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Amigos para siempre

¿Cómo había llegado yo aquí? Estaba tumbada en la cama, abrazada a él. ¿Cómo había podido suceder? Traté de recordar lo ocurrido…

Habíamos quedado para arreglar unos asuntos pendientes que estuvieron a punto de costarnos la amistad. Él estaba guapísimo, con su chaqueta de cuero, impecablemente vestido de negro y su perilla pelirroja. Al principio me daba miedo acercarme, pero no podía resistirlo, en el fondo estaba aún pillada por él, aún después de lo ocurrido.

Se acercó con paso firme y me dio dos besos, como siempre. Yo prefería no abrazarle, como él solía hacer, pero no pude resistirme cuando sus brazos me rodearon por completo, me dejé llevar y le abracé con fuerza.

Cuando nos separamos me dio un besito en la frente y me levantó la cara para mirarme a los ojos. Me dejé caer de nuevo en sus brazos y me eché a llorar por haber pensado tan mal de él (creía que estaba con otra piba, pero no era así). Me cogió con fuerza y me dejó llorar, hubiera jurado que él también lloró, pero no puedo asegurarlo…

Cuando me hube calmado (o nos hubimos calmado) nos separamos y fuimos hasta un bar a tomar un café. Hablamos de todo lo que teníamos que hablar y arreglamos nuestra amistad, aunque mi corazón se quedó muy tocado…

Terminamos nuestros cafés y salimos a caminar; eso era algo que nos gustaba hacer a los dos. Comenzamos el paseo separados, pero al rato nos cogimos de la mano, como muchas otras veces… Pasamos un rato sentados en un banco, descansando, después de callejear 2 horas por las calles de Madrid. Nos acercamos el uno al otro y pasaste tu brazo sobre mi hombro. Yo apoyé la cabeza en tu pecho y, como pude, te abracé. Me diste un beso en la frente y en la cabeza, que yo te devolví en el pecho y en la mejilla. Me abrazaste fuertemente y apoyaste tu cabeza sobre la mía.Nos levantamos y continuamos caminando, cogidos de la mano. Me paré a mirar un escaparate de cómics y tú me rodeaste, por detrás, con tus brazos. Me diste besitos en el cuello, la mandíbula, la oreja, la mejilla y por último nos besamos en los labios, para dejar que nuestras lenguas jugaran dentro de nuestras bocas…Me di la vuelta y te abracé mientras me agarrabas por la cintura y por la nuca, haciendo que mi cabello se erizara… La mano de mi cintura bajó un poco hasta mi culo y la de la nuca se introdujo bajo mi camiseta, sin dejar de besarnos.

Yo acariciaba su espalda bajo su chaqueta con una mano, mientras que con la otra le acariciaba el pecho, primero sobre la camisa, después por dentro de esta. Tenía un pecho velludo, algo que me daba mucho morbo, me encanta acariciar esos ricitos que se forman, me estaba volviendo loca…
Cuando nos separamos del largo beso, observamos como nuestras manos habían estado pensando por su cuenta. Yo pensé que habíamos hecho mal volviendo a enrollarnos, me asusté, tenía ganas de echarme a llorar, pero tú comenzaste a reír y me miraste con sorpresa, aquella situación te había dejado perplejo, pero en el fondo sabías que tarde o temprano volvería a ocurrir… Yo, al principio asustada, me comencé a relajar y le encontré la gracia a aquella situación y nos reímos los dos. Me volvió a besar y me dijo:- Mi casa no está lejos…

– ¿Y tus padres?
– No están…
– Vamos entonces…

Nos besamos rápidamente y fuimos a toda velocidad hasta su casa. Subimos; no había nadie. Pasamos a su cuarto, allí se quitó la chaqueta, yo hice lo mismo; me quedé sentada en un sofá que había, mientras él iba a la cocina a buscar unas cocas. Se sentó al otro lado del sofá (cada uno estábamos en una esquina), pero se notaba el calor que emanaba de nuestras entrañas…

Puso su brazo sobre el respaldo del sofá y lo acercó hasta mí, con su mano comenzó a acariciarme la cara. Yo me acerqué un poco y puse la mano en su rodilla. Entonces se acercó más él, rodeándome un poco más con su brazo y haciendo que mi mano subiera hasta casi su ingle. Me abrazó fuertemente y me besó, mientras su otra mano subía por mis muslos. Yo le rozaba el paquete con la punta de los dedos, notando como aquello se animaba. La mano que subía por mi muslo hizo una breve parada en mi entrepierna mientras ascendía hasta mi cinturón y de ahí a introducirse bajo mi camiseta.

Yo acerqué más la mano y comencé a acariciarle el paquete. No parábamos de besarnos, estábamos poseídos y nuestras manos tenían voluntad propia.

Con mi otra mano comencé a desabrocharle la camisa, para dejar al descubierto a aquel hombre “de pelo en pecho” y comencé a acariciárselo, arriba y abajo, desde la nuez hasta el ombligo. Mientras que la mano que me había introducido bajo la camiseta hacía lo propio con mis pechos. Nos estábamos volviendo locos…Decidí entonces abrir la jaula del “pajarito” (más bien “águila imperial”) y alcanzando su cinturón se lo desabroché, desabroché el botón del pantalón y bajé la “opresora” cremallera (soy de esas que abren lentamente el papel de envolver regalos para no romperlo…).Él, al notar lo que yo hacía, me abrazó más fuertemente y comenzó a darme pequeños lametones, en los labios, la mejilla, el cuello, los hombros… (como podía, claro) y otra vez de vuelta para seguir besándonos y pasar al otro lado.
Como podía comencé a acariciarle bajo los vaqueros (muy ajustados, por cierto) que no me permitían mucho movimiento. Mientras con la otra le seguía acariciando el pecho y el abdomen, pero finalmente le metí las dos manos dentro del pantalón.No dejábamos de besarnos aunque a ambos nos faltara ya el aliento.. Entonces él, dejando mis pechos (que ya estaban duros y erizados), bajó a mi pantalón y lo desabrochó; con gran maestría introdujo su mano, no sólo dentro del pantalón, sino que fue más allá, introduciéndola dentro de mis braguitas; yo ya estaba mojadita y sus caricias no hicieron más que humedecerme aún más. Yo ya estaba en las nubes; se dedicaba por completo a mi “botoncito” sin aventurarse a introducir ningún dedo, pues él sabía que era virgen…

Yo me iba envalentonando por momentos y saqué a su “amiguito” de su prisión de tela y comencé a acariciárselo. Allí estaba, alzándose desafiante hacia mi, por unos instantes me quedé embobada mirándoselo, me dejó impresionada; nunca había visto uno al natural.Él que se había quedado mirándome, me sonrió con dulzura. Nos quedamos los dos quietos, mirándonos el uno al otro, como buscando una explicación a lo que estaba ocurriendo, un camino para volver atrás, pero ya no lo había, sólo podíamos seguir adelante y esperar que aquello no trajera mayores repercusiones. Le besé, en busca de aprobación y la encontré cuando nuestras lenguas volvieron a jugar entre ellas.Entonces él sacó su mano y separó las mías de su “amiguito”, me ayudó a levantarme lo justo para tumbarme en la cama. Se colocó sobre mí, rodeándome con sus piernas; estaba atrapada, pero aquello me gustaba muchísimo. Seguimos besándonos mientras le quitaba la camisa y él me quitaba mi camiseta.Comencé a lamerle el pecho, los pectorales, las tetillas, la clavícula…, aquello le debía encantar, porque se puso más y más excitado, si cabe.
Nos quitamos mutuamente los pantalones y la ropa interior, por suerte mis botas hacía ya un buen rato que habían caído, igual que sus zapatos.

Nos quedamos finalmente desnudos. Él se tumbó a mi lado y mientras nos besábamos nos acariciábamos mutuamente cada centímetro de piel. Me abrazó, así como estábamos, y noté como su “pequeñín” se acomodaba “inocentemente” entre mis muslos. Aquella postura tan forzada, la excitación de ambos y el roce continuo me llevaron al primero de mis orgasmos, por poco se corre él también en aquel momento. Mi corazón estaba a mil por hora y notaba como allí abajo todo me palpitaba fuertemente.Se separaron nuestros labios (pero para algo todavía mejor), me dio un leve golpecito en la nariz y me dijo que cerrara los ojos y abriera las piernas. Yo no le entendí, pensé que iba a acabar con la fiesta más rápido de lo que había empezado, pero se me debió notar en la cara y me dijo que cuando estuviese preparada para ir más allá de las “caricias” le avisara.Ahí fue el momento en el que perdí el control, me tumbé boca arriba y cerré los ojos, comenzó a lamerme por todo el cuerpo; el cuello, los pechos, la tripa, el ombligo…, hasta que llegó a mi clítoris. DIOS, aquello fue demasiado para mi cuerpo. Nunca había hecho el amor con ningún chico, y para ser la primera vez estaba resultando más revelador de lo que creía. Desde el momento en el que posó sus labios en los “míos” una especie de descarga eléctrica recorrió por completo mi cuerpo. Oleadas de placer llegaron desde mi vagina hasta mi cerebro. Durante los escasos 5-10 minutos que duró aquello debí correrme, por lo menos, dos o tres veces más. Se empezaba a hacer insoportable (no por la falta de placer, que más bien era todo lo contrario, sino porque necesitaba algo más contundente que me llenara).Abrí los ojos y le cogí la cara y aunque me resultaba algo escatológico me agaché y le besé en la boca (en el fondo aquello no sabía tan mal, y al fin y al cabo, era mío). Con una mirada se lo dije todo. Paró de besarme y se estiró a coger un preservativo (no era plan que me quedara en nuestra primera noche). Se lo colocó y me hizo tumbarme de nuevo en la cama. Abrí todo lo que pude mis piernas y se colocó en el centro. Colocó la punta de su glande en la entrada de mi “gruta” y poco a poco la fue metiendo hasta que encontró a la “resistencia”. Me miró a los ojos

-Sigo o prefieres parar ahora que todavía estamos a tiempo. Aún hay vuelta atrás.
-¿Darías tú marcha atrás en este punto?
-No.
-Entonces bésame y hazme mujer.

Había oído que la primera vez dolía bastante (y muchas chicas se quedaban un poco traumatizadas después de la primera vez), y no es que no me doliera, que me dolió, pero lo hizo de manera tan dulce y amorosa que no sabría distinguir qué era dolor y qué placer. Comenzó a darle, primero despacio, luego deprisa, luego despacio, yo no paraba de jadear y de “aullar”, él por su parte no se quedaba corto tampoco. Si no llega a ser porque no parábamos de besarnos hubiéramos montado una buena escandalera entre los dos.De pronto, como si me hubieran conectado un electrodo y hubieran ido subiendo la electricidad una oleada de orgasmos comenzó a venirme con fuerza, mucho más que los anteriores. Nos besábamos salvajemente y él incrementaba cada vez más la velocidad de sus embestidas hasta que en un apagado grito nos venimos los dos. Aquello fue lo más…

Todavía le quedaban fuerzas como para darme un par de embestidas más (y provocarme otro orgasmo) antes de tener que sacar su pene (si se hubiera quedado más hubiéramos tenido que sacar el condón y aquello como que no era muy romántico). Se levantó y lo tiró a la basura. Algunas gotas de sangre habían caído sobre la sábana (¡ups!, tendría que arreglar eso antes de que su madre cambiara las sábanas). Entonces se tumbó a mi lado, nos abrazamos y nos quedamos dormidos.

A eso de las 10 de la noche nos despertamos, me besó y nos quedamos tumbados, recordando lo que habíamos tenido aquella tarde.

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