Niños voyeurs

Al principio ni siquiera reparé en su presencia. Invariablemente, a las 16:00 horas de lunes a viernes salía de la facultad y me dirigía al parabús ubicado enfrente de la Rectoría para esperar el transporte público y dirigirme a casa. Eran dos chiquillos, como de 15 años, con uniforme de secundaria, sentados a la espera del camión o del pesero. Bueno, eso creía yo. En realidad eran dos hábiles cazadores.
A veces, los seres humanos platicamos en algún sitio o caminamos muy quitados de la pena y de repente algo nos hace dirigir la mirada a un punto específico. Y es que alguien nos está viendo. Se sienten esas miradas, a veces furtivas, a veces carentes de vergüenza alguna.
Así me pasó con esos muchachos. Una tarde, sentados en los bancos de los cinco lugares con los que cuentan los parabuses, ahí estaban, entre los universitarios que también a esa hora, y también de lunes a viernes, esperan el transporte. De espaldas a ellos, tuve esa sensación y volteé a verlos. De inmediato dirigieron su mirada hacia otro lugar. Uno de ellos incluso enrojeció.
“Estos cabroncitos me están viendo las nalgas”, pensé. “Son dos pinches escuincles en plena edad de la calentura”. Finalmente, no podía tener otro pensamiento una chica de 20 años obsesionada con los adolescentes.
Una tarde ni siquiera me fijé en si estaban o no. Tenía prisa por llegar a casa. Me subí al pesero y alcance un asiento libre. Algo raro en a esa hora.
“¿Cómo ves a esos depravados? Tomándonos fotos, ¡hijos de su pinche madre!”, escuché de una linda muchacha sentada atrás de mí. “¡Qué poca madre! ¡Pero estuvo bien chida la corretiza que les puso Julián!”, contestó su compañera de al lado. Algo las distrajo y no conocí el resto de la historia. Sin embargo, de inmediato vinieron a mi mente las caras de los chamacos de la secundaria.
Las dos chavas se bajaron en Perisur. Quise comprobar algo, y, efectivamente, las tres teníamos algo en común: bonitos traseros.
Pasaron dos semanas para volver a encontrarme con los chiquillos, lo que hizo aumentar mis sospechas. Un jueves, casi sin querer, los vi de nueva cuenta, pero sentaditos en el parabús del lado opuesto. Para despejar mis dudas de una vez por todas, subí al puente y me quedé a la mitad, observándolos.
Cuando se acercaba una mujer de buen cuerpo, uno de ellos sacaba de su mochila una pequeña cámara digital y, mientras el otro le hacía “pantalla”, captaba la fotografía. Durante media hora se la pasaron “retratando” culos, para luego caminar hacia el siguiente parabús y abordar el transporte.
¡Ah que hijitos de la chingada! ¿Cuántas fotos tendrán estos cabrones de mi cola? ¿Quién sabe a estas alturas en cuántas páginas de Internet estarán mi nalgas y cuántas mansturbaciones habré provocado? Recorrió mi vientre una punzada de placer. Recordé a Areli, una novia de la preparatoria que captó fotografías mías en toda clase de posturas, en pantaletas, sin ellas, empinada, con las piernas abiertas. ¡Amé a Areli con toda el alma!. Se fue a vivir a Madrid. Jamás me ha escrito, nunca supe el destino de esas fotografías.
Así que estos güeyes quieren show. ¡Pues lo tendrán!.
El lunes comenzó el espectáculo. Del miedo a que los volviera a perseguir el tal Julián seguían apostados en el parabús de enfrente. Así que me dirigí a ellos. El de cabello rubio y espinillas en los pómulos volvió a enrojecer nada más de verme, aunque con un leve codazo aviso al alto de mi arribo. Me puse un ajustado pantalón a la cadera de mezclilla. Bien sabía que mi cola se veía soberbia con esos jeans. Les di 10 minutos, en los que paré las nalgas lo más que pude, de espaldas a ellos y bien colocada para que pudieran captarme a su gusto. Es más, fingí que hablaba por celular para no asustarlos y que pudieran desempeñarse sin preocupaciones.
Me subí después al pesero. Desde arriba pude ver el bulto del chiquillo rubio entre las piernas. No tenía duda que llegando a su casa se iba a hacer una paja y que me iba a dedicar lo mejor de su semen.
El martes elegí mezclilla blanca y una tanga del mismo color, de hilo dental. Antes de llegar con ellos me subí la blusa para que pudieran ver con toda claridad mi ropa interior bajo los pantalones. El miércoles utilicé una falda larga de manta, en color blanco, y antes de salir de la facultad me quité el fondo. Así que, con la luz del sol, los pervertidos tenían la facilidad de disfrutar el contorno de mis piernas y el centro de mi trasero.
Para el jueves les reservé una minifalda y una pantaleta rosa tipo bikini. Claro que me la puse hasta dejar la facultad, porque de otra manera mis compañeros no me habrían dejado en paz en todo el día.
Otra vez, de espaldas a mis muchachos de secundaria, y tras esperar que en el parabús sólo quedáramos ellos y yo, dejé caer una pluma. Hice el esfuerzo por recogerla sin doblar las rodillas, sólo con el esfuerzo de espalda, brazos y cintura, de tal manera que la falda se me levantara lo suficiente para que mis calzones quedarán a la vista. El movimiento fue lento. Allá ellos si no habían captado la imagen. Luego me puse de frente a los dos. Ambos tenían los ojos desorbitados y el alto se toqueteaba la verga. Así que sí habían gozado.
Luego dejé caer la mochila. Como yo lo esperaba, ninguno de ellos se apresuró a levantarla. Me coloqué en cuclillas y, con toda la calma del mundo, me puse a acomodar libros y cuadernos. Abrí las piernas para que pudieran apreciar mi pubis cubierto por la tela rosa de mi ropa interior. Tardé en levantarme como dos minutos.
“¡Oyéme, pareces piruja! ¡Acuérdate que vas a estudiar! ¡No vayas a andar de fácil”, gritó mi mamá al verme a llegar a la casa con la minifalda. Yo sólo sonreí, me dirigí a mi cuarto, dije que estaba muy cansada y me puse a jugar largo rato con mi consolador predilecto. Imaginaba las vergas tiernitas de mis muchachitos, el sabor de su leche fresca, porque el sabor del esperma cambia conforme los hombres crecen. El semen del adolescente tiene una consistencia más suave, un sabor menos intenso, pero a la vez exquisito. Es como paladear un vino ligero. Imaginé la manera en que me los cogería, en como que les enseñaría a controlar la eyaculación, a llevarlos despacito, a sobarles sus huevitos, a presionar su cabecita con la yema de mis dedos, a colocar mi lengua con delicadeza en el orificio de sus miembros. Así, con estas ideas y con mi consolador entrando y saliendo pasé cerca de una hora, sin llegar al orgasmo, únicamente consintiéndome, dándome ternura y placer yo sola.
Para el viernes dejé mis fachas: un pants gris holgado. No obstante, me decidí por unas pantaletas rojas de encaje. Sé que a los hombres los enloquece ver la ropa interior de las mujeres asomando por el pantalón o la falda. Mis chiquillos estaban puntuales a la cita de las cuatro de la tarde. Subí un poco la sudadera, baje un poquito el pantalón a fin de que disfrutarán mi coqueto calzón, el delicado encaje de la parte superior listo para salir fotografiado.
Así, el lunes comenzó la segunda fase de mi plan. Los encaré y solté: “a ver par de calientes, cuántas fotos tienen de mis nalgas”. Salieron disparados en direcciones opuestas. Fue tal el susto que olvidaron un suéter y la cámara. La tomé y en mi casa vi que tenían 47 imágenes en la memoria de la pastilla. Vaya que eran hábiles. No sólo había imágenes de nalgas, sino también de ombligos, tetas, cabelleras, panochitas marcadas en ajustados jeans y hasta rostros de chicas bellísimas.
Me llamaron la atención unas fotografías de unos senos pequeños, con los pezones en erección bajo una blusa blanca; las de unas nalgas deliciosamente perfectas, paraditas y amplias, engalanadas con un pantalón rojo de vestir; las de una niña de secundaria con el miedo reflejado en el rostro y que quien sabe bajo qué amenazas aceptó posar para este par de depravados alzándose la falda del uniforme, enseñando unos calzones horribles; la de una niña como de 13 años con un traserito de ensueño a la que este dueto siguió por un jardín que no pude identificar, y las de una señora que dormida en un pesero llevaba la blusa desabotonada, por lo que fue presa fácil de mis pequeñines. Baje, por supuesto, todo el material en mi computadora.
Aproveché el fin de semana para visitar Liverpool Perisur y comprarme lencería. Por higiene sólo dejan probarse los sostenes, y sobre el que una lleva puesto. Entró al probador una guapa joven de mi edad, más o menos.
-Disculpa, le dije, ¿me tomarías unas fotos para mi novio?
-¿Aquí? Contestó asustada
-Ándale, nada te cuesta.
Cogió la cámara de mis niños y capturó un par de imágenes mías de la cintura para arriba.
Luego me quite el pantalón y le pedí que me fotografiara con la ropa interior que llevaba puesta, es decir, un calzoncito amarillo y un sostén blanco. Le sugerí acercamiento a mis nalgas y a mis pezones ya erectos.
En eso entró una señora y corrimos asustadas a nuestros vestidores. Cuando salió nos soltamos a reír.
-Oye, me tomas unas desnuda
-Nooooooooooooooooooo, me dijo, estás enferma.
Así que quedé sola e hirviendo, con la vagina húmeda y deseosa de ser lamida, por lengua de mujer o de hombre, con unas locas ganas de tener un miembro calientito con el que jugar en ese momento.
FIN DE LA PRIMERA PARTEsexyfabiola8@hotmail.com

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