Mi amiga Adriana

Me recibí de abogada a los veintidós años, hice una carrera excelente: el mejor promedio, la mejor tesis, la mejor compañera, mis padres estaban orgullosísimos, mis hermanos me adoraban en fin, en todo era la mejor excepto que en mi vida no había encontrado aún un compañero. De chica me había abocado al estudio con empeño, no iba a fiestas, no salí con ningún chico a pesar que todos me consideraban una de las chicas más lindas del colegio, en la facultad me aislé más aún. Me di cuenta cuando ya dejaba de ser adolescente que mi excesiva dedicación al estudio me había hecho perder algo, mis compañeras y amigas me contaban de sus novios o amigos y de lo maravilloso que era el sexo y yo las envidiaba, pero a medida que pasaba el tiempo me iba resignando a mi condición de virgen y luego ya empecé a sentir rechazo hacia los hombres, no era que no los desease sino que cuanto más crecía más miedo me daba perder la virginidad, me imaginaba algo doloroso y sangriento y empecé a encerrarme en mi soledad, sólo acompañada por mis fogosas masturbaciones. Ya en posesión de mi título conseguí un excelente trabajo en una importante compañía petrolera y al poco tiempo pude comprarme un hermoso departamento en uno de los mejores barrios de la Capital, no porque quisiese alejarme de mi querida familia sino por mis extensos horarios de trabajo que me hacían salir muy temprano de mi casa y llegar muy tarde por la noche. Mi independencia me obligó a cambiar muchos aspectos de mi vida, comencé a elegir mi ropa, en lugar de mi mamá, más visitas a la peluquería, maquillarme cuidadosamente, es decir todos aquellos pequeños detalles que siempre descuidé pero que ahora era me imprescindible respetar para estar a tono con mis compañeras de trabajo y sobre todo a la altura de los ejecutivos de la empresa con los que tenía reuniones a diario. Pronto comencé a notar que mis superiores me miraban con mucha atención y me halagaban y tenían conmigo pequeñas atenciones continuamente, no pasó mucho tiempo hasta que uno de los abogados me invitó a cenar y otro me propuso una salida con amigos en un velero, invitaciones que rehusé cortésmente. Esta nueva situación me descolocó un poco, no esperaba tantas atenciones de pronto pero una mañana mientas me vestía luego del baño y me maquillaba frente al espejo, me asombró lo que veía en él: Una mujer en corpiño y bombacha con un cuerpo espectacular, una cabellera alborotada y sensual y unos ojos que parecían tener el color de la bruma en las mañanas de invierno. Mi altura, aumentada por mis tacos, resaltaba mi figura, mis pechos no eran exageradamente grandes pero no eran pequeños tampoco. De perfil mis nalgas se veían redondeadas y levantadas y de frente el cavado de mi sexo, resaltado por mi pequeño bikini, se hundía entre mis muslos firmes. Me gustó tanto lo que veía que me masturbé frente al espejo. Luego tuve que volver a bañarme y salí de casa con el corazón palpitante. Al llegar me esperaba una sorpresa: El Presidente de la empresa quería verme. Acudí a su despacho muerta de miedo pero me recibió con una sonrisa y me ofreció asiento y me hizo servir café, luego habló: -Doctora, la he llamado porque tengo una misión que encomendarles a usted y al Doctor Vergara (era mi jefe). En Islas Vírgenes se realiza la convención anual de empresas petroleras y quiero que ustedes nos representen este año… Me sentí terriblemente halagada, pero contesté que yo era una muy joven profesional y además tenía poca antigüedad en la empresa y pensaba que otras personas podían desempeñarse mejor que yo y que… Pero me interrumpió diciendo que el doctor Vergara opinaba que era una excelente profesional y me había pedido especialmente como compañera de viaje. Cuando volví a mi oficina flotaba en el aire pero me esperaban mis compañeros, ya enterados, que me recibieron con felicitaciones y augurios. Luego me llamó el doctor Vergara a quien le agradecí profundamente su distinción pero se rió y me dijo que no me pusiese tan contenta porque me esperaba un duro trabajo. Era un hombre de cuarenta y cinco años, alto, delgado y elegante y terriblemente atractivo con una mirada que contaba el aliento de todas mis compañeras que morían por él lástima, decían, que estuviese casado. Viajamos un viernes por la mañana y nos despidieron mis padres y la esposa de mi jefe, una señora bellísima y atractiva que me miró con cierta desconfianza, no se imaginaba que a mí los hombres no me interesaban en absoluto. Nos alojamos en el mejor hotel de Saint Thomas y a mi no me alcanzaban los ojos para asombrarme de tanto lujo y belleza, nos dieron habitaciones vecinas y al entrar en la mía me temblaron las rodillas, era una suite increíblemente lujosa con un dormitorio con la cama más grande que había visto en mi vida, todo era de excelente buen gusto y me sentí como viviendo en una película de Hollywood, estaba fascinada. Por la noche asistimos a una cena con la que se inauguraba la convención y a continuación hubo un gran baile, por suerte había llevado ropa muy elegante y no desentonaba en absoluto con el resto de las mujeres, el doctor Vergara me miraba con cierto orgullo por el modo en que me desempeñaba y mantenía informales conversaciones con quienes se acercaban a saludarnos. De pronto me sentí demasiado mirada, quizás mi escote era exagerado pensé pero los de la mayoría de las mujeres presentes eran más audaces que el mío, me costó convencerme que era tan mirada por ser una de las más jóvenes y bellas de las concurrentes. Bailé con el doctor Vergara que se comportaba como un verdadero caballero y me hizo sentir muy cómoda y en un breve momento que pudimos sentarnos a solas para tomar una copa de champagne me felicitó por mi elegancia haciéndome poner colorada. No sé si por el champagne o que de a poco me empezaba a sentir más integrada a ese ambiente, me fui poniéndome un poco más locuaz y comencé a mantener con mi jefe una informal y divertida conversación. En un momento que volvía a decirle “doctor Vergara” me interrumpió pidiéndome que le llame por su nombre: Ernesto. Le contesté que entonces me llamase Adriana lo que hizo de inmediato abandonando, además el formal tratamiento de “usted”. La noche transcurrió rápidamente y pronto el cansancio del viaje nos alcanzó y decidimos dar por terminada la velada y buscar el descanso que tanto necesitábamos. Al llegar a mi habitación Ernesto tomó mi llave para abrir mi puerta pero antes de hacerlo me sorprendió besándome en la boca. Me quedé paralizada, no me esperaba ese beso pero ya los brazos de Ernesto me rodeaban y me volvía a besar apasionada pero dulcemente. Abrió mi puerta y entramos, la luz de una lámpara estaba prendida creando una sugestiva atmósfera. Me apoyó contra la puerta y volvió a besarme, no me resistí a sus besos, los primeros que recibía en mi vida, me parecían deliciosos y comprendí que el momento había llegado y que el lugar, sin haberlo elegido, era el perfecto: Las Islas Vírgenes. Sus manos recorrían mi espalda, acariciando, conociéndome, bajaron por mi espalda y acariciaron mis nalgas, luego subieron a mis hombros y descendieron por mis costados y conocieron mis muslos, subieron hasta mi cintura y luego acariciaron mis pechos, tuve un orgasmo inesperado que me estremeció y me hizo gemir, me sentí empapada mi vagina segregaba mis flujos como el agua un manantial. Un brazo rodeó mi cintura y sentí una mano descender desde mi pecho hasta acariciar mi entrepierna, me estremecí y sollocé al tener otro orgasmo, Ernesto me volvía loca como jamás pensé que un hombre podía enloquecer a una mujer. Me pasó el brazo por mis hombros y me llevó al dormitorio pero lo detuve:
-Ernesto, tengo algo que decirte… me miró sorprendido. -Soy virgen. -¿Queeeé?, preguntó asombrado. -Si, soy virgen. Bajé la cabeza avergonzada pero Ernesto levantó los ojos al cielo y sólo dijo: Gracias, gracias por esta bendición… y agregó: -No temas pequeña, voy a ser muy cuidadoso, lo prometo mi cielo. Al pie de la cama me quitó el vestido y se quedó mirándome con la boca abierta. ¿Pasa algo Ernesto? Pregunté asustada. Titubeó: Sos…, sos… increíble. Me miraba maravillado. Mi ropa interior era de encaje negro y con el portaligas, las medias y con los tacos altos debí parecerle una visión porque no podía dejar de mirarme pero volvió a abrazarme y ahora me besaba apasionado pero con mayor dulzura aún. Me desnudó y me acostó y sin dejar de mirarme comenzó a desnudarse bajo mi atenta mirada. Era bello como nunca pensé que podía serlo un hombre, sus piernas increíblemente torneadas, sus músculos marcados, su piel bronceada, el vello algo canoso de su pecho y esos ojos que me miraban con infinito amor. Pero cuando se quitó el slip se me cortó la respiración, su pene me pareció inmenso, claro que yo nunca había visto ninguno así que no podía decir si era más grande que otros pero me pareció grandísimo y volvieron a aparecer mis miedos, el dolor, la sangre… Pero Ernesto ya se había acostado encima mío y me besaba y su cuerpo ardía tanto como el mío y volví a perder la cabeza y me olvidé de mis miedos. Sentí su pene muy duro y caliente apoyado contra mi vientre y lo desee con todas mis fuerzas pero Ernesto sabía lo que hacía y me iba a preparar lentamente. Me besó largamente enseñándome a besar, luego besó mi cuello y lo lamió y de a poco fue descendiendo hasta mis pechos que se habían puesto duros y en los que los pezones parecían dedos señalando al cielo de tan parados que estaban. Los lamió arrancándome gemidos y un nuevo orgasmo y luego los chupó lenta y profundamente haciéndome sollozar de tanto placer, sentía que mi vagina latía sacudida por los orgasmos que se sucedían uno detrás de otro. Su pene me quemaba de tan caliente y su glande, que se había humedecido, me acariciaba el vientre. Su boca descendió besando y lamiendo, mi ombligo, mi vientre, olió mi pubis y su lengua tocó apenas mi vello humedecido haciéndome gemir y desearlo. Sus manos separaron mis muslos mojados y me miró en mi mayor intimidad sonriendo, prolongando hasta el paroxismo el momento anhelado. Luego su lengua lamió mis muslos postergando aún llegar a mi vagina que lo esperaba anegada de flujo. Finalmente llegó, y se deslizó entre los labios y grité y mi cuerpo se arqueó tensándose en el orgasmo mientras sus manos me aferraban para mantenerme quieta y permitir a su lengua cumplir su dulce cometido. Un huracán de orgasmos me arrasó cuando un dedo me penetró, y al tiempo que preparaba para la verdadera penetración, me masturbaba lentamente, el mismo dedo que se deslizó luego buscando mi ano al que también penetró descubriéndome que mis zonas erógenas eran mayores que las que yo imaginaba, otro dedo, que imaginé era el pulgar, volvió a penetrar mi vagina y ahora era masturbada por los dos sitios. Me fui deslizando en una deliciosa inconsciencia en la que mi cuerpo me había dejado de pertenecer y yo solo era sentidos puros, solo placer, y me fui abandonado a esa boca, a esos dedos que me poseían y me compensaban de mi larga abstinencia. Cuando mi cuerpo le perteneció absolutamente Ernesto decidió tomarlo definitivamente; se incorporó y abrazándome me besó con su boca y su cara empapada por mis flujos y conocí mi sabor de hembra. Entonces sentí que acomodaba el glande entre los labios de mi vagina y esperé la penetración pero Ernesto dijo: -Pequeña mirame. Abrí los ojos y lo vi sonriéndome con infinita ternura y me sentí amada como jamás pensé que podía serlo. Entonces me penetró, cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás gimiendo de placer pero Ernesto pidió: -No los cierres, no los cierres, mirame Pequeña, mirame, no dejes de mirarme y volví a abrir los ojos mientras el pene continuaba penetrándome. Me costó pero los mantuve abiertos mirando los ojos de mi amor que me hacía mujer y me hacía suya. Me amó lentamente, volviéndome loca de goce y cuando dejamos de mirarnos porque me abrazaba jadeando porque el orgasmo ahora lo alcanzaba me aferré a su cuerpo con las piernas muy abiertas para recibir su placer. Cuando lo sentí eyacular me uní a su orgasmo con el mío y mi grito fue de felicidad y lloré y apreté y mordí y me estremecí y cuando Ernesto me comía a besos y repetía: Pequeñita, Pequeñita mía, mi llanto que nacía en lo profundo de mi pecho trocó en risa, risa de pura felicidad y Ernesto también rió y ahora el lecho era abrazos y risas y palabras entrecortadas pero sobre todo era amor, el amor que esperé toda la vida. Luego fue el tiempo de descanso y las caricias y los juramentos de amor eterno pero ante todo fue el momento de mi gratitud por su maravilloso comportamiento, por su amorosa hombría, su varonil y delicada paciencia y su respeto por mi inexperiencia. Ernesto era gentil y cariñoso y sus pequeños besos y sus dulces palabras me transportaban a un mundo extrañamente desconocido para mi, comprendía que era muy afortunada y que el amor tocaba a mi puerta en el momento exacto, que el tiempo pasado no fue tiempo perdido porque este era mi lugar y mi momento. Luego volvió a amarme una vez y otra vez y también fue el momento de mi desvirgamiento anal que Ernesto transformó en algo maravilloso con su exquisita delicadeza y su dulzura para brindarme un placer inesperado e indescriptible. Finalmente me dormí en sus brazos paladeando aún el dulce sabor que su semen dejó en mi boca. Las cuatro noches siguientes antes del regreso fueron cada una mejor que la anterior y al concluir el viaje ambos comprendimos que estábamos indisolublemente unidos. Regresamos a Buenos Aires un jueves a las dieciocho horas y a las veintiuna Ernesto se mudaba conmigo definitivamente. Nuestra pequeña nació a los nueve meses exactos de nuestro viaje y el nombre lo sugirió Ernesto y yo lo aprobé entusiasmada, nuestra niña se llama Virginia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*