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La lluvia caía con furia. Relámpagos y truenos la acompañaban haciendo sentir su presencia casi a cada minuto. La calle estaba comenzando a inundarse. La naturaleza se manifestaba salvaje con esta terrible tormenta. Dentro de aquel cajero automático del centro comercial La Arboleda, casi desierto a la 3 de la madrugada, se desataba otra clase de tormenta, una donde las pasiones se daban rienda suelta. Lucy y Mario estaban tratando de culminar algo que había comenzado en una disco a 5 kilómetros de ahí unas horas antes.
Al salir de la disco habían decidido buscar un hotel y para la de malas él ya no traía dinero, así que fueron a retirar de aquel cajero y justo cuando se bajaban del auto, la lluvia cayó con gran fuerza desatándose una cruel tormenta.
Cuando Mario, nervioso, estaba tratando de iniciar su transacción la luz se fue. Ella aprovechó el amparo de la oscuridad para besarlo. Sus cuerpos se acercaron una vez más. El estar tan cerca uno del otro era una sensación agradable. Lucy adoraba como olía su piel, como se sentía cuando él la abrazaba, era tan varonil. Mario sentía un placer increíble al tenerla junto a él, al hacer contacto con sus pechos al acariciar sus caderas, el ritmo de su corazón se aceleraba. La luz regresó pero ya no pudieron detenerse. El había desabotonado la blusa de ella. Ella había abierto la bragueta del pantalón de él. Él había soltado el sostén de ella y se había encargado de deleitarse y deleitarla a ella con un indecible placer al besar sus grandes senos. Todo comenzó a dar vueltas para Lucy al sentir el increíble gozo que le brindaba la calidez de la boca de Mario en sus areolas.
–Ven –dijo ella con un breve susurro.
El se incorporó y ella se puso en cuclillas a la altura de la bragueta desabrochada. Metió sus manos trémulas y extrajo el objeto de su deseo. Ahí estaba entre sus manos firme e incitante. Su boca lo cubrió de caricias y su lengua lo lamió completo con movimientos giratorios. El sujetó la cabeza de ella mientras dejaba escapar un gemido de placer. Los labios de Lucy lo recorrían desde la punta hasta el tronco.
Mario intentó levantar a Lucy y ella cooperó. Entonces se besaron apasionadamente, mientras él levantaba la falda de ella dejando al descubierto el pequeño triangulo de la tanguita de color púrpura que Mario bajó. Un relámpago acompañado de un trueno cayó. La luz se fue durante un instante y cuando regreso Lucy apoyaba sus brazos contra el tablero del cajero automático y Mario estaba pegado a ella por detrás sujetándole sus caderas. Entrando y saliendo mientras ella gemía de placer.
Lucy gozaba de ese momento al máximo, lo había deseado desde se sintió atraída hacia Mario cuando bailaban entre las luces erráticas de la discoteque. Mario se sintió fuera de este mundo, en ese momento ahí la tenía, toda para él, la reina de belleza de la escuela, la había conquistado en la noche disco de festejo. Lucy volteó hacía atrás, para ver que la estaba haciendo disfrutar tanto y ahí estaba él, tan varonil, con ese cuerpo increíblemente atlético, moviéndose hacia delante y hacia atrás rápidamente.
-Oh sigue –atinó a decir con la boca abierta y los ojos entrecerrados con la mirada al parecer perdida.
Mario estiró sus manos para alcanzar las tetas de Lucy, colgantes como dos grandes frutas de un árbol, con el tamaño y la textura exactas. Las amasó y por entre sus dedos asomaron los erectos pezones. Lucy arqueó la espalda en un espasmo de deleite. Mario se separó de ella y cuando estuvieron de frente la levantó entre sus brazos, y ella levantó sus piernas ajustándolas alrededor de la cadera de Mario acoplando su sexo al de él. Era una sensación exquisita. Él la llevó contra la pared para que ella se recargase y sostuvo las piernas de ella con sus brazos, entonces comenzó a moverse muy rápido, su miembro se deslizaba por el interior de ella con un ritmo candente. Mientras se prodigaban una veloz sucesión de besos donde sus lenguas luchaban. Sus cuerpos se movían rápidamente. Sus corazones latían con mucha fuerza queriéndose salir de sus pechos.
La tormenta comenzó a caer con su mayor intensidad, logrando penetrar hasta las entrañas de la tierra para fundirse con ella en un solo elemento y descargando toda su energía en el interior de esta. Un relámpago ocultó los gritos de gozo de Lucy cuando llegó al clímax.
La tormenta comenzó a amainar. El coche de Mario se detuvo frente a la casa de Lucy a las 3:50 AM. Ella le dio un beso
–Fue increíble –dijo Lucy.
–¿Crees que lo volvamos a repetir? –preguntó él.
–No –dijo ella con una sonrisa y se bajó del coche.
–Adiós, cuidate –dijo él devolviéndole a sonrisa.
Cuando Lucy hubo entrado a su casa Mario puso en marcha el automóvil y regresó a casa.

Augusto Romo

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