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La confesión de mi esposa

Recuerdo que en un momento de intimidad y ante mi insistencia me confesó como había sido la pérdida de su virginidad.

Su relato y mi imaginación hacen que cada relación sexual en que le pregunto los detalles contribuya a excitarme más, y tenga relaciones muy intensas. Sospecho que a ella le sucede lo mismo recordándolo y pidiéndome una entrega total. Sus besos profundos y sus orgasmos ruidosos lo atestiguan.

He conformado la historia de acuerdo a sus recuerdos y a las sensaciones que me transmitió lo que contribuyó a incrementar mi amor por ella al sincerarse, confiándome hasta el más íntimo detalle de sus experiencias.

Todo comenzó cuando su madre enfermó y fue internada en un sanatorio de la zona de Flores. Tenía 19 años y aunque había salido con varios chicos, nunca pasó de los besos y caricias a pesar de las propuestas de llevar a la práctica relaciones sexuales.

La educación y el temor a lo desconocido fueron un freno a sus instintos y al llamado de su cuerpo, que le reclamaba respuestas como hembra en celo.

Era, y es sumamente atractiva. Esbelta de pelo castaño, facciones delicadas y ojos sugerentes. Posee una personalidad firme y decidida. De un metro setenta, cintura estrecha, pechos pequeños de pezones agudos. Su cola dura bien parada, y sus piernas torneadas, la hacen sumamente atractiva para los hombres.

La internación de su madre se prolongó más de lo previsto por el agravamiento de la enfermedad que hizo peligrar por su vida. El médico de guardia de los domingos a cargo de su madre, llamó al padre y a Ella y les propuso un tratamiento heroico con una medicación experimental, que por supuesto aceptaron confiando en su responsabilidad.

Jorge que así se llamaba, era un médico de casi 30 años de figura atractiva, delgado y alto a quien conocí años más tarde. El fue el protagonista que la inició sexualmente.

Milagrosamente su madre respondió rápidamente a la medicación, y María se enamoró del médico. Todas las noches esperaba la ronda por la habitación para recibir el parte médico tratando de seducirlo, lo que no le resultó difícil. Jorge también se sintió atraído por mi esposa y en vísperas del alta de su madre, la invitó a cenar.

El sábado antes de tomar la guardia a medianoche se citaron en un restauran próximo al sanatorio y cenaron bebiendo más de lo aconsejable. Para festejar, a los postres celebraron con champán. Al intentar levantarse debió tomarse del brazo de Jorge pues se sintió mareada para no caerse. Me confesó que estaba desinhibida y feliz.

Jorge la dejó en la habitación de su madre mientras se iba a cambiar para tomar la guardia. María se arrebujó en el diván y se durmió. Despertó sobresaltada a la madrugada cuando Jorge irrumpió en la habitación para hacer la recorrida y verificó que la madre dormía profundamente. Se levantó, se compuso algo la ropa, y ante una insinuación para seguirlo, sin pensar lo acompañó.

Llegaron al consultorio de ginecología. El silencio era cómplice. No había casi internados y Jorge le dijo para tranquilizarla, que solo había una enfermera de guardia de su absoluta confianza y que solamente lo buscaría en caso de suma urgencia.

Al cerrar la puerta con la cerradura, comprendió que estaba indefensa y perdería la virginidad. ¿Sabría como comportarse? . ¿Sufriría dolores?

Después de todo, María creía que Jorge era el amor de su vida. Permitió que la desvistiese mientras se besaban y le susurraba al oído palabras de amor con infinita ternura. Delicadamente le sacaba una a una todas las prendas hasta desnudarla totalmente. María le confesó su virginidad, y el temor por la desfloración. Jorge no le creyó en principio, pero cuando se recostó de espaldas en la camilla, abriendo sus piernas y le mostró el himen intacto, hizo que se excitara aún más, y la colmó de besos y caricias, prometiéndole que sería muy delicado. Se sacó el ambo y el calzoncillo, dejando al descubierto su verga gruesa palpitando de deseo. María se cubrió pudorosamente el pubis. Mientras Jorge se enfundaba un condón y su verga adquiría una enorme erección, María, recostada de espaldas, fue abriendo sus muslos, ofreciéndose para saciar la calentura de esa verga palpitante.

Fue un momento sublime. María cerró sus ojos, y esperó la iniciación. Mientras Jorge la besaba y acariciaba sus senos, le apoyó el glande sobre el himen intacto. Me contó que con total dominio de la situación, Jorge movía su verga desde el clítoris al himen, hasta que el deseo de mi esposa no pudo más y le pidió con voz entrecortada que la penetrara, que era suya y se entregaba totalmente, que ya no le temía al dolor, y entre jadeos y suspiros arqueaba su pelvis invitándolo a saciar sus instintos y calmar su calentura.

Jorge se reclinó y al tiempo que abría los muslos de María con sus dos manos, lubricaba la vulva con la lengua y su saliva, despertando gemidos de placer de mi esposa que lo urgía para desflorarla.

Jorge seguía excitándola con sus juegos, hasta que le susurró al oído que le pidiese con palabras obscenas la consumación del acto sexual.

María casi con desesperación, no se pudo contener “Por favor mi amor, quiero que me desvirgues, jamás me olvidare de este momento”. “Mi concha es tuya, mete esa pija enorme y gorda aunque me duela”. “La quiero toda mía”. Entonces Jorge no pudo contenerse más y le rompió el himen de un solo movimiento. María lanzó un grito de dolor, al ser perforada y se abrazó a Jorge con sus brazos y sus piernas.

Con la invasión de la pija que le iba dilatando las paredes de su vagina, me expresó que sentía como si una masa cálida la abriese en dos para finalmente, al llegar al fondo con los movimientos de vaivén, el dolor inicial dejó paso al placer, y se relajó aceptando la verga. Ella gemía y jadeaba besándolo y recibiendo caricias y sintiendo las dos manos de Jorge que aproximaban la pelvis de María para hacer más íntimo el contacto. Además la boca de Jorge se apoderó de sus pechos y mordió sus pezones endurecidos por la calentura, jugando hasta sacarles un jugo lechoso y dulzón. María observó al sacar Jorge la verga de su concha, el condón ensangrentado y percibió el calor de un hilillo de sangre que corría por sus muslos. Jorge, delicadamente se encargó de limpiarla con un apósito húmedo, y cubrirla a besos mientras María lloraba de felicidad agradeciendo a Jorge por el momento vivido. Le había entregado su bien más preciado. Jorge la había desvirgado iniciándola en una nueva vida de estímulos y placer.

María seguía excitada e instintivamente se inclinó y tomó con sus manos la verga de Jorge, la llevó a su boca, ya limpia y sin el condón, la beso y la mamó hasta lograr nuevamente su erección. Entonces fue ella, la que lo montó y se introdujo la pija hasta el fondo. Se inició en una nueva vida sexual gozando ahora sí, con el primer orgasmo obtenido por una verga masculina que la inundó con un semen abundante que escurrió por sus muslos junto a los jugos pringosos derramados por su vagina.

Luego se bañaron juntos. Al secarse se miró al espejo abriendo los labios de la vulva depilada, observando la abertura de la concha preparada de ahí en más, para gozar de los placeres sexuales.

Se besaron apasionadamente y luego de vestirse retornó a la habitación sin hacer ruido donde su madre aún dormía placidamente. Estaba cansada pero feliz de haberle entregado su más preciado tesoro al hombre amado y disfrutado de una relación inicial tan esperada como maravillosa a pesar del ardor y la incomodidad que la acompañó por varios días.

Continúa con Desilusión y reencuentro.

Munjol hjlmmo@ubbi.com

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