Lucas

Los mejores amigos de mis padres habían comprado un campo en un pueblo a unos cuatrocientos kilómetros de Buenos Aires y nos invitaban a pasar con ellos una semana entera. La noticia me disgustó porque ya habíamos veraneado con ellos el verano anterior y su hijo Lucas, ahora de diecisiete años, me había resultado insufrible. Era un chico demasiado lindo pero muy pedante y me trataba como una minusválida, seguramente creía que por tener en ese entonces doce años era un ser anormal y no me habló ni me miró en el mes entero que estuvimos juntos. Por eso la idea de soportarlo nuevamente me parecía una verdadera tortura, pero mis esfuerzos por quedarme con mi tía y mis primos fueron infructuosos, mamá y papá se opusieron terminantemente a que no los acompañase. Así que el sábado muy temprano emprendimos el viaje y al cabo de cuatro horas llegamos a un hermoso pueblito y en unos minutos más entrábamos al parque de una gran casa que nos maravilló. Era un chalet de estilo californiano en medio de un parque rodeado de árboles, con un césped verde esmeralda y hacia atrás, y a un lado de la casa, se veía una gran pileta de natación brillar al sol. Apenas nos detuvimos se acercaron Natalia y Juan y detrás de ellos, el insufrible Lucas. Nos saludaron entusiasmados y observé que Lucas me miraba de un modo que evidenciaba cierta sorpresa pero luego se acercó con una gran sonrisa y me dio un beso en la mejilla. -Kim, creciste, comentó con sorpresa y agregó: Estás hermosa. Yo no lo podía creer, ese chico hermoso con el torso desnudo, bronceado por el sol y con ese mechón de pelo rubio cayéndole por la frente me halagaba, era verdaderamente increíble. Pero me tomó de la mano y me dijo: -Vení que te muestro la pileta, te va a encantar, a esta hora el agua ya está tibia y nos podemos bañar, apurate, ponete la malla. Volvimos a la casa Natalia y Juan nos llevaron a nuestras habitaciones en el piso alto, me habían destinado un dormitorio hermoso con ventana al parque. Apenas me quedé sola me puse la bikini roja, una de las dos que me había comprado mamá, una roja y una amarilla, me encantó lo que vi en el espejo: mis piernas eran largas y bien torneadas, de perfil mi cola era perfectamente redonda y parada y de frente mi entrepierna se veía seductora con el pequeño pero insinuante bultito de mi vagina. Pero al subir la vista el efecto se diluía al llegar a mi busto, mis tetitas eran apenas una leve intención de verdaderas tetas, lo único que las hacía diferentes a las de un chico eran mis pequeños botones rosados, pero el conjunto era agradable: mi rostro era delicado y de rasgos pequeños, excepto mis ojos que me enorgullecían, mi boca y mi nariz tenían el delicado encanto de los de mi mamá y todo se veía enmarcado por la cascada dorada de mi pelo sobre mis hombros desnudos, me vi linda y eso me gustó. Mamá vino a verme y me dijo que estaba bellísima y bajamos al parque. Al verme Lucas dijo: ¡Guauu!, Kim qué bella estás y logró hacerme poner colorada pero enseguida agregó: ¡Una carrera hasta la pileta! Y salimos disparados y saltamos al agua gritando. Enseguida comenzó una guerra de agua y luego hubo concursos de tirarse al agua de bomba a ver quien salpicaba más y después carreras de natación y todo alternando con guerras de agua bajo la mirada sonriente de nuestros papás. Al mediodía comimos bajo los árboles y luego, antes de volver a la pileta salimos en bicicleta a conocer el lugar. Fuimos hasta el río y recorrimos las calles del pueblo desiertas a la hora de la siesta, volvimos en carrera por la ruta y llegamos a la casa transpirados y cubiertos de polvo y al soltar las bicicletas corrimos a la pileta y ni escuchamos el consejo de Natalia: ¡Chicos, duchensé! Porque ya saltábamos al agua así, todos sucios pero muertos de risa. Estuvimos en el agua hasta casi el anochecer excepto una rápida merienda hasta que finalmente fuimos a bañarnos y cambiarnos para la cena. Me puse un lindo vestido que mamá eligió y mientras me cepillaba el pelo me preguntó si lo estaba pasando bien. -Genial mamá, ¿viste que cambiado está Lucas? Mamá se rió y contestó: -¿No será que la que está cambiada sos vos? La miré intrigada y me dijo:
-Kimberley, estás hermosa y Lucas lo aprecia y trata de demostrarlo. Me sentí extraña, no me imaginaba que un chico de la edad de Lucas se pudiese interesar en mi pero al mismo tiempo muy orgullosa. Mientras los hombres se ocupaban del asado y las mujeres de las ensaladas Lucas me llevó a la sala y me hizo escuchar discos que le gustaban y descubrimos gustos comunes que nos entusiasmaron. Comimos al aire libre un riquísimo asado y luego Lucas y yo volvimos a escuchar música pero la intensa actividad del día ya se hacía notar y el sueño me empezó a vencer y me quedé dormida sentada en un sillón. Cuando me despertó mamá ya era tarde y todos se iban a dormir. Hacía calor y me quité la ropa dejándome la bombacha y me puse una camiseta muy corta casi con los ojos cerrados y caí profundamente dormida. Me despertó el calor y una sed que me arrasaba, era tarde y no se escuchaba un solo ruido, traté de volver a dormirme pero la sed era muy grande. Me levanté y salí descalza al pasillo, la oscuridad no era completa porque por las ventanas abiertas entraba la claridad de la luz de la luna y a medida que bajaba las escaleras y llegaba a la sala me iba a acostumbrando a esa tenue iluminación. Entré a la cocina, prendí la luz y fui directamente a la heladera y estaba inclinada buscando una botella de agua cuando escuché la voz de Lucas detrás mío: -¿Qué buscás Kim? Me enderecé de un salto, ¡estaba en bombacha agachada mostrando el culo y Lucas me había visto! Me di vuelta pero era peor, La camiseta no me llegaba ni a la cintura y se me notaban los pezones a través de la delgada tela de algodón, además la bombacha marcaba mucho mi vagina y los labios eran notables y destacaban la rajita entre ambos. -Bus…bus…caba agua, tenía sed, tartamudeé. -Yo también, contestó Lucas mientras me miraba detenidamente. Me observaba sin ningún tipo de pudor, los pezones, mi cintura desnuda, mi pequeña concha… Lucas solo tenía puesto el pantalón corto de su pijama, que se abultaba en su entrepierna, y se veía terriblemente atractivo. Sonrió como aprobando. -Dale, sacá el agua que traigo vasos. Tomamos agua helada mirándonos a los ojos y luego Lucas preguntó: ¿No querés tomar helado? Asentí con la cabeza y Lucas buscó en el freezer y sacó un pote de helado, lo habíamos tomado de postre pero algo había sobrado. Lo destapó y aseguró: -Alcanza para los dos, de un cajón tomó una cuchara y agregó: Vení tomémoslo afuera. Al salir caminaba delante mío y se detuvo para apagar la luz y yo, torpe, lo atropellé. Toqué sus piernas con las mías, mi pancita se apoyó contra sus nalgas y mis labios rozaron su espalda. Me excitó tocar su piel con mi boca. -Dame la mano, dijo Lucas y me llevó hacia el sillón hamaca que había cerca de la pileta, nos sentamos, destapó el helado y hundió la cuchara y sacó helado que me ofreció: -Abrí la boca. Yo la abrí y me puso la cuchara en la boca sonriendo, estaba rico pero me gustaba más tomarlo así, como una nena a la que alimentan, sonreí. Tomó una él y luego me ofreció otra y así tomamos una cada uno, pero luego Lucas empezó a jugar y cuando yo abría la boca alejaba la cuchara y dejándome con la boca abierta reía. Yo también empecé a reír e intentaba sorprenderlo atacando la cuchara rápidamente cuando la acercaba, así se terminó el helado y el juego. Lucas dejó el envase vacío en el suelo y me sorprendió con un inesperado beso en los labios. Un beso de labios fríos y con aroma a chocolate, me quedé mirándolo sorprendida pero antes de que reaccionase me volvió a besar. Esta vez una mano estaba en mi espalda, bajo la camiseta, y la otra me tomaba del hombro desnudo. Su lengua estaba fría como sus labios pero el beso era ardiente y tenia sabor a chocolate, perdí la cabeza toda mi concentración estaba en ese beso, en esa lengua que ya no estaba fría y que recorría el interior de mi boca. La mano que me tenía del hombro bajó a lo largo del brazo y acarició mi cintura antes de comenzar a subir bajo la camiseta hacia mis inexistentes tetitas, las yemas de los dedos acariciaron mis pezones excitados arrancándome un gemido, mi vagina latía y sentía que se mojaba. Fue un beso largo e intenso y cuando Lucas me miró a los ojos los dos respirábamos agitados. No me resistí cuando me sacó la camiseta y me acostó en el sillón, me volvió a besar mientras acariciaba mi pecho y yo sentía su pija dura contra mi pierna. Me besó el cuello y cuando lamió mis pezones tuve el primer orgasmo. Sus manos bajaron a la bombacha y comenzó a bajarla, levanté mi cola para ayudarlo y me la sacó, se incorporó un momento y al quitarse el pantalón vi su pija por primera vez, era grande y recta y estaba muy parada, me la imaginé penetrándome y sentí un poco de miedo pero no estaba dispuesta a ofrecer ninguna resistencia, confiaba en Lucas. Miró mi vagina con una sonrisa, los pelos del pubis brillaban húmedos y los besó haciéndome gemir. Su lengua recorrió los labios de mi concha, se deslizó entre ellos y empecé a tener orgasmos en cadena, uno detrás de otro, sentí un dedo que me penetraba y me mordí una mano para no gritar de tanto placer que sentía. No me di cuenta que tiraba del pelo de Lucas hasta que una mano sujetó la mía dándome a entender que le hacia doler, entonces acaricié su cabeza y la apreté contra mi vagina. No se cuanto duró la terrible chupada de concha porque perdí toda noción de tiempo pero en un momento sentí que el cuerpo de Lucas se deslizaba hacía arriba y sentí su boca empapada buscar la mía mojándome toda la cara con mi propio flujo, lamí su boca, su cara mojada saboreando mi propio sabor a mujer. Pero Lucas buscó mi boca y me besó profundamente justo en el momento que acomodaba la cabeza de su pija entre los labios de mi concha ya muy abierta, el glande estaba caliente y lo deseé desesperadamente pero no tuve que desearlo demasiado porque empezó a deslizarse hacia el interior de mi concha con extrema facilidad. Todo fue demasiado rápido, apenas el pene llegó a estar todo adentro de mi pequeña concha y Lucas se apretaba muy fuerte contra mi cuerpo sentí su eyaculación y el cuerpo de Lucas se sacudió. Su orgasmo provocó el mío y me aferré a su cuerpo con toda mis fuerzas mientras reprimíamos nuestros inaguantables gemidos, nos besamos para silenciarlos con un beso en el que parecía que nos iba la vida. Yacimos agotados con nuestros sexos latiendo por largo rato y luego Lucas me la sacó lentamente y me hizo sentar sobre sus rodillas y así abrazados nos comimos a besos largo rato mientras sentía que un líquido tibio corría por mis muslos. Me paré para mirarme y de mi concha salió el resto de semen que corrió libremente hasta mis rodillas. -Me tengo que lavar mi amor, dije. -Yo también me contestó Lucas y entonces vi su pija colgando brillante a la luz de la luna, metámonos en la pileta, sugirió Lucas. Pensé que pensarían los demás si supiesen que se estaban bañando en el agua en la que sus hijos se lavaron su flujo y su semen y casi me da un ataque de risa. El agua estaba singularmente tibia y nos metimos sin hacer ruido y parados empezamos a lavarnos pero de pronto Lucas me besó y con un impulso me hizo flotar bajo su cuerpo, entendí el juego e inflé mis pulmones para flotar y extendí mis brazos moviéndolos lentamente. Me volvió a penetrar y giramos abrazados, unidos por nuestros sexos y así recorrimos la pileta besándonos, girando, impulsándonos cuando los pies tocaban el fondo y así entre volteretas hicimos el amor como dos delfines y tuvimos un orgasmo maravilloso. La noche continuó en la cama de Lucas donde aprendí varias cosas más sobre el sexo, me arrodillé entre sus piernas abiertas y examiné su pene detenidamente satisfaciendo mi curiosidad y con el beneplácito de Lucas que me miraba sonriendo: descubrí su glande retirando la piel que lo rodea y lo imaginé un cíclope con ese único ojo que me miraba, lo toqué con la punta de la lengua y luego lo lamí probando su sabor que me gustó mucho, descubrí que hacerlo provocaba gemidos en Lucas que se retorcía con los ojos cerrados, lo levanté y miré sus testículos y pasé la lengua por la piel rugosa y peluda que los cubre. -Por favor Kim, por favor, me volvés loco, suplicó. Primero no comprendí pero luego entendí todo, la aferré por su base con mi mano derecha y me metí toda la pija dentro de la boca y moví la cabeza hacia abajo y hacia arriba metiéndola toda y luego sacándola una y otra vez mirándolo gozar al tiempo que mis labios la apretaban y chupaba sintiendo al glande crecer dentro de mi boca hasta casi ocuparla totalmente como un globo que se infla. Me di cuenta que lo enloquecía y que se aferraba a las sábanas como si su vida dependiese de ello y me sentí perversamente poderosa y omnipotente, disfrutaba llevándolo al borde de un frenesí que por primera vez descubría que podía provocar, yo una preadolescente sin experiencia… Lucas giraba la cabeza hacia un lado y hacia otro ahora con los ojos muy abiertos, gemía y sollozaba y a duras penas reprimía los gritos que intentaban salir de su boca hasta que sentándose de golpe en la cama exclamó: ¡Kim! Y se derramó en mi boca. Luego cayó hacia atrás y se revolvía gimiendo como pidiendo clemencia, pero yo no la iba a tener y seguí chupando y tragando su semen y deleitándome con sus sabor. Dejé de chupar cuando ya no le salía ni una sola gota más y Lucas yacía agotado, como muerto en la cama, me acosté a su lado y me dio el beso más profundo que jamás hubiese imaginado y me dormí abrazada a él. Lucas me despertó cuando ya se veía la luz del amanecer y me dio un blister con dos pastillas. -Tomá una mañana cuando te levantes y otra después del mediodía, son para evitar embarazos. Prometí no olvidarme y recogiendo mi camiseta y mi bombacha que por ahí andaban tiradas, me fui a mi dormitorio. Me puse una bombacha limpia y me dormí antes de apoyar la cabeza en la almohada, agotada y saciada de tanto sexo. Mamá me despertó a eso de las diez, me dejó dormir un rato más porque en el primer intento no había logrado despertarme, adjudicó mi sueño a la actividad del día anterior, no imaginó que la actividad nocturna había sido más intensa aún. En la cocina Lucas desayunaba, tenía unas ojeras tremendas que adjudicó al calor que no lo había dejado dormir. El muy amoroso al saludarme me preguntó si había dormido bien y agregó: -Preparate que hoy nos tenemos que divertir más que ayer. Le aseguré que estaba dispuesta y así fue, esa noche aprendí varias cosas nuevas e intentamos el sexo anal pero Lucas olvidó contar con alguna crema lubricante y tuvimos que posponerlo para la noche siguiente en la que pudimos por fin concretarlo, me pareció divino. De más está asegurar que fue una semana inolvidable que lamenté mucho que terminase. Nuestra relación continuó en Buenos Aires y para fin de año ya lucía unas tetitas hermosas de las que estaba muy orgullosa y que a Lucas le encantaban.

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