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El punto de pase

Hola, mi nombre es Vanessa y tengo 19 años.

Soy hija única. Mi madre falleció cuando tenía 8 años y desde entonces ha sido mi padre quien se ha encargado de mi. Supongo que para un hombre resulta incómodo criar sólo a un hijo, sobretodo, cuando es del sexo contrario. Explicar la menstruación, enseñar a utilizar las toallas sanitarias o comprar el primer sostén crean situaciones bastante embarazosas (aunque cómicas); pero esas mismas situaciones crearon un lazo de confianza mutuo.

Comprenderán que por la mis razón, mi padre solía ser muy discreto y reservado para los temas sexuales; razón por la cual, creo, me inscribió en un cole sólo para señoritas que es dirigido por monjas. Como ya se habrán imaginado, el tema de la sexualidad era tabú y crecí con una idea muy vaga de lo que era el sexo.

No me malinterpreten. Me habían explicado cómo se hacen los bebés y todo ese rollo, pero en general, el concepto del placer me era desconocido.

Tenía 15 años cuando inicié el último año de secundaria (en el mismo cole) y fue en esa misma fecha cuando conocí a Rebeca. Venía de la capital del país, sus padres eran divorciados y su madre la abandonó, junto con su hermano, al lado del padre para irse a Estados Unidos. Solía ser muy rebelde, las faldas del uniforme solía llevarlas muy cortas y usaba calcetines al tobillo, lo que hacía que sus piernas se vieran muy provocativas. Ejerció una admiración tal en mí, que pronto me hice su amiga. Me enseñó a fumar (ella solía robar los puros de su padre), a beber; con ella aprendí a maquillarme y vi mi primer peli porno.

Por esa época la relación con mi padre se había deteriorado un poco, pues me dí cuenta que salía con una mujer y me resultaba difícil aceptarlo. Así, comencé a faltar a clases, pues Rebe y yo nos íbamos a los parques o a la casa de ella o a la mía en donde nos sentíamos libres e importantes.

Como consecuencia, mi promedio académico comenzó a bajar de manera preocupante. La directora del cole mandó llamar a mi papá y al enterarse éste de todas mis faltas amenazó con enviarme al internado. El internado se situaba en un pueblo, lejísimos de cualquier cosa que se pueda considerar civilizada. La idea me aterró y comencé a estudiar para no reprobar; también dejé de faltar al cole, situación que agrió un poco mi relación con Rebeca, pues se sintió relegada.

Al final del curso, conseguí aprobar todas las asignaturas, con la excepción de matemáticas, me faltaba un punto para obtener el pase en dicha materia.

El profe de mate era un tipo más bien raro, extraño. A lo largo del año había escuchado muchísimas historias sobre él. Se decía que hacía que las chicas bonitas reprobaran para luego llevárselas a su casa en donde luego pedía a cambio del punto de pase, ciertos favores sexuales; una chica contaba que el tipo no vivía sólo, sino con su madre y que tenía relaciones con ella.

El maestro era un hombre que medía a duras penas 1.60, gordo y calvo, de unos ojos verde profundo que impresionaban, sobretodo porque los lentes eran de gran aumento; en su rostro se podía apreciar las cicatrices del acné de cuando fue adolescente; remataba su figura el hecho de que la punta de sus zapatos solía estar doblada hacia arriba, pues contaban algunas chicas que no tenía los dedos de los pies por una malformación.

Siempre se contó que el puesto lo había obtenido por ser el amante de la madre superiora, pero no había ninguna chica que realmente conociera la verdad.

Así pues, tuve que buscarlo para pedirle que me diera la oportunidad de obtener el punto de pase con algún trabajo extra, o me aplicara un nuevo examen. Se negó rotundamente. Insistí nuevamente, le rogué. Nada. Hasta que le dije que estaba dispuesta a cualquier cosa por ese punto extra.

Claro que cuando yo dije a cualquier cosa no me refería a lo sexual. El profe me miró de arriba abajo con un brillo en la mirada (el mismo que me había lanzado todo el curso cuando comencé a usar las faldas cortas y me veía las piernas) y luego dijo:

-Entienda que debió estudiar más y que lo que le ocurra es una consecuencia de sus actos, a mí no me importa si la mandan o no al internado.

Así que estaba enterado de lo del internado. Volví a decirle que me ayudara. Esta vez aceptó. Me dio la dirección de su departamento y me pidió que estuviera puntual, que además, asistiera con el uniforme del cole y llevara mi libreta de mate. Y, por supuesto, que no le dijera a nadie.

Más confundida que contenta, regresé a casa para prepararme. Supuse que me haría un examen por lo que repasé fórmulas y conceptos de todo lo que habíamos visto. Cundo faltaban dos horas para la cita, me metí a bañar, deseaba estar fresca para el examen.

El profe vivía en unos departamentos bastante agradables. El suyo estaba en el cuarto piso y tenía una vista maravillosa de la ciudad. Cuando toqué la puerta me abrió él, haciéndome la indicación de que no hiciera mucho ruido y pasara. El recibidor estaba lleno de muebles antiguos y muchísimos libros, al final se notaba un corredor por el que nos introdujimos. Observé que había cuatro puertas. La del final del pasillo era la del baño, pude notarlo pues estaba abierta. Una más estaba cerrada. Y otra que estaba entreabierta me permitió ver a una mujer en silla de ruedas, de espaldas a mi, que observaba en la TV una película antigua. El profe le dijo a la mujer que iba a trabajar en el estudio, por si algo se le ofrecía. La mujer volteó asintiendo con la mirada y luego me observó.

– Ven – me dijo.

Y abrió la puerta del estudio que resultó ser una copia de un salón de clases. Había nueve pupitres y frene a ellos un escritorio y tras éste un pizarrón. Incluso el color de las paredes era el mismo que el de la escuela.

-Siéntate ahí – me ordenó y señaló un pupitre frente al escritorio. Seguí la indicación.

– Quiero que sepa que lo que vamos a resolver aquí es su calificación, – me decía mientras me miraba las piernas – y que lo que haga es bajo su propia voluntad, no la voy a obligar y en cuanto desee retirarse lo puede hacer. Pero si no termina el deber asignado, perderá su punto de pase ¿entiende?

Asentí con la cabeza y comencé a sentirme incómoda y temerosa.

– Bien, saque su libreta, va a escribir 300 veces “Debo estudiar más y ser más aplicada en la clase de matemáticas”.

Pensé que tal vez bromeaba, pero su rostro era serio. De inmediato comencé la redacción y entonces me dijo:

-Cruce las piernas, y súbase un poco la falda.

Me espanté, pero al ver su rostro severo y autoritario y recordar el internado lo hice.

– Muy bien – Dijo sonriendo sin quitar la mirada de mis piernas y mi panty, que, creí, se me podía ver un poco. Cuando llevaba las primeras cincuenta veces noté que con su mano se frotaba por encima del pantalón y observé un bulto que crecía por debajo de éste.

Luego de notar que lo veía me dijo:

– Quítese el sostén y démelo… – estirando la mano para tomarlo.

Tuve miedo. Aun me faltaban doscientas veces y no sabía de qué sería capaz el tipo. Miré hacia la puerta con ganas de irme y él sonrió y me recordó que si yo quería, podía irme.

Desabroché mi blusa y le entregué el sostén. – Abróchese – me dijo, y mientras lo hacía, noté cómo tomaba mi sostén y comenzaba a olerlo y mientras lo hacía, comenzaba suspirar; olía sobretodo, la parte que tiene los arcos y comenzó a sobarse nuevamente.

Era obvio que al ser mi blusa blanca, mis pezones se traslucieran y por el frío de los nervios se endurecieron lo que provocó que se notaran aún más.

Cuando llegué a las ciento cincuenta veces me pidió que me quitara las pantys y se las diera. En ese momento ya no dudé. Me las quité y se las dí; ya faltaba menos, me dije y me podré ir. Al acercarme al escritorio para entregarle mi prenda, él abrió un cajón en donde pude ver un montón de tangas y bras de varias formas y colores; allí, arrojó mi sostén y comenzó a oler mi panty por el área del puente (ahí donde se colocan las toallas).

Pensé que era una lástima que perdiera ese juego de ropa interior pues me había costado caro y además eran mis primeras prendas de encajes. La tanga era de por sí cortita y muy coqueta, lo mismo que el bra; pero ya el profe no sólo la olía, la chupaba y con la otra mano había sacado su miembro y se estaba masturbando.

Fue entonces que me pidió que levantara la falda y abriera las piernas, mostrándole mi sexo completamente. Ya nada más faltaban cincuenta veces. Le dí el gusto. Y observé cómo su pene crecía y se endurecía. Para ser un tipo tan insignificante, tenía un pene demasiado enorme. Bueno, nunca había visto uno así de cerca, pero de verdad era grande. Paseaba mis pantys alrededor de su rostro, las olía, las mordía, las chupaba… Sus lentes comenzaron a empañarse y sus gemidos, débiles al principio, se incrementaban cada vez más.

El ver un pene así de cerca y de ese tamaño provocó que sintiera cómo mi sexo se humedecía. Cuando vi la peli porno también sentí algo similar, pero ahora es más… sensual… más íntimo.

Noté que me excitaba verlo masturbándose y pude sentir como estaba mojando el pupitre.

¡Por fin! Terminé las trescientas veces y mientras escribía la última frase, ví cómo un gran chorro de semen salía del pene del profe; quien, con los ojos en blanco se limpiaba su miembro con mi panty.

Rápidamente arranqué las dos hojas de la libreta y las dejé sobre el escritorio al tiempo que el maestro me sonreía y me decía “Buena niña, has terminado tus deberes; tienes tu punto de pase”.

Tomé mi mochila y salí corriendo del departamento con una sonrisa por haber obtenido el pase en mate.

vane-saa@hotmail.com

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