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La vecina del 19 H

Nos habíamos mudado con mi esposa a un edificio torre en la zona de Caballito. Alquilamos un departamento en el del piso 19. Era un edificio de construcción moderna que constaba de 22 pisos que albergaban 8 departamentos por cada uno, una verdadera comunidad. Casi no nos conocíamos con el resto de los inquilinos. Solo unos pocos nos saludábamos, y uno de esos era el matrimonio que constituían Mirta y Sergio cuya puerta de entrada al departamento confrontaba con la del nuestro.

Nos solíamos encontrar en el pasillo o el ascensor cambiando saludos protocolares. El parecía mucho más amable y locuaz que Mirta que parecía tímida y respondía lacónicamente a nuestros saludos. Era atractiva, de estatura mediana, delgada, y de muy buena figura. Morocha, de cabello negro y siempre bien arreglada. Sus ojos oscuros brillaban con un dejo de sensualidad y misterio como si ocultaran algo íntimo de mujer insatisfecha. En una charla informal, me enteré que Sergio era comisario de abordo y pasaba varios días ausente de su casa, por lo que no me extrañó no verlo durante un par de meses. Mirta se ocupaba de los hijos, hasta que en un encuentro en el ascensor me confesó que se había separado y necesitaba mis servicios como médico pues tenía al hijo más pequeño con fiebre. Con todo gusto la visité en su domicilio, resolví su cuadro febril y le ofrecí consultarme cuando me necesitase.

A partir de allí se produjo una relación más estrecha y en confidencia le ofrecí vincularla a una psicóloga amiga del hospital para ayudarla en su depresión a causa de su ruptura matrimonial que decía no poder superar.

Aceptó y a partir se entonces, todos los martes y viernes la comencé a llevar en mi auto para sus entrevistas. De común acuerdo decidimos que no se lo diríamos a mi esposa, pues sabía que celosa como era, pondría el grito en el cielo.

Transcurrieron un par de meses, hasta que la psicóloga me llamó y me alertó “Te necesita esta enamorada de vos y te puede comprometer”. Eso no hizo más que incitarme y decidirme a enfrentar el peligro que implicaba transformarme en su amante desoyendo las advertencias de Alicia pues creía que lo podría manejar. En realidad me gustaba como mujer y seguramente necesitaba de alguien que la pudiera atender en su soledad y su abstinencia sexual.

Esperé el sábado. Aduje en casa que estaba de guardia y la invité a tomar el té en un bar de Recoleta. No se hizo rogar, y aceptó. Sabia que el padre llevaba sus hijos consigo los fines de semana, y no pondría excusas. Nos encontramos a las seis de la tarde. Estaba preciosa con un vestido negro, botas y una polera del mismo color. Se había puesto un perramus blanco con capucha, que hacían resaltar su cabello y sus ojos negros. Expresé mi admiración por su belleza y su sensualidad tanteando el terreno, que Mirta allanó cuando me dio un beso en la mejilla, agradeciendo mi delicadeza.

Llovía a cántaros cuando íbamos a descender del auto para entrar a la confitería, entonces le propuse ir a un lugar más íntimo para no mojarnos. Me miró con esa mirada profunda y sensual, y en un susurro me expresó “Lo que tomo prestado no lo devuelvo”. Era una amenaza para mi esposa?. Por toda respuesta la abracé y busqué su boca. Nuestras lenguas se fundieron. Busqué con mis manos sus senos y noté la dureza de sus pezones, y al colocar mi mano por debajo de la pollera percibí la humedad de su vulva a través de la tanga. Mientras se recostaba en mi hombro y acariciaba mi miembro, dirigí mi automóvil hacia un hotel alojamiento.

Al llegar estábamos excitados, y apenas cerrada la puerta de la habitación, nos abrazamos y besamos con pasión. La fui desvistiendo con torpeza y Mirta, musitando mi nombre, me pidió pasar al baño. Mientras la esperaba me saqué toda la ropa y comprobé la dimensión adquirida por mi miembro palpitante.

Al aparecer la admiré, Mirta no era muy alta y sus senos más bien pequeños poseían pezones oscuros y puntiagudos que parecían apuntarme endurecidos por el deseo. Su rostro arrebolado y su boca entreabierta, eran una clara invitación a poseerla. Estaba totalmente desnuda y el calzado de tacos altos era su única indumentaria. Su cuerpo de cintura estrecha y sus piernas torneadas me sedujeron definitivamente. La atraje hacia mi cuerpo y sentí su piel ardiente. El vello que cubría la entrada de su sexo estaba húmedo, y el misterio de sus entrañas me indujo a arrodillarme, y mientras se recostaba en el diván y se abría de piernas, comencé a explorarla con mi lengua entreabriendo con mis dedos los labios de la vulva. El jadeo y los gemidos entrecortados y el sabor agridulce de los pringosos jugos que fluían de su interior me revelaron el placer inmenso que sentía por la caricia. Luego fue Mirta, la que tomó con sus manos mi verga y con maestría me practicó una mamada fantástica. Nos pusimos en 69 y mientras yo disfrutaba con la visión de sus orificios abiertos por mis manos y lamía el clítoris, Mirta me mamaba la verga, tomándola con sus finas manos. Sentí como me descorría el prepucio dejando mi glande al descubierto entonces eyaculé dentro de su boca. Se atragantó con el semen, pero sorbió hasta la última gota, terminando entre jadeos y gemidos agitados y felices.

Nos bañamos juntos y luego descansamos abrazados echados sobre la cama. Mirta seguía excitada y comenzó a masturbarme, me confesó que hacía tiempo me deseaba aún antes de separarse, y muchas noches había soñado conmigo mientras hacía el amor con su marido. Me susurró al oído, mientras lamía mi oreja, “Te espero adentro mi amor”, incitándome a penetrarla. Quería que mi pija la llenase de amor y de leche.

No pude más la deposité en la cama de espaldas y comencé a jugar con mi glande acariciando el clítoris. Se arqueaba pidiéndome con desesperación que apagase el fuego que la consumía. Ella que parecía tímida y recatada, había resultado fogosa e insaciable en la cama. En ese momento percibí que podía comprometer mi matrimonio pero no me detuve para aclarar las cosas, no era el momento, solo deseaba gozar de ese momento sublime.

La penetré hasta el fondo de su vagina de un solo movimiento, estaba empapada. Fue un mete saca violento entre gritos de placer y semen desbordando de su concha, esparciendo los jugos por su vientre y los muslos de ambos, que limpió luego con su boca. Me confesó que luego de mucho tiempo había gozado como mujer y me proponía compartir por “un tiempo” a mi esposa, agregando que haría reflotar en Silvia la libido y el deseo adormecidos, como yo le había contado.

Nos vestimos y antes de dejar la habitación, nos besamos y mirándome a los ojos me propuso ser su amante sin perturbar mi vida matrimonial.

MUNJOL,

Sigue con la segunda parte “LA VECINA DEL 19 H” (Parte 2)

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