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Higos frescos

Marcela rozó ligeramente los higos frescos con la yema de los dedos. Se recreó durante unos instantes en su extraña forma, de un color tan oscuro y tan arrugados, pero con un sabor tan exquisito. Escogió uno bien grande y lo olisqueó. Se lo llevó a los labios y lo lamió.

Levantó la cabeza y miró a su alrededor.

El supermercado parecía desierto a aquellas horas de la noche. Normal, estaban a punto de cerrar. La única cajera acababa de despachar al último cliente y parecía eclipsada contando el dinero de la caja. Y el vigilante de turno solo Dios sabia por dónde andaba.

Marcela se creyó sola. Peor tampoco le importaba demasiado. Se subió lentamente la falda, moviendo sus caderas con ritmo oscilante, hasta casi dejar al descubierto depilado sexo, ya caliente y húmedo.

Nunca llevaba bragas. ¿Para qué iba a llevarlas?

Con los dedos de una mano sujetó los labios superiores y con la otra cogió un higo, lo mordió, y mientras lo masticaba, se restregó el resto de la fruta por el clítoris. Sintió una intensa pero fugaz punzada de placer. Muchas semillas se le pegaron a los labios vaginales y otros se rezagaron en la curvatura de la entrepierna. Apartó los restos del higo y lo volvió a colocar en el estante, con el resto de higos.

Miró a su alrededor y descubrió un enorme cesto de uvas. Y las vio de todas formas y colores… grandes, pequeñas, redondas, ovaladas, uvas corintias, rojizas, verdes, moradas. Dio varios pasos cortos, sin separa los muslos, tratando de imaginar el olor entre dulce y salado que desprendería su sexo.

Jugo de higo mezclado con los jugos de Marcela.

Se detuvo al lado de las uvas y apoyándose contra una pila de cajas amontonadas, cerró los ojos mientras la mezcla de jugos se deslizaba por entre sus muslos. Abrió las piernas y repitió la operación: mientras que con una mano se ayudaba a abrirse la abertura del coño, con la otra fue eligiendo a ciegas las uvas y se las fue introduciendo, poco a poco.

Después probó suerte con un gran racimo que, al arañarle le produjo más placer. Tiró levemente de él, sacándoselo de dentro y se lo llevó a la boca, sacó la lengua y lamió todas y cada una de las uvas que chorreaban jugo de higo y fluido vaginal. Se puso en cuclillas, totalmente abierta de piernas y comenzó a extraer uvas del racimo para luego metérselas en la vagina con un suave gemido por uva que se colaba dentro.

Levantó la mano para coger otro racimo, pero sus dedos chocaron con otro tipo de fruto, grande y firme. Fresas. Cogió tres, de las cuales pasaron a hacer compañía íntima a las afortunadas uvas albergadas en su enorme coño. Echó mano al bolso, que ya iba a la altura del codo, y hurgó hasta sacar un espejo de mano. Sin cambiar de postura, en cuclillas, situó el espejo entre sus piernas, se abrió el sexo con los dedos y se estudió a si misma atentamente.

Más fresas.

Necesitaba más fresas. Cogió unas cuantas más y repitió el ritual, pero esta vez juntó un poco más las piernas para que todo se mezclara bien y, para perfeccionar el trabajo, se metió dos dedos en su propio fruto, rebosante de jugos, y empezó a frotárselo al tiempo que movía las caderas paulatinamente, cada vez más rápido.

Se sacó los dedos, muy despacio, se los metió en la boca y los chupó ávidamente. Un hilo de papilla de fresa y uva le resbaló por la barbilla, el cuello, el breve pasillo de entre sus senos, el cálido vientre, hasta regresar a su coño.

Volvió a adoptar la postura acuclillada y a mirarse su propio sexo, cuando a través del espejo, justo en el centro del pasillo, vio al vigilante del supermercado. Marcela alzó el culo hasta apuntarle con él, invitándole, insinuante, a mirarla, a acercarse, dándole a entender que sería bien recibido. Pero el chico no reaccionó. Entonces Marcela, sin previo aviso se giró, incorporándose y le miró fijamente a los ojos.

Sus labios, entreabiertos y manchados de fruta, ensayaron una sonrisa maliciosa.

Cogió un kiwi a tientas, sin dejar de mirarle, se lo restregó generosamente por su sexo y se lo extendió desafiante al empleado, que parecía congelado de la impresión. Marcela se llevó el kiwi a los labios, lo mordió y succionó su jugo 8 ya también mezclado con el resto de macedonia formada en su entrepierna) , mientras clavaba las uñas en la velluda piel del kiwi, deshaciéndolo, permitiendo que el verde líquido resbalara por sus finos dedos. Seguidamente se introdujo la fruta herida en la cueva hambrienta de su sexo, acariciándose los muslos por donde ya chorreaban toda clase de jugos.

El hombre, sediento, dio un paso vacilante hacia ella. Marcela le esperó sin prisas.

Cuando estuvieron a la misma altura ella le sujetó por la nuca y le obligó a arrodillarse, apretándole la cara contra su fruto.

“SOY FRUTA ENTERA EN TODAS SU VARIEDADES”.

Y el vigilante del supermercado le comió su fruto, su macedonia, como si estuviera muerto de hambre. La devoró con la lengua, con los labios y con los dientes. Se alimentó del sexo de Marcela sin dejar resto alguno del higo, ni de las uvas, ni de las fresas ni del kiwi.

ALIENA DEL VALLE.

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