Niños voyeurs, segunda parte

Transcurrieron dos semanas sin que mis chiquillos dieran señales de vida. “Una verdadera lástima, se asustaron demasiado”, pensé una tarde en la que, desconsolada, tardé más de lo habitual esperando el transporte, con la esperanza de que aparecieran.
Un viernes, de nuevo de camino a casa, escuché una temblorosa voz a mis espaldas: “Hola, me llamo Aquiles, si nos devuelves la cámara prometemos no volver a hacerlo. Perdónanos, por favor”. Lo miré. Tenía los ojos enrojecidos y los labios le temblaban. Era alto, quizá demasiado para tratarse de un muchacho de secundaria, delgado. Ojos cafés, labios carnosos y una frente llena de espinillas. “Ven, pequeñito mío”, le dije mientras le pasaba el brazo por la espalda para tranquilizarlo. “Acompáñame, vamos a platicar”. Atravesamos Avenida Insurgentes por el túnel y me lo llevé al pasto, entre Derecho e Ingeniería. Caminábamos cogidos de la mano. Parecía mi hermanito.
– ¿Y tú amigo?
– Le dio miedo venir.
– Ven, acuéstate, sólo quiero platicar contigo.
Parecía no creer lo que estaba pasando. Me senté, recargada en el tronco de un árbol, y lo acomodé de tal modo que mis piernas le sirvieran de almohada.
– ¿Qué tal? ¿Te masturbas mucho viendo las fotos de mis nalgas?
Quiso levantarse, pero se lo impedí.
– ¿Dónde vas, cabroncito? Te chingas y te quedas conmigo.
De pronto se puso blanco como el papel. Sin embargo, pasó al rojo encendido cuando en menos de lo que dura un parpadeo bajé el cierre de su bragueta y comencé a buscar su pene. Con mi sudadera cubrí mi mano y la zona de su cuerpo en cuestión. Al principio, su pajarito estaba pequeñísimo, producto del susto. Lo sobé, le busqué la cabecita, lo oprimí con ternura y poco a poquito creció. Sentí un miembro gordito, grueso, quizá de unos trece o catorce centímetros.
El chavito ni se movía. La verga era la única parte de su cuerpo que parecía tener vida en ese momento.
“¿Ya viste de lo que se perdió el putito de tu amigo?”, le dije, al tiempo que manipulaba su platanito erecto, calientito. De repente un temblor le recorrió el cuerpo, se puso tenso y eyaculó. Los dedos de mis manos quedaron empapados de semen, pero la que realmente estaba empapada era yo.
“Mañana a las cinco de la tarde los quiero a los dos en el parabús. Si no llegan, olvídense de la cámara, pinches escuincles enfermos”, le grite en el tono más agresivo que pude.
Cuando llegué a la Biblioteca Central me detuve. Volví la vista y lo vi. Aquiles seguía acostado sobre el pasto, inerme, como desmayado.
Estuvieron puntuales. Aquiles me presentó a Sergio, un adolescente rubio realmente guapo, de rasgos finos y cuerpo bien formado. Luego me enteré de que Sergio practica gimnasia desde los seis años.
La tarde del miércoles mi casa queda sola. Los llevé a mi habitación y les pedí que se desvistieran. Aquiles llevaba una trusa realmente espantosa. Se la quitó y pude apreciar su miembrito, muy pequeño en reposo, el mismo que un día antes yo había exprimido. Sergio me sorprendió: sus pectorales estaban ya marcados, presumía músculos en brazos y piernas, sus nalgas paraditas y bien torneadas, su vientre plano. Traía puesto un bóxer de microfibra, de los que se pegan al cuerpo, de tal modo que podía apreciar un bulto de respeto en su entrepierna. Le pedí que no se quitara la ropa interior, porque se veía realmente bien. Saqué la cámara, me quité la ropa. Ellos estaban boquiabiertos.
La verga de Aquiles reaccionó de inmediato. Se le puso gorda y dura. El pito de Sergio hizo lo propio. Largo como bate de béisbol, parecía que iba a romper el bóxer.
Le di la cámara a Sergio y le ordené que tomará fotos. El camote de Aquiles resistió muy poco mis lengüetazos. Cuando me di cuenta que iba a soltar el esperma, me metí sus catorce centímetros en la boca y recibí en la garganta su leche. La tragué con gusto. Me dio risa cuando se tendió en la cama, inerte, como lo había dejado en Ciudad Universitaria un día antes.
Enseguida me di gusto tomándole fotos a Sergio. Era un bizcochito de 14 años de edad. Nalgón y vergón, el muy hijo de la chingada. Le saque el bóxer, lo empiné y me di a la tarea de lamerle el culo, de saborear su ano, de meter la punta de mi lengua en su agujerito. Lo masturbaba con mi mano derecha, y con la izquierda acariciaba su pecho. Ese escuinclito me había puesto como puta. Lo senté en la cama, abrí mis nalgas y me senté en su verga, una verga de 17 centímetros de largo, cabeza al aire. El pobrecito tampoco aguantó mucho. Su lechita bañó mi culo.
“Ven, mi niño lindo. Te portaste muy bien”. Lo abracé, lo besé, lo llené de mimos. Lo quería devorar.
Aquiles, que había visto la escena, ya tenía el pito parado otra vez. Alcancé el condón que tenía preparado y se lo coloqué con mi boquita, pero antes le puse en el glande bastante bálsamo del placer. Funcionó. Me abrí de piernas para él, con la mano llevé con suavidad su verga a mi cueva. Al principio me embistió con torpeza, aunque en cuestión de minutos se adaptó al ritmo de mis caderas. Lo llevé despacio, le indiqué que el mete y saca fuera lento y pausado, que se moviera en circulitos adentro de mí, que de repente me taladrara rápido las entrañas.
El bálsamo y el condón hicieron milagros, porque Aquiles estuvo adentro de mí durante 20 minutos, soportando los apretones de cabeza que le aplicaba con la vagina y el intenso mete y saca al que lo sometí al final.
Lamenté lo de Sergio. Mientras veía la manera en que Aquiles me cogía, había alcanzado la pantaleta rosa que yo traía ese día, se la había puesto y se jalaba el pito con desesperación. Terminó antes de que su amigo lo hiciera en mis entrañas. Ya no me la pudo meter, como yo anhelaba, pero le agradecí que llenara mi calzón con su esperma. El semen de Aquiles me lo unté en el cuerpo, como crema.
Mis niños se vistieron después de esto y salieron corriendo, temerosos de los regaños de sus madres por llegar tarde.

sexyfabiola8@hotmail.com

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