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En la cabaña

Era otra noche en que Yajaira y yo compartíamos nuestro talento literario y dejábamos volar nuestra imaginación.

Yajaira y yo éramos amigos ya muy íntimos, con una gran afición a la escritura. Comenzamos con el juego de escribir relatos conjuntamente hasta que un buen día nos confesamos nuestro gusto por la literatura erótica; fue entonces que nuestras creaciones derivaron para el lado del sexo: relatos de orgías y todo lo que el morbo nos dictara.

A partir de entonces, comencé a disfrutar cada vez más escribir con ella, y nuestra amistad se hizo cada vez más íntima.

Yajaira es una chica, a mi parecer, hermosa. Es algo más baja que yo, con una sonrisa encantadora y unos negros cabellos lacios que caen sensualmente por sus hombros. Pero lo que más me gusta de su físico son sus pechos. Cada vez que conversábamos, ya sea por nuestros escritos o por cualquier otro tema, mis ojos caían inevitablemente hacia su escote, no podía dejar de mirar sus grandes y redondas tetas. Imaginaba esos pechos duros en mi boca, imaginaba su sabor…

El resto de su cuerpo también era de locura. Sus piernas asomadas por sus faldas aumentaban mi excitación por ella, y cuando la veía irse, siempre me quedaba mirando su espectacular trasero. Sin embargo, nunca habíamos hecho el amor hasta el momento. Cuando la veía, yo siempre le hacía comentarios como “¡qué linda estás!”, “¡qué bien te queda ese vestido!”, o “hoy te viniste bien erótica, así podemos estar a tono para escribir”; y siempre trataba de tirarme un lance más atrevido, ya que nuestra relación de morbosos coautores parecía dar cada vez más licencia para soltarme.

Como decía al principio, era otra noche en aquella cabaña que el padre de Yajaira había transferido para la propiedad de ella como regalo de graduación, y nosotros la aprovechábamos para nuestros encuentros literarios.

Era una noche de invierno, por lo que encendimos el hogar, abrimos un buen vino tinto y brindamos por nosotros y nuestros relatos.

Ella estaba hermosa, con una blusa de hilo larga que le llegaba hasta la mitad de los muslos y unos pantalones negros ajustados que dejaban ver las formas de sus piernas.

Nos sentamos sobre la alfombra y dejamos volar nuestra imaginación. Comenzamos a contar la historia de dos parejas que pasan juntas un fin de semana y al final todo resultaba en una orgía entre los cuatro. Entre el fuego del hogar, el vino y la excitabilidad del relato, la temperatura fue aumentando y comenzamos a sentir cierto calor. Yajaira me preguntó si no me molestaba que se quitara el pantalón; yo le respondí que en absoluto (al contrario, me excitó más la idea). Se bajo el pantalón por debajo de su blusa, dejando ver sus muslos y sus pantorrillas; los límites de la visión de su piel eran el borde inferior de su blusa, de donde salían sus muslos, y sus medias blancas que cubrían sus pies.

Volvimos a tomar un trago y propuse otro brindis, me sonrió y me dijo lo mucho que me quería. Lo nuestro era una amistad con un toque de erotismo traído por nuestra escritura. Ella se acercó a mí para brindar inclinándose un poco hacia adelante, por lo que tuve una muy buena visión de sus tetas que aparecían por debajo de su blusa.

Cuando acabamos el relato, yo estaba al palo, mi verga se sentía apretada en el pantalón. Yajaira notó la situación y me dijo:

– ¿Te excitaste un poco, Guille?
– ¿Y vos no? – le respondí.
– Bueno…, sí… Me quedé un poco acalorada.

Después de un breve silencio le dije:

– Estás hermosa.
– Gracias – me respondió.
– Me encantan estos momentos que compartimos.
– A mí también.

Y llevé una de mis manos a su cara para acariciarla. Ella lo aceptó, pero me aclaró:

– Cuidado, no te confundas. Sólo somos amigos.
– Sí, claro que somos amigos, pero desde que escribimos relatos eróticos te veo cada vez más linda.
– Mmmmmhhh…. Cuidado. Estás demasiado caliente. ¿Por qué no te enfrías un poco con agua?
– Sos cruel, ¿eh?
– En serio, ve al baño y lavate la cara con agua fría. Perdóname, yo también estoy un poco excitada, pero no quiero que hagamos algo que pueda alterar nuestra amistad.

Resignado, al comprobar que esa noche no me iba a poder tirar a Yajaira, fui al baño y me lavé las manos y la cara con agua fría. Después me puse a orinar, y tuve la malicia de dejar la puerta abierta.

– ¿Meas con la puerta abierta, cochino? – me recriminó Yajaira.
– ¿Cuál es el problema? – respondí yo – si somos amigos.
– Pero yo soy mujer y tú eres hombre.
– Pero vos no tenés la obligación de mirar si no querés.

Después de que terminé, comencé a masajeármela hasta producir una erección, mientras miraba a Yajaira de reojo, que estaba sentada en el suelo revisando los textos. Ella estaba de espaldas con sus preciosas piernas cruzadas sobre el suelo. Cuando tuve la pija bien parada, me empecé a masturbar; Yajaira se dio cuenta y me dijo, sobresaltada:

– ¿Qué estás haciendo?
– Lo que vos querías. Sacándome la calentura.

Luego de pensar unos segundos, Yajaira dijo:

– Está bien, es mejor que nada.
– Si querés ayudarme, acepto con gusto – le dije sarcásticamente.
– Ya te dije que no vamos a hacer nada más que escribir y ser amigos.

Cuando notó que yo la miraba mientras me masturbaba, dijo:

– ¿Estás mirándome?
– Sí, tu visión me estimula.
– Bueno, me pondré de pie para que me veas mejor, así acabas más rápido.
– Gracias, negrita, vos sí que sos una amiga.

Se puso de pie frente a mí y se quitó las medias. Ella estaba con la blusa de hilo larga, así que vi sus piernas desde la mitad de sus muslos, pero así mismo era maravillosa. Para verla mejor me volteaba un poco hacia atrás y dejaba ver parte de mi verga erecta. Ella trataba de mirar para otro lado, pero se le notaba que estaba tentada de verme masturbándome.

– Levantate un poco la blusa, por favor – le pedí.

Yajaira accedió al pedido y se levantó la blusa dejando sus piernas todas al descubierto. Admiré sus sensuales caderas y vi sus bragas blancas y pequeñas. Me mostró hasta su ombligo. No podía creer la maravillosa vista de mi querida y sensual amiga. Quería poseerla, hacerle al amor ahí mismo.

De pronto ella me miró a los ojos sonriendo; parecía que estaba disfrutando mostrarse para mi placer. Yo me volteé casi por completo dejando fácil la vista de mi verga parada. Ella bajó un poco la vista hasta mi miembro, siempre sonriendo, y fue alternando su mirada entre mis ojos y mi pene.

– Date vuelta – le pedí esta vez.

Ella se volteó, ofreciéndome la visión de su culo vestido con su diminuta tanga blanca. Me volví loco con ese culo redondo que siempre había visto envuelto en sus pantalones o debajo de sus faldas.

De repente, Yajaira se quitó la blusa, dejando su espalda desnuda. Ahora yo la contemplaba de atrás, sólo vestida con su tanga. Volteó sólo su cabeza para mirarme, yo estaba completamente de frente hacia ella, haciendome una buena paja. Ella comenzó a acariciarse las nalgas con sus manos, mientras me miraba fijo.

Yo no podía más, di unos pasos acercándome hacia ella.

– ¡Cuidado! – me detuvo – es sólo para que te masturbes.

Me estaba volviendo loco, quería tocarla. Llevé una mano a su muslo y comencé a acariciarlo suavemente.

– Mmmmhhh… – gimió Yajaira.
– ¿Te gusta? – le pregunté.
– No hagas eso, es peligroso.
– ¿Te calienta?
– ¡Sí, por favor, para!

Sentí que la tenía en mis manos, eso me excitó aún más. Subí con la mano hasta su cadera, y se la pasé por el culo. Le tomé una nalga con mi mano, mientras con la otra seguía pajeándome.

– Basta, por favor, no me hagas eso – me rogaba.

No pude más, dejé de masturbarme, la tome de la cintura con mis manos y la traje hacia mí de espaldas, hasta pegarle mi duro y grueso pedazo a su cola. Enseguida, le empecé a besar el cuello con voracidad.

– ¡No, no lo hagamos, somos sólo amigos! ¿recuerdas?

Pero yo ya no la oía, la abracé y le acaricié el abdomen y las tetas. Sentí esas enormes tetas duras en mis manos, para mí era un sueño, mi amiga sensual que tanto me calentaba, ahora la tenía así, entre mis brazos.

De pronto, Yajaira me apartó con fuerza y se dio vuelta. Se quedó frente a mí, mirándome a los ojos y jadeando. Ahí estaba, mostrándome sus tetas como deliciosos melones.

– Quédate quieto – me dijo. – Déjame hacer a mí.

Se arrodilló, tomo mi verga entre sus manos y me empezó a masturbar ella. Le empezó a dar lengüetazos en la punta, después pasó la lengua desde la base hasta la punta hasta que se la metió en la boca. Me chupaba la pija, mientras me acariciaba las bolas deliciosamente. Me pasaba la lengua por la cabeza, volviéndome loco de placer. Después empezó a chuparme las bolas, mientras con la mano me hacía una buena paja.

Luego, puso mi pija entre sus grandes tetas y me hizo una cubana, dándole lambiditas. Yo estaba a punto de acabar cuando ella se detuvo, pareciendo adivinar que estaba por estallar. Se puso de pie y me dio un beso en la boca, al que le correspondí penetrando en su boca con mi lengua; ella me dio la suya y nos entrelazamos las lenguas besándonos furiosamente. La tomé de la cintura y la traje hacia mí; mi verga parada se pegaba a su vientre, ella la agarró con una mano, bajé mis manos hacia su cola apretándole las nalgas. Bajé con mi lengua por su cuello, ella levantó la cabeza para ofrecérmelo, llegué a su oído y le dije:

– Yajaira, sos una locura.
– Tú también me estás enloqueciendo – me respondió.
– Quiero cojerte toda.
– Cójeme, tírame, hazme lo que quieras.

Con un movimiento de mis brazos la hice acostarse sobre la alfombra. Ella se acostó boca abajo, dejándome ver su cola con su hilo dental metido entre sus carnosas nalgas. Le pasé la lengua trazando una línea por el medio de su espalda de abajo hacia arriba, hasta su nuca.

Comencé a besar su cola, después le di lambidas y mordiscos en las nalgas. Finalmente le quité las bragas deslizándolas por sus piernas hasta abajo. Cuando tuve su culo desnudo frente a mí, le abrí las nalgas un poco y metí mi lengua en su ano, dándole un beso negro y llenándoselo de saliva, mientras pasaba los dedos por su puchita, que ya estaba bien mojada. Mojé mis dedos y busqué su clítoris, y empecé a masajeárselo.

Sentía como ella se retorcía y gemía mientras yo le chupaba el culo y le sobaba la panocha. Después bajé con mi lengua hasta su vagina metí mi nariz entre sus labios y empecé a lamerle el clítoris. Los gemidos de Yajaira eran más fuertes y me ponían como una fiera. La di vuelta y la vi desnuda boca arriba, con sus grandes tetas, abierta de piernas con su conchita roja y mojada, y una cara de excitada que me calentaba aún más. Metí de nuevo mi cara entre sus piernas y le metía la lengua en su vagina, la estaba cojiendo con la lengua, y mi cara se empapaba de sus fluídos, que eran deliciosos, me los bebía con placer, y me encantaba oler su panocha. Levanté la cabeza y le empecé a estrujar las tetas, se las amasaba endemoniadamente y le daba pellizcos en los pezones. Me metí una de sus tetas en mi boca, se la chupé, se la mordí, la masticaba con un hambre atroz, y con una mano le metí dos dedos en la conchita.

– Métemela. Quiero tu verga adentro mío – me pidió.
– Primero no querías cojer y ahora estás hecha una puta – le dije.
– Sí, hazme tu putita. Quiero que me hagas gozar como una perra.

Tomé mi pija con la mano, la apunté a la entrada de su concha y se la metí. Entró deslizándose rico, ya que estaba muy lubricada. Me la cojía con fuerza y ritmo mientras la besaba en la boca y, cada tanto, le iba diciendo:

– Así, guachita, así… Movete así, putita…
– Más…, dame más… Estoy muy caliente.
– No sabés cuánto tiempo esperé para tenerte así, para cojerte toda.
– Ahora puedes desquitar tu calentura con tu amiga.

Y así seguimos, mientras le chupaba las tetas, le acariciaba las piernas y la cola, y jugaba con un dedo en su ano, que le fui metiendo de a poco y fui abriéndoselo; después le metí dos dedos y ella gritaba de dolor.

– ¿Te duele? – le pregunté.
– Sí, un poco, pero está delicioso, es muy placentero.

Nos dimos vuelta. Me acosté boca arriba y ella se montó sobre mi pija, metiéndosela toda adentro. Empezó a cabalgarme con fuerza, me acercó las tetas para que se las chupe. Yo le chupaba las tetas y le volví a meter los dedos por el culo. Llegué a meterle tres dedos. Ella levantó la cabeza y empezó a saltar sobre mi verga, estaba enloquecida. Yo veía como le saltaban las tetas y me volvía muy loco. Finalmente, Yajaira dio un grito de orgasmo y sentí como se contraía su panocha. Después de un breve silencio le dije:

– Quiero darte por el culo.
– Sí… – respondió jadenado. – Lo quieras, amor.

Se levantó y se puso en cuatro con su culo para arriba. Le apunté mi verga a su ano y le metí la punta. La movía circularmente para abrírselo un poco, y fui metiéndosela de a poco. Cuando ya estaba casi toda adentro, le empecé a dar duro.

– Siempre soñé con partirte el culo así – le dije.
– Sí, rómpeme toda.
– Aaahhh.
– Oooohhh.
– Mmmhhhh.

Hasta que no pude más y disparé un chorro de semen con el que llené el culo.

– Mmmhhh… ¡Qué delicia tu leche calentita! – dijo Yajaira, sintiendo como chorreaba mi leche y desbordaba por fuera de su ano.

Me quedé contemplando su culo manchado de leche. Se la saqué y me tendí al lado de ella.

– ¿Te gustó, linda? – le pregunté.
– Sí, amor, me encantó.
– A mí también.

Yajaira pasó una mano por mi pecho, me di vuelta hacia ella y la abracé.

– Te quiero mucho – le dije.
– Yo también te quiero, amor – me respondió.

Nos besamos apasionadamente, apretando nuestros cuerpos desnudos. Tomamos la última copa de vino, y nos dormimos junto a la chimenea.

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