasta que el chico eyaculó. Entonces ella se libró fácilmente de la tijera y se montó sobre él, frotándose el pubis con su cara hasta correrse entre gemidos.

La madre: ¿Hija, que estas haciendo?

Caperucita Roja: Nada, mama. Tan solo estoy desvirgando al pequeñajo, que se me ponía chulo por haber cumplido los 14.

LM: Desde que tu padre murió, estas cada vez más salvaje y más guarra. En fin, mientras no te quedes embaraza, tus hermanos y tu podéis jugar sucio todo lo que os apetezca. Pero de momento coge tu ropa y llévale este paquete a tu tío, el cazador.

CR: ¡Jo, mama! La cabaña del tío esta lejos y hay que atravesar el bosque.

LM: ¿Quieres que les prohíba a tus hermanos jugar sucio contigo?

Ante este ultimátum, la viciosa jovencita agarró el paquete, lo metió en una cesta de mimbre que le resultaba cómoda de llevar y partió a través del bosque. Al llegar al vado del arroyo encontró al príncipe heredero del ducado, un adolescente problemático, grande y alto para su edad, que ya había vapuleado a más de un campesino y desvirgado a más de una campesina. Desgreñado y mal vestido pese a su condición de noble, todos le llamaban el lobo feroz por el emblema heráldico familiar, su aspecto delgado, sus orejas peludas, su escasa higiene personal, su lujuria insaciable y su demostrado salvajismo.

Lobo Feroz: ¡Eh, campesina, ven aquí!

CR: No soy campesina. Soy leñadora.

LF: ¿Y que más da? Campesinas, burguesas, pastoras, leñadoras.. Todas sois iguales. ¿Es comida eso que llevas dentro de la cesta? Dame un poco, tengo hambre.

CR: Tendrás menos hambre cuando te parta los dientes, mamarracho.

El lobo feroz, al oír esto, con ademán soberbio le dio una bofetada a Caperucita. Era la conducta normal de un noble acostumbrado a una completa sumisión de sus vasallos feudales, pero su soberbia se volvió sorpresa cuando caperucita le devolvió el bofetón. El Lobo la abofeteó otra vez y Caperucita, sin amilanarse, le estampó otro sopapo monumental. El Lobo le lanzó otro tortazo pero Caperucita detuvo el golpe y ambos jóvenes se enzarzaron en un duro forcejeo. Caperucita era fuerte pero el lobo no era ningún alfeñique y ninguno de los dos consiguió ventaja en la lucha. Más todavía, tras la sorpresa inicial, el Lobo comenzó a disfrutar de la experiencia de luchar cuerpo a cuerpo con una chica atractiva de turgentes pechos, largos y sedosos cabellos negros, piel bronceada y cuerpo esbelto.

Caperucita se dio cuenta de que la entrepierna del Lobo comenzaba a hincharse desmesuradamente y que su adversario estaba aprovechando el combate para meterle mano bajo la ropa. Cuando comenzó a sobarle entre las piernas, Caperucita dejó de forcejear para liarse a mordiscos, patadas, puñetazos, cabezazos, rodillazos y codazos.

LF: ¡ESTUPENDO! No me había divertido tanto desde que violé a la hija del herrero, que es la mujer más fuerte de toda la aldea. Si hubiera sabido que tú también sabes pelear, te hubiera buscado hace mucho.

CR: Me he peleado seis veces con la hija del herrero porque a las dos nos gustaba el mismo chico, pero ella aceptó olvidarse de él después de la sexta paliza. Me corrí seis veces en su cara y voy a hacer lo mismo con la tuya, pichafloja!

Caperucita y el lobo rodaron por el suelo luchando con todas su fuerzas. A sus 19 años caperucita era una chica atlética y en forma, mucho más fuerte de lo que aparentaba, pese a su baja estatura. El Lobo, a sus 17 años, era ya un granuja redomado y aprovechaba la pelea para meterle mano a caperucita todo lo posible. La morena fingía dejarse hacer mientras usaba sus conocimientos de lucha para inmovilizar a su agresor. Cuando el Lobo se dio cuenta de que estaba atrapado, intentó liberarse haciéndole cosquillas a su adversaria, pero sin éxito.

CR: Es inútil lo que intentas, no tengo cosquillas. ¡Pero tu si!

Y comenzó a hacerle cosquillas. El Lobo intentó liberarse mientras Caperucita le apretaba cada vez más fuerte. Cuando vio que su adversario estaba inmovilizado, decidió tomarle el pelo y acercándose a sus peludas orejas, que eran las que le habían valido el apodo de ‘Lobo’, comenzó a susurrarle procacidades.

CR: Tengo los pezones tiesos…

Era verdad. Los pezones de la chica estaban enhiestos y duros, marcándose con claridad en su ropa. Caperucita siguió hablando, usando un lenguaje que le habría ganado una bofetada a cualquiera que lo usase con ella en una situación normal, escogiendo con cuidado las palabras para maximizar el efecto sobre la libido masculina.

CR: Tengo unas ganas locas de que me folles, lobo sarnoso. Quiero FIESTA! Me voy a hacer un par de pajas con ese pedazo de cipote que te noto bajo esos birriosos pantalones que deberías haber tirado hace años. Tengo la almeja tan mojada que voy a empapar las bragas, cacho cabrón!

LF: ¡Calientapollas!, en cuanto me suelte, te voy a echar un polvo que te vas a enterar, ¡cabrona!

CR: (ondulando lascivamente su cuerpo, rozándose suavemente la entrepierna contra la abultada bragueta de su inmovilizado adversario) ¡Vaya Mierda de lobo, que se pelea con la cabrona y ella le puede! Si tus músculos fueran como tu rabo, a lo mejor me ganabas, nene. Ohhh, macizo, tio bueno, calientapollas me llamas, pero tu si que tienes un buen calientacoños. OHHH!!! ¡Que grande! SII!! Ojala pudiera desmontarlo y llevármelo a casa. ¡SI! Te voy a joder vivo. Quiero polla. Quiero tu puta polla. Ah, ahhhh, ahhhhhh!! ¡Que gorda la tienes! aaahhhh!! SIII AAAHHHHH!!!!! AAAAAHHHHHHHH!! AAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!! AAAaahhhh………..

El lobo, aprovechando que caperucita estaba distraída por aquel colosal orgasmo, intentó liberarse y casi lo consiguió, pero Caperucita reaccionó con presteza para asegurar su presa. El Lobo inmovilizó la cabeza de caperucita sujetándola por la barbilla y la besó por la fuerza, pese a los desesperados esfuerzos que ella hizo para zafarse. Fue un beso largo y húmedo, que la jovencita comenzó a devolver con entusiasmo voraz. Lucharon estrujándose con rabia, mordiéndose, pellizcándose, tirándose de los pelos y dándose patadas y codazos, mientras que el top y la falda de caperucita salían volando, quedando la musculosa morenita vestida tan solo con unas bragas negras de cuero y la capucha con media capa que le había valido su apodo. El Lobo también había perdido la camisa y los zapatos, conservando tan solo unos calzones viejos y feos que estaban pidiendo a gritos un buen lavado desde antes de que la pelea comenzase.

LF: Calientapollas, te voy a arrancar las bragas

CR: Pollafloja, te vas a quedar con las ganas

Era verdad. Las bragas de Caperucita eran de lino fuerte, muy resistentes, difíciles de arrancar si su propietaria no se dejaba. Mientras el Lobo intentaba sacárselas, Caperucita pudo atraparle la cabeza con las piernas en una llave de tijera y sentarse sobre su cara, mirando hacia sus pies. Quedó el Lobo de espaldas sobre el suelo, con las espléndidas nalgas de caperucita aplastándole la cara, ondulando ella sus caderas para restregarle las bragas en la cara, los ojos cerrados con expresión de arrobamiento. El Lobo no tuvo escrúpulos en intentar morderla para quitársela de encima, pero el cuero la protegía muy bien. Lo único que consiguió el lobo con todos sus esfuerzos fue acelerar la excitación de la vencedora. El lino estaba empapado de sudor y fluidos genitales, y de repente sintió el Lobo que aumentaba la temperatura mientras los gemidos de su conquistadora indicaban que se derretía de placer.

Quedó Caperucita tendida junto al lobo, abrazándole, deshecha de placer. No pudo sacar provecho el Lobo de tal situación, pues estaba demasiado ocupado recuperando el aliento tras quedar casi ahogado bajo los poderosos genitales de su lujuriosa adversaria.

LF: ¡Zorra!

CR: Venga ya… Como si no te pusiera cachondo a tope que sea un poco zorra cuando te arreo una buena zurra. (le agarra de los pelos y lo besa apasionadamente.) Ha sido un verdadero placer, mamarracho, pero tengo prisa.

LF: (señalando el enorme bulto de sus pantalones) ¡Eh, oye! ¿Y yo, que? ¡Mirame!

CR: (Poniéndose la falda y el top) Tu desmontable es tu problema, nene. Yo ya voy bien servida.

Y dicho esto, se puso en marcha de nuevo. El Lobo, furioso, de buen gana se hubiera lanzado a por ella, pero estaba agotado a mas no poder, aparte de que tuvo que perder tiempo recuperando su propia ropa. Cuando estuvo en situación de perseguir a Caperucita, la moza había ya desaparecido por el bosque. Quedó el Lobo de pie allí, en medio del claro, con aire estúpido y sin saber que hacer. Luego, sonriendo, echo a correr a toda velocidad. Corriendo a toda potencia, el Lobo llego a casa del tio de Caperucita antes que esta, y la encontró cerrada, con un cartelito que decía:

“Querida sobrina: he tenido que marcharme por un imprevisto. Regresaré esta noche. Déjame la cesta en casa y recoge la bolsa que te he dejado en el salón.”

El Lobo se puso a pensar. Por el cuerpo a cuerpo, sabia a ciencia cierta que Caperucita no llevaba llaves encima. Por lo tanto era seguro que las llaves de la casa estaban en algún escondite. Tras probar cuatro o cinco sitios posibles, las encontró debajo de una losa de piedra. Arrancó el cartel, abrió la puerta y entró en la casa. Localizó el dormitorio y tras inspeccionar los armarios, se apodero de un pijama, un gorro de dormir de lana, unas gruesas gafas y una bufanda. Justo a tiempo, porque escuchó que ya llegaba Caperucita. Se metió en la cama, bendiciendo el hecho de que caperucita fuese a ver a su tio y no a su tia. Con una mujer, las probabilidades de éxito de su plan hubieran descendido drásticamente, pues hubiera sido más difícil mantener el disfraz.

CR: (Entrando en la casa) Tío, ¿dónde estás?

LF: (Poniendo una voz de falsete y tosiendo mucho) Estoy aquí, resfriado.

CR: Pues debe ser un buen resfriado, porque vaya voz cambiada tienes. ¿No habrás cogido la gripe? Ah, no, no es la gripe.

LF: ¿Y como lo sabes?

CR: Por que la tienes tiesa tiesa, tanto que la sabana parece una tienda de campaña. ¿He interrumpido algo?

LF: No, cariño, llegas justo a tiempo. Y diciendo esto, saltó sobre su sorprendida victima, derribándola sobre la cama.

CR: ¡TU! ¡Maldito cerdo! Me voy a hacer una paja con tu cara, puto maricón.

Lucharon por toda la habitación, chocando con las paredes y arrojándose el mobiliario y los objetos domésticos. Caperucita le dio una tremenda paliza al Lobo pero este apenas parecía notar los golpes. La lujuria parecía centuplicar sus fuerzas y tras más de un cuarto de hora de pelea interrumpida, Caperucita acabó sucumbiendo ante los asaltos sexuales de su violador. Como el ariete en la puerta de una plaza tomada por asalto, así penetró el cipote del Lobo Feroz en la entrepierna de la vapuleada Caperucita.

CR: ¡Cabronazo! OHHH, ¡Que gorda la tienes! AHH, AAAHHH, AAAAAHHHHH!!!

¡No pares cerdo! ¡Si! ¡Siiiiiiiiiiii! Me corro, me corro! OHHH! Cerdo, te mataré. AHH!

Sabes como usar una polla. ¡Me corro otra vez! ¡Dios mio! AAAAAAHHHHHH!!!!

Me las pagaras, cerdo. ¡Toma ostia! Te voy a sacar los ojos capullo. ¡No pares! Oh, Dios mío, otro mas. AH, AAHH, AAAHHH, AAAAAAAAAAAHHHHHHHHH!

Mientras gozaba a su pesar, Caperucita no dejaba de resistirse con todos los medios a su alcance, dientes, uñas, rodillazos, tirones de pelo y puñetazos en las costillas, pero todos estos golpes solo parecían servir para enardecer todavía mas al Lobo. Caperucita volvió a correrse cuatro veces mas antes de que el Lobo consumase su brutal violación eyaculando dentro de su victima mientras la devoraba a besos, ignorando sus golpes.

Tras más de seis horas de brutales forcejeos y salvaje fornicación, el Lobo había gozado cuatro veces por la fuerza de su musculosa victima, que yacía a su lado llena de moratones pero con expresión de gatita saciada.

Al anochecer, Caperucita despertó, para ver que su aristocrático violador empezaba a vestirse.

CR: Ha sido soberbio, ¡glorioso! El mejor revolcón de mi vida.

LF: ¿Serás marrana? Tanto alardear de machorra y te corres cuando te violan.

CR: ¿Qué pasa? ¿Es que una mujer de verdad no puede disfrutar de una buena polla? Los cipotes de primera como el tuyo son difíciles de encontrar. Además, siempre me ha puesto cachonda una buena pelea. Ganar siempre estaba comenzando a resultar aburrido. Tú en cambio eres perfecto. Estas tan bueno que me pongo húmeda solo de mirarte, pero eres tan asqueroso que disfruto el doble zurrándote. Pero lo mejor de todo es la emoción del riesgo. Pelear contigo a toda maquina, sabiendo que puedo vencerte y obligarme a lamerme el conejo, pero que de verdad puedo perder y quedar a tu merced, me pone a más de mil por hora. ¡Dios! Vas a ser un esposo perfecto.

LF: (muy alarmado) ¿Esposo? ¿Te crees que me voy a casar contigo por muy maciza que estés y por muy bien que folles, sucia plebeya? ¡Soy un noble!

CR: El difunto duque era un verdadero noble, sabio, apuesto, valiente y generoso. Todas las mujeres del feudo se hubieran abierto de piernas para él. Tú no eres más que basura y aunque seas el heredero, ni siquiera creo que seas su hijo. Seguro que la zorra de tu madre, la duquesa regente, se largaba al bosque las noches de luna llena y se acostaba con algún licántropo para parirte a ti.

LF: Licántropos no hay por estos bosques que yo sepa, pero leñadores si. ¿Y que crees que estaba haciendo la honesta y robusta esposa del fornido leñador, mientras su marido derramaba su simiente en el vientre de mi madre? Pues gozar como una puerca del cipote de mi supuesto padre.

CR: ¿No te atreverás a insinuar que….?

LF: Tú misma lo has dicho: todas las mujeres del feudo se hubieran abierto de piernas para él. Así se vengó mi madre de los adulterios sin fin de vuestro idolatrado duque. Cada vez que su esposo salía a cazar ‘conejos’, ella se iba a recolectar ‘nabos’. El duque es tu verdadero padre mientras que yo soy hijo del leñador. Yo, un bastardo hijo de un plebeyo, heredaré el ducado. La venganza de mi madre esta completa. No solo le ha puesto abundante cornamenta al viejo lobo, sino que su linaje se ha extinguido.

CR: Hablas por hablar. Si tu madre se acostaba con cualquiera, tú puedes ser el hijo de cualquiera.

LF: No, por una razón muy sencilla: Mi madre buscaba venganza además de lujuria. Acostándose con el esposo de tu madre, se vengaba a la vez de su marido y de tu madre también. Solo queda un cabo por atar: ¡tu!

CR: ¿YO?

LF: Si, ¡TU! Eres la última descendiente viva del linaje ducal. Aunque seas mujer y bastarda, eres la única amenaza a mi ascensión al poder. ¿Crees que fue casualidad que me cruzase contigo y que te buscase pelea? Pensaba matarte después de violarte, pero creo que te dejaré vivir. Cuando me case con alguna marquesa feucha por motivos dinásticos, necesitaré una concubina de melones generosos, que sepa mover las caderas y pegar con el puño cerrado como tu. Va a ser un placer el poder follarte siempre que me apetezca, mientras disfruto de mi feliz reinado, sentado en un trono que debería haber sido tuyo.

CR: ¿Has olvidado que ya te he vencido antes? Voy a reconquistar el trono de mi padre a ostia limpia y de propina, me voy a hacer unas cuantas pajas con tu enorme rabo, chaval.

Y diciendo esto, se lanzó con los puños cerrados sobre su violador. Este la recibió de igual forma y tras un rápido y brutal intercambio de puñetazos, la lujuria tomo el lugar de la estrategia y se lanzaron a un vicioso cuerpo a cuerpo, enroscándose el uno en el otro como serpientes trenzadas en un combate de apareamiento.

Un par de horas después, se abrió la puerta y entraron la duquesa viuda y el cazador, tio de caperucita. Él le metía mano por el amplio escote para manosearle los generosos pechos y ella le deslizaba la mano por los pantalones para aferrarle el paquete mientras se lo comía a besos. Estaban tan concentrados en sus lujuriosos escarceos que al principio ni siquiera percibieron que la cabaña ya estaba ocupada.

DUQUESA: ¡Hijo! Que haces aquí!

CAZADOR: ¡caperucita!

Los dos estaban desnudos y cubiertos de moratones. Caperucita tenía un ojo morado y el semen le goteaba por los muslos, el pelo y otras partes del cuerpo, pero estaba claro quién de los dos era el indiscutido ganador del combate.

CR: Hola, amante de mi padre. El imbécil de tu hijo me lo ha largado todo mientras le violaba.

DUQUESA: ¡Ahhhhh! Tu eres la bastarda que mi esposo tuvo con esa golfa de tetas regordetas y culo de vaca. ¿Y que piensas hacer ahora que conoces la verdad?

CR: Voy a casarme con tu hijo y seré la duquesa, por supuesto.

DUQUESA: ¡Mnnnnnn! ¡Pues no es mala idea!

LR: ¡Madre, no puedes hablar en serio!!!!!

DUQUESA: En realidad es perfecto. Os casáis y cerramos el círculo. De esta forma, nadie podrá disputarles el trono a tus descendientes. Además hijo, te quiero mucho y eres muy bueno en la cama, mejor que tu padre sin duda y él era un verdadero maestro entre las sabanas, pero eres bastante tarambana y aquí te hace falta una mujer con mano fuerte. ¿La has desvirgado?

LR: Varias veces, aunque ella no se dejaba.

DUQUESA: Entonces, puedes vencerla en una pelea aunque ella también puede vencerte a ti. ¡Magnifico! Vais a ser una pareja perfecta.

LR: También voy a ser una duquesa perfecta cuando no esté demasiado ocupada pajeaádome con el cipote de tu lobito.

La duquesa, sin decir nada, se quitó sus lujosos ropajes y quedó desnuda ante los atónitos ojos de Caperucita. La duquesa era mujer hercúlea, musculosa como un hombre atlético y flexible como un junco.

DUQUESA: Tu madre y yo ya hemos tenido esta conversación, varias veces de hecho a lo largo de los años. Las dos disfrutábamos mucho de esas charlas; bueno, tu madre un poco menos, sobre todo al final, cuando tenía que lamerme el…

Caperucita se lanzó a por la duquesa, atacándola con una patada en el coño pero ella esquivó el ataque y rebotaron de un lado a otro de la habitación mordiéndose, pateándose y tirándose de los pelos. Caperucita luchó con todas sus fuerzas pero estaba cansada y la duquesa era mucho más fuerte que su hijo. Caperucita terminó derrotada, abierta de piernas, mientras la perversa duquesa se masturbaba frotando su coño contra la entrepierna de Caperucita hasta correrse.

DUQUESA: No ha estado mal. ¿Otro asalto, zorra?

Caperucita se lanzó al ataque sin dudarlo cuatro veces más, pero cuatro veces acabo domada y violada lésbicamente. Cuando al sexto envite ya no tuvo fuerzas, la duquesa se sentó sobre su cara hasta correrse. Después, insaciable, se refocilo con el cazador hasta agotarlo.

DUQUESA: Bueno hijo ¿Has visto como se doma a una zorrona machorra? ¿Has tomado nota para tu noche de bodas? Pues ven aquí y dale un beso a tu madre.

CR: ¿Seréis guarros?

Madre e hijo no se molestaron en contestarle porque estaban demasiado ocupados en el frenesí de la pasión. Cuando acabaron, Lobo Feroz estaba tan cansado que se quedó profundamente dormido.

DUQUESA: Os casareis la semana que viene.

CR: Ningún problema por mi parte, pero la noche de bodas, antes de zurrar de nuevo a tu lobito sarnoso, cuando no esté tan cansada como ahora, vamos a dejar claro cuál de las dos va a ser la duquesa reinante.

DUQUESA: ¡Ohhhhhhh! Creo que voy a páralo mejor contigo que con tu madre.

CR: Ya veremos.

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