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Mamá Z (Parte 2)

En esas condiciones físicas me sorprendió la llamada de Lucrecia para acudir a rodar varias escenas de una película que se había comenzado. Le dije que no estaba en condiciones, pero ella insistió y, ante mi radical negativa, me sugirió que leyese el contrato. Preocupada lo leí y, efectivamente, si no cumplía hasta el día del parto podían llevarme a juicio. Espanto me daba comparecer en un juicio por incumplir un contrato de actriz pornográfica. Me imaginaba a mi marido leyendo la primera citación.

Me presenté en la casona de rodajes, faltaría más, pensando que, como no conocía el guión, me volvería a mi casa con unos papeles para estudiar. De eso nada, me entregaron dos folios para que los leyese rápidamente con el consejo de que no me preocupase porque el diálogo era prácticamente inexistente y, además, se doblaba todo después. En caso de olvidar una frase solamente tenía que simular que hablaba.

Según deduje de mis dos folios mientras me maquillaban, mi papel era el de esposa en un matrimonio zoofílico que contrataba una criada que, entre otras tareas, debía atender las necesidades sexuales de los tres perros de la casa. Además, el matrimonio invitaba el fin de semana a una partida de amigos para organizar una orgía con los perros incluidos. Mi protagonismo estaba en las siguientes ocasiones: Al inicio de la cinta comienza la película con unos primeros planos míos siendo follada por un perro al que auxilia mi supuesto marido. Después el tal marido se coloca ante mi para que le mame la polla mientras el perro sigue jodiéndome. Pasado el desenlace de esa escena, en la siguiente, mi postizo marido y yo recibimos a la nueva criada, a la que, sin mediar mucho razonamiento, convencemos casi de inmediato de que se preste a probar la jodienda de nuestros perros para que compruebe si le complace el puesto de trabajo. Por supuesto le complace. Mi papel es el de ayudante de penetración – mamporrera, creo que se dice- y preparación masturbatoria del animal mientras la criada mama la polla del marido. Después yo limpio el esperma de perro con mi lengua y me lo trago en primer plano.

En otra escena, supuestamente a la mañana siguiente, soy follada analmente por otro perro distinto y la criada, que supuestamente viene a despertarme, ayuda a mis orgasmos comiéndome el coño mientras el chucho se ocupa de mi culo. Mientras sigo leyendo el “guión” advierto que la maquilladora me coloca un collar de cuero para perro donde se lee en letras doradas MAMÁ Z. Sigo leyendo y me va gustando más porque ya la cosa deriva en orgía, me calienta mucho ver que en las suguientes escenas intervienen más de veinte protagonistas humanos, eso está bien, me embriaga estar al tanto de que mucha gente ve como soy follada: Yo recibo orgullosa y alegremente a los invitados de la orgía toda desnuda salvo mi collar y aguantando con las manos mi barriga; Llegan una pareja y un hombre. Como supuestamente los demás se retrasan, decido entretenerlos con una exposición de mi fecundada masa que los calienta y acaban haciéndome una penetración doble los hombres mientras como el coño de la hembra. Llega el marido que se pone a joder a la mujer por el culo y así nos pillan el resto de invitados a quienes, por defecto del guión, nadie ha abierto la puerta. Todo el mundo se pone a follar con todo el mundo y el guión se reduce a decir que “lo que salga”, pero eso sí, acota que la “preñada” debe ser filmada follando con, al menos, dos perros y al menos, también, diez minutos. Añade: si es posible follada por la vagina y la boca por dos hombre y por el culo por un perro.

El rodaje supuso cuatro días de sesiones y no se ciñó mucho al guión, sobre todo porque el capullo del director no previó que alguien se encargase de impedir la introducción del bulbo en los agujeros. Cada actriz follada por perro se cuidó por si misma de hacerlo, pero en la escena de la orgía final, en pleno caos, una chica y yo quedamos atrapadas y el director hizo que nos aproximásemos para besarnos mientras los respectivos amantes caninos nos daban la espalda impasiblemente ligados a nuestros esfínteres anales. La muchacha y yo nos calentamos tanto que acabamos en un monumental 69, escena final de la película.

En ese rodaje creo haber contado 46 orgasmos en el total de los cuatro días, por lo menos 11 de media por sesión. Así no es de extrañar que creciese mi adicción al sexo extremo. Durante todo el tiempo no apareció Lucrecia. Eché en falta el sabor de los jugos de su coño.

Antes del parto rodé escenas de otra película para la sección “cazando preñadas”, donde me encontré por primera vez follando con cinco negros, y otra de zoofilia donde, por introducirme dos gruesas bolas chinas en la vagina mientras me sodomizaba un podenco, me oriné al orgasmar y el resto de los actores y actrices, contagiados, terminaron orinando en corro sobre mi, ya fuera en mi ansiosa y abierta boca, en mis grávidas tetas o en mi descomunal barriga.

Quizá por el ajetreo el parto se adelantó dos semanas. Menos mal que durante él mi marido no estuvo presente y no escuchó los comentarios del obstetra y la comadrona acerca de mis fogosas y extraordinariamente frecuentes prácticas sexuales que mi coño delataba para estar embarazada.

Volví a casa con mi bebita dispuesta a olvidar los aconteceres de los últimos meses y comportarme como dios manda. Mi beba se criaba sin problemas y me leche era extraordinariamente abundante. Todos los días debía extraerme parte de ella y tirarla.

Lo que simultáneamente temía y ansiaba se produjo. Poco después de cumplirse mi cuarentena por el parto recibí llamada de Lucrecia. En principio se interesaba de parte de la empresa sobre si había recibido en mi cuenta corriente los honorarios de mi contrato. Inmediatamente me dio un vuelco el corazón. Imbécil de mi, nunca había pensado en ello. Si mi marido examinaba los extractos de la cuenta se preguntaría por el origen de los ingresos. Por otro lado quería saber si estaba dispuesta a firmar un nuevo contrato mucho mejor remunerado, pero tenía que ser de inmediato porque se quería aprovechar la leche de mis tetas en las primeras películas. Le dije a Lucrecia que lo pensaría. Pero la excitación de mostrar mis ubres pletóricas y manando leche ya me obligó a masturbarme.

Mi primera tarea la día siguiente fue examinar todos los extractos de cuenta del banco y romper las hojas de los ingresos por mi actividad sexual: 25.000 euros.

Ingenua de mi jamás se me hubiera ocurrido ganar tanto dinero por el mero hecho de satisfacer mis depravaciones. Comencé a barruntar que quizá no era tan deshonroso ser actriz porno. Fui al banco, saqué todo mi dinero y me abrí una cuenta solo a mi nombre en otro diferente. Los siguientes días debería estar atenta a la llegada por correo de los extractos para romper el de las huellas de mi reintegro. Mi marido rara vez miraba las notificaciones bancarias, pero era un riesgo que, claro, no quería correr.

Llamé a Lucrecia para entrar en contacto con la empresa –me fiaba más de su intermediación- y aceptar la negociación de un nuevo contrato siempre y cuando me permitiese estar con mi bebita. Era demasiado pequeña para dejarla en una guardería. Concertamos otra entrevista con el conocido gerente. Esta vez mis honorarios eran cinco veces los anteriores y el contrato de similares características, con la inclusión de una cláusula por la que se explotaría en las películas la producción de leche de mis tetas y otra por la que los escenarios de rodaje se seleccionarían de acuerdo con mis obligaciones de madre lactante y mi niña siempre estaría atendida durante mis actuaciones.

Ni qué decir tiene que tras firmar el contrato me comunicaron que mi primera peli empezaba al día siguiente y mis primeras tomas serían en tres días. Tomé las medidas necesarias para dejar abastecidos de comida y merienda a mis hijos mayores con la excusa de que el pediatra me había aconsejado pasear a la bebita por el campo, y me dispuse a ser follada por quienquiera que fuese, que ganas tenía.

Durante dos meses mis carnes fueron objeto de todo tipo de atención. Gran cantidad de hombres, mujeres o perros me follaron por todos mis agujeros, en grupo o individualmente, con su propia “arma” o con una artificial, de mis pechos se sacó una cantidad de leche incalculable que se regó por bocas, pollas, tetas, coños, culos, jarras y vasos, tazas de café, e incluso me filmaron amamantando a cachorros, lechones y cabritillos. Al menos, parte de la leche que pródigamente dispensé, me fue devuelta en forma de esperma que hizo mi felicidad.

Mi caché crecía y otras empresas quisieron captarme, lo que obligó a la mía a subir sus honorarios. Mi cuenta bancaria, en esos dos meses alcanzaba la cifra de 150.000 euros.

En cada escena en que coincidía con Lucrecia, ésta me daba siempre el mismo consejo:

— Cariño, a quien quiera que te pregunte sobre este trabajo dile que estás casada, que tienes tres hijos y que lo haces con consentimiento de tu marido. No servirá de mucho cuando él se entere y plantee el divorcio, pero tus testigos sembrarán la duda en el juez.

Y llegó ese día que temía y deseaba al mismo tiempo. Pese a que mi marido pasaba de cualquier cosa relacionada con el sexo y por tanto no hubiera visto ninguna de mis películas, alguien le proporcionó una colección completa al mismo tiempo que un excelente abogado, un turno de juez severo y moralizador y la identificación y saldo de mi cuenta corriente. El juez no me permitió defenderme, no admitió mis testigos, me soltó una reprensión sobre mi lúbrica conducta bestial que me había conducido a desatender a mis hijos hasta a privar a la última de su natural alimentación y llegó a decirme que debiera reimplantarse la pena de muerte para personas como yo. Salí de la sala del juicio entre sonoros abucheos, divorciada, sin derecho a visitar a mis hijos jamás por nefando pecado y con todas mis pertenencias y dinero embargado como indemnización más otra cantidad adicional de 50.000 euros que debiera pagar con el 50% de lo que ganase en el futuro.

Así, como suele decirse me encontraba en la calle y desnuda. Lucrecia, que se encontraba en la sala de juicio por si el hombre citaba a mis testigos -no acudió ninguno más- me invitó a acogerme en su casa, cosa que agradecí inmensamente ya que ante mi mundo derrumbado no encontraba salida.

La casa de Lucrecia era un acogedor chalecito en las afueras de la ciudad guardado por dos perros que acudieron a recibirnos. A pesar de mi aflicción tomé nota de aquella presencia canina.

Dentro estaba su hija, una magnífica chiquilla de 16 años, de cuya existencia nunca me había hablado. Era mestiza como su madre, de piel bastante más oscura que ella, de cuerpo escultural y hermosísima de cara, digna de ser Miss Universo si no fuera por su aspecto punky. Llevaba el pelo corto y de colores, un piercieng en la nariz con una anilla tan gruesa y ancha que le llegaba casi al borde del labio superior, una gargantilla de acero con argolla y en los desnudos brazos, pulseras y ajorcas también de acero.

Sus exquisitas manos, de regordetes pero largos dedos terminados en deliciosas y cuidadas uñas perfectamente lacadas en esmalte rojo lucían cada una un solo y ancho anillo de plata en el pulgar, ambos iguales y con una pequeña argolla solidaria con ellos.

Sin empacho ninguno, cuando nos presentó su madre -Elena esta es mi hija Renata- me dio un beso en la boca introduciendo su lengua hasta mi garganta haciéndome descubrir otro piercing en su lengua.

Lucrecia fue a la cocina a preparar la cena y mientras tanto traté de conocer a Renata.

— Dime Renata. ¿Te gusta lo punki no?

— No.

— Y como es que llevas ese aspecto con tanto metal y piercing.

— Es la decoración que le gusta a mi hombre.

— ¡Ah!. Tienes ya novio.

— No es mi novio, es mi hombre.

— No entiendo … ¿estás ya casada?

— No. Es mi chulo. … Mi proxeneta.

— E… e… eres prostituta?

— Si.

— Pero si no tienes ni 18 años.

— Tengo 16, pero soy de la mejores putas.

— ¿Lo sabe tu madre?

— Pues claro. Ella también lo es, y tu no?

— Bueno, yo he hecho de actriz porno.

— ¿Y qué diferencia hay?. Yo también poso para revistas y videos porno de cuando en cuando.

Escandalizada como estaba sentí alivio cuando vino Lucrecia con la cena y pudimos cambiar de conversación. Pero poco duró mi tranquilidad; Al poco rato Renata, con cara desencajada dijo:

— Mamá, Zac no viene y no aguanto más. No puedo cenar. Espero en mi habitación, me encuentro mal.

— ¿Qué le pasa a tu hija Lucrecia?

— Nada, el muy cabrón de su hombre le puso ayer como castigo un cinturón de castidad con un tapón anal y tiene ganas de cagar desde esta mañana. Hasta que no venga él para liberarla no podrá desahogarse.

— Pppero.. ¿como permites eso?

— Es su hombre.

— Pero si ella es menor de edad y tu eres su madre.

— Ella decidió ser puta y tiene que asumir las consecuencias.

— Pero con 16 años no se tiene aún madurez para elegir algo así.

— En nuestro mundo si, pequeña burguesa bienpensante. Ahora qué se ha ido al garete el tuyo que piensas hacer. No sabes hacer nada para ganarte la vida, tendrás que ser puta, aunque de hecho ya lo eres desde hace meses.

— No es lo mismo, he sido actriz porno.

— Llámalo como quieras, tu has prestado tu cuerpo al sexo por dinero. Eso se llama prostitución. Se ejerza en privado o ante unas cámaras, con humanos o con perros. Me parece que lo tuyo y lo mío es de lo más extremo de la prostitución, si crees que la diferencia estriba en iniciarse en el oficio por necesidad de dinero o bien por depravación como es tu caso, estás equivocada.

Me quedé sin poder responder nada. El silencio era abrumador hasta que se oyó abrir y cerrar la puerta de la calle. Se presentaron en el salón un negro muy guapo y altísimo y una chica de unos 22 años, también muy guapa y alta, bien constituida.

No hubo tiempo para que Lucrecia me los presentase, Renata irrumpió en la sala y se lanzó a los brazos de negro colgándose de su cuello y aferrándose a su cintura con las piernas.

— Zac, Zac por dios, quítame esta cosa que no aguanto más, mi amor.

El tal Zac se la quitó de encima con pocas contemplaciones y le arreó una violenta bofetada mientras le reprochaba:

— ¿Así te he educado yo?, Pequeña zorra. ¿No ves que hay una invitada?. Un poco de respeto con ella.

— Perdona Zac, estoy desesperada, no aguanto más, voy a reventar. ¿quién es la invitada?

— Esta es Sonia, una chica eslava que he incorporado a mi hatajo de putas. La traigo para enseñarla qué le puede suceder si no se comporta como debe. Desnúdate para que lo vea.

Renata se desnudó ante la nueva puta sin ningún recato ni objeción.

La pobre criatura llevaba puesto un cinturón de castidad de látex del que por delante surgía un pequeño tubo que me imaginé era para evacuar la orina, y por detrás, cuando Zac se lo quitó mostrándolo a Sonia –y a mi que me había acercado muy interesada- , acogía un monstruoso tapón anal que había sido la tortura de Renata durante 36 horas.

El escultural cuerpo de Renata mostraba otras cosas. Su pubis, tan completamente depilado como el mío, mostraba un tatuaje que era el dibujo de un pene erecto sobre el que rezaba la leyenda “SOY PUTA”, sus gruesos pezones rodeados de unas extensas, abultadas y negras aréolas ostentaban unos gruesos aretes de titanio de los que colgaban, mediante unas cadenillas, unas pequeñas y pesadas bolitas. Sobre su pecho izquierdo lucía otro tatuaje representando el cuerno de la abundancia. Sus labios exteriores estaban cerrados por medio de un pesado candado de grueso calibre que estiraba monstruosamente hacia abajo sus delicados apéndices vaginales. Perforando el botoncito del clítoris lucía otro anillo tan descomunal como el de la nariz.

Cuando Zac la giró para que Sonia la examinase mientras advertía a esta que su decoración como zorra sería similar a lo que veía, tuve una amplia visión de su soberbio trasero, profanado con una leyenda marcada al rojo vivo que decía “ZAC” y toda su zona lumbar tatuada con una extensa cenefa muy artística. En el hombro izquierdo y en los muslos también presentaba pequeños tatuajes de atractivo colorido.

Pero a donde mi vista no tuvo más remedio que retornar fue a su agujero anal obscena y persistentemente abierto de forma grotesca por sus excedidas dimensiones.

Lo que estaba previendo pasó. La pobre chiquilla, con aquel enorme orificio descontrolado, se cagó.

Zac la tiró al suelo y, desprendiéndose de la correa de su pantalón comenzó a azotarla cruelmente sobre sus nalgas y espalda rezongando algo sobre su falta de respeto hacia él y la nueva compañera de trabajo. Cuando se calmó la envió al baño mientras Lucrecia limpiaba en silencio los excrementos de su hija.

Zac me preguntó:

— ¿Tu eres la zorra de buena familia capaz de dar de mamar tu leche a los cerdos antes que a tu bebita?

— No. Tenía leche suficiente para alimentar a mi hija. No soy tan desalmada.

— Pero salida eres un montón. Lucrecia me ha mostrado todos tus rodajes, incluso las escenas descartadas por excesivas.

— Si, soy una salida. Y qué?

— ¿No te gustaría trabajar para mi?. Te conseguiría clientes suficientes para calmar tu tórrido coño.

— Mi tórrido coño solo está ansioso de pollas de perro, como habrás podido comprobar. Y solamente por una enfermedad hormonal durante mi embarazo. No quiero saber nada de chulos maltratadores de mujeres como tu.

Cuando regresó Lucrecia me alegré, pese a haberla maldecido por enseñar mis vídeos a aquel canalla, ya que no me gustaba su conversación.

Pero el cabrón de él acudió a otra argucia.

— Sonia, empieza a ejercer para mi y chúpales el coño a estas señoras. Es gratis, pero no hagas nada gratis sin mi permiso. Por eso está castigada Renata, por dar su culo a un cliente que le gustó sin cobrar los debidos honorarios.

Lucrecia se desnudó de inmediato y la puta Sonia se arrodilló ante su coño. Yo no estaba dispuesta a seguir el juego a aquel canalla, aunque el stress del juicio me impulsaba a un buen desahogo.

Pero volvió Renata y la visión de los siguientes acontecimientos relajaron mi defensa ante el proxeneta. Tomó las manos de la esbelta chiquilla y, sacando unos pequeños mosquetones del bolsillo trabó los anillos de sus dedos pulgares a la argolla del clítoris. Después la colocó de rodillas ante él y, desnudándose y mostrando el rabo más largo y grueso que había visto jamás, lo introdujo en la boca de la niña sujetándola por la orejas mientras ella se veía impedida por la trabazón de sus manos a su clítoris.

Poco a poco iba introduciendo más y más su descomunal pene en la boca de la chiquilla sin que ésta se inmutase. Noté que seguían un ritmo acordado o ensayado porque la garganta de ella denotaba con una expansión cuándo el espléndido mango superaba la faringe para alojarse en el esófago.

El espectáculo de aquellos dos soberbios y perfectos cuerpos de ébano exteriorizando francamente la absoluta sumisión de ella, me cautivó por su morbo y no fui consciente de cuando abrí mis piernas, desplacé mi braga, me metí dos dedos en el coño con una mano y apreté fuertemente mi clítoris con la otra.

Zac desalojó su polla de la garganta de Renata y se dirigió hacia Lucrecia y Sonia, indicó a ésta que me auxiliase, volteó a la otra y la empaló por el culo sin la menor consideración. Aunque me irritaba la petulancia del proxeneta no tuve inconveniente en que mi coño recibiese la caricia de la boca de Sonia, máxime teniendo ante mis ojos la perspectiva de la interminable polla de aquel cabrón entrando y saliendo lentamente de entre las suculentas nalgas de Lucrecia a la que había aferrado de las cadenillas que llevaba enganchadas a sus anillos de los labios y clítoris.

Sin desalojar la polla de su agujero el mamón de él sujetó a Lucrecia de las tetas, la levantó y, con ella en vilo se vino ante mi para que no perdiese ni un solo detalle de la sodomización de mi madura amiga. La lengua de Sonia y la visión del taladrado culo de Lucrecia me condujeron a un orgasmo durante el cual, en mi ofuscado estado, supliqué a Zac el mismo tratamiento anal.

No tuvo inconveniente y me lo concedió ante la vagina de la pobre Renata que se estaba, hasta entonces, satisfaciendo por si misma con el poco margen de maniobra que le permitían sus obstaculizadas manos.

El enorme rabo de Zac dentro de mis intestinos me condujo al paraíso, el llenado que me procuraba me hacía sentir como cuando estaba encinta. Más cerca estuve del edén cuando sacó la polla y me la metió en el coño alcanzando hasta el último extremo de mi cavidad genital. No me extrañaba que, después de sentir aquella abundancia en su culo, Lucrecia se estuviera haciendo servir en el mismo orificio, de una follada con el puño por parte de Sonia.

Yo ya no era tan inexperta como para desmayarme durante los orgasmos extremos. Pero a punto estuve en el último implorando a Zac que me rellenase donde gustase con su semen.

El hijoputa de él me privó de su poción para volver a embutir su miembro en la garganta de Renata y vaciarse allí dentro. Tan profundamente que no hubo ni residuos para nadie más.

Satisfecho el jodido varón, ordenó a Sonia y Renata vestirse adecuadamente para ir a trabajar, retirando a ésta su candado del coño y sustituyéndolo por dos anillos del calibre de los otros que soportaba su majestuosa anatomía.

Antes de que comenzaran a vestirse les advirtió que estaban demasiado sudadas para trabajar y que era conveniente que se duchasen. Pero como tenía ganas de orinar, previamente las aprovecharía en ese sentido. Las dos se arrodillaron frente a él con la boca abierta. Yo fui un poco lenta de reflejos pero aún así conseguí una buena dosis de su dorado líquido.

—Bien, zorrona vocacional, me dijo, sabes como comportarte. Creí que serías más estrecha.

— Y ya sabes, zorra, -le dijo a Renata- ni un polvo gratis. Avísame cuando tengas el próximo período menstrual para acordar tu preñado por alguno de mis conocidos.

— Como ordenes Zac, respondió resignadamente Renata.

Aquello me dejó desconcertada y, cuando se marcharon, cada puta prendida de uno de sus brazos, pregunté a Lucrecia mis dilemas sobre aquel semental:

— Lucre, ¿Por qué Zac trata tan duramente a Renata?

— La quiere entrenar para que se especialice en el perfil sadomaso.

— Lucre, ¿Y si quiere un hijo de ella por qué no la preña él?. ¿Zac es esteril?

— … Nnno. Zac no es estéril….. esteeee … es .. jemmm…. Zac es su padre.

— … No , … me mientes, … Zac no tendrá … veamos … más allá de 25 años. Tu tienes ya 51, y Renata 16 … por tanto ….

— Bueno … cotilla … te diré …no sé como…. Yo tenía 45 años y tenía que montar un numerito ilegal para una pandilla de vejetes pedófilos. Me descuidé. No podía ni imaginar que aquel negrito de 11 años fuera capaz de explotar dentro de mi vagina y hacerme un bombo. De ese bombo salió mi preciosa Renata.

— No entiendo como puede tratar así a su propia hija.

— A ella le gusta y se siente feliz. Pero no sabe que es su padre. Si algún día lo sabe por ti te juro que te mato.

— No te creo. ¿Cómo va a ser feliz tratada de esa manera?

— Lo es y no quiero discutir las razones. Tu también amarás a Zac.

— ¿Yo?. Ni lo sueñes.

— Cariño. Zac es el propietario de la empresa que te ha contratado para tus películas zoo que te han dado tanto placer al mismo tiempo que controla una veintena de prostitutas de distintas razas y edades y con diferentes especializaciones sexuales. Tu contrato vence dentro de una semana. … No sé si debieras … ejemmm … ser más complaciente con él.

Aquella información, sumada al recuerdo de mis tripas y mi vagina rellenas por la desmedida polla de Zac hizo que mi estimación por el cambiase radicalmente.

EPÍLOGO:

Hoy en día, a mis 45 años, soy una más de las 25 felices prostitutas de Zac. Si recordáis como describí la decoración del cuerpo de Renata, os haréis idea de la del mío actualmente. Pero mi tatuaje del pubis es el de la cabeza de un perro y el grosor de mi aro del clítoris batiría el record Guinnes si se permitiese registrar tamaña obscenidad. Vivo con Lucrecia y Renata en su chalet, ahora vigilado por dos perros más. Casi siempre trabajo en equipo con ellas dos para grupos organizados de espectadores: Las tres solemos empezar con un número lésbico conjunto, después Lucrecia y yo nos encargamos del espectáculo con los animales y, por último Renata recibe las “caricias” de su madre o yo con una buena diversidad de instrumentos. Zac está sumamente satisfecho de los ingresos que le proporcionamos y regularmente nos obsequia con su adorable polla en alguno de nuestros orificios.

Las películas en las que intervenimos no están en el mercado. Son de circulación restringida, pero dan más beneficio que las otras. Zac tiene preñada por segunda vez a Renata y me ha dicho que cuando ella dé a luz, intentará que me preñen a mi. Le gustaron mis escenas de lactante y quiere extremarlas con guiones mejor elaborados, aparte de explotarme con una serie de clientes que pagarán expresamente por alimentarse de mis pechos. Sé por Lucrecia, que es su confidente, que anda intentando localizar a mis hijos para que me follen en una peli mostrando la partida de nacimiento y mi documento de identidad. Eso me pone a cien. Espero que lo consiga.

FIN

Comentarios a jorpujolaa@hotmail.com

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