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Viaje alucinante

¡Quieres hacer el favor de levantarte de una puñetera vez!, es la voz de mi madre, son las siete y media de la mañana. Hace casi tres años que tengo preparado este viaje y aunque me caigo de sueño, tengo que levantar mi deplorable anatomía y ponerme en marcha. En el cajón de la mesilla tengo un abono “Interrail”. Casi todos mis ahorros se fueron en esta forma de viajar, con la que te puedes mover por todo el mundo casi sin límites. El viaje lo programamos, en principio, cinco amigos y yo mismo, pero poco a poco algunos se fueron descolgando.A las nueve y cuarenta y cinco de la mañana, jueves, la estación del Norte de Madrid presenta una increíble actividad, esto parece un hervidero de gentes; razas, colores, idiomas e ideologías se cruzan, pasean y/o esperan como yo. Por el contraluz de la puerta de taquillas veo entrar a José, el otro superviviente de este proyecto. Faltan escasamente treinta minutos para que salga nuestro tren. Nos llevará hasta Alicante donde lo primero que haremos será algo que, desde hace tiempo, tenemos verdaderos deseos de realizar, una jilipollez: bañarnos con pantalón tejano de noche en la playa de Postiguet.

Ocupamos el departamento dieciséis, asientos dos y cuatro del vagón número quince de segunda. El departamento está vacío, promete ser un viaje cómodo y tranquilo. El tren ha comenzado a moverse y de momento nadie ocupa ninguno de los asientos contiguos. Una vez acomodados tratamos de conocer el entorno que nos rodea, no en vano tenemos por delante al menos cuatro horas y media de traqueteo continuo, hay que hacer que el viaje sea lo más divertido posible. José dice haber visto por el pasillo, en dirección al vagón cafetería, un grupito de chicas. En vano recorremos zigzagueando el interminable pasillo hasta llegar al vagón-correo y vuelta, no encontramos ni rastro de grupitos de apetecibles chicas, sin embargo, hemos sido testigos de todo el tipismo que desplaza la Red Nacional de Ferrocarriles Españoles. Nuestra traqueteante excursión acaba por fin en el dichoso vagón-cafetería. Dos cervezas hemos sacado en claro de nuestra aventura para acompañar las mínimas viandas que, después de algunas horas en nuestras mochilas, precisan de líquido elemento para poder trasegarlas sin el peligro que conlleva la deglución en seco. La poca actividad masticadora y el mucho sueño nos lleva a caer rendidos en un sopor que, acunado por el tac-tac de las uniones entre vías, deja nuestros cuerpos vencidos en los brazos de Morfeo.

A través de la ventanilla, entre luces de sueño, puedo leer Villacañas en uno de los indicadores de estación, el tren parte y me dejo vencer por el dulce letargo. José duerme plácidamente tumbado en todo lo largo del asiento. No he conseguido volver a quedarme dormido cuando unos suaves murmullos me despiertan del todo, ¡no puede ser!, dos encantadoras nenas han entrado en nuestro departamento y se están acomodando; puede parecer un tópico pero, una es morena y la otra rubia, como en el sainete de Arniches. Alta la primera y un poco más bajita la otra, pero cualquiera de las dos son de aquellas mujeres que están que “crujen”. Sorprendentemente me saludan de manera cariñosa, se presentan como Silvia y Ana y me estampan un sonoro ósculo en la mejilla. No acierto a reaccionar. Con disimulo trato de despertar a José, —si estas tías se van, nunca se creerá lo ocurrido— pensé, le zarandeo por el brazo y jurando en arameo despierta, intento por todos los medios que se comporte pero no tengo que hacer demasiados esfuerzos, supongo que la visión de aquellas jovencitas le ha espabilado de golpe. También van a Alicante, que casualidad. El viaje para nosotros comienza a tomar tintes de interesante.Cuando nuestro tren cruza la estación manchega de Campo de Criptana ya conocemos a estas chicas como si nos hubiéramos criado con ellas desde la infancia, incluso Ana nos llega a comentar que aún es virgen y que ha decidido perder ese estado en este viaje. Como es evidente, este comentario nos pone alerta y comienza entre nosotros una carrera por conseguir cual de los dos será el responsable de su nueva y próxima condición. Comienzan a tratarnos como amigos de aquellos a los que se les cuentan cosas, las más íntimas, pero con la seguridad de no correr peligro alguno, espero que no piensen que somos homosexuales.Durante el trayecto, pasada la estación de La Roda, ya en la provincia de Albacete, con la excusa del calor, que es bastante sofocante, Silvia comienza a desnudarse, pretende cambiarse con una ropa más ligera y, con toda naturalidad queda ante nuestros ojos tan solo con un pequeño pantalón. En este momento, apoyado por un leve codazo de complicidad de mi amigo me levanto y me dirijo al pasillo; Ana hace rato que ha abandonado el compartimento para ir al baño y cuando salgo la encuentro en el pasillo, —no he podido entrar aún en el water, está ocupado y hay cola— me dice, trato de explicarle que lo que hasta ahora piensan de nosotros es un malentendido, José y yo somos grandes amigos pero entre nosotros no hay nada más, no somos maricones.

—Es un alivio, no me apetecía compartir viaje con dos maricas, es más, es muy frustrante decidirse a perder la virginidad y que los dos primeros tíos apetecibles que te encuentras sean dos locas.Mientras charlábamos el baño ha quedado libre, Ana por fin puede dar rienda suelta a sus necesidades fisiológicas. Voy tras ella, también a mí me vendrá bien hacer una suelta de aguas menores. Con el paso del tren por una curva nos hemos zarandeado de tal manera que he tenido que sujetar a Ana para que no caiga al suelo. Noto en su tono de voz al darme las gracias, un ápice de ternura, pero lo que más me sorprende es que me invite a entrar con ella al water, la excusa, si otra curva la sorprendiera a ella sola en ese pequeño lugar, —estoy segura que con lo patosa que soy caería al suelo—, es todo lo que ha tenido que decir para convencerme.Este lugar es tan pequeño que es imposible no encontrarse con otro cuerpo que está tan cerca, por tanto las maniobras más sencillas, se convierten en algo difícil de ejecutar teniendo en cuenta el espacio, la velocidad y sobre todo los bandazos a los que está sometido todo aquél que ocupa un tren en marcha. Cuando Ana comienza a bajarse el pantalón tejano, lo primero que me encuentro es un precioso culo que, vestido con una mínima braguita trata de apoyarse sobre mi pierna, -yo me sujeto en el lavabo y tu intenta bajarme lo que queda, no me aguanto más- me dice moviendo no demasiado a propósito aquél culete delicioso. Cuando bajo esa prenda puedo distinguir la línea morena del bañador; si algo me pone furiosamente cachondo es la diferencia de color en esa línea de la piel en esa parte del cuerpo de una mujer, y claro, Ana sentada ya en el retrete tiene delante de sus narices, y nunca mejor dicho, el bulto más grande que jamás se hubiera dibujado en entrepierna de pantalón alguno sobre vehículo de motor a más de ciento cincuenta kilómetros por hora y en espacio tan reducido.La virgen se levanta y tengo que hacerle sitio, pero no consigo no rozarle su piel desnuda con la dureza de mi deseo, para ella como es lógico no ha pasado desapercibido. Ahora soy yo el que necesita evacuar, al sacar mi polla de su funda de algodón 100×100, mear se ha convertido en una misión casi imposible. Ana observa con curiosidad y descaro, mi polla es algo duro, sólido y sobre todo inflexible. Mi amiga virgen quiere estar a la altura de las circunstancias y tomándola con la mano y, no sin esfuerzo doblándola hacia abajo la emboca en dirección a la taza, imposible. Esta chica está más “puesta” de lo que yo podía imaginar, sin mediar palabra se ha metido todo el miembro en la boca y está practicando una mamada de las de Libro Guinnes, naturalmente no estoy acostumbrado este tipo de delicias y me corro en un santiamén. No ha dejado caer ni una sola gota. Sonríe cuando ve aparecer las primeras gotas de orina caer en el acerado fondo del water. —No soy de piedra y necesito que hagas conmigo lo que yo he hecho contigo—, y dicho esto, comienza de nuevo a bajarse las bragas y abriendo exageradamente las piernas me dice, —por favor—, señalando con el dedo índice su coño y poniendo carita de nena buena necesitada de mimo; en este momento suena el inconfundible “toc-toc” de nudillos en la puerta y acercándose a mi oreja dice: —me debes una, ahora vámonos—.No creo necesario explicar la cara que se me ha puesto al salir del baño y ver, a dos tipos con pinta de ejecutivo, con las rodillas apretadas y cara de estar hasta los güevos de esperar. A José no debe haberle ido mal, está en el departamento sentado frente a Silvia, me mira con gesto de satisfacción que le ahorra todas las explicaciones. Probablemente en mi cara no exprese más que estupefacción, aún no consigo salir de mi asombro con lo ocurrido momentos antes con Ana. En mi cabeza martillean sus últimas palabras antes de salir del mingitorio, -me debes una-, ahora, lo que me gustaría saber es cuando voy a poder pagarle tan gustosa deuda. Nunca he creído demasiado en la telepatía, pero estoy seguro que en este momento se ha dado ese efecto, Ana les está diciendo a Silvia y José que, como nosotros les hemos dejado por un rato solos en el compartimento, ellos hagan lo mismo por nosotros ahora, la expresión de la cara de Silvia es algo inenarrable, entre pícara y cómplice, descarada, no sé, el caso es que se ha levantado y tomando de la mano a mi amigo, tirando de él, han abandonado como por ensalmo el departamento.

Solo, me he quedado solo con Ana entre estas cuatro paredes y no sé que decir, parece que ella tampoco, esto no me ayuda demasiado, necesitaría que tomara la iniciativa. La parada del tren en Albacete me dará el tiempo que necesito para planear mi estrategia, supongo que será larga, tengo que pensar en la iniciativa a tomar en caso de que no sea ella quien la tome. Algunos minutos de charla sin importancia acerca de la ciudad donde estamos detenidos y el tren que comienza nuevamente su marcha. Parece que no le hace falta nadie para animarla, justo cuando hemos comenzado a movernos, Ana ha empezado con palabras melosas a recordarme lo que tenía planteado para este viaje, además a vuelto a repetirme que le debo una. Una sonrisa por mi parte y un intento de disculpa por mi reacción. No he podido continuar, ha callado mis palabras con sus labios, se ha retirado de mí, se ha sacado el pantalón y las bragas a la vez, se ha sentado frente a mí y abierta de piernas ha repetido el gesto señalador del dedo índice. Imposible resistirse a tan generosa invitación; de rodillas frente a ella lo primero que recibo en mi pituitaria es un delicioso y casi infantil olor a pis, pero lo mejor está aún por llegar. Cuando apoyo mi lengua sobre esa cálida abertura vertical flanqueada por un mínimo vello color azabache brillante comienzo a notar como una vibración, un latido que con los movimientos de mi lengua me contesta enviando pequeñas secreciones salobres que saboreo con agrado. Una y otra vez penetro con mi lengua buscando aún más cantidad de esos humores que tanto alimentan mi lívido, mi partenaire parece no poner reparo alguno a ninguno de mis movimientos, incluso creo que esta disfrutando tanto o más que yo de esta comida, – no hay nada más agradable que dar de comer a un buen “gourmet” y verle disfrutar-, la he oído decir entre suspiros, pero no voy a parar ahora para contestarla, por tanto lo sigo haciendo de la mejor forma para los dos: paseando despacio la lengua de arriba a abajo por toda la longitud de su pequeña y cándida gruta. Soy consciente del tiempo que ha pasado, pero al ver aparecer por aquí a nuestros amigos, me hago una idea de todo el que ha sido. Han venido a anunciarnos que estamos entrando en la estación de Almansa y el peligro de que nuevos viajeros suban y nos encuentren en aquella posición que envidiarían pero, que nos pondría en una difícil situación.Almansa poco a poco está quedando atrás, nadie a intentado entrar en nuestro particular tálamo. Todo sigue aún en el aire, Ana con ganas de perder la virginidad, Silvia caliente nuevamente desde la visión de la última escena, José y yo, lo llevamos escrito en la mirada. Así las cosas, esta vez soy yo involuntariamente quien provoca el comienzo de nuestra bacanal privada; puesto en pie delante de la ventana, Silvia rompe en carcajadas al comprobar la indiscutible mancha en mi pantalón junto al bolsillo. La pregunta acerca de lo que ha podido producirla y mi respuesta son el detonante del comienzo de algo que nunca más en mi vida podrá volver a repetirse, baste decir que antes de llegar a Villena, primera población antes de Alicante, Ana a podido ver cumplido su deseo perdiendo la virginidad a manos, no exactamente fueron sus manos, de mi amigo. Fue que después del incidente de la mancha, Silvia ha querido comprobar que es lo que la produce y, ni corta ni perezosa bajándome la cremallera del pantalón ha sacado mi picha, la ha puesto en su boca hasta comprobar que tenía las dimensiones necesarias. Si la mamada de Ana era de Libro Guinnes, la de Silvia es de Oscar a la mejor interpretación femenina, aún que me cuesta un tanto concentrarme para calificarla por culpa de los aullidos de José que tiene a la del Guinnes justo en el centro gravitatorio de su bragueta, allí donde unos suaves toques femeninos hacen que algo fláccido y morcillón tome la dureza del músculo atlético que todas y todos desean. Silvia me pide que le baje el mini pantalón y puedo comprobar que no hay más, solo el mini pantalón. Puesta de espaldas, apoyadas sus manos en el asiento de enfrente a mí, su culo desafiándome y su voz: – lo único que te pido es que seas leal, por favor quiero seguir siendo virgen de ahí-. Como todavía tengo un buen sabor de boca, voy a seguir tomando un poco más del mismo bocado.

El coño de Silvia aunque menos pueril es más atractivo con su vello rubio y casi amarillo, incluso su color es más rosadito que el de Ana, pero el sabor aunque diferente nada tiene que envidiarle. Empieza a ponerse nerviosa, la lengua no parece lo suficientemente dura para lo que necesita. Me siento y la hago sentar a horcajadas sobre mi polla, poco a poco la voy penetrando, puedo notar como la abraza con su vagina con movimientos convulsivos, en ningún momento se separa de mí, mis huevos están pegados en todo momento a su perinéo, es curioso que sin utilizar los movimientos habituales es capaz de llegar al orgasmo una y otra vez, esta consiguiendo correrse innumerables veces con solo ese movimiento convulsivo y de seguir así va a conseguir lo mismo conmigo: es la primera vez en mi vida que eyaculo con este tipo de movimientos, no he necesitado moverme.Ana debe estar disfrutando verdaderamente con mi amigo, solo se le oye gemir, de cuando en cuando le pide un poco de cuidado para enseguida dejarle hacer y abandonarse, no en vano José es aún más experto que yo, está teniendo la suerte de follar con una virgen, lo que más le gusta.

Creo que ninguno de los cuatro va a aguantar más, por nuestros gestos y quejidos estamos tan cerca del éxtasis como de Alicante y, ahora casi al unísono los cuatro estamos disfrutando de lo que desde el momento de nuestro encuentro, todos deseábamos. Silvia, como ella misma dice, tendrá algo divertido que contar en el camping, Ana ha conseguido su propósito para este viaje, dejar de ser virgen. Mi amigo y yo continuaremos viaje allá donde nos lleve el “Interrail” pero no sin antes bañarnos a la luz de la luna de Alicante, en la playa del Postiguet, en pantalón vaquero.Tiene gracia, me da cierta lastima abandonar nuestro compartimento. Un último vistazo para ver si algo se olvida. El gran letrero de Alicante en la estación, tras la ventana y, sobre los asientos del departamento dos manchas, una blanca y otra roja. Un viaje alucinante.

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