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Lolita sin prejuicios sociales

Hola a todos mis amigos! Este fin de semana terminé pronto mi tarea y me dio tiempo de escribir algunos de los relatos que me han contado mis amigas en los últimos días. Este es el caso de Rebeca a quien todos le dicen Beki. Espero que les guste y se pongan cachondos al leerlo 😉

“Hola me llamo Rebeca pero todos me dicen Beki; vivo sola con mis papás porque mi hermano mayor se fue a estudiar a una Universidad en Estados Unidos. Como mi papá es dueño de unas fábricas vivimos bastante bien y tenemos una gran casa con un jardín enorme y muy bonito. El encargado de cuidarlo se llama Ricardo, un chavo de 20 años que está bastante bien de cuerpo. Una de las chicas del servicio de la casa me contó que él vive en un barrio bajo y que sólo había terminado la preparatoria pues su verdadera vocación es la música, por lo que en su tiempo libre está tratando de formar un grupo de rock metalero, sueño que lucha por alcanzar ganando dinero con el oficio que su padre le enseñó.

A mi papá nunca le ha gustado Ricardo, en parte por los tatuajes que tiene debajo de los hombros y que a mí la neta me parece que se le ven súper chidos junto con esos brazotes fuertes y morenos por el sol. Mi papá siempre dice que Ricardo es un perdedor, un pobre diablo sin futuro, un músico mediocre. “No sabe hacer nada, sólo sabe cortar el césped”, dice papá, pero lo conserva en la casa porque la verdad es el único que ha tenido el jardín muy bien cuidado y bonito y por que no le cobra muy caro. Yo siempre he sido muy distinta de papá y aunque apenas tengo 14 años siempre he pensado que hay que comprender a la gente, y que no hay que despreciar a nadie, por muy humilde que sea, y que todo el mundo tiene algo especial y que hay que ayudar a la gente que tiene menos que nosotros los ricos. El único problema que tenía siempre, es que no sabía como ayudar a Ricardo.

Un día que estaba tomando el sol al lado de la alberca de nuestra casa, oí como mi papá le estaba echando bronca a Ricardo otra vez por haber llegado demasiado tarde a realizar su trabajo. Ricardo le decía que no era su culpa ya que en el camino se ponchó una llanta de su coche. Mi papá no hacía caso de las excusas de Ricardo y diciendo maldiciones se metió en la casa dejando a Ricardo ahí parado, quien luego de unos instantes se fue también en dirección contraria. Como me sentía mal por él y un poco culpable por la actitud grosera de mi papá, me fui a buscarlo para darle algún consuelo y me lo encontré en el garage donde estaba a punto de ponerse el uniforme para iniciar su trabajo en el jardín. Sólo traía puestas unas botas militares y un calzoncillo muy ajustado, que le marcaba un bulto tan grande que mis ojos se quedaron clavados ahí, para luego mirarle el resto del cuerpo que la neta es bastante musculoso.

El garage olía a gasolina, aceite y sudor de hombre; me quedé paralizada…! El me sonrió al verme y, bastante nerviosa pero más curiosa aún, me acerqué para decirle que yo no era como mi papá, que yo creía en que debemos ayudar a la gente y que si podía ayudarlo o disculparme de alguna manera por las palabras de mi padre lo haría encantada. La última frase se la dije con mi más inocentona actitud, con las manos cruzadas por detrás sobre mis pompis, y con la misma mirada que uso cuando quiero sacarle algo a mi papá. Luego de esto mis ojos se fueron a mirarle el bulto que el jardinero tenía entre las piernas, oculto por aquella tela blanca. Ricardo colgó el uniforme en su gancho y se puso a mirarme. Yo traía mis sandalias playeras de color verde brillante, un bikini del mismo color, y el pelo recogido atrás con una colita de caballo sostenido con un listón amarillo. Luego de unos instantes y con una sonrisita de malvado, me dijo que sí podía hacer algo por él; me dijo:

– Quiero mis huevos y mi verga bien lamidos, porque está haciendo mucho calor y el sudor me los pega bajo el calzón.

– O sea, ¿¿¿cómo???

Sus palabrotas así de golpe me sacaron de onda y me asustaron un poco pero no lo suficiente como para irme de ahí, sólo di un paso atrás quizá por instinto. Luego de decir eso se sacó los calzones; su pene enorme y medio parado apuntaba a mis rodillas, sus huevos peludos y grandes parecían de animal.

– ¿No me digas que eres tan “fresita” que nunca le habías visto la verga a un hombre? Las niñas de mi barrio, incluso más chicas que tú, saben hacer muy bien lo que te estoy pidiendo. Además se ve que te gusta mi tranca, ¿o no?

La verdad nunca le había visto la cosa a un hombre y la de él se veía tan bien, toda grande y gorda, llena de venas y con una cabeza roja que subía y bajaba mientras le iba creciendo, como una víbora, hipnotizándome, sin poder dejar de mirarlo y sin poder decir palabra, temblando como estaba. En eso se estiró para descolgar otra vez su uniforme y lo dejó caer justo frente a sus pies. Me tomó de la mano despacio y me acercó más a él; yo me dejé guiar sumisa. Ya muy cerca de él comenzó a acariciarme los senos por encima del bikini, despacio pero firmemente, luego bajo una mano y me hizo lo mismo sobre mi cosita, también sobre el bikini. ¡Qué cosa más rica! ¡Nunca me habían tocado así! Sus caricias me habían acabado de prender y sentía un calorcito correr por mi cuerpo empezando en mi conejito. Entonces lo empecé a acariciar yo; los brazos fuertes y sus tatuajes de águilas de los hombros, su pecho fuerte y su estómago duro. Al llegar ahí volví a mirar su cosa que ya estaba muy grande y palpitando de arriba abajo, como llamándome. El tomo mi mano y la puso directamente ahí. ¡Ah, que sensación! Su vara estaba muy caliente y rígida pero de una suavidad que no me esperaba, y los pelos de la base muy abundantes y parados. La cosa ya me estaba gustando mucho.

Así estaba cuando con su mano en mi hombro me indicó que debía arrodillarme. Ya sabía lo que quería. Me puso la mano detrás de la cabeza y empujó hasta que tuve la verga justo en frente de mi cara, amenazándome, apuntándome, señalándome como su próximo objetivo. Volví a acariciarla con las dos manos, sin olvidar esos huevos, esos huevos peludos que debían estar tan pesados por todo el semen que tenían adentro, esperando, deseando ser liberado. Entonces lo hice, cerré los ojos y comencé a lamerlo, de arriba abajo, atrapando esa gran cabeza entre mis labios hambrientos y deseosos de proporcionarle placer, de ser complacientes. Luego vino la primer mamada, despacio pero decidida, saboreando ese cañón de carne caliente, enroscando mi lengua al glande mientras me la introducía un poco más adentro cada vez, acostumbrando mi boca a ese nuevo manjar. Abrí a medias los ojos para observar su reacción, él resoplaba pausada pero fuertemente mientras su mirada se perdía en el deleite que mi rostro reflejaba. Ahí estaba yo, una niña inexperta y flacucha poniendo su mejor empeño para hacerlo todo bien. En ese momento me detuvo de la cola de caballo impidiéndome seguir con mi labor mamatoria, empezando él a introducir su pitote lentamente, porque nunca me habían hecho semejante cosa pero todo me estaba saliendo muy bien.

– ¡Las niñas mimadas saben mamar muy bien si se lo proponen!

Le devolví sus palabras con una sonrisa, desdibujada por ese pedazo de macho que me follaba la boca, alimentándome, mientras las mejillas me ardían por la excitación. Poco a poco me la fue metiendo cada vez más adentro hasta que tuve sus huevos en mi barbilla y los pelos de su base haciéndome cosquillas en la nariz, llenándome la cara con ese olor de hombre trabajador que ahora tanto me gusta. Luego que pasaron unos minutos maravillosos, Ricardo sacó de golpe la verga de mi boquita y, pujando con fuerza, me lanzó un collar de semen fresco en el cuello, mojando también mi pecho con una leche tan abundante que escurría entre mis tetitas, al tiempo que yo se la apretaba para sacarle todo el líquido posible.

Ricardo, todo cansado, se recargó en la pared tratando de recuperar el aliento mientras yo me entretenía mirando esa maravilla sobre mi pecho, esos mocos blancos de hombre, y saboreándome la esencia de macho que me había quedado en la boca.

– Bueno niña, vete ya y dile tu “papi” que yo también puedo consentir a su princesita.

Me reí con él y salí del garage para meterme en la alberca y borrar las huellas de mi travesura. Ricardo tuvo fuerza suficiente para terminar su trabajo e irse, y toda esa tarde y noche me la pasé muy contenta con lo que había hecho. Desde ese día Ricardo me “introdujo” en un mundo completamente nuevo para mí y por eso cada vez que mi papá habla mal de Ricardo o de la gente pobre, le digo que no tiene ni idea de lo que es capaz la gente cuando se le da una oportunidad. El me respondía: “¿Y tú que sabes si solo eres una mocosa?” y le respondía: “Pues sí fíjate, soy una mocosa y en más de un sentido, pero yo también puedo hacer muchas cosas cuando me dan una oportunidad.” A lo que él siempre se queda pensando qué quiero decir. ¡Si él supiera!”

Wooow, que chida la experiencia de Beki ¿no creen? Ella prometió seguirme contando lo que el jardinero le ha enseñado así que pronto lo compartiré con ustedes 😉

Cuídense mucho y reciban mis besitos mojaditos 😉

Susy. susyteen@yahoo.com

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