Renacer del sexo en el matrimonio

Recuerdo que debido a nuestras tareas profesionales, habíamos descuidado los placeres sexuales. Todo se había transformado en una rutina. Una vez por semana y cuando no estábamos muy cansados nos satisfacíamos sexualmente. Habíamos perdido mayormente el interés, por disfrutar de algo tan vital y maravilloso.

Esa tarde regresé a casa antes de lo previsto. Abrí la puerta, y escuché una canción que envolvía el ambiente. La alfombra atenuó mis pasos y mi saludo tampoco fue contestado. Me di cuenta que mi esposa estaba en el baño, de donde provenía la melodía romántica que salía del grabador. Quise sorprenderla y me dirigí hacia el mismo tratando de no hacer ruido. Encontré la puerta entornada y cuando iba a entrar, el sorprendido fui yo. A través de la hendija pude ver como María, recostada en la bañera, con sus muslos abiertos, tomaba un baño de inmersión. Preferí entonces observar desde esa posición privilegiada, antes que participar. El agua distorsionaba la visión pero no me confundía. Con su mano izquierda, acariciaba suavemente los senos y pellizcaba sus pezones, con la derecha, el consolador que años antes le había obsequiado, lo manipulaba entrando y sacándolo de su vagina con un movimiento masturbatorio. Al ver su rostro arrebolado con sus ojos entre cerrados, me di cuenta de su excitación. Aceleró los movimientos y los jadeos se acentuaron. Finalmente un gemido contenido, mientras se arqueaba e introducía el consolador hasta el fondo, me hicieron saber del orgasmo que había experimentado. Pero no todo terminó allí. Yo seguía observando mientras mi excitación crecía. Mi miembro amenazaba con salirse del pantalón. Me parecía que se daría cuenta de mi presencia pero me contuve.

De pronto se incorporó, tomo el prolongador peneano y lo introdujo a manera de un profiláctico en la canilla para llenar la bañera mientas lo untaba con vaselina. Estaba hermosa y excitante, hacía tiempo que no reparaba en ello. Su cuerpo desnudo con sus senos pequeños de pezones oscuro, su cintura estrecha y su cola firme por el ejercicio, la hacían deseable para cualquier hombre.

Al apoyarse con sus manos en la banqueta del baño, advertí lo que iba a suceder. De espaldas a la canilla, el orificio anal quedaba en inmejorable posición para introducirse el consolador, y lentamente con un suave y controlado movimiento circular fue abriéndole paso en el recto tras atravesar el esfínter. Nuevamente comenzó a jadear y los gemidos se mezclaron con palabras obscenas que remedaban la participación en una orgía imaginaria.

No pude más, me desnudé totalmente e irrumpí en el baño. Le pedí que continuase, acerqué mi verga descubierta y palpitante a su boca, y mientras ella se movía haciendo más profunda la penetración anal, tomó mi miembro con una mano, lo llevó entre sus labios y con su lengua, me practicó una caricia fenomenal. Eyaculé dentro de su boca mientras ella gozaba de un orgasmo. Nos bañamos juntos y luego de secarnos, la levanté en mis brazos y la llevé a la habitación. Allí comenzamos de nuevo, jamás había gozado tanto. La poseí en varias posiciones por el ano y la vagina. Fue un verdadero renacer sexual. De allí en más nos prometimos no descuidar nuestras relaciones y sin prejuicios ni inhibiciones disfrutar del sexo que nos había deparado momentos tan placenteros.

MUNJOL hjlmmo@ubbi.com, hugolobbe@ciudad.com.ar

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