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Desilución y reencuentro

La desilusión fue grande cuando se enteró que Jorge era casado. Al día siguiente, al preguntar por él, la enfermera se encargó de hacérselo saber. Quedó confundida. El trató de comunicarse, pero ella no lo atendía. Se hacia negar, sus prejuicios se lo impedían.

Habían pasado tres meses desde esa primera vez .Estaba sentada en la confitería de Caballito, a la que casi todos los sábados concurría junto con su amiga que la alertó de la presencia de Jorge. Gloria lo había conocido en el sanatorio. Decidido, se dirigió a la mesa y las saludó dándole a ambas un beso en la mejilla. No atinó a nada cuando su amiga lo invitó a sentarse. Estaba confundida, por un lado no quería verlo más y por otro, sentía el deseo de disfrutar del sentimiento que aún despertaba en su corazón. La conversación transcurrió por temas triviales hasta que Gloria se levantó para ir al toilette. Se quedaron solos, y él, de mil maneras se disculpó y le rogó de encontrarse para aclarar los temas pendientes. No pudo negarse. Se citaron, para la semana siguiente en la misma confitería, Ella deseaba oír de sus labios las respuestas y las promesas hechas después de esa noche en que él la inició sexualmente.

Esa tarde llegó, y puntualmente se encontraron. Compartieron un trago largo, y mientras Jorge le explicaba sus desventuras matrimoniales, a punto de separarse de su esposa, le recordó el momento maravilloso de su desfloración y las fantasías que lo habían acompañado durante el tiempo transcurrido desde esa primera vez. Estaba dispuesta a creerle, el recuerdo la excitaba, y cuando la invitó a pasear no dudó en aceptar.

Caminaron por Rivadavia, doblando por Colpayo, hasta Yerbal, donde distinguió la luz roja de un hotel alojamiento. Al enfrentar la puerta, Jorge le apretó su mano para entrar, Se resistió y continuaron hasta la esquina donde él la tomó en sus brazos y la besó, y entonces sí se decidió, volvieron sobre sus pasos, y mientras miraba a los lados observando con vergüenza si la gente se fijaba en ellos, traspusieron la entrada. Era la primera vez, que estaba sola en un hotel con un hombre. Jorge la tomó del brazo, y recuerda, que pidió una habitación especial. Estaba aturdida y ansiosa. Subieron al primer piso. Imaginó que al cerrarse la habitación con llave, se aislaban del mundo. En ese instante se liberó y se dejó llevar por sus impulsos; se besaron largamente uniendo sus bocas y sus lenguas, mientras él, con movimientos torpes la acariciaba e intentaba desprenderle la blusa, Ella le rogó que la dejase pasar al baño, y él en un susurro, le sugirió que no se sacase las medias y los zapatos de tacos altos, que como única indumentaria tanto lo excitaban.

Se sacó la pollera y la blusa, quedando solo con el corpiño y la tanga. Enfundada en sus medias de puño y los zapatos altos como le había sugerido Jorge, se miró al espejo, no estaba mal. Era alta delgada con senos pequeños y firmes. Sus pezones oscuros, estaban endurecidos por la calentura, y su cintura estrecha y la cola firme la hacían atractiva y deseable. Se desvistió totalmente, el vello pubiano ocultaba el clítoris y la vulva húmeda por el deseo. Se miró por última vez ante el espejo. Su rostro encendido, mostraba a las claras lo que sentía y esperaba que sucediese.

Retornó a la habitación, con la sola indumentaria de sus medias y los zapatos de tacos altos. El estaba desnudo, y vio como palpitaba su miembro duro con el glande descubierto enrojecido. En ese instante Jorge le expresó su admiración al verla tan hermosa como deseable. Se besaron y se fundieron en un abrazo sensual. Finalmente, María se arrodilló, y tomando con sus dos manos la verga, se la introdujo en la boca lamiéndola golosamente. Sintió como se agitaba y gemía ante cada caricia, hasta que Jorge le pidió que se detuviese pues iba a eyacular si continuaba. Se incorporó, él la alzó y la depositó en la cama de espaldas con las piernas abiertas y flexionadas y se miró en el espejo del techo que reflejaba la desnudez de sus cuerpos jóvenes. Jorge se colocó entre sus piernas, le abrió sus muslos y dirigió la enorme verga hacia la vulva húmeda que no opuso resistencia cuando se insinuó. Comenzó con un bombeo maravilloso que se tradujo en jadeos y en gemidos cada vez más intensos en la medida que se aproximaba su orgasmo que coincidió con un chorro intermitente que inundó sus entrañas cuando Jorge eyaculó. Había sido mucho más placentero que aquella primera vez.

Luego de descansar durante unos minutos, me contó que seguía excitada. Entonces fue ella la que lo montó introduciéndose la verga hasta los testículos, comenzando con un movimiento de vaivén cada vez más intenso. Su vagina se dilataba, y el roce de la verga con sus paredes le producía una sensación maravillosa de placer, que se expresaba en los jadeos, gemidos y gritos entrecortados que profería y que culminaron con un segundo orgasmo. Le rogó que continuase, estaba dispuesta a todo para satisfacerlo. El le confesó, que jamás había sido tan feliz con su esposa, con la que solo lo hacia en forma rutinaria y casi por obligación, y que a pesar de sus ruegos, le dijo, nunca había podido penetrarla por el ano. Era una fantasía incumplida. Estaba exhausta, pero quería ser su mujer, darle mucho más que la esposa. María le rogó que no buscase en otra mujer lo que ella podía ofrecerle. Tuvieron un último orgasmo con la promesa de hacer realidad en el futuro, las fantasías de Jorge.

Munjol hjlmmo@ubbi.com. Es continuación de “La confesión de mi esposa”.

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