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Acosadores

Esto me ocurrió hace más de un año, antes de trabajar en mi actual empresa. Estaba escribiendo una carta que mi jefe me había encargado. Escuché a una de mis compañeras de trabajo que le decía a su mejor amiga que en cierta empresa estaban buscando una secretaria, porque allí las chicas no duraban mucho en su trabajo porque el jefe era un acosador sexual. A muchas de ellas les hacía insinuaciones cuando las entrevistaba y a otras las aceptaba en el trabajo y las acosaba el primer día o los primeros días de trabajo. Algunas aceptaban los acosos y duraban una o dos semanas, otras un mes, pero muchas no pasaban de dos meses. Ellas bromearon, rieron y dijeron que nunca irían allí a buscar trabajo para no ser acosadas. Habían visto el anuncio en el periódico y por eso se enteraron. Una prima de una de ellas había ido a una entrevista y fue acosada durante la entrevista, no cedió ante el acoso y por eso no obtuvo el trabajo. Yo me excité con la conversación y busqué el anuncio y el número de teléfono de esa empresa. No me interesaba trabajar allá, sino experimentar una aventura lujuriosa si era cierto lo que ellas decían. Llamé y me contestó un hombre. Le pregunté por el trabajo que ofrecían. El hombre me preguntó de qué forma me había enterado del trabajo y le dije que en el anuncio del periódico. Me preguntó por mi edad y le dije que 21. Estaba cerca de cumplir los 22. Me preguntó si estaba trabajando actualmente y le dije que no. Me preguntó qué sabía hacer y le dije que escribir en PC, archivar y contestar teléfonos. Me preguntó si estaba casada y le dije que no, me preguntó si tenía hijos y le dije que no, me preguntó cuánto tiempo llevaba si trabajar y le dije que más de seis meses. La verdad es que soy soltera, sin hijos, pero llevo trabajando hace tiempo. Había que decirle algo de verdad y alguna mentirita. Sin duda ese hombre era el acosador, porque me hablaba en voz baja aunque tenía voz gruesa, muy varonil. Me dijo que si me interesaba el trabajo debería ir a una entrevista personal. Me citó para el día siguiente al anochecer, pero le dije tenía que acompañar a una hermanita menor al médico (era mentira, no tengo hermanas menores) y que si me podía recibir esa misma tarde, así fuera tardecito preferiría hacerlo porque además el trabajo me urgía. El hombre se mostró muy interesado y me dio una cita para las 7 y media de la noche. El tiempo era justo para mí, para llegar oportunamente a la cita con el acosador. Me excitaba la idea de hacer una entrevista con un hombre que yo sabía cuáles eran sus propósitos y quería seguirle el juego.

Antes de salir de la oficina me quité el brasier y las pantymedias. Tenía un blue jean ajustadito y eso me ayudaría. Los zapatos eran negros y tenía una chaqueta color marrón ajustada que me iba a dejar sin abrochar al llegar a esa oficina.

Llegué muy puntual a la cita. Me abrió la puerta de la oficina un hombre como de 35 años. No estaba solo. Había otro hombre más maduro, como de 40 años, sentado en un escritorio al fondo. El hombre de 35 me hizo seguir a otra oficina, la suya, casi sin dejar de mirar el escote de mi blusa, pero cuando entré adelante de él a su oficina con seguridad no dejó de mirar mi trasero. Le entregué mi Currículum y me senté frente a su escritorio cruzando mis piernas y él se sentó en su silla. El hombre no miró mi Currículum, me miró y me preguntó. “Tienes experiencia como secretaria?”, me dijo. “No tengo mucha pero yo aprendo muy rápido, señor, si me da una oportunidad le demuestro mis capacidades”, le dije. “Y qué serías capaz de hacer por tu empleo”, me preguntó. “Lo que sea señor, lo que sea”, le dije. “Ven a escribir una carta”, dijo y me señaló su computador portátil. Se levantó y me senté en su silla y me puso a transcribir una carta que ya tenía escrita en otro papel. Mientras tanto él estaba de pié junto a mí de forma que miraba directamente mi escote. Escribí la carta rápido y bien. Se la mostré y me dijo “estupendo, eres muy hábil con tus manos”. Me invitó a sentarme con él en un sillón rojo muy blando y grande que tenía cerca de la ventana, que tenía las cortinas cerradas. “Quieres tomar algo?”, me preguntó. “No sé… me gustaría…”. “Un brandy te gustará”, dijo y se levantó a servirlo. Sus intenciones ya eran claras. Yo no lo dudaba. Sirvió dos copas y bebí un poquito solamente, no quería estar borracha. El muy descarado me paso su brazo por la espalda y me dijo “Dianita, creo que vas a tener tu trabajo, pero me gustaría saber si puedes empezar desde ahora mismo”. Yo le respondí “Um, claro que sí señor, si quiere puedo empezar con alguna otra carta que le escriba”. El tipo sonrió mirándome como con ojos de depravado. “Me gustas”, dijo. Sonreí y bajé la mirada y tomé un poquito más de brandy. Bajó su mano y acarició suavemente mi trasero. No dije nada. En ese momento pensé: “Uf, este tipo ya cayó”. Dejó la copa en el piso y con su otra mano acaricio mis piernas, muy suave. “Señor, usted siempre es así?”, le pregunté. “Sí, siempre soy así”, y se acercó a besar mi cuello mientras que con una mano manoseaba mis tetas sobre la blusa. Me dejé, sin decir ni hacer nada ni mirarlo. Pronto metió su mano entre ella y me las estrujó bastante fuerte, pero no dije nada, solo gemí suave cerrando mis ojos. “Siempre andas sin brasier?”, me preguntó al oído. “Sí, siempre”, le dije y lo miré. El tipo ya estaba muy excitado. Ví su bulto grande en su pantalón. “Pero usted me va a dar el empleo, señor?, le pregunté. “Si te portas bien, sí”, dijo. Me quitó mi pequeño reloj de pulso y lo dejó a un lado del sillón, luego me quitó la chaqueta y siguió besándome en el cuello y con una mano entre mi blusa estrujando mis tetas y la otra acariciando mi trasero. Cerré mis ojos y seguí gimiendo, un poco más fuerte. Me gustaban sus morbosas caricias y me excitaba saber que él no sabía lo acosador que yo sabía era y que yo le seguía el juego. Me quitó la blusa y me chupó los pezones sin perder tiempo. Me excité, se me pusieron duros y erectos. Eso le gustó más a ese hombre. “Quítate el pantalón”, dijo, mientras se empezó a desnudar tirando su ropa al piso desordenadamente. Su pene estaba totalmente erecto. Cuando estuve desnuda, me abrió las piernas con brusquedad. “Rasuradita, me gustas más”, dijo mirando hambriento y me chupó la conchita, duro, me dolía. “Nooo, así, nooo”, le decía pero él no escuchaba y más fuerte chupaba. “Suave, suave”, le decía y trataba de retirar su cabeza de entre mí, pero mis esfuerzos eran inútiles. Perdí mi excitación en el forcejeo. Afortunadamente se retiró pronto y cuando se iba a montar sobre mí le dije: “Sin condón no”. El hombre dijo que no había problemas con él, que estaba sano y le gustaba sin condón, pero yo insistí, cerré mis piernas y lo amenacé con vestirme e irme, traté se levantarme del sillón, pero me detuvo. “Espera, espera, tu no me dejas así”, dijo y me mostraba su pene erecto agarrándolo con una mano y con la otra me detenía por mi hombro. “Sin condón no hay nada”, le dije. Aceptó disgustado pero por la excitación que tenía sacó un condón de su escritorio y se lo puso. Cuando se lo estaba poniendo abrí mis piernas y le sonreí coquetamente. Lo recibí, me lo penetró fuerte y rápido. Me dolió un poquito, quizás porque ya no estaba excitada. Se movía como animal hambriento de sexo, como macho morboso sobre mí. No alcancé a sentir mi orgasmo. Antes de eyacular dijo que le gustaría terminar con una mamada, yo le dije que sí pero que con el condón puesto. Aceptó. Lo mamé con el condón puesto y eyaculó unos dos minutos después. Salió poco semen. Nos vestimos rápido. Arreglé con mis manos mi cabello y me dijo que me esperaba al día siguiente a trabajar muy temprano. Le di las gracias por el empleo y salí de su oficina y me despedí del otro hombre que estaba sentado afuera en el otro escritorio. Pensaba que había logrado tener sexo con el acosador pero que no sentí mi orgasmo y eso me hizo sentir un poco frustrada, tal vez me sentí como una prostituta dedicada a ofrecer servicios a domicilio, pero eso al mismo tiempo me hizo volver a sentir excitación al pensar en la lujuria vivida.

Sentía deseo de más sexo, quería mi orgasmo. Cuando caminaba despacio hacia la esquina próxima para buscar un taxi e ir a mi casa me alcanzó el otro hombre, el socio del acosador. “Señorita, señorita, espere”, dijo y me mostró mi pequeño reloj de pulso que se me había quedado abandonado en el sillón, por el afán de salir. “Oh, que pena”, le dije y sentí vergüenza de saber que ese hombre ya se había enterado que tuve sexo con su socio. Con seguridad ellos ya lo habían comentado, como hacen todos los hombres cuando se trata de gozarse a una chica. El hombre me colocó el reloj y miraba mis tetas con insistencia. “Así que vas a trabajar desde mañana con nosotros”, dijo. “Sí, tengo que madrugar”. “Pero antes de irte a descansar te invito a festejar por tu nuevo trabajo”, me dijo. “Oh, gracias pero me da pena con usted señor”, le dije. “Nada de pena, vamos”, dijo. “Pero tengo que madrugar no puedo llegar tarde a su oficina”, le dije. Solo será una hora y como soy socio de la empresa te doy permiso para llegar media hora más tarde. “Oh, acepto señor”, le dije, sabiendo que ese hombre también buscaba sexo conmigo y yo no lo iba a rechazar. Era mi oportunidad de conseguir mi orgasmo. “Pero usted me podría dar dinero para el taxi para ir a mi casa luego?, le pregunté. “Por supuesto, te lo daré”, dijo. El hombre hizo detener a un taxi y me llevó a su apartamento. Entre el taxi, me abrazó y me decía cosas eróticas al oído: “Podrás ser una estupenda secretaria conmigo”, “Pórtate bien y te daré unas bonificaciones”, “Muñequita, me gustas “ y me decía otras cosas que no recuerdo. Para animarlo coloqué una mano sobre su pierna, cerca de su bulto, pero sin tocarlo directamente.

Entramos a su apartamento, muy lujoso, me hizo ir a su habitación directamente. Definitivamente ese hombre iba a lo que iba y yo le seguiría el juego. Me quité la chaqueta y la dejé en el piso y me senté en la cama. Sirvió dos copas de Cognac. Tomé muy poquito, pero él tomó toda su copa de un solo trago. Me tumbó sobre la cama y me morboseaba con sus manos y se movía eróticamente sobre mí. Yo gemí, porque estaba excitada, aunque también el tipo pesaba mucho encima de mí. Me quitó la blusa y chupó mis pezones que se endurecieron pronto. “Quítate todo muñequita”, dijo y se retiró de mí. Me quité los zapatos y me senté sobre la cama y me desnudé tirando la ropa al piso. El hombre se desnudó precipitadamente y se acostó. Sin dejarlo decir nada me recosté de medio lado junto a él colocando mis tetas cerca a su pecho. Le dí varios besos en su mejilla derecha y con mi mano derecha acaricié su pene que ya estaba duro, pero sin masturbarlo. “Eso muñequita, pórtate bien”, dijo. “Y tu me vas a ayudar a quedarme con ese empleo?, le pregunté. “Mientras te portes bien, será tuyo, muñequita”, dijo. “Te gusta el oral?”, le pregunté. “Sí, si, hazlo, hazlo”, dijo. Le di una mamada suave y lenta. Después de unos minutos dijo: “Mas fuerte, hazlo mas fuerte”. Y se lo mamé solo un poquito más fuerte. Me hizo acostar boca-arriba pero le dije: “Sin condón no”. “Tienes razón es mejor cuidarme”, dijo y buscó uno y se lo colocó rápido. Se montó sobré mí. Abrí mis piernas y lo recibí suavemente. Estaba excitada y su pene entró fácil y rápido. Se movió eróticamente, no sé cuánto tiempo, pero sé que no fueron muchos minutos, sólo que lo hacía despacio, casi dando círculos con sus caderas sobre mí y respirando en mi oído, lo que me excitaba mucho más. Gemí por mi excitación y porque a los hombres les excita que una gima. Eyaculó justo cuando estaba sintiendo mi orgasmo. Se levantó y fue al baño a tirar el condón que tenía bastante semen y a bañarse el pene. Me gustó ese pene, mucho más que el de su socio. Regresó cuando yo estaba casi vestida, poniéndome los zapatos y con la chaqueta en la mano. “Estas sabrosita muñequita, tienes tu empleo asegurado si sigues así”, dijo. “Oh, gracias señor”, le dije. “Con quien vives?”, preguntó. “Sola”, le dije mintiéndole. “Podrías venir a vivir conmigo, bien acompañadita”, propuso. “Lo pensaré señor”, le dije y fui al baño a peinarme. Escuché que llamó a su socio y le dijo que había acabado de tener sexo conmigo y que yo estaba “muy buena”. Algo le dijo el otro hombre, seguramente algo morboso y éste le respondió: “Sí, ésta hembrita está para encamarla unas semanitas”. Salí del baño haciéndome la que no había escuchado nada, me coloqué mi reloj de pulso y me dio el dinero para el taxi. Me acompañó a la puerta de su apartamento, manteniendo su mano casi sobre mi trasero. “Deberías quedarte desde esta noche”, propuso. “Um, gracias pero mejor desde otro día”, le dije.

Regresé a casa pensando en lo erótica de esa aventura, especialmente por el segundo hombre, que en realidad me había gustado más en la cama y que me hizo sentir mi delicioso orgasmo, pero sabiendo que ya no los iba a volver a ver porque mi empleo habitual me esperaba al día siguiente.

Fin

Diana
dianisdiaz@yahoo.com

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