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Desde lo que quede de mí

Yo apenas contaba los once años. Se me había ido la pelota al jardín de la señora Barrios, una madre soltera con una niña de seis años. Nunca supe el nombre de la señora, mujer que en aquél entonces me parecía por demás alta y elegante. Usaba siempre pantalón de mezclilla y camisas de hombre, de piel morena y cabello negro negro, como la noche en el campo, donde se ven un motón de estrellas. Por aquellas épocas lo único que me importaba de las niñas era jalarles las trenzas o ponerles el pie cuando pasaban corriendo junto a mí. Recuerdo que me metí al jardín en busca de mi pelota sin siquiera tocar. La verdad es que le tenía miedo a la señora.

Me sorprendió cuando intentaba salir del jardín; se me atoró el pantalón con la barda de madera.

-¿Qué haces en mi casa? -me preguntó con una sonrisa que en vez de tranquilizarme, me avergonzó -¿No deberías estar en la escuela?

-No voy a la escuela -le dije sin mirarla.

-¿Cómo así?

-No hay dinero en mi casa…

No hizo falta decir más. La verdad, aún cuando no me llamaban la atención las niñas ni mucho menos las mujeres, sí me aventuraba a mirar de vez en cuando desde mi azotea con unos binoculares que le había ganado a un vecino jugando a las canicas. Me acomodaba donde nadie me viera espiar a la señora Barrios. La veía cuando entraba en la ducha, veía su silueta recortada contra las cortinas, la veía cuando se vestía y hasta cuando se revolcaba con uno que otro sujeto que ahora supongo recogía de algún bar. De vez en cuando la veía con su hija, también de piel morena, pero más pálida, tenía el mismo cabello de su madre, pero unos ojos mucho más lindos, y los labios como de manzanas. Pero lo único que en verdad me importaba eran las formas de la señora, figuras redondas y hermosas aún a mis ojos infantiles. Me gustaba ver cuando entraba algún tipo con ella, la veía gemir sin tener la menor idea de por qué lo hacía.

Esa misma tarde me llevó de la mano a mi casa, donde habló con mi madre. Conversaron un rato y al fin y al cabo acordaron que yo iría diario por la mañana a su casa, excepto los fines de semana. Ella me pondría al corriente con las materias y vería la forma de incluirme en el siguiente ciclo escolar. Ella decía que siempre vio algo en mí, que siempre supo que en mis manos estaba el arte. Hoy toco algo de guitarra, hago origami y suelo dibujar de vez en cuando. La verdad es que me dedico más a las letras. Me la paso leyendo. Debo agradecerle eso a la señora Barrios, supongo.

Su hija, Jessica, vivía en una escuela de señoritas, de donde salía los fines de semana, motivo por el cual yo no podía ir a verla. La verdad es que nunca me importó su hija.

Me gustaba la voz de la señora Barrios, me gustaban mucho sus manos y sus pies pequeños, que solía traer descalzos por las alfombras de la casa. Fue unos meses después. Ya casi llegaban el verano y las vacaciones. Tenía yo permiso de entrar a la casa cuando fuera la hora, mediante una llave que estaba escondida en el pórtico. Una tarde (creo que martes), me olvidé el libro que me había prestado la señora esa misma mañana, “Cinco semanas en globo” de Julio Verne. Hasta el día de hoy sigue siendo uno de mis favoritos.

Toqué a la puerta, pero nadie abrió. Las luces estaban apagadas. Entré con la llave, y sin poder evitar la curiosidad, fui hasta el baño de la planta alta (era una casa de tres pisos) y miré aquella bañera que tantas veces me daba qué imaginar. En eso estaba cuando escuché un auto llegar. No eran más de las siete de la noche, pero estaba algo oscuro. Bajé rápidamente para saludar a la señora, pero me quedé de piedra en la escalera. Subí rápidamente con un miedo que no supe nunca describir, me escondí en el mismo baño que hacía unos momentos miraba.

Por la puerta de la habitación entró la señora con un vestido de noche de una pieza. Venía con otro tipo, un hombre alto que al verlo me provocó una cierta ira. Se besaban como posesos. Yo lo observaba todo desde detrás de la puerta del baño.

-Rápido -dijo la señora Barrios.

-Como si contigo se pudiera ir despacio -comentó el otro resignado.

La señora Barrios lo embistió y pegó su boca a la del tipo. Al cabo de unos segundos, se deshizo del vestido con un sólo y contundente movimiento. El tipo la liberó del brassiere sin tirantes mientras ella le desabrochaba el pantalón. La señora Barrios se deshizo al poco de la camisa del hombre y arrojó sus bragas negras en la dirección en que yo me encontraba. Ella le metía y le sacaba la lengua de la boca, y a medio lametazo, con el tipo a medio quitar los pantalones, empezó a besar el cuello del sujeto. El tipo le tomó luego del cabello, la apartó bruscamente y le besó los pechos.

La señora Barrios deslizó en un momento la mano entre las piernas del sujeto. Nunca había visto un pene erecto, ni siquiera el mío. Poco o nada sabía yo de aquellos andares, que nunca había visto ni oído sobre el tema, porque en mi casa eran demasiado conservadores y yo no tenía un sólo amigo que con morbo platicara de aquellas cosas. Mientras la señora le acariciaba el miembro, el tipo metió dos y luego tres dedos entre las piernas de la señora. Ella, por toda respuesta, los apartó y luego atrajo la verga hacia ella, acariciando sus vulva con ella. Por supuesto, en aquél entonces, no tenía idea de lo que estaba viendo. Sólo sabía que estaba viendo con mucho más detalle todo aquello que hacía que la señora se doblara e hiciera esos gestos que parecían medio de dolor y de risa. El tipo la penetró bruscamente. Ella dejó escapar un gemido.

Después de un rato, la señora se apartó, sonrió al tipo y lo arrojó sobre la cama. Ella fue y se arrodilló a un lado, luego apoyó una mano en los muslos del tipo y le separó las piernas, deslizando la cabeza poco a poco hasta apoyarla sobre su cintura. La verga del tipo estaba que parecía una piedra de tan dura, en un momento miré dentro de mis propios pantalones, mirando mi pequeño miembro, infantil y sin un sólo vello. Me pregunté por qué el mío era más pequeño y lampiño. Cuando volví la mirada hacia los amantes, la señora Barrios le lamía y succionaba la punta mientras sujetaba el miembro por la base, y en seguida, comenzó a acariciarlo con movimientos ascendentes y descendentes. El tipo le sujetaba del cabello y gemía.

-Quiero besarte -dijo el tipo, como suplicando. Pero la señora Barrios no le permitía incorporarse, la verga del tipo entraba y salía de su boca con un cierto chasquido que me daba escalofríos, Su cabello acariciaba las caderas del sujeto y su lengua se deslizaba por todas partes, como si fuera un helado de frambuesa. El tipo se colocó de forma que pudiera meterle todo el miembro en la boca, ella le tomó las nalgas y siguió mamando con avidez. Supongo que el tipo estaba por correrse, pero en ese preciso momento la señora se detuvo. Lo miró, sin dejar de masturbarlo, con una sonrisilla traviesa.

La señora Barrios se arrodilló en la cama y se puso a horcajadas sobre la cintura del tipo. Él le metió un dedo en la vagina, primero con cierta dificultad y luego hasta el fondo y acompañado de un segundo. Cuando ella misma se empezó a estimular el clítoris con los dedos (todo esto me lo expliqué luego yo mismo, que son cosas que nunca se olvidan, y menos a esa edad), él se incorporó para lamerle y chuparle los pechos, aquellos que tanto imaginaba detrás de la cortina del baño. y que solía admirar en un sube y baja cada vez que montaba a un tipo… como aquél. El sujeto le sacó los dedos de la vulva y luego se los llevó a la boca, le dijo que tenía muchas ganas de comérselo y, sin la menor oposición por parte de la señora, la tendió boca arriba en la cama, le abrió las piernas y se las felxionó para tenerlo todo a la vista, al alcance de su mano. La penetró con los dedos mientras le lamía y le chupaba el clítoris. Se metió otro dedo en la boca y lo deslizó entre sus piernas, más abajo, hasta llegar a su ano. Con el miembro tan hinchado que se le saltaban las venas, el tipo comenzó a frotarse él mismo sin apartar la lengua de la vagina de ella, pero luego ella tiró de él hacia arriba y le ofreció los pechos.

Sin dejar de manosearse, el tipo avanzó por la cama hasta que sus bocas quedaron a la misma altura y, durante unos segundos, se besaron apasionadamente, con voracidad, hasta que ella le agarró el miembro y se lo acercó a la vulva, la cuál franqueó sin menor problema. Ella abrió la boca y cerró los ojos, pero no emitió sonido alguno. Hasta parecía que sonreía. Él empezó a embestirla, y en un momento, cuando las respiraciones agitadas inundaban la habitación, noté que mojaba sin querer mis calzoncillos. Me asusté y dejé escapar un leve murmullo de exaltación. El tipo no lo escuchó, pero la señora Barrios abrió los ojos y miró sorprendida hacia donde yo estaba. Ella se detuvo, pero el tipo siguió. La señora Barrios y yo nos miramos un largo rato, mientras el tipo la penetraba una y otra vez…

II

La señora Barrios estuvo a punto de levantarse, pero el sujeto la penetraba cada vez con más violencia, le besaba el cuello y la apretaba los pechos como si fueran pelotas de esponja. Ella parecía no saber qué hacer, así que dejó que el tipo llegara al orgasmo. Ella cerraba los ojos y abría la boca involuntariamente, pero nunca dejaba de mirarme. Yo sentía un cierto ardorcillo en la panza.

Unos quince minutos después, el tipo se vistió y se fue, ignorante de que yo lo había presenciado todo. La señora se colocó una bata de satín que dejaba notar sus pezones aún erectos por el magreo. Fue y me alcanzó en el baño.

-¿Qué haces aquí? -me dijo con un leve alientillo alcohólico (cosa que, sin embargo, no me hace creer que estuviera ebria). Yo no contesté nada – ¿Qué tanto rato llevas ahí? ¡Pero mira nada más! -dijo al verme mojado -¿qué te pasó?

-No lo sé, señora -le dije al mismo tiempo que me ruborizaba y salía corriendo de la casa, volviendo a olvidar mi libro.

Fui a esconderme en mi cuarto, me cambié de pantalones y escondí los sucios. Me metí en la cama y me tapé con las cobijas. Al poco rato, escuché que alguien tocaba la puerta de la casa, y unos minutos después, mi madre entró en la habitación, seguida de la señora Barrios. Mi madre encendió la luz y me ordenó levantarme, luego salió de la habitación a tiempo para que yo volviera a ruborizarme.

-Yo sí sé lo que te pasó -dijo la señora Barrios -, y creo también que nunca te han hablado de lo que viste.

-Ya lo había visto antes, señora -dije sin dar crédito a mis palabras.

-Lo sé -respondió ella con toda calma, pensando quizá que lo había visto en la tele o alguna revista -, pero nuca lo habías visto de cerca. Lo que acabas de ver debió de ser duro para ti.

La señora se puso de pie y dejó un par de libros en mi cama.

-Uno te lo había prestado -me dijo -, el otro, creo que deberías leerlo. Si tienes alguna duda, ven a verme. No se los enseñes a tu madre.

Uno de los libros era el de Julio Verne, pero el otro tenía una pareja haciendo el amor. No lo solté en toda la noche. por supuesto que no volví a la casa de la señora Barrios. Sin embargo, cuando terminó el verano, hice examen y entré a la secundaria, gracias a unos pagos que la señora Barrios hizo por adelantado. Mi madre me ordenó ir a ver a la señora para darle las gracias.

Cuando llegué, ella se preparaba para bañarse, envuelta en aquella bata de satín blanco. Entramos y le agradecí su ayuda lo peor que supe. Ella guardó silencio y luego me pidió que la acompañara arriba.

-Mira -me dijo señalando a la ventana. Miré y me di cuenta que aquél escondite por donde yo solía espiarle, quedaba perfectamente a la vista -Tienes curiosidad -continuó mientras se dirigía al baño para dejar correr el agua caliente -, eso es comprensible. Quiero ayudarte con eso. Puedes preguntar lo que quieras.

Acto seguido, dejó deslizar la bata por su perfecto cuerpo. Me quedé embelesado, pero no tanto que no pudiera decir una sola frase.

-¿Puedo verlo?

Ella se miró la entrepierna y me dijo:

-¿No lo viste en el libro?

-Sí señora, pero quisiera verlo…

Ella se recostó en la cama y abrió las piernas. Me dijo que me acercara, y yo noté una cierta fragancia que medio me dio asco y medio me hizo sentir aquél raro ardorcillo en la panza. Le pregunté si podía tocarlo. Ella asintió y cerró los ojos para no verme: Tanto así confió en mí.

Mi mano fue como una fiera entre la hierba negra del pubis de la hermosísima señora Barrios, aunque con cierta lentitud. Quise hacer lo mismo que el tipo, toqué con la punta de un dedo y luego me lo llevé a la boca. Luego volví a tocar lo alto del pelo a derecha e izquierda.

-Te has quedado muy lejos esta vez -me dijo sin abrir los ojos, muy seria.

Fui bajando, iba yo bajando y bajando, cerré los ojos. El terreno comenzó a plegarse, a hendirse. Sentí la lengüecita del medio. Ella se estremeció entera. Luego ya no supe si a la derecha o a la izquierda, dudé un momento.

-Más abajo -me dijo ella -, sí, así. Méte el dedo. Mételo.

Noté que la carne se separaba y se abría. Empujé el dedo un poco más, abrí los ojos y vi como espuma húmeda por todas partes. Se sentía todo mojado, tibio.

-Frótalo -me dijo la señora con la voz entrecortada -, sí, así, pega bien el dedo todo a lo largo y mételo más. Sí, frota. Ahí. Me masturbas cabrón.

Nunca había escuchado a la señora decir una mala palabra, pero fue en lo último en lo que me fijé. Me aparté un poco asustado. Volví a mojar mis pantalones.

-Acércate -me ordenó en voz baja.

La señora Barrios, sentada en el borde de la cama, abrió mis pantalones, me bajó el calzoncillo todo húmedo, y luego me sonrió. Tomó mi pene por el glande con dos dedos apenas y me comenzó a frotar.

-¿Te gusta? -me preguntó. Yo tenía miedo, sentía ese ardorcillo en la panza otra vez. No sabía si soltarme de plano a llorar. Cerré lo ojos. Ella seguía frota que frota, yo sentía ese vacío hoy ya familiar en el bajo abdomen, y luego pasó, experimenté mi primer orgasmo, salpicándole un poco el rostro a la señora, que si no con semen, si con un poquito de orín. Ella se echó a reír tiernamente. Yo sentía que me desmayaba.

Ella me tomó de la mano y me llevó a la ducha, lista desde hacía unos minutos. Me desvistió completamente. Me sentó en la bañera y empezó a tocarme de nuevo. Intentó ponérmela un tantito dura, lo suficiente para metérsela ella misma, me decía, pero yo no daba una, así que me puso de pie… y se metió mi pene infantil en los labios.

No sabría describir lo que sentí, ni lo que pasó después, ya que mi mente se fue en blanco. Lo único que sé es que la segunda vez que ella me hizo sentir, eché por fin un poco de semen y se me puso un poquito dura, pero no duró. La señora sonrió y me dijo:

-Vístete y ve a casa, intenta tocarte como te toqué, y cuando notes que se puede poner dura, vienes a verme otra vez.

Yo asentí y medio le sonreí. Ella tomó mi rostro entre sus manos y me besó muy tiernamente. Me dio uno de esos besos que nada tiene de sexuales, sino de puro amor. Ese mismo día, nos mudamos.

III

Para cuando cumplí diecisiete, yo seguía sin novia, dedicándome a puro estudiar. Fui el primero de mi clase durante la secundaria y la prepa. Fue unos meses antes de la graduación cuando volví a ver a la señora Barrios, un viernes por la noche.

La vi en una cafetería del centro, tenía unas cuantas canas, pero seguía siendo la más hermosa para mí. Nos saludamos como suelen saludarse los viejos amigos. Tomamos café, compartimos un pastelillo, la acompañé a su casa, al otro lado de la ciudad. Me hizo pasar con el pretexto de tomar una copa.

Apenas entramos, nos entregamos en un apasionado beso. Nunca había dejado de pensar en ella.

-¿Ya se te pone dura? -me preguntó, acariciándome por encima del pantalón. Yo sentí que aquél viejo rubor se me subía de nuevo.

Nos metimos al baño un rato, sólo para manosearnos, nos besamos como un par de tórtolos. Después del baño, la señora Barrios me tumbó sobre el colchón. Yo estaba totalmente sereno, encendido a más no poder. Nos tumbamos de lado, contemplaba maravillado el cuerpo de la señora Barrios, le acaricié un poco el vello púbico, le introduje dos dedos en la vagina mientras dejaba que me fuera chupando la lengua.

Ella se apartó un poco, se deslizó hasta allá abajo y comenzó a mamármela. Logré que se pusiera mirando a los pies de la cama y le comí la vagina, caliente y estrecha, empecé con movimientos lentos, alcanzando casi el ano, luego introduje la lengua en la vulva con movimientos rápidos y profundos, o ponía la lengua rígida y se la metía hasta donde podía, devorando y chupando todo cuanto pude. Luego deslicé la punta de la lengua por el clítoris y ella se sentó sobre mi cara, moviéndose de arriba a abajo mientras con las manos buscaba sus pechos. Yo le masajeaba los pezones mientras ella se corría tocándose el clítoris con el dedo medio.

Ella se volteó y quedó a horcajadas sobre mí, apenas rozándome la verga con la vulva.

-¿Estás listo? -me preguntó.

No me preocupó mi evidente torpeza, ni mi falta de experiencia, ni mucho menos mi virginidad. Sólo sentí calientito, al mismo tiempo que ella se dejaba penetrar despacito, con toda calma. No bien nuestras pelvis se juntaron, eyaculé.

-¿Ya tan pronto? -me dijo. Yo asentí avergonzado -Así que estás nuevecito ¿eh?

Me sonrió. Me frotó con los dedos para no perder la erección. Abracé su piel, húmeda ya de sudor. Me puso de espaldas sobre la cama, me recorrió el cuello y el pecho con sus manos, besándome todo el camino hacia abajo. De pronto, puso nuevamente sus labios a mi alrededor y comenzó a succionar con mucha más intensidad. Eché la cabeza hacia atrás cuando comenzó a meter y sacar mi miembro de su boca. Su lengua paseaba con toda libertad, yo la tomé del cabello y me atrevía a echarle una mirada: sus cabellos regados por mi abdomen, sus manos todas sobre mí, y sus labios succionando y su lengua lamiendo, generosamente. Ella me miró un instante sin detenerse. Le sonreí si querer y ella hizo expresión de hacer lo mismo, pero no pudo bien sonreír por tener la boca ocupada. Volví a venirme en su boca. Me sentí de nuevo de once años.

Intenté descansar, pero ella no me dejó, me atrajo hacia ella y metió su lengua en mi boca. Nunca pude soltar la erección. Me hizo sentarme y se sentó ella sobre mí. La penetré casi sin querer, con cierta violencia. Ella comenzó a mover sus caderas en círculos, provocando que mi cabeza diera vueltas y más vueltas. Rodeó mi cuello con sus brazos. Le besé el hombro izquierdo y ella comenzó a resoplar en mi oído. Empezó luego a comerme la oreja, pero el placer la hizo hacer esa mueca que yo ya había visto, aquella en la que abre la boca sin emitir sonido alguno, apretando los ojos.

-¿Que chingados me estás haciendo? -me dijo, casi sin pensar.

-¿Quiere que me detenga? -le dije con la respiración entrecortada

-No.

Después de un instante, ella aceleró el ritmo. A mí me ardía ya demasiado el pene, pero no podía dejar de moverme junto con la dulcísima señora Barrios. Sin querer me di cuenta que ella estaba a punto de tener un orgasmo.

-¿Qué me estás haciendo? -gimió con más fuerza.

-No lo sé -le contesté.

-Me estás matando, cabroncito. Bien que te la tenías guardada.

Ella comenzó a gemir como una posesa, sus pechos brincaban y se estrujaban contra mí, ella me arañaba la espalda y yo no dejaba de ocultar el rostro en su cuello, mientras apretaba sus nalgas.

-¿Que me estás haciendo? -gimió

-¿Me detengo? -pregunté, aún sabiendo que ni pidiéndomelo dejaría de follármela.

-¡No!

Ella se apretó contra mí con todas sus fuerzas, dejó escapar un largo y apesadumbrado gemido al mismo tiempo que sentía sus músculos vaginales contraerse espasmódicamente alrededor mío. Yo seguí un poco hasta venirme dentro de ella también.

Nos apartamos por fin.

-Bésame – me dijo -, bésame por favor.

La besé y nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente, con el miembro rojo y adolorido, todo embarrado de semen y fluidos vaginales, me metí en la ducha. No podía creer mi buena suerte. La escuché hablar por teléfono y luego me alcanzó en la ducha.

-Tu madre estaba preocupada -me dijo entrando al agua conmigo -, le dije que me habías acompañado y que luego se hizo muy noche, por lo que te pedí que te quedaras en el cuarto se mi hija.

Como mi madre conocía bien a la señora Barrios, no hubo ninguna objeción. teníamos toda la mañana para segur follando a nuestras anchas.

Una media hora después, me puse unos pantalones y bajé a la cocina. Cuando ella me alcanzó, usando sólo mi camisa, nos pusimos a desayunar unos huevos revueltos con tocino y jamón, bañados en salsa y espolvoreados con un poco de queso.

-¿Necesitas recuperar fuerzas?

Comimos al mismo tiempo que conversábamos. Nos pusimos al corriente. Le platiqué de mis proyectos a futuro y ella me habló de su hija y de lo lindas que se ponían cada día, y que, al igual que yo, iba a terminar la prepa, por lo que pronto saldría de la escuela. Ella tenía un año más que yo, pues yo había entrado a la secundaria un año más joven. La recordé en una fiesta de cumpleaños de uno de los vecinos, pero nada más.

La señora Barrios se me quedó viendo un largo rato.

-¿Qué tanto has aprendido? -me preguntó sonriéndome de nuevo.

-Nunca lo suficiente.

-¿Sigues leyendo?

-Quiero ser escritor…

No alcancé a terminar la frase, pues la señora Barrios se puso de pie y se sentó sobre mis piernas. Me desabrochó los pantalones y comenzó a masajearme el miembro. Luego lo acomodó justo frente a su vulva, sin penetrarla. Comenzó a desabotonarse la camisa, dejando uno de sus pechos descubiertos. Le besé de la boca al cuello, mientras mis manos aprisionaban esos pechos cálidos y turgentes. Cuando comencé a pasar mi lengua por sus pechos, chupeteando y dando pequeños mordiscos en sus pezones, ella dejó caer su peso lentamente. Pasé mi lengua por el borde de su pecho hasta el brazo, y de ahí me aventuré hasta su boca. Nos buscamos y restregamos con fuerza, como si quisiéramos fundirnos el uno con el toro.

Haciendo fuerza de voluntad, la levanté y la puse sobre la mesa. Abrí sus piernas y me arrodillé frente a ella para dejar entrar mi lengua y un par de dedos por su húmeda cueva. Ambos nos perdemos de ansiedad.

-Lléname -me dijo suplicante, después de correrse un par de veces -, hazlo ahora; te quiero dentro de mí.

Me levanté y ella buscó que la penetrara tomándome con sus manos, pero la puse de pie y la giré. La dejé con las manos en la mesa mientras le recorría la espalda con las manos y mi boca. Entonces la penetré lentamente, dejándonos disfrutar del primer contacto. Poco a poco aumenté la intensidad de mis bombeos, entrando cada vez más fuerte y más profundo. Ella sólo cerró los ojos y abrió la boca en ese ya para mí familiar grito sin voz. Ella se giró y yo seguí follándola, hasta que puso sus piernas sobre mis hombros.

-Dame por el culo -me dijo muy seria.

Yo lo intenté un par de veces, pero me costaba trabajo. Aquél era terreno inexplorado para ambos. Ella se metió la mano en la vagina y luego, con sus jugos y los míos, se lubricó el ano, relajando su esfínter lo más que pudo. La penetré despacio. Nuestras lenguas se buscaban con fervor, nuestros corazones latían que iban a estallar y nuestros gemidos inundaban la cocina. Ella se metió unos dedos en la vagina para ayudarse y bien pronto nos corrimos los dos, uno despuecito del otro. La mesa estaba húmeda por el sudor de nuestros cuerpos y otros fluidos corporales. La señora Barrios se recostó sobre la mesa, empapada, con el ano aún palpitante, yo me senté de nuevo en la silla.

-¿Te ha gustado? -Me miro y yo asentí sonriente -¿ me harías luego un favor?

-Desde luego -le dije.

-¿Podrías llevar a mi hija al cine ésta noche?

En eso sonó el timbre, ella me arrojó la camisa y subió a cambiarse, me pidió que me arreglara y que abriera, y que por ningún motivo dejara entrar a nadie a la cocina.

Abrí la puerta y la vi, con una maleta en la mano y una mochila en le hombro. Si bien antes me había enamorado de la Señora Barrios, ahora sabía que el amor tenía nombre: Jessica…

IV

Fuimos al cine esa tarde, al día siguiente comimos helado en el centro. Pasaron un par de semanas, durante las cuales, La señora Barrios no dejaba escapar oportunidad de que su hija y yo nos conociéramos mejor.

En realidad no soy guapo, aunque tampoco soy feo, pero los hábitos intelectuales y artísticos que la señora Barrios me inculcó a los once, bien pronto me sirvieron para enamorar poco a poco a Jessica.

Fue dos meses después, el día antes de que Jessica regresara a su escuela para graduarse, cuando la señora Barrios me mandó llamar a su casa. Yo aún no terminaba de preparar las cosas para mi propia graduación, pero después de todo lo que me había regalado, ¿cómo decirle que no a la señora Barrios?

Me recibió muy seria. Después de aquella tarde en que volvimos a vernos ya no habíamos vuelto a intimar, a no ser por el beso de despedida que me dio esa misma tarde.

-Mi hija ya acaba sus estudios -me dijo -, pero hay ciertas cosas que no puedo enseñarle yo.

-¿Señora…? -le pregunté confundido.

-Ven conmigo.

Me tomó de la mano y me llevó a su habitación. Cuando entramos, me di cuenta que había cambiado las cortinas y la cama, y que todo parecía ahora una lujosa habitación de hotel. No con esto quiero decir que la señora Barrios lo hubiera arreglado con aquella intención, sino que se veía muy elegante. Jessica estaba en la ducha, bañándose. La señora Barrios se desnudó, hizo lo mismo conmigo, me besó, me tomó de la mano y me llevó dentro del baño.

Dentro de la ducha, la señora Barrios admiraba nuestros cuerpos juveniles. Jessica tenía la misma figura de su madre, aunque los pechos más pequeños y escaso vello púbico. El agua del enorme teléfono cromado de la ducha caía como un torrente sobre nuestros cuerpos. La señora Barrios jugueteaba con mi pene y la vulva de Jessica, quien estaba a punto de dejar de ser virgen, de la mano de su madre y de su mejor amigo. Jessica y yo nos mirábamos a los ojos. Le tomé la mano y le sonreí.

La señora Barrios dejó que sobara a Jessica mientras ella le introducía la cabeza entre las piernas. Jessica dobló sus rodillas un par de veces, pero la señora Barrios la sostenía con un brazo mientras oprimía la cara sobre su virginal vulva. Ella arqueaba la espalda, restregándose sobre la señora Barrios, que mientras le lamía los labios mayores me agarró la verga y comenzó a enjabonármela. De pronto, comenzó a chupármela, y se me puso tan dura que la noté palpitar. La señora Barrios se sacó mi miembro de la boca y lo observó, apretujándolo; luego deslizó la lengua sobre el prepucio, lo levantó por la punta y empezó a lamerla con movimientos rápidos y precisos alrededor del glande. Jessica gemía pausadamente, observando la escena, masturbándose en la penumbra del baño. La señora Barrios se metía mi pija en la boca, hasta el fondo, y chupándola con avidez, sin dejar de juguetear con sus dedos en su vagina. Cuando bajé la vista, solté sin querer a Jessica, luego comprobé que la señora Barrios me miraba fijamente, sonriendo. Casi parecía que éramos Jessica y yo sólo sus juguetes sexuales. Tenía ella el cabello pegado a la frente, y el color rosa pálido de su lengua contrastaba con el moreno de su rostro.

Luego, la señora Barrios le ordenó a Jessica que se girara, enseguida le separó las nalgas y le introdujo la lengua; al cabo de unos momentos, retiró la lengua y empezó a follarla con el dedo, lo que hizo que comenzara a gemir con un cierto dolor en su tono de voz. Me arrodillé frente a Jessica y comencé a lamerle el clítoris, separándole los labios de la vulva con los dedos. ella me tomó del cabello y yo la recargué contra la pared, obligando a la señora Barrios a apartarse.

La señora Barrios comenzó a sobarme el abdomen y a besarme la espalda. Yo seguía comiéndole el coño a Jessica, deslizando la lengua desde el clítoris hasta su ano; luego, tras colocar una de sus piernas sobre mi hombro, le succioné el clítoris mientras le metía dos dedos, y luego tres. Luego me enteré que en aquella ocasión no sangró porque durante sus primeras experiencias íntimas personales, se había roto el himen con un dildo. A continuación le hinqué la lengua en el ano varias veces mientras seguía toqueteándole el clítoris. Cuando me incorporé, tras el primer orgasmo de Jessica, la señora Barrios comenzó a mamarnos los sexos, mientras Jessica y yo nos besábamos apasionadamente, por primera vez…

V

Después de secarnos, nos trasladamos al dormitorio. Todas las luces estaban encendidas para no perdernos detalle. Jessica, sin previo aviso, comenzó a chupárme la verga mientras la señora Barrios buscaba mi lengua con la suya. Jessica se llevó una mano a la entrepierna y empezó a toquetearse el clítoris, metiendo y sacando también un dedo de la vagina. Cuando la señora Barrios se apartó, Jessica me ofreció los dedos que tenía dentro de sí misma; yo los chupé una y otra vez, mientras Jessica seguía lamiéndome el miembro. Luego de un rato, durante el cual la señora Barrios se la pasó mirándonos y masturbándose, tomé el rostro de Jessica entre mis manos y lo acerqué al mío; mientras la besaba, deslicé mis manos hasta sus nalgas, luego le acaricié la cintura y los pechos, deslicé las palmas sobre sus pequeños pezones hasta que se le pusieron duros, mientras ella no cesaba de temblar, de gemir. A continuación la tendí sobre la cama, me arrodillé junto a ella y acaricié los labios de su vulva con un dedo, un toque muy suave sin llegar a separárselos. Le metí un dedo y jugueteé con su clítoris, que adquirió un tono más intenso. Jessica permaneció tumbada boca arriba, con los ojos cerrados, mientras yo le lamía el clítoris; luego la levanté por las caderas y le separé los labios de la vulva hasta observar la carne rosada de su vagina.

Le besé luego los pechos, succionando con fuerza los pezones mientras le estrujaba los pechos; luego me deslicé hacia abajo y le pasé la lengua por el ano; Jessica alzó las piernas, y las separó para ofrecerme su clítoris hinchado, rojo; al principio apenas y lo rocé, evitándolo deliberadamente, haciendo que se agitara con movimientos frenéticos para buscar el contacto con mi lengua, gimiendo. Cuando empecé a lamerle el clítoris, éste se puso más grande y tieso. Le estrujé la parte posterior de las piernas y el interior de los muslos mientras seguía follándola con la lengua. La señora Barrios se inclinó entonces sobre nosotros para observar cómo metía y sacaba la lengua de dentro de Jessica.

-Estás empapada -murmuré, y seguí con el trabajo oral.

Luego le introduje un dedo en la vagina y Jessica empezó a mover las caderas en sentido rotatorio mientras yo le succionaba los labios y el clítoris, con lo cual volvió a correrse.

De pronto, la señora Barrios la atrajo hacia sí y la abrazó. Ella le tomó la barbilla con la mano y obligó a Jessica a levantar la cara. Las dos se besaron con pasión, entrelazando sus rosadas lenguas. Jessica llevó su mano hasta la entrepierna de la señora Barrios para introducirle dos dedos. La señora Barrios se tendió junto a mí, con la cabeza cerca de mi verga y su vagina en mis narices. Jessica se arrodilló en el lecho y empezó a lamer los labios vaginales de la señora Barrios, sin dejar de mirarme a los ojos. Mientras la señora Barrios me lamía el miembro, gimiendo de gusto, Jessica deslizaba su lengua hacia arriba y hacia abajo, devorándole el coño a la señora Barrios mientras ella levanta las caderas. Yo intentaba acariciarle las nalgas a Jessica, pero no las alcanzaba por completo.

Luego, la señora Barrios se incorporó y fue a sentarse sobre mi cadera. La penetré con violencia ésta vez. Jessica fue detrás de ella y comenzó a sobarle los pechos y a besarle detrás del cuello, mirándome fijamente. La señora Barrios se apartó un poco y se restregó sobre mi glande hasta meterse de nuevo toda la verga en la vagina; tras unos instantes se detuvo, dejando que su coño se adaptara, y de pronto empezó a restregarse de nuevo sobre mi miembro, primero con suavidad, luego con más ímpetu. Me corrí un par de veces antes de que la señora Barrios contrajera todos sus músculos, tratando de contener el orgasmo, pero perdió el control y grito: “¡Cógeme! ¡cógeme!”

La señora Barrios se arrodilló luego frente a Jessica y comenzó a restregar su sexo con el de ella. Las dos gemían como posesas, sin dejar de verme. Yo rodeé con mis manos a Jessica y comencé a sobarle los pechos, mordisqueándole la oreja. Jessica arqueó la espalda y dejó las nalgas al aire; la señora Barrios hizo lo mismo, y quedaron las dos elevadas unos centímetros de la cama, sobándose los sexos con furor. Jessica no soportó tanto placer, levantó sus manos hasta tocar mi cabeza y se dejó correr.

Mientras seguían levantadas, sosteniéndose con las manos y los pies, yo aproveché para ponerme debajo de ellas. La señora Barrios no perdió el tiempo y se metió mi pija en la vagina. Cuando Jessica bajó las caderas para descansar, se encontró con mi boca en su ano. Después de un rato. La señora Barrios puso a Jessica boca abajo y la separó las nalgas para empezar a lamerle el ano. Yo aparté a la señora Barrios y penetré despacito a Jessica por detrás. Ella contrajo el rostro con dolor, pero después de un momento, estaba gimiendo de nuevo. Le sujeté luego las caderas y comencé a follarla con furia, sintiendo cómo mi vientre chocaba con sus nalgas a cada embestida. Estiré la mano y comprobé que Jessica se estaba toqueteando el clítoris, el cual estaba duro e hinchado. Ella se corrió antes de que yo pudiera terminar.

La señora Barrios me agarró el pene y me ayudó a introducirlo en el coño de Jessica. yo la penetré mientras le levantaba las piernas sujetándola por los muslos. Ella gimió y sonreía de placer al sentirse penetrada por fin en aquél lugar que tanto deseaba desde hacía tiempo. Su vagina me succionaba la verga maravillosamente, mientras ella gemía como posesa. Yo embestí con más fuerza y dejé escapar una exhalaciones de placer. Jessica tenía una sonrisa en el rostro y los ojos apretados; no cesaba de gemir. De pronto, todo dejó de tener sentido, tomé a Jessica entre mis brazos y la miré de frente. Dejé que se recostara en la cama por completo, le abrí las piernas y la penetré muy suavemente. Ella me abrazó y comenzó a gemir con placer y parsimonia en mi oído. Besé sus pechos y su cuello, la besé en la boca y la apreté fuerte contra mí. La señora Barrios sonrió y salió del cuarto. Jessica y yo nos corrimos interminablemente el resto de la tarde.

VI

Una semana después de la graduación, volví a casa de la señora Barrios, pero no la encontré. Entré con la llave que sabía siempre dónde había estado. Dentro encontré a Jessica acomodando ropa en su closet. Cuando me miró me sonrió con la misma suavidad con la que lo hizo cuando nos levantamos juntos del lecho, aquella tarde.

-¿No te sientes un poco extraña? -le pregunté.

-No -me dijo.

-No todos los días pasa algo así.

Ella se acercó, me besó rápidamente y me sonrió:

-Lo sé.

-¿No importa que también haya estado ahí tu madre?

-Ella no es mi madre -me dijo -, me adoptó cuando yo tenía cuatro años.

-Eso no lo hace menos malo…

-¿Crees que aquello fue malo? -me preguntó algo severa. Yo negué con la cabeza.

Me sonrió y me atrajo hacia sí.

En un instante estábamos los dos desnudos, abrazados, de pie frente a la cama.

Ella recorrió mi espalda hasta llegar a mi cabello. Sentí ese ardorcillo en mi estómago, pero de manera mucho más intensa y agradable. Sentía su pecho desnudo contra el mío, le sentía respirar pausadamente. Nos dejamos caer en la cama. Me aparté un poco para verla bien, ella me sonrió y se mordió el labio inferior. Me apresuré a recorrer su cuello con mis labios, mientras mis manos recorrían su anatomía; su abdomen, sus caderas, sus muslos, su entrepierna, su sexo…. Mis dedos comenzaron a juguetear dentro de ella durante algunos instantes, mientras ella dejaba escapar profundos suspiros.

Luego, ella me besó el cuello. Sus besos se deslizaban con lentitud, siguiendo la línea de mi abdomen hasta llegar a mi entrepierna, donde, con su lengua, empezó acariciarme el miembro, a darle ligeros chupetones y lengüetazos. Luego hice lo mismo con ella, pidiéndole que tomara sus piernas y se las llevara al pecho, para tener mayor acceso. Los dos nos deleitamos mientras yo degustaba sus interiores.

Cuando me acerqué para abrazarla de nuevo, me abrazó y se puso ella sobre mí. Subió con sus labios de mi pecho a mi boca. Yo le sonreí y le acaricié la espalda. Cerré los ojoso al mismo tiempo que ella, me tomó entre sus manos y me deslizó dentro de ella, muy despacio. Cuando comenzamos a movernos, ella deja escapar unos gemiditos de placer. Me senté y ella sobre mí. Besé sus pechos y su abdomen. Ella me acariciaba el pelo y mordisqueaba mi cuello. Busqué entrelazar nuestras lenguas en un cálido beso, al tiempo que nos venía el orgasmo. Nos sonreímos y nos dejamos caer en la cama, felices y cansados.

Al día siguiente, presenté a Jessica en mi casa como mi novia. La señora Barrios no esperaba menos. Unos cuatro años después, cuando yo buscaba un anillo de compromiso para Jessica, ella me dejó para ir a vivir a España. No la he vuelto a ver desde entonces, pero de vez en cuando nos llamamos por teléfono. Supongo que la extraño de vez en cuando, puesto que nunca volví a salir con nadie. Nunca volví a tener relaciones con la señora Barrios, tampoco le vi muchas veces después, pero por siempre le voy a estar agradecido por inculcarme el hábito de leer, de estudiar y el del arte, pero sobre todo, por mostrarme las maravillas que se esconden en un acto tan íntimo y carnal como lo es el de dos yogando.

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