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Cómo perdi la virginidad

Hola a todos, vengo releyendo de un tiempo hacia acá los relatos que aquí publican, y es por eso que me decido a contarles mi experiencia, esperando sea de vuestro agrado. Mi e-mail, para cualquier comentario o relato es Vanessafromspain@hotmail.com

En primer lugar, decir que me llamo Vanessa, tengo 20 años y vivo en Madrid (España). En cuanto a mi físico, mido apenas 1,60 metros, soy delgada, de pechos grandes y culo demasiado pequeño. Tengo el pelo largo, liso y de colores variables (vamos, que me tiño a menudo…), aunque en la historia que relato lo tenía aún castaño claro. Mi piel es clara, incluso con alguna peca, ojos verdes y cara bastante redondita.

Lo que me dispongo a contar ocurrió hace cinco años, cuando contaba yo con quince añitos tan sólo. Me había criado en una familia de nivel económico medio-alto, yendo a colegio de pago y eso, por lo que era aún un poco mema e inocente, y ni que decir tiene, que aún sin estrenar. El caso es que saliendo por ahí con mis amigas conocí a un tipo de unos veinte años, con coche y bien parecido, que se interesó en mi, y fruto de mi inocencia, quedé prendada de tal muchacho mayor que yo y tan guapo… Así pues, al fin de semana siguiente, le volví a ver, y me pidió el número de móvil, para ponernos en contacto. A partir de entonces las cosas se precipitaron, empezamos a mandarnos mensajitos, quedábamos de vez en cuando, y yo cada vez estaba más enamorada. De esta forma, llegó un día en que me llevó en su coche a un descampado, según sus palabras, para estar más tranquilos. Comenzamos a besarnos y demás, como habíamos hecho en múltiples ocasiones. Él tocaba mi culito y yo el suyo, como siempre, sobándonos cuanto podíamos, hasta que algo cambió en la rutina, él dirigió su mano hacia mi tripa y la deslizó hacia abajo, llegando al botón de mi pantalón, cn intención de desabrocharlo. En principio no supe como reaccionar, extrañada, hasta que ví lo que trataba de hacer, entonces le dije que no, que no quería perder la flor (sí, lo dije así) todavía. Sin embargo, él respondió con serenidad, mirándome con dulzura a los ojos, y me dijo: “¿no me quieres?”, permanecí en silencio, sin saber qué responder, “porque no hago esto con cualquiera, lo intento contigo porque te quiero y estoy seguro de lo que siento, pero si tu no lo estás, entonces vámonos a…” en ese momento le interrumpí, pues había caido en su treta, y me había dejado camelar, respondiendo “Yo también te quiero, y estoy segura, asi que sigamos…”. Él sonrió y me besó apasionadamente. Continuamos donde lo habíamos dejado, me desabrochó el pantalón y me lo quité como pude. Entonces él comenzó a desabrocharse su pantalón y llevó mi mano hacia su pene, bajo sus slips. En principio me resistí, pero finalmente accedí y lo toqué y acaricié un poco. Él correspondió acariciando mi vagina bajo el tanga, y entonces dirigió mi cabeza hacia abajo, ahí si que me resistí. No podía hacerlo, me daba asco chupar el lugar por donde él orinaba, y así se lo hice saber. Reaccionó bien, y me dijo que no pasaba nada. Seguimos con besos, roces y caricias…

Unos instantes después, echó mi asiento para atrás, y me recostó, al tiempo que me quitaba la camisa, después el sostén y comenzaba a chuparme los pechos. Yo estaba nerviosa, pero también excitada y contenta. Ya estábamos casi desnudos, él con sus calzoncillos y yo con mi tanga, únicamente. Entonces él comenzó a deslizar hacia abajo mi tanga, y tras sacar su pene de sus calzoncillos, comenzó a introducirlo en mi vagina. Lo hizo despacio, pues a pesar de la lubricación natural, pues había soltado ya algo de flujo, mi nerviosismo complicaba la operación. El caso es que tras unos segundos de incertidumbre por mi parte, sentí algo de dolor, y después algo más (depués dime cuenta que había sangrado, pero en ese momento no me iba a fijar en ello). Grité como en las películas, un gemido, y comprendí que no eran exageraciones, sino que efectivamente lo que se comentaba habitualmente tenía lugar. Juanjo, que así se llamaba él, me dijo “tranquila, ya está dentro”, y entonces, al tiempo que me cogía con sus brazos, tumbado sobre mi, comenzó a menear su cadera, hacia arriba y hacia abajo, sintiendo yo como su pene, que me pareció enorme, se introducía hasta lo más hondo de mi para salir después, y volver a entrar poco después. Este movimiento se repitió muchas veces, y creo que fue ahí donde sentí el primer orgasmo de mi vida.

Pero esto no fue todo, una vez el hubo sacado su pene fuera de mi, echó el líquido sobre sus manos y comenzó a estenderlo sobre mis pechos. Yo, en ese momento, ya no tenía escrúpulos ninguno, sino que más bien estaba encantada. Él se movió a duras penas en el coche, y se dio la vuelta, comenzando a acariciar mi recien desvirgada vagina, así como el ano y la zona circundante. Poco después, sentí pasar su lengua por esa misma parte, así como introducir sus dedos en cuantos orificios tenía yo, sintiendo de nuevo ese placer tan… tan… único e indescriptible. Así, presa de la excitación, decidí que se hacía necesario corresponder a Juanjo por todo el placer que me estaba proporcionando, por lo que sin aviso previo, llevé mi mano hacia sus genitales. Acaricié todo cuanto pude, una y otra vez, y acerqué a dicha parte mi boca, mientras aún sentía la lengua de él en mi clítorix, entonces, tras besarle barriga, testículos y el pene, finalmente me decidí y pegué una lengüetada al pene. Aquello sabía extraño, ni bien ni mal para aquel momento, simplemente distinto a como lo imaginaba. Así seguí, cada vez más confiada, chupando e inundando de saliva toda la zona, hasta que llegué al glande, y decidí introducirlo en mi boca. Al principio sólo fue un poco, para no tardar en sacarlo, pero sin que Juanjo dijera una sola palabra, volví a introducir el pene en mi boca un poco más, lo metí y lo saqué otra vez, y otra, hasta que por fin noté como si rozase mi campanilla, pero no paré, en ese momento mi objetivo era que él lo pasara tan bien como yo lo hacía mientras me corría ante su mamada de vagina. Así seguí, jugueteando con su pene, como si lo hubiera hecho mil veces antes, hasta que fui sorprendida de nuevo, pues algo salió de aquel aparato. El pene me escupió en toda mi cara, manchando ojos, nariz y dientes. Fue en ese momento cuando volví a la realidad y al observar lo que estaba a mi alrededor quedé petrificada, y Juanjo también.

Paramos al instante y nos vestimos corriendo. Fuera del coche, asomado a la ventanilla, se encontraba un hombre con cara de alucinado, era un hombre de mi calle de unos treinta años, y lo reconocí al instante, él a mi también, y por lo que supe después le excité a más no poder… pero esa es otra historia que ya contaré en otro momento. El caso es que Juanjo y yo nos fuimos de allí, llenos de vergüenza, al menos yo, porque cuando en el coche le dije “¿qué se habrá pensado de mi?”, él me tranquilizó diciendo, “pues probablemente nada, pues la chica que le esperaba en su coche parecía dispuesta a hacer lo mismo por él que tú por mi…”

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