Mejor no hablar de ciertas cosas

Pese a todos los pronósticos en contra la cirugía resultó un éxito. Por fin después de tantos días nublados salía el sol. Claro que los médicos todavía no podían estar completamente seguros de su total y absoluta recuperación, pero por lo menos las perspectivas eran alentadoras. Con mi tía Edith y algún que otro familiar seguíamos turnándonos para quedarnos a cuidarlo en las noches, aunque los médicos nos decían que no era necesario, para nosotros sí lo era y estábamos dispuestas a permanecer a su lado hasta que saliera dado de alta. Claro que en esos momentos la mayoría desaparece, los que creías tus amigos no lo eran tanto y solo están a tu lado los que realmente sienten un afecto verdadero, como es mi caso. Y no es que yo me quedaba solo porque se trataba de un familiar, lo hacía porque a mi manera lo amaba y sentía que sin él mi mundo se caería a pedazos.
Aquella noche recordé especialmente la primera vez que me acabo adentro. Hasta entonces siempre que cogíamos, en el momento en que llegaba al orgasmo, me la sacaba y eyaculaba afuera, por lo que siempre me quedaba con las ganas de sentir su leche derramándose en mi interior. Era como que sentía que no me lo hacía por completo. Y se lo dije. Fue entonces que me llevó a su farmacéutico de confianza y me enseñó a tomar píldoras anticonceptivas, quizás sabiendo que muy pronto estaría haciendo lo que hacía con él con otros hombres. En ese aspecto nunca fue egoísta ni posesivo, no me decía que con el único que tenía que encamarme era con él, muy por el contrario, siempre que me enseñaba algo nuevo decía: “cuándo estés con alguien más”, era como que me estaba instruyendo en beneficio de la humanidad toda. Y lo de los anticonceptivos era algo así, ante mi reclamo de que quería que me acabara adentro, que necesitaba sentir su esencia íntima en mi interior, se daba cuenta de que si no era él sería “alguien más” quién terminaría llenándome la concha de leche, y ante el riesgo latente de un embarazo no deseado, mejor era prevenir que curar. Tomé las pastillas tal cuál el farmacéutico me indicó, y cuándo ya estuve preparada, lo hicimos. Debo decir que desde que empezamos con las primeras caricias estuve esperando ansiosa el tan ansiado momento de la disolución final, pero mi tío siempre fue de durar mucho y de hacer las mil y una posiciones, le gustaba metérmela desde todos los ángulos, hacérmela sentir de diferentes maneras, por lo que tuve que armarme de paciencia y disfrutar de cada una de sus entusiastas embestidas, hasta que ¡SI!, lo sentí estremeciéndose, temblar en esa forma tan inconfundible, anunciando que ya estaba a punto, me preparé entonces para recibirlo, para dejarme arrasar por ese caudal incontenible que estaba a punto de soltarme, quería estar atenta a cada sensación, a cada detalle, y ahí fue cuándo en medio de un exaltado rugido sentí el primer chorro, sentía que me mojaba toda por dentro, pero algo levemente distinto a la habitual humedad que suele aparecer cuándo estoy excitada, se trataba de algo más espeso y si se quiere, mucho más calentito, pero no fue uno solo, sino varios los chorros que sentí a continuación, un verdadero torrente de vida diluyéndose en mi interior, inundándome con sus gratificantes sensaciones, mi tío siempre fue de eyaculaciones abundantes y aquella no fue la excepción, si hasta sentía como la leche se me chorreaba por los muslos, era tanto lo que pulsaba que mi conchita no pudo contener todo, aún así me sentía llena, satisfecha, completamente saciada, apretaba mis paredes para poder retenerlo adentro, ya que sentía que se me salía, y no quería perderlo, no quería perder ni una sola gota de ese bálsamo que ya había probado en mi boca y que ahora deseaba sentir en mi concha. Sabiendo cuál era mi deseo, mi tío se quedo adentro hasta el último instante, dejando que le exprimiera la pija con esas apretaditas de concha que yo sabía muy bien hacer y que a él tanto lo enloquecían. No me salía sino hasta ordeñarle la última gotita de semen que le quedara, gimiendo plácidamente mientras lo sentía discurriendo por cada rincón de mi intimidad, mezclándose con mi propio flujo vaginal, igual de espeso, igual de caliente, igual de complaciente.
-¿Y… que te pareció?- me pregunto luego, en un murmullo, cuidando de no romper la magia de aquel momento.
-¡Maravilloso!- exclamé, acompañando mi expresión con una sonrisa de pleno júbilo.
Ya sentía como su verga iba perdiendo contundencia dentro de mí, como después de la poderosa descarga se iba desinflando, dejándome vacía de carne aunque rebosante de esperma.
-Desde ahora quiero que siempre me acabes adentro- le dije con la misma sonrisa pletórica de ansiedad.
-Ya te estás enviciando- dijo soltando una carcajada.
-Es que soy una viciosa tío, no puedo evitarlo- le asegure, y en efecto, de ahí en más cada vez que lo hacíamos me acababa adentro, llenándome con esa sustancia suya que ya formaba parte de mi propio organismo.
Pero, como siempre, mi tío tenía razón en lo que decía acerca de que me estaba enviciando, y como sucede con todo vicio, con uno no me alcanzaba. Necesitaba más, mucho más. Fue así que con 18 años recién cumplidos le puse los cuernos a mi tío, él tampoco se salvó de mis infidelidades. Lo que pasa es que necesitaba experimentar, desplegar mis alas y volar más allá del nidito de amor y lujuria que él me había armado. Me urgía saber si podía arreglármelas por mí misma sin tener a mi tío cerca y de paso comprobar si con otro hombre gozaría tanto como con él. La prueba fue con un completo desconocido, un extranjero a quién me crucé frente a la vidriera de un local de antigüedades cerca de la oficina en donde trabajaba en aquella época. Charlamos un rato, me cayó bien y de ahí me llevó a su hotel. ¿El desenlace?: ¡Prueba superada! Con aquel desconocido me eché unos polvos maravillosos, comprobando en forma fehaciente que “Sexo” y “Mariela” serían a partir de entonces sinónimos, dos palabras complementarias, dos términos que no podrían existir el uno sin el otro.
Después de haber estado con aquel turista, y para colmo haberla pasado tan bien, cuándo volví a ver a mi tío me sentía culpable, lo había engañado, lo había traicionado y no sabía como reaccionaría él ante tal infidelidad. No pude ocultárselo tampoco ya que supo darse cuenta enseguida de que algo me pasaba, en ese aspecto me conocía como si me hubiera parido.
-¿Qué pasa? ¿Te noto algo distinta?- me pregunto cuándo ya nos aprestábamos para coger.
-Es que… estuve con otro hombre, perdoname tío pero no pude evitarlo- me disculpe sollozando y ocultando el rostro en su pecho.
-¿Era eso?- exclamo riéndose –No seas tonta, es normal que estés con otros hombres, ¿o acaso creías que íbamos a estar siempre juntos?-
-No, pero…- trate de decir levantando la cabeza y haciendo pucheritos.
-Decime algo, ¿Te gustó? ¿La pasaste bien?- me preguntó sosteniéndome del mentón con sus dedos.
-Si… mucho- asentí ruborizándome levemente.
-Eso es lo importante, que te haya gustado, después de todo para eso están las putitas, para disfrutar con otros hombres- me dijo y me besó.
Me besó como nunca lo había hecho, intensamente, un chupón de novela, enredando su lengua con la mía, frotándose lascivamente contra mi cuerpo, envolviéndome de a poco con esa calentura marca registrada suya que colapsaba todos mis sentidos. Me tumbó de espalda en la cama, me separó las piernas y zambulléndose entre ellas arremetió contra mi caldeada conchita. Desplegó mi falda hacia los lados y haciendo a un lado mi bombachita de algodón comenzó a aplicar su lengua en una forma por demás enloquecedora, por supuesto que sabía donde lamer, donde aplicar esas lamiditas, esos punteos, esas presiones que me desquiciaban. La humedad era inmediata, un charco repentino se formaba en mi conchita, charco que él se encargaba de sorber y degustar con evidente avidez. Generalmente lo hacíamos con paciencia, disfrutando el momento, tomándonos el tiempo para desvestirnos y gozar de nuestra desnudez mutua, pero en aquella oportunidad mi tío estuvo inusualmente acelerado, y no era porque no tuviera tiempo. Ni siquiera se tomó el tiempo para desvestirme con sus propias manos o para admirar el strip tease que solía ofrecerle a veces, en esta ocasión se disponía a cogerme vestida, así como estaba, por lo que ni bien dio por concluida tan generosa chupada de concha, se levantó, peló la pija y sin pedirme siquiera que se la chupara como le gustaba que lo hiciera me la metió de un solo empujón y empezó a darme con todo, bombeándome ruda y secamente, haciéndome volar con cada embiste, yo me abría toda para él, recibiendo cada pedazo de esa verga sublime que tanto placer me proporcionaba, me frotaba yo misma las tetas, me las apretaba y pellizcaba por sobre la remera, entregándome por completo a ese desborde de pasión que me arrancaba de mi propio cuerpo para elevarme hacia lugares que solo existen mucho más allá de la percepción natural.
Enredaba mis piernas alrededor de su cuerpo para atraerlo aún más hacía mí y sentirlo en todo su rebosante esplendor, sintiéndolo palpitar en lo más profundo, bien clavado en mí, llenándome con su carne, con ese magnífico artefacto que en lo que a mí concierne se trata de la más perfecta creación de todas. La Naturaleza es sabia en muchos aspectos, pero lo es más por haber dotado al hombre de tal instrumento, con el cuál a las mujeres tanto nos gusta congraciarnos.
-¡Más… más… dame más… más fuerte…!- le pedía, le reclamaba, moviéndome debajo de él, empujando mis caderas hacia arriba para ir a su encuentro, confluyendo con él, sacándole provecho a cada pedazo de verga, envolviéndola, abrigándola, protegiéndola, humedeciéndola, calentándola.
La fricción se hacía cada vez más intensa, fuerte, acelerada, un torbellino de metidas y sacadas que me estremecían y laceraban, que me colmaban de placeres infinitos y monumentales. Aunque cuándo lo hacíamos a mi tío le gustaba ensayar distintas posturas, y a veces hasta inventar alguna, esta vez acabo al poco rato de haber empezado, volviéndome a llenar la concha de leche, como aquella vez, rebalsándome con su cálida efusividad, con esa deliciosa efervescencia que en cuestión de segundo se expandía hacia todos los puntos cardinales de mi anatomía.
-¡Ahhhhhhh… Dios… que rica putita…!- exclamó entre plácidos suspiros mientras se convulsionaba en mi interior, soltando las últimas gotitas de leche.
Entonces volvió a besarme, furiosamente, como si de aquel beso dependiera recuperar su aliento para seguir viviendo.
-Ya te recibiste de putita, te felicito sobrina- me dijo.
Entonces me di cuenta de que se había excitado terriblemente al saber que estuve con otro hombre. Y yo que me sentía mal por haberle puesto los cuernos, sin imaginar que saberlo lo iba a calentar como nunca. Fue ahí que me di cuenta que mi tío no era para nada celoso respecto a mi persona, nunca me celó y nunca lo haría, sabía muy bien que tenía alma de puta y que a lo largo de mi vida necesitaría de otros hombres para poder encontrar esa satisfacción que siempre se me hacía esquiva.
Ya me había recibido de puta, tal como él mismo dijo, pero, ¿hubiera podido hacerlo sin mi tío? ¿Sería la putita que soy hoy en día si él no hubiera intervenido justo a tiempo para darme a conocer esos placeres tan cautivantes y moldearme a su antojo? ¿Es mi tío el máximo responsable de lo que soy hoy en día? No lo sé, quizás nunca lo sepa, tampoco sé si me interesa saberlo. Ya lo dice una vieja canción: “Mejor no hablar de ciertas cosas”.

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