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Inolvidable Rosa

Había tenido una entrevista de trabajo satisfactoria y caminaba por la calle ancha con comodidad y presteza. Hacía calor por lo que decidí entrar en un bar a tomar una cerveza fresca. Al entrar tropecé con una preciosa mujer de ojos verdes, cabello rubio y cuerpo escultural, si bien bastante joven, de unos 25 años más o menos. La cogí por la cintura para evitar que resbalara, y roce uno de sus pechos con mi mano derecha; en ese movimiento, nuestros ojos se mezclaron y en su boca apareció una sonrisa de agradecimiento y cortesía. – Gracias – me susurró con sigilo, -me llamo Rosa-.

Animado por la sonrisa, inicié una conversación trivial que poco a poco fue tomando forma; en ella se mezclaban las risas propias del deseo, con la cortesía de la distancia aconsejable. Finalmente, y después de tres o cuatro cervezas, la convencí para que me acompañara a mi casa para comer algo.

Cuando llegamos, su nerviosismo era plausible, como si adivinase lo que iba acontecer entre los dos. Ambos sabíamos que todo terminaría en un encuentro de cuerpos, fluidos y sexos, pero, como es natural, ninguno lo mencionó. Nos dirigimos hacia la cocina para preparar unos sándwiches; ella se dispuso a cortar tomate, mientras yo ponía dos rebanadas de pan a tostar. Entonces, mi polla rozó su redondo y precioso trasero; lo rozó, respondiendo con valentía y coraje, elevando su energía y endureciéndose levemente. Me quedé quieto un momento, para ver como reaccionaba; Rosa, en lugar de apartarse, se acomodó hacia atrás, presionándome levemente.

En ese momento toda mi energía sexual se hizo presente, mi verga se endureció, hasta alcanzar dimensiones considerables; mi calentura era sobresaliente y todo mi ser animal empezaba a pedir libertad de acción y progreso, en el deseo de colmar un deseo que se hacia cada vez más intenso.

Nos quedamos así un rato, moviéndonos levemente y aumentando nuestra excitación. Entonces me eché hacia atrás y me quede quieto. Rosa se desconcertó un poco, pues esperaba que yo pasara a la acción. Sin embargo, había decidido disfrutar con ella al máximo y eso exigía rigor y prudencia en el avance. Se dio la vuelta y me miró con ojos suplicantes, invitándome a proseguir lo comenzado.

La cogí de la mano y me la llevé a la habitación. Una vez allí comencé a desabrocharla su blusa; era blanca y dejaba entrever un sujetador con puntillas, muy fino y muy suave. Poco a poco, fue apareciendo un escote generoso, del que se adivinaban unos pechos tersos y firmes. Mi polla estaba a punto de reventar, por la presión que hacia contra el pantalón, pero me contuve y seguí con mi ritual de desnudarla lentamente. Rosa cada vez estaba más excitada, dirigió las dos manos hacia la cabeza y se echo el pelo hacia atrás; suspiró con cierta desaprobación.

Me incliné de rodillas y desabroche su pantalón vaquero ceñido. Tenía unas caderas preciosas, redondas y bien formadas. Su pantalón cedió a mi presión, y en su lugar aparecieron unas braguitas blancas, húmedas ya por el deseo. Para no prolongar más su impaciencia, introduje el perfil de mi mano entre sus piernas y subí lentamente hasta tocar su sexo caliente. Las abrió un poquito y emitió un gemido de placer, al tiempo que se mordía los labios rosas y carnosos. Poco a poco fui dando la vuelta a la mano, hasta situar mi palma sobre su coño, abierto ya de lujuria; entonces, presioné y toqué con fuerza su sexo, hasta que sintió el dominio de mi mano y se rindió con aspereza. La miré y me devolvió sus ojos, una mirada llena de misterio, de oscuridad y de luz.

La situé sobre la cama, poniéndola en la postura del “perro”, sus piernas ligeramente abiertas, su pelo cayendo por sus hombros y sus labios abiertos. Cierra los ojos –suplique-. Su cuerpo se movía de excitación, movía su bonito trasero adelante y hacia atrás, gimiendo y reclamando el bastón de mando que la poseyera definitivamente, para optar entonces por el poder de la hembra. Quizás esperaba una penetración; el caso es que me desnude con presteza y acerqué mi polla a su boca con lentitud. Supo que mi miembro estaba cerca de su boca por el olor; un olor fuerte, de sexo varonil y ardiente, que era el que en ese momento me encumbraba a cabalgar la ola. Sus labios se abrieron para recibir mi glande rojo y oscuro; Rosa se comió toda mi polla de golpe y se quedo quieta con ella en la boca, haciéndome entender que, si bien era una mujer joven, aprendía rápido y era capaz de devolverme el juego que yo había iniciado.

Tenía ganas de moverme, pero me quede quieto, esperando que ella tomara la iniciativa. Se la sacó despacio y me dejo libre por un momento. Sin embargo, sus ganas de juego eran reales, por lo que comenzó a pasar sus carnosos labios por la base de mi miembro; con un movimiento rítmico que combinaba la rapidez y la lentitud. Mi polla adquirió unas dimensiones máximas, al tiempo que se calentaba y se llenaba de una energía desconocida. Tenía la sensación de gravitar en el espacio; Rosa volvió a dejarme libre, yo me aparté de su boca y me dirigí a su culo, la baje las braguitas hasta media pierna y desabroché su sujetador, que quedó colgando de sus hombros.
La vista era magnífica, una real hembra a mi entera disposición, entregada a los juegos del erotismo más refinado, rítmica y sedienta de sabiduría. Comencé a lamer sus muslos con mi lengua, ella deseaba separar sus piernas y ofrecerse en plenitud, pero las bragas estaban aún a medio camino, por lo que no podía culminar su deseo; mi mano derecha comenzó a acariciar uno de sus pezones. Presioné sus pechos y los solté con suavidad, al tiempo que tiraba de sus botones rosados, erguidos y preparados para vivir el duelo del amor prohibido.

Sus gemidos eran cada vez más intensos, -fóllame- comenzó a decirme entre susurros, -métemela por favor-. Me acerqué a su oreja y la lamí el lóbulo, excitándola aún más. –Claro mi amor- la conteste; ya casi no podía aguantarme el deseo de penetrarla y fundirme con ella. Mientras la susurraba palabras bonitas al oído, mi mano se acerco a su sexo y comenzó a blandir su clítoris; Rosa tembló de placer y estuvo a punto de caerse, pero la sostuve con mi cuerpo. Introduje un dedo en su vagina y se inclino hacia delante, sus brazos cedieron, aun antes de haberla penetrado. Le quite las bragas y contemple su culo abierto y entregado a mi deseo.

-Te la voy a meter ahora- la dije; y acto seguido acerque mi glande a su coño y le introduje mi miembro de forma gradual y sosegada. Permanecí dentro, quieto sin moverme, hasta que nuestras energías se equilibraron; entonces comencé un suave oscilar de caderas, seis movimientos rápidos y uno lento y profundo. Rosa suspiraba y yo comencé igualmente a jadear. Mientras mis manos sujetaban sus pechos dulces y blancos, y mi boca se asía a su oreja blandiendo palabras de amor y ternura; mi miembro no dejaba de explorar su cueva, abriéndola cada vez más y lubrificando el manantial de todos sus deseos.

Me detuve una vez más, jadeante ya de placer, sostuve sus caderas con mis dos manos y menee mi polla dentro con fuerza; ya no controlaba tanto como antes; ahora, simplemente, me dejaba llevar por la pasión dulce y el placer que aquella unión me proporcionaba. Rosa comenzó a suspirar con más intensidad –más fuerte, más fuerte- me decía con dulzura. La verdad es que era una mujer hermosa por dentro y por fuera, una hembra con todas las de la ley, y un ser sensible y cariñoso, agradecido del placer que su cuerpo y el mío culminaban.

Finalmente, Rosa explotó en un orgasmo de dimensiones universales, gritó con mucha dulzura y se abrió más si cabe para recibir todo el placer de las estrellas combinadas. Toda su energía me inundó y me excitó, al tiempo que me vitalizaba. Cuando se hubo calmado, salí de su cueva y me tendí en la cama; mi miembro estaba erecto, jugoso, lleno de vida y latía contenidamente.

Al cabo del rato, Rosa me beso, -gracias mi amor- me susurro al oído. Y sin mediar palabra, me cogió la polla con su mano derecha y empezó a masturbarme. Sus dedos eran pequeños y firmes, y el movimiento de su mano abarcaba todo mi ser, dejando mi glande al descubierto y tirando de él hacia atrás. Me cogió los huevos con la mano y me beso la punta, tiró de los genitales hacia abajo, por lo que mi polla se irguió hasta ponerse vertical; entonces comenzó a darme palmaditas en el miembro que cada vez se hacían más intensas. A medida que me golpeaba mi excitación subía; cuando termino de golpearme, me miró con picardía y me dijo –ahora te vas a correr como nunca lo has hecho en tu vida, quiero toda tu leche- me dijo al oído, -y quiero que sea mía-

Posó su boca sobre mi polla y comenzó a hacerme una de las mejores mamadas que me hayan hecho nunca. Mi energía estaba ya desbordada y mi excitación solo era compensada con suspiros y el deseo ferviente de explotar en su boca y vaciarme de tensión. Pero Rosa, se acordaba de los inicios y lejos de mantener el ritmo constante, se dedico a para de vez en cuando, dejando que mi ser se entregara a sus dominios. Cuando me liberaba, mis caderas comenzaban a moverse, presas ya de una animalidad y una pasión difícilmente incontenibles, entonces posaba su mano sobre mi estómago y detenía mi fragor, al tiempo que volvía a la carga con su sedienta boca.

Al cabo de un rato de mamarme placenteramente, noté que mi semen comenzaba a caminar por los recónditos senderos del amor holográfico; – me estoy corriendo- le dije, -soy tuyo-. Entonces Rosa, demostrando una fenomenal maestría, sacó mi polla de su boca y comenzó a lamerme desde los huevos hasta el glande. Me dio unos golpecitos en la base, y me agarro con fuerza hasta explotarme en unos cuantos movimientos. Su boca no quiso perderse el espectáculo, pues ávida de mana, se fue tragando toso el semen que salió, hasta dejarme limpio, conmovido de placer y exhausto.

Compartiría esto de nuevo. javier@ebue.com

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