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Asistenta

Mi nombre es Roberto y desde hace 4 meses vivo en una casa a las afueras de mi ciudad. La verdad es que he de confesar que me tocó la lotería y ahora puedo vivir con todo tipo de lujos. Además de la casa me compré los mejores muebles y todo tipo de artilugios que quizás algún día use. Otro de los placeres que he tenido el gusto de permitirme es el de contratar una sirvienta para que limpie la casa. Para elegir la mejor puse el correspondiente anuncio y se presentaron una decena de chicas. Unas tenían más experiencia, otras menos, pero cuando la vi a ella supe a quien iba a contratar. Tenía 18 añitos recién cumplidos, cuerpo atlético, melena castaño claro, ojos grandes de color verdoso, unos labios gruesos y rojizos, a su edad ya era toda una mujercita, con unos pechitos bastante grandes y firmes y un trasero también muy rico. Ese mismo día le dije que trabajaría para mí y muy efusivamente me lo agradeció. (Supongo que no estaba pasando por una buena época). Durante la primera semana ella llegaba temprano, se iba al atardecer y realmente dejaba la casa perfecta. Incluso algunos días insistió en cocinar. Le había pedido que para trabajar se pusiera un vestidito parecido al que llevan las chicas de la limpieza en las películas (la faldita gris con el delantal) ella no puso objeción así que los dos contentos. Sin que ella lo supiera coloqué algunas cámaras en la casa para poder verla cuando yo me iba, no porque no me fiara sino por el placer de observarla. Cuando vi las cintas me sorprendió tanto que usara mi mueble bar como que se pusiera a ver la televisión y se masturbara cuando salía algún hombre atractivo. Al principio me sorprendió pero poco a poco empecé a pensar como podía aprovecharme de la situación. Al día siguiente después de aclarar unos asuntos volví a casa y la encontré que ya estaba terminando. Mientras ella seguía sin mirarme me acerqué a ella por detrás y sin hacer ruido la abracé suavemente. Ella dio un salto.
– ¿Qué hace?
– Saludarte, ¿tienes algún problema?
– No… (era muy tímida) pero…
– Pero nada que se que me bacías el mueblebar
– Lo siento señor, no volverá a ocurrir
– Y también se lo que haces mientras miras el televisor
Ella no sabía que decir, yo aún la tenía agarrada y noté que sus fuerzas flaqueaban.
– Lo siento, señor
– No lo sientas, pero tendrás que compensar tu actitud
– Usted dirá, señor, le haré lo que usted quiera, pero no me eche
– Tranquila que no te echaré, me gusta mucho como trabajas
– Gracias señor, qué quiere que haga entonces
– Hay una cosa que aún no has limpiado desde que trabajas aquí
– Usted dirá, señor
Le di un giro y mientras ella me miraba entre sollozos me desabroché el pantalón. Me lo quité e hice lo mismo con los calzoncillos. Ella aún lloraba por dentro y ya no se preocupaba por su trabajo, ahora estaba nerviosa por mi actitud. A pesar de esto se arrodilló y agarró mi palo con una mano mientras con la otra se apoyaba, empezó a acariciarme y a masajear mi verja. Cuando ya estaba bien dura y gruesa se la puse delante de la cara y ella, después de mirarme con cara de sumisa, se la metió en la boca y empezó a lamer, primero la punta, luego se comía un buen trozo y después ya entraba y salía hasta el fondo. Lo hacía muy bien, se notaba tanto lo ricos que eran sus labios como las ganas que tenía. Entonces ya no lo hacía como castigo o por creerse una esclava sino como mujer, como joven con ganas de una buena verja. Cada vez sus movimientos eran más violentos, más rápidos. Justo antes de correrme le dije que no quería ver ni una sola gota y así lo hizo, se tragó toda la leche, incluso cuando terminó de tragar repasó mi palo para que quedase bien limpio. Ella seguía lamiendo pero yo necesitaba un descanso así que la levanté.
– Hoy te quedarás toda la noche conmigo
– Encantada señor
Terminé de desnudarme, pues aún llevaba la camiseta y luego empecé a desvestirla a ella. Cuando me desice del uniforme comprové que llevaba puesto un finísimo conjunto de lencería que no se cómo pudo pagar ya que a pesar del buen sueldo que le daba parecía bastante caro. Entonces empecé a agarrarle los pechos y el trasero y mientras lo hacía la besaba y me besaba, nos besábamos con hambruna. Finalment terminé de desnudarla y mis ojos vivían un sueño, unos pechos más grandes de lo que había imaginado, perfectamente puestos y unas curvas de infarto, era muy delgadita pero a su culito no le faltaba de nada. Después de estar allí de pie durante un buen rato y cuando noté que ya podía aguantar otro asalto le dije de ir al dormitorio. Mientras íbamos hacía la habitación comprobé que sus andares eran de lo más sensuales, su trasero iba de un lado al otro mientras su cadera parecía romperse, antes de llegar a la cama no pude más y volví a agarrarla por detrás y le agarré los pechos con fuerza, empecé a besarle el cuello y ella, sin girarse, me abrazó por el cuello. Fuimos así asta llegar a la cama, donde dejé que se subiera encima de mí y empezara con la mayor cabalgada que me han hecho jamás. Parecía poseída, incluso me dolía de la violencia y esto me calentaba muchísimo. Estaba disfrutando mucho pero aún me faltaba disfrutar del mayor placer, de su culito. Hice que se pusiera a cuatro patas y la penetré por detrás mientras mis manos agarraban sus glúteos. Ella gritaba, estábamos los dos sudando y yo ya no podía más, finalmente me corrí otra vez, con menor cantidad pero con mayor placer que antes. Mi leche se deslizaba por su culito cuando la giré y nos seguimos besando.
La noche no terminó aquí y desde ese día la casa no está tan limpia pero ella vive conmigo y disfruto de su sexo todos los días.

Las chicas que quieran conocer más experiencias con mi asistenta y compartir sus vivencias que me escriba a
roberto_robo@hotmail.com
Me gusta conocer chicas cariñosas así que ya saben, chicas, aquí me tienen para lo que deseen.

Besos, Roberto

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