El reencuentro

Llevaban horas observándose, hablando en silencio. Horas cruzando miradas y gestos cómplices que los demás no apreciaban. Ella intentaba no caer en su red, en su juego. Él sabía donde atacarle para que ella se rindiera.

Y después de horas de jugar, ambos ganaron cuando él se apoderó de ella desde atrás. Empujándola contra su pecho comenzó a deslizar sus manos por los caminos de sus caderas, caminos que esas manos ya habían recorrido.

Ella, sorprendida a la par que satisfecha, dejaba que las manos de él se perdieran entre su ropa y su vientre, mientras echaba la cabeza hacia atrás buscando la mirada lasciva de su amante.

Los labios de él buscaban los oídos de ella para poder deslizarle frases que sabía que la excitarían. Y ella podía sentir como el sexo de él crecía y se endurecía debajo de su ropa. “Te deseo”, gemía él mientras sus dedos jugaban con el pelo púbico de ella abriendo miles de caminos hasta su clítoris. Y éste, hinchado y húmedo, le esperaba ansioso.

Los flashes del bar hacían que sus caras se tiñeran de miles de colores. Y perdidos en su esquina para ellos no existía nada más que ellos, y sus manos, y su tacto, y sus ojos y su visión y su olor y su piel.

Ella se giró bruscamente para poder encontrarse con sus ojos. Él la miró como sólo él sabía hacerlo, y ella, excitada, se abalanzó contra sus labios para, por fin, volver a sentir su lengua resbalando en la de él. Las manos de ella recorrieron su espalda deseando que no existiera la camisa. Las de él acariciaban sus nalgas propinándole pequeños golpes que entremezclaba con mordiscos en sus carnosos labios. Ella sabía como le gustaba jugar a él. Por eso sus caricias fueron convirtiéndose en pequeños arañazos y rasguños en su espalda. Deslizaba sus manos con firmeza, y con gracilidad y disimulo desabrochó su cinturón y rodó entre sus ropas. Su pene, duro y erecto, le esperaba expectante. Ella le miró y le susurro al oído “¿Me deseas?” “Siempre” contesto él entre gemidos. Sus labios volvieron a encontrarse para volver a perderse en los del otro. Él deslizaba diestramente su mano entre su tanga. Ella notaba perfectamente como su sexo húmedo se abría para recibirle. Y él lo sabía. Comenzó acariciando su clítoris despacio pero firmemente, para seguir frotándolo con fuerza cada vez más aprisa. La respiración de ella se transformó en quejidos. Intentaba esconder su cara en el cuello de él, y, en más de una ocasión tuvo que morderse los labios para no gritar. Poco le costó comenzar a sentir ese agradable cosquilleo por los pies que sube rápidamente por las piernas y explota en el vientre. Sudaba, jadeaba, le mordía el cuello desesperada y sentía que le fallaban las rodillas de la excitación. Y el cosquilleo seguía subiendo… “ NO pares…… Ahora no. Sigue…..” no podía terminar las frases. “Quiero que te corras en mis dedos, que me impregnes con el olor de tu coño” Con cada palabra que él decía más se humedecía ella. Él sabía cuando iba a irse ella, y justo antes de que esto ocurriera, deslizó sus dedos en su vagina. Los ojos de ella se tornaban hacia arriba a la vez que un gemido se escapa de sus labios y le clavaba las uñas en los hombros.

Él comenzó a mover su mano acompasadamente mientras, con el pulgar, acariciaba su clítoris. Elle no podía dejar de moverse, aún con el pene en su mano, mientras lo amarraba con ansia y lo movía con un grandioso ritmo acompasado. Los dos se movía al unísono, todo su cuerpo, sus caderas, sus hombros, sus manos… todo. Ella paro de repente esperando el momento justo de alcanzar el clímax. Los hormigueos llegaban de todas partes de su cuerpo para encontrarse en el mismo instante en su vientre. No pudo contener un pequeño grito que no consiguió pasar desapercibido entre la gente, pero eso no les importaba lo más mínimo. “Esto era justo lo que yo quería” le susurro él con picardía. Ella con los latidos aún agitados, le miró fijamente mientras le decía “Quiero que me folles, necesito que me folles, peor creo que no voy a ser capaz de llegar hasta tu casa… “sus enormes ojos negros dibujaban una mirada tan lasciva que el no pudo más que responder con un apasionado y fiero beso.

Salieron juntos del bar, y al momento siguiente ya habían encontrado una esquina, un rincón oscuro que les cobijara.

Ella le empotró contra la pared y, en un momento, se abalanzó a por su cuello. Comenzó lamiendo, siguió besando y acabó mordiéndole el cuello mientras el gemía de placer e, incluso, de dolor, pero no le importaba, más bien era al contrario.

Iba desabrochando los botones de la camisa, abriéndose camino por su torso. Se paró un momento para contemplarlo. El simple hecho de mirarle la excitaba. Siempre lo había hecho. Y el saber que la deseaba la estremecía más aún. “ME masturbo pensando en que te follo” le susurro él al oído des pues de haberlo lamido con pasión. Oír decir aquella frase al hombre que había deseado desde el primer momento que lo vio, hizo que se sintiera más sexual que nunca. Él era mayor que ella, no demasiado pero si lo suficiente como para dominar su sexualidad. Atractivo, interesante y morboso; podía tener a la mujer que quisiera y el lo sabía y ella también. Por eso le excitaba tanto. Ella era una chica muy sensual y sexual, decían que demasiado para su edad, sus iguales no la satisfacían. Pero él sabía tan bien lo que tenía que hacer y como hacerlo… era tan excitante.

Al oír esas palabras, las pocas inhibiciones que podían quedar en ella se desvanecieron de su mente. Ahora solo estaba él. Lamió todo su torso, sus costillas, su ombligo, cubrió su cuerpo con saliva como si de otra piel se tratara. Y con un grácil movimiento bajó su calzoncillo y sus pantalones. Y ahí estaba, ese gran pene, duro, erecto, caliente y expectante. Ella comenzó acariciándolo suavemente mientras se arrodillaba. Luego dio largas lamidas por todos los recovecos deleitándose en el glande. La respiración agitada de él se transformó en gemidos. Ella se lo metió en la boca, primero poco a poco, pero hasta el fondo con gran destreza. Comenzó a mover su cabeza metiendo y sacando el pene, mientras con una mano le arañaba el torso y con la otra le daba pequeños tirones en los testículos.

Él clavaba sus uñas en la espalda de ella mientras se escapaban gemidos de sus labios. La mano de ella abandonó su torso para acabar caminado en su periné. Paró un momento y, mientras le miraba lascivamente se lamió el dedo índice a la vez que arqueaba las cejas diciéndole que era lo que le iba a hacer. Volvió a meterse el gran pene en la boca, ala vez que introducía el dedo en su ano, él gimió de placer por la combinación de ambas técnicas. Ella no pudo disimular su alegría por el triunfo.
De repente él cogió su cabeza y la levantó del suelo. “Ven aquí”. La besó de nuevo. Le mordisqueo el cuello mientras la rodeaba con sus brazos para poder darle la vuelta y dejarla acorralada contra la pared. Le desabrochó el sujetador y se lo quito hábilmente si arrancarle la camiseta. Sus tersos pechos se deslizaron a sus manos. Los lamía con desesperación. Siguió hacia su ombligo y su vientre. Se deshizo de los pantalones y casi le arrancó el tanga de un mordisco. Se arrodillo frente a ella y su cabeza se perdió entre sus ingles. Empezó lamiendo los muslo, luego los labios. Llego hasta el clítoris húmedo y caliente. Movimientos circulares fueron los primeros para dar paso a torbellinos de lametazos a cada cual más placentero. Ella se retorcía de placer, notaba como chorreaba e intentaba agarrarse a la pared para no perder el equilibrio.

No tardó en tener el primer orgasmo, al cual le siguió otro aún mejor, más intenso y largo, uno de esos que dejan la boca seca y las rodillas temblando. Y ella resbalaba despacio por la pared, sudorosa y satisfecha, hasta quedar de cuclillas enfrente de su gran amante.

Se besaron con pasión mientras él la levantaba del suelo y le quitaba la chaqueta. Ella, con un rápido movimiento, sacó un condón de uno de sus bolsillos y se lo enseñó a él con picardía. Y él no pudo hacer nada más que sonreírle lujuriosamente. Acercó su mano para cogerlo pero ella se lo alejó mientras le susurraba, “Tranquilo, tú déjame esto a mí”. Se agachó frente a él, se metió el condón en la boca y con una habilidad que le tenía pasmado se lo puso con los labios haciendo que la libido de ambos se subiera hasta las nubes. La levantó rápido y con un fuerte movimiento la puso contra la pared. Le levantó las manos y las colocó por encima de su cabeza mientras él se las sujetaba con firmeza. Con la otra mano recorría el contorno de sus curvas, hasta llegas a su nalgas donde le propinó un sensual cachete que fue acompañado de un leve gemido de ella.

Fue entonces cuando la penetró, firme y profundamente. Con movimientos marcados y hondos. Las respiraciones de ambos se fusionaron en una y poco a poco fueron convirtiéndose en gemidos más y más altos y claros. Él resbaló su mano con facilidad hasta su clítoris el cual esperaba deseoso. Una sola caricia hizo que el cuerpo de ella se estremeciera y que sus gemidos pasaran a gritos descontrolados. La respiración de ella se hacía entre más cortada con cada embestida y los pequeños gemidos acabaron transformándose en uno solo largo y alto que declaraba otro de sus múltiples orgasmos. Él excitado cada vez más gracias a los orgasmos de ella, seguía y seguía con su sensual vaivén mientras le susurraba al oído lo excitado que estaba, lo que ella conseguía que el sintiera. Las sacudidas de él se hacían más cortas e intensas. Ella empezó a sentir en las puntas de sus pies el preámbulo de lo que sería un gran orgasmo. Él sabía que se iba, por eso la embestía con fuerza mientras su respiración se aceleraba y entremezclaba con gemidos premonitorios. Y justo en el mismo instante ambos explotaron al unísono fusionando sus dos voces, sus respiraciones, sus cuerpos, su sudor. Ambos se quedaron quietos, inmóviles, respirando agitada y fuertemente, esperando a que su cuerpo se normalizara pero que esa sensación de satisfacción no desapareciera.

Y ambos se dijeron, sin decirse nada, que seguían queriendo más…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*