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Sofia y Lurdes

Siempre he sido muy tímida e insegura, por lo que aceptar mi propia sexualidad en un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce no me resultó nada fácil. En mi casa, me sentía continuamente observada por mis padres, chapados a la antigua y con los que no podía comentar mis problemas; en el círculo de mis amistades, nadie me había dado nunca pie para hacer eso que hoy se conoce como “salir del armario”, y el miedo a un posible rechazo era tal que bloqueaba por completo mis ansias de desahogarme.

Por eso, cuando recién cumplidos los 20 años llegué a Madrid para estudiar en la universidad, un mundo nuevo de posibilidades infinitas se abrió para mí. De repente, me sentía libre, sin ataduras, sin padres o vecinos que me espiasen y se llevasen las manos a la cabeza si me descubrían en brazos de otra mujer. Y además, claro, estaba Sofía. Tan alta, tan rubia, tan sofisticada, con esas gafitas de pasta que le daban un aire tan intelectual y tan sexy. Sofía era todo lo contrario que yo: decidida, experimentada en el amor, desinhibida… Me enseñó cosas de las que yo sólo había oído hablar y que junto a ella me parecieron delicias propias de dioses; a su lado conocí la gran ciudad, con todas sus posibilidades y su increíble capacidad para que todo quedase en el anonimato.

También físicamente éramos muy diferentes. Ella era delgada, esbelta, con unos pechos menudos pero increíblemente tentadores, y unas piernas larguísimas que escondían un pubis que mi amiga llevaba siempre cuidadosamente depilado. Recuerdo que se rió mucho al ver mi desconcierto ante su sexo rasurado “Ay Lourdes, eres tremenda”. Yo me avergoncé un poco de mi provincianismo, de mi falta de mundo, sintiéndome como el patito feo del cuento, hasta mi nombre sonaba a santa, a inocente. Pero Sofía siempre fue muy cariñosa conmigo, y decía encontrar mi redondeado cuerpo sumamente voluptuoso. Junto a ella las vergüenzas desaparecían, mis inseguridades quedaban muy lejanas, y estar bajo su tutela y protección me parecía el más encantador de los destinos.

Así pues, Sofía se hizo cargo de mí con una sonrisa y me ayudó a descubrir el mundo y a disfrutar de una sexualidad libre y maravillosamente transgresora. A su lado conocí también la amistad, el amor y… lo que podríamos llamar el “lado travieso” de la vida. Es precisamente ese “lado travieso” el que quería contaros, aunque no sé muy bien por dónde empezar.

Recuerdo que acababan de cumplirse tres meses desde que Sofía y yo habíamos empezado nuestras relaciones. Habían sido sin duda los tres meses más intensos y maravillosos de mi vida y, aunque yo nunca había estado antes con otra mujer, estaba completamente convencida de que era imposible encontrar a nadie más especial y más enloquecedor que ella.

Aunque Sofía era sumamente delicada conmigo, llevaba siempre la voz cantante en nuestras relaciones sexuales. Ella era la que sugería, la que investigaba caminos nuevos, sabiendo de antemano que todo lo que me proponía me apetecería también a mí. Pero a las dos nos satisfacía ese estado de cosas: yo descubría un mundo nuevo y voluptuoso que nunca había esperado encontrar, y ella una joven inocente deseosa de aprender y experimentar cualquier cosa que saliera de su mente sensual e innovadora. Creo que no me equivoco si digo que las dos fuimos muy felices durante esos tres meses.

Uno de los rasgos que más me gustaban del carácter de Sofía era su natural alegre y espontáneo. Le encantaba tomarme el pelo, gastarme bromas, reírse cariñosamente del desconcierto que me producían cosas que para ella eran totalmente habituales. Frente a su experiencia de la vida, yo era un soplo virginal y puro, un copo de nieve todavía sin mancillar. Estoy segura de que eso le volvía a ella tan loca como a mí su sabiduría a la hora de recorrer cada centímetro de mi cuerpo.

En esas circunstancias, no fue de extrañar mi alegría cuando Sofía me propuso conocer a su grupo de amigas. Entrar en su círculo íntimo significaba ser una parte cada vez más importante de su vida, y por tanto estrechar aún más nuestras relaciones. Además, yo no había tenido muchas posibilidades de hablar con otras mujeres lesbianas en el pueblo, y poder hacerlo ahora bajo la tutela de mi amiga me pareció una idea genial.

La primera vez que las vi me pareció que sus amigas eran muy divertidas. Rondaban todas más o menos de la edad de Sofía, eran alrededor de siete u ocho años mayores que yo y gozaban del mismo espíritu desenfadado y extrovertido de mi amiga. Constantemente hacían bromas a mi costa, pero sin maldad y sin que ello me molestase en absoluto. Le preguntaban a Sofía dónde había encontrado una monada como yo, un diamante en bruto tan encantador y sin pulir. Hacían comentarios obscenos con los que yo me ponía colorada, provocando así un redoble de risas y chistes verdes. Aunque un poco cohibida ante ellas, la verdad es que estaba radiante de haberlas conocido y deseosa de encajar en su grupo, por lo que acepté de buen grado todas sus pullas y sus frases con doble sentido. Por su parte, Sofía parecía feliz y eso era motivo más que suficiente para que yo también me sintiese así. Pero había otra razón por la que yo deseaba participar en las bromas de sus amigas: cada vez que ellas me miraban y me piropeaban con aprecio, en los ojos de mi amante leía con claridad el orgullo y el deseo. Eso era más que suficiente para mí.

Por eso no dudé en aceptar cuando Paula, la más charlatana y fanfarrona, comentó un día que ya iba siendo hora de que me invitasen a una fiesta de pijamas en su casa.

-¿Una fiesta de pijamas? –pregunté divertida- pensé que eso era cosa de las películas americanas.

-Nada de eso guapa –respondió Olga, sonriendo como siempre- nosotras nos reunimos una vez al mes en casa de Paula y lo pasamos genial.

-Suena genial –comenté- ¿cómo es que nunca me habías dicho nada Sofía?

-Bueno –respondió ella haciéndose la interesante- la verdad, pensé que eras… demasiado convencional para ese tipo de fiestas.

No pude evitar ponerme colorada. Deseaba con toda mi alma ser una más del grupo, y el hecho de que Sofía me considerase demasiado chapada a la antigua, demasiado poco liberal para participar en algo que ellas encontraban tan divertido me hacía enloquecer de celos y de rabia.

-¡Nada de eso! –protesté indignada- yo quiero asistir a vuestra próxima reunión, si Paula me invita, claro.

-Por supuesto –me contestó ella- una preciosidad como tú está siempre invitada.

-Bien –dijo Raquel, la más guapa de las amigas de Sofía- pero si vienes tiene que ser con todas las consecuencias. Hay una serie de ritos que debes cumplir si quieres ser una de las nuestras…

-¿Ritos, qué clase de ritos?

-No la hagas caso, está bromeando –pero Sofía tenía la sonrisa de las grandes ocasiones que yo ya conocía también.

-¿Prometes cumplir con todas las normas del C.L.I.?

-¿C.L.I.?

-Club de las lesbianas inmorales –me informó Sofía.

-Parece divertido –reí sin poderlo evitar.

-No te rías –dijo Sofía- el C.L.I. es una cosa muy seria.

-Y absolutamente salvaje –apostilló Paula.

Por nada del mundo me habría perdido aquella extraña reunión, que a mis ojos aparecía ya revestida de la aureola mágica de los cuentos de hadas.

***

Cuando llegó el día de la fiesta desperté increíblemente nerviosa y excitada. Parecía una chiquilla que salía al mundo por primera vez, y es que en el fondo era eso lo que sucedía: tenía unos deseos inmensos de encajar bien con las amigas de Sofía, de que mi amante se sintiese orgullosa y satisfecha de mí, de divertirme y pasarlo bien. Durante demasiado tiempo había reprimido mi sexualidad y mis instintos, era hora de sacar todo lo que llevaba dentro, y por fin había encontrado un grupo de gente con el que podía ser yo misma, sin ocultar nada de mi interior con tantas veces había tenido que hacer en el pasado.

Estaba tan alterada que pasé horas ante el espejo intentando decidir qué ponerme. Quería estar perfecta, encantadora, e incluso llamé a Sofía para pedirle su opinión. “Es una fiesta de pijamas, no un pase de modelos” me contestó ella, y su risa me desconcertó muchísimo. Supuse que le hacían gracia mis nervios, mis dudas de muchacha del pueblo que hace una montaña de un grano de arena.

Sin tener nada claro lo que debía ponerme, opté por una minifalda que me hacía un culete muy redondo y que a Sofía siempre le había gustado mucho, y la combiné con una camiseta ceñida quizá demasiado provocativa, pero ya he dicho que quería gustar a todas las amigas de mi amante y que ésta pudiese decir con orgullo que yo era su chica. Ya estaba en la calle cuando tuve que volver sobre mis pasos; con las prisas, había olvidado el pijama. No sabía si en una fiesta de pijamas se usaba realmente el pijama, pero preferí no quedar como una estúpida y llevar uno en mi bolsa de dormir por si acaso. Como estábamos en verano, escogí uno muy ligero que me había regalado mi madre para que lo usase en Madrid y que todavía no había estrenado.

Por el camino, iba pensando en las amigas de Sofía. Primero estaba Paula, la anfitriona. Era una mujer alta y delgada, con el pelo corto muy negro cortado a lo chico, lo que le daba un aspecto bastante masculino. Era tal vez la que mejor me caía, pues tenía un sentido del humor agudo y sorprendente. Luego estaba Sonia, su pareja, una dulce y regordeta mujercita con un rostro siempre sonriente y encantador. Llevaban juntas más de cinco años y el grupo entero celebraba que al menos hubiese una pareja estable entre ellas. En secreto, yo tenía la esperanza de que pronto dijeran lo mismo de Sofía y de mí.

Raquel era la tercera amiga de Sofía, la más guapa. Tenía unos hermosos ojos verdes que me turbaban cada vez que me miraban. Además, había sido novia de Sofía, y eso me hacía sentir incómoda con ella. De algún modo, no podía evitar compararme con ella y, al menos desde el punto de vista físico, me temía que no era yo la que salía victoriosa. Realmente, Raquel era una mujer muy hermosa, y el pensar que sus labios habían recorrido el cuerpo de mi amada Sofía no me hacía especial ilusión.

Y luego quedaba Marga, la más joven quitándome a mí. Contaba apenas 25 años y era una chiquilla tímida y de pocas palabras con la que yo prácticamente no había tenido contacto alguno. Que yo supiera, ni Raquel ni ella salían con nadie en aquel momento, por lo que en la fiesta habría dos parejas, Paula y Sonia por un lado y Sofía y yo por otro, y otras dos mujeres solas. Pero era una fiesta para charlar y divertirse todas juntas, por lo que supuse que no se notaría quién iba acompañada y quién no.

Mientras caminaba buscando la dirección de la casa de Paula y me perdía como es habitual en mí, iba pensando en lo extraña que me había resultado la conversación telefónica que había tenido con Sofía aquella misma tarde. La había notado diferente, como si me estuviese ocultando algo. Pero al mismo tiempo parecía feliz, alegre como pocas veces, y en varias ocasiones tuve la sensación de que hacía esfuerzos para no echarse a reír. Conociendo su afición a tomarme el pelo y recordando cómo eran sus amigas, estaba segura de que alguna encerrona me tenían preparada, y cada vez me parecía más claro que esa reunión iba a ser una especie de rito de iniciación para mí, que ellas pensaban divertirse de lo lindo conmigo y que de algún modo yo iba a ser el centro de la fiesta.

Por si esto fuera poco, Sofía, que siempre me acompañaba a todas partes, me había puesto una excusa absurda y había quedado ya conmigo en el lugar de la fiesta, lo que me reafirmada en la idea de que alguna sorpresa me aguardaba. Aún así, como sabía que no había mala intención yo estaba dispuesta a colaborar con ellas. Si para ser una más de su grupo tenía que soportar que se hiciesen chistes verdes a mi costa y se riesen un poco de la recién llegada, yo sabría encararlo con elegancia y fair play, y estaba segura de que al final de la velada todas seríamos buenas amigas.

Pero, a pesar de todos estos razonamientos, tenía un extraño desasosiego cuando finalmente encontré la casa de Paula y toqué el timbre.

***

Paula me recibió sonriente y me dio dos húmedos besos antes de hacerme pasar. Tenía un apartamento pequeño pero muy coqueto, con un bonito salón donde mis nuevas amigas habían preparado una sangría fresquita ideal para combatir los rigores del verano. Cuando entré, todas me recibieron calurosamente. Un enorme cartel colgado de lado a lado del salón decía “Bienvenida Lourdes” y globos y serpentinas de colores daban alegría y ambiente festivo al apartamento. Sofía se acercó a mí la primera y me besó largamente en los labios mientras las demás la jaleaban divertidas.

No pude evitar ponerme colorada y a punto estuve de echar una lagrimita, tanta era la ilusión que me hacía ser aceptada por ellas. Así pues, habían preparado aquella fiesta en mi honor.

-Vas a ser la reina de la fiesta –me dijo Sonia dándome un abrazo- estamos muy contentas de tenerte aquí.

Más contenta y agradecida estaba yo, a pesar de que, según pude comprobar, era de largo la que más me había arreglado para la reunión. Las demás llevaban la ropa de todos los días, vaqueros y camisetas frescas, yo era la única emperifollada y colocada como para un evento especial. Aunque tuve que soportar varias bromas al respecto, me sentía de un humor excelente y me uní al grupo con muchas ganas de pasarlo bien.

Durante una hora bailamos al son de la música que Paula y Sonia nos iban poniendo en su viejo equipo de música y bebíamos una sangría dulce y fresquita que entraba con una facilidad pasmosa. Sofía me sacaba a bailar una y otra vez pero, como yo era la invitada especial, las demás se quejaban de que me monopolizaba, por lo que tuve que turnarme para bailar con todas.

Paula, Sonia, Marga, fueron pasando por mis brazos entre risas y vasos de sangría. Cuando llegó el turno de Raquel, no pude evitar un estremecimiento nervioso. Sus manos eran cálidas y suaves, y pensar que habían estado en aquellos sitios del cuerpo de Sofía que tanto me gustaban me producía una agitación extraña.

-Ten cuidado, estás bebiendo mucho –me dijo Raquel con una mirada enigmática.

-Sí, hace tanto calor…

Como siempre me pasa en estos casos, tuve pronto que ir al cuarto de baño. Paula me indicó el camino y por unos instantes abandoné la reunión. Pensaba que las amigas de Sofía eran las mejores del mundo y que había tenido una suerte inmensa de encontrarlas. No podía imaginar cómo había podido resistir hasta entonces en el aburrido y vacío pueblo donde me había criado; definitivamente, venir a Madrid había sido el mayor acierto de mi vida.

Ansiosa por reunirme de nuevo con ellas, volví al salón. Ya antes de entrar noté que algo raro estaba sucediendo, alguien había apagado la música y un extraño silencio reinaba en la casa. Estaba segura de que me tenían preparada alguna sorpresa, y si se creían que yo era tan inocente como para no imaginarlo estaban muy confundidas. Decidida a seguirles el juego y divertirme tanto como ellas, entré sonriendo y segura de mí.

-¿Qué es lo que…

No pude terminar la frase. Tuve que mirar dos veces antes de cerciorarme de que lo que veía era cierto, y aún así seguía sin poderlo creer: en mi ausencia, Sofía y sus amigas se habían quitado la ropa, y ahora cinco sonrientes mujeres completamente desnudas me miraban entre risas y gritos.

-¡SORPRESA! –gritaron todas a la vez.

-Pe… pero… -yo apenas podía articular palabra.

-Bienvenida a tu primera fiesta de pijamas… sin pijama –dijo Paula muerta de risa.

-Seguro que no te esperabas esto –dijo Sofía acercándose a mí y dándome un abrazo.

Era increíble tenerla desnuda entre mis brazos… mientras el resto de chicas nos observaban. Casi no me atrevía a mirar sus cuerpos desnudos. Fugazmente me fijé en que Paula estaba incluso más delgada de lo que parecía, mientras que su pareja, Sonia, resultaba mucho más apetecible sin ropa que vestida. En cuanto a Marga, era la menos agraciada de todas, tenía un cuerpecito menudo, casi de adolescente, y pensé que probablemente se sintiese un poco cohibida con aquella broma.

-¿Sorprendida?

Raquel se acercó majestuosamente a mí. Desnuda era incluso más hermosa, su cuerpo parecía el de una diosa, con curvas armoniosas y terriblemente provocativas. Aún así, yo creía que Sofía era sin duda la más atractiva de la reunión, y por un momento tuve celos de que las otras mujeres pudieran ver su sexo rasurado, sus pequeños y deliciosos senos, su culete duro que sólo a mí me pertenecía.

-Bueno… la verdad es que sí –tuve que admitir- si queríais algo impactante, lo habéis logrado.

-Bueno, basta de charla –dijo Paula mientras volvía a poner algo de música- aquí estamos para divertirnos, ¡todas a bailar!

-¿Vais… vais a bailar… en cueros?

No podía creer que la broma se prolongase tanto, suponía que querían hacerme pasar un mal rato, reírse a mi costa, y que luego todas se vestirían una vez logrado el efecto. Pero parecían decididas a seguir tal cual su madre las había traído al mundo.

-Por supuesto –dijo Sonia- es mucho más divertido.

-¿Cuándo habías soñado tú bailar junto a cinco mujeres desnudas? –me dijo Sofía tomándome de la mano y llevándome a la improvisada pista de baile.

Incapaz de reaccionar, me dejé conducir por ella no sin antes servirme otro poquito de sangría, ¡lo estaba necesitando! Todas volvían a bailar, sus pechos moviéndose enloquecidos y sus desnudas nalgas golpeando unas contra otras. Me debatía entre el deseo de cubrir el cuerpo de Sofía de las miradas de las demás, especialmente de las de Raquel, y el impulso imperioso de besar el sexo de mi amante. Al ser la única que iba depilada, Sofía me parecía incluso más desnuda que sus compañeras, y una parte de mí sentía celos, pues no podía imaginar cómo era posible que las demás no cayesen enamoradas a sus pies.

-¡Esto no es justo! –protestó Marga a mis espaldas- dijisteis que nos desnudaríamos todas.

Un repentino estremecimiento hizo que me flaqueasen las piernas. Ni siquiera lo había pensado, tan anonadada estaba por los acontecimientos, pero si yo iba a ser admitida en aquel pequeño y especial círculo… lo lógico sería hacer lo mismo que ellas. Un súbito sentimiento de vergüenza me invadió. Sofía era la única persona en el mundo que me había visto desnuda aparte de mis padres, y la idea de tener que quitarme la ropa y bailar en cueros como hacían todas hizo que me temblase la voz al responder.

-¿Có… cómo?

-Es verdad cariño –me sonrió Sofía de un modo encantador- ¿no querrás ser la única vestida, verdad?

-Bueno, yo… pensé que ahora os vestiríais todas… ya me habéis gastado la broma. Ha sido genial y…

-Nada de eso –dijo Paula- en pelotas estamos todas más a gusto… y todo se ve de otro modo –apuntilló mientras acariciaba uno de los grandes senos de Sonia, que rió feliz.

Yo estaba muy turbada, esas demostraciones de afecto en público no se me hubieran pasado nunca por la cabeza, y ver que el resto de las chicas apenas las prestaban atención provocó que por un momento me invadiese una indescriptible sensación de pánico.

-Es que yo –traté de protestar- nunca he…

-Vamos tonta –dijo Sofía cogiéndome de la mano- hazlo por mí.

Puso una cara tan encantadora, fingiendo que estaba a punto de echarse a llorar, que no pude por menos que besarla y dejarme llevar por ella.

Todas al unísono, las desnudas mujeres empezaron a jalearme y animarme para que me quitase la ropa. Yo estaba roja como un tomate, incapaz de tomar una decisión. Por un lado, me moría de vergüenza y hubiera dado cualquier cosa para que todas se vistieran y la fiesta siguiera por caminos más convencionales. Pero por otro, empezaba a darme cuenta de que no era ésa precisamente su intención, y el hecho de ser yo la única que permanecía vestida me hacía sentir especialmente ridícula. En efecto, en aquellas circunstancias era yo la que más llamaba la atención. Además, Sofía me miraba de aquel modo que me hacía imposible negarle nada, y yo estaba decidida a que mi amiga se sintiese plenamente orgullosa de mí.

Aún así, estaba tan aterrada y bloqueada que no me decidía a unirme a ellas.

-Vale, vale –me defendió Sofía- no la agobiéis, que sois unas brujas. Iremos las dos juntas a la habitación y os aseguro que Lourdes volverá con el uniforme especial del club de las lesbianas inmorales.

-Pero yo quiero ver cómo se desnuda –protestó Raquel.

-No seas tan radical –contestó Sofía seria- no está acostumbrada a tanto bullicio, dejadla en mis manos y os prometo que todo irá sobre ruedas.

Aunque yo ya casi estaba decidida a desnudarme allí mismo, agradecí la intervención de mi amante. La idea de ir desnudándome poco a poco mientras las cinco me observaban se me hacía muy cuesta arriba, desde luego prefería quitarme la ropa en privado y aparecer ya ante ellas tal cual vine al mundo.

Cuando Sofía y yo estuvimos al fin solas en el dormitorio de Paula y Sonia, el corazón me latía a mil por hora.

-Buena me la has jugado, ¡vaya fiestecitas montáis!

-Vamos, sólo se es joven una vez, ya verás cómo te diviertes.

Casi sin darme tiempo a pensar en lo que hacía, la propia Sofía me ayudaba a quitarme los zapatos y la blusa.

-Además –dijo- quiero que todo el mundo vea lo bonita que es mi novia.

Sus palabras me enternecieron de un modo que ni yo misma había imaginado. Era la primera vez que me llamaba así, y de repente sentí que haría por ella cualquier cosa que me pidiera. Anonadada por lo que acababa de oír, dejé que Sofía me desnudase sin prisa pero de un modo eficiente. La pequeña minifalda, mi top ajustado y las mínimas braguitas quedaron pronto en su poder. Cuando al fin quedé totalmente desnuda ante ella, Sofía acarició suavemente mis pezones, que de inmediato doblaron su tamaño.

-¿Asustada?

-Un poco.

-No tienes motivo, eres preciosa.

Sofía me besó con pasión y por un momento abrigué la esperanza de que todo fuese un mal sueño y que las dos pudiésemos entregarnos a satisfacer nuestros más ardientes deseos en aquella habitación pequeña pero acogedora. Pero rápidamente mi amiga me devolvió a la dura realidad.

-Yo me encargo de tu ropa –dijo mientras metía todo en una bolsa- no sea que luego no encuentres algo.

Estaba tan nerviosa que apenas prestaba atención a lo que me decía. Las piernas parecían negarse a sostenerme mientras intentaba armarme de valor para volver al salón junto a Sofía.

-Espera aquí un momento –me dijo ella acariciándome la barbilla- voy a apaciguar un poco a esas lobas, no quiero que se ensañen contigo.

-¿Qué… qué vas a decirles? Yo prefiero salir contigo y…

-No te preocupes, confía en mí, simplemente quiero preparar un poco el terreno, que sepan que esto es difícil para ti y que no sean malas. Ya verás cómo a los cinco minutos te olvidas de que estás desnuda.

Dándome un último beso, Sofía me dejó sola y regresó junto a las demás. Con el oído en la puerta, pude oír voces que cuchicheaban y risitas ahogadas en el salón. Supuse que mi aparición iba a ser jaleada con gritos y piropos, y deseé terminar cuanto antes con aquello. Estaba segura de que, como había dicho Sofía, una vez pasado el apuro inicial todo resultaría sencillo y natural.

-¡Lourdes! ¡Cuando quieras!

La voz de Sofía me sacó de mis ensoñaciones. Sin pararme a indagar por qué no venía a buscarme para salir las dos juntas, apelé a toda mi fuerza de voluntad y salí de la habitación. Notaba un sudor frío recorrer todo mi cuerpo y tenía que resistir la tentación de cubrir mis partes pudendas con las manos. Jamás en mi vida había estado tan nerviosa y asustada pero, al mismo tiempo, por debajo del pudor notaba una excitación que tenía un toque innegable de voluptuosidad. Iba a estar desnuda junto a Sofía, las dos íbamos a bailar juntas en cueros, ¡jamás habría podido imaginar que viviría algo tan excitante!

Cuando llegué al umbral de la puerta del salón, el silencio era absolutamente sobrecogedor.

-¡Vamos! –rió una voz- estamos impacientes.

-¡Me da vergüenza! –grité con una risa nerviosa.

-Si no sales tú, voy yo a buscarte –dijo Raquel con una voz que me asustó.

Haciendo un esfuerzo supremo y conteniendo la respiración, me dispuse a hacer mi entrada triunfal, cerrando los ojos como cuando era niña y tenía miedo y usando mis brazos para caminar a tientas, incapaz de mirar lo que había a mi alrededor.

-¡Guau! –oí la voz de Paula- tienes buen gusto Sofía.

-¡Vaya que sí! –se unió Raquel- ¿dónde has encontrado esta maravilla?

Yo seguía con los ojos cerrados, contando los segundos que pasaban y deseando que su inspección terminase pronto y poder así unirme a ellas para continuar la fiesta del modo que fuese pero como una más.

-Pero abre los ojos –dijo Sonia, y de algún modo me sorprendió que se echase a reír antes de terminar la frase.

Entonces, instintivamente abrí los ojos, miré a mi alrededor y… quedé totalmente aterrada: ¡yo era la única que estaba totalmente desnuda! En efecto, las amigas de Sofía habían aprovechado nuestra ausencia para volver a ponerse las ropas que tenían al principio de la fiesta, y la propia Sofía se había vestido rápidamente después de dejarme sola.

Apenas daba crédito a lo que veía, las cinco se reían alborozadas mientras yo intentaba cubrir mis voluminosos pechos con una mano y mi espeso vello púbico con la otra. Poco a poco la luz se hacía en mi aturdido cerebro y comprendía la broma que aquellas juguetonas mujeres me habían reservado. Sofía me conocía bien, y sabía que la única manera de conseguir que me quitase la ropa era ponerme el cebo de que lo harían todas.

De repente, la tortilla se había dado la vuelta y ahora era yo la única en cueros. Otra vez destacaba y me sentía ridícula, pero ahora me parecía que mi situación anterior era muchísimo más halagüeña.

A punto de echarme a llorar, colorada como un tomate, miré furiosa a Sofía.

-¡Eres…! ¡me has engañado!

-Vamos cariño, no te enfades –dijo viniendo hacia mí- estás preciosa, y reconoce que ha sido divertido, tenías que ver la cara que has puesto.

-Pero nada de taparse, así no vale –Marga parecía una mosquita muerta, pero ya estaba empezando a fastidiarme.

-Marga tiene razón –dijo Raquel- queremos verte bien, tú antes nos has visto a nosotras, es lo justo.

-Pero –traté de retroceder- es… trampa…

-Jiji –rió Sonia- lo siento encanto, pero si quieres entrar en el club, hay que pasar algunas pequeñas pruebas, ya te avisamos.

-Venga Lourdes –me animó Sofía- no seas tonta. Deja que vean lo hermosa que eres y que se mueran de envida por la novia que tengo.

Otra vez Sofía usaba la palabra novia, y ahora delante de todas sus amigas. Era algo que me daba un increíble calor interior, que me hacía desear ser “suya” a todos los efectos. Además, yo estaba dispuesta a ser aceptada, y supuse que aquel era el extraño modo que tenían de hacerme entrar en su círculo. Por otro lado, no sabía dónde estaba mi ropa, y conociendo a Sofía no tenía muchas esperanzas de que me la devolviera antes de tiempo. Supuse pues que sólo tenía una opción: dejar que me viesen a sus anchas y recuperar así mi ropa cuanto antes.

Dejando escapar un suspiro de resignación, dejé caer de nuevo los brazos a mis costados y permití que las cinco mujeres recorrieran con sus miradas cada centímetro de mi cuerpo. Al instante, los silbidos de aprobación y los piropos resonaron en el pequeño saloncito, mientras yo intentaba sonreír colorada como un tomate pero un poquito halagada ante sus inequívocos gestos de aprobación.

-Vaya vaya, ¡qué pechos! –decía Paula- justo como a mí me gustan, grandes pero firmes como rocas.

-Y va sin depilar –apuntó Sonia- pensé que la harías rasurarse igual que tú.

-Ni pensarlo –respondió Sofía- en la variedad está el gusto, y a ella le queda genial ese pelo negro tan rizado.

-Date la vuelta que te veamos por detrás –pidió Raquel- a ver si la vista es tan agradable como de frente.

Increíblemente nerviosa, me di la vuelta y dejé que mis nalgas fuesen entonces las protagonistas del espectáculo.

-Fiiiiiiiu –silbó alguien.

-Tienes un culo precioso –dijo Paula- redondito y respingón. Sofía, te felicito.

-Gracias –respondió complacida mi… novia- ¿os gusta entonces?

-¿Que si nos gusta? –dijo Raquel con ese tono suyo que siempre me ponía tan nerviosa- si te cansas de ella no te importará que me la quede.

-¿Cansarme?, no creo que eso vaya a pasar.

Las palabras de Sofía me volvían loca de excitación, hasta el punto de que había conseguido que la perdonase la penosa prueba por la que me había obligado a pasar.

Pero todavía tuve que soportar durante unos minutos más su pormenorizado análisis de mi desnudo cuerpo mientras los piropos y los requiebros acompañaban a las expresiones de alegría. Por fin, mi tortura parecía llegar a término.

-¿Qué tal un baile para celebrar la llegada de un nuevo miembro? –gritó Paula mientras volvía a conectar el equipo de música.

-¡Estupendo! –dijo Sofía- yo quiero el primer turno.

Y viniendo hacia mí me cogió de la mano y me arrastró de nuevo al centro de la pista. Yo estaba sumamente desconcertada, mi prueba había terminado, ¿pretendía Sofía que yo bailase en el traje de Eva?

-Pero… -traté de protestar- ¿cuándo vas a devolverme mi ropa?

-¿Tu ropa? –la expresión burlona de mi amante no me gustó nada- pero, cariño, hoy no creo que vayas a necesitarla.

-¿Acaso no estás más cómoda así? –me preguntó Sonia sonriente- aquí hace un calor de muerte.

-Sí… pero… -no podía creer lo que estaba oyendo- ya me habéis visto, he hecho lo que me pedíais, ¿no vais a dejar que me vista?

-NOOOO –gritaron todas al unísono.

-Ya te dijimos que hoy eras la invitada especial, la protagonista. Y la protagonista debe brillar como una reina con toda su belleza.

El pulso me latía acelerado y notaba que me costaba respirar. Empezaba a darme cuenta de lo que pretendían. No se trataba tan sólo de una pequeña prueba, algo rápido y sencillo. Para bien o para mal yo iba a ser el centro de la fiesta… y ésta acababa de empezar.

-Al menos –gasté mi último cartucho- podríais desnudaros todas. Así lo pasaríamos…

-Ni pensarlo –rió Sofía mientras ponía sus manos en mis caderas y empezaba a bailar a mi lado- ésta es tu noche. Vamos, olvídate de todo y trata de disfrutarla. Dentro de muchos años la recordarás como algo muy especial, te lo aseguro.

Sin poder creer lo que hacía, como en un sueño en el que fuese simplemente una espectadora, me dejé llevar por mi amante y empecé a bailar a su lado… totalmente desnuda entre cinco lesbianas vestidas. Afortunadamente, todo el mundo parecía haberse olvidado un poco de mí, como si la fiesta recobrase su pulso normal y nada extraño estuviese sucediendo.

Animada por un nuevo vasito de sangría que Sofía me ofrecía, intenté aceptar la situación y disfrutar de ella. Al fin y al cabo, bailar desnuda junto a ella vestida me parecía algo realmente sexy. Como ella era bastante más alta y yo iba descalza, mi cabeza quedaba casi a la altura de su hombro y de vez en cuando ella se inclinaba y me besaba en los labios con dulzura y deseo.

Tras un par de improvisados bailes, un pequeño pero innegable sentimiento de voluptuosidad se abría paso por mi cuerpo. Aunque seguía muerta de vergüenza, no podía negar que había un toque perverso y sofisticado en lo que estaba sucediendo. Sin duda, estaba siendo la noche más erótica y sensual de mi vida, y de algún modo Sofía tenía razón al decirme que la recordaría durante muchos años.

Pero no era Sofía la única que quería bailar conmigo. Una por una, tuve que bailar con todas ellas, y el movimiento oscilante de mis senos desnudos fue elogiado una y otra vez por cada una de mis compañeras de baile. Por todas menos por Raquel, cuyos ojos despedían un fulgor extraño que no supe interpretar. Era como si… se sorprendiera de mí, tal vez nunca habría creído que yo fuese capaz de seguir adelante con aquello. Por mi parte, yo estaba agitada y sobrepasada, incapaz de decidir si deseaba salir corriendo de allí o prefería que aquella noche increíble no terminase nunca.

Anochecía ya cuando Sonia propuso hacer un descanso para cenar algo.

-Me muero de hambre, ¿qué tal si encargamos unas pizzas?

-Genial, yo me encargo de llamar –dijo Raquel.

Todas se sentaron a descansar en los viejos pero cómodos sillones de Paula. De repente, no sabía qué hacer, me sentí nuevamente ridícula, allí en medio en cueros delante de todas.

-Ven –me dijo Sofía- siéntate a mi lado.

Mi chica me hizo un hueco junto a ella y yo me senté dócil y todavía incrédula.

-Supongo que me dejaréis vestirme para cenar.

-De ningún modo ricura –contestó Paula- yo no contaría con ello.

Todas se rieron y yo me resigné a seguir en tan delicada posición. No podía dar crédito al desarrollo de los acontecimientos ¿cómo podía Sofía exhibirme de aquel modo ante sus amigas? Antes, cuando todas se habían desnudado a la vez, la cosa era graciosa, simpática. Pero luego, el tenerme a mí sola en pelota picada… me parecía una situación sumamente morbosa. Desde luego yo no hubiera permitido que ella se mostrase como su madre la trajo al mundo delante de esas lobas en celo. Sin embargo Sofía parecía encontrarse a sus anchas poniendo los encantos de su novia a la vista de todo el mundo, e incluso se permitía acariciarme las rodillas con sus manos cálidas y suaves, provocando de paso en mí un leve desasosiego. Al fin y al cabo, ya he dicho que, por debajo del pudor que me producía mi humillante situación, una innegable excitación empezaba a hacer presa en mí.

-Ya están encargadas las pizzas –dijo Raquel mientras colgaba el teléfono.

Nos habíamos sentado todas juntas en un par de sillones que Paula y Sonia habían colocado en un ángulo del salón para dejar espacio libre para el baile. En el más grande, Paula, Marga y Raquel se habían acomodado justo frente al nuestro, donde Sofía seguía acariciando mis rodillas sin importarle que las demás la vieran. En cuanto a Sonia, había acercado una silla y la había situado en medio de los dos sillones.

-¿De verdad no vamos a dejar que se vista esta ricura? –preguntó Sonia mirándome casi con ternura- creo que lo está pasando fatal.

-No seas tonta –me animó Paula- estás encantadora, deberías ir siempre desnuda.

-Yo creo que tendría que hacer algo especial, algo más difícil para ser admitida en el grupo.

Las palabras de Raquel me sobrecogieron ¿algo más difícil? ¿Le parecía poco la prueba a la que estaba siendo sometida? Dejar que me viesen desnuda había sido duro, pero continuar la fiesta de aquella manera era algo inconcebible para mí. De repente, noté que las manos de Sofía subían por la cara interna de mis muslos. Poniéndome colorada, apreté las piernas y traté de reprenderla con la mirada sin que las demás se diesen cuenta. Pero su mano quedó aprisionada entre mis muslos y Sofía no tenía ninguna intención de retirarla de allí.

-¿Algo más difícil? –preguntó Marga- ¿qué se te ocurre?

-Vamos chicas, sed buenas –me defendió Sonia compasiva- ya nos hemos divertido, tal vez podíamos dejar que se vistiera, mirad qué carita pone.

-De eso nada, dijimos toda la noche –Raquel me miraba de un modo que no me gustaba nada, como si de repente aquella hermosa mujer… sintiese celos de mí- ¿qué os parece si recibe ella al chico de las pizzas?

-¿Yo? –pregunté alarmada- no por favor…

-Vamos Raquel –contestó Sofía mientras seguía acariciándome los muslos- te creía mucho más imaginativa. Alegrarle la noche a un pobre pizzero no me parece una cosa muy audaz.

-Tal vez tú tengas una idea mejor para sorprendernos –contestó Raquel con unos ojos que despedían veneno.

-¿No es suficiente lo que Lourdes está haciendo? –preguntó Sofía con voz melosa y aterciopelada sin interrumpir sus caricias.

-No sé –fingió indiferencia Raquel- como siempre te las das de audaz y transgresora, pensé que te las arreglarías para hacer que esta noche fuera inolvidable.

-Creo que ya es una noche inolvidable. Os presento a mi novia en cueros para deleite de todas vosotras, ¿te parece poco? Además, como os dije es una muchacha encantadora y ardiente. De hecho… en este mismo momento está excitadísima.

El corazón me dio un vuelco al oír las palabras de Sofía e inconscientemente apreté más los muslos uno contra otro, aunque siempre su mano derecha quedaba situada entre ellos abrumándome con su suavidad. De repente el ambiente había dejado de ser festivo y amistoso para tornarse… sensual. Sí, ésa era la palabra. Al fin y al cabo, todas aquellas mujeres eran lesbianas, y todas llevaban un buen rato moviéndose a mi alrededor mientras yo exhibía mis encantos sin recato ¿era sólo por el calor que las mejillas de Marga hubiesen adquirido esa tonalidad rosada?

-Vamos Sofía, no nos tomes el pelo –trató de cortar la tensión Sonia- ¿de verdad estás… excitada? –se dirigió a mí.

-¿Yo?… claro que no… ¿no podría vestirme?

-Os digo que está excitada, y mucho –Sofía me daba ahora pequeños pellizquitos en los muslos, sin hacer caso a mis mudas protestas.

-No te creo –la desafió Raquel- simplemente está cortadísima y deseando salir de aquí.

-Vamos chicas… -esta vez fue Paula la que intentó zanjar la cuestión.

-¿Puedes ponerte un momento de pie cariño? –la voz de Sofía era suave y seductora, me embrujaba como el domador a la serpiente.

Sin ser muy consciente de lo que hacía, me puse en pie en medio de la habitación mientras todas permanecía sentadas. De nuevo, me sentí increíblemente vulnerable, y deseé que Sofía me sacase de allí, que decidiese por fin que todo había terminado.

Acababa de levantarme del sillón cuando, con manos expertas y rápidas, mi amante hizo que me colocase de frente al resto de las chicas. Luego, sin darme tiempo a reaccionar, se situó junto a mí y, con un movimiento hábil y suave pero rápido y sorprendente, colocó la palma de su mano abierta sobre mi sexo desnudo. Di un respingo tremendo tratando de liberarme, pero Sofía me había cogido por sorpresa y me sujetaba con el brazo libre con decisión.

-Os digo que está muy húmeda –dijo a sus amigas mientras cubría mi sexo por completo con su mano.

Las caras eran de sorpresa… y satisfacción. Sin dudarlo un instante supe que ninguna de aquellas mujeres pensaba que la situación fuese desagradable o excesivamente procaz. Yo esta increíblemente azorada, Sofía no me soltaba e insistía en demostrar a todas que su novia era ardiente y que disfrutaba con aquello. Hasta Raquel parecía haber enmudecido, a la espera de acontecimientos.

-Demuéstranoslo –dijo Marga con voz ronca.

Entonces, como en un sueño, noté que Sofía introducía dos dedos en mi vagina. Di un respingo tremendo intentado liberarme, pero la mano de mi amiga se movía ágilmente y con el otro brazo me envolvía impidiéndome huir. Además, había una cosa innegable: sus dedos se habían adentrado en mi interior sin encontrar la más mínima resistencia.

-¡Vaya! –exclamó Marga.

Por unos segundos, estuve de pie y desnuda mientras Sofía dejaba que sus dedos se empapasen de mis fluidos. Experimentaba una confusa sensación de irrealidad, como si no fuese yo la protagonista de la historia o si todo estuviese sucediendo en mi imaginación. Por un lado me parecía estar sufriendo una humillación, casi una violación. Pero por otro…

-¡Mirad! –dijo Sofía triunfante sacando los dedos de mi interior- ¿qué os había dicho?

Nunca en mi vida había sentido tal vergüenza. Sofía exhibía orgullosa sus dedos índice y corazón brillantes y empapados. Ahora era evidente para todas que sus juegos me habían excitado de un modo inconcebible ¿qué estarían pensando de mí? Casi tuve que contener un suspiro de decepción cuando mi vagina quedó libre de la dulce presencia de Sofía, y cuando ésta volvió a sentarse y me hizo señas para que yo hiciese lo propio sobre su regazo, obedecí sin rechistar. Ya no tenía fuerzas para tomar decisiones propias, simplemente era una muñeca que se dejaba arrastrar por la corriente.

-Bueno –dijo Paula- esto sí que ha sido fuerte…

-Eres un encanto Lourdes –me animó Sonia- es una delicia ver una chiquilla como tú tan excitada.

-Desde luego –comentó Raquel en tono enigmático- tienes un cañón de chica Sofía.

-Lo sé, soy muy afortunada de tenerla a mi lado, además es tan guapa que apenas puedo resistir la tentación de tocarla a todas horas… ¿os importa?

Apenas daba crédito a lo que estaba sucediendo. Sentada sobre Sofía, noté de repente que su mano izquierda asía uno de mis pechos, acariciándolo suavemente y dando ligeros golpecitos en mi pezón. Inquieta, traté de detenerla.

-Tranquila cariño –rió feliz Sofía- aquí nadie va a escandalizarse.

-Pero… yo… vamos a…

-No te preocupes por nada –siguió Sofía- quiero que todas vean lo mucho que te gustan mis caricias. Tú simplemente relájate y disfruta. ¿No creéis que se merece un buen orgasmo?

-Desde luego, no puedes dejarla así –se apresuró a contestar Marga.

-¿Os importa? –preguntó Sofía a las anfitrionas.

-Estás en tu casa –dijo Paula.

Entonces, Sofía me hizo recostarme sobre ella y empezó a darme pequeños mordisquitos en el cuello y el lóbulo de la oreja. Su mano izquierda seguía prendida de mis senos, mientras la derecha intentaba separar mis muslos contra mi voluntad.

-Vamos chiquilla, déjate llevar.

-Pero… aquí no… aquí no…

Sin embargo, algo dentro de mí sabía que sí, que era precisamente allí y delante de todas donde yo quería ser acariciada por Sofía. Quería que todas supiesen que yo era suya, que le pertenecía, que mi existencia empezaba y acababa en aquella mujer. Especialmente, quería que Raquel fuese testigo de cómo su antigua amante era capaz de templar mi cuerpo como si fuera el más fino instrumento musical, que viese cómo la unión entre nosotras era total y absoluta.

-Vamos, abre bien las piernas, no seas boba.

Su voz susurrándome al oído era lo único que se oía en el apartamento, e incapaz de resistirme por más tiempo dejé que sus manos separasen mis muslos, dejándome así totalmente abierta y expuesta a las miradas ardientes de nuestro público. Luego, sus dedos empezaron a juguetear con los labios de mi sexo palpitante, arrancándome pequeños gemidos que yo intentaba sofocar sin éxito.

Tenía que reconocérmelo a mí misma, estaba increíblemente excitada. Bailar desnuda junto a Sofía y sus amigas me había parecido aterrador pero tremendamente sensual. Jamás había pensado que yo fuese capaz de algo semejante, y ahora, gozar ante ellas, tener un orgasmo para ellas, me parecía un acto salvaje y transgresor al que no podía renunciar.

Con los ojos cerrados, dejé que Sofía me llevase al cielo con sus sabias y hábiles manos. Sus dedos entraban y salían de mi cuerpo con una lentitud deliberada que me acercaba poco a poco al éxtasis. Yo notaba cómo mi interior recibía agradecido aquella carne caliente que me llenaba de gozo y felicidad.

Pronto fui incapaz de controlar los gemidos. Sentada debajo de mí, Sofía me envolvía con sus brazos y parecía tener más de dos manos. Mi clítoris dobló su tamaño y los labios de mi sexo se inflamaron de pasión al compás de sus caricias, y cuando el momento cumbre se acercaba, tuve el valor de abrir los ojos y mirar las caras de mis nuevas amigas.

Quería gozar ante ellas, con ellas y para ellas, y si aquella noche mi función era exhibirme, lo haría hasta las últimas consecuencias. En la cúspide del placer, vi a Marga morderse el labio inferior con expresión de lujuria, a Paula y a Sonia cogidas de la mano y como anticipando el momento en que ellas mismas emulasen nuestros juegos. Y vi también a Raquel, la hermosa Raquel, mirarme con unos ojos que expresaban a la vez una miríada de sensaciones contradictorias: celos, envidia, admiración, deseo…

Por fin, arqueé los riñones encima de Sofía, tensé las piernas y puse mis manos sobre las suyas. Con un gemido inacabable, me estremecí de placer y gocé de un orgasmo largo y denso que se negaba a terminar. Nuevas oleadas sacudían mi cuerpo y nuevos hipidos me acometían mientras mi amante insistía incansable para arrancarme el máximo placer posible. Nuevamente tuve que cerrar los ojos y por unos instantes mi cuerpo entero pareció temblar como si el fin del mundo se acercase.

Cuando todo pasó, poco a poco recuperé la calma y mi cuerpo desmadejado se dejó caer con todo su peso encima de la persona más importante de mi vida. Todavía jadeante y casi sin saber dónde me encontraba, la sonreí con gratitud.

-Gracias… gracias…, gracias a todas.

Por unos instantes eternos nadie fue capaz de decir nada.

-Bueno –dijo al fin Sonia- desde luego tienes una novia muy ardiente Sofía.

***

Era inútil negar la evidencia. Acababa de tener mi primer orgasmo en público, y una sola idea rondaba por mi mente: de ninguna manera podía ser el último en esas circunstancias. Había sido intenso, brutal, eterno y, si eso era posible, me sentía incluso más unida a Sofía que antes, como si sus deseos fuesen ya los míos y mi misión en el mundo no fuera otra que la de obedecerla y plegarme a sus caprichos. De un modo confuso, intuía que mi amiga acababa de abrirme una puerta que daba acceso a un mundo del que ni siquiera había sospechado su existencia.

Aún así, una nueva oleada de pudor me invadió cuando los últimos coletazos del éxtasis se alejaron. De hecho, continuaba totalmente desnuda en medio de las amigas de Sofía, que me habían visto gemir y retorcerme de placer como una loca. Sin esperanzas, hice un último y tímido intento de recuperar mi ropa, que fue rechazado de modo unánime.

Afortunadamente, fue Paula la que recibió al chico que traía las pizzas, y Raquel no volvió a proponer nada que me afectase a mí. La ex de Sofía parecía seria y cabizbaja, y yo estaba segura de que los celos jugaban un papel importante en eso. Tal vez el espectáculo que las dos juntas les habíamos brindado a todas la había convencido de que nuestra relación tenía más futuro de lo que ella sospechaba.

Curiosamente, descubrí que pese a los nervios yo tenía buen apetito, y aunque no conseguía acostumbrarme al hecho de tener que cenar en cueros, di buena cuenta de una generosa porción de pizza. Me sentía extraña, mi situación me parecía a ratos ridícula y humillante y al momento tremendamente erótica. Leía el deseo en los rostros de mis compañeras, sabía que mi cuerpo les gustaba, que tenerme desnuda no era ya un juego inocente con el que todas pasasen un buen rato a mi costa. De repente, el aire festivo e infantil del inicio había dado paso a un ambiente tenso y cargado de erotismo. Las risas y los gritos habían dejado su sitio a las miradas furtivas y las sonrisas contenidas, y yo sabía que el recuerdo de mi reciente orgasmo flotaba aún en la mente de mis compañeras. Sin poderlo remediar, me sentía especial, y a pesar de mi talante tímido y retraído… estaba disfrutando de continuar exhibiéndome junto a mi amada Sofía.

Cuando terminamos de cenar, nadie propuso retornar a los bailes del principio. Más bien apetecía tumbarse en los sillones a escuchar música suave y tomar unas copas en un ambiente íntimo y agradable. Mientras Paula, Marga y Raquel ocupaban el sillón grande, Sofía y Sonia se acomodaron en el pequeño frente a ellas. Me sentí deliciosamente vulnerable durante los segundos que permanecí de pie y desnuda sin saber dónde ponerme yo.

Con un gesto encantador, Sofía me hizo señas de que me sentase a su lado en el brazo del sillón, donde me acomodé de tal modo que mis pechos quedaron a la altura de su bello rostro. Cuando ocupé el lugar que me indicaba, mi amante pasó su brazo izquierdo rodeando mi cintura y me atrajo hacia sí de modo que yo quedase parcialmente apoyada sobre ella. Poniendo mi brazo derecho sobre su hombro, me acomodé como un gatito hasta coger la postura que me pareció más cómoda.

La charla discurría tranquila y reposada, lejos de las estridencias del inicio de la fiesta. Literalmente, Marga me devoraba con la mirada. La joven apenas podía apartar sus ojos de mis generosos pechos y cuando, con gesto distraído Sofía comenzó a acariciar indolente mi vello púbico, su rostro adquirió un gesto entre excitado y atormentado.

Al notar los sedosos dedos de mi amante tan cerca de mi sexo, traté de detenerla con un gesto, pero ella me regañó divertida y prosiguió con su labor. Sentada enfrente de nosotras, Marga se mordía nerviosa el labio inferior mientras miraba las evoluciones de la mano de Sofía. Por mi parte, empezaba a notar de nuevo un agradable calor ahí abajo, pero un último vestigio de cordura me impedía abandonarme a sus caricias ¿qué pensarían de mí si otra vez…?

Durante unos minutos, las chicas continuaron hablando como si tal cosa, pero nadie perdía detalle de cómo la mano de Sofía jugaba con mi rizado vello púbico. Amorosa, hundía en él sus dedos, enredándolos para formar tirabuzones y luego soltarlos. A veces, me daba pequeños tironcitos que me producían agradables punzadas de dolor voluptuoso.

-Me encanta acariciar el pelo de Lourdes, ¡lo tiene tan rizado y espeso! Es como tocar un osito de peluche. Podría estarme horas así.

-Me parece que ella también podría estar así mucho rato –comentó Paula divertida.

Creo que Paula y Sonia eran las menos afectadas por la situación. Ellas eran pareja, y el comportamiento de Sofía conmigo venía a ser algo así como asistir a un show erótico gratuito a domicilio. Estaba segura de que aquella noche las dos estarían muy a tono para sus propios juegos. En cuanto a Raquel y a Marga, la primera estaba cada vez más seria. Pensé que tal vez la chiquilla de pueblo había resultado mucho más peligrosa y letal de lo que ella pensaba, y que en aquel momento lamentaba profundamente no ser ella la protagonista de las atenciones de Sofía. Por último, Marga… era evidente que estaba increíblemente excitada.

No sé cuánto tiempo llevábamos allí, sentadas en los sillones oyendo música y bebiendo, yo apoyada sobre Sofía y exhibiéndome cada vez con menos pudor y más satisfacción. Me gustaba ser la chica de Sofía, su juguete, y el hecho de que ella me obligase a permanecer desnuda delante de sus amigas me producía una indescriptible sensación, a medio camino entre el pavor y el más delicioso y perverso éxtasis.

Mientras charlábamos, la mano de Sofía seguía tocándome ahí abajo. En ocasiones, abandonaba mi vello púbico para pasar a ocuparse de mis ingles, pero no iba más allá de caricias amistosas. Aquello me enardecía y desconcertaba al tiempo. De nuevo estaba nerviosa y excitada, pero cuando esperaba que ella se ocupase de mí más profundamente, mi amiga parecía no decidirse, limitándose sólo a recorrer los alrededores de mi sexo. Cada vez me sentía más y más alterada, y hubiera dado cualquier cosa para que Sofía decidiese darme placer por segunda vez ante nuestro público. Sin embargo, mi amiga parecía ajena a mis necesidades, como si juguetear alrededor de mi entrepierna fuese algo tan inocente como acariciar mis manos o mis mejillas. Por otro lado, ¿cómo pedírselo yo? Por increíble que pueda parecer, me hubiera muerto de vergüenza antes de hacerlo.

Sé que era muy tarde ya cuando Sonia me preguntó sonriente:

-¿Qué te ha parecido tu primera reunión?

-Bueno… ha sido… la verdad, no me lo esperaba, jiji.

-Para todas ha sido muy estimulante –dijo Paula- creo que no lo olvidaremos fácilmente. Sofía siempre nos sorprende con algo, pero lo de hoy…

-¿Estás húmeda otra vez? –la pregunta de Marga me dejó petrificada.

La joven no podía retirar su mirada de las manos de Sofía. Hubiera apostado a que poco le faltaba para gozar de un orgasmo ella misma sin necesidad de que nadie la tocase. Si su pregunta me había sobresaltado, la respuesta de Sofía hizo que mi corazón diese un vuelco.

-¿Quieres comprobarlo tú misma?

De repente tomé consciencia de lo que llevaba buscando mi amante desde hacía rato. Ella sabía que sus caricias me estaban enardeciendo de nuevo, y sabía también que había más de una persona alterada en la habitación. Un súbito temor me invadió, ¿iba Sofía a entregarme, a ofrecerme a sus amigas como un trofeo? Yo quería ser suya, pertenecerla, pero el mero hecho que otra persona me tocase… Notando el estremecimiento que recorría mi cuerpo, Sofía me besó en la mejilla y me susurró cariñosa.

-Confía en mí cariño. Eres mi novia, ¿recuerdas?

Sus tiernas palabras me desarmaban, me convertían en un juguete incapaz de tomar decisiones propias. Como en un sueño, vi que Marga se levantaba de su sitio y se acercaba a mí, los ojos despidiendo chispas y la boca levemente entreabierta.

-¿De veras puedo…?

-Claro –respondió con toda naturalidad Sofía- Pero sólo un momento, Lourdes me pertenece.

Las palabras de Sofía me inundaron de felicidad, aunque ni yo misma me explicaba cómo podía ser posible lo que estaba experimentando. Marga estaba ya a mi altura, y mi cuerpo entero palpitaba excitado y nervioso. Con una expresión indefinible de gozo y ansiedad, la poco agraciada joven acercó su mano a mi vagina, rozando apenas mi sexo hinchado y tembloroso. Luego, con una suavidad infinita, introdujo poco a poco dos dedos en mi interior mientras yo reprimía un suspiro satisfecho.

-¡Vaya! –exclamó Marga mientras permanecía dentro de mí- ¡está empapadísima!

Un revuelo inquieto recorrió toda la estancia. Raquel cambió de postura, Paula carraspeó. A mi lado, Sofía me susurraba palabras tiernas mientras Marga continuaba extasiada con sus dedos dentro de mí. Al principio no se atrevía a moverlos, pero poco a poco fue ganando en confianza y pude notar cómo los movía en pequeños círculos, adentrándose cada vez más en los rosados pliegues de mi carne. Era la primera vez que una mujer que no fuese Sofía me tocaba, pero como mi amante me mantenía abrazada por la cintura y mis pechos rozaban a veces sus mejillas, yo me sentía todavía bajo su influencia y protección. Pronto me fue difícil mantener la compostura y no empezar de nuevo a retorcerme bajo las cálidas caricias de Marga.

-Basta –interrumpió de pronto Sofía con dulzura- no quiero que tenga un orgasmo ahora.

Por unos segundos, Marga pareció lamentar la decisión de Sofía. Luego, como dándose por satisfecha con lo que había obtenido, extrajo sus dedos de mí con el mismo cuidado que había tenido al adentrarse entre mis cálidas paredes.

-Ummmm –suspiré si poderlo remediar.

Ahora que de nuevo estaba libre, supe que cada poro de mi piel ansiaba ser llenado otra vez. Melosa y agonizante de excitación, tendí mi boca hacia Sofía, buscando sus labios jugosos y frescos.

-Creo que tu amiguita necesita de nuevo tus atenciones –intervino Raquel, que llevaba callada mucho tiempo.

-Esta chiquilla es una fiera –rió a mi derecha Sonia- está consiguiendo que yo también me ponga caliente.

-¿Verdad que es un amor? –preguntó feliz Sofía mientras acariciaba mis senos hasta conseguir que mis pezones se endurecieran de nuevo.

-No la dejes a sí –comentó Marga esperanzada- si a ti no te apetece, yo podría…

-No –respondió tajante Sofía- creo que por hoy ya es suficiente. Incluso yo estoy a tono, esta monada y yo vamos a irnos a casa.

Nuevamente, las palabras de Sofía me producían sentimientos contrapuestos. Una parte de mí anhelaba estar a solas con ella, abrazarme a su cuerpo desnudo, gozar con ella hasta el amanecer. La otra, menos convencional, sabía que había experimentado aquella noche cosas peligrosas que me habían producido un placer irracional… y adictivo.

-¿Cómo? –preguntó Raquel nerviosa- ¿os marcháis ya? Pero si esto no ha hecho más que empezar.

-Yo creo que no –dijo Sofía poniéndose en pie- ya os he presentado a Lourdes, ahora ella y yo…

-Ya hemos visto que Lourdes es una chica ardiente, eso ha quedado claro –interrumpió Raquel- ahora falta por saber si…

-¿Si qué? –el rostro de Sofía expresaba que no se detendría ante nada.

-Falta saber si es tan hábil como a ti te gusta –respondió de un modo enigmático Raquel.

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