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Desvirgando a mi lolita

Hola, yo soy Javier, tengo 54 años, y voy a contarles algo que es demasiado bueno como para callármelo. Hace ocho meses conocí a una madre soltera que se llama Diana. Está pasada de peso, pero tiene unas tremendas chiches y un culazo capaz de soportar las salvajes embestidas a que a veces la someto. Además, es joven, tiene 35 años. Lo mejor de todo, es que tiene una hijita de 14, y esa niña sí esta buenísima. Se llama Ingrid. Desde que la conocí, supe que me la iba a coger, que ella iba a ser mi lolita.

Hace dos meses Diana y yo acordamos vivir juntos. Una tarde, regresé temprano del trabajo y Diana no llegaría sino hasta mucho más tarde e Ingrid estaba viendo tele en el primer piso, así que yo decidí subir al cuarto de mi lolita para husmear entre sus cosas y oler sus calzoncitos, pero me pegué una tremenda sorpresa cuando en la gaveta de su ropa interior encontré un condón. Me enojé mucho, y pegué un grito lleno de rabia para llamarla. Ella subió muy obediente y asustada. Como nunca tuvo un padre, se porta muy sumisa con cualquier hombre mayor. Le dije que se parara en el centro de su habitación, y yo me senté en la silla que está frente a su escritorio. “¿Sabes qué es esto?” pregunté, y no hubo respuesta. “¿Para qué putas tienes esto guardado en tu cuarto?”. De nuevo, no dijo nada, y bajó los ojos al suelo. Le dije: “Ingrid, mi amor, yo me siento como tu papá, y por eso es que me preocupo por ti, estaba registrando tu cuarto porque me preocupo por ti, y ya ves lo que encuentro. Si se entera tu mamá, con lo religiosa que es, te saca de la casa y te manda a un internado.” “No, por favor, Javier, no se lo digas a mamá, tú no eres mi papá y esto no es asunto tuyo”, me contestó. Entonces empecé a gritarle, y le dije que sí era mi deber, y que iba a decírselo todo a su mamá si no hacía lo que yo le dijera, además, le ordené que me dijera papá al final de cada frase, o le iba a pegar una nalgueada cada vez que no lo dijera. Ella volvió a adoptar una actitud sumisa. Le dije que se quitara la blusa y la falda del uniforme de colegio que llevaba. Al principio no quiso, pero luego le grité muy fuerte, y le dije que le diría a su madre lo del preservativo, así que lentamente obedeció, con mucho pudor. Cuando quedó en ropa interior, le pregunté si pensaba usar ese condón para que se la cogiera algún mocoso del colegio, y ella dijo “No.” “Se dice No, papá”, grité, y le ordené que se pusiera en cuatro, en el suelo, me levanté de la silla en que estaba sentado, y le pegué dos nalgadas durísimas, que le sacaron las lágrimas. Luego le ordené que se volviera a parar, lo que hizo con dificultad, y le pregunté si ya no era virgen, me dijo que todavía era, pero no dijo papá, así que la volví a nalguear duro. A este punto yo ya estaba estallando de caliente, y la nalgueaba para que ella también se calentara, y para que aceptara mejor la idea de que yo estaba al mando y que ese condón iba a ser usado para que yo la desvirgara. Le ordené entonces que se quitara el corpiño y el calzoncito, que estaba algo mojadito, pero no le dije que se quitara ni las largas medias blancas que llevaba puestas (así me gusta más). El blanco de las medias contrastaba con el rojo de sus nalgas hinchadas por los golpes y de su cara hinchada por el llanto. Ante el temor de una nueva golpiza, obedeció mientras su carita se llenaba de lágrimas. La tuve así, de pie y desnuda, frente a mí, como unos cinco minutos, sin decir nada. Sólo la contemplé. Pensé que sería un desperdicio dejar ese cuerpecito para ser estrenado por un mocoso sin experiencia. Le dije que yo tenía un método para probar si ella era virgen o no, y que se lo iba a practicar. “Si eres virgen, no le digo nada a tu mamá sobre esto, pero si no lo eres, se lo digo todo, ¿entiendes?” “Sí”, dijo ella. “Sí, papá”, grité mientras la ponía otra vez en cuatro para pegarle una buena nalgueada. Le ordené que se pusiera en cuatro sobre la cama, y como no lo hizo, la levanté y la tiré allá yo mismo. Luego me lubriqué el dedo con saliva y con él acaricié la pusita de mi nena, que tan sólo tenía unos pocos pelos y olía delicioso. Ella trató de impedirlo, pero la detuve y volví a pegarle unas nalgadas, con lo que se quedó quieta, pero lloriqueando mucho. Estaba muy excitado, así que no me di cuenta de cuándo le metí dos dedos en su vaginita, que ya estaba sacando bastante jugo. Lentamente, el lloriqueo cesó, y comenzaron los gemidos. Le ordené me pusiera el condón. Cuando ella se volteó a ver mi verga por primera vez, se quedó más asombrada que asustada. Ya sabía muy bien lo que le iba a pasar, y aceptó su destino como toda una mujer. Me puso torpemente el condón con sus dos manitas temblorosas. Luego agachó la cabeza y se quedó en cuatro, con el culito bien levantado, esperando su estreno. Me costó que entrara. Sangró mucho. Lloró mucho. Cuando ya su pusita recién desvirgada se habia acostumbrado a mi pija de macho, le pregunté “¿Te gusta, mija?” “Sí, papá”, “ay, sí me gusta”. Ya no lloraba, ahora sólo gemía de placer, tan recio que me inquietó que tal vez lo vecinos oyeran algo. Cuando ella ya había acabado dos o tres veces, saqué la pija de su pusa, le ordené que me quitara el condón, lo que hizo diligentemente, y se la metí entre la boca. No sabía mamarla, así que mejor la saqué y se la volví a meter en la pusa, ésta vez sin condón, mientras le masajeaba violentamente sus chichitas y la veía retorcerse de placer, gozando por primera vez del sexo… conmigo. “¿Eres mi niña puta, verdad?” Sí, papá, sí, sí, sí, aaaaay, aaaaaaay” No pude aguantarme más y le acabé adentro. Cuando sintió mi leche, ella pegó un grito que casi me deja sordo. Cuando ya todo había pasado me asusté, le dije que de esto ni una palabra a su mamá, que sería nuestro secreto, y que si volvía yo a encontrar algo así en su cuarto, lo iba a hacer de nuevo. Eso fue hace una semana. Espero no haberla embarazado. A la próxima, mejor le desvirgo el culito, vamos a ver qué tal me va con eso.

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