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Cuento de navidad

Todo comenzó en la Navidad de 1999, cuando yo tenía 15 años de edad y cursaba el último año de secundaria. Un día antes del 24 de diciembre, mi mamá nos llevó a mis dos hermanas y a mí a un conocido centro comercial de la Ciudad de México para un complicado recorrido cuyo objetivo era realizar una compra de regalos de última hora. Como es de suponerse, el centro comercial estaba a reventar. Miles de personas empujándose y sacando las tarjetas de crédito sin ton ni son ante empleados a punto de sufrir ataques de histeria.
No podía faltar el árbol navideño gigante con el señor disfrazado de Santa Clós montado en un trineo de cartón y rodeado de renos mal hechos. Mi mamá, ante la atónita mirada de nosotras, sus fastidiadas hijas, nos espetó: “¿Por qué no se toman una foto?”. Antes de poder reclamar, ya estábamos formadas y mi hermana de 10 años a punto de sentarse en las piernas del tal Santa.
Yo llevaba puesto un ajustado pantalón de mezclilla azul y una blusa rosa. Siempre he sido nalgoncita, afortunada herencia de mi madre, pero de pechos pequeños. En ese entonces apenas si se notaban un par de pezones discretísimos.
“¿Cómo te llamas, pequeña?”, preguntó Santa Clós al tiempo que me acomodaba en su pierna izquierda. Pues me llamo………
La voz se me cortó cuando sentí su mano acariciando mis nalgas. Dirigí la mirada hacia donde se encontraban mi madre y mis hermanas, las tres platicando muy quitadas de la pena, y Santa mientras tanto apretándome el trasero.
A esas alturas ya había tenido cierta experiencia con el sexo, pues me había dejado manosear por varios compañeritos, y yo, incluso, les había tocado el pene, por lo que no me asusté, pero la situación no dejó de turbarme.
“Pídeme lo que quieras princesita”, continuó Santa, “entre las piernas tengo un regalito que te haría enloquecer”. Me levanté presurosa, aunque Santa todavía alcanzó a ponerme el dedo en el culo.
Corrí al baño de una de las tiendas. Me bajé el pantalón y comprobé que tenía la pantaleta empapada. A partir de ahí empecé a tener cualquier cantidad de fantasías con esa figura regordeta que hace feliz a los niños cada Navidad.
En mis sueños húmedos, conforme fui creciendo, me veía violada por Santa Clós, o tomada por detrás cuando me ocupaba en abrir los regalos, o chupándole la pinga mientras soltaba su tradicional carcajada, o al gordito metiéndome un enorme vibrador encima de su trineo, o mamándome la panocha acomodada sobre uno de sus renos. Llegué a comprarme unos calzoncitos rojos con el dibujo de Santa justo en el pubis, para luego mansturbarme como loca en mi habitación tras la cena navideña.
A los 18 años ocurrió el mejor de todos mis sueños. Era una noche fría. A tal grado que llevaba puesto un mameluco color rosa y un ridículo gorro azul. Con tal vestimenta me veía infantil. Escuché que llamaban a mi ventana, y ahí estaba, esplendoroso, Santa Clós, con su mullida barba blanca, su enorme vientre y sus mejillas sonrosadas. Emocionada, abrí la ventana y lo dejé pasar.
Santa, ni tardo ni perezoso, abrió la bragueta de su pantalón y me mostró su miembro, decorado con un moño rojo. “Disfruta tu regalo, pequeña”, me dijo.
Gustosa, le mamé el pito con toda calma, disfrutando de su cabecita, de la suavidad de sus testículos, de la dureza del tronco. Santa se acomodó en el sillón, me acariciaba el cabello con ternura, me contaba historias sucias.
Cuando le saqué el semen, me lo tragué todo, sabía a ensalada de Noche Buena. No dejé una sola gota en su verga. Luego me acomodé sobre su panza y me quedé dormida. Al despertar, Santa otra vez tenía el miembro en plena erección.
Sin dudarlo ni un momento, me puse de nalgas para él. Me desabotonó el mameluco, hizo a un lado mi calzón y me penetró con suavidad, con movimientos suaves y delicados. De vez en cuando se detenía y dejaba que su pene se hiciera pequeñito para mi mayor gusto, porque enseguida volvía a moverse dentro de mí y yo sentía cómo crecía nuevamente en el interior de mi vagina. Gemí como bebé. Media hora después terminó, pero no dentro de mí, sino que me sacó el miembro y eyaculó en mi cara.
Santa salió por la ventana y se marchó dirigiéndome una gran sonrisa. Desde entonces lo espero con ansia cada Noche Buena.

sexyfabiola8@hotmail.com

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