Recuerdos de una vida plena

Haciendo un recorrido a través de mi vida sexual, me reconfortan las experiencias que en cada etapa se fueron sucediendo y que me permitieron disfrutar en plenitud una parte fundamental de la vida terrenal. Aquellos que por distintos motivos o deformaciones en su educación no vivieron o no se atrevieron a contar sus sensaciones o experiencias, espero que lean estas historias y puedan extraer de los relatos lo mejor para recuperar y gozar en los tiempos por devenir al recordar su pasado. .

INICIACIÓN

De pequeña me caractericé por las formas que se acentuaron con el advenimiento de la primera menstruación. Alta, de caderas estrechas, busto firme y no muy voluminoso, delgada y con piernas y muslos torneados de hacer deportes desde la infancia, fui muy requerida por los chicos de mi edad. Sin embargo con los noviecitos que tuve no pasé de los manoseos, las caricias y los besos inocentes. Eso si, tenía trece años cuando descubrí lo gratificante que resultaba mi autosatisfacción. Mientras me bañaba, al pasarme el jabón por la pelvis y el vello que se insinuaba, sentí como se endurecía el clítoris y mis labios mayores se humedecían. Acelere la caricia y experimenté un estremecimiento placentero que me aflojó las piernas. Para prolongar el cosquilleo, me senté en la banqueta de baño y continué masturbándome hasta quedar exhausta y satisfecha. Al secarme me miré al espejo y noté mi rostro arrebolado. Me parecía que todos se darían cuenta de lo sucedido, cosa que no ocurrió.

Siempre tratando de ocultar mi satisfacción al masturbarme, buscaba el lugar y el momento propicio para hacerlo que generalmente coincidía cuando me duchaba o me higienizaba en el bidet, donde no podía ser interrumpida por nadie. Guardé el secreto por mucho tiempo y no me atreví a contárselo a mi prima que habitualmente era mi confidente, hasta que ella me confió que se masturbaba pensando en un chico del barrio unos años mayor que ella, quien le pedía tener relaciones sexuales, pero como ella deseaba llegar virgen al matrimonio nunca accedió.

En ese instante me sinceré. No pude más y le conté lo que practicaba desde hacía un tiempo en la intimidad, pensando en su hermano con el mismo placer que ella lo hacia con el vecino.

EL FILM

Una tarde de verano, cuando la familia se había ido de paseo hasta Escobar y nos encontramos a solas con Liliana en casa, nos recostamos a ver televisión. Colocamos en la casetera una película erótica que despertó mi curiosidad al ver como dos mujeres se besaban, instintivamente busque con mis manos el clítoris y lo acaricié. Cerré mis ojos en una expresión de éxtasis y no pude evitar el jadeo al acelerarse la respiración. Liliana a mi lado, se había levantado la pollera, y desprendido la blusa. Con una mano se acariciaba los senos y con la otra, había desplazado la bombacha y acariciaba su clítoris con los dedos. Mi calentura juvenil motivó el endurecimiento de los pezones y el humedecimiento de los labios de mi vulva. Liliana alcanzó con su mano la mía y me ayudó a masturbarme mientras yo hacia lo mismo con ella. Recuerdo que comenzamos a jadear y a sudar por el placer que nos prodigábamos. Me dieron ganas de frotarme con su cuerpo y de besarla pero no me atreví, tenía miedo de perder mi virginidad si continuábamos. Finalmente me tranquilicé cuando me dijo que solo debíamos evitar la introducción, pues ella también quería conservarla. Nos bañamos y nos despedimos satisfechas de haber gozado de una tarde diferente.

En dos o tres ocasiones en que nos acostamos a dormir la siesta, aprovechamos y disfrutamos al masturbarnos mutuamente. Nos contábamos nuestros sueños y fantasías con el relato de lecturas eróticas de las que nos sentíamos partícipes. Un día me dijo que tenía una sorpresa pues había descubierto una película porno que tenían escondida sus padres, y que la veríamos en cuanto se diera la oportunidad. Todo servía para crear el clima adecuado para nuestras relaciones y manoseos juveniles.

Una noche en que los padres de Liliana tenían una fiesta, me invitaron a quedarme para acompañarla y no estuviese sola. Luego de cenar se fueron sus padres, y Liliana, con un guiño cómplice me dijo que tenía todo preparado en la pieza para ver la película. Yo nunca había visto una y me moría de curiosidad por verla.

Nos dispusimos frente al televisor, sentadas sobre el diván, y cuando comenzó a rodar la película no lo pude creer, dos mujeres desnudas totalmente comenzaron a prodigarse caricias y besos con sus labios y sus lenguas explorando su piel, sus orejas, sus cuellos y sus orificios. Y colocadas invertidas observé como se besaban el ano y la concha casi con desesperación

Mi calentura crecía a medida que avanzaba el film. Liliana me dijo que iba a la cocina a preparar una bebida; y mientras tanto me pusiera cómoda. Comencé a masturbarme a través del short acariciando el clítoris, estaba empapada cuando me sorprendí al ver a Liliana aparecer totalmente desnuda, con dos vasos de whisky en su mano. Me invitó a imitarla, ruborizada en un principio me negué, pero la influencia que siempre había ejercido sobre mi hizo que terminara complaciéndola. Me sugirió que imitásemos a las mujeres del film y me recostó de espaldas sobre la mesa, con las piernas abiertas. Se situó entre mis muslos, y con sus labios y su lengua me acarició el clítoris. Le pedí por favor que respetara mi virginidad, que yo haría lo mismo con ella. El cosquilleo me invadía y en un momento de voluptuosidad apreté su cabeza con mis muslos y mis manos mientras exhalaba un grito contenido de placer ante el advenimiento del orgasmo. Luego fui yo la que gocé con sus jugos al besarla y oliscarla. Imitamos a las actrices y en posición invertida nos volvimos a lamer jugando con nuestras lenguas, terminando finalmente sudorosas y exhaustas. Nos bañamos y nos dormimos cansadas pero felices. .

LA PRIMERA VEZ

Nuestra relación terminó como tal, cuando me confesó un día que se había enamorado de un hombre que la había hecho mujer al desflorarla, y que lo nuestro quedaría como un hermoso recuerdo. Su experiencia al sentirse enamorada y bien atendida era maravillosa y había colmado sus deseos a pesar de no llegar virgen al matrimonio como había pretendido.
Me sentí desilusionada, pero la comprendí ya que yo también esperaba al hombre de mis sueños. Hicimos un pacto de silencio sobre lo ocurrido entre nosotras, aunque yo no me privé en lo sucesivo de continuar con la autosatisfacción, al descubrir que con un cepillo suave acariciando el clítoris, llegaba al orgasmo de una manera voluptuosa exhalando gemidos contenidos que me hacían soñar con mi primera experiencia.

No tengo presente si fue mi primo el primer chico que observé con el miembro parado, pero sí recuerdo que mientras jugábamos un día a las escondidas, aprovechó para bajarse el cierre del pantalón y mostrármelo en el galpón del fondo de casa. Me pidió que lo tocase para sentir lo duro que estaba. Me dio vergüenza y giré el rostro para no verlo, pero él decidido me tomo el brazo y acompañó mi mano hasta su pene para palparlo. Estaba duro y caliente, lo tomé y en ese momento eyaculó. Me pidió que continuase, y lo masturbé hasta terminar. Quiso besarme, pero huí, en realidad no me gustaba y solo mi calentura juvenil me había impulsado a complacerlo. Eso sí, me refugié en el baño y continué con el manoseo hasta obtener mi satisfacción entre jadeos y gemidos. Cada vez que se reunía nuestra familia Fernando intentaba seducirme y me invitaba a tener relaciones pero siempre me rehusé esperando mi príncipe azul. Finalmente se puso de novio y lo nuestro quedó como una anécdota de mi experiencia juvenil.

Empecé el colegio secundario y en primer año conocí a quien sería mi esposo años después. Era varios años mayor que yo y conducía el micro que me acercaba a la escuela. En seguida se entabló una simpatía. Siempre tenía atenciones y palabras amables durante el trayecto. Era muy buen mozo y decidido y finalmente me invitó a pasear luego de su trabajo.

Yo era ingenua e inexperta y él seguro de si mismo, un día, al final del recorrido, me llevó al fondo del colectivo, me besó y me acarició con delicadeza mientras me desprendía la blusa, luego tomó mis senos, los liberó del corpiño, y con sus labios y su lengua los succionó y lamió hasta parar y endurecer mis pezones. Estaba excitada y entregada en sus brazos. Si hubiese querido me podía haber desflorado pero con un dominio total de la situación lo dejó para otra oportunidad. Cuando me dejó en casa estaba encendida y corrí al baño a terminar con el orgasmo inconcluso.

Empezamos a salir como novios luego que él se presentó a mis padres en casa, para pedir mi mano. El momento había llegado. Recuerdo que me hacía masturbarlo y luego tomarle su miembro y acariciarle con mis labios y la lengua hasta eyacular en mi boca donde derramaba su semen en chorros intermitentes. Sorbía hasta la última gota a su pedido, pero yo necesitaba otra cosa, sentir esa verga adulta, dura y enrojecida dentro de mi para sentirme plenamente mujer. No podía esperar hasta que nos casásemos.

Un 21 de septiembre, junto con mis compañeros del secundario, decidimos ir de picnic para festejar el día de la primavera. Mi novio no estaba muy de acuerdo, pero finalmente lo aceptó. Cuando llegamos al Tigre me percaté que había olvidado la torta y decidí regresar a buscarla. Un compañero se ofreció a llevarme, pero cuando llegué a casa, lo encontré a Antonio que pasaba, entonces decididamente me dijo que él nos llevaría de vuelta. No me atreví a contradecirlo, pues sabia de sus celos. Llegamos y me convenció de disfrutar del día con él solo. Recuerdo que mi prima, que también participaba me hizo un guiño cómplice, y me dijo que iba a decir en casa que lo habíamos pasado juntas. Nos fuimos y Antonio me llevó a un altillo en los fondos de su casa al que se accedía por una escalera de madera. No había nadie esa tarde y me di cuenta lo que sucedería. Estaba ansiosa temiendo lo desconocido. Le pedí por favor que no me hiciese doler. Me colocó de espaldas parada, con una pierna elevada sobre un escalón, y la otra apoyada en el suelo. Me levantó la pollera y me bajó la bombacha. Se situó por detrás, y dirigió su verga sobre el himen aún intacto. La sentí dura y caliente al apoyarla, sus manos entre abrieron mis glúteos y separaron aún más mis muslos. Comenzó a presionar hasta que sentí la irrupción de su verga dentro de mi vagina. Proferí un grito contenido de dolor. Al mismo tiempo, mi cueva virgen comenzó a dilatarse hasta recibirla en toda su dimensión. Algunas manchas de sangre mojaron mis piernas, denunciando la rotura del himen y el fin de mi virginidad. Antonio siguió con el bombeo acompasado y finalmente eyaculó. Sentí un chorro cálido e intermitente que inundó mis entrañas. No resultó tan desagradable como me habían contado que sucedía la primera vez. Sacó su verga ensangrentada babeando aún, la limpió y nuevamente me la introdujo hasta los testículos, dilatando definitivamente el orificio que se ampliaba con el movimiento de vaivén.

Ese fue mi debut. Me bañé presurosa temiendo que alguien volviese, y luego Antonio me llevó a casa. Mis padres me preguntaron como me había ido. Creo que me ruboricé, pero les dije que había sido un día inolvidable, que estaba muy cansada y me acosté.

Estuve algo dolorida por algunos días, y recién entonces me percaté que no había tenido un orgasmo en esa oportunidad. Seguro que el temor y la ansiedad habían conspirado para que ello ocurriera. A la semana siguiente en que tuvimos una nueva relación todo se regularizó. Antonio, a partir de allí, me enseñó las distintas posturas para hacer el amor y siempre terminé con orgasmos placenteros y prolongados hasta nuestro casamiento unos años más tarde. Él fue mi único hombre hasta ese día.

MI PRIMER AMANTE

Los primeros tiempos fueron maravillosos y sus celos me parecían que respondían al amor que me profesaba. Quedé embarazada de mi primera hija y concurrí al consultorio del obstetra para controlar la evolución. Todo fue normal hasta el parto, aunque ya antes me pareció que él, gustaba de mí. En las posteriores visitas, comenzó a insinuarse de manera sutil, y advertí que no me disgustaba la situación. Recuerdo que me arreglaba en las visitas para coquetear y despertar sus palabras intencionadas. Finalmente, Alejandro me invitó a tomar un café y luego de varias negativas por temor a lo que sucedería, acepté. Sabía que era casado, pero me atraía. Además su fuerte personalidad y su decisión para manejar la situación me impedían rebelarme. Luego de algunas citas en donde me expresó su deseo de acostarse conmigo, accedí. Me llevó a un hotel alojamiento, Yo estaba preparada, me había depilado la entre pierna y el vello pubiano, no quería defraudarlo y quería ser la mejor cuando me viese desnuda e hiciéramos el amor. Al salir del baño lo contemplé despojado de su ropa, era joven fuerte y velludo, su miembro parado, grueso y palpitante me impresionó. Me tomó en sus brazos, me depositó en la cama y me penetró en forma torpe. Era mi primer amante y a pesar de ello, tuve un orgasmo placentero al sentirlo bombear casi con desesperación para satisfacerme. Pensé que mejoraría cuando nos conociéramos más, y así sucedió.

Él ejercía una influencia decisiva sobre mí mientras controlaba que su matrimonio no se entorpeciera con nuestras relaciones, y yo calentona, me prestaba a sus antojos. Trataba de complacerlo en los horarios y las salidas. Tenía por cómplice a su enfermera que se prestaba a sus deseos aunque sospechaba que también ella era su amante. Hacíamos el amor en su consultorio o en los hoteles en donde aprendí a complacer sus deseos. Durante nuestra relación, que duró varios años, rescato algunas ocasiones en que vivimos experiencias diferentes.

EXHIBICIONISMO

Un día en que fuimos al hotel, extrajo del maletín una cámara fotográfica y antes de tener sexo me dijo que quería retratarme en distintas posturas para excitarnos. Le dije que estaba loco, que no era una exhibicionista, que me daba vergüenza, pero finalmente me convenció. Se colocó frente a mi y comenzó a pedirme que pose: primero de pié, desnuda exhibiendo los senos tomados con ambas manos, ofreciéndolos a la cámara; luego de espaldas con los tacos altos, inclinada ligeramente, abriendo las nalgas con mis manos, ofreciendo la raja y los labios carnosos afeitados y humedecidos por el deseo, y yo, mirando de reojo a la cámara; la tercera toma, recostada en la cama con mis piernas abiertas, mostrando al abrir los labios de la vulva, el inicio de la vagina. Luego extrajo del maletín un consolador enorme y me pidió que lo utilizara haciéndolo entrar de a poco y tomándole él, fotos a distinta profundidad. Luego lo llevé a mi boca, lo lamí y le pedí que lo registrara como alguna vez había observado en revistas. Al revelarla al instante con la polaroid, compartimos la visión. Estaban fantásticas. Tuve una calentura al verlas y acto seguido tuvimos una cogida que aún hoy recuerdo por lo voluptuosa. .

LA FIESTA

En otra oportunidad me invitó a una fiesta que ofrecía la enfermera del consultorio en su casa. Luego de inventar una excusa a mi marido de una reunión con las maestras de mi colegio, nos dirigimos a un chalet en la zona sur. Allí llegamos a eso de las ocho de la noche. Me presentó a los comensales. La enfermera Mabel, la anfitriona que ya conocía, su hija y el yerno, otro matrimonio joven y un amigo de la familia. Había empanadas y vino a discreción. Entre charlas y comentarios fuimos escanciando el vino hasta sentirnos alegres y liberados de todo prejuicio. Se tocó a los postres el tema sexual y las formas de disfrutarlo. Fue en ese momento que su hija y el yerno comenzaron a bailar con movimientos sensuales y a sacarse la ropa haciendo un strip-tease hasta quedar totalmente desnudos. La música sensual estaba acorde para un momento como ese. Se podía oír en el silencio la respiración de todos. Yo estaba mareada y alegre a la vez, desinhibida y excitada. Alejandro había pasado su brazo alrededor de mi cuello y acariciaba mis senos. El matrimonio joven, sentado en un sillón, también se prodigaba caricias, observé como la mano del hombre, mientras ella abría las piernas, se introducía por debajo de la bombacha y acariciaba su sexo. Sebastián el yerno de Mabel con movimientos voluptuosos se masturbaba logrando la máxima erección y sentándose sobre un taburete, colocó a Silvana a horcajadas sobre su pelvis, introduciendo su verga joven y gruesa hasta los testículos, quien comenzó a hamacarse y gemir de placer. Fernando, el amigo se desnudó ante la escena y comenzó a masturbarse. Mabel se acercó a nosotros y mientras desabrochaba la camisa de Alejandro, nos invitó a todos a desnudarnos. Estaba absorta, no podía creer lo que estaba viendo, jamás me hubiera imaginado ser partícipe de una situación semejante. Mareada e indefensa, entre Alejandro y Mabel terminaron despojándome de la ropa, y por último del corpiño y de la tanga quedando desnuda frente a todos. Observé como Sebastián tomó de la mano a Silvana y la llevó hasta Fernando, que con la verga dura le propuso mamarla; ella se arrodilló y se la introdujo en su boca lamiendo el glande hasta que eyaculó atragantándose con el semen y derramando el resto por las comisuras. Era una orgía total, el descontrol de todos me asombraba y excitaba al mismo tiempo. Yo miraba, pero no me animaba a participar. Alejandro me contenía en sus brazos. Observé a Mabel penetrada por su yerno que la había dado vuelta y ella, apoyada sobre la mesa le ofrecía sus nalgas. Me quedé mirando como se abría los glúteos con sus manos y él con esa verga descomunal le atravesaba el ano y se la introducía hasta los testículos.

Luego Mabel se levantó y vino hacia nosotros, tomó el miembro de Alejandro ya duro, y comenzó a masturbarlo. Él cerró sus ojos y ella con palabras intencionadas le recordó el placer que habían gozado en otras oportunidades. El se desprendió de mí y la siguió al diván. Quedé sola de pié, muerta de miedo, con los zapatos de tacos altos como única indumentaria. Sin embargo la penumbra no me impedía ver como Alejandro la cogía a Mabel. Fue en ese instante que Sebastián me tomó de la mano y me condujo a la habitación contigua sin que me resistiese. Allí me reclinó en la cama me abrió las piernas y se situó entre ellas logrando nuevamente la erección de su enorme verga Comenzó a jugar con el clítoris, y ya no me controlé, le pedí con desesperación que me penetrase. Era un maestro, jugaba con su glande, lo insinuaba y lo sacaba con presteza. Le rogué que no me hiciese sufrir, la quería toda adentro. Mis jadeos y gemidos se oían en toda la casa. Finalmente me introdujo esa masa rígida y palpitante hasta los testículos y luego bombeó hasta eyacular dentro de la vagina. Lo abracé con mis piernas para hacer más profundo y prolongado el placer y acompañé sus movimientos de vaivén, que finalmente provocaron mi orgasmo En ese momento se encendieron las luces de la habitación y contemplé a todos de pié aplaudiendo la escena.

Estaba transpirada y ruborizada. Por primera vez había participado en una fiesta de esa naturaleza. Mabel se acercó y me preguntó si estaba satisfecha, que no me avergonzara ya que todos eran habitué a esas fiestas, y yo era la única que había debutado. Nadie agregó, se debía ir sin sentirse conforme, agregó con malicia. Tuve ganas de decirle que tenía curiosidad en probar con ella, ya que al verla penetrada por Alejandro había sentido la fantasía de gozar con su cuerpo escultural, con sus senos grandes y sus pezones oscuros y largos y lamer su sexo chorreando de semen que se escurría por sus piernas, y tragar sus deliciosos jugos.

Cuando nos despedimos Mabel encontró el momento para decirme a solas, que la llamase al consultorio para concertar una cita en un horario adecuado. No se porque no se lo comenté a Alejandro que me acercó hasta casa. .

UNA EXPERIENCIA DIFERENTE

Sentía curiosidad por las palabras de Mabel, y con la excusa de pedir turno para una consulta la llamé la semana siguiente. Me atendió amablemente y me citó para el viernes a las seis de la tarde. Sabía que Alejandro no atendía ese día, pero me dijo que haría una excepción y ella me prepararía para un examen de rutina. Ese día en punto, llegué al consultorio. Me franqueó la puerta, me besó y cerró la misma con llave. Tenía colocado un ambo blanco con una pollera corta por encima de las rodillas. Se vislumbraba a través del uniforme su figura madura de curvas perfectas, lo que ya había comprobado durante la fiesta. Me condujo hasta el consultorio, y me colocó en la camilla de ginecología sujetando mis piernas abiertas en los soportes. Le pregunté por Alejandro y me respondió que había llamado y le había pedido que ella le tomara las muestras para el pap., pues le era imposible concurrir.
Me sacó la ropa y me cubrió con un camisolín. Se enfundó las manos con guantes y luego se colocó entre mis piernas, levantó la falda y delicadamente comenzó a acariciarme el clítoris que se endureció. Prosiguió con un suave masaje de la vulva, entonces me moví inquieta al aumentar mi calentura. No era como otras veces. Finalmente introdujo sus dedos hasta el fondo de la vagina y comenzó a masturbarme. No cruzamos una palabra, pero yo la dejé hacer. Me abrió los labios mayores, se inclinó y me besó el clítoris. Su lengua recorrió de abajo a arriba la vulva y se metió en la vagina. Comencé a gemir de placer y a agitarme, entonces se detuvo. Me liberó, me sacó el camisolín, y de la mano me condujo a la habitación contigua que tan bien conocía. Busqué su boca con desesperación y nos besamos fundiendo nuestras lenguas. Mientras me recostaba, se sacó el delantal y como Mabel no poseía ropa interior la disfruté desnuda. Madura aún joven con pechos grandes y pezones largos y puntiagudos, piernas torneadas y su pubis rasurado me provocaron casi con desesperación el deseo de poseerla y recibirla. Se dirigió a la cómoda y retornó con una prótesis que remedaba un pene que sujetó a su cintura. Era enorme de plástico rígido, de textura rugosa y de color negro. La untó en vaselina, y a pesar de mis quejas al ver el tamaño, me dijo que no temiese, que había comprobado cuando me vio penetrada por su yerno en la fiesta, la capacidad de mi vagina, y desde ese día había soñado con el momento de comprobarlo. Me colocó de bruces sobre la cama con los glúteos y las piernas abiertas. Se situó por detrás y con suaves y decididos movimientos de vaivén me introdujo la prótesis hasta el fondo. Yo gemía de placer, las rugosidades aumentaban el goce al frotar en las paredes. La sensación era única y maravillosa, jamás la había experimentado, parecía que se partía la vagina anta cada embate, pero yo le pedía más. Mabel excitada me palmeaba los glúteos, y en un susurro repetía “relájate mi puta, puta mía, sentí la verga negra de tu macho”. Finalmente terminé entre jadeos, gemidos y gritos de placer con un orgasmo placentero y prolongado.
Entonces me incorporé, la abracé y nos besamos. Le pedí complacerla, y con un dominio de la situación, me dijo que me iba a guiar. Asumía el rol masculino. Se sacó la prótesis y me ordenó que me situara entre sus muslos y le chupara sus jugos. Estaba desbordada, el sabor agridulce que fluía de su sexo me resultaba excitante, le besé sus senos y jugué con sus lánguidos y endurecidos pezones. Comenzó a gemir por las caricias, y ya no me contuve, me puse la prótesis y la penetré de frente, ahora yo era el macho, luego ella se colocó de espaldas y se apoyó en la cómoda. Entonces le busqué el orificio anal y en el paroxismo de la lujuria y de sus gritos entrecortados, le introduje la prótesis dentro del recto hasta la raíz. Gemía y me insultaba por el dolor y el placer. Fue una cogida descomunal. Luego de bañarnos nos despedimos y nos prometimos que esa no seria la última vez. En ese momento me desperté sobresaltada, estaba sudorosa y excitada. Habría sido solo un sueño, me pregunté, o respondían al recuerdo de una experiencia vivida bajo los efectos del alcohol .

EL CAMPO COMO TESTIGO.

Esa no fue la única, ni la última vez que las fantasías sexuales acompañaron mis sueños, y estoy convencida, que casi todas las mujeres los han tenido o los han experimentado alguna vez. La mayoría no se anima a contarlo, pero en su intimidad saben que lo que digo es verdad.

Otra vez, recuerdo, en oportunidad de una invitación en que fuimos con mi esposo al campo de mi cuñado a pasar unos días, viví una experiencia insólita. Una madrugada, a las tres de la mañana se levantaron los peones y todos los hombres de la casa, para ir a vacunar y marcar a la hacienda. Yo serví el mate cocido y las galletas, y les preparé la comida del mediodía, ya que iban a un potrero a varias leguas del casco de la estancia, y regresarían recién por la tarde. Quedamos el domador y yo, que prácticamente había terminado su tarea, y según comentó luego de controlar el servicio del padrillo a una yegua alzada, se iría al norte de Corrientes a trabajar donde lo habían contratado. Cuando se fueron todos me recosté a dormir. Sentí al alba, el despertar del campo con sus ruidos inconfundibles y el trino de sus pájaros. Ese aroma propio del rocío matinal con el olor a tierra húmeda y al clarear y observar al sol despuntar en el horizonte, me indujo a levantarme para disfrutar de ese momento incomparable. Me vestí con una pollera amplia y cómoda de paisana hasta la media pierna, una blusa floreada para estar más fresca y unas zapatillas tipo boyero. Salí al patio al escuchar el relincho de los caballos en el potrero vecino, quería disfrutar del aire puro y las maravillas de la naturaleza que me ofrecía el campo entrerriano. Caminé hacia el aljibe y apoyada en él, me detuve al ver como a unos diez metros de distancia se iba a producir la fecundación de esa yegua alzada que esperaba al padrillo alazán que relinchaba pidiendo paso al potrero para satisfacer su instinto. Lucio el domador se acercó, le abrió la tranquera, y el semental caracoleando se aproximó. Comenzó un juego de seducción con ligeras carreras y golpes con el cogote, hasta que la yegua se paró. Yo estaba absorta ante esa visión, y sentí un cosquilleo interior al ver por primera vez esa escena. Lucio, acomodó con sus manos las patas delanteras del padrillo cuando por detrás montó a la yegua que se había afirmado abriendo sus patas traseras separando las ancas. El padrillo desplegó su verga que debía medir cerca de medio metro y blandiéndola intentó introducirla en la matriz sin conseguirlo al principio, hasta que finalmente lo logró. El relincho de las bestias y las sacudidas, según me dijo Lucio de lejos, le indicaban que la cópula se había consumado, pero que harían dos o tres intentos más hasta satisfacerse plenamente. Me quede apoyada mirando al peón que se retiró detrás de un árbol para orinar, e instintivamente me moví para observarlo. Se había desprendido la bombacha mostrando su verga oscura y gruesa con el glande descubierto y enrojecido, quien al darse cuenta que lo miraba, la sacudió endureciéndola. Observé al padrillo, que nuevamente trataba de montar a la yegua y apoyada aún sobre el aljibe miré de reojo al domador, era atlético, morocho con músculos marcados por el trabajo. Traía la verga palpitando en su mano y se aproximó por detrás, Me imaginé que ese hombre rudo y fuerte me iba a poseer. Lo deseaba. Me hice la distraída y esperé el momento. Me levantó la pollera por detrás y la enrolló en mi cinturón. No cruzamos palabra, pero yo imitando a la yegua me abrí de piernas separando las nalgas, y al elevarme en puntas de pié le ofrecí mi sexo. “Veo que aprendió rápido la patrona” exclamó, “voy a coger a la hembra más hermosa que conocí” sentencio groseramente, desgarró la bombacha y sin más me enterró de un solo movimiento, la verga hasta los testículos, Grité de dolor, nunca había recibido un pene semejante. Entraba y salía con furia salvaje, chorros intermitentes de semen lubricaron mis entrañas y corrieron por mis muslos. Finalmente la sacó. Sentí como la vagina se había dilatado por el bombeo de ese pene desconocido.

Me di vuelta y lo tuve de frente, y entonces comprendí mis sensaciones. Ese domador tenía una verga oscura enorme y gruesa, y al verla aún parada, con su glande rojo babeante, un impulso incontrolable hizo que me arrodillase y lo lamiese golosamente hasta limpiarlo del todo. Entonces me alzó sentándome en el borde del aljibe. Se colocó entre mis piernas y me volvió a coger, era insaciable, sus movimientos de vaivén me enloquecían. Yo jadeaba y gemía de placer. Tuve mi tercer orgasmo. Lucio me había desprendido la blusa y me acariciaba los senos chupando los pezones como un animal sediento. Nunca había tenido sexo con un salvaje como aquel. Por último entre jadeos y gemidos tuve un orgasmo al sentir su eyaculación final. Quedé exhausta y satisfecha ante tamaña cogida y los labios irritados de mi vulva, me recordaron al caminar, la experiencia vivida por algunos días Al mediodía se despidió antes que retornasen los hombres y jamás lo volví a ver. Muchas veces de noche, sueño con un padrillo salvaje como aquél y cuando despierto por la mañana suelo tener las mejores relaciones sexuales con mi esposo.

LA ENTREGA.

Después de compartir el sexo entre Antonio y mi amante, conocí a mi verdadero amor, que me devolvió la alegría de vivir que aún hoy perdura. Son años de verdadero sentimiento y comprensión que me permiten disfrutar sin misterios ni ocultamientos al recordar con él, mi pasado sexual. Del amor sus placeres y dolores me ocuparé en otro momento, pues es la sublimación del sentimiento en la vida terrenal y aquí solo quiero recordar mis experiencias sexuales que pasaron por mi vida y que contribuyeron a valorar lo placentero e importante que es el sexo en la vida de los humanos.

No hace mucho, comenzaron a declinar los ingresos pecuniarios en la familia al perder mi esposo su trabajo. Las dificultades económicas deterioraron la aparente armonía entre él y yo, pero mantuvimos el vínculo por nuestros hijos. Ellos se casaron y formaron su hogar, pero a pesar de ello seguimos dependientes de sus vidas y de los nietos.

Sospeche siempre de la fidelidad de Antonio, que a su vez sospechaba de mí y me lo echaba en cara, aunque últimamente lo noté mucho más comprensivo y amable. Tenía un amigo del trabajo, que se había retirado a tiempo y había instalado su propia empresa, y a quien yo también, había conocido de joven. El éxito había coronado su iniciativa y hecho una pequeña fortuna que le permitió poseer entre otras cosas materiales, un crucero para seis personas con cuchetas para pasar la noche si fuera necesario. Periódicamente iba de paseo al Uruguay, y nos invitaba a compartir un viaje de placer con todos los suyos, pero aún por diversos motivos no lo habíamos podido hacer. Juan Carlos, que así se llamaba, insistía por mi presencia y ahí me di cuenta de su interés por mi persona, y más cuando estando solos en casa, esperando por mi marido, me propuso ir los dos a tomar un café. Me negué pero él insistía ante cualquier oportunidad donde nos encontrábamos. No sabía si contárselo a Antonio, pues temía su reacción, ya que siempre lo elogiaba y me decía que estaba detrás de un negocio que le había propuesto J.C. que nos beneficiaría a todos, y a partir de allí no íbamos a tener urgencias económicas. Me pedía que fuera amable con él pues notaba que le rehuía y evitaba su presencia, que su relación nos convenía, y yo podía cerrar el negocio si accedía a sus pretensiones. No supe como explicarle lo que pasaba. Por otro lado comencé a pensar en todo lo que me decía, y a dudar si Antonio no estaba al tanto de las intenciones de Juan Carlos. Siempre había sabido de su machismo y de sus celos por mis amistades masculinas, que en más de una ocasión lo llevaron a agredirme. Las finanzas en casa iban de mal en peor, hasta que una tarde llegó Antonio y me dijo que había recibido una suma importante de dinero a cuenta del negocio que cerraba con J. C. y por ello iría a Mar del Plata por cuatro días. Me sugirió que ante cualquier eventualidad recurriese a J. C. y lo complaciese en sus pedidos, ya que de ello dependía el éxito y la continuidad del negocio.

Ese viernes temprano me levanté para despedirlo, llegó J. C. a buscarlo para llevarlo a la estación y le ofrecí un café, pero se excusó diciendo que llegarían tarde y prefería ir primero al micro, pero luego vendría aceptando mi convite.

No se porque me arreglé y maquillé para esperarlo, aunque debo reconocer que siempre fui coqueta. Una hora después tocaba el timbre de casa y al salir a recibirlo elogió mi belleza y me piropeó como hacía mucho tiempo no lo hacia mi marido. Mientras tomábamos el café me propuso embarcarnos al mediodía, para hacer un paseo en su crucero hasta el Uruguay. No supe que decir y como excusa le expresé que a Antonio no le agradaría si se enteraba, pero insistió y me contestó que ese no era impedimento pues se habían puesto de acuerdo en que me iba a necesitar durante su ausencia y ante la seguridad de sus palabras, por último acepté.

Preparé mi equipaje y me maquillé ansiosa esperando que me pasase a buscar. Llegamos a la guardería náutica, donde nos esperaba el capitán y una marinera, que nos atendería durante el viaje de tres días entre ida y vuelta a Carmelo.

Nos embarcamos y partimos a las dos de la tarde. El tiempo era magnífico, y apenas dejamos los riachos, J.C. me sugirió que me pusiese la malla para estar cómoda. Entré a la cabina y aprecié la amplitud y la categoría del habitáculo que tenía detalles propios de una embarcación de lujo. Dos cuchetas marineras a cada lado y adelante separado por una puerta corrediza otro ámbito con una cama doble que ocupaba casi todo el espacio, al fondo un baño completo con ducha inclusive. Dejé mi maleta, me puse la malla y me miré al espejo, en ese instante entró él y elogió mi cuerpo, me dijo que siempre le había gustado y agregó que mi belleza se había acentuado en la madurez. Confieso que me halagó. Él tampoco estaba mal, era alto, algo grueso, de ojos oscuros y mirada profunda, con el pelo entrecano y la frente amplia. Era en suma, atractivo y distinguido. Su ropa de marca y su reloj, mostraban la bonanza económica y la generosidad de su billetera, que se puso de manifiesto cuando me obsequió un collar de perlas y un ramo de flores que tenía preparado en la cabina.

Instintivamente lo bese. Hacía tantos años que alguien no me agasajaba, pero que le diría a Antonio. Cuando lo iba a rechazar sonó el celular de J.C. y para mi sorpresa era mi marido que había llegado a Mar del Plata, y se comunicaba con el barco. Me senté en la cama y escuché la conversación absorta, separó de su oreja el celular y me lo acercó para que oyese. Mi marido preguntaba si todo estaba bien y si yo estaba embarcada acompañándolo. Él le respondió afirmativamente y me pasó el teléfono. No sabía que decir hasta que Antonio rompió el hielo, me preguntó como estaba, y si lo pasaba bien. Le respondí que sí y repregunté si ellos dos, se habían puesto de acuerdo por el viaje. Me recomendó que lo complaciese, pues de ello dependía nuestro futuro. Me di cuenta que me había entregado por su tranquilidad económica.

Me vino a la memoria la película “Una propuesta indecente”, donde ahora yo era la protagonista. No lo podía creer. Cerró el celular y cuando me paré, me besó delicadamente, y sin que yo atinase a articular palabra, me invitó a tomar sol en cubierta, pues teníamos mucho tiempo por delante para disfrutar del viaje y tomar decisiones. Era un caballero y no se aprovechaba de la situación. Eso me gustó y me tranquilizó al mismo tiempo. El aire y el sol que acariciaban mi piel y los pensamientos que bullían en mi cerebro hicieron que me durmiese y solo me desperté cuando Gloria la marinera se arrodilló y me ofreció un copetín, mientras depositaba los ingredientes en una mesa ratona. Me incorporé y me recosté en una reposera de plástico desde donde observé a J.C. al timón del crucero, y a su lado a Enrique el joven capitán que le advertía de algunos secretos de la navegación. Charlaban animadamente y reían con sus comentarios, pero al verme ya despierta J.C. se aproximó y se sentó a mi lado, dejando el comando en manos del capitán. Me explicó que íbamos a fondear en un recreo donde podíamos bañarnos en el río. Yo apenas sabía nadar y le trasmití mis temores, pero me tranquilizó diciendo que tanto Él, como el capitán y la marinera estarían prontos por cualquier eventualidad. El día y el sol tórrido invitaban al chapuzón, y apenas llegamos, amarramos y nos tiramos para refrescarnos. Mientras disfrutaba de la tarde contemplé a Adrián, el joven capitán. Debía tener unos treinta años, bronceado por su permanente contacto con la naturaleza, de ojos verdes y figura atlética con sus músculos marcados y la cabellera al viento, parecía un gladiador romano, era verdaderamente un hermoso hombre. Gloria, tampoco le iba en zaga con su belleza, era rubia de ojos celestes y figura armoniosa, con la cintura estrecha, las piernas torneadas, y la cola y los pechos firmes, propios de su juventud y seguramente de practicar deportes al aire libre, lo que aprecié al verla en bikini. Retozamos durante una hora, y decidimos embarcarnos para continuar con el último tramo hasta Carmelo, donde llegamos a eso de las ocho de la noche con la caída del sol. Gloria preparó la cena con mariscos y un buen vino blanco, que compartimos los cuatro. Yo estaba muy cansada, y a los postres le pedí permiso para bañarme, mientras Gloria y Adrián se despedían para ir a tierra a disfrutar de la noche. J.C., me respondió que el barco, ahora tenía dueña y podía disponer lo que quisiera. Estaba algo mareada porque me había excedido en el vino y no estaba acostumbrada al trajín vivido. Me obsequió una salida de baño primorosa y me sugirió de ponérmela luego de la ducha.

Mientras me refrescaba, pensé en todo lo ocurrido, me sentí halagada y me dispuse a disfrutar plenamente del crucero, pues sentí que nadie me podía cuestionar, especialmente mi marido que había depositado en mí la solución de nuestros problemas económicos .

PROSTITUCIÓN

Después de todo que mujer no fantaseo con ser una prostituta aunque sea por una vez y entregar su cuerpo poniéndole precio a sus fantasías sexuales.

Al salir del baño, encontré sobre la cama ropa interior de color rojo y un portaligas negro, como las que uno ve que usan las protagonistas de películas eróticas, y un sobre con una carta y 100 dólares adentro, que decía eran en retribución al hermoso día que habíamos pasado. Me coloqué la lencería, y me miré al espejo. Me quedaba perfecta y me hacia más joven y sensual. En ese instante apareció J.C. que elogió mi cuerpo maduro y apetecible. Me cubrí azorada con el deshabillé aunque en mi fuero íntimo me agradó su comentario y disfruté de la involuntaria exhibición a la que me había expuesto. Nos sentamos a la mesa y descorchó una botella de champán, que entre comentarios sobre las penurias económicas y las posibilidades de volver a mi nivel de vida, terminamos de escanciar. Yo estaba cada vez estaba más mareada y desinhibida, y a la segunda botella, mientras hablaba como repercutían los problemas económicos en las relaciones sexuales, le conté la desazón por mi matrimonio y la ausencia del placer que ya casi había olvidado. Él, en tren de confidencia a su vez, me comentó el escaso estímulo que lograba con su mujer, y pese a las consultas con distintos profesionales no le habían encontrado explicación ni solución a su problema. Sin embargo me manifestó, que desde que me reencontró sentía que algo había cambiado. No se porque instintivamente me arrodillé, le bajé la malla, le tomé el pene con mis manos y lo llevé a mi boca, comencé a lamerlo y succionarlo como lo hacía con Antonio en los últimos tiempos. Rápidamente se endureció y estuvo en condiciones de penetrarme de continuar con el estímulo. Me incorporó y desprendió el deshabillé que cayó a mis pies. Quedé con la tanga, el corpiño y las medias negras con el portaligas, entonces me tomó en sus brazos y me besó. Le respondí, mi boca se fundió con la suya. Nos besamos casi con desesperación, Entre caricias y promesas nos tiramos en la cama, donde luego de correr la bombacha trató de penetrarme. La ansiedad y la torpeza le impidieron concretarlo en un primer momento, pero luego lo ayudé y entonces sí, pudo gozar y eyacular. Sentí chorrear entre mis piernas el semen derramado. Estaba excitadísimo y me prometía no dejarme jamás, pues se había dado cuenta lo que me deseaba repitiendo que no se opondría a mi felicidad, dándome libertad para disfrutar del sexo con su beneplácito y sin egoísmo. Todo estaba dado para que no sufriese ya que él se ocuparía de que no me faltase nada.

Nos dormimos abrazados y casi no me di cuenta cuando Gloria y Adrián volvieron, solo recuerdo vagamente verlos en la puerta del dormitorio que cerraron tras de si, para acostarse en la cabina contigua.

Me desperté temprano con el sonido de la sirena de un barco que partía, y me asomé a cubierta, ya estaban todos levantados y Gloria había preparado el desayuno. Tenía aún dolor de cabeza como resaca del día anterior, y me zambullí con ellos al río para despejarme. Luego nos sentamos y la charla derivó en las experiencias del día anterior. Con desparpajo Adrián contó que habían estado en un boliche donde hacían strip-tease, donde invitaron a Gloria a participar y ella ni corta ni perezosa, se había enganchado y se había ganado su buena plata con los parroquianos. Me preguntó si yo lo haría y entre carcajadas le dije que nadie daría un peso por verme. J.C. se prendió al juego y dijo que todo tenía precio, y me pidió el mío. Le respondí que el interesado debía ponerlo. 500 pesos sugirió, lo mío se cotiza en dólares le retruqué. 500 dólares entonces, pero con sexo incluido. Es poco para eso. Cual es tu precio para una orgía filmada, preguntó: 1000, 2000. Casi sin pensarlo, le espeté 5000 dólares para eso, aunque creo que nunca lo haría, y nadie pagaría semejante suma para que lo hiciese. Toma en cuenta dijo, que los 5000 están a tu disposición. Terminamos riéndonos todos y nos dispusimos a disfrutar del magnífico día,

Fuimos con J.C. al puerto y recorrimos la feria artesanal de la rambla, donde compré regalos para mis hijos los nietos e inclusive para mi marido. Estaba contenta, todo me parecía hermoso. Almorzamos en un boliche con vista al río, acariciados por la brisa del río. Cordero asado con ensaladas, abundante vino tinto, frutillas con crema y café. Me entró modorra y le pedí de volver al barco para dormir la siesta y recuperarme del cansancio acumulado. De la mano caminando, retornamos al crucero donde Adrián y Gloria disfrutaban tomando sol en cubierta. Nos saludaron y nos desearon felices sueños. Me recosté y me dormí profundamente. Ni me enteré cuando J.C. se levantó Al despertarme oí las voces de los tres que conversaban animadamente y me despabilé, mientras me ponía la malla reflexioné sobre las palabras de la mañana. No estaría mal, si fuera cierto, 5000 dólares por participar de una noche intensa donde la sensualidad aflorara en toda su magnitud. Jamás había estado con otra pareja al mismo tiempo, y ese cuerpo joven y atlético me atraía de solo verlo.

Salí a cubierta y fui recibida con piropos por todos, haciendo hincapié en lo hermosa que me veían a pesar de estar recién levantada, Me convidaron con champán, y saladitos, y con la segunda copa me desinhibí totalmente Yo saqué el tema sexual lo que motivó el comentario de J.C. diciendo que estaba en pié la oferta de la mañana. Le expliqué que nunca había hecho algo semejante y no creía estar a la altura de Gloria. Sin embargo Adrián puso música y Gloria empezó a moverse. Se despojó sensualmente de sus ropas, mientras Adrián la imitaba hasta quedar totalmente desnudos. Inconscientemente me acaricié la vulva que se endureció al contacto con mis dedos, y más cuando con movimientos sensuales y colocándose a la espalda de Gloria observé la verga enorme y rígida de Adrián que jugaba entre abriendo la vulva de la marinera, que como única indumentaria tenía puesta la gorra del capitán. J.C. se separó y comenzó a filmarlos. Estaba absorta y excitada, mi mano aceleró sus movimientos masturbándome, y comencé a jadear y a gemir de placer ante esa visión. Deseé ser yo la protagonista. Me levanté algo mareada y me dirigí a la cabina. Me siguieron y allí me despojaron de la ropa J.C. me tomó en sus brazos y se acostó de espaldas yo traté de que me introdujera el miembro pero no tenía la dureza suficiente. Fue entonces que lo llamó a Adrián para que me satisfaga, Él nos iba a filmar. Ahora fui yo la que de espaldas y con las piernas abiertas lo esperé. Encima, de rodillas entre mis muslos tuve la visión que ese joven al que casi doblaba en edad me iba a poseer con ese miembro grueso y palpitante. Comenzó con un juego controlado acariciando el clítoris con su glande rojo y húmedo. Lo insinuaba y lo retiraba con presteza de la vagina. Yo me empecé a desesperar, Hacía tanto que no sentía algo así. Le pedí por favor que me cogiera, la quería sentir toda dentro de mi ser. Era gruesa y cálida, y a medida que profundizaba la verga, aumentaban mis gemidos. Mi orgasmo llegó junto con un chorro intermitente de semen que inundó mis entrañas. El seguía bombeando y yo gozando como nunca. En medio de la lujuria me pidió que me voltease, que iba a ser penetrada por ambos al mismo tiempo, mientras Gloria nos filmaba. No me negué. Efectivamente J.C. de espaldas sobre la cama, me pidió que lo montase a horcajadas y me penetró por la vagina y Adrián por detrás con su miembro enfundado en un condón comenzó a presionar sobre el orificio anal, mientras con sus manos separaba mis nalgas. Cuando atravesó el esfínter proferí un grito de dolor pero rápidamente cedió al profundizarlo en el recto, luego el movimiento acompasado de ambos miembros me produjo un placer inenarrable. Gloria filmaba todo inclusive mi rostro arrebolado por la excitación y el esfuerzo. Yo les pedía más, me sentía en plenitud. Finalmente tuve un orgasmo fantástico y recibí dentro de mis entrañas cataratas de semen. Estaba exhausta, y cuando me dejaron, llegó el turno de Gloria que se situó entre mis muslos y comenzó a besar el clítoris y sorber los jugos que fluían de mis entrañas. Finalmente me besó y me acompaño al baño donde tomé una ducha reparadora. Todo había sido filmado y al retornar sobre la cama había un cheque con los 5000 dólares, J.C. había cumplido su palabra.

Munjol, (Confesiones) hjlmmo@ubbi.com.

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