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Mamá Z / Primera parte

Las normas sociales dicen que soy una degenerada, pero yo disfruto de mi cuerpo y me encuentro satisfecha como nunca en la vida. Por la cantidad de cartas de mis admiradores, al tiempo que soy dichosa, entrego placer a otros. Me explicaré:

Teniendo ya dos hijos de 15 y 13 años, me encontré preñada, a mis 42 de edad de aquel que dicen el del descuido. Más que del descuido, sería el de la Ley de Murphy, porque hace falta mala suerte de quedarse embarazada de tu marido cuando te folla una vez cada tres meses y además se rompa el condón. No utilizaba la píldora por innecesaria para tan poca frecuencia.

Este embarazo fue diferente a los demás, me encontraba siempre extrañamente desasosegada y extrañaba mi propio cuerpo, sobre todo cuando la barriga, a los seis meses me comenzó a agobiar.

En esas me encontraba cuando estando de baja en el trabajo por mareos y nauseas, aburrida me metí en el ordenador de mi marido. Por una casualidad, ya que no domino la informática abrí un documento que era la foto de una muchacha en avanzado estado de gestación que, a cuatro patas. mamaba la polla de un hombre mientras la follaba un perro.

Aquella foto me turbó y excitó inexplicablemente. Me quedé cerca de media hora mirándola sin comprender la razón de mi excitación. Yo siempre fui una mujer de moral conservadora, lo que se encuadra católica de derechas y reaccionaria. No podía comprende qué me colgó de aquella foto.

Esa noche no dormí. Como una pesadilla, aquella imagen no salía de mi cerebro pese a los continuos intentos de eludirla. Las dos noches siguientes fueron similares, con el agravante de despertarme bañada en sudor y con mi pubis empapado, pero con el borroso recuerdo de sueños placenteros aunque descarriados y obscenos.

Una mañana, estando los niños en el colegio y mi esposo en el trabajo no resistí la tentación de volver a examinar la turbadora foto. Ya no estaba donde la encontré, pero en mi frenesí por buscarla paré en ” Mis favoritos” y encontré el nombre de una página denominada “cazadores de zoófilas”. La abrí y comencé a navegar. No podía concebir que lo que veía fuese cierto: Que existiesen tantas mujeres, con cuerpos más corrientes y comunes que el mío, con apariencia de amas de casa, que se prestasen a ser folladas por perros, a mamar o introducirse penes de burro o caballo y que, además mostrasen semblantes sonrientes de felicidad.

Me pasé seis horas navegando y masturbándome pese a mi estricta educación en tal sentido. En esas seis horas obtuve más orgasmos que en mis 42 años de vida. Solo salí del trance cuando llegaron los niños del colegio, que inmediatamente apreciaron en mi una extraña conducta. Les dije que tenia fiebre, les preparé algo de cena a ellos y a mi marido y me acosté con la excusa de una segura gripe.

Fiebre si que tuve, y durante dos días en que cada minuto no paraba de reflejar implacablemente en mi cerebro las imágenes de mujeres folladas por perros y toda otra clase de fauna. Mi marido se tragó lo de la gripe, habida cuenta de que había, por suerte, una epidemia que cursaba con síntomas parecidos a los míos. Si me hubiera examinado mi vagina o mis pezones inflamados no hubiera pensado lo mismo. Mis manos no pararon de masturbarme y solamente cesaron cuando la irritación llegó a causar excoriación en esas mis pudendas partes.

Cuando la imposibilidad de masturbarme me sacó del trance físico me enganché al vicio de la búsqueda de toda clase de documentación y relatos sobre la zoofilia. Se convirtió en mi obsesión a toda hora. Cuando salía a la calle mi mirada buscaba obsesivamente perros evaluando sus capacidades de satisfacción sexual conforme a la información de las obscenas lecturas que había frecuentado por la red.

Sondeé opiniones en todos los chat de zoofilia de la red, encontrando que todas las mujeres que habían copulado con perros se encontraban enormemente satisfechas y volverían a repetir. Si alguna no lo hacía reconocía que era por falta de oportunidad o por temor a engancharse para siempre en el vicio.

Fue un atroz combate el que hubo entre mi reprimida mentalidad y mi líbido, pero venció esta. Mediante la opción de contactos de la página web de “cazadores de zoófilas” me informé de las condiciones para que me facilitasen la coyunda con un perro. No fue tan fácil como prometían. Primero una foto desnuda, que hice con la polaroid de mi marido, después, cuando comuniqué que era virgen en ese sentido, los intentos de desviarme a su filial “cazadores de preñadas”, después la negociación de “honorarios” –estúpida de mi. No pensé que nadie me pagase por aplacar mi necesidad- en la que, como después supe, me estafaron.

Por fin me dieron cita en una dirección del centro de Madrid para hacer unas fotos y videos preliminares y la entrevista con una psicóloga para deducir si era apta para lo que pretendía. Acudí puntual a la dirección donde me recibieron cuatro personas, tres eran hombres de alrededor de 25 años y una mujer que rondaría los 50, dos eran el fotógrafo y ayudante de iluminación, otro era el gerente del “site” y la otra la psicóloga, mujer ésta de aspecto sudamericano, mestiza y tirando a opulenta.

Tras las presentaciones y unos sondeos que no resulta necesario contar pero que diré eran relacionados con problemas legales derivados de mi condición de mujer casada y del conocimiento de mi marido, me invitaron a desnudarme para la sesión fotográfica. No era obviamente ninguna experta, pero haciendo de tripas corazón y comiéndome la vergüenza me desnudé ante las cámaras con el mayor desparpajo que pude. Oí comentarios entre la psicóloga y el gerente relativos a mi estado de conservación para mi edad, a la tersura de mi piel en todo el cuerpo, a mis espléndidas tetas con amplias aréolas y arrogantes pezones, a mis robustos y ahusados muslos, y a mis recias nalgas desafiantemente destacadas en sentido contrario a mi ya voluminosa y prominente barriga. Escuchar esos comentarios me produjo un orgullo indescriptible. De mi marido solo había oído que era bonita.

Más me afirmó en mi autoestima los alabadores comentarios cuando me sugirieron que mostrase mi entrada vaginal separando mis labios y descubriendo y destacando el clítoris, y después la anal separando las nalgas. Estando en esas posiciones impúdicas mi vagina comenzó a chorrear ante mi sorpresa, ya que nunca me había ocurrido, y el asombro de los cuatro espectadores. Me puse a llorar de vergüenza y la señora acudió a calmarme y explicarme que no era extraño descubrir la propia sexualidad y su potencialidad a edades avanzadas, contándome sus causas originadas por la represión cultural y religiosa. Mientras la señora me contaba eso y me acariciaba, yo estaba atenta a los comentarios de los tres hombres:

— Ésta se nos raja en cuanto vea a un perro.

— Está calentorra y con ganas de follar como sea, puede que resulte todo lo contrario. Desde luego no le falta capacidad ni ánimo. Si ha llegado hasta aquí. Todo depende de cómo la maneje Lucrecia.

— Buenorra está y no le faltan recursos para empalmar a quien sea, pero esta nos falla. Es una pija recatada a la que le ha dado un subidón hormonal con el embarazo pero incapaz de hacer lo que piensa que puede.

— Si no entra por la zoo podemos convencerla por “cazadores de preñadas” o por “cazadores de maduras”, en cualquier caso encaja. Creo que es la síntesis de todos los casos. Esta mamá es un negocio y no podemos dejarla escapar.

— ….No me pude escuchar más ya que los consuelos y caricias de Lucrecia habían bajado hasta mi clítoris con su mano y después su lengua. Me proporcionó el mayor orgasmo que había tenido en mi vida. Entonces tuve conciencia de que el placer depende más de la mente que del cuerpo. Mi orgasmo se debió fundamentalmente a la situación: Verme exhibida obscenamente y filmada, evaluada sexualmente por tres hombres y acariciada inesperadamente por una mujer. Y todo ello cuando estaba pretendiendo que me admitiesen a ejercitar una perversión. Me percaté de que mi naturaleza era depravada y viciosa en aquel momento, y si no lo había sido antes era por ignorante y estúpida.

Pasada mi crisis todo siguió bien. Lucrecia pidió una toma del flujo que brotaba a raudales por mi vagina y varias más con sus hermosas manos de cuidadas y lacadas uñas en rojo amasando mis tetas y abriendo mis labios vaginales. También besándome con la lengua, que me impulsó a sacar también la mia contra la de ella, enzarzadas en un combate de quien la mete en la boca de quien. Gané, o me dejó ganar, no sé, y me encontré con mi lengua dentro de la boca de una mujer. Quien me lo iba a decir a mi, que hasta hacia una hora solamente había sido follada por un hombre, de forma rápida y para obtener hijos.

Lucrecia me invitó solícita y delicadamente a follar con alguno de los hombres, pero yo ya me encontraba demasiado desconcertada con mi conducta como para aventurarme a la novedad del adulterio. No percibía entonces que su mamada de clítoris ya lo había sido ni que mi firme intención de ser una perra también lo era. Decliné cortésmente la invitación ante la cara defraudada del gerente y me pasaron a la firma unos papeles que ni leí. Me abreviaron que eran una serie de puntualizaciones sobre higiene de los animales, higiene propia, difusión de los vídeos o fotografías, derechos de propiedad y otras consecuencias legales. Como me daban una copia ya los leería en casa.

Tras vestirme me fui despidiéndome de todos con un beso en los labios que antes me hubiera parecido inconveniente.

En casa leí los papeles, de ellos, con palabras de aspecto muy legal, se deducía que yo aceptaba libre y conscientemente una explotación sexual muy parecida a la de una prostituta, por tiempo limitado al hecho de mi parto y extendida a seres no humanos, eximiendo al explotador de cualquier efecto indeseado en mi salud. No me importaba. Yo solamente quería ser follada por un perro, al precio que fuera. Me parecía absolutamente improbable, en mi febril calentura lúbrica que me privaba totalmente de la consciencia, que mi marido supiese algún día de este lance. Estúpida de mi.

Dos días después me llamó Lucrecia para citarme a la primera sesión con la recomendación de depilarme el pubis totalmente e igularme y lacarme las uñas ya que cualquier defecto de ese tipo se notaba mucho en fotos y filmaciones. Quedamos de acuerdo en que mi primer coito sería con un pastor alemán y que ella sería mi ayudante, o “partenaire” como decía, dada mi inexperiencia.

Le dije a mi esposo que tenía que hacerme unos análisis clínicos y después ira al tocólogo, y tras ello hacer unas compras, así no se extrañarían ni el ni los chicos de tanto tiempo de ausencia de casa estando de baja laboral. No me preocupó la depilación del pubis habida cuenta el caso que me hacía mi marido. Si por casualidad lo advertía le contaría que con el embarazo me picaba. Total, caprichos de preñadas.

Mis manos, ya bonitas de siempre quedaron preciosas con la laca roja que les puse, nunca me había pintado las uñas así que metí en el bolso un frasco de acetona para quitarme la laca antes de regresar a casa. No me maquillé porque supuse que ellos lo harían o, en todo caso, el esfuerzo y sudores de la follada me desharía todo el maquillaje y sería peor. Desde luego acerté.

Temblando como un flan llamé al timbre del chalet donde me habían citado. Era en las afueras de una localidad cercana a Madrid, estaba alejado de otras edificaciones por lo menos dos kilómetros y tapiado hasta tres metros de altura. Me recibieron en la cancela de la tapia Lucrecia y el gerente quienes después besarme largamente en la boca como saludo me acompañaron al edificio principal ya que había otras dependencias menores, de una de las cuales surgían ladridos caninos.

Me asusté cuando entramos en la casa. Allí había infinidad de gente. Ante mi confusión Lucrecia me explicó que la mayoría era personal técnico: Director, cámaras, iluminadores, maquilladores, … En total habría unas veinte personas, de las cuales solamente cinco mujeres, incluidas Lucrecia y yo.

Sin darme tiempo a expresar algún inconveniente Lucrecia me condujo a una habitación en el piso alto de la casa. Allí intentó tranquilizarme exponiendo las razones de tanto público:

— Mira cariño: uno es el director de la película, también están presentes el productor para comprobar la eficacia de su inversión y el realizador, después están los dos cámaras —si tienes éxito y quieres repetir sesión serán tres —y sus iluminadores, que son imprescindibles, los dos fotógrafos para ilustrar la sesión de trabajo, que a veces vende más que los vídeos y es imprescindible para la promoción mediante páginas web de libre acceso. Hay una maquilladora que actuará para auxiliarte según haga falta, más que nada para enjugarte el sudor y aplicarte cremas, la entrenadora de los perros que te socorrería en el improbable caso de que uno se mostrase agresivo, otra chica que ya ha sido follada por ellos y te supliría en previsión de que eres principiante o bien aliviará con sus agujeros a los hombres cuando alcancen demasiada calentura. Y por último está el capitalista de la empresa y algún amigo invitado por puro morbo de ver follar con un perro a una principiante. Cariño, de éstos hay pocos porque lo he pedido yo sabiendo que eres casada y tu educación conservadora, cuando las “cazadas zoo” para iniciación son prostitutas profesionales o chicas con los agujeros ya muy trabajados, aquí se concentran más de veinte invitados morbosos. Pero anda, ponte esas prendas.

Mientras ella se desnudaba examiné las “prendas” que debía ponerme: Se reducían a unas medias de malla muy ancha con liguero de presión a medio muslo y un collar de cuero para el cuello. Cuando me estaba quitando mi alianza matrimonial, ella, que se había preparado en un instante –menuda experiencia debía tener- me lo impidió:

— No cariño, resulta más morboso que la puta preñada esté casada. La clientela de este negocio aprecia esos pequeños detalles en una mano. Es importante que la puta de la película parezca casada, lo esté realmente o no.

Lucrecia, un lince de psicóloga, tuviera o no el título de tal, se percató inmediatamente de mi gesto de desagrado por ser mencionada como puta.

— Cariño, no me acordé de decírtelo: Cuando se dirijan a ti o a mi mientras estamos actuando nos llamarán indistintamente perra, zorra, puta, coño pelao, y otras cosas peores. Pero no te ofendas por ello. Es el argot del oficio. Si decides seguir la carrera te acostumbrarás e, incluso, llegará a gustarte.

Mientras guardaba en mi memoria para analizarlo después la expresión “si decides seguir la carrera” analicé el aspecto de Lucrecia: Pese a su edad era una mujer monumental. Unos pechos tan voluminosos como los míos aunque lógicamente más caídos, pero en una curva deliciosa que mostraba frontalmente grandes y oscuras aréolas y pezones de enorme calibre. Barriguilla, aunque muy perceptible bastante lisa, unas nalgas más gordas que las mías, muslos fenomenales y pierna gruesa. Ni un síntoma de celulitis. Lo más sorprendente para mi eran sus aditamentos y prendas: Gruesos anillos en pezones y labios vaginales y atractivos tatuajes en el pubis, barriga, nalgas, muslos, tobillos y brazos. Lucía un collar de cuero similar al mío del que ataban sendas cadenas a los anillos de los pezones, sujetador de cuero sin copas, que elevaban y empujaban hacia fuera sus pechos, ancho cinturón también de cuero tachonado con argollas, brazaletes y pulseras de acero y medias con ligueros a medio muslo de látex, de donde estiraban cadenas enganchadas a los anillos de sus labios vaginales dejando su agujero totalmente expuesto. Impresionante para mi.

Un poco bruscamente me tomó de la mano y me condujo a la salida de la habitación. En lo alto de la escalera que descendía al gran salón se detuvo conmigo y, ante las cegadoras luces de los focos de filmación me presentó:

—Amigos y amigas, tengo el honor de presentaros a la nueva inmunda ramera que se incorpora a nuestra lúbrica afición: FOLLAR O SER FOLLADOS COMO SEA Y CON QUIEN SEA.

— ( en sordina) Saluda cariño, brazos en alto. (Aplausos desde abajo)

— Pero ella no será cualquiera. Ella supera a la perra más lasciva que haya sido vista aquí. Ella no viene por dinero ni por oficio, ella es una ama de casa con dos hijos y el que tiene en camino, que en su vida ha tenido más orgasmos que los obtenidos en estos últimos días cuando descubrió que era una sucia viciosa del sexo.

— (más aplausos desde abajo) — (en sordina) -Sonríe cariño y contonea tu apetitoso culo, saluda y muestra tus atributos.

Yo, hechizada, saludaba y sonreía a aquellas cegadores luces y aplausos. Fuera de mi cordura comencé a balancearme, a mostrar mi culo, a adoptar posturas incitantes sobre los peldaños y terminé abriendo mis labios vaginales mientras pasaba la lengua por mis labios de forma incitante. Acabé poniéndome de espaldas, separando mis nalgas y enseñando mi, hasta entonces, secreto agujero, a todos los espectadores.

Me hubiera quedado allí mostrándome a todo el mundo hasta el fin de mi vida, mi vagina comenzaba a expedir flujo que me humedecía y hacía brillar mis muslos. Era feliz . Lucrecia me volvió a la realidad continuando la presentación.

— Amigos y amigas. Esta zorra, Elena, mujer madura de 42 años y, como dije, esposa, feliz mamá de dos criaturas, y pronto de una tercera, por su propia y libre voluntad hoy quiere follarse a un perro ante todos vosotros, y solamente porque su incontinente lujuria se lo pide. Demos la bienvenida a nuestra nueva furcia, esperando que se quede entre nosotros mucho tiempo deleitándonos con su magnífico cuerpo y que desarrolle todas sus habilidades para sacarnos nuestro semen y flujo hasta que nos lleve a la extenuación.

— Amigos y amigas. Elena, esta puta incontinente, para nosotros y los adictos de nuestra web será MAMÄ Z. … (Aplausos y vítores que me llevan a la euforia)

No hizo falta más que una ligera señal de Lucrecia para que descendiese las escaleras contoneándome con las manos ofreciendo mis pechos ya duros y de pezones inflamados. Al llegar al pie de la escalera noté un tropel de manos sobando mis nalgas, mis tetas mi entrepierna y, sobre todo mi hinchado vientre, entre silbidos y “piropos”, prometiendo la mayoría ampliar las dimensiones de los cuernos de mi marido y ofreciéndose como mejores amantes que un perro.

Lucrecia me condujo a un estrado del salón indicándome que empezaba el núcleo de la actuación. Se hizo un silencio absoluto mientras ella me extendía suavemente una crema por mi entrepierna procurando facilitar la vista de mis partes pudendas y toda la maniobra a las cámaras que ya rondaban a nuestro alrededor. La aplicación de la crema se fue prolongando con la introducción de dos de sus dedos en mi vagina, la abertura de labios y agujero, la exhibición de mi agujerito estrecho y sus besos y lamidas en toda la zona. No me pude contener y alcancé un espléndido orgasmo.

El silencio se rompió por un estrepitoso aplauso y gritos enardecidos. Oí a Lucrecia ufanarse:

— Ya os lo dije. Esta zorra no fallaría. No encontraréis muchas que se corran en un plató como lo ha hecho ella, y solo comenzando.

Sigamos, oí al director. Mis ojos se iban acostumbrando a la iluminación y había visto a un lado del estrado a la adiestradora de perros con un magnífico ejemplar de pastor alemán. No podía contener mi ansia por tener, por primera vez en mi vida, un amante. Por mi mente desfilaba toda la información sobre zoofilia obtenida en la red, pero sobre todo flotaban las imágenes de las mujeres albergando en su vagina aquellos penes caninos. Lucrecia debió notar mi ansia por el coito porque me calmó recordándome que primero se requería una preparación del can.

Lucrecia maniobraba sabiamente sobre mi cuerpo para excitarme cada vez más y por otro lado, incoherentemente, intentaba calmarme. Intentó conducir mi cara a su sedoso pubis, pero yo me resistía ya que mi vista estaba clavada en las manipulaciones que la adiestradora hacía sobre el pene del perro, que ya comenzaba a erguirse. El chucho olfateaba mientras unos trapos que reconocí como mi propia ropa.

Un cambio en los focos me hizo perder la visión del animal y Lucrecia consiguió su objetivo, mi cara se hundió en su ingle y mi lengua, instintivamente, se puso a trabajar sus labios y clítoris. Era la primera vez – parecía que en un par de semanas todo en mi vida era la primera vez- que comía un coño. Me pareció delicioso y mi boca se abrió intentando abarcar su otra boca. Su sabor me pareció delicioso y excitante y me sumí por entero en el intento de penetrar toda mi lengua en ella. De cuando en cuando percibía como algunas manos me movían, unas veces para levantar mis nalgas, la mayoría para retirar mi melena hacia atrás, otras para limpiar mi sudor, para torcer mi cabeza y permitir la filmación de mi mamada de coño. También Lucrecia se deslizaba y movía sin duda para facilitarme la tarea de mamar su coño, colocarse más cómoda o facilitar la visión de las cámaras. En uno de los ángulos vi cómo la chica de suplencia le mamaba la polla a uno de los cámaras muy agitadamente. Sin duda pretendía terminar rápido para que al muchacho se le pasase el calentón y se concentrase en su trabajo.

No me di cuenta de cuándo el perro estaba entre Lucrecia y yo, pero ella si. Con gran habilidad lo dominó y le obligó a olerla y a olerme, haciéndose con su confianza a base de caricias en su lomo. Me indicó que comenzase a acariciarle el pene que ya la adiestradora se había encargado de hacer aflorar, Sentí una maravillosa descarga por toda mi columna vertebral cuando tuve en mis manos aquel rojo apéndice. Comencé a pajearlo suavemente y nadie me tuvo que indicar pasar a otra fase porque pronto me lo introduje en la boca. Ahí la cosa se puso algo difícil porque los cámaras encontraban dificultades para enfocar mi trabajo. Lucrecia intervenía frecuentemente para sosegar mi frenética mamada y retirarme la boca lo suficiente para que las cámaras registrasen que efectivamente tenía el pene del can en mi boca y no estaba simulando. Fue ella quien decidió pasar a la penetración. Me levantó lentamente para no perturbar al perro y me puso a cuatro patas, no hizo falta colocar al animal, inmediatamente se colocó sobre mi, aferrado con sus enguantadas patas delanteras a mi cintura, e intentó excitadamente penetrarme. Lucrecia poco tuvo que hacer, salvo dirigir el pene a mi vagina evitando una entrada equivocada en mi ano y sujetándolo para que no llegase a entrar el bulbo. Se notaba la experiencia del chucho, creo que casi sabía como hacer para que las cámaras pudiesen ver bien la penetración. Yo estaba en la gloria. Por fin conseguía mi anhelada meta. Asombrosamente relajada me entregué al coito con la certeza de que era una perra sometida a su macho. Olvidé que era un ser humano. Dos orgasmos me llegaron antes de la gloriosa inundación de mis entrañas que me condujo al tercero y a la pérdida del conocimiento. Cuando me recuperé escuché una atronadora ovación, el descorchar de botellas de cava y el brindis por la perra más puta que habían filmado. Mientras me resbalaba el semen del perro por los muslos me encontré con una copa en la mano, rodeada de gente sobándome, y brindando por mi propio talento como perra salida y lúbrica. Todo el mundo me profetizaba un gran porvenir en la “carrera”, dando por sentado que me dedicaría a follar con perros profesionalmente. Debo reconocer que, en lo más íntimo de mi, mi mente batallaba contra mi cuerpo, oponiendo aquélla a éste los inconvenientes de tal proceder y deslizándose éste por el camino de la lujuria. Dejé esa batalla para otro instante sumiéndome en el placer que la chica de suplencia me proporcionó cuando en homenaje me limpió con su lengua el semen del perro que chorreaba por mis muslos y me rogó que la mease en la boca para recoger el resto que permanecía en el interior de mi caliente cavidad. Para mi propia sorpresa no dudé en hacer lo que me pedía ante un nuevo aplauso de los numerosos congregados.

Tras el fin de la fiesta, Lucrecia y la maquilladora me administraron una lavativa desinfectante en la vagina – No necesaria, pero conveniente, según ellas, ya que los perros estaban sanitariamente garantizados – y después de ducharme Lucrecia me llevó cerca de casa en su coche.

Aquella noche no pude dormir, excitada por lo acontecido. Me tuve que levantar varias veces a masturbarme recordando mi actuación. Curiosamente lo que más me excitaba no era recordar mis sensaciones cuando me entregué al perro, sino el hecho de hacerlo tan públicamente y el desparpajo con que descendí por la escalera hacia una aventura que me atemorizaba y ante tanto espectador. Decididamente me había topado con la seducción del exhibicionismo.

Al día siguiente, más calmada fui consciente del peligro que había corrido y de la imposibilidad de volver a hacerlo. De enterarse mi marido mi vida entera se descompondría. Di por sentado que aquello fue un acontecimiento extraordinario que jamás volvería a suceder.

Pero como dicen, la carne es débil. Días después me llamó Lucrecia para invitarme a ver el vídeo ya montado. La cinta constaba de tres episodios con argumento -en lo que cabe- protagonizados por otras mujeres, que me fueron calentando a tope. Al final venía mi actuación filmada en forma de presentación de nueva estrella, con todo el personal que presenció mi desvirgamiento zoo. Me puso al borde del paroxismo la escena de mi exposición en lo alto de la escalera y mi indecente descenso por la misma ante toda la masa de espectadores. Lo que más me calentaba era el hecho de mi voluminosa barriga. Cuando protagonicé la escabrosa escena era consciente de lo absurdo de querer parecer atractiva y sexi con semejante lastre, pero me di cuenta, viéndome desde fuera, que era algo brutalmente fascinante: Ver a una mujer preñada dispuesta a someterse voluntariamente al coito con un animal.

Por si fuera poco los subtítulos y la voz en off me presentaban como la ardiente mujer casada, madura, con dos hijos y de vida conservadora, dispuesta a renunciar a todo con tal de satisfacer sus más bajas pasiones carnales entregándose a extremas coyundas con animales de todo tipo.

No pude más y, ante Lucrecia y el operador del equipo de vídeo, me bajé las bragas y comencé una enérgica masturbación. Lucrecia se apresuró a cooperar desprendiéndome del resto de mi ropa mientras mamaba y amasaba mis tetas haciendo una seña al hombre. Poco después se incorporaba al grupo otro hombre joven y muy musculado que, según supe después era actor porno. Lucrecia maniobró para que el joven recien llegado tuviese su polla en mi coño antes de que pudiera darme cuenta. No me importó, lo necesitaba. A lo que me negué es a que el operador de video me metiese su apéndice en al boca. No porque no me apeteciese mamar una polla, sino porque me impedía ver las imágenes de la pantalla. La escena era: Yo con las manos apoyadas en la mesa consola del operador y el musculitos follándome desde detrás, Lucrecia bajo la mesa lamiendo mi clítoris y el chico despreciado por mi decidió consolarse amasando mis colgantes tetas y acariciando mi enorme barriga. Dos orgasmos me llegaron y la astuta Lucrecia, comprobando que yo no me apaciguaba aprovechó para hacerme avanzar en mi camino de perversión. Comenzó por acariciar e introducir poco a poco un dedo en mi ano, …. después noté como me lo lubricaba con algo viscoso, …. su dedo entró totalmente, ….. añadió otro dedo que también engullí totalmente. …. Con dos dedos dentro empezó a girarlos y estirar de mi esfínter. … El Chico operador de vídeo había relevado a Lucrecia en la tarea de lamer mi clítoris que además pellizcaba de cuando en cuando. La pantalla comenzó a mostrarme brindando por mi trabajo con el perro mientras su semen se me deslizaba por los muslos … Lucrecia ya tenía tres dedos manipulando mi esfínter anal …. La polla del musculitos seguía trabajando mi vagina … El chico de abajo, quizá cansada su lengua, estiraba mis labios exteriores como si fueran de goma … La pantalla muestra como la chica suplente me limpia el semen del perro con la lengua …. el chico de abajo deja mis labios y me estira dolorosamente del clítoris … la pantalla muestra mi meada en al boca de la chica suplente y …….

— Cariño, ¿Quieres que te desvirguen el culito?

— SI, POR LO QUE MÁS QUIERAS, SI. QUE ME ROMPAN EL CULO. QUE ME ROMPAN LA TRIPA. QUIERO QUE ME FOLLEN EL CU ….

Instantáneamente mis intestinos albergaron la polla de musculitos, quedé sin aliento momentáneamente, pero vi en la pantalla mi propia cara sudorosa, desencajada, reflejando lujuria. No me costó adquirir conciencia de que era yo y ahora. Cuando cambió el plano a una toma lateral en que se me veía enculada y viendo la pantalla, me percaté de que el chico operador estaba filmando con la cámara conectada al monitor …. un primerísimo plano de mi ano perforado … para comprobar la realidad llevo mi mano a mi culo y allí aparece, en pantalla … ¿cómo?, veo al chico de reojo lejos … es Lucrecia con otra cámara … mis dedos separan los labios exteriores …. veo perfectamente mi culo relleno mientras mi oscuro agujero frontal se muestra …. es demasiado …. otro orgasmo … dos minutos y otro …mi vagina comienza a soltar chorros blanquecinos … musculitos no puede más y se vacía en mi interior .. noto perfectamente su semen invadiéndome … otro orgasmo … musculitos saca su miembro con un sonoro ¡floopppss! Y yo protesto, poco, porque el chico operador cambia papeles con él. Ha dado tiempo para que parte del semen de musculitos se escapase de mi negro agujero y resbalase hacia mi otra gruta … observo obnubilada como se desliza ese líquido lechoso mezclándose con mi propia producción vaginal … de pronto un chorro …. Dios mío, me estoy meando … la cámara de musculitos muestra a Lucrecia bajo mi bañándose y bebiendo mi orina … otro orgasmo descomunal que me lleva a la inconsciencia.

Cuando despierto estoy encima de musculitos que me tiene ensartada la vagina. El chico operador, sobre mi espalda, me ocupa el culo. Lucrecia, ante mi se trabaja su enjoyado coño con la mano casi entera dentro. La escucho avisar ¡ya!. Los dos sementales comienzan a bombearme al unísono. Estoy siendo doblemente penetrada y viendo una follada de puño. Increíble … otro orgasmo … y ¿cuántos llevo? … mi criatura se va a salir de la tripa. El chico del culo se vacía y poco después se sale con el agradable sonido ¡floooppss!. No veo a Lucrecia. Cuando musculitos me inunda la vagina detecto donde está ella, me está meando el culo y el coño, mientras el chico suelta su carga. Nuevo y monumental orgasmo.

Lucrecia me contó que dormí durante dos horas, y hubiera seguido de no despertarme ella para llevarme a casa. Excusándome con mi marido y mis hijos por molestias del embarazo dormí hasta mediodía del siguiente. Aún así me levanté reventada de la cama.

CONTINÚA

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